La conspiración de Álzaga de 1812 y el tipo de respuesta que recibió tanto de parte del poder revolucionario como de sectores amplios de la población criolla de Buenos Aires, analizada en las páginas precedentes en términos de pánico moral, fueron una parte relevante de un largo proceso de fragua identitaria. Para llegar a determinar ello, esta investigación comenzó por analizar la relevancia del tema: la “conspiración de los españoles”. A fin de lograrlo, repasó en el capítulo 1 el tratamiento que dicho episodio histórico recibió en la historiografía argentina, el trabajo y los enfoques contrastantes de los principales biógrafos del personaje central de la saga, Martín de Álzaga y las innovaciones introducidas por los autores de la Renovación, con lo que buscó abrir la puerta a un enfoque que, se espera, resulte novedoso y fértil.
De ese análisis surgió el lugar secundario que la historiografía argentina dio, hasta tiempos recientes, a los hechos de 1812, subsumidos dentro de la turbulenta etapa posrevolucionaria. Aquella atención limitada, aunque con aportes acumulativos y valiosos, fue común a autores como Bartolomé Mitre, Vicente Fidel López y, ya dentro de la Nueva Escuela Histórica, Ricardo Levene.
Entre los biógrafos de Álzaga se destacó a Héctor C. Quesada, quien rescató al personaje desde una visión vinculada a la reivindicación de la herencia hispánica y católica, en auge en los años 1930. Esa línea encontraría luego en Enrique de Gandía al defensor más vehemente de la figura del comerciante vasco, a quien llegó a considerar un “precursor de la independencia” nacional.
En la línea de quienes han tratado exhaustivamente al personaje se destacó también a uno de sus descendientes, Enrique Williams Álzaga, quien innovó sobre la base del hallazgo de documentación hasta entonces desconocida que probó la participación de aquel en el complot de 1812 y desarticuló así las ideas de que el proceso había sido una completa impostura del gobierno revolucionario. Por último, Bernardo Lozier Almazán lo encuadró como el líder de una “facción […] absolutista, monárquica y antiliberal”.
Los trabajos sobre la “conspiración de los españoles” cobraron mayor densidad en los años 1960 y 1970 gracias al esfuerzo de los autores de la llamada Renovación, entre quienes se destacó Tulio Halperin Donghi. Según este autor, como se dijo, Álzaga quedó como cabeza visible de un proceso en el que el nuevo poder revolucionario “ha enfrentado a un grupo entero [y] lo ha excluido de la sociedad que comienza a reorganizarse bajo su signo”[1]. Los nuevos rasgos identitarios que surgieron de esa redefinición de la sociedad poscolonial son enfatizados por Halperin.
El avance del tema –y de tantos otros– que surge de los libros de Halperin abonó el trabajo de una nueva generación de historiadores, como Gabriel di Meglio, Gustavo Paz, Sara Mata y Beatriz Bragoni, a quienes siguieron, ya recientemente, Mariana Alicia Pérez e Irina Polastrelli. Todos ellos pusieron el foco en los sectores populares y en las marcas de una identidad propia que germinaron en ellos.
El camino recorrido permitió continuar, en el capítulo 2, con una semblanza de Martín de Álzaga bajo una nueva luz interpretativa, que repasó los hechos esenciales de su rica vida pública en clave política, de modo de interpretar el rol que le cupo en la conspiración. Comerciante prominente, hombre más rico de la Buenos Aires de su época, político por conveniencia y por vocación de mando, vértice de amores y odios, imbricado irremediablemente con la lógica del poder colonial, testigo crítico del progresivo abandono que, por diversos factores, la metrópoli hizo del virreinato, jefe de un eje clave de poder local en las Invasiones Inglesas y, finalmente, líder de una facción opuesta a la criolla –naciente y que se haría cargo del devenir revolucionario–, aquel quedó en el medio de los turbulentos hechos de la época tratada en este trabajo. Tal repaso permitió indagar en la evolución ideológica de Martín de Álzaga, en sus posicionamientos frente a un orden colonial moribundo y en su conversión en un conspirador permanente, proceso que culminó en su último complot, el del año 12, y en un desenlace que resultaría relevante en términos identitarios para el orden que había surgido en Mayo.
