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¿A dónde va la economía como disciplina?

José Castillo

En el último medio siglo, el pensamiento económico está viviendo una crisis de paradigmas como nunca en su historia anterior. Por primera vez desde Adam Smith, no hay una corriente o escuela que sea claramente hegemónica. Recordemos que el pensamiento clásico lo había sido en el período desde fines del siglo xviii hasta los años 70 del siglo xix (con Smith, Ricardo o con la “síntesis” de John Stuart Mill; incluso el ataque más demoledor, la crítica marxista, le reconoce esa preeminencia). Luego fue reemplazado por el paradigma neoclásico/marginalista/subjetivista (con hegemonía indisputada hasta 1930). Y finalmente por el keynesianismo (entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y los primeros años 70). A partir de los años 70 del siglo xx, el pensamiento keynesiano y las instituciones que surgieron a partir de él (el llamado “Estado benefactor”) entraron también en crisis.

En el período posterior a la crisis económica mundial que se desató a fines de los años 60 y principios de los 70, ese retroceso keynesiano dio lugar a un revival de las corrientes herederas de la tradición neoclásico/marginalista. Acompañando el giro que en la teoría política se denominó “neoconservadorismo”, se dio el surgimiento de una serie de ideas que periodísticamente se las agrupó bajo el término “neoliberalismo”. Ese conjunto de ideas, divididas en subcorrientes que analizaremos más abajo, se fueron rápidamente tornando mayoritarias en los años 80 y 90. Su preeminencia en el campo de la política fue creciente, y llegaron a expresar una síntesis de recomendaciones a comienzos de los 90, llamadas “Consenso de Washington”. Así se tornaron “sentido común” en las políticas económicas llevadas adelante por la mayoría de los países y en las recomendaciones de los organismos internacionales (fmi, Banco Mundial, ocde, Organización Mundial de Comercio).

Sin embargo, esa nueva “ortodoxia” económica nunca logró en el campo académico la hegemonía que tuvieron, en los períodos previos, el keynesianismo y el propio neoclasicismo anterior. El llamado genéricamente “neoliberalismo” se tornó, sin dudas, la corriente mayoritaria. Pero su reinado fue mucho más fugaz, y siempre continuaron existiendo espacios donde prevalecían las corrientes keynesianas y marxistas (o radicales en general). A posteriori, la crisis abierta en 2007-2008 dio lugar a una nueva relación de fuerzas, donde cierto keynesianismo pareció volver a ganar fuerzas. Pero tampoco esta corriente consiguió volver a la posición hegemónica que había tenido en el cuarto de siglo posterior a la posguerra de la Segunda Guerra Mundial.

Todo este período, que recorreremos en este capítulo final, estuvo teñido por una crisis capitalista crónica (con una enorme cantidad de episodios agudos) que contrasta fuertemente con la etapa previa. Y con la incapacidad de las políticas económicas de lidiar con dicha crisis a partir de una batería de medidas con cierto consenso para conjurarla.

La situación previa a la crisis: el reinado keynesiano durante el boom

Como ya desarrollamos en el capítulo acerca de Keynes, los intentos de asimilar las ideas de Keynes a las del paradigma keynesiano aparecieron en forma casi inmediatamente posterior a la publicación de La teoría general. Tal es el intento de John Hicks, con su texto de 1937, Keynes y los clásicos. Allí está la primera exposición de la modelización matemática que después, con los diagramas de Alvin Hansen, pasaría a ser conocida como el modelo is-lm. Nació así la llamada “síntesis neoclásica”. Desde el punto de vista de la divulgación, el libro de texto Economics de Paul Samuelson, cuya primera edición es de 1948, pasaría a ser el “manual” con el que se formarían generaciones de economistas, y se presentaría al público no especializado lo que pasaría a ser conocida como la “economía keynesiana”. A ello tenemos que agregarle la utilización constante de la “curva de Phillips”, que establecía un trade-off estadístico entre desempleo e inflación. En realidad, el planteo original de William Phillips era una relación entre salarios e inflación, tal como se observa en su artículo La relación entre el desempleo y la tasa de variación de los salarios monetarios en el Reino Unido, 1861-1957 (1958), pero sería transformada hacia una relación inversa entre desempleo e inflación por Richard Lipsey (1960) y validada empíricamente el mismo año por Samuelson y Solow.

Si bien la influencia keynesiana en la política económica de las principales potencias capitalistas de la posguerra sería evidente casi de inmediato en la segunda mitad de los años 40 (lo más paradigmático sería el Plan Marshall), apareciendo como la mejor herramienta para combatir “el comunismo” en el marco de la Guerra Fría, su entrada “oficial” en las oficinas gubernamentales se daría recién en los 60. El primer presidente que se reconocería abiertamente keynesiano sería John Fitzgerald Kennedy. Entre sus asesores tendría a economistas que, con un origen “heterodoxo” en el llamado “institucionalismo”, aceptarían embanderarse como keynesianos (tal es el caso de John K. Galbraith).

Pero, en la década del 50, el keynesianismo ya había empezado a abrirse a algo más que la macroeconomía de corto plazo. De la mano de autores como Roy Harrod y Evsey Domar, nacieron los modelos keynesianos del crecimiento económico (que desafiaban al último reducto neoclásico, que había “fundado” dicho campo con los trabajos de Robert Solow).

El keynesianismo de esos años tendría un “ala izquierda” (lo que luego se conocería como “poskeynesianos”), que establecería un cierto diálogo con el marxismo. Su figura emblemática sería Joan Robinson. Robinson había tenido una etapa “neoclásica”, con su La economía de la competencia monopolística, pero luego participaría del Circus keynesiano, y en 1942 escribiría una Introducción a la economía marxista (donde, sin embargo, no acepta la teoría del valor trabajo, por considerarla un planteo “metafísico” que no aporta nada). Su giro hacia la izquierda rumbo a posiciones anticapitalistas se profundizarían en sus últimos años de vida, período en el cual incluso apoyaría al maoísmo durante la denominada “revolución cultural” a mediados de los 60.

De la universidad de Cambridge, surge también en esos años la corriente de Piero Sraffa, que expresará uno de los puntos más altos del debate teórico de la época, llegando a atacar (y derrotar) al neoclasicismo en su propia ciudadela de la “teoría pura”. El terreno de ese debate será fundamentalmente, como ya hemos mencionado, la llamada “teoría del crecimiento económico”. Se trata justamente del terreno más ajeno al keynesianismo puro, que siempre se había sentido fuerte como una teoría macroeconómica de corto plazo. Autores italianos tributarios de Sraffa como Pierangelo Garegani y Luigi Pasinetti tendrán una destacada participación en ese campo.

La resistencia antikeynesiana: Mont Pelerin

Las corrientes neoclásicas/marginalistas se habían visto fuertemente reducidas luego de la publicación de La teoría general y lo serían mucho más en la inmediata posguerra. En Gran Bretaña terminó perdiendo incluso su bastión en la London School of Economics, con el pasaje al keynesianismo de varios de sus más destacados economistas. La escuela austriaca quedó también desperdigada y desorganizada, con lugares marginales en la academia norteamericana. El único bastión sólido de resistencia se dio en la Universidad de Chicago, donde, alrededor de Milton Friedman, surgió lo que se conocería como el “monetarismo”.

Pero, desde el punto de vista ideológico y de lo que hemos llamado “la economía como discurso de poder”, lo más importante fue la creación de las reuniones de la Sociedad Mont Pelerin, que se empezaron a realizar en el año 1947. Estas operarán como un verdadero polo unificador (de economía y teoría política), confluyendo ahí tanto monetaristas como los miembros de la escuela austriaca: Friedman, Hayek y Mises serían sus principales inspiradores, junto a conocidos periodistas como Walter Lippmann o epistemólogos como Karl Popper.

El monetarismo de Friedman es lo que más consistentemente se propuso encarar la batalla analítica contra el keynesianismo. Apoyándose en los trabajos de Simon Kuznets, que planteó la inexistencia de correlación de corto plazo entre consumo e ingreso, Friedman desarrolló, a partir de su lectura de la función consumo, la hipótesis del ingreso permanente (1957). Este concepto representa lo que un individuo espera percibir a lo largo de toda su vida, o sea que refleja, traído a valor presente, su riqueza. La diferencia entre el ingreso permanente y su ingreso corriente (en el corto plazo) la denomina el ingreso transitorio: si este es positivo, el individuo ahorra; de lo contrario, no ahorra. Por lo tanto, para Friedman, los cambios en el consumo ante cambios en el ingreso corriente son insignificantes. Esto golpeará a la propensión marginal a consumir (y al multiplicador keynesiano).

La escuela de Chicago, asimismo, atacó la lectura keynesiana de la crisis del 30 con el texto, también de Friedman, llamado La historia monetaria de los Estados Unidos (1862-1960), escrito en colaboración con Anna Schwartz.

A toda esta batería argumental, Milton Friedman le agregó una lectura de la teoría cuantitativa del dinero con velocidad estable, por lo que todo incremento en la cantidad de dinero se traduce en mayores precios. “La inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario” sería una de las expresiones más conocidas de Friedman. Obviamente, también fue cuestionada la validez de la curva de Phillips, que Friedman “corrigió” junto a Edmund Phelps, planteándose que su curva era vertical en el largo plazo, y llegó así a su concepción de la tasa natural de desempleo (deducida a partir de “sumar a la curva de Phillips” las expectativas adaptativas). Se planteó esto como un golpe demoledor a la idea keynesiana de la potencia de las políticas monetarias y fiscales para alcanzar el pleno empleo.

En lo que respecta a la escuela austriaca, esta empezaba lentamente a “reorganizarse” a partir de una posición inicial relativamente marginal en la academia norteamericana. A partir del libro de Friedrich Hayek Camino de servidumbre (1944), los austriacos definieron como su enemigo principal al keynesianismo, desplazando su crítica central, que hasta ese momento había estado concentrada en el marxismo. En realidad, el planteo de Hayek era que el intervencionismo keynesiano, de una forma u otra, pavimentaba el terreno necesariamente hacia alguna forma de socialismo o comunismo.

Desde el punto de vista analítico, la escuela austriaca se consolidó con la publicación en 1949 de la obra cumbre de Ludwig von Mises, La acción humana. A comienzos de la década del 60, una nueva generación “austriaca” encabezada por Murray Rothbard fue ganando espacio. Los austriacos, sin embargo, ocuparon un lugar menor en ese espacio ya en sí minoritario del antikeynesianismo. Criticaron la utilización de los modelos matemáticos y el énfasis en el equilibrio económico del mainstream neoclásico. Y, aunque compartieron políticamente el espacio de Mont Pelerin con los monetaristas de Chicago, también diferían con este grupo, que confiaba en la validez de algún tipo de activismo a partir de la política monetaria (Friedman proponía un crecimiento suave, constante y moderado, de la oferta monetaria para sostener el crecimiento). Los austriacos, por el contrario, fueron derivando hacia posiciones que, en muchos casos, serían conocidas como “minarquistas” o incluso “anarco-capitalistas”. Aclaremos los términos: mientras que los primeros aceptan únicamente el rol del Estado en seguridad y defensa, los segundos ni siquiera eso. El propio Hayek abonaría muchos de estos planteos al proponer una virtual privatización del dinero.

El marxismo y las corrientes radicales en el siglo xx, antes de la crisis de los 70

El marxismo, por definición y desde su nacimiento, se había planteado como algo distinto y, por lo tanto, fuertemente crítico y separado de lo que podemos llamar el “pensamiento económico académico”. Su aporte, hecho desde la militancia política, había sido muy fuerte en las primeras décadas del siglo, con las discusiones sobre los cambios en el capitalismo generado por la época del imperialismo. Rosa Luxemburgo, Hilferding, Bujarin y Lenin habían realizado notables aportes en ese sentido.

