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4 El enraizamiento del dinero estatal en los hogares titulares de TM

Significados morales del dinero
y relaciones de poder

Habían pasado varios meses de la incorporación de Natalia al programa Envión; sin embargo, ella mencionaba que seguía “sin usar la plata” que cobraba mes a mes. En ocasiones yo bromeaba sobre su capacidad de ahorro y sus compañeras le decían que un día iba “a aparecer con un auto”. Unos días más tarde supe que para ella la situación no era graciosa.

Natalia tiene 15 años y vive con su mamá, Teresa, de unos 40 años aproximadamente, y con su padrastro, Ezequiel. Con ellos también conviven los dos hijos varones que Ezequiel tuvo con su anterior pareja: Nicolás y Santiago, de 18 y 14 años respectivamente. La casa de la familia se encuentra en la zona denominada por los vecinos como “los depa”,un conjunto de viviendas sociales edificadas hace unos quince años atrás en el marco del proceso de urbanización del barrio impulsado por el Plan Federal de Viviendas[1].

Teresa trabaja en una mercería cerca del centro de Avellaneda, mientras que Ezequiel trabaja con su propio auto como remis en una agencia del barrio. Si bien los ingresos que ambos generan no son cuantiosos, “nos las arreglamos para llegar a fin de mes”, asegura Teresa. “Arreglarse” también significa que utilizan el dinero que suele recibir Natalia por su participación en el programa Envión:

los chicos tienen que ir entendiendo también. Este mes le pedí a Natalia porque no tenía la plata para las plantillas ortopédicas que necesita Nicolás, el hijo mayor de Ezequiel.

Días más tarde volví a hablar del dinero con Natalia. Fui muy cuidadoso al introducir el tema mientras compartíamos un mate en las instalaciones del programa. Sin embargo, ella me transmitió su angustia sin rodeos: “estoy cansada de que todos los meses me hagan lo mismo: me piden la plata, me dicen que en unos días me la devuelven, y después pasa el mes y no recupero nada”. Natalia aseguraba que no le preocupaba tanto “que sea para las plantillas que Nicolás necesita” pero sí le daba mucha bronca que

Ezequiel sacó un equipo de música nuevo y no tiene ni para las plantillas de Nico, ni para pagar las cuotas. Y mi mamá…, mi mamá no le dice nada. Cumplo con todo, no falto nunca a la escuela, hago las tareas y vengo siempre al Envión… no es justo.

La situación de Natalia y Teresa es similar a la de otros cientos o miles de adolescentes y hogares titulares de TM que, mes a mes reciben el dinero que se les otorga como parte de las políticas de redistribución monetaria estatal. Los reclamos de Natalia o las justificaciones de Teresa atestiguan cómo este dinero pone en juego las relaciones de poder en el seno de las familias. En las páginas que siguen se reflexionará acerca de cómo la expansión de los programas sociales de TM generó una serie de transformaciones en la organización doméstica de los hogares pertenecientes a los sectores populares.

Recurriendo a lo que en otros trabajos hemos denominado como una nueva agenda de sociología moral del dinero (Wilkis y Hornes, 2017a y 2017b) se analizarán las dinámicas de redefinición de las relaciones de poder en las familias de los sectores populares a través de la expansión del dinero de las TM. A lo largo del capítulo, distintas escenas etnográficas centradas en la reconstrucción de los hogares titulares servirán para describir cómo se organizan los dineros estatales, estableciendo jerarquías morales y relaciones de poder movilizadas a partir de disputas intergeneracionales y construcciones sociales del género.

Dinero, moral y poder en los hogares titulares de TM

De la década del 60’ a esta parte distintos estudios de la antropología y la sociología económica se han detenido sobre los significados y usos sociales del dinero (Bohannan, 1967; Dalton, 1967; Bloch y Parry, 1989; Dodd, 1994; Guyer, 1994). Como se dijo en la introducción de éste libro, aquellos trabajos fueron pioneros en el campo de indagación sobre el dinero y tuvieron la virtud de demostrar que el mismo incide en la construcción de nuevas formas de representación del mundo social y sobre las relaciones entre los actores sociales. En las últimas dos décadas, distintos teóricos pertenecientes a las corrientes económicas regulacionistas y de las convenciones han reinterpretado los significados de la moneda más allá de las nociones tradicionales de medio de pago, valor de uso, medio de intercambio y reserva de valor (Therét, 2015, Blanc, 2009, Aglietta y Orlean, 1998).

La aparición de la obra de Viviana Zelizer titulada Los significados sociales del dinero (2011) inscribe un nuevo horizonte de investigación sobre tales interpretaciones. En sus distintos trabajos, Zelizer (2011 y 2009) expuso los múltiples significados personales, sociales y morales que pueden acompañar las transferencias de dinero. En su libro, Zelizer muestra cómo el dinero puede introducir distinciones, disputas, negociaciones y evaluaciones incluso dentro de las relaciones de mayor confianza e intimidad, así como en determinados casos puede empujar a sus participantes a establecer límites específicos para garantizar diferentes transferencias. Otros trabajos recientes resaltaron también la dimensión más experiencial o sensible del dinero al señalar que la pluralidad de significados explorada por Viviana Zelizer resulta un sustrato esencial para comprender la heterogeneidad de representaciones que acompañan al dinero y la multiplicidad de significaciones y usos sociales que adquiere el mismo en la vida social (Dufy y Weber, 2009; Maurer, 2006; Guyer, 2004).

En la medida en que la investigación que se desarrolla en estas páginas comprende los múltiples significados que adquiere el dinero transferido hacia los sectores populares, se impone citar aquí los trabajos de Ariel Wilkis (2017). El autor ha explorado con detenimiento una multiplicidad de prácticas económicas y significados del dinero en los sectores más postergados y ha logrado demostrar las múltiples conexiones que el dinero puede adquirir entre actores sociales supuestamente disímiles. Compartimos una de las premisas centrales de su trabajo: los múltiples significados del dinero aportan elementos para explorar e interpretar concepciones sobre el orden social (Wilkis, 2013).

A partir de las conceptualizaciones de Zelizer sobre la sociología del dinero, los desarrollos contemporáneos de la sociología moral propuesta por Hitlin y Vaisey (2010) y la sociología del poder postulada por Pierre Bourdieu (1993), Wilkis propone la noción de “capital moral” (Wilkis, 2014b) –una subespecie de capital simbólico– como un instrumento analítico conceptual que permite vincular dinero, moral y poder para observar cómo el dinero jerarquiza moralmente a las personas y, por lo tanto, produce relaciones de poder (Wilkis, 2017). Basándose en la tesis de Nigel Dodd (2014) Wilkis destaca que la moral es una propiedad intrínseca al dinero, lo produce desde adentro, razón por la cual los hechos monetarios permiten recuperar la pluralidad de dinámicas morales que exponen a las personas y sus relaciones sociales en diferentes transacciones económicas.

Seguimos la definición de “capital moral” propuesta por el autor en cuanto a considerar el dinero como un transporte de valores morales, un instrumento conceptual a partir del cual observar que las personas miden, comparan y evalúan todo el tiempo sus virtudes morales en marcos contextuales específicos (Wilkis, 2016).

En una serie de trabajos hemos bregado por construir una agenda de sociología moral del dinero, la cual postula que la moral y el poder no son términos excluyentes. El concepto de “capital moral” ilumina esa conexión singular para mostrar cómo se despliegan las luchas y las relaciones de poder en torno a la evaluación del cumplimiento de obligaciones sociales y el reconocimiento de virtudes morales (Wilkis, 2017; Wilkis y Hornes, 2017a). Con el foco puesto en las relaciones entre dinero, moral y poder que se ponen en juego a través de los programas de TM, nuestra propuesta expande las interpretaciones de otros trabajos que han analizado los significados sociales que adquiere el dinero transferido a partir de las intervenciones monetarias estatales (Dapuez, 2013; Eger y Damo Sander, 2014).

Desplegaremos las conceptualizaciones hasta aquí desarrolladas para analizar la expansión de los programas de TM y el arraigo de estas nuevas tecnologías monetarias en la vida cotidiana de las familias titulares. Utilizaremos la clave analítica de la sociología moral del dinero para pensar las nuevas relaciones de poder que configuran los vínculos familiares y con la intención de mostrar como los programas de TM están transformando las relaciones sociales al interior de los hogares.

Obligaciones y virtudes morales en torno a las construcciones sociales del género

Sin margen para no calcular

La primera vez que conversé con Miriam fue en la casa de una vecina, Marisa. Con Miriam nos habíamos conocido mucho tiempo atrás, en el quiosco que ella tenía antiguamente en el comedor de su casa. También conocía a su marido, Ernesto, tío de uno de los adolescentes que asistía al programa Envión. La familia se completa con dos hijas mujeres de 17 y 13 años y dos varones de 7 y 5 años.

