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Luces y sombras de Adam Smith

José Castillo

Discutir aquella figura que es unánimemente reconocida como el fundador de la economía política siempre genera una sensación de ambivalencia. Por eso tenemos la obligación de ser muy equilibrados entre dos juicios de valor. Por un lado, vamos a hablar del fundador del liberalismo económico. Lo esencial de todos los discursos justificativos del mercado, de todos los planteos del libre mercado como destino de la felicidad del hombre y, en definitiva, de todos los planteos de endiosamiento de la economía mercantil nacen del discurso smithiano. ¿Liberal, en el sentido anglosajón del término, o conservador?

Liberal, sin duda, si nos remitimos a su ubicación histórica y política. Pero, cuando lo traemos a nuestros días, la respuesta no resulta tan sencilla. Es utilizado por las corrientes neoclásicas y marginalistas contemporáneas como bandera, proponiéndolo como el campeón del laissez faire, de la no intervención estatal y de la iniciativa privada. Veremos en seguida que hay elementos en esa dirección en el pensamiento smithiano, pero se trata claramente de un abuso hacerle decir cosas que pertenecen en economía al neoclasicismo y en política al pensamiento conservador –en una tradición que va desde fines del siglo xix, con Spencer, hasta el neoconservadurismo moderno–.

Por otro lado, haciéndole justicia a Smith, tenemos que decir que el liberalismo clásico, la economía política clásica –Smith y Ricardo–, al igual que todo el pensamiento del liberalismo político del siglo xviii y la primera parte del xix, forman parte de una fenomenal transformación, económica, política y social que los ubica claramente en el espectro “izquierdo” de la pantalla política de su época. Smith es contemporáneo de la Revolución americana y de la Revolución francesa, de sus políticos y teóricos, de los que golpeaban contra el Antiguo Régimen. Fue uno de los que ofreció coherencia teórica y un programa político a la burguesía industrial en ascenso. En cambio, lo que entendemos hoy por liberalismo económico, lo que escuchamos cotidianamente bajo ese nombre es algo totalmente diferente: se trata de un discurso corrido varios kilómetros a la derecha, desarrollado especialmente a partir del pensamiento neoclásico.

Por lo tanto, no le podemos adscribir a Smith y a Ricardo todo lo que hoy sucede con el liberalismo económico. Sí hay, por supuesto, “usos” de los autores del liberalismo económico clásico. En el caso de Smith, se ha desarrollado incluso una “leyenda” acerca de lo que el propio autor dijo, construyéndose así una falsa imagen de este. Más de un lector se sorprenderá al encontrar a un Smith que, en Acerca de la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones, escrito el mismo año de la independencia de los Estados Unidos –en 1776–, desarrolla un montón de aseveraciones complejas y contradictorias. Por ejemplo, no es cierto que Smith no se preocupe en absoluto por las clases bajas; ni que no reconozca que hay instancias en las que tiene que intervenir el Estado; ni que no tenga una posición absolutamente clara acerca de que los impuestos deben ser justos y que, entonces, los que más tienen más deben pagar. Smith desconfía profundamente de los empresarios, señalando que, cada vez que estos se juntan, es para conspirar contra el bien común de la sociedad. Y así podríamos seguir hasta el infinito, encontrando párrafos enteros de nuestro autor para refutar a los neoclásicos de hoy.

Sin embargo, visualizando las luces y sombras de Smith, y sin dejar que se lo vulgarice como lo ha hecho el neoclasicismo, debemos reconocer que los fundamentos del liberalismo económico, de una sociedad fundada en el individuo y el libre mercado, se encuentran plenamente en los textos del escocés.

Por eso, visto desde el prisma ideológico, Smith es un autor que nos interpela causándonos simpatía y antipatía a la vez. Porque de él podemos decir que es un autor “progresista”, claramente entroncado con el pensamiento iluminista y revolucionario de la burguesía de fines de siglo xviii. Es uno más de esos grandes publicistas que fueron arietes contra el Antiguo Régimen, como Rousseau, Voltaire, Diderot, etcétera. Adam Smith es, sin lugar a duda, una de las figuras más importantes para abrir el terreno al dominio de la burguesía. Esta es, por supuesto, una lectura posible de su libro publicado trece años antes de la Revolución francesa. Pero, por otro lado, vamos a encontrar en él los pilares básicos del liberalismo económico, la corriente apologética por excelencia del modo de producción capitalista, la más fuerte justificación del capitalismo; y, de hecho, desde el punto de vista político, lo que en el futuro va a ser el programa económico de las derechas a partir de la reacción neoconservadora de la década del 80 del siglo xx. Entonces, proponemos leer a Adam Smith en este claroscuro: el de un autor que construye los pilares fundamentales del liberalismo económico, que hoy sostiene y legitima lo central del capitalismo, pero, al mismo tiempo, ubicándolo en una coyuntura de época donde esos mismos pilares son un arma contra el Antiguo Régimen.

Casi todos los textos de economía política, al hablarnos de Adam Smith, nos remiten a esa obra monumental, Acerca de la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones. Se trata de la primera “biblia” del pensamiento económico, uno de esos textos que todos los economistas se ufanan de haber leído. Como bien señala Eric Roll (1983), una obra infernalmente larga, donde Smith habla prácticamente de todo, solo pudo alcanzar el éxito que tuvo a partir de estar en condiciones de transformarse en el programa de la burguesía en ascenso, que se encontraba en plena lucha por el poder político. En transformarse, en síntesis, en un “discurso de poder”.

Pero vamos a ver que Smith es fundamentalmente (más allá de que se convirtiera en el padre de la economía política y, por tanto, en el primer “economista”) un filósofo social, que intenta dar cuenta de toda una teoría de la evolución política y social. Y, por lo tanto, una comprensión profunda de su pensamiento nos exige remitirnos a su obra anterior, Smith (2013), Teoría de los sentimientos morales (1759, con revisiones posteriores a la edición de La riqueza de las naciones). Y más aún, al conjunto de lo que se conoce como el “renacimiento escocés”, cuerpo de pensamiento que incluye a figuras como Francis Hutcheson, Adam Ferguson y David Hume. Y también nos obligará a comparar su pensamiento con un autor inglés de principios del siglo xviii, conocido como el barón de Mandeville, en donde podemos encontrar el origen del individualismo liberal, como cita Horne (1982). En la Teoría de los sentimientos morales, Smith señala que aspira a escribir “los principios generales de la ley y el gobierno, y de las diferentes revoluciones que han sobrevenido en las diferentes edades y periodos de la sociedad”.

Vemos, entonces, que La riqueza de las naciones no puede ser considerado un mero tratado de economía, sino que se inscribe en un proyecto más amplio, el de explicar la evolución histórica de la humanidad, en un esquema que nos puede hacer remembrar al intento de Marx.

Ubicación histórica: Adam Smith en su tiempo y espacio

Adam Smith nació en Kirkcaldy, pequeño pueblo pesquero cerca de Edimburgo, en 1723. Poco es lo que se sabe en general de los primeros años de Smith (incluso es desconocida la fecha exacta de su nacimiento). Como dato “de color”, podemos referir que, aparentemente, a la edad de cuatro años fue secuestrado por una banda de gitanos, aunque luego, cuando se lanzó una persecución para rescatarlo, estos lo abandonaron. De ahí que John Rae, en Life of Adam Smith (1895), escriba: “Pudo haber sido, me temo, un pobre gitano”. A la edad de catorce años, ingresó a la Universidad de Glasgow, centro de lo que va a ser conocido como el “iluminismo escocés”. Un dato importante para tener en cuenta la contradicción entre el “provincialismo” del pensamiento escocés, pero a la vez su vinculación con el liberalismo, y en particular el empirismo inglés, es el hecho de que en 1707 se produce la unión política entre Inglaterra y Escocia. Al respecto, recomendamos ver Broadie (1997).

Graduado a los diecisiete años, viaja con una beca a Oxford, para completar su educación. La experiencia resulta fuertemente desmoralizante para Smith, que encuentra la famosa universidad inglesa como un “desierto intelectual”. Incluso es penalizado por habérselo descubierto leyendo el Tratado sobre la naturaleza humana, de David Hume, que le es confiscado por herético y ateo. Gran parte de las reflexiones que encontraremos después en La riqueza de las naciones a favor de que los alumnos “paguen” a sus profesores en función de la calidad de su enseñanza se basan en esta experiencia juvenil.

A su vuelta, dicta conferencias públicas en Edimburgo, para ingresar finalmente en 1751 como profesor a la Universidad de Glasgow, donde enseña primero lógica y luego filosofía moral, disciplina que abarca teología natural, ética, jurisprudencia y economía política. Su carrera en esa institución académica será brillante, y será electo decano en 1758.

Es interesante nombrar el círculo intelectual en el que se mueve en Glasgow: incluye a Joseph Black, pionero en el campo de la química, James Watt, el luego creador de la máquina a vapor, Andrew Cochrane, gran comerciante colonial y fundador del Club de Economía Política y, el más importante de todos, David Hume.

En 1759 publica Teoría de los sentimientos morales, que puede ser considerado el fundamento psicológico de La riqueza de las naciones. Ahí Smith va a describir lo que llamará, siguiendo a Hume, los “principios de la naturaleza humana”. Estos eran universales e inmodificables, y de ahí se deben deducir tanto las instituciones como las conductas sociales.

Una cuestión que Smith toma de su primer maestro en Glasgow (Francis Hutcheson) es el interrogante acerca de dónde adquiere el ser humano sus habilidades para formar sus juicios morales, incluyendo los que hacen a su propia conducta, y cómo se enfrenta a lo que aparece como irrefrenable, las pasiones de autopreservación y autointerés. El tema evidentemente no es nuevo: ya había sido tratado por Hobbes (1984). La solución de Smith es la de la presencia en cada individuo de un “ser interior”, algo así como un “espectador imparcial”, que aprueba o condena nuestras acciones y las de los demás.

Será Hutcheson, maestro de Smith en Glasgow, quien reivindica la categorización de toda acción humana en dos tipos de móviles interdependientes: egoísmo y altruismo. El empirismo subyacente en estos autores en general no les permite seguir el análisis, ni tan siquiera para catalogar maniqueamente de bueno y malo algún sentimiento moral. Simplemente, aparecen en la actividad individual sin posibilidades de dar una racionalidad y, por lo tanto, sin poder explicar la actividad estatal y política como comprendida dentro de la moralidad.

