¿Persiste el vínculo alma-cuerpo tras la muerte?
Jesica Mac Dougall
Introducción
En este trabajo indagaremos sobre el modo en que se vinculan el alma y el cuerpo tanto en esta vida como en la otra, centrándonos especialmente en preguntarnos si existe una continuidad del vínculo alma-cuerpo tras la muerte de este último. Para ello, nos situaremos en los ciclos de transmigración que el alma atraviesa y que Platón desarrolla en el Fedón y en el mito de Er presente en República X[2] para así analizar el modo en que influye allí dicha asociación. Asimismo, ahondaremos en el papel que cumple el alma dentro de esta relación: ¿es ella quien se ocupa de definir el modo en el que se enlaza con el cuerpo?
Alma y cuerpo en el Fedón
Este diálogo explora la naturaleza del alma y el cuerpo, destacando sus características distintivas. Aquí Platón presenta al alma como aquello invisible, que es lo más semejante, pero no idéntico, a las Ideas, es decir, a lo simple, inteligible, divino, indisoluble, uniforme e inmortal, y que se encuentra en el mismo estado respecto de sí mismo. En contraste, el cuerpo se caracteriza como aquello perceptible, que es lo más semejante, aunque no idéntico, a lo irracional, multiforme, mortal, humano y disoluble, que nunca se encuentra en el mismo estado respecto de sí mismo (Phd. 80b).[3] Asimismo, se destaca que tanto el cuerpo como el alma poseen deseos que les son propios y que son contrarios entre sí. Mientras el alma, por naturaleza, busca la verdad y sabiduría por medio del razonamiento para poder vislumbrar las cosas en sí mismas y en su estado puro, el cuerpo, por el contrario, desea satisfacer sus propias necesidades, como el alimento, la bebida, el deseo sexual y la acumulación de riquezas.
Esto genera cierta tensión entre ambos, ya que, cuando el alma está encarnada, el cuerpo la distrae sin cesar de su objetivo y la deja sin tiempo para lo que, para Platón, es lo verdaderamente importante: la filosofía y su constante búsqueda de la verdad. Incluso, cuando ella intenta durante su encarnación alcanzar aquello que anhela, se ve forzada a examinar las cosas no por sí misma, sino por medio del cuerpo, lo que inevitablemente la perturba y marea y la lleva a perderse en lo múltiple y sensible. Por este motivo, el personaje de Sócrates sostiene que el alma sólo alcanzará la sabiduría después de la muerte, porque sólo en ese momento se liberará de las “cadenas” y la “cárcel” del cuerpo[4] y, por lo tanto, se hallará en sí misma y por sí misma, separada y purificada de este. Además, afirma que, mientras esté encarnada, el alma estará más cerca del saber en la medida en que se purifique y evite todo tipo de intercambio posible con el cuerpo[5] (Phd. 65a-67d, 79c).
Sin embargo, a pesar de los numerosos pasajes que señalan que el alma debe intentar distanciarse lo más posible del cuerpo, esta separación no es del todo posible ya que, al encarnarse, el alma se involucra y entremezcla con el cuerpo, adquiriendo así ciertos rasgos corpóreos secundarios[6] que permiten que ambos se vuelvan un revoltijo del cual es difícil separarlos.[7] Esto tiene que ver con el hecho de que, como dice Fierro (2013), el alma es aquello que vivifica al cuerpo y da lugar a que este sienta y pueda desear. Pero, para poder lograrlo, debe haber algún punto en común entre ambos (p. 9).[8] Es por este motivo que el alma encarnada sólo es semejante al plano eidético y no igual a él. Aunque ella en sí misma es inmutable y posee las características mencionadas anteriormente, al encarnar no se encuentra en su estado puro, sino “contaminada” porque está asociada al cuerpo de forma natural: desde el nacimiento del ser humano ambos conviven entre sí.
