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5 Mirar hacia afuera

Los enclaves urbanos

Está la belleza y están los humillados;

Por difícil que sea la empresa

no quisiera serle infiel

ni a lo segundo ni a la primera.

Camus (1936).

5.1. Surgimiento de las villas de emergencia en Argentina

No es lo mismo vivir en un barrio que vivir en una villa. Las condiciones habitacionales, socio-sanitarias, de acceso a servicios básicos, son diferentes, por lo que el impacto en la vida cotidiana de los sujetos también lo es.

Se puede definir a la villa de emergencia como un fenómeno habitacional urbano que se conoce asimismo bajo el nombre de favela, en Brasil, pueblo joven en Perú, cantegril en Uruguay, callampa en Chile y rancho en Venezuela (Ratier 1985). En Argentina la denominación villa miseria suele asociarse a la novela publicada por primera vez en 1957 denominada Villa miseria también es América del escritor Bernardo Verbitsky.

Según Cravino (2001) las villas miseria o de emergencia son ocupaciones irregulares de tierra urbana vacante con las siguientes características:

a) Producen tramas urbanas muy irregulares. Es decir no tienen manzanas sino laberintos en forma de pasillos, donde por lo general no pueden pasar vehículos;

b) No se crearon de manera planificada y de una sola vez sino que son la suma de prácticas individuales y diferidas en el tiempo;

c) Las viviendas no son homogéneas sino que tienen diferentes grados de precariedad y se utilizan diferentes materiales;

d) Poseen una alta densidad poblacional;

e) Están ubicadas estratégicamente cerca de los centros de producción y consumo;

f) La mayoría de las personas que viven son trabajadores poco calificados o informales. Actualmente los habitantes de las villas muestran la heterogeneidad de la pobreza, albergando a antiguos villeros, nuevos migrantes -del interior y de países limítrofes- y sectores pauperizados;

g) Sus habitantes son estigmatizados por parte de la sociedad, especialmente los jóvenes.

El crecimiento de las villas de emergencia en el país está directamente relacionado a la gran concentración de población en los núcleos urbanos a causa de las migraciones, tanto externas como internas (Girbal y Blacha, 2000). Buenos Aires creció por bruscos estirones, en dos momentos bien marcados de su historia, tal como lo establecen los siguientes datos:

Entre 1880 y 1910, llegaron a la Argentina cuatro millones de europeos, de los cuales el 60% se radicó en Buenos Aires. Entre 1936 y 1947 más de un millón de personas del interior del país se desplazaron hacia las ciudades, empujadas por los desfavorables términos del intercambio económico interno (Girbal y Blacha, 2000 p.12).

A principios del siglo XX, la infraestructura de la ciudad de Buenos Aires no estaba preparada para recibir millones de personas llegadas tanto del interior del país como de ultramar. Desde un punto de vista estructural y demográfico, las villas miseria quizás sean un efecto colateral no calculado por el proyecto de país de la generación del ’80.

El acelerado incremento poblacional de la Ciudad de Buenos Aires generado por la inmigración masiva resultó en una crisis de la vivienda y emergencia sanitaria precipitando la distribución hacia las zonas periféricas de la ciudad en donde aún había tierras a las que los ciudadanos podían acceder (Torrado, 2003). Con el inicio del proceso de sustitución de importaciones a mediados del mismo siglo XX, se produjo el desarrollo de un cinturón industrial en los alrededores del puerto de Buenos Aires y su consecuente demanda de mano de obra, lo cual alentó la migración interna desde zonas rurales a las urbanas (Chakiel, 2004). Las mejoras y el aumento en las vías de acceso y de los sistemas de transporte estimularon el poblamiento de las áreas circundantes mientras que los partidos más cercanos al puerto fueron incrementando su densidad.

La gigantesca granja agrícola-ganadera que abastecía de alimentos al mundo industrializado, concentraba sus riquezas en la zona pampeana, sobre todo en la Provincia de Buenos Aires y en la Capital, centro administrativo del país. Como parte de aquel proyecto agroexportador, se fomentó la europeización de la población argentina mediante la inmigración, que generó una explosión demográfica. Entre 1895 y 1914 el porcentaje de habitantes nacidos en el extranjero fue superior al 25%.

