Carolina Modenutti
Introducción
Si pensamos en el éros platónico del Banquete, irremediablemente nos representamos esa naturaleza demoníaca, ese ser intermedio (metaxý) entre lo mortal y lo divino (202d10-12), que carece de lo bello y lo bueno y, a su vez, está provisto de recursos para procurárselo,[1] que Diotima enseña a Sócrates en 201d1-204c6.[2] El deseo de éros de lo bello y lo bueno[3] es deseo de algo que él no es y de lo cual está falto (200e4-5), sin que ello implique que su ser sea lo opuesto, lo malo y lo feo, del mismo modo que el deseo de sabiduría, también propio de este éros, no lo hace ser completamente ignorante, sino filósofo (204b4), portador de una ignorancia que le permite saber que no sabe y lo motiva a la búsqueda del saber. La condición intermedia entre lo bello y lo feo, la sabiduría y la ignorancia, el recurso y la carencia otorga a este daímon la capacidad de hacer posible un diálogo entre dioses y hombres (203a3-4), esto es, la capacidad de vincular dos planos que ontológicamente se encuentran separados, el humano, finito e imperfecto, con el divino y eterno, convirtiéndose en un colaborador para que nos volvamos semejantes a los dioses lo más que nos sea posible (Fierro, 2007).[4]
La centralidad de la cualidad de intermedio e intermediario (metaxý) del amor que presentan Sócrates y Diotima, alejado de una idealización romántica de pura felicidad y beneficio para los amantes, así como de la concepción trágica que lo reviste de sufrimiento, locura y violencia, siendo a la vez un estado privilegiado para conectar con lo divino, es posiblemente lo más representativo del pensamiento erótico platónico, aunque no completamente original dentro ni fuera del Banquete. La existencia de éros como fuerza intermediadora (metaxý) es una concepción antigua y extendida en la cultura griega preplatónica, que podemos identificar fundamentalmente en las cosmogonías y cosmologías y que Platón recupera en los discursos previos al de Sócrates como un modo anticipatorio o preparador a esta propuesta.[5]
En el presente capítulo, nos interesa analizar algunos de estos antecedentes del éros mediador en el discurso de Erixímaco, el médico del Banquete, cuya relevancia en el interior de la obra suele ser relegada o más bien subestimada.[6] Según nuestra lectura, Erixímaco presenta tres tesis centrales, asentadas en teorías y posturas conocidas de la filosofía de su tiempo, pero transformadas según sus propios intereses teóricos, las cuales sientan las bases para la configuración del éros mediador de Sócrates/Diotima. Estas tesis son:
- éros es universal y tiene una doble naturaleza,[7] buena y mala, pues está presente en todo lo real. Al manifestarse, acarrea consecuencias positivas o negativas en los diferentes ámbitos en los que interviene;
- la armonía de las tensiones opuestas, objetivo del éros positivo, se alcanza por una modificación parcial de los elementos constitutivos de lo real;
- el éros negativo tiene un carácter natural, mientras que el éros positivo tiene un carácter “artificial” –esto es, inducido, provocado–; de manera que en lo real conviven ambas tendencias, pero, si no hay una intervención externa que las dirija o manipule, los elementos tienden a dejarse llevar por el éros que conduce al exceso y al daño.
Intentaremos precisar a qué se refieren cada una de estas tesis de Erixímaco, analizando casi exclusivamente su discurso en Smp. y haciendo una mínima referencias a las fuentes con las que dialoga, puesto que la extensión e intereses de este escrito no nos permiten ir mucho más allá.
Doble naturaleza y carácter universal de éros
Resulta común encontrar en las cosmologías y cosmogonías de la cultura griega antigua –Hesíodo, los órficos y algunos filósofos naturalistas– a éros como fuerza cósmica primordial que interviene en la formación y producción de lo real a partir de su función mediadora (metaxý) entre lo uno y lo plural, lo indeterminado y lo determinado.[8] En esta misma línea, Erixímaco extiende la presencia de éros al ámbito universal e identifica su presencia en todos los seres y en todos los ámbitos de real (186a4-b3); éros no es una mera pasión humana que propicia las relaciones entre amantes, sino que es una fuerza constitutiva de las cosas y de los seres. La evidencia de este carácter universal parece devenir de una concepción más fundamental de la realidad como existencia y relaciones de elementos opuestos, lo cual, según la argumentación de Erixímaco, es fácilmente comprobable a nivel de la composición física de los cuerpos –formados por elementos contrarios como lo frío y lo caliente, lo seco y lo húmedo, lo amargo y lo dulce (en los humores) (186d9-11)–, pero también en los sonidos –graves y agudos–, en el clima –el calor y el frío, las lluvias y las sequías–, en el ámbito moral –lo correcto y lo reprobable moralmente–, etc.
