Oddete Moreno Muciño, Rosa Elena Médina Ródriguez, Oswaldo Ceballos Gurrola y Janet García González
Antecedentes
La sociedad va experimentando cambios en las formas de comunicación. Antes, se obtenía información de los medios de comunicación como la radio, la televisión, los periódicos o las revistas, entre otros; esto denota, sin duda, que la sociedad se transforma, por lo que crece la demanda en innovación, creatividad, aprendizaje y aplicabilidad en el manejo de las nuevas tecnologías de la información y comunicación (tic) (Baños y Extremera, 2018). Los nuevos usuarios enfocan el aprendizaje y los juegos, absorbiendo rápidamente la información multimedia de imágenes y videos, igual o mejor que si fuera texto, esperan respuestas instantáneas, permanecen comunicados permanentemente y crean también sus propios contenidos (García et al., 2007). La gran ventaja de la tecnología móvil es la capacidad para acceder a la información en cualquier parte y cualquier momento, además de permitir la comunicación con otras personas, de forma que genera una interacción continua inclusive con aquellas que se encuentran en lugares lejanos (Serrano et al., 2019). Está demostrado que las tecnologías móviles inalámbricas en la salud pública, denominadas m-salud (mHealth), potencian el acceso a la información y servicios sanitarios, como también fomentan cambios positivos en los comportamientos en materia de salud para prevenir el inicio de enfermedades agudas y crónicas (Organización Mundial de la Salud [oms], 2016). La salud móvil se ha convertido en un subsegmento de la eSalud, que tiene que ver con el uso de tic, tales como ordenadores, teléfonos móviles, gps, monitores de pacientes, etc., para los servicios sanitarios y de información (Serrano et al., 2019).
En este sentido, se observa que ha habido un incremento del 75 % de usuarios de entre 12 y 17 años de edad que usan teléfonos inteligentes, en un periodo de 6 años (Baños y Extremera, 2018). Según el Global System Mobile Association (gsma), está a punto de llegarse a los 7.422 millones de conexiones móviles, mientras que el censo de población en todo el mundo es de 7.228 millones. En el 2014 se superó por primera vez el número de accesos a la web desde dispositivos móviles y el tiempo dedicado a ello respecto de los efectuados desde equipos de escritorio (Alonso-Arévalo y Mirón-Canelo, 2017). La Organización Panamericana de la Salud/Organización Mundial de la Salud (ops/oms) muestran que varios países de América están aprovechando las tecnologías de la información y de la comunicación para la salud: el 74 % usa las redes sociales en salud, el 58 %, la monitorización de pacientes a distancia, y el 58%, la salud móvil (ops/oms, 2016). Según el informe The mobile health global market report, 2013-2017: the Commercialization of mHealth apps, el 70 % de las aplicaciones son destinadas a pacientes y el 30 % son de uso profesional (Alonso-Arévalo y Mirón-Canelo, 2017). ElmHealth App Developer Economics informó que en el 2015 existieron 160.000 aplicaciones de salud, que las categorías relacionadas con ellas eran monitoreo, tratamiento, diagnóstico, apoyo a profesionales de la salud, y bienestar, entre otras (Serrano et al., 2019), y que, específicamente en América Latina, para el 2017 los servicios que tuvieron mayor crecimiento fueron: monitoreo (60 %), tratamiento (15 %), diagnostico (11 %), apoyo a profesionales de la salud (6 %), bienestar (3 %), apoyo en la vigilancia de salud (2 %), prevención (2 %) y administración (1 %) (Ramírez et al., 2016). Se han encontrado propuestas como la generación de una app como herramienta para la prescripción de los antibióticos, que pretende fortalecer las prácticas del uso de antibiótico responsable y adecuado con una herramienta amigable para el personal de salud (Serrano et al., 2019).
En la 139.º reunión del Consejo Ejecutivo de la Organización Mundial de la Salud (oms), se manifestó, entre otros puntos, que hace falta interconexión entre las diferentes aplicaciones e integración con las estrategias nacionales de cibersalud y las estructuras de información sanitaria existentes; también, que existía ausencia de normas y herramientas para la evaluación comparativa de la funcionalidad, la posibilidad de ampliación y el valor comparativo de las soluciones de m-salud, lo que da lugar a una falta de datos para articular la orientación normativa; además, se carece de enfoque multisectorial dentro del gobierno, especialmente en la colaboración entre los ministerios de salud y los de tecnologías de la información y la comunicación, y de recomendaciones normativas de colaboración con el sector privado (oms, 2016). Es cierto también que existe un hecho que puede ser usado a favor en la implementación de esta propuesta.