Es aquí donde se destaca la irrupción teórica de Smith: el dualismo psicológico es el punto central de su discurso filosófico. Por un lado, la moral –la utilidad de los particulares y de la sociedad– se consigue mediante el ejemplo de la simpatía, mientras que la economía la utilidad de los particulares– se consigue con egoísmo. Smith hace coordinar estas dos tendencias para relacionar, como lo había hecho Mandeville (1970), los “vicios privados” con las “virtudes públicas”, con la distinción de que para Smith estos “vicios” no son tales, sino que privadamente también son actitudes positivas.

Por lo tanto, con el supuesto central de que ningún individuo puede impedir a otro perseguir su propio interés, el egoísmo no es entonces un elemento de orden y desarrollo estatal, sino individual y positivo. En este último punto, disiente con su maestro Hutcheson al afirmar en su Teoría de los sentimientos morales:

Los hábitos de economía, de industria, de discreción, de cuidado, de aplicación son generalmente considerados como el fruto de motivos egoístas y, sin embargo, se les considera como cualidades loables, que merecen la estima y la aprobación de todos. La negligencia, la prodigalidad y el desorden se reprueban unánimemente, no porque impliquen una falta de altruismo, sino una falta de atención del individuo en lo que respecta a la consideración de sus propios intereses.

Hutcheson influye en el liberalismo de Smith en un sentido general, pero no en la creencia de que los beneficios económicos del egoísmo pueden reportar un beneficio a toda la sociedad; en realidad, el maestro piensa que solo la benevolencia puede ser virtuosa, y nunca el egoísmo. Por lo tanto, debemos tal vez solo a Smith la evolución de la idea de egoísmo como virtuosa.

El individuo para Smith va a ser concebido como una criatura dirigida por pasiones, pero al mismo tiempo autocontrolado por su capacidad de razonamiento y misericordia. Esta capacidad que poseen los individuos es lo que les va a permitir tanto crear instituciones, como hacer que la lucha de unos contra otros no sea a muerte e incluso termine orientándose a la producción de bienes comunes. Así vamos a ver aparecer por primera vez en Teoría de los sentimientos morales la famosa frase que luego Smith repetirá en La riqueza de las naciones: “Liderado por una mano invisible, […] sin saberlo, sin intentarlo, avanza el interés de la sociedad”.

Si Teoría de los sentimientos morales puede ser considerado una síntesis de todo lo que a Smith le aportó el ambiente intelectual escocés, será en su posterior viaje al continente donde adquirirá los elementos que le faltan para transformarse en el padre de la economía clásica. Smith renuncia a la Universidad de Glasgow en 1763, para convertirse en el tutor del joven duque de Buccleuch en la realización, a la usanza de la época, de un viaje de estudios. Smith va a permanecer casi dos años en el continente, principalmente en Francia, donde será introducido, gracias a los oficios de Hume –entonces secretario de la Embajada británica–, en los salones de la Ilustración francesa. Ahí conocerá a los fisiócratas y frecuentará a François Quesnay. Otro de sus encuentros importantes en ese período se dará en Génova, donde visitará a Voltaire. Durante su estadía en Francia, comenzará a escribir los primeros borradores de lo que luego será Acerca de la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones. Sin embargo, Dobb (1985) considera que no existe “deuda” de Smith con los fisiócratas, sino más bien una elaboración paralela e independiente a partir de un medio ambiente preparado para estas reflexiones. La obra maestra de Smith comenzará a ser redactada en Toulouse en 1763 y recién estará terminada trece años después. La redacción final la realizará entre Kircaldy, su pueblo natal, y Londres, donde vivirá intermitentemente entre 1767 y 1776.

La relación entre Teoría de los sentimientos morales y La riqueza de las naciones

Riqueza de las naciones es conceptualmente una continuación de su obra anterior. Ahora la lucha, que antes aparecía en términos individuales (“el ser interior” o “espectador imparcial”), se despliega en el campo de la historia, entendida esta tanto en términos generales –grandes etapas y períodos–, como en la contemporaneidad del propio Smith. Esto lo podemos ver con claridad en el libro V de La riqueza de las naciones, donde Smith procede a periodizar los estadios de organización de la sociedad en “el original estado primitivo y rudo de los cazadores”, el “segundo estado de la agricultura nómade”, el tercero, “o feudal”, y el estado final de la interdependencia comercial.

Es interesante observar en Smith una concepción de la historia y sus instituciones muy parecida a la que luego desplegará Marx. Así, a cada estadio le corresponderá un conjunto de instituciones que le son funcionales: en el estado primitivo y rudo, debido a la escasez de propiedad, no hay casi necesidad de administración de justicia, y, por lo tanto, de magistrados. Luego, con la existencia de manadas, sí son necesarias formas más complejas de organización social, y particularmente la centralidad de la propiedad privada y los custodios de “la ley y el orden”. En una concepción “casi marxista”, Smith ve la génesis y necesidad de estas instituciones en la protección del privilegio, más que justificadas por la ley natural. Así escribe: “El gobierno civil, tan pronto como es instituido para la seguridad de la propiedad, está en realidad instituido en defensa del rico contra el pobre, o de todos los que tienen propiedad contra quienes no la tienen.”

Smith plantea que el paso del feudalismo a la sociedad mercantil va a requerir de nuevas instituciones regidas por la lógica del mercado más que por la de los gremios –como en el Medioevo–.

Si en el planteo del párrafo anterior destacamos la similitud entre Smith y Marx, es interesante también remarcar su diferencia: para Marx, el motor de la historia será la lucha de clases, mientras que, para Smith, se tratará de la naturaleza humana dirigida por el deseo de mejora individual y guiada por la razón.

En Smith se refleja uno de los debates más antiguos de la humanidad. ¿Qué es lo que permite que existan comunidades sanas y prósperas? El ser humano ¿es naturalmente gregario? ¿Es un ser social por naturaleza? Entonces, ¿las comunidades son per se, o, por el contrario, los seres humanos se juntan a partir de intereses individuales? De hecho, se trata de una discusión inaugurada en el mundo griego a partir de Platón y Aristóteles, luego continuada en el planteo contractualista moderno desde Hobbes.

No es casual que el contractualismo aparezca en la Inglaterra anterior a Adam Smith. Esta cosmovisión, explícitamente en Hobbes y un poco más implícitamente en Locke, plantea que no hay motivos para que los hombres vivan en comunidad si no hay intereses individuales –egoístas– que los obliguen a hacerlo. Y el eje de esos intereses pasa por la división del trabajo. En síntesis, a un individuo le conviene vivir en comunidad porque aparentemente puede obtener más bienestar dedicándose a una sola actividad, la que mejor sabe realizar, y esperando que los demás hagan el resto, que actuar como un “Robinson Crusoe” teniendo que hacer todo por sí mismo.

Vemos entonces que el problema no es “la soledad del hombre”, ni el carácter ontológico de si es gregario o no, sino un problema de eficiencia e interés individual: si al ser humano “le conviene” o no estar con los demás. Detrás de este planteo, se encuentran las premisas básicas del pensamiento liberal. En este punto vamos a introducir a un autor considerado por muchos como el gran antecedente de Adam Smith, a pesar de que el propio escocés sostuviera que su planteo ético no tenía nada que ver con él: se trata del barón de Mandeville.

Mandeville escribe en el cambio de siglo, fin del xvii y comienzos del xviii, en medio de una violentísima mutación política, social y económica en Gran Bretaña. Es lo que muchos historiadores llamaron la “revolución burguesa” en Inglaterra, una mezcla de guerras de religión, derrocamiento y ejecución de un monarca, república y restauración, en síntesis, un largo proceso histórico que lleva a que Inglaterra, ya a comienzos del siglo xviii, asuma el régimen político que, con algunas pocas modificaciones, conserva hasta hoy. A partir de allí, estará clara la preeminencia de la burguesía y el comienzo de la decadencia del poder terrateniente.

En medio de este proceso, con Cromwell exactamente en 1651, es cuando alcanza su apogeo el pensamiento mercantilista. La revolución está teñida del final de las luchas religiosas que habían estallado un siglo antes, en las épocas de Enrique VIII. Existe en esos tiempos un sector muy fuerte que sostiene que la lucha política pasa por la reforma moral –lo que se conoce como el puritanismo–. Su lucha los lleva a crear una asociación, la Sociedad para la Reforma de las Costumbres, cuya acción concreta consiste en cerrar las tabernas y los prostíbulos, “limpiando” moralmente la sociedad. Se resume su planteo en que, en una buena sociedad, una comunidad sana que crece y se desarrolla es aquella en la cual impera la virtud pública; los buenos ciudadanos, entonces, son aquellos de cuya virtuosidad se deriva como consecuencia su preocupación por las cuestiones públicas y colectivas.

En ese momento aparece en escena el barón de Mandeville, diciendo algo escandaloso para la época: exactamente lo contrario de los puritanos. La base del pensamiento de Mandeville es “vicios privados hacen virtudes públicas”. La virtud pública nace del vicio privado. El texto que engloba el pensamiento de Mandeville es conocido como La fábula de las abejas. En una colmena, parábola de organización perfecta, cada uno de los miembros se preocupa egoístamente por su propio bienestar, sin que haya nadie que esté pensando en el bienestar colectivo. O sea que no existe quien piense en actuar virtuosamente. Cada uno se concentra en su propio goce, en su propio placer, y exactamente eso es lo que permite la perfección del funcionamiento de la colmena. En cambio, una sociedad en la que sus integrantes, en vez de dedicarse a su propio beneficio, a su propio egoísmo, piensan en el beneficio del conjunto termina teniendo menos bienestar simplemente porque produce menos bienes que una sociedad de egoístas. Este planteo tan descarnado tiene antecedentes: el primero que sostuvo que la esencia de una comunidad no era el ser social, sino la división del trabajo había sido Platón (2005). Luego le siguieron en el pensamiento moderno los contractualistas; Hobbes (1984), en el Leviatán, y Locke (2004), en el Segundo Ensayo del Gobierno Civil.

