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Palabras finales

Y como el del médico, el conocimiento histórico es indirecto, indiciario y conjetural.

   

Carlo Ginzburg (2013: 190)

Llegado este punto, es preciso reflexionar sobre algunos temas vinculados con la hipótesis original de esta investigación, las particularidades del objeto, y la posibilidad del conocimiento.

Sobre las hipótesis de trabajo

Cuando comencé este camino, pensaba que apenas alcanzábamos a asir el contorno de los vuelos de la muerte. Rápidamente supe que tenía que revisar esa idea, porque implicaba una forma específica de conocimiento que no caracteriza el proceso que acabo de desandar. Suponía que conocer era comprender de manera completa, sin oscuridades, cuando justamente de eso se compone este objeto. No es sin esa dimensión.

La clave está, entonces, en la apreciación de aquello que constituye el contorno y en dar cuenta de la oscuridad, del modo en que se presenta a lo largo del tiempo, con sus momentos de mayor opacidad y también con aquellos en que parece tornarse translúcida.

En las páginas que pasamos, presenté un recorrido por el camino que fue desde la primera sospecha individual hasta las sentencias judiciales. La celebración colectiva de la enunciación del veredicto del tramo analizado de la causa ESMA –presenciada por la gran mayoría del público en la explanada de los tribunales federales de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el 29 de noviembre de 2017– condensa un punto de llegada en muchos sentidos. La escena se transmitió mediante una pantalla, en la calle que separa el edificio de los tribunales y el edificio Libertad, sede central de la Armada Argentina, con la multitud de espaldas a la sede naval, es decir, de espaldas a la esfera militar y de cara a la justicia. El festejo expresado con libertad ese día en la calle fue una muestra de la dimensión reparatoria del accionar de la Justicia, independientemente de los casos puntuales abarcados por la condena. Se juzgó un vuelo, pero se dieron por probados todos, completándose esa extensión más tarde con la sentencia dictada por el tribunal de San Martín en la causa analizada sobre Campo de Mayo.

¿Cómo fue este proceso de conocimiento? Sin dudas se trató de un extenso tejido de inferencias indiciarias. Expuse acá un recorrido cronológico cuasi lineal, pero no con la intención de proponer un proceso unidireccional, sino un camino sinuoso a través del tiempo. Ese camino comenzó con la lectura solitaria de rastros, a veces inconexos, y consistió en la disputa de sentido sobre ellos, en el contraste de lo manifiesto con lo verosímil, que daba marco y sustento a su posible interpretación.

La segunda hipótesis que me guio fue, como ya dije, que la mayor dificultad para la verificación de la existencia de los vuelos, es decir, para asignarles estatus de verdad, fue su inverosimilitud, antes que la clandestinidad o la falta de testigos directos. El largo proceso de conocimiento implicó instalar socialmente esta forma de exterminio en el horizonte de posibilidades. Solo entonces, siendo posible, pudo ser verdad. Construir las condiciones de verosimilitud llevó décadas. De todos los crímenes inferidos, denunciados y condenados, los vuelos fueron los últimos en acreditarse.[1]

Ginzburg afirma que el conocimiento indiciario implica la lectura de huellas en las que se interpreta una serie coherente de eventos (2013: 184). La coherencia esperada implica verosimilitud. En la escena narrada en el apartado 6.2.b, en la que los conscriptos escuchan el ruido de los motores de los helicópteros y de los disparos y concluyen que “fusilaron a los que trajeron”, esa conclusión implicaba la asunción de la existencia de detenidos ilegales y de la coordinación de recursos para su eliminación física clandestina. También implicaba aceptar que eso podía suceder muy cerca de donde ellos estaban durmiendo. Suponía que, al sujeto del plural tácito de esa afirmación, pudieran asignársele tales acciones como el cautiverio y el homicidio.

Al momento de los hechos, se atestiguaron fragmentos y se interpretaron indicios en función de una concepción de las probabilidades reales de los acontecimientos.

