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Crisis ambiental y justicia de géneros

Ecosocialismo y ambientalismo
feminista anticapitalista

Suyai Malen García Gualda[1]

Introducción

La producción capitalista […] no desarrolla la técnica y la combinación del proceso social de producción sino socavando, al mismo tiempo, los dos manantiales de toda riqueza: la tierra y el trabajador.

    

Marx, [1867] 2016: 612-613

En una coyuntura de lucha hegemónica por el poder mundial, en la que ciertos sectores progresistas y de izquierda han dejado de lado su preocupación por la desigualdad distributiva y se han vuelto funcionales a los intereses neoliberales, se acelera una crisis sistémica que, asimismo, es una crisis civilizatoria y ecosocietal. En este marco, se ha modificado la forma en la que se articulan los debates sobre la justicia y, en consecuencia, el nodo problemático es la aparente antítesis existente entre las políticas de clase y las políticas de identidad. Entonces, de acuerdo con Nancy Fraser (2008), entender y analizar esta crisis supone volver a poner sobre la mesa de debate el afamado dilema entre redistribución y reconocimiento, sin perder de vista la importancia que detenta la dimensión política, es decir, la representación en términos de paridad participativa.

La complejidad y gravedad de la situación contemporánea, sobre todo en relación con los efectos del cambio climático, nos exige pensar la justicia social en clave ambiental (y climática) y de géneros. Es decir, resulta indispensable advertir las múltiples formas de desigualdad que se imbrican e impactan en la vida humana y no humana. La ecopolítica se ha vuelto ubicua e involucra a diversos actores políticos. Por esta razón, a nuestro juicio, creemos que indagar en los aportes del ecosocialismo y los feminismos ambientalistas anticapitalistas (ecofeminismos y feminismos ecoterritoriales) resulta crucial para consolidar una mirada crítica profunda, capaz de cuestionar los cimientos del modo de producción capitalista, en cuanto sistema de muerte.

En el presente trabajo, nos proponemos recuperar los aportes de pensadoras y pensadores críticos, como Nancy Fraser (2023), Yayo Herrero (2018), Amaia Pérez Orozco (2018), Kohei Saito ([2017] 2023), Silvia Federici (2018), Verónica Gago (2018), Carolyn Merchant ([1982] 2023), Michael Löwy (2012) y John Bellamy Foster ([2000] 2022). Se trata de autoras y autores que, de una u otra manera, propugnan la organización y lucha anticapitalista, transambiental y feminista. Creemos urgente torcer el rumbo de un destino que se nos presenta como inevitable y lúgubre, y, a nuestro juicio, estas voces son un faro ante tanta incertidumbre y negacionismo.

La organización del escrito intenta presentar discusiones teóricas sin perder de vista experiencias situadas, pues nuestro trabajo de investigación se emplaza en un espacio territorial vapuleado por el avance del modelo de desarrollo extractivista. En un principio reflexionamos sobre las características de la crisis actual y el riesgo que supone en lo que refiere a la sostenibilidad de la vida. A partir de allí, nos centramos en las contradicciones inherentes al modo de producción capitalista para, en un segundo momento, detenernos en los aportes que el pensamiento marxista y los socialismos contemporáneos han realizado en relación con el metabolismo sociedad-naturaleza. Avanzado el escrito, nos adentramos en los debates actuales en torno a los cuidados, entendiendo que en ellos podemos articular nociones tales como justicia ambiental (y climática) y de géneros. Y, hacia el final, aproximamos algunas consideraciones a modo de balance e invitación a la insurrección del pensamiento.

La sostenibilidad de la vida en riesgo

El sistema económico capitalista y todo el armazón cultural que le acompaña se han expandido sin tener en cuenta que la vida humana tiene dos insoslayables dependencias materiales. La primera es la de la naturaleza y sus límites, la segunda es consecuencia de la vulnerabilidad de la vida humana y por tanto de la imposibilidad de sobrevivir en solitario: necesitamos a lo largo de toda la vida del tiempo que otras personas nos dedican para poder llevar vidas decentes.

     

Herrero, 2018: 111

En la actualidad, como ya hemos dicho, atravesamos una crisis ecológica a escala global que es, a su vez, una crisis multidimensional sin precedentes. En los últimos años, la pandemia COVID-19 nos colocó ante un sinnúmero de retos y, sobre todo, nos hizo conscientes de los límites planetarios (Ciriza, 2021). Y, si bien poco a poco se instalan en el escenario político nacional e internacional discursos negacionistas del cambio climático, creemos que, como asevera Nancy Fraser (2023), existe cierto consenso social y político sobre el peligro que supone el deterioro ambiental.[2] Entender las razones de la presente crisis puede colaborar con la consolidación de propuestas o proyectos superadores y, para ello, resulta indispensable incorporar una perspectiva interseccional[3] que sea capaz de advertir cómo operan de manera imbricada múltiples estructuras de poder –y desigualdad– sobre la vida humana y no humana.

