El juicio a las Juntas selló socialmente la responsabilidad de las cúpulas militares, independientemente de los indultos decretados más tarde por Carlos Menem. Las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, no obstante, eximieron de la condena pública a la gran mayoría de oficiales de los rangos siguientes. Algunos habían sido alcanzados por las causas que se tramitaron en 1986, pero fueron realmente pocos. La ausencia de pronunciamientos judiciales que determinaran esas responsabilidades no fue suplida en el mediano plazo por otras formas de establecimiento de la verdad.
En los años siguientes, comenzaron a librarse pequeñas batallas sobre la presencia de los militares en la esfera pública y sobre sus ascensos en las escalas castrenses. La necesaria depuración de las Fuerzas Armadas, que hubiera podido producirse mediante sanciones penales, demandó de la sociedad civil la invención y aplicación de nuevos mecanismos destinados a establecer los límites de tolerancia de la sociedad democrática sin justicia. Pero su implementación requería de la acreditación de acusaciones que, sin la colaboración de los Poderes Ejecutivo y Judicial en la producción de evidencias, todavía descansaban en los testimonios de las víctimas.
En ese camino de construcción de una nueva dinámica de denuncia y de búsqueda de otras formas de sanción, en el que los crímenes de la dictadura iban perdiendo espacio en la agenda mediática y el consenso respecto de la urgencia de su tratamiento se disolvía lentamente, sucedió un hecho completamente disruptivo: la aparición en escena del oficial retirado de la Armada, Adolfo Scilingo, reconociendo haber participado de los vuelos de la muerte.
4.1. El testimonio de Scilingo
Un día de diciembre de 1994, Scilingo se cruzó por casualidad con el periodista Horacio Verbitsky y se presentó ante él diciéndole que era compañero de Antonio Pernías y Juan Carlos Rolón –dos marinos cuyos ascensos habían sido recientemente denegados en el Congreso– y que quería hablar con él sobre hechos sucedidos en la Escuela de Mecánica.[1]
Adolfo Francisco Scilingo es un capitán de corbeta retirado de la Armada, que prestó servicios en la sección de automotores de la ESMA. Esa era el área encargada de alistar los vehículos que se usaban para las tareas corrientes de la escuela y también aquellos destinados al grupo de tareas 3.3. En su relato, primero ante el periodista y luego en una larga sucesión de escenas mediáticas, afirmó haber sido convocado en dos ocasiones para participar de los vuelos de la muerte, en las que tomó parte en el asesinato de un total de treinta personas que fueron arrojadas al agua con vida desde aviones de la Armada y la Prefectura Naval.
Las líneas centrales de su exposición ante el periodista comprendieron la descripción del procedimiento de los vuelos y de la institucionalidad de esa práctica.[2] Respecto del procedimiento, lo descripto coincidió palmariamente con aquellas denuncias que, desde 1979, los y las sobrevivientes de la ESMA venían formulando, primero en el exterior y luego ante la CoNadeP y en el juicio a las Juntas Militares. Describió el llamado en voz alta a las víctimas, el sótano, el alistamiento para el transporte de las personas hasta el aeropuerto. A continuación, describió novedosamente la escena que tenía lugar arriba del avión, desde el despegue hasta el regreso a tierra, algo que nadie más volvió a enunciar en primera persona o en carácter de testigo directo. Esa fracción de la sucesión de acciones era imaginada, pero no había sido contada públicamente aún por nadie.
“Al avión subimos dos, yo y mi jefe y supervisor en el tema automotores […]. A partir de ahí se cargaron como zombies a los subversivos y se embarcaron en el avión”. A lo largo de la entrevista, alternó el relato en primera persona y la descripción de la metodología que excedía su experiencia directa. “Una vez que decolaba el avión, el médico que iba a bordo les aplicaba una segunda dosis, un calmante poderosísimo. Quedaban totalmente dormidos”.
Aclaró que el médico les daba la inyección y se iba a la cabina, donde estaban dos oficiales (piloto y copiloto), un suboficial y un cabo que permanecían ahí y no participaban de las tareas que ocurrían atrás. “Se los desvestía desmayados y, cuando el comandante del avión daba la orden, se abría la portezuela y se los arrojaba desnudos, uno por uno”.
Scilingo describió la mecánica de los vuelos en toda su extensión y, en ese acto, involucró a la Armada como institución –excediendo al grupo de tareas que operaba en la ESMA–, a la Prefectura Naval y a la Iglesia católica.
Sobre la participación orgánica de la Armada, refirió a la rotación de oficiales: “No sólo participaban los que llegaban por tres meses,[3] sino también algunos que estaban en otros destinos y que los mandaban a hacer vuelos, específicamente. […]. Toda la Armada sabía lo que se estaba haciendo”. Habló de “invitados especiales”, refiriendo a oficiales superiores que tripulaban los vuelos atestiguando las acciones de quienes arrojaban a las personas al agua. “La mayoría hizo un vuelo, era para rotar gente, una especie de comunión”.
Aclaró asimismo algo que se desprende naturalmente de los hechos: que un grupo de oficiales no puede poner en marcha la tremenda logística necesaria para este plan, de modo que la fuerza lo estaba autorizando. Esta descripción que él proveyó respecto de la participación de la fuerza a la que pertenecía se vio precedida por el relato acerca de cómo comenzó todo, en una reunión en la Base Naval Puerto Belgrano:
La primera información la recibí del almirante Luis María Mendía, que era Comandante de Operaciones Navales, ante las planas mayores de todas las unidades del área Puerto Belgrano, reunidos en el cine de la base en 1976.[4] Planteó que estaban previstas operaciones militares especiales que se iban a instrumentar de acuerdo a las circunstancias, para adecuarlas a la lucha contra un enemigo que no estaba contemplado dentro de los organigramas normales. Explicó que desde la colonia se usaron uniformes para diferenciarse los dos bandos. Luego habían servido para mimetizarse con los distintos terrenos. Ahora se iban a usar ropas civiles para mimetizarse en el medio civil. Estaban todos los oficiales de Puerto Belgrano en el cine de la base, no, el de la flota.[5] Con respecto a los subversivos que fuesen condenados a muerte o que se decidiese eliminarlos comentó que iban a volar, y así como hay personas que tienen problemas, algunos no iban a llegar a destino. Y dijo que se había consultado con las autoridades eclesiásticas, no sé a qué nivel, para buscar que fuese una forma cristiana y poco violenta.
Este fragmento de su testimonio nunca llegó a concebirse realmente como verdadero, debido a que no había en ese momento –ni hubo después– elementos tales como relatos similares de otras personas con los que pudiera alinearse. Tampoco se afirmó que fuera mentira, ya que contiene datos que se emparentan con algunas cuestiones que eran conocidas entonces de manera genérica. Por ejemplo, la explicación de Mendía respecto de los uniformes es parte de las enseñanzas de la denominada “Escuela Francesa”, en cuyos principios se instruyeron varios oficiales de la Armada. Nunca se investigó el hecho –tampoco hubo muchas fuentes disponibles para llevarlo a cabo– tal vez debido a que se trata de un relato solitario. Quizá ese punto justamente le resta verosimilitud, ya que se trata de un relato único de un hecho del que presuntamente participaron muchas personas. En cualquier caso, en el marco del testimonio del marino frente al periodista, conformó una novedad y un elemento de atribución de responsabilidades institucionales, que era, en definitiva, lo que Scilingo estaba buscando provocar.
La mención a la Prefectura Naval fue también una novedad, aunque no se presentó como clave en ese momento. Más tarde decantaría en un gran avance en las investigaciones.
Se hacía en aviones Skyvan de Prefectura y aviones Electra de la Armada. En el Skyvan la portezuela de atrás se abre de arriba hacia abajo. Es un gran portalón pero sin posiciones intermedias. Está cerrada o está abierta, por lo cual se mantiene en posición abierta. El suboficial pisaba la puerta, una especie de puerta basculante, para que quedaran 40 centímetros de hueco hacia el vacío. Después empezamos a bajar los subversivos por ahí.
Este suboficial al que refiere era un mecánico que operaba la palanca para abrir y cerrar la puerta del avión. Era personal de la fuerza a la que pertenecía la aeronave, especialmente capacitado para tripular un tipo de aviones.
Por último, el testimonio trajo como novedad el involucramiento de la Iglesia católica en los vuelos de la muerte, en el rol de otorgar a los marinos tranquilidad de conciencia. El rol de la Iglesia aparece en el relato sobre la justificación de los vuelos supuestamente realizada por Luis María Mendía y en el de la experiencia propia de Scilingo, al regresar del primer vuelo en el que participó.
