Arilson Favareto y Carolina Galvanese
Introducción
Una de las principales innovaciones promovidas en las ciencias humanas y sociales en el cambio hacia el siglo XXI es la difusión del adjetivo territorial en investigaciones y análisis aplicados a diferentes fenómenos: conflictos territoriales, desarrollo territorial, políticas territoriales (Galvanese, 2021). Es evidente que la categoría territorio ya era utilizada desde hace mucho tiempo en disciplinas como la antropología y, principalmente, la geografía (Haesbaert, 2005). Sin embargo, sus usos se ampliaron significativamente en el conjunto de las ciencias humanas y sociales. Se produjo una importación del enfoque territorial al campo de las políticas públicas, con la proliferación de programas y políticas que incorporan el adjetivo territorial (Favareto & Lotta, 2022). Paralelamente, hubo actualizaciones correspondientes en los dispositivos institucionales de la práctica científica: se crearon numerosos eventos académicos, revistas especializadas y programas de posgrado que, cada uno a su manera, también buscaron expresar este posicionamiento de la cuestión territorial como un objeto privilegiado de los esfuerzos científicos.
Todo esto representa un giro importante —un giro territorial (Soja, 1989; Favareto, 2024)— que impactó en tres dimensiones fundamentales del campo científico (Giorgi & Favareto, 2024): la dimensión epistemológica, con nuevos enfoques e inversiones en investigación aplicada y el perfeccionamiento de marcos de análisis; la dimensión institucional, con la creación de espacios de reproducción de una comunidad dedicada a los temas territoriales, y la dimensión societal, con procesos de influencia recíproca entre la comunidad de científicos sociales dedicados a los estudios territoriales y otras esferas de la vida social que utilizan estos conocimientos para sus prácticas o que, inversamente, presionan al campo científico para que busque respuestas a sus problemas.
En cada una de las disciplinas de las ciencias humanas y sociales, sin embargo, este giro territorial toma una forma diferente. Esto ocurre porque se apoya en una trayectoria previa, en la que ya se habían tratado temas relacionados con los fenómenos de naturaleza espacial —la cuestión agraria, la cuestión urbana, la cuestión regional, la cuestión ambiental—, lo que dejó herencias que informan las nuevas prácticas científicas. Además, porque su amalgama en una cuestión territorial confronta los grandes fundamentos teóricos y paradigmas que sustentaban, en estas disciplinas, el análisis de diferentes fenómenos (Klink et al., 2015). De ahí se deriva una pregunta importante, aunque en gran medida descuidada hasta ahora: ¿la cuestión territorial representaría entonces solo un nuevo objeto, a ser esclarecido a partir de los marcos analíticos ya establecidos? ¿O, por el contrario, los nuevos desafíos teóricos obligan a la configuración de una nueva epistemología, erigida a partir de las especificidades de este fenómeno nuevo —o, si no exactamente nuevo, presentado de manera renovada para el análisis—? Esta es la pregunta que motivó la elaboración de las reflexiones contenidas en las próximas páginas, tomando como base la evolución y el estado actual del tema en el ámbito de una disciplina específica: la sociología.
El territorio es una categoría relacionada con otras de naturaleza espacial, como región, paisaje, espacio y lugar. En la trayectoria del pensamiento sociológico, específicamente, las relaciones entre sociedad y esta naturaleza espacial de ciertos fenómenos estuvieron presentes desde sus inicios, aunque no siempre de manera explícita. Aunque los fundadores de la disciplina no formularon una teoría sistemática sobre el territorio, sus reflexiones sentaron las bases para una posterior comprensión sociológica del espacio como dimensión fundamental de la vida colectiva. La problemática territorial —entendida aquí como la manera en que las dinámicas sociales, a la vez que se materializan, también son condicionadas por el espacio— atravesó diferentes momentos de la teoría sociológica, asumiendo distintos contornos según los contextos históricos y las diversas configuraciones del capitalismo a lo largo del tiempo. Las próximas páginas buscan reconstruir la evolución de este debate, desde sus raíces en los clásicos de la sociología hasta sus contornos contemporáneos, cuando el territorio se impone al análisis no solo como escenario de manifestación de procesos sociales o como lugar de concreción de determinantes económicos o políticos, como suele ser más común en la literatura sobre el tema, sino como estructura internalizada en las prácticas sociales, en las estrategias de dominación y en las formas de sociabilidad de los agentes.
Para ello, el recorrido trazado aquí está organizado en cuatro momentos principales. Primero, retomamos cómo los fundadores de la sociología —Marx, Weber y Durkheim— y autores clásicos como Georg Simmel abordaron, aunque de modo indirecto, la cuestión espacial y, principalmente, la vida social en las ciudades frente al contexto de acelerada urbanización que marcó los orígenes de la sociología como disciplina científica. En seguida, presentamos las reflexiones sociológicas que se dirigieron a la dimensión espacial durante la primera mitad del siglo XX, con énfasis en la Escuela de Chicago y en los enfoques de la sociología urbana y rural, disciplinas que en aquel momento adquirieron creciente relevancia, aunque aún no presentaban un uso del territorio como categoría analítica. En la tercera parte exploramos el surgimiento de una sociología territorial propiamente dicha, bajo la influencia de las reflexiones de Henri Lefebvre y David Harvey sobre la producción del espacio y sus implicaciones para comprender el territorio como producto activo de las relaciones sociales, en el último tercio del siglo pasado. También en este momento se destaca el libro seminal de Arnaldo Bagnasco sobre la llamada Tercera Italia, que, en esa misma época, inauguró una rica generación de estudios sobre la heterogeneidad y los determinantes del desarrollo territorial en un mundo cada vez más globalizado, con enormes repercusiones para los usos de esta categoría en el ámbito de las políticas públicas y en la apertura de un diálogo explícito con la ciencia económica en el campo de los estudios del desarrollo. En la última parte abordamos algunas contribuciones sociológicas más recientes, en las que el territorio se concibe como una estructura incorporada por los agentes —se trata de la idea del efecto lugar de Pierre Bourdieu o del estigma territorial de Loïc Wacquant— y como una arena de conflictos por apropiación y poder donde se disputan recursos, identidades y proyectos políticos —aquí se ubican los estudios que destacan la financiarización del espacio y la naturaleza, tal como lo hace Maristella Svampa y otros autores—.
