Bárbara Catalano y Liliana Mayer
La movilidad académica es un fenómeno que implica desplazamiento y movimiento desde un lugar de origen o de residencia habitual hacia otro lugar con el motivo principal del enriquecimiento personal basado en la realización de algún tipo de formación educativa, en nivel medio o superior. La movilidad académica puede ser estudiada desde múltiples escalas. Tan es así que existen, por un lado, sujetos que circulan entre los países creando un sistema integrado, percibido desde la escala global como un conjunto de Estados, o una constelación de países unidos por los flujos de personas. También es posible concebir en el mapa mundial regularidades que conducen a identificar regiones principalmente emisoras y fundamentalmente receptoras de la movilidad académica. Por otro lado, la movilidad académica es percibida desde una escala microsocial en la que se ponen en juego el intercambio, el aprendizaje, las experiencias y la formación, entre otros procesos. A su vez, es un fenómeno para reflexionar respecto de las posibilidades desiguales de transitar por el mundo, porque se trata de un proceso dispar e inequitativo, que incluye y excluye al mismo tiempo.
En primer lugar, esta entrada expondrá una genealogía del concepto y los tipos de abordajes y discusiones respecto de este tipo de movilidad, en el contexto de la globalización y los efectos de la pandemia del covid-19. En segundo lugar, introducirá un aspecto metodológico acerca del modo de medir este fenómeno. Luego, se abordará la relación entre movilidad académica e integración regional, y en particular el caso latinoamericano, y se abrirán preguntas, hacia el final, sobre desafíos frente a las desigualdades.
Genealogía, antecedentes y discusiones sobre la movilidad académica
La génesis del estudio de los procesos de movilidad académica remite al viejo mundo o continente europeo, dónde los procesos de integración regional y las distancias cortas entre países posibilitan el movimiento de las personas (Zgaga, 2006), entre los ciudadanos europeos como también de otros continentes hacia allí. La movilidad vinculada a los saberes y procesos educativos y formativos tiene como primer antecedente las prácticas de movilidad asociadas al conocimiento y a la formación entre los siglos xvi y xviii: el Grand Tour era parte esencial de la educación de los jóvenes de las aristocracias inglesas. Según Turner y Ash, las élites eran quienes se educaban, enviaban a sus hijos a Atenas o Rodas, a los principales centros académicos (Turner y Ash, 1975: 35). La movilidad académica estuvo relacionada inicialmente con las familias pertenecientes de grupos dominantes o clases dirigentes de las distintas sociedades nacionales, a familias nómades, ambas categorías mayoritariamente relacionadas (Resnik, 2006, 2012). En lo que respecta a la primera, los sectores vinculados al poder presentan una larga tradición en realizar o completar sus estudios en el exterior (Gesaghi, 2016). En algunos casos, esto se debía a los escasos niveles de desarrollo de los sistemas educativos en los países donde nacieron y crecieron, pero también a la búsqueda de una capital cultural internacional que valide y legitime posiciones (Mayer, 2019). Este escaso desarrollo es consecuencia, entre otros factores, de la decisión de las élites locales de educarse fuera de sus sociedades de origen.
Otro grupo encontrado en los inicios de los procesos de movilidad académica son las familias nómades: hijos de diplomáticos, funcionarios de organismos internacionales o familias de altos niveles gerenciales del mundo empresarial que, por su propia actividad, tenían y tienen una residencia limitada y variable en distintos países en las edades de formación y educación, en particular de sus hijos. En el caso de la movilidad académica en los estudios primarios y secundarios, fue posibilitada por agencias anglosajonas y europeas que generaron el marco para la homogeneización de los títulos y las validaciones, a través del desarrollo de redes entre instituciones (Resnik, 2006, 2012; Larrondo y Mayer, 2018; Mayer, 2019, 2020; Yemini, 2014). Avanzando en el tiempo a sociedades contemporáneas, la movilidad académica estuvo y está asociada, a su vez, a la conformación de un imaginario social, educativo y profesional donde la internacionalización de las trayectorias educativas primero y de las profesionales después se considera un activo o commodity, pero también a los diversos programas que facilitan tal movilidad (Ball y Youdell, 2008; Rizvi y Lingard, 2010).
En nuestros días, además, la movilidad académica puede ser un concepto híbrido en la medida que engloba diferentes fenómenos: pueden ser viajes educativos, la concurrencia a eventos académicos y estancias de intercambio y formación. A su vez, es un fenómeno que puede ser abordado desde múltiples escalas y enfoques (ver “Métodos móviles”). Por un lado, la escala global, a partir de los flujos y movimientos de personas, atravesando los esquemas de transnacionalización y procesos de integración regional, que establecen ciertos regímenes y patrones de movilidad. Por otro lado, las prácticas de los sujetos móviles, los imaginarios, las representaciones, el encuentro con la cultura distinta y las experiencias que implican el movimiento humano y el traspaso de fronteras. Sin embargo, este fenómeno no es ajeno a contradicciones, a la generación de circuitos diferenciados y a las desigualdades en torno al acceso a la movilidad. De manera tal que, como proceso y fenómeno, es indisociable de la pregunta por las condiciones igualitarias o no de acceso, y a las políticas públicas que facilitan, habilitan o restringen las posibilidades de ser parte de este tipo de movilidad.
