Este libro es el resultado de una investigación doctoral referida a la búsqueda de la verdad sobre la práctica de los “vuelos de la muerte” como forma de exterminio de civiles durante la última dictadura militar. Repasa cronológicamente la aparición de indicios y analiza algunas lecturas e interpretaciones que se fueron sucediendo, su circulación y sus efectos.
La primera parte está dedicada específicamente al camino de búsqueda de la verdad desde la perspectiva de los familiares y también de las personas que se encontraban secuestradas en la Escuela de Mecánica de la Armada. Repasa asimismo las instancias de intervención del Estado, ya en democracia, impulsando la búsqueda de información, tanto a través de la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CoNadeP), como durante el juicio a las Juntas Militares, en 1985. Por último, la primera sección aborda los testimonios referidos a la participación en los vuelos, enunciados por militares en primera persona, y su efecto en la sociedad.
La segunda parte está destinada a revisar la verificación judicial de aquello que pudo saberse sobre los vuelos. Se reconstruye acá la estrategia implementada por organismos de la sociedad civil para que, en el marco de la vigencia de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, se volvieran a tratar en los tribunales las violaciones a los derechos humanos. Se analizan también las dos sentencias emitidas hasta el momento (2024) por tribunales orales, la primera en el marco de la causa ESMA unificada y la segunda en la relativa a los vuelos que partían de la pista del Batallón 601 de Aviación, en Campo de Mayo. El recorrido de esta sección está atravesado por la pregunta sobre el rol del Poder Judicial en la búsqueda de una verdad que pueda valer para la historia.
La investigación que acá presento es fruto de un largo recorrido laboral en el que tomé contacto con documentos relativos a este tema, que me llevaron a formularme las preguntas que acá intento responder. En el año 2010, tuve la oportunidad de coordinar el equipo que por primera vez entró a los archivos de la Armada a relevar documentación para aportar a los juicios por crímenes de lesa humanidad, que habían recomenzado algunos años antes. Era una iniciativa de la entonces ministra de Defensa, Nilda Garré. No sabíamos qué íbamos a encontrar. Podía haber mucho o nada.
Se habían cumplido 27 años de democracia, y, como si no hubiera pasado un día, muchas personas mantenían la ilusión de que se podía encontrar la lista de los desaparecidos y la información sobre el destino final de cada uno de ellos. Incluso alguien llegó a alcanzarnos una muestra de cómo era la presunta lista: una hoja de formulario continuo con información escrita parcialmente en clave. Pero nada de eso estaba ahí.
Aun así, pudimos reconstruir muchas cosas: estructuras, grupos de tareas, mecanismos de funcionamiento y hasta operativos específicos. De casi todo pudimos saber un poco, pero nada de los vuelos de la muerte. No había un rastro, ni una señal en media lengua entre tantas, tantas palabras escritas.
Fue seguramente en el marco de esas vivencias en el que empezaron mis preguntas acerca de este tema. ¿Cómo sabíamos lo que sabíamos de los vuelos?
Más tarde, una experiencia similar en los archivos de las fuerzas de seguridad nos permitió hacer un aporte al tramo del juicio sobre hechos ocurridos en la Escuela de Mecánica de la Armada, donde se juzgó la participación de algunos marinos y prefectos en los vuelos de la muerte. Aquel aporte tuvo que ver con mostrar desde los documentos oficiales cómo, en la relación de subordinación de fuerzas, era posible que las personas secuestradas en la ESMA fueran arrojadas al mar desde aviones de la Prefectura, piloteados por oficiales que podrían no haber pisado nunca la Escuela de Mecánica.
En el transcurso del debate oral, que presencié parcialmente, mis preguntas, lejos de responderse, se multiplicaron. ¿Era lo mismo probar judicialmente que saber? Después de la condena, ¿sabíamos más?, ¿sabíamos lo mismo, pero de otra manera?, ¿qué y cómo sabíamos?
Así llegué a las puertas de este trabajo que ahora escribo y que se guía por dos interrogantes centrales. Por un lado, qué sabemos de los vuelos y, por otro, cómo se conformó ese saber: cuándo fue sospecha; cuándo fue certeza; cuándo fue investido con el carácter de una verdad.
Escribo esto pocos días después de la llegada a la Argentina del avión Skyvan, comprado por el gobierno de Alberto Fernández como parte de una política destinada a combatir el negacionismo y el olvido. Ese avión, que, desde 1971 y durante casi veinte años, perteneció a la Prefectura Naval –que lo identificaba como PA-51– fue utilizado para arrojar al mar a un grupo de personas el 14 de diciembre de 1977. Aquel vuelo se convirtió en emblemático por haber tenido entre sus víctimas a tres madres de Plaza de Mayo y a dos religiosas francesas.
El avión, que era utilizado en otros países desde 1995, en su regreso a Buenos Aires aterrizó simbólicamente sobre la certeza de aquel episodio. Esa certeza descansa sobre tres pilares: las denuncias de los sobrevivientes de la ESMA –reiteradas, sostenidas en el tiempo, coincidentes y sólidas– que permitieron inferir la fecha del vuelo; la pericia forense en la que se basó la identificación de los restos de las víctimas, que aparecieron poco después en las costas bonaerenses; y, en tercer lugar, la sentencia judicial fundada en todo lo anterior sumado a las planillas del avión, que registraron aquel movimiento y su tripulación.
Pasaron cuarenta años entre el vuelo y la sentencia. Ese fue el tiempo que demoró la consolidación de esa verdad, que refiere únicamente a un hecho. En las páginas que siguen, voy a intentar recorrer ese camino, en torno de los vuelos de la muerte como una práctica sostenida por años y con miles de víctimas.[1]
El problema de la verdad
El eje de esta investigación es la reconstrucción de una cronología incompleta a través de algunos hitos de nuestra historia, recorridos desde un registro del tono de una crónica. Para ese fin, se ha presentado como imperativa la problematización del concepto de “verdad”. Verdad, saber, certeza, conocimiento no pueden dejar de tomarse, en este análisis, como estados de un proceso. En cuanto tales, requieren de una revisión teórica que implica una densidad conceptual que no siempre acompaña el tono propio de la reconstrucción cronológica de los acontecimientos. Por todo ello, para conciliar ambos registros de escritura, expondré en este punto algunos de los desarrollos conceptuales que constituyen el prisma desde el que narro los hechos, formulo mis preguntas y esbozo algunas de las posibles respuestas. De ese modo, podré remitirme a ellos en cualquier momento, sin necesidad de intercalar largos desarrollos que resulten disruptivos del ritmo y del tono de la escritura. Aun así, quedarán temas por tratar en el devenir de cada capítulo, pero lo central estará ya expuesto.
