Maria Amalia Barchiesi[1]
Borges, lector de traducciones
Uno de los disparadores humorísticos en la prosa de Jorge Luis Borges fue su asidua y meticulosa lectura de innumerables traducciones de obras clásicas, tales como Las mil y una noches, La Ilíada, La Odisea, El Quijote, entre muchas otras. Algunas de estas versiones, de dudosa calidad, ya sea por ignorancia, pudor o irreverencia de sus traductores, fueron generadoras de una fortuita comicidad y seguro pívot para teorizar jocosa y paródicamente en sus ensayos y cuentos fantásticos sobre el proceso de traducción literaria, irrefrenable en sus imprevistas e infinitas derivas semánticas y culturales.
Abordaremos en las páginas siguientes uno de los más sutiles y prodigiosos procedimientos humorísticos en traducción, con los que Borges, divertido lector de malas traducciones, se propuso con suma finura hacer reír a aquellos lectores “modelo” (Eco, 1979) que hubieran sido capaces de captar, gracias a una elevada competencia lectora y traductora, las fecundas semiosis de traducciones de textos literarios involucrados, a saber, con la categoría occidental de lo exótico. El más importante de dichos textos fue Las mil y una noches.
Tal como lo hizo presente siempre en su autobiografía o en diferentes entrevistas, su bagaje cultural se había edificado sobre traducciones o versiones apócrifas que constituyeron un modelo textual y narrativo en su prosa (Barchiesi, 2012). Asimismo, la traducción para el escritor argentino siempre significó ese mismo deleite que de niño experimentó leyendo las hilarantes estrategias de algunos traductores de clásicos y, también a escondidas, una de sus traducciones preferidas: la “licenciosa” versión de Las mil y una noches de Burton.
Comencemos con las traducciones de este clásico literario que analiza magistralmente Jorge Luis Borges en el ensayo “Los traductores de las 1000 y una noches”, incluido en Historia de la eternidad (1936), que fue por primera vez traducido del árabe a un idioma europeo por Jean Antoine Galland, a principios del siglo xviii; versión en francés que fue traducida a varios idiomas, incluso, increíblemente, al árabe. La siguiente versión que Borges estudia es la de Edward Lane (1840), animado por su proyecto británico puritano, su traducción fue, según sus palabras, “una mera enciclopedia de la evasión” (1989a: 399), a la que convirtió en un largo número de notas en las que explica que ha dejado afuera tal o cual cosa, pero solo alude a lo omitido justificando la omisión. Para Borges, Galland corrige las torpezas originales por considerarlas de mal gusto, mientras que Lane las rebusca y las persigue como un inquisidor; ambos traductores, agrega, “desinfectaron” Las noches, a diferencia del libertino y aventurero Richard Burton, que no se ahorró minucias eróticas, y que Borges define así: “Aventuro la hipérbole: recorrer las 1000 y una noches en la translación de Sir Richard no es menos increíble que recorrerlas literalmente del árabe y comentadas por Simbad el marino” (403), es decir, con travesuras verbales sintácticas y abundancia de neologismos y vocablos extranjeros, numerosas alteraciones, omisiones e interpolaciones que el mismo Borges valora[2].
Siguiendo las detalladas reflexiones de Sergio Waisman sobre este ensayo (2005: 80-81), Borges se detiene también a comentar la versión de Mardrus de 1889, famoso por declarar haber traducido “fielmente” Las mil y una noches. Para el escritor argentino, en cambio, Mardrus felizmente reescribe, cambia, añade, complementa, “quiere completar”, comenta risueñamente “el trabajo que los lánguidos árabes anónimos descuidaron. Añade pasajes art nouveau, buenas obscenidades, breves interludios cómicos” (409). Y su grandeza radica “en su infidelidad creadora y feliz” (410). Al final de su ensayo, Borges se pregunta qué final hubiera sido de Las mil y una noches si alguien como Kafka las hubiera mal traducido al alemán, tal vez imaginando una virtual traducción de tono humorístico del autor de La metamorfosis, por lo que comenta en un artículo de una traducción de El proceso en el cual nos revela que los relatos de Kafka, más que estar plagados de pesadillas, están sembrados de humor (Waisman, 2005: 86).