Todo esto se articuló con las discusiones sobre la teoría de la crisis capitalista, que se tornaba más actual que nunca a medida que se fueron desarrollando los acontecimientos que llevaron a la crisis del 30. Sin embargo, cabe recordar que algunos de estos planteos habían sido hechos en décadas anteriores. Paul Sweezy (1973) enumera distintas lecturas acerca de la dinámica del capitalismo y su crisis a partir de la perspectiva marxista: Eduard Bernstein, Heinrich Cunow, Karl Kautsky, Mijaíl Tugán-Baranovski, Conrad Schmidt, Louis Boudin, Rudolf Hilferding, Rosa Luxemburgo, Fritz Sternberg, Otto Bauer, Natalie Moszkowska y Henryk Grossmann.

A todo esto le podemos sumar, en una relación lateral con el marxismo, el debate sobre los ciclos u “ondas largas” de la economía capitalista, desarrollado por Nikolái Kondrátiev, que teorizó acerca de la existencia de períodos de auge o depresión de entre 48 y 60 años, que determinaban la trayectoria de la economía capitalista. Esta teoría, corregida por la incidencia de la lucha de clases, fue tomada por Leon Trotsky (1999) en diversos trabajos y retrabajada por Mandel (1986).

Tampoco faltaron debates sobre las interpretaciones de la propia obra de Marx, alrededor de la forma del valor y los esquemas de elaboración de El capital. Ahí cabe destacar a un par de autores que luego fueron perseguidos y “borrados” por el stalinismo, como Roman Rosdolsky e Isaac Rubin.

Por supuesto que el pensamiento económico marxista también tendrá su influencia en las discusiones más propias de la política económica en la URSS. Ahí las figuras descollantes de la primera época (los años 20) serán Nicolái Bujarin (1972) y Evgeniĭ Preobrazhenskiĭ (1971).

Ya entrando específicamente a la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, de los marxistas que se destacaron a partir de esos años debemos mencionar a quien fue el primer economista abiertamente definido como tal admitido en el ámbito académico (en Cambridge): Maurice Dobb, de prolífica trayectoria en temas de desarrollo y crecimiento económico, así como de historia económica y de las distintas doctrinas. En Estados Unidos de los años 50, otra figura rutilante fue Paul Baran. Él, junto a Paul Sweezy, que debido al macartismo nunca logró un lugar importante en el mundo universitario norteamericano, se concentraron en estudiar las modificaciones del capitalismo imperialista de posguerra, a partir de la importancia de la transnacionalización monopólica estadounidense y el rol central del excedente económico en este entorno.

También hubo un grupo muy importante de economistas polacos que establecieron una línea de articulación (conflictiva, sin duda) entre el herramental analítico que planteaban keynesianos y neoclásicos y el marxismo, de los cuales se destacan dos de ellos: Oskar Lange (más cercano al instrumental marginalista) y Michał Kalecki (al keynesianismo). El caso de Kalecki es paradigmático: se adelantó incluso a Keynes en la definición de la demanda efectiva como factor determinante de la crisis económica capitalista.

El campo de debates con respecto a la efectividad de las políticas keynesianas, en los años de auge de estas, y en particular a su beneficio o perjuicio para la clase trabajadora, también fue objeto de discusión en la economía marxista. Ahí mencionaremos a Paul Mattick (2013), autor de Marx y Keynes, los límites de la economía mixta.

Como mencionaremos más abajo, también hubo una “segunda ronda” de debates acerca de la planificación económica en diversos países donde se había expropiado el capital, en particular en Cuba y Yugoslavia, y algunas discusiones incluso alcanzaron a la propia Unión Soviética.

Esta breve mención de los aportes de algunos economistas marxistas nos demuestra que esta corriente del pensamiento económico estuvo permanentemente activa y con una producción importante. Sin embargo, con la única excepción de los países donde se había expropiado el capital y alguna presencia mínima en los organismos creados por Naciones Unidas vinculados al desarrollo, su lugar fue permanentemente oscurecido y marginado del terreno de lo que se entiende como “ciencia” en economía.

Un punto de corte: la crisis crónica abierta en la segunda mitad de los 60

En los años 1966-1967, se dieron las primeras señales del agotamiento del llamado “boom económico de posguerra”. Visto con distancia histórica, hoy podemos decir que dicho boom ha sido sobrevalorado: los “gloriosos 30 años del capitalismo” no fueron ni tan gloriosos, ni tan “30”. Pero lo concreto es que estos hechos que se desataron en la segunda mitad de los 60 y que ahora pasamos a resumir tuvieron un efecto demoledor sobre el pensamiento económico en general y sobre la hegemonía keynesiana en particular.

No es cierto que, desde la posguerra hasta los años 60, el capitalismo no experimentó ninguna crisis. De hecho, ya existía una crisis, persistente, visible en las economías subdesarrolladas, en los países coloniales, en los semicoloniales como los de Latinoamérica y en los que estaban recorriendo un proceso reciente de descolonización en África y Asia. Podemos decir que esa crisis fue avanzando, desde la periferia al centro del sistema capitalista.

Pero el acontecimiento concreto que provocó la aparición plena de la crisis en el centro del capitalismo imperialista se dio en la segunda mitad de los años 60, cuando se produjo una caída en la tasa de ganancia de las principales transnacionales americanas de las ramas productivas más importantes de la economía mundial: Ford, Chrysler y General Motors. La caída en la productividad se expresaba, a la vez, con el crecimiento de la competencia de empresas similares de Europa y Japón.

La “solución” a esta primera expresión de la crisis, todavía en un marco nacional (el de los Estados Unidos), se dio con la declaración de inconvertibilidad del dólar en 1971. Se trató del golpe más demoledor, hasta ese momento, al orden económico internacional generado en la posguerra.

En 1973, la crisis se generalizó. El acontecimiento detonante fue la suba de los precios del petróleo definidos por la opep, a lo que le debemos agregar la decisión de declarar la libre flotación de las principales monedas del mundo (dólar, marco, franco libra esterlina, franco suizo y yen). Se abrió así un momento (entre 1973 y 1975) en que se desató la más grande crisis económica mundial desde la de los 30, con la aparición del fenómeno de la “estanflación”. Este fue, exactamente, el momento de crisis definitiva de la hegemonía keynesiana.

Inmensas masas de capital especulativo, “gaseoso”, quedaron sin valorización productiva en el planeta. Gran parte fue captado, gracias a mecanismos de desregulación bancario, por el sistema financiero europeo. Esos dólares, los llamados “dólares del petróleo” o “petrodólares”, se transformaron en “eurodólares”, que comenzaron a ser colocados bajo la forma de gigantescos préstamos a tasa flotante en países del Tercer Mundo y también en algunos de Europa del Este (como Polonia o Yugoslavia).

A fines de la década, en 1979, una nueva suba astronómica del precio del petróleo, ahora vinculado a la Revolución iraní, le dio un nuevo golpe a una economía capitalista mundial sumida plenamente en la recesión.

A final de los años 70, ya había un consenso claro: una crisis capitalista generalizada, la mayor desde los años 30, había arrasado con la idea de que las políticas keynesianas, “gestionando la demanda”, podían mantener el ciclo económico cercano a un punto de pleno empleo. Por otro lado, se caía definitivamente la verificación empírica de la curva de Phillips (verificación que, por otro lado, siempre fue discutida por algunos autores, como vimos con Friedman).

La estanflación hizo su ingreso a los países centrales, pero en realidad no se trataba de un fenómeno nuevo. Los países del Tercer Mundo, y los latinoamericanos en particular, ya conocían situaciones de ese tipo. Gran parte de los debates sobre la llamada “inflación estructural” en nuestro continente partió de esa realidad.

Pero lo concreto fue que su aparición generalizada a escala mundial generó que las herramientas keynesianas se mostraran impotentes para responder a la coyuntura. La crisis, evidentemente, no podía caracterizarse como producida por una falta de demanda efectiva. La realidad es que nos encontrábamos ante un caso típico de lo podemos llamar la “explicación marxista” de la crisis: el desencadenante había sido la caída de la tasa de ganancia de las ramas productivas más importantes de la economía mundial.

La contrarrevolución económica: la Trilateral Commission y el “consenso” conservador

El debate sobre las causas de la crisis y cómo salir de ella recorrió toda la década del 70. Desde la perspectiva del capital imperialista, un punto muy importante fueron las elaboraciones de la llamada “Comisión Trilateral”.

La Comisión Trilateral fue una organización internacional privada fundada en 1973 a iniciativas de David Rockefeller, que aglutinaba a personalidades destacadas de la economía y los negocios de Norteamérica, Europa y Japón. El texto más destacado que produjo fue el conocido como “La crisis de la democracia”, en 1975, de Crozier, Huntington y Watanuki (1975). En él se planteaba por primera vez la necesidad de romper los “consensos” del llamado “Estado benefactor”. Según los autores, un exceso de demandas sociales (salariales, jubilatorias, de seguros de desempleo, de salud y educación públicas) ponía en riesgos no solo la economía capitalista, sino los propios regímenes democráticos tal como debían ser entendidos por la ideología liberal.

Los golpes de Estado en el Cono Sur latinoamericano, promovidos y apoyados directamente por los Estados Unidos, fueron otro hito importante, en este caso como “campo de pruebas”. En Chile, en primer lugar, ya hacia 1975, y con posterioridad en la Argentina, economistas vinculados a la escuela de Chicago alcanzaron los principales puestos de comando de la política económica de sus países y pusieron en práctica por primera vez los experimentos macroeconómicos monetaristas.

Margaret Thatcher, al llegar al poder al interior del partido conservador de Gran Bretaña, y luego, rápidamente, al ganar las elecciones en 1979, fue otro hito importante. Declarándose discípula directa de Friedrich Hayek, propuso, y comenzó a ejecutar, una estrategia de shock en línea con las recomendaciones de Mont Pelerin.

En enero de 1981, ascendió al poder en los Estados Unidos Ronald Reagan, que también fue un exponente de esta concepción. Si bien, en este caso, su soporte teórico fue más bien lo que se conocería como “teoría de la oferta”, basada en el economista Arthur Laffer, la coincidencia en la necesidad de reducir al mínimo todas las instituciones del viejo “Estado de bienestar” era total.

El centro de todas estas políticas fue la ruptura “por derecha” de los llamados “pactos del Estado benefactor”. Se trató de un golpe mortal a una forma de gestionar el capitalismo: la keynesiana. Pocas veces resultó tan clara la imbricación entre discurso económico y relación de fuerzas políticas. Tanto Thatcher como Reagan buscaron y provocaron conflictos con sectores del movimiento obrero con el objetivo explícito de derrotarlos y marcar una nueva “correlación de fuerzas”, ahora a favor del bloque del capital más concentrado. Ello sucedió, por ejemplo, en la huelga de los mineros que se oponían al cierre de sus puestos de trabajo en Gran Bretaña y en el conflicto de los controladores aéreos en los Estados Unidos.

El llamado “pensamiento neoconservador”, así se lo conocería en teoría política, fue ganando el sentido común e imponiéndose incluso al interior de las formaciones políticas que, a priori, se podrían ubicar como más cercanas al keynesianismo. Así, el triunfo de la unión de las izquierdas en Francia en 1981, con Mitterrand como jefe de gobierno, mostró la primera aplicación de lo que pasaría a denominarse un “ajuste neoliberal” por parte de una fuerza socialdemócrata. Lo mismo suced en España, con la llegada de Felipe González y el psoe en esos mismos años. La crisis de la deuda externa, que citaremos más abajo, fue la excusa para que similares políticas se pusieran en juego en los nuevos gobiernos latinoamericanos electos que sucedieron a las dictaduras militares en la década del 80.