Después del primer vuelo, pese a todo lo que le estoy diciendo, me costó a nivel personal aceptarlo. […]. Al día siguiente no me sentía muy bien y estuve hablando con el capellán de la escuela, que le encontró una explicación cristiana al tema. No sé si me reconfortó, pero por lo menos me hizo sentir mejor. […]. Me hablaba de una muerte cristiana, porque no sufrían, porque no era traumática, que había que eliminarlos, que la guerra era la guerra, que incluso en la Biblia está prevista la eliminación del yuyo del trigal. Me dio cierto apoyo.
Así, en el testimonio se unen la planificación y la concreción de los vuelos, tanto en relación con la gestión de la Armada como con la participación de la Iglesia dándoles sostén moral a quienes concretaban las tareas.
4.1.a. La verdad y las condiciones de reconocimiento
Como ya vimos, acceder a un relato de los hechos, aun cuando haya sido tan esperado, no necesariamente implica aceptarlo como verdadero. La distancia entre un punto y el otro tiene que ver también con aquellos contextos progresivos de aproximación, vinculados no solo con la cercanía del testigo con los hechos y las condiciones de producción de su discurso, sino también con las condiciones de reconocimiento.
En el apartado sobre el conocimiento de los vuelos por parte de quienes estaban secuestrados en la ESMA, abordé el testimonio de Miriam Lewin, en el que explica la complejidad de aceptar que los traslados significaban la muerte, en el contexto de su cautiverio. Allí ella expuso la enorme dificultad que implicaba pensar que cada semana se producía el asesinato de un grupo de detenidos, frente a la necesidad de generar estrategias de supervivencia.
En el capítulo sobre la CoNadeP y el informe Nunca Más, repasé una nota periodística citada por Emilio Crenzel donde Hebe de Bonafini expresaba públicamente, ya en democracia, la imposibilidad de aceptar que los desaparecidos estuvieran muertos. Contemporáneamente a sus dichos y al trabajo de la CoNadeP, se exhumaban restos de personas de las que nada se sabía desde el momento de sus secuestros. De Bonafini no desconocía esos hechos, pero la contradicción posible con sus argumentos no era suficiente para cambiar de parecer.
En su libro A lexicon of terror, Marguerite Feitlowitz incluyó fragmentos de una entrevista a Laura Bonaparte, madre y abuela de Plaza de Mayo, en referencia a su recepción de los dichos de Scilingo.[6] En esa ocasión, apenas dos meses después de la primera difusión del testimonio del marino, ella decía:
Esto puede sonar raro, pero mi primera reacción fue el desconcierto. Yo estaba realmente perpleja. Quiero decir, yo había sabido por años cómo y cuándo mataron a mi esposo, a mi hija mayor y a su esposo. Yo ayudé a identificar sus restos, estuve presente cuando abrieron la fosa. Nunca supe cuál fue el destino exacto de mi hija menor y su esposo, o de mi hijo Víctor y su esposa, pero creía que había comprendido que estaban muertos, que ya no me engañaba. Lo que Scilingo me mostró fue que, en lo más profundo de mi espíritu, yo todavía tenía esperanzas. La esperanza era un secreto, incluso para mí misma. Y fue terrible descubrirlo, y debo admitirlo; terrible resignarme (Feitlowitz, 1998: 197-198).
Si bien se trata de un testimonio individual referido a un proceso íntimo de reconocimiento de la muerte, creo que es un buen ejemplo para ver cómo la información requiere de una progresión de etapas para su asimilación.
En este sentido, en necesario pensar las condiciones de reconocimiento de las denuncias producidas por los y las sobrevivientes en el exterior –vinculadas, asimismo, con sus condiciones de producción–, su inclusión distante en el Nunca Más, su consideración relativa en la sentencia del juicio a las Juntas Militares y, finalmente, la aparición del relato del marino en primera persona. Todas esas instancias estaban lidiando con la aceptación de la muerte de los desaparecidos, que no resultaba igual para los y las sobrevivientes, que habían convivido con la muerte durante meses en el encierro, que para las familias.
Sobre esto vale recordar las afirmaciones de Christian Metz en sus estudios sobre lo verosímil, mencionadas al inicio, respecto del peso inmenso que debe levantar quien afirme cosas no dichas, quien quiera ampliar el horizonte de posibilidades trayendo, en este caso, información que no portaba consuelo ni esperanza, sino una inmensa desolación.
Aquellas primeras denuncias, sumadas al eco posterior, fueron lenta y progresivamente incluyendo, integrando a lo posible aquello que no podía entonces ser escuchado.
Entrevistado por Feitlowitz para el mismo libro en junio de 1995, Osvaldo Barros, sobreviviente de la ESMA, afirmó:
En términos de información, Scilingo no dijo nada nuevo […]. Muchos testigos hablaron sobre traslados y sobre vuelos de la muerte en el juicio a las juntas. Los llamados, las filas, la ropa que reapareció en el campo –no así las personas. Por años nadie quiso escucharlo de nosotros, y ahora, de repente y ¡por Scilingo! los vuelos son novedad. Nuestra sociedad albergó todo tipo de sospechas sobre las víctimas, pero ahora inmediatamente le da credibilidad a los perpetradores. ¿Por qué? (Feitlowitz, 1998: 198).
Esa credibilidad se manifestó en diversas formas, algunas más explícitas que otras. Una de ellas fue el “homenaje a los desaparecidos y a todas las víctimas de la dictadura militar” que, el 30 de marzo de ese año, algunos organismos de derechos humanos y personalidades públicas afines realizaron en la costanera del Río de la Plata, frente al Aeroparque Jorge Newbery. Allí arrojaron flores y mensajes al agua. Se trató de un acto simbólico de una literalidad muy clara.
El relato de Scilingo no hubiera sido investido del carácter de verdad tan prontamente si no hubiesen existido las denuncias de los sobrevivientes de la ESMA. La verificación no se consumó, en este caso, por un cotejo posterior de los dichos, sino que, inversamente, en su coincidencia, aquellas denuncias funcionaron como pilares para la constatación de los dichos del marino.
Puede encontrarse actualmente una opinión generalizada –al menos entre las personas vinculadas al proceso de Memoria, Verdad y Justicia– acerca de que Scilingo no dijo nada nuevo, nada “que no se supiera”. En esa afirmación se encuentra uno de los nudos centrales en el desarrollo del conocimiento acerca de los vuelos, pero también de muchos otros temas.
Evidentemente, el desarrollo del conocimiento en este caso no tuvo que ver solamente con formas de acceso a la evidencia, sino con una dinámica particular de la producción de sentido. Afirma Eliseo Verón que el conocimiento es un efecto de sentido cuya naturaleza solo puede entenderse situándola “en la red infinita de discursos entrelazados a ciertas prácticas sociales”. Al interior de la red, dice el autor, el conocimiento es un fenómeno intersticial. Se produce cuando “el discurso del sujeto se encuentra atenazado entre sus condiciones discursivas de producción y sus condiciones discursivas de reconocimiento” (1993: 131-132). Esas condiciones de producción no son otra cosa que otros discursos que le preceden.
A partir de la reconstrucción del camino sinuoso de las denuncias y testimonios sobre este tema, puedo agregar la idea de que, en la sumatoria de voces que, desde distintas perspectivas, afirmaron la existencia de los vuelos, se consolidó una suerte de contrato de verosimilitud.
En sus estudios sobre el concepto de “verosímil”, Tzvetan Todorov retoma la perspectiva de Corax, a quien señala como el primer teórico de este concepto, y explica que para él lo verosímil no era una relación con lo real, como lo sería lo verdadero, sino con otro discurso, al que refiere como “lo que la gente cree que es real” (1968a: 12). Entonces, me interesa postular acá que aquel trasfondo de voces funcionó como ese segundo discurso, acotando el parámetro para medir lo posiblemente verdadero, y que ese fue un paso necesario que permitió destrabar el camino hacia la asunción de los hechos y al otorgamiento del estatus de verdad.
Es posible que, de este modo, en el largo lapso de tiempo que transcurrió entre las primeras instancias públicas de trascendencia de los testimonios de los sobrevivientes y el “momento Scilingo”, los vuelos se hayan dado por acreditados de manera implícita. Aun cuando en ese tiempo no se reveló ningún elemento nuevo de evidencia. Posiblemente los elementos indiciarios disponibles hayan catalizado de algún modo, pasando de ser el relato suscripto por víctimas sobrevivientes –tal como los presentaron el Nunca Más y la sentencia de la causa 13/85– a ser afirmados como un hecho indiscutido. ¿Qué pasó en ese tiempo? El espacio y las posibilidades para el avance sobre estos temas –en términos judiciales, pero también en su investigación en general– se vieron reducidos enormemente. Tal vez ello haya alentado ciertos consensos para la consolidación de un relato base desde el cual accionar públicamente. En ese marco, el cuestionamiento público de las voces de las víctimas habrá disminuido seguramente y, con ello, se habrán afianzado algunas verdades que, en otros tiempos, no encontraban tierra firme.
