Introducción
La tendencia a generar una masa creciente de sobrepoblación relativa no constituye una novedad en el modo de producción capitalista. Ahora bien, en los momentos en que la presencia de importantes sectores de la población en esta condición se hace más evidente, se reavivan los debates en torno a su existencia y conceptualización en la sociedad actual.
En este capítulo se analiza la existencia expansiva de población rural en condición de sobrepoblación relativa en Paraguay. Para ello, en una primera parte, se realiza una sistematización crítica de la forma en que se ha propuesto estudiar este fenómeno en las ciencias sociales contemporáneas. A contramano de los estudios que han conceptualizado estos sectores como “excluidos” (Castells, 1995), “masa marginal” (Nun et al., 1968) o “polo marginal” (Quijano, 2014), presentamos argumentos respecto a la validez y actualidad de la noción de sobrepoblación relativa tal como fue formulada por Marx para su comprensión (Desalvo, 2014; Donaire et al., 2016; J. Iñigo Carrera y V. Iñigo Carrera, 2017; N. Iñigo Carrera, 1999; Marticorena, 2011; Seiffery Arakaki, 2019, entre otros).
En una segunda parte, a partir de estadísticas y estudios especializados sobre el tema, presentamos evidencia empírica de la existencia de sobrepoblación relativa en el espacio rural paraguayo y sus transformaciones recientes. Para ello examinamos, tanto datos de reducción del empleo agrario, como de desempleo, subempleo y/u otras formas de ocupación precaria que pueden encubrir esta condición. Asimismo se analizan otros parámetros vinculados al deterioro de las condiciones de vida, tanto en el espacio rural, como en el espacio urbano.
1. La sobrepoblación relativa en los espacios de acumulación de capital de América Latina: ¿masa marginal, polo marginal, excluidos?
A partir de la década de 1960, en el contexto del importante aumento del desempleo y el deterioro de las condiciones de vida de un sector creciente de la población, cobró una gran difusión en América Latina la noción de “marginalidad”. En sus primeras acepciones, este ambiguo término, apuntaba a conceptualizar distintos aspectos de las condiciones de vida de los sectores pobres de la población urbana (Rosati, 2021).
En contraposición a la connotación descriptiva de ésta y otras acepciones, un grupo de científicos argentinos, impulsó el denominado “Proyecto de la marginalidad” sobre la base de una recuperación crítica de la teoría marxista. Para estos autores, como en América Latina opera un sistema hegemónico de producción capitalista, la marginalidad es un fenómeno inherente a este modo de organizar la producción social (Nun et al., 1968). En este sentido, en el marco de lo que consideran la fase monopolista del capital, distinguen dos realidades diferenciadas. Por un lado, la de los “mercados autónomos”, propios de los países denominados centrales y, por el otro, los “mercados dependientes”, característicos de las sociedades latinoamericanas (Nun et al., 1968, p.24). En el marco de los últimos, a diferencia de los “mercados autónomos”, se “generaría una población obrera tan excesiva ‘para las necesidades medias de explotación del capital’ que rebasaría la lógica del concepto mismo de ejército de reserva, pensando en las lógicas de un mercado de trabajo autónomo” (Nun et al., 1968, pp. 27-28).
Sobre este carácter “excesivo” de una porción de la sobrepoblación relativa, fundan el concepto de masa marginal refiriendo, como sintetiza Chitarroni (2005), a la porción de la población supernumeraria que deja de ser un ejército industrial de reserva, “útil al sistema y pasible de ser explotado” (p. 1) por no cumplir las funciones de reserva de fuerza de trabajo o regulación salarial con respecto al ejército activo de obreros. En trabajos posteriores, Nun (1999, 2010) profundizó más acerca de esta “no función”, distinguiendo al interior de la denominada “masa marginal”, el sector a-funcional del dis-funcional (Nun, 2010).[2]
En una línea similar, en un artículo publicado originalmente en 1970, Quijano (2014) atribuye un rol determinante, en la distinción entre “ejército de reserva” y “población marginalizada”, a la posibilidad o no de cumplir con una función de reserva y presión sobre los salarios. Sin embargo, a diferencia de Nun, considera que el “polo marginal” no está totalmente fuera del sistema social, sino que opera en un nivel de la economía que emplea “recursos residuales de producción” (Quijano, 2014, p. 139) y que es el resultado del nuevo nivel hegemónico “injertado” en la estructura económica latinoamericana desde los centros metropolitanos del sistema. En tal sentido, el proceso de “marginalización” (Quijano, 2014, p. 162) se habría convertido en América Latina en un elemento definitorio del carácter específico que asume este régimen de producción en estas geografías, determinando un mercado de trabajo con una estructura extremadamente diferenciada. Dicha estructura se caracteriza, a su vez, por la limitación de las necesidades cuantitativas de fuerza de trabajo en los niveles hegemónicos y el crecimiento de la población trabajadora en su conjunto, sobre todo en los sectores de más bajo nivel de calificación (Quijano, 2014). De la combinación de estos factores, surge la mano de obra marginal que, según este autor, no constituye más una “reserva”. Se trata de una mano de obra excluida, que a medida que avanzan los cambios en la composición técnica del capital, va perdiendo la posibilidad de ser absorbida en los niveles hegemónicos de producción de la economía global. Sin embargo, aclara que, en contraste con aquellos que consideran a este remanente como un elemento superfluo, la mano de obra marginada participa de la acumulación de capital del nivel intermediario, tanto como “ejército industrial de reserva”, como “consumidores explotados”. En esta línea, sostiene que se produce una “pequeña acumulación de capital” en el propio “polo marginal” que no es desdeñable (Quijano, 2014, p. 166).
