José Castillo
La irrupción de Keynes en la teoría económica y en la práctica de la política económica es inescindible de las grandes transformaciones y crisis que vivió el capitalismo en el siglo xx. De ahí que enmarquemos este capítulo dentro de lo que definimos como una nueva “época” en el modo de producción capitalista. “Era del imperio” llamaría el historiador británico Eric Hobsbawm al período que se abrió con la crisis de 1873 y se desplegó sobre el siglo xx, anticipando las grandes convulsiones que se sucederían en el nuevo siglo. Lenin, en 1916, hablaría de “el imperialismo”, “fase superior o última del capitalismo”, “época de guerras y revoluciones”. Leon Trotsky (1999), ya en 1939, también daría su veredicto: “Las fuerzas productivas de la humanidad se estancan. Los nuevos inventos y mejoras técnicas ya no consiguen elevar el nivel de la riqueza material”. Sin profundizar en ninguna de estas definiciones, limitémonos a enumerar los sucesos que recorrieron la vida adulta –y llamaron la atención– de John Maynard Keynes: Primera Guerra Mundial, Revolución rusa, el Tratado de Versalles, hiperinflación alemana de 1923, incapacidad británica de recuperación tras la Primera Guerra –y consecuente ascenso norteamericano al liderazgo mundial–, crisis del 30, ascenso del nazismo, Segunda Guerra Mundial y negociaciones con vistas a instaurar un nuevo orden económico internacional en la posguerra. Cualquiera de estos hechos por sí solo bastaría para llenar las aspiraciones de interpretación e intervención de cualquiera. Keynes fue contemporáneo de Lenin, Trotsky y Stalin, de Hitler y Mussolini, de Churchill y Roosevelt; y, aunque apenas un poco menor en edad, también de Durkheim, Weber y Gramsci. Entender su pensamiento requiere tomar conciencia de lo que significó vivir en ese momento histórico.
Antes de adentrarnos en nuestro autor, haremos dos reflexiones más. El “joven” Keynes se formó en la atmósfera irreverente y culturalmente radicalizada de una nueva generación de la intelectualidad inglesa que, a la vuelta del siglo, percibía el fin de lo más alto del dominio británico, y cuestionaba severamente los valores y la cosmovisión victoriana: la llamada generación “eduardiana” –por el nombre del rey sucesor de Victoria–, una de cuyas máximas expresiones fue el grupo de Bloomsbury, al que perteneció Keynes junto a figuras como Virginia Woolf, Isadora Duncan o Lytton Strachey (otros referentes fueron George Moore y Bertrand Russell). La impronta rebelde, iconoclasta, pero a la vez de un cierto aristocratismo intelectual, se mantuvo siempre presente en el Keynes adulto y es fundamental para la comprensión de muchas de sus reflexiones. Nuestro autor siempre se movió en un ambiente cercano a la clase dirigente británica, a la “elite” que se creía con derechos, adquiridos por siglos, de conducir Gran Bretaña y el mundo. Pero, dentro de ella, fue “burgués”, “liberal”, nunca conservador y con una tendencia a lo heterodoxo, a escandalizar por un cierto pensamiento lateral y una forma de actuar que solo tenía una minoría, aun dentro de la clase dominante, en su época: los lúcidos que veían, en el cambio de siglo, la catástrofe que se avecinaba. Y, dentro de ella, el rol amenazador de una clase social, el proletariado, que les cuestionaba sus privilegios y lugares establecidos en la sociedad.
La segunda acotación tiene que ver con algo que suele suceder con casi todo autor que da nacimiento a una nueva escuela: la necesidad de precisar exactamente lo que dijo o sostuvo Keynes de lo que a posteriori se denominaría el “keynesianismo”. Este último se desplegaría con toda su potencia en la posguerra, hasta transformarse en la doctrina económica hegemónica entre 1945 y mediados de la década del 70. Términos como “el Estado benefactor keynesiano” o simplemente “el Estado del bienestar” suelen muchas veces tratarse indiferenciadamente junto con las ideas del propio Keynes. Haremos en este capítulo un especial esfuerzo por diferenciarlos.
Los años de formación
Keynes fue parte de la generación que nació y creció en el momento en que el Imperio británico había alcanzado su máxima extensión y, naturalmente, comenzaba a encontrar sus propios límites. En lo económico, ello coincidió con la expansión de un capitalismo que iba ocupando todo el planeta y con otras potencias imperialistas que le empezaban a disputar a Gran Bretaña la conquista de colonias y semicolonias (tal el caso de Francia y Alemania, pero también Bélgica, Rusia, Estados Unidos, Japón e Italia).
John Maynard Keynes nació en 1883 (apenas dos meses después de la muerte de Marx) en “cuna” académica y “económica”. Sus progenitores eran dos catedráticos de la Universidad de Cambridge. Su padre, John Neville Keynes, fue un destacado economista de la segunda generación neoclásica inglesa y amigo personal de Alfred Marshall.
Estudiante del exclusivo Colegio Eaton primero y del King’s College de Cambridge después, los primeros intereses de Keynes no se volcaron hacia la economía. Por el contrario, parecieron dirigirse hacia la matemática y la reflexión filosófica (en particular sobre el arte y la moral). En este campo lo podemos ubicar como seguidor de George Edward Moore, y contemporáneo de Bertrand Russell. Recién hacia fines de 1904, interrogándose sobre si prepararse para rendir el examen de ingreso al “servicio civil” (que habilitaba a los altos cargos de la administración pública del Imperio británico), se topó con la economía política. Leyó detenidamente Principios de economía de Marshall y recorrió algunos textos de Stanley Jevons. Luego asistió a las clases del propio Marshall y tomó lecciones particulares con quien entonces era el otro gran economista neoclásico inglés de la época: Alfred Pigou.
En 1905 le escribía a su gran amigo y amante Lytton Stratchey, tal como lo cita Hession (1984): “La economía me parece bastante satisfactoria, y creo que soy bastante bueno en el tema […]. Marshall está fastidiándome constantemente para convencerme de que me convierta en economista profesional”.
Finalmente lo sería, pero de una forma muy diferente al “típico” economista neoclásico inglés de esos años. Su primera obra fue un tratado matemático sobre la probabilidad. Trabajaría en el servicio civil. Opinaría con cierto grado de heterodoxia sobre los asuntos del Imperio británico en Indian Finance and Currency. Por sobre todo, seguiría fuertemente vinculado a los intereses, discusiones y prácticas alternativas del Grupo de Bloomsbury.
Este joven Keynes, sin salirse de la cosmovisión y menos aún de los planteos analíticos del neoclasicismo inglés, ya mostraba una independencia de criterios notable en sus opiniones. Lo ilustraremos con la siguiente frase, tomada también de Hession (1984), donde se animaba a poner en cuestión el “intocable” sistema del patrón oro, con que el Imperio británico lograba hegemonizar aun las finanzas mundiales:
Quizás no esté lejos el momento en que Europa, después de perfeccionar su mecanismo de cambios sobre la base de un patrón oro, descubra la posibilidad de regular su patrón de valor sobre una base más racional y estable. No es probable que dejemos permanentemente los ajustes más íntimos de nuestro organismo económico a merced de un explorador afortunado, de un nuevo proceso químico o de un cambio de las ideas que prevalecen en Asia.
La irrupción pública de Keynes tras el Tratado de Versalles
Keynes participó de la delegación británica en los acuerdos de Versalles. Tenemos una interesante pintura de esos días en Keynes (2006). Era, en ese entonces, un joven funcionario de menor grado, casi un asesor en “asuntos del Tesoro” con escaso, tendiente a nulo, poder de decisión. Su discrepancia con lo que se estaba entonces resolviendo lo llevó a renunciar y retirarse.
Poco después apareció su libro Consecuencias económicas de la paz. Este es el texto que lo haría famoso. Su estilo “periodístico” –Keynes se destacaría partir de ese momento por escribir profusamente para el gran público–, sus opiniones fuertemente críticas y sus pinturas casi grotescas de los grandes personajes políticos de la época harían que el libro se vendiera por millares.
Lo que nuestro autor expresaba en ese texto era relativamente simple: los grandes líderes políticos triunfadores en Versalles estaban profundamente confundidos acerca del momento histórico en que estaban viviendo y, por sobre todo, por las perspectivas que se abrían de ahí en adelante. Keynes mostró en ese escrito una lucidez que permite colocarlo junto a Max Weber como uno de los pocos intelectuales burgueses que se daban cuenta de lo que estaba pasando. Se vivía la irrupción de las masas en la vida política y social, la Revolución rusa, y un capitalismo que había entrado en una nueva fase y ya no podría funcionar como antes. Se trataba de realidades que no eran visualizadas por la gran mayoría de los dirigentes de la época.
Keynes se opuso a la imposición de “reparaciones de guerra” contra las derrotadas potencias centrales. Lo haría por realismo político, viendo que esto generaría una virtual imposibilidad de estabilización política en Alemania (entonces inmersa en pleno proceso revolucionario tras la caída de la dinastía de los Hohenzollern), pero también por análisis económico: la destrucción del mercado alemán y de Europa Central restaría demanda a las exportaciones británicas y abonaría a la decadencia inglesa frente al avance norteamericano. Nótese que en este razonamiento ya aparece una fuerte heterodoxia frente a uno de los pilares del pensamiento neoclásico: la ley de Say. Efectivamente, Keynes no creía que “la oferta creara su propia demanda”, y mostraba preocupación por una decisión de política internacional que limitaba fuertemente lo que más tarde llamaría la “demanda efectiva” británica. La lucidez de Keynes ante lo que se avecinaba es increíble:
Si perseguimos intencionadamente el empobrecimiento de Europa Central, me atrevo a predecir que la venganza no tardará. Nada puede postergar mucho tiempo esa definitiva guerra civil entre las fuerzas de la reacción y las desesperadas convulsiones de la revolución, ante la cual los horrores de la última guerra germana quedarán reducidos a nada, y que destruirán a quienquiera que sea el vencedor, así como la civilización y el progreso de nuestra generación.
Los años de debate político y transición teórica
Entre la publicación de Las consecuencias económicas de la paz y el estallido de la crisis de 1929, se fue formado y modelando la personalidad política y económica de Keynes.
Mientras que mantuvo su actividad académica, se introdujo a fondo en el mercado especulativo de bonos, acciones y movimientos de los tipos de cambio, los cuales llegó a conocer al detalle, y logró obtener una fortuna en ellos (en esto seguía la “tradición” similar llevada adelante un siglo antes por David Ricardo). Mientras tanto, sus textos, publicados bajo la forma de artículos en periódicos, marcaron su fuerte compromiso político, así como la lucidez de su comprensión de la realidad del momento.
