Ramiro Segura y Paola Jirón
Esta entrada aborda los métodos móviles, prestando especial atención a los desarrollos metodológicos cualitativos en las ciencias sociales (sociología, antropología y geografía) en las últimas décadas. Dentro de la categoría “métodos móviles”, se agrupa un conjunto heterogéneo –y en expansión– de técnicas, herramientas y enfoques que tienen en común la finalidad de seguir, documentar, comprender y explicar las múltiples movilidades, redes y vínculos de personas, cosas e ideas constitutivas de procesos sociales y culturales. Aunque no se trata de preguntas y de prácticas de investigación necesariamente novedosas, las casi dos décadas que siguieron al mobility turn (Cresswell, 2010) en la teoría social condensadas en la formulación del “nuevo paradigma de la movilidad” (Sheller y Urry, 2006) han sido especialmente prolíficas en la innovación y la diferenciación metodológica.
Aquí nos proponemos desanudar los presupuestos que vinculan de manera unilateral los “métodos móviles” tanto con la “movilidad” de quien investiga, como con la “novedad” introducida por el giro de la movilidad. Posteriormente, explicaremos las formas en que se han aplicado los métodos móviles en campos temáticos específicos, así como detallaremos las técnicas que facilitan su aplicación. Finalmente, presentamos algunos ejemplos de métodos móviles que han sido aplicados en América Latina, así como los desafíos metodológicos para el futuro de la investigación sobre las movilidades en la región y desde ellas.
Método, metodología y técnicas desde las movilidades
El abordaje de los métodos móviles requiere, antes de abocarnos a su carácter móvil, un esclarecimiento de la noción de “método”. Precisamente en campos pretendidamente innovadores como el que abordamos aquí, se observa la tendencia recurrente a reducir el método, entendido como el enfoque situado que organiza el recorrido de una investigación de principio a fin a una técnica de producción de datos que, en este caso, sería distintiva por la movilidad del investigador o del objeto de estudio. En este sentido, diversos autores han advertido que una metodología móvil no se restringe exclusivamente a aquellos sujetos y objetos que por su propia naturaleza están siempre en movimiento, ni se trata necesariamente de una investigación que se realiza íntegramente en movimiento por parte de quien investiga. Por esto, se torna imperioso no confundir las movilidades como objeto de investigación con la movilidad como metodología de investigación, ya que estos métodos no son móviles solo porque sirvan para recoger datos sobre el movimiento, sino porque ayudan a comprender las diversas manifestaciones de las movilidades en la vida social (Büscher y Veloso, 2018) o fenómenos sociales difíciles de ver con otros métodos.
Los métodos móviles refieren, entonces, a las herramientas y técnicas desplegadas a lo largo de procesos de investigación situados que, atendiendo al carácter procesual de las dinámicas sociales, buscan comprender y narrar las in/movilidades involucradas en el flujo de la vida social. Se amplía, de esta manera, el universo de los métodos móviles, en un doble sentido. Por un lado, reconociendo grados diferenciales y cambiantes de in/movilidad a lo largo del proceso de investigación, tanto por parte del investigador como de parte de los sujetos y los objetos investigados. Por el otro, reconociendo que la movilidad puede constituir el objeto de la investigación, así como también puede ser un enfoque para conocer otros procesos sociales (Zunino Singh, Giucci y Jirón, 2018; Jirón e Imilan, 2018). Quizás sea precisamente en esta última mirada donde la riqueza de los métodos móviles ha dado mejores resultados, ya que en muchos casos logran hacer visibles elementos que previamente se veían desconectados o simplemente no se veían y establecer relaciones entre ellos. Parafraseando a Wright Mills (1964), la “promesa” de estos métodos descansa no solo ni exclusivamente en seguir las movilidades de personas, cosas y signos, sino en las posibilidades que las prácticas, los senderos, las conexiones y los nudos identificados por medio del despliegue de métodos móviles abren para –como señaló Haraway (2016)– contar nuevas historias y relatar de otro modo las historias tradicionalmente contadas.
