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Marx y la crítica de la economía política: el capitalismo, un régimen social de explotación que engendra su propia crisis

José Castillo

Karl Marx permite a la economía política alcanzar un punto altísimo, tal vez su cumbre, con su obra monumental: Das Kapital. Kritik der politischen Ökonomie (1867). ¿Necesitamos leerlo en el siglo xxi? Sin duda, a condición de que no se trate de una mera obligación académica, o tenga el objeto de sumar simplemente una nueva “interpretación” a las numerosas ya existentes. Marx, refiriéndose a sus libros, rotos, marcados, deslomados, decía: “Son mis esclavos”. El capital, un texto inmenso, de una riqueza de contenidos que supera lo alcanzable por un solo lector en toda una vida, no debe ser tratado como una biblia. Los que nos ubicamos dentro de la tradición marxista sabemos que tenemos que ser críticos (dándole todo el valor a esa palabra), en primera instancia del propio Marx. El capital, entonces, lo necesitamos leer, releer y estudiar, para transformar el mundo, como planteaba el propio Marx (2006) (1) en la tesis XI de Feuerbach. Y transformar el mundo quiere decir, en la única clave de lectura que no falsea el contenido completo del pensamiento de Marx, ayudar a derribar revolucionariamente el capitalismo, un sistema social que, si sigue sobreviviendo, va a llevar aceleradamente a la humanidad hacia la barbarie.

El capital es mucho más que un mero texto de economía. El subtítulo Crítica de la economía política es la clave. Marx va a cuestionar los límites de la disciplina de su tiempo. Cientos de autores han explicado en qué consiste esa crítica: un cuestionamiento a la falta de historicidad de las categorías básicas de la economía política clásica (Smith y Ricardo). Que, en un nivel más elevado de abstracción, nos lleva a la crítica de la fetichización de esas mismas categorías (mercancía, valor, dinero, capital). Y una demolición (ya no “crítica”, porque, en la tradición filosófica clásica alemana, solo se critica lo que efectivamente vale la pena) a todo lo que se va a denominar la “economía vulgar”, “apologética”, de su tiempo. Que, recordémoslo, es el antecedente más cercano al giro al marginalismo y al subjetivismo que se desencadenará en el pensamiento económico a partir de 1870.

Es enorme la cantidad de controversias abiertas a partir de la obra de Marx. Una de ellas remite a si Marx se limitó a escribir en este libro exclusivamente una crítica a la economía política como disciplina (existente en su tiempo) o, por el contrario, como es nuestra posición, subsumió e incorporó en El capital la totalidad de su plan de trabajo de juventud, debate que planteamos en Castillo (2007). De esta manera, sus proyectadas “críticas al derecho”, “al Estado”, no quedaron como textos pendientes y nunca escritos, sino que aparecen en la textualidad del propio El capital. Nótese la importancia de este posicionamiento para cuestionar posturas como las de Miliband y Poulantzas (1991), que planteaban la construcción de una “ciencia política marxista” o “sociología marxista” a partir de los otros textos de Marx (Manifiesto comunista, xviii Brumario de Luis Bonaparte, etcétera), ya que, según ellos, en El capital se encontraría “solo” la crítica a la economía política.

En este texto queremos referirnos a la potencia crítica de El capital, relacionada con la propia disciplina que se ha dado en llamar “ciencia económica”. Esto nos llevará a un terreno de enfrentamiento donde también diferiremos de algunos planteos de lo que se denomina genéricamente “heterodoxia económica”, donde, fundamentalmente a partir de algunas interpretaciones de Keynes o David Ricardo (vía Piero Sraffa), se ha intentado responder a la ortodoxia alejándose del núcleo central de planteos del propio Marx.

El pensamiento de Marx

No es el objetivo de este capítulo un desarrollo global del pensamiento de Marx o de lo que comúnmente se conoce como “marxismo”. Sí tenemos la necesidad de dar las claves básicas para poder ingresar con seguridad al análisis de las categorías específicamente propias de El capital. Sabemos el peligro al que nos exponemos: no se puede desgajar a Marx en “sociología”, “política” o “economía”, ya que eso es exactamente lo que el propio autor nos cuestionaría, diciéndonos con razón que no comprendimos de qué se trata la crítica a la economía política. Leamos este apartado, entonces, como un simple resumen introductorio a reflexiones que se realizan con mayor extensión en otros textos.

Comencemos por preguntarnos, como se ha hecho clásicamente, por las “fuentes” del marxismo, sus premisas, o “partes integrantes”. Seguimos aquí el planteo tradicional de Lenin (1960):

El marxismo es el sistema de las ideas y concepciones de Marx. Marx continuó y dio genial cima a las tres principales corrientes ideológicas del siglo xix, representadas por los tres países más avanzados de la humanidad: la filosofía clásica alemana, la economía política clásica inglesa y el socialismo francés, vinculado con las teorías revolucionarias francesas en su conjunto.

Ubiquemos a la primera fuente, la filosofía clásica alemana, entendida como el enorme desarrollo filosófico que se da en esa área de Europa (aún Alemania no existía como Estado nación unificado) desde Kant en adelante, y en particular con los tres grandes “idealistas”: Fitche, Schelling y (sin duda el más importante) Hegel. Marx, formado académicamente en filosofía en la Universidad de Berlín en la década del 30 del siglo xix, se va a ubicar originariamente en lo que se conocía como la izquierda hegeliana. Ahí va a realizar un tortuoso trabajo de apropiación y crítica del pensamiento de Hegel, hasta arribar a su propia concepción. Así lo sintetizará Lenin (1973):

La filosofía del marxismo es el materialismo. […]. Pero Marx no se detuvo en el materialismo del siglo xviii, sino que desarrolló la filosofía llevándola a un nivel superior. La enriqueció con los logros de la filosofía clásica alemana, en especial con el sistema de Hegel, el que, a su vez, había conducido al materialismo de Feuerbach. El principal de estos logros es la dialéctica, es decir la doctrina del desarrollo en su forma más completa, profunda y amplia, la doctrina acerca de lo relativo del conocimiento humano, que nos da un reflejo de la materia en perpetuo movimiento […] Marx profundizó y desarrolló totalmente el materialismo filosófico, e hizo extensivo el conocimiento de la naturaleza al conocimiento de la sociedad humana. El materialismo histórico de Marx es una enorme conquista del pensamiento científico. Al caos y la arbitrariedad que imperaron hasta entonces en los puntos de vista sobre historia y política, sucedió una teoría científica asombrosamente completa y armónica, que muestra cómo, en virtud del desarrollo de las fuerzas productivas, de un sistema social surge otro más elevado; como del feudalismo, por ejemplo, nace el capitalismo.

La importancia del planteo de Marx, deducido de la filosofía de la historia hegeliana, es inmenso: la historia tiene un “sentido”, puede “explicarse”, se despliega a partir de la relación contradictoria entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción en cada momento histórico. Pero, a la vez, ese movimiento es contradictorio, “dialéctico”, de resultado abierto. Como brillantemente lo sintetizará Marx (1973) (1) en su enunciado más famoso: “La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases”.

Articulemos ahora esto con la segunda fuente, el socialismo utópico francés y, como dice Lenin, el pensamiento revolucionario francés en su conjunto, entendiendo por tal toda la síntesis producida por la Revolución francesa desde 1789. Rescataremos de esto dos elementos. El primero es la importancia de la revolución social como factor de cambio. Marx claramente vive lo que Eric Hobsbawm (1998) va a llamar “la era de las revoluciones”. 1789, 1830 y 1848 se “encadenarán” en la vida y la reflexión teórica de Marx (a ello podemos sumar 1871 y la Comuna de París). Pero, tras la Revolución francesa de 1789 y su derrotero posterior, queda claro que lo que ha emergido no es el reino de “la libertad, la igualdad y la fraternidad”, sino un nuevo régimen de explotación, miseria y división de clases. Distinto, sin dudas, al anterior. Las nuevas clases explotadas, el “proletariado”, como se lo va a empezar a conocer en las primeras décadas del siglo xix, será diferente a los viejos estamentos sometidos del Medioevo. Es urbano, se organiza de otra manera (surgen los sindicatos), sus métodos de lucha son otros (tras un breve período de destrucción de máquinas –llamado “ludismo”–, lo que prevalecerá será la huelga y la manifestación de masas), aparece y crece ligado al desarrollo de las fábricas modernas, e incluso, a partir de la década de 1830, empieza a esbozar algunos atisbos de organización política en forma independiente a las fuerzas entonces dominantes (sean burguesas o del Antiguo Régimen).

Diversas figuras como Robert Owen, Charles Fourier o Henri de Saint-Simon van a plantear distintas propuestas de sociedades “ideales” alternativas al capitalismo. Se los conocerá por eso como “socialistas utópicos”. En líneas generales, ya que las diferencias entre todos ellos son muy grandes, lo que aparece es una crítica a la propiedad privada y al mercado como mecanismo articulador (Saint-Simon será el primero que pondrá eje en el concepto de la planificación). Se tratará de una forma “moderna”, bien del siglo xix, de volver a poner en debate los viejísimos planteos sobre el “comunismo”, que se pierden en el fondo de la historia. Recordemos que podemos encontrar estas discusiones en La república de Platón, en Utopía de Tomás Moro, entre otras obras.

Frente a todo esto, Marx cuestionará el carácter “utópico” de estos autores, y su esfuerzo por construir sociedades ideales sin poder precisar quiénes serían los agentes políticos y sociales que las llevarían adelante. Nuestro autor le opondrá a ese socialismo utópico lo que el llamará un “socialismo científico”. Para ello plantea que es necesario estudiar y buscar en la sociedad actual las contradicciones y actores que permitan acceder a un tipo de sociedad superior. En síntesis, se tratará de estudiar el capitalismo, su desarrollo, sus crisis y su eventual colapso.

Por eso resulta tan importante la tercera fuente del marxismo: la economía política clásica inglesa. Será Federico Engels quien llamará la atención a Marx acerca de la producción teórica que va acompañando ese fenomenal cambio que se viene dando en Gran Bretaña de la mano de la Revolución Industrial. Los dos autores que interesarán a Marx en primer término serán justamente Adam Smith y David Ricardo (aunque, a posteriori, tendrá un gran respeto por William Petty y François Quesnay).

El acercamiento de Marx a la economía política

El primer texto en el que Marx hace un planteo crítico explícito de un texto de economía política es en sus manuscritos del año 1844. Conocidos justamente bajo el nombre de Manuscritos económico-filosóficos, nuestro autor fija una primera mirada sobre algunas partes de los textos centrales de Adam Smith y David Ricardo. Sin abandonar todavía su foco central de la “crítica a la filosofía” y utilizando centralmente las categorías antropológicas de Ludwig Feuerbach (a las que criticará al año siguiente en sus famosas Tesis sobre Feuerbach), el centro de la crítica de Marx se desarrollará a partir del uso de la categoría de alienación/enajenación.

Sin pretender agotar el tema, reflexionemos sobre algunos de los párrafos salientes de este texto brillante. Justamente en el apartado 4 de este, denominado “el trabajo alienado”, Marx (2006) (2) comienza de la siguiente manera:

Hemos partido de las premisas de la economía política. Hemos aceptado su terminología y sus leyes. Dimos por supuestas la propiedad privada, la separación del trabajo, capital y tierra, y la de salario, beneficio del capital y renta de la tierra; admitimos la división del trabajo, la competencia, el concepto de valor de cambio, etc. A partir de la misma economía política, con sus mismas palabras, hemos demostrado que el trabajador queda rebajado a mercancía, a la más miserable de todas las mercancías; que la miseria del obrero está en razón inversa de la potencia y magnitud de su producción; que el resultado necesario de la competencia es la acumulación del capital en pocas manos, es decir, la más terrible reconstitución de los monopolios; que, por último, desaparece la diferencia entre capitalistas y terratenientes, entre campesino y obrero fabril, y la sociedad toda ha de quedar dividida en las dos clases de propietarios y trabajadores desposeídos.

Acá, como vemos, ya hay muchas de las afirmaciones más importantes de Marx. Sin embargo, en dicho texto no se avanzará en un intento de comprensión de conjunto del sistema capitalista, ni siquiera de sus categorías teóricas más importantes (mercancía, dinero, valor, capital). Marx, por el contrario, siguiendo a Feuerbach (y en un sentido más lejano al propio Hegel de la dialéctica del amo y el esclavo en la Fenomenología del espíritu), se concentrará en la ya citada categoría de alienación/enajenación. Y acá vale una aclaración: si bien vamos a utilizar los dos términos en castellano de forma indiferente, las palabras alemanas tienen significados diferentes: “alienación” debe traducirse por Entfremdung (‘extrañamiento’, ‘sentirse extraño a algo’), mientras que “enajenación” es Entäusserung (‘renunciar a algo’, ‘abandonar algo’, ‘vender algo’).

Leamos los Manuscritos, donde dice Marx (2006) (1): “El trabajador es más pobre cuanta más riqueza produce, cuanto más incrementa su producción en potencia y en volumen. […]. La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas”.

Y, para explicar esto, Marx hablará de las distintas dimensiones de la alienación del trabajador. La primera será que el obrero está alienado de los propios bienes que produce, ya que no puede disponer de sus productos, que no son su propiedad, sino que pertenecen al patrón. La segunda remite a que el trabajador se encuentra alienado con respecto al propio proceso de trabajo, ya que la propia organización de la producción le es algo extraño, que no depende de sus decisiones ni voluntad. La tercera, señala Marx, es la alienación del obrero con respecto a su propio “ser genérico”. Este término, tomado de Feuerbach, tiene una enorme profundidad, porque remite al desgarramiento con respecto al propio ser humano como especie y a su separación (y extrañamiento) con respecto a la naturaleza. Por último, Marx también agrega algo que podemos llamar una “cuarta dimensión” de la alienación: la alienación “del hombre respecto del hombre” (así lo escribe), para referirse a la separación de los seres humanos entre sí, al enfrentamiento de unos con otros, al considerar a los otros como “extraños” (competidores, agregaríamos nosotros).

Marx va a continuar avanzando con sus reflexiones sobre economía política en varios textos (destacamos Miseria de la filosofía y discurso sobre el libre cambio, ambos de 1847). Pero donde hará un primer planteo acabado sobre qué significa el capitalismo será en el Manifiesto comunista, publicado en febrero de 1848. Citaremos a continuación unos pocos párrafos, centrales para nuestro análisis posterior, de Marx (1973) (1):

La moderna sociedad burguesa, que ha salido de entre las ruinas de la sociedad feudal, no ha abolido las contradicciones de clase. Únicamente ha sustituido las viejas clases, las viejas formas de opresión, las viejas formas de lucha por otras nuevas […]. De los siervos de la Edad Media surgieron los villanos libres de las primeras ciudades; de este estamento urbano salieron los primeros elementos de la burguesía.
El descubrimiento de América y la circunnavegación de África ofrecieron a la burguesía en ascenso un nuevo campo de actividad. Los mercados de las Indias y de China, la colonización de América, el intercambio con las colonias, la multiplicación de los medios de cambio y de las mercancías en general imprimieron al comercio, a la navegación y a la industria un impulso hasta entonces desconocido y aceleraron, con ello, el desarrollo del elemento revolucionario de la sociedad feudal en descomposición.
La antigua organización feudal o gremial de la industria ya no podía satisfacer la demanda, que crecía con la apertura de nuevos mercados. Vino a ocupar su puesto la manufactura. La clase media industrial suplantó a los maestros de los gremios; la división del trabajo entre las diferentes corporaciones desapareció ante la división del trabajo en el seno del mismo taller.
Pero los mercados crecían sin cesar; la demanda iba siempre en aumento. Ya no bastaba tampoco la manufactura. El vapor y la maquinaria revolucionaron entonces la producción industrial. La gran industria moderna sustituyó a la manufactura; el lugar de la clase media industrial vinieron a ocuparlo los industriales millonarios –jefes de verdaderos ejércitos industriales–, los burgueses modernos.
La gran industria ha creado el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial aceleró prodigiosamente el desarrollo del comercio, de la navegación y de todos los medios de transporte por tierra. Este desarrollo influyó a su vez en el auge de la industria, y a medida que se iban extendiendo la industria, el comercio, la navegación y los ferrocarriles, desarrollábase la burguesía, multiplicando sus capitales y relegando a segundo término a todas las clases legadas por la Edad Media.
La burguesía moderna, como vemos, es por sí mismo fruto de un largo proceso de desarrollo, de una serie de revoluciones en el modo de producción y de cambio.
[…] La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales.
[…] Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, un movimiento y una inseguridad constantes distinguen la época burguesa de todas las anteriores. Todas las relaciones sociales estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas admitidas y veneradas durante siglos, quedan rotas; las nuevas se hacen añejas antes de haber podido osificarse. Todo lo estamental y estancado se esfuma; todo lo sagrado es profanado, y los hombres al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas.
Espoleada por la necesidad de dar cada vez mayor salida a sus productos, la burguesía recorre el mundo entero. Necesita anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear vínculos en todas partes.
Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía dio un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países […].
La burguesía, con su dominio de clase, que cuenta apenas un siglo de existencia, ha creado fuerzas productivas más abundantes y más grandiosas que todas las generaciones pasadas juntas. El sometimiento de las fuerzas de la naturaleza, el empleo de las máquinas, la aplicación de la química a la industria y a la agricultura, la navegación de vapor, el ferrocarril, el telégrafo eléctrico, la adaptación para el cultivo de continentes enteros, la apertura de los ríos a la navegación, poblaciones enteras surgiendo de la tierra como por encanto. ¿Cuál de los siglos pasados pudo sospechar siquiera que semejantes fuerzas productivas dormitasen en el seno del trabajo social?

Como vemos, Marx le da suma importancia al surgimiento del modo de producción capitalista, y lo ubica como un enorme salto adelante con respecto al feudalismo. Sin embargo, no dejará de marcar sus contradicciones:

[…] toda esta sociedad burguesa moderna, que ha hecho surgir tan potentes medios de producción y de cambio, se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado sus conjuros. Desde hace algunas décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las fuerzas productivas contra las actuales relaciones de producción, contra las relaciones de propiedad que condicionan la existencia de la burguesía y su dominación. […]. Las relaciones burguesas resultan demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno. ¿Cómo vence esta crisis la burguesía? Por una parte, por la destrucción obligada de una masa de fuerzas productivas; por otra, por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos. ¿De qué modo lo hace, entonces? Preparando crisis más extensas y más violentas y disminuyendo los medios de prevenirlas.
[…]Pero la burguesía no ha forjado solamente las armas que deben darle muerte; ha producido también los hombres que empuñarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios.
En la misma proporción en que se desarrolla la burguesía, es decir, el capital, desarrollase el proletariado, la clase de los obreros modernos, que no viven sino a condición de encontrar trabajo, y lo encuentran únicamente mientras su trabajo acrecienta el capital.