La revisión conceptual tiene por objetivo analizar las múltiples dimensiones que presentan las experiencias de la verdad. De eso trata este libro: de las vivencias de búsqueda, resistencia, constatación, asunción, enunciación de la verdad respecto de este tema específico. De cómo se transita y se percibe la progresión hacia una certeza y el arribo a ella, en términos individuales y colectivos. También del decir la verdad; de las voces que susurran, denuncian, esbozan, certifican; de sus contextos de reconocimiento y verosimilitud.
Desandar la búsqueda de la verdad sobre los vuelos implica desgranar la historia desde las vivencias individuales de quienes atestiguaron algo de esto en un comienzo (en los lugares de cautiverio, los movimientos particulares en días de traslado; en las pistas, el despliegue atípico de los pilotos y aviones; en las playas, el hallazgo de cadáveres) y también desde la experiencia individual y colectiva de reconstrucción del pasado a través de las denuncias. Implica asimismo un repaso de las acciones de las agencias del Estado para propiciar esa búsqueda y también para obturarla. Todas estas son experiencias de la verdad, de personas e instituciones que lidian con lo que se sabe o saben, lo que imaginan, lo que pueden aceptar y enunciar y lo que no.
Las vivencias implican formas de la verdad que no tienen que ver solo con su ocultamiento y develación, sino también con contextos de reconocimiento y de verosimilitud y con dispositivos de enunciación.
En el proceso analizado, resulta importante también reparar en la dimensión narrativa de la transmisión de la experiencia, en el lugar que tiene el lenguaje como herramienta de traducción para la transmisión de las vivencias sensoriales y de las emociones. Reparar en las narrativas –en plural– como lo son el relato en la intimidad, las denuncias, las declaraciones testimoniales, cada una con sus propios códigos, con sus contextos discursivos particulares, con sus márgenes de libertad y sus restricciones.
Todas estas dimensiones de las experiencias de la verdad serán analizadas, entonces, a la luz de una serie de conceptos, algunos de los cuales introduzco a continuación.
Foucault y el Tekmerion
En el amplio rastreo teórico que realicé buscando herramientas para pensar el tema, encontré particularmente útiles los desarrollos de Michel Foucault, ya que él concibe el conocimiento como un proceso, y la verdad como una manifestación que ocurre en sus distintas fases. Es una perspectiva fructífera para iniciar una exploración tendiente a responder algunas de mis preguntas: ¿cuándo se imaginó por primera vez que esos cadáveres que aparecían en las playas eran arrojados al mar desde aviones?; ¿cuándo esa hipótesis dejó de ser una idea inverosímil y pasó a ser una realidad posible?; ¿qué elementos fueron tomados como indicios y cómo adquirieron ese carácter?; ¿qué voces se pronunciaron sobre el tema, dónde y qué entidad se les fue otorgando en el tiempo?; ¿en qué momento y sobre qué bases se determinó que realmente las personas trasladadas de algunos de los centros clandestinos de detención habían sufrido ese destino tremendo?
Foucault estudió las concepciones de la verdad en la filosofía. Desde las primeras conferencias en el Collège de France hasta sus últimos trabajos, hizo un recorrido por algunas corrientes filosóficas y religiosas, preguntándose por la relación entre conocimiento y verdad como parte del entramado propio de la relación entre saber y poder y en vinculación a la producción de la subjetividad.
Se aproximó al tema de la verdad a partir de Nietzsche en su crítica de la concepción propia de la filosofía clásica sobre el conocimiento. Para Nietzsche, la verdad como la entendía la filosofía clásica no existe. Él postula una verdad hermenéutica, sostenida por un sujeto históricamente condicionado. Esa idea arraiga profundamente en Foucault. Dirá que el “descaro” de Nietzsche es el de haber postulado que el conocimiento no está hecho para la verdad, sino que la verdad sobreviene en él, sin que él esté destinado a ella. Que la verdad no es la esencia del conocer (Foucault, 2011: 230). Para él, la verdad no es una cosa que hay que encontrar. Es algo que proporciona un nombre a cierto proceso; se trata de una interpretación. Explica Foucault que para Nietzsche introducir la verdad en los hechos no es la llegada a una conciencia de la realidad, sino que es uno de los nombres de la voluntad de saber. En la voluntad se encuentran, para él, la raíz y la razón de ser de la verdad.
Para Foucault, bajo la historia de los discursos verdaderos, reside la historia de cierta voluntad de lo verdadero y lo falso. Esa voluntad de verdad se articula, según su perspectiva, con los sistemas reales de dominación, formando parte de la estrategia de ocultamiento de las relaciones existentes entre poder y saber (Raffin, 2014: 28).
Pensar estos conceptos desde esta perspectiva no implica pensar que no existen hechos, sino interpretaciones. No estoy intentando poner en duda que miles de personas fueron arrojadas al mar desde aviones como una forma clandestina de exterminio. Lo que quiero pensar es el estatus de verdad que se les fue asignando a los elementos del conocimiento sobre ese tema, disponibles en cada momento. Para eso es necesario distinguir entre los hechos y el conocimiento de los hechos y poder ver, a la vez, su dimensión progresiva.
