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1 La conspiración de 1812: hacia una nueva mirada

a. La conspiración de 1812 en la historiografía fundacional

La producción historiográfica se ha detenido en Martín de Álzaga por ser un personaje importante de la etapa colonial tardía y de la inmediatamente posterior a la Revolución de Mayo. Sin embargo, en un marco más general, el interés en su figura parece menor que el que merecería dado su rol clave en la trama de maquinaciones y complots cruzados que se situaron en el origen del proceso emancipador y le dieron un curso específico. Se le han dedicado algunas biografías y se ha destacado su desempeño durante las Invasiones Inglesas, particularmente en la segunda. Por otro lado, aparece en trabajos que aluden a la fragua conspirativa de los años inmediatamente previos y posteriores a 1810, aunque no siempre se subraya suficientemente la relevancia de su actuación. La intención de este trabajo es situarlo, casi al modo de un chivo expiatorio, en el corazón del proceso de recorte identitario de un sujeto pueblo nativo, diferente del español peninsular.

El complot de 1812 ha merecido una atención solo tangencial en la historiografía argentina, que ha considerado ese hecho por largo tiempo como una mera reacción restauradora, una maniobra extravagante realizada por parte de un grupo de peninsulares, irremediablemente destinada al fracaso y sin mayor impacto posterior. Las perspectivas del levantamiento, inciertas en su hora como casi todos los hechos políticos, y las marcas identitarias que dejó no han sido exploradas sino hasta hace poco a través de trabajos como los de Mariana Alicia Pérez, Irina Polastrelli y Gabriel di Meglio, entre otros. Esta investigación pretende sumar elementos a ese camino reparador.

A los efectos de examinar el modo en que se ha tratado al personaje y los hechos que protagonizó en la bibliografía historiográfica fundacional, hay que comenzar por mencionar las alusiones que hicieron a ellos memorias como la de Juan Manuel Beruti, ricas en la narración de las manifestaciones públicas y las reacciones sociales que rodearon el proceso contra Álzaga y los otros españoles conjurados, y de autobiografías como la de Pedro José Agrelo, uno de los instructores del juicio de 1812, del que dio detalles y explicó el rol de aquel. Más allá de eso, corresponde detenerse brevemente en los grandes libros que trataron la conspiración[1].

La obra de Bartolomé Mitre marcó a fuego no solo la producción historiográfica por un siglo sino que fraguó un “sentido común” que devino en virtual historia oficial del país. Como destaca Di Meglio, su “idea esencialista de la nacionalidad argentina [quedó] plasmada con claridad en su Historia de Belgrano“, cuya primera edición corresponde a 1857-1858 y que definió “la presencia de un sentimiento nacional argentino con anterioridad a los regionalismos ‘separatistas’ del período 1820-1862. La nación que comenzó a emanciparse en 1810 existía desde antes de esa fecha”[2]. Ese es el marco interpretativo en el que Mitre presenta la “conspiración de los españoles” de 1812. El autor describe el complot como fruto de la lucha entre una revolución patriótica y una reacción española absolutista destinada al fracaso a pesar de las debilidades del Triunvirato.

A lo largo de quince páginas de su Historia de Belgrano, repasa las dificultades de la coyuntura en el plano militar y diplomático –las internas dentro de la corte portuguesa, con una ardua interna entre proingleses, quienes terminarían primando para alivio de la Buenos Aires revolucionaria, y absolutistas como Diego de Souza, aliados de Montevideo– y explica la respuesta de “los enemigos interiores” sobre la base de ese contexto que les parecía favorable y de “las expoliaciones y persecuciones de que eran víctimas”[3].

Al escribir ese libro, Mitre ya había abandonado sus viejas dudas sobre la propia existencia de la conspiración, las que había expresado en su momento en una carta al abogado Miguel Navarro Viola[4]. Al contrario, en la Historia de Belgrano habla de una trama “de grandes proporciones, ramificándose en todas las clases de la sociedad, y aun en los cuerpos militares, donde existían algunos oficiales españoles, de quienes se había hecho una imprudente confianza”[5]. A la cabeza de esta coloca a Martín de Álzaga, cuyo sueño era constituir “una América española, de la que él sin duda sería el dictador ó el monarca”[6]. Sin embargo, la reacción estaba condenada ante el carácter inexorable del proceso de independencia, según afirma[7].

Coherente con su intento de crear un panteón de héroes nacionales, además de Belgrano, Mitre suma a Rivadavia, “el alma del Gobierno”, a quien eleva como salvador de la Revolución, aunque evita mencionar sus viejos enconos personales con Álzaga. Lejos de mostrar aprensión ante la dureza de la represión ordenada por el secretario del Primer Triunvirato, el autor la elogia y habla de “la actitud imponente de estos hombres enérgicos” encargados de instruir el proceso: el propio Rivadavia, Agrelo, Feliciano Chiclana, Hipólito Vieytes, Bernardo de Monteagudo y Miguel Irigoyen. Los “buenos” y los “malos”, propios de toda narración heroica, quedan perfectamente delineados: los primeros son los patriotas mencionados; los segundos, más allá de los traidores involucrados en el complot, son los personajes débiles o “flotantes” como Pueyrredón, que no creían que el peligro de la conspiración fuera real.

Mitre introduce hábilmente en su relato una anécdota que le sirve para diluir el espanto que podría generar en los lectores la profanación del cuerpo muerto de Álzaga, intento de evitar una mácula moral en la gesta patria.

