Aún no hemos llegado al fondo de las cosas pero aunque lo alcanzáramos no seríamos capaces de determinar con certeza que ya le hemos hecho
Bauman (2002).
1. Los comienzos
Hace mucho calor. No hay ni un árbol por esos pasillos que caminamos, hay además mucho olor producto de las aguas estancadas en las zanjas. Unos niños descalzos bañan unos gatitos llenos de sarna en esas aguas. Se divierten, se ríen, se mojan. Yo no puedo dejar de pensar en qué tendrá esa agua. Vamos rumbo a uno de los jardines comunitarios que hay dentro de la villa. Ahí está una reunión conformada por todos los representantes de las distintas organizaciones sociales y religiosas. Están haciendo un diagnóstico participativo de las problemáticas de los jóvenes a atender más urgente. Siempre se pelean, siempre el tema es el paco y lo que está generando en la villa. Paso cerca de un grupo de chicos a los que nunca había visto. Ni se dan cuenta de mi presencia. Están sentados, con la mirada pérdida, serán 7 u 8, pero no hablan entre ellos. No puedo calcularles la edad, ¿15? ¿17? ¿20? Parecen iguales, flacos, veo que uno no tiene zapatillas, quizás ninguno tenga pero no me puedo detener a verlos. Los siento vencidos. Quisiera preguntarles algo. Voy con Norma[1] pero ella pareciera que no los viera. Son como fantasmas. Me gana la angustia. ¿Quiénes son? ¿Qué les pasa? ¿Qué hacen tan temprano un sábado? Porque no nos miran ni nos preguntan algo… como todos los que nos ven. Tengo que preguntarle a Eli. (Nota de campo, octubre de 2001)
El fragmento anterior es una de las primeras notas de campo. Quedó olvidada en un cuaderno, con otras tantas otras notas que se recuperan en esta tesis. Es el año 2001, el país atravesó una crisis política, institucional, económica que marcó la historia futura. El encuentro con esos jóvenes también imprimió en mi historia como persona y como investigadora una marca imborrable.
El proceso comenzó antes. Según la literatura específica a fines de la década del 90, empezó a hacerse visible una problemática que, si bien ya existía, tomó notoriedad a partir de su enunciación en el ámbito académico y político: el incremento de la población juvenil pobre[2]. El aumento de la desigualdad social, la precarización de las condiciones de educación y empleo, la marginación de vastos sectores de la población fueron componentes dominantes de ese fin de siglo y del comienzo de éste. En ese contexto, tal como lo señalan el informe de Desarrollo Humano (1996) y el de la CEPAL (1997) los adolescentes y los jóvenes constituyeron una de las principales víctimas de la transformación estructural y de la crisis del mundo del trabajo y del Estado asistencial en todo el mundo y en particular en América latina; Salvia (2000) los denominó la generación perdida. Actualmente según el informe de la OIT (2018) la pobreza en el estrato juvenil, alcanza casi el 51% en nuestro país.
Finalizando mi carrera de grado, como trabajadora social, no fui ajena a esta preocupación y comencé a realizar una pasantía en una Organización no gubernamental que tenía como objetivo favorecer los procesos de inclusión social de los adolescentes con menores oportunidades intentando acrecentar la visibilidad local de esta problemática. Mi primer trabajo fue en una villa del conurbano y nunca más pude dejarla.
Mis años de investigación responden al intento de llegar al fondo de las cosas. La experiencia de trabajo territorial, con sus urgencias cotidianas no permitía detenerme a responder las preguntas que el trabajo iba generando en mí, especialmente en lo concerniente al impacto que tenían las acciones que realizábamos siendo nosotros los que implementábamos las políticas de Estado.
En el año 2001, con un grupo de jóvenes de la villa hicimos un relevamiento[3], a los habitantes que incluía distintos aspectos vinculados a salud, educación, trabajo, participación, perspectiva de futuro. Si bien no es tema de este libro, considero oportuno marcar que eran un grupo de jóvenes entre 14 y 17 años, muchos de ellos con trayectorias educativas fragmentadas, con dificultades en la oralidad y la lectoescritura, que, sin embargo al cabo de un mes de capacitación encuestaron a los jóvenes, con un sesgo en las encuestas ¡que el mejor cuantitativista envidiaría!