A posteriori del Manifiesto, Marx se verá obligado a “explicar” más a fondo su concepción económica, en particular su teoría de la explotación. Lo hará en forma extensa por primera vez en una serie de artículos publicados en el año 1849, luego recopilados bajo el título Trabajo asalariado y capital. Sin embargo, será a partir de su instalación en Londres en 1850 cuando nuestro autor comenzará un trabajo sistemático de relecturas y reflexiones que lo llevarán a la publicación de su obra magna: El capital.

Muchos de los textos preparatorios son de gran valor. Una parte muy importante ha sido publicada (se los conoce como los Grundisse o en su tradición castellana, Elementos fundamentales de Crítica de la Economía Política –Marx, 2007–). Incluso Marx llegará a publicar una obra en 1859, denominada Contribución a la crítica a la economía política (Marx, 1970), que contendrá un “anticipo” del primer capítulo de lo que después será El capital. De este texto, queremos rescatar unos párrafos de su prefacio, que contiene una de las más brillantes síntesis de toda la concepción marxista:

[…] las relaciones jurídicas, así como las formas de Estado, no pueden explicarse por sí mismas ni por la llamada evolución general del espíritu humano; que se originan más bien en las condiciones materiales de existencia que Hegel, siguiendo el ejemplo de los ingleses y franceses del siglo xviii, comprendía bajo el nombre de “sociedad civil”; pero que la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la Economía Política […]. El resultado general a que llegué y que, una vez obtenido, me sirvió de guía para mis estudios, puede formularse brevemente de este modo: en la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad; estas relaciones de producción corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituyen la estructura económica de la sociedad, la base real, sobre la cual se eleva una superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, política e intelectual en general. No es la conciencia de los hombres la que determina su ser; por el contrario, su ser social es lo que determina su conciencia. En una fase determinada de su desarrollo, las fuerzas productivas de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo cual no es más que su expresión jurídica, con las relacione de propiedad en cuyo interior se habían movido hasta entonces. De formas evolutivas de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de estas fuerzas. Entonces se abre una época de revolución social. El cambio que se ha producido en la base económica trastorna más o menos lenta o rápidamente toda la colosal superestructura.

¿Qué es El capital?

La pregunta parece de Perogrullo. Pero merece su explicación. Estamos hablando de una obra “viva” e inconclusa. Recordemos que Marx exclusivamente publica en vida el tomo i en 1867, que lleva como subtítulo “El proceso de producción del capital”. Pero aun este texto sufre al menos dos modificaciones importantes: la que se produce con la primera edición en la traducción francesa de Roy (1871-1875), donde el propio Marx interviene y “corrige” su texto en alemán; y la mucho más importante, y diríamos definitoria, modificación que se produce en la segunda edición alemana (1873), donde hay un reordenamiento y algunas modificaciones conceptuales fundamentales en el primer capítulo de la obra.

Pero, aun el mero hecho de comprender a fondo el tomo I, nos requiere retroceder a dos textos anteriores. En primer lugar, a la ya citada Contribución a la crítica de la economía política (1859), ya que el propio Marx en el prólogo a El capital insiste en que este se trata de una “continuación” a dicha obra. Y que la sección primera del tomo i (capítulos 1, 2 y 3) no es más que un resumen de aquella, aunque ha excluido todo lo referente a la historia de la teoría del valor y el dinero. Permítasenos diferir respetuosamente del propio Marx: la elaboración de la teoría del valor y la derivación de categorías (mercancía, valor, dinero) presentes en el capítulo 1 de la sección primera y el capítulo 3 referido al dinero contienen elaboraciones mucho más desarrolladas y maduras que la Contribución. Aunque es cierto que adolecen del erudito recorrido histórico que Marx presenta en el texto de 1859, y que resulta sumamente importante para poner en contexto sus ideas.

Pero, a la vez, la plena comprensión tanto de El capital como de la propia Contribución solo puede hacerse retrocediendo a sus propios materiales de elaboración, los Elementos fundamentales para la crítica de la economía política [Grundisse] (1857-1858). En estos manuscritos no solo se encuentran numerosas claves de interpretación para todo el tomo i, empezando por el monumental “método de la economía política”, presente en la introducción, sino también las primeras claves para un descubrimiento fundamental de Marx: que la ganancia y la renta son solo formas de una categoría que las engloba, y que aquí está la clave del funcionamiento del sistema capitalista, la plusvalía.

Tenemos entonces esta primera tríada (El capital tomo i, la Contribución y los Grundisse de 1857-1858). A ello le tenemos que agregar que la obra solo se completa con los tomos ii y iii, publicados por Federico Engels luego de la muerte de Marx en 1885 y 1894, respectivamente. Pero, y aquí está la clave, escritos antes que el tomo i. Esto es sumamente importante: con ello se derrumba toda la crítica “fácil” a Marx hecha por el pensamiento neoclásico/marginalista, principalmente por Böhm-Bawerk (2000), que sostiene que los planteos de la teoría del valor trabajo y la plusvalía no pueden sostenerse con la tendencia a la igualación a las tasas de ganancia, porque Marx “habría construido a posteriori” una imperfecta solución en el tomo iii.

La lectura atenta de los manuscritos de 1861-1863 y de la llamada “tercera redacción de El capital” (1863-1865) nos demuestra que Marx elabora los materiales de los tomos ii (El proceso de circulación del capital) y iii (El proceso de producción capitalista en su conjunto) antes de la redacción definitiva del tomo i (en 1866). Más aún, en medio del proceso de redacción de esos años, Marx se detiene a dar un larguísimo rodeo donde recorre detalladamente todo el pensamiento económico existente hasta entonces, produciendo las páginas que luego Karl Kautsky publicará en 1905 bajo el título Historia crítica de la teoría de la plusvalía y que algunos han dado en llamar, injustificadamente, el “tomo iv” de El capital. Señalemos que varios autores se han destacado en seguir la “construcción” de El capital. Recomendamos a Rosdolsky (1978) y la tríada de Enrique Dussel: La producción teórica en Marx, Un Marx desconocido: un comentario de los manuscritos 1861-1863 y El último Marx (1863-1882) y la liberación latinoamericana, en todos los casos publicados por Siglo xxi Editores.

Todos los borradores de Marx, más algunas modificaciones menores (principalmente sobre el tomo ii) y algunas notas marginales al tomo i, son los tenidos en cuenta por Engels para las ediciones tercera y cuarta del tomo i (que quedará a partir de allí como “definitivo” en 1890) y para la publicación de los tomos ii y iii.

El conjunto de estos escritos, más las cartas que sobre el tema intercambian Marx y Engels a lo largo de los años, y algunos textos tardíos de Marx (como las Notas marginales al tratado de economía política de Adolph Wagner, escritas entre 1879-1880), constituyen una vasta obra única, que solo puede ser comprendida abordándola en su totalidad. Una “popularización” en un estadio ya maduro de la escritura de Marx puede encontrarse en las conferencias de 1865 ante la Asociación Internacional de Trabajadores (I Internacional), que se encuentran publicadas como Salario, precio y ganancia.

Todo esto citado previamente es El capital en su plenitud. Precisemos brevemente la relación de este conjunto con algunos textos anteriores. Volvamos sobre ese primer “encuentro” con la economía política como disciplina que da lugar en Marx a los Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Texto donde, como ya explicamos, aparece el concepto de alienación/enajenación. Precisemos la ubicación correcta de este material. Como bien lo señala el propio Marx (2006) en dicho texto: “Hemos partido de las premisas de la economía política. Hemos aceptado su terminología y sus leyes”. Por lo tanto, no hay aquí todavía una “crítica” de la economía política. Sin embargo, esta simple lectura, cruzada por las categorías de la filosofía clásica alemana (principalmente Feuerbach), le permite ya plantear el problema de la alienación/enajenación, antecedente a lo que luego en El capital será desarrollado como “el fetichismo de la mercancía”. Algunos autores, encabezados por Luis Althusser (1969 y 1970) (ver La revolución teórica en Marx y Para leer El capital), rechazan el carácter “científico” de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 remitiéndolos a una etapa “premarxista” del autor (junto con todas las obras de juventud), anteriores a una supuesta ruptura epistemológica que se producirá alrededor de las Tesis de Feuerbach y la Ideología alemana. No es nuestra lectura: el concepto de “alienación” permanece, es reconvertido y vuelto a utilizar en varios momentos durante la preparación de El capital.

Pero sí es cierto que hay una “ruptura” en Marx que aún no se ha producido: su quiebre definitivo con David Ricardo. La relación compleja y contradictoria entre Marx y Ricardo, de “crítica y recaída de Marx en las concepciones ricardianas”, atravesará diversos textos: La miseria de la filosofía, el Manifiesto comunista y especialmente Trabajo asalariado y capital (que es el primer intento de Marx de plantear su concepción económica “popularmente” en un curso para obreros). El nudo, a nuestro entender, está en la utilización en esos años por parte de Marx de la expresión ricardiana “valor del trabajo” para referirse a lo que, a partir de la elaboración de El capital, pasará a llamarse “valor de la fuerza de trabajo”. Veremos más adelante que no se trata de una simple sutileza terminológica.

El capital, entonces, comienza a ser elaborado ahí donde Marx rompe conceptualmente con David Ricardo (a nuestro juicio, este es justamente el punto que “pasan de largo” demasiado rápido los sraffianos). Se trata de su diferenciación cualitativa respecto de la teoría del valor ricardiana y del descubrimiento de la categoría plusvalor y su necesaria prelación en el análisis a sus manifestaciones como ganancia, renta o interés. Y en la llegada, recién cuando se “baje de nivel de abstracción” a los problemas de la distribución de ese plusvalor, en los precios de producción, la igualación de las tasas de ganancias y las crisis que se desencadenan ante la “tendencia a la caída” de dicha tasa.

¿Cuál es el objeto de El capital?

Marx (1975) lo señalará infinidad de veces: quería escribir una herramienta de combate para la emancipación de la clase obrera basada en fundamentos estrictamente científicos: “El objetivo último de esta obra es, en definitiva, sacar a la luz la ley económica que rige el movimiento de la sociedad moderna”. Y más específicamente: “El modo de producción capitalista y las relaciones de producción e intercambio a él correspondientes” (ambas citas están en el prólogo a la primera edición).

Hay dos cuestiones que recorren la totalidad del texto. Primero, la necesidad de develar la forma que asume la explotación en el modo de producción capitalista. Y acá la categoría central, disruptiva, será la de plusvalor. En segundo lugar, explicar el hecho de que el modo de producción capitalista lleva en su propia forma de funcionamiento su tendencia a la crisis, prerrequisito esencial para que la clase obrera pueda derrocar revolucionariamente el capitalismo. Todo el texto, todas las deducciones, y aun las larguísimas digresiones y ejemplos históricos (en un estilo que mezcla la deducción seca y abstracta de Ricardo con la escritura larga y ligera de Smith, tamizada por los giros dialécticos de la filosofía clásica alemana, y todo completado con una belleza de redacción al nivel de los mejores narradores del siglo xix), están al servicio de demostrar estas dos cuestiones.

El “método” de la economía política

Mucho se ha discutido sobre este tema en el marxismo. El propio Marx ha aportado un importante texto en uno de sus manuscritos de 1857 que tiene justamente por título el de este apartado. No nos vamos a detener en él ahora, pero sí señalaremos que, como explica Marx en el propio prólogo a la primera edición de El capital, el método de exposición no necesariamente debe coincidir con el método de investigación. Por eso Marx comenzará desplegando las categorías (mercancía, valor, dinero, capital, etcétera) desde un nivel de abstracción que es mayor al que trabajará luego en los tomos ii y iii.

El llamado “espiral dialéctico” va de lo concreto a lo abstracto, para volver a lo concreto, ahora percibido con categorías más ricas, lo que da lugar a un nuevo nivel. En el citado texto manuscrito de 1857, Marx plantea lo que se va a conocer como el “espiral dialéctico concreto-abstracto-concreto”. Comenzar por lo concreto (que aparece al principio como una “expresión caótica del todo”), abstraer de ahí categorías, para luego volver a lo concreto; y luego volver a comenzar con un nuevo nivel de abstracción que tiene como objetivo la vuelta a lo concreto, y así sucesivamente; y el hecho, entonces, de que los “momentos” concretos y abstractos son siempre relativos a su opuesto, está en el corazón del desarrollo de las categorías de Marx en El capital. Del mismo modo, tal como explica en el manuscrito de 1857, la íntima relación existente entre producción, circulación, distribución y consumo, todo enmarcado por una lógica de la reproducción del capital que rememora al Tableau de Quesnay. Así, en distintos niveles, se irá desplegando el trabajo de Marx en los tres volúmenes de su obra magna.

Una cuestión primaria y esencial: la teoría del valor y el concepto de “trabajo abstracto”

La correcta comprensión de la derivación lógica desde la mercancía hasta el dinero (y que continúa luego hasta llegar al capital) resulta esencial. Aquí es dónde se precisa la exacta ruptura entre la teoría del valor de Marx y la de Ricardo. Para poder apreciarla, es conveniente separar analíticamente lo que Paul Sweezy llamará una dimensión “cualitativa” de otra “cuantitativa” en la teoría del valor marxista. Y el punto de ruptura pasará justamente por lo cualitativo.

Recorramos rápidamente el proceso presentado en el capítulo 1 del tomo i. Así comienza El capital: “La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un enorme cúmulo de mercancías, y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza”. La riqueza de contenidos de esta oración es inmensa. Se quiere analizar “la riqueza” (lo mismo que Adam Smith, en una ubicación estratégica con respecto a la economía política clásica), pero inmediatamente se lo acota, al precisar que se trata “de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista”, en una clara precisión del carácter histórico de las categorías y objeto de la disciplina.

Esa riqueza “se presenta” como una masa de mercancías. Marx nos propone empezar por lo concreto, por lo que está a la vista: la mercancía. Pero detengámonos en una primera expresión de cómo lo denomina nuestro autor: un “enorme cúmulo” (tal la traducción al español) en alemán es en realidad “eine ungeheure Warensammlung”, o sea, una “monstruosidad”, un “monstruoso conjunto”. Ese “monstruo” sin forma, que aparece por primera vez, es una pintura perfecta de lo que a posteriori va a querer expresar Marx.

Toda mercancía es una “cosa” que tiene un conjunto de propiedades que le permiten satisfacer una necesidad (material o espiritual, directa o indirecta): un valor de uso. Y este es entonces el contenido material de la riqueza. Pero precisemos un poco más. ¿De dónde salen esos objetos, esas cosas, que se van a constituir en valores de uso? Del trabajo. Más específicamente del “lebendige Arbeit”, del trabajo vivo. Y esto sí está más allá de toda forma de organización social. Leamos a Marx:

Como creador de valores de uso, es decir como trabajo útil, el trabajo es, por tanto, condición de vida del hombre, y condición independiente de todas las formas de sociedad, una necesidad perenne y natural sin la que no se concebiría el intercambio orgánico entre el hombre y la naturaleza ni, por consiguiente, la vida humana.

El trabajo vivo se ejecuta sobre un medio, la naturaleza: “El trabajo, por tanto, no es la fuente única de los valores de uso que produce, de la riqueza material. El trabajo es el padre de esta, como dice William Petty, y la tierra, su madre”. Siguiendo la extraordinaria lectura al respecto de Enrique Dussel (1980), digamos que la naturaleza produce valores de uso ante “vivientes”. El valor de uso remite a propiedades físicas de una cosa cuando se coloca ante un sujeto. Es un satisfactor de las propiedades reproductivas de la vida en el medio.

Digámoslo con claridad: no es que simplemente “la mercancía” posee valor de uso. Cualquier objeto exterior que cumpla este requisito de satisfactor lo posee. No es una “propiedad” específica de las mercancías. No hay que confundir esto con el hecho de que cualquier mercancía para serlo requiere tener algún valor de uso.

El valor de uso es el contenido material de la riqueza, y, si prestamos atención, en cualquier sociedad los bienes materiales expresan de alguna forma ese contenido. No es una característica única de las sociedades mercantiles.

Vayamos ahora sí a la otra cara de las mercancías. Su intercambio en el mercado. Ser parte de la inmensa red, no planificada previamente, de la división del trabajo. Acá sí aparece como cuestión central el hecho de que toda mercancía, más allá de su diferencia cualitativa con otra, es conmensurable, cuantificable y, por lo tanto, comparable.

Pero, como decíamos antes, las mercancías aparecen también como portadoras materiales de un valor de cambio. Se trata de una relación cuantitativa que trae consigo una contradicción: es una igualdad y una desigualdad a la vez (una manzana es “igual” a dos naranjas, pero a la vez una manzana es una fruta distinta a la naranja). El principio básico de cualquier intercambio en el mercado es que haya dos mercancías que se igualen en algún punto. La otra característica básica de toda sociedad mercantil es que se enfrenten en el cambio dos mercancías que tengan valores de uso distintos. Tienen que ser mercancías distintas, valores de uso distintos, contenidos materiales de la riqueza distintos que se cambian en una relación cuantitativamente igual.

Para que dos mercancías puedan expresarse en iguales valores de cambio debe haber algo en común que permita compararlos. ¿Qué es eso que los hace comparables? Algo que, en principio, no fue descubrimiento de Marx, ya que antes lo habían señalado Ricardo y Smith, y es que las mercancías son producto del trabajo. Escuchemos a Marx:

Tomemos ahora dos mercancías, por ejemplo, trigo y hierro. Cualquiera que sea la proporción en que se cambien, cabrá siempre representarlas por una igualdad en que una determinada cantidad de trigo equivalga a una cantidad cualquiera de hierro, vgr.: 1 quarter de trigo=x quintales de hierro. ¿Qué nos dice esta igualdad? Que en los dos objetos distintos, o sea, en 1 quarter de trigo y en x quintales de hierro, se contiene un algo común de magnitud igual. Ambas cosas son, por tanto, iguales a una tercera, que no es de suyo ni la una ni la otra. Cada una de ellas debe, por consiguiente, en cuanto valor de cambio, poder reducirse a este tercer término.

David Ricardo, que arranca por este punto, se lanza directamente a buscar la “medida social cuantitativa”. La encuentra en el trabajo medido en tiempo, resolviendo, así sea parcialmente, la paradoja que le había llevado a Adam Smith a reconocer este hecho, pero solo “en el estado primitivo y basto de la sociedad”. La afirmación de Ricardo de que “el trabajo” es algo diferente al “valor del trabajo” es una respuesta genial, un inmenso paso adelante…, pero, a la vez, una fuente de errores.