En este marco, observamos que los debates sobre la justicia ambiental y climática se tornan impostergables y ameritan un diálogo profundo con aquellos centrados en la justicia social y de géneros.[4] Esto tiene su origen en que entendemos al modo de producción capitalista como el motor sociohistórico del cambio climático y, al mismo tiempo, como la causa de múltiples injusticias sociales en apariencia “no ecológicas” (Fraser, 2023). Por esta razón, resulta un desafío crucial superar cierto ecologismo reduccionista y trascender lo meramente “ambiental”, tal como sugiere la feminista norteamericana Nancy Fraser en su reciente y afamado libro Capitalismo Caníbal: qué hacer con este sistema que devora la democracia y el planeta, y hasta pone en peligro su propia existencia (2023). Y, en este sentido, los-as-es cientistas sociales tenemos que asumir el reto que supone superar las explicaciones binarias y dicotómicas propias del pensamiento moderno colonial capitalista y patriarcal. En palabras de la ecofeminista y ecosocialista española Yayo Herrero López:

… el modelo de pensamiento acuñado en la sociedad occidental e intensificado a partir de la expansión hegemónica del neoliberalismo se ha desarrollado en contradicción con las bases materiales que sostienen la vida. Construida sobre cimientos patriarcales, antropocéntricos y capitalistas, la organización de nuestras sociedades actuales pone en riesgo los equilibrios ecológicos que permiten la vida humana (y la de otras especies) y amenaza con provocar un verdadero colapso ecológico y humano (2018: 111).

Entonces, partimos de la idea de que la contradicción ecológica profunda y estructural que alberga en sí el capitalismo se intersecta o entrelaza con otras contradicciones que también le son inherentes. Siguiendo este razonamiento, propuesto por Fraser (2023), podemos afirmar que el capitalismo canibaliza a la naturaleza y, a la par, canibaliza al trabajo reproductivo y de cuidados, ambos pilares fundamentales para el sostenimiento de todo el engranaje económico: “… sin este trabajo de reproducción social […] no podría haber producción o ganancia o capital; no existirían ni la economía ni la cultura ni el Estado” (Fraser, 2023: 95). Al respecto, son muy ilustrativas las palabras sobre el trabajo doméstico (trabajo reproductivo y de cuidados no remunerado) que la feminista marxista Silvia Federici expuso en su popular libro Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas (2012):

Es importante reconocer que cuando hablamos de trabajo doméstico no estamos hablando de un empleo como cualquier otro, sino que nos ocupa la manipulación más perversa y la violencia más sutil que el capitalismo ha perpetrado nunca contra cualquier segmento de la clase obrera. Cierto es que bajo el capitalismo todo trabajador es explotado y su relación con el capital se encuentra totalmente mistificada […]. No obstante, el salario por lo menos te reconoce como trabajador, por lo que puedes negociar y pelear sobre y contra los términos y la cantidad de ese trabajo […]. La diferencia con el trabajo doméstico reside en el hecho de que este no solo se le ha impuesto a las mujeres, sino que ha sido transformado en un atributo natural de nuestra psique y personalidad femenina, una necesidad interna, una aspiración, proveniente supuestamente de las profundidades de nuestro carácter de mujeres. El trabajo doméstico fue transformado en un atributo natural en vez de ser reconocido como trabajo ya que estaba destinado a no ser remunerado […]. Debemos admitir que el capital ha tenido mucho éxito escondiendo nuestro trabajo. Ha creado una obra maestra a expensas de las mujeres. Mediante la denegación del salario para el trabajo doméstico y su transformación en un acto de amor, el capital ha matado dos pájaros de un tiro (pp. 37-38).

Es innegable que el control de la naturaleza y de las mujeres (especialmente de sus cuerpos) han sido valores esenciales para el modo de producción capitalista. De acuerdo con Carolyn Merchant ([1982] 2023), durante la transición de los modos de producción de subsistencia hacia el capitalista, el pensamiento moderno encontró en la capacidad reproductiva de las mujeres el argumento para inferir y justificar su dependencia económica. Esto es lo que Federici (2018) ha definido como patriarcado del salario y que Fraser ha descrito con extrema claridad:

… quienes se desempeñan en trabajo reproductivo esencial quedan estructuralmente subordinados a quienes perciben salarios vitales a cambio del trabajo generador del plusvalor en la economía oficial, aunque sea el trabajo de los primeros el que posibilita el de los segundos (2023: 100).

Los datos estadísticos demuestran que, a pesar de los siglos transcurridos, todavía son las mujeres quienes mayormente se ocupan de las “tareas domésticas”, es decir, del trabajo reproductivo y de cuidados, dentro y fuera de los hogares. A modo ilustrativo, podemos señalar que las mujeres argentinas destinan en promedio 6.4 horas diarias a tareas de cuidado, mientras que en promedio los varones destinan la mitad (Rodríguez Enríquez, 2018). La brecha de género en el tiempo de cuidado es evidente y se entrecruza con otras formas de desigualdad: “… las mujeres que viven en los hogares más pobres dedican 8.1 horas diarias promedio al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, las mujeres que pertenecen al 20% de los hogares más ricos dedican apenas 3” (Rodríguez Enríquez, 2018: 146).[5] Esto indica que la organización social del cuidado (en adelante OSC) es injusta, en cuanto reproduce y profundiza la desigualdad y, a la vez, promueve la vulneración de derechos.[6]

Todo lo dicho pone sobre la mesa de debate la crisis de cuidados, la cual se hizo visible y tangible, como mencionamos anteriormente, con el avance de la pandemia. El capitalismo neoliberal y globalizador promueve la desinversión pública y privada en bienestar social y, a la par, fomenta la incorporación de las mujeres en el mercado laboral, lo cual convierte a la reproducción social y a los cuidados en una mercancía. De este modo, observamos cómo en la actual etapa de acumulación capitalista se importa mano de obra racializada para ocuparse de las tareas de cuidado, mientras que las mujeres de sectores menos aventajados se ven entrampadas para subsistir en un ciclo de doble o triple jornada laboral. De este modo, la OSC adopta una dimensión transnacional, como explica Amaia Pérez Orozco (2007), conformándose cadenas globales de cuidados que no hacen más que agudizar la desigualdad social y de géneros.