Miriam y su familia vivían en uno de los pasillos de Villa Asunción hasta que, hace aproximadamente tres años, les adjudicaron una vivienda social en la zona de reubicación en el nuevo barrio “Santo Domingo”. La vivienda cuenta con un living-comedor diario de unos nueve metros cuadrados, un patio en la parte trasera, una cocina emplazada como pasillo sobre la pared contigua al patio y una habitación de unos diez metros cuadrados que da al frente de la casa. En el centro del living-comedor hay una mesa para seis personas y sillas de distintos modelos que lucen bastante viejas. Frente a la mesa y sobre la pared que linda con el patio trasero se encuentra la cocina, la cual, a diferencia de las cocinas del resto de las casas del barrio que visité, no tiene el bajo mesado realizado. Paradójicamente, Miriam tiene una heladera último modelo de un tamaño realmente considerable. Durante mis visitas, la casa lucía bastante desordenada y lúgubre. Las paredes, despintadas y desgastadas, tenían un tono oscuro. Para entrar a la casa tenía que sortear los juguetes de los hijos de Miriam, la salida apresurada de alguno de ellos en bicicleta, o los saltos de bienvenida que pegaba el perro.

Compartimos tardes de largas conversaciones con Miriam. Ella se mostraba sumamente espontánea y parecía agradarle mucho el hecho de poder dialogar sobre la economía del hogar. Más de una vez le dije que parecía “una calculadora científica”, ya que recordaba en detalle cada uno de los gastos que había realizado en forma diaria. “Nunca dejo de hacer mis cuentitas”, contestaba ella. Con el tiempo, entendí que aquellas “cuentitas” a las que se refería Miriam estaban compuestas por un complejo entramado de administración de los escasos ingresos del hogar.

En 2010, Miriam se encontraba desocupada y percibiendo la AUH por sus cuatro hijos. Ernesto trabajaba en un lavadero de autos desde las 7 de la mañana hasta las 8 de la noche en el barrio Recoleta de la ciudad de Buenos Aires. Miriam aseguraba que el sueldo de su marido rondaba “entre los 70 u 80 pesos por día, dependiendo de si le pide al jefe algún adelanto en la semana o si tiene alguna deuda por algo”. Ella se refería al sueldo de Ernesto como “la plata gorda”: “esa es la plata que usamos para comprar todas las cosas de acá por día, para comer, para pagar los gastos, todo”. Miriam llevaba un registro detallado de lo que gastaba por día; era algo increíble escucharla enumerar cada uno de los ingredientes de las comidas que iba a hacer con su respectivo monto: “es que somos muchos, acá tenés que cocinar para seis. Decí que Ernesto me trae, y yo armo y desarmo”.

El “armo y desarmo” de Miriam englobaba todo un conjunto de prácticas económicas sobre las cuales ella se hacía responsable. Como muchos de los hogares pertenecientes a los sectores populares, Miriam y su familia debían recurrir a distintas prácticas económicas asociadas a líneas de crédito personales para acceder, por ejemplo, a la compra de un bien mueble o elementos de necesidad[2]. Las estrategias para poder acceder a ciertos bienes muebles o de consumo recaían constantemente sobre Miriam y era ella, en consecuencia, quien debe armonizar las posibilidades objetivas con las necesidades de la familia:

de los 800 (pesos) que cobré de los créditos, tengo que pagar 200 (pesos) de la zapatilla y tengo que pagar 300 (pesos) que había sacado de ropa para las fiestas que le compré a una señora que va a La Salada.

Cuando se trataba de los gastos que pertenecían al hogar o involucraban a todos los miembros del grupo familiar, Miriam prefería hablar en singular:

ahora tengo que juntar porque ya el salario que viene no lo puedo usar para pagar créditos, porque ya tengo que comprar las cosas para la escuela, entonces tengo que tratar de no tener el crédito, tratar de pagar y juntar.

Esta forma se asentaba sobre la división que trazaba Miriam entre ella y su marido, y que obedecía a la condición de principal responsable del sustento económico que tiene este último:

porque mi marido trabaja y él no sale a ningún lado, no compra nada, él se dedica a trabajar. Como él dice: “para lo único que sirvo es para trabajar”. Él es un hombre que trabaja, trae la plata, me la pone acá, en la mesa, y me dice: “vos arreglate y yo me arreglo”.

Además de la gestión de los créditos personales, la práctica del fiado era otra de las estrategias que empleaba Miriam para comprar alimentos o “salir del paso”:

¿Ves? Ayer se nos acabó la última caja de té y el último paquete de condimentos, que era la última mercadería que había en casa. El fiado también, ¿viste?, por ahí yo saco y saco pero después tengo para pagar, pero en vez de pagar esa cuenta sería plata que yo puedo ahorrar. Es vivir día a día. Ahora debo estar debiéndole unos 70 pesos por semana, y eso trato de ir pagándoselo todos los sábados, cuando llega Ernesto con lo de la semana. (Ver cuadro Presupuesto de Miriam y Ernesto).
Ingreso Egreso Detalle

$ 880.-

Acreditación del cobro de la AUH por los cuatro hijos.
$ 450.- Sueldo semanal de Ernesto. (El sueldo mensual ascendería a $1.800.-).
$ 200.- Pago del crédito personal asumido por Miriam para la compra de zapatillas.
$ 300.- Pago del crédito barrial asumido por Miriam para la compra de ropa en las fiestas navideñas.
$ 70.- Pago de la deuda del fiado asumida por Miriam en el comercio del barrio.

Presupuesto de Miriam y Ernesto
El ingreso estimativo mensual del presupuesto del hogar ascendería a $ 2.760.- (un valor aproximado a los 690 dólares estadounidenses para la época).
El dinero proveniente de TM representa casi el 35 % del presupuesto del hogar.

En las charlas que teníamos con Miriam, me llamaba poderosamente la atención cómo ella volvía constantemente sobre la relación entre el presupuesto del hogar, la temporalidad de la organización de los gastos y una “calculabilidad” detallada y permanente[3]. En más de una oportunidad, Miriam aseguraba que “es un presupuesto, entre que las cosas de la escuela, la comida y mi cabeza de noche no duerme, calculá”. Yo, por mi parte, respondía a esa clase de explicaciones con pequeños comentarios como “sos como una economista” o le preguntaba si realmente perdía el sueño por llevar la organización del presupuesto del hogar, ante lo cual, Miriam respondía:

Hay días que calculo todo y mi marido me dice… ¿qué le digo, no? “Estoy pensando en mañana”. Claro, lo que voy a gastar mañana, y voy pensando, bueno, a ver, para que mañana no me levante embolada y diga “andá comprar esto y lo otro”, entonces me pongo a pensar: “bueno, tengo esta plata”.

Un claro ejemplo de la situación anteriormente mencionada es la previsibilidad que mostraba Miriam al calcular el ingreso del dinero proveniente de la ayuda escolar[4] con casi cuatro meses de anticipación. Recuerdo que conversábamos una tarde de mediados del mes de enero y Miriam afirmaba: “ahora lo que me va a favorecer mucho es la ayuda escolar pero la cobro recién en abril”. Compartí con ella mis inquietudes respecto de la forma en que podía llegar a favorecerle la ayuda escolar y el monto que percibiría, a lo cual respondió:

Es una vez al año, cuando empieza la escuela. El año pasado habían pagado 750 (pesos) por cada chico y yo estaba cobrando 180 (pesos) el salario… así que este año no sé. Si ahora en febrero me meto en un crédito por las cosas del colegio, yo sé que en abril yo ya cobro eso y cubro todo. Tengo que pagar, ya sé que esa plata me va a venir toda junta.

En esta compleja tarea de organizar los gastos del hogar, Miriam tenía una aliada incondicional, su hija mayor, Milagros: “Claro ¿viste?, por ahí le digo a ella ‘¿Cuánto dejó tu papá? Fijate y dejá algo para la noche’. Por suerte con ella siempre hacemos todas las cuentas”. Esta alianza para organizar el dinero muestra una socialización de la construcción social del género que la madre transfiere a la hija. Como contrapartida, Miriam debía lidiar con las prácticas económicas de Ernesto y la apreciación del resto de sus hijos, que se reflejaba en comentarios del tipo “es una rata mamá”:

Como me dicen ellos “es una rata”, no es que soy rata, economizo lo que tengo que tener. Porque Ernesto no piensa en el mañana, él piensa en hoy. Si tiene 100 (pesos) se los gasta porque no piensa en mañana. Yo sí, por ahí le digo: “tengo 100 (pesos), gastamos 50 (pesos) y quedan 50 (pesos) para mañana”. Por ahí él tiene y los chicos le piden y él gasta y gasta y no se da cuenta y mañana, cuando te levantás, no tenés nada[5].

La expresión “armo y desarmo” a la que recurría Miriam para sintetizar la forma en que usaba el dinero proveniente del ingreso de Ernesto, parece dejarla aún más sujeta a una condición subjetiva y emocionalmente adversa. La supuesta libre disposición de los distintos dineros –“él trae la plata y me la pone arriba de la mesa”– obligaba a Miriam a resolver la organización del presupuesto del hogar tomando decisiones individuales sobre un conjunto de prácticas económicas que involucraban al resto de la familia y a tener que soportar, en algunos casos, la descalificación de sus hijos y su marido –“mamá es una rata” y transitar por momentos de mucha intranquilidad y angustia personal:

Mi hija me dijo: “¿Mami, qué ojeras que tenés?” Y yo le digo: “porque yo duermo pensando en las cuentas”. A veces prefiero que mi cabeza se ponga en blanco, pero no puedo. Hay días que sí puedo estar tranquila, como ves, yo el fin de semana estuve tranquila, porque sé que, bueno, mis cuentitas yo las pagué.