Por otro lado, a pesar de que el texto podría sugerir que el cuerpo es el culpable de los disturbios que el alma padece al estar encarnada, también señala en distintos momentos que es el alma la que decide estar en dicha situación. En palabras de Platón, “quien más colabora para encadenarlo es el propio encadenado” (Phd. 82e6-83a). Ella activamente se aferra al cuerpo, debido a que se encuentra somatizada y ama a ese cuerpo en el que se encuentra encarnada y al cual vio crecer desde el momento en que comenzó a vivificarlo.[9] Consiguientemente, en tanto posee la capacidad de elegir qué tipo de vida llevar, como dice Fierro (2013), su asociación con el cuerpo no implica que deba ser su prisionera ni que deba estar sometida a sus deseos y apetitos –olvidando de esta forma la situación encarnada en la que se encuentra–, sino que el alma puede volver al cuerpo su instrumento, su signo en su búsqueda de la verdad.[10]
Cada alma decide cómo vivir su propia existencia al elegir de qué modo ligarse al cuerpo en el que habita. Ella puede decidir si seguir somatizándose o, por el contrario, intelectualizarse y de esta forma volverse más afín a su naturaleza racional. Y lo interesante es que de esta decisión no sólo dependerá su presente, sino también su futuro, ya que, dependiendo del tipo de vínculo que tenga con su cuerpo, variará su destino tras la muerte como así también su próxima vida.
La transmigración en Platón
Como veremos, la relación entre el alma y el cuerpo desarrollada anteriormente se ve reflejada en la concepción platónica de la transmigración directamente asociada a la inmortalidad del alma.[11] Esta noción refiere a un proceso cíclico en el que el alma (inmortal) se ve obligada a pasar de un cuerpo (mortal) a otro. Cuando el alma se encarna en un cuerpo, como si hubiera sido sembrada, permanece y crece en él hasta que llega el momento de abandonarlo, tras lo cual pasa un tiempo en el Hades y luego vuelve a la tierra para vivir una nueva existencia encarnada en otro cuerpo. El origen de este proceso está en la caída del alma del mundo supraceleste a la tierra.[12] Las transmigraciones posteriores a dicha caída, entendidas como premios o castigos, van a depender del “grado de sabiduría o ignorancia en que se encuentre sumida cada una de ellas” (Casadesús Bordoy, 2011, p. 292).
La transmigración en el Fedón
En el Fedón se señala que cuando una persona muere hay distintos destinos posibles. En el caso de que el alma se separe del cuerpo pura, sin arrastrar consigo nada de este, por no haberse asociado libremente con él durante la vida y haberse recogido en sí misma para rehuir de él lo más posible, lo cual no es otra cosa que seguir el camino de la filosofía (Phd. 80e), entonces, “parte hacia lo que le es semejante, lo invisible, divino, inmortal y sabio” (Phd. 81a). Y al llegar allí no sólo alcanza la felicidad, sino que deja de vagar sin sentido, se libera de los males humanos y pasa “el resto del tiempo en compañía de dioses” (Phd. 81a).
Por el contrario, si se separa del cuerpo mancillada y sin purificar, por haberse asociado con el cuerpo, por haberlo amado y cuidado (creyendo que solamente existe y es verdadero lo que se puede percibir) y por haber huido de lo que es invisible, lo corpóreo se le vuelve connatural. Entonces, debido a su pesadez y visibilidad, el alma “es arrastrada nuevamente hacia el lugar visible, por temor del [lugar] invisible que es llamado Hades” (Phd. 81c). Así, vaga errante alrededor de los monumentos y tumbas (en las cuales se ha visto vagar sombríos fantasmas de almas[13]) pagando la pena por su anterior manera de vivir, hasta que es aprisionada nuevamente en un cuerpo semejante a lo que ha cultivado en vida (Phd. 81d-e).
Lo interesante de este punto es que el diálogo suma la posibilidad de que al alma no sólo se le vuelvan connaturales aspectos corpóreos durante su encarnación, sino también tras la muerte del cuerpo, en tanto se menciona que el alma puede volverse una especie de espectro. De esta forma se presenta la posibilidad de una continuidad del vínculo alma-cuerpo post-mortem para aquellas personas que no han filosofado y no han purificado su alma.
Asimismo, consecuentemente con el principio presentado en Phd. 81d-e que establece que las almas en su nueva encarnación quedan ligadas a caracteres semejantes a aquellos que han ejercitado durante su vida anterior, el diálogo afirma que los que han cultivado la glotonería, la lascivia y el gusto por la bebida son aprisionados en la especie de los asnos u otros animales semejantes. A su vez, quienes han valorado la injusticia, la tiranía y la rapiña van a parar a la especie de los lobos, halcones y buitres. Y, quienes no han filosofado, pero han practicado virtuosamente la política, con templanza y justicia, seguramente terminen en una especie civilizada y mansa como la de las abejas, avispas u hormigas, para luego volver nuevamente a la especie humana y convertirse en varones mesurados.[14] Sin embargo, a la especie de los dioses no se le permite el acceso a quien ha partido de este mundo sin haber filosofado y sin encontrarse completamente puro (Phd. 81d-82c), pues “esto sólo le es permitido a quien ama el saber” (Phd. 82c). A este premio solamente pueden acceder los filósofos y es por ello que pueden encarar la muerte con confianza y tranquilidad, ya que el mejor de los destinos les espera tras la muerte del cuerpo (Phd. 95c).
