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Los orígenes de la economía política como ciencia: de los mercantilistas y fisiócratas hasta los autores clásicos

Gustavo Girado

La economía es una ciencia social, y en ella, como en toda ciencia social, existen orientaciones, escue­las, corrientes de pensamiento, muchas veces contrapuestas. En el caso del marco de pensa­miento de la economía política, como en otras ciencias sociales, hay diversidad. Más aún, las polémicas entre las diversas “teorías” económicas son útiles para comparar las lógicas propias de cada corriente de pensamiento, cómo resuelven los problemas planteados, sus deficiencias y limitaciones.

Como ya desarrollamos en el capítulo anterior, quienes hacemos este trabajo no pensamos que hay “una” ciencia económica y que todo lo que no pertenece a ella es ideología –como si fuese este un aspecto que no hace al hecho cien­tífico–, sino que, en la economía como ciencia social, existen perspectivas diferentes, aunque probablemente sí pensemos que algunas sean más científicas que otras. Tal como dice Dobb (1973):

Pero como en las ciencias sociales la experimentación es limitada, la economía es fundamentalmente una ciencia deductiva […]. Si tal es el caso y existen diversas escuelas de ideas que emplean conceptos cualitativamente distintos, es apenas posible una definición satisfactoria que los incluya a todos.

Aquí se engarza un debate ya histórico dentro de la “ciencia” económica –en particular, y de las ciencias sociales en general– que hace al grado de influencia ideológica que pueda padecer el discurso de cada corriente. Ya se trate de economistas apologéticos (“vulgares”, como diría Marx, o simples escribas de la ideología preeminente o dominante) o de aquellos que han logrado cierto reconocimiento como cientistas sociales, seguramente el discurso económico que sea hegemónico intentará armonizar y sintetizar con cierta coherencia un conjunto de demandas sociales de cada época y lugar. Tal como dice Schumpeter (1969):

La ciencia es una técnica y cuanto más se desarrolla, tanto más completamente sobrepasa el alcance de la comprensión, […] una mayor uniformidad de preparación y una mejor disciplina en el esfuerzo pueden en la física reducir el tumulto a algo parecido al orden. Sin embargo, […] existe en nuestro caso otra fuente de con­fusión y otro obstáculo para el progreso: la mayoría de nosotros, no contentos con la propia tarea científica, cedemos al llamado del deber público y a nuestro deseo de servir a nuestro país y a nuestro tiempo y, al hacerlo, introducimos en nuestro trabajo los esquemas individuales de valores y todas nuestras actitudes y opiniones; la personalidad moral toda, hasta sus ambiciones espirituales.

Que hayan existido –y coexistan– diferentes orientaciones en el pensamiento económico no implica a priori ningún vínculo entre esas corrientes. Este aspecto es relevante, ya que, a diferencia de lo que ocurre con las ciencias naturales, el conocimiento en la economía política es más difícil de acumular en comparación con la manera como sucede en aquellas disciplinas, e incluso impide que se puedan jerarquizar unos conocimientos o escuelas sobre otras, incluso si intentamos poner la idea de “progreso” como refe­rente. Desde esta misma ciencia social, unos pensadores pueden realizar apreciaciones críticas respecto de otros autores (con las mismas hipótesis e incluso con la misma metodología de análisis científico), a partir de la escala de valores que ostente dicho autor, pero es altamente difícil poder realizar apreciaciones respecto a la “evolución” presentada por una corriente respecto de otra pretérita. Schumpeter lo pone así:

En sí misma, la realización científica no exige que nos despojemos de nuestros juicios de valor o renunciemos a la defensa de un interés particular. Investigar hechos o elaborar instru­mentos para hacerlo es una cosa; valorarlos desde algún punto de vista moral o cultural es, en lógica, otra cosa, y las dos no están necesariamente en conflicto.

En definitiva, no hay un desarrollo lineal en lo que podemos llamar el “pensamiento científico de la economía” que nos permita “avanzar” en los términos comúnmente utilizados para otras disciplinas. Barceló y Argemí (1984) lo plantean como sigue:

La teoría económica estudia un segmento o nivel de la realidad humana con el objetivo de descubrir leyes, esto es, relaciones precisas entre variables seleccionadas y dotadas de genera­lidad en algún grado. Al no disponer de artefactos de laboratorio ni de reactivos químicos, los utensilios básicos del economista serán la abstracción y la corrección formal. […] toda la ciencia fáctica pretende hablar de la realidad y, por consiguiente, precisa de contrastaciones que convaliden, al menos hasta nuevo aviso, las hipótesis teóricas. Y el único observatorio […] que disponemos es la historia económica.

Precisamente, en el terreno de ese “observatorio”, algunos de sus mentores han alcanzado la categoría de “clásicos” al ser asociada su contribución teórica con los momentos del surgi­miento de la economía política como ciencia. Como ya vimos en el capítulo anterior, hay un interesante debate sobre desde cuándo existió la economía política como categoría de análisis social, dado que siempre existieron el trabajo, la producción, y relaciones sociales que determinaron una cierta distribución de lo que los seres humanos producen. Y de si esto implica, per se, la existencia de distintas categorías conceptuales que nos permiten remitir a la existencia de un cuerpo de conocimiento. En términos llanos, pueden diferenciarse dos escuelas de pensamiento, que se definen básicamente por entender de manera absolutamente diferente un aspecto medular de la economía política: el concepto de “valor”. El princi­pal exponente de una de ellas, Karl Marx (1970), criticó a sus antecesores intelectuales por el camino seguido para en­tender el funcionamiento del sistema económico:

Los economistas del siglo xvii, por ejemplo, comienzan siempre por el todo viviente, la población, la nación, el estado, varios estados, etc.; pero terminan siempre por descubrir, mediante el análisis, un cierto número de relaciones generales abstractas determinantes, tales como la división del trabajo, el dinero, el valor, etcétera […] la representación plena es volatilizada en una determinación abstracta.

Sin embargo, sabemos que la reflexión acerca de los problemas económicos como disciplina autónoma no es de tan vieja data. El economista argentino Manuel Fernández López (1998) nos recuerda que

los indicios con los que contamos hoy muestran un pensamiento económico bastante estructurado en la época de los griegos. Antes están los libros de Moisés en el Antiguo Testamento, el Código de Hammurabi, pero ahí predomina más el carácter normativo, el porque sí, porque lo manda Dios o el rey. En Platón, y luego en Aristóteles un poco más, está razonado el problema económico.

En última instancia, el proceso tiene una fuerte asociación con el que va a llevar –también– al surgimiento de la ciencia política como disciplina autónoma. Ya hablamos en el capítulo anterior de la relación entre el surgimiento de la ciencia política y el de la economía. Suele tomarse a Maquiavelo como el momento histórico en el que la ciencia política se constituye como tal, diferencián­dose de la filosofía y de la religión. Una de las principales originali­dades de Maquiavelo re­side en que no hace juicios morales o religiosos frente a la política, que a partir de acá pasará a referirse a sí misma, a sus propias categorías. Lo mismo sucederá con la economía, una vez que se admita la validez de la delimitación de un “continente de la economía” en el mundo real.

Como ya dijimos, Aristóteles (discípulo de Platón) escribió sobre “economía”, pero no la veía como dis­ciplina autónoma. De alguna manera, todas sus reflexiones acerca del trabajo, el empleo del dinero para realizar los intercambios, la idea de mercado, la capacidad de produc­ción (que Pla­tón atribuía a dones innatos de las personas), la organización económico-social y otras conceptualizaciones eran parte de una reflexión filosófica más general. Al respecto dice Peshejonov (1977):

A medida que la sociedad humana se desarrolla […], junto con la transmisión de los medios y procedimientos utilizados para la fabricación de unos u otros productos, surgen y se consolidan los conocimientos relativos a cómo organizar la producción […]. Todo ello quedó registrado en la forma de distintos preceptos y normas de conducta, y nos fue revelado por los papiros egipcios, las tablas del rey Hammurabi, los antiguos Vedas hindúes, etcétera.

También si tomamos a Tomás de Aquino (corriente “escolástica”), en cuyos trabajos se encuentran referen­cias a aspectos y cuestiones económicas, se observa una fuerte evidencia de subordinación respecto de la visión re­ligiosa.

El surgimiento de la economía como disciplina separada tiene que ver, recordemos, con ese proceso de mo­dernización, de desacralización del pensamiento que se relaciona con lo que se llama Edad Moderna, con la revolución que significó el descubrimiento, el gran desarrollo del comercio y, en última instancia, la transformación del régimen feudal y el proceso que llevó a lo que po­dríamos dar en llamar la “constitución de las bases del capitalismo”.

Los primeros pensadores alrededor de la temática de la economía política –escasamente sistemáticos– surgen a partir del siglo xvii cuando comienzan a desarrollarse ciertas formas mer­cantiles de circulación de la producción, y hasta mediados del siglo xviii. Una mayor sistematici­dad en aquellos trabajos se da, precisamente, en forma coincidente al desarrollo del capita­lismo, que es justamente el sistema en el que las relaciones económicas pasan a explicar cre­cientemente la organización de una sociedad. En la Edad Media, la sujeción del siervo de la gleba al señor feudal, por ejemplo, si bien constituía un vín­culo con consecuencias económicas, estaba basado en la tradición, poder militar, de coerción sobre los indi­viduos de manera directa. En el capitalismo esa relación es totalmente diferente, desde el momento en que las rela­ciones entre los propietarios y los no propietarios son también relaciones de cambio, cuyo contrato vincular asume la forma salarial. Hasta ese entonces, los postulados que hacen referencia al hecho económico son solo eso, postulados, y no conforman un pensamiento po­lítico por la inexistencia de Estado: donde no hay Estado, no hay política en el sentido estrictamente moderno del término, y es por eso por lo que en la Edad Media no hay ideas sobre política, sino ideas normativas que apuntan más a la con­ciencia del individuo. Cuando toma forma el Estado nación al comienzo de la Edad Moderna, como veremos, surge una política de comercio internacional y la microeconomía conexa. La sencillez de estas expresiones se debe a Manuel Fernández López (1998). Con “microeconomía conexa”, queremos significar la fijación de aranceles a la importación, estímulos a las exportaciones, restricciones y prohibiciones, etcétera.

Dicho esto, remitámonos tiempo atrás para poder entender el sentido del pensamiento histó­rico en torno del conocimiento económico, y conocer los aspectos político-sociales que en­marcaron el nacimiento del pensamiento clásico.