Ahora bien, además de estas cualidades, la naturaleza de los cuerpos contiene un doble éros (186b6-7) o dos tendencias intrínsecas cada una de las cuales puede diferenciarse según tiendan al equilibrio y armonía entre los opuestos –es el éros bueno, moderado, ordenado (188a5)– o a la desmesura donde uno busca imponerse sobre el otro –es el éros desmesurado, con exceso o malo (186d2)–.[9] Los diferentes aspectos de la realidad (humano, divino, meteorológico, musical, moral, etc.) son el resultado de la vinculación de elementos, valores o componentes opuestos y esa vinculación es propiciada por las tendencias eróticas. Si hay salud, bellas melodías, prosperidad y piedad significa que estamos frente a una primacía del éros positivo que tiende al equilibrio y la armonía; por el contrario, si hay enfermedad, sonidos desentonados, pestes y temporales o impiedad, significa que ha ganado el éros negativo que tiende a la desmesura, esto es, la inclinación de un componente a sobreponerse sobre el otro.[10] Esto revela otro aspecto del carácter universal de éros, el ser necesario. Si lo real se compone de la relación entre contrarios y estas relaciones están dadas por las tendencias eróticas presentes en todo, la existencia de éros, sea el positivo o el negativo, es necesaria e inherente a lo real. En otros términos, si no hubiera éros, tampoco habría composición, sino existencias separadas y opuestas entre sí.
En resumen, Erixímaco parte de una concepción dinámica de lo real como conjunto de opuestos vinculados que forman las entidades (concretas o no) y, en este escenario, éros es una fuerza dual que puede ser positiva o negativa según las relaciones y efectos que produzca. Su poder tiene alcance universal porque atraviesa necesariamente todos los ámbitos de lo real, determinando su ser, y no es circunstancial o contingente como lo puede ser una pasión amorosa.
El éros positivo y la armonía de los opuestos
La existencia de tendencias eróticas que se mueven entre el equilibrio y la desmesura tampoco es una novedad de Platón puesta en boca del médico, aunque sí lo es su versión de la concepción de armonía que nos ayuda a entender cómo funciona y qué pretende el éros positivo.
Un principio extendido de la cultura griega afirma que, cuando hay atracción, esta se da entre los iguales: “lo semejante (tón homoîon) va hacia lo semejante (tón homoîon).”[11] Erixímaco da vuelta este principio y sostiene que la atracción hacia lo otro es atracción hacia lo opuesto, lo que complementa, “lo que es desigual desea y ama cosas desiguales” (186b9-10), pues es evidente que cuando alguien tiene un padecimiento como sed o calor, busca salvarlo con lo opuesto, con agua para hidratarse o algo de aire para refrescarse. Según esta visión, cada aspecto, componente o fuerza que constituye uno de los polos de contrarios de lo real, en cualquiera de sus expresiones, se revela como carencia de su opuesto y, en consecuencia, tendencia a poseer aquello de lo que carece. Su identidad se determina no solo por lo que es en sí, sino también por lo que es en virtud de la existencia de otro, es decir, de lo que carece y desea. Como ya dijimos, estas tendencias pueden ser de armonía, donde uno de los polos busca concordar con su opuesto logrando una proporción entre carencia y exceso, o bien de discordia donde se busca sobrepasar al opuesto y anularlo. Es por esto que la doble naturaleza de éros a la que refiere Erixímaco puede calificarse una como positiva y otra negativa.[12]
Para precisar qué entiende por armonía, Erixímaco evoca el fragmento 51 de Heráclito al cual se encarga de criticar y reformular: “No entienden de qué manera lo diferente concuerda consigo mismo. [Hay] una armonía de tensión opuesta, como en el arco y la lira.” Como representante del movilismo, para Heráclito el kósmos es una unidad dinámica que surge de la relación entre contrarios, cada uno de los cuales, además, tiene la tendencia a excederse o sobreponerse a aquello que no son –a su opuesto–, tendencia que es regulada por el lógos (Cordero, 2014). Aunque el lógos tenga también un carácter “natural”, es una legalidad que adviene ontológicamente después a las cosas y así controla su desmesura (hýbris). En la unidad de las entidades individuales, sean concretas o no, (como el día que se compone de luz y oscuridad, como la lira que se compone de una madera curva y cuerdas tensadas) esa tendencia está controlada, equilibrada y es lo que Heráclito llama la armonía de tensiones opuestas.[13] Así la armonía –la raíz ar- significa “reunir”, “juntar” (Cordero, 2018)– es la unidad de la multiplicidad, de lo diferente, que lo reúne para formar algo único y diferente de lo que son en sí mismos, por supuesto, siempre dentro del mismo ámbito (sonidos, materiales, colores), como sucede con el arco y la lira, compuestos cada uno por lo tenso y lo curvo, pero que funcionan como una unidad.