Al pie de la horca en que fué suspendido su cadáver, se vió un espectáculo patético, que conmovió profundamente a los espectadores que llenaban la plaza. Un hombre, abriéndose paso por entre la apiñada multitud, llegó desalado hasta el pie del suplicio, abrazó con delirio el sangriento madero, lo cubrió de besos, volviendo de vez en cuando hacia el pueblo un rostro cubierto de lágrimas en que se dibujaba un gozo intenso, y derramaba […] monedas de plata á manos llenas. Este hombre era un francés a quien Álzaga había dado tormento en 1795, siendo juez en una causa que se siguió á varios compatriotas de aquél, atribuyéndoles planes de subversión, sublevando á la esclavatura[8].

El personaje en cuestión, se considera, es el relojero Santiago Antonini, un hombre nacido en Piamonte, región que en la época –en rigor, entre 1802 y 1814– estaba anexada a Francia. Este trabajo volverá sobre él.

En el relato mitrista, crueldades pasadas de Álzaga hacen más digerible el escarmiento definitivo que este terminó por recibir, tal como se verá más adelante. En tanto, ¿qué hay de los espectadores? También su “alegría implacable, que es propia de las multitudes fanatizadas por una causa”, resulta excusable en términos morales toda vez que “para honor suyo, no se entregó a ningún exceso”[9].

Aunque sin la densidad historiográfica de la obra mencionada, en 1864 apareció en La Revista de Buenos Aires una selección comentada de las actas del proceso de 1812[10]. Esto es importante porque se trató de la primera edición de los manuscritos originales, a los que se buscó resumir y dar coherencia cronológica, a la vez que se explicitó una mirada crítica sobre las condiciones en las que se realizaron esos juicios revolucionarios que tendría continuidad en el futuro. Según Miguel Navarro Viola, editor de la publicación, la tarea permite ubicar

á Álzaga y unos pocos personajes dignos de mención en ese dédalo en el que la horca vino á nivelar de un modo atroz y disculpable sólo por la época á innumerables individuos, muchos de ellos insignificantes, y que si todos no eran inocentes, todos tenían derecho á la defensa, que á ninguno se dió[11].

A tono con la sensibilidad de una época en la que recién alumbraba un nuevo orden político, lo que ponía bajo una luz crítica la violencia de las guerras civiles recientes, Navarro Viola expresa un cierto sentimiento de culpa histórica:

Pueda la relación de una causa esencialmente revolucionaria, cuando menos sobrecoger la conciencia de los pueblos que ávidos solo de sus libertades, todavía gozan en creerse en plena Revolución: sepan que bajo ella es que mueren los hombres así sin ser defendidos ni oídos, aunque concurra el Areópago á juzgarlos; aunque los jueces sean los prohombres de la revolución. Y sin embargo, gracias á Dios, la nuestra estuvo muy lejos todavía de la revolución Francesa de 20 años antes: donde el proceso de Álzaga habría sido un modelo de espíritu retrógrado, un crímen de lesa patria por haberse perdido el tiempo en declaraciones y sentencias escritas contra los derechos preexistentes de la guillotina[12].

Si Mitre fue uno de los pilares de la “historia oficial”, el otro fue Vicente Fidel López, quien publicó entre 1883 y 1893 su Historia de la República Argentina para dialogar y polemizar con aquel. Si el primero había presentado una historia básicamente centrada en lo militar y en la idea de una revolución patriótica, con los bandos de la independencia y la reacción restauradora claramente definidos desde el vamos, el segundo realizó un relato más vívido de la trama política en general y de la interna del campo revolucionario en particular. Más allá de las diferencias, López coincide con Mitre al delinear el panteón de los héroes, en el que no figuraban de ningún modo los caudillos regionales que, según su visión, terminaron ensangrentando la nación y dificultando la creación de un Estado moderno, con José Gervasio Artigas en primer lugar. La figura de Martín de Álzaga, en tanto, resulta cuando mucho tangencial en su enfoque.

En ese juego de figuras del sector revolucionario, López se diferencia de Mitre al presentar la “conspiración de los españoles” como un hecho subordinado a las internas políticas en la corte de Río de Janeiro y a la amenaza militar portuguesa, que considera desactivada por Rivadavia, con apoyo inglés, pese a los escollos interpuestos por el oriental Artigas, el “grosero caudillo”, y “su horda de bárbaros”[13]. En su relato de la actividad diplomática y, sobre todo, de la política interna, interpreta las marchas y contramarchas de los hombres de la revolución en lo que hace a la generación de símbolos de la nueva nación, atribuyendo acciones como la creación belgraniana de una escarapela y una bandera como producto del “noble corazón” y el “ardor candoroso” del general, que debía encontrar el correctivo de un gobierno prudente que no debía irritar a Inglaterra y sus aliados en Brasil con una retórica abiertamente independentista.

En esa línea, López continúa definiendo las figuras que, según él, contribuyeron a la causa nacional. En su relato, entrelaza los hechos que trata este trabajo con la llegada al Río de la Plata de José de San Martín y Carlos María de Alvear, a quienes señala, respectivamente, como genio militar y talento político. Según afirma, por carecer de dotes políticas, San Martín se subordinó a Alvear y, si bien su desobediencia de 1819 –cuando se negó a volver de Chile para reprimir a los caudillos del Litoral– permitió afianzar la independencia en el plano de las armas, tuvo la contrapartida negativa de permitir la anarquía del país y el retraso de su institucionalización.

López demuestra en todo momento un rechazo visceral a las tendencias más radicales de la revolución, expuestas, por caso, en las acciones de Monteagudo y, más importante para los fines de este trabajo, en la represión de la comunidad española tras los sucesos de 1812, que considera llevada “hasta la exageración por el formulismo jurídico y político de Rivadavia. Para este magistrado, entre la igualdad de la ley y la igualdad del castigo no había transigencia”. Debido a eso, según él, “los españoles quedaron aterrados para siempre en Buenos Aires”, a la vez que habla de “la demasía inútil y cruel de esta represión”, la que, según él, desagradó a “la parte sana del país”[14].