Seguir la evolución del pensamiento de Keynes en esos años nos obliga a una doble tarea: por un lado, tenemos sus opiniones sobre la coyuntura, profundamente comprometidas políticamente, que toman muchas veces la forma de panfletos, “textos de combate” partidariamente comprometidos siguiendo los avatares del partido liberal británico, del que, aun con todas sus contradicciones, se sentía parte. Keynes intervino sobre las posiciones de los partidos rivales (conservadores y laboristas), sobre el programa de salida a la crisis británica que tuvo que levantar su propio partido y acerca de política internacional y las posiciones que debió asumir Gran Bretaña al respecto. Pero también mostró una perspectiva más amplia de la realidad político-social y, como veremos, tomó una posición explícita sobre lo que estaba sucediendo en los primeros años 20 en ese territorio que entonces sacudía al mundo: la naciente Rusia Soviética.
Pero, al mismo tiempo, tenemos al Keynes que, trabajosamente, realizó una ardua tarea académica en el terreno específico de la doctrina económica. Su reflexión teórica, si bien fue acompasada con todos estos acontecimientos, tuvo otro ritmo. Keynes (1996) escribió en 1923 su Breve tratado sobre la reforma monetaria, que lo sometió a largas sesiones de debate con su grupo de discípulos en Cambridge (que se denominaría el Circus), para luego escribir un segundo libro que vio la luz recién en diciembre de 1930: Treatise on Money. Este texto que, como vemos por la fecha, salió después del estallido de la crisis mundial en octubre de 1929, sin embargo, no la recogió plenamente como tema de reflexión conceptual. Sucede que fue un libro que se había ido elaborando trabajosamente en los años previos. Fue su debate en el Circus y, ahora sí, la plena interrelación entre las opiniones de política económica de Keynes y la reflexión teórica lo que llevó a dar a luz su obra más importante: La teoría general de la ocupación, el interés y el dinero (Keynes, 2006), que apareció recién en 1936.
Pero lo que permite conocer mejor la evolución de su pensamiento fueron sus textos periodísticos, políticos, si bien siempre muy cercanos a los debates sobre política económica. De ellos rescataremos cuatro que nos permiten ubicar otras tantas aristas de su pensamiento.
El primero de ellos es el producto de su viaje a Rusia en 1924, y que permite precisar su ubicación ante la Revolución bolchevique y el gobierno soviético, así como frente al pensamiento marxista. Keynes fue fuertemente crítico del marxismo. Más aún, directamente lo despreciaba como parte del pensamiento económico. Las citas, extractadas de Keynes (1926), que reproducimos a continuación son altamente ilustrativas:
El socialismo marxista tendrá que constituir siempre un prodigio para los historiadores de la opinión, que no podrán explicarse como una doctrina tan ilógica y tan obtusa puede haber ejercido una influencia tan poderosa y duradera sobre la mente de los hombres y, a través de ellos, sobre los acontecimientos históricos. […]. ¿Cómo puedo aceptar una doctrina que erige como biblia, por encima de toda crítica, un manual de economía anticuado, que yo sé que no solo es científicamente erróneo, sino que además carece de interés y no tiene aplicación al mundo moderno?
La segunda reflexión que queremos subrayar es la que surge de la invitación del partido laborista británico a Keynes para que se sumase a sus filas. No la aceptó, y permaneció como miembro del partido liberal. Recordemos que todo esto sucedió en la década del 20, cuando en la política británica se estaba dando un proceso, que culminaría poco después, en que el viejo bipartidismo conservador (tories)-liberal (wighs) iba dando paso a un nuevo sistema político basado en el enfrentamiento conservador-laborista. En la época de Keynes, esto aún estaba en transición, y todavía existía un relativamente competitivo electoralmente partido liberal, por lo que eran tres las fuerzas políticas en pugna por el poder (conservadores, liberales y laboristas). Pero lo que a nosotros nos interesa es la respuesta de Keynes (1933) ante el planteo laborista para que se incorporase a sus filas. Pocas veces nuestro autor explicitó con tanta transparencia su posición y conciencia de clase:
En primer lugar, es un partido de clase, y de una clase que no es la mía. Si yo he de defender intereses parciales, defenderé los míos. Cuando llegue la lucha de clases como tal, mi patriotismo como tal, mi patriotismo local y mi patriotismo personal […] estará con mis afines. Yo puedo estar influido por lo que estimo que es justicia y buen sentido; pero la lucha de clases me encontrará del lado de la burguesía educada.
Explicitada entonces esta ubicación ideológica, vamos a tratar de seguir el tránsito de las rupturas epistemológicas de Keynes con su cosmovisión anterior, la del pensamiento neoclásico, básicamente en la versión marshalliana. Acordaremos en esto con la opinión de Dillard (1952) al respecto:
La tesis general de la exposición siguiente es la de que Keynes se trocó de economista teórico clásico en anticlásico, a causa de un cambio de sus ideas acerca de la política económica. Su teoría económica anticlásica se deriva de su posición práctica.
Así, Keynes se opuso fuertemente a la reinstauración del patrón oro en la posguerra de la Primera Guerra Mundial.
El tercer texto que analizaremos será la polémica con Winston Churchill, en relación con la vuelta al patrón oro con la paridad de preguerra. En este punto, particularmente interesante es el texto aparecido bajo el título de Las consecuencias económicas de Mr. Churchill, publicado en 1925. Keynes predecía en él lo que sucedería si prevalecía la posición “deflacionista” de Churchill, apoyada en la vuelta al patrón oro con la paridad de preguerra. Aclaremos que esto implicaba en los hechos una fuertísima revaluación de la libra esterlina con respecto al dólar americano, ya que en 1914 una libra equivalía a 4,86 dólares y en 1925 la paridad era equivalente a 4,40 dólares. El objetivo del líder conservador era “recuperar” el lugar hegemónico de la City financiera de Londres, perdido frente al auge de Wall Street. Keynes respondía que en este altar se sacrificaba la competitividad de la industria británica, lo que provocaría más recesión y desempleo. Como siempre, nuestro autor mezclaba en sus argumentos las consecuencias políticas con los riesgos que ello conllevaba acerca de los levantamientos de la clase obrera. Así lo cita Dillard (1952), rescatando varios párrafos de Consecuencias económicas de Mr. Churchill:
Las clases trabajadoras […], que son las primeras atacadas, se enfrentan con una depresión de su nivel de vida, porque el coste de la vida no bajará hasta que todas las demás hayan sido también atacadas con éxito, y, por consiguiente, está justificado que se defiendan […]. Tienen que resistir todo el tiempo que puedan; y tiene que haber lucha hasta que sean batidos los que sean económicamente más débiles […]. La situación apurada de los mineros del carbón será la primera, pero no la última –a menos que tengamos mucha suerte– de las consecuencias económicas de la paridad de la libra esterlina.
El planteo de Keynes terminó siendo profético. En 1926, la huelga de los trabajadores del carbón llevó a una situación donde por primera vez Gran Bretaña estuvo al borde de una revolución obrera.
Yendo a un planteo más específicamente analítico, digamos que, a principios de los años 20, Keynes estaba convencido de que bastaban las políticas monetarias para resolver el problema de la recesión y el desempleo. Así lo expresó incluso en medio del debate con Churchill, citado nuevamente por Dillard (1952):
Los defensores de la reforma monetaria, de la que yo, después de mucho estudio y reflexión, soy un partidario más convencido que antes, por ser la medida de mayor importancia y significación que la Gran Bretaña puede adoptar para incrementar el bienestar económico.
Aclaremos que por “reforma monetaria” Keynes se refería a nuevas políticas de intervención directa del Estado sobre la emisión monetaria, en oposición al planteo “automático” de que todo lo resolviera el mercado vía el patrón oro.
Si bien había realizado algunos planteos aislados en 1924, sería recién en 1929 cuando Keynes comenzara a abogar sistemáticamente por la utilización del gasto público como medida de política económica para salir de la recesión. Keynes propondría por primera vez la realización de un amplio plan de obras públicas para resolver el problema del desempleo, en un panfleto escrito para apoyar la candidatura de Lloyd George (del partido liberal) que lleva por título Can Lloyd George Do It? An Examination of the Liberal Pledge.
En los textos teóricos, también podemos ver, más tortuosamente, la evolución del pensamiento de Keynes. Ya en el prólogo al Breve tratado sobre la reforma monetaria afirma que los mayores males del capitalismo se deben a la inestabilidad monetaria, abogando por el control del Estado sobre el dinero, en contra del patrón oro. Señalemos que ese texto está escrito en un momento donde el gran debate en Europa era la inflación (pensemos en la hiperinflación alemana de ese año). Keynes (1992), sin escaparle al tema, consideraba, sin embargo, que una suba de precios moderada puede ser un mal menor ante una recesión extendida: “Es peor, en un mundo empobrecido, provocar el paro que frustrar al rentista”.
En ese texto se observan todavía muchos elementos de coincidencia con el planteo neoclásico. Uno fundamental es la idea de que la igualdad entre ahorro e inversión no siempre se da automáticamente, sino que es algo que se alcanza en las situaciones de “equilibrio”. Veremos más adelante que el planteo en definir la igualdad entre ahorro e inversión como una identidad (y en los hechos otorgarle a la inversión el rol “activo” primario y concebir el ahorro como una consecuencia necesaria posterior) fue una de las rupturas analíticas más importantes de Keynes.
De la crisis del 30 al New Deal de Roosevelt
La crisis que estalló en octubre de 1929 y que se extendió por los primeros años 30 operó un parteaguas en nuestra lectura de Keynes. Por un lado, la importancia que adquirieron las ideas “heterodoxas” en economía, ante la bancarrota del pensamiento neoclásico oficial, hizo que planteos como el keynesiano pasasen a ser escuchados de otra manera y a adquirir, más lentamente de lo que se suele relatar muchas veces, la posibilidad de transformarse en políticas públicas concretas.
De alguna forma, esto también radicalizó la postura de un Keynes que ya venía rompiendo aceleradamente con los postulados ortodoxos. Ante los planteos de “austeridad” (lo que hoy llamaríamos “ajuste”), como recetas para salir de la crisis, Keynes insistiría cada vez más en sus propuestas expansivas. Así, oponiéndose a un presupuesto equilibrado para el año 1931, llegó a decir, citado por Dillard (1952): “Si ha de aceptarse la teoría que subyace por debajo de todo esto, el final será que nadie podrá estar empleado, a no ser aquellos pocos felices que cultivan sus propias patatas”.
