La vida social del dinero en los barrios populares
Estábamos por terminar la entrevista cuando el economista senior del BID repregunta: “¿Cómo era ese programa en el que tú te desempeñabas como trabajador social?”. Entonces le recuerdo que estaba destinado a adolescentes en situación de vulnerabilidad social que, en la medida que asistieran a una serie de actividades educativas y recreativas a contraturno de la escuela, accedían a una beca mensual que ascendía a $150. Mi respuesta le recuerda al entrevistado un suceso reciente:
Justo estaba el otro día en México, en uno de esos encuentros con una mesa larga de sesenta personas… había gente involucrada en el PROSPERA. Entonces yo les pregunto a las mujeres que estaban allí cuántas de ellas tenían hijos o hijas de 16 años: varias responden “que yo, que yo”. Ellas no sabían nada, pero desde el Banco (BID) estamos pensando en un elemento nuevo: se trata de dejar de darles el dinero a la mujer responsable o madre y comenzar a dárselo a los hijos, por considerar que ya son altruistas para tomar algunas decisiones. Entonces, estamos pensando en darles el dinero directamente a los jóvenes y para eso pensamos en un proyecto piloto de entregarles a los de 16 y 17 años, aquellos que ya están en el nivel de la preparatoria. Pero como la gente no sabía nada de todo esto, empezó a opinar. La primera de ellas dijo que estaba bueno, que los jóvenes ya tenían sus gastos, sus cosas. Otra, en un extremo de la mesa, dijo lo mismo, que los jóvenes son responsables. Hasta que una de ellas levantó la mano y dijo: “Pero nada mejor que una madre para saber qué necesita su hijo”. Y allí la cosa se puso entretenida (risas). Se desató toda una discusión donde decían que era un problema, que en qué lo iban a gastar los chicos, que era un riesgo, que cómo controlarlos, y demás cuestiones. Entonces intervino el trabajador social, que era el que estaba coordinando el grupo: ‘La verdad que es divertido, porque ustedes no quieren darles responsabilidades a sus hijos, pero después cuando no saben qué hacer nos vienen a pedir a nosotros, los trabajadores sociales: “habla con él que no me quiere hacer caso, que no quiere ir a la escuela”. Entonces: ¿Qué tanto es la madre la que mejor sabe para su hijo si después no pueden resolver? (Entrevista a experto BID, 2 de julio de 2015)
Mientras recuperaba estas notas de la entrevista con un experto en TM en las instalaciones del BID en el centro de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, recordé una escena etnográfica significativa de mi trabajo de campo en Villa Asunción. Durante la última semana de diciembre del año 2009, un joven llamado Nelson me interceptó varias veces en las instalaciones del Envión para comentarme: “Mi mama quiere hablar con vos, Tincho. Me dijo que cuando puedas pases”. Era una semana con muchísimas actividades en el programa y no sabía cuán verdaderas eran las palabras de Nelson. Sin embargo, a los dos o tres días me interpeló de forma más directa: “Tincho…, no pasaste a hablar con mi vieja, te está esperando”.
Nelson vivía con sus padres, Dora y “Yogui”, y sus tres hermanos: Juan, próximo a los 22 años, Toto, de 12 años, y Camila, de 7 años. En ese entonces, Dora trabajaba como empleada doméstica en casas de familia. “Yogui” trabajaba de pintor temporario, solía desempeñarse en una empresa privada que realizaba trabajos de pintura en altura, por lo que se trataba de actividades bien remuneradas, pero de baja frecuencia. Su apodo, en alusión al dibujo animado “Oso Yogui”, tenía una correspondencia exacta con su corpulencia y estatura.
Visité a Dora los últimos días de diciembre de 2009. Apenas nos sentamos en la cocina de su casa empezamos a conversar sobre algunas cosas del día a día: el tiempo, la situación del barrio, cómo se encontraba la familia, etcétera. Dora siempre fue muy amable conmigo, aunque ella misma se definía como una persona “con pocas pulgas”, en alusión a su carácter y a la sinceridad que la caracterizaba. Dejé pasar algunos minutos. Al notar cierta intranquilidad en ella, mencioné: “Me dijo Nelson que querías conversar conmigo. Hace varios días me viene comentando que me esperabas”. Luego de escuchar mis palabras, Dora hizo un comentario gracioso: “Viniste con tiempo, ¿no?”.
Al cabo de unos minutos, las cosas que Dora me contaba dejaron de causarme gracia. Comenzó por explicitar en dos frases breves el motivo de nuestro encuentro: “Es que a vos te van a llorar la carta siempre. Te pintan una que no es, te chamuyan cualquiera. Y yo me sentía en la obligación de decírtelo”. Me dejaron un poco sorprendido sus palabras. Si bien podía imaginarme el tenor de los comentarios que se sucederían, decidí hacerme el desentendido para que ella pudiera explayarse: “¿Querés contarme un poco más a que te referís?”.
Bastó que formulara la pregunta para que Dora prorrumpiera en largo discurso:
Dale, Tincho… como decían los viejos de antes: a llorar la carta. Te lo digo porque es lo que se dice por el barrio, la gente del barrio lo sabe. La gente sabe que cuando vos vas a la casa, ellos tienen que andar por el piso.
Dora parecía desbordada, no paraba de hablar un segundo, movía las manos para todos lados y tenía los ojos desorbitados. En ningún momento elevaba el tono de voz, pero mostraba una exacerbada necesidad de decir todo lo que pensaba. Un poco confundido por la situación, sólo pude preguntarle por alguno de los términos que ella utilizaba: “¿A qué te referís con andar por el piso?
Andar por el piso es decir que no tienen nada, que está todo mal, que hay poco trabajo, que no reciben otros planes… eso es andar por el piso. Te lloran todos los lamentos. Algunos dicen: “anda a hacerle la historia al pibe del Envión y listo”.
Intenté explicarle a Dora que parte de “nuestro esfuerzo” en la aplicación del programa pasaba por “ser muy claros en las formas de acceso y en todo el proceso de selección”. Sin embargo, según Dora, sus inquietudes iban más allá de “todos los papelitos que vos llenes”. Esto último haciendo clara referencia a los informes que realizamos los técnicos del programa:
Todos saben un poco lo de las entrevistas. Te esperan en la casa, te pintan todo color de rosa, todo fantástico. Pero pasan otras cosas, yo no te voy a andar con detalles de quiénes son, aunque estoy segura de que vos los conocés bien también. Son los mismos que te van a pedir por la cooperativa para no trabajar o te piden para que entre el chico en el Envión. Después no les importa o ni saben si los pibes van o no van. Y los que no hacen la canción… siguen esperando.
