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6 “Nunca era ir envalentonados tipo vikingo”: miedo, vergüenza y homosocialidad[1]

Las relaciones y tensiones entre emociones y masculinidades han sido profusamente analizadas en el campo de los estudios de masculinidades; sin embargo, las investigaciones sobre mercados sexuales han enfocado más sobre las emociones ligadas al “trabajo emocional” (Hochschild, 1979) que llevan a cabo quienes ofrecen servicios sexuales, y al turismo sexual y las migraciones (Piscitelli, Oliveira Assis y Olivar, 2011). Algunos trabajos que han abordado las emociones que atraviesan a los varones que pagan por sexo se han centrado en los enamoramientos y los vínculos románticos que emergen en el mercado sexual. En nuestro trabajo de campo estos procesos también aparecieron ocupando un lugar importante, y por ello le hemos dedicado un capítulo aparte. No obstante, en los relatos de los entrevistados y en los foros aparecían recurrentemente otras emociones, crucialmente ligadas a los sentidos de la masculinidad, pero muy alejadas del imaginario sobre el “ir de putas”: el miedo y la vergüenza.

Veremos que la vergüenza está en parte vinculada al incipiente proceso de estigmatización de quienes pagan por sexo, pero también a los sentidos de la masculinidad ligados al desprestigio de pagar por sexo, en tanto, como hemos adelantado al final del capítulo anterior, puede percibirse como una dificultad para ocupar la posición prestigiosa de “conquistador” sexual. La vergüenza pone de relieve una relación conflictiva de los varones que pagan por sexo consigo mismos, a partir de una mirada externa vinculada a los sentidos sobre la masculinidad. Las relaciones intragénero se ponen también de relieve cuando irrumpen los temores, ya sea a ser excluido del ritual masculino de pagar por sexo, a no poder controlar las emociones, a la violencia de los otros, o a la enfermedad. El análisis de la dimensión emocional nos permitirá considerar que, si la contradicción entre prácticas y discursos es posible, es porque los individuos pueden ocupar diferentes posiciones de sujeto en múltiples relaciones y contextos que tienen lugar en el mercado sexual.

Uno de los atributos típicamente ligados a la masculinidad es la racionalidad, pensada en oposición a la emocionalidad, que queda asociada con lo femenino. Tanto esta oposición entre razón y emoción como las lecturas biologicistas de las emociones (y del género) han sido criticadas desde la sociología de las emociones (ver Stets y Turner, 2006). En algunas versiones del estereotipo de macho, la única emoción permitida a los hombres es la ira. Aquí es importante destacar la distinción entre la posibilidad de sentir las emociones y los motivos por los que no se las reconoce o expresa (De Boise y Hearn, 2017). Si las masculinidades han privilegiado históricamente la racionalidad, la independencia y la autosuficiencia (Seidler, 1995), una masculinidad deviene hegemónica cuando la expresión y comunicación de determinadas emociones es considerada femenina y desvalorizada. Tanto el miedo (Kimmel, 1997), como la vergüenza (Stepien, 2014), pueden ser piezas centrales en la regulación de la complementariedad y jerarquización de las relaciones inter e intra-género. Veremos que estas emociones son especialmente silenciadas por los varones que pagan por sexo, ya que amenazan la integridad del yo masculino. En términos generales, la vergüenza conduce al silencio y al secretismo, pero además, para Aneta Stepien (2014), la vergüenza también despoja a los hombres del poder masculino, dejándolos desnudos, afeminados y vulnerables frente a la mirada de los demás. Para esta autora, en tanto la vergüenza implica tomarse en cuenta a uno mismo, no reconocerla destruye al yo y transforma a los varones en abyectos para sí mismos. Kimmel (1997), por su parte, vincula la vergüenza y el miedo a la homofobia, señalando que si la masculinidad es una aprobación homosocial, su emoción más destacada es el miedo a ser descubierto como un fraude frente a la mirada del otro. Abordar la dimensión emocional en las experiencias de varones que pagan por sexo nos permite pensar las ambigüedades y fisuras de una posición que se presume siempre dominante. Veremos a continuación cómo la vergüenza y el miedo habilitan a pensar que el comercio sexual también puede ser un espacio que pone de relieve vulnerabilidades en las masculinidades.