En otra pieza de su obra ensayística “Las mil y una noches”, publicada en Siete Noches (1980), retoma las traducciones de dicho clásico, agregando, por ejemplo, que la de Sir Burton publicada bajo el título de Arabian Nights (1885-1888) consistía en un infinito compendio de numerosos tomos rigurosamente traducidos con deliciosas anotaciones personales. Lo expone así:
Tengo en casa los diecisiete volúmenes de la versión de Burton. Sé que nunca los habré leído todos pero sé que ahí están las noches esperándome; que mi vida puede ser desdichada pero ahí estarán los diecisiete volúmenes; ahí estará esa especie de eternidad de Las mil y una noches del Oriente (1980: 24).
Cierra su ensayo enfatizando el infinito y feliz vértigo de las numerosas transformaciones y traducciones de dicho texto:
El infinito tiempo de Las mil y una noches prosigue su camino. A principios del siglo dieciocho se traduce el libro; a principios del diecinueve o fines del dieciocho De Quincey lo recuerda de otro modo. Las noches tendrán otros traductores y cada traductor dará una versión distinta del libro. Casi podríamos hablar de muchos libros titulados Las mil y una noches. Dos en francés, redactados por Galland y Mardrus; tres en inglés, redactados por Burton, Lane y Paine; tres en alemán, redactados por Henning, Littmann y Weil; uno en castellano, de Cansinos-Asséns. Cada uno de esos libros es distinto, porque Las mil y una noches siguen creciendo, o recreándose (27).
En “Las versiones homéricas” (Discusión, 1932), pasa revista a las múltiples traducciones de la obra de Homero; cita la irrisoria traducción al español de Agustín Moneto:
Cuando leemos en Agustín Moreto (si nos resolvemos a leer a Agustín Moreto): Pues en casas tan compuestas / qué hacen todo el santo día? /, sabemos que la santidad de ese día es ocurrencia del idioma español y no del escritor. De Homero, en cambio, ignoramos infinitamente los énfasis (1989a: 240-241).
Borges, siempre propenso a un estilo escueto y esencial, se divierte con los “agrados subalternos”, como en algunos de las traducciones al inglés del inútil uso del pleonasmo: “embarcarse en un barco” o la redundante e “ingenua aclaración de que uno suele lastimarse en la guerra” (242).
Como sabemos, habiendo leído por primera vez El Quijote de una traducción al inglés, al leer el original le pareció una mala traducción. Tal vez dicho imprinting con el clásico más importante de la lengua española lo haya llevado a escribir “Pierre Menard autor del Quijote” (Ficciones, 1944), en el cual el traductor Menard recrea fragmentariamente a Cervantes palabra por palabra, literalmente y como si fuera en una mala traducción. Su Quijote fragmentario es una escritura tan deformada y divertida como las diferentes traducciones de las noches con sus alteraciones y omisiones. El humor se origina en el reconocimiento por parte del lector de que la versión-traducción de Menard puede ser más interesante y más valiente que la de Cervantes (Waisman, 2005: 117-124).
Divertidas traducciones de lo exótico
Volviendo a Las mil y una noches, recordamos que la operación textual de extrañamiento fue la estrategia que predominó en sus múltiples traducciones, en cuanto obra literaria exótica[3]. Esta obra constituyó un intertexto ejemplar en la producción literaria de Borges, fue el emblema de la traducción intercultural e intralingüística, como supo ilustrarlo en una infinidad de artículos, ensayos y cuentos. Tras una detallada lectura, descubrimos que también el relato “El informe de Brodie” (El informe de Brodie, 1970) es uno de ellos, en el cual el infinito reenvío de una traducción a otra se despliega en una vertiginosa e hiperbólica mise en abyme de corte exquisitamente borgesiano.
