Álvaro Ramoneda Figueroa
Correr se puede experimentar de diferentes formas, puede tener múltiples motivaciones, comprenderse como deporte, trabajo, protesta, diversión o medio para recorrer. La movilidad de quien corre es única. Corporalidad, ambiente, factores físicos, actores sociales, ritmos, velocidad, sensaciones y sentidos se conjugan en una influencia permanente en movimiento. La interacción de estos factores va configurando el lugar continuo de quien corre, pues correr es un movimiento con sentido, en el que suceden cosas. El correr se aborda en esta entrada desde la perspectiva de quien lo practica en la ciudad, como una actividad física, como una manera de habitar en movimiento: de lugarización de la experiencia y a través de ella; de relación entre cuerpo y ambiente; una forma de movimiento que no es inocua, sino significativa, que genera cambios y produce un modo particular de estar en movimiento.
En el siglo xix, correr por ciudades europeas podía considerarse locura (Bale, 2013), pero, desde finales del siglo xx, se ha transformado a partir de su práctica como actividad física en una actividad multitudinaria. Se ha convertido en una actividad social y económica importante. Nike, por ejemplo, declara 170 millones de usuarios de su aplicación móvil (Arribas, 2020). La aplicación Strava pasó de 5.000 suscriptores en 2009 (Martínez, 2019) a más de 73 millones actualmente (Strava, 2021). En América Latina, la maratón de Ciudad de México la corrieron 10.000 personas en 2013 y más de 38.000 en 2018 (González, 2018). La maratón de Santiago de Chile tenía 12.000 cupos en 2008 (Maratón de Santiago, 2014), que aumentaron a 33.000 en 2019 (Arellano, 2019).
Salir a correr, ir de un punto a otro puede verse, desde ciertas perspectivas, como un movimiento fútil, pero el propio movimiento de correr es lo que le otorga sentido (Cook, Shaw y Simpson, 2016). Correr tiene una relevancia social creciente. Autores como Noel Salazar (2022) explicitan interés respecto a cómo correr, y su desarrollo puede indicar cuestiones acerca de la sociedad y sus tendencias, generando también un cambio desde macroperspectivas a microperspectivas, inspiradas en enfoques fenomenológicos (Cook, 2021). A pesar de la creciente relevancia, no existen muchos estudios que consideren específicamente la relación entre quien corre, su corporalidad y el lugar desde una perspectiva de movilidad. En esta entrada buscaremos aproximarnos al reconocimiento de los diferentes componentes que constituyen la experiencia de correr. Primero se abordará la experiencia de correr, identificando quiénes corren. Luego la relación entre cuerpo y lugar. Finalmente, se referirá a significados y personas ligadas a correr en América Latina.
La experiencia de correr. Quiénes corren
La trascendencia y experiencia de correr se puede expresar cuantitativamente a partir del número de personas que corren en ciudades o en carreras o de la cantidad de usuarios en las aplicaciones de esta temática. Sin embargo, la manera de abordarla tiene también otras aproximaciones. Por ejemplo, Koronios, Psiloutsikou y Kriemadis (2016) han estudiado los hábitos de entrenamiento y salud mental; Lee (2013) investiga la motivación de mujeres y el cambio corporal a partir del entrenamiento; Costa, Scaletsky y Fischer (2010) abordaron el compromiso y consumo deportivo de correr; Larsen (2018) se ha aproximado al crecimiento del turismo runner; Cohen y Turner (2016) indagan en la identidad de un club de maratonianos, en tanto Wiltshire y Stevinson (2017), en la conformación de capital social a partir de la influencia de grupos; Allen Collinson y Hockey (2007, 2013) han realizado exploraciones autoetnográficas respecto a sensaciones y lesiones, así como a las competencias y formas de correr como pasatiempo (Hockey y Allen Collinson, 2016).