Me di cuenta de que, en nuestra conversación, también estaba en discusión otro tema: durante el mes de marzo se habían realizado “altas” en el programa Envión y el hijo de Dora, Toto, no había sido considerando como posible incorporación. Traté de ser sutil para no generar más resquemores: “¿Hay alguna decisión que hayamos tomado en este último tiempo que te haya molestado?”. Dora volvió a abrir sus ojos, tomó aire y empezó a hablar de nuevo aceleradamente: “No, no te equivoques. Tampoco hago todo esto para reclamarte”, exclamó. Traté de intervenir después de estas palabras, sin embargo, la conversación tomó otra dirección; Dora parecía enojada, se había puesto mucho más seria que antes de mi insinuación. “Disculpame que te pare en seco, pero yo soy así” agregó, y acto seguido continuó con una extensa descarga:
Hay dos cosas que te tienen que quedar muy claras. A mí me gusta ganar la plata trabajando y pienso que las cosas son para los que las necesitan. Qué te quiero decir con esto: yo trabajo desde los 12 años, a mí me enseñaron que vos te tenés que sacrificar y eso es lo que yo hago por mi marido y mis hijos, todos los santos días. Por eso a mí nunca me va a faltar nada y nunca me vas a ver pedir nada. Pero hay gente que sí necesita y da bronca cuando ves quienes se aprovechan.
Luego de decir esto, Dora me señaló con el dedo y agregó: “Te vuelvo a repetir: yo te lo tenía que decir, no soy descarada como otros”. Al preguntarle quiénes eran los descarados, ella respondió:
Vos sabés bien… los que te llevan a la casa, te hablan así y asá, te cuentan los chismes de la familia. No se trata de que yo no sepa hacer eso. ¡Yo sé cómo hacerlo, lo que hay que decir y los gestos y las formas… todo! ¿Pensás que no los sé? Pero yo soy diferente.
Aunque me quedé con ganas de preguntarle a Dora qué pensaba sobre otras tantas cosas, estaba exhausto producto de la intensidad que había tenido el intercambio. Dora lo notó y cerró el encuentro mencionando: “yo te pregunté si tenías tiempo”.
Existe un elemento que conecta las expresiones de los distintos actores involucrados en los programas de TM, tanto las de los expertos del BID que desarrollaron el PROSPERA de México, como las de Dora de Villa Asunción, esto es: los significados sociales acerca del dinero proveniente de los programas estatales. En este capítulo indagamos a la vida social del dinero de las TM centrándonos en los procesos de implementación de una intervención gubernamental de escala local: el Programa Envión.
El objetivo central es explorar los significados del dinero de las TM más allá de los esquemas expertos en que se producen y diseñan, indagando, por lo tanto, en los múltiples significados que envuelven al dinero en los verdaderos universos sociales en que se conectan actores locales estatales, adolescentes y hogares titulares de TM[1]. La intención es abandonar los laboratorios que crean y recrean los expertos al producir un dinero específico con cualidades uniformes y performativas para dar cuenta de los significados plurales que el dinero de las TM adquiere en la vida social de los barrios populares.
En un primer apartado, se detallarán las características y esquemas programáticos del programa Envión. En el apartado siguiente, se describirán eventos significativos –Desayuno de trabajo y Propuesta de egreso– vinculados a la implementación del programa en Villa Asunción. La aproximación a esta serie de intercambios sociales concretos[2] permitirá indagar en dos dimensiones fundamentales: por un lado, en el rol de los agentes locales estatales –trabajadores sociales– como traductores de los saberes expertos que buscan abonar a la lógica performativa sobre el dinero de las TM; por otro lado, en cómo los adolescentes y los hogares titulares cuestionan y/o negocian el significado del dinero proveniente de las TM estatales.
Programas y categorías técnicas
El programa Envión empezó a implementarse durante el mes de abril del año 2005 por iniciativa de quien en ese momento ocupaba el cargo de Intendente Municipal, Baldomero Álvarez De Olivera –más conocido como “Cacho Álvarez”–. La propuesta de impulsar el programa Envión en el municipio corría en paralelo a los avances de los programas de urbanización y mejoramiento de viviendas que se llevaban a cabo en las zonas más pobres del distrito.
Inicialmente, el programa estaba dirigido a adolescentes de entre 12 y 18 años que se encontraran en situación de vulnerabilidad social, con el objetivo de que finalizaran sus estudios secundarios y participaran –a contra turno de la escuela– en talleres de apoyo escolar, capacitación y oficios[3]. A condición de cumplir con estos requisitos previamente especificados, los adolescentes beneficiarios recibirían un estipendio mensual en forma de beca que ascendía a la suma de $150. El cobro de ese dinero se haría efectivo por intermedio de la tesorería del municipio y a través de la denominación de un responsable autorizado que debía guardar una relación de parentesco directo con el beneficiario. Dicho rol debía ser representado específicamente por la madre o mujer responsable del adolescente en cuestión.
La primera sede del Programa Envión se ubicaba en la denominada Villa Tranquila, lindante con la localidad de Dock Sud. Las instalaciones en que funcionaba el programa formaban parte de la vieja y ya desafectada fábrica productora de alimentos Unilever. Hacia fines del año 2006, y tras su primer año de ejecución, se redactó un informe institucional en el cual quedaban establecidos los lineamientos de la política del programa Envión.
La propuesta elaborada por el Instituto Municipal de Inclusión Social y Calidad de Vida establecía que en cada uno de los barrios donde se implementara el programa habría una sede específica para las distintas actividades. La misma se consideraría como una unidad ejecutora dependiente del instituto municipal, dirigida por la figura de un coordinador general y conformada por distintas áreas de trabajo consecuentes con los objetivos del programa (Educativa y formación en oficios, Recreativa y Social).
En el marco de la estrategia municipal de brindar “mayor contención para los adolescentes en riesgo social” (Documento institucional: “El programa Envión. Instituto de Inclusión Social y Calidad de Vida”. Pág. 1.), la estructura programática establecía que en cada barrio debía contar con un “Padrón de aspirantes”. En dicho padrón se volcarían los resultados de los censos realizados durante el desarrollo de los programas de urbanización y mejoramiento de viviendas llevados a cabo en cada villa o asentamiento precario. Una vez confeccionado el padrón de aspirantes, se establecerían “criterios de prioridad” para las incorporaciones, considerando la aplicación del “Índice de Vulnerabilidad” confeccionado por las autoridades del instituto:
ÍNDICE DE VULNERABILIDAD | |
Tipo 1 – Vulnerabilidad baja |
Hogares pobres. |
| Hogares con clima educativo bajo. | |
| Hogares con niños y/o jóvenes que (estando en edad de asistir) no asisten a ningún establecimiento educativo. | |
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Tipo 2 – Vulnerabilidad media |
Hogares pobres cuyo jefe de hogar presenta problemas de inserción en el mercado de trabajo (son desocupados/ hacen changas o cartonean/ tienen un plan de empleo). |
| Hogares con niños y/o jóvenes que (estando en edad de asistir) no asisten a ningún establecimiento educativo. | |
| Hogares con núcleo completo, con 4 menores o no/ Núcleo incompleto, jefatura femenina y 1 a 2 menores de 14 años/ Núcleo incompleto, jefatura masculina y 1 a 3 menores de 14 años. | |
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Tipo 3 – Vulnerabilidad alta |
Hogares pobres cuyo jefe de hogar presenta problemas de inserción en el mercado de trabajo (son desocupados/ hacen changas o cartonean/ o tienen un plan de empleo) y con niños y/o jóvenes que (estando en edad de asistir) no asisten a ningún establecimiento educativo. |
Fuente: Documento institucional: “El programa Envión. Instituto de Inclusión Social y Calidad de Vida”. Pág. 4.