Los orígenes de la economía política y el mercantilismo

Al hablar de los orígenes de la economía política, convencionalmente nos remitimos a los primeros escritores que tuvieron como materia sistemática a la economía: son los que en los libros de texto aparecen como “mercantilistas”, más allá de que Tomás de Aquino y otros filósofos de la Antigüedad hayan hecho algún tipo de referencia sobre la problemática económica, pero esta no constituía la cuestión central de sus reflexiones. En líneas generales, se asocia el pensamiento mercantilista con la intervención del Estado (una “política económica nacional”), con postular las bondades de una balanza comercial favorable y con la asociación de la riqueza de una nación al acervo de oro que posee. Como veremos en seguida, los mercantilistas reales expresan una mucha mayor heterogeneidad que estos simples postulados estilizados.

Los mercantilistas tienen que ver con una etapa concreta del desarrollo histórico: es la vincu­lada a la vigencia de los Estados absolutistas en Europa. Hay distintas escuelas mercantilistas –en Alemania los kameralistas (o cameralistas), por ejemplo, empiristas por excelencia y consejeros de nobles y reyes–, porque en sí cada una de estas escuelas na­cionales estaba vinculada a ca­racterísticas específicas de esos Estados absolutistas. Así, cuando se habla de mercantilistas, suele aso­ciárselos con los existentes en Francia (con J. B. Colbert a la cabeza, que hacía gala de un industria­lismo incompleto), donde hay un Estado monárquico más consolidado y donde se ex­presan de manera más paradigmática los principales postulados de esta corriente. Veremos que también sus ideas se expanden con amplitud al comienzo en Italia, Rusia (centralmente con A. Ordin Naschókin) y, por supuesto, Gran Bretaña.

Precisamente los mercantilistas británicos tienen características particulares. Los mercantilistas ingleses como John Locke, Thomas Mun (mercantilista “tardío”, según algunos historiadores de la economía), Sir William Petty, David Hume y otros provenientes de la filosofía permean sus postulados con una serie de conceptos librecambistas que tienen que ver con el desarrollo del capitalismo inglés, que a su vez se encontraba en los prolegómenos de la expansión de su comercio a nivel internacional. Dice Amin (1971): Las relaciones comerciales de esta época (la mercantilista de los siglos xvi y xvii) son cuantitativa y cualitativamente un elemento fundamental del sistema capitalista en forma­ción”.

Hemos mencionado previamente a Petty, a quien muchos consideran el fundador de la economía política. Funda, junto a Isaac Newton, la Real Sociedad Británica para el fomento de la investigación científica, en 1662. En el terreno de la economía política, colocar a Petty como autor mercantilista exige un esfuerzo de imaginación ya que, a diferencia de todo el resto de los autores de esa escuela, Petty elimina las reglamentaciones estatales en el ámbito del comercio exterior, entre otras diferencias menores. Un análisis exhaustivo de su obra lo acerca mucho a los principios liberales que Smith va a defender casi un siglo después.

Las reflexiones económicas mercantilistas eran relativamente “primitivas” en comparación con los grandes sistemas del pensamiento económico, pero estaban muy vinculadas a los problemas económicos de las monarquías absolutistas. Cuando estos escritores piensan en el tema de la economía, se refieren al tipo de actividad que tenía que realizar el Estado y a la manera más conveniente de fortalecer su poder económico, lo que hace que esa refle­xión aparezca normalmente vinculada a la problemática del comercio exterior y la guerra. Ya que la riqueza para los mercantilistas radica en la acumulación de metales preciosos, principal­mente oro –basados en una lineal y pragmática forma de pensar–, el problema político es cómo financiar la guerra que permita conseguir ese metal precioso para ampliar y asegurar el poder de los Estados. Este análisis incluye la relación político-económica del Estado monárquico y sus colonias. Como escribe Hobsbawm (1990):

Naturalmente, los estados absolutistas también proporcionaron el apoyo financiero, político y militar necesario para arriesgadas empresas comerciales tales como las guerras y las nuevas industrias, y actuaron como agentes para la transferencia de la riqueza acumulada, desde el campesinado y otras gentes, a los empresarios.

Como vía posible para acumular metales preciosos, además de la guerra (que garantiza la preeminencia comercial del Estado victorioso), aparece también el comercio exterior. El comercio trae la riqueza para los mercantilistas. Uno de sus principales postulados consiste en que el objetivo del Estado debe consistir en acumular sin límites balanzas comerciales positivas, vale decir que del intercambio comercial resulte un saldo favorable que, medido en una magnitud dada de la “riqueza” considerada, con su acumulación se exprese un poder dado por esa cantidad de metales preciosos. La riqueza es, en primer término, el oro, ya que con él se puede adquirir lo que no se produce fronteras adentro. Señala Passarelli (1973):

El comercio internacional entre Europa occidental por una parte y el Nuevo Mundo, las factorías orientales y africanas por la otra, representa lo esencial de los intercambios mundiales, ya que la mayor parte de los intercambios internos en el centro involucra, a su vez, a produc­tos provenientes de la periferia que se redistribuyen en el mercado europeo y que se ha obte­nido mediante el intercambio simple […]. Los escritos de Thomas Mun revelan con toda niti­dez este proceso, que corresponde a la acumulación del capital-dinero en los puertos europeos, luego de haber sido obtenido gracias a la ubicación de los productos de la periferia […] entre las clases dominantes.

En definitiva, la persecución de estos saldos comerciales positivos implicaba de hecho un desequilibrio en el comercio inter­nacional, ya que el estado debe estimular las manufacturas de productos que al ser exportados permitan el ingreso de oro a las fronteras “nacionales”, mientras a la vez res­tringe la salida de oro del país, esto es, la importación de productos que deban ser pagados con ese metal. La política económica inglesa de principios del siglo xviii, debido a esto, es fuertemente proteccionista, promoviendo la fabricación en Inglaterra de productos manufacturados para ser consumidos internamente y exportar lo que se produzca en exceso, a cambio de las materias primas de las colonias, lo que hace innegable la relación entre expansión colonial y la política comercial. Marx (1975), subrayaba al respecto:

El descubrimiento de los países de América ricos en oro y plata; el exterminio, el esclavizamiento y el enterramiento de la población nativa en las minas; el principio de la conquista y del saqueo de la India Oriental; la transformación de África en un mercado para la caza comercial de los pieles negras, señalan la aurora de la era capitalista.

Son también propios de esta época todas las políticas que, contribuyendo a la creación y fortalecimiento de los Estados y de una economía nacional, favorecen la acumulación de riqueza-oro, como, por ejemplo, el hecho de im­pulsar las exportaciones reduciendo sus impuestos y aumentar los gravámenes a las im­portaciones para proteger la industria doméstica. Las consecuencias de todo esto será una menor importancia relativa para la agricultura, el desarrollo de las ma­rinas mercantes y, en general, una fuerte presencia de las políticas de Estado.

La política de Inglaterra hacia la India y China seguirá a posteriori por los mismos carriles. Gran Bretaña llegará a prohibir la fabri­cación, en sus colonias de América del Norte, de hasta un clavo de herradura, para evitar así la futura aparición de competidores en el mercado de manufacturas de hierro –al menos–. Lo mismo puede decirse de las políticas seguidas por las otras potencias europeas de la época y su política hacia sus colonias americanas, en África y Asia. La política española en Chile, por ejemplo, llegará a prohibir el herraje de los caballos, como derivación de un veto que se había aplicado a la explotación de las minas de hierro.

Si bien esa imagen puede ser recreada al momento de la introducción masiva de oro desde América, observemos que la aplicación masiva de políticas mercantilistas por todas las potencias de la época no está acompañada de una reflexión en la cual hayan podido esta­blecer equilibrios permanentes entre los distintos sistemas económicos nacionales y sus Esta­dos, por lo que en los mercantilistas el problema de la guerra es una cuestión permanente. El “equilibrio económico” no tiene posibilidades de ser siquiera concebido, ya que es imposible que todos los países que comercian puedan sostener simultáneamente balanzas comerciales superavitarias.

El mercantilismo, entonces, posee un corpus teórico definido a pesar de las características diferen­ciadas que asume en cada país, partiendo en todos los casos de una serie de dogmas que cada uno de ellos cree beneficioso para los intereses que defienden. Esta corriente surge en torno a la mo­narquía absoluta: es en gran parte la teori­zación de las necesidades de control del comercio y desarrollo de la producción que se manifiestan en esa época. Porque esa concepción del Es­tado totalmente distinto al momento previo feudal, ahora centralizado y unifi­cado, supone un mercado nacional también integrado. Nuevamente nos ilustra Passarelli (1973):

En su vinculación comercial con Oriente, Inglaterra ofrecía el metal precioso que recibía de España y Portugal, cuyo drenaje se producía debido a que ambas naciones peninsulares debían comprar en el mercado inglés y francés los productos industriales que no estaban en condiciones de elaborar o cuyos precios no eran competitivos. A su vez, Oriente tenía para ofrecer a cambio mercancías de algodón y seda, además de productos como té, sal, opio, pasas […], que Inglaterra reexportaba justamente a los países de los que obtenía el metal precioso.

Vemos entonces que el foco de atención del mercantilismo está en el comercio. En la medida que el interés pasa del plano de la circulación a la esfera de la producción (con la percepción de que allí radica ahora la fuente de la riqueza), esto es, del comercio a la producción de mer­cancías producidas por el trabajo, esto último se constituye en la cuestión medular de las co­rrientes de pensamiento que sucedieron al mercantilismo. Este foco en la producción se mantendrá posteriormente como lo hegemónico en el pensamiento económico por lo menos hasta la aparición de los neoclásicos en el último cuarto del siglo xix.