La importancia de este fenómeno en América Latina dio origen a nuevas formulaciones. En este marco, en la década de 1990, la noción de “exclusión social” (Castel, 1995), originalmente acuñada en Europa, se abrió paso en los debates latinoamericanos.[3] Pese a las claras diferencias de enfoque, los puntos de encuentro con la noción de “marginalidad” llevaron a que algunos autores se pregunten si efectivamente existen diferencias sustanciales entre una y otra, y si, de hecho, la noción de exclusión social constituía verdaderamente un avance con respecto a los estudios sobre marginalidad (Nun, 2010; Saraví, 2007, entre otros). A este respecto, Salvia (2007) considera que, más allá de sus parecidos “morfológicos o simbólicos” y de que puedan referir a los mismos observables, “tales referencias están investidas de distinto significado teórico, o, dicho sentido presenta diferente alcance” (p. 8). De hecho, para este autor, la noción de exclusión social presenta limitaciones explicativas vinculadas, entre otras cosas, a la imprecisión del objeto al que refiere que pueden ser desde individuos hasta relaciones laborales, familiares o vecinales o trayectorias profesionales, por solo mencionar algunas opciones (Salvia, 2007).
En las últimas décadas, la persistencia y expansión de franjas de población impedidas de reproducir su vida en condiciones normales ha mantenido la actualidad de estos debates en América Latina. Mientras algunos han continuado buscando y presentando evidencia sobre la potencialidad de las nociones de “marginalidad” (Chitarroni, 2005; Malimacci y Salvia, 2005, entre otros) o “exclusión social” (Faria, 1995, entre otros), otros han defendido la vigencia de las categorías acuñadas por Marx para la explicación de este fenómeno (Cazón et al., 2015; Desalvo, 2014; Donaire et al., 2016; J. Iñigo Carrera y V. Iñigo Carrera, 2017; N. Iñigo Carrera, 1999; Marticorena, 2011, Seiffer y Rivas Castro, 2017, entre otros). En la línea de estos últimos, consideramos que tanto la noción de marginalidad como de exclusión social, más allá de sus diferencias, se fundamentan, explícita o implícitamente, en la supuesta incapacidad de cumplir la función que originalmente le habría atribuido Marx a la masa de individuos que exceden el ejército activo de obreros. Desde nuestra visión, en cambio, esta conclusión se basa en una incomprensión de las modalidades de sobrepoblación relativa y de la noción misma de ejército de reserva desarrolladas por Marx. Como han señalado distintos autores (Cazón et al., 2015; Donaire, 2018; Marticorena, 2011, entre otros), en el caso del enfoque de la marginalidad esta falta de entendimiento se basa en la asimilación de la noción de “ejército de reserva” a lo que es solo una de las formas desarrolladas por Marx: la sobrepoblación fluctuante. De esta manera, se pasa por alto o se atribuye el carácter “marginal” o “no funcional” a toda la sobrepoblación que no cumple las características de la fluctuante, es decir, salir y entrar de la producción en función de los ciclos de la acumulación o de los movimientos del capital de una rama a la otra en función de las tasas de ganancia, pasando por alto las distintas modalidades de sobrepoblación desarrolladas por Marx y externalizando la producción de algunos sectores de la sobrepoblación de las dinámicas propias de la acumulación de capital.[4] Desde nuestra perspectiva, en cambio, la sobrepoblación en cualquiera de sus modalidades no constituye un sector aislado que debe cumplir una función con respecto a los trabajadores en actividad. Como se sintetiza en Cazón et al. (2015), “es imposible decir que una población cumple una ‘función’ sobre la otra. Lejos de eso, el establecimiento de una población obrera sobrante es parte de la forma en que se realiza la determinación del salario en un mismo movimiento con respecto a la determinación de la magnitud de la población sobrante” (p. 32).
En esta línea, si bien existen diversas formas de existencia de la sobrepoblación, todas sus modalidades “forman parte de la realización de la compra-venta de la fuerza de trabajo” (Cazón et al., 2015, p. 32), sea saliendo y entrando del ejército de obreros activos o empeorando, por su simple existencia potencialmente empleable, las condiciones de venta de los trabajadores empleados en el espacio nacional donde se encuentra. Es por ello que no es posible pensar ninguna de las modalidades de esta porción de población obrera por fuera de la relación social capitalista. Avancemos ahora en el examen de la existencia concreta de este fenómeno en el espacio nacional en el que se enfoca nuestro análisis.
2. Detección y relevamiento de la sobrepoblación relativa rural en el espacio nacional paraguayo
Antes de adentrarnos en el estudio de las formas que asume este fenómeno en el espacio nacional paraguayo es preciso realizar algunas aclaraciones respecto a su detección y relevamiento. En base a lo desarrollado hasta aquí, podemos decir que consideramos sobrepoblación relativa a la población obrera que se halla impedida de reproducirse en condiciones normales. Dicho de otro modo, referimos a porciones de la población trabajadora privadas total o parcialmente de ejercer su capacidad para participar activa y/o normalmente en el proceso de producción y consumo social.
