He creído oportuno reunir bajo este título, homo transiens, dos trabajos recientes: el primero referido al homo viator, y el segundo al moriturus. Vivir, en efecto, es pasar la vida, pero, según se mire, estando de paso –en «tránsito»– hacia la muerte, o hacia la otra Vida. Acercarse a la muerte significa, para quien tiene fe, aproximarse a una vida más verdadera que esta.
Sea lo que fuere de la cuestión de la inmortalidad, en todo caso el humano necesita brújula para orientarse, y a menudo báculo al que aferrarse para transitar sin demasiado tropiezo. Las dos cuestiones de las que me ocupo aquí –la fe y la muerte– son difíciles, y no solo porque de hecho sean cada vez más tabúes y vayan desapareciendo de la conversación ordinaria, al menos en el contexto cultural del primer mundo, sino ante todo por su profundidad y alcance. Pero por complejo que pueda parecer abordarlas hoy en ese contexto, se hace necesario hacerlo para vivir de manera inteligente y lúcida, cosa que no deja de ser saludable para un ser racional por infrecuente, o por impertinente que se antoje a muchos en medio de tantas correcciones políticas, éticas, académicas, etc.
Es justamente este el ángulo que aquí adopto: la racionalidad. Me ocuparé de la estructura intelectual del acto de fe, y de la muerte como algo que nos estimula a pensar en serio.
Trataré de hacerlo sin circunloquios, yendo al meollo desde el comienzo. Supongo que el lector me excusará que vaya in medias res dispensándole de una genealogía completa de la cuestión, digamos, ab ovo. Por un lado, no pretendo ser exhaustivo y, por otro, detesto los subterfugios. Solo aspiro a hendir levemente la pica en el tabú para que empiece a cuartearse.