Pero Mandeville va más a fondo. Porque dice que los seres humanos viven en comunidad porque “les conviene”. ¿Esto significa que, al vivir en comunidad, se ven obligados a ser virtuosos, patriotas, solidarios, a pensar en los demás, a hacer beneficencia? No, en absoluto. Lo que sostiene Mandeville es que se vive en comunidad y se es egoísta en el propio accionar dentro de ella. Más aún, “hay que ser egoísta” para que la sociedad funcione bien.

Mandeville argumenta que la tarea central de un gobierno debe ser promover las manufacturas, las artes, las artesanías, todo lo que el hombre sea capaz de inventar, así como desarrollar la agricultura y la pesca. El aumento de la felicidad de una nación se da desde estas políticas y no desde intentar regular la frugalidad o los deseos de sus habitantes.

Aclaremos que hay una diferencia fuerte entre Smith y Mandeville. Smith considera que el crecimiento económico requiere un acervo de capital para la inversión que proviene del ahorro –y, por lo tanto, de la frugalidad–. En cambio, Mandeville, en lo que después va a ser la tradición económica de Malthus y Keynes, pone el énfasis en el consumo como garante de la demanda efectiva (desde la terminología del análisis económico, en esta visión keynesiana la inversión está “primero”, es función del ingreso y es determinante del ahorro).

Smith tampoco cree que el Estado deba regular la moral, sino que esta depende de la virtud ciudadana, y considera, por lo tanto, como “buena” la frugalidad.

Smith no se hace cargo, entonces, de los planteos más “escandalosos” de Mandeville, pero en el Teoría de los sentimientos morales (1993) dice: “La libre interacción de los individuos no produce el caos sino un modelo metódico que está lógicamente determinado”.

Maurice Dobb (1975) sostiene que existe una afinidad entre Teoría de los sentimientos morales y la Fábula de las Abejas, basada en que ambos se preocupan de explorar la naturaleza humana en relación con la esencia del orden automático burgués. Pero, al mismo tiempo, cita el párrafo en que Smith desecha la fábula porque “parecía hacer desaparecer por completo la diferencia entre el vicio y la virtud” (en Teoría de los sentimientos morales).

Acerquémonos ahora a la esencia del modelo smithiano. Cuando Smith publica su obra magna, ya en Inglaterra se ha producido la generalización de los mercados y se empieza a tallar la industria, aunque todavía no se ha introducido a fondo el maquinismo. Esto resulta claro en el propio ejemplo que Smith utiliza en el capítulo I de La riqueza de las naciones, de corte claramente manufacturero. Pero sí es una Inglaterra que ya tenía una revolución burguesa detrás, además del acervo teórico de Hobbes, Locke y Mandeville.

No obstante, Smith prefiere citar a los fisiócratas, particularmente Quesnay, con su célebre “laissez faire, laissez passer”. Quesnay había escrito un pequeño material, el Tableau Economique, donde le daba forma al discurso fisiocrático de la sociedad como un orden natural: médico de profesión, piensa la economía como la anatomía del cuerpo humano, con el fluir de la sangre por venas y arterias, haciendo un paralelo con bienes y dinero, donde de un lado se produce y del otro se consume. El consumo, al pagar, genera el reciclaje para la nueva producción. Pero no es un círculo que se reproduce siempre en la misma dimensión. Cada ciclo deja algo más de producción por sobre el consumo: el excedente. Quesnay, y los fisiócratas en general, sostienen que ese excedente solo puede ser producido por la actividad agrícola –y ese es su punto débil–. Smith rápidamente repudia esto y se centra en el carácter productivo de toda actividad. Pero donde efectivamente hay coincidencia total entre los fisiócratas y Smith es en la afirmación de que la economía “funciona sola” siguiendo un orden natural, y, por lo tanto, la intervención estatal en los mercados produce, salvo las excepciones luego mencionadas por nuestro autor, más ineficiencias que soluciones.

La riqueza de las naciones

El objeto de La riqueza de las naciones es, justamente, la riqueza, y no el equilibrio. Decir esto puede parecer una perogrullada, pero es central para alejar todas las lecturas “neoclásicas” del texto. Smith habla sobre crecimiento y productividad. Y los debates sobre este eje tienen preeminencia en todo el texto por sobre las operaciones de intercambio de mercado.

Para Smith se trata de desarrollar una teoría de la producción. Por eso propone que comencemos preguntándonos de qué depende la provisión de bienes y servicios en un periodo determinado (anualmente, por ejemplo). Observemos que Smith, cuando habla de riqueza, se refiere a “la nueva riqueza creada en un periodo” –lo que llamaríamos modernamente una variable “flujo” y no al acervo de riqueza existente –variable stock–.

Smith responde inequívocamente cuando dice que la riqueza depende “del trabajo anual de cada nación”. Y avanza sosteniendo que la cantidad de esa producción anual estará regulada por dos cuestiones: primero, “la habilidad y juicio con que esa fuerza de trabajo es generalmente empleada”, y segundo, “la proporción entre el número de aquellos que están empleados en actividades útiles y aquellos que no”.

La primera de estas cuestiones nos introduce en el tema de la división del trabajo, que es como Smith comienza su libro. La segunda, en las discusiones del libro II sobre trabajo productivo e improductivo.

La división del trabajo

Ingresemos entonces al capítulo I de La riqueza de las naciones. Acá está todo el planteo de la importancia de la división del trabajo. Se puede estar de acuerdo o no con el modelo de ser humano que se desprende, pero hay un hecho incontrastable: para Smith una sociedad en la que hay división del trabajo es una sociedad que produce más y mejores bienes que otra en la que no existe tal división. Esta es la afirmación central del capítulo.

Observemos cómo empieza el texto. El libro se titula Investigación acerca de la naturaleza y causa de las riquezas de las naciones. ¿Dónde está esa “causa” de la riqueza? No en el oro, como dicen los mercantilistas; no en el excedente agrícola, como sostienen los fisiócratas. Entonces, ¿dónde?

Respuesta de Smith: “La máxima mejora de las fuerzas productivas del trabajo y la mayor parte de la habilidad, destreza y discernimiento, con los que se dirige y apliquen en cualquier parte, parece ser los efectos de la división del trabajo”. Está, de entrada, planteando su hipótesis: donde hay división del trabajo, hay mejora de la destreza y, por lo tanto, más riqueza. Y en ese primer capítulo, hace un paralelo entre dos situaciones. La primera, que podríamos llamar “de la división técnica del trabajo”, con la archiconocida anécdota de la fábrica de alfileres: si una persona tiene que hacer todo el trabajo, va a producir menos alfileres que si se divide la tarea por partes entre varios. Y Smith da tres motivos por los que la división del trabajo aumenta la productividad: incremento de la destreza por la especialización, reducción de tiempos muertos al no tener que pasar de una tarea a otra, y creación de nuevas máquinas producto del esfuerzo concentrado hacia la especialización. Al mismo tiempo, sostiene que todo trabajo es productivo si puede acrecentar la división del trabajo. Y señala que la mayor productividad de la industria por sobre la agricultura tiene que ver con la mayor posibilidad de parcelar el trabajo industrial por sobre el agrario. Vemos entonces que se trata de una división del trabajo siempre creciente, solo limitada, como veremos, por el alcance de la extensión de los mercados.

El ejemplo de la división técnica del trabajo está dado para ir al otro eje, que es el que realmente le importa a Smith, el de la división social del trabajo. Porque en una comunidad, esta va a ser más rica, produciendo más y mejores bienes, si cada uno se especializa en la producción de algo. El cómo se decide la especialización de cada participante es algo en lo que no se detiene a fondo Smith: la “destreza y habilidad”, al parecer innata u obtenida por la educación, parecería ser la respuesta. No es el eje de Smith reflexionar acerca de cómo se decide quién es “carnicero” y quién “panadero”. Lo que es obvio es que es mejor que haya en una sociedad carniceros y panaderos especializados, antes de que cada uno de los individuos tenga que hacer las dos cosas.

Un zapatero hará mejores zapatos de los que puede hacer cada uno de los restantes miembros de esa comunidad, los “no zapateros”. ¿Por qué? Smith da tres causas. La primera nos remite a la mejora de la destreza de cada trabajador. Si se reduce la ocupación de cada hombre a una operación simple únicamente, y se hace de esta operación el empleo de su vida, se incrementará necesariamente la habilidad del trabajador. Y acá vale una pequeña digresión. Estamos hablando de la división social del trabajo. Evidentemente, una pequeña comunidad donde hay una persona que ahora es zapatero puede ser pensada como aquella en la que el común de sus miembros se desarrolla más o menos armónicamente. Pero tenemos que poner una alerta, porque Smith está diciendo esto no solo para la división social del trabajo, sino también para la técnica. Y en esta última se nos genera aquel problema que luego verá Marx (1968) en los Manuscritos de 1844, cuando introduzca el concepto de “enajenación”. ¿Qué modelo de ser humano se construye a partir de un trabajador que desconoce la totalidad de su proceso de trabajo, que toda su vida es “cortar un alambre”, cuya especialización no es “ser zapatero”, sino repetir infinitamente una acción sobre un alambre para un proceso que desconoce y no controla?

Pero retornemos al hilo central. La segunda causa de por qué se incrementa la riqueza con la división del trabajo es el ahorro del tiempo que se tarda en pasar de una tarea a la otra. En esto Smith va a ser terrible, en el sentido de su lucidez. Es el antecesor de quien lo va a llevar verdaderamente a la práctica en la industria: John F. Taylor. El taylorismo llevará a fondo esta concepción, apenas esbozada por Smith, de que el trabajador debe ser “exprimido” para que no le quede “tiempo muerto” en su jornada de trabajo. Smith lo plantea claramente cuando sostiene que la actividad agrícola es menos productiva que la industrial, debido a que posee un montón de espacios libres entre tarea y tarea, donde no hay nada que hacer, salvo esperar. En la actividad industrial, en cambio, se puede poner en marcha una máquina infernal donde todo el mundo esté trabajando ininterrumpidamente toda la jornada. Aclaramos que el concepto de “tiempo muerto” y su importancia para las posteriores definiciones de taylorismo y fordismo las tomamos de Coriat (1997).