Vergüenza(s), respetabilidad y homosocialidad

Realmente es una situación espantosa, porque pagar por una persona es una situación espantosa, siempre está mal…, pero yo seré de carácter bueno, de carácter sensible, que a mí me sensibiliza mucho la situación de la mujer… me pone muy mal, y siempre traté de ser muy educado y respetuoso […] Me encantaría ayudarlas a todas, me las llevaría a mi casa a vivir conmigo, les preguntaría su vida, les preguntaría por qué llegaron a esa situación. Nunca en mi época se habló de la trata, teóricamente estaban por propia decisión… por eso cuando viene lo de Marita Verón y sale que a la mina se la llevan para prostituirla sin su consentimiento, yo empecé a ver ahí un mundo del cual yo era parte y me pareció una barbaridad (Gastón, 51 años).

En el relato de Gastón es posible observar una relectura de sus experiencias a partir de los discursos sobre la trata de mujeres. Podemos preguntarnos en qué medida estos cambios en las representaciones sobre los significados de pagar por sexo pueden haber generado cierto grado de reflexividad. Sin embargo, es más claro que, al destacar el “respeto”, la “educación” y la “ayuda” (en un tono paternalista y exagerado: “me las llevaría a mi casa a vivir conmigo”), Gastón construye un “discurso de respetabilidad” (Skeggs, 2019) que lo distancia de la imagen vergonzante del “prostituyente” –y al mismo tiempo sostiene la imagen de las prostitutas como seres desvalidos–. Como hemos mencionado antes, este tipo de discurso que apunta a restaurar una posición respetable, aparece con más fuerza, y casi exclusivamente, cuando quien hace la entrevista es una mujer.

Goffman (2010) advierte que la vergüenza se origina cuando el individuo percibe uno de sus atributos como una posesión impura, algo que podría estigmatizarlo. En el caso de los varones que pagan por sexo, Sanders (2008) muestra como las creencias culturales dominantes sobre la sexualidad –asentadas en el “discurso de la respetabilidad” para definir el “buen” y el “mal” comportamiento sexual (Rubin, 1989)–, construyen una serie características indeseables que le dan forma a los estereotipos que configuran a estos varones como disfuncionales o incompetentes sexualmente, inadaptados sociales, feos, solitarios, anticuados, incapaces de atraer a una mujer, inadecuados como pareja sexual, padres irresponsables, adúlteros, fanáticos sexuales, sádicos o insaciables y fuera de control. Sin embargo, el estigma es completamente relacional y situacional, dado que el mismo atributo que estigmatiza a un tipo de poseedor puede confirmar la normalidad de otro, o puede estigmatizarlo frente a unas miradas y no frente a otras. Además, recordemos que el estigma de los varones que pagan por sexo los sitúa en el nivel de los sujetos “desacreditables”, porque su atributo “impuro” es relativamente fácil de ocultar. Es por eso que el manejo de la información resulta vital: hay que saber cómo, cuándo, de qué y con quién hablar para evitar o reducir las posibles consecuencias.

Las tensiones e incomodidades para asumirse en tanto que clientes, asociadas a la vergüenza para hablar de la práctica de pagar por sexo, también se evidenciaron en las dificultades que tuvimos en general para conseguir entrevistados. Algunos dijeron sentirse ofendidos por la mera suposición de que consumían sexo comercial y otros, como dijimos, reaccionaban sorprendidos por haber sido señalados por algún amigo como clientes asiduos, cuando ellos no se asumían con comodidad en esa posición. Al respecto, Carla Corso (2004: 122), trabajadora sexual y activista, señala que, cuando realizó su propia investigación, “los clientes no querían ser entrevistados como tales, incluso me negaban a mí que habían sido mis clientes, ¡y aún lo eran! […] Los hombres quieren ser identificados como hombres, pero no como clientes”.