Aquí se puede observar la importancia del vínculo entre el alma y el cuerpo incluso al momento de la transmigración, porque no sólo de la decisión del alma dependerá su próxima vida, sino que el cuerpo indicará “como si se tratase de una señal, cuál fue, en su anterior encarnación, la condición moral del alma que ahora encierra” (Casadesús Bordoy, 2011, p. 292).
Con respecto al destino de las almas durante su período entre vidas en el Hades, el Mito escatológico del Fedón (107c-115a) revela que tras la muerte del cuerpo, las almas, conservando su educación y crianza, son guiadas hasta allí por el dáimon[15] que en vida les tocó en suerte. Luego de esto son juzgadas y, según la vida que hayan vivido, absueltas o condenadas al Tártaro. Aquellas almas que han vivido virtuosa y santamente reciben honores por sus buenas acciones, mientras que las que han vivido con moderación deben expiar las injusticias y/o delitos que puedan haber cometido. Sin embargo, las almas que han cometido crímenes y sacrilegios son arrojadas al Tártaro sin poder salir de allí, a diferencia de aquellas que cometieron faltas menores y que tienen la oportunidad de salir si obtienen el perdón de las almas perjudicadas (Phd. 107d-108c, 113d-114b). A su vez, el personaje de Sócrates afirma que a las almas especialmente santas les espera un destino distinto, en tanto son liberadas y llegan a moradas puras en donde se quedan a vivir. Entre ellas, las que han filosofado ya no están obligadas a transmigrar, sino que “viven absolutamente sin cuerpo por todo el tiempo siguiente y llegan a moradas aún más bellas que las anteriores” (Phd. 114c).
La transmigración en el Mito de Er
Ahora bien, es en el mito de Er[16] de República en donde se desarrolla con mayor detalle la transmigración y los distintos destinos posibles para sus nuevas encarnaciones.
En términos generales, el mito describe que, tras la muerte de sus cuerpos, las almas se dirigen hacia el más allá. Allí se encuentran con tres jueces que, posteriormente a emitir su dictamen, las marcan con sus respectivas sentencias. Las almas consideradas injustas reciben la orden de permanecer bajo tierra durante mil años, enfrentando pesares diez veces mayores a cada injusticia cometida. En cambio, las almas que han sido justas, piadosas y han realizado actos generosos reciben una sentencia diferente: se les ordena dirigirse al cielo, donde, según la misma regla, recibirán los premios correspondientes (R. 614c-615b).[17]
Por su parte, las almas que, volviendo del cielo o la tierra, están listas para encarnar se dirigen hacia el lugar en el que se encuentran las hijas de la Necesidad, las Moiras Láquesis, Cloto y Átropo. Allí, un profeta las ordena en fila delante de Láquesis y las llama a elegir sus nuevas vidas aclarando que cada alma es responsable de su propia elección. Tras arrojar azarosamente sobre ellas los turnos en los que les toca elegir, les coloca delante los distintos modos de vida, los cuales son mayor en número que los lotes asignados. Estos incluyen todas las formas de seres vivos y todos los tipos de vida humana, pero no hay categorías de alma ya que cada alma necesariamente se vuelve diferente al elegir una vida distinta (R. 617d-618b). “Esta es la elección más importante tanto en vida como tras la muerte” (R. 618e). En dicha decisión se concentra todo el riesgo para el hombre (R. 618b), ya que el destino elegido es fijado por las Moiras volviéndose así inamovible. Posteriormente, tras beber del río del Abandono para olvidar lo que ha visto, cada alma renace en su nueva existencia y debe afrontar la decisión que ha tomado (R. 620d-621b).