La reproducción del azaroso diseño que trazan las traducciones es una constante en la obra de Borges –y no solo de textos verbales, como lo demuestra en algunas poesías–. Si en el cuento “El inmortal” (El Aleph, 1949) el manuscrito de un supuesto tribuno romano que circula trazando un caprichoso diseño es hallado por un bibliotecario dentro de una traducción de la Ilíada al inglés de Alexandre Pope, el informe, que el misionario escocés David Brodie escribe en inglés y en parte en latín sobre sus experiencias con una primitiva tribu, se encuentra, análogamente, dentro de un ejemplar de la primera traducción inglesa de Las mil y una noches. El texto de Brodie consiste, además, en una traducción intercultural, como las traducciones “cultural-dinámicas” de la Biblia, que más tarde propugnó Eugene Nida (1914-2011)[4], según su teoría de “equivalencia funcional” en el ámbito de los estudios sobre la traducción. La ardua tarea del predicador Brodie radica en trasladar en su informe dirigido al “Gobierno de su Majestad” la lejana enciclopedia de esta población del intraducible e impronunciable nombre “Mlch” a las coordenadas de la cultura inglesa de destino, en época victoriana. El hecho de que el predicador haya preferido llamar a esta comunidad, domesticándola en términos literario-traductivos, “Yahoos”, como los personajes de Gulliver’s Travels (Swift, 1726), obedece a dos motivos: para que sus lectores “no olviden su naturaleza bestial y porque una precisa transliteración es casi imposible, dada la ausencia de vocales en su áspero lenguaje” (1989b: 451). Llama la atención, sin embargo, sin perder de vista el concepto de “traducción comunicativa” de Nida de textos religiosos como la Biblia a culturas completamente ajenas a Occidente y al cristianismo[5], que el mismo Brodie en su misión evangélica no haya tenido en cuenta dicho criterio en su intento de convertir a los Yahoos:
A nadie le asombrará, después de lo dicho, que durante el espacio de mi estadía no lograra la conversión de un solo Yahoo. La frase Padre nuestro los perturbaba, ya que carecen del concepto de la paternidad. No comprenden que un acto ejecutado hace nueve meses pueda guardar alguna relación con el nacimiento de un niño; no admiten una causa tan lejana y tan inverosímil. Por lo demás, todas las mujeres conocen el comercio carnal y no todas son madres (456).
Por otra parte, la alusión en el cuento al proceso de traducción de textos exóticos se extiende a otros ámbitos intralingüísticos pues, como ya lo señalamos, el informe manuscrito de Brodie fue descubierto por el traductor de la versión castellana que leemos dentro de un ejemplar de la primera traducción inglesa de Las mil y una noches, hecha precisamente por el temible puritano Lane en 1840, versión que comenta así Borges en “Los traductores de las 1001 noches”:
Lane es un virtuoso del subterfugio, un indudable precursor de los pudores más extraños de Hollywood. Mis notas me suministran un par de ejemplos. En la noche 391, un pescador le presenta un pez al rey de los reyes y éste quiere saber si es macho o hembra y le dicen que hermafrodita. Lañe consigue aplacar ese improcedente coloquio, traduciendo que el rey ha preguntado de qué especie es el animal y que el astuto pescador le responde que es de una especie mixta. En la noche 217, se habla de un rey con dos mujeres, que yacía una noche con la primera y la noche siguiente con la segunda, y así fueron dichosos. Lañe dilucida la ventura de ese monarca, diciendo que trataba a sus mujeres “con imparcialidad…”. Una razón es que, destinaba su obra “a la mesita de la sala”, centro de la lectura sin alarmas y de la recatada conversación (399).
A este respecto la nota introductoria que realiza el traductor al español en el informe nos pone al tanto sobre una actitud textual de David Brodie como un lector de Las mil y una noches que prefería la lectura de las notas explicativas de la versión de Lane:
En un ejemplar del primer volumen de Las mil y una noches (Londres, 1839) de Lane, que me consiguió mi querido amigo Paulino Keins, descubrimos el manuscrito que ahora traduciré al castellano […]. Diríase que a su lector le interesaron menos los prodigiosos cuentos de Shahrazad que los hábitos del Islam. De David Brodie, cuya firma exornada de una rúbrica figura al pie, nada he podido averiguar, salvo que fue un misionero escocés, oriundo de Aberdeen, que predicó la fe cristiana en el centro de África y luego en ciertas regiones selváticas del Brasil, tierra a la cual lo llevaría su conocimiento del portugués. Ignoro la fecha y el lugar de su muerte. El manuscrito, que yo sepa, no fue dado nunca a la imprenta (451).
Cabe agregar que la traducción de Lane era, a su vez, una retrotraducción, como todas las versiones inglesas de este texto, que provenía directamente de la versión al francés de un médico egipcio, según explica George Steiner (1980: 412).