Los trabajadores sociales que nos desempeñábamos en el Envión éramos los encargados de realizar las altas al programa. Teniendo como insumo el “Padrón de Aspirantes”, los técnicos realizábamos las visitas domiciliarias a los hogares de los candidatos para confeccionar los denominados Informes Sociales. A partir de la elaboración de dichos informes, se estimaba el “Índice de Vulnerabilidad” de cada hogar y se evaluaba la pertinencia de incorporar a los adolescentes candidatos al programa.
La estructura de financiamiento del programa estaba compuesta por aportes del Estado nacional (infraestructura), de la secretaría municipal (contratación del personal), y por el aporte de los distintos establecimientos industriales radicados en las localidades en que se ejecutaba el programa. Esto último resultaría ser una de las particularidades centrales del Envión, ya que se buscaba establecer una relación de proximidad con las industrias radicadas en el partido con un doble objetivo: en primer lugar, que esas industrias participaran en el financiamiento de las becas de los adolescentes beneficiarios; en segundo lugar, que los mismos establecimientos industriales fueran potenciales empleadores de los adolescentes que transitaban por el programa.
La estrategia de relación con las industrias se convirtió en la piedra angular para financiar aquello que en el diseño original del programa había sido denominado como “sistema de incentivos”. Como se intentará reflejar en las escenas etnográficas seleccionadas, en la cotidianeidad de la implementación del programa, el “sistema de incentivos” será identificado por los distintos actores con el nombre de “beca”:
este incentivo tiene como propósito, tal como su término lo indica, incentivar a los jóvenes y a sus familias a participar del programa, recompensando a aquellos jóvenes que asumieron la responsabilidad de realizar el esfuerzo que se exige programáticamente y logrando al mismo tiempo mayor atracción y buena predisposición por parte de los jóvenes y sus familias. (Fuente: Documento institucional: “El programa Jóvenes. Instituto de Inclusión Social y Calidad de Vida”. Pág. 6.
A partir del año 2008, el programa inició un proceso de expansión local a la vez que entró en una etapa de profesionalización[4]. El viejo Instituto Municipal tomó carácter de Subsecretaría de Inclusión Social y, bajo la dirección de la Lic. en Sociología, Lorena Torego, se produjo la apertura de dos nuevas sedes: el Programa Envión Isla Maciel, en el mes de marzo, y el Programa Envión Villa Asunción, en el cual me desempeñaría profesionalmente, en el mes de agosto.
En mis primeros días de trabajo tuve la oportunidad de conocer las distintas sedes del programa como instancias de inserción y capacitación necesarias para desempeñarme en mi cargo. Dicho período de instrucción implicaba, a sí mismo, la lectura de un boceto de presentación del programa titulado “Criterios de admisión y procedimiento. Programa Envión”. El mismo reforzaba los aspectos programáticos establecidos en el informe institucional precedente a los fines de “ampliar las estrategias de búsqueda de los potenciales beneficiarios” y elaborar un “listado de beneficiarios que priorizará a los de mayor vulnerabilidad social”. (Documento institucional: “Criterios de admisión y procedimiento. Programa Envión”, Pág. 2). Uno de los objetivos de esta instancia de instrucción era que cada uno de los técnicos se informara acerca de las características generales del programa, sus objetivos y formas de intervención, el perfil del beneficiario, las etapas de selección e ingreso, las condicionalidades que los adolescentes debían cumplir, los montos que recibirían y las formas/ medios en que se realizaban las transferencias en dinero.
Las cualidades programáticas hasta aquí desarrolladas permiten observar que el programa Envión reúne las características medulares de los denominados programas de TM, esto es, ser una política social centrada en una transferencia directa de dinero en efectivo dirigida a los hogares pobres con menores a cargo, a condición de que dichos menores cumplan con ciertos requisitos previamente especificados en materia de salud y educación.
Sin embargo, como sugiere Agudo Sanchíz (2009) a partir de una amplia discusión sobre su experiencia como antropólogo consultor en el Programa Oportunidades de México, la descripción etnográfica y la interpretación de las políticas públicas debe ser de utilidad para, por un lado, desarticular los modelos racionalizadores que acompañan la programación de las políticas sociales, y por otro lado, para observar que se trata de técnicas y tecnologías de gobierno que no están exentas de negociaciones, complicidades, tensiones, conformidades fingidas y conflictos entre los diversos actores sociales que se encuentran involucrados[5].
Siguiendo los argumentos de Agudo Sanchíz, en las páginas que siguen se reflexionará sobre distintas escenas etnográficas vinculadas a la implementación del programa de TM Envión. A partir de la escena Desayuno de trabajo analizamos las experiencias de los actores locales estatales en espacios de difusión y acreditación de las actividades del programa, las cuales se desarrollan frente a agentes económicos vinculados al financiamiento de la política de TM y autoridades jerárquicas de la misma. Propuesta de egreso describirá otro evento significativo en la aplicación de la política, a partir de la escenificación de espacios de interacción entre los actores locales estatales encargados de la ejecución del programa municipal y los adolescentes y hogares titulares de la TM. Estas distintas escenas permitirán mostrar el ejercicio de performatividad experta sobre el dinero que deben encarnar los agentes locales estatales en los barrios populares al mismo tiempo que lidian con los cuestionamientos y las negociaciones que los adolescentes y los hogares titulares realizan sobre los significados de las TM.
Eventos significativos, interacciones y significados del dinero
Desayuno de trabajo
Son las 11 h y Lorena, la Directora de Inclusión Social del Municipio, da por iniciado el “Desayuno de Trabajo”. Nos encontramos en una mesa rectangular, en un extremo se ubica un proyector donde comienza a rodar el video institucional del programa Envión. El video muestra una presentación breve del programa, imágenes de alguna de las sedes situadas en los barrios populares del distrito e incluye palabras de la directora de Inclusión Social y distintas voces de sus participantes: en primer lugar, los adolescentes, luego algunos de los tutores y, por último, algún profesional del área social y educativa.