Más tarde, referentes de la Nueva Escuela Histórica, surgida desde la década de 1910, retomaron la cuestión desde una perspectiva que, en el marco del enfoque más profesional que privilegiaban, destacó aspectos legales e institucionales. Con todo, no dieron por tierra con la visión esencialista de Mitre en lo que hace al surgimiento de la nacionalidad.

En 1934 el Estado le encargó a la Junta de Historia y Numismática –que en 1938, bajo la conducción de Ricardo Levene, pasaría a llamarse Academia Nacional de la Historia– la elaboración de una voluminosa historia oficial. Esta aborda la “conjuración de Álzaga” de modo muy conciso, considerando el caso, sin rupturas con respecto a lo conocido, como un intento de “restauración española” que se inscribió en un proceso de larga duración puesto en marcha por elementos peninsulares desde la misma Revolución de Mayo. El trabajo señala las posturas cambiantes de las autoridades revolucionarias en lo que hacía al trato de la población peninsular y en dicho contexto indica que esta llegó a recibir “multas y prisiones” como respuesta a las “opiniones adversas, los denuestos y las ofensas” que esta profería al nuevo orden. Al describir ese juego de acciones y reacciones, ante el que evita tomar partido, Levene señala que Álzaga debió sufrir “agravios de parte del gobierno e injusticias de los fiscales de la revolución. Agrelo lo ha apremiado y aun detenido; una barra de grillos traba sus miembros”. La venganza habría sido, según él, uno de los móviles más importantes en la puesta en marcha de la conspiración[15].

Levene describe el complot como un “plan bien combinado”, pero “de difícil realización”. Nuevamente, como en Mitre, la respuesta del Triunvirato resulta justificada, de algún modo, ya que “no cabe duda [de] que si la tentativa hubiera estallado pudo costar mucha sangre” y que la participación de marinos realistas leales a Montevideo “debía proporcionar temibles perspectivas”[16]. La introducción en el texto de la reacción de Antonini ante el cadáver colgante de Álzaga apunta en el mismo sentido que en el caso de la Historia de Belgrano.

Una vez más como Mitre, y a diferencia de López, Levene considera que la amenaza del general portugués De Souza era parte importante de la conspiración, aunque coloca en el centro de esta la trama local. Esto explica que, tal como hizo López, se haya detenido en la interna política doméstica y consignado las dudas de Pueyrredón sobre la verdadera entidad de la conjura y su intención de renunciar, abortada por las amenazas de Rivadavia[17].

Por último, cabe destacar la sensibilidad histórica que lleva a Levene a detenerse en las marcas identitarias que entregó el proceso, tales como los símbolos azules y blancos de los seguidores de Juan José Rocha –líder a la sazón de un sector cívico de cierta relevancia– y la decisión de numerosos españoles de tramitar la nueva ciudadanía –entre ellos el padre de Bernardino Rivadavia–. Por otra parte, todo ello ocurría en paralelo a la emergencia de una idea de territorialidad amplia –sugerida por las repercusiones del proceso en el interior de las Provincias de Río de la Plata– y a la realización de ceremonias que, como festejo patriótico, se llevaron a cabo en ciudades como San Juan[18].

b. Los biógrafos: rescate del personaje y visiones encontradas

Es natural que un personaje atrapante y multifacético como Martín de Álzaga haya capturado la atención de diversos historiadores. El primero fue Héctor C. Quesada, miembro de una generación de historiadores alineados con las ideas nacionalistas en boga en los años 1930. Desde esa postura, atravesada por una reivindicación de la tradición hispánica y católica, se propuso rescatar a Álzaga de un olvido que consideraba injusto o, incluso más, producto de una leyenda negra que envolvía su figura. Así, lejos de considerarlo un traidor a la “causa nacional”, Quesada lo reivindica como una figura “fuerte como su raza” y “fiel a su rey”, esto es, a su modo, un patriota. En ese intento apologético, lo compara incluso con su gran contrafigura:

¿Acaso Liniers, conspirador como él, empañó por eso su gloria…? ¿Mereció por su fidelidad a España, la indiferencia y el olvido…? Liniers fué el héroe de las Invasiones; Álzaga, de la defensa. Los dos cayeron más tarde, derribados por los vientos de libertad. […] A los dos apartó de su camino la Revolución… Pero Liniers encontró en el suyo quien escribiera su panegírico y Álzaga todavía lo espera[19].

El libro, que comienza con “el proceso Antonini”, deriva, sobre el final, en “la loca tentativa” del comerciante vasco. Quesada concibe la conspiración del 12 en el contexto de una Revolución de Mayo cuyos fines ya eran evidentemente independentistas por más que se ocultaran tras la “máscara de Fernando”. “Álzaga, naturalmente, no se dejó engañar”, interpreta[20]. El autor transita en su relato por el contexto militar y político de la época, así como por las vicisitudes del complot y de la causa judicial. Con respecto a la llamada “conexión portuguesa”, sigue la línea tradicional, de cuño mitrista, de priorizar el componente doméstico y de considerar aquella como un elemento importante, pero secundario.

Tampoco se aparta de esa línea al considerar que el peligro que se cernía sobre la causa revolucionaria era concreto, lo que lo lleva a considerar la represión en la que se embarcó Rivadavia como “un deber ineludible”[21]. Su exposición, de tono más narrativo que analítico, hace breves escalas en las medidas antiespañolas adoptadas en la coyuntura. La ruptura historiográfica que propone queda de ese modo limitada.

