Sara Carini[1]
La ironía es comúnmente interpretada como un tropo, cuyo uso permite implicaturas más allá de lo dicho. En la literatura hispanoamericana, ha sido un recurso utilizado con frecuencia, porque posibilita el ver en perspectiva y el interponer entre quien relata y lo relatado una distancia sana y soportable. Con respecto al poder, es su talón de Aquiles. La ironía puede surgir de diferentes planos del lenguaje; lo que es irónico, sin embargo, lo es porque crea un contraste, una discrepancia con la realidad que abre a una interpretación diferente de ella (Kaufer, 1983: 456). Es este el motivo por el cual, según Bruno Bosteels, la ironía no acompaña a las ideologías, porque “instala al sujeto de la ironía en una posición de exterioridad y superioridad a la vez” (Bosteels, 2018: 51) que lo debilitan. Porque la mofa, la burla y la puesta en ridículo ponen énfasis en los aspectos grotescos y risibles, que quien gobierna no ve (o no quiere ver), perjudicando, de esta forma, su imagen frente a la colectividad.
En la novela The Brief Wondrous Life of Oscar Wao, para nosotros, La maravillosa vida breve de Óscar Wao, publicada en 2007[2] por Junot Díaz, la relación entre ironía y poder es sutil, aunque, a nuestro parecer, extremadamente eficaz. De hecho, la descripción de la vida de Óscar, un joven dominicano migrado a Nueva York, es el pretexto con el cual Díaz cuestiona la imagen del tíguere[3] arraigada en la identidad dominicana y que corresponde, al menos en parte, al perfil de Rafael Leónidas Trujillo, el dictador que gobernó bajo un estricto yugo a los dominicanos desde 1930 hasta 1961.
En este sentido, el uso de la ironía hecho por Díaz se enmarca en el más amplio espectro de la teoría de la incongruencia y en la ruptura de la norma que provoca la distorsión de la imagen como consecuencia del contraste. Una ruptura que acciona una sensación parecida a la anagnórisis: nos alejamos del cuadro y percibimos la real figura que se esconde en su tela y que, desde cerca, nunca habríamos visto. En efecto, a lo largo de la novela, podemos individuar una serie de contrastes y oposiciones que le sirven a Díaz para insinuar la duda en la mente del lector desde una mirada irónica y a veces socarrona, que acaricia la realidad sin, al parecer, querer removerla del todo. En realidad, los contenidos que reelabora a lo largo del texto abren al cuestionamiento de varios temas vinculados con la identidad dominicana; argumentos que, aún al día de hoy, a casi veinte años de distancia de su publicación, siguen siendo actuales. La herencia del pasado trujillista, la posición ante la cuestión migratoria (desde y hacia República Dominicana), así como la urgente cuestión del reconocimiento de una raíz afrodescendiente olvidada por décadas, son temas que remecen las cuestiones identitarias de la media isla y que, de algún modo, Díaz convoca en su texto como telón de fondo de los acontecimientos.
Paso uno: deconstruir la imagen
El primer gran contraste ante el cual se encuentra el lector de La maravillosa vida breve de Óscar Wao es la desacralización de la imagen de Trujillo. Es archiconocido el fenómeno por el cual los dictadores necesitan imponerse no solo desde el punto de vista político, sino también desde una perspectiva egocéntrica, a través de su persona. En lo que concierne a los excesos, la forma de actuar de Trujillo (perversa, sádica y cruel) es tristemente conocida por la historia, y basta con recordar la masacre de haitianos de 1937, pasando por las desapariciones, las leyes restrictivas, las elecciones farsas y la imposición de una hispanidad anhelada y auspiciada como antídoto a un pasado de ocupación, para comprender la ferocidad que se asocia con su persona. Durante tres décadas, y por medio de un discurso nacional solemne y heroico, Trujillo armó una compleja red de contactos que lo pusieron al centro de cualquier discurso público y privado de República Dominicana; construyó la imagen de un gobernante todopoderoso, capaz de salvar a los dominicanos de sí mismos, inefable, infalible y desde el cual era imposible huir (Acosta Matos, 2015: 657)[4]. Frente a la casi total imposibilidad de disenso, quien quería oponerse al régimen tuvo que callar o colaborar, o ambas cosas. De lo contrario, él y las personas en su entorno no estarían a salvo de las consecuencias.