La misma oms desde el 2013 con la iniciativa Be He@lthy Be Mobile reconoce las tecnologías móviles como una gran oportunidad para la prevención incluso en comunidades desfavorecidas, manifestando que hay una gran parte la población mundial que tiene más acceso a un teléfono móvil que a agua limpia (oms, 2019).
Estudios recientes demuestran que las tecnologías como Internet o las aplicaciones móviles son herramientas de soporte en la promoción de hábitos saludables y de actividad física (Bergeron et al., 2019), combinadas con técnicas centradas en el sujeto para fomentar la motivación para el cambio de comportamiento, por ejemplo, la teoría de la autodeterminación, la teoría social-cognitiva, la teoría del comportamiento planificado y el modelo transteórico, que contribuyen a aumentar la duración o intensidad de la actividad física y a reducir la limitación de la actividad (Rouleau et al. 2015), y, como punto adicional, se debe actuar en etapas tempranas de la vida, pues diferentes estudios demuestran además que la práctica de actividad física decrece durante la adolescencia (Vidal-Conti, 2016).
Un desafío en la aplicación de la investigación de la conducta de salud es la existencia de múltiples teorías superpuestas sobre la comunicación y el cambio de conducta (Carroll et al., 2012), además utilizar correctamente las herramientas disponibles para lograrlo. Las tecnologías móviles como teléfonos inteligentes, tabletas, relojes, gafas y otros dispositivos portátiles son cada vez más utilizadas por la población, también con fines relacionados a la salud, como la mejora de la calidad de vida, la comprensión del tratamiento y el autocontrol en relación con los tratamientos prescritos (Moss et al., 2019). Las tecnologías de la información y las comunicaciones (tic) tienen un alto potencial para avalar intervenciones educativas en la promoción de hábitos y estilos de vida saludables (Cerón et al., 2018). Las herramientas de comunicación digital son, en general, una solución rentable y eficaz para educar sobre la importancia de la actividad física (Bergeron et al., 2019). La inclusión de la tecnología mobile health (mHealth o m-salud), que implica la comunicación de información y atención de la salud a través del uso de dispositivos electrónicos y móviles, ofrecen el potencial para extender su alcance a través de una mayor comodidad y flexibilidad (Jennings et al., 2016).
A lo anterior, se suman las intervenciones de eHealth (electronic health o eSalud) que incrementan significativamente la actividad física de moderada a vigorosa (mvpa), lo cual es medido por semana como mínimo (Cotie et al., 2018). Los avances logrados con eSalud y m-salud también podrían contribuir a la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos. En el 2011, en España, la Estrategia para la Nutrición, Actividad Física y Prevención de la Obesidad (naos) realizó una edición de materiales para la promoción de actividad física (pósteres, puntos de libro y adheribles), con un plan de comunicación mediante el que se invitaba, vía correo electrónico y web, a colaborar en la organización de eventos. El plan de comunicación iba dirigido a entidades y personas individuales, con un énfasis especial en profesionales de la actividad física, centros de salud, y municipios adheridos. A partir de 2013, la difusión se amplió a las redes sociales (Twitter, Facebook e Instagram) y se divulgó mediante destacados en páginas web institucionales, de sociedades científicas y colegios profesionales (Gónzalez-Viana et al., 2019).
Entre 2010 y 2016, la proporción de personas de entre 15 y 69 años que participaron en el estudio aumentó en 8,7 puntos, y pasó de 72,2 % en el año 2010 a 80,9 % en el 2016 (Gónzalez-Viana et al., 2019). Cerón et al. (2018), en un estudio para evaluar la efectividad de las tecnologías de la información y comunicación en la promoción de hábitos saludables, propusieron una herramienta basada en una web en la cual el participante ingresa, administra y comparte, si así lo desea, su información de salud. Todos entraron al menos una vez a la estrategia tic asignada, y la página web fue la más visitada. El nivel de sedentarismo mejoró notablemente en los integrantes de los grupos que usaron alguna de las tres estrategias basadas en tic.
