Traducción del discurso de Aristófanes sobre éros en el Banquete platónico (189d-193d)
María Angélica Fierro, Mariana Andujar
y Milena Lozano Nembrot
Primer acto
De cómo antiguamente los géneros humanos eran tres –masculino, femenino y andrógino–, tenían forma completa y circular, y eran tan fuertes que intentaron atacar a los dioses.
Pero es necesario ante todo que comprendan la naturaleza humana y sus vicisitudes. Pues antiguamente nuestra naturaleza no era precisamente la misma que ahora, sino otra. En primer lugar, tres eran los géneros de los seres humanos, no dos como ahora, masculino y femenino, [189e] sino que además se añadía un tercero que era común a ambos, y cuyo nombre hoy en día subsiste, pero el mismo ha desaparecido. Pues en aquel tiempo el andrógino era uno, tanto en forma como en nombre, al combinar a ambos, lo masculino y lo femenino. En cambio, ahora no existe más que como un nombre que yace en la ignominia. En segundo lugar, la forma de cada ser humano era completa, con la espalda y los costados en círculo, con cuatro brazos y piernas de igual número que las manos, y con dos rostros [190a] sobre el cuello redondo, similares en todos los detalles.
Tenía una sola cabeza para ambos rostros, colocados en direcciones opuestas, cuatro orejas, dos genitales y todas las otras cosas como uno podría conjeturar a partir de esto. No solo avanzaba erguido como ahora hacia cualquiera de las dos direcciones que quisiera, sino que también, cada vez que empezaba a correr rápido, como los acróbatas que dan volteretas en círculo con las piernas estiradas, se movían rápidamente en círculos, apoyándose en sus miembros que entonces eran ocho.
Los géneros eran tres y de esta manera por lo siguiente: [b] por un lado, lo masculino era en el origen descendiente del sol; por otro lado, lo femenino, de la tierra; y, por último, el que participaba de ambos, de la luna, porque esta participa de aquellos dos (del sol y de la tierra). Y por eso, por ser similares a sus progenitores, es que tanto ellos mismos como su modo de caminar eran circulares.
Eran, en consecuencia, tremendos en fuerza y vigor, y tenían ideas arrogantes. Y atentaron contra los dioses. Y lo que dice Homero de Efialtes y Oto se dice de ellos: [c] que intentaron subir al cielo para atacar a los dioses.
Segundo acto
De cómo los tres géneros humanos originales fueron cortados en mitades por los dioses como castigo a su arrogancia y morían abrazados de inanición hasta que les fue posible tener sexo.
Entonces Zeus y los demás dioses empezaron a deliberar sobre qué debían hacer y estaban perplejos. Pues no veían cómo podrían matar y hacer desaparecer al género humano, fulminándolos con un rayo como a los gigantes (pues desaparecerían para ellos los honores y los sacrificios provenientes de los seres humanos), pero tampoco podían permitir que actuaran con insolencia. Entonces, tras meditar arduamente, Zeus dice: “me parece –dijo– que tengo un artificio para que sigan existiendo los humanos y, a su vez, desistan de su desenfreno por haberse vuelto más débiles. [d] Pues, ahora mismo –dijo– cortaré a cada uno de ellos en dos, y, al mismo tiempo, serán, por un lado, más débiles y, por otro, más útiles para nosotros, al haberse vuelto más numerosos; y caminarán erguidos sobre sus dos piernas. Y si me parece que todavía actúan con insolencia y no quieren vivir en paz, otra vez –dijo– de nuevo los cortaré en dos, de modo que caminarán saltando en una pierna.” Tras decir esto iban cortando a los hombres en dos, como los que cortan las serbas [e] para hacer conservas, o como los que cortan los huevos con cabellos. Y a cuantos cortaba, ordenaba a Apolo girar el rostro y la mitad del cuello hacia el corte, para que al verlo el ser humano se volviera más mesurado; y le ordenaba sanar el resto de las heridas. Este giraba el rostro, y juntando la piel desde todos lados sobre el ahora llamado vientre, como bolas que se cierran con un cordón, la ataba, formando una sola boca en el medio de eso que llaman ombligo. Alisaba las arrugas restantes, [191a] que eran muchas, y modelaban los pechos con cierto instrumento, como los zapateros que alisan las arrugas de los cueros alrededor de la horma. Pero dejó unas pocas, las que están alrededor del vientre y del ombligo, para que fueran un recordatorio del antiguo padecimiento.