En este apartado, nos adentraremos en la detección, relevamiento y formas asumidas por la sobrepoblación relativa producida en el espacio rural paraguayo. Para ello, analizaremos el impacto que algunas de las transformaciones productivas recientes de la esfera agraria tuvieron sobre la masiva población que habita en el espacio rural. Sin embargo, al momento de trabajar sobre estas porciones de población hay que tener en cuenta, como han señalado distintos autores (Donaire et al., 2016; Rosati, 2021), que no hay instrumentos diseñados especialmente para estimar las dimensiones o establecer las distintas formas que puede asumir este fenómeno. Por ello, nuestra indagación respecto a la existencia expansiva de sobrepoblación relativa contempla tanto el examen de la reducción o aumento de los distintos tipos de explotaciones agrarias, como diversos indicadores vinculados al empleo y a otros factores claves de la supervivencia de este sector. Asimismo, si bien nuestro trabajo se focaliza en la sobrepoblación producida como resultado de la forma reciente que asume la valorización de capital en la esfera agraria, como han demostrado distintos estudios, los nexos de dicho sector con las zonas urbanas son cada vez más intensos y frecuentes:
Los cambios estructurales ocurridos en la última década y principalmente en la estructura productiva, la expansión de las vías de comunicación, el equipamiento creciente de varias ciudades del interior del país, la intensificación de los flujos de comunicación e información, vienen reconfigurando las diferentes zonas del territorio nacional. La alteración de las relaciones entre el mundo rural y el urbano es una de las principales novedades del mundo rural actual, donde los servicios, bienes y sobre todo el modelo cultural se han acelerado bastante, alimentando una migración, o al menos una movilidad relativamente cotidiana entre ambos espacios (Vazquez, 2016, p. 193).
En este sentido, en principio, podemos distinguir dos realidades. La que atañe a la sobrepoblación que permanece en el espacio rural y la que atañe a la población que migra hacia las ciudades. Sin embargo, como desarrollaremos en el próximo capítulo, entre estas dos realidades, existen situaciones intermedias. En primer lugar, en algunas zonas del país, encontramos un sector de la sobrepoblación que, si bien permanece en el espacio rural; como resultado de lo que Galeano (2016) denomina el “proceso de readaptación de la economía campesina” (p. 171), cada vez más frecuentemente recurre a la venta de su fuerza de trabajo, sea temporal o permanentemente, en núcleos urbanos cercanos.[5] En segundo lugar, veremos que un importante número de la sobrepoblación que migra hacia territorios urbanos mantiene vínculos materiales periódicos con sus núcleos familiares de origen a través del envío de remesas.
Tantos las situaciones intermedias antes mencionadas, como las dificultades inmediatas afrontadas por los contingentes de sobrepoblación rural que migran hacia núcleos urbanos de forma definitiva, nos alientan a ampliar nuestro examen hacia algunos aspectos del ámbito urbano que nos permitan caracterizar, aunque sea a grandes rasgos, las condiciones de vida y/o inserción de la fuerza de trabajo de la sobrepoblación rural integrada total o parcialmente al ámbito urbano.
En esta línea, si bien excede las posibilidades de nuestro análisis emprender una estimación y caracterización exhaustiva de la población obrera excedentaria urbana, contemplaremos en nuestro examen algunos aspectos que nos permitan aproximarnos a una caracterización de las condiciones de vida y venta de la fuerza de trabajo de lo que denominaremos la sobrepoblación rural en transición o recientemente instalada en zonas urbanas.
2.1 La crisis de las pequeñas unidades productivas agrarias
Como hemos visto, las transformaciones en la materialidad productiva y en la estructura social agraria de las que dimos cuenta en el capítulo 2 y el capítulo 3, tuvieron una incidencia directa para los trabajadores de la esfera agraria por dos razones vinculadas. En primer lugar, porque los rubros actualmente más dinámicos del sector agrario son intensivos en capital pero no en mano de obra.[6] En segundo lugar, porque los cultivos de pequeña escala, con alto requerimiento de fuerza de trabajo, son justamente los que se vieron reducidos como resultado de las transformaciones recientes. En este marco, podemos ver que la mayoría de los asalariados temporales registrados por el CAN 2008 eran empleados por pequeñas fincas orientadas, mayormente, a los rubros en declive:
Los datos del censo informan que para el año 2008, existían 79.235 fincas que daban ocupación a 238.674 trabajadores asalariados temporales, fundamentalmente en actividades zafrales. A nivel nacional, también respecto a este tipo de trabajadores la principal fuente de ocupación constituyen las unidades productivas con superficie menor a las 20 hectáreas, que concentran al 67,1% de los asalariados temporales, seguido por las fincas de 20 a 50 hectáreas, donde encuentra ocupación el 10,4%. Es decir, por cada 10 trabajadores asalariados temporales rurales, 8 encuentran ocupación en fincas menores a las 50 hectáreas (OIT y PNUD, 2013, p. 180).
Otro claro indicador de la reducción de unidades productivas con alto requerimiento de mano de obra es el aumento de la importación de mercancías agrarias antes producidas en pequeñas unidades productivas al interior del país. Por ejemplo, al 2013, la demanda de cebolla morada se cubría con un 86% de producción Argentina y un 4% de Brasil, la papa con un 97,47% de importación Argentina y un 1,14% de Brasil. También se cubría a través de la importación un 14% de la demanda de pimiento, un 23% de la de tomate, un 27 % de la de zanahoria y un 88% de la de naranja (Riquelmey Vera, 2013).
Sin embargo, la diferencia más importante proviene de la abrupta disminución de la superficie destinada a la producción de algodón, uno de los rubros históricamente más importantes de los pequeños productores. Este cultivo llegó a tener tal importancia que, hasta mediados de la década de 1990, era uno de los principales generadores de divisas del país. Sin embargo, los bajos precios internacionales y la sequía favorecieron su reemplazo por otros cultivos considerados más rentables. Es así que para el 2008 solo se dedicaban al cultivo de este rubro una tercera parte de las fincas que lo hacían en 1991 (OIT y PNUD, 2013).