Los datos indicaban que sobre el total de la población joven de 13 a 19 años relevada solo un 24% tenía la primaria completa y del 76% que no la había concluido el 12% ya había abandonado sus estudios. En relación al nivel secundario[4] solo un 5% lo había finalizado y casi el 50% de los jóvenes que estaban en edad de cursarlo lo habían abandonado.
A su vez los datos indicaban que los jóvenes que no estudiaban, pertenecían en su mayoría a hogares cuyos jefes/as se encontraban desocupados.
A pesar de reconocer la posibilidad de trabajar y estudiar al mismo tiempo, sólo un 10% lo hacía. El lugar del estudio se encontraba subordinado al trabajo. El 93% acordaba en que estudiar ayudaba a conseguir trabajo; el 74% opinaba afirmativamente que muchos jóvenes irían a la escuela si se enseñara un oficio y el 85% estaba de acuerdo en que para conseguir el trabajo que les gustaría tener era necesario estudiar. Esto daba cuenta de la importancia que este grupo le daba a la escuela, pero sólo para posicionarse mejor de cara al trabajo, pensando en un futuro inmediato más que a corto plazo.
Por otro lado, los relatos de los jóvenes confirmaban la existencia de hechos de discriminación como una importante problemática. El 66,7% de la población joven encuestada contestó afirmativamente a la pregunta acerca de si se sentían discriminados, y la mayoría de ellos señalaba a los adultos y a la escuela como agentes de esa discriminación.
Otra problemática que preocupaba a los jóvenes era el tema de la participación; participar, era encontrar espacios donde ser y sentirse reconocido. El reclamo de espacios de participación era una demanda concreta por parte de los jóvenes que señalaban en un 68% que participaban poco y nada en las decisiones del barrio. En relación a esto, el 90% de los jóvenes afirmaba que era importante participar pero, contradictoriamente, solo el 10% lo hacía en alguna institución, habitualmente, en comedores comunitarios.
Cuando se les preguntaba a los jóvenes sobre cuáles eran los problemas que más les importaban se referían a dos cuestiones: a) las relacionadas con el barrio y b) aquellas que estaban relacionadas específicamente con su grupo poblacional.
- En relación al barrio, hacían hincapié en aquellas cuestiones que impactaban negativamente en la calidad de vida e impedían la satisfacción de necesidades básicas, tales como los problemas de infraestructura, la pobreza y la desocupación.
- En relación a los jóvenes, aparecían las problemáticas sociales tales como la violencia, la droga, la delincuencia, cuestiones cercanas a su cotidianeidad e identificadas como situaciones de riesgo para la etapa que atravesaban.
Uno de los datos más significativos era que los valores defendidos, como la importancia de la educación o de la formación para el trabajo, en muchos casos contrastaban con la problemática creciente del desempleo, la falta de oportunidades de movilidad social, la pérdida en la calidad de vida y de prestaciones de servicios sociales, a lo que se sumaba, el padecimiento por las situaciones de exclusión que viven los jóvenes.
Lo expresado anteriormente inspiró la tesis de Maestría[5], centrada en el impacto de las políticas de empleo destinadas a los jóvenes. Sin embargo había un grupo de jóvenes que quedaban afuera de esa investigación y cuyas vidas me interpelaban constantemente. Jóvenes que en el decir de Castel (1996) pertenecían a una zona de desafiliación y en el diálogo con ellos podía identificar claramente que esa situación era resultado de trayectorias de desocialización.
Estaban en situaciones límites -teóricamente caracterizadas como situaciones de vulnerabilidad- supe entonces que, mis siguientes investigaciones, debían transitar por ese camino. En la medida que me iba sumergiendo en sus vidas fui quedando atrapada.
El ingreso a un universo minado de sufrimiento y dolor me comprometió aún más con la tarea. Por opción y profesión, el querer entender y explicar el problema de la desigualdad social, es una constante en mis temas de investigación y coincido con Chávez Molina en que la desigualdad es un
Proceso social de implicancias distributivas, que afecta los procesos de intercambio entre las personas…y –además- el patrón de acceso a oportunidades… implican resultados disímiles en la vida de las personas (Chávez Molina 2013, p. 2).
Por lo tanto entender el trayecto personal de una persona o conocer el recorrido intergeneracional a través de la desigualdad me permitió comprender también el carácter heterogéneo de la sociedad argentina.