La constante oposición que Díaz articula entre la imagen varonil y exitosa de Trujillo y la imagen de perpetuo adolescente de Óscar es la primera perspectiva mediante la cual se discute la validez del modelo del trujillato. Trujillo y su sistema son reducidos al papel de padres ambiciosos traicionados por la ineptitud de su misma prole. En este sentido, Díaz pone en el blanco sobre todo la exuberancia que definió la vida privada de Trujillo, quien había creado alrededor de su persona una áurea mítica de hombre viril y mujeriego, que contribuyó a que, en un primer momento, la población viera en él alguien accesible, similar al hombre común, pero definitivamente más poderoso: el tíguere por excelencia. El hombre capaz de todo y, entre otras cosas, apto a imponer su forma de ser como una norma para verla luego replicada una y otra vez en el cuerpo y en la actitud de sus conciudadanos.
En la novela de Díaz, la memoria de esta imagen exitosa, diseminada por Trujillo en todos los aspectos de la vida pública y privada de los dominicanos, se hace pedazos frente a Óscar, un muchacho frágil, indeseado, negro, nerd, gordo y bastante torpe que, no logrando reflejarse en la imagen del dominicano tíguere, sufre enormemente y es víctima del sarcasmo de los demás. Frente a Óscar, la imagen de la dominicanidad blanca, hispánica, pura, fuerte y eróticamente cisgénero promovida por Trujillo es un reto inalcanzable o un agobio, dependiendo del momento, y marca de forma definitiva la búsqueda fracasada de la identidad en el “ser” o “no ser” dominicano del protagonista.
La incapacidad de Óscar de perpetuar la imagen del hombre fuerte que el dictador quería para todos los dominicanos desarticula la imagen misma del dictador. Óscar no puede salir de su estado de crisálida y volverse “hombre” porque vive encerrado en la perpetua adolescencia que se manifiesta en su cuerpo, desproporcionado en las dimensiones y poco atractivo, en sus aficiones y en su forma de ser. Es incierto y ensimismado, un espíritu huraño que se enamora un día sí y otro también tan solo mirando a una chica (Díaz, 2008: 155), y que en la secundaria
pesaba unas increíbles 245 libras (260 cuando estaba depre, que era casi siempre), y se les hizo evidente a todos, en especial a su familia, que se había convertido en el pariguayo del barrio. No tenía ninguno de los superpoderes del típico varón dominicano, era incapaz de levantar jevas aunque su vida dependiera de ello. No podía practicar deportes, ni jugar al dominó, carecía de coordinación y tiraba la pelota como una hembra. Tampoco tenía destreza para la música ni para el negocio ni para el baile, no tenía picardía, ni rap, ni don pa na. Y lo peor de todo: era un maco. Tenía el pelo medio malo y se lo peinaba en un afro estilo puertorriqueño, usaba unos enormes espejuelos que parecía que se los proporcionaba un oculista de asistencia pública –sus aparatos «antivaginales», les decían Al y Miggs, sus únicos panas–, llevaba una sombra desagradable como si fuera un bigote en el labio superior y poseía un par de ojos medio bizcos que lo hacían parecer algo retardado (Díaz, 2008: 18-19).
Además, vive a la constante búsqueda de un primer amor que lo dignifique y lo haga sentir (y ser) por fin un hombre. Yunior, el narrador del texto, otro dominicano opuesto a Óscar, lo define reiteradamente como un pariguayo, es decir, un “hombre sin carácter” (Collado, 2004: 9), incapaz de moverse en las cosas de la vida.
El cuestionamiento de la masculinidad propuesto por la novela tiene un valor intrínseco con respecto a la sociedad y a los cánones que requiere. En opinión de Antonio de Moya, las masculinidades dominicanas son frágiles porque dependen de la mirada de los demás y de las actitudes sociales que los demás reconocen en el individuo. Esto implica una relación de dependencia constante, que conlleva la valoración del yo por parte de alguien que no somos nosotros, con el relativo problema de creación de estereotipos que esto puede implicar (De Moya, 2003: 191). En el caso de Óscar, la reiteración una y otra vez de su inaptitud a la vida termina siendo una grotesca puesta en escena del fracaso, que contrasta con el éxito propuesto por la imagen del dictador o del dominicano que lo emula desde el punto de vista sexual. Su escasa virilidad y su aspecto no son sino la exasperación del pariguayo, en contraposición con el tíguere, sea este Yunior o Trujillo. Como consecuencia, el personaje de Óscar, con todas sus debilidades, se vuelve la parodia del trujillato.