La globalización, si bien no es un fenómeno que funda los procesos de movilidad académica, sí es uno interviniente y acelerador de estos. En primer lugar, como parte de la sociedad en red (Castells, 1996) que permite y promueve flujos de información y conocimiento de manera más rápida y fluida, propiciando a su vez los procesos de homogeneización y estandarización de los contenidos y las credenciales educativas (Ball, 2012). Si las ideas siempre viajaron, con los procesos mencionados, se aceleraron estas transferencias y tránsitos de ideas (Krige, 2019) (ver “Movilidad de políticas urbanas”). También porque propicia encuentros a través de las tecnologías de comunicación. Por último, porque participa en el viraje de los procesos de movilidad académica, al promoverlos y tender a hacerlos más populares. La globalización tal como la conocemos es indisociable de la educación promercado, en donde las credenciales y competencias derivadas de la movilidad tienen un valor importante, ya que suponen mecanismos de desarrollo de las habilidades blandas o soft, apreciadas en la vida laboral (Mayer y Gottau, 2022a y 2022b), y, además, donde se propician procesos de integración regional.
Recientemente, las prácticas sociales regulares sufrieron cambios drásticos producto de la pandemia, lo que dio lugar a ensamblajes materiales y temporales para adecuarse a la nueva realidad (Adey et al., 2021). La situación de pandemia por covid-19 que comenzó a inicios del año 2020 afectó de diversas maneras la forma en la que se venían desarrollando las estancias por estudio, los intercambios presenciales académicos, los procesos de formación en el exterior, etc. (Ordorika, 2020). Sin embargo, si retomamos el planteo de Castells (1996) y de varios teóricos de la globalización, los procesos de intercambio simbólico y de conocimiento pueden prescindir de la movilidad física, a partir de las redes y los intercambios en espacios virtuales que permiten las innovaciones tecnológicas (ver “Comunicaçao, mídia e mobilidade”). Junto con la adaptación de mallas curriculares a procesos que desvinculen el aprendizaje a lo territorial, esto es lo que desembocó en el término “internacionalización en casa”, que reside en la integración intencionada de las dimensiones internacionales e interculturales en el plan de estudios formal e informal para todos los estudiantes dentro de los entornos de aprendizaje nacionales (Beelen y Jones, 2015).
En esa línea, si bien la pandemia pone en discusión la movilidad física como precondición de la movilidad académica, también revela la emergencia y vigorización de otras formas de intercambio de conocimiento ya existentes, que permiten desenganchar procesos de la movilidad, enfatizando en la posibilidad de ser ciudadanos del mundo y los procesos de cosmopolitización, sin salir de sus propios entramados.
La movilidad y su medición
Uno de los indicadores utilizados para dimensionar el volumen y flujo de estudiantes extranjeros a nivel global es el international student mobility, o movilidad de estudiantes internacionales, según su traducción al español, elaborado por la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), que muestra la proporción del número de estudiantes terciarios internacionales matriculados sobre el total de estudiantes en el país de destino (anfitrión).
Para este indicador, los estudiantes internacionales son aquellos que recibieron su educación previa en otro país y no son residentes de su país de estudio actual. Estos estudiantes tienen una permanencia limitada, al menos teóricamente, en el país donde realizan los estudios: se trata o bien de estancias limitadas en el marco de un programa de grado o posgrado más amplio y de mayor longitud, o bien de la realización de una currícula completa. En este último caso, la tendencia es la de realizar los estudios de posgrado en el extranjero, mientras que el título de grado, en el país de origen. Sin embargo, esto difiere según la política educativa de cada país, con relación al costo o la gratuidad de los estudios y al prestigio que el sistema de educación superior tiene en el país de origen (Mayer y Catalano, 2018).
