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Prólogo

Sociología del territorio

En el tránsito del siglo XX al XXI, se inició un ciclo de investigaciones y publicaciones que consolidaron un nuevo campo en las ciencias sociales latinoamericanas: los estudios territoriales. A 25 años de esta innovación, el libro Sociología del territorio se presenta como una obra precursora en la región iberoamericana, destinada a examinar, recuperar y analizar las múltiples perspectivas sociológicas sobre la construcción, transformación, disputas y conflictos en las estructuras de poder en los territorios. Con un marco analítico innovador, el libro introduce nuevos enfoques teórico-metodológicos que abordan estos procesos tanto en términos epistemológicos como también en contextos históricos concretos, destacando especialmente el rol de los agentes sociales y sus dinámicas de poder y las interdependencias entre los múltiples dominios de la vida territorial.

La sociología del territorio busca consolidarse como una disciplina imprescindible en las ciencias del territorio y una herramienta clave dentro de las ciencias sociales, aportando de manera significativa a la resiliencia territorial y a la formulación de estrategias para abordar las crisis contemporáneas. Este libro constituye una referencia esencial para los estudios interdisciplinarios sobre el espacio social, las transformaciones y conflictos territoriales en el siglo XXI, para lo cual busca orientar decisiones cruciales hacia un desarrollo territorial sostenible.

La introducción del concepto de territorio permite actualizar una larga tradición de estudios originalmente dedicados a comprender la dimensión espacial de las sociedades humanas. La noción de territorio, concebido como un proceso de producción social y como un espacio dinámico de cooperación y conflicto, construida a partir del concepto pionero de apropiación del espacio de Lefebvre, ofrece nuevas líneas de análisis en el debate sobre las transformaciones en los entornos rural y urbano, entre sociedad y naturaleza, puesto que integra variables espaciales y económicas en constante interacción con dimensiones culturales, sociales y organizativas. Esto sugiere la necesidad de proponer una sociología del espacio social o del territorio basada en conceptos críticos, como proximidad territorial, campo social, capital social, dimensión de clases, conflictos y procesos de desestructuración y reconstrucción territorial.

El libro tiene como objetivo analizar y estructurar nuevos avances teóricos y marcos analíticos sobre la dimensión social de las configuraciones territoriales, las cuales son capaces de contribuir a una comprensión profunda del proceso de construcción social y cultural del territorio, sus conflictos, los sistemas de gobernanza, los procesos de producción e implementación de políticas públicas y sus perspectivas de desarrollo en Iberoamérica, más allá de la descripción de los límites físicos y geográficos de los espacios y de las perspectivas tradicionales de la sociología rural y urbana.

La obra ofrece a los investigadores herramientas para dimensionar la emergencia de una sociología del territorio, evaluar los avances y desafíos del pensamiento crítico sobre el espacio social y sus transformaciones, e identificar las fronteras y las problemáticas que requieren nuevos aportes. Con ello se promueve la continua innovación teórica y la generación de marcos analíticos adaptados a contextos locales específicos, capaces de repensar críticamente los nuevos paradigmas de desarrollo en la región.

El primer capítulo, denominado “Evolución del pensamiento sociológico aplicado a la cuestión territorial” y escrito por Arilson Favareto y Carolina Galvanese, propone un recorrido histórico y conceptual por la manera en que la sociología ha incorporado —de manera directa o indirecta— la dimensión espacial y territorial en sus fundamentos. El punto de partida se sitúa en los fundadores de la disciplina, Marx, Weber y Durkheim, y en los aportes de Georg Simmel, quienes, aunque no formularon una teoría explícita del espacio, reflexionaron sobre la vida social en las ciudades en el contexto de la acelerada urbanización de fines del siglo XIX e inicios del XX. En sus escritos puede rastrearse una primera preocupación por cómo los procesos de industrialización y concentración urbana transformaban las formas de sociabilidad, las estructuras económicas y las dinámicas de dominación. Aunque el espacio aún aparecía como un trasfondo más que como una categoría, su influencia en la vida social estaba ya presente en sus análisis.

Posteriormente, durante la primera mitad del siglo XX, la dimensión espacial fue abordada con mayor énfasis, especialmente a través de la Escuela de Chicago y de los desarrollos iniciales de la sociología urbana y rural. Estos enfoques, que marcaron un hito en la consolidación de la disciplina, exploraron cómo los procesos de segregación, movilidad y adaptación social se manifestaban en la ciudad moderna, al tiempo que la vida rural era objeto de interés para comprender los contrastes y transformaciones derivados del avance de la modernidad. No obstante, en este período el territorio aún no adquiría la centralidad analítica que tendría más adelante, sino que era comprendido más bien como un contexto que condicionaba las relaciones sociales.