De todas maneras, la aparición pública de un oficial de la Armada que afirmaba haber participado de los vuelos dejó en claro que, en caso de haber existido, esos pequeños consensos no alcanzaban a toda la sociedad. Para una buena parte de ella, fue necesario el reconocimiento en primera persona por parte de un oficial de grado relativamente alto, bien vestido, con una forma de expresarse bien articulada y en horario central de la televisión abierta.
En este sentido, la declaración de Scilingo configuró, a la vez, un punto de llegada y uno de partida. Cerró un ciclo, en cuanto funcionó como la confirmación de los hechos, y dio lugar al inicio de otro, al generar la ilusión de que, en el particular contexto de impunidad, era posible hallar precisiones respecto del destino final de las personas desaparecidas.
Comenzaré por repasar el ciclo que se cerró en este punto: el de la aleturgia.
4.1.b. Scilingo y el círculo de la aleturgia
A continuación, voy a analizar el carácter de aquella primera declaración del marino, a la luz de los desarrollos teóricos de Michel Foucault sobre las formas del decir veraz, ya abordados en la introducción.
En primer lugar, quiero retomar el concepto de tekmerion, ya mencionado. Lo describe Foucault como lo que permite pasar de los testigos indirectos que supieron por otros, de esa ausencia a la presencia del testigo directo. De la ausencia a la presencia, los pasos del tekmerion en este caso serían algo así: alguien dice que alguien sugirió algo entrelíneas; alguien dice que vio que algo iba a ocurrir; alguien dice que algo ocurrió; hasta que alguien dice que fue parte: “el testigo que pudo ver, oír y estar ahí” (Foucault, 2014b: 87).
Ese ir de la ausencia a la presencia es el camino hacia el conocimiento que fui describiendo hasta acá. Un camino que comenzó dentro de los centros clandestinos, con un rumor producto de un eufemismo enunciado por los secuestradores, por una confesión secreta y esquiva de alguno de ellos a una detenida; se volvió más verosímil con el relato de quienes fueron llevados por error hasta el camión o hasta el avión y devueltos a su lugar de cautiverio; y se vio reforzado por la potencia indiciaria de la ropa de los compañeros supuestamente trasladados al sur, hallada en algún depósito.
La confesión de Scilingo –si es que así podemos llamarla– tiene el valor de ser lo que todo lo anterior no fue. Ser eso que, además, llega tarde –y porque es tarde, llega– y se inserta armónicamente en todo lo dicho y oído. Él no dijo nada disruptivo; no contradijo lo sabido. Aun lo nuevo que trajo, por ser armónico con lo sabido, se integró casi sin ruido. Todo ello facilitó que se le otorgase a su contenido el estatus de verdad, como si hubiese sido diseñado para tal fin.
Ya no se trataba de un testigo, sino de un partícipe de la acción. Además de ver a otros, él mismo fue parte de una escena.
Participé de dos traslados aéreos, el primero con 13 subversivos a bordo de un Skyvan de Prefectura, y el otro con 17 terroristas en un Electra de la aviación naval. Se les dijo que serían evacuados a un penal del sur y por ello debían ser vacunados. Recibieron una primera dosis de anestesia, la que sería reforzada por otra mayor en vuelo. Finalmente, en ambos casos fueron arrojados desnudos a aguas del Atlántico Sur desde los aviones en vuelo.[7]
Según sus dichos, Scilingo atestiguó asimismo la ocurrencia periódica de los vuelos. No tripuló el avión cada vez, pero sí vio fragmentos del ritual que, según él, tenía lugar los miércoles y excepcionalmente otro día de la semana. “Hay una orden en el pizarrón que indica quiénes integran la columna que va a ir a Aeroparque con los detenidos. […]. El vuelo. […]. Se llamaba un vuelo, era normal aunque en este momento parezca una aberración”.
A través de esos elementos, testimonia una sucesión de vuelos, no únicamente aquellos en los que participó. Él vio la lista en el pizarrón, el despliegue de sus camaradas, y su conocimiento se conformó indiciariamente, ya que de eso no se hablaba. Tal vez, al igual que quienes estaban cautivos en la ESMA, vio cómo mermaba el número de detenidos.
Foucault habla de una techne que se caracteriza por ser un arte del descubrimiento a través de signos, huellas y marcas que permiten llegar del no saber al saber. Es interesante pensar este proceso no solamente desde el lado de los sobrevivientes y los familiares, sino también desde los victimarios, para observar cómo se completa el conocimiento de quien enuncia los hechos desde el lugar más cercano.
Otro concepto central en la obra de Foucault, que mencioné anteriormente, es el de aleturgia, definida como la producción de la verdad en el acto de su manifestación. Desde el comienzo de su alocución –incluso desde las cartas a sus superiores que exhibe al periodista como certificación de su relato–, Scilingo se refiere a lo que tiene para decir como “la verdad”. Como algo indudable; como si fuera un objeto que trae guardado en el bolsillo.
En una carta dirigida al entonces almirante Enrique Molina Pico, dice: “Informo que en caso de negarse a los acuerdos de marras, solicitaré una profunda investigación judicial para que definitivamente la verdad triunfe sobre la hipocresía”.[8] Desde esa perspectiva, la verdad y la hipocresía se presentan como entidades personificadas, enfrentadas en una rivalidad por saldar.
Scilingo afirmó haber cumplido órdenes que le fueron impartidas como lícitas en el marco de lo que él consideraba una guerra y narró cómo, más tarde, quienes las impartían se desresponsabilizaron de ellas señalando que se había tratado de acciones delictivas llevadas a cabo de manera independiente por sus subordinados. Según su punto de vista, al aceptar el indulto, los jerarcas militares no discutieron el delito, sino que lo delegaron. Entonces Scilingo y los demás resultaron penalmente responsables. Sin esa contradicción, que le presentó una encrucijada respecto de su responsabilidad por los hechos, no hubiese necesitado buscar que “la verdad triunfe”, porque no habría batalla que librar.
La verdad que trajo Scilingo no era la verdad que buscaban los familiares de las víctimas, ya que no ayudó a conocer el destino final individual de las personas desaparecidas, sino que estaba referida a la propia responsabilidad penal frente a los hechos.
Por eso, a diferencia de otras personas que se pronunciaron sobre este tema, la de Scilingo fue una verdad sin intención de detalles. En su charla con Verbitsky, cuando el periodista le preguntó por aspectos puntuales de la metodología de los vuelos, en respuesta, el marino lo acusó de morboso. Fue a su pesar que recibimos una descripción más acabada de aquello que denunciaba. “Se lo cuento con detalles porque usted me lo pregunta, y creo que la verdad debe saberse, no crea que me pone muy feliz ni me hace muy bien. […]. No quiero hablar de eso, déjeme ir”, le dijo en un momento al periodista, como si estuviera cautivo de esa demanda por saber más, e intentó alguna frase de cierre como: “Esa es la historia. Macabra historia real y que nadie puede desmentir”.
Scilingo habla con Verbitsky, pero no es el periodista el destinatario de aquello que enuncia. Habla con él como quien publica una solicitada en la prensa. Habla para que lo que dice sea publicado y provoque entonces un efecto en aquellos otros a los que verdaderamente se dirige, no con su verdad, sino con el acto de enunciarla. Su verdad es como un objeto que exhibe o retiene. La presenta a aquel que está seguro de que le va a dar el valor suficiente como para hacerla conocer. No es cualquier periodista. Podría pensarse que elige uno que sin dudas lo va a juzgar duramente. Pero en el diálogo queda claro que la posible condena de su interlocutor no lo desvela. Carga con el peso de la propia, y es eso lo que está intentando gestionar.
Para el marino la verdad que trae, la verdad sobre los vuelos es un problema penal encarnado en quienes fueron sus superiores al momento de los hechos. Si ellos fueron penalmente responsables, él también lo es. Si el juicio a las Juntas Militares fue un juicio justo, entonces lo que hicieron fue un delito. Si los jefes militares aceptan el indulto que acaba de otorgárseles, si aceptan ese perdón, es porque son culpables. Eso es lo que lo perturba. Él espera que se defiendan diciendo que dieron órdenes legítimas en el marco de una guerra y que, en cumplimiento de esas órdenes, los subordinados actuaron como lo hicieron. De esa posible argumentación o del silencio, depende su propio lugar en relación con los hechos.