Tratando de caracterizar de conjunto todos estos diagnósticos y políticas, entendemos que nos encontramos frente a una auténtica contrarrevolución del capital contra el trabajo. El objetivo de conjunto fue recuperar las tasas de ganancia por medio de un incremento cualitativo de los niveles de explotación sobre la clase trabajadora. Esquemáticamente, podemos sintetizar dicha contrarrevolución en los siguientes puntos:

  1. Generalización de la desocupación para presionar a la baja el nivel de los salarios.
  2. Prolongación de la jornada de trabajo.
  3. Intensificación de los ritmos.
  4. Destrucción del conjunto de las instituciones de lo que se había conocido como el “Estado benefactor”.
  5. Utilización de los trabajadores inmigrantes, en muchos casos “ilegales”, para romper la solidaridad de clase y de esa forma aumentar la explotación.
  6. Deslocalización de la producción, segmentándola entre aquellos territorios donde se encuentra el proletariado más explotado, y la constitución de lo que se pasó a denominar “cadenas globales de valor”.
  7. Ingreso a fondo del capitalismo en el campo, lo cual provocó la expulsión de millones de campesinos a las ciudades.
  8. Aumento de la explotación de los países atrasados, por medio del intercambio desigual en el comercio, la remisión de utilidades a las casas matrices, la deuda externa, la fuga de capitales, el saqueo de los recursos naturales y los tratados de libre comercio.
  9. Fuerte ofensiva tendiente a la restauración capitalista en aquellos Estados en donde se había expropiado el capital, así como la transformación de dichos territorios en zonas de semicolonización.

La continuidad de la crisis en los 80

La aplicación de las políticas económicas arriba citadas, en especial en los Estados Unidos, llevó a que dicho país intentara “aspirar” capitales especulativos del resto del mundo, como base para el lanzamiento de su recuperación a principios de la década del 80. Detrás de esto, estuvo la fenomenal suba de la tasa de interés de referencia de la Reserva Federal, una novedosa apreciación del dólar (recordemos que había estado depreciado fuertemente durante toda la década del 70), y la consiguiente caída de los precios de las materias primas vendidas por el Tercer Mundo.

Esto ocasionó una tercera crisis aguda en el marco de la crisis crónica que venía recorriendo la economía mundial desde fines de los 60. En este caso el epicentro estuvo en la deuda externa de los países del Tercer Mundo, aunque, asimismo, alcanzó algunas economías donde se había expropiado el capital y que también se habían endeudado (Polonia, Hungría, Yugoslavia). La cesación de pagos de la deuda mexicana fue el detonante en agosto de 1982, a lo que siguieron en cadena todos los demás deudores. Una vez más, se vio cómo la fenomenal burbuja especulativa generada por el endeudamiento solo había significado una valorización ficticia para dichos capitales.

Inmensas masas de capital líquido “huyeron” entonces de esas economías, buscando refugio en el “superdólar” norteamericano, para finalmente generar una nueva burbuja especulativa, a partir de la valorización de bonos basura (junk bonds), lo que terminó llevando a otro episodio de crisis, con la caída de la bolsa de Wall Street en 1987, en un descenso que fue mayor aun que el de la propia crisis del 30.

La nueva “huida” de capitales encontró en ese momento un nuevo, y temporario, espacio de valorización ficticia, en la burbuja inmobiliaria que se estaba generando en el Japón. Que terminó, sin embargo, en 1989, con lo que se conoció como la crisis del Nikkei, el hundimiento de la bolsa de valores de Tokio. Japón, que venía creciendo a tasas altísimas, y que incluso era perfilado por algunos economistas como el llamado a liderar una nueva revolución productiva “posfordista”, entró en una fase de profunda depresión que duró toda la década del 90 e incluso los primeros años del siglo xxi.

La revolución científico-técnica y la llamada “globalización”

Esta crisis crónica convivió con otro hecho muy importante que se desarrolló a partir de los años 80, para alcanzar una tremenda velocidad en la década siguiente y en las dos primeras del siglo xxi: la nueva revolución científico-técnica. Con eje en la explosión generada por los nuevos medios de comunicación, la informatización y el procesamiento electrónico de información, se dio un cambio en el que confluyeron desde nuevas ramas de la producción (biogenética, nuevos materiales), hasta novedosas formas organizacionales (lo que los autores de la escuela de la regulación popularizaron como el pasaje del paradigma fordista a uno nuevo, de tipo “posfordista”).

El otro acontecimiento importante fueron los sucesos conocidos como la “caída del Muro de Berlín”. Con la restauración capitalista en Rusia, Europa del Este e incluso China, se impuso lo que se dio en llamar “el mundo unipolar”. Independientemente de la discusión de si se abrió una nueva época capitalista o si las características de lo que Lenin definió como “la época imperialista” siguen siendo válidas (que es lo que nosotros sostenemos), se impuso la denominación “globalización” para los nuevos problemas abiertos a partir de los años 90.

Las crisis de los 90

La década del 90, que nació teñida por un supuesto triunfo “final” del capitalismo, estuvo recorrida por nuevas expresiones de la crisis crónica. Así, en 1994 se dio la crisis mexicana conocida como “efecto tequila”, en 1997 otra en el sudeste asiático, y en 1998 el default de la deuda rusa. Todas con efectos sobre el conjunto del planeta. El período de relativo crecimiento “largo” (desde 1992 a 2000) que vivió Estados Unidos, que se conoció como the New Economics, terminó con la explosión de la burbuja especulativa de las empresas “tecnológicas”, la caída récord del Nasdaq y la entrada en recesión en 2000-2001. Del mismo modo, la cesación de pagos de la deuda externa ecuatoriana, la devaluación del real brasileño y, sobre todo, la crisis argentina de fines de 2001 produjeron una nueva fase aguda de la citada crisis crónica de la economía mundial.

El siglo xxi: crecimiento y nueva crisis

A partir de 2002, se dio un período “sincronizado” de crecimiento económico mundial, que incluyó la aparición de un nuevo bloque de países que lo hicieron más aceleradamente (con China a la cabeza, pero también acompañado por otras naciones del sudeste asiático y la India). Este período terminó estallando en los Estados Unidos en julio de 2007 y conduciendo en 2008 a una nueva crisis aguda a escala planetaria, que en sí misma fue la más grave desde la de 1929. A partir de ese momento, la economía mundial nunca se ha recuperado plenamente, y pasó a un estado que Larry Summers ha denominado de “estancamiento secular”.

Nuestra conclusión, entonces, es que la economía capitalista mundial vive una crisis larga, crónica, caracterizada por la caída de la tasa de ganancia en las ramas productivas más importantes de lo que se conoció como el “fordismo”, lo que generó inmensas masas de capital especulativo que, sin colocación, han dado lugar a un fenómeno de financiarización, culpable tanto del estancamiento como de las crisis cada vez más grandes y frecuentes.

Los intentos de aplicar el programa de la contrarrevolución económica del capital contra el trabajo que citamos más arriba, repetidos y recurrentes, se han venido chocando con la resistencia de las clases trabajadoras y los pueblos en general. Con algunas excepciones (la más notable es China entre 1990 y 2010), no se ha logrado imponer al extremo de recuperar las tasas de ganancia del capital productivo, que siguen por debajo de las del capital especulativo y de los propios ratios previos a la crisis de los 60.

En todo este ya largo período, el pensamiento económico se ha demostrado notablemente incapaz tanto de pronosticar, como de prevenir y de resolver las crisis agudas que se fueron sucediendo y mucho menos sus consecuencias políticas y sociales. Sobre ello vamos a reflexionar en lo que resta del texto.

El porqué de la crisis de hegemonía del pensamiento económico: apartado metodológico

Como dijimos al comienzo del capítulo, el pensamiento económico vive una crisis de hegemonía inédita, nunca sucedida en sus más de 230 años de historia. Intentaremos a continuación ensayar algún tipo de respuesta a este fenómeno.

Proponemos volver al concepto de “visión ideológica” con el que trabaja Joseph Schumpeter. ¿Se trata de un debate analítico o sobre la “visión ideológica”? Desde el punto de vista analítico, lo primero que llama la atención es que los economistas del mainstream, tanto en sus versiones neoclásicas como keynesianas, no reconocen en absoluto que el pensamiento económico esté en crisis. Al contrario, en la proliferación de papers en las distintas revistas científicas, se observa una apertura a nuevas temáticas, la mayoría de ellas muy alejada de todo lo que tenga que ver con lo macro y la política económica. Parecería que, al menos para estas escuelas, la vitalidad de la economía como ciencia se verificara en una suerte de “imperialismo”, con un “método económico” aplicable a prácticamente todos los fenómenos de la vida.

Pero la economía nació política y solo tiene sentido en su diálogo con esta realidad. Coincidimos entonces con Heilbroner (1998):

La causa y la solución de este largo y aparente impasse del pensamiento económico moderno radica en su visión pre teórica; un enfoque que convoca el nombre de Joseph Schumpeter, a partir de cuyos agudos puntos de vista emprendemos el camino.

Señalamos que nos vamos a concentrar exclusivamente en lo que se conoce como el “pensamiento macroeconómico”: en la microeconomía, los aspectos analíticos y de hiperformalización matemática se han alejado mucho más aún de cualquier tipo de planteo de importancia sustantiva para lo político y lo social. Con notables excepciones (una de ellas podría ser Paul Krugman), lo más granado del pensamiento económico académico parece huir a los interrogantes acerca de lo más agudo de la crisis, y mucho más a proponer soluciones para superarla.

En la era keynesiana (que incluye el largo reinado del libro de Samuelson), prevalecía una continua y visible conexión entre teoría y realidad, por lo menos en el campo de la macroeconomía. Sin embargo, a posteriori, como dice Heilbroner (1998),

contrastando con ello, el signo de la economía de nuestros días es su extraordinaria indiferencia en relación a este problema. En sus momentos álgidos, la “fuerte teorización” del presente período alcanza un grado de irrealidad que solo se puede comparar con la escolástica medieval.

Efectivamente, lo que en un tiempo se cuestionó como dismal science, ahora tiende a convertirse en escolástica irrelevante.

Sin embargo, todo esto que es fácil de percibir por el neófito que se acerca a cualquier paper académico no ha hecho mella en el lugar de la “ciencia económica” como discurso de poder, con todos los atributos que le planteamos en el prólogo y en el capítulo introductorio. Los economistas siguen siendo vistos como los portadores de ese saber arcano que legitima planes de ajuste antipopulares.

El hilo conductor que proponemos, entonces, no será recorrer los infinitos debates analíticos en que se dividen y subdividen hasta el infinito las corrientes sucesoras de neoclásico/marginalistas y keynesianos, sino, por el contrario, ver su productividad en términos del debate político que plantean.

Un nuevo actor entra a escena: los premios “Nobel” de Economía

Como ya hemos venido explicando, desde el último cuarto del siglo xix, el carné de cientificidad para el pensamiento económico pasó a estar otorgado por el mundo académico. Las universidades, que fueron desplegando sus escuelas, facultades o departamentos de Economía (según el distinto tipo de organización interna que posean), tienen el cuasimonopolio de este “certificado de idoneidad científica”. A eso se le sumaron con el tiempo las “asociaciones de economistas” que se organizan en varios países. A las universidades europeas (británicas, en primer lugar, pero también austriacas, suecas, suizas italianas y francesas, en ese orden), se les sumó en el siglo xx, hasta transformarse en lo más importante en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, el mundo académico norteamericano. Harvard, mit, Chicago, Yale, ucla, Columbia, New York, entre otros, pasaron a ser “los nombres de lustre” donde se formarían y acreditarían “conocimientos económicos”. Ahí confluyeron, por supuesto, los economistas estadounidenses con un número importante de europeos llegados a partir de los distintos conflictos de la primera mitad del siglo (fundamentalmente, el crecimiento del nazismo y la guerra). E inclusive se transformó, en la posguerra, en el lugar de adoctrinamiento de toda una camada de economistas de los distintos países del Tercer Mundo, llamados muchos de ellos a ser los ejecutores reales en sus países de los distintos planes de ajuste.