Para Erixímaco, la máxima heracliteana –vale aclarar, su versión de esta máxima: “lo uno, al diferir (diapherónmenon), concuerda (xymphéresthai) consigo mismo, como la armonía (harmonían) del arco y la lira”[14]– no es clara porque no explica de qué manera lo diferente (diapherónmenon) concuerda (homologéei). Es como si faltara una instancia previa donde se indique si debe producirse algún tipo de modificación en las cualidades de los elementos o en las tensiones que los constituyen que pueda explicar la unión armónica. En palabras de Erixímaco:
La armonía (harmonía) es consonancia (synfonía) y la consonancia es una suerte de concordancia (homología); pero es imposible que se llegue a la concordancia cuando se parte de cosas diferentes (diaferómenon) y mientras estas continúen difiriendo (diaférontai). Lo que difiere y no concuerda es incapaz de formar armonía. (187b4-9)
En este punto, se vuelve evidente la diferencia en la concepción de armonía de cada uno. Según Heráclito, la armonía/unidad es la convivencia de los dos opuestos, es decir, una unidad dinámica que comprende la dualidad. Lo que Erixímaco parece sugerir es que la armonía/unidad requiere un movimiento en el que los opuestos modifiquen parcialmente su identidad para luego lograr la unidad; esto no es sinónimo de un cambio en la identidad de cada elemento, sino que el cambio debe producirse en el modo de relación con su opuesto.[15] De manera que la armonía no es el paso de la oposición a la identidad, sino de la oposición a la proporción, es decir, la medida correcta en la relación entre elementos que en principio eran discordantes (Candiotto, 2013). La vinculación entre las tendencias eróticas opuestas no conlleva la exclusión o represión de una por parte de la otra, sino una suerte de conversión y adecuación de la fuerza negativa (que tiende al exceso) para vincularse con la positiva (que tiende a la armonía). Así como el vino debe mezclarse en proporciones correctas con el agua para no producir la embriaguez, las tendencias negativas deben regularse o dosificarse para no caer en las enfermedades o malos hábitos, pero no anularse necesariamente.
El saber como condición de posibilidad de la armonía
La persistente invocación a las diferentes artes que Erixímaco hace en su discurso, como la medicina, la música, la astronomía y la mántica,[16] alertan al lector de que la armonía, el éxito del éros positivo, no se logra simplemente por un devenir natural, como sugiere la tesis heraclítea del lógos, sino que solo es posible gracias a la intervención de un saber específico, técnico, como los arriba mencionados. Ese conocimiento contempla un aspecto teórico para lograr un diagnóstico preciso y, como hace un buen médico, determinar si el éros es bueno o es malo (186d2), y un aspecto práctico que permita la modificación o intervención para procurar un éros en lugar de otro (186d5). En la medicina como arte de los movimientos eróticos del cuerpo en relación con repleción y evacuación,[17] el médico es quien puede diagnosticar el éros bueno y diferenciarlo del malo (186d1-2), es decir, los deseos que son buenos y saludables para un cuerpo de los que son perniciosos y conducen a la enfermedad. En la música, que es la ciencia (epistéme) de los elementos eróticos relacionados con la armonía y el ritmo (187c5-6), quien tiene formación puede distinguir los diferentes tipos de sonidos y saber cómo formar adecuadamente las melodías (187c-d). Y extiende la misma facultad de distinguir las tendencias eróticas positiva y negativa a la astronomía, ciencia que versa sobre los fenómenos climáticos, el movimiento de los astros y las estaciones del año (188b6-8), la agricultura, la gimnasia y todas las ciencias humanas y divinas como el arte de la adivinación, que es la comunicación entre dioses y seres humanos (188b-c).