Entendidos en este sentido amplio, resulta evidente que también se expande el horizonte temporal de los métodos móviles. La creciente interconexión espaciotemporal y la consecuente circulación de personas, cosas e ideas en un mundo globalizado desde hace décadas vienen promoviendo la reflexión sobre las movilidades involucradas en campos de estudios diversos y cuestionando categorías centrales de análisis como sociedad, nación y cultura, o conceptos de una escala menor como el de “barrio” o “lugar de trabajo”, por ejemplo. En este sentido, la invitación a actualizar el diccionario de palabras clave de las ciencias sociales realizada por el antropólogo sueco Ulf Hannerz (1996) resulta muy instructiva: si Raymond Williams tuviera que escribir hoy ese libro paradigmático que es Keywords: A Vocabulary of Culture and Society –sostenía Hannerz hace ya más de dos décadas- es muy probable que las nociones de flujos, fronteras e híbridos (y otras categorías afines) tuvieran su merecido lugar en ese catálogo de conceptos, imágenes, experiencias y problemas del análisis sociocultural contemporáneo.
En esta dirección, la investigación antropológica sobre las dinámicas culturales en la globalización desafió el concepto antropológico de “cultura” como unidad discreta, delimitada y autónoma localizada en un territorio, para pensarla como el producto situado y contingente de la interconexión, el entrelazamiento y la (dis)yunción de flujos y paisajes (Appadurai, 1996) de escalas y temporalidades diversas en sitios particulares (Abu-Lughod, 1999). En términos de James Clifford (1997), para la antropología se trataba de dejar atrás la preocupación por descubrir las “raíces” de las formas e identidades socioculturales y, en cambio, trazar las “rutas” –movimientos, encuentros, intercambios y mezclas– que las (re)producen y las transforman.
De manera análoga, la perspectiva transnacional en el estudio de las migraciones puso en evidencia el nacionalismo metodológico generalmente implícito en las ideas dominantes sobre sociedad, noción tradicionalmente vinculada de manera unívoca a la escala del Estado nación. La experiencia social de migrantes y comunidades diaspóricas mostró, en cambio, la existencia de campos sociales translocales, conjuntos de redes de relaciones sociales entrelazadas a través de las cuales se intercambia de manera desigual, se organizan y se transportan ideas, prácticas y recursos que cuestionan las distinciones tajantes entre lo local, lo nacional y lo global (Levitt y Glick Schiller, 2004) y dan lugar a diversas formas de “urbanismo transnacional” (Smith, 2005; Glick Schiller, 2005) (ver “Movilidad de políticas”).
Estas exploraciones sobre transnacionalismo, migraciones y diásporas, circulación y procesos culturales en la globalización, entre otras, crecientemente descansaron en métodos móviles como la etnografía multisitio, cuyas características fueron sistematizadas por George Marcus (1995) como una alternativa a las tradicionales investigaciones que combinaban “etnografías locales” y “contextos globales”, y en las cuales el contexto o bien determinaba lo local o bien quedaba como un marco externo escindido de lo local. Como vía para evitar esta dicotomía entre lo local y lo global, el texto y el contexto, la etnografía multisituada asume como tarea indagar la circulación de significados, objetos e identidades en un espacio-tiempo difuso, es decir, una etnografía móvil que “sigue a la cosa” y, de esta manera, se incorpora al sistema mundo y reconstruye una parte de este. La propuesta de Marcus no se presentaba a sí misma como una completa novedad, sino que –al igual que los desarrollos de Hannerz– reconocía este tipo de búsquedas en investigaciones etnográficas e históricas previas, que siguieron personas (Malinowski, 1922), mitos (Lévi-Strauss, 1964), cosas (Appadurai, 1986), etc. En suma, seguir conexiones, asociaciones y relaciones constituye el centro de la etnografía multilocal desarrollada inicialmente en campos interdisciplinarios sobre comunicación, ciencia y tecnología, desarrollo, entre otros, y que en las últimas décadas se ha desplegado siguiendo mujeres y textos culturales (Abu-Lughod, 2003), mercancías (Appadurai, 1986), niños (Leinaweaver, 2008) e incluso hongos (Tsing, 2015).