Con relación al tema específico de este trabajo, que es la búsqueda y la gestión del conocimiento respecto de una forma clandestina de aniquilamiento de personas, es menester reparar –aunque de una manera mucho más explícita y específica que aquellos planteos formulados por Foucault– en que allí reside una disputa en torno de la develación de un secreto, que va más allá del ocultamiento de un delito para evadir una posible condena penal.[2] Esa disputa tiene, de un lado, al poder que da el ocultamiento de la información a quienes la guardan bajo tantas llaves y su potencialidad inagotable de daño y, del otro, a las pequeñas victorias producto de cada dato, de cada nuevo nombre, de cada cuerpo recuperado, de cada pequeña certeza. Cuarenta años más tarde, un remanente de aquel sistema de poder basado en el ocultamiento sigue ejerciendo sus mecanismos macabros. ¿Qué es la verdad en ese contexto, además de una posible victoria arrancada al otro? ¿Qué es la verdad por fuera de esa disputa? ¿Cómo se reconstruye? ¿Qué voz la enuncia? ¿Cómo se valida? Hay algunos conceptos clave en Foucault para iniciar el camino de responder estas preguntas.
En primer lugar, el concepto de tekmerion, que utiliza en su análisis de la obra de Sófocles Edipo Rey. Lo describe como el arte del descubrimiento, un movimiento desde el no saber al saber. Es un conjunto de procedimientos que tiene varios sentidos, entre ellos, el que consiste en ir de la presencia a la ausencia: de lo que está presente a lo que falta, “lo que se nos escapó y sigue escapándosenos”, y el que consiste en ir de la ausencia a la presencia: de quienes simplemente oyeron decir o saben que alguien vio, a la presencia del testigo “que pudo ver, oír y estar ahí” (Foucault, 2014b: 87).
El tekmerion es para él una forma de manifestación de la verdad basada en elementos materiales que llevan de manera probable de uno a otro, remontando esa verdad de la ausencia a la presencia. Esta definición deja ver la inmensa utilidad de este término para el recorrido que propongo.
Su análisis se apoya, en parte, en el trabajo de Bernard Knox Edipo en Tebas, en el que se analiza, entre otras cosas, cómo las huellas permiten vincular el presente al pasado. También el juzgamiento a base de pruebas (tekmairesthai), observaciones (skopein) e interrogaciones e investigaciones (historein).
Knox no habla de tekmerion, sino de tekmaiesthai, un concepto que significa “formar un juicio desde la evidencia”, y que resume el nuevo espíritu científico del siglo v a. C. Afirma que es una palabra utilizada por los grandes historiadores de ese siglo para describir el proceso de inferir un conjunto de condiciones a partir de la existencia de otro (Knox, 1957: 122-124).
Estos conceptos son expresados, tanto por Knox como por Foucault, en el marco de sus análisis de la obra de Sófocles, en función del modo en que en ella se lleva adelante la búsqueda de la verdad respecto de la muerte de Layo. En ese camino, la palabra de los dioses y del oráculo se complementa en su capacidad de conducir a la verdad con la de los testigos directos e indirectos. Ese es el eje del análisis de Foucault y desde ahí llega a la retórica de Aristóteles y a su desarrollo respecto de las pruebas técnicas y su utilidad para conocer el pasado.
Foucault tomó el concepto de tekmerion de la retórica antigua y lo resignificó. Lo concibió en sí mismo como un proceso, un movimiento, cuando en sus orígenes era un elemento de una etapa de un proceso. Un elemento poderoso que vale la pena traer acá, aunque demande reponer un contexto de conceptos complejos de la retórica aristotélica.
Voy a basarme para este recorrido en una conferencia de Roland Barthes que se tituló “La retórica antigua” y que fue dictada entre 1964 y 1965 en L’École Pratique des Hautes Études, en Francia.[3] Allí él realizó un racconto veloz de los estudios desarrollados sobre retórica entre el siglo v a. C. y hasta el siglo xix d. C. La definió como un metalenguaje, como un arte en sentido clásico, una técnica para la persuasión.[4]
El estudio de la retórica en cuanto técnica llevó a su esquematización a través de diferentes estructuras a lo largo del tiempo. No voy a repasarlas, pero sirve al análisis retomar la propuesta de Aristóteles, tal como es recuperada por Roland Barthes. Dice este autor: “La retórica de Aristóteles es sobre todo una retórica de la prueba, del razonamiento, del silogismo aproximativo (entimema); es una lógica voluntariamente degradada, adaptada al nivel del público, del sentido común, de la opinión corriente”. Esta idea de la adaptación al nivel del público refiere al concepto de “verosímil”, que es central en esta teoría. Barthes lo define como “lo que el público cree posible” (1985: 93). Acá hay ya dos claves importantes para lo que sigue: el concepto de entimema –que voy a retomar en seguida– y el de “verosímil”.
Es importante remarcar, para que se comprenda el fundamento de la inclusión de estos conceptos en este trabajo, que, en el contexto de su desarrollo, se pensaba fundamentalmente en el género judicial y en la retórica como la técnica aplicada allí para persuadir sobre la validez de un argumento o de una serie de ellos. Era una forma de validar públicamente una verdad. Mucho de esto hay en el proceso específico que voy a analizar.
La tekhne (rhetorike) es para Aristóteles –siempre hablado por Barthes– “el punto de partida de lo que puede existir o no”. En su máxima extensión, contiene cinco partes principales que refieren a la construcción del discurso argumentativo y su puesta en acto: Inventio, Dispositio, Elocutio, Actio y Memoria.
La Inventio es encontrar qué decir. La Dispositio es el ordenamiento de las grandes partes del discurso, mientras que la Elocutio es su formulación en palabras. Por último, la Actio y la Memoria tienen que ver con el acto enunciativo propio de la oralidad. Dice Barthes que no se trata de elementos de una estructura, sino de “actos de una articulación progresiva”.
Entiéndase que estoy pensando este proceso argumentativo de validación de una verdad –la retórica en cuanto técnica– para realizar una transposición que me permita analizar los elementos de los que se compone nuestro conocimiento de los vuelos de la muerte, por ejemplo, los cuerpos devueltos por el mar, en cuanto elementos significantes.
Me voy a detener en la Inventio y en los elementos de los que se compone. Es ahí de donde Foucault tomó el concepto de tekmerion.[5]
La Inventio es el descubrimiento de los argumentos, que no se inventan, aunque su denominación señale esa idea, sino que ya existen en un lugar o topica, de donde serán extraídos. Esos argumentos se expresan en la forma de pruebas.