Al recorrer esta trayectoria, el capítulo cuestiona si, y en qué medida, la sociología ha venido integrando el espacio y el territorio en sus fundamentos teóricos, cuáles son las posibles innovaciones epistemológicas derivadas de esta incorporación y cuáles son las nuevas preguntas de investigación que emergen de ello. Si en el siglo XIX el espacio era tratado como un telón de fondo o una variable secundaria, resulta imposible comprender las dinámicas fundamentales del mundo contemporáneo —desde las desigualdades hasta las luchas por el poder, desde las identidades colectivas hasta los conflictos ambientales— sin una sociología que considere el territorio no como un escenario o espacio donde se proyectan dinámicas extralocales, sino como una categoría constitutiva y estructurante del análisis social. Comprender en qué medida este desafío ha sido enfrentado por la teoría social contemporánea y cuáles son las fronteras de investigación que pueden contribuir en este sentido es, por lo tanto, la ambición de las próximas páginas.
1. Los orígenes de la cuestión territorial en el pensamiento sociológico
Desde sus inicios, la sociología se ha ocupado, en alguna medida, de cuestiones asociadas al espacio. Aunque la sociología del espacio, del territorio y disciplinas afines solo cobraron fuerza y más adeptos décadas después, los autores clásicos ya aportaban, a finales del siglo XIX e inicios del XX, elementos para comprender la dimensión espacial de las relaciones y prácticas sociales. Friedrich Engels (1845) mostró cómo la constitución de la ciudad industrial era un componente fundamental de los procesos de concentración y superexplotación de los trabajadores en la Inglaterra de su época, con condiciones de vida marcadas por una brutal precariedad e insalubridad. Émile Durkheim (1893, 1895, 1897) abordó el espacio de forma indirecta, aunque estructural, integrándolo a su concepto de morfología social —como un sustrato material que condiciona las formas de solidaridad y organización colectiva— y a su análisis empírico del suicidio y su relación con fenómenos como la urbanización y el aislamiento rural. Karl Marx (1867), al analizar la renta de la tierra y la acumulación primitiva, demostró cómo la apropiación del espacio constituye un mecanismo fundamental en la reproducción de las relaciones capitalistas, y su discusión sobre la propiedad de la tierra y la expropiación campesina revela el espacio como componente activo en la estructuración de la dinámica de reproducción del capital y de las clases sociales. Max Weber (1921), por su parte, destacó el papel del espacio urbano en la formación de nuevas formas de asociación y racionalidad, contraponiendo la ciudad medieval, como espacio de autonomía política y económica, al dominio feudal, y evidenciando cómo los cambios sociales más amplios son inseparables de una dimensión territorial.
A pesar del carácter pionero de estas contribuciones, estas permanecieron puntuales dentro de una trayectoria disciplinar “en la cual la noción de espacio constituyó más un presupuesto que un objeto epistemológico propio” (Frehse, 2013). Como señalan Schroer (2008) y Frehse (2013), predominó en la teoría sociológica un uso implícito de categorías espaciales, raramente problematizadas en su especificidad analítica. El espacio fue frecuentemente naturalizado como una dimensión evidente, relegado a la función de telón de fondo o variable residual, sin requerir mayor sistematización teórica. Este tratamiento marginal deriva, en parte, de una reacción de la sociología al determinismo geográfico del siglo XIX, que atribuía al espacio un papel causal casi absoluto en la organización social, política y cultural de las sociedades. Preocupada por negar reduccionismos ambientales y por consolidarse como un campo científico, la sociología buscó corregir un error con otro, y así relegó el espacio a una posición secundaria, subordinada a la primacía explicativa del “hecho social”. También influyó en esto cierta expectativa de homogeneización del capitalismo industrial, coherente con la idea de una sociedad de masas, en la cual las particularidades tenderían a ser absorbidas por el carácter envolvente de las dinámicas sociales y económicas más amplias. Sería solo a partir de la década de 1970 —no por casualidad, en el marco de la transición hacia un capitalismo flexible o posindustrial— que el espacio reaparecería como un objeto privilegiado de estudio sociológico, inicialmente a través de la teoría de la producción del espacio de Lefebvre, de los análisis de Harvey sobre la producción capitalista del espacio, de Castells sobre la cuestión urbana, o de autores latinoamericanos dedicados a la llamada producción de la periferia, como se verá más adelante.
Es sobre la ciudad y el espacio urbano donde la sociología clásica produjo, sin embargo, la parte más significativa de su conocimiento acerca del territorio, en debates sobre la temática urbana y la configuración de las ciudades modernas, lo que dio lugar al inicio de las reflexiones de un campo de estudios que, más tarde, se constituiría propiamente como sociología urbana (Lemos, 2012). Esta centralidad de lo urbano resulta particularmente evidente en la obra de Georg Simmel, cuyo análisis de la vida metropolitana refleja su experiencia en el Berlín de la transición del siglo XIX al XX —una ciudad que, en pocas décadas, se transformó radicalmente, atravesando un intenso proceso de industrialización, acelerado crecimiento poblacional y profundas modificaciones en las relaciones sociales (Waizbort, 2000)—. Simmel comprendía la metrópoli moderna como el espacio privilegiado de manifestación de las contradicciones fundamentales de la modernidad, en particular la tensión entre la emancipación individual y las fuerzas objetivas de una sociedad masificada.
