Matías de Stéfano Barbero
En la década de 1960 el feminismo radical apuntó a la sexualidad como una “categoría social impregnada de política” (Millet, 1975: 68), central para explicar la subordinación de las mujeres. Así sentó las bases para cuestionar, entre otras cosas, la desigualdad sobre los derechos sexuales y reproductivos, el problema de la violencia sexual masculina, y las relaciones de poder asimétricas subyacentes en la pornografía y la prostitución. Estos cuestionamientos han sido elaborados de distintas formas: mientras algunas feministas consideraron a la sexualidad como un terreno donde se expresan tensiones entre el peligro y el placer; un terreno, a la vez, de constreñimiento, represión y peligro, como de exploración, placer y agencia (Rubin, 1989; Vance, 1989); otras, propusieron que, en una sociedad regida por la dominación masculina, la sexualidad implica peligro ya que es el eje de reproducción de la violencia contra las mujeres. En esta línea, la jurista norteamericana Catharine MacKinnon, una de las principales exponentes de la deriva abolicionista de la pornografía y la prostitución del feminismo radical[1], consideraría ya en la década de 1980, que
la sexualidad no es otra cosa que un constructo social de poder masculino: definido por los hombres, impuesto a las mujeres y constituyente del significado del género […]. La sexualidad equivale a la heterosexualidad y equivale a la sexualidad del dominio (masculino) y la sumisión (femenina) (MacKinnon, 1987: 4).
Sobre esta base, MacKinnon sostendría que la prostitución es una forma de afirmación de la masculinidad, una “institución social [que] da el estatus de persona a los hombres […] a través de privar a las mujeres del suyo” (MacKinnon, 1993: 14). Por su parte, Carole Pateman, otra de las teóricas especialmente influyentes para el feminismo abolicionista, considera la prostitución como parte del “contrato sexual”, una expresión del derecho patriarcal de los varones sobre las mujeres:
Cuando los cuerpos de las mujeres se venden como productos en el mercado capitalista, no pueden olvidarse los términos del contrato original; la ley del derecho sexual masculino se afirma públicamente y los hombres obtienen reconocimiento público como amos sexuales de las mujeres: eso es lo que tiene de malo la prostitución (Pateman,1995: 287).
Varias autoras han advertido que las ideas de MacKinnon y Pateman reproducen los discursos y representaciones dominantes sobre la sexualidad y construyen una mirada excesivamente estática, especialmente sobre la sexualidad masculina (Butler, 1991; Fraser, 1997; Segal, 2007). Discursos e imágenes que frecuentemente provienen más de posiciones conservadoras que progresistas sobre la sexualidad, en las que subyacen teorías (socio)biológicas sobre el comportamiento sexual de los machos en la naturaleza, que instintivamente buscan dominar a las hembras para controlar su capacidad reproductiva. De momento, consideraremos, con Segal (2007), que la sexualidad masculina no es irremediablemente violenta y coercitiva, ni está conectada necesariamente con una voluntad de dominación; lo que sí sucede a nivel estructural, es que la violencia, la coerción y la dominación sexual masculina han sido socialmente toleradas, incluso esperadas y animadas. De la misma forma, la experiencia sexual de las mujeres no está irremediablemente vinculada al peligro y la sumisión, aunque lo cierto es que, frecuentemente, los hombres han tenido el control de ella a través de instituciones androcéntricas como el matrimonio heterosexual, la medicina y la ley, que históricamente han (re)producido el poder masculino.
Como señala Morcillo (2021), las propuestas de MacKinnon y Pateman pueden ser útiles para analizar el papel de la sexualidad y el género a nivel estructural desde la filosofía política, pero tienen algunas limitaciones cuando se las utiliza para analizar las relaciones de género a nivel empírico, caracterizadas por las tensiones y matices entre la dimensión estructural, la interacción social y la subjetividad. Así como centrarse exclusivamente en la dimensión individual y subjetiva podría abonar posiciones que nieguen las asimetrías o que, incluso, victimicen a los varones que pagan por sexo, considerar únicamente la dimensión estructural del mercado sexual puede dar por sentado que un orden de género asimétrico se traduce automáticamente, y de forma unívoca, en relaciones de género y sexuales caracterizadas por la coerción, la dominación y la violencia.