El “armo y desarmo” también introduce otra serie de discusiones respecto del dinero proveniente de los programas de TM. El dinero proveniente del trabajo de Ernesto es percibido por Miriam como “la plata gorda”. Una denominación interesante, ya que no solo remite a la diferencia cuantitativa de este ingreso con otros existentes en el hogar, sino que introduce una clara diferenciación respecto del “salario”, que es la categoría utilizada para referirse al dinero proveniente de la AUH. El origen diferenciado de estos dineros va dejando distintas huellas en sus significados. Para Miriam, “la plata gorda” es significativa por las apreciaciones de un marido que “para lo único que sirve es para trabajar”. En cambio, “el salario” tiene menor valor y significado y sólo sirve, en palabras de Miriam, “para salir del paso”. Las denominaciones utilizadas por Miriam evidencian que el significado de ambos dineros está entrelazado y no existe la posibilidad de que uno exista independientemente del otro, puesto que dicho enlace es la condición que los hace posibles.

Visualizar la existencia de dineros diferenciados es también enunciar la existencia de una articulación entre significados asociados a un dinero de los hombres –proveniente del trabajo– y un dinero a ser gestionado por las mujeres dada su condición de titulares de los programas de TM y administradoras de los ingresos que conforman los presupuestos de los hogares. En adelante, se proseguirá con el análisis de estas dimensiones para dar cuenta de cómo el dinero proveniente de los programas de TM incide en las relaciones de género reconstruyéndolas y tensionándolas de distintas maneras.

Entre gustos y cuidados del dinero

Patricia tiene 38 años. La conocí en el año 2009, cuando varios de los vecinos de Villa Asunción quisieron prender fuego su casa después de que uno de sus hijos mayores hiriera con un arma de fuego a otro vecino. Luego de varios días en los que recibieron agresiones y amenazas, Patricia y sus hijos dejaron el barrio por unos ocho meses. Pablo, el hijo mayor involucrado en el incidente, nunca volvió al barrio por temor a las represalias. Patricia estuvo esos ocho meses viviendo en la casa de su hermana, en Sarandí, hasta que regresó a Villa Asunción cerca del mes de julio de 2010.

Fue a mediados de enero de 2011 que nos volvimos a encontrar. Ella estaba conviviendo con su novio en la casa de su suegra. Me sorprendió saber que su pareja era Marcelo, papá de Nahuel, uno de los adolescentes que participaba en el programa Envión. Nahuel se había presentado espontáneamente en las instalaciones del programa cerca del mes de diciembre de 2008. En esa ocasión, conversé con él varios minutos, tomé sus datos y lo agregué a la numerosa lista de espera del programa. A los pocos días, Marcelo me interceptó con su bicicleta playera por los pasillos de Villa Asunción y –con la frontalidad que lo caracteriza no dejó de interrogarme hasta que tuvimos la entrevista de admisión.

En 2011, además de Marcelo y su suegra, en la casa de Patricia vivían sus dos hijas de 8 y 5 años de edad. La casa de la familia está ubicada en la zona del barrio denominada por los vecinos como “Los Depa”, una urbanización realizada en el marco del del Plan Federal de Viviendas que tuvo lugar a inicios del año 2000. La misma se encuentra ubicada en la tira de edificación más próxima al arroyo Sarandí, frente al flamante polideportivo que cuenta con una cancha de fútbol y un jardín municipal. La casa tiene un living comedor que se comunica con el patio trasero en la planta baja y dos habitaciones y un baño en la planta alta.

Siempre que visité a Patricia su casa estaba limpia y ordenada y ella mostraba una preocupación constante por atenderme sin que el resto de las personas de la casa nos interrumpieran. Era habitual que durante el espacio de mi visita Patricia delegara todas las tareas domésticas en su suegra, aunque no dejara de supervisarla ni por un segundo: “acordate de esto del agua del lavarropas”, “fijate la comida en el fuego”, acotaba a cada rato.

El presupuesto de la familia estaba conformado por ingresos económicos variados, entre los cuales se destacaba una fuerte presencia del dinero proveniente de distintos programas de TM. Patricia trabajaba tres veces por semana como empleada doméstica en una casa de familia. Cobraba $360 por mes, “o sea… nada”, aseguraba. A su vez, percibía la AUH por sus dos hijas menores y “los (pesos) 80 de ella”, como solía decir Marcelo para referirse al dinero proveniente de la transferencia otorgada por el “Plan Más Vida”. En lo que respecta a Marcelo, era beneficiario del programa “Argentina Trabaja”, por el cual recibía una transferencia de $1.200 mensuales y trabajaba alrededor de cuatro horas diarias en las inmediaciones de la cancha de Arsenal de Sarandí. Por último, la madre de Marcelo percibía una pensión de aproximadamente $700. (Ver cuadro Presupuesto de Patricia y Marcelo).

Ingreso Egreso Detalle
$ 360.- Salario mensual del trabajo doméstico de Patricia.
$ 440.- Cobro de la AUH por las dos hijas.
$ 80.- Transferencia Electrónica del “Plan Más Vida”.
$ 1.200.- TM “Argentina Trabaja” de Marcelo.
$ 700.- Cobro de la pensión por invalidez de la madre de Marcelo.
$ 300.- Compra mensual de mercadería en el supermercado chino.
$ 280.- Compra mensual de carne en el frigorífico próximo al barrio.

Presupuesto de Patricia y Marcelo
Estimativamente, el ingreso total mensual del presupuesto del hogar ascendería a $ 2.780.- (un monto aproximado de 675 dólares estadounidenses para la época). El dinero proveniente de TM representaba casi el 90 % del presupuesto del hogar.

Desde que volvimos a vincularnos en el mes de enero de 2011, las paradas en la casa de Patricia y Marcelo fueron casi una instancia inevitable en la rutina del día de trabajo de campo. No sólo porque la vivienda se encontraba de camino al sector donde fueron reubicados varios vecinos –el nuevo barrio: “Santo Domingo”– sino porque yo tenía una afinidad particular con Marcelo tras la incorporación de Nahuel al programa Envión. Sumado a esto, la organización de los horarios de trabajo de ambos me permitía aprovechar las mañanas para hablar con Patricia y, a partir del mediodía, cuando Marcelo finalizaba su horario de trabajo en la cooperativa, incorporarlo a él también en la conversación. Por más que Marcelo se había acostumbrado a encontrarme en su casa cuando regresaba del trabajo diario, nunca dejaba de hacer algún comentario sobre mi presencia: “¿Cómo andás, amigo? ¿Qué pasa que estás con mi mujer vos?”. Muchas veces aquellas palabras estaban acompañadas por una cortesía particular que parecía perseguir el objetivo de resaltar su preeminencia en el hogar: “¿Te ofrecieron algo para tomar? ¿Gaseosa, algo? Comprá”, sentenciaba Marcelo, mientras sacaba un billete de su bolsillo y se lo entregaba con vehemencia a Patricia.

Lo cierto es que los encuentros en diferido tenían su atractivo. Cuando conversábamos por la mañana con Patricia, reconstruíamos todos los gastos del hogar y hablábamos de sus deseos de poder “arreglar su casita” y “darse algunos gustitos”. Pero cuando, más cerca del mediodía, llegaba Marcelo, la conversación entre él y yo giraba alrededor de expresiones como “arremangarse” o “cuidar el mango”. A continuación, describiré algunas de estas situaciones con el objeto de identificar las desigualdades de género que se ponen en juego al momento de definir las estrategias económicas sobre el presupuesto del hogar y las formas de denominar el uso del dinero.

En lo que se refería a la organización del presupuesto del hogar, al igual que Miriam, Patricia no dudaba en afirmar que era ella “la que maneja el dinero en el hogar. Porque sé lo que hace falta. Una más o menos sabe lo que se necesita en la casa”. Sin embargo, ese “manejo” implicaba para Patricia tener que considerar minuciosamente los ingresos que percibía e ir asignando luego los gastos necesarios para la alimentación, los impuestos, el cuidado de sus hijas y el añorado embellecimiento de su casa. Hablar de estos ingresos supone mencionar las negociaciones y concesiones que Patricia debía realizar con Marcelo respecto de cada uno de los significados asociados al uso del dinero.

En ese sentido, para cada uno de los ingresos existentes en el presupuesto del hogar existía una clara y diferenciada denominación. Para Marcelo, el dinero que provenía de su trabajo en la cooperativa “barriendo como un burro” era “plata que se gana con el sudor de mi frente, no se puede derrochar”. Marcelo administraba personalmente ese dinero para

comprar la mercadería necesaria una vez al mes en el chino. Yo, por decirte, cobro, tenemos una cantidad de plata en el mes, por decirte, yo voy y gasto 300 pesos en mercadería, compro tanta cantidad de fideos, tanta cantidad de aceite, todo completito, todo, yo sé que te dura más o menos veintipico de días.