Establecidos el tema y el perfil de Martín de Álzaga en los términos adecuados para el propósito de este libro, en el capítulo 3 se llegó al corazón de este trabajo: el tratamiento de la conspiración de 1812 como un caso de pánico moral. Para ello se puso el contexto bélico y político de la época en el marco del modelo teórico presentado en 1972 por el sociólogo sudafricano Stanley Cohen.
Dicho modelo presentaba herramientas de análisis interesantes para el tema tratado aquí. Sin embargo, su aplicación a un caso y a una coyuntura histórica diametralmente diferentes a la conspiración de 1812 –como fueron originalmente las reacciones sociales en la Inglaterra de los años 1960 a la irrupción de las tribus urbanas de los mods y los rockers– obligó, primero, a su presentación y esquematización y, a continuación, a la adaptación de dichas herramientas. Eso se hizo con apoyo en bibliografía que, en efecto, aplicó el esquema del pánico moral a contextos variados, todo lo cual fue debidamente expuesto y justificado.
Así, se estableció la figura del folk devil, el demonio popular, como “un recordatorio visible de lo que no debería ser”, esto es, una desviación y foco de una reacción del aparato de control social capaz de permear también en una de carácter social. En ese marco se describieron y adaptaron a las circunstancias de la “conspiración de los españoles” herramientas conceptuales como las de inventario, temas de opinión y actitud, así como la de la fase de rescate y remedio. El evento –el complot en sí– adquirió por ese camino un sentido nuevo.
El salto temporal que fue de las peleas entre tribus urbanas de la juventud inglesa de la década de 1960 al episodio de 1812, como se dijo, fue abordado en la huella de varios autores que siguieron a Cohen en contextos diversos. En el caso de esta investigación, fue necesario adaptar inicialmente –identificando mecanismos equivalentes– el rol de los medios masivos de comunicación en la conformación de una cultura apta para la demonización del desviado en clave de estereotipo. En ese sentido, se destacaron el rol de la prensa revolucionaria, la difusión de panfletos, los sermones en las misas y el rumor nacido y reproducido en espacios de socialización como las pulperías y los mercados.
En segundo lugar, fue necesario encontrar modos de dar cuenta de un factor clave del modelo, como es la desproporción entre la amenaza real y el tenor de la reacción colectiva, lo que fue posible en virtud de testimonios de época críticos del proceso contra los conjurados, sus modalidades, sus extremos y las aristas de manipulación social y exacerbación de los sentimientos patrióticos.
Superados los escollos metodológicos, llegó finalmente el momento de analizar la “conspiración de los españoles” a través de la lente del modelo del pánico moral, lo que permitió identificar y valorar adecuadamente los elementos identitarios que se revelaron en el sector social identificado con los valores revolucionarios, separados de manera cada vez más tajante de cualquier idea de tutelaje del sector español peninsular. El espectáculo punitivo al que se sometió a los condenados, sus aspectos más crueles, las pasiones populares expuestas en el proceso, su tenor local y de exclusión de aquellos del nuevo sector social predominante –en tanto españoles, es decir, ajenos– y los rasgos de una nueva identidad patriótica quedaron así debidamente fundamentados. En ese sentido, la preocupación de un sector del poder revolucionario acerca de la deriva de la ola de terror que había desatado y que había terminado por anclarse en sectores populares –sobre los que cada vez más le costaba influir– fue motivo de intentos de desactivación del esquema de pánico moral elocuentes acerca de su carácter en buena medida construido.
Como se indicó en el capítulo 4, los efectos del proceso ayudaron al poder revolucionario a comenzar a bosquejar una nueva identidad –cuyos elementos quedaron expuestos en el trabajo– y una nueva idea de territorialidad, en la que Buenos Aires se arrogó el derecho de regir sobre el virreinato disuelto en mayo de 1810. Ambas tendencias surgieron entonces de modo embrionario y terminarían de tomar forma con la llegada del Romanticismo y con la resolución de la larga guerra civil que enfrentó al interior federal y a la unitaria Buenos Aires, tal como se ha señalado. Asimismo, y de modo importante, se ha tenido cuidado en evitar cualquier confusión entre lo que se ha designado como elementos de identidad patriótica criolla, diferenciada de la española y peninsular, de cualquier noción de nación argentina avant la lettre.