Insistimos, entonces, en que la actual crisis civilizatoria no es exclusivamente ambiental o de conocimientos, sino que es una crisis de reproducción o cuidados en cuanto tiene su origen en la lógica de crecimiento y acumulación ilimitada que colisiona con la reproducción y sostenibilidad de la vida. Por tanto, estamos ante una crisis sistémica que genera múltiples formas de violencias y que amenaza, de facto, nuestra posibilidad de permanencia en el planeta Tierra. Esto nos obliga a reflexionar sobre diversas aristas de la problemática: la importancia del reconocimiento del trabajo reproductivo y la necesidad de redistribuir las tareas de cuidado y, también, de reconocer la urgencia que suponen los debates sobre la justicia ambiental. Como hemos anticipado en este escrito, el crítico panorama contemporáneo nos reta a idear profundas transformaciones estructurales del orden social, político, económico y cultural que nos permitan concebir otro metabolismo sociedad-naturaleza.

Ecosocialismo y ambientalismo feminista: un diálogo necesario

La tierra enferma, ‘tú muerta, tú putrefacta’ probablemente podría sanar solo con la inversión de los valores establecidos y la revolución de las prioridades económicas. En este sentido, y una vez más, hay que poner el mundo patas arriba.

   

Merchant, [1982] 2023: 388

Tomando como punto de partida las contribuciones de Carolyn Merchant en su reconocido libro La muerte de la naturaleza. Mujeres, Ecología y Revolución Científica ([1982] 2023), podemos decir que tanto los feminismos como el movimiento ecologista han sido marcadamente críticos en lo que refiere a los costos, para la naturaleza y la sociedad en su conjunto (especialmente para las mujeres y personas LGBTIQ+), que tiene la economía de mercado capitalista.[7] Entender la grave situación ambiental y climática a la que hemos arribado, como hemos dicho antes, supone mirar críticamente el desarrollo económico capitalista, las epistemologías antropocéntricas y androcéntricas hegemónicas y, en efecto, el rol de la ciencia moderna al servicio de los intereses de mercado.

La “crisis” surge no solo de la experiencia de alienación, cuya superación es algo que los trabajadores exigen con todas sus fuerzas, sino también del conflicto del capital con la “ciencia”. No basta con que ella se limite a permitir la invención de nuevas tecnologías destinadas a aumentar las fuerzas productivas, y así preparar las condiciones materiales para la sociedad futura. […] la ciencia también pone de relieve la crisis del capitalismo cuando demuestra la irracionalidad del robo instaurado por el modo de producción capitalista y sus correspondientes fracturas metabólicas que exigen, en consecuencia, adoptar una forma de producción más sostenible (Saito, 2023: 308).

En pocas palabras: es imprescindible poner en debate la concepción moderna colonial y patriarcal de la naturaleza, entendida como un grifo de insumos inagotables disponible para ser apropiado y transformado por los seres humanos. Es decir, es preciso cuestionar la lógica utilitarista y mecanicista de la naturaleza que erosiona la vida. Pues, como agudamente ha señalado Fraser en diferentes trabajos (2020; 2021; 2023), el capitalismo instituye, por un lado, la idea de que la economía es un campo de acción humana creativa que genera valor y, por otro lado, sitúa a la naturaleza como ámbito de cosas desprovistas de valor, capaz de recuperarse de manera infinita (2023: 135). Por tanto, arguye la autora, entraña una relación extractiva y canibalesca y, al mismo tiempo, niega toda externalidad ecológica, lo cual lo conduce hacia la inestabilidad de sus condiciones de posibilidad.

Es cierto que dicha concepción de la naturaleza –que puede ser transpolada a la visión dominante sobre la sexualidad y el trabajo de las mujeres y LGBTIQ+– ha permeado al pensamiento científico moderno y perdura hasta la actualidad. Sin embargo, hay quienes aseguran que el marxismo ha sido pionero en las críticas a esta contradicción ecológica fundante del modo de producción capitalista. En esta línea, se ubican las contribuciones de John Bellamy Foster, quien, en su obra La Ecología de Marx. Materialismo y Naturaleza ([2000] 2022), cita a Karl Marx para exponer la perspicacia con la que este analizaba el metabolismo sociedad-naturaleza, es decir, la relación humana con la naturaleza a través del trabajo. A continuación, compartimos dos citas que recupera Foster y que entendemos de relevancia para graficar la concepción a la que hacemos referencia. El primer fragmento corresponde a El Capital, y el segundo forma parte de Escritos económicos varios, obra de Marx y Engels:

El trabajo es, en primer lugar, un proceso entre el hombre y la naturaleza, un proceso en el que el hombre media, regula y controla su metabolismo con la naturaleza. El hombre se enfrenta a la materia natural misma como un poder natural. Pone en movimiento las fuerzas naturales que le pertenecen a su corporeidad, brazos, piernas, cabezas y manos, a fin de apoderarse de los materiales de la naturaleza bajo una forma útil para su propia vida. Al operar por medio de ese movimiento sobre la naturaleza exterior a él y transformarla, transforma a su vez su propia naturaleza. […]. [El proceso de trabajo es la] condición general del metabolismo entre el hombre y la naturaleza, entera condición natural de la vida humana (Marx, cit. en Foster, 2022: 216).