En el ámbito de la geografía, particularmente en la geografía humana, se puede destacar el trabajo de la geografía del tiempo, donde el tiempo y el espacio se entienden como inseparablemente unidos uno al otro (Pred, 1996). El geógrafo sueco Torsten Hägerstrand formuló originalmente el enfoque en los años 80, cuando criticaba que el estudio agregado de poblaciones enmascaraba la naturaleza verdadera de los patrones humanos de movimiento, planteando que el tiempo, pese a ser objetivamente el mismo en todas partes, no se experiencia, valora, utiliza o está disponible de la misma manera para todos, ya que el tiempo también está espacializado (Jarvis, Pratt, et al., 2001). Dentro de este enfoque, Hägerstrand (1970, 1975) desarrolló el “mapa tiempo espacio” para ilustrar cómo una persona navega simultáneamente por el espaciotiempo. Estas cartografías iniciales que explícitamente daban cuenta del movimiento han sido actualizadas y, con el uso de sistemas de información geográfica, permiten registrar y representar las formas en que las personas se mueven a través del espaciotiempo. Esta técnica ha sido utilizada por geógrafas y geógrafos como Kwan (2002) en estudios de género o en estudios de espaciotiempo (Thrift, 2005) y, a la vez, ha sido criticada desde una mirada feminista por estimar que el espacio es neutro y universal (Rose, 1993). A partir de esta crítica, surge un elemento crucial para la geografía feminista a partir de los estudios de movilidad, con relación al reconocimiento de las diversas formas en que los cuerpos se mueven. El uso del cuerpo como herramienta de investigación en los estudios de movilidades ha sido fundamental (Fincham, McGuiness y Murray, 2010), en particular como una forma de ver, sentir o pensar los territorios y comprenderlos de manera encorporada y situada.
Uso de métodos móviles y su crítica
Parte importante del giro de la movilidad, que en cierta medida se basa en algunas propuestas del precedente giro espacial, implica reconocer la relevancia de las vidas cotidianas: las múltiples formas de habitar que, para parafrasear a Urry (2007), se despliegan entre la inmovilidad forzada y la movilidad obligada, como el aumento de las movilidades para unos y la posibilidad de permanecer quietos para otros. Todo lo cual involucra abordar los accesos desiguales a –y cambiantes relaciones y usos de– las nuevas tecnologías que amplían las complejas formas en que vivimos en la actualidad.
El mobility turn propició la innovación metodológica con vistas a comprender el modo en que diversas movilidades de personas, objetos e ideas forman parte de redes y de conexiones localizadas de modo variable en el tiempo y el espacio, modelando específicas formas de habitar. El análisis interactivo y conversacional, la etnografía móvil que implica el movimiento itinerante con personas y objetos, la elaboración de diarios de espaciotiempo textuales, pictóricos o digitales, las autoetnografías, los diversos métodos de investigación cibernética y etnografía digital son algunas de las estrategias metodológicas desplegadas para la comprensión del habitar contemporáneo.
