I.
¿Qué inquietudes despierta la lectura de los textos de Richard Rorty, al momento de pensar la filosofía contemporánea? ¿Qué horizonte promueve el giro pragmático en el escenario de la filosofía como problematizadora de lenguaje? En ese sentido, el pensamiento de Rorty, ¿cómo postula el papel de la filosofía frente a los desafíos del presente histórico en una sociedad en un sistema de organización neoliberal? ¿Qué vigencia tienen los postulados hermenéuticos, en la apropiación que Rorty ofrece de este paradigma? ¿Qué elementos de su crítica nos brindan aportes en el marco de una ontología de la actualidad?
Rorty y su época
De comienzo, cabe destacar el trabajo de crítica y de ejercicio de la sospecha que este filósofo tuvo como tarea apasionada respecto de grandes teorías filosóficas: el platonismo, el neopositivismo, la hermenéutica, el pragmatismo, el nihilismo. Hijo de su tiempo, Richard Rorty (1931-2007) si hoy es un filósofo discutido e influyente, lo es precisamente por el trabajo crítico y dialéctico con el canon de la filosofía académica, la concepción revolucionaria en los giros lingüístico y pragmático, y la posibilidad de promover preguntas en una morada del lenguaje: la crítica literaria.
Educado en la cultura americana de posguerra, Rorty no limitó su quehacer al ámbito de la producción filosófica y al trabajo académico en la enseñanza de la literatura. Por el contrario, participó en los debates intelectuales de su época (con Habermas, con los pragmatistas, con el círculo de Viena) y fue activo militante de los derechos humanos a favor de una sociedad pluralista, en efecto, criticó acérrimamente el avance de la derecha en Estados Unidos y los ataques terroristas a países extranjeros, como expresión contemporánea del fascismo. Además, las persecuciones macarthistas sufridas por sus familiares marcaron también sus posicionamientos teóricos e ideológicos y su actitud crítica a toda forma de práctica autoritaria.
II.
La lectura de Rorty hacia el legado histórico de la filosofía
La actividad filosófica de Rorty comenzó como lectura y búsqueda en 1945, en el seno de una familia de activistas políticos e intelectuales: su padre dirigía la revista socialista The Masses, y su madre provenía de una familia dedicada al evangelio social con fuerte militancia contra el racismo y en defensa de los derechos de las mujeres. Siendo adolescente y ávido lector, Rorty aprendió sobre las luchas obreras, sindicales y anarquistas que marcaron la primera mitad del siglo XX. Desde su formación sentó compromiso de conciencia social y talento escritural para el teatro y la ficción.
En 1946 leyó a Nietzsche y Platón en un ambiente aristotélico-tomista, en la Universidad de Chicago, donde también pudo descubrir la obra de John Dewey. Fue acérrimo crítico del platonismo, por su correspondencia idealista y metafísica entre verdad y conocimiento, verdad y belleza, verdad y ser. También allí conoció la filosofía política de Leo Strauss y la obra de Rudolf Carnap -por la cual se dedicó al estudio de la filosofía analítica, especialmente a las teorías del lenguaje de Russell y Wittgenstein-. Durante los años 60 y 70 se aproximó a la hermenéutica, sobre todo a la propuesta de Hans-Georg Gadamer, llegando incluso a realizar trabajos en colaboración con uno de los mayores exponentes de la hermenéutica y el postnihilismo, Gianni Vattimo[1].
Los giros lingüístico y pragmático
En los años 50, Rorty se dedicó a la lectura de Charles Peirce y de la filosofía analítica. También conoció las obras de Thomas Kuhn, Donald Davidson y Saul Kripke, comenzando la escritura ensayística. Luego se conoció su primer gran aporte a la filosofía analítica, The lingüistic turn (1967), cuya pregunta central era ¿qué significa que la filosofía consiste en análisis del lenguaje? Rorty planteaba las dos posturas del momento: la que promueve la construcción de un lenguaje ideal según el modelo de la lógica, y la que promueve la construcción del lenguaje ideal según un modelo más próximo al de J. L. Austin. Pero, y sobre todo interpretando la obra de Wittgenstein, Rorty señaló que los problemas filosóficos deben olvidarse en los juegos del lenguaje.