Analicemos finalmente la tercera causa de la mayor productividad generada por la división del trabajo: se da porque genera el mejoramiento, la invención de máquinas. Podemos dudar fuertemente de lo que las contribuciones de los trabajadores aportaron a la creación de las maquinas. Pero sí debemos reconocer que la separación del proceso de trabajo en operaciones simples es el preludio a la invención de máquinas que realicen esas operaciones (o bien reemplazando fuerza de trabajo humana, o bien permitiéndole a esta tener más fuerza –caballos de fuerza– o velocidad). Esto va a dar lugar a otra discusión, que es la que introducirán los japoneses a mitad del siglo xx: dado que toda la lógica productiva occidental, taylorista y fordista, está montada sobre la división del trabajo, si se logra demostrar que se puede obtener más productividad a partir de la polifuncionalidad antes que de la especialización, todo el andamiaje de la organización productiva occidental se derrumba. Todos los debates sobre el “posfordismo” o “toyotismo” arrancan de esto, como explica Coriat (1995).

Entonces, de la lectura de todo el capítulo I, surgen algunas conclusiones. La objeción de Marx es fuerte, pero se refiere más a un debate antropológico acerca del resultado de la división del trabajo sobre el obrero industrial que a un debate sobre productividad. El debate japonés también es vigoroso, pero solo aparece en los últimos cuarenta años. Se puede aseverar que, para todo el pensamiento de la economía política y también de las teorías de la administración y la organización industrial, hay un acuerdo muy fuerte con Smith en que el valor de la división del trabajo radica en su capacidad de incrementar la productividad.

Pero lo más importante es el paso de la división técnica del trabajo, de la que hablamos hasta ahora, a la división social. En esta última, el incremento de productividad y de riqueza depende de la especialización de cada uno de los miembros de la comunidad en lo que mejor sabe hacer. Así, uno será zapatero, el otro carnicero, etcétera.

Acá debemos remarcar la diferencia entre esta división del trabajo y la separación por jerarquías o estamentos de la Edad Media. Smith es claramente moderno e igualitario en esto. Las diferencias surgen, según expresa en el capítulo II, por hábito, costumbre o educación, y no “por naturaleza”, como habría señalado Aristóteles.

Es interesante remarcar que Smith cree que todo trabajo puede ser productivo, sin importar su origen industrial o agrícola. Aquí se diferencia, y completa, el planteo fisiocrático: el trabajo productivo es todo aquel que crea excedente. Y la capacidad de hacerlo, la mayor productividad del trabajo, depende de la posibilidad de una división del trabajo siempre creciente. Y ahí es donde Smith va a sostener que normalmente la industria es más productiva que la actividad agrícola, porque en esta última la naturaleza de las tareas no permite una subdivisión del trabajo tan profunda. Sin embargo, Smith acota que normalmente, en las naciones más opulentas, también la agricultura es más productiva en comparación con la de otras naciones. Evidentemente, Smith es consciente de la revolución agrícola que ya está en pleno desarrollo en su tiempo. Aunque en él y, más claramente, en Ricardo (1985) ocupan un lugar relevante los rendimientos decrecientes del suelo, Smith va a sostener en el capítulo iii que lo que le pone un límite a la división del trabajo es la extensión de los mercados.

El mercado

El segundo capítulo de La riqueza de las naciones nos introduce en otro debate, más profundo y que será el fundamental para diseñar toda la doctrina del libre mercado. Aparentemente se trataría, si seguimos estrictamente los interrogantes del texto, de un desarrollo sobre los orígenes de esa división del trabajo. Pero el planteo es mucho más rico. Es obvio, desde el capítulo previo, que, si en una comunidad se produjo algún grado de especialización, la suma total de bienes será mayor que si esa misma sociedad no hubiera producido esa división del trabajo.

Pero, a partir de que cada uno se especializó en algo, nace un nuevo problema, ¿Cómo se “junta” todo de vuelta? Porque ahora el zapatero tiene muchos zapatos, y probablemente de buena calidad, pero solo necesita un par, o a lo sumo dos. Y al mismo tiempo no posee ninguno de los otros bienes que necesita para su vida cotidiana. Y lo mismo les sucede a los prestadores de cada una de las otras profesiones. ¿Cómo volver a reunir todos los bienes producidos “separadamente” a partir de que existe división del trabajo? La respuesta a esta pregunta es el centro del pensamiento liberal. Si ahora articulamos a Mandeville y el “orden natural” fisiocrático, tenemos la respuesta de Smith: por el mecanismo de mercado. Este es el centro del desarrollo del capítulo II.

Es evidente que el mercado es una de las formas de resolver el dilema de la particularización creado por la división del trabajo. Pero no es eso solamente lo que sostiene el discurso liberal. Lo que va a responder Smith es que ese mecanismo es el único. Ahora bien, cualquier estudio de antropología económica cuestiona esto como una simplificación. Es sumamente recomendable al respecto la respuesta de Karl Polanyi (1992).

Toda sociedad medianamente avanzada tiene alguna división del trabajo, pero el mercado como mecanismo de redistribución es apenas una de las formas de organización social posibles. Contrapongámosla a otro mecanismo, el de la centralización económica. Demos dos ejemplos, uno técnico y uno social. Imaginemos una sociedad donde hay división del trabajo, pero todos vuelcan esos bienes a un centro, que planificadamente redistribuye (sin entrar en el debate sobre el carácter autoritario o democrático de esa redistribución). Es obvio que ha habido múltiples sociedades anteriores al capitalismo que han funcionado con esta lógica, por ejemplo, el Antiguo Egipto, o varias dinastías del Imperio chino. También podemos pensar que el redistribuidor sea el de una sociedad socialista como el que plantea Marx. Vayamos ahora al ejemplo técnico: en una empresa donde hay especialización y secciones productivas, la sección A realiza un producto intermedio. ¿Luego lo “vende” a la sección B? ¿Y esta a su vez a la C? Es evidente que así no funciona ninguna empresa: existe un centro de producción que planifica el conjunto del proceso (la no existencia de ese centro planificador es posible si las “secciones” quedan fuera de la empresa, asumiendo el carácter de empresas independientes, en el mecanismo conocido como outsourcing).

Es evidente, entonces, que el mercado no es la única forma de redistribución. Pero la clave del capítulo II de Smith es afirmar que sí lo es. Leamos su justificación con cuidado:

Esta división del trabajo, de la que se derivan tantas ventajas, no es originariamente efecto de sabiduría alguna que prevea se ponga a alcanzar sabiduría en general. No es un producto de la sabiduría, es la consecuencia necesaria aunque muy lenta y gradual, de cierta propensión existente en la naturaleza humana, la propensión a trocar y a dar una cosa por otra.

Entonces, para Smith, el ser humano tiene una propensión natural al intercambio. Ante el interrogante acerca de su origen, nuestro autor señala: “Parece más probable [no se anima a afirmarlo con énfasis] que es la consecuencia necesaria de las facultades de la razón y el habla”.

Es fundamental detenerse ante esto. Smith está sosteniendo que el ser humano tiene una propensión natural a comerciar y que esto es una consecuencia directa a aquello que hace al individuo en su esencialidad: la razón y el lenguaje. Y esto es exactamente lo que diferencia a los hombres de los animales. Sigue la frase:

Nadie ha visto jamás a un perro cambiar con otro equitativa y deliberadamente un hueso con otro, nadie ha visto jamás a un animal significar a otro mediante gestos y gritos, esto es mío esto es tuyo, estoy dispuesto a dar esto a cambio de aquello.

Es impresionante. Si el comerciar –el trueque, la compra y la venta– cumple una función tan esencial en determinar lo más profundo y primario del ser humano –podríamos decir que, para Smith, se trataría de un derecho humano universal–, entonces, como consecuencia, todo aquel que impida su libre desarrollo –llámese “Estado”, “sindicato” o “monopolio”– está cometiendo una violación de lesa humanidad. Un Estado intervencionista en lo económico sería, para esta concepción, un violador de los derechos humanos.

Y no creemos estar exagerando. Uno de los autores más reaccionarios, y a la vez más representativos del marginalismo, más específicamente de la llamada “escuela austríaca”, Friedrich Hayek, también conocido por sus aportes a la teoría política neoconservadora, defendía hace unos años atrás la dictadura de Pinochet en Chile con el razonamiento de que ese régimen no podía ser acusado de violar los derechos humanos, sino que, por el contrario, debía ser elogiado por restaurar –frente al “intervencionismo” del gobierno anterior de Salvador Allende–, el derecho humano fundamental: el del libre comercio. E incluso sostenía la preeminencia de este derecho por sobre el resto de los derechos políticos y civiles, entre ellos el derecho a la vida.

Es evidente que no podemos echarle la culpa a Smith por este abuso de interpretación de Hayek, pero evidentemente los párrafos iniciales del capítulo II de La riqueza de las naciones dan pie a este tipo de conclusiones. Porque, si en la naturaleza humana está el intercambio, si se trata de un derecho humano fundamental –aunque la expresión que aquí tenemos no es “derecho humano”–, y si eso diferencia el ser humano del resto de los animales, tenemos casi armada la respuesta de cuál es el único –o, por lo menos, el mecanismo privilegiado– para redistribuir esa mayor riqueza generada por la división del trabajo.

Sigamos a Smith: “Un perro puede alagar a su amo” y obtener de él su alimento. Pero eso no está planteado como posible para el ser humano en la sociedad civilizada –léase, con división del trabajo–, donde este necesita constantemente la cooperación y ayuda de muchos, pero en su vida solo puede garantizarse la amistad de unos pocos. Porque lo que puede obtener de amos a los que alaga, o amigos que le dan beneficencia, será solo unos pocos bienes, que será lo que ellos producen según su lugar en la división del trabajo, pero no los cientos de productos que se requieren para vivir en una sociedad con cierto grado de complejidad. Y acá tenemos la conexión de Smith con Mandeville: el ser humano necesita casi constantemente de bienes que producen –y, por lo tanto, poseen– sus semejantes:

es en vano, que (los) espere de la benevolencia de estos únicamente, es más factible que tenga éxito si puede atraer a su favor el interés de ellos, y demostrar que si hacen lo que les pide será para su propio adelantamiento. “Dame lo que quiero y tendrás esto que quieres”, y así es como obtenemos uno de otros, la gran mayoría de los buenos oficios que necesitamos.