Pero, antes de avanzar, y desde nuestro presente, podemos permitirnos realizar una breve reflexión acerca de la búsqueda intrínseca de esos planteos económicos: ¿es conveniente para un país conseguir balanzas comerciales permanente­mente positivas? Esto implica que, por lo menos, dentro de esa economía nacional, se va a consumir menos de lo que en total se produce, ya que el resto (la diferencia entre lo producido y lo consumido) será vendido al exterior. Pero posiblemente, dada una cierta dotación de recursos, a un país le convenga más importar los productos del exterior y consumir más de lo que se produce a nivel doméstico. Evidentemente, a priori no puede decirse hacia qué lado es más conveniente que se incline la balanza comercial –literalmente en­tendida–. En definitiva, en principio las balanzas comerciales positivas o negativas dicen poco: puede ser negativa, pero, si ese resultado tiene origen en una mayor cantidad de impor­taciones de bienes o servicios, cabe la posibilidad de que esté apuntalando un proceso de reconstrucción o reconversión productiva, en definitiva, conveniente para el desarrollo de un país. Una balanza comercial positiva, por el contrario, puede implicar que se consuma muy poco de lo que se produce fronteras adentro; o también que ese saldo exportable sea de mercancías de un solo productor –monopolio–, o de unos pocos –oligopolio–, por lo que el mayor volumen de divisas que entra al país termina concentrado en una única o en pocas manos. La mayor riqueza que bien pudiera tener origen en una mayor productividad de la población de un país, en­tonces, tiene una distribución menos equitativa que si esa economía no hubiese tenido balanza comercial posi­tiva. Esto obliga a atender el tema de los mecanismos distributivos.

En el ejemplo de los países más dinámicos del mundo de las últimas décadas, ubicados en el Asia del Pacífico, donde incluso las disparidades de distribución del ingreso son fuertemente atacadas –para el caso de los más desarrollados del área: Corea, Taiwán, Singapur, Malasia–, el volumen de su comercio ha sido creciente y en muchos años de las últimas décadas el saldo comercial fue –o es– negativo.

Es decir que hay que tener en cuenta, al analizar las cuestiones comerciales del balance de pa­gos, la composición de dicha balanza comercial. Y también su destino. Porque es muy distinto dirigir las divisas generadas de un saldo positivo al pago de una deuda contraída con el exterior –externa–, que financiar con ellas la compra de bienes de capital para aumentar la capacidad competitiva de un país en los mercados internacionales vía mayores o mejores productos. Debe analizarse, entonces, quién se apropia de los mayores beneficios de una balanza comercial positiva –quién acumula a partir de allí– y qué compromisos se atienden con esos saldos favorables (es decir, si se desti­nan quizás a aumentar el consumo u otra variable), así como por contraposición también se debe estudiar bien quién y por qué se generan los saldos negativos del balance comercial.

Así y todo, estas cuestiones no nos son útiles para trabajar con la “reflexión” mercantilista, ya que esos autores todavía no pensaban alrededor de los problemas de la dis­tribución del ingreso. Con esta salvedad, su doctrina brinda el primer programa de política estatal que refleja los intereses de la burguesía en ascenso.

Las primeras discusiones sobre el valor y el excedente: la fisiocracia

Para ingresar cronológicamente en el estudio de esas corrientes que aparecerán como “superadoras” del análisis mercantilista, es necesario dirigir brevemente la atención a un tema central en la economía política: el valor. Debemos aproximarnos al tema conociendo de antemano las dificultades de los economistas para al­canzar una clara conceptualización al respecto.

Comencemos diciendo que hay que preguntarse por el valor de las cosas para poder reflexionar acerca del tema distribu­tivo (aspecto relevante, como veremos en capítulos posteriores, para parte de los economistas clásicos, especialmente Ricardo y Marx), ya que un artículo se intercambia por otro debido a una magnitud determinada –que no es el pre­cio, ya que este cambia: así como puede subir, también puede bajar–. Hablar de valor significa referirnos a las magnitudes más o menos per­manentes –en ciertas condiciones tecnológicas y de desarrollo dadas– en las cuales unos pro­ductos se intercambian por otros distintos. Y a cuál es el valor que permite llevar a cabo dicho intercambio o por el cual se inter­cambian dos produc­tos diferentes. Obviamente se tiene que tratar de alguna unidad que permita hacer las cosas comparables, medibles, mensurables, gracias a la cual los bienes puedan re­ducirse a esa unidad común y así permitir el acto del cambio. Cuando analicemos la obra de Smith más adelante, ha­remos una aproximación mayor.

Pero corresponde comenzar por los primeros pensadores –desde la economía política– que se comienzan a preguntar por el valor de los bienes en el sentido de valor de cambio. Primero apare­cen los llamados “fisiócratas (posteriores cronológicamente a los mercantilistas), que tu­vieron su principal desarrollo en Francia (Richard Cantillon –quizás pueda considerarse el pri­mero–, François Quesnay, el marqués de Mirabeau, Dupont de Nemours, Mercier de la Ri­viere, Le Trosne). Su reflexión está fuertemente vinculada a la problemática de la explotación primaria en ese país.

Dice Cusminsky de Cendrero (1991): “La fisiocracia no existía en 1750, mientras que de 1760 a 1770 el tout París hablaba de ella”.

En Hobsbawm (1990), se explica que, a entender del autor, a diferen­cia de la crisis del siglo xvi, la gran crisis del siglo xvii derivó en una considerable concentración del poder económico.

Sobre esta estructura es sobre lo que aparece el pensamiento fisiocrático. Con­siderarán a la agricultura como la única fuente de valor y riqueza, dando lugar al concepto de “trabajo productivo”, mientras echan luz sobre el excedente agrícola, cómo aparece y de qué modo cir­cula entre las clases sociales, lo que desemboca así en lo que por primera vez podríamos llamar una “dinámica económica”. A la vez, es importante resaltar a los fisiócratas como los primeros que construyeron la visión de la economía como un “orden natural”. “Laissez-faire, laissez passer” (“dejar hacer, dejar pasar”), como el consejo por excelencia de los economistas fisiocráticos a los monarcas, se transformará en la marca registrada de esta escuela y un antecedente “prehistórico” de lo que poco después será el pensamiento liberal.

Evidentemente, este tipo de planteos estará asociado a la lucha de intereses en la Francia de aquel momento, donde el sector terrateniente reivindica para sí una mayor proporción de la riqueza generada por la explotación del campo. Dice Hobsbawm (1998):

En la Europa meridional, gran parte de la nobleza vivía en ellas de las rentas de sus fincas. […]. La ciudad provinciana de finales del siglo xviii pudo ser una comunidad próspera y ex­pansiva […]. Pero toda esa prosperidad y expansión provenía del campo.

Los fisiócratas franceses constituyen la primera escuela que, sistemáticamente, considera que la única fuente de ingresos son la tierra y la renta que esta genera, lo que está indisolublemente asociado a que el problema agrario es central en el mundo del último cuarto del siglo xviii: la relación entre quienes poseen la tierra y quienes la trabajan, entre los que acumulan la riqueza que la tierra genera y los que producen esa riqueza.

De hecho, los autores de la fisiocracia no son muchos. Se los ha estudiado inclusive como participantes de algún tipo de logia, o como protopartido político, en cuanto su sentido de pertenencia está asociado a la comunión de afectos sobre una persona, François Quesnay, y al sentido casi místico que ge­neran alrededor de un cúmulo de ideas que son muy resistidas por la clase gober­nante, el clero y el ejército.

Quesnay no tenía antecedentes en temas económicos mientras era el médico del Delfín (así se llamaba al sucesor de la corona francesa). Como tal en la corte de Versalles y ya con el título de nobleza, conoce a Mirabeau, que sí tras­cendió a partir de la difusión de su L’ami des hommes. Del vínculo surgen debates que atraen a seguidores en el preciso momento en que la situación del reino es particularmente grave: comercio arruinado, industria estancada, agricultura hundida y un Estado sobre­cargado de deudas por la guerra de los Siete Años. En su intento de restaurar las finanzas de Francia, basados en sus conoci­mientos científicos, si bien el tema tenía sus antecedentes, Quesnay presenta públicamente los principios de su sistema que, en su opinión, restablecerán las fuerzas del reino, basado en un mecanismo que tiene tres elementos esenciales:

  1. teoría del producto neto,
  2. teoría de la cir­culación, y
  3. la concepción del orden natural y esencial de las sociedades.

Escribe Cusminsky de Cendrero (1991):

La proposición inicial […] sostiene que solamente la agricultura produce riqueza. […]. Dice que el dinero considerado en sí mismo no es riqueza pues no puede procurar provecho más que por la adquisición de bienes productivos. El único bien productivo, capaz de producir otros bienes productivos sin que se altere la fuente de la cual se extraen es el de la agricultura. Por lo tanto es ésta la única actividad capaz de proveer indefinidamente de riqueza. Las otras ramas de la producción […] eran solo transformadoras.

Tal como dice Quesnay (1972): “La tierra es la única fuente de la riqueza […], y es la agricultura la que la multiplica”.

Quesnay, principal teórico de la escuela fisiocrática, desarrolla su Tableau Economique, donde explica que el valor se origina en la tierra a partir de mensurar cantidades físicas. Es un cuadro donde se representa el proceso de producción, se calcula el excedente y aparece un es­quema de la reproducción del capital, basado en la circulación del producto anual y la distri­bución del ingreso entre tres clases diferentes: la clase estéril (comerciantes, artesanos, em­pleados), la de los propietarios (terratenientes) y, por último, la de la clase productiva (arrendatarios y trabajadores agrícolas).

En el esquema presentado en el Tableau, por ejemplo, si se tiene una cantidad de tela –manufactura de un producto que tiene origen en la tierra– en cantidad suficiente como para fabricar un saco, se obtiene dicho saco, pero nada más, no más que este; es decir que, mediante el proceso de producción industrial en el que se procesa un producto de la tierra, no se puede aumentar la cantidad del producto de la tierra que luego se transforma. En concreto, no se puede obtener tela para dos sacos, si la hay solo para uno. Escribe Dobb (1973), citando a Mirabeau: “Le doy un pedazo de paño a un sastre: no será nunca capaz de aumentarlo de modo de sacar de él una casaca para él y otra para mí”.

Así Quesnay postula, de manera simplificada, que el origen del conjunto del valor circundante en una sociedad está dado por la agricultura, que es la única actividad productiva, porque genera algún tipo de valor, algo valioso y, en particular, un excedente. Por lo tanto, los industriales son considerados una clase impro­ductiva, por su trabajo “improductivo” en términos fisiocráticos; por eso los llama “clase estéril”, ya que no aumentan el producto de la tierra, sino que “solo” lo transforman. Prestemos atención a que este valor así conside­rado se confunde con la magnitud física de los bienes. En síntesis, el excedente generado en una sociedad es el generado por la agricultura: en un ciclo productivo, se consigue al final del proceso más producto que el que se encontraba al comienzo. Se produce lo suficiente como para reemplazar el costo original más una cantidad que se consigue en exceso. Dice Dobb (1973): “El costo real de una cosa consistía en el gasto necesario de trigo para financiar su produc­ción, y era una consecuencia razonable suponer que esto constituía el ‘valor natural’ de la mercancía”.