La permanencia determinada o limitada está relacionada con las agencias que financian las estadías, ya que las entidades de intercambio académico suelen incluir el retorno al país de origen en sus cláusulas de financiamiento. Claro está que, si es el estudiante o su familia quien financia sus estudios, esto no será una precondición. De todas maneras, a nivel global, es posible observar que, a lo largo de los últimos años, hubo una tendencia mundial a ampliar la participación de los estudiantes internacionales en los procesos de movilidad académica, según la tasa de movilidad de estudiantes internacionales, como lo indican los datos de la OCDE. A excepción de algunos casos particulares, como Alemania y Francia, el resto de los países desarrollados con mayor afluencia de estudiantes internacionales muestra una tendencia en ascenso. Los estudios del turismo se refieren a este fenómeno como “turismo de estudio”, cuando el motivo principal del viaje refiere a procesos formativos. En Argentina, se registra a través de la encuesta de turismo internacional (ETI). Si bien se obtienen datos valiosos, la encuesta también muestra limitaciones entre las categorías de estudiante y turista, por la hibridación que presupone entre ambas, prevaleciendo la primera por sobre la segunda.
Existe un tipo de movilidad académica que también es perceptible y cuantificable desde las estadísticas de turismo y se corresponde con la participación en eventos científicos, como congresos o jornadas, que impliquen desplazamiento del lugar de origen del asistente a otro lugar de destino donde se realiza el evento a asistir. Este tipo de movilidad se encuentra dentro de una categoría más amplia de turismo que se denomina “turismo de reuniones”. Las reuniones a las que se asiste presentan diferentes tipologías que son caracterizadas a nivel internacional por la Asociación Internacional de Congresos y Convenciones, o bien ICCA (International Congress & Convention Association). La clasificación es la siguiente: congreso, jornada, encuentro, seminario, conferencia, simposio, foro y convención.
A diferencia de la movilidad por estudio, la estadía de este tipo de viaje suele ser una de las más cortas en comparación con el resto de las modalidades turísticas. Tan es así que para el año 2019, en Argentina, la estadía promedio de los turistas asistentes a congresos y convenciones fue de 3,52 días para los turistas nacionales y de 5,53 días para los turistas extranjeros (OETR, 2019). Esto muestra que las movilidades académicas no obedecen a patrones homogéneos.
Movilidad académica y procesos de integración regional
En el espectro de los procesos de integración regional, podemos afirmar que la movilidad académica implica la creación de un sistema educativo supranacional regional común, el desarrollo de programas que incentiven actividades de gestión académica e institucional y el impulso de las relaciones entre las asociaciones de educación como las redes y las universidades (Perrota, 2014). Por otro lado, la movilidad académica y su relación con los procesos de integración pueden ser entendidas desde un nivel doméstico y microsocial, por ejemplo, en la construcción del sentido de pertenencia comunitaria entre estudiantes de distintos países pertenecientes a un bloque de integración como es el caso de la Unión Europea, a través del intercambio y el aprendizaje de la lengua y la cultura del país receptor (Barros de Barros, en Botto, 2015).
Para el caso del nivel superior, en Europa, el antecedente fundamental es la Declaración y Reforma de Bolonia (1999), que refiere a un proceso de convergencia entre las instituciones de educación superior de los países pertenecientes a la Unión Europea, Rusia y Turquía, para estandarizar los currículums, de manera de facilitar así los intercambios y las movilidades. Algunos expertos (Botto, 2015; Solanas, 2014) han abordado exhaustivamente las etapas de los procesos de acreditación universitaria, los avances y retrocesos que este fenómeno acarrea a nivel mundial y en particular en ciertos procesos de integración regional, como también la efectividad de las políticas públicas construidas en cada bloque y desde los diferentes modelos de concebir a la integración regional, desde la cooperación binacional, el intergubernamentalismo y las redes de políticas públicas.
Además de los procesos específicamente educativos que pueden propiciar la movilidad, existen otros de carácter sociológico que, de manera exógena, pueden promoverla o limitarla. El financiamiento menor para estancias dentro del Mercosur se relaciona también con lógicas de mercado y de conformación de imaginarios sociales, en donde los procesos de internacionalización y la movilidad académica se consideran un activo o commodity.
Sin embargo, la elección del lugar también es parte de esa delimitación. Estudiantes de América Latina y el Caribe tienen más posibilidades de acceder a financiamiento en otros continentes que dentro del propio, lo que también refiere a cuestiones de geopolítica del conocimiento y de organización de la geopolítica del conocimiento (Mayer y Gottau, 2022b). Es así que un destino que emerge como dominante dentro del Cono Sur, así como para Latinoamérica en general, es Argentina, por la gratuidad de los estudios de grado y el bajo costo de los posgrados en las instituciones estatales de educación superior, así como por su prestigio y tradición (Mayer y Catalano, 2018).