En Canadá, por ejemplo, se creó una estrategia múltiple, multisectorial, teóricamente informada, usando eSalud y m-salud con el objetivo de promover la acumulación de peldaños y subir tramos de escaleras con el empleo de dispositivos para monitorización y autocontrol de la actividad física, que incluyen podómetros, dispositivos electrónicos y aplicaciones para teléfonos inteligentes, material promocional como anuncios impresos (carteles, infografías, adheribles, tarjetas postales y colgadores de puertas) y videos (Jennings et al., 2016).
Las intervenciones en el ámbito de la eSalud ofrecen un enfoque muy accesible, rentable, y ahorra tiempo para la promoción de mejoras en el estilo de vida (Cotie et al., 2018).
Actividad física en la adolescencia
En general, la actividad física en la adolescencia está relacionada con una serie de factores positivos para la salud, tanto físicos (mejorar la composición corporal, esquelética y metabólica y reduce los riesgos en el desarrollo de enfermedades del corazón, algunos tipos de cáncer y diabetes), psicológicos (disminuye síntomas de depresión, estrés y ansiedad y mejora el autoconcepto y la autoestima), como sociales (perfecciona las habilidades sociales y el bienestar social) (González et al., 2017; Gutiérrez et al., 2018; Hulteen et al., 2017; Król-Zielińska et al., 2018; Maldonado et al., 2017; Marques et al., 2017; Martínez et al., 2014; Vaquero Solís et al., 2018; Blanco Vega et al., 2019). Sin embargo, del 44 % de la población activa físicamente, solamente la mitad lo hace de manera suficiente de acuerdo con lo recomendado por la oms (Méndez-Giménez et al., 2015); por lo tanto, es necesario aumentar la conciencia de los jóvenes sobre los beneficios físicos y emocionales de la actividad física en general.
Además de todo lo anterior, se ha encontrado una relación positiva entre esta, la aptitud física y la función cognitiva en niños y adolescentes (Ishihara et al., 2018); hay estudios que reportan que los adolescentes con altas capacidades intelectuales tienen una baja prevalencia de sobrepeso y obesidad, y también reportaron alta actividad física semanal (Hormazábal-Peralta et al., 2018). Un mayor nivel de condición física, pero no una actividad física de moderada a vigorosa, se relacionó con mejor control inhibitorio, memoria de trabajo y flexibilidad cognitiva (Ishihara et al., 2018). Los niveles altos de autoestima se asocian con la participación en programas de educación física (Méndez-Giménez et al., 2015).
Estudios longitudinales muestran claramente la importancia de desarrollar hábitos saludables durante la juventud y especialmente durante la adolescencia (Meneses Montero y Ruiz Juan, 2017; Samperio et al., 2016). Así que la participación en las actividades físico-deportivas debe fomentarse en todos los adolescentes debido a sus efectos a largo plazo sobre la salud de los adultos, gracias a su tendencia a reducir la probabilidad de la inactividad física en la edad adulta (Meneses Montero y Ruiz Juan, 2017).
En México, la actividad física se encuentra en niveles similares a los de España (43 % de población activa) y por encima de Chile (29 % de activos), pero por debajo de Canadá y Estados Unidos, donde 54 y 51 % de su población, respectivamente, realiza actividad física (Méndez-Giménez et al., 2015), de la cual la más popular entre los niños es el fútbol (América, Europa) y correr (Pacífico Occidental) (Hulteen et al., 2017).
mHealth en la promoción de actividad física
La salud móvil (m-salud o mHealth) puede influir en la actividad física y el cambio de comportamiento a nivel individual a través de intervenciones en toda la comunidad (Vandelanotte et al., 2016). Cuando se basa en esta, es un marco de planificación de programas dirigido por los integrantes y aplica teorías y técnicas de marketing para diseñar o adaptar las intervenciones de salud preventiva que faciliten cambios de comportamiento (Bryant et al., 2010), que se apoya en las tecnologías de salud electrónica (eHealth) y móvil (mHealth), las cuales ofrecen oportunidades para la promoción de la actividad física en jóvenes y de la salud en general (Vandelanotte et al., 2016).