La práctica de pagar por sexo parece haber dejado de ser motivo de alarde, pero las dificultades para hablar de esta experiencia no sólo se ligan al marco de los mencionados cambios políticos y culturales contemporáneos, sino también a la edad, al tipo de práctica y al género de lxs interlocutorxs. En algunas ocasiones se entremezclaban los motivos que hacían vergonzante el hablar sobre pagar por sexo. Este es el caso de Esteban, jubilado viudo de 67 años, cuyo relato pone en tensión, por un lado, su propia experiencia, donde disfrutaba construyendo vínculos duraderos y afectivos con las mujeres a quienes pagaba, y por el otro, una mirada del pagar por sexo ligada a la victimización:

Yo siempre considero que me estoy aprovechando de ella, por más que le pague…porque pienso que si yo no le diera plata ella no se acostaría conmigo. Siempre las consideré víctimas, víctimas del hombre… mías… (Esteban, 67 años).

Mario, un joven profesional de 37 años, que había pagado por sexo frecuentemente durante su adolescencia y juventud en contextos de ocio grupal, nos dijo en relación con la cuestión de contar sus experiencias de sexo pago:

Siempre me pareció medio pavote. Si tenía que cancherear con algo era una mina que me había levantado […] siempre fue una vergüenza, no algo de lo que me gustara hablar o compartir (Mario, 37 años).

Al respecto, Nicolás, un comerciante de 45 años, que consumía asidua y solitariamente en el contexto de salidas nocturnas regulares, decía lo siguiente:

Si vos no me preguntas, yo ni las cuento…porque no me parece ni gracioso, ni divertido, ni anecdótico…porque me parece que es como parte…una parte muy triste en realidad…una parte de no haber sabido qué carajo hacer con mi soledad (Nicolás, 45 años).

En estos relatos emerge la vergüenza de hablar sobre haber pagado por sexo por dos motivos distintos. Para Mario, aparece como algo que expone su incapacidad para “conquistar mujeres”, como ya hemos visto que les sucedía también a usuarios del foro. Mientras que, para Nicolás, hablar de ello lo revelaría como incapaz de dominar sus emociones. En ambos discursos, el hecho de hablar del pago por sexo aparece como algo indeseable por la exposición a la que se someterían frente a la mirada del otro. En este sentido, el silencio, nutrido por la vergüenza, protege la masculinidad de los entrevistados. El espacio de la entrevista –anónimo y confidencial– puede habilitar la exposición de emociones que en otros contextos resultan inadecuadas porque amenazan con situarlos en posiciones subordinadas, por motivos diferentes, pero ambos articulados sobre la relación entre la masculinidad y la exposición de emociones. Algo similar sucede con el espacio de los foros, donde la identidad protegida y la subcultura gatera compartida habilitan a contar lo que no revelan en otras relaciones. Por ejemplo, son frecuentes los hilos donde los foristas consultan cómo manejar la información frente a otros varones, especialmente frente a amigos. La mayor parte de las veces la recomendación es mantener en secreto la práctica, cristalizada en la frase frecuentemente repetida “Un hombre es amo de su silencio y esclavo de sus palabras”. Los temores más grandes tienen que ver con que la información llegue a las parejas o familias, pero también a otros varones e incluso a amigos. En el hilo “Un amigo gatea pero él no sabe que yo [también]” el usuario OSDIF cuenta que se ha dado cuenta que un amigo “gatea” –incluso está también en el foro– pero aun así sintió vergüenza de revelarle su secreto y teme por las posibles consecuencias, y la mayor parte de quienes responden al posteo aconsejan “si nadie lo sabe mejor”, pues quedarías expuesto y es mejor “evitar quilombos”.

En contraste con estas ideas vergonzantes y pesarosas, cuando el consumo de sexo tiene lugar en el contexto del debut sexual en la adolescencia o primera juventud, ya sea en grupo o en solitario, aparece vinculado a la consecución plena de la masculinidad, al “recibirse de hombre”. Muchos de nuestros entrevistados comentaron que debutaron sexualmente con una prostituta, y que lo hicieron con un grupo de pares y/o guiados por otros varones con más edad y experiencia.