La tercera parte del recorrido nos conduce hacia el último tercio del siglo XX, cuando bajo la influencia de Henri Lefebvre y David Harvey se consolida una sociología del espacio y del territorio en sentido estricto. Con Lefebvre se abre la reflexión sobre la producción social del espacio, comprendido no como un soporte pasivo sino como resultado de relaciones sociales y de dinámicas de poder. Harvey, por su parte, profundiza esta mirada al vincular la geografía con la crítica de la economía política, mostrando cómo el capitalismo moldea y reorganiza los territorios. En esta misma época, el libro seminal de Arnaldo Bagnasco sobre la Tercera Italia inaugura una corriente de estudios sobre desarrollo territorial que destaca la heterogeneidad, los determinantes locales y las formas organizativas diferenciadas de los territorios. Dichos aportes no solo renovaron el campo sociológico, sino que también abrieron un fecundo diálogo con la economía y con las políticas públicas, lo cual permitió comprender el territorio como un actor en la dinámica global del desarrollo.

Finalmente, el capítulo se adentra en contribuciones más recientes, donde el territorio se concibe de manera aún más compleja. Pierre Bourdieu introduce la idea del efecto lugar para mostrar cómo las posiciones sociales están también marcadas por la localización espacial, mientras que Loïc Wacquant desarrolla el concepto de estigma territorial para dar cuenta de cómo ciertos espacios urbanos son asociados con marginalidad y exclusión, de modo que producen efectos sociales concretos sobre quienes los habitan. A estas reflexiones se suman los estudios que conciben el territorio como una arena de conflictos por recursos, identidades y proyectos políticos, especialmente en el marco de la financiarización del espacio y de la naturaleza, línea en la que se destacan los aportes de Maristella Svampa y otros investigadores que analizan las tensiones entre capital global, territorios locales y resistencias sociales.

El itinerario trazado en estas páginas no busca únicamente reconstruir una genealogía del pensamiento sociológico en torno al espacio y al territorio, sino también interrogar hasta qué punto la disciplina ha incorporado esta dimensión en sus fundamentos teóricos y cuáles son los desafíos que permanecen abiertos. Si en el siglo XIX el espacio podía ser considerado un telón de fondo o una variable secundaria, hoy resulta imposible comprender las dinámicas centrales del mundo contemporáneo —desde las desigualdades y las luchas por el poder hasta la construcción de identidades colectivas y los conflictos ambientales— sin una sociología que reconozca al territorio como categoría constitutiva y estructurante del análisis social. Explorar cómo este desafío ha sido afrontado por la teoría social contemporánea y cuáles son las fronteras de investigación que se abren a partir de ello constituye, en última instancia, la ambición de este capítulo.

El segundo capítulo, “Sociología crítica del territorio: apuntes para una comprensión de la sociedad rural”, cuyo autor es Luciano Martínez Valle, constituye una base teórica sólida para la sociología del territorio que parte de la crítica a los enfoques que reducen el espacio a una dimensión puramente física y reivindica, en cambio, su carácter social y relacional. A lo largo del texto, se establecerá un diálogo con los aportes de Lefebvre, Bourdieu y otros autores contemporáneos para situar al territorio como el escenario donde se configuran y materializan las relaciones sociales, especialmente las vinculadas con las dinámicas de poder, desigualdad y conflicto.

En primer lugar, se revisa cómo la noción de espacio social en Lefebvre y la distinción entre lugar físico y espacio social en Bourdieu permiten superar la trampa de la fetichización del espacio, reconociendo en él la expresión de las relaciones de producción y de las luchas entre agentes sociales. Se presenta también el debate entre dos grandes corrientes interpretativas: una, centrada en la interacción micro de los individuos en espacios físicos, y otra —inspirada en Bourdieu—, enfocada en las estructuras sociales, las clases y la distribución de capitales.

En un segundo momento, el capítulo explorará perspectivas intermedias, como las de Lipietz y Mela, que entienden el espacio como medio y condicionante de la interacción social, aportando una mirada integradora en la que el territorio es a la vez soporte material y construcción social. Se abordarán también las advertencias de Wacquant y de San Martin sobre el uso del concepto de campo social, precisando sus alcances y limitaciones según el tipo de sociedades y relaciones capitalistas que las configuran.

