Los frutos de una larga historia
(y los interrogantes del presente)
Gabriel Vommaro[1]
El trabajo de María Cristina Cravino y las y los colegas que forman parte del equipo que ella anima constituye uno de los ejemplos más admirables de continuidad y profundización en el conocimiento social. Hace ya varios lustros, Cristina y sus colegas nos ofrecen claves para comprender las lógicas y los procesos de construcción del hábitat popular en Argentina. Al hacerlo, nos abren puertas de mundos que conocemos de manera defectuosa. Contra dualismos y miradas miserabilistas o populistas, por utilizar la clásica fórmula de Grignon y Passeron[2], han mostrado en diferentes trabajos la conformación de mercados de vivienda, de formas de concentración y de conflictos asociados a estos procesos. La persistencia de esta empresa resalta más aún en un contexto adverso para la continuidad de proyectos académicos, más aún cuando requieren de investigación empírica rigurosa –y por tanto de financiamiento– sobre la que se fundan análisis que trascienden el punto de vista biográficamente determinado, por hablar como Alfred Schutz[3], de la investigadora o del investigador, así como sus deseos sobre cómo quisiera que se comportaran el mundo social y sus integrantes. En ese sentido, un nuevo libro de este equipo es de por sí una buena noticia.
Se trata, en este caso, de un libro sobre las tramas y los procesos de organizaciones barriales asociadas con el hábitat popular que busca, como sostiene María Cristina Cravino en la introducción, “captar con sensibilidad las mutaciones” que se dieron en sus lógicas de acción territorial y de vinculación con el Estado en este campo durante las últimas décadas. A lo largo de una introducción y nueve capítulos, el volumen nos permite ingresar en una historia que tuvo intensos hitos en las últimas décadas, pero que hunde sus raíces en procesos que tienen su inicio, al menos, a fines de la década de 1970, cuando los procesos de construcción de urbanizaciones populares tomaron impulso de la mano de apoyos de actores eclesiales y de incipientes movimientos sociales.
El libro puede leerse como un gran ordenador de los componentes de este proceso. Entre los principales: la creciente intervención del Estado en la regulación y el favorecimiento de la construcción del hábitat popular, así como el florecimiento de organizaciones sociales y políticas y de otros actores territoriales que, aupados en esta intensa presencia del Estado, participaron de la coproducción de las urbanizaciones populares y su infraestructura y en otras instancias de intervención del Estado en el mundo de los pobres urbanos, como las políticas de transferencia, de fomento al trabajo cooperativo, etc. Pero también la creciente centralidad de otro tipo de actores y gramáticas, que van desde la intervención del sistema judicial hasta el ascenso de actores asociados con economías ilegales directamente ligadas al hábitat, como los mercados de vivienda en villas y asentamientos, hasta los productores y vendedores de droga. En conjunto, estos actores conforman una configuración política compleja en la que tiene lugar esta construcción de hábitat popular que se abre paso en los vaivenes de la política y la economía argentinas.
Al iluminar estos universos y estos procesos, el libro logra avanzar en varios sentidos que me gustaría señalar. En primer lugar, posee una mirada sensible a las variaciones territoriales. Por un lado, y de acuerdo con una realidad sumamente segmentada y asociada a dinámicas locales, los análisis son sensibles a diferencias en la construcción de hábitat popular entre la Ciudad de Buenos Aires, con dinámicas más estatalizadas, y el llamado “conurbano”, cuya gobernanza de estos procesos es más compleja y conflictiva. La debilidad de las federaciones y de las formas de coordinación entre villas y asentamientos a partir de los años 2000 requiere de una mirada atenta a estas variaciones, así como la multiplicación de estudios de caso que, con una perspectiva comparada, permitan reconstruir el rompecabezas de las formas de organización popular asociadas al hábitat. Por otro lado, el libro acoge miradas sobre lo que sucede más allá del AMBA. Y al descentrar la mirada, los procesos de urbanización y de organización popular se entrecruzan con procesos de otro tipo, como las experiencias migratorias que analiza Nadia Finck en el capítulo 6, al estudiar los procesos de autoproducción del hábitat en Río Grande, Tierra del Fuego. Y también se encuentran especificidades de procesos en escala más reducida, donde el conocimiento personal y la cercanía respecto de las instituciones políticas municipales favorecen lógicas de intermediación y de producción de demandas más informales.
