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2 Gadamer y la experiencia hermenéutica

Un giro de actualidad filosófica

I.

Indagamos aquí el aporte del giro ontológico de la hermenéutica filosófica de Hans-Georg Gadamer (1900-2002) para pensar la experiencia de la comprensión -y de la interpretación comprensiva-, y sobre todo para considerar el aporte de este marco teórico al concepto de “experiencia del arte”. Acerca del papel fundamental que tiene en su propuesta ontológica la reivindicación de la experiencia del arte, el autor dice:

Cuando yo empecé a elaborar una hermenéutica filosófica, la propia prehistoria de ésta imponía tomar las ciencias “comprensivas” como punto de partida. Pero añadí a ellas un complemento que hasta ahora no se ha tenido en cuenta. Me refiero a la experiencia del arte. Porque ambos elementos, el arte y las ciencias históricas, son modos de experiencia que implican directamente nuestra propia noción de la existencia[1].

Esta lectura busca considerar si la experiencia hermenéutica tiene vigencia en el pensamiento de la educación o del arte, más precisamente en los dispositivos pedagógicos en los cuales la mediación del arte adviene significativa para comprender el presente, pensar el presente desde y con una conciencia histórica y en otro acontecimiento temporal.

II.

Gadamer y el giro hermenéutico

En el texto principal del corpus de Gadamer, Verdad y Método (1960), se conceptualizan y desarrollan los problemas que en la hermenéutica venían debatiéndose en respuesta a los problemas extrínsecamente planteados en el orden del conocimiento, la ciencia, la experiencia, el lenguaje, el arte (o la experiencia estética, tal como se abordó en la hermenéutica romántica). Siguiendo la descripción de Maurizio Ferraris, la propuesta de Gadamer consta de varios aspectos que producen un giro clave en la teoría de la interpretación: la integración con la tradición filosófica, el “pensar rememorante” (por la reivindicación de los poetas) y la validez de la memoria, el carácter público de lo verdadero[2].

Es este el conjunto nociones que articulan en Verdad y Método mediante todo un andamiaje de conceptos con los cuales la experiencia humana del lenguaje y el arte, como experiencia histórica con la verdad y comprensión cobran relevancia –con diversos desarrollos y debates- en la historia de la hermenéutica.

Hacia un conocimiento como experiencia y comprensión

En Verdad y Método, Gadamer nos sitúa en esta pregunta: ¿qué clase de conocimiento y verdad podemos tener más allá de la ciencia? Para ello, nos sitúa ante dos postulados estrictamente hermenéuticos: primero, comprender e interpretar textos pertenece a la experiencia humana del mundo; segundo, comprender perspectivas y verdades no es posible con el método científico[3]. Comprender es una experiencia que trasciende la verificación y es extensiva a la experiencia del arte: comprender es una experiencia con la verdad que tiene la forma del filosofar y de hacer preguntas:

la conceptualidad en la que se desarrolla el filosofar nos posee siempre en la misma medida en que nos determina el lenguaje en el que vivimos. Y forma parte de un pensamiento honesto el hacerse consciente de estos condicionamientos previos. Se trata de una nueva conciencia crítica que desde entonces debe acompañar a todo filosofar responsable, y que coloca a los hábitos de lenguaje y pensamiento, que cristalizan en el individuo a través de su comunicación con el entorno, ante el foro de la tradición histórica a la que todos pertenecemos comunitariamente[4].

Uno de los modos de la comprensión será la interpretación de textos[5]. ¿En qué sentido o cómo define Gadamer a la hermenéutica, ese histórico arte de la interpretación? Son constitutivos de la interpretación el círculo hermenéutico y los prejuicios. Ante la autocomprensión histórica de la hermenéutica en tanto “preceptiva” (como arte de interpretación de textos), con Heidegger y el concepto de “círculo hermenéutico” aparece la estructura de la experiencia hermenéutica. Quien interpreta un texto se encuentra determinado ya inicialmente y realiza asimismo un proyectar: la interpretación parte de conceptos previos que se van adecuando progresivamente por otros en una anticipación de sentido (o “constante reproyectar”)[6].