Esta tesis tiene una historia y por eso quise reflejarla a lo largo de estas páginas, ya que acuerdo con la definición de Juan José Castillo (2003) quien afirma que una trabajadora encarna en sí misma como individuo o como grupo las huellas de los procesos de trabajo, de su historia laboral, de sus formas de vivirla o sufrirla.
Me veo expresada en este tránsito. No se vuelve igual de la villa.
2. Presentación de la investigación
La situación de los jóvenes que describo y analizo en esta tesis no es exclusiva de Argentina. En América Latina y el Caribe hay unos 108 millones de jóvenes entre 15 y 24 años de los cuales un 43% está en condiciones de pobreza[6]. En el año 2010 la Organización Internacional del Trabajo (OIT) constataba en casi todos los países del mundo, la emergencia de una generación sacrificada, la de los jóvenes que intentan entrar en el mercado de trabajo.
Esta investigación no buscó recolectar datos cuantitativos que permitirían caracterizar la situación de los jóvenes, aunque esa tarea este implícita en el estudio, sino fundamentalmente identificar los tipos de relaciones que tienen los jóvenes con las distintas instituciones que atravesaron sus vidas y que derivaron en los procesos que los pusieron a la sombra de la sociedad. Las referencias sobre vulnerabilidad, precarización y desafiliación, ejemplifican diferentes maneras a través de las cuales para estos jóvenes las instituciones sociales han fracasado en asegurar las funciones de sociabilización que brindan a otros sujetos de la misma edad pero en diferentes contextos socioeconómicos.
R me acaba de decir que no se acuerda si fue a la escuela. ¡No se acuerda! Apenas sabe escribir su nombre. Hoy le festejan sus amigos de la esquina el cumpleaños. 15 de Marzo. Le festejan que cumple 19. Pero es una edad imprecisa. Tampoco se acuerda! Ni un hermano, ni un primo, ni un familiar parecen existir en su vida. Hace casi 8 años que está viviendo en la villa, deambulando por distintos pasillos, comiendo de la generosidad ajena (que sobra) y fumando Paco (a veces) también por solidaridad de algún otro.
(Fragmento de una nota de campo. Marzo 2008)
1
Existe en nuestras sociedades una relación evidente entre el trabajo y la integración (Beck, 2004; Busso, 2008; Farias 2010). El lugar que los sujetos ocupan en el conjunto social depende, en primera instancia, del lugar que ocupa en la división del trabajo. En este sentido se puede decir con Yves Barel (2002) el trabajo es el gran integrador. Como señala Cortazzo:
En el mundo moderno, el trabajo asalariado se constituyó en un mecanismo de integración social, ya que es en él donde se construye la sociabilidad, donde el sujeto ve garantizado un lugar en la sociedad y es, especialmente, en el Estado de Bienestar donde, alrededor del trabajo asalariado, se asienta con más fuerza la idea de sociedad integrada (Cortazzo, 2007 p. 149).
Esto no significa que sea el único factor integrador: la familia, las relaciones de vecindad, las permanencias comunitarias, el nivel de escolarización, la participación en actividades asociativas o culturales, constituyen también vínculos de pertenencia social. Pero son generalmente articulados entre ellos. En mi tesis de Maestría esto aparece de manera muy precisa (Farias, 2010).
Tomando como base la relación con el trabajo: ¿qué pasa si estos otros factores tampoco existen? ¿Qué pasa si no existieron generacionalmente? A lo largo de estudios y lecturas realizadas (Wacquant, 2001; Neffa, 2012; Merklen, 2010; Krauskof, 2005; Casal, 2006; Bendit, 2009) he llegado a la conclusión de que cuando la relación con el trabajo falta o se degrada es también la relación con el entorno social en su conjunto la que corre peligro de degradarse. O viceversa.
Los jóvenes que no logran acceder al mercado de trabajo, no sólo quedan desprovistos de los recursos mínimos para garantizar su reproducción material, también quedan por fuera de los circuitos simbólicos estables y reconocidos socialmente (Jacinto, 2008). De manera más general hay una multitud de situaciones sociales en las cuales los individuos se encuentran fragilizados, y en última instancia, inválidos porque las carencias que sufren en el orden laboral repercuten en problemas que afectan profundamente su identidad personal.