Los “gatos” de Brodie
En “El informe de Brodie”, Borges recrea humorísticamente las estrategias de traducción y los relativos disparates que Occidente supo aplicar a la traducción de textos exóticos, explotando creativamente los irrisorios destinos de felices o infelices opciones textuales en el irrefrenable proceso de traducción al que todo texto sin excepción está siempre sujeto. Cito al respecto algunos pasajes del relato en los cuales Brodie describe las “exóticas” costumbres de los Mlch: “Los Yahoos se alimentan de frutos de raíces y de reptiles; beben leche de gato y de murciélago y pescan con la mano” (452, énfasis mío). El escritor argentino, fervoroso y entretenido lector de traducciones, inspirándose en algunas desventuradas estrategias de familiarización o domesticación de inexpertos o prejuiciosos traductores, como Lane u otros, crea un oxímoron hilarante. Un avisado lector que conoce la lengua inglesa podría fácilmente imaginar al reverendo Brodie escribiendo en inglés el hiperónimo cat (“felino”) en una equilibrada y sensata operación de traducción intercultural, como sugiere Nida, al no tener a disposición un vocablo más adecuado en su lengua madre para comunicar a la cultura occidental de destino un desconocido y remoto felino, con un nombre de tan huraña fonética como el mismo nombre de los “Mlch”. Sin embargo, su traductor traspone al español literalmente “gato”, incluyendo de esta manera un tranquilo animal doméstico en una serie semántico-cultural extrañante e inquietante, formada por “reptil” y “murciélago”, animales que representan patémicamente según el canon exotista lo atroz y lo repugnante en la cultura occidental de llegada. Dicho lector modelo podría preguntarse sobre la motivación textual de esta supuesta estrategia, es decir, si el propósito del traductor fue “domesticar” (domesticating, Venuti, 1995) al ignoto y salvaje felino para acercarlo a la enciclopedia de sus destinatarios o si la opción léxica obedecería al plan textual que él se ha establecido, como lo anuncia en el pre-texto que precede su pudorosa traducción que recuerda las del victoriano Lane:
Traduciré fielmente el informe, compuesto en un inglés incoloro, sin permitirme otras omisiones que las de algún versículo de la Biblia y la de un curioso pasaje sobre las prácticas de los Yahoos que el buen presbiteriano confió pudorosamente al latín… (451).
O, en el peor de los casos, el atento –y ya malpensado– lector podrá llegar a barajar la idea de que se trata de un malentendido lingüístico, debido al escaso conocimiento del traductor al español de la lengua inglesa. La incertidumbre se podría instalar asimismo en la instancia lectora, minando ya toda certeza: ¿podría ser un error de interpretación del mismo lector que, contaminado de estereotipos antropológicos y literarios europeizantes, supone imposible la “fantástica” e irrisoria convivencia de gatos civilizados con los bestiales Yahoos?; o bien ¿el traductor, tal vez argentino, Paulino Keins, conoce la cultura de los “sudamericanos” Yahoos y sabe que en realidad son efectivamente gatos?
Desde una perspectiva traductológica, el sutil ejemplo borgesiano pone la atención sobre algunas infelices estrategias en la traducción de culturas y textos exóticos, exhibiendo la deriva semántica y patémica de dichas operaciones, su encallamiento en futuros contextos, en los cuales los efectos conseguidos pueden ser infieles o incluso contrarios a los del texto original o a los que espera el ya domeñado lector del texto de llegada, de la traducción castellana del informe escrito por Brodie que se ve emocionalmente sacudido por una brusca y “fantástica” transformación emotiva, cuya sintagmática consiste en el pasaje de un estado de pacífica, cómica y absurda familiaridad –“Los lejanos Yahoos beben leche de gato”– al temor y a la sorpresa de lo atroz, lo insólito y lo repugnante, pasiones literarias de lo exótico estereotipado en la literatura de corte europeo. El inédito sobresalto que sacude al lector de la traducción española, recreado por el minúsculo y refinado oxímoron borgesiano, es una emoción literaria inédita y completamente ajena a las paradójicas intenciones textuales extrañantes del texto de David Brodie. La devoción del ignoto traductor a las intenciones explícitas en el manuscrito del presbítero –que declara haber querido escribir en defensa de los Yahoos– ignora su complejidad textual, y llega a contradecir su verdadero dominante (Torop, 1995), que paradójicamente se ajusta a la norma general inglesa del extrañamiento de lo exótico, es decir, la representación de lo absurdo y lo bestial estereotipado de la cultura ajena representada, según el principio del revés negativo cultural que refiere Todorov (1991), para quien la representación de lo exótico consiste en una inversión de las características observadas en nuestra sociedad occidental; las culturas y las civilizaciones exóticas se describen en términos negativos, es decir, por todo lo que “no” es la cultura europea (394)[6].