Finalmente, sobre esta base conceptual, se plantea un marco analítico centrado en tres ejes para estudiar los territorios rurales: la ampliación del espacio social, que implica trascender los límites físicos locales y situar los territorios en dinámicas globales; la desigual distribución de capitales en el campo social como clave para entender la diferenciación de clases en el territorio, y la conflictividad social, entendida como el resultado de las estrategias que los agentes sociales despliegan en la disputa por conservar o transformar las relaciones de dominación. Estos ejes se ilustran con ejemplos de investigaciones recientes, que muestran cómo las prácticas concretas de los actores rurales revelan la densidad sociológica de los territorios.

En suma, el capítulo ofrece un enfoque relacional y crítico para la sociología del territorio, privilegiando el análisis de las luchas sociales y de las estrategias diferenciadas que los agentes implementan, más allá de las características geográficas de los lugares. Así, el territorio se entenderá como un espacio social complejo, dinámico y conflictivo, configurado en la intersección entre lo local y lo global.

El tercer capítulo, “De la sociología rural y urbana a la sociología del territorio”, elaborado por Diego Martínez Godoy, plantea que, tradicionalmente, la sociología urbana y la sociología rural han abordado problemáticas separadas. Mientras que la primera se ha centrado en las transformaciones del mundo urbano, la segunda ha tomado como objeto de estudio los cambios en la sociedad campesina dentro del ámbito rural. Aunque ambas disciplinas han estado condicionadas por la dicotomía urbano-rural, desde la segunda mitad del siglo XX, diversos autores generaron un diálogo a partir de la discusión de los vínculos y tensiones entre el campo y la ciudad.

Actualmente, en un mundo global, las realidades territoriales son mucho más complejas. En ellas converge una diversidad de actores en constante disputa y evolución por el control del espacio, tanto físico como social. En este sentido, resulta fundamental una evolución del pensamiento sociológico capaz de promover una transición conceptual hacia una sociología del territorio capaz de analizar las nuevas articulaciones y las recomposiciones del poder a nivel territorial, y de explicar las transformaciones aceleradas que experimentan los espacios rurales, urbanos y en claro proceso de hibridación. Estas dinámicas se manifiestan en un mosaico de situaciones marcado por la expansión urbana desordenada, los conflictos por el uso del suelo, los nuevos patrones migratorios y los intereses políticos orientados a la dominación del espacio social y la subordinación de los actores en el campo social.

Basándose en la concepción del territorio como un proceso de construcción social y un espacio dinámico de cooperación, se proponen nuevas líneas de análisis y metodologías en el debate sobre las transformaciones territoriales. Para el caso ecuatoriano, se plantea un ejercicio de tipologización territorial como fundamento para la comprensión de las nuevas relaciones de poder de los actores locales y los procesos de construcción de una gobernanza territorial materializada en el diseño de una política de rearticulación entre el campo y la ciudad.

El cuarto capítulo, “Espacios vetados en la era de la globalización: exclusión por clase, etnia y género”, de Francisco Entrena Durán, muestra que el espacio se configura a través
de relaciones de poder dinámicas y disputas cotidianas, como la estigmatización de barrios; el territorio representa una fijación institucional de esas relaciones mediante fronteras, leyes o soberanía, las cuales también pueden ser desafiadas, como sucede en las autonomías indígenas mencionadas en este trabajo. La orientación que adquirió la globalización capitalista tras el colapso de la URSS redujo los muros fronterizos entre naciones, pero intensificó las fronteras internas que fragmentan territorios y espacios. Como consecuencia, surgieron nuevas exclusiones que deben analizarse interseccionalmente (clase, etnia, género). El espacio y el territorio actúan como mecanismos de control que perpetúan estas exclusiones. La gentrificación, la turistificación o las barreras digitales muestran la exclusión de identidades racializadas y de género mediante vetos simbólicos que van desde plazas inseguras para mujeres hasta algoritmos migratorios. Casos como el apartheid sudafricano o la resistencia del pueblo Sarayaku en Ecuador ilustran dinámicas de desterritorialización (pérdida de control comunitario) y reterritorialización (reapropiación crítica). Este capítulo concluye que transformar territorios y espacios vetados requiere políticas participativas, enfoques decoloniales y planificación con perspectiva de género, para así construir territorios y espacios más inclusivos donde la justicia espacial prevalezca sobre jerarquías socioculturales impuestas.