Como señala Castel (2010) la vulnerabilidad implica estar a disposición de cualquier riesgo que pudiera suceder en la vida, ya sea desde una enfermedad como también situaciones de pérdidas laborales o familiares. No existe una continuidad estable en los acontecimientos de la vida sino que sistemáticamente algo puede romper la existencia cotidiana. La dependencia del día a día es absoluta. La zona de vulnerabilidad es, por lo tanto, una zona movediza, que puede contraerse o dilatarse dependiendo si los recursos que provienen del trabajo disminuyen o aumentan. Se puede también salir de ella hacia abajo al desconectarse casi completamente de las relaciones de trabajo y sociabilidad. En este punto se encuentran los jóvenes de mi estudio.
Esta investigación estuvo orientada a conocer los procesos de desafiliación y de vulnerabilidad psicosocial (Reguillo Cruz, 2012) de jóvenes entre 18 y 25 años. Los procesos de vulnerabilización social en Argentina -especialmente a partir del 2001- están conformados por un conjunto de estrategias biopolíticas que incluyen precarización económica, laboral, desafiliación, crisis de procesos identificatorios y en particular en los jóvenes la producción de complejos procesos subjetivos (Farias, 2006).
Esto significa que no están incluidos en espacios laborales ni de capacitación en oficios, tampoco circulan por espacios de educación formal, no participan en grupos u organizaciones juveniles o en organizaciones comunitarias y han tenido episodios de conflicto con la ley o bien están en peligro de tenerlos (Boari, 2003). Intento indagar sobre los diferentes mecanismos -sistematizados o espontáneos- de discriminación y estigmatización que atraviesan en su vida cotidiana.
2
Analizo e indago sobre todo acerca de la pobreza y la desigualdad sin procurar una respuesta lineal y sin la ilusión de una respuesta simple o unidimensional acerca de los motivos que llevaron a estos jóvenes a estar en esa situación, sino que es un intento y ejercicio de pensar reflexivo y expresar las tramas de sentido que se encuentran silenciadas por diferentes motivos compartiendo el dolor provocado por un mundo absurdo y cruelmente desigual.
Esta investigación tiene tres bloques de preguntas, que si bien están entrelazadas unas con otras, a fines analíticos y metodológicos se diferencian.
Un primer grupo de preguntas de investigación está orientado a las condiciones materiales y objetivas en dónde se inscriben estos jóvenes, prestando especial atención al contexto social, las redes sociales, los grupos de pares: ¿Cuáles han sido las condiciones sociales, económicas, políticas e institucionales que favorecieron la consolidación de un núcleo de jóvenes pobres sin ningún tipo de cobertura programática, en la Villa, en el período estudiado? ¿Cómo se caracterizan los principales actores que intervienen en este proceso de desafiliación y vulnerabilización? y ¿Qué características adoptan las relaciones entre los jóvenes y los diferentes actores que conviven en un mismo escenario territorial?
La primera hipótesis que sostengo es que los jóvenes que participan de mi estudio han sido sistemáticamente abandonados por todas las instituciones que fueron creadas y diseñadas para darles soporte tanto del ámbito privado -la familia- como del Estado y que reduce al mínimo y dificulta enormemente la esperanza de movilidad ascendente y más específicamente de movilidad hacia afuera de los enclaves de miseria dónde residen.
Aunque en nuestro país en la última década hubieron políticas orientadas especialmente a mejorar la inserción laboral de los jóvenes con una cobertura programática hasta ahora nunca vista[7] no han constituido una respuesta a los problemas de afiliación institucional e inclusión social de los jóvenes con las características antes mencionadas. Este cuadro de situación se ve agravado por el hecho de que estos jóvenes van constituyendo sus experiencias de vida sobre un fondo marcado por el debilitamiento de la protección y/o pertenencia que la familia, la escuela y el trabajo supieron ofrecer en otro tiempo.
Un segundo grupo de preguntas está asociado al padecimiento de tipo subjetivo: ¿Cuáles son las maneras en que se manifiesta el sufrimiento social[8] provocado por la pobreza estructural persistente en estos jóvenes? ¿Cuál es la experiencia[9] de los jóvenes sumergidos en esta situación de pobreza?
El retrato de los jóvenes da cuenta del ritmo, del dolor, de los sueños destruidos, de la ausencia de proyectos individuales y colectivos, esto necesariamente genera nuevas formas de ser y estar en el mundo.