En todos estos casos, además de poder distinguir los tipos de éros, las artes deben poder producir cambios en las tendencias de los cuerpos de forma tal que prime el mejor éros y sea posible la salud, el ritmo y la armonía, la prosperidad de la tierra, la piedad, etc. El carácter práctico de la epistéme revela al hombre de ciencia como un buen artífice (demiourgós) que reconoce la presencia y las acciones de los dos amores e interviene para que la tendencia a la armonía –éros positivo– sea la que se imponga sobre la tendencia al exceso –éros negativo– (186d2-8). Erixímaco no deja de reconocer la inherencia de los dos amores en toda la realidad (188a1) y también como tarea del médico, o cualquier otro demiurgo, no negar al éros negativo, sino moderarlo, recetarlo con precaución, para cosechar los placeres de este éros. El médico, o el demiurgo, no sólo es capaz de infundir éros bello-bueno en los cuerpos, sino que para propiciar la salud también puede dosificar y controlar de forma conveniente el éros malo, de manera que se pueda gozar del placer que procura este último sin sufrir sus perjuicios (Reale, 2016).
Erixímaco resalta las virtudes de la moderación de éros en el amplio espectro que remite a la salud, la prosperidad, la buena música, la piedad y también, por supuesto, en el ámbito de las relaciones amorosas. Si bien al principio del discurso sostiene que es bello complacer a los hombres buenos (como al éros bueno) y vergonzoso complacer a los hombres licenciosos (como al éros malo) (186b), no se demora en aclarar que se puede complacer a los hombres que todavía no son moderados para que lleguen a serlo (188d6-7). El éros que se realiza con moderación y justicia es el que conduce a la felicidad en la relación entre los seres humanos y entre estos y los dioses (188d4-11).
A modo de conclusión
El análisis del discurso de Erixímaco nos ha permitido visualizar dos aspectos importantes de éros en su composición y función metaxý, como ser intermedio e intermediario. En primer lugar, las palabras del médico nos interpelan respecto de la concepción de lo real subyacente en la función intermediadora del amor –entre qué y qué es necesario mediar– y, sobre todo, cuál es el resultado de esa mediación si el éros positivo logra su cometido. Lo real es una configuración de cualidades contrarias que adoptan determinada realidad a partir del tipo de relación que logren las tendencias igualmente contrarias existentes en los seres. Lo sano, lo bueno y lo próspero son manifestación de la armonía, esto es, la representación más acabada del éros mediador positivo, mientras que la enfermedad, lo malo y lo destructivo son la manifestación del éros excesivo que debemos procurar moderar. El éros cosmológico de Erixímaco, universal, presente y necesario en todo lo real, se revela como una fuerza imponente, absoluta e insoslayable, responsable de la armonía y equilibrio de lo real, pero que requiere ser controlada y bien administrada para no causar daños.
En segundo lugar, Erixímaco postula la necesidad de un factor externo en el cumplimiento de la función mediadora diferente al sujeto erótico o deseante y a éros mismo, estableciendo que el conocimiento científico (epistéme) –bajo la forma de la medicina, la música o la astronomía– es la condición de posibilidad de la armonía. En este sentido, conceptualmente se allana el camino para que la filosofía se vuelva protagonista en el desarrollo de la erótica correcta o deseable y en el cumplimiento de la función mediadora de éros. Aprender a controlar a éros, que prime el positivo y se dosifique el negativo, no es un acto de voluntad ni una disposición natural, sino la consecuencia de la intervención del saber que permite distinguir las tendencias positivas y deseables de las que no lo son con vistas a la felicidad. Es Sócrates, páginas más adelante en el Banquete, quien se encarga de demostrar que la filosofía es ese saber teórico-práctico por excelencia, condición de posibilidad de un éros positivo y una existencia feliz.