Dispuesto, con todo, a rescatar a su biografiado, el autor destaca la negativa de Álzaga a entregar a sus cómplices y su entereza ante la muerte. Asimismo, señala que su ejecución constituyó un espectáculo público que puso de manifiesto ciertos elementos de identidad patriótica criolla. Entre ellos menciona la presencia de escolares en la plaza el sangriento 6 de julio, la exhibición de gorros frigios por parte de los concurrentes, la exaltación popular, las vivas a la patria, la suelta de palomas y la profusión de cintas celestes para saludar la restauración de la causa de la libertad[22].

Como se dijo, Quesada no avanza hasta el panegírico que insinúa ya que presenta a Álzaga como un contrarrevolucionario y como el organizador de una tentativa peligrosa para el nuevo orden, con lo que, de algún modo, justifica la represión que sufrió junto con sus allegados.

Su muerte inevitable constituye un alto ejemplo de fidelidad a su Rey… Lejos de mi espíritu –repito– apartarlo del banquillo. Sólo aspiro a vindicar su nombre, poner de relieve su carácter, rechazar porque es injusto, el apóstrofe de traidor con que se le acusa. Presentar otro Martín de Álzaga distinto de aquel que nos legara la historia. […] He eludido expresamente el juicio personal. […] Otro dictará la sentencia definitiva[23].

No tardaría en llegar quien se encomendaría a esa apología. Enrique de Gandía escribió Otro Álzaga, libro con el que profundizó, o consumó en realidad, la ruptura con un siglo de historiografía mitrista[24]. En este exalta tanto al personaje como su actuación, que llega a considerar como una verdadera divisoria de aguas del estudio de la historia argentina, por lo que es preciso desmontar la “leyenda negra” creada a su alrededor, producto de una historiografía que en el siglo XIX “le ha ignorado o desconocido” y que, luego, decadente en la primera parte del siglo XX, cayó en una “vulgar escolástica” producto de “concepciones marxistas y racistas”[25].

Según el autor, la figura de Martín de Álzaga resume los secretos del verdadero origen de la argentinidad, por lo cual reconocerla impone dejar de lado “el desprecio a España” y un “patriotismo desviado [que] atacó la historia nacional y la alteró en muchos de sus puntos más trascendentes”[26]. Para él, Álzaga fue el hombre que dio el primer impulso a la independencia nacional.

De Gandía fundamenta su interpretación en una concepción enteramente nueva sobre el proceso de independencia, que, deshaciéndose del legado mitrista, cuestiona por primera vez el carácter revolucionario de Mayo y lo interpreta, más bien, como un cambio de gobierno que dio inicio a una guerra civil entre hispanoamericanos liberales y absolutistas que la desataron al negarse “a acatar la voluntad de las Juntas que defendían los derechos del pueblo”[27]. Así, de ese conflicto nacería la independencia rioplatense[28]. No hubo, pues, según él, ni en Mayo ni en 1812 cuestiones identitarias que saldar entre criollos y peninsulares.

De Gandía reivindica a Quesada como “el historiador argentino que más ha ahondado la vida de Álzaga” y el hombre que “ha empezado a entrever la verdad”[29]. Él, por su parte, va mucho más allá y pone directamente en cuestión la interpretación que ya en 1812 y después se ha dado a la “conspiración de los españoles”. Para el autor, el celo represivo de Rivadavia se explica por el resentimiento que le dejó el mote de “persona incapaz” que el exalcalde del Cabildo le adjudicó en 1808, cuando Santiago de Liniers pidiera su nombramiento como alférez del cuerpo, y por “las pasiones”, “la envidia” y “la enorme influencia que disfrutaba en Buenos Aires”. Al respecto, señala: “Curioso hecho histórico, éste de la traición de Álzaga, que no consta en el proceso ni en ninguna parte y no es creído por Juan Martín de Pueyrredón, uno de los miembros del Triunvirato que ordena los fusilamientos”[30].

Para De Gandía, por último, Álzaga no fue de ningún modo alguien fiel a su rey –ni en 1812 ni en su fallida asonada de 1809– y lisa y llanamente resultó víctima de un crimen político. Ya aparece, según esta visión, como el “precursor de la independencia argentina”, esto es, el “primer hombre que concibió la independencia del Virreinato del Río de la Plata y la instalación de una junta de gobierno exactamente igual a la que se creó en 1810”[31].

¿Se trató de un montaje o de un crimen político? De ningún modo, replicó un historiador descendiente del personaje que aborda este libro, Enrique Williams Álzaga, quien afirma su idea en el hallazgo de correspondencia que tenía como eje al general portugués De Souza en el Arquivo Histórico de Rio Grande do Sul, la que prueba los contactos entre este último, los conjurados de Buenos Aires y las autoridades realistas de Montevideo[32]. La presunción de una conspiración efectiva que había recorrido la historiografía argentina desde Mitre quedó así confirmada con fuentes directas.

En Álzaga. 1812, Williams Álzaga presenta una visión más matizada y compleja de las convicciones ideológicas y del proyecto político de su antecesor, que continuaría en otros trabajos[33]. Por un lado, le adjudica haber soñado con “la independencia total de la metrópoli”, dada su oposición a Carlos IV y a Godoy, ya “en 1806, 1807, 1809 y 1810”. Sin embargo, más allá de sus ideas separatistas, no se produciría una confluencia con los criollos que activaban en pos de objetivos similares. De acuerdo con el autor,

el partido que él encabezaba nunca llegó a comulgar con el círculo de americanos –Castelli, Vieytes, Saturnino y Nicolás Rodríguez Peña y otros– que abrigaban el mismo fin. Uno y otro grupo constituían dos fuerzas paralelas pero antagónicas a la vez[34].

Hacia 1812, con España ocupada por los franceses, la independencia era una hipótesis admisible para Martín de Álzaga. Aquel “pretendía en 1812 convertirse en la autoridad suprema. ¿Con España, sin España? Los acontecimientos decidirían”. Eso sí, si de independencia se trataba, esta sería la de “su facción, la alta burguesía española, el grupo dirigente de la Colonia”[35].