Según la investigación realizada por Cravino (2001) se cree que la primera villa miseria de la ciudad de Buenos Aires fue Villa Esperanza, de 1932, pero se pueden mencionar algunos casos anteriores como antecedentes. A mediados del siglo XIX se instalaron en lo que hoy es Parque Patricios los Mataderos del Sur de la Convalecencia, que son los que le dieron al barrio el antiguo nombre de Corrales Viejos, ya que las calles Catamarca, Boedo, Chiclana y Famatina se habían cercado con postes y en su interior se faenaba ganado vacuno, porcino y ovino. También se llamó Barrio de Las Ranas, por la cantidad de esos batracios que vivían en los numerosos charcos sucios de la zona, y Barrio de Las Latas, porque las casas en que vivían muchos de sus habitantes, desde Cachi hasta Zavaleta eran de latas, chapas, cartones y géneros en desuso (De la Torre, 2008; Vitale, 2009). Es en este mismo lugar donde existió La Quema, un vaciadero municipal donde en carro se arrastraba la basura para ser quemada.

Como sostiene Cravino (2001) ante la necesidad, eran muchos los que acudían a la Quema y revisaban cuidadosamente esa mezcla de excremento y desperdicios para su uso o para obtener alguna ganancia con su venta. A estos antecesores de los cartoneros de hoy se los llamó quemeros o cirujas, una especie de apócope de cirujano, por la puntillosidad con que revisaban la basura.

Las villas de emergencia nacen como resultado del proceso de urbanización alentado por la sustitución de importaciones y el impulso industrializador del primer peronismo. Pobladas, en general, por migrantes internos, la mayoría proveniente de zonas rurales, que buscaban en las fábricas de las ciudades nuevas oportunidades de vida. Como su nombre lo indica, son sitios pensados como lugares transitorios, de emergencia, ya que para un chaqueño, un santiagueño o un correntino, la villa era la puerta de entrada a la ciudad, el lugar de paso al que debía resignarse unos años antes de poder acceder el terreno para edificar una vivienda.

En un país industrializado, que todavía se enorgullecía de la movilidad social ascendente y con un mercado de trabajo aún capaz de absorber a nuevos empleados la villa funcionaba, al menos imaginariamente, como la escala hacia un lugar mejor .

Su ocupación, por lo tanto, no era planificada, sino el resultado de la agregación de decisiones individuales. Como explica Lekerman (2005), se trataba de personas, a lo sumo familias, casi siempre sin experiencia urbana previa, que se iban instalando en las villas al amparo de familiares o conocidos que ya vivían allí. Y como la forma urbana no siempre es resultado de la planificación de los urbanistas inspirados sino el saldo precario de los procesos socioeconómicos, las villas se configuraron en trazas irregulares e intrincadas, en donde el espacio se aprovechaba al máximo: pasillos estrechísimos entre casilla y casilla, construcciones precarias, hacinamiento. El objetivo no era crear un barrio sino encontrar un lugar donde vivir hasta conseguir algo mejor.

En los últimos 30 años, en el marco de una sociedad cada vez más fragmentada, con amplios sectores excluidos de los mercados de trabajo y una polarización social cada vez más marcada, el área metropolitana de Buenos Aires sufrió, al igual que otras grandes ciudades como Córdoba o Rosario, un proceso de dualización, entre un corredor norte rico y un sur pobre (Miranda, 2004).

En este contexto comenzó a surgir, a principios de los ’80, un nuevo fenómeno: los asentamientos, la ocupación organizada de tierras que, tras el fin de la dictadura, se multiplicó rápidamente, en particular en la Capital y el Conurbano Bonaerense (Schettini, 2002, 2008) Los asentamientos son villas que se asumen como permanentes, con todo lo que esto implica en término de imaginarios de sus habitantes, perspectivas de futuro y relación con el Estado. Constituyen, en palabras de Merklen (1997), una nueva forma de producción del hábitat.