Entonces, no viene él con su verdad a asumir su culpa –en eso consistiría para Foucault una confesión–, sino a encuadrar los hechos en un contexto y a producir una acción que provoque una reacción en aquellos que hoy lo dejan solo. Para Scilingo, si está solo frente a los hechos, entonces es culpable.
Tampoco quiero ser tan hipócrita de decir: yo soy el bueno ahora, que cuento esto. No, porque el día de mañana van a decir “Scilingo el arrepentido”. No es así. Scilingo en las mismas circunstancias hubiese hecho exactamente lo mismo. Pero todo ha cambiado, y en vez de contárselo como un triunfo, se lo cuento en una situación que ni se la puedo describir, gracias a mis superiores… Y en el fondo gracias a mí también. Porque yo creí absolutamente todo lo que hacía y cumplí todas las órdenes completamente convencido. Esa es la guerra sucia que ganamos.
Mientras se concebía y se afirmaba en las esferas militares que el juicio de 1985 había sido político y que no había sido justo –ya que se pensaba que el tribunal natural era el militar, que no había formulado imputación alguna– y otra serie de argumentos, internamente existía una armonía de responsabilidades. Las cúpulas soportaban el peso de la injusticia. Pero con los indultos eso se rompió, y terminó de estallar en la mente de Scilingo cuando Jorge Rafael Videla salió de la cárcel y señaló que la responsabilidad de los crímenes era individual de algunos miembros de las fuerzas que habían actuado de manera autónoma.
Ese fue el mayor disparador de las acciones del marino, que entendió que debía dar la disputa acerca de la verdad. Scilingo estaba convencido de que todos coincidían en cuál era la verdad, pero algunos actuaban para mantenerla oculta. Así se constituyó él en el portador y enunciador de esa verdad.
Por último, retomo el concepto de parresia, definido por Foucault como una forma de decir veraz que se habilita en cuanto instancia discursiva y dialógica particular. La parresia caracteriza el discurso del otro en el cuidado de sí.
Me interesa este concepto porque tiene que ver con un contexto como aquel en el que se produjo la declaración del marino, no siendo aplicable a la confesión que se produce en el marco de un proceso judicial. Dice Foucault:
El orador que dice la verdad a personas que no están dispuestas a aceptarla y que pueden castigarlo, condenarlo a la muerte o al exilio, tiene la libertad de guardar silencio. Nadie lo fuerza a hablar, pero él siente que su deber es hacerlo. Cuando alguien ha cometido un crimen y los jueces lo fuerzan a confesarlo, no hay parresia (2017b: 85).
Aclara que la parresia “está ligada a la libertad y el deber”. Supone que quien habla expresa genuinamente lo que piensa. Además, dice lo que sabe verdadero. Foucault habla de una coincidencia exacta entre creencia y verdad. Respecto del acto de enunciación, este debe importar un riesgo para el sujeto que habla, en cuanto implica el vínculo entre dos interlocutores, ya que ese riesgo está en la posible respuesta del otro. De ese otro, se espera que acepte la verdad como es dicha.
En síntesis, la parresia es
el coraje de la verdad en aquel que habla y asume el riesgo de decir, a pesar de todo, toda la verdad que concibe, pero es también el coraje del interlocutor que acepta recibir como cierta la verdad ofensiva que escucha (2009: 32).
El de Scilingo es un testimonio voluntario frente a un periodista que fue integrante de la principal agrupación política perseguida por la fuerza a la que él mismo representa. Es decir, alguien a quien él mismo juzgó su enemigo. Frente a él se sienta y reconoce haber arrojado al agua desde dos aviones a personas a las que no identifica, pero que bien pudieron haber sido compañeros de su interlocutor. “Lo pienso hoy y no había ninguna necesidad de matarlos”, afirma, aunque insiste en que, puesto en la misma situación, volvería a hacer lo mismo.
En el testimonio hay una tensión entre la verdad y la justicia, donde ambas se definen al interior de la lógica de la institución militar, de sus propias formas de entender lo necesario y lo justo, de su sistema de deberes y lealtades y de cómo esa lógica se ve perturbada cuando la puerta que divide el adentro y el afuera se abre: cuando la verdad es dicha desde adentro hacia afuera; cuando la justicia avanza desde afuera hacia adentro.
Scilingo entiende que el sistema al amparo en el cual sucedieron los hechos que va a narrar ya no lo ampara a él. Entonces desafía su lógica enunciando su verdad –la verdad de los hechos de los cuales no se arrepiente, él mismo lo dice– para interpelar desde afuera a quienes, en el interior de aquel mundo, ahora le dan la espalda.
En cuanto a la justicia, él está parado entre la lógica judicial, que va a considerar condenables los hechos que narra, y la lógica militar, que oscila entre afirmar, hacia el interior, que no hubo delito en aquello de lo que todos participaron y, hacia afuera, que sí lo hubo, pero fue fruto de errores y excesos por fuera del dominio de los altos mandos.
Entonces, aun en esa tensión, la verdad de los hechos –que tiraron a los secuestrados vivos al mar y cómo lo llevaron a cabo– en su enunciación es una sola. Varía lo que de ella pueda predicarse. Es así como la dimensión dialógica del testimonio de Scilingo se torna relevante. Qué es lo que él está diciendo y a quién.
No es el testimonio de un autómata que se sienta a hablar solo frente a otro. Hay realmente un diálogo ahí, aunque no sea el periodista el destinatario primordial de su acción. Scilingo se esfuerza en pensar acerca de las preguntas que Verbitsky le formula, reflexiona y responde. No es condescendiente, no busca empatía. Solo necesita expresarse con la garantía de que el hecho va a tener la trascendencia buscada.
Con el tiempo, el testimonio del marino fue virando según las circunstancias, cristalizando en algunas frases, aplanando el sentido. Pero, en esta primera instancia y con este interlocutor, tiene un espesor muy singular.
A la luz de los conceptos expuestos, las afirmaciones del marino se presentan como un hecho que se produce en un contexto particular y con un objetivo determinado; permiten pensar el sujeto de la enunciación para llegar a considerar qué es la verdad que entrega, como si fuera un objeto divino.
También permiten pensar todo aquello que rodea a esa verdad que el marino trae, que, como ya dije, no es otra cosa que la reafirmación de lo sabido y también la afirmación de lo que se había podido inferir. Sin embargo, casi a su pesar, Scilingo trajo la única imagen de arriba de los aviones en vuelo. Narró eso que ninguna víctima vivió para contar. Compuso, con un eslabón único, la cadena de hechos que implicaron los vuelos de la muerte, uniendo el fragmento que va desde lo narrado por Tincho al ser devuelto del avión a la ESMA, hasta los cadáveres con los huesos fracturados como si hubiesen chocado en velocidad contra una superficie dura. Scilingo trajo la voz que faltaba y que sigue siendo única.
4.2. La confesión de Víctor Ibáñez
El 24 de abril de ese mismo año, el diario La Prensa publicó una nota del periodista Fernando Almirón que contenía el testimonio del exsargento del Ejército Víctor Ibáñez, quien confesó haber integrado el grupo represivo que operó en el centro clandestino de detención conocido como “El Campito”, en el predio militar de Campo de Mayo. Entre 1976 y 1980 cumplió funciones en ese lugar, a cargo del racionamiento de las personas secuestradas y también como operador de la radio. Desde esa experiencia, narró con un profundo nivel de detalles que desde allí partían vuelos desde los que los detenidos eran arrojados al mar.
“El Campito” fue un centro clandestino de detención por el que pasaron miles de víctimas, del que hasta ese momento se sabía muy poco, ya que la gran mayoría no sobrevivió. No obstante, algunos pocos habían descripto, en las distintas instancias de denuncia, el mecanismo por el que algunos prisioneros eran “trasladados”, y habían expresado, con distintos niveles de certeza o presunción, que los aviones y helicópteros que escucharon o vieron arrojaban a las personas –vivas o muertas, según al caso– al mar.
Gregorio Díaz narró haber visto que subían cadáveres a un helicóptero y que siempre esa aeronave despegaba de noche. Asimismo, Celia Torres contó cómo llegó a saber, por haber escuchado una conversación entre dos cabos, que los aviones que se oían cada noche llevaban personas adormecidas para arrojarlas al mar.