Una vez finalizada la proyección, Lorena toma la palabra: “Nos encontramos hoy aquí para disfrutar de una jornada de trabajo muy importante para nosotros. Es una oportunidad para poder compartir con ustedes el funcionamiento del Programa Envión”. En la mesa se encuentran algunos de los dueños y representantes de distintas empresas radicadas en el barrio y sus periferias. Las empresas representadas pertenecen a las industrias de alimentos, curtiembres y reciclaje, las cuales colaboran con el programa Envión para el pago de algunas de las becas mensuales que reciben los adolescentes.
Lorena introduce las características del programa Envión. Se toma cerca de veinte minutos para mencionar la cantidad de adolescentes que participan, las cinco sedes ubicadas en distintos barrios, las actividades que allí se realizan, los profesionales que conforman los equipos, los montos de dinero transferidos en calidad de “becas”, las condicionalidades educativas demandadas por el programa, etcétera. Los presentes escuchan atentos, casi ni intervienen y, si lo hacen, es para bromear o hacer algún comentario sobre una imagen.
Luego de la exposición de Lorena, llega mi turno. Comienzo mencionando la cantidad de adolescentes radicados en Villa Asunción que participan en el Envión y las actividades que allí realizan, destacando el conjunto restante que espera ser admitido en el programa por falta de becas (cerca de 100 adolescentes en ese momento). Continúo resaltando el hecho de que, al iniciar nuestras actividades, un número importante de adolescentes no se encontraba escolarizado. Un cuadro de doble entrada me permite acompañar esa información con cifras y porcentajes que reflejan el antes y después de la intervención del Envión. La información demuestra que el programa no sólo revirtió la situación de aquellos adolescentes no escolarizados, sino que, además, tuvo un efecto positivo sobre las trayectorias educativas del resto de los jóvenes en términos de inclusión, permanencia y/o repitencia.
Inmediatamente después de mostrar algunos de los alcances en materia de educación, cedo la palabra a Amalia, encargada del área salud. Amalia comienza su exposición haciendo hincapié en las deficitarias condiciones de hábitat y salud de los vecinos de Villa Asunción. Esta caracterización le permite reconocer las problemáticas de salud más relevantes que presentaban los jóvenes y demostrar cómo el programa logró mejorar tales situaciones en el plazo de un año. Brevemente, expone resultados de charlas educativas en materia de salud con padres y adolescentes, jornadas de vacunación en los hospitales zonales, sobre cuidados anticonceptivos, alimentación, etcétera. La información es precisa y consistente, muchos de los presentes hacen gestos de aprobación.
Cuando Amalia finaliza su exposición, Lorena me sugiere que comente “algunas de las actividades que están realizando las cooperativas”. Introduzco a los presentes alguna información de contexto para que comprendan que las cooperativas funcionan en el marco de un programa social denominado “Argentina Trabaja”, el cual fomenta el cooperativismo entre los vecinos que residen en barrios postergados y se encuentran desocupados. Menciono que una de las estrategias del programa Envión fue articular con esta política social para que los padres y/o hermanos adultos de los adolescentes pudieran acceder a un ingreso económico con una actividad de tipo laboral. Cierro mi exposición mostrando algunas fotos de los cooperativistas trabajando en la mejora de veredas y lugares comunes de Villa Asunción.
Nuestras exposiciones y la información presentada resultan contundentes, algunos aplauden y los gestos de aprobación van acompañados de palabras como: “qué lindo trabajo”, “para nosotros es muy grato porque sabemos de las necesidades del barrio”, “conocemos a algunos de los chicos de las fotos”, etcétera. Agradecemos el tiempo y la predisposición, mientras comienzan a surgir algunas inquietudes sobre cómo “seguir trabajando juntos”.
Antes de dar por terminada la reunión, Lorena menciona que “el cierre es con una propuesta para que se vayan pensando cómo nos pueden seguir ayudando”. Sus palabras sorprenden tanto a los presentes como a Amalia y a mí. Lorena expone una propuesta de “Egreso del programa Envión” destinada a aquellos adolescentes que alcanzan la mayoría de edad (18 años) para que al egresar del programa puedan “insertarse en el mercado de trabajo”. Se trata de una instancia de “capacitación laboral de seis meses” articulada con algunas de las empresas del barrio y considerando la opción de incorporación laboral permanente una vez finalizado el plazo de aprendizaje.
El encuentro termina con la propuesta de egreso esbozada pero sin más tentativas. Mientras nos retiramos, de forma un tanto picaresca, Lorena comenta por lo bajo: “esperemos haberlos sensibilizados un poco… no nos olvidemos que son empresarios”.
Escenas como Desayuno de Trabajo sirven para representar algunas de las interacciones de las que formaba parte como agente local estatal en la ejecución del programa Envión. Si bien no se trataba de encuentros con los actores específicos a los cuales estaba dirigida la intervención social, eran eventos que se sucedían constantemente como instancia de difusión y acreditación de las actividades del programa y, por lo tanto, tenían un rol preponderante en la producción y reproducción de la política pública a nivel local.
Lo cierto es que todos los acontecimientos de esta índole presentaban características similares y en algún punto expresaban parte del ejercicio de performatividad que desplegábamos los agentes locales estatales. Nuestra exposición siempre comenzaba con algún video en el que se resumían parte de las acciones del programa y se reflejaba la experiencia cotidiana del trabajo en las sedes del Envión. La presentación del programa y la caracterización de las distintas áreas de trabajo quedaban a cargo de Lorena, quien cedía la palabra a los técnicos para que expusiéramos lo que en la jerga del trabajo social denominamos como efectos y productos, es decir, el grado de alcance de los objetivos propuestos y los bienes o servicios provistos por el programa.
Las intervenciones que realizábamos los técnicos mostraban dichos efectos y productos, pero –haciendo alusión al saber experto en TM– también reforzaban los esquemas programáticos: se identificaba a la población objetivo del programa y se señalaban las acciones del mismo, se resaltaban los aspectos primordiales ligados a la acumulación de capital humano (educación y salud) y se enfatizaba la vinculación de la política pública con el mundo del trabajo. En resumidas cuentas, ratificábamos los lineamientos centrales de las políticas de entrega de dinero desplegando cierta expertise práctica.