Hoy existen en el área metropolitana de CABA y en el Conurbano de la Provincia de Buenos Aires villas y asentamientos que reúnen a más de un millón de personas -aunque podrían ser más debido a las dificultades para llegar a un dato fehaciente-. Según datos del INDEC en 1981, la población que vivía en villas y asentamientos representaba al 4,3 por ciento del total del conurbano, en 1991 al 5,2 por ciento, en 2001 al 6,8 y en 2006 ya llegaba al 10. El aumento es enorme si se tiene en cuenta que, entre 1981 y 2006, la población del conurbano se incrementó 35 por ciento, mientras que la que vive en tierras informales aumentó 220 por ciento. Los datos tomados por el INDEC entre 2001 y 2006, afirman que de cada 100 habitantes nuevos del conurbano, 60 se ubicaron en tierras informalmente ocupadas. Como es lógico, las villas prevalecen en la Capital y el primer cordón, mientras que los asentamientos, en general más nuevos, son más comunes en el segundo (Cravino, 2000; Jauri, 2010)

La villa puede convertirse en una muralla social para los sujetos que viven en ella, al reproducir condiciones de vida, relaciones sociales y experiencias que resultan redundantes y poco enriquecedoras, lo que en condiciones de pobreza adquiere una importancia particular.

La fragmentación interna, el aislamiento con respecto a la sociedad global y el empobrecimiento de la cartera de activos de los hogares, son algunos de los efectos derivados de las características que asuma el espacio público local y que pueden hacer del barrio un pasivo, o para decirlo en términos menos economicistas, una fuente importante de desventajas para sus propios habitantes y para la comunidad en su conjunto (Saravi, 2004 p.36).

Es por eso que en el estudio de las situaciones de vulnerabilidad social, que pueden conducir a la exclusión el análisis del entorno socioespacial donde desarrollan su vida los sujetos es clave.

Según Massey

En la emergente ecología de la desigualdad, los mundos sociales de los pobres y de los ricos divergirán para dar forma a subculturas distintas y opuestas. Entre quienes se hallan en el extremo inferior de la distribución de ingresos, la concentración espacial de la pobreza creará un entorno duro y destructivo, perpetuando así valores, actitudes y comportamientos que son adaptativos dentro de un nicho geográfico de pobreza intensa, pero que son perjudiciales para la sociedad en general y destructivos para los propios pobres (Massey 1996, p. 407).

Entonces, la villa constituye un espacio nuevo cuyo estudio puede iluminar nuevos aspectos asociados con los procesos de vulnerabilidad social. ¿Qué tipo de sociabilidad se desarrolla en estos espacios, cuáles son los efectos sobre las oportunidades de los jóvenes en este caso en particular?

Estas son preguntas que intentaré abordar en los próximos capítulos a través del análisis etnográfico de los jóvenes de la villa de estudio.

5.2. Las villas como formas de segregación residencial

Los estudios sobre segregación residencial de la población y la dimensión espacial como eje analítico son una preocupación de larga data en las ciencias sociales que pueden rastrearse hasta los clásicos trabajos de la Escuela de Chicago. Como señala Ward (2012), en estos modelos clásicos desarrollados por Burgess en la década de los setenta la ciudad tenía un diseño concéntrico, los pobres ocupaban el centro de la ciudad y los hogares en mejores condiciones socioeconómicas se alejaban del centro.

En una clásica definición de segregación, White (1983) señala dos sentidos para este concepto: uno sociológico y otro geográfico. En sentido sociológico la segregación implica la ausencia de interacción social entre los grupos. En sentido geográfico implica la distribución desigual de un grupo en el espacio físico. Como es de suponer esta distinción es analítica y la presencia de un tipo de segregación no excluye la otra y frecuentemente están correlacionadas. A pesar de la gran variedad de definiciones sobre lo que implica la segregación residencial, existe acuerdo en considerar que hay segregación cuando se verifica una sobrerrepresentación de un grupo social determinado en el espacio físico (Massey y Denton, 1992).

La segregación residencial se manifiesta en la proximidad y/o en la aglomeración espacial de familias o sujetos pertenecientes a un mismo grupo social, sea que éste se defina en términos étnicos, etáreos, de preferencias religiosas o socioeconómicas (Sabatini y otros 2001).