En adición a lo anterior, se pueden usar los mensajes persuasivos a los padres de familia como estrategia para optimizar el impacto de la campaña, enfatizando los beneficios de proporcionar apoyo a sus hijos, por ejemplo, “niños y niñas que son activos a menudo tienen una autoestima más alta y confianza” (Bassett et al., 2017).
En un estudio sobre estudiantes universitarios y el uso de tecnologías de eSalud, se encontró que el 98 % utiliza Internet, el 96% tiene un móvil teléfono (de los cuales el 92 % envía o recibe mensajes de texto), y el 91 % visitó un sitio de redes sociales. El canal citado con más frecuencia fue el correo electrónico (86 %), seguido de un sitio web interactivo (78 %), redes sociales (50 %), mensajes de texto (24 %), mensajería instantánea (16 %), y llamadas telefónicas (11 %) (Quintiliani et al., 2013).
En la tabla 1, se muestran algunos programas a nivel internacional que utilizan la m-salud como estrategia medular en su actuar. Son tres países los que llevan la delantera por la gran cantidad de propuestas, y además por establecer políticas públicas y alianzas con empresas particulares de diversos rubros. Dichos países son Estados Unidos de América, Australia y Canadá.
Tabla 1: estrategias de intervención para la promoción de actividad física
País | Campaña | Población | Página web | Redes sociales |
| EUA | Healthy Places by Design | General | bit.ly/3GtfcPD | *T, Fb, I |
| México | Instituto Mexicano del Envejecimiento Activo | Adulto mayor | bit.ly/3CtWlBC | *T, Fb, I |
| Canadá | ParticipAction | General | bit.ly/3GwmiTy | *T, Fb, I, YT, Ld |
| EUA | PedNet | General | bit.ly/3vTOOJI | *T, Fb, G |
| Australia | Make Healthy Normal | General | bit.ly/3Er4APy | *Fb, I, T. |
| EUA | People for bikes | General | bit.ly/3jNae6x | *Fb, T, I |
| EUA | Safe Routes Partner | General | bit.ly/3GwIFbh | *T, Fb |
| España | Fundación MAPFRE | Niños | bit.ly/3BodxqI | *Fb, I, YT, T, Ld |
| Mundial | WHO | General | bit.ly/31cxeFN | *T, Fb, I, YT, Ld |
| EUA | America Walks | General | bit.ly/3CB8Qv2 | *T |
| Irlanda | Building young hearts: Physical activity, young people | Población joven | bit.ly/2Zwe6lL | *Ld, Fb, T |
| España | PAFES | General | bit.ly/31fACzP | *T, F, WA |
| EUA | SNAP/ SPARK | Niños | bit.ly/3CqS2a6 | *CE, Fb, T, I. |
Nota: T (Twitter), Fb (Facebook), I (Instagram), YT (YouTube), Ld (LinkedIn), G (Google), WA (WhatsApp), CE (correo electrónico).
A pesar del impacto y la facilidad del uso de mHealth, hay pocas intervenciones en la promoción a la salud y a la actividad física, o en la prevención de diversas enfermedades. Se requieren estrategias que demuestren los beneficios del ejercicio físico y de los hábitos saludables en general.
Dicho lo anterior, se pone de manifiesto la importancia que tienen la intervención con estas herramientas digitales, su normatividad y legislación y, por supuesto, la medición del alcance en su proyección para la creación de hábitos saludables y tácticas de salud pública de prevención, pues, si bien es cierto que han aumentado los indicadores de descarga y la cantidad de aplicaciones de salud, los profesionales de la salud y los usuarios todavía tienen desconfianza y dudas sobre la fiabilidad de los datos generados. Algunos sitios web y aplicaciones con información inexacta han llevado a que algunas compañías desarrolladoras de software para apps integren personal médico en sus equipos de trabajo (Ramírez et al., 2016).
Referencias
Alonso-Arévalo, J. & Mirón-Canelo, J. (2017). Aplicaciones móviles en salud: potencial, normativa de seguridad y regulación. Revista Cubana de Información en Ciencias de la Salud, 28(3), 1-17. En bit.ly/314McNP.
Baños, R. F. & Extremera, A. B. (2018). Novedosas herramientas digitales como recursos pedagógicos en la educación física. EmásF: Revista Digital de Educación Física, (52), 79-91.
Bassett, G., Stone, R., Jarvis, J. & Latimer-Cheung, A. (2017). Motivating parent support for physical activity: the role of framed persuasive messages. Health Education Research, 412-422. En bit.ly/3vVdJfW.