Los planteos de Keynes no obtuvieron una recepción importante en la Gran Bretaña de esos años. Un tema de debate histórico, en cambio, es la exacta influencia de las ideas keynesianas sobre el New Deal del presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt en los años 30. Es evidente que alguna influencia existió. Pero la mayoría de los autores coinciden que no fue directa y que Keynes no participó de ningún modo en la elaboración del programa de obras públicas de Roosevelt. Por otra parte, se ha exagerado el éxito de este para resolver la crisis de desempleo abierta que existía entonces en los Estados Unidos. El programa de Roosevelt, que evidentemente reactivó la economía norteamericana en los primeros años, nunca resolvió plenamente el flagelo del desempleo. Incluso en el año 1937, en la creencia de que ya se había salido de la recesión, se procedió a realizar una serie de recortes del gasto que rápidamente hundió a la economía yanqui en un nuevo pozo. Sería recién con el lanzamiento masivo de la industria armamentista en las vísperas de la Segunda Guerra Mundial y más particularmente con la entrada de los Estados Unidos en ella a fines de 1941 cuando se alcanzaría el pleno empleo.
La teoría general
La teoría general del interés, la ocupación y el dinero es una producción del pensamiento maduro de Keynes. No solo porque lo escribió a los 52 años de edad (y a diez de su muerte). Sino porque es la conclusión de todas las batallas políticas que venía dando en el período previo. La teoría general es un texto dirigido primariamente a los economistas, tal como lo habían sido el Breve tratado y el Tratado del dinero. Keynes apuntaba directamente contra los fundamentos de lo que él denominó “teoría clásica” (aunque, como veremos, no cuestionando la mayor parte de sus microfundamentos y en particular la teoría del valor utilidad). Su centro era darle “base teórica” a lo que habían sido centralmente, hasta ese momento, propuestas de política económica.
Muchas veces se ha tildado al libro de difícil, acusando que ello se debe a que está escrito “desordenadamente”. No coincidimos. Se trata de una obra monumental, uno de esos textos insustituibles del pensamiento económico, a la altura de La riqueza de las naciones de Smith, los Principios de Ricardo o El capital de Marx. Tiene una lógica interna que muchas veces no ha sido percibida incluso por los propios partidarios del keynesianismo, que han preferido remitirse a diversos “manuales” que, como veremos, han simplificado y modificado aspectos sustanciales del propio Keynes.
El texto está dividido en seis “libros” o partes que contienen 24 capítulos en total en su interior. En el libro i, que contiene 3 capítulos, Keynes se limita a explicar que su teoría es “general” y cuáles son los postulados de la ortodoxia (lo que llama “clásicos”) que va a cuestionar, y define su concepto clave: el “principio de demanda efectiva”.
El libro ii, que, para muchos comentadores, aparece como el más oscuro y “desordenado”, es extremadamente importante. Detrás de las definiciones de “ingreso”, “ahorro” e “inversión” y su significado (capítulos 6 y 7), se establece la ruptura total con el pensamiento neoclásico.
Los libros iii y iv son donde se despliega el núcleo de lo que podemos llamar el “modelo keynesiano”. Ahí están sus análisis de la propensión a consumir, del principio del multiplicador, de la eficiencia marginal del capital y de la preferencia por la liquidez. Todos conceptos que los presentaremos articulados en el apartado siguiente. Cabe mencionar acá el lugar que se le da a las expectativas, estableciendo un puente con lo que Keynes había escrito años antes relativo a la teoría de la probabilidad.
El libro v, que contiene los capítulos 19 a 21, se concentra sobre el problema de los salarios nominales y su relación con la ocupación y los precios. Veremos cómo ciertos autores de lo que se llamará la “síntesis neoclásica” se basarán en estos capítulos para construir un Keynes “casi” neoclásico, que simplemente considera que ciertos precios son inflexibles a la baja.
La última parte, el libro vi, está compuesto de tres capítulos, que son los únicos que plantean extensiones sobre el argumento original. El capítulo 22 ofrece una muy interesante visión de la teoría del ciclo económico, que puede ser comparada con las de otros autores, como Schumpeter, Kalecki o incluso con las de Kondratiev o Juglar. Es quizás el único momento en que Keynes sale brevemente de su análisis centrado exclusivamente en el corto plazo. El capítulo 23 se adentra en forma muy particular en la historia del pensamiento económico, retomando y dándoles valor a muchos de los viejos principios mercantilistas. Y realizando a la vez una serie de propuestas originales, basada en autores menores de extrema heterodoxia, como Silvio Gesell. Y finalmente, en el último capítulo, el 24, Keynes vuelve a planteos donde explicita su posición político-ideológica, en términos similares a como lo había hecho en la década del 20.
¿Quiénes son los “clásicos” a los que se refiere Keynes y por qué los agrupa de esa manera?
Siempre ha llamado la atención que Keynes, para referirse a sus rivales, los agrupase bajo la denominación de “los clásicos”, de una forma muy distinta a lo que se entendía usualmente en teoría e historia del pensamiento económico bajo esta denominación. Recordemos que “los clásicos” fue una denominación creada por Marx para referirse a una serie de economistas que le antecedieron, en particular Smith y Ricardo (se le pueden sumar algunos pocos otros, como Malthus, Petty, Steuart, etcétera). El propio Marx le negaba este título incluso a los economistas posteriores a Ricardo de las décadas del 30 y 40 del siglo xix. Por supuesto, mucho menos les cabría esta denominación a todos aquellos que han aparecido en los últimos 30 años del siglo xix y hemos agrupado bajo las denominaciones de “marginalistas”, “neoclásicos” o “utilitaristas”.
Sin embargo, Keynes denominaba “clásicos” a todos. Incluyendo ahí a Jean Baptista Say, a Ricardo, pero también a todos los posteriores, y dentro de ellos explícitamente a los neoclásicos. Cabe aclarar que, al referirse a estos últimos, Keynes se centraba en la tradición inglesa (marshalliana), pero que, desde mediados de los 20, también tuvo un fuerte debate con la corriente austríaca, personificada en ese momento en Friedrich Hayek.
Ahora bien, la pregunta es por qué Keynes agrupaba de esta forma a autores tan disímiles (de hecho, a la tradición ricardiana, con una teoría del valor trabajo, junto con los autores de la teoría del valor utilidad). La respuesta es que para Keynes todos estos autores tenían algo en común: su adscripción a la ley de Say, con su frase fundamental: “La oferta crea su propia demanda”. Por eso Keynes dejó fuera de su agrupamiento de “clásicos” a los autores que cuestionaron dicha ley, de los cuales el caso más representativo fue el propio Thomas Malthus.
El “sistema keynesiano”
Las dificultades antes mencionadas para la lectura del propio libro central de Keynes llevaron a muchos de sus primeros seguidores a publicar textos de divulgación donde trataban de ordenar sus ideas de forma accesible para un público intermedio, con conocimientos de economía, pero no del conjunto de los debates de la teoría económica, pero a la vez más exigente y preparado en el tema que aquellos que se contentaban solamente con los materiales periodísticos del propio Keynes.
Acá deberemos avanzar con cuidado. Porque ya estamos en el terreno donde se empieza a confundir el pensamiento del propio Keynes con el llamado “keynesianismo”. Por ello seleccionamos para este apartado al autor más “ortodoxo” y que explícitamente se limitó a lo escrito y dicho por Keynes, separándolo explícitamente de sus seguidores: Dudley Dillard (1952).
Coincidimos con Dillard en que la cosmovisión de Keynes, una vez que ha alcanzado su “maduración” explícita en La teoría general, puede sintetizarse en cinco características:
- La de una teoría “general”, dándole ese carácter porque sirve para explicar todos los niveles de empleo o desempleo, contraponiéndola a la que Keynes denominaba “teoría clásica”, que supone solo el caso de pleno empleo (en realidad plena ocupación de todos los recursos). Dillard señalará que la definición de “general” puede ampliarse a que permite explicar (y proponer políticas para resolver) las situaciones tanto de desempleo como de inflación. Entendemos que ello es correcto si ampliamos el planteo de Keynes a sus últimos textos, en particular How to Pay For The War, pero no se desprendería directamente de la lectura exclusiva de La teoría general. Finalmente, Dillard señala un tercer motivo para hablar de una teoría “general”, al plantear que Keynes fundó de hecho lo que más adelante sería conocido como la macroeconomía, ya que los conceptos con los que trabajó son la oferta y la demanda agregada, y dedujo desde allí el resto de las categorías, mientras que hasta ese momento, cuando se hablaba de oferta y demanda, se lo hacía en término de las de los bienes individuales específicos (típico de lo que se conoce como “microeconomía”).
- La de una teoría “monetaria”. Tema fundamental que nos remite a la no neutralidad del dinero y a su carácter fundamental para la comprensión de la sociedad presente (el capitalismo). Para Keynes el dinero desempeña tres funciones: la de medio de cambio, la de unidad de cuenta y la de acumulador de valor, de las cuales esta última es esencial para una economía monetaria.
- El interés es el premio por no atesorar dinero. Esta definición veremos que rompe radicalmente con la inmensa mayoría de los autores anteriores del pensamiento económico, que iban a ubicar el interés como una recompensa por posponer consumos. Para Keynes, al contrario, es un premio por ceder liquidez. Esto lleva a que el nivel de la tasa de interés se decida en el mercado de dinero y no en el de bienes, como suponían los autores neoclásicos contemporáneos a Keynes (tema particularmente subrayado por los de la escuela austríaca).
- La inversión es el factor determinante del nivel de empleo. Notemos que Keynes no se refiere a la importancia de la inversión para el crecimiento económico de largo plazo (lo que llamaríamos la “acumulación del capital”), sino a su importancia de corto plazo, más allá de las modificaciones efectivas sobre la dotación de capital. La inversión es central porque, en una economía como la capitalista, la desigualdad de riqueza e ingresos limita la capacidad de consumir. Hay un exceso potencial de recursos a ocupar por sobre lo que se puede consumir. Y esa diferencia debe ser cubierta con bienes de inversión. Y, a la vez, la nueva inversión genera un efecto multiplicador sobre el empleo de los recursos, siendo el elemento estratégico para alcanzar así el pleno empleo. Las trayectorias de la inversión privada, el cómo se toman las decisiones para llevarla a cabo y su impacto posterior y de qué dependen son fundamentales para la concepción keynesiana.
- La irracionalidad (con todo lo que implica el término en términos de supuestos de conducta psicológica individual) es la causa de la inestabilidad y las fluctuaciones económicas que afectan los niveles de empleo.