Respecto a la posibilidad de absorción de estas familias por parte de los nuevos conglomerados productivos, se ha comprobado sobradamente que existe una relación inversa entre el crecimiento del monocultivo tecnificado y la generación de empleos (Levy Sforza et al., 2018). De hecho, si tenemos en cuenta la alta demanda de mano de obra estacional que era requerida por el algodón y la inexistencia de un rubro comercial con características similares como reemplazo, la contracción de este cultivo tuvo repercusiones extremadamente graves para la fuerza de trabajo que se empleaba en su producción (OIT y PNUD, 2013). Como afirma Fogel Pedroso (2019), el trabajo asalariado temporal, demandado principalmente por las unidades productivas de pequeña escala, disminuyó entre 1991 y 2008 en un 75%. En este sentido, al comparar el CAN correspondiente a 1991 y el correspondiente a 2008, se observa un marcado descenso de los trabajadores temporales que supera los 700 mil trabajadores (MAG, 2008). [7]
Gráfico 13. Asalariados temporales según sexo. Paraguay 1991-2008

Fuente. Elaboración propia según Censo Agropecuario Nacional 2008 (vol. 1).
En este marco, como se observa en el siguiente gráfico, al ser progresivamente reemplazada por la producción a gran escala de soja, las pequeñas fincas sufrieron una reducción tanto en superficie como en cantidad en el período delimitado entre 1991 y 2008.
Gráfico 14. Cantidad de fincas de 0 a 50 hectáreas. Paraguay 1991-2008

Fuente: Elaboración propia según Censo Agropecuario Nacional 2008 (vol. 1)
Gráfico 15. Superficie de fincas de 0 a 50 hectáreas. Paraguay 1991-2008

Fuente: Elaboración propia según Censo Agropecuario Nacional 2008 (vol. 1)
Sin embargo, no todos los estratos de pequeñas unidades productivas se vieron disminuidos como resultado de este proceso. Mientras que los estratos que agrupan a las fincas de menos de 1 hectárea, de 10 a 20 hectáreas y de 20 a 50 hectáreas sufrieron una reducción tanto en cantidad como en superficie, el estrato de 1 a 5 hectáreas, registró una expansión durante este período. Como mencionamos en el capítulo anterior, este estrato, que devino en el más numeroso del conjunto de las unidades productivas agrarias, se compone, mayormente de agentes que complementan lo que producen con la venta de su fuerza de trabajo:
El promedio de 2 hectáreas de tierra del que disponen las casi 120 mil familias evidenció que la economía campesina ha llegado a un límite mínimo de su base productiva, y que el sustento de las mismas depende cada vez [más] de los trabajos extra-prediales de sus miembros (Galeano, 2016, p. 170).
Asimismo, siguiendo al mismo autor, se registra una importante expansión del sector de los denominados, “campesinos sin tierra”:
En el transcurso de los años recientes y en la actualidad, se está incrementando este estrato que no posee tierra, o, si cuenta con ella, la misma es de […] [tan] reducidas dimensiones, que, en la práctica, alberga a las viviendas y, en determinados casos, es usada para cultivar rubros agrícolas de mera subsistencia (Galeano, 2016, p. 176).
En esta línea, el despliegue de las transformaciones que hemos visto hasta aquí, implicó al interior de la esfera agraria el incremento de un sector con un fuerte requerimiento de complementar cultivos de subsistencia con la venta extrapredial de su fuerza de trabajo, sea en otras fincas o en núcleos urbanos cercanos. No obstante, como profundizaremos en lo que resta de este capítulo, dadas las características actuales del mercado laboral paraguayo, todo indicaría que para esta población trabajadora rural es cada vez más dificultoso vender su fuerza de trabajo y, cuando lo logra, lo hace en las peores condiciones.
Esta creciente necesidad de poner en acción la fuerza de trabajo acompañada de la imposibilidad de hacerlo en condiciones normales, evidencia el carácter de sobrepoblación relativa de un sector cada vez más amplio de los trabajadores rurales. Para profundizar en esto, a continuación, exploramos en términos generales las dimensiones de este fenómeno a partir de distintas fuentes estadísticas y estudios sobre las condiciones de empleo y otros factores esenciales para la subsistencia de este sector. Como dijimos anteriormente, enfatizaremos en el sector rural pero contemplaremos también algunos aspectos del empleo y las condiciones de vida urbanas. Sobre esta base, en el próximo capítulo, avanzaremos en una caracterización de las distintas modalidades asumidas tanto por la sobrepoblación relativa que permanece en el espacio rural, como la que migra a los núcleos urbanos.
2.2 El desempleo abierto y la precarización laboral
Según el Atlas Demográfico del Paraguay de la Dirección General de Estadística, Encuestas y Censos (DGEEC, 2012), mientras la tasa de ocupación en 2002 era de 94,5, en 2012 creció a 98,0. En una lectura apresurada, este crecimiento registrado por el empleo en el transcurso de diez años, podría llevarnos a concluir que la hipótesis que ha guiado nuestro trabajo está errada.[8] Sin embargo, como se advierte en Donaire et al. (2016), al momento de establecer e identificar la existencia y magnitud de la sobrepoblación relativa en un espacio nacional, pese a que se suele recurrir a variables vinculadas al comportamiento del empleo, hay que tener en cuenta que no hay instrumentos diseñados especialmente para medir las dimensiones o las distintas formas que puede asumir este fenómeno. Sobre esta base, distintos autores (Desalvo, 2014; Donaire et al., 2016, entre otros) señalan que, si bien la manifestación más evidente de la sobrepoblación relativa es la desocupación abierta, esta variable constituye una expresión parcial de esta porción de la población. Es por ello que, en las aproximaciones estadísticas al fenómeno de la sobrepoblación, es preciso complementar el examen del comportamiento de la ocupación y la desocupación con otros indicadores relacionados a la subocupación y los empleos precarios. El examen de estos otros indicadores permite visibilizar aquellos sectores de la población obrera que aunque venden su fuerza de trabajo no lo hacen en condiciones normales.