La actividad agrícola es, entonces, la única en condiciones de generar aquel exce­dente, y el progreso material está determinado por la medida en que la sociedad esté en condiciones de aumentar ese producto neto, con origen en la tierra. En cuanto los productos materiales son aptos para satisfacer necesidades, tienen valor de uso –son elementos útiles–; algunos bienes útiles tienen también valor de cambio, que constituye un valor social particular, el cual suele expresarse en el precio. Estas mercancías (“riquezas”) pueden tener origen en la tierra o bien ser produc­tos manufacturados, industrializados, pero, en definitiva, para los fisiócratas terminan siendo siempre productos originados en las capacidades productivas del suelo. Sostiene Rosier (1978) que

toda “riqueza” tiene pues, para Quesnay, un aspecto real y otro monetario, lo que necesita un doble análisis, el de los flujos reales y el de los flujos monetarios, que conviene distinguir evitando “tomar el signo por la cosa, el dinero por la riqueza”, al ser la moneda nada más que un instrumento de cam­bio.

Poco más arriba hicimos referencia a la identificación que hace Quesnay del trabajo produc­tivo, concepto que surge de distinguir la producción total de la producción neta en cantidades físicas, diferentes de esto mismo expresado en dinero monetario. Donde los fisiócratas ponen el acento es en la producción neta en cantidad, y solamente desde allí puede hablarse de trabaja­dor productivo, que será entonces solamente aquel dedicado a tareas agrícolas o a otras actividades de explota­ción de la tierra en general (minería, pesca, etcétera). El resto de los trabajadores dedicados a ac­tividades donde solo se transforman aquellos productos no forman parte del acervo del tra­bajo productivo de una sociedad. Sigue diciendo Rosier (1978):

No será clasificado como productivo sino el acto que da nacimiento a más riqueza que la que consume y no son productivos sino los trabajadores que fabrican producto neto, es decir, valor de cambio adicional apropiado a los gastos de los trabajadores directos, por lo tanto un valor social. Es exactamente lo que dirá Marx.

En realidad, Quesnay analiza el circuito económico con el objeto de identificar los espacios sociales donde la corte tiene que imponer sus tributos, las gabelas. Esto es lo que lo lleva a dividir a la sociedad en clases. Pero, más allá de sus intenciones, su explicación de la aparición del excedente económico es absolutamente original (del producto anual, una parte re­pondría lo consumido en el ciclo anterior y otra quedaría como excedente), y constituye para Marx un eslabón fundamental para que pueda este desarrollar –y explicar, para muchos– el origen de un mayor valor social: produit net, plus value, mehrt wert, plusvalía. Así lo señala Peshejonov (1977):

Al subrayar que la verdadera fuente de la riqueza de la nación es el trabajo agrícola, […] criticaron el régimen vigente en Francia, la coerción a que los señores feudales sometían a los campesinos a través de recaudaciones e impuestos de todo tipo […]. Los fisiócratas no exhortaron a realizar una transformación revolucionaria del régimen feudal: consideraban que con la ayuda del poder real se lo podía modificar, pero, como lo acotara con acierto Marx, tras el rótulo de feudal, en la realidad comenzaba a tomar cuerpo en los fisiócratas la concepción de la organización capitalista de la producción.

La dinámica que adquiere el sistema desarrollado por Quesnay lo constituye en un innovador. Algo exagerado, el marqués de Mirabeau sabrá decir que el cuadro realizado por Quesnay es el invento más maravilloso y útil a la humanidad, junto con la invención de la escritura y la moneda. Cuando el excedente generado es totalmente consumido y se reconstituye el capital comprometido en la producción, sea para usar en los medios técnicos como para pagar a los trabajadores –fondo de salarios–, el esquema evoluciona circularmente, reproduciéndose análoga­mente período tras período. En este circuito de Quesnay, el sistema se mantiene y las clases sociales que lo consti­tuyen no ahorran, por lo que una ampliación de este solo es posible si se cambia el destino de ese producto neto, o de parte de él. Como esta escuela respalda su andamiaje en la naturalidad de los procesos económicos –sin realizar cuestionamiento alguno a la dotación de los factores y su distribución–, un destino diferente del excedente depende total­mente de sus propietarios, los terratenientes.

El balance del mercantilismo y la fisiocracia

Es injustificado decir que son poco valiosos los aportes de las dos escuelas reseñadas hasta aquí (mercantilistas y fisiócratas), ya que son las primeras que estu­diaron –quizás sí algo azarosamente la primera– el espacio económico y las consecuencias de la producción mercantil. Si bien ante la mirada contemporánea pueda pare­cer sumamente simple (y a nuestros ojos, errado) que los fisiócratas solo entiendan como productivo el trabajo agrí­cola, no es tan sencillo como parece: con el concepto del producto neto, llevan a cabo un aporte intelectual enorme antes de la Revolución francesa, en el momento en que los ingresos de los gobernantes están basados casi exclusivamente en la renta de la tierra y la producción manufacturera está en pañales.

Es difícil que Quesnay o los mercantilistas pudieran haber hecho un análisis algo más com­pleto del sistema capitalista cuando este no estaba del todo desarrollado, ni siquiera en térmi­nos de una sola nación. Así, al trabajar sobre la estructura económica europea de fin del siglo xvii, Hobsbawm (1990) escribe:

En las zonas marítimas, es indudable que los mercados nacionales crecieron considerablemente. En Inglaterra, al menos, tienta considerar al siglo xvii como el período decisivo en la creación del mercado nacional […]. Las gigantes­cas dimensiones de la ciudad de Londres, por supuesto, dieron al mercado interno una gran ventaja. Ningún otro país (exceptuando a Holanda) poseía una proporción tan vasta de personas concentradas en un solo bloque ur­bano.

Con Quesnay y el conjunto de los fisiócratas, se aborda el tema del exce­dente económico y su papel, mientras que, recién con los clásicos (que les continúan cronológica­mente), aparecerán los temas del beneficio y de la lógica de la acumulación del capital.

En el período que va desde la monarquía absoluta hasta la Revolución francesa y la Revolución Industrial (solo por citar algunos acontecimientos históricos que permiten delimitar el período), vamos a encontrar una serie de pensadores que hacen la crítica de las políticas mercantilistas, en parte poniendo énfasis en los aspectos del orden feudal que se mantenía en muchos aspectos del Estado abso­luto, en parte cuestionando esta nueva centralización que acompaña el surgimiento del capitalismo comercial (las características del propio Estado absolutista). Así vamos a ver aparecer a los que hoy podríamos llamar “liberales”. Dando origen a lo que se va a conocer como el pensamiento científico de la economía política, surgirán los padres del liberalismo económico, entre los cuales el más impor­tante va a ser Adam Smith. Él y David Ricardo –no es casual que ambos sean británicos– son los economistas del capitalismo naciente y de la Revolución Industrial, que en ese entonces está llevándose a cabo justamente en Gran Bretaña. Suele incluirse en la lista a Thomas Malthus, Jean Baptista Say (el único francés de este conjunto de autores), James Mill y algunos pocos otros, pero, si se intenta ser preciso con los aportes y debates generados, hay pocas du­das de que se incluyen más por su relación vincular y contemporaneidad con Smith y Ricardo que por su afinidad con los aportes e ideas en común con estos. Como dice Fernández López (1990): “Comparten sí la común creencia en un orden (la ‘mano invisible’) que aseguraba la compatibilidad de los intereses particulares con los de la nación sin necesidad de intervención por parte del Estado”.

Y también Peshejenov (1977):

Los clásicos del pensamiento económico burgués –en especial Smith y Ricardo– ya intentan delimitar, dentro del conjunto de conocimientos económicos, el objeto específico de estudio de la economía política, o sea, la investigación de las leyes internas, “naturales”, que rigen el desarrollo de la producción de los diversos bienes materiales.

Suele considerarse el nacimiento de la economía política como coincidente con los cambios ideológicos y socioeconómicos que tienen lugar en Europa Occidental en su transición a la nueva era burguesa, si bien esta puede decirse que comenzó unos cien años antes, ya que el capitalismo industrial es más antiguo que la misma Revolución Industrial. Hobsbawm (1990) señala que el período que él denomina “gran revolución”, que va de 1789 a 1848, es el triunfo no de la “industria” como tal, sino de la “industria capitalista”, victoria no de la libertad y la igualdad en general, sino de la “clase media” o sociedad “burguesa”.

En este siglo xviii, las transformaciones en la Europa continental e insular (particularmente en esta última, porque Gran Bretaña aparece en la vanguardia del desarrollo del capita­lismo) son sencillamente impresionantes. Francia y la ya mencionada Gran Bretaña son el campo donde el iluminismo gana su batalla, lo que colabora para entender por qué dos de los sucesos más importantes de la historia de occidente tienen lugar en esos países: la Revolución francesa de 1789 y la Revolución Industrial, que nace en ese siglo (si bien sus repercusiones se hacen inequívocas no antes de 1830) y que dará lugar a la primera nación con una economía centralmente industrial. Afirma Berg (1987):

El siglo xviii no se caracterizó por la brecha entre las instituciones de los mercantilistas del siglo xvii y los avances de Adam Smith, sino por un análisis persistente de las conexiones entre los mercados, el cambio técnico, y la expansión industrial, que fueron realizándose desde finales del siglo xvii.

La economía clásica inglesa: Adam Smith

Suele tomarse como punto de referencia para hablar del comienzo de la economía política clásica la obra de Adam Smith, quien, aprovechando el cimiento fisiocrático, es el primero en establecer un cuerpo teórico tratando de dar cuenta del conjunto de las actividades económicas, coincidente con un desarrollo mucho más avanzado de las relaciones capitalistas, como, por ejemplo, una mayor y más profunda división del trabajo, que, en términos de unidades productivas, son prácticamente inexistentes en el modo feudal de producción. Si bien muchos de los temas que abordan los economistas clásicos ya fueron planteados y tratados antes por otros pensa­dores, a partir de Smith la economía política se libera definitivamente (por lo menos en lo que al pensamiento liberal se refiere) de las ilusiones sobre el papel “transformador” del rey y el Estado.

El proceso de formación y desarrollo de la producción capitalista desemboca en el resquebrajamiento definitivo de la cerrada administración feudal precedente, en un animado intercam­bio con una también profunda ampliación de los vínculos entre los diversos productores: la producción gradualmente comienza a tener un carácter social.