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- La original versión del mito del nacimiento de éros que expone Diotima explica su condición metaxý: como hijo de Pobreza (Penía) y Recurso (Póros), es por descendencia materna pobre, carente y de mal aspecto, pero gracias a su descendencia paterna, siempre está al acecho de lo bello y lo bueno y cuenta con ingeniosos recursos para conseguirlo (203c7-d6).↵
- Para las citas del Banquete en este artículo utilizamos la edición y traducción al español de Ludueña (2015). Asimismo, para el análisis y contrastación de fuentes trabajamos con las ediciones de Mársico (2019), Robin (1958) y Rowe (1998).↵
- En 204d Diotima sustituye el objeto de éros hasta el momento fijado como lo bello (tò kalós) por lo bueno (tò agathón). Nosotros no vamos a detenernos en esta distinción ya que esta discusión escapa a los límites de nuestro trabajo. Para la relación entre tò kalós y tò agathón en este punto, puede consultarse Jaeger (1944), Rowe (1998), Strauss (2001).↵
- Esta facultad nominada con el término metaxý implica una utilización diferente del término dentro de los usos regulares dados por Platón en otros diálogos lo cual resulta importante en la medida en que brinda a la condición intermedia el carácter de potencia; “lo nuevo en el significado de metaxý en el Banquete tiene que ver entonces con que éros es impulso hacia, en este caso, la belleza (cuya expresión máxima es la Belleza en sí), vinculando entonces lo humano, asociado a lo perecedero, con un principio absoluto, divino y eterno, siendo así un colaborador esencial para que nos volvamos semejantes al dios lo más que nos sea posible” (Fierro, 2007, p. 254). ↵
- Sobre esta lectura proléptica, ver Kahn (2010), Soares (2009). ↵
- Erixímaco pretende alabar más al arte médica que a éros y sus argumentos se desprenden de la definición de salud y enfermedad basada en los conceptos de armonía y equilibrio del primer filósofo-médico conocido históricamente, Alcmeón, y también del contemporáneo médico Hipócrates y la teoría de los cuatro elementos. Es por esto que su discurso suele subestimarse. Para Reale (2016), representa un hueco porque no puede explicar la naturaleza y función estructural de la armonía. Kierkegaard (2000) sostiene que la disertación de Erixímaco no es más que una fantasía filosófico-naturalista que carece de claridad, primero, porque pasa por alto el momento de necesidad de unidad inmediata, del lazo de unidad que ciñe la duplicidad y, segundo, porque presenta al doble éros como algo meramente externo, una división externa, y no el reflejo de una duplicidad subyacente al amor y proveniente de él. Éros es una mera relación entre opuestos sin contenido. Para Robin (1958), Erixímaco es un espíritu de inferior calidad frente a sus predecesores, sobre todo a Pausanias a quien copia la teoría de los dos amores, que se dedica a generalizaciones superficiales con tal de exaltar su profesión.↵
- Algunos traductores como Mársico (2019), Robin (1958) y Rowe (1998) traducen como “éros doble”. Ludueña (2015) opta por afirmar dos naturalezas de éros. En la lírica Safo es una de las primeras en hacer notar que la presencia de éros conlleva algo más que la alegría de sentirse enamorado: “Éros una vez más afloja mis miembros, me lanza a un remolino dulce-amargo, imposible de resistir, criatura sigilosa” (Frag. 130; también en Hesíodo Teogonía vv. 123 y 911 y Teognis 1.353 y ss.). Las tragedias son ejemplos elocuentes del desequilibrio que puede causar la pasión erótica. Es el caso de Medea, en la tragedia de Eurípides, a quien éros toma por asalto y la lleva a una desmesura tal que es capaz de asesinar hasta a sus propios hijos (Medea vv. 525-530), o de Fedra en Hipólito que, embargada por un deseo de alguna manera incestuoso o, al menos, deshonroso y, por otra parte, no correspondido, es llevada al suicidio y a la bajeza de las falsas acusaciones. Éros es “doloroso” (Eurípides, Hipólito v. 775) y “amargo” (Eurípides, Hipólito v. 227) y hasta una “enfermedad”, un “mal” que no solo daña a su portador, sino a quienes lo rodean, en este caso, Hipólito. ↵