Algunas investigaciones sugieren que el debut sexual pareciera funcionar como un rito de paso que les confiere a los “niños”, el estatus de “hombres” (Fuller, 2001; Rostagnol, 2011). Como hemos visto en el capítulo anterior, “tenía que pagar porque era el mandato”, “es como demostrar una hombría”, “me recibí de hombre”, son algunas de las ideas que aparecieron en los relatos sobre el debut sexual en el contexto del sexo comercial. Juntarse y organizar la salida al cabaret o llamar a una prostituta, son algunas de las prácticas a través de las cuales los varones escenifican su masculinidad frente al grupo que, cuando se rige por la estructura jerárquica de la masculinidad hegemónica, evalúa el desempeño de cada uno de sus miembros. A diferencia de otros estudios, que afirman que los varones recuerdan la primera experiencia siempre de manera positiva (Rostagnol, 2011), varios de los relatos de los foros y de los entrevistados hacen referencia al debut sexual pago como algo que les generó “nervios”, “miedo”, “inseguridad” e “incomodidad” y, en los casos más extremos, como experiencias “feas” u “horribles”. Lucio quien, en general, ha consumido en contextos grupales, lo expresa así:

Lo más gracioso que me acuerdo fue lo de antes y lo de después, la anécdota de reírnos con los chicos y esas boludeces, mucho más que el acto mismo. Es un juego, lo tomás como una aventura, como un juego, como un reto también. Te lo digo, que he ido con otros grupos de amigos, y uno por ahí no quería ir y lo tildás como el boludo al que no quiere ir: “¡Eh, cagón, eh, eh!” Lo que te decía, ¿viste? Con una mente más adulta uno se pregunta, ¿por qué?, ¿qué tenés que demostrar?, ¿a quién le tenés que demostrar? (Lucio, 30 años).

La clave en la pregunta de Lucio, que hoy se cuestiona qué es lo que tenía que demostrar y a quién, está en la expresión “¡Eh, cagón!”, que pone de manifiesto la homofobia como una de las formas en las que las masculinidades hegemónicas regulan las relaciones intra-género en situaciones homosociales[2]. Algo no explicitado en las entrevistas pero que funciona como un sustrato de la práctica colectiva de pagar por sexo tiene que ver con la adhesión y el sostenimiento de la norma heterosexual, en tanto y en cuanto quienes ofrecen servicios sexuales son siempre mujeres cis, o por lo menos lo son en las anécdotas que pueden ser contadas.

En experiencias como las relatadas por Lucio, la vergüenza y el miedo se conectan, pues “el temor a ser avergonzados o humillados delante de otros hombres, [a] ser dominados por hombres más fuertes” (Leverenz, 1986: 451), funciona con una lógica de premio-castigo que reproduce la relación jerárquica entre heterosexualidad-homosexualidad. Lucio tenía entonces que demostrar a los otros y así mismo su heterosexualidad y responder adecuadamente a la afrenta homófoba para evitar el castigo de ver subordinada su masculinidad.

Cuando el consumo se produce en grupo, también se ponen en juego procesos de adscripción a valores asociados a la masculinidad privilegiada –coraje y heterosexualidad, entre otras cuestiones–, que validados homosocialmente otorgan prestigio. Cuando una persona es objeto de trato deferencial por haber realizado acciones valoradas socialmente, el sentimiento de orgullo derivado del reconocimiento social favorece la realización de acciones similares fortaleciendo el statu quo. Así, en varios casos los entrevistados refirieron no pagar más por sexo de manera solitaria, pero sí hacerlo si surgía la oportunidad en una despedida de soltero, cumpleaños o eventos laborales. En general este consumo grupal está asociado a momentos de ocio, donde beber y pagar por sexo aparecen como entretenimientos propios de la homosocialidad masculina (Flood, 2007; Fuller, 2001; Kaufman, 1995). Como hemos visto, la homofobia articula emociones para funcionar como uno de los principales instrumentos de control de la masculinidad cuando se adscribe a posiciones hegemónicas, allí entran en escena no sólo la vergüenza sino también el miedo.

Otredades, riesgos y miedos

Es un mundo donde pasa de todo y te mezclás con todo tipo de cosas. Es una jungla. Hay gente que no está en sus cabales. Antes sí iba a lo que eran los privados, ahora ni en pedo voy. […] Los privados son una ensalada, no sabés quién está al lado, capaz que vienen y no sabés que puede pasar, cualquier cosa (Carlos, 51 años).

 

Por lo que he leído, por suerte no tuve esos quilombos, pero ha habido gente que ha tenido experiencias muy malas, de trato, de tener un tipo en el baño, ¿viste? Escuchás una tos y tenés un tipo que está en el baño. Ahí te das cuenta los peligros a los que uno se somete. No solamente ellas, pobres, sino también uno (Lucio, 30 años).