Y precisamente allí, en ese nuevo posicionamiento teórico, giró hacia la hermenéutica, especialmente por la pregunta clásica del paradigma interpretativo sobre cómo mantener la comunicación y la comprensión entre sujetos de habla y de desacuerdos. Desde 1961, Rorty se familiariza con la hermenéutica filosófica de Hans-Georg Gadamer, desde donde luego construye su crítica a la filosofía como representación y al conocimiento considerado estáticamente, según el modelo cartesiano-kantiano, crítica que culminará en su obra Philosophy and the mirror of nature (1979). Allí Rorty se propone superar la idea del conocimiento como dominio de lo epistemológico en el paradigma milenario de la hermenéutica, especialmente considerando el necesario pasaje de la filosofía como investigación a la filosofía como conversación. La epistemología como dominio del conocimiento no tendría, entonces, el carácter tradicionalmente asignado de intermediaria y de supervisora de la relación del sujeto con el objeto de conocimiento, ni tampoco puede dar respuestas de conciliación alguna entre moral y racionalidad.
Para Rorty, la hermenéutica ofrece el espacio teórico ideal para una perspectiva del lenguaje como experiencia del mundo y del yo contingente, posibilitando comprender la filosofía como un conocimiento edificante y una teoría cultural: sin ser sistemática, la filosofía edificante promueve una consciencia creativa y una escritura literaria con amplio uso de la ironía y cabal conciencia de la situación y de la contingencia del lenguaje y del pensamiento, superando el molde normalizador de la filosofía canónica. Sin ser relativista, Rorty apuesta por una filosofía edificante en la cual otra relación con la verdad sea posible: tal sería una forma de filosofía sin supuestos ni fundamentos, sino como perspectiva histórica del presente que promueva una “segunda Ilustración”, esto es, la posibilidad de pensar por sí mismos sin los moldes de la autoridad y la religión (tarea que la Ilustración del siglo XVIII no logró, a su juicio, porque hizo de la ciencia una nueva religión).
Instalado en Princeton, Rorty ya dedicado a la filosofía como experiencia retórica y poética con el lenguaje, trabajó en Consequences of Pragmatisme: Essays, 1972-1980. Desde allí, se ocupó del pensamiento de Dewey y el pragmatismo, revalorizado como modelo de la buena filosofía historicista. Así también su búsqueda en el pragmatismo estaba en el orden de enunciar el ocaso de la epistemología y despojar la noción de experiencia del terreno del lingüisticismo.
Inclinándose hacia la filosofía como teoría cultural y al lenguaje en modo de conversación, Rorty fue sentando las bases en su propuesta hermenéutica para definir el quehacer interpretativo y del conocimiento como experiencia contingente y como juego del lenguaje en la ironía y en la metáfora. La filosofía edificante es ahora dialogante, inspirada en los nuevos movimientos retóricos del pensamiento débil, del posestructuralismo, de la deconstrucción y las miradas emergentes del agotamiento de los formalismos y las teorías regidas por protocolos sistemáticos de investigación, perspectiva que en su caso trabajó de manera permanente enseñando filosofía a estudiantes de Literatura en la Universidad de Virginia.
La filosofía edificante y dinámica, incluso en el espacio academicista de las grandes tradiciones (europea y angloamericana), debía asumir epocalmente y de acuerdo con los nuevos tiempos el papel de mediación y reconciliación entre distintas escuelas y generaciones, entre distintas actividades culturales y como modo de ejercicio práctico en el juego lingüístico de la conversación. Para el autor, hay dos situaciones lingüístico-discursivas de la conversación: una es la situación de acuerdo entre distintas personas, a fin de buscar lo que quieren y proseguir los medios para conseguirlo; otra es la situación de contraste, donde todo es cuestionado y los motivos y términos de la discusión constituyen un tejido elemental en el devenir de ésta. La situación de acuerdo prácticamente no aporta nuevas verdades o afirmaciones amén de lo ya utilitario. La situación de contraste, en cambio, da lugar a momentos literarios y/o poéticos en distintos ámbitos de la cultura donde las interpretaciones heredadas y vigentes ceden paso a nuevos sentidos y aplicaciones situadas de lo que de ellas se interpreta.
La filosofía edificante
La tarea edificante de la filosofía es posible, sostiene el autor, sólo si hay un cambio de método y si se puede abandonar el afán de conciliar la responsabilidad moral y la responsabilidad por el quehacer de los ciudadanos. Este es un modo de reconocimiento de la contingencia y finitud del yo, pero también es la posibilidad de construir una posición intermedia entre ambas cuestiones o responsabilidades, pues se puede ser afirmativo y autocreativo, como también cultivar el cuidado de sí mismo, la solidaridad y el compromiso con la democracia sin resignar la propia libertad.
En definitiva, en este abordaje, las sociedades liberales progresan no porque se acerquen a una verdad superior o trascendente, sino por procurar los medios que aminoran la crueldad de la vida. Una sociedad menos cruel es la que hace posible una mayor práctica de la libertad en vías de un cosmopolitismo con emancipación efectiva de los hombres, des-sujetados del fascismo que caracterizó la primera mitad de siglo XX y de los dogmas que esclavizan a los pueblos sin solidaridad y sin crecimiento pleno en los campos de la ética y la política. Para una sociedad libre y una democracia liberal, este modo de filosofía edificante sería el más adecuado en una perspectiva cultural y afirmativa, históricamente consciente de su tiempo y contingencia.