En esta línea, a partir de la Encuesta Permanente de Hogares y de distintos estudios, podemos obtener información sobre parámetros vinculados directamente a la detección del subempleo (visible e invisible) y la informalidad.[9] Es así que, según el Informe Nacional sobre Desarrollo Humano (2013) impulsado por la Organización Internacional del Trabajo y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el mercado laboral paraguayo enfrenta dificultades, no tanto por la tasa de desempleo abierto sino por las cifras de empleo precario e informal. Para González et al. (2011) el problema del empleo en Paraguay es estructural, y no radica principalmente en el desempleo abierto, sino en el desempleo oculto, en el subempleo, reflejado en el continuo crecimiento del subempleo invisible y en los altos niveles de informalidad y bajas remuneraciones (pp. 14-15). Tal es así que, según Casalí et al. (2018), “Paraguay se encuentra entre los países de la región con más alta incidencia del empleo informal” (p. 5).
En este sentido, si analizamos la distribución de la fuerza de trabajo por sectores, podemos observar que mientras el sector primario sufrió una disminución entre 2002 y 2012, pasando de 26,8% a 21,4% y el secundario se mantuvo estable, el sector terciario, marcado crecientemente por la informalidad, tuvo un incremento de 52,3% en 2002 a 57,4% en 2012:
La alta informalidad y precariedad laboral son las características dominantes en estas actividades comerciales, con una alta proporción de trabajo cuentapropista y de microempresas. La inestabilidad laboral, los contratos basura, la alta rotación del personal, las bajas remuneraciones, son componentes importantes del sector comercial, que expresan las debilidades estructurales del modelo económico. (Rojas Villagra, 2014, p. 108)
Por su parte, en el espacio rural, tanto el subempleo, como el empleo informal, se presentan de manera acentuada.[10] Según Ayala (2016), el empleo informal en 2014 era mucho mayor (88,6 %) que en el área urbana (71,2 %). En este marco, en las áreas rurales, 9 de cada 10 personas (89,4 %) de la población ocupada se hallan en situación de informalidad.
En lo que refiere específicamente al sector primario, pese al marcado crecimiento de la producción agraria durante nuestro período de análisis, se observa una disminución del empleo agropecuario y un aumento del empleo rural no agropecuario. Como afirma Fogel Pedroso (2019), “con el vuelco de la agricultura hacia los servicios, el 45 % de los nuevos empleos se da en el pequeño comercio. Se trata de empleos informales, de baja productividad y pobremente pagados (…)” (p. 50). En esta línea, la población ocupada no agropecuaria que vive en áreas rurales es la más afectada por la informalidad, así en el año 2021, aproximadamente 8 de cada 10 personas ocupadas no agropecuarias son informales (INE, 2021).
Sin embargo, el empleo propiamente agropecuario también se da en las condiciones más precarias, sobre todo para jóvenes y mujeres (Fogel Pedroso, 2019). En González et al. (2011), en base al análisis de las EPH de 1997 a 2008, se sostiene que hubo un aumento de la tasa de ocupación, basado sobre todo en la participación femenina en el mercado laboral, principalmente de mujeres adultas rurales de bajo nivel educativo. Esto quiere decir que en el marco de la expansión económica de esta esfera se observa un marcado predominio de “puestos de trabajo de baja calidad” (González et al., 2011, p. 20) acompañados de una tendencia a la sustitución del trabajo agropecuario masculino por el femenino (el empleo agropecuario de los hombres se redujo un 7 % y el de las mujeres aumentó 16 % entre 2003 y 2008) (Borda, 2011).
Asimismo, estos cambios en las tasas de participación en el mercado laboral fueron acompañados por variaciones significativas en el total de horas trabajadas. En este marco, el segmento de las mujeres que se desempeñan como peonas o trabajadoras agropecuarias no calificadas registraron un importante incremento en las horas trabajadas por semana, pasando de un promedio de 38 horas semanales en el 2003 a 56 horas semanales en 2008 y el promedio de horas trabajado por las mujeres que desarrollan actividades no agropecuarias aumentó de 44 a 50 horas semanales.
Otro aspecto importante a tener en cuenta son las bajas remuneraciones. En este sentido, en González et al. (2011), se señala que más del 80 % de los ocupados en áreas rurales están insertos en microempresas de 1 a 5 trabajadores: “dado el reducido tamaño de la gran mayoría de las unidades, es de esperarse que tengan una limitada productividad laboral, y por lo tanto salarios bajos” (p. 175). Es así que en el espacio rural existe un alto predominio de trabajadores cuentapropistas y trabajadores familiares no remunerados y, en este marco, se registran de forma muy extendida situaciones de trabajo forzado y trabajo infantil (OIT y PNUD, 2013).
Con respecto al trabajo infantil, según el Informe de 2011 Magnitud y Características del trabajo infantil y adolescente en el Paraguay (OIT y DGEEC, 2011), el 22,4 % del total de niños y adolescentes se encuentra en situación de trabajo infantil (416425 niños y adolescentes). Como entre ellos el mayor peso lo registran las áreas rurales, en 2015 la Encuesta de Actividades de Niños, Niñas y Adolescentes (EANA) se focalizó en el área rural arrojando que aproximadamente la mitad de los niños, niñas y adolescentes (48,9 %) de 5 a 17 años que residen en el área rural realizó actividades económicas (OIT y DGEEC, 2015). Entre ellos, el 80,7 % se desempeñaron específicamente en actividades del sector primario.[11]
En suma, la primera conclusión que podemos sacar es que pese a que Paraguay presenta bajas cifras de desempleo y altas tasas de ocupación en nuestro período de análisis, si atendemos a otros indicadores vinculados a la precariedad laboral, encontramos evidencias de la existencia creciente de sectores de la población que no logra vender su fuerza de trabajo en condiciones normales. Esto queda de manifiesto en el incremento del subempleo y el empleo informal en plena fase de recuperación económica.