Existen al menos dos textos seminales que dan cuenta de la irrupción de los métodos móviles como un campo de exploración y de innovación: Mobile Methods (Buscher, Urry y Witchger, 2010), considerado uno de los primeros libros en mostrar los desafíos y las oportunidades de investigar fenómenos móviles con base en una discusión interdisciplinaria extensa y mobile methodologies (Fincham, McGuiness y Murray, 2010), que discute los métodos móviles al explorar el movimiento del cuerpo a través del espacio. Dentro de los enfoques predominantes en el campo de los métodos móviles, la etnografía ha tenido una particular importancia. Ejemplos del uso de la etnografía son los trabajos ya clásicos de Marc Augé sobre el metro de París (Augé, 2002) y de Maspero (1994) viajando en el Roissy Express en la misma ciudad, bajándose en cada estación para observar y participar en los espacios del entorno. En el ámbito urbano, se rescató el trabajo de Michel de Certeau (1986), quien tempranamente remarcó la relevancia de caminar y de relatar la ciudad como formas de captar las “maneras de hacer” de la vida cotidiana, lo que ha llevado al desarrollo de investigaciones sobre las formas de caminar (Middleton, 2010; Ingold y Vergunst, 2008) y andar en bicicleta (Spinney, 2009) (ver “Ciclismo urbano”). Al respecto, Vergunst (2011) señala la persistente preocupación de los etnógrafos acerca del movimiento de sus informantes y enfatiza sobre la importancia de las técnicas y las habilidades corporales en el trabajo de campo desde una perspectiva de movilidad. Asimismo, si bien advierte sobre el uso de las tecnologías como herramientas para investigar, resulta relevante tener presente que muchos de los trabajos etnográficos incorporaron el uso de dispositivos como cámaras fotográficas, teléfonos móviles, GPS, drones o videograbadoras, como el caso de Spinney (2009), quien sigue a sus participantes mientras los filma en bicicletas. Esto forma parte de la incorporación de métodos visuales a los móviles (Pink, 2009; Vannini y Jensen, 2020), como la inclusión del uso de fotografía, dibujo, videos, mapeos, elicitación fotográfica, entre otros. Estos trabajos pueden ser complementados con entrevistas, grupos focales, mapas mentales o historias de vida que den cuenta de un recorrido de vida, etc.
Por otra parte, Latham (2003; 2004) propuso el método de diario-fotografía/diario-entrevista, donde se les solicita a las personas escribir diarios y fotografiar sus experiencias diarias, los lugares que recorren o que tienen especial significación y los eventos de la semana. Latham usa una versión simplificada de mapas tiempo-espacio para explicar los trayectos que se llevan a cabo junto con material fotográfico (Latham, 2004). Por medio de un enfoque participativo, Latham minimiza la intervención del investigador sobre qué y cómo se registran las cosas (Bijoux y Myers, 2006), accediendo a datos densos producidos por las personas participantes, quienes tienen un lugar preponderante en lo que se captura. Este tipo de técnicas ha probado ser útil con participantes jóvenes, quienes aparecen dispuestos a probar dichas técnicas (Dodman, 2003), o con niños (Murray y Cortés, 2018).
En relación con estos distintos métodos que intentan observar la experiencia cotidiana y seguir el movimiento de las personas en espaciotiempo, Kusenback (2010) formula una distinción relevante entre trayectos y tours. Los primeros refieren al viaje completo que realizan las personas en el día a día y dan cuenta de un continuo en su experiencia cotidiana desde principio a fin, independientemente del modo de transporte que se utilice. Estos viajes forman parte de las experiencias cotidianas que existen antes de que aparezca el investigador, y continuarán una vez que este desaparezca. Los trayectos pueden ser mejor observados por métodos como el sombreo (Jirón, 2010), que implica acompañar a los viajeros en un día completo desde el momento en que salen de sus casas hasta que llegan al destino y todas las movilidades que desde allí se desprenden hasta volver a casa. Lo interesante de esta técnica es que acompaña a las personas independientemente del modo de transporte utilizado; no se centra en el caminar como muchos de los otros métodos, sino en la forma en que se vive la vida cotidiana en movimiento, desplegando –y muchas veces combinando– diversos vehículos como automóviles (Laurier, 2004), bicicletas (Spinney, 2009), ferries (Vannini, 2012), lanchas (Lazo y Carvajal, 2018), trenes (Bissel, 2009), entre otros. El rol del investigador al acompañar a los viajeros es un aspecto fundamental para aprehender las experiencias en múltiples modos, ya que ayuda a comprender las experiencias espacio-sociales como encorporadas, multisensoriales y emocionales (Bijoux y Myers, 2006). Aquí se observa con detalle los cuerpos (Middleton y Byles, 2019; Muñoz, 2021), así como el entorno físico material, los objetos, los otros copresentes y las estrategias de viaje, y se indaga sobre lo que sucede antes y después del viaje y durante su transcurso (Jirón y Imilán, 2018).