Las pruebas técnicas son para Aristóteles aquellas que efectivamente son transformadas en elementos de persuasión mediante la tekhne, por una operación del orador. Esta operación puede ser, por ejemplo, del tipo de una analogía, en la que se dota a un elemento de los atributos de otro o se lo inserta en una generalidad. También puede ser un entimema, que es una operación deductiva o inductiva –no científica, dice Barthes, sino “para el público”–, un silogismo retórico “basado en verosimilitudes o signos y no sobre lo verdadero inmediato”. Este concepto me interesa recuperar acá.
El entimema se compone de tres tipos de premisas: el tekmerion –indicio seguro–, el eikós y el semeion. Para Aristóteles el entimema no implica una verdad, sino que se define por el carácter verosímil de sus premisas que, en ese aspecto, tienen un valor decreciente: en un extremo el tekmerion, y, en el otro, el signo más ambiguo, el semeion.[6]
Aun siendo el tipo de premisa de más alto valor de verdad, el carácter de verosímil del tekmerion se verifica en el hecho de ser referido como un indicio. No obstante, Aristóteles refiere a él como “el signo indestructible”, como “lo que es y no puede ser de otra manera”, y lo ejemplifica con la relación entre una mujer que está dando a luz y la certeza de que esa mujer tuvo contacto con un hombre.[7] Es decir que es un indicio que es leído de acuerdo a cierto conocimiento o saber compartido. No es una evidencia científica, aunque se proponga como infalible o indestructible.
El eikós es el segundo elemento o tipo de certidumbre y es definido como “una idea general que se basa en el juicio que se han formado los hombres mediante experiencias e inducciones imperfectas”. Barthes señala dos cosas fundamentales. Por un lado, que lo general no es una categoría científicamente comprobada, sino algo “determinado estadísticamente por la opinión de la mayoría”. Y adicionalmente señala la posibilidad de contrariedad: no se puede predecir que no pueda ser de otro modo. En relación con la ciencia, dice Barthes, lo verosímil admite lo contrario.
Por último, el semeion es el índice más ambiguo. Es el signo polisémico que, como tal, requiere de un contexto para reducir su ambigüedad. Tomo un ejemplo del tema que me ocupa: para que, en la ESMA, la ropa que pertenecía a las personas secuestradas que fueron trasladadas, al ser hallada posteriormente en un depósito, se convirtiera en un signo de su asesinato, era necesario reducir el valor de verosimilitud del resto de las explicaciones posibles, por ejemplo, que eran llevados al sur, donde necesitaban prendas de más abrigo. Para que la ropa, signo ambiguo, significara la muerte, necesitaba de un contexto de rumores y de información que imprimieran desconfianza en el relato oficial del traslado a campos de recuperación o de trabajo. Además, requería de un contexto que favoreciera una determinada explicación sustituta, en este caso, la eliminación física.
Me interesa el concepto de entimema porque implica la lectura de un conjunto de elementos que son organizados por medio de una suerte de artilugio. No se entienda acá “artilugio” como ‘engaño malicioso’, sino simplemente como una estrategia de disposición de esos elementos para la comprensión, para la transmisión o para la propia interpretación. Y me interesa especialmente por componerse de elementos que revisten todos ellos un carácter de verosímiles, siendo el tekmerion el más potente y, por eso, el que da sostén a los otros que no lo son tanto.
Tekmerion es para Foucault un término preciso y complejo. Él concibe el concepto como esquema que contiene todos los elementos que posibilitan la manifestación de la verdad. Para este autor, no es un indicio, sino un conjunto de ellos. Señala cómo, en la obra Edipo Rey, esta forma particular de manifestación de la verdad resulta ser una de las primeras articulaciones entre el mundo judicial y el de la medicina. Edipo busca descubrir, frente a la enfermedad de la ciudad (la peste), los signos, indicios, síntomas a través de los cuales pueda encontrarse la causa misma de esa enfermedad.
Esa vinculación con la medicina fue señalada por Foucault y también por Bernard Knox a través de la cita de Alcmeón de Crotona, tomada por ambos, que luce como epígrafe inicial de este libro: “Los dioses tienen la certeza; los hombres tienen simplemente el tekmerion, tienen el signo, tienen la huella, tienen la marca”. La cita es atribuida al filósofo y médico griego del siglo v a. C., quien habría sido el primero en utilizar la palabra tekmairesthai en un sentido científico para distinguir el saber de los hombres del de los dioses (Foucault, 2014b: 86; Knox, 1957: 123). Ya entonces se utilizaba el término para señalar un camino para llegar a la verdad que permitiera alguna forma de verificación.
Aleturgia y veridicción
Foucault utiliza el término aleturgia para designar los procesos por los que se manifiesta la verdad contra el fondo de lo desconocido, lo oculto, lo invisible, contra el fondo de lo imprevisible y del olvido. Lo tomó de un gramático llamado Heráclides, que utilizaba un fonema similar como adjetivo para calificar a alguien como “aquel que dice la verdad”. Es un término en el que se expresa su afinidad con el pensamiento de Nietzsche, por ejemplo en la afirmación respecto del conocimiento y la ciencia:
… lo que llamamos conocimiento, es decir, la producción de verdad en la conciencia de los individuos mediante procedimientos lógico-experimentales, no es, después de todo, sino una de las formas posibles de la aleturgia. La ciencia, el conocimiento objetivo, no es sino uno de los casos posibles de todas esas formas a través de las cuales se puede manifestar lo verdadero (Foucault, 2012: 23-25).
Foucault designa a la aleturgia como “un procedimiento ritual para manifestar alethes, lo que es verdadero” (2014b: 49). Cuando habla de procedimientos de manifestación de la verdad, no la concibe como algo que existe en sí, sino en relación con un sujeto: el que la enuncia y el que la asume. No se manifiesta en sí, sino que irrumpe en el sujeto que la reconoce como tal, a partir de reconocer al enunciador como un sujeto que dice la verdad. A él le interesa estudiar la relación entre la manifestación de la verdad y el ejercicio del poder, o el gobierno de los hombres, entendiendo por “gobierno”, en su sentido lato, los mecanismos y procedimientos destinados a conducir la conducta de los hombres (2012: 31).