Y la frase que sintetiza con más claridad esto:

[…] no esperamos nuestra cena de la benevolencia del carnicero, del panadero o del cervecero, sino de su preocupación por su ser propio, no nos dirigimos a su humanidad sino a su interés, ni les hablamos de nuestras propias necesidades sino de las ventajas que pueden obtener.

Acá tenemos entonces cómo se resuelve el problema creado por la división del trabajo, “de la cual se derivan tantos beneficios”, como decía Smith. Si cada uno se dedica egoístamente a hacer aquello que mejor puede hacer, y después lo vende para comprar todos los demás bienes, y si, a la vez, todos hacen lo mismo, “como por una mano invisible” la sociedad alcanza los mayores beneficios.

Bladen (1974) sostiene que en realidad el planteo de Smith no es que el mercado permite alcanzar la óptima asignación de los recursos. Esta sería una lectura posterior, “neoclásica”, de Smith. Pero Smith no es un doctrinario; se basa fuertemente, como hemos visto, en la tradición del empirismo inglés. Bladen opina que podemos acotar el planteo a que Smith argumenta que, en general, el mercado es simplemente un mejor asignador de los recursos que el Estado. Acordando con este planteo, F. H. Knight, citado por Bladen (1974), sostiene: “El argumento de los economistas clásicos a favor de la libertad es instrumental…en base a que el individuo es mejor juez que los oficiales gubernamentales con respecto a los medios para alcanzar su felicidad”.

Adam Smith reconoce que el mercado no funciona a la perfección, debido a la existencia de privilegios corporativos, o elementos de monopolio. Y sostiene que se debe hacer política pública para reducirlos. Una gran diferencia con el pensamiento económico abierto a partir de 1870 es que Smith nunca toma como “dado” un mercado que funciona en forma perfecta, sino simplemente busca un mercado que funcione “mejor” como un objetivo a lograr. Pero todos los elementos que después los neoclásicos modelizarán de lo que debe ser un mercado de “competencia perfecta” están ya estudiados en Smith, con la excepción de la “información exacta”.

Es fundamental entender el porqué profundo de las conductas en juego. El zapatero hace los mejores zapatos que puede y en la mayor cantidad posible, no porque quiera ser un “ciudadano virtuoso”. Trabaja porque, cuantos más zapatos produzca y cuanto mejores estos sean, más va a poder obtener de los demás cuando los venda. Si todos hacen lo mismo, entonces se concentra la máxima producción posible, que luego el mercado redistribuye entre los productores.

Ahora bien, en cuanto hay alguno que sale del “vicio privado” de solo procurarse su propio beneficio, para dedicarse a los demás, llámese interés político en el bien común, o preocupación por hacer beneficencia, lo que sucede realmente es que está dejando de producir –porque dedica un tiempo a “ayudar” a otros, y ese tiempo es estéril, tiempo muerto en la producción–, y de esa forma está bajando la masa total de bienes que pueden existir. O sea que está impidiendo a su comunidad llegar al óptimo social de producción. Es una lógica terrible e implacable.

El supuesto es el ser humano “racional”, por lo que Adam Smith es antecesor de los utilitaristas del siglo xix, que van a desarrollar esto con más fuerza. Jeremy Bentham, por ejemplo, va a afirmar ya en el siglo xix que el hombre racional es una máquina de placer, donde la conducta racional es justamente maximizar el goce y minimizar el dolor. Todo el utilitarismo desarrollará posteriormente su pensamiento en esta dirección. Cada individuo es egoísta, y, en cuanto tal, su conducta racional debe seguir este modelo de maximizaciones de lo que siente como positivo y minimizaciones de lo negativo.

Y entonces, en términos materiales, lo central para el individuo será encontrar esa actividad en la que puede ser más productivo y dedicar su vida a producir lo máximo en ella. Así podrá intercambiar su producto por la mayor cantidad de bienes, para obtener de ellos el máximo de placer posible. Cualquier otra actividad, cualquier otra acción hace que esa sociedad ya no esté en el óptimo social, sino que en un renglón de satisfacción más bajo. Y en esto, Smith introduce en la economía la afirmación moral de Mandeville, cuando este, contra todas las afirmaciones éticas y políticas de su tiempo, afirma que no es cierto que Inglaterra iba a ser mejor si los ciudadanos ingleses se transformaban en más virtuosos. De hecho, sostiene Mandeville con una lucidez increíble, lo único que lograrían medidas como cerrar las tabernas y casas de prostitución sería la quiebra de los productores de cerveza, aunque hay que aclarar que este último eje, de que el vicio y el consumo crean “demanda efectiva”, no hizo mella en Smith, pero sí en Malthus y, posteriormente, en Keynes.

Pero quedémonos con el centro del planteo de Mandeville: los individuos son libres de ir a la taberna a emborracharse si lo desean, porque los vicios privados van a construir las virtudes públicas. Para ir a gastar su dinero en cerveza, primero tendrán que conseguirlo produciendo, y ello promoverá la existencia de mayores bienes para todos. Smith retoma este principio de conducta, pero lo da vuelta, introduciendo la división del trabajo, de manera que obtiene así un esquema doctrinario completo con eje en el libre mercado.

Pero veamos las diferencias que Smith plantea entre Teoría de los sentimientos morales y La riqueza de las naciones. En la primera, el elemento disciplinante de los extremos del egoísmo individual nos remitía al “ser interior”. En La riqueza de las naciones, el límite es colocado por un mecanismo institucional: la competencia. Aquí las pasiones del hombre por mejorar su situación, un deseo que viene con nosotros desde la cuna, y nos acompañara hasta la tumba”, son redireccionadas hacia el beneficio de la comunidad por la acción de cada hombre al dirigir sus deseos de adelantar en la vida “contra” los otros, lo que provoca, con la tensión de todos en ese sentido, el funcionamiento de la mano invisible. Así, los precios se moverán hacia sus niveles naturales (como veremos más abajo), y lo mismo sucederá con los salarios, las rentas y las ganancias.

Sobre los elementos que disciplinan la conducta del individuo en una sociedad donde se han generalizado los mercados, podemos trabajar muchas aristas. Tenemos a Max Weber (1984), quien va a sostener que hay un principio ordenador, “extraeconómico”, que no tiene que ver con la “máquina de placer” utilitarista –la ética protestante, con la teoría de la predestinación calvinista–, que hace producir, ahorrar y acumular y “ubica” a cada uno en una profesión, permitiendo el funcionamiento tanto de la división del trabajo como del mercado.

Queda evidentemente mucho por debatir. Pero lo que es claro es que Adam Smith, tomando a Mandeville, a Hobbes y a Locke, sostiene que el “cemento social” es el mercado. Y para que este funcione, nadie debe interferir en su delicado mecanismo de relojería. Y en este “nadie”, todos podemos imaginarnos el fantasma del Estado, de la intervención económica sobre la oferta y la demanda. Acá es donde Smith, en la discusión entre los mercantilistas y los fisiócratas, se ubica claramente del lado de los fisiócratas. En el comercio ganan todos: esta es la afirmación principal que nuestro autor toma de la fisiocracia. Smith no es fisiócrata en muchísimos aspectos, pero toma de ellos el orden natural y la no intervención del Estado. Smith toma también del acervo común de fisiócratas y mercantilistas la concepción moral de Mandeville: el comerciante, el industrial, el burgués son buenos ciudadanos y, por lo tanto, “virtuosos”, no porque se conviertan en virtuosos en sus conductas privadas, sino que son virtuosos públicos en su pecaminosidad.

Y acá se ha producido un corte ideológico importante. Es que el liberalismo político –llegando hasta Rousseau, inclusive– estaba pensando en un mundo donde la virtuosidad ciudadana se da o bien contra la propiedad privada, o al menos a pesar de la propiedad privada; donde la sociedad probablemente necesite de los mercaderes, pero el mundo de los mercaderes, del consumo, es un mundo gris, puesto por fuera, casi escondido del centro de la historia, necesario como las funciones fisiológicas, pero de donde no se espera virtud. En cambio, ahora Smith da coherencia a un discurso donde lo más importante es el mercado. Donde la compra y la venta pasan a estar en primer lugar, hasta el extremo de que, en las sociedades del siglo xix y xx, van a ser consideradas el eje de la legitimación política.

Todo esto sería absolutamente horroroso en la cabeza de un Rousseau. Pero desde Smith este es el modelo del programa político de las sociedades prósperas. Este es el programa político que da sustento material al principio de ciudadanía de “libertad, igualdad y fraternidad” de los franceses de 1789. Y podríamos reflexionar acerca de que, si el liberalismo político hace equilibrio entre una u otra forma, entre uno u otro modelo económico, entre una forma de resolver las condiciones materiales de existencia, entre un principio más nivelador u otro donde el eje esté en el mercado, claramente a partir de Smith la discusión se termina. Las revoluciones burguesas del siglo xix van a ser, claramente, revoluciones por la libertad económica. En 1789 la revolución podía cambiar el calendario, invocar a la Diosa Razón, o traer los restos de Rousseau al Panteón. En cambio, en 1830, en la segunda serie de revoluciones burguesas europeas, ya está muy claro el eje: empieza a esclarecerse que es una pelea por la conducción de la política económica, por quién se apropia de los beneficios de una economía de mercado.

Pero, para tener completo el esquema ideológico de Smith, tenemos que agregar que no hay mercado si no hay ciudadanos libres y sujetos plenos de derecho. Y en este punto está la coincidencia entre Smith y todos los otros publicistas que llevan adelante la lucha contra el Antiguo Régimen. Para nuestro autor, implica alcanzar la igualdad formal que supone la mercancía, donde todos son iguales, solo diferenciados cuantitativamente por el monto de bienes que poseen.

Por supuesto que esa diferencia cuantitativa, que se transforma progresivamente en cualitativa, no es un tema menor. Pero el haber llegado a la igualdad formal requirió un cambio revolucionario de regímenes políticos. No hay generalización de los mercados con los siervos o con los esclavos, ni con estamentos feudales, ni sin libre tránsito de las mercancías. Por eso la destrucción de la lógica de los estamentos feudales es también el programa de Adam Smith.

Trabajo productivo e improductivo

Proponemos volver ahora al tema que dejamos pendiente en cuanto a de qué dependía la riqueza de una nación. Habíamos señalado que, además de la división del trabajo y su consecución en el mercado, estaba el tema del trabajo productivo e improductivo.