En cuanto a los tours, Kusenback (2010) se refiere a viajes donde los participantes son acompañados en un recorrido específico, quizás predefinido, donde se intenta presentar lugares y entornos que pueden ser significativos y la experiencia investigativa resulta ser una suerte de tour de lugares específicos (Carpiano, 2009), como recorridos comentados.
Entre los trayectos y los tours, existen diversas posibilidades de realizar observaciones y complementarlas con fotografías, videos, dibujos, entre otras herramientas. El desplazamiento propuesto por los métodos móviles desde análisis centrados en unidades fijas y delimitadas hacia análisis móviles donde se despliegan formas de mirar los modos en que se vinculan, relacionan y entrelazan personas, objetos, redes e imágenes propició además un creciente trabajo de investigación en términos de representación de los resultados sobre las movilidades, utilizando recursos fílmicos, literarios, dibujos (Jirón e Iturra, 2014) y cómics (Muñoz, 2021; Ravalet et al., 2014), entre otros, que ya contaban con antecedentes relevantes en otros campos de saber. Al respecto, cabe destacar los trabajos de Tim Ingold (2011a) y Michael Taussig (2011), quienes por medio del dibujo buscan formas de hacer, observar y describir.
La productividad de esta experimentación metodológica es indudable, así como veloces fueron las críticas recibidas. Más allá de aquellas centradas en el pretendido carácter novedoso o singular de los métodos móviles –que ya hemos reseñado al inicio de esta entrada–, se abrió un relevante campo de debate sobre la naturaleza móvil de los métodos móviles. En términos de Merriman (2014), el foco de los métodos móviles corre el riesgo de desplazarse desde una discusión sobre las diversas técnicas, herramientas y métodos que pueden facilitar la investigación de las movilidades hacia la concentración en métodos en los que el investigador debe moverse con sus sujetos de análisis. Esta exigencia descansa en un conjunto de supuestos epistemológicos y metodológicos discutibles, centralmente cierta ilusión empirista por la cual el único modo de estudiar la movilidad sería moviéndose. Como han señalado recientemente Elliot et al. (2017), indudablemente seguir “cosas en movimiento”, como Appadurai (1986) sugirió originalmente, ha demostrado ser una estrategia productiva para perseguir diversas preocupaciones empíricas y teóricas, pero la práctica de seguir puede adoptar dos formas metodológicas principales. El primer modo –quizás más intuitivo– de interacción requiere que el investigador viaje junto con las cosas en movimiento que se están estudiando. El segundo modo de participación metodológica se basa en las observaciones, las entrevistas, los mapeos y otras técnicas de rastreo del investigador destinadas a capturar las múltiples movilidades e interrelaciones de la cosa, y esta forma requiere, entonces, el despliegue de movilidades imaginativas. En este último modo, podemos ubicar también los señalamientos de Merriman (2013b) acerca de la relevancia de los enfoques históricos para el análisis de las prácticas de conducir, resaltando los distintos métodos y la relevancia de las fuentes documentales para captar prácticas, eventos, sujetos y espacios particulares. Asimismo, en una dirección similar, Löfgren (2008) ha destacado la importancia de la historia para abordar la emergencia de nuevas tecnologías y sus efectos en las prácticas sociales de movilidad.