El trabajo –que, siguiendo a Ricardo, a esta altura aún no sabemos exactamente qué es– solo puede determinarse conceptualmente en relación con el tiempo. Precisemos: el trabajo se mide en tiempo (de trabajo). Que solo se puede definir por diferenciación al acervo de capital, que sería… trabajo de un tiempo anterior (y, por lo tanto, acumulado). Adam Smith, en su confusión, había “mezclado” descuidadamente diversas denominaciones de “valor”. Así, se refería al valor de cambio como la expresión del cuánto se puede comprar de otros bienes con la mercancía que se posee previamente; pero otras veces hablaba de “valor o precio real” para referirse a la “pena o fatiga”, esto es, “al trabajo que hay que ceder para obtener algo a cambio”; y también (y acá está la fuente de confusión que Ricardo logra parcialmente resolver) al “valor del trabajo”, entendiendo por tal al trabajo que se puede comprar (o sea, la pena o fatiga que se puede imponer a otro). Ricardo “resuelve”, “separa”, diferencia con claridad la segunda y tercera de estas nociones. Pero no avanza en la exacta relación entre la primera y la segunda. Quedará “flotando” la denominación “valor del trabajo” hasta su crítica por Marx. Esto llevará a Ricardo a, tras creer haber resuelto el problema del valor, abocarse a lo que es, según su parecer, el objeto de la economía política, tal como lo expresa en el prefacio a los Principios: la distribución de la riqueza entre las clases sociales (que se resolverá en su análisis del salario, la ganancia empresaria y la renta de la tierra).

Pero la indefinición a la pregunta de qué es exactamente el trabajo seguirá recorriendo la obra de Ricardo, a la búsqueda de aquel tipo de trabajo, expresado a la vez en un tipo determinado de mercancía, que pueda hacer de “representación general de todos”. Será una búsqueda de la piedra filosofal, sin salida. Los meandros cuantitativos de Ricardo, sus idas y vueltas, las contradicciones entre los capítulos de su obra, arrancan a nuestro entender desde acá.

Digámoslo de una vez: Marx va a proponer una respuesta al problema “cuantitativo” del valor que le quedará pendiente a Ricardo. Toda la elaboración que va desde la categoría de tiempo de trabajo socialmente necesario (en el propio capítulo 1 del tomo i) hasta las más complejas elaboraciones del tomo iii alrededor de los precios de producción va en ese sentido. Pero no deja de ser una elaboración teórica más.

No obstante, la esencia del problema en Marx no está acá. Demostrar errores o inconsistencias en el proceso de transformación del tomo iii no “refuta” a Marx. Böhm-Bawerk (2000) no “demuestra” que Marx estaba equivocado. Del mismo modo, los esfuerzos para “corregir” a Marx, o darle otra formalización a la teoría del valor (incluso en algunos casos, como Sraffa, haciendo abstracción de la propia categoría valor-trabajo), por muy laudables que sean, no van al “hueso” de la crítica de la economía política tal como aparece planteado en El capital. Acá está, a nuestro juicio, la debilidad de ciertos planteos neorricardianos, de los cuales sin duda el sraffiano es el mejor.

Marx, después de definir el valor de uso, arranca del mismo punto que Ricardo, de que las mercancías aparecen también como portadoras materiales de un valor de cambio. Es una relación puramente cuantitativa que para resolverse requiere encontrar la homogeneidad en la conmesurabilidad:

Este algo común no puede consistir en una propiedad geométrica, física o química, ni en ninguna otra propiedad natural de las mercancías. […]. Ahora bien, si prescindimos del valor de uso de las mercancías, estas solo conservan una cualidad: la de ser productos del trabajo.

Aquí es exactamente hasta dónde llegará Ricardo. Pero Marx va a avanzar más, enunciando la categoría de “trabajo abstracto”: si hacemos abstracción de las particularidades del trabajo humano, y por tanto de los trabajos concretos, lo que queda, lo que permite la comparación es lo que Marx va a llamar “trabajo abstracto” (o “gasto indiferenciado de esfuerzo físico y mental”).

Si prescindimos del carácter concreto de la actividad productiva y, por tanto, de la utilidad del trabajo, ¿qué queda en pie de él? Queda simplemente, el de ser un gasto de fuerza humana de trabajo. El trabajo del sastre y el del tejedor, aun representando actividades productivas cualitativamente distintas, tienen de común el ser un gasto productivo de cerebro humano, de músculo, de nervios, de brazo, etc.; por tanto, en este sentido, ambos son trabajo humano. No son más que dos formas distintas de aplicar la fuerza de trabajo del hombre. Claro está que, para poder aplicarse bajo tal o cual forma, es necesario que la fuerza humana de trabajo adquiera un grado mayor o menor de desarrollo. Pero, de suyo, el valor de la mercancía solo representa trabajo humano, gasto de trabajo humano pura y simplemente.

Tenemos entonces dos perspectivas con respecto al trabajo. Por un lado, el trabajo es específico y en concreto aplicado a algo. Desde esta perspectiva, cada trabajo es diferente de otro. Por lo tanto, esa especificidad, ese elemento concreto que tiene el trabajo no puede ser el elemento de igualdad. Esa especificidad es justamente lo que hace a las diferencias particulares de una mercancía con respecto a otra: a su capacidad para ser útil en un sentido u otro, a su valor de uso. La segunda perspectiva, por el contrario, implica hacer abstracción de esas cualidades del trabajo humano, y por tanto de los trabajos concretos. Lo que queda, lo que permite la comparación es lo que Marx va a llamar trabajo abstracto (o gasto indiferenciado de esfuerzo físico y mental):

Examinemos ahora el residuo de los productos del trabajo. Nada ha quedado de ellos salvo una misma objetividad espectral, una mera gelatina de trabajo humano indiferenciado, esto es, de gasto de fuerza de trabajo humana sin consideración a la forma en que se gastó la misma. Esas cosas tan solo nos hacen presente que en su producción se empleó fuerza humana de trabajo, se acumuló trabajo humano. En cuanto cristalizaciones de esa sustancia social común a ellas, son valores.

Detengámonos con más detalle en el concepto de “trabajo abstracto”. El ser humano transforma la naturaleza utilizando su energía. Esta energía se gasta, pero puede ser renovada. La energía que desaparece del ser humano y “pasa” a la mercancía es lo que Marx llama “trabajo abstracto”. Ello es lo que poseen en común todas las mercancías. Y que permite entonces definirlo como la fuente de valor: solo hay valor porque se ha objetivado trabajo abstracto.

Para una mejor comprensión, podemos bajar todo esto a los fenómenos humanos normales. En definitiva, la producción de valor no es otra cosa que la expresión capitalista de que, para transformar la naturaleza, el ser humano utiliza trabajo, y que, a través de este, transforma la naturaleza en producto para satisfacer necesidades. Decimos “la expresión capitalista” porque la interrelación entre el ser humano y la naturaleza, mediada por las herramientas y técnicas, es algo que siempre ha existido en la historia de la humanidad. El valor es, entonces, una expresión distorsionada (capitalista) de esto. Claro que, al manifestarse bajo la forma mercantil, transforma esa ley tan cristalina y simple, que expresa que el ser humano necesita siempre trabajar (como dice la Biblia, “[…] ganarás el pan con el sudor de tu frente”), en una ley complicadísima y oscura: la ley del valor, fuente, como veremos, del fetichismo de la mercancía.

Entonces, ese “algo en común”, que se manifiesta en la relación de intercambio, o, para ser más claro, en el valor de cambio, es el “valor”. Pero ¿por qué hay que buscar “algo en común”? Marx es muy profundo en esto, rompiendo ciertas trampas de las que no había podido escapar Ricardo.

Acá, nuevamente, el texto en alemán nos da una clave que se suele perder en las traducciones. Lo que ha quedado es esa “mera gelatina de trabajo humano” (“eine bloße Gallerte”). “Gallerte” significa una sustancia amarillenta, como la que el sudor suele dejar marcada en los sobacos de una camisa. La expresión es significativa: el trabajo abstracto deja físicamente una parte del trabajador, su “sudor” sobre la nueva mercancía. Esto es “trabajo vivo” (“ledendige Arbeit”), es el propio sujeto que se exterioriza en un objeto, que lo transforma con su esfuerzo. Esto es fundamental para comprender la profundidad de la crítica de Marx a Ricardo: exactamente por eso el trabajo no tiene valor (de ahí la inexactitud de la expresión “valor del trabajo”). El trabajo es la fuente del valor. El trabajo es creador de riqueza.

Profundicemos un poco más el concepto de “trabajo abstracto”. Marx empieza la segunda parte del capítulo 1 hablando de la “dualidad del trabajo representado en la mercancía”. Esta se nos presenta con dos caras: como valor de uso y de cambio. Lo que hace al valor de uso es el elemento concreto del trabajo. El conjunto de los valores de uso, a su vez, constituye el contenido material de la riqueza. Producir mercancías, producir bienes, desde el punto de vista de valores de uso, requiere un trabajo específico, un trabajo concreto, de determinadas características. Leamos a Marx al respecto:

La levita es un valor de uso que satisface una necesidad concreta. Para crearlo, se requiere una determinada clase de actividad productiva. Esta actividad está determinada por su fin, modo de operar, objeto, medios y resultado. El trabajo cuya utilidad viene a materializarse así en el valor de uso de su producto o en el hecho de que su producto sea un valor de uso, es lo que llamamos, resumiendo todo eso, trabajo útil. Considerado desde este punto de vista, el trabajo se nos revela siempre asociado a su utilidad.
Del mismo modo que la levita y el lienzo son valores de uso cualitativamente distintos, los trabajos a los que deben su existencia –o sea el trabajo del sastre y el del tejedor– son también trabajos cualitativamente distintos. Si no fuesen valores de uso cualitativamente distintos y, por tanto, productos de trabajos útiles cualitativamente distintos también, aquellos objetos bajo ningún concepto podrían emparentarse el uno con el otro como mercancías. No es práctico cambiar una levita por otra, valores de uso por otros idénticos.
Como creador de valores de uso, es decir como trabajo útil, el trabajo es, por tanto, condición de vida del hombre, y condición independiente de todas las formas de sociedad, una necesidad perenne y natural sin la que no se concebiría el intercambio orgánico entre el hombre y la naturaleza ni, por consiguiente, la vida humana.

Resulta interesante acá la acotación que hace Marx acerca del significado del trabajo en cuanto actividad transformadora de la naturaleza. Siempre la producción de riqueza es la articulación de dos elementos: la naturaleza y el trabajo humano.

Ahora bien, el prerrequisito para que dos mercancías puedan intercambiarse en el mercado es que sean el producto de trabajos concretos diferentes. Esta cualidad es la que determina la distinción de cada mercancía, con un valor de uso específico y diferente a otra a la cual se enfrenta en el mercado. Pero justamente esa diferencia que hace posible (imaginable) el intercambio nos lleva a pensar en el otro polo de la contradicción que el intercambio lleva en sí: lo que hay de común entre ellas para poder viabilizar su comparación.

El trabajo abstracto es entonces aquello que permite igualar, porque es común a todas las mercancías. Y, por lo tanto, habilita el intercambio, pero esto último expresa una relación que se debe expresar cuantitativamente (en números). Y la comparación de magnitudes del trabajo abstracto están dadas por el tiempo.

Pero no todos los trabajos abstractos medidos en tiempo son iguales. Hay trabajos que generan más valor que otros, a partir de su complejidad. Marx propone acá reducir todo trabajo complejo a trabajo simple: todo aquello que cualquier ser humano puede desarrollar sin ninguna preparación especial de aptitudes. Se trata de construir una suma: tiempo de trabajo que lleva producir la mercancía (desgaste físico y mental de ese tiempo de trabajo) sumado a una proporción del desgaste físico y mental que le llevó a ese trabajador formarse para adquirir esa característica compleja de trabajo y que después “usará” desplegando esa habilidad en la producción de objetos.

Resumiendo, entonces, tenemos tres conceptos en juego:

  1. El trabajo concreto, que constituye el valor de uso, el contenido material de la riqueza.
  2. El trabajo abstracto, sustancia del valor.
  3. El tiempo de trabajo (abstracto), para medir la disparidad de magnitudes.

Debemos prestar atención en lo que Marx nos está señalando: si la magnitud del valor depende del tiempo de trabajo, el cúmulo (la masa) de mercancías (y los valores de uso que ellas contienen) que ese trabajo crea se separan de su masa de valor, según se vayan modificando las fuerzas productivas del trabajo. Siendo claros, si un determinado tiempo de trabajo realizado con determinado estado de las fuerzas productivas da como resultado un conjunto de mercancías, es obvio que una mejora tecnológica, que permite en el mismo tiempo producir más mercancías, aumentaría el hipotético bienestar de quienes accedieran al uso de esas mercancías. Sin embargo, paradójicamente, no habría aumentado el valor creado (porque se gastó el mismo tiempo de trabajo).

Vemos entonces que hay una contradicción entre creación de riqueza material y esa particular forma de medirla que asumen las sociedades mercantiles, que hemos denominado “valor”. Esta contradicción está dada por la capacidad de desarrollo de las fuerzas productivas y el hecho de que todo se termine intercambiando en el mercado.

El valor está medido por tiempo de trabajo: más tiempo, más valor. Si se incrementan las fuerzas productivas, se puede producir más bienes en el mismo tiempo de trabajo o, dicho de otro modo, disminuir el tiempo de producción por unidad del bien. Y aquí hay una paradoja: el aumento de las fuerzas productivas que aumenta la riqueza material disminuye el valor unitario de los bienes producidos.

En el capitalismo, los hombres valen por lo que son capaces de expresar en el mercado. Pero la riqueza material empieza a ir por otro lado. Crece en masa de bienes, pero eso puede a la vez significar que el valor disminuye o se mantiene constante.

Vayamos más a fondo. Es imposible comprender a Marx sin conocer su formación hegeliana. Sin Hegel no se entienden los tres primeros capítulos de El capital. Hegel, en la primera parte de Ciencia de la lógica, llamada “La doctrina del ser”, habla de tres categorías fundamentales: la cualidad, la cantidad y la medida.

La medida es la unidad de la cualidad y de la cantidad. O sea que, para tener una medida, se requiere un número y una característica. No tiene sentido económico la frase “medio kilo”. Tampoco “azúcar”. En el primer caso, necesito el “¿cuánto?”. En el segundo, el “¿qué?”. Es decir, en un caso, se tiene la cualidad, azúcar, y falta la cantidad, y en el otro sucede a la inversa.

La afirmación de Hegel es que la medida es la unidad, la síntesis, entre cantidad y cualidad. Y, volviendo a Marx, la única cualidad común que tienen las mercancías, que permite que haya una medida, es el hecho de ser producto del trabajo humano.

La forma de manifestación de ese valor, o sea el valor de cambio, es conceptualmente un paso posterior. Entonces, si el trabajo abstracto es lo que le da valor a cada mercancía, debemos decir que valor de uso y valor son las dos caras de cada mercancía. Si hablamos de valor de cambio, ya nos estamos refiriendo a la relación entre dos mercancías (al intercambio).

Porque el trabajo abstracto es la sustancia del valor, efectivamente lo que nos permite la igualdad entre las mercancías. Pero no nos basta con saber que hay una sustancia que les da valor a las mercancías. Para hablar de igualdad, tenemos que hablar además de la magnitud del valor (la medida, en la conceptualización hegeliana). Y en la medición de la magnitud del valor es donde Marx va a decir que el trabajo abstracto se mide en unidades de tiempo, de tiempo de trabajo.

Vayamos con cuidado en el análisis. Es una contradicción en sí mismo hablar de valor de una mercancía, cuando el valor expresa una relación que pone en comparación una mercancía con otra. Pero, sin embargo, necesitamos derivar la categoría valor (diferente a valor de cambio) como paso previo en el análisis, bajo el riesgo de perdernos en los meandros cuantitativos. Marx lo aclara, ya avanzado el capítulo 1, como reconociendo que puede haber dejado alguna confusión en su recorrido previo:

Si bien al comienzo de este capítulo dijimos, recurriendo a la terminología en boga, que la mercancía es valor de uso y valor de cambio, esto, hablando con precisión, era falso. Se presenta como ese ente dual que es cuando su valor posee una forma de manifestación propia –la del valor del cambio–, distinta de su forma natural, pero considerada aisladamente nunca posee aquella forma: únicamente lo hace en la relación de valor o de intercambio con una segunda mercancía, de diferente clase. Si se tiene esto en cuenta, ese modo de expresión no hace daño y sirve para abreviar.

En síntesis, recién después de haber resuelto el tema de la sustancia del valor, y en esto el aporte de Marx es fundamentalmente distinto y, a nuestro juicio, superior al de Ricardo, podemos pasar al análisis de la magnitud del valor, donde se planteará el tiempo de trabajo socialmente necesario como medida del valor de las mercancías. Que aquí Marx parezca volver a “las unidades de tiempo de trabajo”, similar a lo que hizo Ricardo, no nos debe confundir sobre el hecho de que se lo está haciendo en otro nivel de análisis que el de su antecesor:

Por tanto, un valor de uso, un bien, solo encierra un valor por ser encarnación o materialización del trabajo humano abstracto. ¿Cómo se mide la magnitud de ese valor? Por la cantidad de “sustancia creadora de valor”, es decir, de trabajo, que encierra. Y, a su vez, la cantidad de trabajo que encierra se mide por el tiempo de su duración, y el tiempo de trabajo tiene, finalmente, su unidad de medida en las distintas fracciones de tiempo, horas, días, etcétera.

Ahora bien, si el valor de una mercancía está constituido por el tiempo de trabajo abstracto que contiene, o sea, la cantidad de horas durante las cuales la persona ha gastado energía, surge una pregunta: ¿entonces, a más trabajo, más valor?

Y acá Marx introduce otro concepto, que es el de “tiempo de trabajo socialmente necesario”. El tiempo de trabajo que se computa para la medición no es el que lleva producir cada mercancía por cada productor (y donde naturalmente aparecerán diferencias de habilidad, maquinarias o instrumentos que se poseen, etcétera), sino la media social: cuánto se tarda para producir una mercancía determinada en las condiciones medias de las fuerzas productivas del momento al cual nos estamos refiriendo. Tal cual dice Marx:

Se dirá que si el valor de una mercancía se determina por la cantidad de trabajo invertida en su producción, las mercancías encerrarán tanto más valor cuanto más holgazán o torpe sea el hombre que las produce o, lo que es lo mismo, cuanto más tiempo tarde en producirlas. Pero no; el trabajo que forma la sustancia de los valores es trabajo humano igual, inversión de la misma fuerza humana de trabajo. Es como si toda la fuerza de trabajo de la sociedad, materializada en la totalidad de los valores que forman el mundo de las mercancías, representase para estos efectos una inmensa fuerza humana de trabajo, no obstante ser la suma de un sinnúmero de fuerzas de trabajo individuales. Cada una de estas fuerzas individuales de trabajo es una fuerza humana de trabajo equivalente a las demás, siempre y cuando que presente el carácter de una fuerza media de trabajo social y, dé, además, el rendimiento que a esa fuerza media de trabajo social corresponde, o lo que es lo mismo, siempre y cuando que para producir una mercancía no consuma más que el tiempo de trabajo que representa la media necesaria, o sea el tiempo de trabajo socialmente necesario. Tiempo de trabajo socialmente necesario es aquel que se requiere para producir un valor de uso cualquiera, en las condiciones normales de producción y con el grado medio de destreza imperantes en la sociedad.