Los enormes cambios acaecidos en este siglo y sus instrumentos tanto políticos como intelectuales (como ejes de las mayores fuerzas sociales y económicas) ya se habían expandido en una parte de Europa que era lo suficientemente grande como para tener influencia decisiva sobre el resto del espacio continental e insular. Aquellos cambios están históricamente signa­dos por la llamada Revolución Industrial, que se consolida hacia el último cuarto de este siglo. Citemos a Ashton (1983):

Por ello debe decirse que la Revolución Industrial significó también una revolución de ideas. Si bien trajo un nuevo entendimiento y un mayor control de la naturaleza, también aportó una nueva actitud ante los problemas sociales. Y bajo este aspecto, son asimismo Es­cocia y su Universidad de Glasgow los portaestandartes.

Seguimos a Hobsbawm (1990) para conocer la Europa que le toca vivir a Smith. La describe así:

Sólo unas pocas comarcas habían impulsado el desarrollo agrario dando un paso adelante hacia una agricultura puramente capitalista, principalmente en Inglaterra. La gran propiedad estaba muy concentrada, pero el típico cultivador era un comerciante de tipo medio, granjero-arrendatario que operaba con trabajo alquilado. […]. Pero cuando ésta cambió (entre 1760 y 1830, aproximadamente), lo que surgió no fue una agricultura campesina, sino una clase de empresarios agrícolas –los granjeros– y un gran proletariado agrario.

El pensamiento ilustrado que caracteriza la época está dominado por el individualismo racionalista, secular y progresivo que, al poner en el centro al individuo, hace hincapié en la necesidad de liberar al ser humano de las cadenas intelectuales medievales (como la superstición de las iglesias, por ejemplo), que persiste y alcanza a convivir varias décadas con el pensamiento progresista. Exceptuando a Gran Bretaña (y algún otro pequeño Estado), todos los países de Europa son gobernados por monarquías absolutistas que, si bien son teóricamente libres de hacer cuanto quieran, conjugan todos los atributos que heredan de la feudalidad –a pesar de ser “modernistas e innovadoras”–, ya que los reyes y sus burócratas aparecen dispuestos a realizar todo lo que esté a su alcance para reforzar su autoridad y sus rentas dentro de su territo­rio. Y una buena manera de llevarlo a cabo es intentar seducir a las que entonces eran las fuerzas ascendentes de la Ilustración.

Filósofo antes que economista, no puede entenderse la obra fundamental de Smith sin tener en cuenta su formación y actuación académica en temas filosófico-morales. Si, según él, la conducta del ser humano naturalmente se desenvuelve a partir de una serie de motivaciones como el egoísmo y el sentido de la propiedad –entre otras–, cada individuo es el mejor juez posible de su interés, que satisfará según su propia manera –individual– si se lo deja ac­tuar libremente para ello. Si eso sucede así, no solo él actuará como naturalmente “debe” hacerlo –respondiendo a su propia motivación–, sino que beneficiará al resto impulsando el bien común. Esas “leyes naturales” de la producción se abren camino a pesar de la voluntad de los seres humanos y de la legislación estatal que intentan impedírselo. En el siguiente capítulo, desarrollaremos a fondo todos estos argumentos.

Smith –en su intento de descubrir esa “ley natural”– escribe en la segunda mitad del siglo xviii, en el preciso momento en el que los inventos de la primera Revolución Industrial se comienzan a incorporar al proceso de producción como innovaciones técnicas, al completarse el proceso de transformación agraria que está creando las bases del capitalismo industrial de­sarrollado. Debemos precisar este aspecto, para lo que recurrimos a Hobsbawm (1990):

[…] naturalmente que eso no significa que en 1760 […] Inglaterra fuera un país por completo carente de industrias, y que en 1830 […] estuviera total­mente industrializada. […] las verdaderas transformaciones tecnológicas y organizativas ocurridas durante el período de la Revolución Industrial se circunscribieron a un sector bastante restringido de la economía; el sistema de fábrica, por ejemplo, se limitó en la mayoría de los casos a la manufactura del algodón.

Ricardo, en cambio, escribe a comienzos del siglo siguiente, cuando ya la burguesía indus­trial inglesa está inundando el mundo con sus productos y aparece Inglaterra perfilada como hegemónica en el nuevo sistema capitalista. Su Ensayo sobre las utilidades es de 1815, y la primera edición de su trabajo más importante, Principios de economía política y tributación, de 1817.

Sin embargo, varios autores coinciden en el hecho de que la Revolución Industrial tal como la entendemos hoy tuvo un comienzo focalizado, limitado geográficamente y en medio de un cuadro relativamente pesimista del funcionamiento del sistema económico (tal como estaba dado el ordenamiento jurídico-social en ese entonces), que no abrigaba esperanzas de un futuro particularmente promisorio. Este es el contexto que le permitirá a Smith pensar en el futuro como “triste y melancólico”.

Es interesante observar que, según varios historiadores, el hecho de que Smith no advierta la incidencia que la Revolución Industrial alcanzó sobre el proceso de producción y distribución de la riqueza constituye una de las limitaciones más importantes de su obra, si bien inevitable teniendo en cuenta las características de los mecanismos de transmisión de las innovaciones productivas en aquella época.

Es necesario recalcar este aspecto. Deben tenerse muy presentes las características de esos mecanismos de transmisión y los espacios donde se aplicaban en ese entonces, para tener real comprensión de la visión de Smith: la expansión de la producción industrial se realizaba casi exclusivamente bajo el llamado “sistema doméstico”, donde un mercader era el que finalmente llevaba los productos al gran mercado previa compra que le realizaba a los campesinos del fruto de su trabajo no agrícola, y al artesano de sus productos. La mayor in­tensidad que fue adquiriendo ese tránsito de mercaderes dio lugar a las primeras (y todavía rudimentarias) condiciones para el nacimiento del capitalismo industrial inglés. Dice Schumpeter (1969):

Smith contempló con fría mirada crítica el proceso económico de su tiempo e instintivamente buscó factores explicativos de orden mecánico antes que personal, tales como la división del trabajo. Su actitud hacia las clases terrateniente y capitalista era la de un observador exterior, y puso bien en claro que consideraba al terrateniente […] como un mal innecesario, y al capi­talista […] como un mal necesario.

Smith no ha corrido la misma suerte que su continuador –David Ricardo–, ya que en general ha sido desvalorizado por su “eclecticismo confuso” como teorizador puro, por muchos econo­mistas. Uno de los que no piensa así fue Paul Samuelson (1977), quien lo defiende especial­mente por “su sabiduría ecléctica acerca del capitalismo en desarrollo, y por su defensa ideológica del laissez-faire competitivo frente a las erróneas interferencias mercantilistas sobre el mer­cado”.

Eric Roll (1980) también lo elogia como un “ordenador” del caos todavía reinante en la investigación económica. Además, dice de él que

su éxito no hubiera sido tan grande de no haberse dirigido a un auditorio dispuesto a reci­bir su mensaje. Habló con la voz de éste, la voz de los industriales que ansiaban acabar con todas las restricciones del mercado y de la oferta de trabajo, restos anticuados del capital co­mercial y de los intereses de los terratenientes.

Respecto de sus antecesores, su obra desnuda con inusual rigor los principios que subyacen en el funcionamiento del sistema capitalista. En ella encontramos al primer economista que fundamenta con claridad la necesidad de que el Estado se abstenga de intervenir en la eco­nomía, sometiendo a una crítica muy dura todo el andamiaje jurídico del mercantilismo (con sus prohibiciones al comercio, proteccionismo en materia de comercio exterior, regulaciones de la economía interna, etcétera). Al respecto dice Dobb (1973): “Frente al antiguo orden autoritario, con sus impuestos, códigos y sanciones, se le­vantaba el concepto de un “orden natural” […]. En oposición al ‘derecho divi­no’ autoritario se levantaba el “derecho natural” del individuo”.

Aquel desarrollo motivado por la libertad en el movimiento de los factores que hacen al hecho económico –el “dejar hacer, dejar pasar” de los fisiócratas– la asociación del movimiento de los flujos de la economía con lo natural del funcionamiento de un cuerpo humano, justifican en Smith un ataque mayor al enemigo sistémico, los monopolios, que a los mismos gobiernos crecientemente nacionales. Cuando Adam Smith aplica sus conceptos referidos al orden natu­ral a las cuestiones económicas, se pone totalmente en contra de cualquier tipo de intervención del Estado en la industria y en el comercio, porque aquel “equilibrio natural” es el mejor asig­natario de recursos conocido, tal como lo señala el propio Smith (2005):

Es máxima de todo jefe de familia prudente nunca intentar producir en casa aquello que le costará más hacer que comprar […]. Lo que es prudencia en la conducta de cada familia particular, difícilmente puede ser un desatino en la de un gran reino.

La única política económica que un gobierno debería llevar adelante es, para Smith, toda aquella que conserve la libre competencia. Incluso acentúa que se debe actuar para destruir posiciones monopolísticas ya sean del trabajo o del capital.

Pero Smith no cuestiona la aparición de conductas que llevan a estas posiciones desde la perspectiva de algún tipo de sanción moral, ya que el ser humano se mueve en ese sentido debido a su natural egoísmo. Es propio del individuo que intente obtener ese tipo de ventajas, por eso debe evitarse que entorpezcan el fluido funcionamiento del mercado, esto es, el natural despliegue de la “mano invisible” que establece los equilibrios de mercado. Smith (2005) dice que cada individuo “es conducido por una ‘mano invisible’ a promover un fin que no entraba en su propósito”.

De lo que se habla, entonces, es de la importancia del interés personal como factor determinante de la vida económica. Continuamos leyendo a Smith:

Los ricos escogen del montón sólo lo más preciado y agradable. Consumen poco más que el pobre, y a pesar de su egoísmo y rapacidad natural, y aunque sólo procuran su propia conveniencia, y lo único que se proponen con el trabajo de esos miles de hombres a los que dan empleo es la satisfacción de sus vanos e insaciables deseos, dividen con el pobre el producto de todos sus progresos. Son conducidos por una mano invisible que los hace distribuir las co­sas necesarias de la vida casi de la misma manera que habrían sido distribuidas si la tierra hubiera estado repartida en partes iguales entre todos sus habitantes; y así, sin proponérselo, promueven el interés de la sociedad y proporcionan medios para la multiplicación de la especie.