Lo que en este texto se ha designado como “un largo proceso de fragua identitaria”, que encontró en la “conspiración de los españoles” un mojón determinante, no debe comprenderse como un guion trazado de antemano, sino que surgió del drama en vivo de los acontecimientos, carente de una hoja de ruta predeterminada. Como dice el historiador colombiano Medófilo Medina Pineda:
Comparto cierta desconfianza hacia los términos señalados por cuanto con frecuencia se los ha usado para transmitir la idea de que esas acciones de sujetos colectivos o el pensamiento de algunas figuras de la intelectualidad hispanoamericana se inscribían conscientemente en un proyecto independentista. Por supuesto que eso ocurrió pocas veces, o al menos en pocos casos se los puede señalar con apoyo en fuentes. La vinculación sólo tiene sentido en un orden procesual, donde los distintos factores se van abriendo camino, más allá de la percepción de los protagonistas, y van creando acumulados históricos irreversibles[2].
En ese camino, en buena medida oscuro y transitado a tientas por los actores, la puja entre facciones políticas diversas aparece como un elemento fundamental del proceso independentista y, con ello, de posibles imaginarios patrióticos previos a 1816. Más allá de sus ambigüedades, después de la Revolución de Mayo ninguna persona nacida en España volvió a gobernar esta parte del mundo. Asimismo, un poder efectivamente municipal como el de Buenos Aires se arrogó de inmediato facultades rectoras como centro de un territorio más amplio para imponer su vocación de ruptura, expresada a través del envío de partidas militares a confines del exvirreinato como Paraguay y el Alto Perú. Con base en esa decisión, milicias movilizadas desde Buenos Aires y, luego, en otras regiones del viejo virreinato se trabaron en combate con las fuerzas realistas, se desactivaron violentamente focos contrarrevolucionarios, se ejecutó a un exvirrey como Liniers y “se ejecutó dos veces” –primero con un fusilamiento, luego con la disposición de su cuerpo en una horca de ignominia en plaza pública– a un emblema del orden anterior como Martín de Álzaga, entre otros hechos. En definitiva, se fue demasiado lejos y de modo irreversible en materia de ruptura del lazo colonial. El lenguaje se adaptaría –y, a su vez, daría sentido– pronto a esos hechos.
Podría pensarse que la guerra con las tropas realistas contribuyó a unir territorios e identidades diversos en torno a un centro de gravedad –Buenos Aires– cuyo problemático lugar en la futura organización política desembocaría luego en una larga guerra civil en la que, a pesar de todo, las partes en disputa siempre enarbolaron el objetivo de una unificación futura, ya sea de tipo unitario, confederal o federal. El lazo entre las partes del territorio que, algún día, conformarían un Estado, jamás se disolvió a pesar de la persistencia y nivel de violencia de una lucha fratricida centrada en los principios de dicha organización.
Sin que sea un asunto que este trabajo pretenda tratar, pero a los fines de mencionar las posibilidades que le abre al análisis de la primera mitad, digamos, del siglo XIX sobre la base del marco teórico del pánico moral, podría señalarse que los mecanismos presentes en dicho enfoque continuaron funcionando en esta parte del mundo con posterioridad a los eventos que se han tratado en este trabajo e, incluso, a la conclusión del proceso independentista en 1816. En ese sentido, cabe intuir que la propia guerra entre federales y unitarios, fragua a su vez del orden que nacería entre 1853 y 1860, podría ser pensada bajo aquel esquema, proceso que, a través del tamiz del Romanticismo, terminaría por generar las condiciones para el surgimiento de una identidad ya sí propiamente nacional.