Para precisar esto, aclaremos qué entiende Marx por “condiciones normales de producción y destreza media”, como determinantes del tiempo de trabajo socialmente necesario. Las fuerzas productivas sociales, cuyas modificaciones generan modificaciones en las magnitudes de valor, están determinadas por:

  1. Nivel medio de destreza del obrero.
  2. Estado de desarrollo de la ciencia y de la técnica.
  3. Coordinación social del proceso de producción.
  4. Escala de la producción.
  5. Condiciones naturales.

Las magnitudes de valor, entonces, varían directamente, de acuerdo con la cantidad de trabajo abstracto efectivizado, e inversamente, conforme al desarrollo de las fuerzas productivas sobre las que se aplica ese trabajo.

Resulta interesante hacer una digresión sobre el último párrafo de este primer apartado de El capital:

Una cosa puede ser valor de uso y no ser valor. Es este el caso cuando su utilidad para el hombre no ha sido mediada por el trabajo. Ocurre ello con el aire, la tierra virgen, las praderas y bosques naturales, etcétera. Una cosa puede ser útil, y además producto del trabajo humano, y no ser mercancía. Quien, con su producto, satisface su propia necesidad, indudablemente crea un valor de uso, pero no una mercancía. Para producir una mercancía, no solo debe producir valor de uso, sino valores de uso para otros, valores de uso sociales. {F.E.- Y no solo, en rigor, para otros. El campesino medieval producía para el señor feudal el trigo del tributo, y para el cura el del diezmo. Pero ni el trigo del tributo, ni el del diezmo se convertían en mercancías por el hecho de ser producidos para otros. Para transformarse en mercancía, el producto ha de transferirse a través del intercambio a quien se sirve de él como valor de uso}.

Pero resulta importante recalcar que, a la vez, si no hay valor de uso, aunque haya trabajo no hay valor. Habrá desperdicio de energía física y mental, pero no valor. Esto es muy importante porque el funcionamiento de la sociedad mercantil es tal que podemos estar produciendo algo que creemos útil, pero, enfrentado al mercado, puede no serlo. Esta contradicción entre un valor creado a partir del trabajo abstracto como gasto indiferenciado de fuerza física y mental y el hecho fáctico de saber si ese esfuerzo verdaderamente constituyó valor o fue mero desperdicio lo que únicamente puede ser resuelto a posteriori, cuando el mercado valide (o no) ese valor– es sumamente importante, y muchas veces se la pasa de largo. Porque coloca en cuestión directamente la concepción liberal de mercado como mejor asignatario de los recursos. Y desnuda, entonces, su carácter caótico, anárquico, despilfarrador permanente de riquezas sociales.

El fetichismo de la mercancía

En este nivel de análisis, no ha aparecido aún el trabajo asalariado. Sin embargo, Marx va a querer puntualizar dos ataques demoledores al mercado antes de incorporar la propia categoría “capital” a su análisis. Por un lado, su interlocutor en el debate es Smith, es la mano invisible, es el concepto del mercado como el óptimo asignatario de los recursos. Por el otro, reaparece en Marx con fuerza su preocupación sobre el carácter alienante de las sociedades regidas por la ley del valor: el mercado por sí mismo, sin necesidad de incorporar el trabajo asalariado, genera ya la cosificación del ser humano, nos dice Marx.

Es interesante aquí resumir algunos elementos que ponen en duda el carácter del mercado como óptimo asignatario de recursos. El mercado solo puede corregir a posteriori desgastes de esfuerzo físico y mental, ya que:

  1. puede haber creado una mercancía inútil, y esto no por tratarse de un bien sin valor de uso, sino uno incapaz de realizar su valor, o sea, de poder venderse en el mercado (por falta de demanda efectiva, por ejemplo). Se ha producido, en este caso, no una fracción del trabajo social de la comunidad, sino un puro desgaste de esfuerzo humano sin sentido;
  2. se puede haber creado una mercancía que se puede validar (vender) en el mercado, pero se ha usado más del tiempo socialmente necesario;
  3. el concepto de “tiempo de trabajo socialmente necesario” además no se determina desde el productor individual. Es la media social de toda la rama de producción, de toda la masa colectiva de los bienes que se producen. Que un productor individual haya “acertado” en utilizar estrictamente el tiempo de trabajo socialmente necesario no le garantiza que sus bienes sean incluidos como fracción del trabajo social. Si todos los productores de un bien producen más de lo que el mercado está dispuesto a absorber, se ha gastado “en conjunto” más tiempo de trabajo que la media social. De nuevo, nos encontramos que ese esfuerzo físico y mental se convierte en desperdicio social.

Marx va a disipar entonces esa ilusión en el carácter mágico del mercado, que aparece detrás de la noción de mano invisible. El carácter enigmático de la mercancía, su secreto, tiene que ver con su particular lugar en el conjunto de las relaciones sociales que crean y recrean las sociedades mercantiles.

El fetichismo de la mercancía no es un “agregado” semifilosófico al capítulo 1 de El capital, como se lo ha tomado muchas veces. Es fundamental para la comprensión del conjunto de la obra. Aquí, siguiendo a Isaac Rubin (1982), vamos a acordar en que el gran interrogante del texto, en definitiva, el preguntarse por el porqué de la opacidad del modo de producción capitalista, se encuentra en la “forma” que adoptan las relaciones sociales. ¿Por qué la riqueza adopta la forma de un cúmulo de mercancías? ¿Por qué el trabajo adopta la forma de creación de valor?

Acá está la clave del misterio del capital, planteado por Marx en un momento lógico de su exposición donde ni siquiera ha incorporado al trabajo asalariado ni la explotación. Efectivamente, en el fetichismo de la mercancía está la llave de la comprensión de lo que sigue. Es lo que articula los geniales planteos juveniles de la alienación/enajenación, pero ahora mediados por una comprensión profunda de la teoría del valor. ¿De dónde brota el misterio, la personificación de las mercancías, de los mercados? La respuesta de Marx es abrumadora: de la forma misma. Veamos:

Como vemos, el carácter místico de la mercancía no brota de su valor de uso. Pero tampoco del contenido de sus determinaciones de valor. En primer lugar, porque por mucho que difieran los trabajos útiles o actividades productivas, es una verdad fisiológica incontrovertible que todas esas actividades son funciones del organismo humano y que cada una de ellas, cualesquiera que sean su contenido y su forma, representa un gasto esencial de cerebro humano, de nervios, músculos, sentidos, etcétera. En segundo lugar, por lo que se refiere a la magnitud de valor y a lo que sirve para determinarla, o sea, la duración en el tiempo de aquel gasto o la cantidad de trabajo invertido, es evidente que la cantidad de trabajo se distingue incluso mediante los sentidos de la calidad del trabajo. El tiempo de trabajo necesario para producir sus medios de vida tuvo que interesar por fuerza al hombre en todas las épocas, aunque no le interesase por igual en las diversas fases de su evolución. Finalmente, tan pronto como los hombres trabajan los unos para los otros, de cualquier modo que lo hagan, su trabajo cobra una forma social.
¿De dónde procede, entonces, el carácter misterioso que presenta el producto del trabajo, tan pronto como reviste forma de mercancía? Procede, evidentemente, de esta misma forma. En las mercancías, la igualdad de los trabajos humanos asume la forma material de una objetivación igual de valor de los productos del trabajo; el grado en que se gaste la fuerza humana de trabajo, medido por el tiempo de su duración, reviste la forma de magnitud de valor de los productos del trabajo; y, finalmente, las relaciones entre unos y otros productores, relaciones en que se traduce la función social de sus trabajos, cobran la forma de una relación social entre los propios productos de su trabajo.
El carácter misterioso de la forma mercancía estriba, por tanto, pura y simplemente, en que proyecta ante los hombres el carácter social del trabajo de éstos como si fuese un carácter material de los propios productos de su trabajo, un don natural social de estos objetos y como si, por tanto, la relación social que media entre los productores y el trabajo colectivo de la sociedad fuese una relación social establecida entre los mismos objetos, al margen de sus productores. Este quid pro quo (tomar una cosa por otra) es lo que convierte a los productos del trabajo en mercancía, en objetos físicamente metafísicos o en objetos sociales.
Si los objetos útiles adoptan la forma de mercancías es pura y simplemente porque son productos de trabajos privados independientes los unos de los otros. El conjunto de estos trabajos privados forman el trabajo colectivo de la sociedad. Como los productores entran en contacto social al cambiar entre sí los productos de su trabajo, es natural que el carácter específicamente social de sus trabajos privados solo resalte dentro de este intercambio. También podríamos decir que los trabajos privados solo funcionan como eslabones del trabajo colectivo de la sociedad por medio de las relaciones que el cambio establece entre los productos del trabajo y, a través de ellos, entre los productores. Por eso, ante éstos, las relaciones sociales que se establecen entre sus trabajos privados aparecen como lo que son; es decir no como relaciones directamente sociales de las personas en sus trabajos, sino como relaciones materiales entre personas y relaciones sociales entre cosas.

Marx va a insistir en que este fetichismo solo opera plenamente donde las relaciones de mercado han crecido lo suficiente como para generalizarse y ocupar la mayor parte de las condiciones materiales de existencia de los seres humanos:

Es en el acto de cambio donde los productos del trabajo cobran una materialidad de valor socialmente igual e independiente de su múltiple y diversa materialidad física de objetos útiles. Este desdoblamiento del producto del trabajo en objeto útil y materialización de valor solo se presenta primeramente allí donde el cambio adquiere la extensión e importancia suficiente para que se produzcan objetos útiles con vistas al cambio, donde, por tanto, el carácter de valor de los objetos se acusa ya en el momento de ser producidos. A partir de este instante, los trabajos privados de los productores asumen, de hecho, un doble carácter social. De una parte, considerados como trabajos útiles concretos, tienen necesariamente que satisfacer una determinada necesidad social y encajar, por tanto, dentro del trabajo colectivo de la sociedad, dentro del sistema dominado por la división social del trabajo. Más, de otra parte, solo serán aptos para satisfacer las múltiples necesidades de sus propios productores en la medida en que cada uno de esos trabajos privados y útiles concretos sea susceptible de ser cambiado por cualquier otro trabajo privado útil, o lo que es lo mismo, en la medida en que represente un equivalente suyo.
Por lo tanto, los hombres no relacionan entre sí los productos de su trabajo como valores porque estos objetos les parezcan envolturas simplemente materiales de un trabajo humano igual. Es al revés. Al equiparar unos con otros en el cambio, como valores, sus diversos productos, lo que hacen es equiparar entre sí sus diversos trabajos como modalidades de trabajo humano. No lo saben, pero lo hacen. Por tanto, el valor no lleva puesto en la frente lo que es. Lejos de ello, convierte a todos los productos del trabajo en jeroglíficos sociales. Luego, vienen los hombres y se esfuerzan en descifrar el sentido de estos jeroglíficos, por descubrir el secreto de su propio producto social, pues es evidente que el concebir los objetos útiles como valores es obra social suya, ni más ni menos que el lenguaje.

Para comprender a fondo el problema del fetichismo de la mercancía, debemos plantear un problema importante: la diferencia que existe entre la ley del valor, aplicable históricamente, y el de las determinaciones del valor, que es más general, ya que se trata de las leyes humanas del trabajo. Es prístino, clarísimo, que, en todo modo de producción, el trabajo humano vivo consiste en desgaste físico y mental para apropiarse y transformar la naturaleza. De la misma manera, la única forma de cuantificar ese gasto es en tiempo (horas, días, semanas, meses). Y tanto el propio trabajo (su forma de ejecución, las herramientas que utiliza, las técnicas), como el tiempo promedio para ejecutar una tarea surgen del intercambio social entre los productores. A estas tres cuestiones, Marx las denomina “determinaciones del valor”. Ahora bien, en nuestra sociedad de generalización de las mercancías, en la sociedad capitalista, las determinaciones del valor asumen una forma diferente, obscura: la forma valor. Y su capacidad de dominio asume la forma similar a un fetiche. No es casual que Marx recurra a la metáfora religiosa: las determinaciones del valor nos indican que las relaciones entre el hombre y la naturaleza en el acto de producir son claras, transparentes. Sin embargo, se “opacan”. En síntesis, el fetichismo de la mercancía no es otra cosa que el propio valor, la manera “mercantil”, “capitalista” en que se expresan las determinaciones del valor.

La cuestión de las determinaciones del valor aparece citada repetidas veces por Marx, a pesar de lo cual ha sido poco estudiada por el marxismo. Veamos las diferentes citas de Marx al respecto, donde las utiliza incluso para resaltar las diferencias entre la sociedad capitalista (donde ya se han generalizado las mercancías) y otros modos de producción:

Trasladémonos ahora de la luminosa isla de Robinson a la tenebrosa Edad Media europea. Aquí, el hombre independiente ha desaparecido; todo el mundo vive sojuzgado: siervos y señores de la gleba, vasallos y señores feudales, seglares y eclesiásticos. La sujeción personal caracteriza, en esta época, así las condiciones sociales de la producción material como la relación de vida cimentadas sobre ella. Pero, precisamente por tratarse de una sociedad basada en los vínculos personales de sujeción, no es necesario que los trabajos y los productos revistan en ella una forma fantástica distinta de su realidad. Aquí, los trabajos y los productos se incorporan al engranaje social como servicios y prestaciones. Lo que constituye la forma directamente social del trabajo es la forma natural de éste, su carácter concreto, y no su carácter general, como en el régimen de producción de mercancías. El trabajo del vasallo se mide por el tiempo, ni más ni menos que el trabajo productivo de mercancías, pero el siervo sabe perfectamente que es una determinada cantidad de su fuerza personal de trabajo la que invierte al servicio de su señor. El diezmo abonado al clérigo es harto más claro que las bendiciones de éste. Por tanto, cualquiera que sea el juicio que nos merezcan los papeles que aquí representan unos hombres frente a otros, el hecho es que las relaciones sociales de las personas en sus trabajos se revelan como relaciones personales suyas, sin disfrazarse de relaciones sociales entre las cosas, entre los productos de su trabajo.

Marx incluso se da el lujo de realizar una comparación con una hipotética formación social “socialista”:

Finalmente imaginémonos, para variar, una asociación de hombres libres que trabaja con medios colectivos de producción y que despliega sus numerosas fuerzas individuales de trabajo, con plena conciencia de lo que hacen, como una gran fuerza de trabajo social. En esta sociedad se repetirán todas las normas que presiden el trabajo de un Robinson, pero con carácter social y no individual. Los productos de Robinson eran todos producto personal y exclusivo suyo, y por tanto objetos directamente destinados a su uso. El producto colectivo de la asociación a que nos referimos es un producto social. Una parte de este producto vuelve a prestar servicio bajo la forma de medios de producción. Sigue siendo social. Otra parte es consumida por los individuos asociados, bajo forma de medios de vida. Debe, por tanto, ser distribuida. El carácter de esta distribución variará según el carácter especial del propio organismo social de producción y con arreglo al nivel histórico de los productores. Partiremos sin embargo, aunque solo sea a título de paralelo con el régimen de producción de mercancías, del supuesto de que la participación asignada a cada productor en los medios de vida depende de su tiempo de trabajo. En estas condiciones, el tiempo de trabajo representa, como se ve, una doble función. Su distribución con arreglo a un plan social servirá para regular la proporción adecuada entre las diversas funciones del trabajo y las distintas necesidades. De otra parte, simultáneamente, el tiempo de trabajo serviría para graduar la parte individual del productor en el trabajo colectivo y, por tanto, en la parte del producto también colectivo destinado al consumo. Como se ve, aquí las relaciones sociales de los hombres con su trabajo y los productos de su trabajo son perfectamente claras y sencillas, tanto en lo tocante a la producción como en lo que se refiere a la distribución.

También fuera del tomo i de El capital Marx hace afirmaciones importantes al respecto:

Cualquier muchacho sabe que una nación que dejase de trabajar, no digo durante un año, sino durante unas cuantas semanas, estiraría la pata. Y sabe también que las masas de productos correspondientes a las distintas necesidades reclaman masas distintas y cuantitativamente determinadas del trabajo social de la sociedad. Que esta necesidad de distribuir el trabajo social en determinadas proporciones no resulta suprimida, ni mucho menos, por una determinada forma de la producción social, sino que cambia simplemente su modo de manifestarse, es también algo evidente por sí mismo. Las leyes naturales jamás pueden suprimirse. Lo único que puede variar en situaciones históricas distintas es la forma en que esas leyes se abran paso. Y, en una sociedad en que la interdependencia del trabajo social se hace valer mediante el cambio privado de los productos individuales del trabajo, la forma en que esa distribución proporcional del trabajo se impone es precisamente el valor de cambio de estos productos (carta de Marx a Kugelman, 11 de julio de 1868).

Marx volverá sobre el tema en el tomo iii de El capital:

[…] después de la supresión del modo capitalista de producción, pero en el caso de la conservación de la producción social, la determinación del valor seguirá dominando, porque será más necesario que nunca reglamentar la duración del trabajo, distribuir el trabajo social entre los distintos grupos productivos, y por último llevar la contabilidad que abarque todo eso.

Vemos entonces que se refleja el carácter social del trabajo entre los hombres como características inherentes a los productos del trabajo, como propiedades naturales de las cosas. Este es el elemento fundamental: se convierten las relaciones entre personas en relaciones entre cosas. Lo que adopta la forma fantasmal de una relación entre cosas no es sino la propia relación social. Marx tratará de profundizar en la causa de esta transformación, y dirá que se debe a la índole social del trabajo productor de mercancías, como productos de trabajos privados ejercidos independientemente. Y el fetichismo de la mercancía será el primer paso para descubrir toda la larga serie de fetiches sobre la que se construye el capitalismo: el fetiche del valor, del dinero y del capital.

Y, como señalamos más arriba, los atributos sociales del trabajo privado solo se reflejan a posteriori en el tiempo. Al no tratarse de productos sociales directos los que se enfrentan en el intercambio, siempre quedará la incógnita previa al mercado acerca de si el trabajo de un productor forma parte o no del trabajo social global y adquiere o no valor.

De ahí la dramaticidad del doble carácter de la mercancía: por un lado, en cuanto producto de un trabajo útil, debe probar su eficacia para ganarse un lugar en la división social del trabajo; pero, por el otro, solo puede hacerlo a partir del intercambio mercantil (y aquí solo vale el trabajo abstracto que contiene). Vemos entonces que, una vez que las propias proporciones entre las mercancías (magnitudes en el cambio) adquieren cierta fijeza, aún esas proporciones pierden su carácter social y se naturalizan.

Decíamos más arriba que las determinaciones del valor nos indican que las relaciones entre el hombre y la naturaleza en el acto de producir son claras, transparentes (de hecho, todos los seres humanos agotan su energía trabajando, siempre va a importar el tiempo de trabajo, y en todos los casos es una relación social). Sin embargo, el fetichismo crea una opacidad y hace que esto tan claro no se entienda. En síntesis, el fetichismo de la mercancía no es otra cosa que el propio valor, la manera “mercantil”, “capitalista” en que se expresan las determinaciones del valor.