Aparte de poco atractivo e inepto en las relaciones, Óscar también es negro. Su negritud es otro de los puntos de tuerca que Díaz utiliza para reconfigurar el trujillato en un marco grotesco e insensato, apuntando a poner en ridículo la idea de blanquitud e hispanidad que había impuesto en la isla y que perdura aún hoy. Si durante el régimen el color de la piel fue la discriminante con la cual se decidió quién podía o no podía definirse como dominicano, la negritud de Óscar representa, de alguna forma, la “excepción” que confirma la norma: en República Dominicana el elemento afro es parte de la identidad de la población desde hace tanto tiempo, que es imposible identificar otra forma de ser sino el de la criollización. Es por esto que, a lo largo de la novela, el tema de la piel vuelve una y otra vez a determinar no una condición original o excepcional, sino a destacar uno de los elementos por los cuales se define quién es dominicano y quién no. En el caso de Óscar, por ejemplo:
Los blancos miraban su piel negra y su afro y lo trataban con jovialidad inhumana. Los muchachos de color, cuando lo oían hablar o lo veían moverse, sacudían la cabeza. Tú no eres dominicano. Y él contestaba, una y otra vez, Claro que sí lo soy. Soy dominicano. Dominicano soy (Díaz, 2008: 45).
O, nuevamente, al describir el nacimiento de la madre de Óscar, cuando el narrador destaca:
… la tercera y última hija de Abelard, traída a luz a principios del encarcelamiento de su padre, nació negra. Y no de un negro cualquiera. O sea, negro negro –negrocongo, negrochangó, negrokalí, negrozapote, negrorekha– y ningún tipo de prestidigitación racial dominicana podía taparlo (Díaz, 2008: 216-217).
Paso dos: abrir a una doble perspectiva
A lo largo de la novela, las continuas oposiciones entre lo que según la idea de dominicanidad un dominicano debería ser y lo que puede ser cualquier dominicano como Óscar crean un largo discurso anacrónico, en el cual el pasado se filtra como espantajo que sigue impidiendo la libertad, esta vez, de ser como uno quiere. En este sentido, a nivel pragmático, es posible identificar un doble nivel de comprensión de la historia de la isla en la cual, por un lado, solo se ven los vencedores y, por el otro, las consecuencias de sus actos. El efecto cómico es sutil y se plantea como un dato de fondo, que acompaña al lector en la toma de conciencia de cuánto y cómo una persona puede llegar a ser infeliz, torpe e inadecuada a la vez, solo porque no encaja con la sociedad en la cual le ha tocado vivir.
Las palabras del narrador configuran el cuadro de un sujeto acosado por los eventos, incapaz de salir de los límites impuestos, pero al mismo tiempo demasiado solo para lograrlo. A su lado, la voz del narrador va tejiendo el relato de las condiciones históricas y sociales que determinan su estado. La desgracia de Óscar es vista en contraste con la socarronería del trujillato, su timidez en contraste con la mentalidad abusadora del régimen, y su ingenuidad con la maldad y crueldad que definió el cálculo con el cual fueron exterminados los opositores. Más que ironía, se trata de un sarcasmo mesurado, que nos hace empatizar con Óscar (un personaje frágil pero, al mismo tiempo, valiente y arriesgado en sus últimas horas) y asquear el trujillato y sus métodos subterráneos. Por ejemplo, mientras el narrador explica cómo la maldición del “fukú” ha acechado la familia de Óscar, también va relatando y profundizando aquellos aspectos del trujillato que se conocen, pero no se discuten en la vida pública de República Dominicana. Lo hace por medio de las notas a pie de página que disemina a lo largo del texto, en las cuales, con un estilo directo y audaz, describe las historias más retorcidas y siniestras del régimen. De esta forma, Díaz puede glosar la historia dominicana sin necesidad de ceñirse al método historiográfico. Reporta leyendas, describe sin rodeos los sucesos más brutales y recupera parte de la memoria histórica de la media isla. El lector (dominicano o no) es informado sobre hechos y secretos del régimen y puede llegar a sus propias conclusiones, así como reflexionar sobre el pasado de República Dominicana de forma crítica.