El movimiento es constituyente de la locación humana, pero no en un espectro cerrado, pues tiene múltiples formas de ejecutarse. Larsen (2022) plantea que, por una parte, están las formas sedentarias de viaje cuya propulsión es motorizada y, por otra, los viajes activos, en el que el cuerpo genera la fuerza que permite el movimiento (ver “Ciclismo urbano”). Correr tampoco se produce de una sola manera, pues comprenderá diversos significados en función del género, la edad, los implementos utilizados, la geografía, el clima, la relación con las personas con quienes se corre o que se encuentren en el lugar, entre otras variables. Entender quién corre es una dimensión del análisis cualitativo, puesto que correr es una experiencia particular, lo que conlleva “una apropiación diferencial según las edades o el género, entre otras posibilidades” (Lasalle, Recours y Griffet, 2019, en Gil, 2020: 5).
Por mucho tiempo las mujeres estuvieron vetadas de correr maratones, ya que se consideraba un deporte de hombres que podía tener serias consecuencias en la salud de la mujer, especialmente en términos reproductivos. En la actualidad, un 30 % del total de personas que corren maratones son mujeres, aunque varía de forma significativa por país; en algunos países asiáticos y europeos, quienes corren maratones son casi en su totalidad hombres. En el mundo, existen múltiples denuncias de mujeres que, por ejemplo, son insultadas por hombres mientras corren, ya sea por la forma o el tamaño de su cuerpo o porque su ritmo es “lento” (Mackie, 2021a). También se produce acoso por la ropa que utilizan, ya sea porque, como sucede con mujeres musulmanas que corren con hiyab, tapa sus cuerpos (McGuire, 2021), o porque son ajustadas o dejan ver parte de sus cuerpos (Morris, 2021). Otras mujeres simplemente reportan ser acosadas por hombres sin motivo específico más que el del acoso (Morteo, 2018). Una encuesta de la revista Runner’s World (2021) a más de 2.000 mujeres reporta que el 60 % de ellas ha sufrido acoso corriendo, el 25 %, comentarios sexistas, y que el 6 % ha temido por sus vidas en algún momento. Esto ha llevado a que el 54 % evite ciertos lugares al correr y que el 34 % solo corra mientras haya luz. Tras sufrir acoso, el 47 % de las mujeres ahora corre con teléfono, 40 % avisa a alguien de su ruta, 39 % la ha cambiado, 15 % corre con ropa más holgada, y 11 % ha dicho que por un tiempo dejó de correr.
Ante el acoso, una estrategia implementada por algunas mujeres es la de salir a correr en grupo (Racc, 2022), lo que también hacen ciertas personas que no se sienten a gusto con sus cuerpos (Mackie, 2021b). Scannell y Gifford (2010) plantean que existen dos tipos de comunidades: las de interés, conectadas por estilos de vida o intereses comunes; y las de lugar, conectadas por la ubicación geográfica. Quienes corren podrían militar en ambas, ya que comparten un interés común, a la vez que, cuando corren en grupo, también comparten el lugar.
Respecto a correr en grupo, Stevens, Rees y Polman (2019) han reportado que la participación aumenta en función de la identificación que se tenga con el grupo, sobre todo si correr regularmente con el grupo está establecido como norma. La identificación con el grupo también iría en beneficio de una experiencia positiva de ejercicio, la cohesión, además del bienestar global que pueda presentar la persona. Allen Collinson y Hockey (2007) introducen también la configuración particular que se daría entre los cuerpos que corren juntos, análoga a la sincronía de músicos que interpretan una pieza musical. Reportan que, por ejemplo, sobre cierto terreno, quienes corren en grupo saben no solo su línea preferida, sino también la de quien acompaña su movimiento, o se sincronizan en algún cruce en que solo puede pasar una persona y que requiere que alguien aminore el paso. Así también, cuando alguien se cae del ritmo o es dejado atrás, la otra persona lo hace notar y alienta para que se recupere y así seguir corriendo en conjunto.
Para quienes corren, si bien el grupo de referencia ha sido tradicionalmente el grupo con el que se sale a correr, hoy también se suman las comunidades virtuales (ver “Comunicaçao, mídia e mobilidade”). A partir de aplicaciones de teléfonos con GPS (Runtastic, Strava, Endomondo, Map My Run o 5k Runner, entre otras), o de los relojes GPS que se utilizan para correr (Garmin Connect, Suunto, Polar Beat), hoy es posible conectarse tanto con el grupo con el que físicamente se sale a correr, como con otras personas que pueden estar en otras ciudades o países. Estas aplicaciones permiten compartir las salidas a correr, subir fotos o videos, desafiar a otras personas, crear comunidades o grupos cerrados, analizar entrenamientos, crear entrenamientos, ver rutas que otras personas han realizado, analizar velocidad, frecuencia cardiaca, consumo de oxígeno, desnivel acumulado, tiempo de recuperación, gasto calórico, grasas quemadas, carbohidratos consumidos, etc.