Precisemos el concepto de “empleo total”. Si bien podemos suponer que este término nos remite al empleo total del conjunto de los recursos económicos, incluyendo tanto fuerza de trabajo como medios de producción (incluidos los recursos naturales), en Keynes el foco está puesto en el empleo total de la mano de obra empleable. Se trata de un concepto que nos remite al de “pleno empleo” en los datos estadísticos modernos.
Para Keynes el empleo total depende de la demanda total (también llamada “demanda agregada”). El desempleo, por lo tanto, se debe a una debilidad (falta, ausencia) de esa demanda total. Notemos, entonces, que en nuestro autor la causa del desempleo (por lo menos, el de corto plazo) no se encuentra en ninguna dinámica que pudiéramos ubicar en “el lado de la oferta” de la economía. No tiene que ver, como planteaba Marx, por ejemplo, con el reemplazo de mano de obra producto de aumentos de productividad (capital constante que reemplaza a capital variable).
Este foco puesto “en el lado de la demanda” sería típico de las preocupaciones de Keynes, tanto en sus explicaciones de las crisis, como en sus propuestas políticas para solucionarlas.
Comencemos definiendo entonces el concepto fundamental de “demanda total”, absolutamente diferente de la demanda individual de un producto en el mercado. La demanda individual típica de un bien normal permitía, como ya vimos en el capítulo anterior, construir una curva de pendiente negativa relacionando los distintos niveles de precios del bien con las cantidades demandadas de este. La demanda total, en cambio, relaciona todos los bienes de una economía (y, por lo tanto, el volumen del producto, lo que a la vez genera en términos monetarios un similar volumen de ingresos) con el empleo que genera. La curva que se genera, por lo tanto, tendrá pendiente positiva: a mayor nivel de producto e ingreso, más empleo, y viceversa. Claro que esta relación (volumen de bienes producidos con empleo que se genera) también permite diseñar la curva de oferta total, también de pendiente positiva. Precisemos: ambas curvas (demanda total y oferta total) tienen pendiente positiva, pero no coinciden.
La demanda total es la suma de las demandas totales de bienes de consumo (C) y de bienes de inversión (I). La curva de demanda total (C + I) expresa los niveles de ingresos esperados según los distintos niveles de empleo.
La curva de oferta total agregada la construye Keynes a partir del supuesto de que, en una economía capitalista, cada empresario emplea el número de trabajadores que le rinda mayor beneficio, siendo entonces dicha curva la suma de los empleados de todos los patrones. Existe una cantidad mínima de rendimiento que es requerida por los patrones en su conjunto para que estos sean inducidos a ofrecer una cantidad total dada de empleo. La curva se construye, entonces, con dichas cantidades mínimas de rendimiento para cada nivel de empleo.
Con el nivel de empleo en un eje cartesiano horizontal, ambas curvas (demanda y oferta global), como dijimos, tienen pendientes positivas, aunque no necesariamente iguales. Como Keynes se movió en un horizonte de corto plazo (y, digámoslo, como su centro estaba puesto en la demanda), ubiquemos, siguiendo a Dillard (1952), la curva de oferta con una pendiente de 45° (es una forma geométrica de no dar ninguna hipótesis sobre la velocidad de esa trayectoria positiva). Y una curva de demanda agregada con una pendiente menor. ¿Por qué “menor”? Simplemente para resaltar que el objetivo buscado, el pleno empleo, se logra por medio de una curva de demanda donde el empleo crece con el producto (tiene pendiente positiva), pero ese incremento es “trabajoso”, “lento”, “problemático”, y por eso habrá que centrar las políticas económicas en él.
Cuando la curva de demanda total esté por encima de la curva de oferta total, el rendimiento mínimo requerido de cada cantidad de empleo es menor que el que se obtiene en la realidad, por lo que la lógica indicaría que los patrones deberían aumentar el empleo de mano de obra, ya que así obtendrían mayores rendimientos.
Habrá un punto, entonces, en que ambas curvas se cruzarán. Ese será el punto que Keynes llamará “de demanda efectiva”. Aquí, los empresarios obtienen el máximo de beneficio esperado; con más o menos empleo, estos serían menores. Este punto es crucial: refleja el nivel de empleo que se puede alcanzar en ese momento en esa economía específica. Citando a Dillard:
El adjetivo efectivo se emplea para designar el punto de la curva de la demanda total en que ésta es cortada por la curva de oferta total. Hay otros puntos en la curva de demanda total, pero no son efectivos para la determinación del volumen real del empleo. El término efectivo es también útil para poner de relieve la distancia entre el mero deseo de comprar y el deseo más la posibilidad de comprar. Únicamente el último tiene importancia económica.
Del volumen de la demanda efectiva, entonces, depende la cuantía del empleo. Ese punto no necesariamente coincidirá con el empleo total, como sostenían la inmensa mayoría de los economistas de la corriente dominante en esos primeros treinta años del siglo xx. Puede fluctuar en algún punto muy alejado del pleno empleo. Más aún, dirá Keynes, lo más probable es que eso sea efectivamente lo que suceda.
Del carácter estratégico de la demanda efectiva, se desprende la pregunta siguiente: ¿cómo se constituye ese volumen de demanda efectiva? Analizando una economía cerrada (sin considerar el comercio exterior), esta se compone de la demanda de bienes de consumo (C) más la demanda de bienes de inversión (I). El consumo, a su vez, será una función del ingreso disponible (que normalmente se entiende como el ingreso total de las personas menos los impuestos indirectos) y aumentará con el incremento de este. La diferencia entre la curva de demanda total C + I y la curva de consumo C representa la inversión.
De aquí se desprenden tres interrogantes centrales: ¿de qué depende la cantidad del ingreso que se destina al consumo?; ¿cuál es la trayectoria del consumo a medida que se incrementa el ingreso total?; y el tercero, que se terminará transformado en el más importante, es de qué depende que la inversión cubra efectivamente la diferencia entre el consumo y la demanda efectiva en el punto de pleno empleo. Se tratará entonces de analizar a fondo la función consumo y la función inversión en la perspectiva de Keynes.
La propensión marginal a consumir
Como señalamos más arriba, la primera afirmación es que el consumo es una función del ingreso. Hay una porción del consumo de bienes que es indispensable, incluso independientemente de los ingresos disponibles de las personas. A partir de ese punto, el consumo empieza a crecer a medida que crece el ingreso disponible (entendemos por tal el ingreso total menos los impuestos pagados). Pero lo hará en una proporción de ese ingreso. La trayectoria del incremento del ingreso y del consumo se va abriendo cada vez más. A medida que continúan los incrementos del ingreso, veremos que, paulatinamente, los incrementos del consumo van siendo cada vez menores. La diferencia entre el ingreso y el consumo va dando lugar al ahorro. Observemos que el tamaño de esa diferencia dependerá de cuán distinta sea la pendiente del consumo con respecto al ingreso. A eso lo llamamos “propensión marginal a consumir”.
La pregunta crucial será, entonces: dado un incremento del ingreso, ¿qué harán las personas con él?; ¿cuánto consumirán y cuánto ahorrarán? Es obvio que, cuanto más se consuma, menor será el monto que se requerirá de inversión para cubrir la diferencia que falte hasta llegar a una demanda efectiva de pleno empleo.
Pero el interrogante por responder será de qué depende la propensión marginal a consumir. ¿Qué pendiente tendrá esa curva? Keynes sostendría que se construye a partir de una serie de cuestiones estructurales que incluye factores tales como las costumbres (pueblos que consumen o ahorran más que otros), pero que un elemento crucial será la distribución del ingreso. Las personas con menores ingresos necesariamente consumen proporcionalmente más del total de lo que reciben (no tienen posibilidades de ahorrar un porcentaje importante de su ingreso). Por el contrario, los sectores de mayores ingresos pueden, y suelen, ahorrar porciones mayores de estos. Diremos entonces que los sectores de ingresos más bajos tienen una más alta propensión marginal a consumir que los de ingresos más altos. Un incremento de ingresos en los sectores de bajos recursos irá con seguridad casi totalmente al consumo. Por el contrario, si ese aumento va a sectores de altos ingresos, el alza en el consumo será proporcionalmente menor, creciendo por contrapartida el ahorro.
Podríamos entonces concluir que de acá ya se desprende una primera “política económica keynesiana”: si el objetivo es aumentar el empleo, una de las formas es incrementando la propensión marginal a consumir, y eso se obtiene por una redistribución del ingreso a favor de los sectores de menores recursos. Ejemplos pueden ser políticas impositivas (desgravaciones al consumo, impuestos progresivos), subsidios a estos sectores, incrementos salariales o de jubilaciones, etcétera. Aclaremos, sin embargo, que Keynes, al enfocarse en el análisis de corto plazo, consideraba bastante “rígida” la propensión marginal a consumir. En su análisis la tomaba como “dada” en un momento determinado y difícil de modificar. De ahí, entre otras cosas, su énfasis en la inversión.
Los incentivos de la inversión: la tasa de interés y la eficiencia marginal del capital
Recordemos la trayectoria del pensamiento de Keynes. A partir de 1930, se produjo un cambio analítico fundamental: el ahorro y la inversión son siempre iguales; se trata de una identidad. Esto es fundamental, ya que rompe con el paradigma neoclásico (y que sería fuertemente defendido en particular por la escuela austríaca) de un ahorro que está dado en primer término y así “financia” la inversión, que sería su consecuencia en un segundo momento. Para Keynes no es así. El volumen y la trayectoria de la inversión estarán determinado por dos cuestiones que, tal como serán planteadas, son una creación del propio Keynes.
La primera cuestión es que la inversión dependerá, en forma inversamente proporcional, del monto en que se encuentre la tasa de interés de referencia. Los motivos son sencillos y transparentes: un incremento de la tasa de interés hará que menos proyectos de inversión sean rentables, bien porque el empresario en cuestión deducirá que le conviene colocar su dinero a interés y así obtener un rendimiento mayor que el de su inversión productiva, o bien –una forma alternativa de verlo, pero que en esencia es lo mismo– porque el costo de obtener fondos de préstamo para realizar la inversión es tan caro que ese negocio ya no es rentable. Una tasa de interés en alza irá así “eliminando” los proyectos de inversión menos rentables y reduciendo el monto total de inversión de esa economía.
Vemos entonces que resulta crucial, para Keynes, que la tasa de interés se mantenga en niveles bajos, que no suba y, sobre todo, que se la pueda bajar por medio de políticas monetarias en momentos de desempleo.