El hombre vive de la naturaleza quiere decir que la naturaleza es su cuerpo, con el que debe mantenerse en un proceso constante para no morir. La afirmación de que la vida física y espiritual del hombre se halla entroncada con la naturaleza no tiene más sentido que la naturaleza se halla entroncada consigo misma, ya que el hombre es parte de la naturaleza (Marx y Engels, cit. en Foster, 2022: 217).

En ambos fragmentos se evidencia la preocupación de los autores por la “cuestión ambiental”, o, mejor dicho, se observa su concepción materialista de la naturaleza en relación con la concepción materialista de la historia. Es más, Foster (2022) asegura que Marx denunció la expoliación de la naturaleza antes de que naciera la conciencia ecológica moderna y burguesa. Incluso, en relación con la noción de metabolismo, este pensador aduce que es fundamental recuperar del pensamiento marxiano el concepto de fractura metabólica”. Esto significa que para Marx se da una fractura en la interacción metabólica entre “el hombre” y la Tierra. Esta contradicción se desarrolla mediante el simultáneo crecimiento de la industria y la agricultura a gran escala bajo el capitalismo (Foster, 2022: 215), pues, a pesar de los avances científicos y tecnológicos, el capital es incapaz de mantener las condiciones para el reciclaje de los elementos del suelo. Y, agrega John Bellamy Foster (2022), Marx usó el concepto de “fractura” para justamente denotar el extrañamiento material de los humanos, dentro del capitalismo, en relación con las condiciones naturales que constituyen su base de existencia.

La sociedad capitalista a gran escala, según Marx, viola las condiciones de sostenibilidad impuestas por la naturaleza. Por tanto, al igual que Engels, reniega de aquellas concepciones que sitúan a los humanos en el centro del universo y que desprecian las vidas no humanas. Por todo esto, ambos consideraban necesaria una transformación revolucionaria de la relación humano-naturaleza. En esta sintonía, el japonés Kohei Saito, en La naturaleza contra el capital. El ecosocialismo de Karl Marx (2023), señala que volver al pensamiento de Marx nos permite observar que la crisis moderna del ecosistema es una manifestación de una contradicción inmanente del capitalismo, resultado inexorable de la manera específicamente capitalista de la organización del metabolismo social y natural (p. 82). Ergo, el capitalismo es un sistema de producción insostenible. Entonces, como dijo hace más de una década Michael Löwy (2012), la cuestión ecológica es el gran reto para la renovación del pensamiento marxista.

Hoy en día somos testigos de la profundización de múltiples inequidades y del repliegue del Estado a favor de los mercados, lo cual hace parte de una insondable crisis de la democracia y, en consecuencia, anima la conformación de una sociedad cada vez más individualista en el cuidado de las personas y los bienes comunes de la naturaleza (Fraser, 2023). Es por ello por lo que reconocer que la crisis de los cuidados se imbrica con la crisis ambiental es indispensable para debatir tanto las desigualdades de género como la economía y sus impactos socioecológicos. En este cuadro, creemos que los ecofeminismos o feminismos ambientalistas (aquellos no hegemónicos como los feminismos populares, territoriales y comunitarios) y el ecosocialismo se complementan y permiten el desarrollo de análisis atentos a las contradicciones que hemos enumerado y comprometidos con la justicia social, ambiental y de géneros.

Por todo esto, apostamos por una lectura que cuestione los discursos negacionistas y, también, que sea crítica de aquellas variantes verdes que replican lógicas dominantes y violentas en las que la naturaleza (incluso los cuerpos) se convierte en un cúmulo de recursos monetizados. Advertimos, de este modo, en los peligros que detentan las políticas de reconocimiento departamentalizadas y acríticas de la desigualdad distributiva.[8] Por esta razón, valoramos los aportes de aquellos feminismos y socialismos contemporáneos que ponen en foco la responsabilidad de la crisis que tienen las cadenas de producción capitalista. Entendemos que estamos ante un problema complejo que excede al consumo individual y que debe comprometernos en propuestas colectivas que pongan en el centro del debate, desde un enfoque de derechos, la sostenibilidad y reproducción de la vida.

La justicia ambiental y de géneros: políticas de cuidados en debate

Volvamos finalmente a la idea de “cuidar”. Aunque muy despreciada, ésta ha sido siempre la clase de servicio/trabajo que se ha requerido de las mujeres en el capitalismo patriarcal. Mientras la sociedad denigra el valor de este trabajo, la reproducción social no se puede dar sin él. Esta es una actividad que debe ser considerada económica desde el punto de vista ecológico (aunque no tenga valoración crematística) y como tal debe interesar a los teóricos del ecosocialismo.