Las nuevas fracturas sociales han encontrado en la segregación territorial un atajo hacia la búsqueda de la seguridad que aparentemente proporciona el estar rodeado de gente como nosotros. La segregación espacial aumenta -con componentes tanto sociales como étnicos- afectando de manera redundante la propia realidad de las áreas más deprimidas, y generando divisiones entre aquellos capaces de salir -en la elección de escuela, por ejemplo- y aquellos condenados a quedarse. Se trata de una nueva fractura de clases acentuada por una separación espacial.

En esta investigación las variables étnicas, raciales o religiosas no son consideradas ya que carecen de significación relevante en la conformación de grupos sociales segregados, en la villa de estudio, lo que analicé fue la denominada Segregación Residencial Socioeconómica –SRS-, fenómeno consistente en el agrupamiento espacial de sujetos y/o familias con similares atributos económicos, educativos y culturales (Saravi, 2006).

Siguiendo a Wacquant (2007) existen tres componentes básicos que caracterizan estos espacios de segregación residencial:

  • el desempleo masivo,

  • la relegación de los servicios básicos y

  • la estigmatización creciente en la vida cotidiana y en el discurso público, cada vez más asociada al hecho de vivir en barrios degradados y degradantes.

Este tercer componente resulta fundamental para este estudio dado que refiere específicamente a los imaginarios sociales y representaciones sobre los espacios segregados en los que los jóvenes con los que se ha trabajado habitan:

… la marginalidad avanzada tiende a concentrarse en territorios aislados y claramente circunscriptos, cada vez más percibidos, desde afuera y desde adentro, como lugares de perdición… (Wacquant, 2007 p.274).

En nuestro país, no existe un abordaje sistemático que permita revertir esta segregación residencial, sino que en muchas villas los abordajes e intervenciones se realizan por una cuestión de seguridad que el Estado atiende mediante la represión y control policial

Los recortes en los presupuestos federales destinados al desarrollo urbano, la continua reducción de los subsidios a la ayuda social (welfare), la disminución constante de la cobertura médica, las reformas fiscales regresivas, así como la política federal y municipal de ‘estrechamiento planificado’ se combinaron para deshacer el abanico de programas que sostenían a los habitantes del corazón de la metrópolis… El resultado ha sido un deterioro espectacular de los equipamientos públicos que quedaban y una descomposición acelerada del tejido organizacional del gueto (Wacquant, 2007 p.252).

La segregación residencial parece inherente a la vida urbana, pero en la actualidad tiene mayor visibilidad y se puede decir que actúa como mecanismo de reproducción de las desigualdades socioeconómicas, de las cuales ella misma es una manifestación (Saravi, 2012; Wacquant, 2014).

Autores como Kaztman (2001) y Dubet (2002) han señalado que el hecho de que los sujetos tengan como contexto cotidiano sólo pobreza y pares de pobres les produce un fenómeno que se podría denominar aislamiento de los pobres y que estrechan sus horizontes de posibilidades, sus contactos y sus probabilidades de exposición a ciertos códigos, mensajes y conductas funcionales a una movilidad social ascendente.

La separación que introduce la segregación residencial se agrava, además, por la reducción de los ámbitos de interacción de los diferentes grupos socioeconómicos, siendo el caso de la segmentación educativa uno de los más sobresalientes y relevantes (CEPAL, 2001).

Algunas investigaciones (Rodriguez, 2002; CEPAL/CELADE 2012; Kaztman, 2002) han establecido conclusiones que dan cuenta de cómo la segregación deteriora la vida comunitaria y la capacidad de acción colectiva, asociándose con la violencia y la desconfianza.

Manuel Castells define la segregación urbana como

La tendencia a la organización del espacio en zonas de fuerte homogeneidad social interna y de fuerte disparidad social entre ellas, entendiéndose esta disparidad no sólo en términos de diferencia, sino de jerarquía (Castells, 1999 p.203).

En esa línea, la estratificación social origina también estratificación espacial, la que se traduce en áreas urbanas ocupadas por grupos sociales semejantes viviendo en entornos morfológicos también semejantes.

Una de las nuevas desventajas de la pobreza estructural, que además le da a este fenómeno un carácter totalmente nuevo, se asocia con las características que adquiere el espacio público en estas comunidades. Como señala Borja (2003, p. 60), la pobreza del espacio público los hace aún más pobres.