 

Desconfianza, porque “todo es posible”. Pueden estar las mejores intenciones y las peores (Nicolás, 45 años).

 

Nunca vi en una prostituta una posibilidad de enamoramiento o una posible novia. Soy muy paranoico y trato de que quede ahí. En el sentido en el que, salvo este caso puntual que te conté, siempre que iba a un privado sentía que me podían afanar, siempre dejaba la ropa en algún lugar donde la pudiera ver… Porque sabía que estaba en un lugar donde estaban los chabones de seguridad, que generalmente son los que también venden falopa, todo depende del lugar donde vayas, ¿no? Pero siempre estaba muy alerta de que algo me podía llegar a pasar (Mario, 37 años).

Lejos de representar un escenario apacible donde se celebra la masculinidad, las narrativas de buena parte de los entrevistados construyen el consumo de sexo comercial ligado a la exposición a ciertos riesgos que despiertan temores de diversa índole. Si bien la exposición al riesgo y la demostración de valentía aparecen muchas veces como rasgos típicos de la masculinidad privilegiada[3], el escenario de la prostitución, cuando se piensa como una suerte de teatro de la opresión, es decir, desde la pura dominación, no es imaginado como riesgoso. Además de los temores ligados a la homofobia que hemos analizado en el apartado anterior, aparecen miedos asociados a otros dos sujetos: la prostituta y el fiolo.

Como vimos en el capítulo anterior, la primera incursión en el comercio sexual es relatada muchas veces como una experiencia atravesada por los miedos, el nerviosismo, la presión de otros varones y el tener que compartir algo íntimo con una desconocida. Así relataba Lucio su debut:

Caímos ahí, y a vivir toda la experiencia. Entrás a un lugar completamente oscuro, te abren la puerta, te quedás mirando, como si entraras a una cueva. Te encontrás con algo completamente oscuro, un sillón, te saludan mujeres dándote su nombre […] Entonces son las primeras veces, con un alto grado de estrés, porque normalmente cuando vos estás con una mujer que te gusta, estás en un contexto, estás en una previa donde ambos están llevando a que se dé o que no se dé una situación (Lucio, 30 años).

La percepción de las prostitutas como un otro riesgoso también se liga a la imagen que históricamente se ha construido de ellas como fuente de contagio de enfermedades de transmisión sexual. (Ward y Day, 1997; Morcillo, 2015). Sergio (38 años), que trabaja en la minería, nos contó que en una ocasión una “flaca hermosa” a quien había pagado por un encuentro sexual le preguntó si quería “con forro o sin forro”; tan solo esta pregunta fue suficiente para que él se quedara preocupado el resto del encuentro. Como analizaremos en el capítulo 9, el uso del preservativo no sólo aparece vinculado al temor a la enfermedad, sino también a dificultades a la hora de tener una erección, y al consiguiente temor de no poder demostrar potencia sexual en los encuentros. Otros mencionan que, muchas veces, este riesgo existe porque “ellas controlan la situación”, y esto puede ligarse al temor presente en el debut a enfrentarse a una mujer imaginada como poseedora de una mayor experiencia sexual que ellos, y que no les permita desplegar una masculinidad dominadora. Son frecuentes los relatos que describen a varones tímidos que deben recurrir al alcohol para intentar mitigar el temor que les genera la imagen de la prostituta como una mujer hipersexual, tal como contaba Mario:

Hasta los 18 años lo hacía con gente que conocía, con compañeros del secundario. Habremos ido tres o cuatro veces, íbamos al casino, medio borrachos también, para vencer la timidez de la situación. Porque nunca era ir envalentonados tipo vikingo, siempre era en plan apichonado. Te tenías que emborrachar un poco antes y demás, porque entrabas ahí y te aparecían unas minas así con un lomazo, todas en una súper lencería, y que tenían 10 años más que vos generalmente (Mario, 37 años).