En La metrópoli y la vida mental (1903), Simmel demuestra cómo el entorno urbano, con su aceleración temporal, concentración de estímulos sensoriales y predominio de la economía monetaria, produce transformaciones profundas en la subjetividad humana. El sociólogo alemán identifica en la gran ciudad un fenómeno psicológico característico que denomina “intensificación de la vida nerviosa”, resultante del intenso y continuo flujo de impresiones sensoriales, interacciones fugaces y demandas cognitivas complejas. Para hacer frente a esta sobrecarga, el habitante metropolitano desarrolla una actitud intelectualizada y blasé —un mecanismo de defensa que combina una racionalización extrema con indiferencia emocional (Kapp, 2011; Dias, 2012)—.
Simmel contrasta esta realidad con la vida en pequeñas ciudades o en el medio rural, donde la menor densidad de estímulos permitía un ritmo más lento y relaciones sociales basadas en la afectividad y la tradición. Si en las comunidades pequeñas la cohesión social limita la libertad individual mediante el control comunitario, la metrópoli ofrece mayor autonomía, aunque a costa del anonimato y la atomización social. Esta libertad paradójica —conquistada a través de la impersonalidad, pero marcada por la soledad— revela el dilema central de la modernidad: cómo conciliar individualización y pertenencia en un contexto de creciente fragmentación social. Al analizar el Berlín en transformación, Simmel anticipó los desafíos psicológicos de las metrópolis contemporáneas, donde la aceleración tecnológica y la cultura de lo efímero radicalizan tales procesos. Su análisis sigue siendo actual precisamente por capturar la ambivalencia de la experiencia urbana, que constituye a la vez un espacio de emancipación y alienación, diversidad y homogeneización, libertad y aislamiento (Kapp, 2011; Dias, 2012).
La presencia de la ciudad como objeto de reflexión en el pensamiento sociológico se evidencia no solo como un tema empírico, sino como un elemento constitutivo del imaginario teórico de la disciplina (Frehse, 2012). La metrópoli moderna, en Simmel, no es únicamente un telón de fondo, sino un operador conceptual que explicita las tensiones entre individualización y masificación, libertad y anonimato, emociones y racionalización de la vida cotidiana. Así, más que un locus de investigación, la ciudad representa una categoría analítica clave que permite desentrañar las dinámicas de la modernidad. La influencia de Simmel trascendió las fronteras alemanas, y encontró especial resonancia en Estados Unidos, donde su obra fue traducida y ampliamente difundida. La Escuela de Chicago incorporó elementos fundamentales de su enfoque, y así lo convirtió en una referencia fundacional para la sociología urbana norteamericana, como se mostrará a continuación.
2. La ilusión de un mundo plano y los contornos de la sociología urbana y rural
El encuentro de 1925 de la American Sociological Society, que contó con la participación de exponentes de la Escuela de Chicago como Robert Park y Ernest Burgess, representa un hito decisivo en el proceso de consolidación de la sociología urbana como campo disciplinar autónomo (Lemos, 2012). Como destaca Topalov (2008), este evento puede interpretarse como el momento fundacional en que la disciplina adquiere el estatus de una verdadera “etiqueta científica”, es decir, marcada por el dominio sobre un tipo específico de conocimiento legitimado en el ámbito académico (Lemos, 2012). A partir de entonces, aunque de forma no lineal y atravesada por disputas teóricas, la sociología urbana comenzó a estructurarse como un campo científico, una esfera social que presupone formas específicas de interés y compromiso intelectual (Bourdieu, 1976). Este proceso de institucionalización implicó el desarrollo de métodos de investigación, el refinamiento de conceptos analíticos y la adopción de técnicas de investigación particulares, al tiempo que demandó la creación de estructuras institucionales capaces de asegurar su reproducción como saber especializado y garantizar solidez y reconocimiento a esta nueva área del saber sociológico (Lemos, 2012).
La Escuela de Chicago (1915‑1935) estableció los fundamentos de la sociología urbana mediante estudios pioneros basados en los principios de la ecología humana. Sus principales exponentes —por ejemplo, Robert Park (1929), que veía la ciudad como un “laboratorio social”, y Louis Wirth (1938), que desarrolló el concepto de “urbanismo como modo de vida”— analizaron fenómenos urbanos como el crecimiento desordenado, la asimilación cultural, las cuestiones étnicas y la delincuencia juvenil. Estos estudios surgieron en el contexto de la rápida urbanización estadounidense, donde se observaba una tensión fundamental entre la comunidad rural, asociada a la tradición, y la sociedad urbana, asociada a la modernidad. El enfoque, fuertemente informado por las reflexiones de Simmel, subrayaba que la constitución de la vida en la metrópoli resultaba de la relación directa entre el aumento numérico y territorial de una aglomeración y el incremento de las interacciones y comunicaciones recíprocas entre los individuos que habitan ese mismo espacio. Es debido a la magnitud numérica y a la intensidad de las relaciones sociales que el modo de vida urbano adquiere su especificidad con respecto a la vida en el campo. Concebida como un mosaico de territorios étnicos y sociales en constante competencia espacial, la ciudad era, por tanto, más que una aglomeración física: un “estado de ánimo” cristalizado en el concepto de urbanidad, que sintetiza el arte peculiar de vivir en las metrópolis modernas (Wirth, 1938).