Multifacético, ambicioso, arrogante, Álzaga era para este historiador –el que ofrece una semblanza más policromática del personaje– un monárquico absolutista de corazón que, sin embargo, no dudó en combatir a los absolutistas de la metrópoli. Era, ante todo, un “alzaguista”, valga la figura, es decir, alguien que terminó embarcándose sin retorno en un proyecto político eminentemente personal.

El último biógrafo que se considerará es Bernardo Lozier Almazán, quien refuta, igual que el autor anterior, la “fábula” de que la represión del 12 correspondió a un montaje, “un delirio imaginario” que se cobró “numerosas víctimas […] inocentes”[36]. Al contrario, a la par que relata pormenorizadamente los hechos de la conspiración, da también por probados los vínculos entre los absolutistas portugueses, los realistas de Montevideo y su facción.

Lozier esboza el perfil del personaje de un modo análogo al de Enrique Williams Álzaga. Era, describe, un “español y el representante más encumbrado de los peninsulares de Buenos Aires, origen de su legítima ambición de gobernar con España o sin ella, pero con la facción que él encabezaba, absolutista, monárquica y antiliberal”[37]. En ese sentido, rescata el enfoque de Héctor C. Quesada y afirma que Álzaga “de ninguna manera fue un traidor, antes bien, fue un ferviente patriota, fiel a su Rey y digno del mismo respeto que se les tributa a todos aquellos criollos patriotas que dieron sus vidas por concretar sus ideales de independencia”[38].


El contraste realizado entre estos autores permite analizar al Martín de Álzaga político bajo una luz nueva: la de un hombre que, tras haber alcanzado la cima de su poder económico, social y político en la Buenos Aires colonial, se vio envuelto en un mundo que se reconfiguraba vertiginosamente con base en criterios muy diferentes a los que él había conocido y bajo los cuales había cimentado su posición. Él, que se había enriquecido como un comerciante monopólico, resultaba –dada la caída de España en manos de Francia– privado de la metrópoli en torno a la cual siempre había girado su actividad. Además, quedaba expuesto a los vientos irresistibles de una tendencia ideológica librecambista que prometía modificar de raíz los contornos de la competencia y, con esto, una operatoria que basaba las ganancias más en los altos precios que en una demanda y una facturación en alza.

Álzaga, que gracias a su peso económico había adquirido un enorme poder local, con valiosas terminales en España, de pronto encontró que su regalismo quedaba vaciado de contenido debido a la vacancia del monarca al que debía servir. Expuesto a esa realidad en una coyuntura de enorme inestabilidad, en la que diversas legitimidades pugnaban por abrirse paso, tomó nota, asimismo, de la contracara más concreta de la vacatio regis, esto es, la lejanía irreversible entre la Península y América, patente por primera vez en las Invasiones Inglesas. Así, rechazó las pretensiones legitimistas de la infanta Carlota Joaquina, a quien consideraba una mera intermediara de las apetencias portuguesas y británicas sobre el Río de la Plata, y se entregó al juntismo debido a lo inimaginable que resultaba entre 1809 y 1812 la restauración de Fernando VII.

Era, por último, un peninsular para quien el predominio de su sector en la sociedad porteña era un hecho que no podía ser discutido, que se encontró inmerso súbitamente en una vorágine revolucionaria encarnada por la emergencia de un elemento americano que íntimamente despreciaba. En dicho proceso se topó con una diversidad de causas y tirrias de larga data entre criollos y peninsulares, las que acorralaban a su sector en un lugar cada vez más insostenible, en el que no solo corría el peligro de perder sus privilegios sino que lo exponía a la aplicación de restricciones e, incluso, persecuciones. Esto le reservaría, en tanto símbolo más destacado del dominio español, el rol trágico de blanco principal a la hora de la escalada de esos resentimientos populares.

Ante eso, Martín de Álzaga se encomendó a una intensa actividad conspirativa, pero a la vez inevitablemente anclada en lo local, esto es, desapegada de cualquier idea de lazo con un poder real fenecido al otro lado del Atlántico.

c. La Renovación y sus consecuencias

Más allá del perfil de Martín de Álzaga, nuevos estudios sobre la “conspiración de los españoles” aparecieron en las décadas de 1960 y 1970 en el contexto de una nueva reflexión sobre el período de independencia realizada por historiadores de la llamada Renovación, que se proponían “innovar metodológicamente” el campo y “nivelar la producción local con el panorama internacional”[39].

En 1972, Tulio Halperin Donghi publicó un libro clave e innovador, Revolución y guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina criolla, en el que postuló el impacto de la contienda bélica desatada en el Río de la Plata a partir de la Revolución de Mayo como el elemento transformador por excelencia del viejo orden colonial, tanto en lo que respecta a la liberación de la sociedad de la estructura corporativa vigente como en lo que hace a la reorientación de los circuitos económicos y al surgimiento de nuevos poderes locales. Restableció así el principio de primacía de lo político en el estudio del período, en respuesta a las corrientes, entonces en boga, que privilegiaban lo social y lo económico[40].

Bajo esa óptica, Halperin establece que, tras la “conjuración de Álzaga”, la Revolución de Mayo “ha enfrentado a un entero grupo, lo ha excluido de la sociedad que comienza a reorganizarse bajo su signo y sólo ha aceptado a reclutas individuales provenientes del mismo”[41]. Añade que “al año siguiente, la creación de la ciudadanía de las Provincias Unidas ofrece finalmente el instrumento legal para diferenciar el estatus de los metropolitanos favorables de los hostiles al nuevo orden”. El camino de segregación de la población de origen español sería acumulativo, al punto que “las limitaciones jurídicas se amplían, hasta que en 1817 los peninsulares sólo podrán casarse con una criolla si previamente obtienen autorización del secretario del gobierno”[42].