Es por este motivo que el personaje de Sócrates destaca constantemente la importancia de que las almas practiquen la filosofía. Este énfasis se debe a la necesidad de que las almas puedan distinguir entre un modo de vida provechoso y otro perverso, resistir las atracciones de la riqueza y el poder, mantenerse firmes ante los vicios y bienes, y elegir en todo momento el mejor modo de vida posible, es decir, la vida de la virtud, mediante el razonamiento y la observación de la naturaleza del alma.[18] Además, Sócrates subraya la importancia de ocuparse siempre de la justicia mediante la sensatez, ya que sólo así el ser humano puede llegar a ser feliz y liberarse del ciclo de las transmigraciones (R. 618c-e, 621c-d).
Es por esta razón que se nos incita a practicar en vida para la decisión que tendremos que tomar entre vidas. Porque, según el mito, llegado el momento, la mayoría de las almas elegirá “de acuerdo con algún condicionamiento de su vida anterior” (R. 620a).[19] Por ejemplo, de acuerdo al testimonio de Er, debido a su aversión por la raza de las mujeres y su deseo de evitar nacer de una de ellas, el alma de Orfeo optó por la vida de un cisne.[20] De manera similar, cisnes y otros animales musicales eligieron una vida humana, y así sucesivamente.
De esta forma, los animales se orientan hacia los humanos y otros animales, y viceversa; los injustos cambian en salvajes, los justos en los mansos y se producen mezclas de todas las clases (R. 620d).
Alma y cuerpo en el mito de Er
Al igual que en el Fedón, el mito sugiere una fuerte vinculación entre el alma y el cuerpo. Este último, como si fuera una “señal del alma”, parece reflejar la condición moral de la encarnación previa del alma, ya que el cuerpo al que ella se une depende del modo de vida elegido en el Hades, guiado por condicionamientos de su vida anterior. En este proceso, la elección de la próxima encarnación, en conjunto con los condicionamientos que la orientaron, determina la naturaleza de la siguiente existencia.
Asimismo, lo curioso de este relato es que en diversos momentos menciona que las almas poseen espalda (R. 614d), pecho (R. 619c), manos, pies y cabeza (R. 616a), pueden acampar, llorar (R. 614e), ser desolladas y laceradas (R. 616a), beber y dormir (R. 621b), entre otras características. Esto pone de manifiesto la concepción más bien corporeizada del alma que el mito transmite. Como bien afirma Stephen Halliwell (2007), el relato mítico sugiere la representación de las almas como entidades encarnadas espacio-temporalmente.[21] Esto se evidencia en el relato de Er, donde su alma “continúa comportándose completamente como una persona encarnada” (p. 461), “escuchando” y “observando” todo. Er describe de manera bastante vívida cómo todas las almas del mito entran y salen del lugar del juicio, llevan sus veredictos alrededor del cuello, se reúnen en campamentos y hacen uso del lenguaje, entre otras cosas (p. 461).
A su vez, la narración fluctúa entre hablar de almas y de personas, reflejando así la superposición de dos modelos del alma en el mito: “el de un conjunto teóricamente incorpóreo de capacidades para el razonamiento ético, el deseo y la emoción, y el de la identidad autoconsciente de una persona, construida alrededor de la memoria y la continuidad con una historia personal” (Halliwell, 2007, p. 462). Este segundo modelo refiere a que las almas recuerdan las personas que fueron, al menos hasta el punto en que, después de elegir nuevas identidades, beben del río del Abandono (621a-b). Y, en tanto preservan tras la muerte ese recuerdo, también conservan tendencias que implican su conformación múltiple[22] (Divenosa y Mársico, 2016, p. 640 n. 56). En este sentido, si no se han dedicado a la filosofía y se han separado del cuerpo mancilladas y sin purificar, conservan la estructura que poseían durante su encarnación, “en la cual hay deseos irracionales que oscurecen el razonamiento y condicionan la conducta” (Divenosa y Mársico, 2016, p. 640 n. 56). Es decir que, al poseer el recuerdo de su historia personal, preservan las tendencias que poseían anteriormente, como, por ejemplo, la necedad y glotonería (R. 619b), el deseo de grandes honores (R. 620bc), el rencor al género humano (R. 620b), entre otros.
Por lo tanto, a pesar de que tanto los comentarios de Sócrates en el Fedón, como los previos al mito de Er[23] podrían sugerir que el testimonio de Er revelaría finalmente a las almas puras y totalmente desvinculadas del cuerpo por encontrarse en un plano más elevado que el terrestre, este relato nos presenta, después de todo, a almas que aparentemente tienen casi las mismas características que las que se encuentran encarnadas. La razón de esto es que la muerte no libera totalmente al alma del cuerpo, a menos que esta se haya dedicado fervientemente en vida a la práctica de la filosofía. Sólo por ese medio puede el alma liberarse completamente y vivir absolutamente sin cuerpo por todo el tiempo siguiente, habitando la morada más bella y pura de todas[24] (Phd. 114c).