En su trabajo, Sabatini, Cáceres y Cerda (2001) mencionan con absoluta claridad dos aspectos vinculados a la segregación residencial: la dimensión subjetiva de la segregación residencial como uno de sus atributos más importantes, y la perversidad de la segregación residencial en las villas como una de sus nuevas características. Al primero de estos aspectos los autores mencionados lo definen como la percepción subjetiva que los pobres tienen de la segregación objetiva -reconocimiento de la ausencia de oportunidades, al sentimiento de no pertenencia, a una intuición de la exclusión-.

El segundo aspecto, que describe la perversidad de la segregación residencial, se vincula a la asociación creciente entre la segregación residencial y los síntomas de desintegración social que para los autores citados incluyen indicadores como la inacción juvenil, la deserción o retraso escolar y los embarazos adolescentes, a los que además podrían agregarse la violencia, las actividades delictivas, la inseguridad y el consumo de drogas y alcohol, entre otras cosas.

El espacio público de la villa constituye el eslabón que asocia la dimensión subjetiva y la dimensión cultural de la segregación, es donde a partir de la dimensión subjetiva, la segregación urbana comienza a adquirir una dimensión cultural (Saravi, 2006).

La vida en la esquina surge como una resultante de la experiencia y la percepción de la exclusión. Los jóvenes construyen en este espacio público privatizado o apropiado un entorno con normas, valores, prácticas y comportamientos que les permite enfrentar o evadir la frustración y exclusión que les ofrece el mundo exterior (Farias, 2010).

Como veremos en el apartado siguiente, en este caso particular, las formas de organización del espacio urbano están ligadas a la segregación en la medida que los grupos sociales no sólo se agruparon en función a la condición de clase sino que además tienen un acceso desigual a los servicios y equipamientos urbanos

5.3. Características del local de investigación

La villa está ubicada en el sudoeste del Conurbano Bonaerense. Según la Municipalidad esas tierras pertenecen a Vialidad Nacional y su cesión a los vecinos es difícil de concretar a corto plazo. El mapa dibuja 36 manzanas asimétricas donde viven alrededor de 8.000 familias.

Los primeros en asentarse dicen que fue por la década del ´60. La población aumentó al mismo ritmo que la desocupación, el cierre de fábricas en la zona y los ajustes económicos en nuestro país y en los vecinos. Todos llegaron en busca de horizontes que jamás alcanzaron y se acomodaron como pudieron. Los que tenían algún familiar en la villa, adosaron alguna pieza o agregaron otras en el techo. Lo que originalmente era un par de ambientes para toda una familia (con diez integrantes promedio) ahora se ensambla en dos pisos, más o menos encuadrados.

Según el censo nacional de la población realizado en el 2010 en ella viven alrededor de 80.000 personas de las cuales aproximadamente el 50% está comprendida en la franja etaria de 13 a 19 años.

Muchos de sus habitantes son cartoneros que se dedican al cirujeo y a la recolección de basura como única alternativa laboral. Descargan lo que juntan y seleccionan la basura antes de ir a venderla diferenciando entre cartón, vidrio, plástico o lata. Algunos tienen un caballo para tirar del carro, pero hasta esto se convirtió en un lujo que es solo para algunos: O come el caballo o comemos nosotros, dicen los que andan a pie. Las casillas se levantan de un día para otro, en forma anárquica, en el espacio que esté libre. Se cuelgan de los cables de luz para alimentar heladeras viejas que apenas enfrían; no tienen cloacas y mucho menos desagües sanitarios.

Esto está vinculado a lo que la CEPAL afirma respecto de que

La mayor parte de las sociedades latinoamericanas y caribeñas sufren una profunda desigualdad social que, a la vez, refleja altos grados de concentración de la propiedad y una marcada heterogeneidad productiva. Las brechas sociales no pueden explicarse sin entender la desigualdad en la calidad y productividad de los puestos de trabajo en y entre los distintos sectores de la actividad económica, la que se proyecta en rendimientos muy desiguales entre los trabajadores, el capital y el trabajo(CEPAL, 2010 p.91).