Esta tarea supone un estado preliminar de apertura, de disposición a la apertura: “el que quiere comprender un texto tiene que estar en principio dispuesto a dejarse decir algo por él. Una conciencia formada hermenéuticamente tiene que mostrarse receptiva desde el principio para la alteridad del texto”[7]. Esta disposición de apertura conlleva una incorporación de los prejuicios y las opiniones previas: ellas van en nuevas anticipaciones, y de nuestra capacidad de asumirlos depende la presentación de la alteridad que el texto traiga al intérprete[8].

El papel de los prejuicios y la tradición en la experiencia hermenéutica

Siendo el prejuicio un “juicio que se forma antes de la convalidación definitiva de todos los momentos que son objetivamente determinantes”[9], los mismos son valorados negativa o positivamente. Sea por precipitación o por autoridad, los prejuicios fueron considerados negativamente desde la Ilustración, la cual supuso una relación negativa para con la tradición, uno de los ejes centrales en la hermenéutica para la reafirmación de la conciencia histórica.

También el mito ha sido valorado negativamente en tanto prejuicio y saber ajeno –o previo- a un conocimiento racional. Sin embargo, la fe en la ciencia es -según Gadamer- aquello que ha venido a sustituir ese prejuicio del mito por este nuevo mito moderno: la ciencia. Siendo éste un intento de superación de todo prejuicio, ambos devienen en prejuicios que se piensan en desmedro de la tradición y no aportan a la experiencia hermenéutica, especialmente por la condición de finitud e historicidad en el que se inscribe la interpretación. De este modo, los prejuicios constituyen la realidad histórica, nos preceden y constituyen al sujeto intérprete y/o lector:

en realidad no es la historia la que nos pertenece, sino que somos nosotros los que pertenecemos a ella. Mucho antes de que nosotros nos comprendamos a nosotros mismos en la reflexión, nos estamos comprendiendo ya de una manera autoevidente en la familia, la sociedad y el estado en que vivimos. La lente de la subjetividad es un espejo deformante. La autorreflexión del individuo no es más que una chispa en la corriente cerrada de la vida histórica. Por eso los prejuicios de un individuo son, mucho más que sus juicios, la realidad histórica de nuestro ser[10].

Gadamer postula la rehabilitación de la tradición, precisamente para considerar la legitimidad de los prejuicios. Así como la Reforma postulaba la mediación entre razón y autoridad bíblica, la autoridad –como la tradición- devino en prejuicio para la Ilustración. La hermenéutica filosófica rehabilita, por ejemplo, la autoridad del educador porque su conocimiento y experiencias están un paso más allá, pues el fundamento de su validez es que permanente puede ser renovada pues es fuente de saber que se repite, se conserva, se transforma y sobre cuyo suelo somos interpelados, pues la tradición -como la autoridad pedagógica- tiene su productividad hermenéutica en la historia que nos atraviesa.

La tradición nos es un reconocimiento y conocimiento imperceptible por el cual el hombre la transforma siendo interpelado por ella. La tradición es, a su vez, aquella “pluralidad de voces en las cuales resuena el pasado”[11]. De allí el valor que Gadamer le asigna en las ciencias humanas y en las ciencias del espíritu, por el peso que ella tiene en la investigación histórica, cual objeto intrínseco a la situación histórica[12].

Por ello, comprender es desplazarse uno mismo hacia un acontecer de la tradición, donde el tiempo pasado y el presente median (y se funden) en el acontecer histórico propio del hecho de comprender. Comprender es una relación circular con la tradición y la situación en la que alguien interpreta un texto, relación dinámica entre el todo y las partes, y de participación en un sentido comunitario. De ello consta el círculo hermenéutico de la comprensión, de la interpretación del doble movimiento entre tradición e intérprete.