Esta acepción de la verdad y del conocimiento como resultado del ejercicio de esas formas del poder nos invita a una revisión del modo en que asumimos nuestro conocimiento del pasado, consolidado a través de distintas etapas, cada una con sus configuraciones propias. “Es un problema jurídico, pero sobre todo institucional, político e histórico el saber cómo, en una sociedad, el individuo se vincula con su propia verdad”, afirma Foucault (2014b: 28). Esta sentencia es el impulso que acompaña todo el desarrollo contenido en los próximos capítulos de este trabajo.
Foucault denomina “formas de veridicción” a las maneras en que un sujeto se representa a sí mismo y es concebido por otros como quien dice la verdad. Utiliza el concepto de parresia para referir al decir veraz en el que existe una relación de identidad fundamental entre la verdad y el pensamiento de quien se expresa. Es un acto que implica cierto coraje, en relación con la posible reacción de quien recibe esa verdad. En palabras del autor, es
el coraje de la verdad de quien habla y asume el riesgo de decir, a pesar de todo, toda la verdad que concibe, pero es también el coraje del interlocutor, que acepta recibir como cierta la verdad ofensiva que escucha (2009: 32).
Este es para el autor un concepto político, una derivación del gobierno de los otros al gobierno de sí mismo, más asociado a la moral que a lo judicial y a lo que denominará “tecnologías del sujeto” (2014b: 33). Por eso será útil para analizar la voz de quienes, durante el período de vigencia de las leyes de amnistía, realizaron declaraciones públicas reconociendo haber participado en los vuelos de la muerte. Particularmente, para indagar sobre los contextos específicos de esas expresiones, su dimensión dialógica y la forma en que fueron recibidos, aceptados o cuestionados.
Me interesa su concepción de la verdad como un acontecimiento intersubjetivo, para pensar cada uno de los sujetos que, a lo largo del tiempo, fueron construyendo el conocimiento sobre la práctica de los vuelos de la muerte, proyectando sus certezas en distintos contextos de transmisión, denuncia, reclamo y memoria.
El concepto de “verosímil”
No se debe perder de vista que la posibilidad de aceptar algo como verdad implica la consideración de un horizonte mayor que delimita lo que puede ser concebido como verdadero y lo que no. En palabras de Christian Metz, el estatus de verosímil reside en la existencia misma de una línea de demarcación, en el acto mismo de restricción de los posibles (1968: 25). En el análisis de géneros discursivos, esa línea delimita un universo de discursos vigentes sobre los que se produce la operación de cotejo de verosimilitud. Para esta investigación, propongo pensar el concepto de “verosímil”, por ejemplo, en relación con la recepción de las denuncias, y su cotejo en función de un universo de hechos previos –que tuvieron su manifestación discursiva y sobre todo empírica. Las denuncias de secuestros, asesinatos, tortura y otras tantas situaciones de violencia encontraron rápidamente un correlato en el pasado reciente local. Incluso la aparición de cadáveres en la vía pública era parte del parámetro de verosimilitud de la violencia estatal y paraestatal. El accionar de la Triple A, de la Concentración Nacional Universitaria (CNU) y de algunas fuerzas represivas estatales había producido hechos de tal tenor. Pero los vuelos de la muerte estaban muy por fuera de ese horizonte de posibilidades. Hizo falta un largo recorrido de denuncias reiteradas en diversos contextos, de voces que se alzaron una y otra vez, para darles estatus de verosimilitud. Metz afirma que quien quiera decir primero “las cosas aún no dichas” debe levantar el peso inmenso de “decir su exclusión de los otros decires”. Esto se va a presentar con gran claridad en el análisis de los primeros testimonios sobre los vuelos.
Aquellos eslabones de aproximación a la verdad a los que Barthes refería como elementos del entimema tienen todos ellos carácter de verosímiles. Veremos a lo largo de este trabajo cómo algunos elementos sobre los que se basa la certeza respecto de los vuelos fueron fortaleciendo su condición de verosimilitud, conforme se unieron a otros o encontraron un contexto de reafirmación que permitió que se los asumiera de una forma particular.
Julia Kristeva estudia el concepto de “verosímil” aplicado a la literatura y lo considera como un efecto del proceso de velación del artificio de la producción. Ella analiza el verosímil semántico y el sintáctico. Respecto del primero, dice que es el encuentro de dos discursos, uno de los cuales –el literario– se proyecta sobre el otro –“el natural”–, que le sirve de espejo. Este segundo discurso, dice Kristeva, “ese ‘principio natural’ que no consiste en otra cosa para una época que en el sentido común, lo socialmente aceptado, la ley, la norma, define la historicidad de lo verosímil” (1969: 13). Me interesa esta concepción de la operación de verosimilitud considerada en un contexto sociohistórico particular, al que también refería Metz, calificándolo como cultural y arbitrario (1968: 24). La semántica de lo verosímil, dice Kristeva, “postula una semejanza con la ley de una sociedad dada en un momento dado y lo encuadra en un presente histórico”. Pienso, en relación con esto, que los vuelos de la muerte no eran siquiera imaginables en un comienzo. Cuando aparecieron los primeros cadáveres en las playas, se pensaba en barcos, aun cuando las autopsias daban cuenta de muertes producidas por choques violentos contra una superficie dura.
En los primeros capítulos, propongo un recorrido cronológico por el modo en que se fueron reuniendo las piezas que permitieron deducir la rutina propia de esta forma de exterminio. El concepto de “verosímil sintáctico” –aunque esto puede parecer aventurado– también me interesa para analizar este proceso. Kristeva lo define como lo que lo hace conforme a las leyes de una estructura discursiva dada. Afirma que se trata de un verosímil retórico, que “existe en una estructura discursiva cerrada y para un discurso de organización retórica” (1969: 14).
Me permito concebir la sintaxis de los hechos que analizo en este trabajo como una sucesión de manifestaciones discursivas que, como veremos más adelante, se conforma de voces que van siendo organizadas según contextos de validación –más allá del enunciado– de su forma y de sus particularidades enunciativas. Esa organización, que leo como una sintaxis, se articula en relación con un horizonte de expectativas acotado que opera como un régimen de verosimilitud.