Siguiendo esta línea, veremos que la sexualidad masculina, y particularmente la heterosexualidad de los varones que pagan por sexo está lejos de ser una experiencia homogénea y universalmente compartida por los hombres. No se trata de una experiencia reducible a ninguna de sus dimensiones, sino de un escenario caracterizado por las tensiones entre potencia y debilidad, entre placer, dolor y ansiedad, un territorio de disputa más caracterizado por el conflicto entre el poder y la vulnerabilidad, que por la plena e irrestricta dominación masculina. Ninguno de estos aspectos se encuentra estructuralmente predeterminado de tal manera que comprometa inevitablemente la agencia de las mujeres. Como señala Segal (2007), la sexualidad masculina no puede reducirse ni al sentido común que tenemos sobre sus prácticas, y mucho menos a las prácticas en sí mismas. La sexualidad se compone de discursos, prácticas y sentidos, está inserta en los contextos particulares, culturales e históricos, atravesada por relaciones de clase, género, edad, y raza (entre otras), se construye y negocia a través de instituciones como la familia, la religión, la educación y la economía, y cambia sensiblemente a lo largo del ciclo vital. Todas estas dimensiones sólo se vuelven inteligibles cuando la sexualidad masculina se considera a partir de las historias concretas de los hombres, de sus experiencias y relatos. Veremos que, en los últimos años, los varones que pagan por sexo han sido homogeneizados y catalogados como “sucios”, “asquerosos”, “gordos”, “borrachos”, “violentos” o “torturadores”, más que llamados a relatar sus historias y experiencias. En su potencia y pregnancia, esta adjetivación estigmatizante de los varones que pagan por sexo –ligada a posiciones de clase, modos de vida y formas corporales (Morcillo y Varela, 2021)– reduce las múltiples dimensiones que atraviesan la comprensión de la sexualidad, y parece clausurar por completo el interés por los discursos, prácticas y sentidos de la masculinidad que se ponen en juego en la práctica de pagar por sexo.
En este trabajo, proponemos recuperar el interés por estas dimensiones, analizando la diversidad de relaciones entre la estructura social, las relaciones de género y la subjetividad masculina en el mercado sexual, a partir de una serie de conceptos ampliamente conocidos, pero que desde su surgimiento han resultado problemáticos, por su condición polisémica y su multiplicidad de usos, tanto sociales como analíticos (ver Connell y Messerschmidt, 2005). Con frecuencia, los varones que pagan por sexo, han sido caracterizados como “machistas” o como “masculinidades hegemónicas”. Estos conceptos, hoy utilizados cotidianamente por los movimientos sociales, los medios de comunicación, la cultura de masas y la academia, han ganado un significativo alcance en los últimos años, pero lo han hecho al precio de haber perdido parte de su potencia analítica y de su filo crítico. Esto no es exclusivo del concepto masculinidad hegemónica, sino también de conceptos estrechamente vinculados a él, como género o violencia, significantes que han adquirido especial trascendencia en el último lustro gracias a la masificación de los feminismos. A pesar de su trascendencia, sus significados continúan debatiéndose en la tensión entre sus usos sociales y analíticos. No es extraño encontrar que el concepto género se utiliza como sinónimo de sexo o de mujeres, o para hacer referencia a las diferencias entre varones y mujeres (Scott, 1996). Por su parte, la violencia, uno de los grandes significantes de la denominada cuarta ola feminista (Trebisacce, 2020), es también utilizada para hacer referencia a los discursos y prácticas que reproducen la dominación patriarcal, como un sinónimo de abuso de poder, pero también como una expresión de su declive y falta de eficacia, como la máxima expresión de un conflicto o como la evidencia de la imposibilidad de construirlo (ver De Stéfano Barbero, 2021). Especialmente en el campo del análisis del mercado sexual, la violencia se entiende como constituyente de las relaciones de poder asimétricas entre clientes y trabajadoras sexuales.
Desde que, a mediados de la década de 1980, la socióloga australiana Raewyn Connell (1987) popularizó el concepto, la “masculinidad hegemónica” se ha transformado en una herramienta clave para analizar las relaciones de poder en el orden de género. La propuesta conceptual de Connell llevó a los estudios de masculinidades a desarrollar una mirada relacional del género, donde la masculinidad no está basada en la biología, ni se reduce a un mero producto de la socialización, sino que se trata de un proceso abierto y dinámico que implica tensiones, negociaciones y reposicionamientos en las relaciones de género, entendidas como relaciones de poder y vulnerabilidad en el marco de diversas estructuras de desigualdad (Connell, 2003; Messerschmidt, 2018). En este sentido, Connell utiliza el concepto para interrogar las relaciones de poder en el orden de género que construye las diferencias como desigualdades y las legitima. Por ello retoma la concepción de hegemonía de Antonio Gramsci, como una noción metodológica, “como una forma de pensar la compleja interconexión entre consenso y coerción, y no como una descripción de una forma concreta de poder” (Crehan, 2004: 122).