En segundo lugar, el libro ofrece una consistente perspectiva procesual, sintetizada en la idea de “trayectorias organizativas”. Pone el foco en la historicidad de las “formas organizativas” y de las “experiencias organizativas” vinculadas con un entramado asociativo barrial que incluye actores barriales, sociales, políticos, socioterritoriales, religiosos, etc., y que toma en cuenta los aprendizajes históricos realizados por los actores. Tempranamente, por caso, se interesa por la influencia de las tradiciones organizativas sindicales en las formas asociativas barriales. La mirada de largo plazo permite ampliar la perspectiva histórica y situar coyunturas específicas en procesos de largo aliento. Lo que parece, en estudios de caso precedentes, ser una realidad durable se vuelve así la etapa de un proceso en la larga la relación de actores populares con los partidos y con el Estado y lo que aparece como excepcional -por caso la entrada de actores “externos” a los barrios populares- es visto en la larga la relación entre actores territoriales y actores externos al barrio.
El libro propone también una mirada desencantada de la política popular. En este sentido, la mirada de largo plazo permite también tratar críticamente algunas ideas establecidas sobre la política en los barrios populares, producto de investigaciones realizadas en momentos puntuales del desarrollo de esta politicidad. Así, en el capítulo 1, Cravino cuestiona la idea de “unidad barrial” como un mito de unanimidad basado en una mirada encantada de la asociatividad popular. Si esa idea sirvió para ocultar lealtades político-partidarias en contextos represivos –y podría agregarse, en contextos de desprestigio de la política partidaria–, eso no implicaba que dichas lealtades estuvieran ausentes de las dinámicas organizativas barriales. Al contrario, las pertenencias partidarias permitieron a los líderes barriales obtener recursos políticos e institucionales para su trabajo político territorial.
También, como muestra Claudia Gabriela Reta en el capítulo 2, la relación con organizaciones exteriores al barrio, lejos de ser siempre una vía de tergiversación de los intereses de una comunidad unificada, puede transformarse en una fuente de adquisición de competencias políticas para actores poco familiarizados con procesos autogestionados y con circuitos estatales. Esto fue particularmente cierto en algunas experiencias, como las descritas en ese capítulo, que involucraron a mujeres que, aun cuando cumplían un rol fundamental en el cuidado, eran relegadas en las tareas políticas y organizativas de algunos barrios populares.
Ciertamente, estos vínculos no están exentos de tensiones. En especial, el libro advierte sobre la crítica creciente de los vecinos a los dirigentes que “trabajan por sus propios intereses”. La tensión entre el trabajo para la política y el trabajo para el barrio se instala en los barrios populares. Esto da cuenta de que estos barrios no están separados del creciente (y recurrente) desprestigio de los agentes de representación política en Argentina, y de su percepción como una élite separada de la sociedad que la apelación populista de derecha radical consensó, recientemente, en la idea de “la casta”. Pero también da cuenta de que la política popular en los barrios puede ser pensada, como lo hace el capítulo 4 de Joaquín Benítez, como un campo organizacional en el que los actores en disputa están unidos por relaciones tanto de cooperación –en ciertas coyunturas, unen fuerzas para realizar demandas al Estado, por caso–, como de competencia.