La sintaxis es la forma en que se encadenan los hechos produciendo un sentido, instituyendo sujetos actores cuyas acciones sugieren predicados. Ella conduce el sentido administrando, en cierto modo, los márgenes de lo verosímil.
Desde ahí es posible analizar la temporalidad de la consolidación de la verdad de aquello que comenzó a denunciarse en 1979 y fue afirmado con precisión por el Estado por primera vez casi cuarenta años más tarde.
Mi hipótesis, derivada de estos conceptos, es que la demora en verificarse –refiriendo con este término al acto de asignar estatus de verdad– la existencia de la práctica de los vuelos de la muerte fue producto de su inverosimilitud, más que de la imposibilidad de recurrir a pruebas concretas o a testigos directos.
El relato de los vuelos se ubica, en un comienzo, en el campo de lo fantástico, entendido el término tal como se utiliza para definir un género de relatos –no como una celebración positiva del hecho–. Gérard Genette señala que lo fantástico es lo contrario de lo verosímil. Dice: “En tanto que lo verosímil tranquiliza, lo fantástico inquieta” (1968: 55). ¿Cómo inquieta? Proponiendo diversos posibles, abriendo en lugar de acotar. Puede comprenderse, en este sentido, la resistencia de algunos sectores de la sociedad argentina, en los años 70 y 80, a ampliar el campo de lo posible de modo tal que incluyera lo denunciado por los sobrevivientes de los centros clandestinos de detención respecto del destino final de las personas desaparecidas, sobre todo en tiempos en que aún se reclamaba su aparición con vida.
Experiencia, lenguaje y relato
A partir de estas ideas, considero que es necesario pensar la verdad también en la encrucijada de la traducción de la experiencia extrema para su transmisión mediante el lenguaje. Y acá estoy pensando de la mano de Maurice Merleau-Ponty, desde La prosa del mundo.[8] En ese trabajo él cuestiona la concepción de un lenguaje puro, al que considera como una ilusión. Afirma que el lenguaje considerado como un repertorio finito de sentidos preestablecidos es un algoritmo eficaz con un efecto de transparencia; un intercambio entre “dos sujetos pensantes encerrados en sus significaciones”, en el que todo sucede “como si no hubiera habido lenguaje”.[9] Desde tal concepción de la lengua, afirma, se puede concluir que ella “sería el tesoro de todo lo que se puede tener que decir, que en ella está escrita ya toda nuestra experiencia futura, como está en los astros el destino de los hombres” (1969: 24). Esa sería, no obstante, a su entender, la virtud del lenguaje, la de borrarse y darnos acceso, por encima de las palabras, al pensamiento.
Este autor diferencia un lenguaje hablado y un lenguaje hablante. El primero sería “aquel del que disponemos y que desaparece ante el sentido en cuyo portador se ha convertido”, mientras que el segundo es el que “se hace en el momento de la expresión” y que “va a hacerme deslizar desde los signos al sentido” (1969: 28).
Estos son conceptos que estoy abordando un tanto ligeramente y que fueron desarrollados por el autor en varios trabajos a lo largo de su obra, pero me interesa mencionarlos para problematizar la relación entre verdad y lenguaje, especialmente respecto de la ilusión de la realización de la transmisión de la experiencia de las víctimas a través de las instancias del testimonio y de la denuncia. Aquellos relatos se fundan en vivencias diversas, esencialmente sensoriales y emocionales, que requieren de un proceso de interpretación y traducción para ser transmitidas mediante el lenguaje.
Pienso en las denuncias ante la CoNadeP, en particular en la situación “escénica”, por llamarla de algún modo que me permita designar la postura corporal, el entorno, el posible bullicio, el repicar de las teclas de alguna máquina de escribir. ¿Cómo habrá sido para los sobrevivientes de los centros clandestinos sentarse ahí y traducir el recuerdo de sus padecimientos físicos y emocionales en palabras?
Vistos desde el presente, los formularios de denuncia que llenaban los empleados de la CoNadeP reflejan vivencias traducidas al lenguaje escrito y al registro de la denuncia formal y, como efecto lógico, despojadas en buena medida de su dimensión emocional. No hablan del llanto de las personas que denuncian, ni de su angustia o su alivio. No digo esto como una crítica, sino como una observación respecto del instrumento con el que se recolectaron las denuncias sobre las que se fundó aquella reconstrucción de la verdad condensada en las páginas del informe Nunca Más.
En la distancia entre informe y el testimonio, entre el lenguaje hablado y el hablante, allí donde aparece todo aquello que desborda el sentido preconcebido, en el “gesto sobresignificante” (Merleau-Ponty, 1969), habita también una forma de la verdad.
En particular sobre los vuelos de la muerte, por ejemplo, la experiencia de los sobrevivientes de la ESMA comenzó a articularse a partir de indicios sensoriales –incluyo más adelante un ejemplo concreto–. La gran mayoría de ellos nunca vio el procedimiento, ni siquiera el pequeño fragmento que sucedía delante de sus ojos. No habrá sido sencillo traducir eso en una narración articulada, en aquella instancia que posiblemente fuera concebida como una oportunidad única de transmisión a un organismo oficial (los denunciantes no sabían que luego vendrían el juicio a las Juntas, los juicios por la verdad, y nuevamente los juicios penales). El lenguaje es un puente maravilloso, pero su infalibilidad, tal como señala Merleau-Ponty, es una ilusión. Incluso –esto no lo dice el autor– es un medio de utilidad disímil según el sentido por el que se haya percibido la experiencia que se desea transmitir. Lo visto permite la ilusión de traducirse adecuadamente en palabras; los sonidos, el olfato, el gusto, el tacto, y más aún la combinación de todos ellos dejan en evidencia con más claridad el empobrecimiento propio de la traducción, no porque no sea posible su representación con palabras, sino porque la matriz cultural occidental les otorga un lugar secundario, con un efecto evidente en el repertorio del vocabulario.