En tal sentido, el rosismo, esa forma de peculiar federalismo de Buenos Aires que colapsaría en la batalla de Caseros del 3 de febrero de 1852, podría ofrecer terreno fértil para trabajar la evolución de las identidades en clave de pánico moral en el camino a lo que terminaría constituyendo la Argentina. Recién en dicho período cabrá hablar de una “nación”, incluso en la definición clásica de Benedict Anderson, esto es, como “una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana”. Será imaginada en tanto “aun los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas”. Asimismo, se pensará “limitada porque incluso la mayor de ellas […] tiene fronteras finitas”. La nación se imaginará también “soberana porque el concepto nació en una época en la que la Ilustración y la Revolución estaban destruyendo la legitimidad del reino dinástico jerárquico, divinamente ordenado”. Por último, se asumirá como “comunidad porque, independientemente de la desigualdad y la explotación que en efecto puedan prevalecer en cada caso, la nación se concibe siempre como un compañerismo profundo, horizontal”[3].
Como ya se ha aclarado en su momento, es evidente que la etapa histórica y el tema tratados en este libro distan largamente de una idea de “identidad nacional”. Sin “nación” aún, se ha tratado de observar de un modo nuevo un momento crucial del camino hacia su conformación. Para eso se distinguió la relevancia de la frenética sucesión de eventos del año 12, a cuya interpretación se le aplicó el modelo iniciado por Stanley Cohen. Gracias a este, cobran nuevo sentido tanto la lucha de facciones con proyectos políticos contrastados que derivó en la conspiración como el juicio contra Martín de Álzaga y el resto de los conjurados en sí. Pero, sobre todo, llaman la atención las pasiones populares que se desataron en el proceso y que en buena medida lo fogonearon y prolongaron en el tiempo, aun cuando el poder revolucionario percibía que los eventos se le iban de las manos.
Entonces, ¿por qué no pensar ese episodio –el juicio, su desenlace y las emociones que lo rodearon, ejemplo acabado de un proceso de pánico moral– como un momento de inflexión, expresión de una primera ruptura clara en términos de “nosotros-ellos”, criollos versus peninsulares, perfectamente compatible, además, con una estrategia deliberada –pero no por ello exenta de contradicciones– montada por un sector de las autoridades revolucionarias que atizó y buscó desactivar, alternativamente, los sentimientos antiespañoles de la población criolla de Buenos Aires? Cabeza más visible de la conspiración de 1812, Martín de Álzaga –verdadero folk devil– concentró en su figura buena parte de esos odios.
Este trabajo ha intentado, sobre la base de la herramienta teórica del pánico moral, explicar de qué manera llegó ese personaje bisagra a la encrucijada en la que terminaría su vida y qué rasgos de su posición y liderazgo lo hicieron especialmente apto para cumplir el rol de chivo expiatorio que requería el proceso de redefinición identitaria que escindiría para siempre el “nosotros” criollo del “ellos” español.
El recorrido precedente a través de rasgos sociales, económicos y políticos fundamentales del orden colonial; de las líneas de tensión de larga data entre peninsulares y americanos; de su reconfiguración después de las Invasiones Inglesas; de la emergencia de un actor político criollo y plebeyo; de la imposición de este último en la Revolución de Mayo; de la reacción final a esta que supuso la llamada “conspiración de los españoles”; de la figura de Martín de Álzaga como símbolo por excelencia del orden moribundo y, especialmente, de la respuesta política, militar, propagandística y legal del nuevo orden a la acción contrarrevolucionaria ha encontrado, es de esperar, una lectura novedosa y útil.
De modo menos unívoco, más pasible de miradas diferentes y alejado de esquemas rígidos, la cuestión queda felizmente reabierta. Así –aunque es de esperar que ahora bajo una luz nueva– los interrogantes iniciales persisten y aguardan nuevas respuestas.
¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos?
- Tulio Halperin Donghi, Revolución y guerra, pág. 185. ↵
- Medófilo Medina Pineda, “Alcances y límites del paradigma de las ‘revoluciones hispánicas'”, Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, vol. 38, n° 1, Bogotá, 2011, pág. 316.↵
- Benedict Anderson, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, Fondo de Cultura Económica, México, 1991, págs. 23 a 25. ↵