Esto nos obliga a detenernos en el propio análisis de la tasa de interés y, más en general, del dinero. Este es un punto central, tal como citamos más arriba, al extremo que en el propio título de La teoría general, a su lógico interés por la “ocupación”, Keynes le agrega “del interés y el dinero”.
Acá la ruptura con el paradigma neoclásico es total. Keynes acuña un concepto fundamental: “preferencia por la liquidez”. Keynes se opone a la afirmación de que el interés es una recompensa al ahorro, a la espera o a la “abstinencia de consumir”. Como señalamos más arriba, para él el interés será el “premio” que hay que pagar para lograr que los individuos se desprendan de su liquidez.
Keynes se preguntaría en qué se basa el deseo de poseer un bien, el dinero, que en forma líquida no genera ningún rendimiento. ¿Por qué en determinadas circunstancias se prefiere tener dinero efectivo en vez de invertirlo en un proyecto de inversión (y obtener entonces una ganancia) o simplemente colocarlo en el banco y recibir el interés respectivo? Notemos que para Keynes era obvia la relación contradictoria e inversa entre la tasa de interés que se obtiene por una colocación financiera (o la que se debe pagar para acceder a fondos de préstamo) y la tasa de ganancia que se aspira a lograr en una inversión productiva. Es una cuestión matemática cuál es mayor y cuál menor y qué decisión se debe tomar al respecto. Pero la “irracionalidad” aparece al constatar que, sin embargo, una porción del dinero es conservado preferentemente en la forma líquida. ¿De qué depende esta preferencia por la liquidez? Keynes enumeraría tres motivos.
El motivo transacción está relacionado con las operaciones diarias que hay que realizar con dinero efectivo. El motivo precaución se basa en el dinero que la gente prefiere conservar por sobre estas transacciones para hacer frente a otras que puedan surgir imprevistamente. Estos dos motivos son más o menos estables en cada momento histórico, dada la forma de organización del sistema bancario y las posibilidades de acceder con una cierta rapidez al dinero (pensemos hoy cuánto ha cambiado esto desde la época de Keynes, con la presencia de cajeros automáticos, tarjetas de débito y crédito y transacciones por home-banking, en comparación con un momento histórico donde la inmensísima mayoría de las compras y ventas debían realizarse con dinero físico y el único instrumento alternativo era el cheque). Pero lo volátil y más difícil de entender es el tercer motivo.
El motivo especulación, generado porque ciertas personas prefieren mantener dinero en efectivo ya que así evalúan que obtendrán un rendimiento futuro mayor que colocándolo en cualquier opción productiva o financiera. Estas personas, permaneciendo “líquidas”, aspiran a ganarle al mercado en el futuro inmediato, a partir de tener expectativas de poseer información o intuiciones que la mayoría no tiene. El motivo especulación es sumamente volátil. Puede crecer o decrecer. Es particularmente alto en momentos de crisis agudas. Aquel en que nadie quiere desprenderse de un dinero en efectivo que aparece como una “tabla de salvación” frente a la incertidumbre.
Por supuesto que la preferencia por la liquidez acrecentada por el motivo especulación, que genera un deseo voraz de atesoramiento de dinero en efectivo, puede ser confrontada con un incremento de la tasa de interés. Una mayor tasa de interés hará que esos atesoradores acepten, finalmente, desprenderse de su dinero. A cuál nivel de la tasa de interés ello sucederá dependerá, justamente, de la potencia de ese deseo, o sea, de la fortaleza de esa preferencia por la liquidez.
La demanda de mayor liquidez genera entonces un incremento de la tasa de interés. Pero hemos visto anteriormente que un aumento de la tasa de interés, a la vez, reduce la inversión. Ya habíamos dicho que una política keynesiana típica de reactivación e incremento del empleo es la de tratar de reducir la tasa de interés, para que así aumente la inversión. Esta “política monetaria” puede lograrse con distintos instrumentos, desde bajar alguna tasa de referencia que dependa políticamente del gobierno, hasta regulando directamente el conjunto de las tasas ofrecidas por los bancos, pasando por distintas políticas directas (emisión de dinero líquido por la autoridad monetaria) o indirectas (redescuentos, cambios de efectivo mínimo bancario, emisión de letras, etcétera) que respondan a este mayor deseo de liquidez con una mayor oferta monetaria. Prestemos atención a esta situación contradictoria: una política expansiva hacia el pleno empleo exige bajar la tasa de interés. Pero, en un momento de alta preferencia por la liquidez, ello es contradictorio con “vencer” el motivo especulación de quienes optan por atesorar en efectivo. Esto puede terminar esterilizando entonces cualquier política monetaria, cayendo en la denominada “trampa de la liquidez”.
La eficiencia marginal del capital y el rol central de la incertidumbre
La inversión no depende solamente de la tasa de interés. También es función de la eficiencia marginal del capital. A esta última la definimos como el rendimiento esperado de la inversión en la “próxima” unidad de capital. Nótese que debemos poner el énfasis en la palabra “esperado” y en particular en que ello se refiere al futuro, en el que siempre prima algún grado de incertidumbre. Esto último es fundamental: la eficiencia marginal del capital se puede equiparar al cálculo de la tasa de ganancia que los capitalistas esperan obtener por nuevas inversiones, con todos los estudios previos objetivos (de mercado, de comercialización, etcétera) que pueda incluir esta proyección. Pero Keynes pone el acento en que el futuro contiene elementos desconocidos. Y que, por lo tanto, la definición o no de invertir estará teñida por esa incertidumbre. Así, decía Keynes, en momentos de auge, prevalecerá el juicio optimista y probablemente se realizarán inversiones que incluso tienen escasas probabilidades de ser rentables. Y en momentos de depresión, será mayoritario el pesimismo. En momentos de crisis, entonces, puede darse que no haya baja de la tasa de interés que convenza a los empresarios a invertir, ni aun cuando esta llegue hipotéticamente a cero (“la trampa de la liquidez”).
Una cuestión importante es responder por qué tienden a prevalecer comportamientos “en manada” de los inversores: en momentos de auge, todos creen que podrán obtener beneficios superiores de sus inversiones, incluso con tasas de interés elevadas. Y cuando llega la depresión, todos huyen despavoridos de cualquier inversión productiva, lo que provoca, con ese mismo comportamiento, que la crisis se profundice. Keynes observó que esto tiene una relación profunda con los importantes cambios que se produjeron en el capitalismo desde el último cuarto del siglo xix. La concentración y la centralización del capital, la aparición de los monopolios y del capital financiero han producido una separación entre los propietarios del capital accionario y aquellos que ejercen la gestión técnica (el management) de las empresas. Los accionistas, que desconocen en general los detalles específicos del negocio en cuestión, priorizan la obtención de ganancias de corto plazo. Son las que se obtienen de lo que Keynes llamaba “el corte de cupón” de las acciones. O en muchos casos, ni siquiera de eso, sino simplemente de la suba de la cotización de las acciones de las empresas en el mercado de valores. Estos “cortadores” de cupones, que en definitiva se trata de “rentistas puros”, son los que en el capitalismo moderno terminan decidiendo el volumen y la dirección de las inversiones. La inestabilidad de la inversión privada, y su rol estratégico en la crisis del capitalismo, llevaría a Keynes a plantear que no se puede depender exclusivamente de esta para alcanzar los objetivos de pleno empleo. De ahí que propondría, y eso es lo que llamaremos la “tercera política keynesiana”, recurrir al incremento del gasto público, a la inversión pública como herramienta para salir de las recesiones.
El multiplicador keynesiano
Para Keynes, el motivo de la importancia central de la inversión, ya sea esta pública o privada, se deriva de que el incremento de esta no aumenta la demanda efectiva solo en el monto original de ella, sino además en algún valor superior. Es lo que se conoce como el “principio del multiplicador”. Aclaremos que, si bien el multiplicador siempre apareció asociado a la figura de Keynes, y de hecho este lo presenta en La teoría general, su descubrimiento pertenece a su discípulo Richard Kahn.
Conceptualmente, se trata de que la inversión inicial, que aumenta el producto en ese monto (
), producirá luego un incremento en el consumo (proporcional a la propensión marginal a consumir), que a su vez retroalimentará el crecimiento del producto en un nuevo ciclo, y así sucesivamente. Tendremos entonces que existe una relación entre la propensión a consumir (
) y el incremento que la inversión produce sobre el producto o ingreso (
). El multiplicador matemáticamente será la inversa de uno menos la propensión marginal a consumir (
). Como vemos, se trata de una fracción, un número positivo menor a uno, que es el monto en que se multiplicará el producto más allá de la inversión original. Cuanto mayor sea la propensión a consumir, mayor será el multiplicador. Observemos que, teóricamente, el multiplicador puede oscilar entre 1 e infinito. Si la propensión a consumir es muy baja, el denominador de la fórmula del multiplicador se acerca a uno, y entonces el multiplicador se reduce también a un número cercano a ese valor: quiere decir que la nueva inversión no genera mucho mayor crecimiento en el producto que el propio de su monto original. Si, en cambio, la propensión a consumir es muy alta, y ella misma se acerca a uno, el denominador de la fórmula se acerca a cero, y el valor del multiplicador crece. En un límite teórico máximo (que, por supuesto, no puede existir), si la propensión a consumir fuera del 100 % (no se ahorra nada), el multiplicador sería igual a infinito, y cualquier aumento inicial de la inversión desencadenaría un proceso que llevaría, rápidamente y por sucesivos aumentos del consumo, al pleno empleo.
El multiplicador es muy importante en el entramado de La teoría general. Keynes, en la década del 20, había adscripto a lo que se llamaba la concepción de “cebar la bomba”. Esto implicaba que bastaba un aumento del gasto público, o un incremento aislado de la inversión privada, para que una economía en recesión “arrancara” y luego sola siguiera su curso ascendente. Keynes ahora plantearía, en cambio, la necesidad de un aumento sostenido del gasto o la inversión, debido a que, así como el multiplicador permite ver el efecto expansivo de dicho gasto, su detención también hace funcionar al multiplicador “en reversa”, amplificando sus consecuencias recesivas.
Cabe mencionar que el concepto de “multiplicador” solo se refiere a que la inversión estimula sucesivos aumentos del consumo y, por lo tanto, del producto. Por supuesto que se podría agregar a esto que probablemente ese incremento del consumo induzca a su vez a nuevos incrementos de la inversión. Pero el multiplicador del consumo no mide este efecto. Otros economistas keynesianos posteriores, como Harrod (1949) y Hansen (1941), han puesto énfasis en este efecto adicional que un incremento del consumo tiene a su vez sobre la inversión, y lo han denominado el “principio de la aceleración”, pero esto no es parte sustancial del planteo del propio Keynes.