Según Agudo Sanchíz (2009), los programas de TM se configuran como una “nueva arquitectura de la ayuda para el desarrollo” (Agudo Sanchíz, 2009: 81), donde los actores locales estatales juegan un rol primordial en la difusión y en la promoción de las nuevas herramientas de asistencia a los pobres, adaptando discursos y narrativas específicas. Desayuno de trabajo permite aproximarse a una de las tantas instancias donde los trabajadores sociales, en tanto agentes locales estatales del programa Envión, encarnábamos una reproducción de la performatividad del dinero producida desde los saberes expertos en TM.
Sin embargo, como se verá en las páginas siguientes, los intentos de encarnar el dinero diseñado por los expertos se veían confrontados con una vida social que desbordaba tales diseños. En la interacción cotidiana con los adolescentes y los hogares titulares de la TM, los agentes locales estatales debíamos enfrentarnos a un conjunto de significados asociados al dinero que cuestionaban los sentidos atribuidos desde cierto saber experto. Propuesta de egreso nos aproxima a tal situación escenificando las tensiones existentes entre los agentes locales estatales preocupados por reproducir una performatividad del dinero, por un lado y, por otro lado, los adolescentes titulares que introducían cuestionamientos y otros significados sobre las TM.
Propuesta de egreso
Hacia fines del año 2009, el programa Envión Villa Asunción contaba con varios adolescentes en “condiciones de egreso”. En el marco del programa utilizábamos esta denominación para referirnos a los jóvenes que se encontraban próximos a los 18 años de edad y que, por lo tanto, comenzaban a quedar fuera de la franja etaria que admitía la participación en el mismo.
Dentro del grupo que estaba en condición de egreso se encontraba Cintia. Rubia, de estatura media, cuerpo menudo y un tanto tímida, Cintia vivía junto a su papá, sus dos hermanos y su abuela en una casa precaria sobre la calle principal de Villa Asunción. Carlos, su papá, trabajaba como encargado en el rubro de la construcción. Su abuela Tota, jubilada y con más de 80 años de edad, tenía ciertos problemas de salud que le impedían movilizarse y la obligaban a pasar gran parte del tiempo en su casa. La familia la completaban sus dos hermanos, Daniela, de 7 años, y Thomas, de 16 años.
Desde muy pequeña, Cintia se había ocupado del cuidado de sus hermanos. Su mamá había fallecido cuando ella tenía apenas 12 años y a partir de entonces gran parte de la dinámica doméstica había quedado a su cargo. Solía participar del Envión por la mañana, luego de dejar a su hermana en la escuela primaria de doble escolaridad a la cual asistía. La movilidad reducida de su abuela era otra preocupación, Cintia se encargaba de comprar sus medicamentos, a veces la acompañaba al médico e incluso la asistía para movilizarse dentro de la casa. Hacer la comida para la familia y ocuparse de la limpieza de la casa formaban parte de las tareas domésticas diarias. Ella misma decía “estar agotada”.
El coordinador del programa nos pidió específicamente a Jésica y a mí que trabajáramos “en el tema de Cintia”. “La idea es lograr un egreso como el de Leandro”, afirmaba, refiriéndose a un adolescente que ya había transitado por el “egreso” del programa. Para gran parte de los profesionales que formábamos parte del programa, Leandro se había convertido en “el egreso ideal”: se encontraba trabajando de forma part-time en una empresa del distrito como resultado de un programa de prácticas laborales que el Envión había acordado con distintas industrias del partido. Si bien había comenzado la actividad con una beca mensual de $500 (para la época, un valor aproximado a los 130 dólares estadounidenses) financiada por el municipio, a los tres meses había quedado contratado en relación de dependencia para trabajar en un turno de cinco horas diarias de lunes a viernes.
Cintia, al igual que muchos de los adolescentes que formaban parte del grupo en condiciones de egreso, conocía la situación de Leandro. La otra alternativa de “egreso” que se presentaba estaba asociada a la incorporación a un programa de TM dependiente del Ministerio de Trabajo denominado “Jóvenes por Más y Mejor Trabajo”[6]. El programa consistía en una instancia de capacitación que tenía lugar dos veces por semana en las oficinas de empleo que el ministerio nacional tenía en el distrito municipal. Dicha capacitación facilitaba la adquisición de herramientas para favorecer y mejorar las búsquedas laborales, con el objetivo de potenciar las posibilidades de que los jóvenes participantes se incorporaran al mercado de trabajo.
El primer encuentro que mantuvimos con Cintia para conversar sobre estas “posibilidades de egreso” se llevó adelante en las instalaciones del Envión. Cintia lucía intranquila: “la verdad que estoy re nerviosa, me intriga lo que me van a decir, me citaron como a mí sola”. Habíamos acordado comenzar mencionando las “prácticas laborales” para “enganchar la situación de Leandro como ejemplo”. Por ahí comenzó Jesica:
La idea es que vos puedas ir todos los días a una de las empresas de acá, cerca del barrio, como para hacer algo parecido a una pasantía. El Envión hizo un acuerdo con las distintas empresas para que los que están en la situación de ustedes, que ya no van a poder participar más del programa, puedan formar parte de una experiencia de trabajo.
Jésica no se extendió mucho más, pero hizo hincapié en algunos puntos que considerábamos “importantes”:
sería la posibilidad de aprender cosas de un trabajo y quizás quedar trabajando en la empresa después de la práctica laboral. Además, mientras tanto, te pagarían una beca de 500 pesos.
Cintia nos escuchaba con atención, pero se mantenía en silencio. Aproveché las últimas palabras de Jésica para sumar otros elementos que nos parecían “importantes”:
A nosotros nos parece una buena oportunidad para que vos puedas seguir con el secundario a la noche, tal como venís haciendo. Quizás, como decía Jésica, después quedás trabajando en el lugar, como es el caso de Leandro, que ya está en relación de dependencia y trabaja de lunes a viernes unas poquitas horas. No sé… quién te dice, quizás el trabajo después te deja un tiempo por si queres seguir estudiando algo en un terciario o en la facultad.
La cara de Cintia expresaba extrañeza y un poco de preocupación: “Y, la verdad que a mí me gustaría quedarme con el Envión, si total voy al colegio, con eso cumplo ¿o no?”. Jesica le recordó que no se trataba de una cuestión de incumplimiento con las condicionalidades que establecía el Envión, sino que el programa estaba previsto para adolescentes desde los 12 hasta los 18 años de edad. Instantáneamente, Cintia preguntó: “¿Y la otra opción cuál sería?”.
Con mucho menos énfasis, introdujimos las características del programa “Más y Mejor Trabajo”. Tomé la palabra para decirle que se trataba de “algo similar” al Envión pero pensado para aquellos mayores de 18 años los cuales podían, a través del programa, adquirir algunas herramientas para buscar trabajo: “armar un curriculum, saber cómo presentarse en una entrevista laboral, también hay algunos cursos de computación y oficios”. Nuestro desgano a la hora de exponer esta propuesta era más que notable, sin embargo, a Cintia parecía agradarle más esta idea porque “eran menos horas y no todos los días, lo otro me genera más dudas para organizarme”.