También es posible sincronizar las aplicaciones con los relojes u otras aplicaciones. Sin embargo, a pesar de todas estas posibilidades, o precisamente a partir de ellas, Salazar (2022) plantea que se crea una paradoja respecto a la movilidad, puesto que el uso de dispositivos GPS y el compartir los datos recolectados lleva tiempo, en el cual se está inmóvil frente a una pantalla: es decir, un dispositivo que se construye para incentivar el movimiento finalmente termina produciendo tiempo de inmovilidad.
Quienes corren pueden tener diferencias en su práctica dependiendo de cuestiones como el tiempo que dedican o si se identifican como alguien que corre o no. Stebbins (2015) propone la existencia de un tipo de ocio serio y uno casual. Quienes desarrollan un tipo serio de entrenamiento dentro de su tiempo libre buscan perseverar, realizan un esfuerzo significativo, adquieren habilidades especiales, tienen beneficios duraderos y se identifican fuertemente con la actividad. En contraste, quienes se dedican de forma casual no requieren entrenamiento especial para disfrutar, le destinan un tiempo corto y generan placer inmediato. Esta categorización es consistente con la propuesta de Smith (1998), que postula que existirían tres categorías para quienes corren: élite, runners y joggers. Los atletas de élite son minoría y se caracterizarían por competir como forma de vida, los joggers correrían por diversión, y los runners son quienes se consideran que corren de forma seria, sin llegar a ser elite. A lo largo de su estudio, Smith observó que las mayores diferencias tienen relación con el tiempo dedicado al entrenamiento, a los kilómetros corridos, la periodicidad, el ritmo, o el compromiso, que es mucho mayor en los runners que en los joggers –quienes se enfocan en la salud o la pérdida de peso– (Smith, 1998).
Correr, cuerpo y lugar
La forma de correr y el esquema corporal que desarrolla quien corre va generando un saber experto sobre el propio cuerpo, pero también sobre la relación y negociación con el entorno; por eso entendemos el correr como un modo de habitar. Quien corre integra hábitos corporales que le permiten lidiar con las diferentes acciones físicas que realiza: postura, movimiento de brazos. En función de la reflexión que vaya generando respecto a la experiencia adquirida, podrá también mejorar y resolver de mejor forma las interacciones con el medio, puesto que percepción, pensamiento y acción se forman en la experticia que se va construyendo, lo que permite que los esquemas corporales también puedan desarrollar condiciones que faculten la resolución de desafíos que no estaban contemplados o que se presentan como novedosos, como, por ejemplo, terrenos por los que antes no se ha corrido (Gil, 2020).
La corporalidad de quien corre cambia no solo al comenzar a correr, sino también mientras corre y cuando termina. No es una corporalidad lineal, que va de mejor a peor o viceversa. Quien corre puede comenzar con malas sensaciones corporales, que pueden mejorar y luego decaer, o permanecer iguales, o ninguna de estas opciones. Existen nociones compartidas entre quienes corren largas distancias, siendo probablemente la principal el llamado “muro”. Chocar con el muro es sentir un efecto repentino de energía baja, que se produce, aproximadamente, entre el kilómetro 30 y 35, asociado a dolores musculares, desánimo y un juego cognitivo respecto a si se puede continuar corriendo o no (Gordillo, 2013); incluso puede generar ansiedad solo el pensar en su posibilidad, como indican las narraciones de muchos corredores (Reinero, 2013).