Además de la prostituta hipersexualizada y que representa un riesgo a la salud, otro temor muy frecuente, también ligado a la construcción de la prostituta como delincuente, es el miedo a ser estafados o robados. Es interesante que este temor no sólo estaba presente al referirse al comercio sexual callejero, sino también en escenarios como los cabarets o los privados. Incluso quienes buscaban servicios sexuales telefónicamente o por internet decían que tenían a veces miedo a ser estafados. Pero en el caso de los cabarets o los privados el temor principal estaba ligado a la otra figura que resultaba amenazante para casi todos los entrevistados: el fiolo. De hecho, esta figura apareció como un emergente importante en la investigación, lo que nos llevó a profundizar el análisis y a elaborar un capítulo específico dedicado a ello. Como veremos, el fiolo es una figura que causa rechazo a casi todos los clientes, son temidos y odiados en los foros, aun cuando muy pocos entrevistados relataron encuentros con estos personajes, su imagen aparecía como preocupante y amenazadora, fundamentalmente por dos motivos. En primer lugar, por su capacidad para ejercer violencia. En segundo lugar, no solo inspiran temor por posibles robos, estafas o peleas; sino también porque son quienes podrían enfrentarlos en caso de involucrarse afectivamente con las mujeres que hacen comercio sexual.

En estos temores se hace visible una estructura generizada que atraviesa las experiencias de estos varones y, sin embargo, sus sentidos no son unívocos, como tampoco lo son las posiciones de sujeto que suponen para los clientes. En los discursos de los entrevistados emergen formas de reproducción y legitimación de la jerarquía de género cuando el temor vinculado a sus experiencias está asociado diferencialmente de acuerdo con sus representaciones generizadas sobre los hombres y las mujeres que intervienen.

Por una parte, el temor vinculado a las mujeres está relacionado con ser estafado o sufrir un hurto, con las enfermedades de transmisión sexual, con no dominar la situación, especialmente en los primeros encuentros, donde ellas tienen más experiencia sexual que ellos. Aquí aparece el temor a la devaluación de su masculinidad, al carecer de aptitudes dominadoras que demuestren el control de la situación y el despliegue de una performance heterosexual acorde.

Por otra parte, el temor a la violencia física pocas veces aparece ligado a las prostitutas –apenas un entrevistado explicitó este miedo–, lo que contribuye a reproducir una jerarquía inter-género, vinculada a la menor capacidad para ejercer violencia por parte de las mujeres. Esta capacidad parece una potestad de los fiolos (donde la contrapartida es la imagen de las mujeres que hacen comercio sexual como desvalidas, necesitadas de protección o imposibilitadas de librarse de ella). El reconocimiento y temor de esta capacidad exclusiva muestra que el comercio sexual heterosexual dista de ser simplemente un “pacto entre hombres”, como veremos en el capítulo dedicado a la percepción que los varones que pagan por sexo tienen de los fiolos.

Estas experiencias muestran entonces, la multiplicidad de relaciones entre masculinidades puestas en juego en cada relación generizada: los clientes adoptan una forma de masculinidad hegemónica inter-género, es decir, que reproduce la legitimidad de la desigualdad generizada al considerar que una mujer sería pasiva y que precisaría de la “protección” de un hombre potencialmente violento. Simultáneamente, los clientes, en el marco de las relaciones intra-género, se encuentran subordinados respecto a la masculinidad potencialmente violenta de los fiolos, de la que rehúyen. Asimismo, esa estructura generizada que sitúa la capacidad física de la violencia del lado de los varones, también les sustrae a estos el dominio más refinado sobre sus emociones y en este terreno aparecen como expuestos frente a las mujeres.


Los relatos de los entrevistados permiten trazar una discordancia entre la fantasía del “ir de putas” –sea como un escenario de dominación y sojuzgamiento o como un espacio festivo y descomprometido emocionalmente– y las experiencias narradas. Allí emergieron dimensiones no esperadas, vergüenzas y riesgos que suscitan temores y abren un potencial desestabilizador de las posiciones fijas de clientes y prostitutas. Las vergüenzas y los miedos relatados nos muestran que el sexo comercial, más allá de cómo sea imaginado, no logra reducirse a una violenta operación económico-carnal despojada de emociones y de implicación personal. Las emociones en los relatos de los entrevistados nos permitieron abrir una línea analítica, no para dirimir definitivamente si los clientes son parte o no de “la masculinidad hegemónica”, sino para interrogar las tensiones presentes en sus discursos. El análisis de la dimensión emocional nos ha mostrado cómo prácticas y discursos que podríamos pensar como contradictorios, pueden coexistir en las múltiples masculinidades de los varones que pagan por sexo quienes pueden ocupar, entonces, distintas posiciones en relación con la hegemonía de género.