Entonces, luego de que su naturaleza fuera cortada en dos, cada uno, añorando la mitad de sí mismo, se reunía con ella. Y abrazándose y entrelazándose unos con otros, por desear fundirse en uno, morían de hambre y [b] de inactividad, por no querer hacer nada el uno sin el otro. Y cada vez que alguna de las mitades moría y la otra quedaba, la que quedaba buscaba otra y se entrelazaba con ella, ya se encontrara con la mitad de una mujer completa –lo que ahora precisamente llamamos mujer–, ya con un hombre. Y así perecían.
Zeus, compadeciéndose, encuentra otro recurso y traslada los genitales hacia el frente, pues hasta entonces los tenían por fuera y engendraban y procreaban [c] no el uno en el otro, sino en la tierra como las cigarras. Y, efectivamente, los trasladó hacia el frente y produjo por medio de estos la generación de uno en el otro, a través de lo masculino en lo femenino por el siguiente motivo: por una parte, para que en el abrazo, si un varón se encontraba con una mujer, engendrara y se reprodujera la especie y, por otra parte, para que si un varón se encontraba con un varón, hubiera al menos saciedad en la cópula y reposaran, volvieran a sus tareas y se ocuparan de las demás cosas de la vida.
[d] Así pues, desde entonces, el amor mutuo es connatural a los seres humanos y reunificador de la antigua naturaleza y el que se esfuerza en hacer uno a partir de dos y reparar la naturaleza humana. Por lo tanto, cada uno de nosotros es un símbolo de un ser humano por haber sido cortado, como los lenguados, en dos a partir de uno. De allí que cada uno busca permanentemente el símbolo de sí mismo.
Entones, aquellos entre los varones que son una parte del género combinado, lo que entonces se llamaba andrógino, son amantes de las mujeres, y la mayoría de los adúlteros han surgido de este género; [e] y, a su vez, las mujeres que son amantes de los varones y las adúlteras surgen de este género. Pero aquellas entre las mujeres que son parte de una mujer completa no prestan demasiada atención a los varones, sino que se orientan más bien hacia las mujeres, y las adúlteras lesbianas surgen de este género. Cuantos son una parte de lo masculino persiguen lo masculino, y, mientras más jóvenes, por ser rebanaditas de lo masculino, aman a los varones y disfrutan acostándose y entrelazándose con los varones. [192a] Y estos son los mejores entre los jóvenes y muchachos, por ser los más viriles por naturaleza. Algunos, sin embargo, dicen que son unos desvergonzados, pero se equivocan. Pues no hacen esto por desvergüenza, sino por coraje, virilidad y masculinidad, al apegarse a lo semejante a ellos. Y hay una prueba de gran peso. Pues solo estos varones, cuando alcanzan la madurez, se involucran en la política. Y, cuando llegan a la edad viril, [b] aman a los jóvenes, y, por naturaleza, no prestan atención al matrimonio ni a la procreación de hijos, a no ser que sean forzados por la ley, sino que les bastaría con pasar la vida unos con otros, sin casarse. Así alguien de tal índole se vuelve por completo amante de los jóvenes y afecto a tener amantes, por apegarse siempre a lo del mismo género.
Tercer acto
De cómo cada ser humano puede encontrar su propia mitad y, en caso de estar siempre con ella, tanto en vida como tras la muerte, puede alcanzar así la felicidad.