Después de los hechos, la tarea consistió en verificar la hipótesis de los vuelos como destino final de algunos de los desaparecidos. Se pregunta Marc Bloch en su Apología para la historia o el oficio del historiador:

… ¿qué intenta el historiador que se interroga acerca de la probabilidad de un acontecimiento pasado sino transportarse, por un salto audaz de la mente, al momento anterior a este acontecimiento para evaluar sus oportunidades tal y como se presentaban la víspera de su realización? Por tanto, la probabilidad pertenece al futuro del pasado, pero a un futuro del pasado armado con un pedazo de lo que para nosotros es actualmente el pasado, puesto que nuestra imaginación ha desplazado hacia atrás la línea física del presente (2001: 130).

Los conscriptos de la escena evocada podían asomarse, escabullirse e intentar verificar con sus propios sentidos de forma directa aquello que interpretaban. Cuando todo ello se convirtió en pasado, la verificación requirió de evidencias y testimonios para producir aquello a lo que Bloch refiere como el “pedazo de lo que para nosotros es el pasado”.

Los delitos cometidos en los centros clandestinos de detención, incluyendo los secuestros previos, se reconstruyeron en gran medida a través de testimonios de sobrevivientes.[2] En el caso de los vuelos, esa pieza fundamental que fueron los relatos de experiencias directas no existió. Se trata de una limitación infranqueable. Esos relatos son una herramienta clave que funciona como puente para la apropiación colectiva de la experiencia.

Aun así, los testimonios indirectos de quienes sospecharon, preguntaron, oyeron o vieron algo, sumados a las confesiones militares algunas esquivas y otras precisas–, permitieron ver mucho más que el contorno de los vuelos. Aportaron gran densidad de detalles que cobraron valor sumados a la dimensión emocional de las vivencias narradas. El relato de los bomberos de la costa bonaerense, de la asistente del médico Dios, de los pilotos de Aerolíneas y Tranasvia, de la empleada del resort del lago Espejo, de los conscriptos, todos repararon en las emociones experimentadas al tomar contacto con hechos o relatos sobre el tema. Ello aportó una especie de atajo para una aproximación al pasado, permitiendo llegar desde vivencias sutiles antes que de datos concretos. Dice Ginzburg: “Si la realidad es opaca existen zonas privilegiadas indicios– que permiten descifrarla” (2013: 218). En esa idea reside el fundamento central del paradigma indiciario de conocimiento, clave del proceso aquí analizado.

Sobre la verdad de la Justicia y la de la historia

Aquella verificación judicial acotada al vuelo del 14 de diciembre de 1977 –a tres pilotos y a un grupo determinado de víctimas– condujo a una verdad que abarcó todos los hechos, aun cuando la extensión de ese “todos” resulte incierta. Ahora, en este caso, la primera verdad –la referida al hecho puntual– es una verdad de la Justicia, y la segunda –la referida a todos–, una verdad para la historia.

En relación con la verdad de la Justicia, Giorgio Agamben afirma que su complejidad se manifiesta cuando el derecho tiene la pretensión de agotar el problema que trata. La verdad, dice el autor, “tiene una consistencia no jurídica, en virtud de la cual, la questio facti no puede ser confundida con la questio iuris” (2000: 16). Para él, el proceso judicial no tiene por objetivo buscar justicia ni encontrar la verdad, sino que se caracteriza autorreferencialmente por buscar tan solo la realización del juicio. En línea con la idea de verdad vinculada con la coherencia sistémica de Wittgenstein, Agamben ve el objeto del juicio como la concreción ritual de los pasos propios de la rutina procesal. Su correcta aplicación da como resultado el pronunciamiento de una sentencia, que representa lo verdadero y lo justo (2000: 17).

Los ejemplos trabajados permiten pensar que existe un margen en el que los jueces pueden optar por un camino que los involucre de un modo que exceda el rol que les asignan los códigos de rito. Desde una mirada más esperanzada, Carlo Ginzburg afirma que jueces e historiadores tienen en común la preocupación por comprobar los hechos en el sentido más amplio del término, y la búsqueda de pruebas. No obstante, los jueces se ocupan únicamente de eventos que implican responsabilidades individuales y sobre ellas emiten sentencias, mientras que los historiadores no cuentan con esa limitación (2005: 162). Entre aquellas coincidencias y estas divergencias, lo que sucede es la valoración particular de las pruebas, es decir, el método. El ejemplo del vuelo permite ilustrar cómo la verdad es solidaria del método de verificación (Ricoeur, 1955: 196). Esto, que se presentó con claridad en el apartado 5.3 sobre la identificación de los restos de las víctimas del grupo de la Santa Cruz, vale asimismo para pensar las diferencias entre los dos procesos judiciales analizados en los capítulos 6 y 7.