El rol del gasto público y su financiamiento
El principio del multiplicador muestra, entonces, la importancia de todo aumento de la inversión privada. Pero hemos visto que esta depende de una serie de factores que la transforma en peligrosamente fluctuante. Más aún: en los momentos de recesión, cuando más se la necesita para que opere el efecto reactivador del multiplicador, más probabilidades hay de que esta no aparezca. Por eso Keynes puso énfasis en el rol del gasto público como política destinada a resolver el problema del desempleo. Y como aquello que sí, definitivamente, es capaz de desencadenar todos los efectos progresivos explicados matemáticamente vía el multiplicador.
El gasto público reemplaza o completa entonces la incierta inversión privada como elemento central de reactivación. Recordemos que el planteo de Keynes se movió siempre en el corto plazo, por lo que la “calidad “de la inversión (o del gasto del Estado) o su “productividad” no es lo importante. Lo central es su rol multiplicador como política económica para alcanzar el pleno empleo. Keynes insistió e incluso exageró este rol exclusivo con frases provocativas como: “Que la mitad de los obreros desocupados hagan pozos de día, y la otra mitad los tape de noche”.
El planteo de Keynes no es de una teoría del crecimiento que incluya el largo plazo. Keynes insistiría: “En el largo plazo, estamos todos muertos”. Otros autores de raíz keynesiana sí desarrollarían teorías del desarrollo donde la inversión será enfatizada no solo por su efecto multiplicador de corto plazo sobre la demanda efectiva, sino por su rol incremental sobre el acervo de capital. Tal es el caso del modelo conocido como Harrod-Domar (1970).
Un tema muy importante es el interrogante por el financiamiento de ese mayor gasto, lo que lleva al problema de los presupuestos equilibrados. En Keynes, las situaciones de desempleo se ven acompañadas por deflaciones. Esto no era un simple planeo teórico, sino la comprobación fáctica de lo que efectivamente estaba sucediendo en la crisis del 30. Por lo que una política expansiva con recursos ociosos no debería desencadenar un proceso inflacionario. Si bien Keynes no lo desarrolla en La teoría general, veremos en seguida que en su razonamiento hay una cierta correlación inversa entre desempleo e inflación. Pero el financiamiento monetario del déficit está en el corazón de la propuesta de reactivación keynesiana de La teoría general.
Por supuesto que su defensa de la expansión del gasto público como herramienta de política económica para alcanzar el pleno empleo conllevaba el interrogante de si Keynes pasaba ahora a defender algún tipo de posición anticapitalista (ya hemos visto que sus posturas en la década del 20 fueron fuertemente antimarxistas e incluso contrarias a la mera existencia de un partido de base primordialmente obrera como era el laborista en esos tiempos). Keynes (2001) despeja cualquier duda al respecto:
Por consiguiente, mientras el ensanchamiento de las funciones estatales, que van implicadas en la labor de ajustar la propensión al consumo con el aliciente para la inversión, parecería a un publicista del siglo xix o a un financiero norteamericano contemporáneo una expoliación espantosa al individualismo, yo las defiendo, por el contrario, tanto porque son el único medio practicable de evitar la destrucción total de las formas económicas existentes como por ser condición del funcionamiento afortunado de la iniciativa individual.
El Keynes posterior a La teoría general
Después de 1936, Keynes se enfrascó en muchos debates “aclaratorios” sobre aspectos oscuros de La teoría general. Fue un tiempo muy rico. Aparecieron algunos planteos que dieron la razón a los que dicen que hay un corte radical entre el conjunto de sus ideas y el pensamiento neoclásico, como los autores que luego se denominarían “poskeynesianos”. Pero también Keynes advirtió contra algunas de estas posiciones, afirmando que, cuando se alcanza el pleno empleo, la cosmovisión “clásica” (en su utilización del término) readquiere toda su vigencia. Incluso recibió con agrado el texto de su adversario principal Friedrich Hayek, La sociedad abierta y sus enemigos, del que dijo provocativamente que coincidía en absolutamente todos sus planteos, tal como relata Wapshott (2011).
Desde el punto de vista de sus propuestas de política económica, su texto más importante de esos años será ¿Cómo pagar la guerra?, escrito en 1940. En dicho texto, Keynes (1988) plantea qué se debe hacer ante una situación como la creada por el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial y una coyuntura objetiva de pleno empleo, donde el riesgo era el desencadenamiento de un proceso de alta inflación. Acá nuestro autor, dejando ver su concepción acerca de una relación inversa entre desempleo e inflación, propone un conjunto de medidas que apuntaban a reducir la demanda efectiva. Simplificando, podemos sintetizar diciendo que una política expansiva para alcanzar el pleno empleo implica redistribuir la riqueza hacia los sectores de menores recursos con el fin de aumentar la propensión a consumir, bajar la tasa de interés para que aumente la inversión, y aumentar el gasto público. Por el contrario, una política contractiva con el objeto de reducir la inflación (que arranca de un punto de pleno empleo) consiste en una batería exactamente inversa a la anterior: redistribuir el ingreso a favor de los sectores de mayores recursos para que se reduzca la propensión al consumo; aumentar la tasa de interés con el objeto de reducir la inversión; y achicar el gasto público. El texto ¿Cómo pagar la guerra?, si bien se trata de dos artículos periodísticos unidos luego bajo el formato de un folleto, puede ser leído como un material que “completa” La teoría general, que plantea cómo actuar ante situaciones opuestas a la del desempleo, en los que prima el problema inflacionario.
La última intervención importante de Keynes (fallecería en 1946) fue en las negociaciones de Bretton Woods, donde se debatía la conformación de un nuevo orden económico internacional de posguerra. Si bien sus sugerencias no fueron tomadas plenamente (quizás porque él representaba a la delegación de una Gran Bretaña que aparecía como potencia en decadencia frente al ascenso del imperialismo norteamericano), su “marca” quedó en el conjunto de organismos creados a tal efecto. En particular, la conformación del Fondo Monetario Internacional, fundado originariamente como una institución que tenía el objetivo de prestar fondos actuando “anticíclicamente” para evitar crisis agudas de balanza de pagos. O, en la forma en que terminarían interviniendo los Estados Unidos sobre la reconstrucción de Europa con el llamado “Plan Marshall”.
El “keynesianismo”
La escuela keynesiana se transformó en hegemónica en el período que medió entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y mediados de la década del 70. En enero de 1971, el entonces presidente Richard Nixon llegaría a afirmar: “Hoy todos somos keynesianos”. Paradójicamente, sería la propia crisis mundial abierta en esos años quien pondría en cuestión esa hegemonía. En el capítulo final, desarrollaremos esto con mayor detalle.
Pero lo que nos interesa acá es precisar cómo se dio ese fenómeno de expansión del llamado “keynesianismo”, y qué relaciones tiene con las ideas del propio Keynes. Comencemos diciendo que el modelo económico (macroeconómico, para ser más exactos) keynesiano fue la política económica oficial de los llamados “Estados de compromiso” o “Estados benefactores”, que en muchos autores incluso se los denominó directamente “Estados benefactores keynesianos”. Nos estamos refiriendo a una serie de acuerdos de posguerra en las principales potencias occidentales (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania Federal, Italia) donde los partidos políticos principales acordaban un conjunto de políticas económicas que eran llevadas adelante por todos, independientemente de quién gobernara. Así, tanto demócratas como republicanos en los Estados Unidos, laboristas y conservadores en Gran Bretaña, democristianos o socialdemócratas en Alemania tenían consenso sobre una batería de medidas de política económica que garantizaba la reproducción del orden social capitalista en esos países. Esto se extendía a fuerzas parlamentarias que, si bien no gobernaban, formaban parte del “equilibrio” del sistema político (como el socialismo francés, o los partidos comunistas de Francia e Italia).
Se ha señalado que las políticas económicas de estos “Estados de compromiso” son las principales responsables del período relativamente largo y sin crisis que vivió el capitalismo norteamericano y europeo occidental entre 1948 y 1967-1968. Es, sin duda, un tema de debate su relación específica con el boom económico de esos años. Los autores de la escuela francesa de la regulación colocan a las políticas keynesianas como una porción institucional importante, pero solo una parte, de algo mucho más amplio, que suelen denominar “modo de regulación fordista”. Nuevamente, dejaremos para el capítulo final el desarrollo de este debate.
Lo que nos interesa analizar en este apartado son las diferentes lecturas que se sucedieron y dieron lugar a lo que de conjunto se denomina la “escuela keynesiana”. Podemos clasificar, siguiendo a Astarita (2008), las distintas vertientes en que derivó el pensamiento de Keynes en tres grandes subgrupos:
- La llamada “síntesis neoclásica keynesiana”, surgida a partir de Hicks y plasmada en el modelo is-lm, que se transformaría en la formulación más popular en los libros de texto de macroeconomía. Para la formación de generaciones enteras de economistas, esto sería “la economía keynesiana”, incluso salteando la lectura de la propia Teoría general, por considerarla “confusamente escrita”. De lejos, el libro más popular, con el que se formarían varias generaciones de economistas, sería Samuelson (1960).
- El “poskeynesianismo”, que podría ser visto como un “ala izquierda” del keynesianismo. Plantearon que el enfoque de Keynes constituye una impugnación del planteo neoclásico de conjunto. Los autores poskeynesianos aceptaron que ello no se desprende del texto de La teoría general, pero que sí se puede vislumbrar, así sea asistemáticamente, en varios textos posteriores. Lo que los unió es la idea de que el planteo keynesiano lleva a que en el sistema capitalista la tendencia es hacia la subocupación crónica y las crisis periódicas violentas.
- Con la crisis mundial de la década del 70 y la aparición de los planteos monetaristas y de los nuevos clásicos, se terminó construyendo una nueva síntesis. Aparecieron los llamados “nuevos keynesianos” o “neokeynesianos”. Lo central de todo este subgrupo, tanto en la síntesis original como en la nueva síntesis, es la suposición de que las economías capitalistas tienen una tendencia a converger hacia el pleno empleo, siempre y cuando exista flexibilidad de precios y salarios.
La síntesis neoclásica tiene su origen en un famoso texto de John Hicks de 1937, Mr. Keynes y los clásicos. El centro de su planteo es explicar que no existe una frontera insalvable entre el planteo neoclásico y el keynesiano. Dando vuelta a Keynes, que consideraba a lo que él llamaba “clásicos” como un caso particular (la de la existencia de plena ocupación de los recursos) de su teoría “general” (en la que prevalecían un montón de situaciones donde el equilibrio se alcanzaba en punto alejados del pleno empleo), Hicks planteó el eje de lo que se llamaría el modelo de la “síntesis neoclásica-keynesiana”: el keynesianismo sería un “caso particular”, el de economías donde no hubiera flexibilidad de los salarios a la baja. Digamos además que el modelo is-lm, que popularizaría a la llamada “macroeconomía keynesiana”, introdujo por la ventana algo que nunca fue siquiera esbozado por Keynes, un equilibrio general o simultáneo de todos los mercados, al mejor estilo Leon Walras.