Por ello el círculo hermenéutico no es metodológico sino un momento estructural ontológico de la comprensión en el cual el intérprete anticipa el contenido en relación con la cosa o aquello de lo que trata el texto y con ese otro que interpela desde el texto al lector. En este sentido, la distancia en el tiempo entre texto y lector –obra e intérprete- devienen en una posibilidad positiva y productiva del comprender (por lo cual el sentido del texto es, cada vez, diferente). Esta relación en el acto del comprender, entre el objeto y el sentido del acto interpretativo es denominado el “proceso de historia efectual”[13].

Sobre la conciencia efectual y la experiencia

¿Qué es la conciencia de la historia efectual para el hecho de la experiencia hermenéutica? Es, en primer, lugar una conciencia de la situación hermenéutica: se reconoce en una situación a la que pertenece y en la cual sus posibilidades se definen cual “horizontes”, es un saberse situado y un disponerse a lo que hay más allá de lo que hay. La situación hermenéutica consta de reconocer los límites de lo dado y proyectarse más allá de ello. También es conciencia de la historia efectual la comprensión histórica, ello

implica la posibilidad de “ganar horizonte” por cuanto el pasado y el presente se representan al intérprete en una comprensión de sentido, por el cual hay desplazamiento entre lo que hay y lo que quiere proyectarse, cual perspectivas de sentido[14].

Finalmente, la conciencia de la historia efectual tiene la estructura de la experiencia. La experiencia deviene, en Verdad y Método, uno de los conceptos claves para la hermenéutica. Ante todo, y retomando los desarrollos de Aristóteles, para Gadamer la experiencia es el presupuesto para una generalidad en el conocimiento, pero que no responde precisamente al orden del concepto o a la ciencia, sino a la apertura hacia su confirmación continua. Pero esta apertura y confirmación de la experiencia es un acontecer en la singularidad.

La experiencia, a su vez y considerada en la disposición a la apertura, se integra en las expectativas, en una dialéctica que consta de volverse reflexivamente hacia sí misma, no sólo en cuanto al acceso a un saber sino como una práctica de la experiencia vuelta sobre sí misma, sobre la capacidad de pensarse a sí mismo. Este movimiento dialéctico que produce la experiencia permite otra relación entre saber y objeto, modifica a ambos por mediación con la verdad y se refiere siempre a lo nuevo integrado a través de las experiencias precedentes.

También es propio de la experiencia la capacidad de percibir los límites y la finitud humana, la capacidad de conocer lo real en un sentido del presente y de sus posibilidades, que no se reducen a los saberes técnicos ni a la razón planificadora. La experiencia es una experiencia histórica y contiene tradición, lenguaje y apertura:

la experiencia hermenéutica tiene que ver con la tradición. Es ésta la que tiene que acceder a la experiencia. Sin embargo, la tradición no es un simple acontecer que pudiera conocerse y dominarse por la experiencia, sino que es lenguaje, esto es, habla por sí misma como lo hace un tú (…) la comprensión de la tradición no entiende el texto transmitido como la manifestación vital de un tú, sino como un contenido de sentido libre de toda atadura a los que opinan, al yo y al tú (…) la experiencia del tú tiene que ser algo específico por el hecho de que el tú no es un objeto sino que él mismo se comporta respecto a uno[15].

Esta experiencia del tú es lo que hace de la experiencia un conocimiento como medio, como autorreferencia y un conocimiento de la historia efectual, en la capacidad de reconocimiento de los límites de la finitud:

La conciencia histórica tiene noticia de la alteridad del otro y de la alteridad del pasado, igual que la comprensión del tú tiene noticia del carácter personal de éste (…) La conciencia histórica que quiere comprender la tradición no puede abandonarse a la forma metódico-crítica de trabajo con que se acerca a las fuentes, como si ella fuese suficiente para prevenir la contaminación de sus propios juicios y prejuicios. Verdaderamente tiene que pensar también la propia historicidad (…) este conocimiento y reconocimiento es el que constituye la tercera y más elevada manera de experiencia hermenéutica: la apertura a la tradición que posee la conciencia de la historia efectual[16].