El juego lingüístico y narrativo de la ironía
En la que Rorty consideraba como su mejor obra, Contingency, irony and solidarity (1989), proponía un antiautoritarismo como lema implícito a favor de una política diferente. En esta perspectiva, el yo contingente no tiene esencia ni fundamentos y –en el horizonte del liberalismo político- es un sujeto de práctica de la solidaridad como percepción del otro y como sensibilidad y capacidad de una actitud receptiva y de semejanza de los otros. Ello se formula en el siguiente enunciado como puesta en palabra de la crueldad para mitigar y denunciar su efecto negativo en la cultura:
Percibir cada vez con mayor claridad que las diferencias tradicionales (de tribu, de religión, de raza, de costumbres, y las demás de la misma especie) carecen de importancia cuando se las compra con las similitudes referentes al dolor y la humillación […] es la razón por la que […] las principales contribuciones del intelectual moderno al progreso moral son las descripciones detalladas de variedades particulares del dolor y la humillación (contenidas, por ejemplo, en novelas o en informes etnográficos), más que en los tratados filosóficos o religiosos[2].
Ello implica la posibilidad de contarnos nuestras propias historias, construir narrativas que construyan libertad. A tal fin, Rorty postula la “exigencia socrática”, paradigma del “filósofo ironista” o capaz de decir con el lenguaje lo contrario de lo que se busca explicitar.
Pero en sus postulados también la ironía es un estado subjetivo, un estado de ánimo, un modo reflexivo y autonarrativo de verse a sí mismo cercano al cinismo en su acepción ética del self, como capacidad de usar máscaras en un mundo conocido como ficción, fábula y mentira (y en un lenguaje metafórico), es decir, el cinismo como pose con distancia y la posibilidad de conocer que la acción no es independiente del poder sino la condición para la construcción de poder, en un sentido estético y de mayor distancia de sí mismo. Esta forma del cinismo no es partidaria de una justicia global y universalista, más bien hace posible distanciarse de uno mismo sin tomarse tan en serio, a consciencia de una ciudadanía libre y cultivada.
Cultivar la ironía en una propuesta filosófico-lingüística de cinismo sería la condición para construir lenguajes básicos que permitan a los seres humanos construir proyectos comunes y nuevas esperanzas, contar sus propias historias y percibir la contingencia de estas:
[…] empleo el término “ironista” para designar a esas personas que reconocen la contingencia de sus creencias y de sus deseos más fundamentales: personas lo bastante historicistas y nominalistas para haber abandonado la idea de que esas creencias y esos deseos fundamentales remiten a algo que está más allá del tiempo y del azar[3].
El ironista contiene viva la conversación y asume su situacionalidad y contingencia en un sentido de pertenencia histórica a un presente, en una sociedad democrática. La forma ideal de la ironía – y de la teoría irónica- es la narración que tiene una mirada historicista del presente. Esto, de algún modo, puede cultivarse en la lectura de los libros que potencian nuestra fantasía, que nos ayudan a ser menos crueles (como hombres, como instituciones, como sociedad) y que ayuden a comprender los conflictos desde la buena literatura cual juego del lenguaje de una filosofar edificante y metafórico.
III.
No era idea de estas páginas sistematizar la crítica a la perspectiva del lenguaje en la filosofía analítica ni la apropiación que Rorty hace de la hermenéutica. Fue preciso desarrollar brevemente el conjunto de su pensamiento, en la voluntad de comprender su polémica y puesta en sospecha de la filosofía académica y su apuesta a un filosofar edificante, no como sistema sino como práctica del lenguaje, como juego del lenguaje, plasmado en dos registros del pensamiento: la literatura y la conversación.
Desde luego, creemos que los aportes de Richard Rorty al pensamiento contemporáneo, y especialmente a la consideración del lenguaje como juego, ironía y metáfora, no sólo rompen el concepto de experiencia y conocimiento cual representación, sino que propician una perspectiva postnihilista de afirmatividad del hombre en cuanto sujeto temporal, solidario, y comprometido con la libertad y autarquía de la comunidad en la que está y donde vive. Y en el trabajo apasionado de sus críticas y giros en torno a las ruinas de la modernidad y a favor de una “segunda ilustración”, quizás aún hay mucho por leer y pensar, en esta rehabilitación de la hermenéutica aplicada a la constitución de una cultura libre y de iguales (en los discursos, en los hechos).