El origen siempre misterioso y oculto del capital

La riqueza de análisis de El capital es enorme, y muy lejos estamos en este texto de querer agotarla, e incluso de abarcarla. Por eso vamos a pasar por alto una construcción teórica impresionante de Marx: su teoría del dinero. Digamos solamente que procede de la continuidad de la derivación lógica desde la mercancía, pasando por el valor, hacia la materialización de la forma de valor en el valor de cambio (forma relativa del valor y forma equivalente), que decanta en el equivalente general y, por lo tanto, en la forma dinero.

Donde sí nos queremos detener es en el comienzo de la sección segunda del tomo i (capítulo 4) denominado “La transformación de dinero en capital”. Marx comienza siendo muy claro al respecto: “La circulación de mercancías es el punto de partida del capital”. Y luego: “El dinero en cuanto dinero y el dinero en cuanto capital solo se distinguen en un principio por su distinta forma de circulación […] se transforma en capital, deviene capital y es, ya conforme a su determinación, capital”.

¿Se trata de un simple cambio en el “orden” de los factores mercancía y dinero? (paso de M-D-M a D-M-D, o eventualmente a la “desigualdad” D-M-D’). Es mucho más que eso. Aquí nace la monstruosidad del capital. O, si se quiere, la monstruosidad ética del capitalismo: “La circulación del dinero como capital es […] un fin en sí, pues la valorización del valor existe únicamente en el marco de ese movimiento renovado sin cesar. El movimiento del capital, por ende, es carente de medida”. Se trata de algo sin fin, por lo tanto, infinito. Es, como dice Marx, “el movimiento infatigable de la obtención de ganancias”.

Marx recorre las distintas formas que puede asumir ese capital personificado: pasa por el capital comercial y el capital que rinde interés. Pero se refiere a ellos como sus expresiones “antediluvianas”. Formas derivadas de algo mucho más profundo: la forma básica del capital. De ahí que haga toda una serie de rodeos preguntándose cómo puede surgir una “inequivalencia” (un excedente) del mero intercambio de equivalentes. A esto Marx lo llama “contradicciones de la fórmula general”. Es que nuestro autor, después de decir que en el dinero ya está implícito el capital, nos plantea que el dinero todavía no es capital. El gran interrogante es cómo se da ese pasaje. No es una simple cuestión cuantitativa. Mucho dinero, infinito dinero todavía tampoco es capital. Hace falta algo más. Requiere una exterioridad a sí mismo.

Y esa exterioridad es la existencia de la mercancía fuerza de trabajo. Con todas las determinaciones históricas que hacen que se pueda presentar como tal, planteadas por Marx en el capítulo 4 y desarrolladas en un sentido más amplio en el 24 (“La llamada acumulación originaria”). El propietario de los medios de producción, de trabajo muerto, les da vida a partir de su relación con la fuerza de trabajo. Y de ahí surge el plusvalor: es un proceso de creación. El plusvalor crea valor de la nada (como bien subraya Enrique Dussel). Por eso el capital también se torna invisible y misterioso: un nuevo fetiche, que convierte al capitalismo en la idolatría de un falso dios. Leamos a Marx, en el capítulo 5:

Al transformar el dinero en mercancías que sirven como materias formadoras de un nuevo producto o como factores del proceso laboral, al incorporar fuerza viva de trabajo a la objetividad muerta de los mismos, el capitalista transforma valor, trabajo pretérito, objetivado, muerto, en capital, en valor que se valoriza a sí mismo, en un monstruo animado que comienza a “trabajar” cual si tuviera dentro del cuerpo al amor.

Lo último remite a una cita del Fausto de Goethe, donde en una canción los bebedores dicen que una rata envenenada salta de angustia “cual si tuviera dentro del cuerpo el amor”.

El trabajador, entonces, convertida ya su eterna relación de mediación con la naturaleza llamada “trabajo” en la forma “mercancía fuerza de trabajo”, se enfrenta a un propietario de dinero, que puede –porque existen separados del productor– adquirir medios de producción. Pero el momento en que el dinero deviene capital es cuando paga salario (la forma concreta, materializada que toma el valor de cambio de la fuerza de trabajo). A partir de ahí, desde la “nada” del trabajo muerto, osificado, previo en medios de producción, el trabajo vivo del obrero produce el plusvalor. Y entonces se crea el capital. Es un proceso que Marx trabaja con una enorme profundidad teórica en el capítulo 5 (“Proceso de trabajo y proceso de valorización”), que solo puede comprenderse si se complementa con el llamado capítulo 6 (inédito), “Resultados del proceso inmediato de producción”, parte de los manuscritos de 1863-1865, donde podemos encontrar los reveladores conceptos de subsunción formal y subsunción real del trabajo al capital.

La teoría de la plusvalía

Marx nos va a plantear la diferencia existente entre la producción simple de mercancías y el capitalismo. Como bien lo sintetiza Paul Sweezy (1946):

Es importante no confundir la producción de mercancías en general con el capitalismo. Es verdad que solo bajo el capitalismo “todos o la mayoría de los productos toman la forma de mercancías” [El capital, tomo 1], de modo que puede decirse, ciertamente, que el capitalismo implica la producción de mercancías. Pero lo contrario no es verdad: la producción de mercancías no implica necesariamente el capitalismo. En realidad, un alto grado de desarrollo de la producción de mercancías es un prerrequisito necesario para la aparición del capitalismo. Por consiguiente, a fin de aplicar nuestra teoría del valor al análisis del capitalismo es necesario ante todo examinar cuidadosamente los rasgos especiales que separan a esta forma de producción del concepto general de producción de mercancías.

La gran diferencia es la separación entre el productor y los medios de producción. La producción simple supone un productor que trabaja con sus propios medios de producción y es dueño del fruto de su trabajo. Es cierto que, al igual que en el capitalismo, luego esos productos son intercambiados en un mercado. Pero la gran diferencia es que, en el modo de producción capitalista, también los medios de producción y la propia fuerza de trabajo son mercancías. Siguiendo a Sweezy: “No solo las relaciones entre propietarios, sino también las relaciones entre propietarios y no propietarios tienen el carácter de relaciones de cambio”. Y esto requiere una especificidad histórica: los productores han sido separados de sus medios de producción, estos ya no le pertenecen. Dice Marx:

Las condiciones históricas de su existencia no se dan de ningún modo con la mera circulación de dinero y mercancías. Solo pueden surgir a la vida cuando el propietario de los medios de producción y subsistencia se encuentra en el mercado con el trabajador libre que vende su fuerza de trabajo. Y esta condición histórica abarca una historia del mundo. El capital, por lo tanto, anuncia desde su primera aparición una nueva época en el proceso de la producción social.

En la producción simple de mercancías, el productor vende su producto a fin de comprar otros productos que satisfagan sus necesidades específicas. Ese circuito se conoce como M-D-M. El circuito capitalista es distinto: el capitalista, actuando en su calidad de tal, se presenta en el mercado con dinero, compra mercancías (fuerza de trabajo y medios de producción), de ahí va al proceso de producción, obtiene el nuevo bien y luego vuelve al mercado para venderlo y obtener dinero. O sea: D-M-D. Siguiendo a Sweezy:

El dinero es el principio y el fin; falta aquí el fundamento racional de M-D-M, ya que el dinero es cualitativamente homogéneo y no sirve para satisfacer necesidades. Es, sin duda, evidente que si la D del comienzo tiene la misma magnitud que la del fin, todo el proceso carece de sentido. De ahí que el único proceso significativo desde el punto de vista del capitalista sea D-M-D’, en el que D’ es mayor que D. La transformación cualitativa del valor de uso es reemplazada aquí por la expansión cuantitativa del valor de cambio como objetivo de la producción. En otras palabras, el capitalista solo tiene por qué desembolsar dinero a cambio de fuerza de trabajo y medios de producción, si en esa forma puede adquirir una cantidad mayor de dinero. El incremento del dinero, la diferencia entre D’ y D, es lo que Marx llama plusvalía.

Y Marx dice al respecto:

La circulación simple de mercancías –vender para comprar– es un medio de realizar un propósito no conectado con la circulación, a saber, la apropiación de los valores de uso, la satisfacción de necesidades. La circulación de dinero como capital es, por el contrario un fin en sí misma, puesto que la expansión del valor solo tiene lugar en el curso de este movimiento renovado sin cesar.
La circulación de capital, por lo tanto, no tiene límites. De este modo el representante consciente de este movimiento, el poseedor de dinero, se convierte en capitalista. Su persona, o más bien su bolsillo, es el punto del cual parte y al cual regresa el dinero. La expansión del valor, que es la base objetiva o el resorte principal de la circulación D-M-D, se convierte en su fin subjetivo, y solo en la medida en que la apropiación de más y más riqueza en abstracto se convierte en el único motivo de sus operaciones, el capitalista actúa como tal, esto es, como capital personificado y dotado de conciencia y voluntad. Los valores de uso, por lo tanto, no deben considerarse nunca como el fin real del capitalista; ni tampoco la ganancia lograda en una sola transacción. El proceso inacabable y sin descanso de la obtención de ganancias es el solo fin que persigue.

La gran pregunta es de dónde sale este D’, o sea, esta plusvalía. Si bien desde el capitalista individual puede surgir la propia expansión del dinero (por ejemplo, el prestamista que cobra un interés y hace un proceso del tipo D-D’) o aun del capitalista comercial (que compra barato para vender caro), esto es imposible si lo pensamos desde la economía en su conjunto. A lo sumo, se trata de unos capitalistas que se “sacan” dinero unos a otros, pero de conjunto la riqueza no se ha incrementado.

Por eso el secreto de la plusvalía está en el proceso de producción. Y debemos empezar por analizar la mercancía fuerza de trabajo. Recurramos nuevamente a Sweezy:

Para descubrir el origen de la plusvalía es necesario ante todo analizar el valor de la mercancía fuerza de trabajo. Cuando decimos que la fuerza de trabajo es una mercancía, no queremos decir que el trabajo mismo sea una mercancía. La distinción es importante y debe ser cuidadosamente tomada en consideración; podemos aclararla como sigue. El capitalista toma a salario al obrero para que éste vaya cierto día a su fábrica, preparado a realizar cualquier tarea que se le encomiende. Al hacer esto, compra la capacidad de trabajo del obrero, su fuerza de trabajo; pero hasta aquí no se trata del gasto de cerebro y músculo que constituyen el trabajo real. Estos últimos entran en el cuadro solamente cuando al obrero se le pone en movimiento, en una tarea específica. El trabajo, en otras palabras, es el uso de la fuerza de trabajo, exactamente como, empleando la analogía de Marx, la digestión es el uso del poder de digestión.
En el sentido más estricto, la fuerza de trabajo es el trabajador mismo. En una sociedad de esclavos esto es obvio, ya que lo que el comprador adquiere es el esclavo y no su trabajo.
Bajo el capitalismo, sin embargo, el hecho de que el contrato de trabajo sea legalmente limitado o terminable, o ambas cosas, oscurece la realidad de que lo que el obrero hace es venderse por un período de tiempo estipulado. Esta es, sin embargo, la realidad de la cuestión, y es probable que el concepto de un día de fuerza de trabajo sea mejor entendido, simplemente, como un trabajador por un día.

Determinado el carácter de mercancía de la fuerza de trabajo, debemos preguntarnos por su valor. Y Marx lo determina como la canasta de bienes necesarios para la reproducción del trabajador y su familia. Veamos cómo lo justifica:

El valor de la fuerza de trabajo se determina, como en el caso de cualquier otra mercancía, por el tiempo de trabajo necesario para la producción, y, en consecuencia, también para la reproducción de este artículo especial […]. Dado el individuo, la producción de fuerza de trabajo consiste en la reproducción de sí mismo o su manutención. Por consiguiente, el tiempo de trabajo requerido para la producción de fuerza de trabajo se reduce al necesario para la producción de los medios de subsistencia; en otras palabras, el valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de subsistencia necesarios para el mantenimiento del trabajador […].
Sus medios de subsistencia deben […] ser suficientes para mantenerlo en su estado normal como individuo laborante. Sus necesidades naturales, como el alimento, el vestido, el combustible y el alojamiento varían según las condiciones climáticas y otras condiciones físicas de su país. Por otra parte, el número y la magnitud de sus llamadas necesidades esenciales […] son el producto del desarrollo histórico y dependen, por lo tanto, en gran medida, del grado de civilización de un país.

Ahora bien, el capitalista arriba al mercado con dinero y compra maquinaria, insumos y fuerza de trabajo. Luego procede a combinarlos en un proceso de producción y obtiene una cantidad de mercancías que va a vender al mercado. A los efectos de simplificar y aislar efectos secundarios, vamos a suponer en un primer momento que todas las mercancías se compran y venden a su valor. ¿Por qué, a pesar de todo, aparece una plusvalía? Veámoslo con el ejemplo que le plantea Sweezy:

Supongamos que este valor es el producto del trabajo de seis horas. Pero significa que después de seis horas de producción el obrero ha añadido al valor de los materiales y la maquinaria usados –un valor que sabemos reaparece en el producto– el valor adicional suficiente para compensar sus propios medios de subsistencia. Si el proceso hubiera de interrumpirse en este punto el capitalista podría vender el producto por lo exactamente suficiente para reembolsar sus gastos.
Pero el obrero se ha vendido al capitalista por un día y no hay nada en la naturaleza de las cosas que ordene limitar la jornada de trabajo a seis horas. Supongamos que la jornada de trabajo es de doce horas. Entonces en las últimas seis horas, el obrero continúa agregando valor, pero ahora es un valor en exceso del necesario para compensar sus medios de subsistencia; es, en suma, plusvalía que el capitalista puede tomar para sí.
La llana lógica de este razonamiento puede expresarse de un modo más sencillo. Con su trabajo de un día el trabajador produce más que los medios de subsistencia de un día. En consecuencia, la jornada de trabajo puede dividirse en dos partes, trabajo necesario y trabajo excedente. Bajo las condiciones de la producción capitalista el producto del trabajo necesario va a poder del obrero en forma de salario, mientras que el capitalista se apropia el producto del trabajo excedente en la forma de plusvalía.

Marx lo explica de la siguiente manera:

La segunda etapa del proceso de trabajo, en que el obrero rebasa las fronteras del trabajo necesario, le cuesta, evidentemente, trabajo, supone fuerza de trabajo desplegada, pero no crea valor alguno para él. Crea la plusvalía, que sonríe al capitalista con todo el encanto de algo que brotase de la nada. Esta parte de la jornada de trabajo es la que yo llamo tiempo de trabajo excedente, dando el nombre de trabajo excedente (surplus labour) al trabajo desplegado en ella. Y, del mismo modo que para tener conciencia de lo que es el valor en general hay que concebirlo como una simple materialización de tiempo de trabajo, como trabajo materializado pura y simplemente, para tener conciencia de lo que es la plusvalía, se la ha de concebir como una simple materialización de trabajo excedente, como trabajo excedente materializado pura y simplemente. Lo único que distingue unos de otros los tipos económicos de sociedad, v. gr. la sociedad de la esclavitud de la del trabajo asalariado, es la forma en que este trabajo excedente le es arrancado al productor inmediato, al obrero.

Trabajo productivo e improductivo

La plusvalía (el excedente capitalista) es el producto entonces de la apropiación por parte del capitalista del trabajo productivo ejecutado por el obrero. Ahora bien, esto abre una interesante pregunta: ¿todo trabajo es productivo? Se trata de una discusión que viene desde Smith y Ricardo.

Marx sostiene que solo el trabajo productivo del obrero crea valor. Y, por lo tanto, también plusvalía. Se trata en concreto de la producción de bienes materiales, físicos, tanto para el consumo inmediato, como para hacer posible la propia producción de estos (tal es el caso de maquinarias, insumos, etcétera). Sin embargo, esa plusvalía creada también tiene que distribuirse en un conjunto de actividades “no productivas”, algunas útiles y otras inútiles. Por ejemplo, el conjunto de los bienes materiales creados tendrá que hacerse cargo de darles de comer y vestir a maestros y médicos, que no están produciendo dichos bienes, aun cuando cumplan una función útil. Y en la sociedad capitalista también a los que hacen tareas directamente inútiles, como la propaganda comercial, o las fuerzas armadas.

Parte de esa plusvalía se la apropia el Estado, por ejemplo, a través de los impuestos (aunque muchas veces los impuestos son cobrados a los trabajadores, por lo que se extraen de lo que llamaremos el “capital variable”, tal como lo definiremos más abajo).

Pero a veces también es un proceso de redistribución de plusvalía entre los propios capitalistas, que para ello utilizan trabajadores. Por ejemplo, un empleado bancario es explotado por su patrón, que le extrae plusvalía. ¿De dónde sale, sin embargo, tanto el capital variable como la plusvalía del sector bancario? Es una “punción” en la plusvalía generada en el sector productivo de la economía.

Por eso, en el capitalismo, se dirá que un “trabajo es productivo” si es capaz de crear plusvalía, si se trabaja para la ganancia de un patrón. Desde el punto de vista del capitalismo, entonces, todo el trabajo estatal es improductivo. Veamos cómo lo explica Marx:

Dentro del capitalismo, solo es productivo el obrero que produce plusvalía para el capitalista o que trabaja por hacer rentable el capital. Si se nos permite poner un ejemplo ajeno a la órbita de la producción material, diremos que un maestro de escuela es obrero productivo si, además de moldear las cabezas de los niños, moldea su propio trabajo para enriquecer al patrono. El hecho de que éste invierta su capital en una fábrica de enseñanza en vez de invertirlo en una fábrica de salchichas, no altera en lo más mínimo los términos del problema. Por tanto, el concepto de trabajo productivo no entraña simplemente una relación entre la actividad y el efecto útil de ésta, entre el obrero y el producto de su trabajo, sino que lleva además implícita una relación específicamente social e históricamente dada de producción, que convierte al obrero en instrumento directo de valorización del capital. Por eso el ser obrero productivo no es precisamente una dicha, sino una desgracia.

Tasa de plusvalía

Estudiaremos a continuación una serie de proporciones fundamentales para entender la dinámica del capitalismo y poder explicar a posteriori su crisis.

Comencemos recordando tres conceptos básicos: “plusvalía”, “capital constante” y “capital variable”. El valor de una mercancía, que está dado por el trabajo abstracto que contiene, o, lo que es lo mismo, por el tiempo de trabajo socialmente necesario que llevó producirla, está compuesta por estos tres componentes. O sea que toda mercancía contiene:

  1. Capital constante: la porción de trabajo anterior que “pasó” al nuevo producto. A veces se lo puede “ver” físicamente, por ejemplo, cuando el obrero coloca un tornillo o un componente cualquiera que él no produjo, solo “transfirió” a la nueva mercancía. Otras veces “no se lo ve” en la nueva mercancía, pero sí es posible observar su transferencia física si miramos el proceso productivo, por ejemplo, en la industria química, cuando se coloca algo en la mercancía que, al mezclarse, ya pierde su forma material anterior. Y, finalmente, otras veces ni siquiera es visible la transferencia en el propio proceso, sino en la maquinaria que se está utilizando. Así, una máquina “se gasta” (es el concepto contable de amortización), y va transfiriendo, de a poco, su valor a la nueva mercancía. Por ejemplo, si una máquina es capaz de producir 500 piezas antes de romperse por el desgaste, “pasa su valor” a la mercancía en una proporción de 1/500 por pieza. Esto es lo que cualquier capitalista calcula como su costo para poder reemplazar la máquina al final de su vida útil.
  2. Capital variable: la parte del nuevo valor agregado, o sea del trabajo del obrero, que se remunera. El valor de cambio de la mercancía fuerza de trabajo. Monetariamente, el salario.
  3. Plusvalía: la parte del nuevo valor agregado por el obrero que el capitalista no paga, el excedente.