Bergeron, C. D., Tanner, A. H., Friedman, D. B., Zheng, Y., Schrock, C. S., Bornstein, D. B. & Swift, N. (2019). Physical Activity Communication: A Scoping Review of the Literature. Health Promotion Practice, 20(3), 344-353.
Blanco Vega, H., Mayorga-Vega, D., Blanco Ornelas, J. R., Peinado Pérez, J. E. & Jurado García, P. J. (2019). Motivación hacia la clase de educación física en preadolescentes mexicanos y españoles. Retos, (36), 216-219.
Bryant, C. A., Courtney, A. H., McDermott, R. J., Alfonso, M. L., Baldwin, J. A., Nickelson, J. & Thompson, Z. (2010). Promoting physical activity among youth through community‐based prevention marketing. Journal of School Health, 80(5), 214-224. En bit.ly/3BjmCB7.
Carroll, J. K., Fiscella, K., Epstein, R. M., Sanders, M. R., & Williams, G. C. (2012). A 5A’s communication intervention to promote physical activity in underserved populations. Bmc Health Services Research, 12(1), 374.
Cerón, J. D., López, D. M., Urbano, L., Álvarez-Rosero, R. E. & Muñoz-Benítez, S. (2018). Estrategias basadas en tecnologías de la información y la comunicación para la reducción de factores de riesgo cardiovascular en personas laboralmente activas. Revista Colombiana de Cardiologia, 25(1), 92-100.
Cotie, L. M., Prince, S. A., Elliott, C. G., Ziss, M. C., McDonnell, L. A., Mullen, K. A. & Reed, J. L. (2018). The effectiveness of eHealth interventions on physical activity and measures of obesity among working‐age women: a systematic review and meta‐analysis. Obesity Reviews, 19(10), 1340-1358. En bit.ly/2XRwzrQ.
García, F., Portillo, J., Romo, J. & Benito, M. (2007). Nativos digitales y modelos de aprendizaje. Spdece.
González, M. A., Villarino, M., Painceiro, S. R. & Troncoso, J. P. (2017). Influencia de la Danza en el autoconcepto del alumnado de Educación Primaria. Análisis comparativo con otras actividades físicas. Sportis: Revista Técnico-Científica del Deporte Escolar, Educación Física y Psicomotricidad, 3(3), 554-568. En bit.ly/3vSujxh.
Gónzalez-Viana, A., Ripoll-Redortra, R., Gómez-Santos, S., Violán, M., Rubinat, M., Cabezas, C. & grupo de trabajo pafes (2019). Implementación del día mundial de la actividad física en Cataluña. Revista Española de Salud Pública, 93(20).
Gutiérrez, M., Tomás, J. M. & Calatayud, P. (2018). Determinantes de la práctica deportiva de los adolescentes en horario extraescolar. Revista Iberoamericana de Psicología del Ejercicio y el Deporte, 13(1), 91-100.
Hormazábal-Peralta, A., Espinoza, J., Cáceres, P. & Lizana, P. A. (2018). Adolescents with high intellectual ability: differences in body composition and physical activity by sex. Nutricion Hospitalaria, 35(1), 38-43. En bit.ly/3mv69WF.
Hulteen, R. M., Smith, J. J., Morgan, P. J., Barnett, L. M., Hallal, P. C., Colyvas, K. & Lubans, D. R. (2017). Global participation in sport and leisure-time physical activities: A systematic review and meta-analysis. Preventive Medicine, 95, 14-25. En bit.ly/3jO07yn.
Ishihara, T., Sugasawa, S., Matsuda, Y. & Mizuno, M. (2018). Relationship between sports experience and executive function in 6–12‐year‐old children: independence from physical fitness and moderation by gender. Developmental Science, 21(3). En bit.ly/3mnHsLJ.
Jennings, C. A., Berry, T. R., Carson, V., Culos-Reed, S. N., Duncan, M. J., Loitz, C. C. & Vallance, J. K. (2016). Uwalk: the development of a multi-strategy, community-wide physical activity program. Translational Behavioral Medicine, 7(1), 16-27.