    

Salleh, 1992: 232

La devastación ambiental y la afectación a la salud y a los territorios, sumadas a la crisis política y económica que marcan los tiempos que corren, nos imponen una agenda de discusión centrada en la necesidad de gestar alternativas de desmercantilización de los bienes y servicios que garantizan y sostienen la vida, la urgencia de idear nuevas formas de organización del trabajo, y la importancia de recuperar la autonomía sobre los territorios y cuerpos, sobre todo en contextos caracterizados por el avance del modelo extractivista. Esto último nos obliga a señalar que, como sostienen Fraser (2023) y Gago (2019), la cuestión ecológica está entreverada con la división constitutiva del capitalismo entre explotación y expropiación.

La idea de Fraser (2023) de que la expropiación es un rasgo estructural del capitalismo y requerimiento habilitante de la explotación nos parece acertada. Coincidimos con ella en que la expropiación de los otros racializados (más aún las otras y otres)[9] es una condición necesaria para la explotación de trabajadores asalariados. En este sentido, la perspectiva de Verónica Gago resulta enriquecedora, en cuanto se focaliza en la importancia que tiene problematizar esta cuestión desde una lente feminista:

Hacemos una lectura inclusiva de quiénes somos productoras de valor en la clave de pensar cómo la diferencia reconceptualiza la noción misma de fuerza de trabajo. […] los cuerpos en juego dan cuenta de las diferentes tareas en términos de diferencial de intensidad y de reconocimiento, impidiendo cristalizar una figura homogénea del sujeto trabajador (2019: 127).

De este modo, Gago destaca la importancia que reviste el reconocimiento y la redistribución de las tareas de cuidado que realizan mujeres e identidades feminizadas y, además, analiza cómo se politiza la reproducción en coyunturas en las que existe una notable crisis del salario.

En Argentina, iniciados los años 2000, se vivió una profunda crisis que tuvo como protagonistas a la desocupación y a la pobreza. En ese marco, al igual que en la actualidad, se constató un proceso de feminización de la pobreza (y de las luchas populares).[10] Esto significa que la desigualdad de género sobredetermina la situación de pobreza de las mujeres, es decir, la pobreza afecta de manera diferenciada a varones, mujeres y diversidades.[11] Es importante decir que entendemos que la pobreza no refiere solamente al funcionamiento de la economía, sino que supone la intersección de condiciones materiales, monetarias, estructurales, simbólicas y relacionales (Rosales, 2021). Por ende, es una forma de injusticia vinculada a problemas redistributivos y a la falta de reconocimiento, a formas de vulneración de derechos que dañan la subjetividad de las personas y la interacción entre ellas. Ejemplo de esto es la mayor precarización de la existencia que resulta de la discriminación y violencia por razón de géneros que padecen mujeres y diversidades, incluso al interior de sus propios hogares.[12]

La desestructuración de la autoridad masculina que se produce al perder el salario como “medida objetiva” de su poder dentro y fuera del hogar […] y el declive de la figura de proveedor tiene una doble vía. Por un lado, esa desestructuración masculina se amplifica y acelera por la vía de la politización de las tareas reproductivas que se desconfinan del hogar, derramándose en el terreno social ampliado […]. Por otro, al entrar en crisis la autoridad masculina como estructuradora de las relaciones de subordinación, acude a formas de violencia “sin medida” especialmente dentro del hogar (Gago, 2019: 130).

Esta politización de la reproducción de la que habla Gago (2019) se puede observar en el surgimiento de liderazgos femeninos al interior de los movimientos sociales y de resistencia, por caso en las luchas socioambientales contemporáneas (Svampa, 2015).[13] El avance sobre los cuerpos y la repatriarcalización de los territorios que supone el modelo (neo)extractivista se conjuga con el capitalismo financiarizado y la ausencia de políticas que promuevan la justicia social y de géneros, lo cual impacta en la sostenibilidad ecológica. Resulta fundamental subrayar que la desposesión y el despojo (Harvey, 2005; Roux, 2008), que caracterizan la etapa de acumulación actual, son posibles porque los Estados garantizan protección jurídica y militar a los sectores empresarios; aunque seamos testigos de intentos sostenidos por escindir el poder privado del capital del poder público estatal, no podemos olvidar que esta también es una de las contradicciones inherentes al capitalismo (Fraser, 2023).

Todo esto ubica a las mujeres y LGBTIQ+ en la arena pública-política en defensa del sostenimiento y la reproducción de la vida, en todas sus formas. Por tal razón, la economía del cuidado se torna un debate impostergable en el campo de las políticas públicas. Es así como el Estado se ve o debiera verse obligado a gestionar en materia de cuidado, ya que el panorama regional y nacional muestra que la injusticia de la OSC se traduce en injusticia social ambiental y de géneros. Sobre este punto, resultan ilustrativas las palabras de Soledad Fernández Bouzo, quien explica que en América Latina

las pautas patriarcales establecieron históricamente que la responsabilidad por el cuidado de la salud debía recaer sobre las mujeres, y en la medida en que la crisis socio-ecológica se fue agudizando en la región, junto con el deterioro del ambiente, la sobrecarga sobre ellas fue in crescendo de forma concomitante […]. En este contexto crítico, la falta de respuestas en materia de políticas públicas ambientales recae mayormente sobre las mujeres, en la medida en que el trabajo reproductivo que llevan adelante se encuentra aún más recargado y precarizado (2021: 1).