La experiencia del arte

En este marco interpretativo, el carácter ontológico del arte como juego se postula así -como superación de la dimensión estética y planteamiento de la cuestión de la verdad para una comprensión de la experiencia hermenéutica-[17]. La experiencia del arte como juego, se conforma de acuerdo con un concepto sin traducción precisa al castellano pero que se define como “transformación en una construcción”[18].

Gadamer precisa el juego del arte como un acontecimiento de actualidad en cuyo movimiento somos “jugados” por la obra, por aquello que viene al encuentro de quien se dispone a su seriedad y mediación: en ese acto puro de “jugar y ser jugado”, la obra se renueva en su constante repetición produciendo a su vez una transformación en el sujeto que es jugado por ella, su intérprete.

De ahí que la palabra poética sea uno de los paradigmas de la experiencia del arte, pues en ella el lenguaje convoca a la lingüisticidad de su morada, pero en una construcción de belleza, singularidad y acontecimiento verdadero, tan verdadero como afecte –y transforme- a quien lee el poema. El sentido del juego del arte es su propia automanifestación, la presentación de un modo de ser que le es propio y que sólo cobra sentido al intérprete como obra en la cual él es partícipe, en tanto la transforma.

Este juego del arte, este acontecer verdadero que se forma permanentemente de modo renovado en cada vez que ocurre al intérprete, consta de una representación que le es propia en su validad y verdad, y logra a su vez un modo de reconocimiento por obra de una mimesis: en la obra se experimenta una verdad por la que uno conoce, se reconoce, y a su vez renueva el legado en el mostrarse del ser de la obra, que cobra sentido al ser interpretada.

La obra de arte, por cuya experiencia devenimos transformados, nos alcanza en su identidad y continuidad y es reconstruida por cada vez en la recreación de la que es acto, en un instante de temporalidad simultánea donde pasado y presente se funden en un devenir del que ningún intérprete es dueño ni puede prever ni predecir de antemano. Tal como acontece en los textos literarios, no hay modo de ser jugado por ellas sin una apertura a un acontecer propio de la obra que excede y atraviesa el hecho mismo de la interpretación, sin agotamiento[19].

III.

Dada la vasta extensión y solidez del aparato teórico de la hermenéutica filosófica, en el marco de lo desarrollado por Gadamer, hemos esbozado aquí los aportes fundamentales de su obra principal para visualizar su perspectiva acerca del giro hermenéutico. Comprensión, interpretación y experiencia, son aquí los ejes con los que se entretejen en su obra una reivindicación de la experiencia estética, una formulación de la experiencia hermenéutica y una ontología para pensar nuestra historicidad, nuestro presente, en una mirada renovada de la tradición, de lo que nos constituye en nuestra temporalidad y de lo que estamos hechos como sujetos de lenguaje e historia.

Desde luego, lo inagotable de esta perspectiva, y los extensos desarrollos gadamerianos sobre el arte, la literatura y la experiencia de comprensión de nuestra actualidad, tienen aún mucho por enunciar, no sólo por su trabajo de actualización del humanismo y rehabilitación del legado filosófico occidental, sino por la capacidad viva de aprender del diálogo, del tú, de cada experiencia, un nuevo ejercicio para pensar nuestra historicidad, cultura y presente.