Leemos en “El informe de Brodie” otras descripciones de los Yahoos: “Devoran los cadáveres crudos de los hechiceros y de los reyes para asimilar su virtud” (452). Lo repugnante se reitera en la escena en la cual las esclavas atienden al rey y “lo untan de estiércol”, o bien cuando Brodie cuenta que “los Yahoos son insensibles al dolor y al placer, salvo el agrado que les da la carne cruda y rancia y las cosas fétidas” (453); el ingrediente insólito tampoco falta: “… la reina me hundió dos o tres veces un alfiler de oro en la carne” (453).
La perplejidad del lector sobre la procedencia y nomenclatura de los misteriosos gatos aumenta cuando se los vuelve a mencionar en el texto por segunda vez en una aparentemente e insignificante construcción comparativa. Brodie, describiendo las costumbres de los Yahoos, nos informa: “Una casa de varias habitaciones constituiría un laberinto para ellos, pero tal vez no se perdieran, como tampoco un gato se pierde, aunque no puede imaginársela” (453, énfasis mío). Una de las posibles conjeturas es que el lexema /gato/ se halle implicado en un ficticio calco sintáctico-estructural español del traductor de una frase inexistente de la lengua inglesa, pero que está emparentada semánticamente en inglés a lo que en ámbito traductológico se suele llamar un “foco cultural” centrado lingüísticamente en estos intraducibles animales domésticos, tan presentes en la cultura exótica de los Yahoos. Así define el “foco cultural” Peter Newmark: “Cuando una comunidad lingüística se centra en un tema particular genera una plétora de palabras para designar su lenguaje o terminología especiales. Los españoles, por ejemplo, lo han hecho en tauromaquia”[7]. Precisa también que “cuando existe un foco cultural suele haber un problema de traducción debido al ‘vacío’ o ‘distancia’ cultural entre las lenguas de partida y de llegada” (Newmark, 2010: 134).
En realidad, ignoramos la autoría del subrepticio calco, pues no sabemos si es de cuño de Brodie o del traductor. Ante lo cual cabría preguntarse si es una señal involuntaria del misionario que anuncia su aculturación y su renuncia a cristianizar a los Yahoos o bien se trata de un fiel e infortunado calco lingüístico realizado por el traductor. Lo cierto es que desorienta al supuesto lector de lengua española de la cultura de llegada de la traducción que sospechamos, como ya lo anticipamos, sudamericano o argentino, para quien seguramente /gato/ no constituye lingüísticamente un foco cultural, como, en cambio, sí lo es el pelaje de los caballos en Argentina, al que Borges dedicó interesantes reflexiones.
El desconcierto llega a su clímax al leer la siguiente frase: “… las diversiones de la gente son las riñas de gatos adiestrados” (455), ya que asistimos a la última y decisiva entrada en escena de los furtivos gatos de los Yahoos, que parece no solo confirmar la hipótesis del foco cultural, sino también aludir irónicamente a la expresión “riña de gatos”, sugiriendo, asimismo, una implícita operación de conmutación de “gato” por “gallo”. Esta graciosa alusión haría suponer que la primitiva cultura de los Yahoos se encuentra en alguna parte de Sudamérica o en Argentina, lugar donde se encuentra también el traductor.
En conclusión, en “El informe de Brodie”, se neutralizan las supuestas y canónicas diferencias entre las dos lejanas culturas que los presuntos prejuicios de un colonizado traductor argentino de la versión castellana lo habrían llevado a introducir, ignorando o rechazando la impensada asimilación del británico David Brodie de la cultura de los Yahoos que este mismo ambiguamente confiesa al final de su manuscrito:
Los Yahoos, bien lo sé, son un pueblo bárbaro, quizá el más bárbaro del orbe, pero sería una injusticia olvidar ciertos rasgos que los redimen. Tienen instituciones, gozan de un rey, manejan un lenguaje basado en conceptos genéricos, creen, como los hebreos y los griegos, en la raíz divina de la poesía y adivinan que el alma sobrevive a la muerte del cuerpo. Afirman la verdad de los castigos y de las recompensas. Representan, en suma, la cultura, como la representamos nosotros, pese a nuestros muchos pecados. No me arrepiento de haber combatido en sus filas, contra los hombres-monos. Tenemos el deber de salvarlos. Espero que el Gobierno de Su Majestad no desoiga lo que se atreve a sugerir este informe (1078).