Cómo segunda hipótesis considero que existe una ausencia de vínculos sólidos que los configura como un grupo social cercano a la exclusión y a la desafiliación, lo que torna dramáticamente inciertas sus búsquedas de proyectos de vida y su mirada hacia el futuro. De acuerdo con Szulik y Kuasñosky (1996), las dificultades para insertarse en la sociedad por los canales habituales, parecen colocarlos en un lugar caracterizado por la sospecha de peligro y amenaza social. Sin posibilidad de conseguir un empleo y con un breve tránsito por el sistema educativo se han convertido en un actor social peligroso (Wacquant, 2001).
Por lo tanto un tercer grupo de preguntas vinculadas a las anteriores tiene que ver con los emergentes a partir de estos procesos: ¿Qué nuevas, y anteriores, relaciones de sociabilidad se desarrollan entre estos jóvenes? ¿Qué clase de vínculos establecen entre ellos y los demás? ¿Cuáles son los campos de interacciones en las que se involucran?
Estas preguntas están asociadas a la tercera hipótesis en la cual sostengo que al faltar instituciones formales o encontrarse desreguladas, con el agregado de que las redes sociales están debilitadas, el grado de seguridad de estos jóvenes es muy limitado y nulo lo que hace que aumenten los niveles de vulnerabilidad a la vez que sus condiciones se complejizan.
Como sostiene Auyero
Es muy poca la investigación empírica que desarrolle lo que ha pasado con las villas en la década del ajuste y se centre específicamente en el impacto que la retirada combinada del Estado y del mercado han tenido en estos crecientemente poblados enclaves y en la vida de sus habitantes (Auyero, 2010 p.21).
Hay casi una total ausencia de estudios etnográficos prolongados sobre los pobres estructurales.
3
A partir de ello es que he intentado reconstruir los itinerarios de los jóvenes que, en este caso particular, están marcados por rupturas con respecto al eje de la sociabilidad y al eje del trabajo -en ese orden- y que los llevaron a una situación de aislamiento. Esta situación no se encuentra en términos absolutos ya que nunca hay un vacío social, pero analizo el conjunto de trayectorias problemáticas que han culminado en procesos de desafiliación difíciles de revertir; dado que estos jóvenes están desconectados de la red social; marcados por la pérdida del trabajo y el encierro social (Beck, 2008; Pérez Sosto, 2012; Saravi, 2002).
Para dar respuestas a los interrogantes propuestos realicé un estudio etnográfico, orientado a indagar en un universo finito el conjunto de variables en juego, detectando su grado de relevancia, para luego poder jerarquizarlas, proceder a su análisis con la intención de encontrar categorías válidas para la construcción de un marco conceptual que permita: primero, describir y luego explicar la interacción de dichas variables en el contexto social de investigación.
Este tipo de estudio permite adentrarse en el proceso que media entre las condiciones iniciales de un determinado fenómeno o problema y sus consecuencias. En cierta medida permite abrir la caja negra del fenómeno que se está investigando. Este tipo de estudios es posible porque llevo más de 10 años ininterrumpidos transitando habitualmente por los pasillos de la villa. Me conocen y los conozco.
No pretendo llegar a conclusiones definitivas pero si sopesar cada variable y redefinir las categorías empleadas a los efectos de comprobar las hipótesis y llegar a conclusiones con un importante grado de certeza.
Es preciso tener en cuenta que el contexto de análisis es una realidad actual, donde las variables interactúan permanentemente y mis aproximaciones acerca del significado de cada una de ellas mutan continuamente a través de la lectura que voy realizando.
Por lo tanto la vulnerabilidad, precarización y desafiliación de los jóvenes en las villas no es un hecho estático de los últimos 10 años. Por el contrario, es una realidad en constante fluir. Fluir que se palpó continuamente a lo largo de la investigación.
El actual escenario, en el cual los jóvenes se enfrentan a los desafíos de la vida, se ha visto transformado de manera silenciosa aunque radical, invalidando saberes valiosos pre existentes para ellos y requiriendo una revisión y una puesta a punto exhaustiva de las estrategias vitales para sobrevivir (Salvia, 2015; Tuñón y otros, 2013).
Teniendo en cuenta la naturaleza del fenómeno de estudio se entiende que hay que contemplar todos los hallazgos y juicios como parciales y todas las síntesis como provisionales (Jacinto, 2013).