De igual modo, los soldados conscriptos que declararon haber atestiguado alguna de las fases de los vuelos de la muerte que partían desde el aeródromo de Campo de Mayo requirieron de un contexto de valoración de su experiencia muy particular. Como veremos casi al final de este trabajo, muchos de ellos narraron experiencias auditivas y sus presunciones consecuentes. Debieron pasar muchos años de procesos judiciales para que pudiera valorarse judicialmente el relato de quien afirma que, en el momento de los hechos, no podía interpretar lo que ocurría y que luego, por información adquirida con el tiempo, pudo comprender y entonces narrar afirmativamente aquello que vivió.
En algunas de sus investigaciones, Paul Ricoeur trabaja sobre la relación entre la función narrativa y la experiencia humana del tiempo. Considero que es un eje fundamental para abordar el modo en que los sobrevivientes narraron episodios de su experiencia. Esos relatos debieron ser concebidos como parte de una serie para llegar a ser considerados, junto a otros elementos, como evidencia de los vuelos. Al integrarse en una continuidad, configuraron un hecho de la historia. Pero no lo fueron desde el comienzo, y ese camino no fue sencillo ni amable. Se trató de un proceso que implicó la inserción de cada fragmento en una misma temporalidad y dentro de una narrativa posible.
Dice Ricoeur que la temporalidad es una estructura de la existencia, “un modo de vida” que accede al lenguaje mediante la narratividad. Afirma que existe una relación recíproca entre la temporalidad y la narratividad. Partiendo de Ser y tiempo, de Heidegger, comparte con él que la idea del tiempo como sucesión lineal de instantes oculta la verdadera constitución del tiempo, que se puede organizar, según ensaya, en al menos tres niveles de profundidad. La primera, a la que denomina “intratemporalidad”, implica una concepción del tiempo como “aquello en lo que suceden los acontecimientos”. En una profundidad mayor, señala el nivel de la historicidad y por último una temporalidad propia de la unidad plural del pasado, presente y futuro. Afirma que la representación vulgar del tiempo lineal es una forma de nivelar la intratemporalidad (1978: 184-185).
Dice que un acontecimiento puede considerarse como histórico si hace progresar una historia susceptible de ser contada. La historia así concebida es el resultado de todo lo que se ha contado previamente.
Estas ideas permiten una aproximación al modo en que cada fragmento de experiencia individual de los sobrevivientes fue interpelado por la pregunta acerca del destino final de las personas secuestradas, hasta confluir en una interpretación que los abarcó en el relato de un mismo hecho. En un mismo acontecimiento de la historia.
Al respecto, vale repasar su definición de “acontecimiento” y “trama”. “La trama aporta a la noción de acontecimiento su carácter histórico” (1978: 192). Dice que un acontecimiento es más que un suceso singular y que para ser histórico debe tener participación activa en el desarrollo de una trama. Esto es clave para pensar aquella unión de elementos que va a dar origen a la posibilidad de afirmar un conocimiento sobre los vuelos.
Tomemos un elemento aislado. Se trata de un fragmento del testimonio de Norma Susana Burgos, sobreviviente de la ESMA, ante la CoNadeP:
Un día lunes, después de que nos dan el llamado “sandwichito” correspondiente al almuerzo. Se empieza a sentir un clima espeso, tenso. Se oyen pasos y murmullos de varios guardias. Cuando alguien pide ir al baño le dicen que no y que más tarde le alcanzarán el balde para orinar.
El guardia, gritando, nos dice que pobre del que se levante la capucha o el antifaz. Que ni siquiera nos movamos. Controla a uno por uno de los secuestrados. Aquí serían las 15 o 16 horas. En un momento dado, la voz de un guardia, un “verde”, empieza a contar números y se oye que el ayudante de “Pedro” y el mismo “Pedro” se encaminan hacia los “féretros”, es decir, los compartimentos donde se encontraban los que tenían el número dicho. Empieza el ruido de las cadenas, los grilletes, quejidos de los secuestrados al golpearse la cabeza contra las vigas, cuando los levantaban desde las colchonetas donde estaban tirados.Hasta ese momento lo único que sabíamos de los traslados era esto y que luego retornaba la calma, es decir, el silencio. Que el guardia estaba muy histérico y que misteriosamente el vecino de al lado nuestro ya no volvía a aparecer.[10]
En este relato aparecen varias cuestiones para destacar. En primer lugar, las referencias temporales “un lunes” y “las 15 o 16 horas”, que no son otra cosa que un gran esfuerzo por situar la temporalidad del cautiverio en el tiempo cronológico y en el de los acontecimientos de la vida cotidiana. Se trata de una operación importantísima cuando lo que se denuncia es el momento de la muerte. “El arte de contar sitúa el relato en el tiempo”, dice Ricoeur (1978: 193), y diferencia el tiempo abstracto (indiferente a los hombres, a sus acciones y a sus pasiones) del “estar en el tiempo”. El testimonio de Burgos expone ese “estar en el tiempo” de un modo crudo donde cada dato diferencia cada momento de todos los demás, y ella los enfatiza como quien invita a prestar atención en silencio.
Ricoeur distingue dos dimensiones del relato: la episódica y la configurativa. La primera sugiere un tiempo homogéneo integrado por instantes y por intervalos. Dice: “El relato como síntesis de lo episódico y de lo configurativo se resiste a la nivelación de la intratemporalidad” (1978: 197).
Señala que la dimensión episódica “se pone de manifiesto en quien sigue la historia poniendo su atención en las contingencias que afectan el desarrollo de la misma”. Pero que el contar no consiste en unir episodios, sino en elaborar unidades significativas a partir de acontecimientos dispersos; “captar conjuntamente acontecimientos sucesivos”, es decir, “obtener una configuración a partir de una sucesión”. Esa sería una operación configurativa. Burgos sintetiza aquella dimensión al titular el apartado de su denuncia “Traslados”, pero, en el último párrafo citado, abre el sentido hacia nuevas interpretaciones, al afirmar que eso era lo que sabían “hasta ese momento”. Luego retoma la narración, vuelve atrás y narra la misma sucesión, ahora desde un punto de vista omnisciente, sobre la base de todo aquello que supo después.