- En la Teogonía de Hesíodo, éros forma parte de las fuerzas cosmogónicas primordiales junto con Abismo y Tierra y funciona como el motor que conduce los procesos de alumbramiento y procreación para que todo llegue a ser o, en otros términos, como mediador entre el no-ser y el ser, lo indiferenciado y determinado, lo que se encuentra en la oscuridad y lo que sale a luz. Cfr. Calame (2002) y Vernant (2001). La cosmogonía órfica (Aristófanes, Las Aves; Fragmentos Órficos) también resalta la función mediadora del éros primordial, pues nacido de un huevo en su forma única y perfecta y conteniendo en sí los principios femenino y masculino, en la generación, media entre lo indiferenciado e ilimitado del estado primigenio y lo diferenciado de la generación de los seres. Cfr. Bernabé (2003), Brisson (1997), Calame (2002), Guthrie (1970). Las cosmologías que se atribuyen a los filósofos presocráticos Parménides y Empédocles son un caso paradigmático de la evidencia de éros como divinidad mítica que cumple una función generadora y ordenadora de la realidad; en ellas éros es la legalidad en la interacción y de la armonía de fuerzas opuestas a partir de una legalidad (Parménides) o es una de las fuerzas, junto con Discordia, que rige el ciclo de composición y disgregación de los elementos primordiales (Empédocles). Cfr. Cordero (2014), Eggers Lan y Juliá (1981), Mondolfo (2004).↵
- Erixímaco habla de Musas, la Urania y la Polimnia, y no de diosas, Afrodita Celeste y Afrodita Vulgar, como Pausanias. Posiblemente la opción de Erixímaco viene a tono con todo su discurso referido a las artes (medicina, música, astronomía y mántica) y por eso evoca las musas inspiradoras de estas y que se vinculan directamente con el éros celestial y el éros vulgar del discurso de Pausanias (187d8-e1).↵
- Así, remitiéndonos a los casos citados por el médico, vemos que en los sonidos hay una tendencia a crear bellas melodías si la combinación es adecuada o, en el caso contrario, sonidos discordantes (187a-b), en las estaciones del año hay prosperidad y salud si equilibran el calor y el frío, las lluvias y las sequías, etc., o de lo contrario aparecen las pestes, granizos y daños y destrucciones (188a-c); por último, en la relación entre seres humanos y dioses, si hay respeto a la ley divina y a los sacrificios de los hombres para con los dioses, se alcanza la piedad y, en cambio, si no hay buena comunicación entre los humanos y las divinidades, hay impiedad (188b-d).↵
- Hay diferentes formulaciones del principio, pero todos apuntan a lo mismo: “como siempre, el dios lleva al semejante hacia su semejante” (Homero, Odisea 17.218); “como dicen los antiguos y los sabios, el semejante de su semejante” (Platón, Gorgias 510b5-6 y Aristóteles, Ética Nicomaquea 1165b).↵
- La idea de que la salud consiste en una adecuada proporción entre los elementos contrarios se encuentra en el médico Alcmeón de Crotona. Al respecto, ver Kirk, Raven y Schofield (1983). En el mismo sentido, la armonía como tendencia positiva de los elementos a vincularse con su opuesto, sin anularlo, para completar su carencia y lograr que los elementos más hostiles se vuelvan amistosos y se amen mutuamente frente a la discordia como tendencia negativa al exceso y a que los contrarios sean enemigos entre sí (186d8-11), remite inevitablemente a la cosmología de Empédocles de unión y separación de los elementos primordiales por acción de philía y neîkos. Para Empédocles, el amor/amistad (philía) y el odio/discordia (neîkos) son las dos fuerzas cósmicas inmanentes que actúan cíclicamente componiendo y descomponiendo lo real a partir de la reunión o separación de los elementos primordiales; en cambio, para Erixímaco, la predominancia del éros bueno/moderado implica un acuerdo entre los contrarios, es decir, una instancia donde la carencia de uno y la completud del otro se encuentran y armonizan, no respondiendo a ciclos cósmicos sino a vínculos inducidos como veremos enseguida en el próximo apartado. Cfr. Candiotto (2013), Parry (2013), Reale (2016).↵
- Heráclito contempla una armonía manifiesta (phanerês) y otra no manifiesta (a̓phanerês) y el lógos es la ley que conduce la armonía. Cfr. Cordero (2018), Hülsz Piccone (2011).↵
- Así la evoca Platón en boca de Erixímaco en 187a7-8 y es una referencia al fragmento de Heráclito B 51 (DK). Otra versión en Sofista 242c. Sobre esta mención, ver Ziolkowski (1999).↵
- Al estilo de la phýsis metaxý de los primeros filósofos naturalista de los que habla Aristóteles. Cfr. Souilhé (1919).↵
- Los traductores e intérpretes concuerdan en que Erixímaco busca hacer un elogio a la medicina más que a éros. Cfr. Ludueña (2015), Robin (1958).↵
- Retoma la del tratado hipocrático De flatibus I.↵