Ahora bien, tanto en su estimación general como en la focalizada en el espacio rural, estos fenómenos repercuten directamente en el sector de la población que nos hallamos analizando. Ya que, como hemos dicho anteriormente, si bien una importante porción de esta población permanece en el espacio rural, muchos se ven obligados a trasladarse periódicamente o, directamente, migrar a centros urbanos en búsqueda de la posibilidad de vender su fuerza de trabajo o de hacerlo en mejores condiciones. Dadas las características del mercado laboral paraguayo a las que hicimos referencia, como profundizaremos en el próximo capítulo dedicado al examen de las modalidades asumidas por la sobrepoblación relativa, el resultado de estos movimientos poblacionales, en general, no implican la superación de la condición de sobrepoblación para esos trabajadores:
Los desplazados, frecuentemente con una baja formación académica, con habilidades y destreza profesionales desarrolladas exclusivamente en el ámbito de la agricultura y/o ganadería campesina, y con un conocimiento y manejo del castellano precario por ser ésta su segunda lengua, al emigrar a las ciudades se encuentran en una situación crítica con respecto a las posibilidades de acceso al empleo… Esto condiciona de forma decisiva su calidad de general de vida, expresada a través de las condiciones de vivienda, el acceso a servicios básicos como sanidad y educación, dificultando en mayor medida el resto de barreras y costes típicos de la emigración, tales como el choque cultural y las dificultades de integración en el nuevo ambiente, los factores sicológicos asociados a la separación de la familia, etc. (T. Palau et al., 2009).[12]
En la misma línea Fogel Pedroso (2019), señala:
Los expulsados por la soja migran a cinturones urbanos en ocupaciones marcadas por la precariedad; de hecho, atendiendo a categorías de ocupación, mientras la tercera parte de la población económicamente activa total son cuentapropistas y el 59,4% se ocupa en unidades productivas unipersonales o con menos de cinco trabajadores, el 44% de los asalariados del sector privado no percibe el salario mínimo vigente (Fogel Pedroso, 2019, p. 49).
Esto nos arroja, en lo que queda de nuestra investigación, al análisis de las condiciones de vida de los distintos sectores que componen la sobrepoblación producida en el espacio rural. En ese camino, en el próximo apartado realizaremos una primera aproximación general a la cuestión, a partir de parámetros de pobreza, educación y salud. Luego, en el próximo capítulo, nos adentraremos de lleno en el examen de las modalidades asumidas por la sobrepoblación producida en el espacio rural sobre la base de una caracterización más profunda de las condiciones de vida.
2.3 Las condiciones de vida
A partir de lo analizado en el apartado anterior, obtuvimos un panorama bastante claro de las precarias condiciones de inserción que ofrece a la sobrepoblación rural el mercado laboral paraguayo, tanto rural, como urbano. Sin embargo, siguiendo a Donaire et al. (2016):
la condición de superpoblación no se agota en los obreros que no alcanzan las condiciones normales de subsistencia porque la dificultad de vender su fuerza de trabajo en forma completa, continua y a un precio que permita su reproducción, sino que puede extenderse a los familiares dependientes del ingreso de estos trabajadores asalariados. A grandes rasgos, al interior de las familias obreras es posible distinguir a las nuevas generaciones destinadas en el futuro a reemplazar a los obreros actuales, quienes están comprometidos con el cuidado de estos potenciales futuros obreros y con la reproducción general del hogar, y los obreros de generaciones pasadas (Donaire, et al., 2016, p. 10).
En este sentido, es preciso complementar el análisis de los indicadores referidos a las magnitudes y condiciones de empleo, con otros parámetros alternativos que nos permitan abarcar en nuestro examen a todos los miembros de la familia obrera. Para Donaire ( 2019), uno de los parámetros para relevar este aspecto es la condición de pobre estimada a partir de distintos indicadores vinculados al ingreso. Este criterio, también es adoptado por Santella y Montes de Oca (2020), en su descripción de la sobrepoblación rural mexicana. Asimismo, en su investigación acerca de la población obrera relativamente excedentaria de Santiago el Estero, Desalvo (2014), complementa el análisis de las variables vinculadas al comportamiento del empleo con otros datos referidos a las condiciones de vida tales como: la línea de pobreza, la indigencia, la cobertura en salud, el analfabetismo, etc.
Tomando estos análisis como referencia, en el caso paraguayo, observamos que para el año 2011, en base a la Encuesta Permanente de Hogares, se estimaba que sobre una población de casi 6,5 millones de habitantes, el 32,4% se hallaba en situación de pobreza (18,0% de pobres extremos y el 14,4% de pobres no extremos) (OIT y PNUD, 2013, p. 179). Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), esta cifra se elevaba al 49,6% (CEPAL, 2014).[13]
Pese al crecimiento económico del sector agrario, cuatro de cada cinco personas (81,7%) de la población en situación de pobreza extrema desarrolla sus actividades en el sector primario (81,8% de esta cifra corresponde a la categoría ocupacional “Cuenta Propia y Trabajadores Familiares No Remunerados”) (OIT y PNUD, 2013). Las familias campesinas que producen para el mercado en estas condiciones obtienen un monto que apenas alcanza para comprar aquellos alimentos básicos no producidos en la finca (aceite, harina, fideos y arroz), el transporte indispensable de sus miembros y, en algunos casos, la educación de sus hijos (T. Palau et al., 2009).