En otro libro de su autoría, De la Revolución de independencia a la Confederación rosista, Halperin menciona la conspiración en el marco de los cambios políticos que desencadena en Buenos Aires[43]. Sin embargo, es el enfoque anterior el que más interesa a los fines de este trabajo, ya que allí desarrolla los cambios en la relación entre criollos y peninsulares en la Buenos Aires de la época, un análisis que prestó especial atención a lo que ocurría en los sectores subalternos de la sociedad de la época y que, por eso, ha sido fecundo para investigaciones posteriores.

En efecto, en Revolución y guerra…, Halperin Donghi trata la conspiración de 1812 bajo una nueva luz: la de los cambios identitarios acelerados que fue provocando la guerra. En ese sentido, el proceso que aquí se trata se inscribe en una tendencia más larga de creciente roce entre criollos y peninsulares. “Es sobre todo el equilibrio interno de la élite el que es afectado por la revolución”, dice[44].

La carrera burocrática, cerrada en sus puestos principales a los nacidos en América, era, como en todo el sistema colonial, uno de los puntos de mayor rispidez en Buenos Aires. Lo llamativo es que, si bien la revolución había eliminado inmediatamente esos obstáculos, la hostilidad hacia los peninsulares persistió.

Ya desde 1810, las manifestaciones de esa tendencia se hacían inocultables, al punto que una resolución de la Junta del 3 de diciembre de 1810 declaraba a aquellos “hombres extraños”[45]. A eso le sigue la orden de marzo de 1811 de expulsión de los españoles solteros, resistida curiosamente por los radicales leales a Mariano Moreno –un aliado de Álzaga en la asonada de 1809, vale recordar–, luego desactivada y reaparecida como reivindicación plebeya en la llamada “revolución de los orilleros” del 5 y 6 de abril de 1811.

Estos avances históricos permitieron poner el foco en lo que acontecía en los sectores populares, donde los sentimientos antipeninsulares estaban profundamente arraigados. En esa línea se ubican los trabajos de una nueva generación de historiadores, como Gabriel di Meglio, Gustavo Paz, Sara Mata y Beatriz Bragoni, entre otros, continuados más recientemente por Mariana Alicia Pérez e Irina Polastrelli. Pero, aparte de Di Meglio, solo estas dos últimas se centraron en el estudio del complot del año 12.

Di Meglio presenta la etapa como una de aguda “politización urbana” y de “un vivo sentimiento antipeninsular, especialmente marcado entre el bajo pueblo”[46]. En lo que respecta específicamente a la conspiración, constata la profusa circulación de rumores y rescata con especial detalle los motivos patrióticos exhibidos por los criollos más radicalizados en los mencionados acontecimientos del 24 de julio de 1812. “Los límites del apoyo a la causa que promovían los gobernantes habían sido sobrepasados por miembros de la plebe y los sectores medios”[47], afirma. Este autor ilustra profusamente esos sentimientos antiespañoles, con anécdotas documentadas de enfrentamientos en el marco de espacios de sociabilidad popular como las pulperías. “Esa polarización contribuyó a integrar en el cuerpo americano a todos los que no eran peninsulares”, explica[48].

Otro trabajo relevante en esta línea es el de Mariana Pérez, quien considera la conspiración como

[…] una ventana particularmente rica para el análisis de las nuevas relaciones de poder y las tensiones sociales que atravesaban a la sociedad porteña de principios de la década de 1810. Una de las novedades que trajo la crisis del orden colonial fue el desplazamiento de los españoles de los espacios sociales privilegiados que ocupaban desde la colonia, cambio que fue acompañado por una creciente hostilidad hacia el grupo peninsular de parte de la sociedad porteña, sobre todo de las clases populares[49].

Esto la lleva a poner la mira en lo que sucedía en los espacios de sociabilidad popular de la época, eminentemente orales, entre ellos las pulperías, los talleres de artesanado, las barberías, los salones familiares, los atrios de las iglesias y la calle. La autora ya había recorrido esa línea en otro trabajo, no referido estrictamente al caso de Álzaga, pero útil para constatar las fracturas de la sociedad de la época. ¿Cuáles eran esas fallas? El mencionado dominio por parte de españoles de los puestos en la alta burocracia colonial, lo que privaba a criollos ilustrados de oportunidades de ascenso social; su control del comercio mayorista y minorista –pese a ser solo el 7 % de la población local, constituían en 1810 el 52 % de los almaceneros y el 64 % de los tenderos–; los roces que generaba esa posición en el vínculo con los criollos pobres, a quienes les controlaban el precio, el crédito y el fiado; su dominio del artesanado, actividad en la que se reservaban los puestos de maestro a partir de la obtención de crédito, posible por los vínculos de familia y paisanaje; sus mejores vínculos con el poder colonial y, por último, la mayor facilidad para probar “limpieza de sangre”, requisito clave para la consideración social y judicial y, sobre todo, para acceder a mejores oportunidades en el “mercado matrimonial”[50].

Irina Polastrelli, por último, encuadra los juicios contra Álzaga de 1809 y 1812 con un enfoque político-jurídico, y encuentra que el último de ellos expone un reemplazo de la invocación al rey por una apelación a la nueva patria traicionada, además de un avance en la idea de territorialidad del orden naciente[51]. La cuestión identitaria aparece, otra vez, en primer plano y expuesta a la luz de los sucesos de 1812.

d. Un nuevo enfoque

Se constató a lo largo de este capítulo el modo en que la “conspiración de Álzaga” fue mutando en el sentido que le dio la historiografía. Reacción regalista, complot peninsular desapegado del destino de la metrópoli, intento independentista de cuño español y oligárquico, oportunidad de expresión de un nuevo sentimiento patriótico criollo y subalterno derivado de tensiones sociales de larga data… Estas diferencias dan cuenta de un fenómeno llamativamente multicolor, que merece todavía más atención. ¿Cuáles pueden haber sido, entonces, las causas de la limitada atención que ha merecido el episodio?