Hay quienes postulan que naturalmente el ser humano corre apoyando primero la punta del pie, pero la introducción de zapatillas con amortiguación en los talones por parte de las grandes compañías deportivas habría producido un cambio de hábito. Posteriormente, este cambio se ha intentado revertir desde movimientos como el barefoot running (correr descalzos) o el de minimalistas (correr con zapatillas casi sin amortiguación), así como el estudio de pueblos en que, a pesar de que sus integrantes corren grandes cantidades de kilómetros, pareciera que no se lesionan; el ejemplo predilecto es el de los rarámuris, en México (McDougall, 2011). Estos cambios corporales son importantes al pensar, por ejemplo, en llegar de la mejor forma posible al muro, pues no sería lo mismo pisar con la parte delantera del pie que con el talón. Apoyar primero el talón sería lo que se conoce como “talonear”. Como explica Gil (2020), es un hábito que traería más desgaste, puesto que produciría un freno en la marcha, lo que genera también mayor impacto y posibilidades de lesiones. Por esto, entre quienes corren, existe la tendencia a una reeducación del correr si se talonea, a pesar de su complejidad:
…cuando el corredor se decide a hacer el cambio, debe realizar un gran esfuerzo […]. El propio etnógrafo atravesó ese proceso y aún no ha encarnado completamente la manera de pisar con la punta del pie para evitar sobrecargar los talones y sus maltrechos tendones de Aquiles (Gil, 2020: 6).
Por el contrario, talonear sí estaría permitido cuesta abajo, en terreno o material suelto, como piedrecillas o barro, pues se controla la velocidad. Descender de esta forma afectará otros músculos y la postura, e incluso el movimiento de brazos deberá cambiar. Cobrarán gran relevancia las sensaciones hápticas, que van más allá del contacto que la piel tiene con la ropa, las zapatillas o el terreno, sino que también tienen que ver con cómo se mueve quien corre: cinestesia, cómo siente sus músculos (propiocepción) y cómo se equilibra el sistema vestibular (Gil, 2020).
La sensación que se tenga, la preparación física e incluso la osadía conllevarán poder aumentar la velocidad o disminuirla, lo que influirá también en la percepción del entorno. El control de la velocidad requiere conocimiento del cuerpo, así como su mantención, adoptando un ritmo. El control genera desgaste, que será diferente en distintas condiciones, pues no será igual mantener un ritmo subiendo que bajando, ni en condiciones de calor o frío. En estas cuestiones median también otros elementos, como la indumentaria deportiva, si se corre por la tarde o la mañana y el hábito corporal al respecto; hay quienes corren mejor en frío o en la tarde, quienes aguantan mejor la humedad o la altura o quienes necesitan más o menos agua.
Si bien la corporalidad es uno de los elementos fundamentales a considerar en la experiencia de correr, para comprenderla como un modo de habitar, es importante abordar la dimensión espacial. Como señala Cresswell (2004), los lugares no están establecidos de antemano, sino que operan a partir de la práctica; serían una forma de entender el mundo, más que una cosa que está en el mundo. Los lugares se negocian en función de las prácticas de quienes estuvieron antes, pero que cambiarán a partir de la práctica de quienes vengan a futuro (Cresswell, 2004). Por tanto, al movernos corriendo por un sitio particular, lo localizamos en función de las particularidades que conlleva correr, comprendiendo el mundo desde esta práctica.
La mayoría de las ciudades cuentan con espacios destinados a prácticas más lentas o más rápidas que correr; son pocas las que ofrecen lugares exclusivos y permanentes para correr. Por lo tanto, quien corre por la ciudad se va haciendo lugar en espacios diseñados para otros ritmos: lo hace por calles destinadas principalmente a automóviles, por ciclovías para bicicletas o por aceras ideadas para peatones. Algunas ciudades cierran esporádicamente algunas calles para practicar deportes, y eventualmente también para carreras populares. El hábitat de quien corre por la ciudad es, por tanto, un hábitat en que se pueden suceder disputas por el espacio (ver “Tráfico urbano”). Por esto, quienes corren buscan parques o paseos, para así evitar lugares concurridos, gases de automóviles o situaciones peligrosas (Larsen, 2022).
Para poder encontrar un lugar, es necesario poder percibirlo, lo cual está determinado por la actividad que se desarrolla (Gibson, 1996), conformándose de forma diferente, por ejemplo, para quien corre y camina. Pero estar en un lugar no lo convierte en significativo. Es a través de cómo los sentidos, que son parte de la experiencia en movimiento, perciben las posibilidades del lugar la manera en que lo irán dotando de determinadas características (Spinney, 2006; Spinney, 2007). La configuración de los sentidos de quien corre puede ir variando en función de cuestiones como las condiciones climáticas (Larsen, 2022), el ritmo (Zunino Singh, 2018), la velocidad (Bale, 2013), la resistencia o el esfuerzo.