El proceso del intercambio, despojado de aquellas interferencias, dará lugar, según la visión smithiana, a la mejor asignación de recursos posible, lo cual mejorará las condiciones de vida promedio de todos. Esto es así porque, de esta manera, se producirá la mayor cantidad de mercancías a los precios más bajos y también así se determi­narían los niveles naturales de salario y beneficio, tal como señala Heilbroner (1984).

Los clásicos y la teoría del valor trabajo

Entre algunos de los conceptos desarrollados por Smith en la construcción de su andamiaje teórico que consiguieron mayor impacto intelectual y analítico en otros pensadores, encon­tramos los ya mencionados de “valor de uso” y “valor de cambio”, que aparecen co­mo conse­cuencia de preguntarse por el valor como fundamento del precio. Esto aparece a su vez co­mo producto natural de su desarrollo teórico. Los economistas, que adquirirán la denominación de “clásicos” –como explicaremos más adelante– intentan con insistencia dis­cutir la problemática del valor, el hecho de por qué unas cosas se in­tercambian por otras y en qué magnitudes lo hacen y qué leyes regulan ese intercambio. Es complejo el tratamiento del tema en Smith, y el estudio de su obra ha dado lugar a varias in­terpretaciones. Seremos aquí breves con la intención de despejar conceptos, pero debe quedar claro desde ahora que, en el autor –y no solo en él–, se presentan contradicciones. En los próximos capítulos, volveremos con más profundidad sobre el tema.

Sintéticamente, la premisa básica del intercambio nos obliga a partir del hecho de suponer que, si las cosas fueran iguales, no se intercambiarían unas por otras. Dos bienes con un grado de utilidad diferente sí pueden cambiarse entre sí, pero el valor de uso de cada una no nos puede dar la magnitud necesaria –requerida– para realizar ese intercambio, ya que, de la utilidad, por ejemplo, de un paraguas y una agenda –útiles para protegerse de la lluvia o el sol y registrar los compromisos contraí­dos, respectivamente–, no pueden obtenerse las magnitudes que permitan el cambio, su mensu­rabilidad. Pero ese valor sí explicará su intercambio en virtud de su diferente cualidad, lo que las hace intercambiables. Lo que entonces permitirá cuantificar las magnitudes por las cuales se intercambiarán dos mercancías va a ser el valor de cambio, concepto del que parte Marx para su análisis (gracias entonces al “anclaje” analítico inicial de Smith sobre el que luego Ricardo avan­zaría un poco más). Será desde este concepto de “valor” (de cambio) desde donde Smith concentrará su interés.

Él será el primero en escribir acerca de los componentes del valor, y en definir por qué dos cosas se intercambian en una determinada magnitud (existen algunos planteos previos, como el de William Petty, pero no alcanzarán la sistematicidad ni la entidad con las que lo desarrollará Smith). Sostendrá que dicha magnitud se regula por la cantidad de horas de trabajo necesarias para construir, hacer o producir cada uno de esos productos involucrados en el intercambio.

Una vez que Smith realiza aquella distinción, como dijimos, focaliza su interés en el único de los dos “valores” que le permiten estudiar las reglas a las que los hombres se sujetan en las relaciones de cambio –que involucran dichos intercambios mercantiles–: el valor de cambio. Lo que intenta explicar el valor es por qué las cosas se intercambian en promedio –y en un período determinado– por una magnitud más o menos constante. Dice Smith que, en un comienzo (“en una etapa ruda y primitiva”), los productos fueron cambiados unos por otros proporcionalmente según la cantidad de trabajo que hubo que realizar para producir cada una. Por eso sostiene que ese es el único elemento capaz de hacer las cosas intercambiables, un valor que permite los cambios, y no otro.

Aquel valor de cambio, expresado en dinero, es el precio (“precio natural”) que tiene el pro­ducto en el mercado para el productor que lo lleva allí: es entonces un precio de oferta. Según Passano, ese precio natural es el que los fisiócratas llaman “precio necesario”, ya que es la cantidad de dinero que el productor de la mercancía debe necesariamente recibir por ella en el mercado, a los efectos de mantener el sistema productivo en funcionamiento.

Más allá de eso, es claro que los precios deben ser diferenciados de los valores que les dieron ori­gen, ya que los precios pueden variar todos los días e incluso pueden llegar a ser más o menos for­tuitos, pero estos tienen una tendencia que está basada en los valores de los produc­tos. El precio puede diferir del valor, pero no por mucho tiempo, lo que nos permite decir que el precio tiende al valor, si bien quizás nunca coincida con él.

Smith sostiene que el precio de mercado tenderá a igualarse al precio natural de las mercancías, el que varía con los tipos naturales de salarios, utilidades y renta (es decir, al pre­cio natural de cada uno de esos ingresos). Entonces, esas tres remuneraciones de los factores (trabajo, capital y tierra, respectivamente) forman el precio –a diferencia de lo que pos­teriormente ocurrirá con Ricardo– y son las fuentes originarias del valor de cambio. En cuanto comienza a hablar de una etapa más compleja, civilizada, con apropiación privada de los fac­tores de la producción (el acervo productivo, como la tierra y los elementos útiles para pro­ducir las mercancías), ya no es solo el trabajo el elemento capaz de regir el valor de cambio, sino también el capital. De allí que en los determinantes del precio aparezcan tres remunera­ciones diferentes (el mencionado salario, la renta y el beneficio).

Dice Smith (2005) que la renta

entra en la composición del precio de las mercaderías de una manera diferente de los salarios y las utilidades. Los salarios y las utilidades altos o bajos son causa de precios altos o bajos; la renta alta o baja es efecto de éstos

Entonces la renta aparece como producto diferencial. Continua Smith (2005): “Salarios, beneficio y renta son las tres fuentes originarias de toda clase de renta y de todo valor de cambio. Cualquier otra clase de renta se deriva, en última instancia, de una de estas tres”.

Observamos que es en el tema del origen de la renta de la tierra donde más se advierte la influencia de los seguidores de Quesnay.

Las diferencias aparecen después, dice Smith (2005): “El valor de una mercancía cualquiera, para la persona que la posee y que [se propone] cambiarla por otras mercancías, es igual a la cantidad de trabajo que le permite comprar o de la cual le permite disponer”.

Pareciera entonces que Smith considera al trabajo como la única fuente de valor, y la cantidad de trabajo incorporada en cada mercancía es para él la medida de ese valor. Acá simplemente enunciamos que no habrá una respuesta unívoca a esto, como luego veremos en los capítulos posteriores. Su dilema ya tiene vieja data: Smith, en un estudio previo, y en línea con escritores anteriores (Petty, Steuart, Cantillon), asocia el valor de cambio con el costo de producir la cantidad de trabajo necesaria para tener esa mercancía (esto es, la manutención del trabajador más lo que haga a su educación y reproducción como clase). El valor de cambio de una mercancía que se quiera intercambiar será igual a la cantidad de trabajo que se pueda comprar con ella. Cantidad de trabajo ence­rrado en la mercancía por la que se produce el intercambio. Gracias a la cual se efectúa. Por eso dice que “el trabajo es la medida real del valor de cambio de todas las mercancías”.

Pero posteriormente sostiene, a diferencia de lo anterior –o paralelamente, como quiera verse–, que la medida del valor de una mercancía también está dada por la cantidad de trabajo que se puede obtener cambiando esa mercancía por otra, además de explicarse por la cantidad de tra­bajo que requiere su producción. A partir de aquí, subsisten sus dos enfoques, persistiendo la confusión entre cantidad de trabajo y el valor del trabajo.

Roll (1983) logra identificar un párrafo donde coexisten las dos afirmaciones:

[…] “la riqueza [de un hombre] es mayor o menor precisamente en proporción a la amplitud de esa facultad [de dis­posición], o a la cantidad de trabajo ajeno o de su producto […], que aquella riqueza le coloca en condiciones de adquirir”. En la primera parte de esta afirmación, identifica Roll, el valor de cambio del trabajo es la medida del valor de cambio de otras mercancías; en la segunda, esa medida es la cantidad de trabajo incorporada en una mercancía.

Engels (1974) resume la contradicción clásica diciendo que primero

la economía clásica encontró que el valor de una mercancía se determinaba por el trabajo necesario para su producción encerrado en ella. Y se contentó con esta explicación. […]. Pero, tan pronto como los economistas aplicaban este criterio de determinación del valor por el trabajo a la mercancía “trabajo”, caían de contradicción en contradicción. ¿Cómo se determina el “valor del trabajo”?

Posteriormente, dice que los clásicos intentaron buscar otra salida: el valor de una mercancía equivalía a su costo de producción. Se pregunta: “¿Pero cuál es el costo de producción del tra­bajo?”. En las condiciones de la producción capitalista, ya no son lo mismo el valor del tra­bajo y la cantidad de trabajo incorporado en una mercancía.

En defensa del pensador escocés, debe recordarse que la simiente del concepto de “plusvalía” tiene origen en él, ya que distingue claramente dos clases de ingresos solamente: los que le permiten subsistir al trabajador, y otro que se deduce del valor producido por el trabajador y que se apropian el terrateniente o el propietario del acervo de capital, o bien ambos. Aparen­temente, basados en la inconsecuencia de Smith respecto del tema del valor, muchos historia­dores depositan casi solamente en David Ricardo el antecedente concreto de la teoría de la plusvalía de Marx, lo que da lugar a que todavía muchos economistas insistan en considerar a Marx como un “neorricardiano”.

Sintetizando el debate y, como vemos, simplificándolo en esta primera entrada a él, encontramos en los economistas clásicos una teoría objeti­va del valor. Este es el aspecto que Marx rescata de estos autores en su esencia, como elemento medular, para supe­rar (en sus propios términos) el mismo pensamiento clásico en el sentido de llevar a cabo la crítica de la economía clásica, mientras reconoce cuánto hay de científico en el aporte de Quesnay, Smith y Ricardo. Los economistas neoclásicos (o marginalistas), en cambio, van a tomar otro aspecto de los clásicos, que es su posición frente a la naturalidad de los procesos económicos, su visión ideológica de la economía capitalista (liberal, en el sentido antiguo del término), junto a lo que se va a transformar en su herramienta formal por excelencia: la teoría ricardiana del producto marginal.