Veamos qué dice Marx de estos conceptos:

Los medios de producción solo transfieren un valor a la nueva forma del producto en la medida en que, durante el proceso de trabajo, pierden valor bajo la forma de su antiguo valor de uso. El máximo de pérdida de valor que en el proceso de trabajo pueden experimentar está limitado, evidentemente, por la magnitud primitiva de valor con que entran en el proceso de trabajo o por el tiempo de trabajo necesario para su producción. Por tanto, los medios de producción no pueden jamás añadir al producto más valor que el que ellos mismos poseen independientemente del proceso de trabajo al que sirven.
Lo que se consume en los medios de producción es su valor de uso, cuyo consumo hace que el trabajo cree productos. Su valor no se consume realmente, ni puede, por tanto, reproducirse. Lo que hace es conservarse, pero no porque sufra operación de ninguna clase en el proceso de trabajo, sino porque el valor de uso en que existía anteriormente desaparece para transformarse en otro distinto. Por tanto, el valor de los medios de producción reaparece en el valor del producto, pero no se reproduce, hablando en términos estrictos. Lo que se produce es un nuevo valor de uso, en el que reaparece el valor de cambio anterior.
Otra cosa acontece con el factor subjetivo del proceso de trabajo, con la fuerza de trabajo puesta en acción. Mientras que por su forma útil, encaminada a un fin, el trabajo transfiere al producto el valor de los medios de producción y lo conserva, cada momento de su dinámica crea valor adicional, nuevo valor. Supongamos que el proceso de producción se interrumpe en el punto en que el obrero produce un equivalente del valor de su fuerza de trabajo, en que, por ejemplo, después de seis horas de trabajo, crea un valor de tres chelines. Este valor forma el remanente del valor del producto sobre la parte integrante que se debe al valor de los medios de producción. Es el único valor original que ha brotado dentro de este proceso. Claro está que este valor no hace más que reponer el dinero adelantado por el capitalista al comprar la fuerza de trabajo e invertido por el obrero en adquirir los medios de vida. En relación con los tres chelines desembolsados, el nuevo valor de tres chelines parece un simple reproducción. Pero es una reproducción real y no aparente, como la del valor de los medios de producción. Aquí, la sustitución de un valor por otro se opera mediante una creación de nuevo valor.
Sabemos, sin embargo, que el proceso de trabajo se remonta sobre el punto en que reproduce y añade al objeto sobre que recae un simple equivalente del valor de la fuerza de trabajo. En vez de las seis horas que bastan para eso, el proceso de trabajo dura, por ejemplo doce horas. Por tanto, la fuerza de trabajo puesta en acción no se limita a reproducir su propio valor, sino que produce un valor nuevo. Esta plusvalía forma el remanente del valor del producto sobre el valor de los factores del producto consumidos, es decir, los medios de producción y la fuerza de trabajo.
Como vemos, la parte de capital que se invierte en medios de producción, es decir, materias primas, materias auxiliares e instrumentos de trabajo, no cambia de magnitud de valor en el proceso de producción. Teniendo esto en cuenta, le doy el nombre de parte constante del capital, o más concisamente, capital constante.
En cambio, la parte de capital que se invierte en fuerza de trabajo cambia de valor en el proceso de producción. Además de reproducir su propia equivalencia, crea un remanente, la plusvalía, que puede también variar, siendo más grande o más pequeño. Esta parte del capital se convierte constantemente de magnitud constante en variable. Por eso le doy el nombre de parte variable del capital, o más concisamente, capital variable. Las mismas partes integrantes del capital que desde el punto de vista del proceso de trabajo distinguíamos como factores objetivos y subjetivos, medios de producción y fuerza de trabajo, son las que desde el punto de vista del proceso de valorización se distinguen en capital constante y capital variable.

Teniendo nuestros tres conceptos (“capital constante”, “capital variable” y “plusvalía”), vamos a empezar a establecer relaciones entre ellos: ¿en una determinada mercancía, o en determinado proceso de trabajo, que proporción (cuanto por ciento) es uno con respecto al otro?

Empecemos por la primera relación, la tasa de plusvalía, p’=p/v. Veamos lo que dice Marx:

Como el valor del capital variable es igual al valor de la fuerza de trabajo comprada por él, y el valor de ésta determina la parte necesaria de la jornada de trabajo, y a su vez la plusvalía está determinada por la parte restante de la jornada de trabajo, resulta que la plusvalía guarda con el capital variable la misma relación que el trabajo excedente con el trabajo necesario, por donde la cuota de plusvalía, p/v es igual a trabajo excedente/trabajo necesario. Ambas razones expresan la misma relación, aunque en distinta forma: la primera, en forma de trabajo materializado, la segunda en forma de trabajo fluido.
La cuota de plusvalía es, por tanto, la expresión exacta del grado de explotación de la fuerza de trabajo por el capital o del obrero por el capitalista.

La tasa de la plusvalía es la proporción de trabajo excedente con respecto al trabajo necesario. En el ejemplo clásico, suponiendo un día de trabajo de doce horas, donde seis horas corresponden a trabajo necesario y seis a trabajo excedente, la tasa de explotación se mide de la siguiente manera: 6 horas/6 horas=100 por ciento. El concepto de “tasa de explotación” y el de “tasa de plusvalía” son iguales, aunque podríamos recalcar que el primero es más general, aplicable a todos los modos de producción, mientras que el segundo solo corresponde al capitalismo.

Plusvalía absoluta y relativa

Las diferentes magnitudes de trabajo necesario y excedente también nos abren la discusión de qué es lo que determina la magnitud de la tasa de plusvalía. Tres son los factores definitorios: la duración de la jornada de trabajo, el monto del salario real (y por tanto el tiempo de trabajo que lleva producir esas mercancías) y la productividad del trabajo.

El primero define el tiempo total del trabajo, que se divide en el trabajo necesario y el trabajo excedente. El segundo y el tercero determinan cuánto de ese tiempo forma el trabajo necesario. La tasa de la plusvalía puede aumentar bien por una extensión de la jornada de trabajo, por una baja del salario real, o por un aumento de la productividad del trabajo (o, por supuesto, por alguna combinatoria de los tres factores).

Marx denomina “plusvalía absoluta” a la extensión de la jornada de trabajo, y “plusvalía relativa” a las rebajas de salario real o aumento de productividad. Sin embargo, quedan algunas zonas grises que discutir. Escuchemos a Marx:

La producción de plusvalía absoluta se consigue prolongando la jornada de trabajo más allá del punto en que un obrero se limita a producir un equivalente al valor de su fuerza de trabajo, y haciendo que este plustrabajo se lo apropie el capital.

Queda claro que un aumento de horas de trabajo es incremento de plusvalía absoluta. O que un cambio tecnológico que permite producir más con el mismo esfuerzo es plusvalía relativa. Pero ¿qué sucede cuando hay un aumento de la intensificación física del ritmo de trabajo? En síntesis, cuando se produce más por mayor explotación física del trabajador, aun cuando el tiempo de la jornada de trabajo sea el mismo. Tendemos a creer que eso es extracción de plusvalía absoluta, ya que lo que sucede en la práctica es que se llenan los poros de “tiempos muertos” en el proceso productivo. Esto está en el centro de las modificaciones que se observan en el siglo xx, tanto durante el taylorismo como con el fordismo. Sin embargo, no está explicitado claramente así por Marx; es más, en muchas interpretaciones se considera toda incremento de plusvalía sin modificar la extensión total de la jornada de trabajo como extensión de plusvalía absoluta.

Composición orgánica del capital

Ahora introduzcamos una segunda relación: la que existe entre el capital constante y el capital variable. Esta relación tiene distintas formas de expresarse algebraicamente. Utilizaremos la más sencilla: composición orgánica del capital= c/v. ¿Qué representa? Tomemos a un capitalista que ha invertido su capital en capital constante (máquinas, insumos) y en capital variable. ¿Cuánto en cada uno? Habrá procesos productivos que requieren “mucha mecanización” y “poca mano de obra”, o sea, más c que v. Diremos que ese proceso tiene una alta composición orgánica del capital. Un ejemplo puede ser la siderurgia. Otros, en cambio, requieren más mano de obra y menos “máquina”, más v que c. Serán de baja composición orgánica del capital. Un ejemplo lo tenemos en la industria textil.

Debemos señalar aquí una tendencia del capitalismo a reemplazar obreros por máquinas. Proceso que ya había llamado la atención de David Ricardo en su capítulo 31 de los Principios (agregado en la tercera edición). Es una tendencia al incremento constante de la composición orgánica del capital.

Veamos ahora cómo plantea Marx la cuestión, definiendo a la composición orgánica como la relación entre la composición técnica y la composición en valor:

Estudiaremos en este capítulo la influencia que el incremento del capital ejerce sobre la suerte de la clase obrera. El factor más importante, en esta investigación, es la composición del capital y los cambios experimentados por ella en el transcurso del proceso de acumulación.
La composición del capital puede interpretarse en dos sentidos. Atendiendo al valor, la composición del capital depende de la proporción en que se divide en capital constante o valor de los medios de producción y capital variable o valor de la fuerza de trabajo, suma global de los salarios. Atendiendo a la materia, a su funcionamiento en el proceso de producción, los capitales se dividen siempre en medios de producción y fuerza viva de trabajo; esta composición se determina por la proporción existente entre la masa de los medios de producción empleados, de una parte, y de otra la cantidad de trabajo necesario para su empleo. Llamaremos a la primera composición de valor y a la segunda composición técnica del capital. Media entre ambas una relación de mutua interdependencia. Para expresarla, doy a la composición de valor, en cuanto se halla determinada por la composición técnica y refleja los cambios operados en ésta, el nombre de composición orgánica del capital. Cuando hablemos de la composición del capital pura y simplemente, nos referiremos siempre a su composición orgánica.

La acumulación y el ejército de reserva

El modo de producción capitalista no es solo “producción de plusvalía”, sino también reproducción del capital, a partir, justamente, de la reinversión de lo producido. Marx desarrolla profundamente este tema en el tomo ii de El capital.

Así, primero realiza un esquema que denomina “de la reproducción simple”, donde plantea la abstracción de un sistema capitalista que conserva, indefinidamente, las mismas dimensiones y proporciones entre sus partes. O sea, donde se da la condición de que los capitalistas repongan cada año exactamente el capital gastado, los obreros utilicen el total de su salario en consumo y la plusvalía sea utilizada solamente por los burgueses para su propio consumo.

Veamos el esquema sencillo de Marx en este caso. Toda la producción se divide en dos grandes ramas: sector i, producción de medios de producción; y sector ii, producción de bienes de consumo.

Sector i: C1 + V1 + P1 = W1

Sector ii: C2 + V2 + P2 = W2.

Donde:

i= sector de producción de medios de producción

ii= sector de producción de medios de consumo

C= capital constante

V= capital variable

P= plusvalía.

W= total de producción y, por lo tanto, de valor generado en cada sector

Para que se cumplan las condiciones de la reproducción simple, el capital constante utilizado (C1 + C2) debe ser igual a la producción de esos bienes en la rama i (W1). Y el consumo total de capitalistas y obreros (V1+V2+P1+P2) debe serlo del total de lo producido en la rama ii (W2). Así:

C1 + C2 = C1 + V1 + P1

V1 + P1 + V2 + P2 = C2 + V2 + P2.

Simplificando C1 de ambos lados de la primera igualdad y V2 + P2 idénticamente de la segunda, nos queda una única ecuación de equilibrio de la reproducción simple: C2 = V1 + P1. Este equilibrio básico no existe en la realidad. Es importante para entender que se debe dar una cierta relación entre lo que se produce y lo que se consume (lo que vulgarmente llamamos “oferta” y “demanda”), pero que esta requiere también un equilibrio entre sectores, como básicamente se plantea en el esquema ultrasimplificado de bienes de consumo y bienes de producción.

Pero, en la realidad, los capitalistas reinvierten la plusvalía obtenida en más medios de producción y contratan más fuerza de trabajo. Así se acumula el capital, en un proceso que Marx denomina “de reproducción ampliada”. De hecho, el capitalismo es un proceso de constante acumulación y reproducción ampliada del capital.

Esto plantea un problema. Si la reproducción es siempre creciente, debería haber una demanda cada vez mayor de fuerza de trabajo. El valor de esta, por lo tanto, debería tender a subir, a costa de la plusvalía.

Sin embargo, no es esto lo que sucede en la realidad. Dice Marx:

Las exigencias del capital que se acumula pueden exceder el aumento de la fuerza de trabajo o del número de trabajadores; la demanda de trabajadores puede exceder la oferta y, por consiguiente, los salarios pueden subir. A la verdad, esto debe ser así finalmente si las condiciones supuestas antes persisten. Puesto que, si cada año se emplean más trabajadores que en el anterior, tarde o temprano se llegará a un punto en que las exigencias de la acumulación empiecen a sobrepasar la oferta de trabajo acostumbrada y, por lo tanto, tenga lugar una elevación de salarios.

Sin embargo, continuará Marx, no es esto lo que sucede: los salarios se mantendrán en el valor de la fuerza de trabajo. Ello se debe a la existencia de lo que Marx va a denominar un “ejército industrial de reserva”, consistente en obreros desocupados que, compitiendo por un sitio en el mercado de trabajo, deprimen hacia abajo el salario. Afirma Marx:

El ejército industrial de reserva durante los períodos de estancamiento y de prosperidad media gravita sobre el ejército activo de trabajo; durante los períodos de sobreproducción y paroxismo, pone freno a sus pretensiones. La población excedente relativa es, por lo tanto, el pivote sobre el cual opera la ley de la demanda y oferta de trabajo. Ella confina el campo de acción de esta ley dentro de los límites absolutamente adecuados a la actividad explotadora y a la dominación del capital.

El ejército de reserva surge principalmente a causa del desplazamiento de trabajadores por los avances del maquinismo, lo cual es la respuesta más clara del capital ante el peligro del poder obrero. Nuevamente, Marx acá sigue el rastro del citado capítulo de Ricardo sobre la maquinaria.

De las dimensiones cualitativas en Marx a las cuantitativas

El tomo i es el corazón de El capital. No solamente porque fue el único publicado, y para ello corregido obsesivamente por Marx. Sino particularmente porque, manteniéndose en el nivel de la producción del capital, concentra lo esencial de este modo de producción: como el trabajo vivo, el esfuerzo, el “sudor” del obrero crean de la nada la riqueza del capitalista. Como hace “revivir” el trabajo muerto, anterior, los medios de producción, que sin esa savia del trabajo vivo no serían capaces de generar absolutamente nada, por más ciencia, tecnología, invenciones u organización de la producción en el papel.

Por eso propusimos poner el eje en este aspecto, que llamamos “cualitativo”, de las categorías de Marx. Por supuesto que esto no quita la importancia de seguir el espiral dialéctico y llegar a las dimensiones cuantitativas. Algunas de ellas están en el propio tomo i, como las que se refieren al tiempo de trabajo socialmente necesario. O las que permiten comprender el plusvalor como el tiempo (y, por lo tanto, cuantificable) no pagado de la jornada de trabajo. Las definiciones de “plusvalía absoluta”, “plusvalía relativa”, la relación cuantitativa que se establece entre capital constante y variable (composición orgánica del capital) y la propia “tasa de ganancia” son todas proporciones, relaciones, fundamentales para captar el funcionamiento de conjunto del capitalismo. Pero corremos el riesgo de equivocarnos si no las analizamos a la luz de qué significan cada uno de estos conceptos en términos de diferentes formas en que se manifiesta el trabajo vivo.

Así, por ejemplo, mientras que el capital constante puede crecer casi sin límites en su relación con el capital variable, incrementando la composición técnica del capital y, si se dan determinadas condiciones, la propia composición orgánica, existe un límite que se puede expresar hasta matemáticamente con respecto a la tasa de plusvalor: la jornada de trabajo no puede incrementarse más allá de las posibilidades del propio ser humano; el salario no puede reducirse más allá de un mínimo que pone en riesgo la vida misma. Así, la lucha de clases, la pelea de la humanidad trabajadora por su propia supervivencia frente “al vampiro que le chupa su sangre, el capital” (la expresión es del propio Marx), penetra en todas las fórmulas por más matemáticamente que se puedan formalizar.

Marx y su teoría de la crisis capitalista

Dijimos más arriba que Marx tenía dos objetivos al escribir El capital y encontrar las leyes de funcionamiento de capitalismo: sacar a la luz, demostrar lo que aparecía como la opacidad de la explotación del trabajador por la burguesía, fue el primero de ellos. Pero a esto le sumó intentar comprender por qué el capitalismo llevaba inscripto en su propia dinámica la tendencia a la crisis. Que Marx veía como una sentencia de muerte, siempre prorrogada mientras la clase obrera no se levantara y triunfara en la revolución social.

Y en su búsqueda de la dinámica hacia la disolución del capitalismo, tenemos que decir que Marx nunca culminó acabadamente una teoría de la crisis. Marx afirma que el capitalismo lleva en sí mismo el germen de su crisis. Pero no termina de desarrollar a fondo las causas ni la génesis de esta. Ello se debe, en parte, a que su propia elaboración teórica en El capital quedó inconclusa. Pero también a que solo podía ver las manifestaciones de la crisis que se sucedían en su época. Así, en el posfacio a la segunda edición de El capital (1873), afirmaba:

El movimiento contradictorio de la sociedad capitalista impresiona al burgués práctico del modo más notable en los cambios del ciclo periódico que la industria moderna recorre y cuyo punto culminante es la crisis general. La crisis se aproxima una vez más, aunque no esté todavía sino en su etapa preliminar; y por la universalidad de su escenario y la intensidad de su acción, hará resonar la dialéctica inclusive en la cabeza de los hongos advenedizos del nuevo sagrado imperio pruso-germano.