Junto a la interesante caracterización de las ciudades y el modo de vida urbano, las reflexiones de la Escuela de Chicago llevaron, de manera indirecta, a construcciones teóricas acerca del espacio rural y sus modos de vida, al institucionalizar una matriz analítica fundamentada en la dicotomía urbano‑rural, aún presente hoy en los debates sobre lo rural. La constitución de la sociología rural como campo autónomo se inscribe en este contexto histórico‑epistemológico, marcado por la emergencia de la oposición binaria entre los espacios como forma hegemónica de comprensión de las transformaciones sociales engendradas por el capitalismo industrial hasta mediados del siglo XX.
En la sociología rural, dos tradiciones derivaron de esta oposición binaria (Favareto, 2006). Una de ellas tiene como fundamento la dicotomía entre lo urbano y lo rural, heredera de antagonismos formulados por los clásicos —como la oposición entre la solidaridad mecánica, derivada de los lazos de conocimiento recíproco, y la solidaridad orgánica, basada en la complementariedad obtenida por las complejas interacciones típicas de formaciones sociales marcadas por la impersonalidad y una elevada división social del trabajo, tal como la formuló Durkheim; o la antinomia entre comunidad, lugar de la tradición, y sociedad, espacio típico de la producción de la modernidad, propuesta por Weber, entre otros—. De ahí surgen los llamados estudios de comunidad, practicados tanto por sociólogos como por antropólogos, en los cuales el énfasis recae siempre en el intento de entender los modos de vida y la condición de relativa autonomía de las localidades rurales, aunque estas se vean presionadas por las dinámicas provenientes de la sociabilidad urbana y de la penetración de relaciones monetizadas, marcadas por la racionalización y la competitividad, que amenazan la sociabilidad rural y debilitan las relaciones de cooperación y reciprocidad. En esta tradición, la relación con lo urbano se concibe como una amenaza.
La segunda tradición, por su parte, tiene como fundamento la idea de un continuo urbano‑rural. En este caso, la herencia proviene tanto del funcionalismo como de ciertas vertientes del marxismo, según las cuales la dinámica envolvente del capitalismo no dejaría margen para la supervivencia de tradiciones u otras formas sociales que no fueran aquellas asumidas por la industrialización y la urbanización. Las realidades marcadas por la ruralidad también serían, tarde o temprano, subsumidas por los mismos contenidos asociados inicialmente a la vida urbana. No se trata aquí de un antagonismo, sino de un gradiente en el cual el polo del que emana el contenido de la vida social es el urbano, sin que los fenómenos típicamente rurales tengan un papel explicativo propio, ya que serían mera extensión de lo que se origina en las ciudades. Aun así, sigue tratándose de una oposición binaria, pero cuya dinámica se explica por el predominio gradual de un polo —lo urbano— sobre otro —lo rural.
Esta demarcación conceptual, que oponía lo rural (asociado a la tradición, el atraso y la periferia) a lo urbano (símbolo de la modernización, el progreso y el centro de la dinámica social y económica del capitalismo), no solo organizó el pensamiento sociológico, sino que estuvo en la base de los análisis sociales hegemónicos sobre la transición hacia la modernidad y el mundo urbano‑industrial durante buena parte del siglo XX. Sin embargo, desde el punto de vista de la teoría sobre el espacio, este enfoque dualista presentaba dos limitaciones principales.
Una se refiere a cierta “esencialización” de las categorías espaciales. Al operar mediante dicotomías rígidas u oposiciones binarias, aunque no estrictamente dicotómicas, las perspectivas de la sociología rural y urbana de aquella época esencializaban lo rural y lo urbano como entidades mutuamente excluyentes, descuidando las relaciones de interdependencia y co‑constitución entre ambos, así como las innumerables variaciones regionales y culturales que pueden observarse en las diferentes configuraciones espaciales. La otra limitación está relacionada con un supuesto de homogeneización espacial, presente no solo en los dos subcampos disciplinares de aquel momento, sino también en otras disciplinas como la economía y sus teorías de la localización (Galvanese, 2021). Apoyada en las teorías de la modernización, hegemónicas en el apogeo del paradigma fordista, la sociología dominante partía del supuesto de una progresiva uniformización de los territorios, resultado de una amplia expectativa en la modernización y la convergencia de modelos de desarrollo y estilos de vida, así como de una concepción instrumental del espacio como escenario pasivo de los procesos sociales. La urbanización acelerada y la expansión del capitalismo industrial parecían sugerir una uniformización progresiva del espacio, que oscurecía heterogeneidades y contradicciones territoriales. Fue solo con las crisis del fordismo y el cuestionamiento de estas narrativas de progreso que la sociología empezó a abordar el espacio de manera más crítica, en un movimiento que cobraría fuerza a partir de los años setenta, con enfoques que, como se verá en la próxima sección, resignificaron el espacio, denunciaron las asimetrías en la producción de los territorios y revelaron las contradicciones del “proyecto moderno” en su manifestación espacial.
3. Producción del espacio y heterogeneización territorial en el mundo posindustrial
En la década de 1970, un conjunto de autores inscritos en la corriente marxista colocó en el centro del análisis las dinámicas del sistema capitalista en el contexto urbano, tomando la ciudad como expresión de las contradicciones de dicho sistema. La sociología urbana francesa, bajo una perspectiva crítica, comenzó a cuestionar con fuerza las lecturas predominantes hasta entonces. Grandes empresas y fracciones del aparato estatal, agentes de las clases dominantes, se convirtieron en los principales actores de la organización del territorio y de su forma de producción. Esta alianza tenía como objetivo controlar la reproducción de la fuerza de trabajo. El espacio pasó entonces a ser visto como algo más que un simple soporte material de las relaciones sociales que se definen en otra esfera.