Los intentos de explicación del concepto de “valor” utilizando la categoría trabajo –teoría objetiva–, entonces, serán diferentes de acuer­do al autor de que se trate: con Adam Smith, que es quien nos atañe ahora, se nos aparece el intento conceptual de destruir la falacia mercantilista que considera valiosos, solamente, a los metales preciosos. Dice Passano (1977):

Al haberse limitado a examinar las proporciones en que las mercancías se intercambian entre sí, la concepción clásica solo cubre la determinación cuantitativa del valor de cambio. Y en esto radica, en última instancia, el límite de la elaboración clásica del problema del valor. En efecto, el hecho de que dos mercancías con valores de uso muy diversos en determinadas proporciones se puedan intercambiar entre sí, comporta una relación cuantitativa entre ambas, pero la cambiabilidad presupone también la presencia de un factor o cualidad común […], y es esta determinación cualitativa la que los clásicos no analizaron.

Por otro lado, tanto Smith como Ricardo tienen muy presente la idea de que la economía es una ciencia social. Como veremos después, Ricardo (1985) dice que “la economía estudia las leyes de distribución del producto entre los distintos sectores”.

Esto quiere decir que para David Ricardo ya está claro que hay diferen­tes sectores sociales (ya presentados previamente por Smith): terratenientes, empre­sarios industriales, trabajadores; tiene certeza de que, si aumen­ta el precio del trigo, aumentan los salarios, porque el trigo es el bien salario fundamental, de manera que se favorecen los intereses de los terratenientes –que ven crecer su renta–, mientras que se perjudican los capitalistas industriales, que deben pagar mayores salarios a sus trabajadores y mayores rentas a los dueños de la tierra.

División del trabajo, productividad y mercado

Esa “riqueza de las naciones” de la que hablaba Smith es su capacidad de generar valor, una mayor cantidad de producto. Y uno de los principios que explican el de­sarrollo de las fuer­zas productivas es, para Smith, la propensión al intercambio, ya que esa inclinación derivará inevitablemente en una profundización de la división del trabajo (o especialización de las actividades económicas), ícono de la teoría smithiana como concepto abarcador. División del trabajo que permite obtener mayores beneficios de productividad. El modelo que trabaja Smith es de desarrollo y crecimiento económicos, y dentro de él explica diferentes modos de organización industrial y su aparición.

De la que habla Smith en primera instancia es de la división técnica del trabajo dentro del taller de manufacturas, tan bien descrita en su ejemplo de la fábrica de alfileres en el capítulo I de Smith (2005). Lo ilustra como sigue:

Un obrero que no haya sido adiestrado en esa clase de tarea […] y que no esté acostumbrado a manejar la maquinaria que en él se utiliza […], por más que trabaje, apenas podría hacer un alfiler por día, […] hoy día la fabricación de alfileres […] está dividida en varios ramos, la mayor parte de los cuales también constituyen otros tantos oficios distintos. Un obrero es­tira el alambre, otro lo endereza, un tercero lo va cortando en trozos iguales, un cuarto le hace la punta, […] a su vez la confección de la cabeza requiere dos o tres operaciones distintas […]. En fin, el importante trabajo de hacer un alfiler queda dividido […] en unas dieciocho operaciones distintas, las cuales son desempeñadas en algunas fábricas por otros tantos obre­ros diferentes, aunque en otras un solo hombre desempeñe a veces dos o tres operaciones. […]. He visto una pequeña fábrica […] por consiguiente, estas diez personas podían hacer cada día, en conjunto, más de cuarenta y ocho mil alfileres, cuya cantidad dividida entre diez, corres­pondería a cuatro mil ochocientas por persona. En cambio si cada uno hubiera trabajado sepa­rada e independientemente, y ninguno hubiera sido adiestrado en esa clase de tarea, es seguro que no hubiera podido hacer veinte, o, tal vez, ni un solo alfiler al día. […]. En todas las demás manufacturas y artes los efectos de la división del trabajo son muy semejantes a los de este oficio poco complicado […] la división del trabajo, en cuanto puede ser aplicada, ocasiona en todo arte un aumento proporcional en las facultades productivas del trabajo. Es de suponer que la diversificación de numerosos empleos y actividades económicas es consecuencia de esa ventaja.

Rápidamente, amplía la conceptualización hacia la división social del trabajo como producto de la división entre las clases sociales.

Sin intercambio no habrá división del trabajo –según Smith–, mientras que con él las diversas unidades económicas propenden a la especialización. Aclara Passano (1977):

Ya no se trata, como en la tradición medieval, de la idea de una funcionalidad recíproca de los diversos oficios y estamentos que, bajo el control de una casta político-intelectual dirigente, contribuyen al funcionamiento del “cuerpo” social. Se trata de una división del trabajo siempre creciente, de cuyo incremento depende, justamente, el aumento de la productividad del trabajo y, por ende, el aumento de la riqueza social.

A partir de esa mayor productividad, se alimenta una mayor división del trabajo, que a su vez estimula un intercambio mayor. Asimismo, esa mayor división del trabajo es una variable dependiente del desarrollo del mercado (por lo tanto, se encuentra limitada por la extensión del mercado) y de la acumulación del capital. Sigamos escuchando a Smith (2005):

Hay algunos tipos de industria, de la categoría inferior, que pueden desempeñarse aquí y ahora, pero solo en una gran ciudad. Un mozo, por ejemplo, no puede encontrar empleo y subsistencia en ningún otro lugar […]. En las casas aisladas y en pueblos muy pequeños de las Highlands de Escocia, cada granjero debe ser el carnicero, el panadero y el cervecero de su propia familia.

Esto se debe a que el mercado donde ese trabajador se desenvuelve no es lo suficientemente grande como para que las personas puedan especializarse en una actividad (el incremento de su productividad alcanza límites) donde puedan obtener lo que no saben hacer (productos que no producen) a cambio del excedente de su producción, vía intercambio de productos en el mercado. De ahí que un mercado mayor permita conseguir mayor especialización –división mayor del trabajo–.

La acumulación del capital, como dijimos, juega también su papel. Como variable de la que depende la división del trabajo, su tasa de incremento determinará la cantidad de capital de la que dispondrá el contratista para emplear a un trabajador en una actividad determinada. Interpreta Blaug (1985): “Cada incremento del remanente del capital tendería también a hacer aumentar los salarios, lo cual, a su vez, crearía incentivos para la división del trabajo y para una más alta productividad”.

El ahorro de tiempo de trabajo para la reali­zación de los productos mercantiles, logrado con base en la especialización mencionada, permite que las unidades de producción aumenten más que proporcionalmente su capacidad de trabajo, en cuanto favorece su concentración y habili­dades. Si en el proceso productivo las personas realizan, cada una, una serie cada vez menor de actividades, como pequeños procesos (parcialización del proceso de trabajo) dentro de uno mayor, la conclusión será que el producto total será mayor, lo que beneficiará a esa unidad de producción en cuanto su excedente será también más grande, permitiéndole mediante el intercambio la posibilidad de acce­der a una mayor cantidad de mercancías.

Por lo tanto, otro de los aspectos destacables de Smith está representado por la importancia que otorga al tamaño del mercado como determinante de la amplitud que alcan­zarán los be­neficios de dicha división, esto es, la cantidad de personas beneficiarias de la especialización en los oficios. Explica que la mayor posibilidad de transar bienes pro­ducidos en exceso de los que produce para sí cada persona está dada por la mayor cantidad de población disponible a su alrededor que a su vez produce una variedad de bienes diferentes: a menor cantidad de perso­nas, menor especialización existirá en esa sociedad y, por lo tanto, mayor cantidad de cosas deberá cada uno producir para sí para satisfacer sus necesidades.

Luego del intercambio generalizado en una sociedad, de donde todos se benefician de esa ma­yor y más extendida división social del trabajo (en la medida que el mercado sea mayor), apa­rece en escena uno de los justifica­tivos más fuertes de los beneficios del comercio exterior: los países deben también espe­cializarse porque de ello deviene un mayor bienestar general, como producto de un mayor intercambio comercial. Para Smith cada economía debe concentrarse en producir aquellas mercancías en cuya producción tiene ventajas respecto de otras economías, y deberían intercambiarse recíprocamente libremente dichos productos.

Adam Smith, entonces, manifiesta su principal diferencia con los fisiócratas en aquella capacidad de generación de excedente: no solo la actividad agrícola es ahora “productiva”, pero “fiel a su temperamento” –interpreta Dobb–, no continúa con un desarrollo conceptual que permita investigar a fondo el porqué de esa capacidad en las actividades manufactureras a partir del despliegue de los inventos de la Revolución Industrial.

En la obra de Smith, se considera la introducción de la máquina como un elemento más de la división del trabajo. Los otros dos elementos que contribuyen con dicha división son “el progreso en la destreza del obrero” (especialización) y el ahorro en el tiempo de producción que se logra al evitar los desplazamientos intrafábrica y cambios de herramienta en el trabajo (Smith se refiere centralmente al taller manufacturero, previo a la intro­ducción de la máquina-herra­mienta).

Al haber una ventaja en la industria con respecto a la agricultura para llevar a cabo más a fondo una división del trabajo, el aumento en la productividad se producirá como consecuen­cia de la profundización de dicha división, consecuencias que la máquina asentará. Esa divi­sión de la que tanto habla Smith es siempre creciente, de cuyo incremento depende, justa­mente, el aumento de la produc­tividad del trabajo y, por ende, el aumento de la riqueza social.

La especialización en los procedimientos y funciones permitió dividir la vieja artesanía o crear un grupo de semiexpertos entre los campesinos. El antiguo maestro artesano, o algunos grupos especiales de artesanos o algún grupo local de intermediarios, pudieron convertirse en algo semejante a subcontratistas o patronos.

Esto describe Hobsbawm, dando su visión del naci­miento del capitalismo inglés. Ese tipo de actividad es la que Smith encuentra en el taller de alfileres.

De acuerdo con su criterio, la especialización de los trabajadores a cargo de una labor es­pecífica ayudará para la simplificación de las tareas. Señala Smith (2005): “Cuanto más se pueda concentrar un obrero en algún punto del proceso de produc­ción, más capaz será de descubrir algún medio de reducirlo.