La mirada desencantada incluye poner el foco en procesos mucho menos heroicos que los que la literatura está generalmente dispuesta a aceptar, pero también mucho más complejos que lo que las miradas miserabilistas suelen proponer en torno a la manipulación política de los pobres y el clientelismo. Principalmente, el libro abre la puerta para comprender la creciente intervención de emprendedores económicos ilegales en los procesos de urbanización. Estos actores, que promueven tomas de tierra para el loteo comercial, poseen conexiones con el mundo político, pero también con las lógicas del mercado. Los mercados ilegales han atraído la atención de las ciencias sociales recientemente. Sabemos que los actores económicos ilegales, en connivencia con actores económicos legales y con actores institucionales, llegan a controlar territorios y a coproducir cierta gobernanza de estos junto con fuerzas de seguridad y otras instituciones estatales. Estos pueden ser también la puerta de entrada a inversores que logran sortear las regulaciones públicas. El mercado del suelo urbano, nos dice este libro, ingresó de lleno en esas dinámicas. Cualquier análisis de las organizaciones populares asociadas al hábitat, pero también cualquier diseño de políticas públicas para el sector, debe tomar nota de este fenómeno y lidiar con él.
En esta línea, el estudio realizado por Viviana Elizabeth Moreno en el capítulo 8 constituye un aporte fundamental a la comprensión del entramado que une y opone a actores barriales, a políticos locales y a agentes de mercados ilegales que, en asociación con parte de los anteriores, participan de los procesos de urbanización en busca de oportunidades de negocios, en general a costa de los procesos de movilización colectiva. Ciertamente, las organizaciones populares asociadas al hábitat tienen que accionar en un contexto en el que también intervienen otro tipo de actores ilegales, como los ligados a la producción y el comercio de drogas, lo que genera desafíos a nivel territorial asociados con la violencia y la desintegración de la confianza interpersonal, tal como es analizado en el capítulo 7 del libro por Paula Boldrini y Débora Decima.
Los diferentes capítulos del libro ponen al Estado en el centro del análisis, pero también tienen la sensibilidad para aprehender lo que se produce más allá del Estado, o en sus intersticios. En este sentido, los trabajos dan cuenta de una tendencia a la profesionalización de los dirigentes territoriales asociada con la adquisición de saberes del Estado, pero también con la construcción de espacios de autonomía barrial. En el capítulo 3, María Belén Garibotti y María Florencia Girola muestran que la construcción de infraestructura en hábitats sumamente precarios es una vía fundamental de establecimiento de una “ciudadanía horizontal”. Esta autoorganización barrial se construye también, en buena parte, en relación con organizaciones sociales y agrupaciones políticas que establecen los puentes con el Estado –y con el juego de escalas entre diferentes jurisdicciones– y las empresas que proveen servicios públicos.
Cintia Rizzo describe en el capítulo 9 la coproducción de vivienda social entre instituciones públicas y actores barriales constituidos como ONG. En el capítulo 5, Carla Fainstein muestra la importancia de la relación con el ámbito judicial en el tratamiento de demandas asociadas con la cuestión ambiental. A pesar de la opacidad del lenguaje jurídico, la gramática de derechos que habilita la relación con este espacio crea una serie de oportunidades y aprendizajes que pueden ser capitalizados por las organizaciones populares, en especial en contextos en los que hacer oír su voz ante poderes políticos o económicos se vuelve dificultoso.
En definitiva, el aporte de este libro satisface de manera rigurosa nuestra curiosidad sobre la construcción de organizaciones asociadas al hábitat popular y, a la vez, nos ayuda a pensar los nuevos interrogantes abiertos sobre el futuro de las organizaciones populares en Argentina, en un contexto en el que asistimos a un reflujo de estas organizaciones y a una abierta hostilidad del Estado hacia ellas. Sin duda, el campo organizacional de los barrios populares vivirá mutaciones fundamentales en el tiempo que viene, pero por suerte tenemos a Cristina Cravino y este remarcable equipo de autoras y autores para ayudarnos a entender lo que vendrá.