Cada capítulo se inicia con un breve relato de la vida de los jóvenes. En algunos contados en primera persona, otros reconstruidos a través de relatos fragmentados debido a la dificultad en la oralidad, pero en todos realicé la reconstrucción lo más fiel posible a la traducción (Joutard, 1997).
La etnografía fue concebida como el proceso de documentar lo no-documentado en el momento y la escala de la cotidianeidad social
A pesar de toda la reflexión crítica y los problemas de polisemia, conservo la palabra etnografía. Proviene de la antropología, donde tiene varios sentidos, de los cuales retomo el que se refiere al proceso y al producto de investigaciones antropológicas sobre realidades sociales delimitadas en tiempo y espacio, cuyo fin es la descripción (grafía) de su particularidad (etnos) en el sentido de otredad (Rockwell, 1987 p.1). En este sentido, la etnografía se forma, simultáneamente, como enfoque que se inscribe en reconstruir la lógica implícita en la acción social de los sujetos (la perspectiva del actor); como método (fundado en la imagen del investigador que realiza trabajo de campo en un recorte espacio-temporal); y como texto (un escrito analítico descriptivo destinado a diversos públicos) (Rockwell, 1987). Considerando que en cualquier campo de la vida social se configuran un conjunto de prácticas, relaciones, significaciones diversas y heterogéneas que construyen sujetos particulares al interior de una realidad concreta… (Achilli, 2005 p.22).
3. Organización de este libro
Este libro está organizado en tres partes:
En la primer parte desarrollo algunas características del enfoque teórico y las principales categorías analíticas que sustentan la investigación. En el primer capítulo explicito mi posicionamiento en relación a los conceptos de integración social, vulnerabilidad y desafiliación. En el segundo capítulo describo el local de investigación, en principio identificando el origen de las villas en general en nuestro país para centrarme después en el caso particular.
La segunda parte está destinada al desarrollo de la propuesta metodológica y la estructuré en dos capítulos. El primero, de enfoque metodológico, en el que describo la fundamentación del uso de la metodología cualitativa y la etnografía para este tipo de estudios y, en el segundo, en donde despliego la estrategia de análisis de datos utilizada.
En la tercera parte presento los resultados y la discusión a la luz de las hipótesis planteadas en los objetivos y las preguntas de investigación y a partir de allí, releo los documentos y retomo las entrevistas, revalorizando las palabras y las perspectivas de los actores a la luz de las categorías conceptuales y la teoría.
Por último, presento un capítulo de conclusiones, en el que muestro de manera analítica los hallazgos de la investigación y los aportes de la misma para pensar los procesos de desafiliación y vulnerabilidad en los jóvenes con una mención especial para el trabajo Social.
- Eli es una referentes de una organización.↵
- Según datos del INDEC (1999), en el último semestre de 1999 el 20% de la población nacional se encontraba en la franja entre 15 y 24 años, el 44% de esos jóvenes no asistía a ningún establecimiento educativo, de ellos el 36% no había superado el primario completo y el 21% no estudia ni trabaja. Esta cifra alcanza hoy en día, según el INDEC (2009) al 35% de la población juvenil.↵
- Este relevamiento fue en el marco de un Diagnostico Participativo Local realizado por la Fundación Crear.↵
- En ese momento denominado Polimodal por la Ley Federal de Educación↵
- La Maestría que cursé fue la de Ciencias Sociales del Trabajo en el CEIL-PIETTE de la UBA. La tesis se denominó “Impacto de las políticas de empleo destinada a los jóvenes”. Fue defendida en Agosto de 2010. ↵
- Panorama Social de América Latina. CEPAL, 2017↵
- Ejemplo de esto es el Programa Jóvenes por más y mejor trabajo. Según estimaciones del MTEySS entre junio de 2008 y diciembre de 2012 adhirieron al Programa más de 600.000 jóvenes de entre 18 y 24 años de edad. ↵
- Esta categoría ha tomado relevancia en los últimos años en las Ciencias Sociales, no centrada en el sufrimiento como experiencia individual sino como un “efecto de lugar” (Bourdieu, 1999), entendidas como las experiencias de aflicción activamente creadas y distribuidas por el orden social.↵
- Tomo la noción thompsoniana de experiencia según la cual esta categoría … incluye la respuesta mental y emocional, ya sea de un individuo o de un grupo social, a una pluralidad de acontecimientos relacionados entre sí o a muchas repeticiones del mismo acontecimiento (Thompson, 1978).↵