De allí se deduce que el mejoramiento posible a realizar en las máquinas proviene, para Smith, más del “ingenio de los constructores” que de los usuarios. Quizás el aspecto más des­tacable de este análisis se asiente en la posibilidad de que no sean solamente personas direc­tamente relacionadas con la herramienta de trabajo las que logren encontrarle usos más con­venientes para la producción (dado su estrecho vínculo, como vimos), sino que también, sos­tiene Smith, la misma especialización dará lugar a que existan personas dedicadas exclusiva­mente a la producción de máquinas, que quizás no tienen la opor­tunidad de usarlas, pero que, gracias a su ingenio, logren aportar mejoras a estas que ayuden a incrementar la pro­ducción. Smith (2005) incluye dentro de esta gama también a “los llamados filósofos u hombres de especulación, cuya actividad no consiste en hacer cosa alguna sino en observarlas todas”.

Esto es lo que los hace capaces de coordinar actividades diferentes de original manera, acrecen­tando la cantidad de ciencia disponible por la sociedad, y en condiciones de explotarla. Es la primera vez en la historia de la economía política que se considera con esa entidad a la capacidad del trabajo intelectual.

Lo que no alcanza a apreciar, y en esto es muy coincidente –y aparece más justificado a la vez con la posición de David Ricardo (al menos hasta la tercera edición de su más famoso trabajo), es la cuestión del desempleo como producto de la incorporación de maquinarias al proceso productivo. Dice Ashton (1983): “[…] con los progresos de la trilla, por los alrededores de 1820, había menos ocupación en las haciendas durante los meses de invierno y el obrero agrícola comenzó a soportar, con el ur­bano, la experiencia del desempleo técnico”.

Como un ejemplo de los cambios en los perfiles filosóficos de la época, todo el capítulo II del libro I de su obra lo dedica al “principio que motiva la división del trabajo”, desgranando en él una síntesis de sus lecturas filosóficas, mostrándonos cómo la división del trabajo deviene de la propensión humana al cambio: “De la misma manera que recibimos la mayor parte de los servicios mutuos que ne­cesitamos, por convenio, trueque o compra”.

Señala que además esta propensión se encuentra solo en el ser humano y, lo que es más, se halla estimulada por el egoísmo, que aparece como componente intrínseco de la naturaleza humana (capítulo donde, además, revela todo su espíritu comercial). De todos modos, las diferentes aptitudes naturales de unos hombres con respecto de otros no son tan marcadas, sino que, por el contrario, en los primeros pasos de la vida y durante los seis u ocho primeros años de edad fueron pro­bablemente muy semejantes, y ni sus padres ni sus camaradas advir­tieron diferencia notable”.

Las diferencias aparecen cuando, en su madurez, las personas se “profesionalizan” al especializarse en distintas ocupaciones (por hábito, costumbre o educa­ción). El deseo natural de hacer útiles para sí cada una de esas diferencias las convierte en personas útiles para la sociedad y para sí mismas, en cuanto bregan por obtener individualmente la mayor ven­taja social posible y de bienestar.

En suma, de sus intentos intelectuales abarcadores y de la persistente búsqueda para entender la naturalidad de los procesos económicos, se desprenden una serie de conceptos, de los cuales los centrales podrían ser los siguientes: exigencia de libertad en el desplazamiento, cambio de lugar de trabajo y contratación de los trabajadores, compraventa libre de la tierra, anulación del sistema de los patrimonios hereditarios inamovibles y de todas las reglamentaciones que organizaban y “dirigían” la producción industrial, supresión de los impuestos que gravaban el transporte de mercancías dentro del país y plena libertad para co­merciar con el exterior. Si las autoridades entienden que cumplir con estos “preceptos” es atender a la necesidad de la economía toda, estarían garantizando la prosperidad y riqueza de las naciones. De esto claramente deriva el fortalecimiento de las relaciones burguesas (hasta entonces clase revolucionaria y progresista), lo que garantiza el establecimiento del capitalismo en toda la nación y, más aún, comienza a perfilar también su expansión a escala internacional.

La consolidación del pensamiento económico clásico

En definitiva, Adam Smith (y David Ricardo –como veremos más adelante–) fue un economista de quien podemos decir en un principio que, de alguna manera, encierra gran parte del llamado “pensamiento clásico”. Se sostiene que existe entre Smith y Ricardo una continuidad explícita, tratan los mismos problemas, y, en alguna medida, también podemos decir que este último constituye una suerte de continuación del pensamiento del primero, con una mayor dosis de rigurosi­dad científica y coherencia. Rosa Luxemburgo (1976) escribió que “en Inglaterra la burguesía, en el período de embate y lucha por la libertad de comercio, que signó el comienzo de su do­minación en el mercado mundial, se proveyó de armas en el arsenal de Smith-Ricardo”.

Pero el perfil teórico de ambos es diferente; la base de tal distinción se encuentra, sin duda, en la forma­ción intelectual de cada uno. En el caso de Smith, se trata de un profesor universitario en Glasgow y Edimburgo, Escocia (su tierra natal), exponente principal del llamado “renacimiento escocés”, con fuerte formación filosófica, en donde esta se corre desde el campo ético-político a la economía, cuestiones que se dejan ver entremezcladas en su obra fun­damental.

El que llamó “economistas clásicos” tanto a Smith como a David Ricardo fue Karl Marx. Él distinguirá entre los “economistas clásicos” y los “economistas vulgares”. ¿Quiénes son entonces estos economistas clásicos? Son los que Marx, aunque los critica por tener una visión ideológica de la economía en la medida que identifican al capitalismo con un orden natural –lo que los hace desistir de una visión histórica y, por lo tanto, crítica de este–, de alguna forma describen más o menos científicamente los mecanismos de funcionamiento de la economía de su tiempo. Existen otros economistas menos conocidos, y que Marx llama “vulgares” por ser simples apologistas del capitalismo, incapaces de desentrañar realmente las características y contradicciones del funcionamiento del modo de producción capitalista, e indiferentes a ello.

Por supuesto que se abre aquí un interrogante: ¿puede entonces considerarse a Marx un continuador de los clásicos?

Esta es una discusión en la economía contemporánea. En el pensamiento de los clásicos, por ejemplo, estaba todo este aspecto que Marx consideraba “ideológico” de fundamentación o defensa del orden económico liberal. Pero, al mismo tiempo, había una visión muy profunda de los verdaderos mecanismos de funcionamiento de la economía capitalista. Smith (2005) sostenía ya que “el trabajo de un obrero de fábrica añade, en general, al valor de la materia sobre la que trabaja ese obrero, el valor de su subsistencia y del beneficio de su patrón”.

El equívoco inte­lectual principal, para Marx, radica en esa limitación de clase que le impide ver –por no querer asumir una posición crítica– las leyes que gobiernan la producción y distribución de aquel producto social, que para Smith son tan naturales como todo su esquema teórico: su límite es, entonces, su propio contenido ideológico. Más específicamente, Passano (1977) lo explica así:

[…] al haberse limitado a examinar las proporciones en que las mercancías se intercambian en­tre sí, la concepción clásica solo cubre la determinación cuantitativa del valor de cambio. […] el hecho de que dos mercancías con valores de uso muy diversos en determinadas pro­porciones se puedan intercambiar entre sí, comporta una relación cuantitativa entre ambas, pero la cambiabilidad presupone también la presencia de un factor o cualidad común (que no puede residir en sus utilidades dispares) y es esa determinación cualitativa la que los clásicos no analizaron. La no problematización de ese factor común, cuantitativamente variable y cua­litativamente igual, […] obedece a que la concepción clásica consideró la existencia de la mer­cancía como un dato natural, antes que como un fenómeno histórico social.

Desde otro lugar, Eric Roll (1980) subraya el límite de la validez del análisis de Smith: “[…] es culpa­ble de haber otorgado validez para todos los tiempos a las características de la sociedad de su época”.

Cuando dos siglos después Paul Singer (1986) describa las características comparadas de las teorías del valor más conocidas, otorgará a la posición marginalista un lugar similar: su preten­sión de ahistoricidad. Marx sostiene que la economía política en realidad se limita a intentar explicar el fenómeno capi­talista, y, más específicamente, la dinámica de este modo de producción. El punto es pertinente, ya que permite reafir­mar qué aspectos los neoclásicos tomaban de los clásicos como pilar de su desarrollo teórico. He aquí un elemento más, que suele ser dejado de lado: la creencia de que desde allí puede explicarse el funcionamiento de los diferentes modos de producción.

En Ricardo, como exponente máximo de la escuela clásica “premarxista”, hay una compren­sión de que en última instancia son las características del proceso de producción las que determinan el funcionamiento de los mercados. Es decir, Ricardo comienza su análisis directamente por una teoría objetiva del valor, que va a sostener que son justamente las condiciones objetivas del proceso de producción las determinantes del valor de las mercancías.

El clasicismo de Smith y Ricardo deviene de la autoridad con que transmitieron sus ideas a quienes los continuaron y trabajaron en economía política, el “orden” mencionado por Roll y la generalidad conceptual, no sin al menos un dejo de ruptura con las corrientes predecesoras. Enseñan sobre la necesidad de un principio unificado para alcanzar cierto grado de explica­ción de los fenómenos económicos de manera que se relacionen unos con otros. Todo esto lo afirmamos sin que necesariamente esto implique quiebre alguno de paradigmas ni mucho menos de cambios de estadios en el análisis científico.

Hay otros economistas, posteriores –otra escuela de pensamiento–, los llamados “neoclásicos” (o “marginalistas”), que abordarán este tema desde una posición muy diferente: sosteniendo que lo que determina el valor de los productos es la utilidad que estos tienen para los consumidores (juntamente con la escasez), y que en última instancia no son las condiciones de producción las que determinan el funcionamiento del mercado (y, en todo caso, a partir de allí conjuntamente con la demanda), sino que son la demanda (única o superlativamente) y el mercado los que determinan las condiciones de producción; estaremos entonces frente a una teoría “subjetiva” del valor (es la subjetividad como consumidor la que determina el valor de los productos).

Quizás en estos aspectos sea donde radique una de las mayores diferencias entre estas corrien­tes de pensamiento (si bien estos últimos son la consecuencia histórica del desarrollo de las escuelas en economía política, al igual que Marx y exactamente en oposición a este): en el pensamiento clásico siempre hay un claro mensaje de cambio social (así lo entendía Piero Sra­ffa en 1926), mientras que en el planteo económico marginalista la actitud es pasiva –visión del proceso econó­mico que Manuel Fernández López catalogará de “contemplativa”–, con una tendencia en el razo­namiento económico a hacerse evidente la ausencia de la verdad por contrastación con la realidad (la verdad pasa a ser la au­sencia de contradicción en un razonamiento).

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