Una variación clave entre esa primera narración y la segunda es el abandono de la información sensorial auditiva –que tiene un gran protagonismo al comienzo– y su reemplazo por un relato de otro orden. Como si aquellos indicios hubieran dejado de ser necesarios.
Encontraremos elementos de un movimiento similar en el análisis de la causa judicial sobre los vuelos que partieron desde Campo de Mayo, en la traducción de los relatos de los conscriptos en una narración articulada y omnisciente producida por el tribunal en los fundamentos de la sentencia.
Para Ricoeur, el relato es siempre algo más que una serie cronológica de hechos. La disposición configurativa de los acontecimientos, afirma, da lugar a una totalidad significativa que se produce al “considerar conjuntamente”. Así la trama puede abarcarse en un único pensamiento, que se puede designar a través de “términos cohesivos”, tales como “Revolución Industrial” y “Renacimiento” (1978: 198). Sumaría, para el fragmento testimonial en análisis y en una escala muy acotada, “vuelos de la muerte”.
En este trabajo repasaré el modo en que sucesivas instancias discursivas llevaron a la configuración de los vuelos, primero como hipótesis y luego como afirmación, hasta darles la entidad de acontecimiento de la historia argentina.
Aclaraciones preliminares
Antes de pasar al desarrollo concreto del tema, quiero exponer algunas cuestiones breves.
Sobre el tema específico, quiero aclarar que, respecto de su abordaje judicial, elegí trabajar únicamente dos casos: ESMA y Campo de Mayo. Existen otros, como el expediente en el que en Entre Ríos se investigan estas prácticas en el río Paraná, que se encuentra en etapa de instrucción. También los vuelos desde la Base Aérea de Palomar tienen su espacio en un expediente instruido en CABA. El recorte efectuado tiene dos fundamentos principales: el primero es la instancia en que se encuentran los procesos, ya que voy a analizar los fundamentos de las sentencias. El segundo es que ambos expedientes relacionan un centro clandestino de detención con una pista determinada y a un conjunto de aviones y pilotos. Se trata de dos núcleos identificables, propicios para el análisis.
Por último, sobre el abordaje, me gustaría decir acá que, aunque el recorrido abarca un arco temporal extenso, ello no implica la pretensión de exhaustividad. Hay centenares de testimonios y documentos que hablan del tema. Elegí aquellos que me permiten transitar este camino.
Para el análisis de cada período, seleccioné –en la medida en que fue posible– documentos y testimonios contemporáneos. Consideré necesario hacerlo así para poder tomar en cuenta el lenguaje utilizado, los dispositivos, la circulación y otros tantos aspectos que permiten tomarlos como enunciados y como acontecimientos bajo la lente de esta investigación.
Propongo hoy este recorrido y seguramente emprenderé otros en el futuro, ya que todo trabajo como este, que interpela a muchas personas, abre nuevas posibilidades y es siempre, en ese sentido, un punto de partida antes que uno de llegada.
- La presente investigación se apoya en muchos años de trabajo en distintas instituciones del Estado, desde las que pude tomar contacto con numerosos documentos relativos al tema. Mencioné ya las experiencias en los Ministerios de Defensa y Seguridad, adonde llegué después de trabajar largamente junto a familiares de víctimas y conocer en profundidad otras dimensiones del terrorismo estatal. Con posterioridad estuve a cargo de la Dirección Nacional de Querellas por Crímenes de Lesa Humanidad, de la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia de Buenos Aires. En ese carácter participé en varios juicios de la megacausa “Campo de Mayo”, incluyendo el tramo sobre vuelos de la muerte, en su etapa de ofrecimiento de prueba. Trabajé a continuación en el Juzgado Federal de Dolores y en el Juzgado Federal n.º 1 de La Plata, donde tramitan expedientes relativos al hallazgo de restos en las costas bonaerenses. Esta investigación es deudora del acceso a fuentes centrales, propio de ese recorrido.↵
- Sé que estoy forzando la teoría de Foucault al llevarla a un plano tan concreto, pero me sirve para el análisis que propongo realizar.↵
- Esta conferencia fue publicada como capítulo en el libro La aventura semiológica (1990: 85-162). ↵
- Los orígenes de la retórica, según lo relata Barthes, se remontan al año 485 a. C. en Sicilia, donde dos tiranos, a fin de poblar Siracusa, realizaron apropiaciones de propiedades de personas forzadas a emigrar. Cuando la tiranía fue derrocada y se pretendió recuperar aquellas propiedades, se realizaron procesos en los que la palabra y la elocuencia fueron las herramientas utilizadas para dirimir el litigio. En tal contexto, esta técnica cobró relevancia y se transformó en materia de enseñanza (Barthes, 1990: 89-90).↵
- No es un concepto únicamente trabajado por Aristóteles, pero es su acepción la que se ve reflejada en la obra de Foucault. Sobre otros usos del término en la Grecia Antigua, puede consultarse el texto de Carlo Ginzburg “Historia, retórica y prueba. Aristóteles y la historia hoy” (2005: 153-166).↵
- Ginzburg describe esto mismo indicando que Aristóteles incluye cuatro tipos de premisas, a las que llama “lugares de donde se extraen los entimemas”: el eikos (lo verosímil), el paradigma (el ejemplo), el tekmerion (la prueba necesaria) y el semeion (el signo) (Ginzburg, 2005: 155).↵
- Este ejemplo debe ser leído en su contexto de producción. Barthes mismo lo cuestiona, indicando situaciones en las que, en determinados contextos de creencias, podría interpretarse de otra manera (1990: 132).↵
- Es un trabajo que el autor dejó deliberadamente inconcluso en 1952 y que fue publicado en 1969, ocho años después de su fallecimiento, con esa advertencia.↵
- Esta última frase la toma Merleau-Ponty de J. Paulham, Les fleurs de Tarbes, NRF, 1942, p. 128.↵
- Esta denuncia integra el legajo CoNadeP 1.293. Es un texto redactado para su presentación en 1984 ante la Embajada Argentina en Madrid.↵