Es decir, como plantea Rodríguez Enríquez (2018), la cuestión del cuidado es importante en materia de derechos y de justicia distributiva, pero también en términos de reconocimiento social (y de participación comunitaria). La inacción estatal en esta área implica no solo una subutilización de la fuerza de trabajo de las mujeres asalariadas, sino que también profundiza las restricciones para superar la pobreza, y, al mismo tiempo, esto incrementa injusticias ambientales.

El principio de la antipobreza –como el de igualdad en el tiempo de ocio y el de reconocimiento del trabajo no remunerado de las mujeres– es un pilar fundamental de la justicia de géneros para Nancy Fraser (2015). Los siete principios[14] que enumera Fraser, en Fortunas del feminismo. Del capitalismo gestionado por el Estado a la crisis neoliberal (2015), suponen, en última instancia, la puesta en funcionamiento de políticas sociales que logren poner en práctica las tres R: reconocimiento, redistribución y representación. Como asevera Rodríguez Enríquez, “remover los obstáculos para una participación plena de las mujeres en la vida laboral es indispensable para mejorar la calidad material de la vida de la población, reducir la pobreza y la exclusión socioeconómica” (2018: 141). Para esto, es preciso que las políticas sociales sean sensibles al género, es decir, que dejen de ser consideradas como sexualmente neutras (Anzorena, 2014) y, sobre todo, que sean interseccionales e interculturales.

Esto cobra sentido frente a una compleja realidad que nos muestra en carne viva los límites que tienen los “pequeños arreglos de política social”.[15] La distribución económica, plasmada por ejemplo en políticas antipobreza basadas en la transferencia monetaria condicionada, es insuficiente porque la crisis no es exclusivamente económica y la justicia social ambiental climática y de géneros como meta requiere respuestas integrales. Como dice Fraser (2015), son necesarias transformaciones estructurales profundas que permitan superar “el sometimiento de la reproducción a la producción que tiene lugar en el capitalismo financiarizado, pero esta vez sin sacrificar ni la emancipación ni la protección social” (p. 111). De este modo, podemos afirmar que es indispensable poner en centro a la cuestión del cuidado a fin de promover la igualdad de género y los derechos de las mujeres y diversidades, ya que la justicia social ambiental y climática no se puede alcanzar sin justicia de géneros.

Comentarios finales

[C]ontra toda visión catastrófica que lleva al escepticismo, tenemos que prepararnos junto a la clase trabajadora, la juventud, las mujeres y los sectores populares en todo el mundo. La degradación ambiental -junto a las crisis económicas y el agravamiento de las penurias sociales de las masas- interpela a considerar cada vez más la lucha de clases y la rebelión de las y los explotados por la supervivencia.

   

Duarte y Benitez-Vieyra en Saito, 2023: 13

En estas pocas páginas, realizamos un sucinto recorrido teórico a fin de exponer y problematizar la cuestión de la injusticia ambiental (y climática) y de géneros en la actualidad, entendiendo que nos hallamos en un momento de crisis en el que está en riesgo la sostenibilidad y reproducción de la vida. A su vez, intentamos mostrar el potencial político que poseen los socialismos contemporáneos, sobre todo en clave feminista. Por esto, insistimos en que tanto el ecosocialismo como los feminismos ambientalistas o ecofeminismos, en sus diferentes versiones, resultan cruciales para sortear las amenazas y los males que nos aquejan –producto de las contradicciones inherentes al modo de producción capitalista– en términos de desigualdades.

En este sentido, creemos que apremia aportar lecturas críticas que nos permitan complejizar los análisis de una coyuntura que a diario desalienta la esperanza de construir y consolidar sociedades más democráticas, igualitarias y justas. Como asevera la mexicana Ana Esther Ceceña (2006), la crisis destructiva del capitalismo debería provocar un proceso de sublevación del pensamiento que motorice oportunidades de organización y luchas que, como dice Fraser, sean capaces de “descubrir el modo de matar de hambre a la bestia y poner fin, de una vez y para siempre, al capitalismo caníbal” (2023: 238).

A lo largo de las distintas secciones del presente escrito, observamos que resulta imposible alcanzar la justicia ambiental (y climática) sin justicia de géneros y que esto no es factible si se aplican políticas departamentalizadas y funcionales a los intereses del sistema económico dominante. Entonces, asumimos que, en este momento de la historia, es indispensable (re)imaginar un nuevo u otro orden –social económico político y de géneros– a partir de posturas transambientales, feministas, antirracistas y anticapitalistas. Por este motivo, colocamos en el centro de la discusión la organización social de los cuidados, pues entendemos que resulta injusta y que nos permite visibilizar las consecuencias que tiene el avance voraz del capitalismo sobre la vida. Frente a esto, no es un capricho remarcar que es indispensable superar cierto sesgo culturalista que, en los últimos años, ha ganado legitimidad en la arena de los movimientos sociales y políticos.