Otra línea de contraste por medio de la cual se define la oposición anacrónica e irónica entre Óscar y el pasado de República Dominicana se concreta en el estilo, en la lengua y en la reelaboración de ideales o imágenes que forman parte del acervo común. Empezando por la lengua, la historia de Óscar es narrada en un idioma que refleja el habla de los dominicanos en la diáspora y que se caracteriza por la distorsión de conceptos propios de su cultura. Como destaca Gutiérrez Mavesoy, Díaz utiliza el inglés como lengua de base, pero intercala un nivel subyacente de español que se filtra y, junto al inglés, establece un diálogo con el lector, poniéndolo a prueba sobre la versatilidad de su lengua (Gutiérrez Mavesoy, 2009: 183). Este aspecto tiene sin duda una relación con la identidad dominicana en la diáspora, pero también es la representación de esa homogeneidad que procede de la exposición al modelo de vida estadounidense; una aculturación indirecta que termina modificando las ramificaciones de la identidad del individuo, sin llegar a borrar nunca sus raíces. A este propósito cabe recordar que, tras su publicación, en 2018, la novela de Díaz generó amplias discusiones acerca del campo cultural y literario en el que debía adscribirse. La pregunta fundamental a la que el mundo académico (y el de la edición) tuvo que enfrentarse fue si puede un escritor que escribe en inglés ser representativo de un canon de literatura en español e insertarse en él. De forma acertada, Rita de Maeseneer propuso interpretar la obra de Díaz como un ejemplo de novela transnacional, en la cual las nociones de límite y nación se trastocan y renuevan dependiendo del punto de vista que se escoge para mirarlos (De Maeseneer, 2014: 12). Clasificarlo bajo el rótulo de “literatura angloamericana” o “literatura latinoamericana” no resuelve su hibridez, que queda atestiguada por los temas que convoca y que discute Díaz a lo largo de su texto y que no pierden efectividad expuestos desde un idioma diferente al español. Para superar este obstáculo, De Maeseneer sugiere mirar a la novela de Díaz desde la criollización y la idea del Caribe sin centro de Benítez Rojo y Édouard Glissant, rehuyendo así los límites conceptuales impuestos por las categorías de literatura nacional y permitiendo el “ir y venir” entre diferentes contextos culturales y literarios. En lo que concierne a nuestro estudio, aceptamos las propuestas de De Maeseneer y coincidimos con ella en ver la obra de Díaz como un ejemplo de literatura “sin residencia fija” (Ette, 2005) en la cual el idioma (mezclado, híbrido e “impuro”) es una herramienta más, un recurso por medio del cual el autor traspone la incertidumbre que él mismo siente al ser un dominicano en la diáspora[5].
Desde el punto más exquisitamente léxico, cabe señalar que, en la versión inglesa de la novela, Díaz utiliza recursos propios del habla “dominicanyork” y, cuando lo hace, “aplica el principio de la no traducción […] insertando frases y sintagmas en español, practicando el cambio de código inter e intra-oracional y escribiendo con ‘errores’ debido al aprendizaje oral del español dominicano” (De Maeseneer, 2014: 350-351). La lengua de la novela se presenta así como una mezcla bien congeniada, en la cual el inglés está profundamente marcado por el español y la realidad histórica dominicana. Por este motivo, el destinatario de la novela es múltiple (el dominicano en la diáspora o el dominicano enfrentado con el pasado), así como su abordaje desde el punto de vista de la interpretación crítica.
Respecto a los ideales que Díaz reelabora, el primero es sin duda el del sueño americano. Óscar y su familia son el retrato de la marginalidad y de las dificultades que encuentran los migrantes dominicanos para asentarse en EE. UU. desde un punto de vista identitario y laboral. Aunque la madre de Óscar consiga comprar una casa, lo hace a cuesta de tener que mantener tres trabajos y una vida de sacrificios, y su única forma de revancha es tratar mal a sus conciudadanos dominicanos. De la misma forma, el texto también destroza la imagen de la feminidad débil alentada y favorecida por el trujillato. Lola, la hermana de Óscar, es la antítesis del modelo femenino promocionado por el régimen: no es ni remisiva ni dependiente de un hombre, todo lo contrario. En el relato, Lola es el carácter fuerte, tanto que es ella quien protege a Óscar y toma sus decisiones de manera decidida, rebelde y audaz. No duda en tomar acción para hacer de su propia vida lo que quiere y, al mismo tiempo, sabe estar presente para la familia sin perder su individualidad[6].