Conclusión
En el Fedón, Platón nos muestra que el ser humano es un “entramado cuerpo-alma” en el que ambos elementos conviven entre sí y se encuentran en una estrecha relación (Fierro, 2013, p. 3). A su vez, nos plantea dos posibilidades: el cuerpo puede convertirse en un obstáculo para el alma y ser como su cárcel o, por el contrario, este puede transformarse en su vehículo de expresión. Quien define el camino a seguir es el alma en tanto es la que posee la capacidad de elegir qué tipo de vida llevar y cómo ligarse con el cuerpo en el que habita. De esta decisión no sólo dependerá su presente, sino también su destino tras la muerte y su próxima encarnación.
Asimismo, Platón destaca en este diálogo y en el mito de Er la importancia del momento de la muerte del cuerpo como una oportunidad para que el alma recupere su “pureza” originaria (perdida al encarnar y entrar en comunidad con el cuerpo), viva absolutamente sin cuerpo y se acerque a aquello que anhela. Sin embargo, esa posibilidad parece reservarse exclusivamente para las almas que, durante su encarnación, se dedicaron a la filosofía, buscaron la purificación, vivieron justamente y minimizaron todo lo posible el contacto con el cuerpo.
Por esta razón, no todas las almas se liberan totalmente del cuerpo con la muerte de este, sino que el vínculo entre ambos parece persistir. Los diálogos sugieren esta continuidad, evidenciando que:
- lo corporal se le puede volver connatural y, en ese caso, vaga errante alrededor de las tumbas hasta que es aprisionada en un nuevo cuerpo (Phd. 81c-e);
- en el Hades, continúa comportándose como una “persona encarnada” (por ejemplo R. 614de, 616a, 619c, 621b);
- puede mantener cierta continuidad con su historia personal y, por lo tanto, preservar las tendencias que poseía anteriormente que implican su conformación múltiple (R. 619b, 620bc) y que condicionan la elección de su próxima vida (R. 619e-620a); y
- por último, que en su próxima encarnación su cuerpo será semejante a lo cultivado en su vida anterior (Phd. 81d-e), es decir, una señal de su anterior condición moral.
En conclusión, a pesar del anhelo expresado por el personaje de Sócrates de lograr la liberación absoluta del cuerpo tras su muerte, este desenlace no se logra en todos los casos. Como se evidencia en el mito de Er y el Fedón, la compleja y estrecha relación entre alma y cuerpo se manifiesta tanto en vida como tras la muerte, influenciando incluso la próxima encarnación. Asimismo, esta conexión adquiere un matiz ético al destacar cómo nuestras elecciones y acciones presentes pueden resonar más allá de la vida actual, modelando la naturaleza misma de nuestras vidas futuras.
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- Este capítulo ofrece una primera aproximación a algunos de los temas desarrollados con mayor exhaustividad en mi tesis de licenciatura en curso, dirigida por la doctora María Angélica Fierro, bajo el título “La transmigración del alma en algunos diálogos platónicos”.↵
- Si bien hay otros diálogos en los cuales se desarrolla la temática platónica de la transmigración de las almas como así también el vínculo alma-cuerpo, por una cuestión de extensión, en este trabajo solamente nos centraremos en los diálogos mencionados.↵
- Si bien las citas del Fedón están tomadas de la traducción de Eggers Lan (2014a), consulté también la traducción de García Gual (2010).↵
- Platón afirma que el alma se encuentra “encadenada y apresada en el cuerpo, forzada a examinar las cosas no por sí misma, sino a través de su encarcelamiento, y revolviéndose en una total ignorancia” (Phd. 82e).↵
- La descripción dada por Platón en el Fedón lleva a creer en muchos casos (generalmente en las interpretaciones platónicas más tradicionales) que hay un dualismo sustancialista entre el cuerpo y el alma, por ejemplo en Reale y Antiseri (1995). De esta forma el cuerpo se concibe como independiente y opuesto al alma y, generalmente, también se lo considera en términos negativos. Sin embargo, hay otras líneas de interpretación que sostienen que el alma y el cuerpo se encuentran fuertemente vinculados y hasta entrelazados entre sí y poseen una visión más positiva del cuerpo, como por ejemplo Cornelli (2016) y Fierro (2013).↵