A todo esto, se le sumará otra instancia de legitimación desde fines de la década del 60: el Nobel de Economía. Aunque se lo suele denominar “premio Nobel”, el que se instituyó para la disciplina económica a partir de 1969 fue creado por el Banco Central de Suecia en dicho año. Si bien los motivos de selección estuvieron siempre vinculados (como en los casos de las otras disciplinas a las que se otorga dicho premio) con factores políticos de coyuntura o “compensaciones” con respecto a años anteriores, estos premios pasaron a ser un elemento de fuerte validación no solo de autores determinados, sino también de corrientes, subdisciplinas o especialidades. Al comenzar a otorgarse a fines de la década del 60, y coincidir, por lo tanto, con el comienzo de la crisis crónica de la economía mundial, no podía sino reflejar, aun cuando en forma muy distorsionada, ese fenómeno. Es un hecho que los premios Nobel de Economía contribuyeron fuertemente a darles etiquetas de cientificidad a los autores antikeynesianos. Así, Friedrich Hayek, a pesar de que formalmente hacía décadas que no escribía sobre economía (desde la década del 30), recibió dicho premio en 1974. Y en 1976, lo recibió Milton Friedman. Así, las dos figuras más rutilantes de Mont Pelerin subieron al podio justo en el momento en que se estaba produciendo la debacle keynesiana. Cabe mencionar que otros miembros de la citada sociedad también ganaron el Nobel en los años siguientes (George Stigler en 1982, James Buchanan en 1986, Maurice Allais en 1988, Ronald Coase en 1991, Gary Becker en 1992 y, más tardíamente, Vernon Smith en 2002). Un repaso por todos los receptores del Nobel permitirá apreciar una abrumadora mayoría de nominaciones otorgadas a neoclásicos/marginalistas en sus diversas versiones (monetaristas, expectativas racionales, adaptativas, etcétera) por sobre keynesianos (sí lo recibieron Samuelson, Tobin, Modigliani y, más cerca en el tiempo, Paul Krugman) y más aún por sobre autores más heterodoxos (considerando como tales a Gunnar Myrdal, Arthur Lewis y Amartya Sen). En ningún caso hubo un economista marxista nominado, subrayando claramente la inclinación ideológica del llamado “Nobel de Economía”.

Década del 70: las debilidades teórico-analíticas del keynesianismo para enfrentar la crisis y la contraofensiva marginalista

Como dijimos más arriba, el keynesianismo cayó de su pedestal de pensamiento hegemónico a partir de los primeros años 70. Si quisiéramos dar una fecha más precisa, deberíamos remitirnos a la crisis del petróleo de 1973, con la aparición de la estanflación, que terminó siendo lo que echó definitivamente por tierra a la curva de Phillips. De hecho, lo que sucedió es que el keynesianismo, en términos concretos de recomendaciones de política económica, “se partió” entre autores más “a la derecha”, que pusieron énfasis en la resolución primaria de la inflación (por sobre la recesión), y otros más “a la izquierda”, que se centraron en continuar con las políticas clásicas de la escuela en cuanto a priorizar la reactivación económica y el pleno empleo (aun cuando ahora se produzca en situaciones inflacionarias y no en contextos de deflación).

A diferencia del período “de oro” del keynesianismo, no hay un texto guía ni una visión clara para el período que se abrió a partir de la década del 70. Los autores más importantes de lo que podríamos denominar el “neokeynesianismo” fueron James Tobin y Franco Modigliani. También, contradictoriamente porque en la práctica “ayudó” a Friedman a demoler la curva de Phillips, entre los neokeynesianos tenemos que sumar a Edmund Phelps, aunque él sostuvo toda su vida que “no pertenecía a ninguna escuela”. Cabe destacar que muchos de los aportes de Tobin y Modigliani fueron realizados en el período anterior al comienzo de la crisis mundial. Sin embargo, ambos aceptaron el lugar de búsqueda de una nueva síntesis, muchos metros más a la derecha, a partir de la nueva relación de fuerzas impuesta por las nuevas corrientes neoclásicas, en particular el monetarismo o lo que se conocería como “la revolución de las expectativas”. El punto que terminó siendo aceptado por la mayoría de los economistas neokeynesianos es el supuesto monetarista de la neutralidad del dinero en el largo plazo: sostenían que aumentos de la oferta de dinero no tendrían efectos en el largo plazo sobre las variables reales, como la producción. Esto se fue transformando en “sentido común” de los macroeconomistas neokeynesianos.

Ante la reaparición masiva del fenómeno del desempleo, los neokeynesianos comenzaron a buscar “nuevas explicaciones” alrededor de las fallas en el mercado de trabajo para ajustar por sí mismo. En la práctica terminaron aceptando la explicación neoclásica tradicional: que el desempleo se “resuelve” con un mercado de trabajo flexible. Y que sus “fallas” o rigideces son las causantes del desempleo involuntario. Los neokeynesianos comenzaron a desarrollar nuevas teorías en esta dirección. Una de ellas fue el modelo insider-outsider, que explicaba los efectos de largo plazo del desempleo en el período previo: los aumentos de desempleo en el corto plazo se transforman en permanentes y así estructurales en el largo plazo. Olivier Blanchard y Lawrence Summers insistieron en esto, en particular al observar que la reactivación de la economía norteamericana durante los años 80 no permitía retornar a situaciones de pleno empleo (la llamada “tasa natural” de desempleo permanecía en un nivel superior a la crisis de los 70). La explicación, según estos autores, sería que los trabajadores dentro del mercado de trabajo prefieren mantener sus sueldos altos en lugar de reducirlos y así permitir que se incremente el empleo. Los outsiders son aquellos que han quedado fuera del mercado del trabajo, sin poder de negociación, y tienden a conformar una situación estructural que se transforma en permanente, sin que haya ninguna capacidad del mercado de trabajo por sí mismo para resolverlo.

Otros autores neokeynesianos, como Carl Shapiro y Joseph Stiglitz, postularon los modelos de “salarios de eficiencia”: los trabajadores cobran salarios que tienden a maximizar la productividad, no a “compensar” el mercado de trabajo. Así, las empresas pagan salarios más altos a sus empleados por cobertura de salud (para así garantizar presentismo y, por lo tanto, productividad) o directamente para garantizar su lealtad a la firma. Así, por esa misma lógica, los salarios de los trabajadores ocupados tienden a tornarse rígidos en un nivel superior al de equilibrio y generan una cierta rigidez en el mercado de trabajo que no permite resolver el ingreso al empleo de los desocupados.

El resurgimiento de las corrientes neoclásico/marginalistas

La crisis del keynesianismo dio, sin dudas, nuevas chances a las concepciones herederas del pensamiento neoclásico/marginalista. De todas ellas, la perspectiva del equilibrio general walrasiano tuvo más posibilidades de desarrollo que la descendencia de Marshall. La escuela austriaca, por su parte, si bien ganó espacio por sobre todo en el campo de la disputa ideológica, lo hizo sin abandonar nunca una cierta tendencia a ser un outsider de derecha al mainstream marginalista.

Como hemos explicado más arriba, había una tradición minoritaria que, heredera de las tres escuelas neoclásico/subjetivistas/marginalistas (inglesa, suiza y austriaca), se mantuvo desarrollándose en las décadas de la hegemonía keynesiana. Así, en los 50 ya habíamos visto el surgimiento de las “expectativas adaptativas”, basadas en el comportamiento pasado de la inflación.

En los años 60, la escuela monetarista de Chicago ya estaba asentada como tradición macroeconómica enfrentada a la keynesiana. Los monetaristas comenzaron a hacerse fuertes a lo largo de la década, prometiendo soluciones al creciente problema de la inflación.

En la segunda mitad de los 70, ya desatada la crisis, apareció un nuevo grupo: los “nuevos macroeconomistas clásicos”. Eran los herederos de la escuela monetarista de Chicago de la década previa (de hecho, sus principales actores eran de esa misma universidad), con Robert Lucas (que, si bien no fue su creador, apareció como padre del enfoque de las “expectativas racionales”) y Thomas Sargent, que mantuvieron su influencia entrados los años 80. Otros autores importantes de esta corriente fueron Edward Prescott y Robert Barro. La nueva macroeconomía clásica compartió muchos puntos de vista de política económica con los monetaristas, básicamente el supuesto de que los individuos actúan racionalmente en un mundo donde los mercados se ajustan con relativa rapidez ante situaciones cambiantes. Esta “nueva economía clásica”, si bien descendiente directa del monetarismo, presentó desafíos nuevos al keynesianismo.

El punto en común del discurso económico monetarista y de los nuevos economistas clásicos fue aportar aún más a la desconfianza en la capacidad de la intervención del Estado (sobre todo en la política fiscal). Pero la diferencia estaba en que los monetaristas como Friedman sostenían la capacidad de la política monetaria de influir positivamente sobre las variables económicas. De hecho, los monetaristas se movían todavía dentro de la lógica de la macroeconomía keynesiana, o, para ser más exactos, de la “síntesis neoclásica” en que se había transformado el keynesianismo en los años 50 y 60.

Los nuevos economistas clásicos, en cambio, no le dieron entidad alguna a la política monetaria. Viéndolo así, radicalizaron el punto de vista contra todo tipo de política de intervención, ya fuera monetaria o fiscal. Lo hacían a partir de adoptar los llamados “modelos del ciclo económico real”, que ignoran los factores monetarios.

Con el discurso económico de los nuevos economistas clásicos, los debates variaron radicalmente. Se dejó de discutir en macroeconomía los efectos de las fluctuaciones o ciclos de corto plazo, para pasarse a lo que se llamó el “debate de los microfundamentos”. Cuestionaron al keynesianismo la debilidad de sus supuestos microeconómicos y, a partir de allí, se propusieron lo que llamaban una “reconstrucción de conjunto de la articulación entre micro y macroeconomía”.

Esto se articuló con la popularización de los planteos relacionados a las expectativas racionales, que pasó a ser la justificación más fuerte de la esterilidad de cualquier intento de activismo estatal en la economía. Los llamados “agentes económicos” anticiparían, según este enfoque, por medio de dichas expectativas cualquier política con la que el gobierno intentara desviar la trayectoria de la economía hacia un lugar diferente de la decidida por el libre accionar de los mercados. El supuesto de la flexibilidad de los precios y de la omnipresencia del equilibrio de los mercados volvió, con nuevas herramientas y con presentaciones de modelos matemáticos infinitamente más sofisticados, tal como existían antes de los años 30.

De las expectativas adaptativas a las racionales

Un lugar importante en todas estas elaboraciones lo juega el tema de las expectativas, que, de hecho, no era nuevo. Ya había sido fuertemente introducido en el pensamiento económico por el propio Keynes. A partir de entonces, tanto keynesianos como monetaristas aceptaron que las decisiones económicas se basan en expectativas respecto al futuro.

Hasta los años 70, sin embargo, estos planteos se apoyaban en lo que se denominaba “expectativas adaptativas”. Estas se basaban, fundamentalmente, en la experiencia pasada de los agentes económicos. En concreto, una política económica debía tenerla en cuenta, pero, si “sorprendía” a dichos actores con planteos no esperados, tenía posibilidades muy ciertas de ser efectiva.

Las expectativas racionales aparecieron en la macroeconomía, como dijimos más arriba, a partir de los planteos de Robert Lucas, aunque su origen estaba en los estudios previos de John Muth a principios de los años 60. Simplificadamente, podemos decir que, mientras que las expectativas adaptativas suponían que el comportamiento de los distintos agentes se modelaba a partir de sus “experiencias del pasado”, con las expectativas racionales dichos agentes tienen capacidad (e información) para reaccionar sabiendo qué efectos generará una determinada política hacia el futuro. O sea, supone que dichos agentes conocen el modelo económico que el ejecutor de política está poniendo en juego. Notemos que acá hay un salto sobre la vieja definición del agente como homo economicus. Ahora dicho sujeto, además, está plenamente informado no solo de cantidades, calidades y precios de los bienes en el mercado, sino de todo el conjunto de datos que componen las cuentas nacionales; más aún, de los distintos efectos que producen diferentes políticas económicas. De esta forma, cualquier intento de un gobierno de “anticiparse” al mercado, o cambiar una trayectoria, está llamada a fracasar, ya que los agentes la “adivinan” y esterilizan. Por supuesto, en sus versiones más sofisticadas, las expectativas racionales incorporaron la posibilidad de que dichos agentes realizaran previsiones incorrectas. Pero el objetivo político-ideológico ya estaba logrado: una impugnación total, “microeconómicamente” fundamentada, a la intervención estatal.