El quinto capítulo, “Un enfoque territorial para la sociología: desigualdades históricas y resistencias en América Latina”, escrito por Jairo Baquero Melo, plantea que, en la tradición de la teoría sociológica, particularmente la desarrollada en contextos anglosajones y europeos, el espacio y la territorialidad no fueron concebidos inicialmente como categorías centrales del análisis para la disciplina. A pesar de que autores fundacionales como Durkheim, Weber o Marx abordaron las relaciones sociales en contextos espaciales determinados (por ejemplo, la ciudad, la fábrica, el campo), su enfoque se centró en dimensiones como la división del trabajo, la racionalización o la lucha de clases, y relegó el territorio a una categoría de segundo orden, de contexto o simplemente instrumental. Esta omisión reflejó una tendencia más amplia a privilegiar categorías abstractas y universalistas —y si se quiere, estructurales— sobre configuraciones territoriales específicas, como si los procesos sociales pudieran analizarse al margen de su anclaje espacial.

Aportes como los de Lyman y Scott (1967) mostraron la diversidad de territorialidades cotidianas, aunque sin integrar plenamente su dimensión histórica y estructural. Hoy, el territorio se reconoce como producto social, político y cultural, fundamental para analizar desigualdades, exclusiones y resistencias de comunidades históricamente marginadas.

Este capítulo analiza lo que llamamos un enfoque territorial de la sociología, y pone el énfasis en las formas en que el lente territorial aporta y enriquece el análisis sociológico, en particular, la sociología de las desigualdades, la sociología del extractivismo y la sociología de la resistencia y los movimientos sociales, como respuestas a los impactos territoriales del capitalismo global. Desde la sociología latinoamericana, se enfatiza que perspectivas como la Investigación Acción Participativa (IAP) han ganado fuerza e importancia en su diálogo con la sociología del territorio; y viceversa, el lente territorial ha enriquecido las metodologías participativas en el Sur Global.

El capítulo seis, “Claves conceptuales y metodológicas para el análisis de la conflictividad territorial: aproximaciones al Suelo de Conservación de la Ciudad de México”, de José Álvaro Hernández, analiza cómo el estudio del territorio ha adquirido en las últimas décadas una relevancia creciente en las ciencias sociales, especialmente para el análisis de conflictos derivados de la expansión urbana, los procesos de despojo territorial y las luchas por la defensa de los bienes comunes. Este interés ha sido impulsado fundamentalmente por la geografía crítica y los estudios latinoamericanos del territorio, cuyos enfoques multiescalares, relacionales y conflictuales permiten comprender cómo los actores sociales configuran, resignifican y disputan el espacio.

Este capítulo se inscribe en dicha tradición crítica con el objetivo de contribuir a la construcción de un aparato conceptual y metodológico que permita analizar de forma rigurosa la conflictividad territorial en contextos urbanos y periurbanos. Como aplicación empírica de este marco analítico se examina el caso del Suelo de Conservación de la Ciudad de México, un espacio que, a pesar de su delimitación jurídica como área protegida, se ha constituido como un territorio en disputa. Esta zona —que representa más de la mitad del territorio capitalino— concentra una diversidad de actores, normatividades y usos del suelo que reflejan la superposición de territorialidades urbanas, ambientales y comunitarias. En este contexto, se analizan las tensiones derivadas del intento por reformular el Programa General de Ordenamiento Territorial (PGOT) en 2022, el cual fue percibido por actores locales como un intento de desarticulación del orden territorial existente y una amenaza a sus formas históricas de vida.

De esta manera, el capítulo persigue un doble objetivo: por un lado, ofrecer herramientas conceptuales para el análisis de la conflictividad territorial; por el otro, mostrar su aplicabilidad mediante un caso empírico que permita observar con claridad las disputas por el control, uso y significado del territorio.

Finalmente, confiamos en que la lectura de este libro “variopinto” contribuya a mantener viva la discusión crítica sobre la sociología del territorio, que movilice nuevos conceptos y metodologías que permitan, por un lado, comprender mejor lo “que hace la gente” en los territorios, es decir, las estrategias socio-territoriales concretas y, por otro, abrir el diálogo de proximidad con otras disciplinas sociales que también abordan la complejidad territorial. Igualmente, esperamos que futuras investigaciones sobre los territorios rurales y urbanos en Latinoamérica se nutran de los diversos enfoques teórico-prácticos que se plantean en esta obra.



2 comentarios

  1. draemm 20/11/2025 10:24

    Me gusta

  2. agamenon23 22/11/2025 12:24

    desarrollan EL TEMA CON CLARIDAD.

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