Hubo un sobreviviente, Juan Carlos Scarpatti, que, por haber tenido asignadas tareas de mantenimiento en el centro clandestino, pudo ver el lugar, interactuar con otras personas y conocer más sobre lo que sucedía. En su declaración ante la CoNadeP, afirmó que los traslados se realizaban una o más veces por semana, según estuviera cubierta la capacidad del lugar. Transcribo un fragmento de su testimonio:
… Se ordenaba que todos los prisioneros estuviesen encapuchados y en su lugar del pabellón; después se oían ruidos de camiones que se acercaban, permanecían cierto tiempo parados con el motor en marcha y luego se alejaban; cuando todo se normalizaba quedaban cuarenta a cincuenta lugares vacíos. Que estos camiones se dirigían a un avión que estaba estacionado en una de las cabeceras de las pistas que tiene Campo de Mayo, la que estaba más cerca de “El Campito” y a la que se accedía por un camino que bordeaba el lugar, allí cargaban a los prisioneros con destino desconocido, en un avión y según comentarios oídos por el dicente dicho destino estaba en alta mar, afirmando también unos guardias que los tiraban en la selva amazónica en algunos casos, pero seguramente el primero fuera el destino real. Que después los camiones regresaban al “El Campito” y sus ocupantes procedían a quemar la ropa de los prisioneros trasladados, que esto el declarante lo pudo comprobar personalmente ya que antes de un traslado, el de “Nora” (que había tenido familia), el dicente se fijó que llevaba puesto un saco con grandes botones, encontrando esos mismos botones en la pila de basura luego de que quemaran los “bultos” después del traslado. Que las detenidas embarazadas, una vez que habían tenido familia, eran trasladadas en el primer viaje que se producía luego del parto.[9]
Esta era la información que precedía el testimonio de Víctor Ibáñez y su nivel de trascendencia, en términos de difusión en la sociedad, era verdaderamente acotado. En cuanto al impacto social, el Campito no era la ESMA. Del mismo modo, la palabra de un exsuboficial talabartero del Ejército no era lo mismo que la de un oficial de la Armada. Por tanto, la declaración de Ibáñez fue valorada en relación con aquellas otras, y también en cuanto precedida por la de Scilingo.
4.2.a. Su relato sobre los vuelos
Nunca se sabía –por lo menos yo no sabía– cuándo llegarían los verdugos. Había que estar preparados, se aparecían en cualquier momento. Cada vez que veía entrar a la caravana de autos por ese camino profundo que iba directo al polígono de tiro con las luces haciendo guiños, levantando polvareda, cargados de tipos, era como ver una gigantesca carroza de la muerte. Era la muerte.
El testimonio de Ibáñez fue impiadoso con su interlocutor. Narró los aspectos más cruentos de cada uno de sus recuerdos, como quien intenta quitarse de adentro algo que lo espanta.
Los vi llegar por primera vez a los pocos días de estar en el campo. Mis compañeros me dijeron a sotamanga, “Ahí viene la Parca, hoy sale un vuelo”. Hasta ese momento, cuando mencionaban los traslados yo creía que llevaban a los prisioneros a otro campo o a la cárcel, no conocía el destino final de esa gente; después lo supe.[10]
Su relato contiene una descripción de la rutina de eliminación de prisioneros, pero cobra potencia cuando se detiene en la descripción de situaciones específicas, que son aquellos recuerdos que lo atormentan.
Así describió, como ejemplo de otros, un episodio en el que personas externas al campo se incorporaron al ritual de eliminación, participando del asesinato de una serie de prisioneros en el interior de una antigua carpintería. Contó cómo acomodaron al grupo de prisioneros a varios metros del galpón, sin capucha, lo que hacía suponer su destino. Los llamaban de a uno y, en el interior del lugar, se ocupaban de asesinarlos. A Ibáñez lo habían convocado para que concurriera con un jeep, sacándole previamente el caño de escape para que hiciera mucho ruido, a fin de amortiguar el sonido de los disparos.
No me acuerdo cuántas personas fueron eliminadas esa tarde en la antigua carpintería. Pero me acuerdo de que cada uno de los que vino en ese grupo disparó sobre alguno de los detenidos, fueran hombres o mujeres. Apuntaban al centro de la cabeza e inclinaban el cañón de tal modo que la bala atravesara de arriba hacia abajo. Un solo tiro, todos iguales. Lo sé porque a la mañana siguiente pude ver los cadáveres cuando los llevamos al aeropuerto en un camión que volvió todo ensangrentado, y que después yo tuve que lavar. […]. Yo lo presencié y no lo puedo olvidar.
Transcribo este fragmento porque da cuenta de la forma particular de Ibáñez de describir –además de una de las formas que tuvo la rutina de los vuelos– cómo las personas que se ocupaban de la eliminación también eran rotativas en el Ejército; cómo también en esa fuerza se buscaba que todos –o muchos– estuvieran implicados en los asesinatos, de modo de comenzar a construir el pacto de silencio.[11]
También se manifiesta en su narración que se trata de una persona atormentada por aquellos recuerdos. Él no articula una denuncia diciendo que en el Ejército se llevaron adelante estas y aquellas prácticas. Él cuenta sus vivencias.
Respecto de los vuelos específicamente, contó cómo eran los preparativos, en los que un grupo de suboficiales reunía a los detenidos, los agrupaba en un lugar descampado, donde comenzaba el camino hacia la pista de aviación, y los subía a un camión civil robado, con una caja metálica cerrada. Reconoció haber participado en esta fase algunas veces, en su rol oficial de chofer, llevando a los detenidos hasta la pista, donde los esperaba el avión con los motores encendidos.
Cuando se llegaba a la pista, los prisioneros eran formados al pie de la escalerilla del avión, de a uno en fondo. Los del grupo de eliminación ya los estaban esperando. A veces era uno, a veces eran dos los tipos que se ocupaban de aplicarles una inyección antes de subirlos. Les decían que el Servicio Penitenciario exigía esa inyección para incorporarlos al sistema carcelario federal. Todo mentira. […]. Después, los prisioneros subían cuatro o cinco peldaños de la escalerilla y ya se sentían mal. Yo y otros dos muchachos los esperábamos arriba. Los guiábamos hasta el lugar donde tenían que sentarse. No bien se acomodaban empezaban los dolores […] en menos de un minuto estaban como muertos.
Después de eso, Ibáñez narró que él se bajaba del avión y volvía con el camión al campo. Aclaró que esa no era su responsabilidad habitual, pero que, cuando tocaba hacerlo, “no podías zafar”, agregando que muchos de sus compañeros fueron “pasados por las armas” por resistirse a esas órdenes.
Sobre la fase siguiente –el vuelo propiamente dicho–, contó que estaba a cargo de un grupo que denominó “de eliminación”, que se integraba de manera rotativa. Que eran quienes se ocupaban de arrojar a los detenidos al mar. Que siempre “dos o tres curiosos” integraban ese grupo, “gente de paso, que venía a mirar”.
Ibáñez expresó las contradicciones que se le presentaban en el momento. Afirmó que intentaba no pensar en nada o bien pensar que esas personas “se lo habían buscado”. Pero que igual sentía una gran angustia, sobre todo al regreso del vuelo, cuando en ocasiones le tocó limpiar “la panza del avión”. En su diálogo con el periodista, no solo le pidió que apagase el grabador para describir la tarea, sino que además lo hizo llorando. No hace falta reproducir acá su relato. Le dijo a su interlocutor: “Me imagino lo que estarás pensando de mí, que soy un monstruo”.[12]
4.2.b. La familia Steimberg
La posible monstruosidad expuesta por el suboficial en ese diálogo fue limitada en relación con la dimensión de su experiencia narrada en otros contextos. El mismo día en el que se publicó en la prensa la nota de Almirón sobre aquella conversación, por la mañana Ibáñez fue entrevistado en el programa radial del periodista Néstor Ibarra, en Radio Mitre. Un tiempo atrás se había presentado en los estudios de aquella radio diciendo que tenía información sobre algunas personas desaparecidas, entre ellos, Luis Pablo Steimberg, quien, al momento de su secuestro, cumplía con el servicio militar obligatorio en el Colegio Militar de la Nación, en Campo de Mayo.
Ante esa situación, Ibarra se había contactado con la familia Steimberg para contarles, pero en el relato del suboficial no había, entonces, datos que ellos no supieran. Cuando tuvo lugar la entrevista en la radio, Sara Ludmer, madre de Luis Pablo, estaba en su casa escuchando el programa. En un momento de la entrevista, Ibáñez reconoció haber participado de tantos vuelos que había perdido la cuenta, no solo cargando a los prisioneros en los aviones, sino también ayudando a empujarlos al vacío. Ante la angustia que le produjo esa situación, Sara llamó por teléfono a la emisora y su llamado fue puesto al aire. Entonces se produjo una conversación, triangulada por el periodista, en la que Ibáñez terminó diciéndole que Luis Pablo había sido arrojado al mar. “Perdóneme, señora, perdóneme”, le dijo.[13] Era la mañana y ella estaba sola en la cocina de su casa, frente a la radio. Más tarde declaró que, después de esa conversación, no pudo dormir.