Debemos dirigirnos al capítulo iii del libro ii: “Hay una clase de trabajo que adiciona al valor del sujeto más de lo que toma: hay otro que no tiene tal efecto. El primero, que produce un valor, puede llamarse productivo; el segundo, trabajo improductivo”.

El ejemplo del primero será para Smith el obrero manufacturero, y del segundo, el sirviente. El trabajo del sirviente perece en el momento en que se realiza. No se materializa en nuevas mercancías vendibles en el mercado. Smith deja claro el carácter “técnico” de la palabra “improductivo”, que no significa ninguna mención derogatoria para esas actividades.

Sin embargo, Dobb (1975), siguiendo a Marx, va a señalar que hay una contradicción o, mejor dicho, una “doble definición” de “trabajo productivo” en Smith. Una es la señalada anteriormente, como todo trabajo que produce una mercancía para la venta. Pero existe otra, que es la que Marx va a considerar correcta, referida al trabajo capaz de producir un excedente sobre sus insumos, que sigue la definición fisiócrata.

La teoría del valor

En el pensamiento económico, una vez definido el rol absolutamente central de los mercados, se abre el campo a varios interrogantes, teóricos y prácticos a la vez: ¿cómo funcionan los mercados?; ¿cómo se define el precio de un bien?; ¿qué es lo que determina las fluctuaciones de la oferta y la demanda?

Resulta claro, de la simple comprobación empírica, que las oscilaciones de precios son producto de las variaciones de la oferta y la demanda. Más aún, tampoco es un misterio desentrañar por qué la oferta y la demanda se mueven en determinadas direcciones (sin embargo, deberemos esperar al pensamiento neoclásico, y en especial a Alfred Marshall, para encontrar los análisis más refinados en este campo, que luego dará lugar a la microeconomía).

Pero el “misterio” que los economistas clásicos van a tratar de dilucidar será otro: ¿por qué el precio de un bien “gira” alrededor de un cierto centro?; ¿los bienes llegan con un precio al mercado, y luego este puede fluctuar según las variaciones de oferta y demanda, o bien llegan sin ninguna apreciación previa y todo se determina en el intercambio?

Las respuestas a estas preguntas, donde resuenan las reminiscencias de los viejos debates medievales sobre el “justo precio” y el “precio natural”, darán lugar a un largo y a veces oscuro debate llamado “de la teoría del valor”.

Es muy importante que recorramos los posicionamientos de Smith al respecto, ya que son fundantes de lo que después dirán Ricardo y Marx. Para estos últimos, el tema será central, el parteaguas que define si se comprende o no todo el andamiaje de la economía política. Es evidente que, para Smith, la importancia de la teoría del valor será comparativa menor respecto a sus dos sucesores, como se comprueba simplemente observando su “ubicación física” en La riqueza de las naciones. Pero no deja de tener su importancia, ya que funda todas las discusiones posteriores al respecto, tanto en el campo clásico posterior, como en el marxista e incluso en el neoclásico.

En este punto, las influencias recibidas por Adam Smith del resto de sus antecesores son distintas a las de la escuela fisiocrática francesa. Existen tres autores que se destacan por ello y por haber superado de manera diversa a los mercantilistas: William Petty, Richard Cantillon y James Steuart. Los tres se centran (al igual que los fisiócratas) en la agricultura, dándole una importancia que había sido desestimada por los mercantilistas. La lógica de la mercancía se amplía a la producción agrícola. Así, dice Cantillon (1950): “La tierra es la fuente o la materia donde se saca la riqueza, el trabajo del hombre es la forma que la produce”. Y Petty afirma (2019): “El trabajo es el padre y el principio activo de la riqueza, como las tierras son su madre”.

Pero la agricultura no es la única actividad rentable, como lo considera Quesnay, sino que la industria y el comercio son considerados más rentables; señala Petty: “Hay una mayor ganancia en la manufactura que en la agricultura y en el comercio que en la manufactura”.

Con base en estos antecedentes, Smith en La riqueza de las naciones planteará: “El trabajo anual de cada nación es el fondo que originalmente provee con todas las necesidades y conveniencias de la vida que se consumen anualmente”.

Como vamos a ver luego, hay un concepto, que el trabajo humano (de hecho, su costo, aunque veremos que en dos definiciones distintas) es el eje básico para entender la economía en cuanto discusión sobre el origen de la riqueza. En cambio, en la discusión neoclásica la economía muta de definición, y su eje pasa a ser la asignación racional de recursos escasos “dados”, y lo central es el costo alternativo de oportunidad.

De hecho, el concepto del hombre (en este caso sí reafirmado en masculino) que obtiene sus bienes de la naturaleza a partir del trabajo es de los más antiguos de la humanidad. Así, la Biblia dice: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Y un sermón de Latimer, citado por Johnson (2012), afirma: “Dios envía alimentos al cuerpo y al espíritu, pero no sin trabajo”. Más acá en el tiempo, podemos citar a Thomas Mun (1978), mercantilista, diciendo: “La pesca en las costas de su Majestad en Inglaterra, Escocia e Irlanda es nuestra riqueza natural, y no nos cuesta nada sino trabajo”. Por lo tanto, Smith no está inventando un concepto nuevo, sino trayendo al análisis económico un término familiar.

La discusión sobre la teoría del valor debe ser dividida en dos partes. Una, en la cual están pensando sin duda los clásicos, Smith entre ellos, remite al origen de la riqueza. La otra, a la determinación de los precios en el mercado. Es evidente que, en Smith y Ricardo (no así en Marx, que lo diferencia claramente), hay a veces alguna “confusión” entre estos dos planteos. Pero, si los leemos con cuidado, y siempre teniendo en mente estas dos avenidas, creemos que la discusión se aclara bastante. Tenemos entonces la discusión más “general”, referida a los recursos (u origen) de la riqueza, y la más restringida (podemos llamarla “teoría del valor propiamente dicha”), que se refiere a la determinación de los precios y la distribución del ingreso.

Cuando leemos La riqueza de las naciones, debemos ser cuidadosos, ya que Smith utiliza indistintamente el término “valor” en diferentes sentidos. A veces sostiene que “valor” es “la dificultad y pena que cuesta adquirir algo”. O sea, lo que hay que ceder. Otras veces, habla en términos de lo que nosotros entendemos por el concepto más moderno de “valor de cambio”, o sea, lo que se obtiene a cambio. Posteriormente, Marx salvará esta distinción con los términos “valor de cambio” (manifestación del valor) y “valor” (generado por el trabajo abstracto, entendido como desgaste físico y mental para producir un bien).

Es un hecho que Smith fracasa en medir el “precio real” o valor de los bienes en la primera definición. Gide (1927) dice que Smith sostiene: “El precio real está basado en el trabajo”. Pero existe otra cosa llamada “precio natural”, donde los bienes se valúan conforme a su costo de oportunidad, como bien rescata Gide (1927). E insiste: “No creemos que el cambio de nombre sea de gran importancia”. Permítasenos diferir fuertemente con esta aseveración. Justamente, la discusión acerca de si Smith desarrolla o no una teoría del valor trabajo arranca de este punto. Este es el debate: o hay una teoría del valor trabajo, que da cuenta de los cambios en la productividad y, por lo tanto, en los flujos de riqueza; o se trata de una teoría de los costos de oportunidad, centrados en la optimización de la asignación de los recursos “dados”.

En el análisis económico, nos hemos acostumbrado a interpretar el término “valor” por ‘valor de cambio’, o sea, la cantidad de mercancías o servicios que cada bien puede obtener a cambio en el mercado. Pero, aun cuando acordemos en esto, todavía tenemos que dar un paso más antes de decir que estamos todos de acuerdo. Porque muchas veces va a aparecer en debate el valor (o precio, podemos decir acá, aunque teniendo cuidado con la terminología) “normal”, de “largo plazo”, de “equilibrio”, “natural”, de “producción” (estamos utilizando las palabras con que distintos autores lo mencionan). En general, en el planteo clásico, incluyendo a Marx, se habla del valor en esta dirección: un valor o precio del cual, en el corto plazo, las mercancías pueden diferir, en general, por las fuerzas de la oferta o la demanda, pero al que finalmente convergerían. Evidentemente, este valor no es un observable (en algunos casos, porque no es definible el propio concepto de largo plazo, y en otros, porque cuando se alcanza ya están operando otros factores de distorsión, y aun en otros porque nunca se alcanza).

El concepto de “valor” nace y puede aplicarse a una economía de trueque. Pero en el capitalismo nos encontramos en una economía monetaria; por lo tanto, el valor se va a materializar en el precio, al que podemos definir como la “expresión monetaria del valor”. Por eso, Smith, aunque ha definido previamente el valor como “el poder de compra de otros bienes”, en el capítulo vii de La riqueza de las naciones procede a discutirlo como el “precio natural” o “de mercado”.

Hay un concepto muy interesante en Smith, que reaparece en Marshall y en Keynes, que es definir que “un hombre […] puede ser rico o pobre de acuerdo a la cantidad de trabajo (i.e. el trabajo de otra gente) que pueda comprar”. No debemos confundir esto con el concepto de “valor” (en Smith a veces se lo confunde, cosa que denuncia Ricardo, aunque a su vez caerá él también en la misma trampa posteriormente). Será lo que luego Ricardo llamará “valor del trabajo”, y Marx, el “valor de cambio de la fuerza de trabajo”, que monetariamente se materializará en el salario. Es muy importante entender la diferencia entre este concepto y el de “valor trabajo” como desgaste o pena del trabajador medido en horas de trabajo.

Podemos sintetizar diciendo que tenemos entonces tres conceptos:

  1. “Valor de cambio”: cuánto se puede comprar de otros bienes.
  2. “Valor o precio real”: la pena o fatiga (el trabajo que hay que ceder).
  3. “Valor del trabajo”: el trabajo que se puede comprar (o sea, la pena o fatiga que se le puede imponer a otro).

Dice Smith:

Para la persona que la posee y no se propone usarla o consumirla por sí misma, sino cambiarla por otras mercancías es igual a la cantidad de trabajo que le permite comprar o de la cual le permite disponer […]. El trabajo es la medida real del valor de cambio de todas las mercancías.