Me preguntaba al inicio de qué están hechas nuestras verdades. Creo que en este recorrido encontré algunas respuestas.

Sobre lo que viene después de saber

En su libro Skyvan. Aviones, pilotos y archivos secretos, Miriam Lewin relata acerca de las dudas que se le presentaron al momento de contactar a los dueños de los aviones. ¿Conocerían el uso que habían tenido? ¿Qué pasaría si daban a conocer su valor particular para la historia, si se los transformaba en documentos a los ojos de esas personas, en huellas de un episodio trágico? “Es dentro del tiempo sucesivo donde hay que reconstruir la significancia de la huella, aunque ésta no esté contenida en la pura sucesión”, afirma Ricoeur.

Finalmente la huella, en cuanto visible por alguno –aunque sólo sea descifrable, en definitiva, por algunos– proyecta nuestra preocupación –la caza, la búsqueda, la investigación, son los mejores ejemplos– en el tiempo público que hace conmensurables todas las duraciones privadas (1985: 813).

Extender la lectura de esa huella hacia un contexto exterior a la sucesión de acontecimientos que llevó a la certeza de los vuelos implicaba ubicar a los propietarios de los aviones en la línea temporal de la tragedia. Convertirlos, aunque de manera fortuita, en parte de esa historia. En su presente álgido. Las dudas de Lewin y sus compañeros de investigación estaban fundadas en la incertidumbre del efecto que esto podría tener.

Ubicado en el curso de acontecimientos, el avión se convirtió en documento con una función de garante. Scilingo había investido de sentido a esos aviones, pero mediante una operación con un efecto genérico. La información de las planillas del PA-51 le asignaron un valor particular, de manera individualizada.

Aquel avión, finalmente adquirido para ser expuesto en el museo de la ex-ESMA, es considerado evidencia material de los vuelos de la muerte. En términos de la teoría de Ricoeur, podría concebirse como un monumento, un elemento conmemorativo de un acontecimiento “digno de ser integrado a la memoria colectiva”. También como documento, en cuanto él y sus elementos complementarios portaron los indicios más fuertes que permitieron dar por probado el vuelo aquel del 14 de diciembre. Una vez que eso se dio por probado, la materialidad del Skyvan pasó a condensar un valor más monumental que documental (Ricoeur, 1999b: 802-816).

Por su particular recorrido y por el simbolismo del vuelo al que se lo logró vincular, el avión funciona como la evidencia material finalmente conseguida. En su dimensión significante, pasó de ser la caja con alas que escondía el secreto más custodiado, para convertirse en indicio en una investigación y luego en símbolo rotundo. Así como el pañuelo blanco de las Madres de Plaza de Mayo simboliza la búsqueda de todos los desaparecidos, independientemente del nombre que lleve bordado, el avión representa todos los vuelos y todas las víctimas.

Recurro a una expresión de Ricoeur – descontextualizada pero aun así pertinente– para cerrar diciendo que este tipo de procesos de conocimiento, tan dificultosos y poblados de vaivenes, tienen al final del camino la virtud de “hacer vibrar la verdad” (2015: 198). Exponen, al señalar sus confines, tanto lo que sabemos, como lo que nunca vamos a poder saber. Nos recuerdan aquella finitud, referida en la Grecia Antigua con el término tekmairesthai: la diferencia entre el saber de los hombres y el de los dioses.


  1. Cronológicamente, fueron posteriores los delitos sexuales, pero su demora se debió al hecho de tener que modificar una matriz particular que no admitía concebirlos más que como una forma de tormentos y no a una cuestión probatoria del tenor de la que afectó el proceso judicial respecto de los vuelos.
  2. Por supuesto que incidieron otros elementos, como inspecciones oculares a lugares de detención, documentos militares, etc., pero los testimonios fueron centrales durante mucho tiempo.


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