Cerraba los ojos y me parecía sentir el ruido que hace un cuerpo al caer al agua. Pensé que dieciocho años de buscar y luchar me habían hecho fuerte, pero cuando esa persona dijo que habían arrojado a mi hijo al mar, sentí que me moría.[14]
Ibáñez no volvió a afirmar su participación en los vuelos, más que en haber llevado los prisioneros hasta el avión. En las sucesivas instancias en las que se pronunció, llegó incluso a negarlo. Para la familia, de todas maneras, esa información sobre el destino de su hijo –que no había sido enunciada por el exsargento como un acto realizado por él– quedó asentada como una verdad.
Más tarde, Jaime Steimberg, esposo de Sara, tomó contacto con Ibáñez y pudo conversar con él. Incluso llegó a ayudarlo económicamente, aun cuando se ocupó de aclararle que él no podía perdonarlo por sus acciones. Lo que aquel suboficial, ahora profundamente religioso, buscaba era redención.[15]
4.2.c. Validación de su testimonio
Del mismo modo que sucedió con el testimonio de Scilingo y las denuncias previas efectuadas por sobrevivientes de la ESMA, que, en sus coincidencias y gracias a la proveniencia opuesta de sus voces –del victimario y de las víctimas–, produjeron una verificación recíproca, así sucedió también con la declaración de Ibáñez respecto de las ya citadas de los sobrevivientes del Campito.
Esto fue así, en particular, con la de Juan Carlos Scarpatti, no solo por su descripción de los operativos de traslado de los prisioneros hacia los aviones, sino también por la propia historia de este sobreviviente, quien se fugó durante un operativo al que fue llevado para marcar a otras personas.
En sucesivas declaraciones, primero ante la CADHU y luego ante la CoNadeP, Scarpatti narró con detalles su secuestro en abril de 1977, en el que recibió nueve balazos, su paso por distintos lugares hasta llegar al Campito donde una médica secuestrada le salvó la vida. Por tratarse de un oficial de Montoneros con un alto grado, fue de interés para los servicios de inteligencia del Ejército y de la Armada y, por eso, lo mantuvieron con vida más allá del tiempo en que la información de la que disponía podía ser de utilidad para secuestros inmediatos. Ibáñez lo describió como alguien que provocaba admiración en los militares. Por sus conocimientos de mecánica, con el tiempo fue asignado a tareas de mantenimiento.
Según sus declaraciones, en septiembre de 1977, le dijeron que una persona secuestrada en el centro clandestino conocido como “Sheraton” había declarado bajo tortura que él podría reconocer una casa de La Plata donde planeaban efectuar un operativo. Por esa razón lo llevaron con ellos y, en un momento de distracción, le robó el arma a un integrante de la patota y huyó.
El secuestro, la estadía en el Campito y la fuga de Juan Carlos Scarpatti fueron narrados por Ibáñez en su conversación con el periodista Almirón, aunque designándolo con el apodo de “el loco César”.
Llegó al campo prácticamente muerto. Una detenida que era médica, a la que habían puesto a cargo del dispensario que habían montado para atender a los detenidos dentro del campo, le salvó la vida. Nunca supe bien cómo fue. A César le habían metido un montón de balas de 45; yo vi algunos de los plomos en un frasquito. No sé cómo, pero el tipo se salvó.
Sobre la fuga, narró lo que le habían contado respecto del robo del arma, aunque dijo que había sido “en el aguante” adentro de la casa, cuando uno de los guardias se quedó dormido. “Cuando se enteraron en el campo se pusieron como locos. Se habían confiado demasiado en él, que se hacía el simpático, el tranquilito. Estaba esperando el momento oportuno para rajar”.
Si bien difieren en numerosos detalles, los relatos en esencia encastran conformando dos perspectivas de una misma historia. Este tipo de elementos son claves para producir la verificación testimonial y, por propiedad transitiva, otorgan verosimilitud a otros fragmentos de los testimonios que tal vez no encuentran equivalencias externas.
En el caso de Ibáñez, además, sucedió que, con el tiempo y la reiteración, él fue sumando datos nuevos, algunos de los cuales no se desprendían de su rol o eran demasiado llamativos para no haber sido mencionados previamente. De ese modo, sus declaraciones fueron perdiendo verosimilitud.
No obstante, a la vez que algunos fragmentos de sus exposiciones se presentaban como dudosos, con el avance de las causas, muchos otros elementos se fueron corroborando, por ejemplo, sus descripciones de la dinámica del Campito en general y de aquellas personas que se ocupaban de torturar a los detenidos. Así, algunos de los datos que él proveyó sirvieron, acompañando a muchos otros, para producir condenas penales.
Por haber sido citado a declarar en los procesos judiciales siempre como testigo, Ibáñez procuró cuidadosamente en todas esas ocasiones no autoincriminarse. Consecuentemente, nunca reconoció en sede judicial su participación en los vuelos de la muerte, como sí lo había hecho en ocasiones previas.
4.3. Scilingo e Ibáñez
Las voces de estos dos militares, aun habiendo surgido en un mismo contexto social y habiéndose enfrentado a la misma avidez por la información que podrían proporcionar, fueron muy distintas.
La diferencia radica, como dije más arriba, en parte en sus fuerzas militares de origen y sus jerarquías, en sus extracciones sociales y también en su expectativa respecto de su enunciación.
Ibáñez no se posicionó como quien traía la verdad, sino como el testigo que vivió y que podía contar aquello de lo que fue parte. En ese sentido, su declaración se parece más a una confesión que a una denuncia, si bien, al traer novedad sobre delitos perpetrados por terceros, esto último sucede más allá de sus intenciones.
Scilingo, mientras tanto, no produjo una confesión en el sentido foucaultiano del término, ya que no se encontraba arrepentido de lo que narraba. La suya era una denuncia. Y era la revelación de una verdad, aunque nada tenía que ver con la culpa o con algún tipo de empatía con las víctimas o con sus familiares.
Asimismo, su confesión se ciñó a aquello que se había silenciado durante dos décadas. Su experiencia en la ESMA en general no fue parte de su declaración. Limitó su relato a los vuelos, dejando afuera todo aquello que seguramente supo sobre la denominada “lucha contra la subversión” y lo que pudo atestiguar –o participar– en su tiempo en aquella escuela.
Él no habló para calmar su culpa, si bien afirmó que después de hablar comenzó a dormir mejor. Lo hizo para que sus camaradas de arma vieran volverse público aquello que escondían. Podría haber albergado la ilusión de que otros de ellos hablaran también. Sin embargo, eso no sucedió. En ese sentido, su declaración es la prueba extrema de la resistencia del pacto de silencio en la Armada.
Lo que se puso en juego en su caso fue la legalidad o ilegalidad de las acciones. Por eso siguió adelante y trascendió los límites de las garantías de impunidad viajando a España, donde efectivamente fue condenado. Y, si en algún momento cambió su testimonio, fue únicamente parte de una estrategia procesal.
Mientras tanto, para Ibáñez la garantía mayor fue la profusión en detalles que caracterizó sus testimonios. Por esa particularidad fue convocado a declarar varias veces ante la Justicia argentina.[16]
Ibáñez afirmó que necesitaba hablar por los que no podían contar sus vivencias, pero también padecían los efectos psicológicos de la participación. Esos efectos sí son coincidentes en ambos testimonios. Tanto él como Scilingo describen procesos de depresión profundos por los que ellos y otros han transitado y también refieren al alcohol como un conjuro rápido para acallar los tormentos.[17]
4.4. El “efecto Scilingo”
4.4.a. Declaraciones de otros militares
Adolfo Scilingo y Víctor Ibáñez no fueron los únicos militares que hablaron públicamente, aunque sus testimonios fueron los únicos que portaron alguna forma de autocrítica –diferente en ambos casos, como hemos visto–. Hubo una seguidilla de apariciones mediáticas, no específicamente sobre los vuelos, que incluyó al capitán del Ejército Héctor Vergez (abril de 1995), al policía Julio Simón (en dos programas televisivos en simultáneo –uno en vivo y uno grabado– el 1 de mayo de 1995), al almirante Emilio Eduardo Massera (agosto de 1995), entre otros.[18] Todos ellos expusieron reivindicaciones del accionar de las Fuerzas Armadas y de Seguridad durante la dictadura militar.