Un lugar particular y muy importante dentro de la síntesis lo tuvo la curva de Phillips. Podemos decir que sería el “talón de Aquiles” de la cosmovisión keynesiana. Basándose en una serie de estudios estadísticos desarrollados en 1958 por William Phillip, los keynesianos de la síntesis neoclásica establecieron como un dato analítico la relación inversa entre desempleo e inflación. Una recesión estaría acompañada, bajo este esquema, por una deflación, mientras que la inflación solo aparecería en situaciones de pleno empleo. Todo esto se derrumbó, como veremos en el capítulo siguiente, con la aparición de la stangflation (estancamiento con inflación), que sería una característica central de la nueva crisis mundial que se desataría en la década del 70.
Los poskeynesianos, por el contrario, fueron en su primera generación aquellos que acentuaron y radicalizaron las diferencias de Keynes con los autores precedentes. Sus primeros representantes establecieron, de manera diversa y tortuosa, un puente de relaciones con el pensamiento marxista. Ahí ubicamos a autores como Joan Robinson y al polaco Michał Kalecki. Este último en particular realizó elaboraciones paralelas a las de Keynes y llegó a resultados similares con anterioridad a la publicación de La teoría general. A diferencia de Keynes, su formación de origen era el marxismo. El hecho de que muchas de sus contribuciones estuvieran en polaco atentó contra su conocimiento en los países capitalistas occidentales, incluyendo la Gran Bretaña de Keynes. A posteriori, el poskeynesianismo tuvo diversas derivas, de las cuales la más importante fue la de los autores que ponían énfasis en el carácter endógeno del dinero, entre los que se destacó Paul Davidson, editor junto a Sidney Weintraub del Journal of Postkeynesian Economics, la publicación más importante actualmente del poskeynesianismo. Existe también una tercera corriente del poskeynesianismo, más vinculada al pensamiento económico institucionalista. Hay, debemos mencionarlo, un debate abierto sobre los propios límites del poskeynesianismo, en particular acerca de la incorporación o no dentro de esta corriente de los llamados “neorricardianos”, cuya figura más importante fue Piero Sraffa.
El neokeynesianismo, por último, integra a un conjunto de autores que se aleja cada vez más de cualquier planteo “heterodoxo”, convergiendo a mayor velocidad aún que los keynesianos de la síntesis is-lm con el mainstream del pensamiento económico neoclásico. Algunas figuras que han alcanzado renombre en los últimos tiempos son Paul Krugman (por sus textos sobre la crisis de 2008) y Ben Bernanke (titular de la Reserva Federal de los Estados Unidos en los primeros años del siglo xxi).
Keynes, Marx y la crítica de la economía política
Un punto muy importante es cuál es la exacta relación de Keynes con la crítica a la economía política. Comencemos por un hecho básico y obvio: Keynes nunca rompió con la teoría subjetiva del valor. Es más, Keynes nunca cuestionó ni el método ni el fin de la teoría ortodoxa neoclásica. Por eso, justamente, pudo ser absorbida con cierta facilidad por el mainstream vía la síntesis neoclásica.
Recordemos que Keynes fue siempre un “economista práctico”, y que sus desarrollos teóricos (en sus tres libros fundamentales, los dos tratados sobre el dinero y La teoría general) fueron una justificación posterior a sus planteos, primero expresados periodísticamente y en términos de propaganda política. Por eso no creemos menor su posicionamiento con respecto a la Revolución rusa y a las perspectivas de una revolución socialista en Europa, que constantemente advertía como una amenaza para el orden establecido. Debemos insistir en que Keynes se definió varias veces como un defensor explícito del capitalismo y preocupado por el posible triunfo de una revolución obrera que destruyera el mundo al que defiendía. Esto lo planteó Keynes (2012) ya en Consecuencias económicas de la paz:
La guerra ha descubierto la posibilidad del consumo para todos y la futilidad de la abstinencia para muchos. Así, pues, el bluff ha sido revelado; las clases laboriosas no quieren ya seguirse privando de tantas cosas, y las clases capitalistas, que ya no confían en el futuro, pueden tratar de disfrutar más plenamente sus libertades de consumo mientras les dure, y precipitar así la hora de la confiscación.
Sintetizando: Keynes tenía una clarísima y explícita ubicación de clase, del lado de la burguesía. Es, como dijimos al principio de este capítulo, una de las expresiones más conscientes de los peligros que acechan al orden burgués en el período de entreguerras. Insistimos en esto, ya que el “keynesianismo de posguerra” iría dibujando una versión de un Keynes “casi socialista”, o por lo menos equidistante de los dos polos del capital y el trabajo.
Keynes tenía otra diferencia fundamental con Marx: no aceptaba que los intereses de clase jugaran un rol en la determinación de las políticas económicas. Se trató, a nuestro entender, de uno de los puntos analíticamente más débiles de Keynes, que hacen que un autor de semejante lucidez apareciera más de una vez con un toque naif. Su concepción de que la lucha de ideas y políticas no tienen nada que ver con la lucha de clases fue algo que vino de lo más profundo de su formación académica en Cambridge, y en particular de su relación con la filosofía de Moore. Y fue algo que nunca se modificó a lo largo de toda la trayectoria de Keynes. Ya en 1919, Keynes (1988) señaló tener un “profundo convencimiento de que el problema económico de la necesidad y la pobreza y la lucha económica entre las clases y las naciones no es sino un embrollo espantoso, un embrollo transitorio e innecesario”.
Esto afirmación vuelve a aparecer en el párrafo final de La teoría general:
Las ideas de los economistas y los filósofos políticos, tanto cuando son correctas como cuando están equivocadas, son más poderosas de lo que comúnmente se cree. En realidad el mundo está gobernado por poco más que esto. Los hombres prácticos, que se creen exentos por completo de cualquier influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto. Los maniáticos de la autoridad, que oyen voces en el aire, destilan su frenesí inspirados en algún mal escritor académico de algunos años atrás. Estoy seguro de que el poder de los intereses creados se exagera mucho comparado con la intrusión gradual de las ideas. No, por cierto, en forma inmediata, sino después de un intervalo; porque en el campo de la filosofía económica y política no hay muchos que estén influidos por las nuevas teorías cuando pasan de los veinticinco o treinta años de edad, de manera que las ideas que los funcionarios públicos y políticos, y aun los agitadores, aplican a los acontecimientos actuales, no serán probablemente las más novedosas. Pero, tarde o temprano, son las ideas y no los intereses creados las que presentan peligros, tanto para mal como para bien.
Cuando estalló la crisis del 30, Keynes comprobó hasta dónde puede llegar la crisis y la realidad de que la economía capitalista no se “equilibra en el pleno empleo”. Vio también los límites del propio capitalista que se niega a invertir y sus consecuencias. Planteó la importancia del gasto público y, siendo coherente con su propia lógica, llegó a proponer “la eutanasia del rentista”. Son las páginas de Keynes que más gustan a la izquierda poskeynesiana. Pero, siendo coherentes, vemos que nuestro autor tenía límites muy estrictos que nunca traspasó: la propiedad privada de los medios de producción. En síntesis, Keynes “rozó” muchas veces planteos que lo acercaron a los grandes debates de la economía política clásica inglesa (Smith, Ricardo) e incluso de su crítica (Marx). Pero, cuando escribía y actuaba, era muy consciente de que ya no estaba en el siglo xix, sino en el xx, en la época de “guerras y revoluciones”, al decir de Lenin. Nos da la sensación de que el lúcido Keynes advirtió las ruinas del capitalismo de su época, avanzó con toda su inteligencia sobre lo elaborado por la economía política, vio sus contradicciones… y finalmente retrocedió espantado ante el espectro de un capitalismo imperialista que muestra ante sí el espejo de su propia destrucción.
Los “usos” de Keynes
La utilización del pensamiento keynesiano nos remite directamente a aquel momento en que este se transformó en hegemónico: la posguerra y, más específicamente, el período que fue desde 1945 hasta 1973. Lo primero que debemos decir es que no acordamos con aquellos que lo muestran como un simple avance “racional y científico”, algo así como un nuevo paso adelante en el análisis económico, que se articuló con un “compromiso” político que permitió el desarrollo del capitalismo liberal. Acordamos en esto con Holloway (1994):
Incluso en años recientes, cuando el keynesianismo ha sido tan criticado, persiste la imagen del keynesianismo como un desarrollo teórico posiblemente confuso pero ciertamente bien intencionado. En medio de esas imágenes, es difícil recordar que la adopción de las políticas keynesianas fue la culminación de un prolongado conflicto de violencia, horror y derramamiento de sangre sin precedentes en la historia del mundo.
Efectivamente, si, según la conocida imagen de Marx, el capitalismo emergió en la historia “chorreando lodo y sangre” en la acumulación originario, el keynesianismo se torna hegemónico en Europa sobre la base de los 60 millones de cadáveres de la Segunda Guerra Mundial.
La adopción de las políticas keynesianas formó parte de una nueva relación de fuerzas entre el capital y el trabajo. Fue una respuesta burguesa a esa correlación de fuerzas que se fue constituyendo a partir del final de la primera guerra mundial, tal como plantea Negri (1991). Podemos señalar tres momentos.
La Revolución rusa y los debates en el seno de la clase burguesa para enfrentarla. Recordemos que primero estuvo la respuesta militar (la invasión a la tierra de los sóviets de los ejércitos extranjeros). Después, ante la evidencia de que la revolución obrera era una realidad internacional, la aparición de un nuevo régimen político, el fascismo. Keynes planteó una tercera salida burguesa posible, que se tornó visible a partir de un nuevo hecho: la crisis económica de los años 30, como desarrollamos más abajo, pero que en esencia fue la extensión a la política económica (y a la macroeconomía) de los planteos que en el terreno microeconómico de la administración de empresas ya venía realizando Henry Ford desde la primera década del siglo, tal como analiza Coriat (1982).