La Argentina actual es un claro ejemplo de los efectos del predominio de discursos y luchas centrados en el reconocimiento que ignoraron durante mucho tiempo la lucha de clases. El desplazamiento que observa Fraser (2008; 2012), desde el afamado giro cultural hasta nuestros días, no ha hecho más que suponer una presunta sinergia entre el reconocimiento de las diferencias con la redistribución, participación mediante. Sin embargo, esto no se corroboró ni se corrobora en la práctica y tampoco se hace tangible en la vida cotidiana de una enorme cantidad de seres humanos que engrosan los llamados “sectores desaventajados” de nuestra sociedad: aquellos que hacen cuadras de fila por un plato de comida en comedores desfinanciados por las políticas de un gobierno que se hace llamar “libertario” (anarcocapitalista); los mismos que padecen en sus cuerpos y territorios las consecuencias del mal desarrollo;[16] quienes detentan una ciudadanía restringida, a pesar de ser “sujetos y sujetas de derecho” ante la ley; los sectores no contados, a los que se les niega la voz en la toma de decisiones.

Entonces, hablar de justicia ambiental (y climática) es hablar de participación política para la efectiva vigencia de derechos, de redistribución de recursos (incluso de los bienes comunes estratégicos, por caso el territorio) y, también, de reconocimiento cultural e identitario (Schlosberg, 2011; Berger, 2012). En palabras de David Schlosberg:

… los [y las] activistas por la justicia ambiental reivindican procedimientos para el diseño de políticas que favorezcan una activa participación comunitaria, que institucionalicen dicha participación, que reconozcan los conocimientos de las comunidades y que se valgan de formatos e intercambios interculturales para facilitar la participación de diversos miembros de las comunidades vulnerables (2011: 31).

Del mismo modo, como hemos dicho antes, la justicia de géneros invita a superar la falsa antítesis reconocimiento-redistribución y a garantizar la paridad participativa en los procesos de toma de decisiones. En este cuadro emergen las políticas de cuidado como una deuda pendiente por parte de los Estados, lo cual quedó arduamente expuesto con el correr de la pandemia. La organización social de los cuidados, en nuestro país y la región latinoamericana en general, es profundamente injusta y requiere de transformaciones estructurales capaces de cuestionar los propios cimientos del modo de producción y la sociedad capitalista y patriarcal. Y, en este camino, como ya mencionamos, los aportes de las ecofeminismos y la economía feminista, como también del ecosocialismo, se tornan inestimables.

El desafío consiste en imaginar un futuro en el que las relaciones humano-humano y humano-naturaleza tengan una nueva posibilidad, un otro metabolismo sociedad-naturaleza. Para ello, se requiere urdir una organización y movilización social y política anticapitalista que se atreva a crear alternativas en las que todas, todes y todos tengan derecho a un salario, a un ambiente sano, a vivir una vida libre de violencias en la que los cuidados se basen en la corresponsabilidad, y que todas, todes y todos participen de la vida social y política comunitaria. Para ello, nos debemos un debate profundo sobre qué democracia y qué Estado buscamos consolidar, pues, como hemos dicho en trabajos previos, la justicia social (ambiental-climática y de géneros) es incompatible con un modelo económico en esencia injusto.