Ahora bien, Si tratamos de rastrear las distintas enunciaciones con respecto a la crisis capitalista, lo primero que hallamos se encuentra en el Manifiesto comunista. Completemos ahora una de las frases de ese libro que habíamos citado más arriba. En ella aparece la génesis de lo que podríamos denominar “crisis de sobreproducción”:

Las relaciones burguesas de producción y de cambio, las relaciones burguesas de propiedad, toda esta sociedad burguesa moderna, que ha hecho surgir tan potentes medios de producción y de cambio, se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros. Desde hace algunas décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las fuerzas productivas contra las actuales relaciones de producción, contra las relaciones de propiedad que condicionan la existencia de la burguesía y su dominación. Basta mencionar las crisis comerciales que, con su retorno periódico, plantean en forma cada vez más amenazante, la cuestión de la existencia de toda la sociedad burguesa. Durante cada crisis comercial se destruye, sistemáticamente no solo una parte considerable de productos elaborados, sino incluso de las mismas fuerzas productivas ya creadas. Durante la crisis, una epidemia social, que en cualquier época anterior hubiera parecido absurda, se extiende sobre la sociedad: la epidemia de la sobreproducción. La sociedad se encuentra súbitamente retrotraída a un estado de barbarie momentánea; diríase que el hambre, que una guerra devastadora mundial la han privado de todos sus medios de subsistencia; la industria y el comercio parecen aniquilados. Y todo esto, ¿por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados medios de vida, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya al desarrollo de la civilización burguesa y de las relaciones de propiedad burguesas; por el contrario, resultan ya demasiado poderosas para estas relaciones, que constituyen un obstáculo para su desarrollo; y cada vez que las fuerzas productivas salvan este obstáculo, precipitan en el desorden a toda la sociedad burguesa y amenazan la existencia de la propia sociedad burguesa. Las relaciones burguesas resultan demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno. ¿Cómo vence esta crisis la burguesía? Por una parte, por la destrucción obligada de una masa de fuerzas productivas; por otra, por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos. ¿De qué modo lo hace, entonces? Preparando crisis más extensas y más violentas y disminuyendo los medios de prevenirlas.

Pero esta teoría de la crisis, como ya señalamos, es previa a que Marx llegara a su crítica a la teoría del valor ricardiana. Es muy valiosa, porque rompe con la propia cosmovisión de Ricardo (basada en este punto en Say) y se apoya en la tradición subconsumista.

Marx, siguiendo las lecturas de los economistas clásicos, observa la importancia que estos le dan a la tasa de ganancia o beneficio como factor estratégico de desencadenamiento de la crisis y, eventualmente, del estado “melancólico y triste” (Smith) o virtualmente del estancamiento (Ricardo). Pero el dato fundamental es cuando descubre que, antes de proceder a analizar la dinámica de dicha tasa, hay que comprender que

todos los economistas caen en el error de considerar al plusvalor no puramente en cuanto tal, sino como una forma particular de la ganancia y la renta. Tales necesarios errores teóricos deben producirse […] [porque] se toma el plusvalor como [forma de] ganancia” (manuscritos 1861-63, MEGA, II, 3/2-4, Berlín, Dietz, 1977, traducción de Enrique Dussel).

Por eso la aprehensión de la crisis en El capital requiere la previa derivación de la categoría plusvalor. Marx irá desarrollando su análisis de la “posibilidad” de la crisis capitalista a medida que van apareciendo lógicamente las categorías. Por eso podemos decir que, analíticamente, tenemos tres “teorías” de la crisis. La primera se desprende de la propia aparición del dinero, al poder separar el acto de compra del acto de venta. Esta, evidentemente, tiene puntos de contacto con la “crisis de sobreproducción”. Sin embargo, esta concepción no es estrictamente hablando una “teoría de la crisis capitalista”, ya que podría ser aplicada a cualquier economía mercantil (o sea, donde haya mercado, no necesariamente a una economía capitalista con propiedad privada de los medios de producción y trabajo asalariado). Se trata, entonces, de un planteo “general” de la posibilidad de la crisis. Pero ya se ubica en la vereda opuesta a la ley de Say.

Las otras dos “teorías” que aparecen en el capital sí son propias del modo de producción capitalista. En el tomo ii aparece lo que podríamos llamar “crisis por desproporción entre los sectores de la producción”. En este planteo, lo que quedaría afectado sería la posibilidad de sostener en el tiempo la reproducción ampliada del capital. Siguiendo este razonamiento y poniendo énfasis en que esto lleva, finalmente, a una teoría del subconsumo, surgieron las concepciones de Rosa Luxemburgo.

La tercera “teoría de la crisis” que aparece en El capital, sin duda la considerada más importante, es la de tendencia a la caída de la tasa de ganancia, desarrollada en el tomo iii.

Tasa (o cuota) de ganancia

La tasa (o cuota) de ganancia es la relación clave y más importante para el análisis de lo que sigue. Porque este es el dato clave que toma en cuenta el capitalista para decidir si reinvierte o no y, por lo tanto, si sigue adelante con el proceso de reproducción (simple y, sobre todo, ampliada) del cual depende el propio funcionamiento del sistema capitalista. Es la relación entre la plusvalía y todo el capital invertido (el constante más el variable). Así: g = p/c + v.

Responde a la pregunta del capitalista: ¿cuánto por ciento ganaré si invierto mi capital en un negocio determinado? El capitalista calcula cuánto le implica invertir en maquinaria, en insumos, eventualmente en alquiler de lugar, cuánto debe pagar en términos de nómina de salarios. Todo eso da una suma: el total de capital constante más variable. Supone a partir de allí que obtendrá una determinada cantidad de ganancia (plusvalía). ¿Le conviene hacer la inversión? La cuenta que hace es la de la tasa de ganancia. Divide la plusvalía por todo el capital invertido y le da un tanto por ciento (10 %, 20 %, etcétera). A partir de allí, debe tomar la decisión de invertir, o reinvertir si ya estaba produciendo, su capital.

Veamos cómo lo plantea Marx, ya en el tomo iii de El capital:

Al capitalista le es indiferente que se considere que anticipa el capital constante para obtener una ganancia del capital variable, o que anticipa este último para valorizar aquel; que invierte dinero en salarios para dar mayor valor a las máquinas y las materias primas, o que lo anticipa en forma de máquinas y materias primas para explotar el trabajo. Solo la parte variable del capital crea plusvalía, pero únicamente si también se anticipan los otros elementos, las condiciones materiales de la producción. Como el capitalista no puede explotar el trabajo si no anticipa el capital constante, ni puede valorizar a éste si no anticipa el variable, para su imaginación estos dos elementos cumplen la misma función. Y esta impresión es tanto más fuerte cuanto que la proporción real de su ganancia no la determina la relación de esta con su capital variable, sino la relación con el capital total; no la tasa de plusvalía, sino la de ganancia, que, como veremos, puede mantenerse igual y sin embargo expresar distintas tasas de plusvalía.
El costo del producto abarca todos los elementos de valor pagados por el capitalista, o por los cuales lanzó un equivalente a la producción. Estos costos deben ser reembolsados para conservar el capital, o para reproducirlos en su magnitud primitiva.
El valor que contiene la mercancía es igual al tiempo de trabajo que exige su fabricación, y la suma de este tiempo comprende trabajo pagado y no pagado. Para el capitalista, en cambio, el costo de la mercancía solo abarca la fracción de trabajo que pagó, y que la mercancía materializa. El sobretrabajo que contiene esta nada le cuesta, aunque le cueste trabajo al obrero, lo mismo que el trabajo pagado, y, como éste, cree valor y entre en la mercancía como elemento creador de valor. La ganancia del capitalista proviene de la circunstancia de que tiene para vender, algo que no pagó. La plusvalía, o ganancia, es precisamente ese excedente del valor de la mercancía respecto de su precio de costo, es decir, el excedente de la cantidad total de trabajo contenido en la mercancía respecto de la magnitud de trabajo pagado. Sea cual fuere su origen, la plusvalía es, pues, un excedente sobre el total del capital anticipado. La relación de este excedente con el capital total se expresa, entonces, en la fracción pl/C, donde C designa el capital total. Obtenemos así la tasa de ganancia pl/C= pl/c+v, distinta de la tasa de plusvalía pl/v.

Marx nos va a decir a continuación algo muy importante: la plusvalía y la ganancia, como masa, esto es, como dinero obtenido, o como horas de trabajo no pagadas al obrero, son lo mismo (esto, estrictamente hablando, no es así: en realidad, la masa de plusvalía es igual a todo el excedente, que centralmente constituye la masa de ganancia capitalista. Pero de este excedente también salen los pagos en concepto de renta, de interés e, incluso, de impuestos al Estado).

Pero la tasa de plusvalía y tasa de ganancia, que son proporciones, porcentajes, son dos cosas distintas. El denominador de ambas es distinto. En la tasa de plusvalía, se puede ver cuánto se explota a los obreros, o sea, cuantas horas se les paga y cuántas no, y qué relación hay entre unas y otras. La tasa de ganancia es algo completamente distinto. Muestra cuánto se gana, obviamente por horas de trabajo no pagadas al obrero, con respecto a todo el capital invertido por el capitalista, el variable más el constante.

La relación de la plusvalía con el capital variable se denomina tasa de plusvalía; la relación de ésta con el capital total se llama tasa de ganancia. Son dos medidas distintas de la misma magnitud, que expresan al mismo tiempo dos relaciones o referencias distintas de ésta, a consecuencia de la diferencia entre las medidas utilizadas.

Es muy importante el orden del razonamiento, tal como subraya Marx, en una diferenciación importante con respecto al planteo de Ricardo:

La transformación de la plusvalía en ganancia debe deducirse de la conversión de la tasa de plusvalía en tasa de ganancia, y no a la inversa. Pero en rigor esta última fue el punto de partida histórico. La plusvalía y su tasa son, relativamente, el elemento invisible y el punto esencial que es preciso aclarar, en tanto que la tasa de ganancia, y por consiguiente la plusvalía en su forma de ganancia, son fenómenos que se revelan en la superficie.
En cuanto al capitalista individual, es muy evidente que lo único que le interesa es la relación de la plusvalía o del excedente de valor que obtiene al vender su mercancía con el capital total que anticipó para la producción de ésta. En cambio, la relación exacta de ese excedente con los componentes particulares de su capital y su vinculación interna con ellos, no solo no le interesan, sino que, por el contrario, le importa proyectar una cortina de humo sobre esa relación exacta y esa vinculación interna.

Ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia

Llegamos a un punto fundamental de nuestro análisis. Para Marx las crisis en el capitalismo se explican en última instancia por la ley que vamos a exponer a continuación: la tasa de ganancia tiene una tendencia a caer. Esta será la causa de fondo de toda crisis capitalista, independientemente de que se manifieste en la superficie bajo la forma de un crack financiero, de una crisis de sobreproducción o de cualquier otra manera.

Procedamos a analizar con cuidado. Lo primero que tenemos que decir es que es una “tendencia”, o sea, algo que tiende a suceder, pero que no “sucede siempre”. Hasta que llega un momento en que termina pasando.

¿Por qué existe esta tendencia? Porque, a la vez, hay una tendencia a que aumente la composición orgánica del capital, a que aumente el capital constante. En nuestra fórmula,

tasa de ganancia = p/c + v, hay una tendencia a que aumente constantemente c (el capital constante) en el denominador, o sea, a que se achique el número de esa fracción. O sea que c está aumentado siempre.

¿Eso quiere decir que entonces indefectiblemente bajará la tasa de ganancia? No, por eso decimos que es una tendencia. Existe lo que los marxistas llamamos “contratendencias”, que evitan esa baja. Son las siguientes:

  1. El primero es obvio: el aumento del grado de explotación (aumento de la plusvalía). En este caso aumenta el numerador (p) en la misma o mayor proporción al aumento de c.
  2. La reducción del salario por debajo de su valor. O sea, reducir el otro término del denominador (v).
  3. El abaratamiento del capital constante (c). Esto es una consecuencia del cambio tecnológico, que deprecia el capital ya existente.
  4. La existencia de un importante ejército industrial de reserva, disponible tanto para aumentar la explotación como para reducir los salarios.
  5. El comercio exterior, que permite comprar materias primas más baratas, lo que abarata tanto c como v.
  6. El aumento del capital por acciones, que permite obtener ganancias extraordinarias. En la práctica, este último punto “rompe” la tendencia a la igualación de la tasa de ganancia, por la posibilidad de obtener superganancias o cuasi rentas financieras.

Vamos a presentar otra forma de visualizar la tendencia, que requiere un pequeño paso algebraico:

cap4form1

Dividimos numerador y denominador por V, y queda

cap4form2

Analicemos: en el numerador tenemos p/v, o sea la tasa de plusvalía. En el denominador c/v, o sea, la composición orgánica del capital. Más v/v que es 1.

O sea que queda:

cap4form3

Por lo tanto, podemos decir que la tasa de ganancia aumenta cuando aumenta la tasa de plusvalía, y disminuye cuando aumenta la composición orgánica del capital.

La tendencia al aumento de la composición orgánica del capital es algo siempre presente en el capitalismo, más allá de alguna contratendencia al abaratamiento del capital constante. La tasa de plusvalía es un resultado de la lucha de clases.

Al no estar el tomo iii de El capital definitivamente corregido por Marx, quedan algunos elementos confusos en el texto. Los ponemos a continuación para ilustración:

Si se admite, además, que esta modificación gradual en la composición del capital no ocurre solo en esferas de producción aisladas, sino que en mayor o menor medida se la encuentra en todas, o por lo menos en las esferas claves de la producción, y por lo tanto que implica modificaciones en la composición orgánica media del conjunto del capital de una sociedad determinada, es inevitable que este ascenso progresivo del capital constante respecto del variable tenga como resultado forzoso un descenso gradual de la tasa general de ganancia, si la tasa de plusvalía o bien el grado de explotación del trabajo por el capital se mantienen iguales. Pero hemos demostrado que esta es una ley del modo de producción capitalista: a medida que éste se desarrolla, se produce una disminución relativa del capital variable respecto del constante, y por lo tanto del capital total puesto en movimiento. Lo cual significa muy sencillamente lo siguiente: la misma cantidad de obreros, la misma cantidad de fuerza de trabajo que hacía trabajar un capital variable de un volumen de valor dado, pondrá en movimiento, en el mismo lapso, a consecuencia del desarrollo de los métodos de producción propios de la producción capitalista, una masa cada vez mayor de medios de trabajo, de máquinas y de capital fijo de todo tipo, tratará y consumirá en forma productiva una cantidad cada vez mayor de materias primas y auxiliares, y por consiguiente hará funcionar un capital constante de un valor en perpetuo aumento.
A medida que disminuye en forma gradual el capital variable respecto del constante, se eleva cada vez más la composición orgánica del conjunto del capital, y la consecuencia inmediata de esta tendencia consiste en que la tasa de plusvalía se traduce en una tasa general de ganancia en continuo descenso, en tanto que el grado de explotación del trabajo se mantiene sin modificaciones o incluso aumenta (Más adelante veremos por qué esta baja no se manifiesta en su forma absoluta, sino en forma de tendencia a una reducción progresiva). Por consiguiente, la tendencia progresiva a la disminución de la tasa general de ganancia es cada vez más una manera propia del modo de producción capitalista, de expresar el progreso de la productividad social del trabajo. No decimos que no puedan existir otras razones para un descenso pasajero de la tasa de ganancia: pero hemos demostrado con ello que el progreso de la producción capitalista implica por fuerza que la tasa general media de la plusvalía se traduce en un descenso de la tasa general de ganancia; se trata de una necesidad evidente, que deriva de la esencia del modo de producción capitalista. Como la masa de trabajo vivo empleado disminuye sin cesar respecto de la de trabajo materializado que pone en acción, respecto de los medios de producción consumidos productivamente, es inevitable que la fracción no pagada de dicho trabajo vivo, que se concreta en plusvalía, vea disminuir sin cesar su relación con el volumen de valor del capital total. Pero esta relación de la masa de plusvalía con el valor del capital total empleado es la tasa de ganancia: por consiguiente, ésta debe descender en forma constante.

¿Qué consecuencias trae un descenso de la tasa de ganancia?

La lógica de un funcionamiento normal del capitalismo consiste en la inversión (y reinversión) del capital en forma productiva. O sea, que cada vez más y más medios de producción son trabajados por más y más trabajadores, de forma que producen cada vez más bienes. Esto generará más plusvalía para el capitalista, pero también aumentará la masa global de mercancías existentes.

Ahora bien, cuando se produce un descenso de la tasa de ganancia, a los capitalistas ya no les convendrá invertir (o reinvertir) productivamente su capital. Lo “invertirán”, pero en sitios que generan ganancias “ficticias”. Cuando decimos “ganancias ficticias”, no planteamos que estas no existan para el capitalista individual –para este son clarísimas–, sino que no son resultado del capital productivo.

Recordemos que el capitalismo es D-M-D’, donde el D’ es producto de que se ha creado nuevo valor, mayor valor, no pagado al obrero.

Cuando no se invierte productivamente, y el capitalista vuelca su dinero al circuito especulativo (D-D’), obtiene una diferencia a su favor, pero la masa de bienes existentes sigue siendo la misma. O, lo que es lo mismo, la masa de plusvalía no ha aumentado, solo se ha redistribuido: aumentó el capital valorizado especulativamente por sobre el productivo.

Cuando cae la tasa de ganancia, queda entonces una inmensa masa de capital disponible, “flotando” en el aire, “gaseoso”, que es el que se termina invirtiendo especulativamente, lo que crea ganancias ficticias, y, como veremos más adelante, genera burbujas especulativas que terminan estallando.

Dice Marx:

Adrede exponemos esta ley antes de explicar cómo se descompone la ganancia en distintas categorías promovidas respectivamente al rango de su autonomía. Como esta exposición no depende de la división de la ganancia en distintos elementos que corresponden a diferentes categorías de personas, ello demuestra desde el comienzo que la ley, en su generalidad, es independiente de tal división y de las relaciones recíprocas que rigen las categorías de ganancia que resultan de ello. La ganancia de que aquí se trata es nada más que otra denominación de la plusvalía, estudiada en su relación con el capital total, en lugar de hacerlo respecto del capital variable del cual nace. La baja de la tasa de ganancia traduce, en consecuencia, la de la relación de la propia plusvalía con el conjunto del capital anticipado, y es, entonces, independiente de toda distribución –sea cual fuere– de dicha plusvalía entre diferentes categorías de beneficiarios.

Que descienda la tasa de ganancia no quiere decir que también lo haga la masa de plusvalía (o ganancia). Cada vez que aumenta la composición orgánica del capital, lo lógico y normal es que aumente también la plusvalía. Obviamente: cada incorporación de tecnología y maquinaria aspira a incrementar la plusvalía relativa. Y normalmente lo hace. Pero si lo hace en una menor proporción al capital constante incorporado, la tasa de ganancia caerá.