La villa expresa el círculo vicioso entre la segregación espacial en las ciudades, con altos niveles de marginalidad urbana, y la segregación productiva, con elevados porcentajes de población económicamente activa urbana en segmentos de muy baja productividad. De modo que se generan círculos viciosos no solo de pobreza y bajo crecimiento, sino también de lento aprendizaje y débil cambio estructural.

Hasta hace unos años, en el centro de la la villa se hundía un enorme foso conocido como La Cava. Una olla que ocupaba el 20 % de la superficie, hundida varios metros,  se formó cuando se extrajo la tosca con la que se hizo gran parte de un tramo de la autopista. Para los habitantes que no viven ahí, La Cava era el fondo o allá abajo y no son eufemismos: ahí Vivían cientos de personas en casillas de chapa, a orillas de una depresión inundada por los pozos ciegos y las napas frenáticas. Actualmente fue rellenada por cemento por vecinos que han construidos sus casas sobre ese terreno movedizo. La basura es lacerante. El hedor es lacerante. Las necesidades son lacerantes. En ese lugar de muy difícil acceso, sobre tablones de madera y chapas se juntan y conviven los jóvenes de esta investigación.

Una de las características típicas de los jóvenes y los adultos de la villa es la baja estatura, fenómeno que en su momento fue asociado a una condición natural, sin embargo leyendo a Tilly fue posible encontrar otra explicación dado que este autor sostiene que:

El bienestar y la altura se vinculan mediante el consumo alimentario… un bajo peso al nacer, resultado característico de la enfermedad y la desnutrición de la madre, presagian la exposición del niño a problemas de salud, una disminución de sus expectativas de vida y una menor estatura en la adultez (Tilly, 2000 p.17).

Gran parte de la población joven está ociosa y en muchos casos posee conductas adictivas. De ningún modo se pretende establecer correlaciones mecánicas entre pobreza, adicción y violencia, sino que se considera que es necesario identificar a los sectores y situaciones de mayor vulnerabilidad que predisponen a la violencia, subrayando entre ellas la situación particular de los jóvenes, que como bien señala Rodríguez,

… enfrentan un agudo cuadro de exclusión económica, social, política y cultural, que los mantiene alejados de la dinámica central de nuestras sociedades y los obliga a refugiarse- en muchos casos- en los márgenes de nuestras ciudades y pueblos. (Rodriguez, 2005 p.6).

La ausencia de referentes familiares, la insuficiente contención institucional y el alto índice de deserción escolar son moneda corriente y condicionan -fuertemente- la perspectiva de futuro en los jóvenes.

Por otra parte, la villa tiene una larga historia de lucha para conseguir mejores condiciones de vida y han logrado concretar proyectos comunitarios basados, fundamentalmente, en su capacidad organizativa y movilizadora. Algunos de los integrantes de organizaciones han sido importantes relatores de como surgieron esas instituciones:

La cooperativa nació en 1992 y la necesidad que nos juntó fue la falta de vivienda, pero estaba muy presente el problema de la desocupación, que hoy se agravó. En relación a las 260 viviendas que se construyeron, las obras se iniciaron en junio de 1997 y se terminó en junio de 1998, sin completar el proyecto original. Tenemos 630 socios y una Comisión Directiva de nueve consejeros. (Referente de cooperativa)

Esta comisión se formó allá por el año 1987, en ese momento la necesidad era atender a los chicos de 0 a 5 años, necesidad básica que estaba insatisfecha, entonces, a través del gobierno italiano con UNICEF y la Provincia de Buenos Aires se creó un Programa PRODIBA ( Programa de Desarrollo Integrado Buenos Aires ) . La Provincia, a través del Consejo del Menor y la Familia otorga en los tres jardines juntos 260 becas para las comidas; este dinero administrado por la Comisión de Padres, alcanza para 620 pibes, y además, remedios, calzados, e incluso, se fueron haciendo ampliaciones a los tres edificios de los jardines. Hoy vemos la necesidad en la adolescencia, entonces, ahí nos comprometimos con todas las instituciones para ir trabajando por los jóvenes (Presidente de una organización).