En relación a esto último, el peso del trabajo infantil, revisado en el apartado anterior, también constituye un gran obstáculo en la continuidad educativa:
Tanto en 2004 como en 2011, casi 3 de cada 10 niños y niñas que trabajaban, no asistían a la escuela; fenómeno más rural que urbano nuevamente en ambos años. E incluso para quienes asisten a la institución educativa, trabajar y estudiar simultáneamente resulta una carga pesada que obstaculiza el progreso del niño o niña en la educación formal (OIT y PNUD, 2013, p. 106).
En este marco, el nivel de ausentismo en las escuelas es alto, sobre todo en las zonas rurales (47,6%) y el analfabetismo es del 6% llegando al 10 % en zonas rurales (T. Palau et al., 2009). La franja de los jóvenes es una de las más afectadas ya que 6 de cada 10 no asisten a ningún establecimiento educativo (OIT y PNUD, 2013, p. 61). A este respecto, Lachi y Scheffer (2021) advierten:
El incremento progresivo y decisivo de la mecanización en las plantas industriales ha llevado consigo la ya señalada necesidad de contar con trabajadores, mandos medios y gerentes con una formación profesional y una capacitación técnica adecuada a las nuevas necesidades de manejo del aparato productivo. Ante este panorama, una de las quejas más comunes del gremio empresarial es el bajo nivel educativo de la fuerza de trabajo disponible. En efecto, Paraguay se ubica en los últimos puestos de los rankings de competitividad global en términos de educación, tanto primaria como universitaria (p. 178).
En el ámbito rural, de acuerdo a Garicoche (2015), 1 de cada 10 habitantes no sabe leer ni escribir y la media de los años de estudio de la población es muy baja ya que solo 3 de cada 10 jefes de hogar ha concluido la educación primaria, alcanzando solo 6 años de educación formal. En este sentido, los niveles educativos en Paraguay son relativamente bajos en comparación con el resto de América del Sur. De hecho, en 2011, solo 1 de cada 6 personas había accedido a una educación terciaria o universitaria (OIT y PNUD, 2013).
En términos de acceso a los servicios sanitarios, el panorama no es más favorable ya que el 81,6% de la población no posee ningún tipo de seguro médico, agravándose esta situación en el espacio rural donde esta cifra alcanza el 93,1% (T. Palau et al., 2009, p. 295). Asimismo muchas comunidades rurales ni siquiera cuentan con un puesto de salud cercano o accesible.
Conclusiones
En este capítulo, nos propusimos evidenciar, a partir del análisis de distintas dimensiones, la existencia concreta de la población obrera excedentaria en el espacio nacional paraguayo, focalizando en la sobrepoblación rural. Para ello, partimos de una sistematización crítica de algunas de las formas en que se ha explicado este fenómeno en las ciencias sociales latinoamericanas y presentamos los argumentos respecto a la validez y actualidad de la noción de sobrepoblación relativa desarrollada por Marx en El capital y recuperada por una diversidad de autores para el examen de la realidad contemporánea.
Para analizar la forma concreta de este fenómeno en el espacio rural paraguayo, partimos de caracterizar más profundamente el impacto de las transformaciones productivas recientes en la masiva población trabajadora afincada en las pequeñas unidades productivas de la esfera agraria. En esta línea, vimos que el empobrecimiento y el desplazamiento de dichas unidades iniciado en la década de 1990 con la crisis del algodón, se potenció a partir del cambio de siglo con la expansión de la producción de mercancías a gran escala con poco requerimiento de mano de obra. En este marco, a partir de parámetros estadísticos y estudios especializados en el tema vimos que, pese a la expansión económica del sector agrario, se produjo un descenso de los empleos en el sector primario, cuyo correlato no fue el crecimiento del empleo industrial, sino un incremento de los empleos precarios en el sector terciario, generalmente caracterizados por los bajos ingresos y los altos índices de subocupación e informalidad. Sin embargo, también pudimos ver que la situación no es más favorable para la fuerza de trabajo que logró permanecer o insertarse en el sector primario. Lejos de eso, en dicho sector el subempleo, el empleo informal y las bajas remuneraciones se manifiestan de manera acentuada. Asimismo, el trabajo agropecuario ha registrado una fuerte tendencia a la incorporación precaria de mano de obra femenina y presenta los índices más altos de trabajo forzado e infantil.
Ahora bien, pese a que todos los indicadores revisados se agravan en el espacio rural, pudimos ver que las cifras vinculadas al trabajo precario son una característica generalizada del mercado laboral paraguayo. En este sentido, tal como advirtieron distintos analistas, en el caso paraguayo, la existencia concreta de la sobrepoblación relativa no se evidencia en las cifras de “desempleo abierto” sino que, dadas las características de su mercado laboral, se manifiesta en las altas cifras de subocupación e informalidad. En relación a esto último, una de nuestras principales conclusiones, a partir de lo desarrollado en este capítulo, es que la amplia mayoría de la fuerza de trabajo del espacio nacional paraguayo no logra vender su fuerza de trabajo en condiciones socialmente normales. Si bien, como vimos, estas condiciones afectan especialmente al proletariado rural, como profundizaremos en el próximo capítulo, la situación no es más favorable para aquellos que migran a las ciudades en búsqueda de alternativas ocupacionales. Asimismo, al complementar el análisis con otros parámetros con el fin de ampliar el examen hacia las condiciones de vida de la familia obrera confirmamos las tendencias encontradas a partir de la observación del mercado laboral paraguayo. En esta línea, a continuación examinaremos las modalidades asumidas, tanto por la porción de sobrepoblación relativa que permanece en el espacio rural, como por el sector que, recientemente, ha migrado a territorios urbanos.