Marx nos lo ilustra con un ejemplo:

La ley del descenso progresivo de la tasa de ganancia, o de la disminución relativa del sobretrabajo que se apropia el capitalista respecto de la masa de trabajo materializada que el trabajo vivo pone en acción, no excluye en manera alguna que la masa de trabajo puesta en movimiento y explotada por el capital social aumente en magnitud absoluta, ni, en consecuencia, que pueda crecer la masa de sobretrabajo que éste se apropia. Tampoco excluye que los capitales puestos bajo las órdenes de capitalistas individuales dispongan de una masa cada vez mayor de trabajo y por lo tanto de sobretrabajo, pudiendo éste llegar a aumentar aun cuando no crezca la cantidad de obreros que emplean.
Tomemos una población obrera, por ejemplo de dos millones; consideremos además, como ya dadas, la duración e intensidad de la jornada media de trabajo, así como el salario, y en consecuencia la relación del trabajo necesario con el sobretrabajo: el trabajo total de estos dos millones de obreros, así como su sobretrabajo, que se expresa en plusvalía, producirá siempre la misma magnitud de valor. Pero a medida que crece la masa de capital constante –fijo y circulante– que este trabajo pone en movimiento, se ve disminuir la relación de dicha magnitud de valor con el valor del capital, que por su parte aumenta con la masa de éste, aunque el aumento no sea proporcional. Esta relación, y por lo tanto la tasa de ganancia, disminuyen, aunque, como antes, el capital dirige la misma masa de trabajo vivo y absorbe la misma cantidad de sobretrabajo.
Si la relación se modifica, ello no ocurre porque la masa de trabajo vivo disminuya, sino porque aumenta la masa de trabajo ya materializado que pone en movimiento. La disminución es relativa, y no absoluta; y en rigor nada tiene que ver con la magnitud absoluta del sobretrabajo y del trabajo puesto en movimiento. El descenso de la tasa de ganancia proviene de una reducción puramente relativa, y no absoluta, del elemento variable del conjunto del capital, en comparación con el elemento constante de éste.
Pero en el razonamiento que rige para una masa dada de sobretrabajo y del trabajo es válido también para el ascenso de la cantidad de obreros y, en consecuencia, en nuestra hipótesis inicial, para el crecimiento del trabajo bajo las órdenes del capital, en general, y de su parte no pagada, el sobretrabajo, en especial. Si la población obrera pasa de dos a tres millones, y si de la misma manera el capital variable que se le entrega en forma de salario pasa de dos millones de antes a tres millones de ahora, en tanto que, en cambio, el capital constante se eleva de cuatro a quince millones, en las condiciones de nuestra hipótesis (jornada de trabajo y tasa de plusvalía constantes), la masa del sobretrabajo, de la plusvalía, aumentará en la mitad, en un 50 por ciento, y pasará de dos millones a tres. No por ello es menos cierto que, a despecho de este aumento en el 50 por ciento de la masa absoluta del trabajo, y por lo tanto de la plusvalía, la relación del capital variable con el constante descenderá de 2/4 a 3/15 y que la relación de la plusvalía con el capital total se establecería como sigue (en millones):
I-4c + 2v + 2pl; C=6 g’=33,33%
II-15c+3v +3pl; C=18 g’=16,66%
En tanto que la masa de plusvalía aumentó en la mitad, la tasa de ganancia no es más que la mitad de lo que era antes. Pero la ganancia es la plusvalía referida al capital social, y la masa de la ganancia, su magnitud absoluta, es, por consiguiente, desde el punto de vista social, igual a la magnitud absoluta de la plusvalía. La magnitud absoluta de la ganancia, su masa total, habría aumentado entonces en un 50 %, a pesar de una enorme disminución de la relación de ésta con el capital social anticipado, o dicho de otra manera, a despecho de la enorme baja de la tasa general de la ganancia. La cantidad de obreros empleados por el capital, y por lo tanto la masa absoluta de trabajo que pone en movimiento, es decir, la de trabajo que absorbe, o sea la masa de plusvalía que produce, y por consiguiente la masa absoluta de ganancia que engendra, pueden, entonces, crecer, y crecer de manera progresiva a despecho del descenso progresivo de la tasa de ganancia. No basta con decir que puede ser así; es preciso que sea así –si se dejan a un lado las oscilaciones pasajeras– sobre la base de la producción capitalista.

Mucho se ha escrito sobre la indeterminación de la propia fórmula de Marx acerca del sendero de la tasa de ganancia. También sobre las propias dificultades estadísticas para medir en términos macroeconómicos la propia tasa de ganancia. Es evidente que el propio Marx, por lo menos en la redacción que quedó como “definitiva” a su muerte (tomo iii, sección tercera, capítulos 13, 14 y 15), se enreda en su presentación de la tendencia y lo que llama “las causas contrarrestantes”.

La fórmula de la tasa de ganancia (tasa plusvalía/composición orgánica del capital +1) y su tendencia a la caída encierra consecuencias políticas muy importantes. No es solo “una fórmula técnica”, aunque tiene su parte “puramente técnica” (alrededor de la composición orgánica del capital). En el denominador la composición orgánica del capital expresa la tendencia permanente a la mecanización del trabajo, solo atenuada por la reducción en valor de los propios medios de producción. Pero lo esencial es que el numerador es la tasa de plusvalía, que expresa exactamente el “resultado” de la relación de fuerzas de la lucha de clases.

Podemos afirmar que casi la totalidad de las incomprensiones, “refutaciones” o intentos de ataque a la construcción monumental de El capital arranca de la no comprensión de los diferentes niveles de análisis en que se hallan los tomos i y iii (mediados por la situación intermedia, relativa a la circulación, la proporcionalidad entre sectores y el factor “tiempo”, del tomo ii).

El funcionamiento del sistema capitalista y su crisis requiere de los desarrollos de los tres tomos. Como bien señala David Harvey (2013), el problema de la realización de la plusvalía y, por lo tanto, una correcta refutación de las posiciones keynesianas estarían incompletos sin los largos capítulos de la reproducción simple y ampliada del tomo ii. Y entender profundamente la crisis capitalista es imposible sin arribar al tomo iii, y a las contradicciones que, efectivamente, se derivan de la tasa de ganancia.

Es evidente que es parte del programa de investigación marxista la crítica de las “soluciones” cuantitativas que el propio Marx propuso en esos tomos nunca publicados. Bienvenidos sean los análisis, los intentos de modelización matemática y las correcciones necesarias. Pero lo que nunca debemos olvidar es que hay una línea de demarcación, un abismo, que nos separa de lo que son esas mismas categorías para el resto del pensamiento económico. Tanto la mercancía, como el dinero y el capital son formas fetichizadas del trabajo vivo. El salario no es “el equivalente a la productividad marginal del trabajo”, pero tampoco cualquier otra corrección que, en el intento de acercarlo más a la realidad empírica, termina aceptándolo como “factor de producción”. El capital no es el acervo de máquinas, ni siquiera el “adelanto” monetario. Es la expresión de relaciones sociales, de la realidad “viva” (insistimos con esta palabra) de la explotación. Pero el salario, la ganancia, incluso la renta, ni hablar de la fuerza de trabajo y el capital, tampoco son las categorías “ahistóricas” de Smith y Ricardo. El mayor riesgo de las revisiones neomarxistas es olvidar esto, lo que en este artículo llamamos “la dimensión cualitativa”, desarrollada a fondo en el tomo i.

El problema de la transformación de valor a precio

Vamos a realizar a continuación una breve introducción al problema de la lógica entre las conceptualizaciones del valor trabajo, tal como son presentadas en el tomo i de El capital, y las elaboraciones que hace Marx en el tomo iii. El problema es el siguiente: si el valor de una mercancía está dado por el tiempo de trabajo que contiene (descompuesto en sus elementos C + V + P), pero a la vez Marx acuerda con sus predecesores Smith y Ricardo en que existe una tendencia a la igualación de las tasas de ganancia entre las diferentes ramas de la producción, ¿cómo se condice una cosa con la otra?

Bajémoslo a tierra. Si solo el capital variable produce plusvalía, ¿por qué se invierte en capital constante? Una empresa con mayor composición orgánica del capital, ¿entonces tendrá una menor tasa de ganancia que una con menor composición orgánica? Esto es ilógico. En la realidad y en la propia teoría que presupone la igualación de tasas de ganancia.

Marx, en el tomo iii de El capital, lo resuelve con la transformación de valor a precio: las mercancías se producen por su valor, pero se venden por su precio de producción. Veamos la diferencia:

Valor = c + v + p

Precio de producción = c + v + tasa media de ganancia.

Veamos cómo se da la transformación en un ejemplo. Utilicemos un ejemplo donde tenemos cuatro ramas de la producción (i, ii, iii y iv), la primera con mayor composición orgánica del capital que la segunda, la segunda con mayor composición orgánica del capital que la tercera y así sucesivamente. En todas ellas, la tasa de explotación (o tasa de plusvalía) se mantiene igual en el 100 %.

Sector C V P Capital total Tasa de plusvalía Tasa de ganancia
I 90 10 10 100 100 % 10 %
II 70 30 30 100 100 % 30 %
IIII 50 50 50 100 100 % 50 %
IV 30 70 70 100 100 % 70 %
Total 240 160 160 400 100 % 40 %

La tasa media de ganancia de esta economía es la suma de las plusvalías (160) dividida por la suma del total del capital (400). O sea, 40 %. Esto significa que cada rama de la producción va a obtener su precio de producción, el precio al cual va a vender, sumando a c + v un 40 %.

Y quedará entonces,

Sector C V Tasa media de ganancia Precio de producción
I 90 10 40 140
II 70 30 40 140
iii 50 50 40 140
IV 30 70 40 140

¿Qué pasó? En la rama iv fue donde se extrajo más plusvalía (70), pero le quedaron apenas 40 (por el precio de producción). Los otros 30 tuvo que “cederlos” por el mecanismo del mercado, a ramas con mayor composición orgánica. En el caso inverso, la rama i, que extrajo solo 10 de plusvalía, agregó a su capital 30 por la tasa media de ganancia, beneficiada por el precio de producción. La síntesis es que no siempre el mismo capitalista que extrae físicamente la plusvalía es el que se la termina apropiando, ya que el mecanismo de mercado la “redistribuye” entre ellos.

¿Por qué es importante el debate sobre las teorías de la crisis en Marx y qué connotaciones políticas tiene debatir la “tendencia a la baja de la tasa de ganancia” o la “sobreacumulación” (o subconsumo) como causas centrales de la crisis?

Todo el proceso de transformación de valor a precio de producción será el mecanismo que utiliza Marx para resolver la contradicción que había quedado abierta desde Ricardo: cómo sostener que el valor de una mercancía estaba dado por el tiempo de trabajo y, a la vez, sostener la igualación de las tasas de ganancia ahí donde hay distintas composiciones orgánicas del capital. El proceso de transformación puede ser el de Marx, o mejorado y complejizado, como han planteado economistas marxistas posteriores. Pero es fundamental que exista, porque lo que está en juego es la vigencia de la teoría del valor trabajo. Y, detrás de ella, tanto la existencia de la explotación, como la explicación de la crisis debido a la tendencia a la caída de la tasa de ganancia. Plantear la resolución de otra forma, por fuera de la teoría del valor trabajo, lleva lógicamente a concebir la crisis capitalista por otros motivos (en general, vinculados a lo que vamos a ver es la concepción keynesiana de la crisis, por subconsumo o, más estrictamente, por falta de demanda efectiva). Esto será lo que planteará la sin duda más completa crítica del problema de la transformación de Marx, llevada adelante por Piero Sraffa (1966). El autor italiano va a plantear que los precios de producción pueden resolverse por un sistema simultáneo de ecuaciones, con la sola condición de considerar al salario como variable “exógena” (y, por lo tanto, dependiente de la lucha política). De ahí que, correctamente, su libro se denomine Producción de mercancías por medio de mercancías, lo cual quiere decir que no se habla de “producción de mercancías por medio del trabajo”.

Sostener que la causa estructural de la crisis es la caída de la tasa de ganancia y no la sobreacumulación o subconsumo no es solo un debate teórico. Se trata de no confundir la concepción marxista de la crisis con la keynesiana. El keynesianismo (y no es un objeto de este capítulo adentrarnos en este aspecto) plantea que el centro de toda crisis (entendida como recesión o depresión) se lo ubica en la falta de demanda efectiva. Y su solución en una correcta intervención del Estado (por medio de políticas monetarias y fiscales) para resolverla. O sea, con políticas reformistas keynesianas, podría evitarse (o eventualmente resolverse) cualquier crisis.

Seamos claros: es obvio que toda crisis, en su retroalimentación, genera caídas de la demanda efectiva y también de las tasas de ganancia de las distintas empresas. Pero la discusión que se plantea entre marxistas y keynesianos no se refiere a esto, sino a cuál es el factor principal, esencial, para determinar el origen de la crisis. Para los keynesianos serán las deficiencias en la demanda efectiva; para los marxistas, la caída de la tasa de ganancia.

Claro que, cuando hablamos de la conceptualización sobre la crisis capitalista en Marx, también tenemos que incorporar la dimensión histórica. Porque Marx, naturalmente, solo podía observar las crisis comerciales decenales del capitalismo de su época que comenzaron en 1825. Es evidente que, si bien pudo vivir para ver una crisis más profunda, más larga y de otras características que se abrió a partir de 1873, no tuvo tiempo para poder sacar todas las conclusiones teóricas que se desprendían de un nuevo momento del capitalismo.

Las crisis comenzaban entonces a mutar en dos sentidos. Por un lado, adquirían una profundidad, internacionalización y duración mucho mayores que en el período anterior. Por otro, las formas de resolución, de salida a la crisis que se daba el sistema, también cambiaban. Serían ahora la competencia por los nuevos mercados, la expansión del colonialismo, el surgimiento de aquello que finalmente sería denominado “imperialismo”. Así es como, hacia el final del siglo xix, se abría un inmenso debate en la economía marxista sobre las “teorías de la crisis”. Pero ya no estaba Marx, y el propio Engels, que vivió hasta 1895, no terminó de pronunciarse sobre estas discusiones, aunque ambos llamaron la atención reiteradas veces acerca de la tendencia a la concentración y centralización del capital.

Los economistas marxistas debatieron alrededor de dos flancos. Por un lado, estaban las discusiones contra los economistas neoclásicos y marginalistas que, sobre todo en Alemania y Austria, por primera vez prestaban atención al marxismo y trataban de refutar sus afirmaciones, en particular las que se referían a la posible caída del sistema. Por otra parte, estaban los intentos de tratar de comprender la nueva realidad histórica que generaba el propio proceso imperialista que antes citábamos.

Las crisis en la época imperialista

Vamos a asumir para nuestro análisis la periodización clásica que estableció Lenin (1973) (2) y que después fue tomada por el marxismo de la Tercera Internacional. Lenin planteó la emergencia de una nueva fase (o época) en el modo de producción capitalista radicalmente distinta a la anterior, la época del imperialismo. Esta que comenzó a dar sus primeras señales en el último cuarto del siglo xix y se manifestaría plenamente en sus consecuencias a partir de 1914 con la Primera Guerra Mundial.

Sintetizando lo nodal de la afirmación de Lenin, tenemos, por un lado, las cinco características con las que él definía al capitalismo imperialista y, por otra parte, la ubicación histórica del período. Se abrió una nueva época con el imperialismo, el capitalismo ya no tenía nada más “progresivo” que ofrecer. Lenin la definió como “época de guerras y revoluciones” o “fase final y última del capitalismo”.

Cabe aclarar, como resulta fácil de ver para cualquiera que recorra la obra de Lenin, que este no estaba prediciendo que el capitalismo ya se acababa. Lo que sí estaba afirmando era la imposibilidad de una recuperación estructural del capitalismo que lo colocara históricamente otra vez en el puesto de un modo de producción progresivo para la humanidad.

Es muy importante sacar todas las conclusiones de esta afirmación. Hay dos formulaciones que la expresan en toda su potencia. La primera es la de Rosa Luxemburgo (1974) de “Socialismo o barbarie”. La segunda es la de Trotsky (1999), cuando afirma en 1938 que las fuerzas productivas se han estancado, han cesado de crecer.

Entender estas afirmaciones es fundamental, y nos remite nuevamente a Marx y a una compresión profundamente humanista del concepto de “fuerzas productivas”. Esta es la interrelación entre el ser humano (su capacidad de trabajar), la naturaleza, que va a ser transformada por este, y las herramientas, técnicas y tecnologías que se van creando a lo largo de la historia de la humanidad. La íntima unión de estos tres elementos integra el concepto profundo de “fuerzas productivas”: cuando Marx habla de su desarrollo, se refiere, en perspectiva histórica, a los avances articulados de estos tres elementos, de los cuales obviamente el más importante es el propio ser humano.

El propio Marx, en algunos pasajes de El capital o la Tercera Internacional, en ciertos análisis de la economía mundial solía dar al concepto “fuerzas productivas” un alcance más estrecho, de forma que lo transformaba en sinónimo de “crecimiento de la productividad del trabajo”. Nosotros vamos a entender que el concepto “estancamiento de las fuerzas productivas” de Trotsky, que completa la definición de “imperialismo” de Lenin y que da sentido a la expresión “socialismo o barbarie” de Rosa Luxemburgo, se refiere a esta definición más amplia (y humanista) de “fuerzas productivas”. Que gana toda su potencia explicativa en los últimos años, al calor de la destrucción ambiental planetaria que está generando el propio sistema capitalista.

Es importante esta aclaración porque es obvio que, durante el siglo xx y lo que va del xxi, ha seguido habiendo avances tecnológicos, incluso revoluciones científico-técnicas, y que esto ha ocasionado que se dieran períodos en que la productividad del trabajo se incrementó, pero –y en esto seguimos a Marx en la Ideología alemana– las mejoras tecnológicas que no redundan en mejoras en la calidad de vida de los seres humanos en su conjunto, o que destruyen la naturaleza, más que “desarrollo de las fuerzas productivas”, deben ser llamadas “desarrollo de las fuerzas destructivas”.

Todo esto resulta muy visible en la primera mitad del siglo xx. Sin embargo, a posteriori de la Segunda Guerra Mundial, se dio un proceso de crecimiento económico más o menos sostenido, sin crisis agudas importantes en los países centrales, particularmente Estados Unidos, Europa Occidental (incluyendo la Alemania Federal destruida por la guerra) y Japón. Este período acuñó la denominación de “el boom económico de la posguerra”. Y llevó a que algunos economistas marxistas pusieran en cuestión la caracterización de la crisis de Marx, e incluso la periodización de Lenin. Se llegó así a hablar de la existencia de una fase “neoimperialista”, donde el capitalismo volvía a poseer toda la pujanza que tuvo en el siglo xix y donde los problemas pasaban por la “alienación ante el consumo”. La reaparición de la crisis a fines de los años 60 y su continuidad y cronicidad en las décadas posteriores volvieron a poner a la orden del día las concepciones marxistas de la crisis (caída de la tasa de ganancia) y las periodizaciones propuestas por Lenin, Rosa Luxemburgo y Trotsky.

Conclusión

La crítica de la economía política necesita seguir avanzando tanto en el terreno analítico como para contar con mejores herramientas para comprender la actual dinámica de un capitalismo en crisis, decadente, que se sobrevive a sí mismo como régimen social, hundiendo a la humanidad en niveles de desigualdad nunca vistos en la historia y poniendo a todos los habitantes del planeta –por primera vez– ante la disyuntiva de la destrucción de nuestro ambiente. Los que leemos y releemos obsesivamente El capital no debemos olvidar, a riesgo de “desgajar” la producción de toda una vida de Marx, que el verdadero “uso” de este libro consiste en buscar las claves para la emancipación de la clase trabajadora, entendida como la destrucción del capitalismo y el comienzo de la construcción de una nueva sociedad, sin explotadores ni explotados: el socialismo.

Bibliografía

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