Król-Zielińska, M., Groffik, D., Bronikowski, M., Kantanista, A., Laudańska-Krzemińska, I., Bronikowska, M. & Frömel, K. (2018). Understanding the Motives of Undertaking Physical Activity with Different Levels of Intensity among Adolescents: Results of the indares Study. BioMed Research International, 2018, 1-8. En bit.ly/3BnFD5I.
Maldonado, J. A., Ramírez, Y., Petro, J., Vargas, S. & Bonilla, D. (2017). Importancia de la Línea de Actividad Física en el Programa de Nutrición y Dietética de la Universidad de Pamplona en Colombia. Revista de Educación Física, 35(1).
Martinez, M. d. P. R., Galaviz, K. I., Ulloa, E. J., Gonzalez-Casanova, I. & Lopez y Taylor, J. R. (2014). Results from Mexico’s 2014 report card on physical activity for children and youth. Journal of Physical Activity and Health, 11(1), 74-78. En bit.ly/3nFusjM.
Marques, A., González Valeiro, M., Martins, J., Fernández-Villarino, M. A. & Carreiro da Costa, F. (2017). Relación entre la actividad física de los adolescentes y la de madres/padres. Revista de Psicología del Deporte, 26(1), 145-156. En bit.ly/3mnJ0Fx.
Méndez-Giménez, A., Fernández-Río, J. & Méndez-Alonso, D. (2015). Modelo de educación deportiva versus modelo tradicional: efectos en la motivación y deportividad. Journal of Medicine and Science of Physical Activity and Sport, 15(59), 449-466.
Meneses Montero, M. & Ruiz Juan, F. (2017). Estudio longitudinal de los comportamientos y el nivel de actividad físico-deportiva en el tiempo libre en estudiantes de Costa Rica, México y España. Retos, 31(1), 219-226.
Moss, R. J., Süle, A. & Kohl, S. (2019). EHealth and mHealth. European Journal of Hospital Pharmacy, 26(1), 57-58. En bit.ly/3Ete2C6.
Oms (2019). Addressing mobile health. En bit.ly/3nGEam7.
Oms (2016). Salud: uso de las tecnologías móviles inalámbricas en la salud pública: informe de la Secretaría (No. EB139/8). Organización Mundial de la Salud.
Ops/oms (25 de octubre de 2016). Organización Panamericana de la Salud y Organización Mundial de la Salud. Obtenido de bit.ly/3qsBRWV.
Quintiliani, L. M., Whiteley, J. A., Johnson, E. J. & Viswanath, K. (2013). Time availability and preference for e-health communication channels for nutrition and physical activity. Journal of Cancer Education, 28(3), 408-411.
Rouleau, C. R., Lavoie, K. L., Bacon, S. L., Vallis, M., Corace, K. & Campbell, T. S. (2015). Training healthcare providers in motivational communication for promoting physical activity and exercise in cardiometabolic health settings: do we know what we are doing? Current Cardiovascular Risk Reports, 9(6), 29.
Serrano, P., Pacheco, S., Mesa, C. & Rea, H. (2019). Desarrollo de una aplicación móvil como asistente para el manejo adecuado de antibióticos. Revista de Producción, Ciencias e Investigación, 3(29), 1-8. En bit.ly/3jO4Sb8.
Samperio, J., Jiménez-Castuera, R., Lobato, S., Leyton, M. & Claver, F. (2016). Variables motivacionales predictoras de las barreras para la práctica de ejercicio físico en adolescentes. Cuadernos de Psicología del Deporte, 16(2), 65-76.
Vaquero Solís, M., Cerro Herrero, D., Tapia Serrano, M. & Iglesias Gallego, D. (2018). Actividad física, adaptabilidad emocional y regulación intrinseca: un estudio predictivo en adolescentes. Journal of Sport and Health Research, 10(supl. 1), 209-220.
Verhoeven, H., Simons, D., Van Cauwenberg, J., Van Dyck, D., Vandelanotte, C., De Geus, B. & Deforche, B. (2016). Promoting Active Transport in Older Adolescents Before They Obtain Their Driving Licence: A Matched Control Intervention Study. PloS one, 11(12), e0168594. En bit.ly/3bhy71u.
Vidal-Conti, J. (2016). Identificación de predictores de actividad física en escolares según el modelo socio-ecológico mediante un análisis multifactorial. Cultura, Ciencia y Deporte, 11(31), 51-59.