En relación con estas cuestiones, ha sido relevante el cambio realizado desde la historia del transporte (que observa modos) hacia la historia de la movilidad o la movilidad en la historia, donde, a partir del cambio de objetos de estudios, de preguntas, de fuentes y de métodos de análisis, se ha buscado incorporar una mirada transdisciplinaria y transnacional al estudio de la historia del transporte (Mom et al., 2011; Mom, 2017). Este cambio busca insertar el giro de la movilidad en la historia, tornándola menos eurocéntrica y más cultural (Ver “Historia, cultura y movilidad”). Lo anterior incluye aportar al análisis histórico desde miradas de la movilidad vinculando estudios de la historia del turismo, el transporte y la migración (Pooley, 2017), o el giro cultural junto a nuevas miradas de la historiografía (Divall y Revill, 2005).
Por otro lado, autores como D’Andrea, Ciolfi y Gray (2011) plantean que los avances empíricos y conceptuales de los estudios de movilidad han sido menos significativos que aquellos que proponen innovaciones metodológicas. Mientras que predominan enfoques microsociológicos y fenomenológicos, los estudios a gran escala sobre las movilidades requieren de perspectivas multiescalares y críticas para expandir las posibilidades analíticas y de intervención de la agenda de investigación sobre movilidades. Quizás un avance en este sentido sea la propuesta de Manderscheid (2016) respecto a las posibilidades de métodos cuantitativos, principalmente abogando por formas en que los números pueden ser útiles para comunicar con las políticas públicas. Entre estos últimos, destacan las tradicionales encuestas domiciliarias de origen y destino (Anapolsky, 2017), por medio de las cuales se recolecta información sobre las viviendas, sus integrantes, los viajes, los motivos de estos y los medios de transporte de una muestra estadísticamente representativa para estudiar cómo se comporta una población a niveles agregados. Asimismo, en los últimos años, el big data y las diversas tecnologías digitales pueden ser un aporte relevante a los métodos móviles. Esto resulta ser de importancia en discusiones como aquella en torno a las smart cities, donde, a partir del uso de big data de fuentes como telefonía móvil, tarjetas de viaje, redes sociales, entre muchas otras, es posible incorporar inteligencia a las ciudades para dar cuenta de problemáticas complejas, como puede ser el seguimiento de contagios en tiempos de pandemia, o la localización óptima de lugares de vacunación, por ejemplo (Carranza et al., 2022; Sauré et al., 2021; Munizaga et al., 2021).
Métodos móviles en el contexto latinoamericano
Los estudios de movilidad en la región existen desde hace un tiempo y de diversas formas. La ciudad de los viajeros, un trabajo seminal dirigido por el antropólogo Néstor García Canclini, exploró los imaginarios urbanos de la Ciudad de México. Para esto construyó un corpus con fotografía histórica y actual, así como con películas de personas que se mueven en la ciudad, presentando estas imágenes para discutir en focus group con viajeros cotidianos (García Canclini, Castellanos et al., 1996; García Canclini, 1997). Trabajos más recientes como Viajeros del conurbano bonaerense, dirigido por Daniela Soldano (2017), y Experiencias metropolitanas (Chaves y Segura, 2021) han continuado esta línea de exploración de las movilidades a escala metropolitana en grandes ciudades latinoamericanas. Asimismo, la investigación de Tomás Errázuriz (2012) sobre la historia del viaje metropolitano ha definido esta práctica no solo en relación con su extensión, sino también respecto de las modalidades de viaje que involucran relaciones interdependientes entre artefactos tecnológicos de transporte (autos, trenes, colectivos) (Giucci y Errazuriz, 2018) y la vida urbana cotidiana.