Por último, en lo que concierne al estilo, el tono desde el cual el narrador arranca con el relato de la vida de Óscar quiebra con la solemnidad y la heroicidad del discurso del trujillato. En las páginas que abren la novela, el motivo que empuja al narrador a escribir es el “fukú”, supuestamente un espíritu que vino traído de los gritos de los africanos y que es como una maldición o un castigo (evidente alusión a la trata atlántica). La ubicación del “fukú” en un tiempo remoto parecería el arranque de un relato épico o, cuando menos, ejemplar. Sin embargo, el “fukú” no es sino la contracción de fuck you, y el protagonista de la novela es todo menos que ejemplar. Óscar no es representativo de ningún gran valor, y el narrador, que lo conoce, no relata su historia porque realmente merezca la pena recordarla, más bien para exorcizar su paradójica vida y poner en marcha el hechizo que lo protege del “fukú”. Al mismo tiempo, como ya destacamos, por medio de las notas a pie de página, el narrador va comentando aspectos relacionados con la historia dominicana con una franqueza y un sarcasmo que disminuyen la pulcritud del discurso histórico oficial y, al mismo tiempo, guiñan el ojo al lector pidiéndole que se involucre en la crítica al poder.
Conclusiones
Regresando a la ironía, es notorio que existan diferentes puntos de vista desde los cuales definirla, dependiendo del ámbito del saber desde el que queramos mirarla. Las teorías antropológicas se centraron en los efectos que la risa provoca sobre el hombre, mientras que las teorías de la incongruencia observaron más bien las características del objeto que provoca la risa. Como destaca Llera, el humor es un concepto complejo, y la ironía no tiene una única forma de manifestarse: “El humor puede agredir buscando la complicidad con el receptor o simplemente constituirse en juego intrascendente; puede asociarse con los objetivos correctores de la sátira o consagrarse a un autotelismo ‘blanco’” (Llera, 2003). Además, afirma, el humor puede ser liberatorio o, al contrario, contribuir al mantenimiento del statu quo (Llera, 2003). Lo que sí es evidente, como decíamos al principio, es que, desde un punto de vista lingüístico y conceptual, el humor es el efecto de un contraste, un desajuste entre lo que nos esperamos y que realmente percibimos (Llera, 2003). En el caso de Óscar Wao, la atención del narrador está puesta en el objeto que provoca risa. El mismo Óscar la provoca, pero, como en la mejor de las tradiciones de la ironía, este sarcasmo abre los ojos del lector mostrándole una realidad alternativa a la que siempre ha imaginado. En la novela de Díaz, es posible identificar varias oposiciones capaces de crear una incongruencia o un reflejo inusual en la mente del lector; estas desarticulan la imagen que la historia nos ofreció de Trujillo hasta enmarcarla en un relato grotesco, en el cual su forma de ser y de gobernar se alarga hasta llegar a golpear a Óscar, aunque este viva en un tiempo futuro que no debería tener nada que ver con Trujillo. La eficacia de dichos contrastes se debe también a que nunca se materializan como rupturas violentas, más bien se diseminan a lo largo de la novela como plumillas de bádminton que, en lugar de cortar el aire, lo revuelven (Bryce Echenique, 2007). El lector, entonces, tiene que decidir si quiere participar en el juego y dejarse llevar por la corriente o si prefiere asentarse en un tipo de descripción de la realidad más creíble. La ironía utilizada por Díaz, por lo tanto, quiere ser superficial, pero termina siendo amarga, ya que lo que va describiendo es el desarrollo del espíritu humano y sus más recónditos defectos. Una ironía que presupone una perpetua doble interpretación, que invita a reconsiderar lo que ya conocemos sobre la historia dominicana o, por lo menos, a reflexionar en el fenómeno demasiadas veces olvidado de su diáspora en el extranjero.
Bibliografía
Acosta Matos, Eliades (2015), “La vida cotidiana”. En R. Cassá (coord.), Historia general del pueblo dominicano, tomo V, Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, pp. 691-726.