Por ejemplo, la vista se entrena en la búsqueda de obstáculos que sortear y referencias espaciales, y puede ser interrumpida o modificada por el propio sudor, el viento o la lluvia, o parecer distorsionada, como cuando se produce visión de túnel; el olfato se hace evidente en la mañana cuando a gran distancia se huele el perfume de una persona o en el día cuando se huelen los gases de los automóviles; el oído a veces se cierra con el esfuerzo, otras se amplifica en busca de referencias o en alerta a peligros inminentes; el gusto a momentos se atrofia con el esfuerzo, y el agua o los alimentos no saben igual; mediante los pies se van sintiendo las diferencias de terreno y los múltiples materiales que lo componen, así como su estado; en la cara y el resto del cuerpo, se siente el viento, el granizo, el sol, la humedad, las hojas, las ramas u otros objetos; la propiocepción se hace evidente cuando quien corre se concentra en sus músculos y la posición de su cuerpo, conociendo incluso con qué parte del pie pisa y cómo se realizan las zancadas para avanzar; sería imposible mantener el balance durante el impulso sin el equilibrio, que en quien corre actúa en momentos de aceleración, desaceleración, cambios de trayectoria y de posición. Es preciso que quien corra se oriente espacialmente para poder coordinar sus movimientos y resolver con su cuerpo las dificultades o situaciones novedosas que se le presenten o, al contrario, las situaciones que se espera sucedan dentro de lo establecido, por ejemplo, de las normas del tránsito. Como plantean Cook, Shaw y Simpson (2016), a partir de la disputa del espacio, quienes corren realizan acciones, como bajar a la calle o hacer slalom para esquivar personas, automóviles, bicicletas, árboles, perros u otros obstáculos que se puedan presentar.
Debido a su transitoriedad, correr una vez por un territorio o viajar a una competencia y no volver más donde se celebró se podría pensar que representa lo opuesto a habitar un lugar. Sin embargo, quienes corren pueden crear un arraigo profundo en estos lugares, lo que puede generar un deseo de regresar a ese entorno significativo. Las temporalidades y espacialidades que se configuran al correr pueden remitir a un momento efímero, veloz, transitorio, pero también a uno duradero (Gil, 2020). La memoria es una de las formas en que se crea conexión con el lugar, configurándolo como significativo (Scannell y Gifford, 2009), como el caso de Orellana, que relata cómo cada año participaba en el maratón de Puerto Varas: “…me encantaba correrla, por la salvaje belleza del trayecto y porque recorría lugares que formaban parte de mi infancia” (Orellana, 2017: 145).
Jirón (2018) propone la noción de “lugares transientes”, que serían espacios fijos, pero no de permanencia, sino de movimiento continuo, que las personas que los transitan podrían apropiar y significar a partir de su movimiento en ellos. Desde esta posibilidad, el proceso de lugarización de quien corre podríamos pensarlo desde una perspectiva de movimiento continuo, sin importar que corra por un lugar de tránsito o permanencia; quien corre va modificando mediante su acción su relación con el lugar y, con ello, apropiándose de él. No es un lugar que está, sino que se produce, que se conforma en la medida en que quien corre provoca una impronta y al mismo tiempo es sometido a otras, conforme las características del lugar y la actuación corporal que requiere para generar el movimiento. Su experiencia, por tanto, no sería solo corporalidad y ambiente, sino una conformación particular de personas y cosas que se configura y es configurada por las acciones que se dan (Pink, 2011). Por lo tanto, quien corre genera un proceso de lugarización permanente. Es la constante evolución, funcionamiento y actuación de los lugares que, según Cresswell (2004), se da mediante las acciones de las personas, que son las que finalmente construyen el lugar.