Era el momento en que la promesa de la modernidad perdía impulso. En lugar de la esperada homogeneización y la creciente expansión del bienestar, comenzaba a quedar claro que el capitalismo urbano e industrial había producido una sociedad desigual y opresiva. No solo se mantenían las asimetrías entre centro y periferia, sino que incluso en el propio centro las fracturas se mostraban evidentes. Las influencias de esta forma de pensar son múltiples y acumulativas; entre ellas, cabe citar los influyentes libros de Herbert Marcuse, Eros y civilización (1955) y El hombre unidimensional (1964), que retoman la crítica a la sociedad de masas de la Escuela de Frankfurt, el existencialismo de Jean‑Paul Sartre y, en otro registro, el diagnóstico radical de Michel Foucault sobre la inseparabilidad entre las formas sociales y las formas subjetivas de la vida social, así como lo que estas contienen de control y disciplina, como ya se anunciaba en sus influyentes trabajos publicados en la década de 1960, pero sobre todo en Vigilar y castigar y en el desarrollo posterior de las articulaciones entre seguridad, territorio y población, trabajadas en sus cursos en el Collège de France (Foucault, 1975, 1978).
El giro decisivo hacia una sociología del territorio ocurrió con Henri Lefebvre, quien, en La producción del espacio (1974), argumentó que el espacio no es un recipiente neutro, sino un producto social activamente constituido por las relaciones de poder y por la acumulación capitalista. Para él, la urbanización no era solo una transformación morfológica, sino una dimensión central de la reproducción del capital, en la que el espacio se convierte en mercancía e instrumento de control. Lefebvre (1999, 2000, 2010) capturó bien el espíritu de la época y lo tradujo en sus obras; así dio forma a lo que se convertiría en una suerte de consigna aún vigente en el pensamiento social aplicado al fenómeno urbano: la idea de “derecho a la ciudad”.
La sociedad industrial representaba el punto culminante del desarrollo capitalista. Pero su sucesora no sería la sociedad socialista, pues en ese mismo momento la versión industrial del llamado socialismo real había producido el autoritarismo soviético. Para Lefebvre, la sociedad industrial sería reemplazada por la sociedad urbana. El campo de las luchas se desplazaría entonces de las reivindicaciones típicas de la sociedad salarial hacia una sociedad de derechos y, en un mundo urbanizado e industrializado, hacia la disputa por el locus central de las decisiones y de la vida social: las ciudades. Ya no se trataría de la producción de valor, sino de la producción del espacio, bajo una urbanización extensiva que abarca todos los demás tipos de espacios, lo que pasaría a ser una preocupación central, pues allí residiría la frontera para la ampliación de las posibilidades de las personas, más allá del mundo del trabajo (Lefebvre, 1999).
Sin embargo, en ese mismo momento ocurría otro cambio que escapó a este marco interpretativo de Lefebvre: la sociedad industrial daba paso a una sociedad posindustrial. El capital produciría desempleo estructural, y la disputa en el mundo del trabajo seguiría teniendo centralidad en el cambio hacia el siglo XXI, aunque sobre bases mucho más desfavorables para los trabajadores. Castells (2020) comprendió bien el sentido de esta transformación y, en alusión al libro clásico de Kautsky, La cuestión agraria, publicó en la década de 1970 un libro que también se volvería clásico: La cuestión urbana. En el marco de una sociedad en la que el pleno empleo dejaba de existir, las disputas se desplazarían hacia la reivindicación de una suerte de salario indirecto, materializado en la lucha por el derecho a la vivienda y a otras condiciones necesarias para la reproducción de la vida social que ahora ya no serían provistas por las empresas, vía salarios, a causa del desempleo estructural, sino por el Estado. La población marginada, y no más el obrero industrial, se convertiría entonces en agente de las transformaciones. La organización del espacio urbano y, en él, la actuación del Estado volvían a adquirir centralidad; una visión convergente con la lectura de Lefebvre sobre lo urbano y las ciudades, pero adaptada a los moldes marxistas de aquella etapa del pensamiento de Castells. Sus análisis estaban fuertemente marcados también por el intento de producir una explicación coherente con las condiciones del cambio social en América Latina, donde vivió, que no se había convertido completamente en una región industrializada y, como tal, no podía generar el movimiento obrero revolucionario clásico.
Años más tarde, Harvey (2005) introduciría un nuevo elemento. Esta vez, en alusión al libro de Lefebvre, La producción del espacio, Harvey recuperaba la centralidad del componente capitalista en la explicación de las dinámicas del mundo contemporáneo e introducía dicho adjetivo en el título de su libro: La producción capitalista del espacio. Uno de sus principales argumentos recuperaba algo de Marx, en especial su explicación sobre la renta de la tierra, que había sido relegada incluso por la tradición marxista a lo largo del siglo XX. Si en el apogeo del capitalismo industrial los marxistas habían creído que la tierra había perdido centralidad como factor de producción y se concentraron en los demás factores —capital y trabajo—, en el capitalismo posindustrial el espacio volvía al centro de la dinámica de acumulación, para convertirse así en nueva frontera para la realización del valor, transformándose también en mercancía por excelencia y en factor de diferenciación en la producción de rentas. Las crisis de acumulación se resuelven mediante inversiones espaciales —infraestructura, gentrificación, expansión de fronteras—. La revolución introducida por las nuevas tecnologías de la información y del transporte había roto la rigidez que las distancias imponían a la jerarquización del espacio. La llamada acumulación flexible permitió la diseminación de procesos de deslocalización y relocalización de empresas y flujos demográficos que convirtieron el espacio en un factor activo de la dinámica económica y social de manera relativamente inédita desde el surgimiento del capitalismo.