Por un lado, se indicó que las características del proceso, su carácter sumario, las exageraciones presentes en las acusaciones, la profusa sangre con la que se saldó, las persecuciones a las que dio lugar, la cruel exposición de los cadáveres y el placer con que los observó una multitud supuestamente deseosa solo de libertad y paz conforman un conjunto de hechos poco atractivos cuando lo que se quiere es dar cuenta de una historia idealizada.

Al costado potencialmente vergonzante del proceso de 1812 contra los españoles se suma, como posible causa de su relativo descuido, el hecho de que la historiografía argentina haya pretendido en sus orígenes que la cuestión de la identidad nacional estuviera saldada y que no fuera un problema que mereciera ser interpelado. En efecto, desde Mitre y López “la argentinidad” se dio por descontada y todo lo ocurrido desde el 25 de mayo de 1810 fue atribuido a un sentimiento patriótico maduro. Sin embargo, como se sabe, la realidad fue diferente y la identidad nacional surgió de un lento, complejo y violento proceso de fragua. En este sentido, el caso de Álzaga brinda claves valiosas.

Como se señaló anteriormente, la búsqueda de dichas claves comenzó en trabajos recientes, pero existe la posibilidad de identificar otros elementos identitarios en los hechos de 1812 y de avanzar en nuevos modos de interpretarlos. Esta investigación no solo busca reconocer en ese proceso nuevas marcas de identidad patriótica sino también explorar el modo en que contribuyó a la generación paulatina de un sujeto pueblo diferente.

La reflexión sobre el escarnio aplicado a los cuerpos de los españoles condenados a muerte parece un punto de partida prometedor para avanzar. El Río de la Plata de comienzos del siglo XIX era un sitio alejado del centro de los asuntos mundiales. No sorprende, entonces, que haya vivido con cierto retraso el cambio de época que Europa comenzaba a atisbar en lo que respecta a la concepción del castigo.

El espectáculo punitivo y la exhibición del dolor del antiguo orden tenían un sentido inicial de disuadir el crimen a través de la generación de terror. Además, el ritual macabro de la punición era, en tanto público, eminentemente político y manifestación de un poder que consideraba las desviaciones delictivas como un desafío, algo claro en un caso de lesa patria como el de 1812. De acuerdo con Michel Foucault, al castigar al traidor, autor del colmo de los desafíos, el poder llevaba a cabo una venganza pública que lo reivindicaba en tanto soberano[52].

Ahora bien, ¿quién observaba? Ese público era el destinatario de un mensaje que lo erigía en testigo de aquella restauración de la autoridad, que con su presencia la respaldaba y la legitimaba[53]. En este punto se encuentra una resignificación de una misma manera de castigar, común al derecho español y a los primeros balbuceos del patrio: si el poder que se expresaba a través del suplicio ya no era el del monarca sino el de una nueva autoridad, rebelada contra aquel, el público al que apela también debía ser redefinido.

En efecto, un poder revolucionario, levantado contra la tiranía colonial, buscaba legitimarse ante los ojos de un testigo colectivo que separaba, a su vez, al sector de la población ligado al viejo orden. Excluidos, a la vista de todos, los españoles –chivos expiatorios por excelencia dentro del orden revolucionario–, surgió un nuevo sujeto pueblo, definido por su carácter criollo pero inclusivo, en tanto dominante en una nueva jerarquía, de indios, negros y castas. Los vítores y aplausos, las vivas a la patria nueva, los insultos y pedradas al cuerpo sacrificado del mismo hombre que el conjunto de la sociedad local había adulado apenas cinco años antes fueron producto del rol crucial que jugaron los espectadores de esa suerte de ritual iniciático.

Concluido el repaso precedente, se abordará el personaje de Martín de Álzaga en clave de biografía política. Para eso se repasarán, en un relato que necesariamente irá una y otra vez hacia adelante y hacia atrás en el tiempo, aspectos centrales de su vida que servirán para conocer su estilo de construcción de poder, sus rasgos personales e ideológicos, su enriquecimiento, su participación política, sus rivalidades, su ascenso y caída, y, sobre todo, la evolución de sus ideas a partir de los hechos de la etapa en Europa y en América. Eso explicará su emergencia como símbolo, elevado primero y denostado más tarde, de la hispanidad poderosa en el Río de la Plata, un hecho de potentes consecuencias. Dicha semblanza dialogará con la descripción de la sociedad porteña que lo cobijó, algo imprescindible para ubicar al personaje en la trama que se aceleró desde la Revolución de Mayo y que alcanzó un punto alto de radicalización en los hechos de 1812. Esa será la base sobre la que se podrá esbozar más adelante el análisis de la “conspiración de los españoles” a la luz del marco teórico del “pánico moral” acuñado por Stanley Cohen en 1973, debidamente adaptado al caso que aquí se trata.