En esa línea se destaca la aparición pública del exgendarme Federico Talavera, en una entrevista en Telefé. Asignado al Destacamento Móvil 1, con asiento en Campo de Mayo, era parte de la mano de obra que la Gendarmería aportaba a la represión clandestina. Desde esa unidad partieron en comisión numerosos integrantes de esa fuerza para participar en el Operativo Independencia o para integrar las “patotas” del Campito, o del circuito de centros clandestinos en Capital Federal que dependía del Comando de esa subzona del Primer Cuerpo de Ejército.
Talavera cumplió funciones de logística en el Olimpo, en un rol similar al que tenía Ibáñez en el Campito: proveer la comida para la tropa y los detenidos y conducir un camión. En su declaración pública, afirmó que, en ese rol, había trasladado prisioneros a distintas bases desde donde partían los aviones desde los que eran arrojados al mar.
Contó que eran tres los choferes del furgón con el que llevaban a las personas detenidas hasta los aviones. Que rotaban porque los vuelos eran muchos. Su relato comprendió información específica sobre víctimas a las que se pudo identificar por sus nombres, entre ellas, Marta Vaccaro, respecto de quien afirmó que fue arrojada al mar estando embarazada, a punto de dar a luz, el 6 de diciembre de 1979. Vaccaro había sido secuestrada junto a su pareja, Hernando Deria, a fines de noviembre en su casa de San Nicolás. Talavera recordó el nombre de la mujer porque en una oportunidad la había escuchado hablando por teléfono desde la guardia. Él afirmó que nunca traspasó esa instancia de la entrada del Olimpo. Según este testimonio, ella fue parte de los traslados masivos que se realizaron cuando ese centro clandestino dejó de funcionar.
Mencionó también a otras mujeres embarazadas, describiendo que eran llevadas a dar a luz al Hospital de Campo de Mayo y luego eran trasladadas. Dijo que habitualmente el oficial que las acompañaba era quien se haría cargo del bebé.
Detalló que los traslados que él hizo fueron hacia Aeroparque, pero que sabía que también se realizaban desde la base aérea de El Palomar. Señaló asimismo el uso de aviones Fokker F27 sin distintivos militares. Describió que las personas trasladadas no estaban esposadas y que iban vestidas y sin vendas en los ojos, creyendo que serían llevadas a un campo. Señaló que en los vuelos participaba personal del Ejército, la Gendarmería Nacional y la Policía Federal, entre quienes señaló al “Turco Julián”–apodo de Julio Simón–.
A diferencia de sus antecesores en esta sucesión de declaraciones, Talavera dio los nombres de quienes participaron en los vuelos, en el traslado de embarazadas hasta el hospital donde darían a luz, y también el traslado de cadáveres hasta Puente 12, para ser incinerados en tambores de metal.
Además de su aparición en televisión, Talavera declaró en 1995 en la Cámara Federal, ante el fiscal Carlos Strassera.
En su análisis de las intervenciones públicas de represores de la dictadura argentina, Claudia Feld y Valentina Salvi afirman que las interpretaciones mediáticas de esta serie de declaraciones, inauguradas por la de Scilingo, tuvieron eje en una noción particular de “arrepentimiento”, con prescindencia de que hubiera una actitud de ese tenor en aquellas expresiones. Que, en el mismo sentido, fueron referidas como “confesiones”, aun cuando no proveían información nueva o incluso negaban los crímenes (2019: 23-27). Ellas entienden que esto se debió al contexto de enunciación, con la garantía de impunidad judicial y también frente al mandato –expresado por el entonces presidente Carlos Menem al dictar los decretos de indulto– de una “reconciliación nacional”.[19]
No es mi intención en este trabajo analizar el modo en que las declaraciones fueron leídas o referidas, pero vale destacar que esa interpretación que identifican Feld y Salvi le otorga cierto estatus de verdad, no necesariamente al contenido de sus dichos, sino a la acción de enunciarlos. Es decir que se coloca a los hablantes en el lugar de sujetos que enuncian una verdad. Tal estrategia podría pensarse como destinada a consentir la pretensión de exhibir una sociedad que mira a su pasado de un modo compatible con alguna forma de reconciliación.
En el mismo sentido, Luciana Messina, en su análisis de las apariciones públicas de Julio Simón, destacó que, en muchos casos, los dispositivos televisivos “produjeron una igualación de las voces de víctimas y victimarios como si se tratase de versiones diferentes pero igualmente válidas, constituyendo escenarios falsamente democráticos donde todo era opinable y donde toda opinión valía lo mismo” (Feld y Salvi, 2019: 158).
Es necesario, al respecto, indicar que el efecto que tuvieron las reiteraciones mediáticas de los testimonios de los represores terminó por incidir en su contenido. Por ejemplo, mientras que Scilingo había afirmado enfáticamente que no estaba arrepentido de lo que enunciaba, los medios lo situaban en una línea de presuntos militares arrepentidos que se confesaban públicamente (Feld y Salvi, 2019). Por eso me pareció importante, para el análisis expuesto en los apartados anteriores, tomar las primeras declaraciones, tanto de Scilingo como de Ibáñez, que tuvieron lugar en contextos de relativa intimidad –al menos sin cámaras ni público– y se reprodujeron por escrito.
4.4.b. Impacto en la esfera pública
Aquella primera declaración de Scilingo tuvo un alto impacto en la esfera pública. En el marco del silencio sobre estos temas, buscado por las leyes y los decretos de impunidad, no se esperaba una declaración tan clara sobre el aspecto más sensible de los crímenes de la dictadura. Su efecto no se limitó a la sucesión de pronunciamientos ni al desfile de militares por los medios de comunicación. Algo que quedó de esa declaración –y que reafirmaron las subsiguientes– fue la certeza de que la información sobre el destino final de los desaparecidos existía y podía encontrarse con la voluntad política y las acciones adecuadas.
Inmediatamente, los organismos de derechos humanos comenzaron a reclamar una reacción a los tres poderes del Estado. Pedían la información sobre el destino de cada una de las personas desaparecidas. Pedían también la depuración de las Fuerzas Armadas y una disculpa pública por parte de aquellas y de la Conferencia Episcopal Argentina.
Mientras tanto, desde el gobierno, en las voces del entonces presidente Carlos Menem y del ministro de Defensa, intentaron restarle importancia sosteniendo que se trataba de una maniobra vinculada con el proceso electoral en curso. No se negaba la veracidad de los dichos del marino, simplemente se cambiaba el eje de la discusión señalando oportunismo, es decir, corriendo el foco del enunciado a la enunciación.
Respecto de las listas reclamadas, oficialmente se afirmó que no existían listas en poder de las Fuerzas Armadas o algún tipo de registros en la órbita del Poder Ejecutivo. El entonces ministro del Interior, Carlos Corach, afirmó que veía dificultosa la continuación de las investigaciones realizadas por la CoNadeP. Menem llegó incluso a recomendar que quienes, como Scilingo, desearan hablar de estos temas buscaran un sacerdote y se confesaran.
Mientras todo eso ocurría en la esfera pública, el gobierno silenciosamente vendió los tres aviones Skyvan que quedaban en manos de la Prefectura Naval. El proceso de venta se había iniciado en 1993. La PNA quería deshacerse de ellos porque iban perdiendo funcionalidad, con un costo de mantenimiento muy alto. Pedían un millón de pesos (equivalente, en aquel entonces, a la misma cantidad de dólares) por los tres aviones y un lote de repuestos. Ese año y el siguiente, se hicieron licitaciones a las que nadie se presentó. En 1995, en medio del revuelo mediático e institucional desatado por las declaraciones de Scilingo, las gestiones se aceleraron con intervención del entonces ministro de Defensa, Oscar Camilion –quien había sido embajador y ministro de Relaciones Exteriores durante la dictadura militar–, y, en el mes de junio, los aviones fueron finalmente vendidos a CAE Aviation, con sede en Luxemburgo.[20]
Volviendo al revuelo público, diversos representantes de la Iglesia se pronunciaron respecto de la responsabilidad institucional. Algunos obispos, como Miguel Hessayne, Julio Laguna y Jorge Novak, hicieron reconocimientos públicos con tono de denuncia. Mientras tanto, el cardenal Antonio Quarrachino repudió los hechos denunciados y negó toda responsabilidad.
Ante las afirmaciones de Ibáñez, el entonces comandante en jefe del Ejército, Martín Balza, realizó una autocrítica institucional del accionar de esa fuerza. Esto sucedió al día siguiente de la publicación del periodista Almirón en el diario La Prensa. Balza tenía planificado emitir el comunicado el 29 de mayo, fecha en que se celebra el día del Ejército. Al tomar conocimiento de los dichos de Ibáñez, decidió precipitarlo.