Si bien se la veía más propensa a aceptar esta segunda propuesta, Cintia seguía dudando. Jésica interrumpió para agregar:
Mirá, Cintia, para decirte la verdad, hoy nosotros nos juntamos solo con vos porque nos parece una buena oportunidad para que puedas pegar un salto. Obviamente que las cosas nuevas siempre nos dan un poco de miedo y lo sabemos porque a nosotros también nos pasó que terminamos el secundario y salimos a buscar un trabajo. Quizás, a pesar de todas estas cosas y esas dudas, está bueno hacer algo diferente a lo que ya hiciste en el Envión. Si no sería más o menos lo mismo.
Cintia dijo que necesitaba un tiempo para pensarlo: “para mí son muchos cambios” agregó, mientras miraba como perdida en dirección a la calle. A Cintia le preocupaba la situación de su abuela, que “si bien no es muy demandante” debía ser cuidada en su ausencia. Su hermano también le preocupaba. Dos meses atrás había abandonado la escuela secundaria y estaba trabajando como repartidor de pizzas: “no sienta cabeza”, sentenciaba. Cerramos el encuentro luego de acordar dejar pasar algunos días para que Cintia pensara su decisión.
Al cabo de una semana sin novedades, decidimos establecer contacto con Cintia. Resolvimos visitarla durante el transcurso de la mañana de un día martes. Sabíamos que ella ya habría vuelto de llevar a su hermana del colegio y se encontraría realizando alguna tarea doméstica. Estábamos en lo cierto, Cintia estaba en su casa “ayudando a la abuela a hacer unos ejercicios que le recomendó el kinesiólogo porque se mueve poco”.
Cintia nos invitó a pasar sin dar indicios de que le llamara la atención nuestra presencia. El comedor de la casa lucía bastante desordenado, con las cuatro sillas sobre la mesa, como si hubiesen estado barriendo o pasando el trapo. En una esquina del comedor, sobre un sillón, estaba la abuela, moviendo sus piernas con cierta dificultad, sudada y con una cara de esfuerzo extremo. De la cocina salía un olor a comida frita poco esperable a esa hora de la mañana. Desde allí se asomó el hermano de Cintia con cara de no haber dormido demasiado, arrojó un “hola” poco efusivo y volvió a voltearse.
Cintia ayudó a la abuela a acomodarse, preparó unas sillas para nosotros y se sentó. Fue ella quien comenzó la conversación: “Me imagino que vienen por lo del egreso, ¿no?”. Jésica le dijo que estaba en lo cierto y luego le preguntó: “En realidad nos gustaría saber qué estuviste pensando sobre lo que conversamos los días pasados”.
Cintia mencionó que lo había hablado “seriamente” con el padre:
La verdad es que prefiero quedarme con la posibilidad del programa ese… el de Más y Mejor Trabajo, el que hay que ir dos veces por semana. Yo el resto de los días tengo muchas cosas para hacer, me gusta cuidar a la abuela a la mañana y ayudarla con su tratamiento. También llevo a mi hermana temprano a la escuela, si no nadie podría. Si es sólo dos veces por semana puedo ver cómo organizarme para hacer todo.
Jésica la miró fijo unos segundos y luego la interrumpió para preguntarle con un tono armonioso pero incisivo: “¿Te parece desaprovechar esta oportunidad, Cintia?”. Ella movió sus hombros como si no tuviera nada para responderle y agregó:
Es que son muchas cosas las que pasan en mi casa y, como dice mi papá, ‘lo más importante es la familia’. Él me pidió que lo tuviera en cuenta y me hizo pensar mucho. También se nos ocurrió que quizás ustedes podían aceptar a Thomas en el Envión ahora que no está yendo al colegio, así de paso también él hace algo. Mi papá está muy preocupado porque no quiere trabajar ni estudiar y lo que él cobraría de la beca por el Envión, casi es lo mismo que yo cobraría con la cosa laboral.
Decidí intervenir para comentarle a Cintia “que no es esa la idea principal, o sea, la plata”, y le sugerí que dejáramos el tema para más adelante considerando la situación de su “egreso”. Además, le recordé los pasos que había que dar para considerar la posibilidad de incorporar a Thomas en el Envión, sin dejar de mencionar el hecho de que él “ni siquiera quiso anotarse en la lista de espera del programa”. A pesar de nuestras negativas parciales, Cintia insistió en que “Thomas podría quedarse con la beca” que ella dejaba vacante por egresar del Envión.
Jésica intervino para volver a sugerirle que conversáramos sobre la situación de su hermano en otra oportunidad y volvió a preguntarle: “Cintia: ¿Entonces esa sería tu decisión? ¿Seguir en el programa por Más y Mejor Trabajo?”. Cintia confirmó su decisión: “Y… si no queda otra”. Sus palabras mostraban cuán ofuscada estaba ante nuestra posición de no otorgar la beca de forma directa a Thomas.
La tensión que se generó nos llevó a cerrar el encuentro. Le dijimos a Cintia que en el transcurso de la semana pasaríamos por su casa para informarle qué documentación debía presentar ante la oficina de empleo del municipio. Cintia nos agradeció, aunque se la notaba disgustada: “Ah, bueno… dale, dale. Gracias” dijo, mientras nos acompañaba hasta la puerta.
Ni bien pisamos la calle sonrío disimulada pero jocosamente. Jésica me preguntó: “¿Qué pasa Tincho?”. Yo le respondí: “Y nada… muy buena la jugada: toda esta movida para ver si podían agarrar más guita del programa. Esa la armó el padre: metelo a tu hermano y más o menos suma lo mismo”. Jésica miró al cielo y se rió: “Y sí, puede ser, Tincho, todo puede ser. Pero es un bajón: ¿Cuál es el futuro de esta piba? No sé… ¿Que el novio la deje embarazada? Esto último Jésica lo decía aludiendo implícitamente a otras jóvenes del programa que habían vivido esa situación. ¿Tener un pibe y quedarse todo el día en la casa cuidando a la abuela?”. A pesar de las risas sarcásticas, ambos compartimos la sensación de que nuestra intervención podía catalogarse como “un tremendo fracaso”.
Al recorrer la escena “Propuesta de egreso” que tiene a Cintia como principal protagonista, reune varios de los elementos que habían aparecido en las reflexiones sobre el “Desayuno de trabajo” junto a empresarios de Villa Asunción. Aunque los actores con los que nosotros, como trabajadores sociales, teníamos que interactuar fueran muy distintos entre sí, la escena con Cintia muestra una similitud respecto de los agentes locales estatales vinculados al programa Envión: una preocupación incesante por inscribir determinados significados específicos sobre el dinero de las TM.