La movilidad académica en América Latina y el Caribe
En nuestro continente, el fenómeno de la movilidad académica presenta varias especificidades. Si bien se observa cierta homogeneidad en cuanto al idioma predominante en los países que lo integran, lo que posibilita la movilidad también atraviesa limitaciones. A diferencia de los países centrales, los programas de movilidad académica son menores y más recientes, así como los procesos de integración regional (Solanas, 2014; Botto, 2015; Perrotta, 2014). Luego, como consecuencia de esto, la posibilidad de realizar estancias en otros países de la región y hacia otras latitudes está sostenida en las condiciones personales, sumándose entonces esto a nuevas desigualdades que aparecen en las trayectorias laborales y educativas, de las que participan sectores aventajados (Resnik, 2006, 2012; Larrondo y Mayer, 2018; Yemini, 2014).
Un carácter específico de la movilidad académica en el continente refiere también a los procesos de exilio o migración forzada debido a los procesos dictatoriales, principalmente en la década de los setenta, o de violencia armada, como en el caso de Colombia. A partir de estos procesos, varios países expulsaron a gran parte de su población, entre ellos profesores y académicos, quienes se refugiaron en otras latitudes y continuaron sus estudios, hallando redes de contención en diferentes países dentro del continente.
Ya en la actualidad, en América Latina se puede destacar el caso de la Alianza del Pacífico y del Mercosur, donde se desarrollan programas afines a intensificar la movilidad de profesionales y estudiantes de los países miembros de los bloques. En el Cono Sur, un proceso similar se desarrolla a partir de Mercosur Educativo (1991), que promueve la integración y movilidad educativa para formar una ciudadanía regional. En los últimos años, se gestaron programas de fomento a la movilidad por estudio, lo que propicia un espacio regional común para la educación superior, como PASEM y MARCA, que promueven la movilidad estudiantil, un sistema de transferencia de créditos y el intercambio entre profesores e investigadores (Perrotta, 2014).
En el caso de América del Sur, este último agrupa limitaciones económicas de los estudiantes, quienes, en comparación con sus pares europeos o de Occidente, no suelen contar con los mismos recursos para movilizarse durante sus estudios. Las agencias promotoras y financiadoras de intercambios y movilidades dentro del Cono Sur juegan un rol menor que en Europa, limitando las posibilidades de financiamiento. Si bien Chile es el país con mayor injerencia en el campo, a lo largo de la historia esto ha sido variable.
Desafíos, oportunidades y limitaciones en la movilidad académica presente y futura
A pesar de referirse a expresiones individuales, sujetos que se mueven por el mundo por motivos formativos, la movilidad académica no es un fenómeno meramente individual. Para que estos procesos y experiencias sucedan, necesitan la movilización y activación de ciertos recursos previos. La experiencia latinoamericana muestra que, si bien existen agencias gubernamentales e intergubernamentales con el propósito de facilitar y promover la movilidad académica, aún no logran alcanzar altos niveles en comparación con lo que sucede en otras partes, como, por ejemplo, la Unión Europea, y tampoco la universalización. El continente europeo, con más tradición, muestra una tendencia favorable en este sentido, que podría sentar las bases para que estos procesos no sean considerados como privilegios, sino que haya un acceso más igualitario.
Al comparar los flujos por movilidad a través de los datos que recopila la OCDE, para el caso del continente latinoamericano, se necesitaría fortalecer las políticas de financiamiento, por un lado, pero también flexibilizar –esto no solo en el continente, sino a nivel global– las condiciones de circulación por los distintos países y regiones tales como visas, extensiones de permanencia, entre otras, lo que implica entender la movilidad como un conjunto de hilos conductores atravesados por regímenes un tanto rígidos en algunas oportunidades (Glick Shiller y Salazar, 2013).
En el caso específico del desarrollo de políticas públicas de integración regional en el Cono Sur, el principal proceso de integración regional, el Mercosur, ha sufrido vaivenes según los signos políticos de los gobiernos nacionales que lo conforman, generando avances y retrocesos en términos generales y en política educativa y movilidad académica en particular.
En términos de acceso igualitario, la pandemia muestra oportunidades de incrementar las posibilidades de generar intercambios y profundizar los procesos de internacionalización de la educación sin la necesidad de moverse del entorno primario. Sin embargo, las experiencias de educación a distancia no alcanzan a reemplazar la experiencia de inmersión cultural que propone –y en muchos casos sustenta– la movilidad académica. Menos aún podría pensarse como un proceso de universalización: en el continente latinoamericano, por ejemplo, quedan aún vastos sectores de la población con escasas o nulas condiciones de conectividad, que impiden el acceso igualitario a programas internacionales. En ese sentido, en el conteo de los desafíos y las limitaciones, se suman conflictividades que exceden al campo específico de la movilidad y que se refieren a aspectos estructurales acordes a los diversos niveles de desarrollo económico de las diferentes regiones. Así, nuevamente reflota cierta conflictividad en torno al derecho, la democratización y el efectivo acceso a la movilidad que pone en discusión la libertad y las constricciones en torno a los viajes y desplazamientos de los sujetos.