Cabe mencionar que el planteo de las expectativas racionales, al incorporar como centro este tipo de “agente” informado, dio un paso más en aquello que el economista marxista ruso Nicolái Bujarin (1974) había definido como “la economía política del rentista”. Ese agente con expectativas racionales en la realidad tiende a coincidir con el especulador financiero-bursátil, antes que con el consumidor o productor (y, por supuesto, está a años luz de cualquier reflexión sobre cómo actúan actores colectivos como la burguesía o el proletariado).

Thomas Sargent y Neil Wallace (1975) fueron los que explícitamente plantearon la tesis de la ineficacia de la política económica en general (y de la monetaria en particular), al plantear la imposibilidad de arbitrar entre producción e inflación con base en la curva de Phillips (que, por su parte, como vimos más arriba, ya había sido cuestionada empíricamente). Los citados “agentes con expectativas racionales” anticiparían la posibilidad de inflación futura, aumentarían sus precios y así impedirían que cualquier estímulo monetario (ya fuera por emisión o por baja de tasa de interés) generara incrementos en la producción y el empleo.

Otras elaboraciones en el paradigma marginalista/neoclásico

El revival neoclásico/marginalista (unido, más que por este común denominador, por su antikeynesianismo) tuvo, a fines de los 70 y principios de los 80, muchas otras elaboraciones, algunas fugazmente populares. Así, en el terreno teórico académico, podemos mencionar la teoría del ciclo económico real (Real Business Cycle, o rbc), introducida en 1982 por Kydland y Prescott. O, con mayor presencia en el campo concreto de la política económica, lo que se denominó la “economía del lado de la oferta”, de Arthur Laffer, que alcanzó su momento cumbre cuando se planteó como la inspiración central de la política económica de Ronald Reagan. Acá, si bien se recupera la posibilidad de algún tipo de “activismo” en política económica, esto se circunscribe a brindar “incentivos” a los empresarios para que inviertan (en concreto, mecanismos para que incrementen sus tasas de ganancia), negándosele entidad a cualquier política de estímulo de la demanda agregada.

Podemos mencionar también otros aportes, todos en el campo del antikeynesianismo, y fuertemente alineados con el pensamiento de derecha conservadora que surgió en esos años, como los planteos de la llamada “teoría del crecimiento endógeno”. Tendiendo cierto puente hacia los nuevos planteos de la escuela austriaca, como el de Rothbard, y con la excusa de “endogeneizar” las causas del crecimiento económico (que tanto neoclásicos como keynesianos de los 50 y 60 habían dejado a un etéreo y exógeno “factor tecnológico”), surgió, por primera vez en el pensamiento económico, toda una defensa de la bondad de la existencia de los oligopolios y monopolios. En ese mismo campo, puede ubicarse a Gary Becker y su teoría del capital humano.

Los años 90: la “nueva síntesis”

Ya vimos cómo, a partir de Hicks, Hansen y luego Samuelson, Modigliani y Tobin, se había constituido a lo largo de las décadas de los 40, 50 y primeros años 60 la famosa y ya citada “síntesis neoclásica”, que le quitaba al pensamiento de Keynes sus aspectos más disruptivos y la reincorporaba dentro de un mainstream que dialogaba plenamente con el neoclasicismo (aun cuando en política económica el keynesianismo tuviera efectivamente la hegemonía en esos años). Esto volvió a suceder, aunque mucho más fugazmente, en la década del 90 del siglo xx. Y duró hasta la crisis de 2007-2008. Claro que, en este caso, el punto medio que estableció esta “nueva síntesis” estuvo kilómetros a la derecha de la anterior. Es que se trataba, esta vez, de articular el pensamiento de los neokeynesianos, que, como vimos, terminaron aceptando muchas de las críticas efectuadas por sus rivales monetaristas, con los nuevos economistas clásicos. Esta nueva “síntesis neoclásica” incorporaba los “microfundamentos” de las expectativas racionales y el Real Business Cycle, limitándose a tomar del viejo keynesianismo la existencia de precios rígidos a la baja y algunas otras “imperfecciones de los mercados”, lo que permitía reintroducir la cuestión de que las recesiones podían darse por factores de demanda (y ya no solo de “oferta”, como venía planteando Laffer y otros).

Así aparecieron los modelos de “equilibrio general dinámico estocástico” (modelos sdge), que pasaron a popularizarse para su uso por parte de los bancos centrales. Estos modelos buscaban sintetizar los problemas estudiados tanto por la teoría del crecimiento económico, como por la del ciclo, articulándolos con las consecuencias de diferentes políticas monetarias y fiscales. Neokeynesianos y nuevos economistas clásicos se ubicaron constituyendo “subescuelas” dentro de este planteo general.

Todos estos conceptos fueron conformándose durante los años 90. Es que, en ese período, y particularmente durante el gobierno de Bill Clinton, la economía norteamericana vivió un período de crecimiento (se lo llamó la New Economics), que contrastaba con la continuidad de crisis agudas globales (México 1994, Sudeste Asiático 1997 y Rusia 1998). Si bien esta onda de crecimiento chocó con la caída del Nasdaq en el 2000 y la recesión norteamericana que se abrió en 2001, bastó para que el discurso económico académico creara el concepto de “gran moderación”, expresión acuñada por James Stock. Se sostenía el fin de la volatilidad económica (finalmente ya no habría ciclos de crecimiento, crisis y depresión), ya que los cambios tecnológicos producidos por la revolución científico-técnica, el procesamiento electrónico de información y la globalización habrían producido una modificación cualitativa en la forma de funcionamiento de la economía. Un creciente número de instrumentos financieros, genéricamente llamados “derivados”, supuestamente permitían anticipar los desequilibrios y evitar nuevas crisis y quiebras. La caída del Nasdaq en 2000, varias situaciones de fraudes contables (como el caso Enron) y la recesión norteamericana abierta en 2001 pusieron en cuestión a gran parte de esta “ingeniería financiera”, que, sin embargo, sobrevivió hasta el estallido de la crisis de 2007-2008. Los modelos macroeconómicos que estamos citando, en cambio, fueron utilizados hasta el extremo para salir de la recesión de 2001 y generar, con tasas de interés virtualmente en cero de los bancos centrales de los países imperialistas, la burbuja especulativa que terminó estallando años más adelante.

La crisis 2007-2008 rompe el frágil consenso de la nueva síntesis

Este pensamiento económico que venimos definiendo como en “crisis de hegemonía” desde los años 70 sufrió un nuevo golpe con la crisis abierta en esos años. Tres cuestiones terminaron por romper el consenso de la nueva síntesis: la incapacidad de predecir la crisis; la inutilidad de los modelos sdge; y las políticas económicas concretas que se debían poner en marcha a partir del desastre.

Con respecto al primer punto, casi ningún economista ubicado en el mainstream fue capaz de predecir la crisis. Hasta cierto punto, uno de los pocos importantes que advirtieron los problemas fue el neokeynesiano Paul Krugman. Otros autores que lateralmente podemos ubicar (por lo menos por su origen) en el mainstream y también predijeron que se iba a un estallido fueron Joseph Stiglitz y Nouriel Roubini. Como veremos más adelante, la inmensa mayoría de los economistas que acertaron, y advirtieron, que la economía mundial iba a una nueva y más grave que nunca crisis aguda provenían de algún lugar de la llamada “heterodoxia” (poskeynesianismo, escuela sraffiana, o marxismo).

La incapacidad de los modelos estocásticos para predecir e intervenir ante los primeros síntomas de la crisis dio lugar a un duro debate, que por primera vez trascendió los estrechos marcos de la academia e ingresó con fuerza al ámbito político. Fue la propia reina de Inglaterra quien increpó en público a los más importantes economistas británicos. Robert Solow (2010) llegó a testificar ante el Congreso de los Estados Unidos y afirmar que el modelo macroeconómico utilizado “no tiene nada útil que decir acerca de políticas anti-recesiones, ya que éste ha creado, en la suposición esencialmente implausible, la conclusión de que no hay nada por hacer por parte de la política macroeconómica”.

La crisis abrió espacio para una cierta reaparición del keynesianismo. Ese lugar fue ocupado centralmente por Paul Krugman (que incluso fue laureado con el premio Nobel de Economía en 2008). Sin embargo, otros autores, que podemos incorporar aquí por su énfasis en la utilidad de las políticas económicas activas o principalmente por sus críticas al nuevo mainstream neoclásico/marginalista como Joseph Stiglitz, Jeffrey Sachs o Thomas Piketty, nunca demostraron interés en ubicarse en el campo teórico de defensa del keynesianismo. Y aún ese revival keynesiano fue de muy corto alcance y no alcanzó a destronar a las nuevas corrientes neoclásicas/marginalistas de su primer lugar (aun cuando no hegemónico) en la tabla de posiciones de puestos académicos y de política económica.

Frente a lo que había sido la ofensiva neoclásica/marginalista previa, y la fortaleza cedida por los neokeynesianos que terminaron aceptando la nueva síntesis en los 90, el único planteo relativamente “fuerte” que se le había opuesto (y decimos “fuerte” desde el punto de vista del mainstream académico) había sido el de la información asimétrica, que cuestionó el supuesto de pleno conocimiento, tanto de las condiciones de mercado neoclásico como las más amplias del agente con expectativas racionales. Una figura emblemática de estos planteos de la información asimétrica fue Joseph Stiglitz (que, posteriormente, se abocó a críticas un poco más radicales del orden económico internacional y del rol en él de los organismos que surgieron de Bretton Woods).

Esta crítica académica, la realidad de la crisis abierta en 2007-2008 y la aridez conceptual y escolástica del conjunto de los modelos marginalistas/neoclásicos dieron lugar, además del breve revival keynesiano con Paul Krugman, a un cierto crecimiento de la única corriente neoclásica de entre las originales que se había mantenido más o menos “pura”: la austriaca.

Recordemos que los llamados “economistas austriacos” venían de un planteo crítico a Keynes esbozado por Hayek que, sin embargo, había sido abandonado por la vía de los hechos por este mismo economista en los 30. El economista argentino Javier Milei (2018), que se autodefine como perteneciente a dicha corriente, sintetiza el planteo hayekiano como sigue:

En el mercado de bienes se determina la tasa de interés, la cual es el mecanismo por el cual se coordina la oferta y la demanda de bienes presentes y futuros. En paralelo, en el mercado monetario se determina el nivel de precios, el cual crece en la medida que la oferta monetaria exceda la demanda. Bajo este marco, acorde a la teoría austriaca del ciclo (y del crecimiento), cuando se fija la tasa de interés real por debajo de su nivel natural de equilibrio como consecuencia de una política monetaria expansiva, ello deriva en un aumento simultáneo del consumo y la inversión que genera una expansión artificial (un punto por encima de la frontera de posibilidades de producción) que a la postre, cuando la inflación se acelera y los desequilibrios fuerzan un cambio de precios relativos, la economía termina en una recesión.

El centro de la escuela austriaca está, como vemos, en la intertemporalidad, asignada por el mecanismo de mercado, a partir de las preferencias entre bienes presentes y futuros. Los austriacos revivieron viejos planteos hayekianos como la privatización del dinero y se ubicaron en la extrema derecha del pensamiento económico, construyendo un discurso económico que trató de presentarse como nuevo detrás de la etiqueta de “libertario”.