- Una versión reelaborada y ampliada de este capítulo fue publicada en Villar (2023).↵
- Para este autor el excedente de población no funcional puede resultar a-funcional o dis-funcional con respecto al sistema que lo genera: “En el primer caso, cuyo ejemplo extremo ha sido el apartheid sudafricano pero cuyas manifestaciones latinoamericanas abundan ―la Sierra peruana, el Nordeste brasileño, etc.―, el excedente se encapsula y así se lo neutraliza, absorbiendo sólo a la mano de obra que se necesita, en el momento, en las condiciones y por el tiempo que convengan. En el segundo caso, en cambio, tal excedente puede volverse peligroso y demandar crecientes gastos fiscales para sofocar sus protestas, frenar la inseguridad o evitar el deterioro de la situación sanitaria del conjunto de la población” (Nun, 2010, p. 117).↵
- Las primeras formulaciones de la exclusión no logran demasiado impacto. Como afirma Gregorio Enríquez (2007), se utilizaban, principalmente, para referir a “una minúscula parte de la población que no contaba con los beneficios que la sociedad ofrecía” (p. 75). Luego resurge en Europa Occidental, siendo el foco inicial de preocupación lo que según Robert Castel sería la crisis de la sociedad salarial (Castel, 1995).↵
- Desde el paradigma de la exclusión social, Castel (1995), también enfatiza en la “inutilidad” de estos nuevos sectores: “Si la historia social giró durante más de un siglo en torno a la cuestión obrera, fue porque el movimiento obrero realizaba la síntesis de esas tres condiciones: tenía sus militantes, sus aparatos, un proyecto de futuro y era el principal productor de la riqueza social en la sociedad industrial. Los supernumerarios de hoy no satisfacen ninguna de esas condiciones. Están atomizados, no pueden albergar otra esperanza que la de ocupar un lugar un poco menos malo en la sociedad actual, y son socialmente inútiles” (p. 370).↵
- En relación a esto Vázquez (2016) señala que la motocicleta, “se convirtió en un poderoso factor de conectividad y de acceso a bienes, servicios y oportunidades que hasta hace poco tiempo solo se ofrecían en Asunción” (p. 193).↵
- Por ejemplo, como se afirma en T. Palau et al. (2009), la producción de 1000 hectáreas de monocultivo de soja se mantendrían con el trabajo de dos personas.↵
- La importancia de este cultivo para las pequeñas unidades productivas y las dimensiones de su reducción, habilitaría a preguntarnos si el proceso de estancamiento y consolidación de la sobrepoblación relativa rural que venimos examinando hunde sus raíces en la crisis experimentada por el algodón a partir de la década de 1990. Si bien trasciende las posibilidades de esta instancia de nuestra investigación ampliar el período hacia la década de 1990, consideramos que la crisis de la pequeña producción algodonera podría encuadrarse en la hipótesis propuesta por este análisis sin modificarla sustancialmente. En ese caso, las transformaciones productivas potenciadas con el cambio de siglo habrían agravado el proceso de estancamiento y consolidación de la sobrepoblación rural iniciado en la década anterior con la crisis del algodón. ↵
- En esta fuente se considera: “población ocupada”, al “conjunto de personas de 10 años y que trabajaron con o sin remuneración por lo menos una hora en la semana anterior al censo, o aunque no hubieran trabajado, tenían empleo pero estuvieron ausentes por motivos circunstanciales (enfermedad, licencia, vacaciones, paro, beca, etc.). Por su parte la “tasa de ocupación”, es el cociente entre la población ocupada y la población económicamente activa (PEA). Por último, la “población económicamente activa” abarca a las personas de 10 años y más de edad que desde las cuatro semanas anteriores al día del censo estaban ocupadas, o desocupadas buscando empleo (DGEEC, 2012, p. 131).↵
- La informalidad es otro indicador de precariedad en el empleo al dar cuenta de la exclusión de beneficios básicos como pensiones, acceso a seguro médico y/o a una remuneración digna (OIT y PNUD, 2013).↵
- En las estadísticas oficiales se considera área rural a las zonas situadas fuera de las cabeceras distritales. Dichas zonas se caracterizan por la presencia de viviendas dispersas en el territorio y por lo general están rodeadas de cultivos y campos (DGEEC, 2012, p. 129).↵
- Tal como desarrolla el informe elaborado por estos mismos organismos en 2011, el trabajo infantil tiene grandes consecuencias en la salud y desarrollo integral de los niños: “Del total de niños y adolescentes en trabajo infantil el 42,1 % reportó haber tenido alguna lesión o enfermedad a consecuencia del trabajo realizado […]” (OIT y DGEEC, 2011, p. 16).↵
- A esto se agrega la fuerte exposición de estos sectores a situaciones extremas de prostitución y trata de personas, prácticas laborales propias del régimen esclavista y hasta, en casos extremos tráfico de órganos. Las mujeres, en muchos casos menores de edad, son uno de los grupos que mayor riesgo corre de ser sometidas estos flagelos (T. Palau et al., 2009).↵
- Asimismo, según un informe del Ministerio de Hacienda (2016), “el 33,4% de la niñez y el 30,5% de adolescentes están por debajo de la línea de pobreza, concentrados principalmente en el sector rural” (p. 20). También se observa el inicio de un proceso de feminización de la pobreza en el sector rural: “Una parte importante de los hogares paraguayos tiene como jefe de hogar a una mujer. En los últimos años, este fenómeno ha ido creciendo, constituyendo actualmente el 31,8% de los hogares.” (p. 20).↵