- Según afirma Cornelli (2016), “Bostock (1986, p. 119, Phd. 79c) los llama los rasgos camaleónicos del alma, que le permiten asumir rasgos corporales para encontrarse con el mundo sensible” (pp. 209-210). Esta somatización del alma (Phd. 81b-c), es descrita por Sócrates “sobre todo para advertir de los peligros de la perversión del alma cuando quiere utilizar el cuerpo para indagar en el mundo sensible” (pp. 213-214).↵
- Tanto el pasaje Phd. 66b-d como el 79c dejan explícito que, cuando el alma se involucra con el cuerpo, este la perturba y genera en ella disturbios, lo cual demuestra que no están separados, sino unidos fuertemente entre sí. Según Cornelli (2016), “esta descripción es sustancialmente diferente de la de un simple aprisionamiento del alma dentro de una envoltura corpórea, lo que no implicaría contaminación en sí misma” (p. 214). Asimismo, Fierro (2013) afirma que “el hombre es un ‘entramado cuerpo-alma’, y el desafío es separarlos a fin de que deje de ser una suerte de amasijo desordenado y el cuerpo se convierta de obstáculo en vehículo de expresión de la actividad inteligente del alma. […] El alma es lo que vivifica al cuerpo mortal y lo que puede otorgarle, en la medida en que no esté esclavizada a él, un sentido trascendente” (p. 3).↵
- “La interrelación del alma con el cuerpo es […] la de ser esencialmente principio de vida. A fin de poder insuflar de vida al cuerpo es necesario que el alma posea algo en su constitución que la capacite para ‘entretejerse’ de algún modo a él. […] El cuerpo y el alma están entremezclados y no separados” (Fierro, 2013, p. 9).↵
- Cornelli (2016) afirma que “este proceso de encarnación del alma en el cuerpo no parece ser el resultado de un aprisionamiento pasivo del alma por el cuerpo. Por el contrario, parece haber aquí un movimiento intencional del alma en el sentido de utilizar el cuerpo para conocer la realidad a través de los sentidos” (p. 214). “Esta vitalidad del alma puede emplearse inteligentemente en la medida en que desarrolle su amor por la sabiduría, esto es, se dedique principalmente a la comprensión de lo en sí, y con ello, de su propia naturaleza. Caso contrario, cuando no despliega su capacidad racional y en cambio, derrocha su vitalidad irreflexivamente en los requerimientos del cuerpo mortal, incrementa con ello su apego a lo somático y olvida su condición de ‘alma encarnada’” (Fierro, 2013, p. 15).↵
- “En otras palabras, el alma que se adueña del cuerpo inscribe deliberadamente en su carne en cada momento el itinerario de su búsqueda de la verdad, y convierte así el sôma en séma –‘signo’– de sí misma, a diferencia de quienes, con un alma olvidada de su propia naturaleza, transitan por este mundo en transcripción mecánica de las demandas somáticas” (Fierro, 2013, p. 16).↵
- Respecto de cómo Platón retoma la tradición anterior (homérica, pitagórica y órfica, entre otras) en los mitos de Fedón y República X, y en su concepción de la transmigración de las almas, véase Bernabé (2011), Hernández Artigas (2015), Kingsley (1995) y Radcliffe (2004, 2014).↵
- La caída de las almas (ley de Adrastea) y el origen de sus sucesivas transmigraciones es descrita en el mito del carro alado del Fedro (246a-249b).↵
- Para más información sobre la concepción clásica del alma como aliento vital que, al momento de la muerte, escapa del cuerpo con el último aliento y se convierte en una “sombra” o “imagen” espectral del ser humano (eídolon), véase Mársico (2018).↵
- En el mito del carro alado del Fedro se desarrolla la jerarquización de las distintas vidas humanas a las que se puede transmigrar (248d-e). Asimismo, como bien señala Casadesús Bordoy (2011, p. 287), en el Timeo (41e-42c) se presenta una continuación de dicha degradación progresiva: mientras que la jerarquización del Fedro llega hasta el tirano en el noveno lugar, en el Timeo se la extiende al mundo animal.↵
- Dodds (1999) identifica tres tipos de demonios en la antigua Grecia, el tercero de los cuales “es el que se liga a un individuo determinado, generalmente desde su nacimiento, y determina, total o parcialmente, su destino” (p. 52).↵