La llamada “heterodoxia” económica: el poskeynesianismo

En capítulos anteriores, ya habíamos expresado que no acordábamos con la simple y fácil utilización del término “heterodoxia” para todo aquello que no fuera el mainstream neoclásico/marginalista. Ahora queremos profundizar en el tema.

Efectivamente, hay una diferencia fuerte entre aquellos economistas que conciben como centro el equilibrio económico y los que conciben la naturaleza inestable del proceso económico. Si la cosmovisión es que el sistema tiende naturalmente hacia algún equilibrio (más allá de que se produzca en pleno empleo o con algún nivel de desocupación), las inestabilidades y crisis del tenor de las existentes a partir de fines de los 60 solo son explicables por mecanismos exógenos (y en muchos casos asociados a “mala praxis” de política económica). Esta fue, en el sentido más general, la posición común del mainstream. Del otro lado, quedan todos aquellos que conciben al sistema económico capitalista como esencialmente inestable, con tendencias intrínsecas hacia la crisis y, más aún, con un carácter explosivo y catastrófico de estas. En el origen y la naturaleza de los desequilibrios económicos, estará marcada la diferencia entre ambas perspectivas.

Esto hace que bajo el término “heterodoxia económica” podamos agrupar a un conjunto de corrientes y subcorrientes que se diferencian claramente del consenso expresado tanto por las diversas tendencias del neoclasicismo/marginalismo (monetaristas, nuevos clásicos, austriacos), como por el neokeynesianismo y sus “síntesis” (la antigua “síntesis neoclásica” y la más moderna de los modelos de equilibrio general dinámico estocástico). En esta definición ya más precisa de “heterodoxia económica”, quedarán entonces las corrientes poskeynesianas, los sraffianos, otras corrientes radicales no marxistas (regulacionistas, derivacionistas) y el marxismo propiamente dicho con sus propias vertientes. En una zona gris, entre el mainstream y la heterodoxia, como veremos, colocaremos algunos economistas que oscilan entre una y otra posición, como, por ejemplo, Hyman Minsky y la llamada “nueva teoría monetaria”.

Dentro de este espectro, analicemos al poskeynesianismo. Remitámonos, en un primer análisis, a cómo se lo define actualmente. Se denomina “poskeynesianismo” a una corriente que enfatiza los planteos más radicales que se pueden deducir del pensamiento de Keynes, tendiendo a la vez a colocar en las sombras aquellas porciones de dicha concepción que son más fácilmente adaptables a una síntesis con el neoclasicismo. Citamos a Felipe Serrano (2006):

Los economistas que se reclaman como pertenecientes al paradigma poskeynesiano han tendido a identificarse recurriendo a una doble vía. Por un lado reaccionando de manera crítica a la corriente de pensamiento dominante que, una vez rota la síntesis neoclásica, se ha movido desde la conocida como Nueva Macroeconomía Clásica hacia posiciones analíticas englobadas bajo el rótulo de Nueva Economía Keynesiana. En segundo lugar, tratando de construir una teoría positiva que tiene por objetivo último completar la inacabada revolución intelectual iniciada por Keynes.

El poskeynesianismo, por supuesto, arranca desde los problemas de demanda agregada. Y su horizonte es el corto plazo. Hasta acá se mueve en el conocido territorio de los planteos del keynesianismo clásico. El origen de los problemas económicos de corto plazo se da, según esta perspectiva, por una insuficiencia de la demanda inducida por las expectativas de los agentes que, aun siendo estables (como diría la concepción de las expectativas racionales), no permiten llegar al pleno empleo. Pero lo específico del poskeynesianismo, y que lo diferencia radicalmente de los neokeynesianos, es que a este resultado se arriba incluso con perfecta flexibilidad de precios y salarios. Esto último es central: los neokeynesianos se acercan a un consenso con el neoclasicismo/marginalismo a partir de aceptar que la única diferencia está en el “caso especial” de precios y salarios inflexibles a la baja. Los poskeynesianos, en cambio, no ponen énfasis en este punto, sino en la ausencia de información perfecta tal como la plantean las expectativas racionales. Con lo que rompen todos los puentes de consenso keynesiano-marginalista.

A partir de acá, se construyen las tres subcorrientes que identificamos en el poskeynesianismo. La primera es la norteamericana, con Paul Davidson a la cabeza, que articula los problemas de demanda efectiva justamente con los problemas de información, la incertidumbre y, a partir de ahí, la formación de expectativas.

La segunda subcorriente es la que primero surgió históricamente. Y la que más dialoga (conflictivamente, es cierto) con la tradición marxista. Es la que proviene de los trabajos de Joan Robinson y Michał Kalecki. Aporta al análisis el concepto de “clase social” en clave marxista y la naturaleza conflictiva de las relaciones sociales. Los problemas de demanda efectiva están fuertemente vinculados a la inversión y a una distribución del ingreso sumida en el conflicto. Un texto muy importante para ilustrarlo es el de Kalecki titulado “Aspectos políticos del pleno empleo”, citado en Kunt y Schwartz (1972). Esta segunda corriente también conecta de una forma mucho más clara el corto y el largo plazo, por lo cual es más útil para un análisis más estructural del capitalismo en su conjunto.

La tercera subcorriente poskeynesiana es la que aparece vinculada con el viejo “institucionalismo”. Explicitamos “viejo” institucionalismo para diferenciarlo de la nueva escuela institucionalista, más vinculada al pensamiento marginalista/neoclásico, que ve a las instituciones como un factor restaurador del equilibrio.

Un punto que articula a todas estas corrientes y que, quizás, marca una ruptura en cierta forma radical con los planteos del propio Keynes (por lo menos del Keynes de los tratados monetarios) es la endogeneidad del dinero. Cabe mencionar que el carácter exógeno del dinero era algo compartido tanto por el monetarismo de Milton Friedman en La teoría cuantitativa (1956), como por el propio Keynes en el Tratado del dinero (1965). El dinero, para los poskeynesianos, dejaría de ser algo exógeno, y, por lo tanto, manipulable con éxito por la política monetaria, para pasar a depender del crédito y, en términos más generales, de los avatares de la acumulación del capital.

La heterodoxia más radical (institucionalistas, regulacionistas, derivacionistas y sraffianos)

Hemos citado más arriba brevemente a los institucionalistas. Se trata de una corriente, marginal en el pensamiento económico, pero con raíces en el final del siglo xix. Tiene una vinculación tangencial con la escuela histórica alemana, en particular en su cuestionamiento metodológico a la existencia de leyes económicas universales. Pero los institucionalistas son una corriente centralmente norteamericana. Un autor paradigmático fue Thorstein Veblen.

Otra corriente importante, que aparece a mediados de la década del 70 en Francia, fue la denominada Escuela de la Regulación. Con “alas” más vinculadas al marxismo y otras al institucionalismo, y con un análisis donde equilibró los análisis de “oferta” (particularmente la tendencia a la caída de la tasa de ganancia) con las gestiones de la demanda, brindó algunas categorías muy útiles, en particular para analizar la crisis a partir de periodizar la acumulación de capital. Las categorías de “régimen de acumulación” y de “modo de regulación” fueron centrales en los aportes de esta corriente, tal como plantea Boyer (1986).

También debemos mencionar los aportes a la economía crítica o heterodoxa de los autores derivacionistas, sintetizados muy bien en Holloway y Picciotto (1979). En la frontera entre el pensamiento económico propiamente dicho y la teoría del Estado en clave de ciencia política, diversos autores alemanes, ingleses y franceses hicieron sus aportes, en lo que denominarían un cierto “marxismo abierto”, pero con trazos que, por su heterodoxia, hacen que prefiramos ubicarlo por fuera, en esta clasificación más general de “heterodoxia radical”.

Por último, queremos citar los aportes de Piero Sraffa, y la corriente que ha surgido inspirada por su clásico Producción de mercancías por medio de mercancías. Se trata de una corriente muy prolífica, que ha hecho aportes importantísimos incluso de enfrentamientos y refutaciones al mainstream neoclásico en el propio campo de los modelos económicos formalizados matemáticamente. Tal fue el caso de la llamada “controversia sobre el capital”, también conocida como el “debate entre los dos Cambridge”. La corriente sraffiana resulta difícil de encuadrar exactamente. Se puede argumentar su origen neorricardiano (Piero Sraffa fue el principal compilador de la obra de David Ricardo), su vinculación directa con el Circus keynesiano (del que formó parte), y también sus lazos con el marxismo (de hecho, su libro principal puede ser leído como un intento de resolver la controversia de la transformación de valor a precio de Marx). Pero difícilmente los autores sraffianos actuales se sientan cómodos si se los encasilla directamente como “neoricardianos”, “neokeynesianos” –o “poskeynesianos”–, o “neo-marxistas”. Preferimos, por eso, citarlos simplemente como una escuela radical heterodoxa independiente, quizás una de las que puede demostrar actualmente mayor presencia académica, particularmente en Italia.

¿Qué pasó con el marxismo? (apuntes para un balance)

En un capitalismo inmerso en una crisis crónica desde hacía medio siglo, con todos los indicadores sociales mostrando un acrecentamiento de la pobreza y la desigualdad, la corriente que aparecía claramente con mayor potencialidad explicativo era, sin duda, el marxismo. Ninguna otra llevaba, en su propia lógica analítica, una explicación de la tendencia del propio sistema al colapso. La crisis abierta a partir de la segunda mitad de la década del 60 generó, entonces, un enorme espacio para demostrar la potencia explicativa del marxismo.

Cabe preguntarse entonces por qué dicha corriente no apareció como la síntesis en el pensamiento económico, de todo el recorrido, fallido como vimos, donde diferentes escuelas han disputado por la hegemonía de la “disciplina” económica.

En este punto tenemos que retomar, más que nunca, a nuestras primeras definiciones, de entender la economía como un discurso de poder. El enorme potencial explicativo del marxismo, por definición, no podía imponerse como lo hegemónico en una disciplina que, de hecho, nació para afirmar el dominio del modo de producción capitalista.

Por lo tanto, la respuesta es política. A aquellos que, desde una visión científica y crítica, buscan una respuesta sobre las causas de la crisis capitalista, el marxismo les ofrecía ayer y les ofrece hoy, más claramente que nunca, una respuesta a sus interrogantes. Pero, obviamente, la burguesía nunca lo va a aceptar. Y esto se va a reflejar, incluso, en el mundo académico, donde el marxismo continúa tan impugnado como siempre (por lo menos en los sitios que conforman el mainstream del discurso económico).

No se nos escapa que uno de los motivos de la impugnación académica del marxismo en la “ciencia económica” se debe a que este no ofrece “soluciones” de política económica. O, precisando, la “solución” que propone es inaceptable para la dominación burguesa: la revolución social y el socialismo. Ya el propio Marx (1975) había salido al cruce de estos cuestionamientos:

Así, la Revue Positive, de París me echa en cara, por una parte, que enfoque metafísicamente la economía, y por la otra –¡adivínese!– que me limite estrictamente al análisis crítico de lo real, en vez de formular recetas de cocina (¿comtistas?) para el bodegón del porvenir.

Y con respecto a su propuesta de salida concreta, no deja dudas, en Marx (1949):

Mientras que los demócratas pequeñoburgueses aspiran a cancelar la revolución lo antes posible, implantando a lo sumo las medidas que hemos enumerado, nuestro interés y nuestra misión están en hacer la revolución permanente en tanto no se hayan desplazado del poder todas las clases más o menos poseedoras, mientras el poder público no esté en manos del proletariado, mientras la asociación de proletarios no está suficientemente desarrollada, y no solo en un país, sino en todos los países principales del mundo, para que cese en esos países la concurrencia de los proletarios y se concentren en manos de estos, a lo menos, las fuerzas decisivas de la producción. Para nosotros no se trata precisamente de transformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de esfumar las diferencias de clases, sino de la destrucción de estas; no se trata de reformar la sociedad actual, sino de fundar una nueva.