Siguiendo esta línea, más que la versión erudita del popular “machismo” latinoamericano[2], consideraremos que la “masculinidad hegemónica” hace referencia a una determinada configuración de la práctica de género (Connell, 2003) que legitima, con sus discursos y prácticas, un orden jerárquico y complementario entre los hombres y las mujeres, entre la masculinidad y la feminidad, y entre las propias masculinidades (Messerschmidt, 2018). De manera que encarnar las características asociadas culturalmente a la masculinidad, como ser heterosexual, cis, blanco, joven, de clase media/alta, urbano, educado, alto, delgado, musculoso, racional, independiente, valiente, sexualmente activo, atractivo y potente, proveedor, padre o protector (entre muchas otras), no implica necesariamente una práctica de poder que subordine a mujeres y/o a otras masculinidades. Lo cierto es que ostentar estas características en determinadas relaciones y contextos, puede resultar un privilegio a nivel social para los varones. Es por ello que denominaremos “masculinidades privilegiadas” a quienes posean estas características o rasgos. Su lugar privilegiado culturalmente hace también que, por un lado, estas características puedan ser utilizadas para reproducir la estructura jerárquica del orden de género y, por otro lado, que operen como imperativos, como el horizonte de masculinidad deseable que, de no ser alcanzado (como en la mayoría de los casos), puede suponer sentimientos de frustración e inadecuación. Es decir, que sólo en tanto estas características sirvan para legitimar las posiciones complementarias y jerarquizadas entre hombres y mujeres podemos hablar de una “masculinidad hegemónica”. Es en este sentido que resulta pertinente la categoría de hegemonía tal y como la concibió Gramsci: el orden de género se sostiene no solamente a través de la coerción de las clases privilegiadas, sino también por el consenso, el consentimiento y la participación de las posiciones subalternas.
Finalmente, Messerschmidt (2018) hace una última distinción conceptual para referirse a las “masculinidades dominadoras”, como aquellas que comandan, controlan y/o ejercen el poder en interacciones sociales específicas; diríamos popularmente que son las posiciones que “tienen la sartén por el mango” o que “llevan la batuta”. Pero, nuevamente, este control o ejercicio de poder no necesariamente es estable y perenne, ni se estructura en base al género, y no supone linealmente que quien ocupa estas posiciones reproduzca la jerarquización entre hombres y mujeres, masculinidades y feminidades, y las propias masculinidades.
Siguiendo la propuesta de Connell (2003), nos referiremos entonces a “masculinidades”, en plural, para dar cuenta de la diversidad de posiciones en las relaciones de género, tanto a nivel intergénero (entre hombres y mujeres), como intragénero (entre hombres), así como a la diversidad de intersecciones entre el género y otras estructuras sociales: relaciones de clase, procesos de racialización o la diversidad sexual, entre otras. La propuesta de Connell ha sido entendida frecuentemente como una mera diversificación de la “tipología” de masculinidades producto del auge de la teoría interseccional, expresada en alusiones a “la masculinidad negra”, “la masculinidad obrera”, o “la masculinidad gay” (Viveros, 2011). Al pluralizar el concepto, no se pretende tanto describir otras formas de masculinidad, sino considerar la medida en la que “el sujeto está compuesto por una serie de posiciones y subjetividades contradictorias y múltiples” (Moore, 1994: 141). No hemos buscado en este trabajo tipificar una “masculinidad gatera”, sino un análisis que nos permite observar que un mismo varón puede, por ejemplo, ocupar una posición hegemónica en relación a las mujeres y a determinados varones y, simultánea y contradictoriamente, encontrarse en una posición subordinada frente a otros varones y/u otras mujeres.
Es en todos estos sentidos que consideramos que la masculinidad no es estática, ni una identidad, ni una forma de personalidad producto de la socialización masculinizante. Consideraremos la masculinidad más bien como una categoría teórica, un concepto instrumental, o una noción metodológica con la que interrogar las posiciones posibles en las relaciones de género, negociadas constantemente entre lo deseable, lo permitido y lo posible en cada una de las situaciones y contextos en las que se inscriben junto a otras estructuras de desigualdad.