Aculturación de David Brodie que la ferviente traducción, en cambio, pudo haber “domesticado” con impensados efectos humorísticos, creando la ambigüedad y relatividad del manuscrito, esfumando, como postuló siempre Borges en una infinidad de textos, los confines entre autores, traductores y sus respectivas intenciones textuales ante la categoría occidental de lo exótico como sucedió vertiginosamente con Las mil y una noches.
Bibliografía
Barchiesi, Maria Amalia (2009), Borges y Cortázar: lo fantástico bilingüe, Roma: Aracne.
Barchiesi, María Amalia (2012), “La traducción: paradigma de ficción narrativa de Jorge Luis Borges en “Funes el memorioso””. Alessandro Casol et al. (eds.). Metalinguaggi e metatesti. Lingua, letteratura e traduzione, Atti del XXIV Congresso AISPI (Padova, Università degli Studi, 23-26 maggio 2007), pp. 93-102. En cvc.cervantes.es/literatura/aispi/pdf/23/23_093.pdf.
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- Università di Macerata.↵
- Para un análisis pormenorizado de los ensayos que Borges dedica a la traducción, remitimos al lector a los estudios de Gargatagli y López Guix (1992), Gargatagli (2009) y Waisman (2005).↵
- Las dos estrategias fundamentales que han caracterizado la traducción de textos exóticos son la “familiarización” (llamada también “invisibilidad” por Lawrence Venuti [1995]) y el “extrañamiento”. La primera opción textual consiste en dar la apariencia en la traducción de que el texto traducido no es en realidad una traducción, sino el original. Este artificio se logra elaborando un discurso que encubre la mediación del traductor; el extrañamiento, en cambio, es la estrategia de traducción contraria, cuyo fin es poner en evidencia la diferencia entre la cultura de origen y la de destino. Como sostiene Ovidi Carbonell, el exotismo es una de las formas del extrañamiento, y bajo este puede esconderse no tanto un acercamiento a la cultura de origen, sino más bien una recreación de la realidad ajena, según la convención de lo exótico (Carbonell, 1997: 68).↵
- Eugene Nida, en Toward a Science of Translation with Special Reference to Principles and Procedures Involved in Bible Translation (1964), define el proceso de traducción como una reproducción en la lengua del receptor meta de un equivalente lo más fiel posible al original, respetándose en primer lugar el contenido, su valor semántico, y, en segundo lugar, el estilo. Desarrolla así un enfoque comunicativo de la traducción.↵
- Según Nida (1964), al traducir la Biblia, el propósito no es comunicar información esotérica perteneciente a una cultura diferente, sino permitir que el receptor de la traducción reaccione ante el mensaje de manera similar al lector/receptor del texto original. Desde este punto de vista, traducir significa producir en la lengua de llegada el equivalente natural más cercano del mensaje de la lengua de partida, respetando el significado de las palabras y el contexto y las normas estilísticas. El término “natural” quiere indicar que las formas equivalentes no deben ser “extranjeras”, es decir, que la traducción no debe revelar su carácter “no nativo”.↵
- Aspecto del exotismo que Borges y Bioy Casares supieron ilustrar eficazmente en El libro del cielo y del infierno (1953), incluyendo el siguiente pasaje, extraído de la Encyclopaedia of Religion and Ethics con el título Del otro mundo de los indios Bellacoola: “Se dice que este subterráneo mundo espectral abarca las márgenes de un río arenoso. Los muertos caminan cabeza abajo y hablan un idioma que no es el nuestro, y es invierno allí cuando aquí es verano. Encyclopaedia of Religion and Ethics, editada por Hastings, New York, 1928” (Borges y Bioy Casares, 1983: 122).↵
- Borges era consciente del problema del foco cultural en traducción y lo ilustra magistralmente en “El informe de Brodie” haciendo mención el término “loch” (body of water) que revela un foco cultural en la cultura escocesa centrado en el agua, que el mismo autor se encarga de mencionar, si bien marginalmente, en una nota a pie de página del cuento que estamos analizando: “Doy a la ch el valor que tiene la palabra loch (Nota del autor)” (451). ↵