Sin embargo, que ese dinero fuese el producto del sudor de su frente también habilitaba a Marcelo a considerarlo como “plata de él”. Si bien Patricia no podía traspasar los límites que Marcelo le imponía respecto del dominio y uso del dinero que él percibía, ella reconocía esas instancias como un lugar desde el cual negociar el uso del dinero proveniente de la AUH:

Digamos, a veces le doy y a veces no, pasa que el tipo se va a las cinco de la tarde y no vuelve hasta la una de la mañana. Ponele, si pasa algo en ese trayecto, ¿yo cómo me manejo? Eso es lo que él no entiende. ¡Me reclama que yo lo quiero para gastar! No, ponele, Dios no permita, que pase una desgracia, yo tengo que salir a las corridas pidiendo plata a los vecinos.

Al reparar en la jerarquización que realizaba Marcelo sobre el dinero proveniente del programa “Argentina Trabaja” es interesante ver la retroalimentación constante de significación que ésta guarda, con las apreciaciones sobre el dinero proveniente de los programas que percibía o las actividades que realizaba Patricia. Patricia percibía tres tipos de dineros distintos que aparecían claramente desjerarquizados en el presupuesto del hogar: el dinero proveniente de la AUH, el dinero que percibía a través del “Plan Más Vida” y el dinero que percibía a través de su trabajo como empleada doméstica.

En cuanto al dinero que Patricia recibía a través de la AUH, éste era percibido como “una ayuda, pero que no es mucho”. Patricia separaba ese dinero para distintos usos, entre los que ella misma identificaba como prioritarios los referidos a la alimentación y el cuidado de sus hijas:

Darles de comer, primero; comprar mercadería, comprar carne, pan todos los días, leche. A veces, cuando hago mercadería, bueno, ¿viste? tratamos de darle los gustos, pero a veces no se puede. Además, ropa, crecen los chicos: ropa, zapatillas…

También separaba un monto menor que era claramente discriminado para algún gasto inesperado o imprevisto: “100 pesos los guardo por si tengo una emergencia, médicos, esas cosas”. En cuanto al dinero que percibía a través de la tarjeta electrónica del “Plan Más Vida”, era un dinero que Patricia “no considera”; de hecho, aunque Marcelo se refería a ese dinero como “los (pesos) 80 de ella”, lo cierto es que los incluía en los gastos que él mismo destinaba a la compra de mercadería: “Compro 200 pesos de carne más los $80 de ella, son $280 en carne”. En último lugar, el dinero que percibía a través de su trabajo como empleada doméstica, Patricia lo identificaba como un monto inexistente, “o sea… nada.”. Esta apreciación se sostenía sobre una interpretación diferenciada del dinero que ella y Marcelo percibían en relación a las actividades laborales que realizaban:

Creo que si estuviera trabajando como él trabaja, con ese sueldo, sería trabajo, pero una cosa distinta es que yo estoy trabajando en casa de familia. Y serían dos sueldos, cambiarían las cosas.

Es necesario reconstruir este conjunto de significados asociados al dinero para trascender la diferencia de valor cuantitativa de los distintos dineros existentes en el hogar y observar cómo las desigualdades de género inciden en la construcción del significado y los usos del dinero. En este sentido, es notable la diferenciación del dinero establecida por la marca del género: el dinero que ganaba Marcelo “barriendo como un burro” no es igual que el dinero proveniente de las TM que era clasificado por el propio Marcelo como “los 80 de ella” y estaba destinado a la compra de alimentos u otros bienes básicos o era separado por Patricia para urgencias. “Con eso tratamos”, decía Patricia en el marco de nuestros primeros encuentros; esas palabras de alguna manera sintetizaban la dinámica que adquiría la relación entre ambos cuando mediaba el dinero y las disputas concernientes a los distintos significados asociados al mismo.

Este tipo de disputas inscriben determinados usos del dinero. Si bien Miriam parecía gozar de una mayor autonomía respecto de Patricia en cuanto al manejo del dinero perteneciente al presupuesto del hogar, en realidad quedaba a cargo de la gestión de recursos escasos que la obligaban a contraer un cúmulo de deudas personales para cubrir distintas necesidades de la familia. En el caso de Patricia, estas variables se revierten, ya que ella mostraba una explícita dependencia respecto de Marcelo en lo concerniente a la administración de los dineros existentes en el presupuesto del hogar. Patricia quería “darse un gusto”, asumir responsabilidades como las de Miriam para acceder a un crédito personal y “arreglar su casita” y así desafiar el sentido “más riguroso” que tenía Marcelo sobre el uso del dinero. Ante la imposibilidad de hacerlo, y a causa de tener que lidiar con la tenencia de un dinero desjerarquizado frente a los ingresos de Marcelo, Patricia solo podía enunciar sus reclamos sobre el ejercicio de ciertas prácticas económicas a escondidas o en ausencia de Marcelo:

Yo le digo: “papi, dale, dale, Marce…” Pero no hay caso. Yo sé que las cosas no están para andar dándose gustos, pero bueno, comprate algo, comprá algo, ¿viste? Yo aprovecho cuando él patrón no está para comprar alguna cosita, comer un yogurt con las chicas.

Fuera que se use para asumir créditos personales, separar para situaciones de riesgo o incurrir en algunas prácticas económicas a escondidas, en los casos analizados el dinero proveniente de las TM aparece “marcado” (Zelizer, 2010) por las tensiones morales que introducen las relaciones de género. Por un lado, hay un dinero proveniente del mundo del trabajo, al que se le asocian ciertas dimensiones morales y sobre el que se construye la identidad social del hombre como trabajador/ proveedor (Eger, 2012a y 2012b). El dinero de las mujeres, en cambio, se inscribe en universos morales signados por la definición de una identidad social que en, términos de status, se sitúa de forma equivalente o complementaria a la posición demarcada por el sexo opuesto que parte de la representación de la madre como cuidadora del universo doméstico (Weber, 2006 y Fonseca, 2004). En estos marcos, ser las encargadas de cobrar el beneficio de la AUH convierte a las mujeres en las responsables de gestionar ese dinero, pero sin descuidar en ningún momento el espacio del hogar.

Generización moral del dinero y relaciones de poder

Viviana Zelizer introdujo la denominación de “monedas domésticas” para referirse a distintas clases de dineros presentes en las dinámicas familiares. Según Zelizer, “los hogares tradicionales consideran los fondos del ama de casa como una clase de dinero muy distinto a la asignación de los hijos o al dinero personal del marido. Se usa de una manera muy diferente, se adjudica de modos especiales y su cantidad se establece según cálculos que tienen que ver tanto con el género como con la clase social” (Zelizer, 2010: 44). Esta clasificación bien puede aplicarse a las reconstrucciones etnográficas sobre los presupuestos de los hogares que se expusieron en el apartado anterior

Recorriendo los presupuestos de Miriam y Patricia encontramos un denominador común en la diferenciación de los dineros como condición necesaria para otorgarles un significado: el dinero proveniente del trabajo asociado al universo masculino, contrapuesto al dinero proveniente de los programas de TM y circunscripto al universo femenino. En la base de esta diferenciación hay una serie de valores morales y sociales asociados, por un lado, al sacrificio y el esfuerzo en el trabajo –“barriendo como un burro” y, por otro lado, a la reproducción y el cuidado del hogar –“arreglárselas” o “darse un gustito”.

Sin embargo, tal como se mostró en las situaciones etnográficas analizadas, la diferenciación entre estos tipos de dineros se vuelve una de las condiciones que permite establecer la existencia de ambos. Una vez establecidos los significados precisos de esos dineros, se dan distintas disputas sobre sus usos. Desde los esquemas de apreciación masculinos, el dinero proveniente del trabajo debe estar claramente diferenciado para la adquisición de los alimentos o el pago de servicios del hogar. Mientras que desde los esquemas femeninos, al hecho de tener que lidiar con la administración de un dinero escaso para la satisfacción de las necesidades del hogar, se suma todo un conjunto de prácticas –“separar”, “calcular todo el día” o “gastar a escondidas”– referidas al manejo del dinero proveniente de las TM.

La existencia de estos dos tipos de dinero interpela y reconstruye las relaciones de género. En los presupuestos de los hogares de Miriam y Patricia, la articulación entre dineros marcados como del hombre (trabajo) y de la mujer (programas de TM) condiciona un conjunto de prácticas económicas. En el caso de Miriam, hay una explícita enunciación de autonomía e independencia respecto del manejo de los ingresos y dineros circulantes en el hogar: “yo armo y desarmo”. Sin embargo, esa autonomía se desvanece ante la presencia de un dinero que lleva a Miriam a asumir individualmente la gestión de una serie de deudas familiares. En el caso de Patricia, mientras la dependencia para con Marcelo respecto del uso del dinero es explícita, esa misma dependencia la habilita implícitamente a contar con un margen de disimulación y maniobra para “separar” o “gastar a escondidas”.