Resulta relevante destacar el desarrollo de propuestas y reflexiones metodológicas originales en la investigación regional de las movilidades: el trabajo con “historias de viaje” desarrollado desde la geografía por Andrea Gutiérrez (2012, 2017) para analizar las dificultades de accesibilidad a servicios públicos, la etnografía de prácticas culturales móviles como el tiempo libre de los sectores populares y la reconstrucción de los “circuitos” juveniles en la ciudad de San Pablo llevados adelante por Magnani (2002, 2005), el desarrollo de “acompañamientos” o “sombreos” propuestos por Paola Jirón (2010; 2020) a partir de su investigación sobre movilidad cotidiana en Santiago de Chile, la indagación sobre la relevancia del espacio de proximidad para la movilidad urbana cotidiana y las movilidades en zonas lacustres exploradas por Lazo (2018), el relevamiento de las movilidades en Lima de Vega Centeno (2003), el abordaje de la accesibilidad en Montevideo por parte de Diego Hernández (Hernández, 2018), la complejidad de los viajes de trabajadoras domésticas en la ciudad de Bogotá por parte de Valentina Montoya (Montoya-Robledo et al., 2020), o las metodologías participativas desarrolladas por Lake Sagaris para incentivar el uso de la movilidad activa en Santiago de Chile (Sagaris et al., 2020).
Uno de los problemas que se presentaron durante los dos años de pandemia para los investigadores en general, pero sobre todo para quienes estudian temáticas de movilidad, se refiere a cómo investigar el movimiento cuando, para gran parte de la población, era imposible moverse. Esto dio pie a un proceso de improvisación y creatividad para conocer las experiencias de movilidad en el marco de políticas de aislamiento. Así surgieron formas diversas de realizar etnografías virtuales o remotas (Jirón et al., 2020), usos múltiples de herramientas como Zoom o teléfonos celulares, herramientas a distancia como cuadernos (Seaman, 2020), solicitud de fotografías de la vida cotidiana (Segura y Caggiano, 2021) y fichas enviadas a niños a domicilio para luego analizarlas (Cortés y Figueroa, 2022). Adicionalmente, se crearon juegos virtuales (MOVYT 2022) o trabajo con redes sociales (Ramírez et al., 2022).
Desafíos
A partir de la discusión presentada en esta entrada, podemos destacar diversos desafíos en torno a los métodos móviles. Por un lado, un desafío significativo involucra la necesidad de incorporar miradas interseccionales de manera intencionada y relacional en las investigaciones, incluyendo las intersecciones múltiples entre discapacidad, infancias, personas mayores, raza, pueblos originarios, etc., en relación con objetos y no humanos en general. Es posible pensar que la movilidad puede resultar una manera adecuada de espacializar las opresiones, las desigualdades y los privilegios que se develan en los análisis interseccionales en América Latina, no solo de mujeres racializadas, sino además dar cuenta de complejidades etarias de la discapacidad, de las experiencias específicas de niños y niñas y de cómo van aprendiendo a moverse por la ciudad de maneras diferenciadas, entre otros temas.
Lo anterior nos lleva a la fundamental relación que existe entre cuerpos y espacios y lo útil que han sido los métodos móviles para reflexionar sobre relación material y espacial entre estos. Esto nos lleva a buscar formas cercanas de indagar más profundamente en métodos que realmente incorporen los cuerpos en el análisis de la movilidad, en particular incorporando nociones de cuerpo-territorio que vayan más allá de mapeos corporales. Lo anterior puede articular innovaciones que emanen de la relación entre estudios de movilidad y la investigación a través del arte, por ejemplo.
Otro desafío relevante que implican los métodos móviles se refiere a la necesidad de superar la división que generan los enfoques por modos y, en cambio, abordar de manera explícita las experiencias de movilidad como continuum. Se trata de buscar herramientas para vincular y comprender de otro modo los recurrentes análisis fragmentados tanto de la experiencia de moverse como de territorios relacionales. Y esto implica desplegar métodos en ámbitos que vayan más allá de lo urbano, para ganar en comprensión relacional de los territorios y de problemáticas diversas.
Finalmente, resulta indispensable reflexionar en torno al futuro de la investigación con base en los métodos móviles a partir de las evidentes transformaciones de la vida pospandemia. Estas pueden generar serias dificultades que hagan el trabajo de campo más complejo, pero también pueden propiciar la elaboración de formas innovadoras respecto a cómo observar las nuevas, antiguas y diversas formas en que tanto humanos como no humanos nos movemos en mundos inciertos.