Se formó entre 1984 y 1985 cuando nació de un grupo de vecinos la inquietud de hacer una sociedad de fomento. Se eligió ponerle el nombre de una persona muy querida que había vivido en el barrio y que había sido asesinado por la dictadura militar entre mayo y junio de 1976, según cuentan los que vivían en el barrio cuando se lo llevaron de su casa. Era un sacerdote de la onda del Padre Carlos Mujica, que daba su vida por el barrio, como lo demostró. Fue un hombre ejemplar al que vale la pena recordar. A través de esta organización se presentaron los proyectos de construcción de las salas y los jardines maternales, de la cámara de bombeo de agua de La Cava, del mejoramiento de las calles, y el apoyo a distintas organizaciones del barrio, como la Comisión de Padres que se hizo cargo de la guardería. (Presidente de la Sociedad de Fomento).

La casita nació hace un par de años para responder a la necesidad que tenían los jóvenes que iban al comedor de Cáritas que funciona en el centro comunitario, que daba el almuerzo a las 12 horas. Muchos de ellos llegaban bastante tiempo antes esperando ansiosos la hora del almuerzo. Por eso entre varias madres pensamos en preparar un lugar de recreación, juegos, ver películas, apoyo escolar. Es decir, a la mañana hacen recreación en La Casita, y a la tarde van al comedor del Centro Comunitario. La Cava tiene unas 3000 familias de las cuales 600 tienen entre 6 y 10 hijos. Queríamos que los chicos se sintieran “como en casa”; muchos preferían estar en la calle porque ahí se sentían mejor que en la suya. Atendemos niños de todas las edades y a los adolescentes inmersos en la droga que vagabundean día y noche por las calles, solos, abandonados, en deplorable estado de salud, higiene, y nutrición (Madre fundadora de La Casita).

En diferentes entrevistas realizadas a los adultos de esas instituciones, expresabanlo que ellos entendían eran las principales problemáticas de los jóvenes:

Están sin ninguna expectativa, sin ningún tipo de educación ni nada, sin ningún recurso, solamente Poxiran para matar el hambre.

La droga es la excusa para el diálogo entre amigos, así como en otros grupos sociales puede ser tomar un café. Los pibes suelen decir “yo paro con tal grupo” -esa es su presentación, su identidad-, y no les importa si ese grupo es el que tiene la fama de ser el más violento o el que más roba, a algunos, hasta les da orgullo.

Decimos que hay falta de educación sexual porque cada vez hay más embarazo en adolescentes.

Además del embarazo que es un problema en sí, cómo lo van a educar, cómo lo van a mantener… está el problema del SIDA.

Además para los adultos la falta de trabajo que deja sin oportunidades a los jóvenes es visualizada como la fuente principal de muchos conflictos evitables. Los jóvenes son presionados o forzados a aceptar trabajos insalubres, como el cirujeo, la venta de drogas o de mercadería robada, u otras actividades producto de la vulnerabilidad en la que se encuentran. La posibilidad de inserción laboral es nula por pertenecer a la villa, por no haber finalizado el secundario opor no tener preparación técnico-profesional, entre otras razones propias de la condición juvenil. Destacan asimismo la creciente desintegración familiar y la incapacidad de las instituciones para contener a esta población.

La propia familia desintegrada que prácticamente expulsa el chico a la calle. En la falta de contención yo quiero agregar que no solamente la familia, las instituciones que estamos trabajando con estos chicos nos desbordan las situaciones. Entonces nos desborda a la familia, nos desborda a nosotros que estamos todos los días con ellos, a las instituciones y también a los profesionales y especialistas que están trabajando con ellos. Es más amplia la falta de contención.” (Referente barrial).

Es común ver a los jóvenes en diferentes esquinas, a las que han adoptado como su lugar de socialización y de contención; buscan ser alguien a través de ese grupo donde la droga puede funcionar como un rito de iniciación para ingresar.

Finalmente, muchos señalaron la existencia de violencia dentro de las escuelas.

Todos saben que se producen situaciones agresivas entre los pibes durante el horario escolar, que es difícil contenerlas.

No nos podemos plantear trabajar con el grupo de las bandas organizadas. Es muy difícil acercarse… Yo diría de empezar a salvar a los chicos que están al borde de la delincuencia… los que… los que están con la bolsita… Salvar a los chicos que están en el borde, que no delinquen todavía… que recién están empezando.



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