El marxismo entonces no aparece disputando “cientificidad” en el mainstream del pensamiento económico. Tampoco se ofrece como un recetario de política económica marxista con soluciones de corto plazo en el marco del sistema capitalista. Sin embargo, la “popularidad” del marxismo (y más estrictamente de la teoría económica de Marx) crece en las crisis. Ya es un lugar común, incluso en el mercado editorial, el incremento de las ventas de ejemplares de El capital en esos momentos.

Podemos decir, sintéticamente, que la potencia de la voz del pensamiento económico marxista se mueve al compás de la lucha de clases. “Giros a la izquierda”, alzas de las movilizaciones, crecimiento de las luchas obreras, campesinas o estudiantiles van acompañadas normalmente por más “lugar” para el marxismo. Incluso los lugares, minoritarios, que el marxismo ha ganado en las propias instituciones académicas nacieron en medio de grandes procesos de movilización estudiantil y radicalización intelectual. El crecimiento de luchas anticapitalistas genera, casi automáticamente, un aumento de la “demanda” de lectura de las obras de Marx y sus sucesores. El marxismo gana potencia, entonces, vis a vis con las crisis del propio sistema capitalista. Tiene “sentido” y “vigencia” en tanto y en cuanto la propia lógica del capital (y su crisis) siga presente.

Ya hemos recorrido, en páginas anteriores, la productividad de los economistas marxistas del siglo xx en el periodo anterior a la crisis de los 60. Citamos algunos análisis sobre la crisis del 30, interpretaciones sobre las modificaciones del capitalismo de posguerra, así como debates críticos con respecto a las políticas económicas keynesianas. E incluso algunas de las discusiones que se generaron a partir de cómo gestionar economías poscapitalistas.

Pero hay un límite, en la disputa ideológica del siglo xx con las diversas corrientes del pensamiento económico (sea de raíz neoclásico o keynesiano): la viabilidad de un horizonte no capitalista o, más específicamente hablando, socialista. Así, el marxismo se ve obligado a dar cuenta y responder sobre lo sucedido con los regímenes político-sociales autodenominados socialistas (la Unión Soviética, los países de Europa del Este, China, Cuba, Vietnam, Corea del Norte). Porque los discursos acerca del “fracaso del marxismo” aparecen fuertemente vinculados al derrotero de esas experiencias políticas.

Observemos que, en el caso del marxismo, en su ubicación con el debate económico, tenemos dos cuestiones que, en principio, corren por carriles separados. Uno es la capacidad analítica y crítica con respecto a la dinámica del sistema capitalista. Acá la escuela marxista “brilla” en las crisis. Pero, por otro lado, hay una ofensiva ideológica que cuestiona la posibilidad de que dichas crisis puedan ser resueltas trascendiendo al propio capitalismo, en concreto avanzando hacia el socialismo.

Si bien son dos cuestiones analíticamente diferenciables, cuando volvemos a la relación “ciencia-ideología” y al análisis del discurso económico como discurso de poder, ambas vuelven a juntarse. En concreto: existe toda una operación ideológica de deslegitimación del marxismo a partir de lo que se denomina el “fracaso de las experiencias del socialismo real”. El pensamiento económico oficial, en cuanto que economía burguesa, responde a la potencialidad del marxismo para analizar la crisis capitalista ignorándolo, y desplazando el debate hacia el “fracaso del socialismo”, tras los sucesos conocidos como “la caída del Muro de Berlín”.

Por lo tanto, es un hecho que el marxismo no puede ganar carta de ciudadanía sin dar cuenta a lo sucedido en el siglo xx con los regímenes económico-sociales que se construyeron en su nombre. Objetivamente no es un tema nuevo. Nació prácticamente en 1917, con la propia Revolución de Octubre de 1917 en Rusia. Y, si bien fue un debate que recorrió todo el pensamiento político, tuvo también su subcapítulo económico. Casi desde el comienzo, con el análisis de la caracterización de la urss. Que se extendió en la posguerra a Europa del Este (República Democrática Alemana, Polonia, Hungría, Checoeslovaquia, Rumania y Bulgaria), con su deriva particular en los Balcanes (Yugoslavia y Albania). También a la República Popular China, Corea del Norte, Vietnam. Y, a partir de la década del 60, incluye el debate sobre la Revolución cubana y el régimen social que surgió a partir de ella.

Como ya hemos mencionado muy brevemente, en el terreno del pensamiento económico fue surgiendo una cierta escuela de las “economías socialistas”, ligada a las discusiones sobre cómo en esos Estados se iban llevando adelante las políticas económicas concretas. A los propios textos político-económicos de Lenin y Trotsky en los primeros años, se les fue sumando el debate específico de lo que podemos llamar la “economía soviética”. Así, vinculados a las posturas en la década del 20 acerca de la “Nueva Política Económica”, se destacan los ya citados Nicolái Bujarin (1972) y Evgeniĭ Preobrazhenskiĭ (1971). Estas discusiones, muy productivas y abiertas, fueron canceladas en el clima asfixiante y represivo de la dictadura de Stalin en la década del 30. En la Unión Soviética propiamente dicha, no surgió otra camada de economistas que discutieran creativamente y con una mínima distancia crítica la política económica llevada adelante hasta la década del 60, con la aparición de Evsei Liberman (1973) y sus planteos sobre una planificación con menos niveles de centralización y un mayor espacio para el mercado.

Pero en la posguerra se había abierto un campo de discusión en el que participaron algunos economistas marxistas instalados en Occidente, tanto en Gran Bretaña (Maurice Dobb), como en Francia (Charles Bettelheim). Dentro de los países donde se había producido la expropiación del capital, y con todos los límites a la libertad de discusión que generaba el stalinismo, se fue desarrollando también un pensamiento económico en clave no capitalista, con base en estudios sobre planificación en Polonia, alrededor de Oskar Lange y el ya mencionado Michał Kalecki. Lo mismo sucedió en Yugoslavia, más vinculado en este caso a intentos de construir otra lógica de planificación económica (que se denominó “autogestión”), donde se destacó la figura de Branko Horvat (1970).

Un momento productivo importante de este debate se dio en la década del 60, en el que confluyeron los planteos de una planificación soviética menos centralizada, con Liberman, los citados planteos “autogestivos” yugoslavos, con la discusión chino-soviética (en el que participó fuertemente Bettelheim) y las discusiones acerca de la economía cubana en los años 1963-1964, editadas en Guevara (2006), con la participación del propio Ernesto Che Guevara, Bettelheim, Alberto Mora y Ernest Mandel, entre otros.

Un economista que se había logrado abrir espacio en el mainstream económico norteamericano, y que después hizo aportes a la planificación económica en clave socialista, fue Wassily Leontief (1975), con su matriz insumo-producto. Otro autor que se transformó en un experto en el seguimiento de la economía soviética fue Alec Nove (1986).

La inmensa mayoría de estos autores se centraron en desarrollar y refinar herramientas vinculadas a la planificación económica. Y los debates giraron alrededor de la importancia del énfasis en los sectores i (bienes de capital, industria pesada) y ii (bienes de consumo), o en el lugar del cálculo económico y la vigencia del sistema de precios en una economía planificada.

Por supuesto que queda abierta una discusión epistemológica acerca de si las teorías de la planificación forman parte o no de lo que venimos llamando “economía política”. Recordemos que habíamos discutido en el capítulo inicial que el objetivo de la economía política era el análisis del modo de producción capitalista. Por lo que, desde este punto de vista, en la propia lógica del marxismo, la discusión sobre la planificación económica pertenece al campo de una tecnología diferenciada de la economía política como disciplina.

Pero el problema político esencial, que remitía al carácter de esos regímenes y su acercamiento, o no, a un modo de producción socialista, no fue encarado a fondo por estos economistas y quedó simplemente sin respuesta definitiva. Lo que no quiere decir que esta discusión no se diera en el terreno político del marxismo, casi desde el mismo comienzo de la experiencia soviética. Sintetizando, todos los aportes al debate económico en el marco de las economías poscapitalistas tenían un límite muy claro: su incapacidad para analizar críticamente el régimen social que se estaba construyendo.

No es el objetivo de este capítulo (ni de este libro) hacer un análisis exhaustivo de esta temática. Sintetizando, podemos decir que, en líneas generales, quedaron abiertas tres interpretaciones en el campo propio de las polémicas marxistas:

  1. La que sostiene que lo que se dio en esos países era efectivamente “el socialismo”. Los oficialismos de esos países, y, por lo tanto, sus economistas, le otorgaban un signo positivo y enfatizaban su superioridad con respecto al capitalismo. Contradictoriamente, ello coincidía con la lectura del mainstream del pensamiento económico (y también de los políticos de los países capitalistas), que sostenían que efectivamente lo que se daba en esos países era el “socialismo”, pero enfatizando en sus fracasos en comparación con las “bondades” del capitalismo.
  2. La que plantea que lo que sucedió en esos países fue una forma particular del propio capitalismo. En general, se utilizó la definición “capitalismo de Estado” para precisarlo. Muchos autores institucionalistas plantearon esto, pero también algunas corrientes del marxismo, como el maoísmo, que utilizó esta categoría para definir así a la Unión Soviética a partir de la ruptura entre ese país y China (más aún, le adjudicó a la urss característica de país imperialista).
  3. El planteo de Leon Trotsky, que, tras su definición de “Estados obreros deformados o burocratizados”, insistió en el carácter transicional de esos regímenes, diagnosticando que esa contradicción tendría que terminar con un avance hacia el socialismo (a escala mundial) o en un retroceso hacia la restauración capitalista.

No es el objetivo de este capítulo adentrarnos en estos debates. Simplemente queríamos citar su complejidad porque de eso dependió la caracterización de que sucedió en el mundo a partir de 1989. Tal como dijimos más arriba, si una de las particularidades para periodizar la historia y el estadio actual de la acumulación del capital es la crisis abierta a fines de los años 60, otra sin duda es la llamada “caída del Muro de Berlín”. La posición del autor de este capítulo es que, en las caracterizaciones al respecto de Leon Trotsky (2014), se encuentran las perspectivas más ricas de análisis al respecto.

El marxismo y la crisis capitalista

La caída del Muro de Berlín, la llamada “ofensiva neoconservadora” e incluso toda una moda ideológica que se abrió a comienzos de la década del 90 revivieron una vieja discusión: “la muerte del marxismo”. Francis Fukuyama llegó a denominar a todo eso “el fin de la historia”. Sin embargo, en muy pocos años vimos un revival de las lecturas de Marx, de los debates de las distintas corrientes del marxismo e incluso el surgimiento de nuevos planteos, tales como el “horizontalismo” en clave zapatista o el llamado “socialismo del siglo xxi”. Todo esto no se produjo en absoluto porque se haya resuelto el balance de las experiencias del llamado “socialismo real”. Lo que le dio realce y espacio al marxismo e incluso a un cierto “posmarxismo” fue, por el contrario, la persistencia de las crisis capitalistas.

Como ya hemos mencionado, a posteriori de la caída del Muro de Berlín se sucedieron la crisis mexicana de 1994 (“Efecto Tequila”), la del sudeste asiático de 1997, la rusa de 1998, la recesión yanqui de 2001, las crisis sudamericanas que fueron desde el default ecuatoriano, pasando por la devaluación brasileña, hasta la debacle argentina de 2001, y, a posteriori, la megacrisis que se abrió en 2007-2008, probablemente la más grande de la historia del capitalismo desde la de los años 30. En 2020, con la aparición de la pandemia del coronavirus, se desarrolla un nuevo episodio agudo de esta crisis. Frente a esta realidad de un capitalismo en crisis crónica, vuelve a crecer la demanda de respuestas buscadas en el pensamiento marxista.