Recuperando algunos pasajes de la escena etnográfica en cuestión, podemos observar a los trabajadores sociales marcando (Zelizer, 2011) de forma específica algunos significados asociados al dinero. Desde un primer momento, Jésica y yo intentamos mostrar el egreso como algo “ideal”, en tanto que le ofrecía a Cintia la posibilidad de realizar las “prácticas laborales” en una “empresa” y le daba la “oportunidad” de “pegar un salto”. También intentamos convencer a Cintia de que estaba “desaprovechando una oportunidad” si finalmente decidía optar –nuevamente– por un ingreso proveniente de un programa social de índole laboral. Cintia resistía nuestras ideas, remarcaba el cumplimiento de las condicionalidades establecidas por el Envión e insistía en que prefería destinar “menos horas” y “no todos los días”. Ante nuestros embates, retornaba sobre la idea de incorporar a su hermano al programa Envión considerando la vacante que significaba su egreso.
Las controversias que produjo la “Propuesta de egreso” presentada a Cintia no hacen más que exponer las diferentes apreciaciones que los involucrados teníamos sobre las condiciones y los significados asociados al dinero de las TM. En este sentido, los trabajadores sociales involucrados en el programa empleábamos constantemente categorías que forman parte de la representación oficial del programa e implican prácticas de expertise técnica que reproducen cierta performatividad experta sobre el dinero, como ser: formas de acceso, requisitos para la inscripción, condicionalidades, incentivos de egreso para incorporarse al mercado formal de trabajo, etcétera. Frente a esa situación, los titulares de los programas recurrían a diferentes estrategias de negociación sobre las condiciones de las TM y, al hacerlo, exponían distintos significados sobre al dinero. No es que Cintia no reconociera los procedimientos o las condiciones del Envión, sino que las negociaciones que ella proponía revelaban otros sentidos asociados a las distintas TM: el dinero debía poder equilibrar obligaciones familiares con posibilidades personales, la reproducción del espacio doméstico con la adquisición de ingresos monetarios particulares y para el hogar.
Aquello que Jésica y yo juzgamos como un “tremendo fracaso” no es, en realidad, otra cosa que el fracaso de la lógica performativa y de traducción del saber experto que los actores locales estatales intentamos desplegar constantemente sobre el dinero de las TM. En la realidad cotidiana de Cintia, resultaba muy difícil considerar al dinero bajo los sinónimos de “egreso ideal” que propagábamos los técnicos del Envión –una vida adulta, de preparación universitaria, de ingreso al mercado de trabajo formal, etcétera–. Más bien, en sus condiciones de existencia –la experiencia social y familiar concreta, su historia de vida, los valores morales del entorno y una trayectoria combinada de fracasos, oportunidades y esperanzas– las condiciones y los significados asociados al dinero no podían más que priorizar el “cuidado de la familia”.
La vida social de las TM: desbordes de la performatividad experta
“Ahí va el chico del plan de los 150 (pesos)” o “el del plan para los chicos”. Este tipo de exclamaciones se escuchaban cotidianamente en Villa Asunción. Infinidad de veces los técnicos éramos interceptados en el barrio por algún padre, madre o adolescente e indagados respecto de las posibilidades de ingreso al programa Envión. Ante la constante demanda, solíamos repetir que se debía cumplir una serie de pasos sucesivos: la inscripción en la lista de espera, la realización de una entrevista familiar en el hogar y –ante la eventual existencia de becas– la evaluación del equipo técnico perteneciente al programa. A través de la puesta en movimiento de estos encuentros sucesivos, se iban gestando las condicionalidades referidas al programa.
En la instancia de inscripción a la lista de espera, solían reforzarse algunos de los aspectos referidos a las condicionalidades del programa. En dicha etapa, se recordaba a los aspirantes las condiciones de escolaridad y asistencia al Envión, a la vez que se registraban los datos generales de los adolescentes (nombre y apellido, dirección, escuela a la que asistía, grado alcanzado, conformación familiar, etc.).
La visita domiciliaria por parte del trabajador social formaba parte del último eslabón de la cadena y era, lógicamente, el momento más anhelado por los adolescentes y sus grupos familiares. Estos encuentros tenían una duración aproximada de 45 minutos y en ellos se priorizaba la presencia conjunta del adolescente y su madre o padre. Normalmente se iniciaban con una precisa definición de la pertenencia institucional del programa y sus principales líneas de acción. Se enfatizaba que el programa era una iniciativa de la Subsecretaría de Inclusión Social del municipio y que estaba dirigido a adolescentes de entre 12 y 18 años que atravesaban problemas en su tránsito por el sistema educativo formal, los cuales recibirían una beca de $150 por su participación.
El encuentro proseguía con una enumeración detallada de las condicionalidades establecidas por el programa. En primer lugar, se introducía la condición de la escolarización de los adolescentes como uno de los requisitos fundamentales, ya fuera para garantizar la continuidad o para asegurar la reinserción del joven al sistema educativo formal. En segundo lugar, se mencionaban los talleres educativos y recreativos brindados en las instalaciones del programa a los cuales los adolescentes debían asistir a contra turno de la escuela. Ambas condiciones se planteaban como fundamentales y complementarias, a la vez que se dejaba en claro que habría sanciones económicas ante el eventual incumplimiento de algunas de ellas. Dichas sanciones consistían en descuentos sobre el monto de la beca que podían, en algunos casos, alcanzar la totalidad de la misma. En los casos en que el incumplimiento persistiera, se produciría la baja del programa y el retiro de la beca.
Una vez finalizada la etapa ritual de presentación del programa y enumeración de las condiciones, la visita continuaba con la indagación sobre aspectos referidos al denominado “informe social”[7]. A través de la aplicación de una entrevista semi-estructurada, se abordaban aspectos referidos a la composición del grupo familiar, la situación económica habitacional, educativa y de salud del hogar. El informe poseía un apartado final en el cual cada trabajador social podía volcar sus apreciaciones personales, especificar el clima/ contexto de entrevista, citar verbalizaciones significativas de los entrevistados, darle relevancia a alguna problemática detectada, etc.
Una vez abordados todos los ítems que establecía el informe social, el encuentro finalizaba con una aclaración. Dado que en algunas ocasiones la lista de espera de inscripción al programa alcanzaba a más de 80 adolescentes, se reiteraba que el objetivo principal del mismo era incorporar a aquellos jóvenes que se encontraban en situación de vulnerabilidad social, destinando las becas disponibles a quienes se encontraran en mayores niveles de criticidad dentro de aquel grupo.