Correr en América Latina
En América Latina, correr ha formado parte de dinámicas de sobrevivencia, comunicación, juego, competencia y ceremonia. Se ha desarrollado como una forma de transporte, trabajo, conocimiento e incluso protesta. Al día de hoy, en las olimpiadas o mundiales de atletismo, se celebran carreras de relevos, como las postas, o en Japón el Ekiden, pero en América Latina otros relevos se celebraron ya hace siglos y no solo como práctica deportiva, puesto que correr por el territorio americano no es nuevo. Un ejemplo es el de los incas, que lo hicieron como una manera de mantener el control político-social de un imperio. Hoy conocemos caminos que eran recorridos para traslados y trueques, pero también corridos por chasquis mensajeros para llevar noticias de un lugar a otro. Empleando el relevo, cada mensajero recorría una distancia relativamente pequeña, lo que permitía que el mensaje fuese trasladado a la mayor velocidad posible (Ugarte, 1999).
Si bien el Imperio inca desapareció, las reminiscencias de las carreras de relevo han permanecido. Las Carreras de Chasquis del artista Luis Arias Vera fueron un evento cultural y deportivo desarrollado en la década de 1970. Buscaba que poblaciones rurales de Perú se conectaran a través de carreras de postas. Quería emular a los incas, pero transformando la experiencia de los cuerpos que antaño se utilizaban para transmitir mensajes en un evento artístico-deportivo que intentaba empoderar pueblos del Perú mediante una tradición indígena que había sido marginalizada en el proceso de colonización (Guerrero, 2011). Una tradición también se han vuelto las Carreras de Chasquis que se celebran conjuntamente entre Ecuador y Perú para conmemorar la firma del tratado de paz que ambos países llevaron a cabo en 1998, es decir, correr como una forma de celebrar la comunidad. Tras correr casi 27 kilómetros desde el lado ecuatoriano y 56 kilómetros del lado peruano, los participantes de ambos países se reúnen en la frontera. Como conmemoración del tratado de paz y el desarrollo conjunto, realizan ahí danzas y eventos culturales y deportivos (Ministerio del Deporte, 2018).
Al igual que los incas, otros pueblos americanos tenían el correr arraigado fuertemente en su cultura: los guaraníes, los seris del golfo de México o los huicholes cazaban corriendo, corrían para su subsistencia. Los sioux, junto a otros pueblos de Estados Unidos, organizaban competencias, mientras que los navajos corrían largas carreras para conferir prosperidad a las plantas y traer lluvia (Delgado, 2003). Sin embargo, tal vez uno de los pueblos que más interiorizado tiene el correr como parte de su cultura es el rarámuri, que puebla la Sierra Tarahumara, en México (Martínez, 2021).
La relación de los rarámuris con su mundo, la Sierra Tarahumara, se constituye en la movilidad. Al recorrer la sierra, yendo a sus cultivos en las elevadas cumbres y profundas barrancas, se configuran como personas. Para los rarámuris, su modo de vida proviene del consejo que entregó Onorúame a los antiguos rarámuris. Ese consejo se transmite mediante la palabra y al recorrer colectivamente: el anayáwari boé o “el camino de los antepasados”, que refiere a la práctica de sus costumbres “mediante acciones, pensamientos y palabras en el día a día” (Martínez, 2021: 6).
Unas de estas costumbres más importantes son las carreras rarámuris. Delgado (2003) explica que destacan por su valor social. En ellas se comparten experiencias e impresiones: mantener la comunicación es el mayor valor de la carrera, restando importancia incluso a ganar. Las carreras de hombres se denominan rarajípari y consisten en patear una bola de madera de unos ocho centímetros, mientras se corre en un circuito. La de las mujeres se denomina rowera o carrera de ariwueta y consiste en impulsar con una varilla una ariweta o aro, que mide entre cinco y quince centímetros de diámetro y está hecho de ramillas vegetales. Hay tres tipos de carrera, grandes, medianas y pequeñas, y cada una varía en distancias. Los hombres corren entre 100 y 200 kilómetros, y las mujeres, entre 50 y 100 kilómetros. Las carreras cumplen funciones deportivas, pero también económicas, ya que existen apuestas, que permiten “la circulación de bienes en esferas intra e intercomunitarias” (Delgado, 2003: 140). A partir de estas carreras, han surgido grandes atletas rarámuris, que han pasado de competir en carreras locales a hacerlo en circuitos internacionales. Una de ellas es Lorena Ramírez, corredora rarámuri y de ultra trails, famosa por el documental Lorena, la de pies ligeros, del director Juan Carlos Rulfo (2019), pero principalmente por haber ganado varias carreras internacionales, siempre con su indumentaria tradicional, que incluye sus huaraches o sandalias, un calzado minimalista que contrasta con las zapatillas de última tecnología del resto de participantes.