  1. Gadamer, H. G. “Autopresentación de Hans-Georg Gadamer (1977)” en Verdad y Método 2, Salamanca, Sígueme, 2004.
  2. Ferraris, M. Cap. III “Hermenéutica y ontología” en Historia de la Hermenéutica, Madrid: Akal, 2000, pp. 238-243.
  3. Sobre la tarea de la comprensión y la validez de la interpretación de la filosofía de los griegos como saber de actualidad y de reconocimiento de la propia ignorancia, Gadamer afirma: “El giro hermenéutico se extiende así a la totalidad de la ciencia moderna, dominada por el ideal metodológico. De esta manera se descubre el otro lado de la cultura científica que domina nuestra civilización, apareciendo como cultura de las “humanidades”, que en Alemania se denominan también ciencias del espíritu o de la cultura, al lado de las ciencias naturales, humanidades que abarcan en realidad la totalidad de nuestra conformación humana de la vida. Sirve a una tarea a todos nosotros encomendada: encontrar el justo equilibrio entre el poder del conocimiento dominador y la sabiduría socrática del no saber acerca de lo bueno.” Gadamer, H-G. “Fenomenología, hermenéutica, metafísica (1983)” en El giro hermenéutico, Madrid, Cátedra, 1995, p. 36.
  4. Gadamer, G.-H. Verdad y Método I, Introducción, Salamanca, Sígueme, 2003, p. 27.
  5. Con relación a uno de los modos de la comprensión, la interpretación de textos, Gadamer precisa que “la intención auténtica de la comprensión es ésta: al leer un texto, al querer comprenderlo, siempre esperamos que nos enseñe algo. Una conciencia formada por una actitud auténticamente hermenéutica será receptiva en los orígenes y caracteres enteramente extraños de aquello que le viene de fuera”, Gadamer, H. “Bosquejos de los fundamentos de una hermenéutica”, en El problema de la conciencia histórica, Madrid, Taurus, 2007, p. 104.
  6. Gadamer, H.G. Verdad y Método I. Salamanca, Sígueme, 2003, p. 383.
  7. Ob. cit., p. 335.
  8. De ahí la crítica de Gadamer al historicismo, al considerarlo tan impregnado de Ilustración que comparte sus prejuicios –sobre los prejuicios- con la ciencia moderna.
  9. Gadamer, ob. cit., p. 337.
  10. Ob. cit., p. 344. Cursivas del autor.
  11. Ob. cit., p. 352.
  12. El modelo de lo clásico –como su relación con los conceptos de estilo y canon– por su condición de presente intemporal, es el ejemplo paradigmático con el que la tradición es un elemento clave en la ontología de la experiencia hermenéutica. Dice el autor: “en lo “clásico” culmina un carácter general del ser histórico: el de ser conservación en la ruina del tiempo”, ob. cit., 357.
  13. Ob. cit., p. 370.
  14. Gadamer define la comprensión como una “fusión de horizontes”, donde la tensión entre texto y presente son la tarea de la conciencia efectual, en la cual un proyecto se piensa, se recupera, se transforma en el horizonte del presente.
  15. Ob. cit., p. 434. Cursivas del autor.
  16. Ob. cit., p. 437.
  17. Este concepto se desarrolla en todo el apartado II de la Primera Parte de Verdad y Método I: “La ontología de la obra de arte y su significado hermenéutico”, ob. cit., pp. 143-222.
  18. Ob. cit., p. 154. El término alemán es “gebilde”: traducida en sentidos diferentes como formación consolidada, formar, imagen y figura. En otros textos, Gadamer ha definido este concepto como “transformación de la forma”, como lo hace en Estética y hermenéutica, Madrid, Tecnos, 2006.
  19. Es interesante advertir el valor de la obra de arte y su experiencia con paralelismo a la noción de “texto eminente”, tal como Gadamer abordaba en su hermenéutica de los textos poéticos. “Por texto eminente entendería toda experiencia artística en su sentido más amplio. (…) los textos y las obras de arte se caracterizan porque no es suficiente con tomar simple nota de ellos (…) sino que se ofrecen siempre de nuevo para que se intente agotarlas” (Gadamer: 2007). “Tras las huellas de la hermenéutica”, en El giro lingüístico, Madrid, Cátedra, 1995, p. 114. El autor ha desarrollado esta noción de la obra poética como texto eminente en sus Gesammelte Werke. Hay textos suyos -traducidos al castellano- de abordaje específico de esta noción, como lo son Arte y verdad de la palabra –Barcelona, Paidós, 1998; Poema y diálogo, Barcelona, Gedisa, 1993; Estética y hermenéutica, entre otros.


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