Uno de los fenómenos que pudimos observar en los relatos de los entrevistados es que la vergüenza los acecha de distintas formas. En primer lugar, la vergüenza que implica hablar de esta práctica cuando aparece socialmente cuestionada y los coloca en una posición desprestigiada. En las entrevistas realizadas por una mujer resultó más problemático para los varones asumirse como clientes y muchos intentaron contrapesar su vergüenza con narraciones que aludían a nociones asociadas a la “igualdad de género” en una búsqueda por reconstruir su respetabilidad. También aparece la vergüenza de ser excluido del ritual homosocial que valida la masculinidad a partir de la heteronormatividad. Aquí la práctica se encuentra representada como un reto que define quienes son suficientemente hombres. Luego, la vergüenza también emerge por la carencia o la devaluación del capital erótico que podría implicar pagar por sexo, cuando esto puede ser leído como la incapacidad de “levantarse una mina”. Finalmente, la vergüenza se expresa en el silencio cuando se asocia esta práctica con una dificultad para sobrellevar la soledad. Todas estas formas de vergüenza ponen de relieve las tensiones hegemonía-subalternidad en las posiciones que la masculinidad adquiere en relaciones intra-género –a través del desafío de asumir una heterosexualidad activa que se exprese en la capacidad de “conquistar” una mujer– y en las relaciones inter-género –a través de la incomodidad que genera la posición desprestigiada–. Asimismo, la vergüenza permite expresar el deseo de restaurar la propia posición subjetiva –deteriorada por el estigma de “prostituyente”, de “homosexual” o de “perdedor”– tanto como puede alimentar un proceso de reflexión que pone en cuestión lo que es percibido como “deficiencias del yo” sin necesariamente buscar reconstruir el respeto del otro/a.

Como ya hemos planteado, podemos pensar que si la vergüenza es una emoción que parte desde (la mirada de) un otro hacia una inadecuación de sí mismo, el miedo parece seguir la dirección opuesta expresando el temor a un otro amenazante. Aunque no debemos por ello confundir el yo y el otro con personas físicas, esta lectura nos permite entender las vergüenzas y los temores que aparecían narrados en las entrevistas como las reacciones a la relación problemática y generizada entre el sí mismo y el otro –real o imaginado, exteriorizado o internalizado–. Los miedos relatados representaban el temor a un otro delincuente, a la enfermedad, a la incapacidad de controlar las emociones y a la violencia, asociando cada una de estas variables a representaciones generizadas diferencialmente. La prostituta, feminizada, hipersexualizada y patologizada, encarnaría los dominios de lo emocional y lo sexual, suponiendo riesgos para la salud, riesgo de enamoramiento o emasculación. Por su parte, el fiolo sería el protector violento y errático de la prostituta, y supondría un riesgo de robo o para la integridad física de los clientes.

Las emociones que muestran en sus relatos los varones que pagan por sexo, en este caso, la vergüenza y el miedo, ayudan a poner de relieve la diversidad de relaciones de hegemonía-subalternidad posibles en las relaciones inter e intra-género que tienen lugar en el mercado sexual entre la multiplicidad de actores involucrados. Otras emociones también pueden poner a estos varones en una posición donde se perciben como vulnerables, especialmente aquellas que aparecen de forma inesperada, aunque como veremos a continuación, pueden ser leídas como propias de la lógica del mercado sexual.


  1. Este capítulo ha sido reelaborado a partir de Morcillo, Martynowskyj y de Stéfano Barbero (2021).
  2. De Stéfano Barbero ha analizado el papel de la homofobia en la regulación de las relaciones de poder entre varones en contextos escolares (De Stéfano Barbero, 2017), y entre varones que ejercieron violencia contra las mujeres en la pareja (De Stéfano Barbero 2021, 2019, 2018).
  3. Hay abundante bibliografía sobre la asociación entre masculinidad y exposición al riesgo en el trabajo, en la salud, etc. (Ver Sabo, 2005).


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