Por consiguiente, cada vez que se encuentra por azar con la mitad de sí mismo, tanto el amante con los jóvenes como cualquier otro, quedan maravillosamente sobrecogidos por el cariño, [c] la afinidad y el amor, sin querer prácticamente, por así decirlo, separarse el uno del otro ni por un instante.
Y los que pasan toda la vida juntos, estos son los que ni siquiera serían capaces de decir qué desean obtener el uno del otro. Pues a nadie le parecería que eso es la relación sexual, es decir, que es a causa de ello que uno disfruta estar con el otro con tan gran avidez, sino que es manifiesto que el alma de cada uno quiere otra cosa, [d] que no puede expresar, pero que adivina y sugiere veladamente lo que quiere.
Y si Hefesto, con sus instrumentos, presentándose ante ellos acostados ahí mismo, les preguntara: “¿Qué es lo que quieren, humanos, conseguir el uno del otro?” Y si a ellos, perplejos, de nuevo preguntara: “¿Acaso desean esto: tenerse dentro de sí mismos el uno al otro lo más posible, de modo que ni de noche ni de día se aparte el uno del otro? Pues si esto desean, estoy dispuesto a fundirlos y [e] soldarlos en una sola pieza, de modo que, siendo dos, se conviertan en uno y que mientras vivan, al ser uno, ambos vivan juntos y que, cuando mueran, allí de nuevo en el Hades, sean uno en vez de dos, tras haber muerto juntos. Pero vean si aman esto y si les basta si logran esto.”
Sabemos que, tras escuchar estas cosas, ninguno se negaría ni se mostraría queriendo otra cosa, sino que creería simplemente haber escuchado lo que en efecto desde hacía mucho tiempo deseaba: reunirse y fundirse con el amado y volverse uno a partir de dos. Pues esta es la causa: que nuestra antigua naturaleza era esa y que éramos completos. Por consiguiente, para el deseo y [193a] la persecución de la completitud hay un nombre: “amor”. Y antes, como digo, éramos uno, pero ahora, a causa de nuestra injusticia, hemos sido dispersados por el dios, como los arcadios por los lacedemonios.
Existe el temor, por consiguiente, de que, si no fuéramos mesurados con respecto de los dioses, seamos cortados nuevamente, y andemos como los relieves esculpidos en las columnas, serruchados por la nariz, al habernos tornado como dados partidos al medio. Ciertamente por esto es necesario exhortar a todo varón a ser piadoso [b] con los dioses con respecto de todo, para que escapemos de estas cosas y logremos otras, al ser el amor, para nosotros, guía y comandante. Que nadie actúe en su contra (actúa en su contra quien se hace odiar por los dioses), pues al volvernos amigos y reconciliarnos con el dios, descubriremos y nos encontraremos con nuestros propios amados, algo que, hoy en día, pocos hacen.
Y que Erixímaco no suponga, burlándose de mi discurso, que hablo de Pausanias y Agatón, [c] pues quizá ellos realmente son de tal índole y sean ambos varones por naturaleza. Pero yo digo por cierto respecto de todos, varones y mujeres, que nuestro género se volvería feliz de esta forma, si lleváramos a término el amor y cada uno encontrara a su amado, al retornar a su antigua naturaleza. Si esto es lo mejor, es necesario que sea también lo mejor lo más cercano a ello entre las cosas que actualmente existen. Y esto es encontrarse con un amado que por naturaleza e idiosincrasia es para él.
En efecto, si cantáramos himnos al dios responsable de esto, cantaríamos [d] con justicia himnos al amor que en el presente nos brinda muchísimas cosas al conducirnos hacia lo propio; y, si nosotros prometemos ser piadosos con los dioses, promete para el futuro las mayores esperanzas, es decir, tras establecernos en nuestra antigua naturaleza y sanarnos, hacernos dichosos y felices.