Hechas estas acotaciones terminológicas, podemos pasar al final del capítulo iv de La riqueza de las naciones, en donde Smith nos propone “determinar el valor relativo o de cambio de los bienes”. Aquí se va a recuperar una vieja distinción, que viene de Aristóteles (2005), entre la utilidad que un objeto particular posee –que va a llamar “valor de uso”– y el poder de comprar otros objetos que la posesión de una mercancía contiene en sí –“valor de cambio”–. Y a partir de allí pasa a tratar lo que va a denominar una de las “paradojas” del valor: “Nada es más útil que el agua, pero se puede adquirir por nada…un diamante, por el contrario, no tiene casi valor de uso; pero una gran cantidad de otros bienes pueden frecuentemente ser adquiridos en intercambio con él”.

Esta paradoja va a abrir dos vías de análisis en el pensamiento económico, una de las cuales avanzará y desarrollará la teoría del valor trabajo y la otra derivará hacia la teoría del valor utilidad.

Precisemos el sentido de la “investigación” de Smith en este punto. Se plantea averiguar primero “cuál es la real medida del valor de cambio, o en qué consiste el precio real de todas las mercancías”. Segundo, “cuáles son las diferentes partes que componen ese precio”. Y, tercero, “cuáles son las diferentes circunstancias que hace que a veces las diferentes partes del precio suban y a veces bajen más allá de su tasa natural u ordinaria”. O, lo que es otra forma de decir lo mismo, por qué a veces el precio de mercado no coincide con el precio natural de las mercancías.

Con respecto a la primera pregunta, el interrogante no está en la determinación de cuál es el valor de cambio (cuánto varía una mercancía en relación con otra y viceversa), sino más bien la medida del cambio en el precio real (podemos decir, para más claridad, valor absoluto), medido en tiempo de trabajo. Como estamos hablando no solo de la determinación fija, sino también del cambio, está en juego el concepto de “productividad del trabajo”, que, recordemos, es la base de la riqueza de una nación (medida como flujo de producto). Así, en el capítulo xviii, Smith va a sostener que, con el aumento de la productividad del trabajo, “todas las cosas se convierten gradualmente en más baratas. Ellas se podrán producir con una menor cantidad de trabajo”.

Prestemos atención al uso de la palabra “barato”, que no se refiere aquí al menor precio relativo de un bien con respecto a otro, sino a la menor utilización de tiempo de trabajo en su producción. De la convicción de Smith de que el dinero no es una buena medida del valor, sale el intento de utilizar el valor del trabajo como medida. Señalemos de pasada que, posteriormente, las dificultades objetivas para medir el “valor del trabajo”, en particular debido a las diferencias que pueden surgir en diferentes comarcas, y la creencia de que el trigo es más fácil de conocer y homogéneo en su precio hacen que, de hecho, se tome a este último como una medida sustituta del valor (en cuanto bien-salario). El trigo, además, es considerado una buena medida por su lugar en la “canasta de subsistencia del trabajador” que integra su salario.

Ahora bien, para determinar el valor (precio real) de un bien, Smith nos plantea hacer el recorrido histórico a lo largo de los diferentes estadios en que, recordemos, había dividido la historia de la humanidad. En el “estadio primitivo y rudo” de la comunidad, donde no hay propiedad privada de la tierra ni acumulación del capital, el tiempo de trabajo es la única medida del valor. Esta afirmación, en este estadio, permite amalgamar indistintamente tiempo de trabajo con valor del trabajo, que en este caso coinciden. E incluso con la noción de “costo de oportunidad”. Evidentemente, acá hay una coincidencia entre precio real o valor con valor de cambio. Pero, aun en este ejemplo sencillo, Smith reconoce que se produce una desviación entre tiempo de trabajo y precio, en cuanto el trabajo requerido de una de las partes es más severo que el de la otra, o exige un mayor grado de preparación.

Luego Smith pasa al mundo moderno, en el cual hay acumulación de capital y, lo que es más importante, propietarios de este. Estamos entonces en el mundo de “los empleadores de trabajo” y “los trabajadores empleados”. Citemos a Smith:

El [empleador] podría no tener interés en emplearlos [a los trabajadores] a menos que espere de la venta de su trabajo algo más que lo necesario para reponerle su capital empleado; y podría no tener interés en emplear una cantidad de capital mayor que otra a menos que su ganancia tenga alguna proporción con su capital invertido[…]. Tan pronto como el acervo se ha acumulado en manos de personas determinadas, algunas de ellas lo emplearán, naturalmente, en poner a trabajar a gentes industriosas a quienes proveerán materiales y sustento, para obtener una ganancia por la venta de su obra […]. Por lo tanto el valor que los trabajadores incorporan a los materiales se resuelve, en este caso, en dos partes: una de las cuales paga salarios y la otra las ganancias.

Desde un punto de vista lógico, los dos criterios de medición del valor ya no son equivalentes, por lo que Smith “abandona” el criterio de “trabajo incorporado” por ser “históricamente obsoleto”, y se queda con el de “trabajo adquirido”. El surgimiento del beneficio en el capitalismo hace que el trabajador ya no reciba el equivalente a su trabajo incorporado al producto, sino solo una parte: el salario. La otra parte es reposición de materias primas usadas y beneficios del poseedor de los medios de producción: el capitalista.

Y acá entonces tenemos a un Smith que nos lleva a lo que vamos a llamar “teoría del costo de producción”. Habrá que incluir en el precio natural del bien la remuneración al capital, la ganancia. Vemos entonces que el “valor del trabajo” ya no va a ser igual al producto del tiempo de trabajo, sino un número menor. Citemos de nuevo a Smith:

Cuando el precio de cualquier mercancía es no más ni menos que lo suficiente para pagar la renta del terrateniente, los salarios de los trabajadores y las ganancias del capital empleado […] de acuerdo a sus tasas naturales, la mercancía es entonces vendida por lo que se podría llamar su precio natural […]. El precio real al que una mercancía es vendida es comúnmente llamado su precio de mercado.

Ya tenemos entonces todas las definiciones de Smith. La teoría del valor de nuestro autor se ha transformado en una teoría del costo de producción, o sea que el llamado “precio natural” de un bien se constituye con la suma de las remuneraciones a los factores de la producción (renta más salario más ganancia).

Hasta aquí el análisis de Smith desde “el lado de la oferta”. Smith lo complementa con el lado de la demanda. Para él resulta obvio que el monto o cantidad vendida puede aumentar con una caída en el precio. Smith plantea que, cuando la cantidad de un bien llevado al mercado es menor a la demanda de este, todos aquellos que estarían dispuestos a pagar el precio natural (o sea, la suma de rentas, salarios y ganancias) no pueden proveerse del bien. Algunos estarán dispuestos a pagar más. Y así comenzará una competencia que culminará con un precio de mercado por encima del precio natural. En el caso inverso, cuando la oferta excede a la demanda, el precio de mercado caerá por debajo del precio natural. Entonces, algunas de las partes componentes del precio deberán ser pagadas debajo de su precio natural; si se trata del terrateniente, esto puede llevar a que algunos de ellos retiren su tierra de la producción; si se trata de los trabajadores, algunos de ellos pueden no trabajar a menores salarios; y lo mismo sucede con el capitalista, que puede retirar parte de su stock de capital al no obtener la ganancia esperada. Esto lleva a una contracción de la producción, hasta que la oferta vuelva a igualar la demanda de mercado, con una suba del precio de mercado, que vuelve a su precio natural. “El precio natural […] es, como si fuera el precio central, alrededor del cual los precios de todas las mercancías están gravitando continuamente”.

La definición del precio natural a partir de la suma de las retribuciones a los factores de la producción lleva naturalmente a Smith a tener que determinar cómo se constituyen estas remuneraciones. En Smith, como en todos los clásicos, salarios, rentas y ganancias (o beneficios) se tratan separadamente, como remuneración de distintas clases sociales: los trabajadores, los terratenientes y los empresarios (o capitalistas), respectivamente. Esto será muy distinto a lo que plantean los neoclásicos, que, como veremos en el capítulo respectivo, integran los precios de los factores de la producción dentro de los precios de los productos.

Uno de los elementos nodales del pensamiento clásico es que la distribución del ingreso (como se llama a la proporción que le toca a cada factor del producto) está en alguna medida relacionada con factores históricos, geográficos, demográficos e institucionales (en término de la modelización de la “ciencia económica”, diríamos que son variables “exógenas” al modelo):

Se entiende por salario del trabajo aquella recompensa que se otorga cuando el trabajador es una persona distinta del propietario del capital que emplea al obrero […]. Es posible que se piense que las ganancias del acervo son solo un nombre diferente que se asigna a los salarios de una clase particular de trabajo, el trabajo de vigilancia y dirección. Empero, son enteramente distintas, están regidas por principios perfectamente diferentes y no guardan proporción alguna con la cantidad, dureza o el ingenio de éste pretendido trabajo de vigilancia y dirección.

Con respecto a los salarios, el planteo de Smith es simple:

La demanda de quienes viven de los salarios…aumenta necesariamente con el aumento del ingreso y del capital de cada país, y no puede aumentar sin él […]. Lo que causa un aumento en los salarios de los trabajadores no es la grandeza presente de la riqueza nacional, sino su continuo crecimiento. En consecuencia, no es en las naciones más ricas, sino en las más prósperas, o sea, en las que se están enriqueciendo con más rapidez, que los salarios de los trabajadores son más altos.

Un incremento en la demanda de trabajo (el número de trabajadores a los que se les solicita que trabajen) lleva a un aumento en los salarios (el precio del trabajo). Esto, a la vez, produce un aumento en la población trabajadora (ya que los mejores salarios reducen la mortalidad y aumentan la fertilidad). Así, mientras el crecimiento económico se sostenga, continuará la demanda de trabajo, y los salarios continuarán subiendo, haciendo entonces que la oferta (cantidad de clase trabajadora) responda a la demanda. Allí donde el crecimiento se detenga, llegaremos al estado “triste y melancólico del estancamiento”, en que ya no habrá posibilidad de aumentar los salarios y, por ende, el nivel de vida de la clase trabajadora. Acordamos seguramente con el lector en la “debilidad” de esta explicación, que veremos va a ser modificada por los otros autores clásicos.