Mostrar esta diferenciación de significados, usos y formas de circulación del dinero estatal en la esfera doméstica permite volver sobre el análisis de las relaciones de poder que se suceden al interior de las familias a partir de la dimensión moral del dinero. En este sentido, es posible interpretar a las TM como una “pieza de dinero” (Wilkis, 2017) que produce y devela jerarquías morales entre los miembros de las familias: las mujeres que perciben dineros estatales deben lidiar con el cumplimiento de ciertas obligaciones y virtudes morales esperadas socialmente a la vez que deben preservar la unidad y la reproducción familiar sin desafiar la honorabilidad masculina configurada por sus maridos bajo el rol de proveedores[6].

Las tensiones de género que aquí se describieron confirman que el dinero proveniente del mundo del trabajo representa una pieza de mayor jerarquía moral que aquel distribuido a partir de las políticas de TM y que, por lo tanto, cada una de estas piezas de dineros arrastran diferentes obligaciones generizadas. Mientras que los hombres pueden jerarquizar su rol en el espacio doméstico a través del valor moral que es inherente al dinero ganado en el mundo del trabajo, las mujeres deben mutualizar el dinero (Weber, 2006) que reciben como titulares de los programas sociales a un conjunto de obligaciones y responsabilidades económicas y afectivas– de reproducción de los hogares.

La distribución de obligaciones generizadas da cuenta de la dimensión moral del dinero, en la medida que las distintas jerarquías morales que esas piezas de dinero movilizan reflejan que el orden social familiar está enraizado en un orden monetario que se produce con la expansión de las TM: la circulación, los significados y los usos del dinero estatal demarcan un conjunto de obligaciones morales a través de las cuales las familias persiguen su reproducción, a la vez que se disputan constantemente el poder y el estatus de sus miembros.

Negociaciones y disputas morales en los procesos de socialización intergeneracional

Condiciones de una buena familia

A Erick lo conocí en octubre del año 2008, cuando me incorporé al programa Envión. En ese momento, tenía 15 años y no estaba escolarizado porque había quedado libre de la escuela n º 33, ubicada unas tres cuadras de Villa Asunción. Dejar “libre” a un alumno era la estrategia que empleaban muchas escuelas para desvincularse de algunos estudiantes que acarreaban problemas de comportamiento o reiterada repitencia del año escolar. Tal era el caso de Erick.

Puesto que el principal objetivo del programa Envión es acompañar a los adolescentes en su tránsito por el sistema educativo formal, así como también evitar instancias de repitencia o abandono escolar, Erick y un grupo conformado por otros diez adolescentes que formaban parte del programa se volvieron una prioridad para el equipo de profesionales que formábamos parte del mismo.

En el año 2009, ante la necesidad de escolarizar a dicho grupo de adolescentes, se incorporó en el marco de acciones y en las instalaciones del programa un ciclo de formación denominado “Centro de Escolarización Secundaria para Adultos y Jóvenes” (CESAJ). Dependiente del Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires, esta modalidad educativa especial garantizaba la cursada de las asignaturas en el espacio físico en que funcionaba el programa Envión y con un cuerpo docente específicamente instruido para trabajar con grupos sociales vulnerables. Las particularidades de la implementación de esta modalidad educativa me llevaron a relacionarme de forma muy estrecha con Erick y toda su familia.

Erick vivía con sus padres, Otilia (51) y Carlitos (52), y sus tres hermanos, Ezequiel (22), Richard (11) y Tiziana (6). Su padre, Carlitos, hacía unos diecisiete años que trabajaba en la misma fábrica de plásticos a unas diez cuadras del barrio. Otilia, oriunda de la Provincia del Chaco, se había incorporado hacía aproximadamente cuatro meses al programa “Argentina Trabaja”: “ahora que empecé a trabajar mi sueldito es una ayuda… tantos años que no trabajaba”, solía decir Otilia.

Hasta mediados del año 2005, Erick y su familia vivieron en uno de los pasillos de Villa Asunción, quizás el más reconocido por los vecinos, llamado por todos “el pasillo de la T” en referencia a su forma de letra “T”. Erick recordaba con añoranza la vida en la villa: “estaba re bueno, estábamos todo el día jodiendo, en la puerta, boludeando”. Cuando Erick entró al programa, la familia residía en una vivienda social que les adjudicaron en el nuevo barrio “Santo Domingo”, lindante con el partido de Lanús. A diferencia del recuerdo nostálgico que tenía Erick, Otilia recordaba Villa Asunción como un lugar marcado por la pobreza y la privación material:

Yo les digo a los chicos que hay que cuidar la casita. ¿Sabés cómo vivíamos allá? Dormíamos todos en un cuarto, con colchones que después a la mañana se levantaban para armar el comedor, ni para un mueble teníamos. Y hubo épocas, como en el 2001, que a Carlitos lo suspendían constantemente en la fábrica y tenía que ir al mercado central donde cirujeaba fruta y verdura.

En el transcurso del año 2009, Otilia se la pasó corriendo detrás de Erick para “que no se le escape el tema de la escuela”. Correr detrás de Erick significaba asistir a todas las reuniones que tenían lugar en las instalaciones del programa y no dejar de preocuparse nunca por la continuidad de Erick en la nueva modalidad educativa:

Yo les digo que ellos tienen que estudiar, tener su futuro. Yo allá, en el Chaco, no pude seguir estudiando, no sabes cuánto me duele. Tuve que trabajar desde muy chiquita con la caña de azúcar, me vine a trabajar jovencita a casa de familia a Buenos Aires.

En los encuentros que mantuvimos durante ese año, y en todas las conversaciones que llegué a tener con Otilia, reaparecen historias relacionadas con su vida en la provincia del Chaco y, posteriormente, con “la vida en la villa”.

Con el correr de los encuentros, Otilia y yo fuimos forjando una estrecha intimidad. Así fue que pude darme cuenta de la relación que existía entre sus profundas creencias religiosas y su historia de vida personal y familiar y aquellos valores sociales y morales que constantemente procuraba transmitir a sus hijos. En los dichos de Otilia siempre había un espacio para agradecer a Dios: “por mi casita, que la vamos haciendo”, “por mi trabajito en la cooperativa”, “porque gracias a Dios en tres años tengo cosas que por más que hubiese querido tenerlas, no hubiese podido tenerlas”.

Me volví a encontrar con Erick y su familia hacia fines del año 2010. Erick, próximo a cumplir los 18 años, “estaba como loco”, ya que hacía unos meses estaba trabajando junto a su hermano mayor “haciendo divisiones y equipamiento de oficinas en durlock”. La expresión “como loco” también hacía referencia al dinero que estaba ganando: “una bocha de guita, a veces me llevo 300 pesos por día, según lo que trabajemos”. Mientras conversábamos, me mostró unas “llantas (zapatillas) Adidas” que se había comprado en el shopping de Avellaneda: “Dale, Tincho, ¡Portate bien! Comprate una llantas y dejá las alpargatas”, bromeaba, haciendo alusión a mi calzado austero. La mención de su participación en el Envión no hubiese surgido de no ser porque hablé de su madre, Otilia: “Uh, Tincho, mi vieja me está volviendo loco para que termine la escuela”. El encuentro fue fugaz. “Yo me las pico, Tincho, que me están esperando”, me dijo Erick, mientras me daba un abrazo y corría a los saltos para subirse a un auto.

Unos días después me acerqué a la casa de Otilia. No le sorprendió mucho mi visita, por qué me dijo Erick que andabas por el barrio”. Desde aquél reencuentro, volví a visitarla varias veces, incluso para saludar después de las fiestas de navidad y año nuevo, lo que le pareció “un detalle hermoso” de mi parte. Me llamaba la atención la disposición de Otilia en cada uno de nuestros encuentros. Cuando yo llegaba a su casa, ella comenzaba a ordenar todo lo que se encontraba sobre la mesa y les llamaba la atención a sus hijos si estos habían dejado alguna pertenencia fuera de lugar. Luego caminaba sin parar del comedor a la cocina buscando los elementos del mate: yerba, azúcar, el mate, posa pava, pan, dulce de leche. Una vez que juntaba todo lo necesario, estaba lista para comenzar: “Bueno, ya estamos”.

Aquella disposición para la conversación, según Otilia, no era casual, sino que era una cualidad de la familia: “Como familia, nosotros somos de dialogar, eso es muy lindo. Sería mucho más fácil para la gente si lo practicaran, se ahorrarían mucho”. En una de mis visitas, Otilia compartió conmigo “el acuerdo” que había hecho con Erick. Erick se había comprometido a terminar el año lectivo del CESAJ:

Me quería dejar la escuela del Envión, pero lo sentamos con el padre y le dijimos que él lo tenía que hacer por su futuro. Ahora ya terminó este año, casi a los ponchazos, y el año que viene lo va a hacer de noche.

“El acuerdo” entre Erick y Otilia estaba basado en el establecimiento de una serie de cláusulas contractuales de índole moral y económica. Según Otilia, “Erick se endulzó porque está viendo buena plata con el hermano, pero hubo que pararle la locomotora”. Al iniciar la segunda parte del año con un trabajo diario junto a su hermano Ezequiel “el Erick me quería dejar el Envión y la escuela, por el trabajo”. Tanto Otilia como Carlos se opusieron a aquella situación:

lo tuvimos que convencer de lo importante que es la escuela: llegamos al acuerdo de que trabajaba en la semana, menos los dos días que tenía que ir al Envión por la escuela.