- El mito relata la historia de Er, un soldado de la tribu de Panfilia que tras morir en la guerra volvió a la vida en su pira funeraria e informó lo que su alma había visto y oído en el más allá. Como bien menciona Casadesús Bordoy (2011), en este mito Platón logró ensamblar la transmigración de las almas (en seres humanos y animales) desarrollada en el Fedro y el Timeo, como así también el paso por el Hades, lugar donde son juzgadas y deben elegir su nueva vida (p. 291).↵
- Si bien las citas de República están tomadas de la traducción de Divenosa y Mársico (2016), consulté también la traducción de Eggers Lan (2014b).↵
- Aunque un alma puede contar con antecedentes de perfección moral, existe la posibilidad de perderlos debido a una mala elección. Platón ilustra esta posibilidad con el caso mencionado en 619b-c, donde un alma que proviene del cielo y que había adoptado la perfección por costumbre a lo largo de su vida, pero sin el auxilio de la filosofía, elige una tiranía desmesurada impulsada por la necedad y la glotonería. Esta elección se hace sin un análisis suficiente de sus implicaciones, lo que la lleva a ignorar que su destino incluía actos tan trágicos como consumir a sus propios hijos y enfrentar otras desdichas. De ahí que en 618b se afirme que no existen categorías de almas, implicando que todos comparten igualdad de posibilidades y una capacidad natural para alcanzar los destinos más destacados (Divenosa y Mársico, 2016, p. 637 n. 54).↵
- Esto puede deberse a que, como hemos visto, tras la muerte del cuerpo las almas conservan su educación y crianza (Phd. 107d).↵
- El mito también ilustra la posibilidad de que las almas transmigren entre cuerpos de varones y mujeres. Er observó cómo el alma de Atalanta, una atleta prodigiosa, eligió renacer como un atleta varón con grandes honores, mientras que el alma del artesano Epeo, hijo de Panopeo, pasó a la naturaleza de una mujer habilidosa (R. 620b-c).↵
- “La aceptación literal de este aspecto del mito sería autocontradictoria, ya que colapsaría lo no material en lo material. Sin embargo, la narración parece esforzarse por acentuar la continuidad casi personal de las almas en su trayectoria desde este mundo hasta (y a través de) el más allá” (Halliwell, 2007, p. 459).↵
- Esto refiere al tema de la tripartición del alma desarrollado en República según el cual el alma posee distintas partes (la apetitiva, la impulsiva y la racional) que albergan sus propios deseos y que, por lo tanto, se disputan el poder. Por consiguiente, el modo de vida que lleve una persona dependerá de la parte que gobierne la totalidad del alma. Para más información, véase Bieda (2015).↵
- En R. 611b-612a Platón plantea que, al igual que el dios marino Glauco (que parece más un monstruo a causa del deterioro generado por el paso del tiempo y del mar), el alma se encuentra deteriorada a causa de su contacto con el cuerpo. Sin embargo, esto no quita que si la observamos no desde su estado encarnado, sino desde un plano de pensamiento más elevado, nos encontraremos con su naturaleza pura.↵
- A pesar del continuo énfasis que ambos diálogos realizan acerca de la importancia de practicar la filosofía como seguro para un buen destino tras la muerte, es necesario tener en cuenta una matización proporcionada por el personaje de Sócrates al comentar que “si alguien, cuando llegara a la vida de aquí, filosofara siempre razonablemente y le cayera en suerte un turno de elección que no estuviera entre los últimos, probablemente […] no sólo lograría ser feliz aquí, sino también después allí” (R. 619e). Al respecto, Halliwell (2007) sostiene que, mientras en R. 619b “el profeta sugiere que el entendimiento (ético) […] siempre puede prevalecer sobre las condiciones externas o materiales de una vida (porque ‘la virtud no tiene dueño’, 617e), Sócrates da a entender que incluso la sabiduría filosófica no puede sostenerse independientemente de las circunstancias externas. En el transcurso de su interpretación positiva del significado moral del mito, una sutil nota de reserva se desliza casi inadvertidamente en el tono de voz de Sócrates” (p. 466). Esta es una cuestión importante a tener en cuenta y que no debe ser pasada por alto. No obstante, en este trabajo no podemos ahondar en los motivos por los cuales Sócrates realiza este resguardo.↵