Sin embargo, y a pesar de la debilidad analítica e incluso de cierta “ingenuidad” en el planteo, no podemos dejar de reconocer aquí a un Smith plenamente acorde con los planteos iluministas de su época, y con la lucha por la libertad y la igualdad del individuo. Leamos un pasaje, el más emotivo, de su capítulo sobre los salarios:

¿Es el mejoramiento en las condiciones de las clases bajas una ventaja o un inconveniente para la sociedad? La respuesta parece plenamente sencilla a primera vista. Sirvientes, trabajadores y obreros de distinta clase constituyen de lejos la parte más importante de cada gran sociedad política. Pero lo que mejora las circunstancias de gran parte no puede ser nunca considerado como un inconveniente por el todo. Ninguna sociedad puede seguramente florecer y ser feliz si gran parte de sus miembros son pobres y miserables [el destacado es nuestro]. La equidad requiere que quien alimenta, vista y da alojamiento al cuerpo entero del pueblo, debe tener una parte de lo que produce su propio trabajo para estar medianamente bien alimentado, vestido y alojado.

Contrastemos este planteo con lo que pocos años antes había escrito Thomas Mun (1978): “Penuria y deseo hace al pueblo inteligente e industrioso”. O Arthur Young en Eastern Tour en 1771, citado por Furniss (1957): “Hasta un idiota sabe que las clases bajas deben permanecer pobres o nunca serán industriosas”.

Al plantearse una teoría de los costos de la producción, obviamente un aumento en los salarios deriva en un aumento en los precios. Pero debemos observar de nuevo la relación con el aumento de la productividad en general:

El aumento de los salarios necesariamente aumenta los precios de algunas mercancías […]. La misma causa, sin embargo, puede aumentar los salarios del trabajador, el aumento del capital, tiende a aumentar las fuerzas productivas […]. El propietario del capital procura, para su propia ventaja, hacer una división del trabajo tal que sea capaz de producir la mayor cantidad de trabajo posible. Por la misma razón él se ve obligado a proveer a los trabajadores con la mejor maquinaria posible […]. Más cabezas están ocupadas en inventar las maquinarias más apropiadas […]. Hay más mercancías […] las cuales son producidas por mucho menos trabajo que antes, y el incremento de los precios es más que compensado por la disminución de su cantidad.

O sea, los altos salarios son consistentes con la mayor productividad de los trabajadores, a la vez que con los bajos precios de las mercancías, porque los aumentos de productividad cubren con creces cualquier aumento de salarios.

Con respecto a la ganancia, Smith inaugura el planteo de que el incremento del stock de capital tiende a producir la baja de la tasa de ganancia. Smith plantea aquí lo que luego será nodal tanto en Ricardo como en Marx: la crisis para ambos tendrá como génesis la “tendencia a la caída de la tasa de ganancia”.

Smith plantea que la competencia tiende a aumentar los salarios y a reducir las ganancias:

El incremento del capital, que eleva los salarios, tiende a disminuir los beneficios. Cuando los capitales de muchos comerciantes ricos se dirigen hacia la misma actividad, su mutua competencia tiende, naturalmente, a disminuir el beneficio, y cuando se da un incremento semejante de capital en todas las diferentes ramas practicadas en la misma sociedad, la misma competencia debe producir el mismo efecto en todas ellas”.

Con respecto a la renta, finalmente, Smith sostiene que “entra en la composición del precio de manera muy distinta que los salarios y las ganancias”. De hecho, Smith termina diciendo en el capítulo vii que la renta es un componente en la determinación del precio natural, y en el xi exactamente lo contrario (primero se determina el precio, y luego la renta aparece como un resto de los salarios más los beneficios a sus tasas naturales). De hecho, en el capítulo vii había analizado la renta en los casos en que la tierra tenía o no usos alternativos, mientras que el xi se trata de la discusión entre usar la tierra o no hacerlo. Esto último dará lugar en Ricardo a la teoría de la renta diferencial.

Interés general, el comercio, sus beneficios y beneficiarios

Al final del capítulo xi, aparece una interesante digresión sobre lo que Smith va a llamar tres “ordenes de hombres”: terratenientes, trabajadores y capitalistas. Señala que el interés de los terratenientes está “estricta e inseparablemente conectado con el interés general de la sociedad”, ya que sus rentas crecen con el mejoramiento general. Sin embargo, muchas veces los terratenientes tienen un conocimiento defectuoso de esto. Los intereses de los trabajadores también coinciden con el mejoramiento de la sociedad, ya que de él depende el aumento de sus salarios.

Sin embargo, señala Smith, distinta es la situación con los capitalistas, ya que su ganancia no aumenta con la mayor prosperidad:

La tasa de beneficio no aumenta con la prosperidad, como la renta y los salarios, ni cae con la decadencia de la sociedad. Por el contrario, es naturalmente baja en los países ricos y alta en los países pobres y es siempre la más alta en los países que van más rápidamente hacia la ruina. Por lo tanto, el interés de este tercer orden no tiene la misma conexión con el interés general de la sociedad como aquel de las otras dos.

Y de allí se deduce entonces un consejo de política económica:

El interés del comerciante […] es siempre en algunos aspectos diferentes, e incluso opuestos, a los del público. Agrandar el mercado y achicar la competencia es siempre el interés del comerciante. Pero achicar la competencia…implica alcanzar, para su propio beneficio, un absurdo impuesto sobre el resto de los ciudadanos. Cualquier propuesta de nueva ley o regulación del comercio que venga de este origen debe ser siempre escuchada con gran precaución, y nunca adoptada sino después de haber sido larga y cuidadosamente examinada, no solo con la más escrupulosa, sino también con la más sospechosa atención.

A diferencia de los mercantilistas, para Smith el comercio no es un juego de suma cero. Es mejor la existencia de comercio que su ausencia. Ahora bien, todos ganan en el comercio, pero no todos ganan en la misma proporción. Esta aseveración, que para un lector “formado” en el libre comercio puede parecer extraña, se deduce del libro iii de La riqueza de las naciones, particularmente de las disquisiciones sobre el intercambio entre el campo y la ciudad.

El comercio exterior sirve, para Smith, para eludir “los límites del mercado que no permiten que continúe la división del trabajo”. Esto posibilita aumentar la productividad y, por lo tanto, el producto anual. Nótese la diferencia entre esta exposición de las ventajas del comercio exterior con la que encontraremos en Ricardo. Hay una cierta tendencia a ver la exportación de bienes en forma “keynesiana”, como si fuera necesaria esa actividad para garantizar la demanda efectiva. En este punto, Smith se estaría alejando de la ley de Say y del supuesto de la plena ocupación de los recursos. Hemos encontrado esta acotación en John Stuart Mill (1978), quien ve aquí una contradicción en un Smith que no es plenamente coherente con la teoría de la división del trabajo. Para Mill esa coherencia “reaparece” en los planteos de Ricardo.

El rol del Estado

Como hemos señalado antes, Smith es un muy fuerte defensor del rol central del mercado y, por tanto, contrario a la intervención del Estado en los mercados. Pero su concepto de “Estado” no es un “ausente”, como cierta lectura neoclásica del autor ha hecho creer.

Para Smith, a la autoridad política le caben tres responsabilidades: primero, la obligación de proteger a la sociedad de la violencia e invasión de otras sociedades independientes; segundo, la obligación de proteger, tanto como sea posible, a cada miembro de la sociedad de la injusticia y la opresión de los otros miembros de esta; y tercero, la obligación de erigir y mantener ciertas obras e instituciones públicas, que no pueden ser nunca erigidas ni mantenidas por el interés de ningún individuo, porque la ganancia que se podría obtener de ellas nunca repagaría el gasto, aunque, visto desde el conjunto de la sociedad, hace mucho más que repagar este gasto.

El planteo de “libertad” en Smith está fuertemente basado en que la libertad individual es más funcional para alcanzar el bienestar económico que muchas de las regulaciones estatales. Pero debe quedar claro que para los clásicos el fin es el bienestar económico (así se debe leer el concepto “riqueza”), y no la libertad como satisfacción del apetito egoísta de los individuos (que va a ser la lectura del homo economicus neoclásico, con su antecedente en Bentham, y no en Smith).

¿Progresista o conservador? ¿De derecha o de izquierda?

Nuestro recorrido por los tópicos de Smith llega a su fin. Es evidente que no hemos sino “sobrevolado” algunos de los numerosos temas a los que se dedica el escocés. Llega el momento, a modo de balance, de hacerse la pregunta crucial: ¿dónde ubicamos a Smith y su doctrina en el espectro ideológico? Es evidente que esta respuesta solo puede responderse en perspectiva histórica. Porque “el palo en la rueda” a la mano invisible de mercado, ese Estado que interviene y “molesta”, en Smith es el Estado feudal del antiguo régimen; es el Estado de los privilegios. Por eso nosotros invitamos a leer a Smith con cuidado: con espíritu crítico, pero viendo todos los contextos en juego. Visto desde su época, Smith está a la izquierda del espectro político. Lo mismo va a pasar con Ricardo.

Los economistas clásicos ingleses militan en esa tradición, no tienen que ver con la reacción, sino con el progresismo. Son, como va a decir Marx años después, los portavoces de una clase social en ascenso. Pero, por supuesto, ¿qué pasa cuando esa clase social se convierta en clase dominante? Aquí será donde los “usos” de los textos den lugar a violentos giros reaccionarios.

Cerramos entonces dejando un mensaje ambivalente. Podemos leer a Smith desde cualquiera de los dos lugares que hoy planteamos. Leer a Smith como el hombre que le dio fortaleza material al discurso de la burguesía en ascenso, y lo hizo trece años antes de la Revolución francesa, en un momento donde la pelea contra el antiguo régimen no estaba saldada. Un pilar, entonces, de la lucha por la construcción de la modernidad y los derechos humanos. Por otro lado, podemos ver a Smith como el fundador de la disciplina fundante del discurso ideológico de la sociedad capitalista, con todo lo que eso implica. Vimos que del propio discurso de Smith se pueden deducir lógicamente principios terribles, como los afirmados por Hayek. Varios metros de polvo se han acumulado ya sobre la tumba del escocés. No dejemos que se acumulen también sobre su obra. La mejor manera de “exorcizar” los usos apologéticos es leyendo de primera mano y pensando con nuestra propia cabeza.

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