El marxismo sigue teniendo vigencia en la actualidad, entonces, debido a la persistencia de la crisis capitalista. Y ello sucede por la potencia de su poder explicativo, mayor al de cualquiera de las otras corrientes del pensamiento económico.

Ya hemos desarrollado, en los capítulos correspondientes, que la teoría marxista de la crisis difiere radicalmente de las explicaciones al respecto de neoclásicos/marginalistas y keynesianos. Básicamente, por dos cuestiones. Primero, la importancia y el lugar que el marxismo le da a la propia crisis, considerándola intrínseca a la propia lógica de funcionamiento del sistema capitalista y como una expresión, la más clara, de la tendencia del capital hacia el colapso. Difiere, en este punto, de las posturas liberales que entienden la crisis como algo exógeno, provocado por “malas” o “incorrectas” intervenciones sobre los mecanismos de autorregulación del mercado. Y también se diferencia de las lecturas keynesianas, que entienden la crisis como situaciones de resolución relativamente fácil a partir de la utilización de políticas públicas correctas (sean monetarias o fiscales).

La segunda cuestión tiene que ver con las concepciones de la génesis de la propia crisis. Acá la diferencia más importante se da con los planteos keynesianos, que esencialmente ven las crisis como producto de deficiencias de la demanda efectiva. Para el marxismo, la génesis de la crisis, por el contrario, se encuentra en la tendencia a la caída de la tasa de ganancia del capital productivo. Esta concepción, radicalmente opuesta a la keynesiana, es central. En particular para explicar crisis como la abierta a fines de los 60 y principios de los 70. Y también para entender el porqué de la ofensiva del capital contra el trabajo que se abrió en los años siguientes. En la propia caída de la tasa de ganancia, en las inmensas masas de capital especulativo, gaseoso, que va buscando valorización por el planeta y la encuentra en forma financiera, ficticia, generando diferentes “burbujas” que explotan con cada vez mayor frecuencia, se encuentra lo más rico de las lecturas de los últimos años.

Muchos autores marxistas han investigado sobre estos planteos, y generaron muy interesantes trabajos. Citemos simplemente a Roberto Brenner, a Gérard Duménil y Dominique Lévy, a Michael Roberts, a Fred Moseley y a François Chesnais, entre otros. Varios de ellos incluso, junto a otros como Anwar Shaikh, avanzaron en trabajos estadísticos de mucha profundidad con el objeto de medir la tasa de explotación, la caída de la tasa de ganancia e incluso buscar las “traducciones” de las categorías marxistas a las cuentas nacionales.

Sin embargo, también en muchos casos, encontramos una tendencia a buscar una amalgama entre las concepciones marxistas de la crisis con las keynesianas, tratando de tender puentes bajo el manto común de la “heterodoxia económica”, tal como hemos citado previamente. Esto ha generado una serie de problemas políticos y analíticos, que trataremos a continuación.

Comencemos por lo analítico. Se produce a veces una mezcla entre las teorías del subconsumo o sobreproducción, que llevan a pensar que las crisis tienen un origen en deficiencias de la demanda, y el planteo más puramente marxista de que lo que está sucediendo es que los capitalistas no invierten productivamente por la caída de la tasa de ganancia. Obviamente que, en el despliegue de cualquier crisis, los cierres de plantas, la desocupación consiguiente y las bajas salariales profundizan la recesión y generan, como consecuencia, un “problema de demanda”. Pero concebir esto como el origen de la crisis, o amalgamarlo dándole la misma entidad que la caída de la tasa de ganancia, genera un grave problema, ya no solo de interpretación, sino también de propuesta política. Debido a que, si el problema es de “demanda”, ello es resoluble con las típicas propuestas reformistas del keynesianismo, más o menos remozado.

¿A qué lleva todo esto? A posiciones que invisibilizan la necesidad de la expropiación de los medios de producción, como base elemental para superar el capitalismo. Casi todas las visiones que, de una forma u otra, abrevan en lo que se llamó el “socialismo del siglo xxi” propugnan algún tipo de economía mixta de este tipo. Donde el planteo del “socialismo” coexiste con un extenso y preponderante funcionamiento de la propiedad privada capitalista. El problema es que, en los intentos concretos de desarrollarlas, estas propuestas apenas si funcionaron (y con muchas contradicciones) en el cortísimo plazo en que se abrieron “ventanas” entre las distintas fases agudas de la crisis crónica (en concreto entre 2002 y 2008) y luego, en cuanto parte de una economía capitalista mundial sumida en su propio estancamiento, perecieron con ella.

Acá es donde el enorme poder explicativo marxista de la crisis se “mella” por no haber resuelto el balance de las experiencias de los países en que en el siglo xx se había expropiado el capital. Desde el punto de vista del discurso económico, la sensación es que toda la fortaleza del marxismo para criticar el capitalismo se diluye si no se propone como alternativa una clara posición socialista, en el real sentido del término. Se le cede, así, a un sentido común que sigue creyendo que “el socialismo fracasó”.

Por eso consideramos que la potencia del marxismo como corriente del pensamiento económico, que se acrecienta ante la crisis capitalista, más aún ante un capitalismo que, en su fase imperialista, manifiesta cada vez más claramente tanto en sus indicadores sociales como ecológicos el estancamiento a que han llevado a las fuerzas productivas, solo podrá disputar la hegemonía como “discurso de poder” en el terreno plenamente político.

Una vez más, y para cerrar, la economía como discurso de poder

La economía como disciplina encierra una analítica propia, en parte compartida entre las diversas escuelas y en parte no. Cada corriente ha construido, a su vez, su propia batería de medidas de política económica para intervenir (incluso el liberalismo más extremo, ya que “no intervenir en la economía” es también una forma de intervenir). Y ya explicamos que la economía política se compone de escuelas que construyen cosmovisiones, “visiones del mundo” o ideologías. Y que, con mayor o menor derecho, se arrogan títulos de cientificidad.

Pero lo que define al liberalismo, al keynesianismo o al marxismo no es que sean “cosmovisiones”. Sino que se trata de programas políticos. Son, en definitiva, la expresión de movimientos políticos en lucha por el poder. Tanto el liberalismo en sus distintas vertientes, como el keynesianismo (o cualquier otra variante de intervención estatal) expresan programas políticos que defienden la continuidad del orden social capitalista. Tal como está, o “reformado”. En su expresión más salvaje o con “rostro humano”. Pero en todos los casos no cuestionan el poder político, económico y social de la clase dominante: la burguesía.

Esta es su diferencia radical con el marxismo. Que, en esencia, es, antes que nada, un movimiento político por la emancipación de la clase trabajadora con respecto al capital. Y que, entonces, cuestiona, disputa y aspira a derrocar el poder del capital y de la clase que lo encarna, la burguesía.

A partir de esta descripción descarnada, podemos volver sobre las escuelas económicas, sus debates doctrinarios, los economistas en concreto y sus biografías. Pero teniendo en claro que cada planteo, cada concepción teórica, cada intento de refutación del rival no se da en el terreno neutral y calmo de la “elaboración científica”, sino en el de la más feroz disputa, la de la lucha de clases. Donde las palabras, las elaboraciones analíticas, incluso la más abstracta de las fórmulas matemáticas, son armas a favor o en contra de intereses económicos concretos.

La llamada “crisis del pensamiento económico” no es entonces otra cosa que la manifestación, en el terreno político, ideológico, científico y de lo que hemos denominado los “discursos de poder”, de algo mucho más profundo: la crisis del sistema capitalista, que se profundiza cada vez más y nos va llevando a honduras impensables.

Hablábamos más arriba de la capacidad analítica del marxismo, como corriente económica, para comprender y explicar la crisis actual. Pero también del “límite” que significa quedarse en ese mero análisis. Por eso las corrientes del mainstream, a pesar de sus errores de predicción al anunciar una y otra vez la “resurrección” del crecimiento económico, sin embargo, reviven. Proponiendo nuevas (o las mismas) recetas de política económica. Que vuelven a fracasar a los pocos años. Y así van sumiendo cada vez más a la economía capitalista en una crisis crónica que se profundiza.

El marxismo, en sus diversas vertientes, solo puede disputar esto si lo hace en el terreno político. Por eso tiene que oponer su propio programa. El propio Marx (1973) (1) lo planteó en 1848:

El proletariado se valdrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas.
Esto, naturalmente, no podrá cumplirse al principio más que por una violación despótica del derecho de propiedad y de las relaciones burguesas de producción, es decir, por la adopción de medidas que desde el punto de vista económico parecerán insuficientes e insostenibles, pero que en el curso del movimiento se sobrepasarán a sí mismas y serán indispensables como medio para transformar radicalmente todo el modo de producción.

El marxismo, entonces, debe ser capaz de proponer un conjunto de políticas económicas que, partiendo de las necesidades inmediatas, de la coyuntura del acá y ahora, plantee soluciones para las más urgentes necesidades populares. Así lo planteaba Leon Trotsky (1999):

Es necesario ayudar a las masas, en el proceso de la lucha cotidiana, a encontrar el puente entre sus reivindicaciones transitorias, que partan de las condiciones actuales y de la actual conciencia de amplias capas de la clase obrera y conduzcan invariablemente a un solo resultado final: la conquista del poder por el proletariado.

Porque el verdadero problema de la crisis del pensamiento económico es la imposibilidad, en el actual estadio del modo de producción capitalista, el del imperialismo, de tornar viable un programa reformista que, sin salir de los límites estrechos de la propiedad privada, pueda satisfacer en forma más o menos permanente las aspiraciones materiales de la clase trabajadora. Sigamos con Trotsky:

La socialdemocracia clásica, que operaba en una época de capitalismo progresivo, dividió su programa en dos partes independientes una de otra, el programa mínimo, que se limitaba a reformas en el marco de la sociedad burguesa, y el programa máximo, que prometía la sustitución del capitalismo por el socialismo en un futuro indeterminado.

Ese programa “mínimo”, administrado por socialdemócratas y laboristas en la Europa de posguerra, tomado de las recetas del keynesianismo, encarnado en los llamados “Estados del bienestar”, ya no tiene futuro: porque se trata de

una época de descomposición del capitalismo, cuando, en términos generales, no puede ni hablarse de reformas sociales sistemáticas ni de elevación de los niveles de vida de las masas […] cuando cada una de las reivindicaciones importantes de la pequeña burguesía, rebasa inevitablemente los límites de las relaciones de propiedad capitalistas y del Estado burgués.

Se impone entonces la necesidad de un programa económico de emergencia ante la crisis, de transición, que, naciendo de las necesidades actuales, no se detenga ante los límites “infranqueables” de la propiedad privada, los supere en la práctica y avance hacia posiciones socialistas por medio del gobierno de la clase trabajadora.

En los años 40 del siglo xix, Marx decidió que debía dedicarse a la crítica de la economía política, porque en ella estaba la raíz para comprender la inexorable necesidad de llegar a otra sociedad, una donde fuéramos socialmente iguales, individualmente diferentes y plenamente libres, donde se hiciera realidad la consigna de “libertad, igualdad y fraternidad”, eso que algunos autores anteriores empezaban a llamar “socialismo”, y otros, “comunismo”. Y que esa crítica consistía en el análisis a fondo, radical, sin contemplaciones, del modo de producción capitalista, de su dinámica y de a dónde nos conducía. Su tendencia al colapso, analizada con las herramientas de la economía política, sería la demostración científica de la necesidad del socialismo. Un siglo y medio después, el capitalismo va manifestándonos con creces que nos conduce a la catástrofe. Poniendo en cuestión, incluso, la posibilidad futura de la vida humana sobre el planeta. La crítica de la economía política, en el siglo xxi, tiene la obligación de trabajar y desentrañar todo esto. Porque todo, en definitiva, es político. Nada sucede sin lucha. El futuro, como dijo Rosa Luxemburgo, no está todavía definido. Pero sí sabemos que es “socialismo o barbarie”.

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