Otra serie de interacciones podrían formar parte de la reconstrucción etnográfica de este capítulo. Sin embargo, interesa resaltar que escenas como “Desayuno de trabajo” y “Propuesta de egreso”, así como la serie encadenada de eventos que siguen a la “Inscripción en la lista de espera” y la “Entrevista de Admisión”, muestran el incesante empeño que los agentes locales estatales poníamos en encarnar los significados del dinero diseñado por los saberes expertos en TM. Cada uno de esos eventos significativos junto a los candidatos, los titulares y/o los hogares receptores de las TM se convertía en una instancia ritual a través de la cual los agentes locales estatales reproducíamos el dinero producido por los expertos en los laboratorios virtuales de diseño de las TM.
No se trata de que los agentes locales estatales fracasáramos en el marcaje de un dinero específico de las políticas sociales, sino del hecho de que en los barrios populares y en las prácticas de los titulares y hogares de TM se expresaban otros saberes ordinarios sobre el dinero que daban cuenta de su verdadera significación social y sus sentidos plurales. En este sentido, seguimos las afirmaciones de autores como Federico Neiburg (2008) y Florence Weber (2002) quienes han recurrido a la denominación de “prácticas e ideas ordinarias” o “cálculos ordinarios”, respectivamente, para analizar el conjunto de racionalidades o sentidos prácticos que los agentes movilizan en distintos escenarios sociales: según estas concepciones, los sentidos plurales que adquiere el dinero proveniente de las TM es el resultado de múltiples instancias de cuestionamiento o negociación sobre su significado.
En vistas de lo que acabamos de exponer, las apreciaciones de los involucrados en la gestión del Programa PROSPERA en México adquieren otro sentido, al igual que los cuestionamientos de Dora en Villa Asunción respecto de “los papelitos” que utilizábamos los agentes locales estatales y las maniobras de los hogares para “andar por el piso”, incluso en el caso de Cintia: los titulares cuestionan las condiciones de las transferencias y negocian los significados del dinero recurriendo a saberes prácticos e ideas ordinarias ancladas en sus contextos particulares y sus necesidades sociales específicas.
A pesar de lo que dicen los saberes expertos y los diseños programáticos de los documentos institucionales (aquellos difundidos por los organismos internacionales y las agencias de desarrollo) o los múltiples marcajes estatales, las interacciones concretas entre actores locales estatales y titulares de TM demuestran que el efecto performativo que pretende una definición unívoca sobre el dinero transferido no agota los significados que adquiere. Los sentidos plurales del dinero dan cuenta de una serie de problemáticas que desbordan las categorías que propone la teoría de la performatividad
Los sentidos plurales del dinero operan en un sentido opuesto a la noción de performatividad: la significación social del dinero socava las representaciones construidas desde el campo económico por los saberes expertos sobre el dinero. El dinero no es una moneda uniforme que funciona como un medio de intercambio instrumental; en este sentido, el dinero es una caja abierta de significados que exponen la multiplicidad de sentidos de las TM: los significados del dinero se discuten, se negocian y se disputan movilizando un conjunto de sentidos ordinarios en contextos sociales y culturales específicos.
- Indagamos sobre los procesos de reinterpretación y transformación de las TM desde la perspectiva propuesta por los estudios de Stategraphy (Social Analysis, 2014). Este enfoque propone una nueva interpretación sobre los programas contemporáneos de provisión del bienestar (welfare service) a través de la descripción y el análisis del rol que juegan los actores locales estatales en los procesos y en las prácticas de implementación de dichas intervenciones (Dubois, 2014). ↵
- Seguimos las sugerencias de Diana Milstein (2009; 47-49) para observar eventos significativos, considerándolos como interacciones específicas donde los actores sociales experimentan situaciones complejas, las cuales no dejan de estar inscriptas en la cotidianeidad de sus prácticas. Resulta pertinente señalar que el enfoque que la autora desarrolla se enmarca en los hallazgos de la Escuela de Antropología de Manchester, situada en la década del 60’ en el Reino Unido y que tiene como principal referente a Max Gluckman. ↵
- En los primeros días de agosto de 2009, “Cacho” Álvarez asume como Ministro de Desarrollo Social de la Provincia de Buenos Aires y anuncia el lanzamiento del programa a nivel provincial. La propuesta tendría como destinatarios a los adolescentes y jóvenes de 12 a 21 años en situación de vulnerabilidad social de la Provincia de Buenos Aires, los cuales recibirían un estipendio mensual correspondiente a $350 en calidad de beca y una tarjeta magnética que habilitaría el cobro por cajeros automáticos (el monto otorgado en ese momento representaba el 25 % del salario mínimo, vital y móvil establecido en $ 1.400.-) En ese contexto, y en analogía con los hallazgos de Sabina Frederic y Laura Masson (2006), el programa Jóvenes se convertiría en un emblema de la personalidad política de “Cacho” y de cierta forma de hacer política.↵
- Tomo prestado el término profesionalización de Sabina Frederic (2004) para denotar y ejemplificar la presencia de esquemas de reestructuración política en el escenario local. Dichos esquemas estuvieron vinculados a la emergencia de una directriz política que buscaba borrar todo rasgo denominado como “clientelar” o “punteril” de las lógicas de asistencia y promoción que perseguía el programa Envión. Bajo esta premisa, ante lo que era visto como un problema moral de la política, la dirección del programa desplazó a mediadores de la política local/ barrial, reubicó distintas sedes del programa, y promovió la proliferación de técnicos de distintas disciplinas sociales en sus equipos de trabajo. ↵
- En la misma línea argumentativa, Franzé Mudanó (2013) señala que el ejercicio reflexivo sobre las políticas públicas debería dotarnos de herramientas que nos permitan trascender el modelo burocrático y estatocéntrico que las define “‘como entidades objetivas’, resultado de decisiones racionales adoptadas por alguna ‘autoridad’ competente –gobiernos, cuadros técnicos, expertos, instituciones delegadas…– que organizan acciones sobre la base de un conocimiento igualmente racional y experto con el objetivo de resolver problemas o situaciones específicas ‘existentes’, a fin de producir resultados –esperablemente– ajustados al diagnóstico que les precede” (Mudanó, 2013: 11).↵
- Se trata de un programa dirigido a jóvenes de 18 a 24 años que no hayan finalizado sus estudios primarios o secundarios y se encuentren desocupados. Se puede consultar en: http://www.trabajo.gov.ar/jovenes/ ↵
- Sobre un trabajo etnográfico que analiza los instrumentos utilizados en las intervenciones sociales y su consecuente incidencia en las formas de asistencia social estatal se puede consultar: Pantaleón, J. (2005) Entre la carta y el formulario. Política y técnica en el Desarrollo Social. Serie Etnográfica IDES. Buenos Aires: Antropofagia. ↵