Una de las formas de convencer a Erick fue

hacerle ver todo lo que en el Envión hacían por él, y lo importante que era la platita del mes: él después quiere sus zapatillas, que la camperita, la joda, todo no se puede.

Establecidos los límites del “acuerdo”, Otilia tuvo que asumir la responsabilidad de comunicar la situación de Erick ante los profesionales del programa Envión:

Tuve que ir a hablar yo, porque le daba vergüenza. Ahora va a empezar este año en la (escuela) 1 de Lanús a la noche, que ahí le consiguieron las chicas.

Este “acuerdo” ejemplificaba, en parte, las preocupaciones económicas y morales que Otilia tenía por su familia. En cada una de nuestras conversaciones, ella mostraba un marcado interés por poder transmitirles a sus hijos valores morales que se correspondieran con la posibilidad de un futuro económico próspero. Un breve registro de entrevista sirve para ilustrar esta situación:

Acá hay muchos pibes que no tienen nada en la casa para comer, pero andan re facheros. Yo siempre les digo, cuando terminamos de comer: “vayan guardando, vayan encanutando, el día de mañana se pueden comprar un terreno y pueden también edificar su casita, y ya no tienen que vivir más conmigo. Para cuando ya tengan su marido y mujer, cuando ya estén en lo suyo”. Ayer estaba hablando con Ezequiel: “Papi, vas a salir de las cuentas ahora”[7], porque está de vacaciones ahora. “Ya guardate”, le digo, “aunque sea 200 o 300 pesos ya podés guardar. O fijate un terreno, ‘bueno, acá me gusta’”, y empezá a pagar la cuota, así el día de mañana ya te hacés tu casita.

Las conversaciones con Otilia a menudo versaban sobre su pasado chaqueño, pero ella también hablaba de la adquisición de su casa en el barrio Santo Domingo:

En el Chaco íbamos a cosechar, y la cosecha sólo servía para poder sobrevivir hasta la próxima cosecha. Acá pudimos tener una cama, mesas, sillas, una cocina, heladera, todo eso llegamos a tener.

El relato de su progreso económico y social va acompañado de la posibilidad de que sus hijos pudieran disfrutar: “ahora, acá, con la plata hay que invertir, ahora, como les digo, esto es todo para ustedes”.

Es interesante observar cómo en los dichos de Otilia aparecían distintos significados asociados al dinero. En los registros reaparecían desde “acuerdos” con Erick hasta consejos de inversión para el mayor de sus hijos, deseos de ascenso económico, disfrute y satisfacción, como así también palabras aleccionadoras respecto del uso del dinero y su correlación con un futuro económico próspero. Otilia tenía siempre muy presente la importancia de la unidad familiar: “gracias a Dios, todos somos de pensar en invertir, aportamos un granito de arena para la casa”. A su vez, aquellos “acuerdos” o consejos de inversión tenían su carga moral

porque, por más pobre que seas, ellos aspiran, anhelan para tener, y eso es bueno. Eso te ayuda mucho, te da mucho aliento ver que la plata no se la deliran. Se rompen y está bueno saber que el día de mañana van a tener.

La historia de Erick y su mamá Otilia permite indagar sobre algunas de las tensiones morales existentes en torno a las disputas intergeneracionales sobre los sentidos asociados al dinero. El advenimiento de la mayoría de edad y la concreta posibilidad de ingreso al mercado laboral, les otorga a los jóvenes la oportunidad de acceder a un dinero proveniente del trabajo. En el caso de Erick, ese dinero establece una competencia directa con el dinero proveniente del programa Envión que resulta en una desjerarquización de este último. Ante la posibilidad de obtener una bocha de guita en una jornada de trabajo, acceder a la misma cantidad de dinero a cambio de cumplir con un conjunto de condicionalidades mensuales no suena tan atractivo. La cantidad también hace a la cualidad, ya que el dinero comienza a forjar en los adolescentes una idea de autonomía económica que se plasma en la posibilidad de acceder a ciertos bienes como las “llantas (zapatillas) Adidas”[8].

Otilia, por otra parte, se preocupa por reivindicar los significados asociados al estudio. Para ello intenta agrupar detrás del estudio cualidades que rejerarquicen ciertos valores morales (la unidad familiar) y presenta dichos valores como condición necesaria para conseguir la prosperidad económica.

Comerciando relaciones-significando prácticas

Checho, al igual que Erick, formaba parte del programa Envión desde su lanzamiento. Cuando lo conocí, tenía 16 años. Checho y Erick compartían también la experiencia de haber participado en la modalidad educativa denominada como CESAJ. A diferencia de Erick, Checho tuvo una trayectoria bastante intermitente en el programa Envión. Suspensiones por mal comportamiento, descuentos de beca por inasistencia o prohibiciones de ciertas actividades fueron algunas de las sanciones que Checho tuvo que afrontar hasta que, finalmente, fue dado de baja del programa a inicios de marzo del año 2010.

Checho vive con su padre. Cuando él tenía tres años, su madre lo abandonó para regresar a su provincia natal, Chaco. Juan, el padre de Checho, tiene aproximadamente 50 años, es analfabeto, nunca asistió a un establecimiento educativo y tiene una verdulería en el barrio.

El negocio está instalado en el comedor de la casa. La ventana del mismo se comunica con una de las pocas calles asfaltadas del barrio –Pergamino– y, por ende, una de las más transitadas. Desde la esquina opuesta, sobre un poste de luz, se puede ver un cartel de cartón con la leyenda: “La verdulería de Juan y Checho”. La vivienda se encuentra ubicada en la zona geográfica del barrio que los vecinos llaman “Los Depa”.

Checho y su padre son sumamente conocidos en el barrio, no solo por su antigüedad y su historia como comerciantes, sino también porque forman parte de “Los Oyuela”. “Los Oyuela” son una de las familias más numerosas del barrio y tienen una trayectoria particular ligada a innumerables conflictos familiares y comunitarios, según lo manifestado por varios vecinos. Una broma recurrente entre los vecinos para descalificar ciertas prácticas consiste en atribuir al otro algún parentesco con esa familia: “que querés, si este es un Oyuela”.

Comencé a tener un contacto más frecuente con Checho y Juan a raíz de las incesantes faltas que el adolescente acumulaba en el programa y que justificaba siempre con la misma frase: “tengo que trabajar”. Al margen de la acumulación de faltas, Checho había sido apercibido en distintas oportunidades por faltarle el respeto a distintos compañeros y talleristas en el marco del programa hasta que, finalmente, se decidió suspenderlo por tiempo indeterminado.

Un martes por la tarde, hacia mediados del mes de agosto de 2009, considerando que Checho estaba asistiendo al CESAJ en las instalaciones del programa, decidí visitar sin previo aviso a su padre. Golpee la puerta y al instante apareció Juan. La verdulería estaba cerrada. Juan me invitó a pasar. “Es la hora de la siesta, así que aprovecho para ver un poco de tele”, me aclaró.

Nos ubicamos en la mesa de la cocina. Mientras Juan apagaba el televisor y ordenaba algunas cosas del mostrador de la verdulería, yo observaba la distribución de la casa. Sobre la parte delantera del comedor funcionaba la verdulería. Los cajones de fruta y verdura estaban apilados sobre una estructura metálica, de tal manera que la mercadería se exponía hacia el frente de la casa para que los compradores pudieran observarla. Una tabla larga de madera recorría la parte baja de la ventana, haciendo las veces de mostrador, allí se ubicaba la balanza mecánica. En un extremo del mostrador, había un anotador que lucía impecable, como nuevo. Debajo, pendiendo de un hilo delgado, había una birome. Me llamaba muchísimo la atención el hecho de que en el lugar en que nos habíamos ubicado no hubiera huellas del negocio. Una línea de cajones trazaba aquella barrera simbólica. Del otro lado estaba todo el espacio doméstico: la televisión, un gran sofá al lado derecho de la mesa y cuadros de Checho vistiendo la camiseta del Club Santo Domingo, en el que todos los chicos del barrio alguna vez jugaron al fútbol. Los espacios también estaban claramente diferenciados por el orden y la limpieza. La parte correspondiente al negocio se veía sumamente ordenada y limpia, mientras que en la cocina había prendas tiradas por el piso, restos de comida y utensilios de cocina dispersos.

Juan y yo empezamos a conversar. Abordamos, en primer lugar, el tema de la suspensión de Checho, que para Juan había pasado casi inadvertida. Él se mostraba de acuerdo con los motivos y decía, entre otras cosas, lo siguiente: “No sé porque este pibe no aprovecha, no hay caso, mira que yo le digo”. Le recordé que la suspensión no incluía la inasistencia a la escuela, ya que uno de los principales objetivos del programa era la terminalidad educativa. Esta aclaración desembocó en una conversación sobre las reiteradas ausencias de Checho al programa. Con cierta seriedad, Juan señaló: “Checho a veces tiene que ayudar acá”, y a continuación mencionó dos situaciones puntuales en las cuales Checho se tenía que quedar a cargo de la verdulería.