Bosteels, Bruno (2018), “La situación es catastrófica pero no seria”. En Brigitte Adriansen y Carlos van Tongeren (eds.), Ironía y violencia en la literatura latinoamericana contemporánea, Pittsburg, IILI, pp. 41-57.
Bryce Echenique, Alfredo (2007), “Del humor quevedesco a la ironía cervantina”. Lecturas Spinoza, online en CVC Centro Cervantes Virtual https://cvc.cervantes.es/literatura/conferencias_spinoza/bryce.htm (última consulta el 15 de mayo de 2024).
Collado, Lipe (2004), El tíguere dominicano. Santo Domingo, Editora Collado.
De Maeseneer, Rita (2014), “‘Aprende el difícil’, Junot Díaz, Josefina Báez y las literaturas nacionales”. Pasavento, II/2, pp. 345-357.
De Moya, Antonino (2003), “Versiones y subversiones de la masculinidad en la cultura dominicana”. Perspectivas Psicológicas, 3/4, pp. 186-192.
Díaz, Junot (2008), La maravillosa vida breve de Óscar Wao. Barcelona, Random House Mondadori [2011].
Durán, Carmen (2018), El Ministerio de la Mujer como parte del proceso de institucionalización del Estado dominicano: Un capítulo en la historia de la mujer, Santo Domingo, Archivo General de la Nación.
Ette, Ottmar (2005), “Una literatura sin residencia fija. Insularidad, historia y dinámica sociocultural en la Cuba del siglo xx”. Revista de Indias, vol. LXV, n.º 235, pp. 729-754.
Gallego Cuiñas, Ana (2005), “‘La fiesta de los sentidos’, un análisis de la narrativa del trujillato”. En E. Valcárcel (ed.), La literatura hispanoamericana con los cinco sentidos, La Coruña, Universidad de La Coruña, pp. 293-300.
Gutiérrez Mavesoy, Aleyda (2009), “La transcolonización literaria en La maravillosa vida breve de Óscar Wao de Junot Díaz”. Cuadernos de Literatura del Caribe e Hispanoamérica, 9, pp. 177-196.
Kaufer, David S. (1983), “Irony. Interpretative Form and the Theory of Meaning”. Poetics Today, 4/3, pp. 451-464.
Llera, José Antonio (2003), “Una aproximación interdisciplinar al concepto de humor”. Signa: Revista de la Asociación Española de Semiótica, 12, online en https://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmchx1t0 (última consulta el 16 de mayo de 2024).
Menéndez Mora, Alejandro (2022), “El nerd más social jamás visto”. Revista de la Universidad de México, 1, pp. 108-112.
- Università Cattolica del Sacro Cuore.↵
- La primera edición de la novela apareció en lengua inglesa en 2007 y, por ella, Junot Díaz es galardonado con el Premio Pulitzer 2008. Fue traducida al español por Achy Obejas en 2008. ↵
- Lipe Collado define el tíguere como el “ser social” dominicano por antonomasia. Dentro de un amplio abanico de posibilidades (tíguere gallo, tíguere rankiao, el tíguere ayantoso, etc.), este término, siempre según Collado, define una forma de ser propia de los dominicanos que tiene sus raíces en las guerras de independencia y que se define en el “caer parado” y “salir bien” de cualquier situación (Collado, 2004: 26). No obstante la raíz popular de la palabra, el tipo del tíguere aplica muy bien a la forma de ser con la cual Trujillo se impuso en la opinión pública.↵
- A este propósito cabe recordar que el régimen de Trujillo no se limitaba a agredir y perseguir físicamente los opositores en República Dominicana. Sus propósitos persistían en el extranjero. Véase el caso Galíndez, tratado también por Díaz en una de las notas que acompañan el texto. ↵
- Díaz considera que la condición del dominicanyork es paradigmática de la evolución política e histórica de República Dominicana, ya que atañe al reconocimiento de la existencia de una diáspora dominicana y que aplica a una idea de dominicanidad que se define solo en los límites de la isla o en la puesta en práctica de ciertos estereotipos propios de su imagen (Menéndez Mora, 2022: 111).↵
- Para más información sobre la evolución del feminismo dominicano bajo el régimen, véase el estudio de Carmen Durán El Ministerio de la mujer como parte del proceso de institucionalización del Estado dominicano. Un capítulo en la historia de la mujer (Durán, 2018: 21-25).↵