De otros lugares de América Latina, también han surgido grandes corredores con otras motivaciones: les ha permitido subsistir. A principios del siglo xx, la ciudad de Santiago se expandía y algunas personas debían caminar grandes distancias para realizar su trabajo; nacieron así los andarines. Uno de ellos era Luis Subercaseaux, primer representante de Chile en los Juegos Olímpicos. En paralelo, la venta de periódicos obligó a los suplementeros a caminar y correr largos trayectos en la ciudad (Cauas, 2008). En la primera maratón de Chile, corrida en el Hipódromo Chile de la ciudad de Santiago en 1909, quedó en segundo lugar César Cornejo, y tercero Martiniano Becerra, considerado el primer maratonista chileno: ambos vendedores ambulantes de periódicos (Herrera, 2015a). En las Olimpiadas de Ámsterdam de 1928, Manuel Plaza, suplementero y admirador de Becerra, se convirtió en el primer chileno en ganar una medalla olímpica al llegar en segundo lugar en la maratón (Cauas, 2008).
En 1905 Becerra lanzó el desafío de correr, de ida y vuelta, de Santiago a Chillán. Unos años después, en 1913, se celebró también la primera carrera Santiago-Valparaíso, con quince participantes y 144 kilómetros de recorrido, los que se corrieron todos los años hasta 1922. Cerca de 70 años después, esta carrera volvió a celebrarse de forma anual, y en casi todas triunfó Erwin Valdebenito (Herrera, 2015b). Valdebenito ha corrido maratones y competencias de 24 horas. Becerra y Plaza corrían porque ser suplementeros los preparó, mientras que Valdebenito se preparó a partir de aprovechar la distancia entre su casa y su trabajo: todos los días corría unos 20 kilómetros hasta su oficina en el centro de Santiago de Chile, como se puede apreciar en El corredor, documental de 2005 que el director Cristián Leighton realizó sobre Valdebenito.
En la actualidad, en América Latina encontramos también personas que incorporan el correr como parte fundamental de su vida. Adrián Zenteno, corredor amateur mexicano, viajó a Ecuador y decidió cruzarlo corriendo. Empezó el 5 de octubre de 2017 en Quito y terminó un mes después en Macará, justo en la frontera con Perú (Garzón, 2017). Pero, igual que se puede promocionar un lugar, también se puede intentar dar cuenta de una situación que lo puede cambiar por completo. Es el caso del Cajón del Maipo, en Chile, lugar en que se está desarrollando un proyecto hidroeléctrico que podría transformar por completo su configuración y dinámica. Es por esto por lo que Felipe Cancino corrió por todo el trayecto en que pasarán los túneles de la hidroeléctrica, los cuales desviarían el agua de algunos ríos del valle: “[Quería] hacer algo al respecto desde mis posibilidades y mi manera de acción: correr” (citado en el documental de Casado, 2021). Como Cancino, cada año seguirán siendo miles quienes corran en Perú, Colombia, Costa Rica, Argentina, Bolivia u otros países de Latinoamérica. Año a año, seguramente aumentarán también eventos deportivos como maratones y sus participantes. Posiblemente, este crecimiento congregue nuevos estudios que, como el de Gil (2020), puedan dar cuenta de la experiencia de correr.
Correr por la ciudad como deporte conlleva tecnología, socialización, es parte de manifestaciones artísticas, y hay quienes lo adoptan como un modo de vida, reproduciéndose vivencias tanto en términos de comunidades locales o globales, en persona o de forma virtual, compartiendo trayectos, logros, ritmos, entre un centenar de otros factores que van constituyendo la experiencia de correr por la ciudad en América Latina. Queda a futuro poder adentrarse a fondo en cada uno de estos factores, ver qué enfoques son los más apropiados para su estudio (ver “Métodos móviles”), para entender el habitar particular de quien corre por América Latina y comprender cómo interactúan y se configuran en la generación de la experiencia de correr.