La primera de ellas se presentaba cuando Juan tenía que ir a comprar verdura al Mercado Abastecedor del Partido de Avellaneda:

Como yo no tengo camioneta, a mí por 50 (pesos) me lleva tres veces por semana el de la camioneta roja que vive sobre (la calle) La Rioja. Me cobra eso porque es amigo mío hace años.

En esos días, Checho atendía la verdulería por la mañana hasta que su papá volvía del mercado. En otras oportunidades, Juan se iba a zanjear a (Florencio) Varela:

a veces, un vecino de acá que trabaja con un político de Varela nos lleva a zanjear al costado de la autopista. Checho vino conmigo un par de veces, pero es un laburo muy pesado para un pibe de 15 años. Para nosotros también, pero te pagan 60 (pesos) el día, y cuando enganchas tres días es buena guita, y en mano.

Seguramente, las cifras que mencionaba Juan hacían una diferencia en el presupuesto del hogar. Sin embargo, antes de cerrar nuestra conversación, se ocupó de señalar que

es bueno que Checho se gane la plata trabajando, que aprenda del esfuerzo. Después, él, cuando cobra lo del ‘Envión’, se compra sus cosas, su ropa. Cuando vamos a cobrar a la municipalidad, lo acompaño al mercado y él se compra lo que quiere.

Ese martes de agosto tuvo lugar uno de los pocos encuentros que pude mantener con Juan. Desde el programa Envión se intentó contactarlo innumerable cantidad de veces para conversar sobre la situación educativa de Checho y sobre su participación en el programa, pero todos los intentos fracasaron. Juan justificaba sus ausencias a través de Checho por problemas de horarios de trabajo o aduciendo que tenía que hacer trámites. A mí, personalmente, me eludió sin muchos rodeos, incluso luego de saber sobre mí desvinculación del programa.

No obstante lo anterior, volví a tener un encuentro con Checho durante mi regreso al trabajo de campo, en el mes de enero de 2011. “Narigón, Narigón”, me gritó desde la puerta de su casa y verdulería, aludiendo a mi nariz prominente: “estoy laburando en el negocio, tomate unos mates conmigo”. Tomamos unos mates en la puerta de su casa, mientras algunos de los incontables Primos Oyuela pasaban a saludarlo o a conversar con él unos minutos.

Exaltado como siempre, Checho me contó de manera un tanto desordenada y mientras hablaba a los gritos con sus primos cómo estaban sus cosas: “Trabajando, Narigón, dejá a la gilada del ‘Envión’. Esto último lo dijo para descalificar a otros adolescentes pertenecientes al programa que se encontraban a metros nuestros. Yo estoy haciendo una bocha de plata”, aseguraba, mientras me contaba sobre sus trabajos. “Un poco acá le ayudo a mi viejo, pero la posta la estoy haciendo con uno que salgo a pegar carteles”. Checho estaba trabajando en una imprenta próxima al barrio:

Acá, en la imprenta de (la calle) Agüero, laburo con el padre del Damián. La onda es que salimos a eso de las 4 de la mañana y pegamos los carteles de la publicidad dónde tocan las bandas, toda esa gilada. A veces me voy a laburar re loco, de gira, y me acuesto a las diez, cuando termino.

Bastó que preguntara sobre su papá, para que Checho me interrumpiera violentamente:

Dejá ese… no me hables, es una rata. Se va a laburar afuera y me clava acá todo el día… no me paga un mango. Se fue a hacer una changa a (Francisco) Solano.

La situación de Checho ofrece un contrapunto interesante respecto de la situación anteriormente descrita en relación a Erick. Al comparar ambos casos aparece un conjunto de dineros y valores contrapuestos, significativamente diferentes, que refleja lo que para cada universo familiar significan el trabajo y el estudio.

En el caso de Checho, el dinero proveniente del programa Envión es desjerarquizado por el padre de aquél, Juan, quien sitúa ese dinero en un escalafón menor respecto del dinero que se obtiene producto del esfuerzo y trabajo. Analfabeto y sin haber recibido ningún tipo de instrucción en el marco de una institución educativa, Juan tiende a disminuir la importancia atribuida desde la intervención del programa Envión a la educación formal. Desde su perspectiva, el “esfuerzo” que conlleva el “trabajo” se convierte en el marco de valorización moral y económica. Por lo tanto, para Juan, mientras Checho perteneciera al programa, debía ganarse ese dinero “ayudando” en el negocio, es decir, haciendo aquello que para él es un verdadero trabajo.

En cuanto a Erick, sus padres intentaban jerarquizar el dinero procedente del Envión enalteciendo los valores morales de la educación. Aquí nos encontramos con otros valores en pugna que se circunscriben al universo del trabajo. A diferencia de lo que le ocurre a Erick con su familia, Checho se siente impulsado a entrar al mundo del trabajo para obtener un dinero que, por su cualidad y cantidad, pueda competir de forma directa con el de su padre y le permita realizar sus propias evaluaciones morales y económicas.

Las evaluaciones morales y económicas que incorpora Checho a partir de la competencia con su padre es un ejemplo claro de disputa intergeneracional sobre el uso del dinero. Al dejar de lado ese dinero de “la gilada del Envión”, Checho se desprende de esos condicionamientos e ingresa a un órden en el cual le es posible reapropiarse de las clasificaciones ligadas al mundo del trabajo. “Laburando en la imprenta”, Checho puede descalificar lo que antes era una “ayuda” en el negocio que no llegaba a ser reconocida como actividad laboral: “no me paga un mango”.

Nuevamente nos encontramos con el dinero construyendo una idea de autonomía. Autonomía que le otorga a Checho la posibilidad de sostener una coexistencia en el ámbito del hogar de dineros provenientes del trabajo y que lo sitúa en una relación de competencia pareja y directa con Juan.

Socialización moral del dinero y relaciones de poder

“¿Todo esto por 150 pesos?”, solía decirEl Facha” para quejarse de las cosas que tenía que hacer en los talleres en los que participaba a lo largo de la tarde. Eran mis primeros días en el programa Envión y aquellas palabras tuvieron un fuerte efecto sobre mí. Tiempo después, las palabras de “El Facha” me obligaron a pensar en ese complejo repertorio de situaciones compuesto por disposiciones y prácticas diferenciadas entre padres e hijos sobre el dinero, el establecimiento adecuado de los límites de circulación y transferencia del mismo y un conjunto de valores morales y económicos en pugna.

El ingreso de dinero proveniente de los programas de TM introduce un debate particular entre padres e hijos en el universo de las “monedas domésticas” (Zelizer, 2011). Este debate abre una serie de interrogantes: ¿Es un dinero propio? ¿Qué deben hacer para gastarlo? ¿Cómo deben gastarlo? ¿Cómo interactúan las actividades económicas y las relaciones intergeneracionales en las prácticas cotidianas de los miembros del hogar?

Recurriendo al análisis de las distintas situaciones, podemos dar cuenta de la presencia de dineros diferenciados y distintivos que entran en una relación de competencia. Las situaciones de confrontación entre Erick y Checho y sus respectivos padres se originan en la contraposición del dinero del programa Envión con otros dineros provenientes del trabajo, y viceversa. El dinero queda puesto así en el centro de muchas relaciones y ante una serie de valores morales y económicos en disputa entre padres e hijos.

Las condicionalidades que forman parte de los programas de TM –la AUH y el programa Envión, por ejemplo– inscriben conflictos particulares y tensiones entre las perspectivas morales de padres e hijos. Frente a la existencia de otros dineros, la ecuación de las condicionalidades referidas a la terminalidad educativa propuesta por los programas entra en conflicto con los valores económicos y morales del mundo del trabajo. Una vez más, el dinero se vuelve un revelador privilegiado de estas contiendas, dando cuenta de la movilización de un conjunto de apreciaciones y evaluaciones morales.

Casos como los de Erick y Checho muestran que las perspectivas morales de padres e hijos referidas al trabajo o al estudio tienden a jerarquizar o desjerarquizar uno u otro dinero. Según el caso del que se trate, las evaluaciones económicas y morales conjugan valores de cantidad y significado, y al hacerlo revelan que los sentidos plurales del dinero admiten distintas escalas de valor (Guyer, 2004)[9].

En este sentido, conviene detenerse en la cantidad y la cualidad del dinero transferido a través de las TM, mostrar las dos caras de una misma moneda, ya que la jerarquización/ desjerarquización del dinero se establece a partir de dichos atributos. En el caso de Erick, el dinero del Envión aparece desjerarquizado por su menor cuantía ante el dinero proveniente del mundo del trabajo, mientras que en el caso de Checho la desjerarquización está relacionada con las actividades vinculadas a su adquisición.

Las tensiones intergeneracionales sobre los significados y los usos del dinero que presentan las situaciones de Erick y Checho obligan a reflexionar sobre las distintas “piezas de dinero” (Wilkis, 2017) que extienden la relación entre moral y poder en el universo familiar. Tanto los acuerdos concertados como las disputas desplegadas reflejan lo que en cada hogar encarna la dimensión moral del dinero: un medio a través del cual los distintos miembros están luchando por el reconocimiento de virtudes y la evaluación de obligaciones familiares.