  1. Véase Juan Manuel Beruti, Memorias curiosas, Tomo I, Emecé Editores, Buenos Aires, 2001, págs. 193 a 198. Asimismo, Pedro José Agrelo, Autobiografía, en Memorias y autobiografías, tomo III, pág. 225, Museo Histórico Nacional, Buenos Aires, 1910.
  2. Gabriel Di Meglio, “La guerra de independencia en la historiografía argentina”. En Manuel Chust y José Antonio Serrano (eds.), Debates sobre las independencias iberoamericanas, AHILA-Iberoamericana-Vervuert, Madrid, 2007. Consultado en <http://historiapolitica.com/datos/biblioteca/dimeglio2.pdf>, 12 de mayo de 2022, pág. 6.
  3. Bartolomé Mitre, Historia de Belgrano y de la independencia argentina, W. M. Jackson. Inc. editores, edición especial, tomo segundo, copia fiel de la cuarta y definitiva edición editada por Félix Lajouane en 1887, Buenos Aires, pág. 128.
  4. Sobre sus dudas, dice Mitre: “Por lo que respecta a la conspiración, casi dudaría de su existencia como plan deliberado, si no fuesen las pruebas inductivas que suministran sus conexiones con el general portugués de aquella época”. En Enrique Williams Álzaga, Álzaga. 1812, Emecé Editores, Buenos Aires, 1968, pág. 7.
  5. Bartolomé Mitre, Historia de Belgrano y de la independencia argentina, pág. 129.
  6. Ibid., pág. 130.
  7. Ibid., pág. 131.
  8. Ibid., pág. 140.
  9. Idem.
  10. Miguel Navarro Viola, “Causas célebres argentinas. Proceso de la conspiración de Don Martín de Álzaga contra el gobierno de las Provincias del Río de la Plata, descubierta en julio de 1812”, La Revista de Buenos Aires. Historia americana, Literatura y Derecho, Tomos IV y V, Buenos Aires, 1864.
  11. Ibid., pág. 571.
  12. Idem.
  13. Vicente Fidel López, Historia de la República Argentina. Su origen, su revolución y su desarrollo político hasta 1852, cuarta edición, tomo IV, capítulo III, La Facultad, 1926, págs. 135 y 136.
  14. Ibid., págs. 132 y 133.
  15. Ricardo Levene, Historia de la Nación Argentina (desde los orígenes hasta la organización definitiva en 1862), 3a. edición, Volumen V, segunda sección, La Revolución de Mayo hasta la Asamblea General Constituyente, El Ateneo, Buenos Aires, 1939, pág. 451.
  16. Idem.
  17. Ibid., págs. 454 y 455.
  18. Ibid., págs. 456 y 457.
  19. Héctor C. Quesada, El alcalde Álzaga. La tragedia de su vida, El Ateneo, Buenos Aires, 1936, págs. 9 y 10.
  20. Ibid., pág. 180.
  21. Ibid., págs. 10  y 192.
  22. Ibid., págs. 205 a 207.
  23. Ibid., pág. 208.
  24. Enrique de Gandía, Otro Álzaga, Ultreya, Santa Fe, 1949.
  25. Ibid., pág. 12.
  26. Ibid., pág. 16.
  27. Enrique de Gandía, Las ideas políticas de Mariano Moreno. Autenticidad del plan que le es atribuido, Peuser, Buenos Aires, 1946, pág. 46.
  28. Gabriel Di Meglio, “La guerra de independencia en la historiografía argentina”. Consultado en <http://historiapolitica.com/datos/biblioteca/dimeglio2.pdf>, 12 de mayo de 2022, pág. 12.
  29. Enrique de Gandía, Las ideas políticas de Martín de Álzaga. Precursor de la independencia argentina, en Historia de las Ideas Políticas en la Argentina, Ediciones Depalma, Buenos Aires, 1962, pág. 47.
  30. Ibid., pág. 49.
  31. Ibid., pág. 52.
  32. Enrique Williams Álzaga, Álzaga. 1812, págs. 57 a 63.
  33. Ver también Enrique Williams Álzaga, Martín de Álzaga en la reconquista y en la defensa de Buenos Aires (1806-1807), Buenos Aires, Emecé Editores, 1971.
  34. Enrique Williams Álzaga, Álzaga. 1812, págs. 242 y 243.
  35. Ibid., págs. 248 y 249.
  36. Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, Ediciones Ciudad Argentina, Buenos Aires, 1998, pág. 241.
  37. Ibid., pág. 240.
  38. Ibid., pág. 241.
  39. Gabriel Di Meglio, “La guerra de independencia en la historiografía argentina”. Consultado en <http://historiapolitica.com/datos/biblioteca/dimeglio2.pdf>, 12 de mayo de 2022, pág. 17.
  40. Tulio Halperin Donghi, Revolución y guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo XXI, 2009.
  41. Ibid., pág. 185.
  42. Ibid., pág. 184.
  43. Tulio Halperin Donghi, De la revolución de independencia a la Confederación rosista, Buenos Aires, Paidós, 2000, cap. IV, págs. 87 a 89.
  44. Tulio Halperin Donghi, Revolución y guerra, pág. 179.
  45. Ibid., pág. 181.
  46. Gabriel di Meglio, ¡Viva el bajo pueblo!, pág. 148.
  47. Ibid., pág. 151.
  48. Ibid., pág. 152.
  49. Mariana Alicia Pérez, “¡Viva España y mueran los criollos! La conspiración de Álzaga de 1812″, en M. Alabart, M. A. Fernández y M. Pérez, Buenos Aires, una sociedad que se transforma: entre la colonia y la Revolución, Buenos Aires, Prometeo, UNGS, 2010.
  50. Mariana Alicia Pérez, “Un grupo caído en desgracia”, págs. 116 a 120.
  51. Irina Polastrelli, “La disidencia política y sus condenas. Los juicios a Martín de Álzaga, 1809-1812”. En Marcela Viviana Tejerina (comp.), Definir al otro. El Río de la Plata en tiempos de cambio (1776-1820), EDIUNS, Bahía Blanca, 2012.
  52. Michel Foucault, Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, Siglo XXI, Buenos Aires, 2002, págs. 52 a 60.
  53. Ibid., págs. 62 a 64.


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