Referencias bibliográficas

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  1. Investigadora adjunta del Conicet en el Instituto Patagónico de Estudios en Humanidades y Ciencias Sociales (IPEHCS); profesora adjunta de Género, Diversidad y Derecho y asistente de docencia de Antropología Cultural en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Universidad Nacional del Comahue. Agradezco a todos/as/es los/as/es integrantes del proyecto PIP (CONICET) “Igualdad, reconocimiento y anti-meritocracia en el socialismo contemporáneo” con quienes tuve la posibilidad de discutir los contenidos del presente capítulo y, especialmente, agradezco los comentarios y las sugerencias de Laura Duimich y María Angélica Ginieis.
  2. Cabe aclarar que, a los fines del presente capítulo, entendemos que el ambiente es “el espacio en el que tienen lugar y se interrelacionan los procesos físicos, biológicos y las actividades humanas. Por esta razón, detenta la trascendente función de garantizar la reproducción de la vida en cualquiera de sus manifestaciones” (Fernández Bouzo y Papuccio de Vidal, 2023: 4).
  3. El término “interseccionalidad” fue acuñado, hacia finales de los años ochenta, por Kimberlé Williams Crenshaw. Sin embargo, diversos estudios y documentos sostienen que ya en la década de 1960-1970 se comenzaba a debatir en torno a esta noción. El origen de este concepto se halla en el pensamiento y la lucha de feministas negras, pues surgió para explicar y entender las experiencias de las mujeres afrodescendientes en Estados Unidos. Para profundizar sobre este tema, se sugiere consultar Busquier, Yáñez Lagos y Parra (2021).
  4. Para profundizar por qué hablamos de justicia de géneros en plural, sugerimos consultar García Gualda (2021).
  5. Para un análisis de la relevancia del tiempo para el modo de producción capitalista, puede consultarse, en este mismo libro, el capítulo de Sebastián Martín.
  6. El derecho a cuidar, ser cuidado y a cuidarse (autocuidado). En palabras de la especialista Laura Pautassi: “Sólo en la medida que se lo incluya como un derecho propio y universal (tanto para quienes deben ser cuidados como para quienes deben o quieren cuidar) se logrará un importante avance tanto en términos de reconocimiento de aquello hasta hoy invisibilizado, como en términos de calidad de vida ciudadana” (2007: 2).
  7. Al respecto, una de las máximas exponentes ecofeministas, Alicia Puleo (2011), sostiene que género, ambiente y modo de producción están íntimamente vinculados y, a la vez, condicionados por el orden de géneros patriarcal. Es por esto por lo que “las prácticas y visiones históricas que hombres y mujeres [y LGBTIQ+] construyen respecto del ambiente difieren y se relacionan con la desigual distribución de trabajo, del poder de gestión y de la propiedad de los bienes naturales y productivos” (Fernández Bouzo y Papuccio de Vidal, 2023: 5).
  8. Es importante marcar que para distintos autores-as, entre los-las que se destaca Nancy Fraser (2008), en la etapa postsocialista –signada por la globalización–, las luchas por el reconocimiento desplazaron a las luchas por redistribución, lo cual dio lugar al predominio de reivindicaciones y políticas centradas en cuestiones simbólicas, identitarias y culturales por sobre las económicas y de clase. Este giro cultural se tradujo en Argentina en políticas multiculturales que perseguían como fin la tolerancia y preservación de la diversidad. Es cierto que estas políticas ayudaron a visibilizar cómo han sido utilizadas las fronteras étnicas y culturales como justificativos de la explotación, pero, también, fortalecieron discursos esencialistas que, de una u otra forma, actuaron como obstáculo para la organización y articulación política de diversos sectores históricamente excluidos. En suma, podemos decir que, a pesar de los avances conseguidos, este tipo de políticas reprodujo y sostuvo relaciones asimétricas de poder.
  9. Para ampliar sobre este tema, se sugiere ver García Gualda (2022).
  10. Ejemplo de ello fueron las mujeres piqueteras y el protagonismo que tuvieron en las ollas populares. Prácticas que vuelven a cobrar actualidad y centralidad en nuestros días.
  11. Los procesos de ajuste estructural que tuvieron lugar en la década de los noventa impactaron sobre el orden de géneros debido, entre otras cosas, a la alta masa de desempleados o subempleados varones y, en consecuencia, a la incorporación de las mujeres al mercado laboral. La creciente feminización del mercado laboral se vio acompañada por una notable feminización de la pobreza. De este modo, se puede observar que en dicho período los hogares con jefaturas femeninas crecieron considerablemente, lo cual se tradujo en un aumento de los hogares indigentes encabezados por mujeres, en la mayoría de los casos por ser las únicas receptoras de ingresos. Cabe señalar que, a comienzos de los años 2000, se calculaba que alrededor de un tercio de los hogares contaban con una jefa mujer y, entre ellas, se observaba una alta proporción de pobres e indigentes (García Gualda, 2017).
  12. La feminización de la pobreza afecta no solo a las mujeres, sino que actúa directamente sobre las unidades económicas de los sectores carenciados, lo que genera diversos impactos negativos en el conjunto de los grupos más empobrecidos; ejemplo de ello es la violencia por razón de géneros (García Gualda, 2017).
  13. Para algunas pensadoras esto se explica, en parte, por la politización de la maternidad y la domesticidad como uno de los rasgos característicos de la historia latinoamericana (Molyneux, 2001). En este sentido, resulta pertinente sugerir trabajos que analizan este tema en relación con los pueblos y las naciones indígenas en Argentina, tales como García Gualda (2016) y Sciortino (2013).
  14. En el libro Fortunas del feminismo. Del capitalismo gestionado por el Estado a la crisis neoliberal (2015), la autora enumera siete principios, a saber: (a) la antipobreza, es decir, la asistencia social con el ánimo de prevenir y erradicar la pobreza; (b) la antiexplotación, a fin de evitar la explotación de los sectores y sujetos no aventajados de la sociedad; (c) la igualdad de renta entre varones y mujeres; (d) la igualdad en el tiempo de ocio, lo cual supone la distribución equitativa de las tareas de cuidado; (e) la igualdad de respeto entre varones y mujeres, lo cual incluye el reconocimiento del trabajo no remunerado de las mujeres y de su condición de personas; (f) la antimarginación, para garantizar la participación activa de las mujeres en la vida social y política; (g) y el principio antiandrocentrista, que implica poner fin al androcentrismo institucionalizado. En síntesis, para Fraser (2015), la erradicación del sexismo requiere políticas redistributivas y políticas de reconocimiento a favor de las mujeres (y diversidades), sin perder de vista la importancia de la participación en la vida democrática.
  15. En este punto, es menester observar cómo los “subsidios” funcionan como garantía estatal para la toma de crédito de poblaciones no asalariadas (Gago, 2018) y así se perpetúa y sostiene el extractivismo financiero de época. Además, muchas veces, estas políticas tienen consecuencias en términos de no reconocimiento o reconocimiento erróneo, es decir, se genera estigmatización y exclusión social. En palabras de Fraser: “… la concesión de ayudas de beneficencia focalizadas, aisladoras y estigmatizadas a las familias encabezadas solo por la madre, no respetan varios de los principios normativos […], que son también esenciales para la justicia de género en el bienestar social” (2015: 145). Estas políticas también reproducen estereotipos de género que excluyen a las mujeres de la escena pública-política y las recluyen al espacio doméstico-privado. Esto, dice Gago, refuerza una “jerarquía de merecimientos con relación a la obligación de las mujeres según sus roles en la familia patriarcal” (2019: 142). Para profundizar en estos temas, se sugiere consultar García Gualda (2021a).
  16. Véase Svampa y Viale (2014).


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