En su mensaje, que fue transmitido por televisión, reconoció que el Ejército, instruido y adiestrado para la guerra clásica, no supo enfrentar al “terrorismo demencial” y que “este error llevó a privilegiar la individualización del adversario, su ubicación por encima de la dignidad mediante la obtención, en algunos casos, de esta información por métodos ilegítimos, llegando incluso a la supresión de la vida”. Afirmó que en el Ejército no existían listas de desaparecidos: “Si es verdad que existieron en el pasado, no han llegado a nuestros días”. Concluyó asumiendo la responsabilidad por “los errores de esta lucha entre argentinos que hoy nos vuelve a conmover” y apelando a Dios para restaurar la concordia en “la herida familia argentina”.[21]
La gran movilización que todo esto iba provocando en la sociedad se manifestó, como se puede observar, de distintas maneras. Otra de ellas fue la presión de los organismos de derechos humanos sobre el Poder Ejecutivo y el Legislativo respecto del tratamiento de los pedidos de ascenso de militares y la necesaria depuración de las Fuerzas Armadas. A la vez, se demandó por diversas vías al Poder Judicial que requiriese al Poder Ejecutivo la información necesaria para reconstruir la verdad sobre el destino de las personas desaparecidas. Sobre esto me voy a extender en el capítulo siguiente.
- Las conversaciones entre Scilingo y Verbitsky, que tuvieron lugar en varios encuentros, se dieron a conocer por primera vez el 2 de marzo de 1995 en el programa Hora Clave, donde el periodista reprodujo parcialmente las grabaciones del audio del testimonio del marino. Al día siguiente el diario Página 12 publicó una nota titulada “La solución final” con el relato de los encuentros. Seis días más tarde, el propio Scilingo se presentó en el programa Hora Clave, dando inicio a una saga de entrevistas televisivas que incluyó, entre otros programas, el tradicional almuerzo con Mirtha Legrand.↵
- Las citas que incluyo de su testimonio fueron extraídas del libro El vuelo, de Horacio Verbitsky (1995), de los capítulos “Una muerte cristiana” (pp. 25-56) y “Tierra de sombras” (pp. 57-74).↵
- Se refiere a las comisiones mediante las que oficiales de otros destinos eran asignados a la ESMA para cumplir funciones en el Grupo de Tareas. Se trata de una rotación constante de personal superior desde todos asientos de la Armada en el país.↵
- El comandante de Operaciones Navales era, a los efectos operativos, la segunda autoridad de la fuerza. Las planas mayores a las que refiere el testimonio son todos los oficiales superiores que integraban la Base Naval Puerto Belgrano –los de tierra y los asignados a los barcos que tienen esa unidad como referencia–, la Base de Infantería de Marina Baterías y la Base Aeronaval Comandante Espora. Es una enorme cantidad de personas y representa un porcentaje importante de la totalidad de los oficiales de la Armada. ↵
- Se refiere a la Flota de Mar, con asiento en Puerto Belgrano.↵
- Los testimonios que voy a tomar de este libro fueron publicados en su versión traducida al inglés. Yo volví a traducirlos al español. Este recorrido posiblemente haya modificado en alguna medida el sentido, aunque no en lo sustantivo para trabajar este apartado. ↵
- Carta de Scilingo a Jorge Rafael Videla, fechada el 25 de febrero de 1991, reproducida por Horacio Verbitsky en los anexos del libro El vuelo, ya citado.↵
- Fragmento de la carta documento remitida por Adolfo Scilingo y fechada el 31 de octubre de 1994. Publicada en los anexos documentales del libro El vuelo, ya citado.↵
- Este fragmento y el anterior de la declaracón ante la CoNadeP, aí como los de Gregorio íaz y Celia Torres, fueron citados en los fundamentos de la sentencia del 12 de septiembre de 2022 del Tribunal Oral Federal de San Marín n.º 2 en la causa FSM 27004012/03/TO21.↵
- Todos los fragmentos del testimonio de Víctor Ibáñez que voy a reproducir en este apartado corresponden al libro Campo Santo (Almirón, 1999), excepto aquellos donde lo indique expresamente. ↵
- A esos efectos, el lugar tenía una particularidad: en el predio de Campo de Mayo, estaba ubicado el Batallón de Aviación 601 del Ejército, que, como todas las unidades con esa numeración, dependía directamente del Comando en Jefe de la fuerza, en esos años, al mando de Jorge Rafael Videla, cuya residencia estaba en un terreno lindante a la pista. Aquella rotación de personas que describe Ibáñez tal vez haya alcanzado a los oficiales del Estado Mayor General del Ejército y a otras esferas de alta jerarquía tanto militares como del Poder Ejecutivo en general. ↵
- La descripción efectuada por Ibáñez puede leerse en detalle en el capítulo “Los vuelos” del libro Campo Santo (Almirón, 1999: 178-184).↵
- Una transcripción parcial de esa conversación fue publicada en el libro A lexicon of terror (Feitlowitz, 1998: 206-209).↵
- Entrevista citada en el libro Nada más que la verdad (Ciancaglini y Granovsky, 1995: 328).↵
- Estos últimos hechos fueron expuestos en el juicio oral en el que se juzgaron las responsabilidades por el secuestro de Luis Pablo Steimberg y otros dos soldados conscriptos del Colegio Militar de la Nación. El debate se realizó en el año 2017, muy poco tiempo después del fallecimiento de Sara, a sus 92 años, quien lo había esperado por cuatro décadas (Causa FSM 27004012/03TO21).↵
- Ibáñez declaró reiteradamente en la causa FSM27004012/2003, donde tramitan los hechos sucedidos en Campo de Mayo. Se refirió a los vuelos en sus testimonios de 2004, 2009, 2014 y 2017. En algunas sentencias se valoró también su testimonio publicado en el libro Campo Santo, acá analizado (Almirón, 1999). ↵
- En mi experiencia en el relevamiento de documentación de la Armada y de la Prefectura –en el marco de iniciativas sucesivas de los Ministerios de Defensa y Seguridad para aportar pruebas a los juicios por crímenes de lesa humanidad–, pude acceder a numerosa documentación que da cuenta de los problemas de salud psicofísica de las personas que participaron en las distintas fases de las operaciones “antisubversivas”. De los destinos relevados, esto era llamativo por el alto porcentaje en los oficiales y suboficiales del Grupo de Tareas 3.3 de la ESMA y en la División Aviación de la Prefectura Naval. En algunos casos presumiblemente relacionados con alteraciones que llevaban a tematizar aquello que debía silenciarse, se encontraron evidencias de encierros en pabellones psiquiátricos –del Hospital Borda o del de Río Santiago– con la provisión prolongada de altas dosis de somníferos.
También se constataron situaciones donde las familias de los oficiales presentaban notas donde pedían que los problemas psiquiátricos de sus padres o esposos fueran considerados consecuencia de actos de servicio, tematizando en sus pedidos aquello que las personas referidas habían callado, aun a costa de un gran perjuicio en su salud mental.↵ - Simón hizo referencias a los vuelos, pero como algo que ocurría más allá de su ámbito de desempeño. En el programa Telenoche Investiga, de Canal 13, afirmó que él nunca había tenido oportunidad de “ejecutar un traslado”. Ante la pregunta acerca de cómo se ejecutaba el traslado, respondió: “Camión, yo supongo que irían a Campo de Mayo, el avión y el destino final”. ↵
- El libro Las voces de la represión (Feld y Salvi, 2019) compila una serie de artículos que abordan, por etapas cronológicas, la aparición de los represores en los medios. La tercera parte, titulada “Voces de impunidad: jactarse, negar, eludir”, contiene un artículo de Luciana Messina –al que haré referencia en este apartado– que analiza las apariciones mediáticas de Julio Simón en 1995, aunque desde un punto de vista que excede el interés de este trabajo.↵
- Los aviones Skyvan habían sido adquiridos por la Prefectura Naval en 1971. Eran cinco, identificados con las letras PA y los números del 50 al 54. Dos de ellos perdieron funcionalidad en la guerra de Malvinas. Los otros tres (PA-51, 52 y 53) fueron objeto de la venta referida. Parte de las gestiones de la venta están plasmadas en documentación a la que accedí en el año 2014 en el Servicio Histórico de la Prefectura Naval Argentina.↵
- Reproduzco parcialmente la transcripción incluida en el libro Nada más que la verdad (Ciancaglini y Granovsky, 1995: 329-330).↵