Algo de la explicación de Harvey ya podía encontrarse en una de las más ricas generaciones de análisis sobre la cuestión urbana, regional y rural en América Latina. En Brasil, esta reunió a un grupo de intelectuales —sociólogos, economistas, urbanistas— vinculados a la Universidad de São Paulo y al Cebrap en la década de 1970 (Oliveira, 2003; Singer, 1973; Kowarick et al., 1975; Maricato, 1979). Ellos mostraban cómo, ante la imposibilidad de hacer del proceso productivo la principal frontera de valorización del capital, en Brasil este se valía de la producción de la periferia como vector de acumulación, ya sea bajo la forma de incorporación de nuevas áreas al mercado inmobiliario o facilitando condiciones de superexplotación de la clase trabajadora que vive en estas periferias, por ejemplo, mediante la autoconstrucción de viviendas en lugar de la reivindicación de salarios lo suficientemente altos para costear el pago de la vivienda.
Ello con dos avances adicionales respecto de la bibliografía de la época: en algunas de estas obras había una crítica a la manera en que el Estado en la periferia del capitalismo se había convertido en instrumento capturado por élites asociadas al capital internacional, lo cual evidenciaba los límites del desarrollismo clásico; y había también una complejización de la lectura de Castells sobre las condiciones para la transformación social, pues la producción de la periferia se mostraba funcional a la acumulación capitalista, y no una amenaza para ella.
En el campo de la sociología rural, los trabajos de José de Souza Martins (1973) también muestran las combinaciones entre tradición y modernidad en las fronteras de expansión agropecuaria. Con matices, podrían mencionarse varios autores para ilustrar el rico panorama de la producción latinoamericana de esa época, explorando cuestiones similares, como los conocidos trabajos de Rodolfo Stavenhagen (1969) sobre América Latina y México, o de José Nun (1969) sobre la capital argentina y otras metrópolis, entre tantos otros. El panorama no estaría completo sin mencionar la rica tradición de obras clásicas y de pensamiento original latinoamericano sobre la cuestión regional y sus articulaciones con el subdesarrollo, desde las contribuciones de economistas como Raúl Prebisch (1949) y Celso Furtado (1958), pasando por la crítica de sociólogos como Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto (1969) y su teoría de la dependencia, hasta la crítica a la razón dualista de Francisco de Oliveira (1973/2003).
Si la dimensión espacial ya estaba siendo colocada en primer plano en las ciencias sociales hacia el último cuarto del siglo XX, fue en 1977, con la publicación del libro Tre Italie. La problemática territorial del desarrollo italiano, del sociólogo Arnaldo Bagnasco, cuando el territorio comenzó a utilizarse ampliamente como categoría de análisis en las ciencias sociales aplicadas al desarrollo y, de allí, en otros campos como las políticas públicas. En él, el autor se preguntaba si, en ese momento marcado por la crisis y el desempleo que sucedieron a los “treinta años gloriosos” de la posguerra, existían localidades capaces de generar empleo y dinamizar sus economías. La respuesta fue afirmativa, pero de manera sorprendente no se trataba ni del norte italiano, con su economía industrial, ni del sur agrario, donde los menores costos de producción podrían estar atrayendo inversiones, ambas regiones representativas de los dos arquetipos con los que siempre se habían estructurado las lecturas sobre tradición y modernidad. La región central de Italia, con economías diversificadas, complementariedad entre lo rural y lo urbano y una red de pequeñas y medianas empresas, presentaba el mejor desempeño. La explicación residía en la mayor flexibilidad y adaptabilidad de su tejido social y económico a los contextos de crisis, lo que activó lazos locales de cooperación que fueron la base para soluciones innovadoras, que convirtieron la complementariedad entre sectores y entre áreas rurales y urbanas en un factor de amortiguación de los choques externos. En pocas palabras: el tejido social de los territorios era lo que explicaba el dinamismo.
A partir de entonces, una generación de estudios comenzó a poner énfasis en los factores intraterritoriales como fundamentales para explicar el desarrollo en un mundo posindustrial, mezclando influencias de la bibliografía neoschumpeteriana sobre innovación y de la neomarshalliana sobre distritos industriales. Algunos identificaron esos factores en la dimensión cívica y cultural (Putnam, 1993). Otros, en las economías de alcance en oposición a las economías de escala típicas de la sociedad industrial (Porter, 2000; Piore & Sabel, 1984). Otros más, en la capacidad de innovación (Maillat & Camagni, 2006; Pecqueur, 2000). También hubo estudios que destacaron la combinación entre factores endógenos y el tipo de relaciones con espacios extralocales (Veltz, 2012). Esta generación reunió, bajo un mismo programa de investigación, a sociólogos, economistas y geógrafos, pero con un punto de partida común: el territorio no es únicamente el espacio donde se manifiestan flujos económicos o dominaciones externas que se realizan en él, sino que son las relaciones sociales producidas en (y entre) los territorios las que constituyen la esencia de los fenómenos contemporáneos.
Este programa de investigaciones también cobró forma en América Latina, a finales del siglo XX e inicios del XXI. Sin pretender agotar el amplio y diverso panorama de autores que se dedicaron a distintos temas, pueden mencionarse algunos nombres. En Brasil, es imposible no recordar la influencia del geógrafo Milton Santos, pero entre los científicos sociales, los trabajos de Ricardo Abramovay (2006) y del economista José Eli da Veiga (2002) fueron decisivos para influir en la constitución de políticas territoriales en el gobierno nacional de la época, lo que favoreció la difusión de este debate en diversos campos. En Ecuador, Luciano Martínez (2015, 2017) publicó trabajos inspirados en la sociología bourdieusiana para analizar transformaciones territoriales y creó en FLACSO un importante programa de posgrado especializado en el enfoque territorial. En Argentina, Maristela Svampa (2019) acuñó la expresión “consenso de las commodities”, en alusión al “consenso de Washington”, para analizar las dinámicas económicas y de poder asociadas a las formas de uso de los recursos naturales en América Latina, en el marco de un neoextractivismo. En Colombia, Arturo Escobar (2015), desde una perspectiva posdesarrollista, también ejerció gran influencia al analizar los territorios como espacios de vida. Aunque no son sociólogos, Julio Berdegué y Alexander Schejtman (2003), respectivamente mexicano y boliviano pero radicados en Chile, publicaron uno de los textos más influyentes para la difusión del enfoque territorial en América Latina, con lo que dieron forma a un programa de investigación colaborativo que involucró redes de investigadores en varios países, muchos de ellos sociólogos, como se verá a continuación.