Utilizando este marco teórico, veremos a lo largo de los capítulos de este libro, que el mercado sexual está lejos de ser un escenario donde predomina un grupo homogéneo de hombres que ejerce relaciones de dominación del tipo amo-esclavo sobre un grupo homogéneo de mujeres, tal como plantean MacKinnon y Pateman. Podríamos considerar que, hoy, más que tratarse de una institución donde se afirma aproblemáticamente la masculinidad heterosexual, la prostitución expone a la masculinidad a una serie de tensiones que difícilmente pueden observarse sólo a través del análisis de las dimensiones estructurales. En estas páginas, veremos experiencias en las que pagar por sexo no supone necesariamente la reafirmación del “derecho sexual” masculino, ni un reconocimiento de los pares como “amos sexuales de las mujeres”, como afirma Pateman. Si bien la sexualidad es un aspecto fundamental en las relaciones entre masculinidades, en la jerarquía de masculinidades hegemónicas heterosexuales de nuestra región una especial fuente de estatus reside en ser un “ganador”, en tener éxito cuando se sale de “caza”, es decir, en conseguir tener relaciones heterosexuales. Sin embargo, el imperativo del “hombre de verdad” supone que las relaciones sexuales sólo se consigan a través de la seducción, y no en el mercado sexual. De manera que, en determinados contextos y situaciones, los varones que pagan por sexo, especialmente los adultos, encuentran que “carecen del reconocimiento (respeto) de los otros varones y de las mujeres que caracteriza a la verdadera hombría” (Fuller, 2001: 312), por alejarse del mandato basado en la tríada padre-protector-proveedor. En este sentido, veremos que los varones que pagan por sexo pueden ser vistos por la sociedad, sus grupos de pares, e incluso por sí mismos, como una suerte de “perdedores en el rol masculino” (Prieur y Taksdal, 1989), lo que dialoga con las campañas abolicionistas, que los señalan como masculinidades devaluadas, deslegitimadas, y adjetivadas como “prostituyentes” o “perversas”.
A partir del enfoque que posibilita esta serie de precisiones conceptuales, abordaremos el mercado sexual reconociendo y analizando diferentes contextos y situaciones donde tienen lugar procesos complejos de interconexión generizada entre coerción y consenso, entre resistencia y participación. Veremos que en este escenario, las posiciones en las relaciones de género de los varones que pagan por sexo varían en cada interacción entre una multiplicidad de actores: mujeres que ofrecen servicios sexuales, otros varones que pagan por sexo (y los que no lo hacen), fiolos o terceras partes, amistades, parejas, instituciones del Estado, organizaciones de la sociedad civil, e incluso quienes hacen investigación. Nos centraremos especialmente en cómo se intersectan las prácticas, discursos y sentidos sobre la masculinidad y la sexualidad con variables como la edad, las emociones y la salud. Veremos que, si bien la masculinidad privilegia la instrumentalidad, la potencia, el desapego, la racionalidad y el control (Kimmel, 1997; Seidler, 1995, 2006), las experiencias de los varones que pagan por sexo, más que adecuarse a ese ideal normativo, se encuentran en constante tensión con él. En sus discursos y experiencias, se ponen de relieve tensiones que emergen de la irrupción de emociones no esperadas ni deseables y que exponen su masculinidad a posibles vulnerabilidades, de unos impulsos sexuales “animales” que deben ser saciados (y pagados) y que escapan a su voluntad de control, de la exposición a riesgos que no son percibidos como meras pruebas a superar para afirmar la masculinidad, o que emergen del desempeño de una performance sexual que satisfaga las necesidades y expectativas propias y ajenas.
Las experiencias de los varones que pagan por sexo muestran que el orden de género que los privilegia como hombres a nivel estructural, no supone necesariamente que a nivel individual se adecúen a las características de la masculinidad privilegiada, a las formas de interacción inter e intragénero de la masculinidad dominadora, o a la reproducción de las jerarquías del orden de género que supone la masculinidad hegemónica. Sin embargo, veremos a continuación que los abordajes de los problemas del mercado sexual, y especialmente de los varones que pagan por sexo, no siempre han considerado la complejidad de las relaciones entre la estructura social, las formas de interacción y la subjetividad masculina.
- El feminismo radical, surgido en la década de 1960, postuló que la sexualidad y el trabajo doméstico formaban las bases del poder masculino sobre las mujeres, con la ayuda de la institución del matrimonio. La sexualidad se constituyó, para esta corriente feminista, como la fuente heurística para explicar la opresión de las mujeres. En ese entonces, cuestionaban la familia nuclear y la heterosexualidad institucionalizada, y al mismo tiempo afirmaban el derecho al deseo y al placer sexual femenino más allá del mandato reproductivo. Sin embargo, con el tiempo se fue configurando otra mirada sobre el sexo, más preocupada en denunciar la opresión sexual de la mujer, centrándose en la violencia extrema. Algunas teóricas, como MacKinnon, proclamaron entonces la exclusividad de la sexualidad para explicar la opresión de género, y otras consideraciones y demandas desaparecieron del mapa.↵
- Para una crítica decolonial sobre el concepto, ver Fuller (2012), Gutmann y González-López (2007) y Messerschmidt (2018).↵