La crisis mundial abierta en 1929. Que se extendió en los años posteriores, y dio lugar a nuevos hechos políticos: el ascenso del nazismo en Alemania y la colectivización forzosa en la Unión Soviética, con la consolidación del stalinismo, pero también con la realidad de que fue el único país al que no afectó la crisis capitalista de esos años. Otros acontecimientos importantes fueron la Revolución española y las tomas de fábricas en Francia, que dieron lugar a la aparición de los Frentes Populares. En los propios Estados Unidos, el gobierno de Roosevelt también inauguró en esos años una forma particular de gobierno burgués, cercano a los “frentes populares”, donde el partido demócrata negoció y articuló políticas con las direcciones sindicales. El rol del Estado y las políticas económicas que se desarrollaron en todos los países capitalistas en los 30 ya prefiguraban los elementos centrales de lo que serían después “las políticas económicas keynesianas”.
La segunda posguerra. Y en particular ese momento que se abrió después de la batalla de Stalingrado, donde ya existía la certeza de la derrota nazi. Recordemos que Keynes fue un actor central de las negociaciones que se abrieron en Bretton Woods en 1944 y sería figura de consulta hasta su muerte dos años después. Las políticas keynesianas serían inspiración de la forma en que las potencias imperialistas (tanto Estados Unidos, como Gran Bretaña y Francia) decidieran “gestionar” la Guerra Fría. A diferencia de la posguerra de la Primera Guerra Mundial, donde primó la tesis de tierra arrasada con el vencido (las famosas “reparaciones de guerra”), ahora lo que terminó sucediendo fue el llamado “Plan Marshall”, en el que millones de dólares fueron volcados a la reconstrucción europea, incluyendo en esto a los países vencidos, como Italia y la parte occidental de Alemania.
El keynesianismo fue la matriz macroeconómica con que se buscó (y en cierta forma se consiguió) enchalecar a una clase obrera que había salido fuertemente empoderada de la victoria contra el nazismo. Pensemos en el lugar del Partido Comunista Francés y la cgt en la resistencia, en los maquis italianos, o en el hecho de que incluso el enormemente prestigioso Winston Churchill perdió las elecciones británicas a manos de los laboristas apenas dos meses después de la rendición alemana.
Los partidos socialdemócratas, que de hecho no tenían programa económico, terminaron asumiendo como propio el keynesiano. Lo mismo sucedió con el laborismo británico, a pesar de los desaires que el propio Keynes había tenido con ese partido. Incluso en los partidos comunistas más importantes de Occidente (Italia y Francia), hubo una fuerte penetración y aceptación en los hechos de las políticas económicas keynesianas.
El planteo keynesiano es quizás la forma central en la que en política económica se expresó la ideología de la conciliación entre las clases en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial. Por eso fue tomada y asumida programáticamente por socialdemócratas y laboristas, que venían desde mediados de los 20 cogobernando con los viejos partidos conservadores sin tener otra claridad que su oposición tajante a la Revolución rusa. Ahora, en la posguerra, el keynesianismo pasó a ofrecerles un cuerpo “coherente” de doctrina y una justificación para gobernar garantizando la reproducción del orden capitalista.
Pero, como hemos demostrado con creces más arriba, Keynes nunca fue ni socialdemócrata ni laborista. Siempre fue liberal. Su planteo nunca fue “humanizar” el capitalismo, ni mucho menos construir un tránsito reformista hacia una supuesta sociedad socialista. Jamás fue un “asesor” de los sindicatos, ni siquiera de los más tradicionales y menos revolucionarios. Su ubicación siempre fue clara: del lado del capital, y, en todo caso, “explicándole” al capital por qué había que aceptar tomar determinadas medidas para que el sistema no estallara.
Se exagera también la importancia de Keynes en las políticas del New Deal de Roosevelt. Como ya dijimos, Keynes no participó en su formulación, aunque sí las reconoció como cercanas a sus ideas. Digamos de paso que se sobredimensiona también al propio New Deal, citándolo como el programa económico que resolvió la crisis del 30. La realidad no fue así, más aún, la economía norteamericana volvió a caer en una fuerte recesión en 1937 mientras aún no había salido del pantano abierto en 1929. Finalmente, el capitalismo solo cerraría la crisis del 30 con la Segunda Guerra Mundial.
El planteo de Keynes tampoco era “socialcristiano”. La Iglesia católica hizo una amalgama tardía con el pensamiento keynesiano en su ala más “progresista o social”, ya que otro sector se mantuvo firmemente en la tradición “austriaca” del marginalismo, siguiendo las elaboraciones de la escuela de Salamanca, tal como desarrolla Gómez Camacho (2018).
Con respecto a la constitución de los llamados “Estados benefactores” de la posguerra y las políticas keynesianas también hay bastante para aclarar. Más allá del hecho de que en su propia constitución está la realidad de la lucha de clases de entonces, como lo explicamos más arriba. Tenemos que precisar que los “30 años gloriosos” del boom capitalista ni fueron 30 años ni fueron tan gloriosos.
Primero porque se limitaron a algunos países del mundo desarrollado occidental: las potencias imperialistas de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Alemania Federal. En el caso particular de Alemania Federal y Japón, luego de casi una década (desde mediados de los 40 a mediados de los 50) de extremas privaciones para su clase trabajadora. Nunca hubo plenamente “Estado benefactor” en Italia, ni mucho menos en la España franquista o la Portugal de Salazar. Solo se podría extender esta denominación a los países escandinavos. Los países imperialistas que gozaron de la bonanza de la posguerra lo pudieron hacer a costa de la explotación de sus colonias y semicolonias. Y la expansión del gasto público de esos años tuvo un eje central: el feroz rearme de la Guerra Fría, hecho relatado brillantemente por Gillman (1965).
También debemos decir que los “30 años gloriosos”… no fueron 30. Porque hubo varias recesiones menores en su interior (cuatro solamente en los Estados Unidos), pero por sobre todo porque ya en 1966, tal como señala Aglietta (1982), podemos observar los primeros síntomas de lo que sería una crisis crónica de la economía mundial que se desplegaría en el siguiente medio siglo.
En nuestro país, también se ha hecho una amalgama entre las políticas económicas keynesianas y el primer peronismo (1945-1955). Pero esa relación no es tal. El primer peronismo desarrolló su política económica de una forma mucho más empírica, tomando sus modelos desde la intervención del Estado de la preguerra y desde las llamadas “concepciones de la defensa nacional”. Los primeros keynesianos argentinos fueron furiosamente antiperonistas, tal es el caso de Raúl Prebisch (1947), el primer economista que introdujo las ideas de Keynes en nuestro medio.
Como vemos, queda entonces mucho por reconstruir sobre la verdadera historia de la influencia de las políticas keynesianas en el medio siglo que siguió a su muerte. Sí es un hecho que el planteo central del keynesianismo, de que se había descubierto “por fin” cómo evitar las crisis, y que bastaba para ello una correcta intervención del Estado en la economía, se reveló falso. La crisis mundial abierta en los 70 lo puso severamente en crisis. Ahí se empezaría a caer la hegemonía que la escuela keynesiana había construido paradójicamente luego de la muerte del propio Keynes. La omnipresencia de la crisis como un elemento presente y nodal del modo de producción capitalista se volvió a imponer.
El pensamiento económico entraría en una profunda crisis de paradigmas, que abriría nuevos derroteros y disputas. Keynesianos, marxistas y neoclásicos responderán de diferente forma. Pero eso será materia del próximo (y final) capítulo de este libro.
Bibliografía
Aglietta, Michael (1982), Regulación y crisis del capitalismo, Siglo xxi Editores, México.
Astarita, Rolando (2008), Keynes, poskeynesianos y keynesianos neoclásicos, Universidad Nacional de Quilmes, Bernal.
Crespo, Ricardo (2016), Keynes, filósofo práctico, Edicon, Buenos Aires.
Del Búfalo, Enzo (2005), Las teorías macroeconómicas después de Keynes: la evolución de una ilusión 1936-2002, Universidad Central de Venezuela, Caracas.
Coriat, Benjamín (1982), El taller y el cronómetro, Siglo xxi Editores, México.
Dillard, Dudley (1952), La teoría económica de John Maynard Keynes, Aguilar, Madrid.
Domar, Evsey (1970), “Expansión de capital y crecimiento”, en Sen, Amartya, Economía del crecimiento, Fondo de Cultura Económica, México.
Girón, Alicia (2006), Confrontaciones monetarias: marxistas y post-keynesianos en América Latina, Clacso, Buenos Aires.
Gillman, Joseph (1965), Prosperidad en crisis: crítica del keynesianismo, Anagrama, Barcelona.
Hansen, Alvin (1941), Fiscal Policy and Business Cycle, W.W. Norton and Company Inc., Nueva York.
Hansen, Alvin (1957), Guía de Keynes, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.
Harrod, Henry Roy (1949), El ciclo económico, Aguilar, Madrid.
Harrod, Henry Roy (1970), “La teoría dinámica”, en Sen, Amartya, Economía del crecimiento, Fondo de Cultura Económica, México.
Hession, Charles (1985), Keynes, Vergara, Buenos Aires.
Holloway, John (1994), “Se abre el abismo: surgimiento y caída del keynesianismo”, en John Holloway, Marxismo, estado y capital, Cuadernos del Sur, Buenos Aires.
Keynes, John Maynard (1988), Ensayos de persuasión, Folio, Barcelona.
Keynes, John Maynard (1992), Breve tratado sobre la reforma monetaria, Fondo de Cultura Económica, México.
Keynes, John Maynard (2001), La teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, Fondo de Cultura Económica, México.
Keynes, John Maynard (2012), Las consecuencias económicas de la paz, rba, Barcelona.
Kicillof, Axel (2007), Fundamentos de la teoría general: las consecuencias teóricas de Lord Keynes, Eudeba, Buenos Aires.
Kicillof, Axel (2010), Siete lecciones de historia del pensamiento económico, Eudeba, Buenos Aires.
Mattick, Paul (2013), Marx y Keynes: los límites de la economía mixta, Ediciones ryr, Buenos Aires.
Moggridge, Donald E. (1992), Maynard Keynes. An Economist Biography, Routledge, Londres.
Negri, Antonio (1991), “J. M. Keynes y la teoría capitalista del estado en el ’29”, en El cielo por asalto, n.º 2, Buenos Aires.
Prebisch, Raúl (1947), Introducción a Keynes, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.
Samuelson, Paul (1960), Curso de economía moderna, Aguilar, Madrid.
Skidelsky, Robert (2003), John Maynard Keynes, Macmillan, Londres.
Trotsky, Leon (1999), Programa de transición, Cuadernos Socialistas, Buenos Aires.
Wapshott, Nicholas (2013), Keynes vs. Hayek, Booket, Barcelona.