4. Delineamientos contemporáneos, naturaleza, poder y el territorio como estructura social incorporada en los agentes
En el período contemporáneo, las aproximaciones anteriormente presentadas continúan existiendo, con mayor o menor fuerza. No hay exactamente una sustitución de viejas aproximaciones por nuevas. Lo que ocurre, más bien, son recomposiciones jerárquicas entre ellas. A este ya vasto panorama se suman nuevas perspectivas cuyo rasgo común es comprender el territorio como una estructura social activa, ya sea como soporte para la acción social o como una estructura internalizada por los agentes en sus prácticas cotidianas y en sus luchas políticas. Esta coexistencia se manifiesta en programas de investigación que combinan diferentes matrices teóricas y se articulan en redes transnacionales de investigación en torno a análisis que permitan abordar la complejidad de los fenómenos territoriales actuales —desde la financiarización del espacio hasta la crisis ecológica, pasando por el reconocimiento de la diversidad de modos de vida—. Esta sección esboza, aunque de manera esquemática e incompleta, una tentativa de clasificación que involucra algunos de estos programas de investigación.
Un primer grupo, numéricamente quizá el más significativo, retoma la tradición de los conflictos sociales, ahora presentados como conflictos territoriales o bajo la narrativa de justicia socioambiental. Abarcando una gran diversidad de aproximaciones, estas investigaciones cobran mayor relevancia a partir de la crisis financiera de 2008, que intensificó la carrera por tierras agrícolas, tierras raras y minerales estratégicos, especialmente en el Sur Global (Svampa, 2019). Este proceso, denominado por algunos autores greengrabbing (Fairhead et al., 2012) o neoextractivismo verde (Svampa, 2019; Favareto, 2025), también está vinculado con las influencias impuestas por el contexto de cambio climático, que amplía la disputa por los recursos naturales en un mundo que ansía trayectorias de descarbonización de las economías. En este contexto, el territorio emerge como un nodo de contradicciones: de un lado, la presión del capital transnacional en busca de “activos seguros”; y, del otro, la resistencia de comunidades tradicionales, indígenas y campesinas, que defienden sus modos de vida y sus territorialidades (Fairhead et al., 2012; Svampa, 2019).
Un segundo grupo de investigaciones presenta afinidades temáticas con los estudios sobre conflictos territoriales, pero se diferencia por su énfasis en los modos de vida como expresiones de la pluralidad y diversidad propias de un mundo posindustrial y en perspectiva anticolonial, más allá de la clásica oposición entre tradición y modernidad. Inspirados por autores como Escobar (2015) y Blaser (2013), y en conceptos como el de “ontologías territoriales”, estos estudios revelan la manera en que las prácticas locales y los saberes tradicionales no son residuos del pasado, sino alternativas de organización socioespacial que coexisten con (y en cierta medida cuestionan) la lógica capitalista dominante. Desde esta perspectiva, las comunidades tradicionales reelaboran creativamente su inserción en la modernidad, produciendo territorialidades híbridas que desafían las categorías analíticas convencionales. El territorio es analizado, así, desde su materialidad cotidiana: en las relaciones no mercantilizadas con la naturaleza, en los sistemas de conocimiento incorporados y en las dinámicas de reproducción cultural. Esta aproximación no ignora los conflictos, pero los sitúa en un marco más amplio, donde la disputa no es solo por recursos, sino por la confrontación y coexistencia entre diferentes proyectos y formas de producción del espacio (De la Cadena, 2015).
Un tercer eje de investigaciones contemporáneas tiene como objeto central las dinámicas territoriales y las interdependencias entre espacios rurales y urbanos, así como la exploración de sus múltiples relaciones. En lugar de reafirmar las viejas dicotomías que marcaban la sociología rural clásica, se trata de desarrollar un enfoque relacional que aborde la pluralidad de caminos mediante los cuales pueden configurarse relaciones diversas entre estos dos espacios, antes considerados antagónicos o mutuamente excluyentes. Autores que estudian las dinámicas territoriales en América Latina a comienzos del siglo XXI, como Berdegué et al. (2015, 2019), Favareto et al. (2015), Martínez (2013), muestran cómo los espacios rurales y urbanos se interpenetran y cómo lo “rural”, lejos de ser un espacio residual, constituye un componente activo de las transformaciones territoriales contemporáneas, que integra mercados de trabajo, productos, servicios e incluso mercados de bienes simbólicos, de modo que reconfigura la llamada “nueva ruralidad”, también marcada por identidades territoriales cada vez más plurales (Wanderley, 2009).
Un cuarto agrupamiento, particularmente prometedor, involucra las aproximaciones derivadas de la sociología de Pierre Bourdieu (1997) y autores como Loïc Wacquant (1993), centradas en los efectos del territorio sobre los habitus y las disposiciones sociales —lo que Bourdieu llamó efecto lugar—. En estos autores, el territorio opera como una estructura incorporada que moldea disposiciones para actuar (el habitus bourdieusiano) y oportunidades abiertas a los agentes sociales, de manera que existen, por tanto, homologías entre el espacio social, el espacio simbólico y el espacio físico que ocupan (Peters, 2022). Estas lecturas, en continuidad e innovación respecto a obras clásicas como Los establecidos y los outsiders. Sociología de las relaciones de poder a partir de una pequeña comunidad, de Norbert Elias y John Scotson (1965/2000), muestran que el territorio también opera como principio de estigmatización y segregación espacial, cristalizando desigualdades (Wacquant, 2006, 2018), en la medida en que la simple pertenencia a un territorio bloquea o facilita posibilidades de interacción y acceso a activos y recursos necesarios para la vida social, de modo que el propio territorio funciona como una forma de clasificación social. Variaciones de este tipo de enfoque (Andrade y Silveira, 2013) incluyen investigaciones basadas en la idea de efecto-territorio, difundida en vertientes como la norteamericana de los neighborhood effects (Ellen y Turner, 1997), el “efecto vecindario” en Uruguay (Kaztman y Filgueira, 2006), los effets territoire en Francia (Bidou-Zachariasen, 1996) y el efecto-vecindad o efecto-territorio en Brasil (Sant’Anna, 2009; Ribeiro, 2008).