En el caso de Erick y su familia, los miembros movilizan significados del dinero y valores morales asociados a una negociación monetaria y de orden familiar. El marco del acuerdo consiste en canalizar el dinero según los valores morales de la educación y del progreso para así estabilizar las relaciones de poder entre los miembros del hogar: el dinero ganado en el ámbito laboral puede coexistir con el dinero del Envión si se respetan y se sostienen los valores morales que los padres intentan socializar a sus hijos. En el caso de Checho y su papá, la disputa monetaria es una lucha abierta por los significados y los valores morales que traslada el dinero al orden familiar. La pieza de dinero que poseía Checho estaba desjerarquizada respecto del dinero que ganaba su padre; es por ese motivo que Checho decidió abandonar el ingreso proveniente del Envión para percibir un dinero del mundo laboral que le otorgue mayor poder frente a Juan. El dinero ganado en el ámbito laboral es lo que le da a Checho la posibilidad de comenzar a revertir las evaluaciones de su padre, acumular cierta legitimidad y, en última instancia, jerarquizar su posición dentro del orden familiar.

En resumidas cuentas, a partir de estos dos casos se ha intentado mostrar cómo la expansión del dinero proveniente de las transferencias estatales revela que el orden social familiar está enraizado en un orden monetario: las familias negocian el estatus y la autoridad de sus distintos miembros al lidiar con diferentes piezas de dinero que trasladan valores y jerarquías morales y que producen, por lo tanto, relaciones de poder.

Moral y poder en la vida familiar: las relaciones sociales a partir del enraizamiento del dinero estatal

Parte del desarrollo de este capítulo retoma las afirmaciones de Viviana Zelizer (2009) respecto de la intersección entre las transacciones económicas y las relaciones íntimas. Según la perspectiva de la autora, las transferencias de dinero en las familias se hacen posible y se sostienen sobre la existencia de relaciones íntimas que forjan valores personales y familiares en cada contexto social y cultural específico. Las escenas analizadas permiten demostrar la presencia de múltiples vínculos de familiaridad (Barrancos, 2012) constituidos a partir de la intersección de una relación jurídica legal, moral o emocional, donde existen bienes en común y obligaciones y responsabilidades de bienestar y cuidados recíprocos (Journet, 2005). Las transacciones económicas de las familias convergen con secretos personales o recuerdo familiares compartidos, demostraciones de cariño, apoyo afectivo (Ribert, 2005), actos de confianza o desconfianza, negociaciones matrimoniales o la definición de las mensualidades (Cadolle, 2005).

Los programas sociales de entrega de dinero se han arraigado en la vida de los sectores populares y su entrada pone en juego las relaciones de poder que configuran los vínculos entre cónyuges, padres e hijos. A través de la dimensión moral del dinero se observan las tensiones entre distintos miembros de las familias por acumular un capital moral. Existe una serie de luchas y relaciones de poder en torno a la evaluación constante de ciertas obligaciones sociales y familiares, orientadas a legitimar una posición de jerarquía dentro del orden social familiar, la cual permita ocupar un lugar de privilegio en el acceso, la distribución y los significados del dinero transferido a partir de las políticas sociales.

De acuerdo a los saberes y a las narrativas que utilizan los expertos y a las prácticas de expertise que llevan a cabo los agentes locales estatales en el territorio, las problemáticas de las escenas etnográficas analizadas estarían vinculadas a un uso indebido o erróneo del dinero proveniente de las políticas sociales. Las mujeres serían consideradas como “ineficientes” en el uso de los fondos y perderían la posibilidad de revertir desigualdades de género, mientras que la superación de la pobreza intergeneracional vía acumulación de capital humano se vería limitada frente a las complejas tramas de negociaciones sobre la terminalidad educativa que se dan en los hogares.

Como se señala en los trabajos de Du Toit y Neves (2009 y 2008) basados en la interrogación sistemática en más de 40 hogares pobres titulares de distintas transferencias estatales en Sudáfrica, las decisiones sobre los usos del dinero proveniente de las políticas sociales no pueden comprenderse si se las separa de los complejos procesos monetarios y no monetarios –deudas personales, obligaciones sociales, rituales e intercambios comunitarios, relaciones e historias familiares– que conforman la serie de estrategias híbridas de bienestar que se desarrollan en los hogares. En resumen, las TM estatales representan un dinero que en su circulación, significados y usos genera ciertas tensiones, conflictos y desacuerdos al interior de los hogares (Du Toit y Neves, 2009: 20-22).

La interpretación que se viene proponiendo en estas páginas sobre la dimensión moral del dinero profundiza, no obstante, dicha propuesta. El andamiaje conceptual en torno al dinero, la moral y el poder permite comprender cómo el dinero de los programas sociales estatales produce muchas más cosas en la vida social que las dimensiones relatadas por los expertos. Esta perspectiva nos permite afirmar que estas nuevas tecnologías monetarias estatales no sólo, deben ser explicadas desde sus efectos distributivos cuantitativos sino, desde un punto de vista cualitativo que nos permita interpretar que nuevas formas de vulnerabilidad social se expresan en los hogares titulares a través de una dimensión moral del dinero que produce relaciones específicas de poder.


  1. Programa de intervención en materia de infraestructura y componentes sociales para la urbanización de villas y asentamientos de las distintas provincias del país. Para más información, se puede consultar: www.minplan.gov.ar
  2. Costas Lapavitzas (2009) sostiene que ante la crisis económica mundial acaecida entre los años 2008-2009, la banca desplegó nuevas estrategias de búsqueda de ganancia a través de la proliferación de medios de créditos (difusión de tarjetas y créditos personales) destinados principalmente al consumo de los hogares. Para trabajos etnográficos que retoman esta perspectiva en relación a los hogares de sectores populares, se puede consultar: Ossandón, J. (2012) Alves Muller, L. y Vicente, S. (2012) y Alves Muller (2009).
  3. La noción de calculabilidad ha sido introducida por Michel Callon (1998) para discutir con aquellas nociones económicas que se refieren a los mecanismos de cálculos como estrictamente racionales. En contraposición, el autor afirma que los marcos de calculabilidad se generan y reproducen en las relaciones sociales de acuerdo a la interrelación de una serie de elementos: la información que poseen los agentes, sus esquemas de percepción y apreciación y las herramientas o recursos con los que cuentan. Magdalena Villarreal retoma dichas conceptualizaciones para aplicarlas al análisis de la economía desde una perspectiva de género en las comunidades rurales mexicanas.Véase: Callon, Michel (1998). The law of the markets. Oxford: Blackwell Publishers. y Villarreal, Magdalena. (2010) “Cálculos financieros y fronteras sociales en una economía de deuda y moralla”. Revista Civitas. Universidad de Porto Alegre. Nº 3. Vol. 10p. 392-409. Septiembre-diciembre.
  4. Me refiero al Programa de Becas extraordinarias, financiadas por el Fondo Provincial de Becas Extraordinarias, de la Dirección General de Cultura y Educación-Ministerio de Educación de la Nación Argentina. Para más información, se puede consulta la guía de programas sociales en: https://bit.ly/3er3LbZ.
  5. Podemos apreciar aquí lo que Isabelle Guérin (2008) y Absi Pascale (2009) denominan la dimensión sexuada de la moneda: un conjunto de derechos y obligaciones que recaen sobre los usos del dinero que se sustentan sobre construcciones sociales que naturalizan calidades altruistas de la mujer.
  6. Como se dijo en la introducción a este trabajo, una serie de etnografías económicas describen en detalle las tensiones de género en torno al dinero, sus significados y usos: Villareal (2009 y 2007), Pascale (2009 y 2007), Guerín (2008) y Kruetzer (2004).
  7. Las “cuentas” o “encuestarse”, refiere a una categoría nativa que da cuenta de la adquisición de un crédito personal, generalmente destinado a la compra de algún bien mueble o mobiliario para el hogar. Entre dichos créditos se destacan los préstamos de las casas de ventas más reconocidas de las localidades o de los circuitos comerciales, como por ejemplo: Credifácil, Corefín, Efectivo Sí, etc. Las palabras de Otilia también introducen las representaciones morales negativas que se encuentran ligadas al crédito, en contraposición a una práctica virtuosa del ahorro (como posible forma de adquisición del terreno), ambos aspectos abordados por Mariana Luzzi (2013).
  8. Para una revisión de las prácticas de consumo y formas de sociabilidad en jóvenes pertenecientes a los sectores populares, véase: Figuiero, P. (2013) Las lógicas sociales del consumo. El gasto improductivo en un asentamiento bonaerense. Buenos Aires: UNSAM Edita.
  9. En su libro Marginal Gains, Jane Guyer (2004) explica cómo el dinero puede ser considerado algo más complejo que cantidades ordenadas en forma continua, e introduce una discusión sobre la relación entre diversas escalas de valor, los usos y sentidos sociales del dinero.


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