Por último, un conjunto emergente de estudios busca analizar el papel de los tejidos territoriales en la implementación de políticas públicas e inversiones privadas. Estas investigaciones muestran que las intervenciones externas (desde un gran proyecto minero hasta un programa social) no “aterrizan” en territorios vacíos, sino en espacios cargados de historias, conflictos y arreglos institucionales específicos, con presencia de fuerzas sociales. Estos factores refractan o, más precisamente, percolan (Favareto et al., 2015) aquellas fuerzas exógenas al territorio, sometiéndolas a la dinámica de ese espacio y haciendo que asuman contornos nuevos y, a menudo, distintos de su sentido original. Este proceso de percolación confiere al territorio un papel activo incluso ante la influencia de fuerzas externas y en su interacción con ellas. Conceptos ya establecidos, como el de embeddedness (Granovetter, 1985), son resignificados para entender por qué y cómo ciertas políticas fracasan mientras que otras tienen éxito o son adaptadas y resignificadas en diferentes territorios. Partiendo de la idea de que los actores locales interpretan y resignifican intervenciones externas, con lo cual producen resultados imprevistos, esta aproximación es particularmente relevante para comprender fenómenos como la difusión desigual del agronegocio o los impactos diferenciados de grandes obras de infraestructura (Lotta y Favareto, 2022), o incluso para entender cómo se constituye y cómo funciona el espacio de discrecionalidad ejercido por funcionarios públicos en la implementación de políticas públicas (Ayuero, 2020; Lotta, Lima-Silva y Favareto, 2021).
Consideraciones finales
La trayectoria de la problemática territorial en la sociología refleja la creciente complejidad de las relaciones entre espacio y sociedad. Desde los clásicos hasta los contemporáneos, el territorio se ha consolidado como un eje indispensable para comprender las dinámicas de poder, desigualdades e identidades en el mundo moderno. La expresión spatial turn (Soja, 1989) o giro territorial (Favareto, 2024) nombra esta relevancia que la noción de espacio ha alcanzado en las ciencias humanas y sociales desde entonces. Más que eso, esta recuperación y revalorización vinieron acompañadas de cierta resignificación en cuanto a la posición de los territorios —o, al menos, del fenómeno espacial—, que le otorgó a esta dimensión de la realidad un papel más sustantivo en comparación con la tradición que dominó su tratamiento a lo largo del siglo pasado.
Menos evidente resulta la respuesta a la pregunta planteada en la introducción de este texto: ¿este reposicionamiento se traduce en innovaciones epistemológicas como nuevos conceptos o aparatos teóricos coherentes con este estatus revisitado, o se trata de un enfoque renovado que, sin embargo, se apoya esencialmente en herramientas analíticas ya establecidas en los marcos interpretativos de las ciencias humanas y sociales y, en este caso particular, de una de sus disciplinas, la sociología?
El carácter exploratorio de este texto no permite llegar a una respuesta concluyente. A lo sumo, puede concluirse con un esbozo de hipótesis, a ser pulida y testeada en estudios más amplios. Lo que parece estar ocurriendo es una transición de paradigmas. Por un lado, hay un intento de producir nuevas categorías de análisis, muchas de ellas derivadas de la adaptación de conceptos ya establecidos —unas más ambiciosas, otras menos— a un enfoque que confiera un carácter más activo y sustantivo a los territorios y sus componentes: es lo que ocurre con la idea de efecto-territorio; o con la sustitución de adjetivos, como en el caso de los conflictos territoriales; o con la introducción de prefijos, como en la noción de neoextractivismo; o con los usos del territorio como categoría-síntesis, que permite operar con una unidad entre distintos dominios, como lo rural y lo urbano, los sistemas sociales y los sistemas naturales, lo local y lo extralocal.
Por otro lado, estas innovaciones parciales se producen dentro de marcos teóricos ya establecidos, y generan cierta tensión entre la emergencia de fenómenos empíricos relativamente nuevos o de interés bajo miradas renovadas y los marcos interpretativos formulados en otro contexto. Como nuevos enfoques no significan lo mismo que nuevas teorías, esta tensión quizá solo pueda resolverse con un grado más elevado de innovación, cercano a lo que podría llamarse una verdadera teoría territorial. Lo que parece estar bloqueando este tipo de emergencia es el hecho de que, si el territorio es una categoría-síntesis de procesos multidimensionales, una teoría de este tipo necesitaría movilizar elementos históricamente confinados a tradiciones disciplinares que se especializaron en el tratamiento de cada una de esas dimensiones —la cultura, la economía, el poder, la naturaleza—. Dicho de otro modo, el futuro del territorio como concepto depende de que se rehagan las fronteras disciplinares erigidas durante el período de consolidación de las ciencias humanas y sociales. En una casi ironía, se trata, en fin, de romper y reconfigurar los territorios disciplinares para hacer emerger una teoría territorial que pueda beneficiarse y apoyarse en diálogos y complementariedades interdisciplinarias.
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