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2 Las caravanas centroamericanas

Guerras inciviles, sueño americano
y estatuto de refugiado

Las imágenes de las caravanas de migrantes centroamericanos atravesando el continente para llegar a EE. UU. impactaron a las audiencias de los medios de comunicación en todo el globo. Fueron inevitables las asociaciones con la guerra en Siria y en otros países que provocaron comparables desplazamientos de personas. Las declaraciones de los migrantes establecían que huían de la violencia, de la falta de empleo, de la corrupción gubernamental, de una crisis social semejante a un estado de guerra.

Las situaciones contemporáneas podrían estar forzando un reentendimiento de las formas que adquiere la violencia en los ámbitos locales y globales. Si no se trata de confrontaciones entre Estados nacionales podría estarse ante “guerras inciviles” que, a diferencia de las guerras civiles, parecen estar dirigidas no hacia el control y transformación del sistema político, sino hacia la maximización del desorden. En este ensayo quiere prestarse atención a las formas de difusa y pertinaz violencia contra la población en el norte de Centroamérica (Honduras, El Salvador, Guatemala), que al ocurrir en la opacidad del espacio que crean la criminalidad, los intereses privados, la corrupción y las potestades de los agentes gubernamentales, podrían estar no solamente escarmentando a la población sino disociando el orden jurídico y político.

Pero si este podría ser el contexto estructural, quieren considerarse aquí también los cuadros humanos de las caravanas y las declaraciones de las personas que permiten apreciar los modos de subjetivación de la aventura migrante que se muestra no solamente como un lance de sobrevivencia sino como uno de afirmación de la vida. Un presente de acoso se ve acicateado por el imaginario luminoso de un futuro posible. Si lo que se padece es la amenaza de la vida, la violencia económica, la violencia social, es la vida la que se sobrepone como corriente de afirmación y de deseo, como aspiración a un horizonte de sustentabilidad, de bienestar material y moral.

La migración se muestra no solo como una huida o escape sino también como una empresa de conquista y ocupación. Una empresa inocultablemente asociada a las corrientes de deseo del capitalismo, con los riesgos que esto implica de reafirmación del sistema dominante y de rupturas y desarreglos de los modos de vida en los países de origen, como igualmente una empresa que presiona los marcos jurídicos del derecho internacional en los países de tránsito y de destino buscando reacomodos consonantes con los movimientos migratorios globales para un replanteamiento de los derechos humanos de alcance civilizatorio.

Las caravanas son una representación icónica de la migración centroamericana por su capacidad para sintetizar en una imagen (o en una macroimagen) una trama de acontecimientos, de textos visuales y verbales de un fenómeno complejo. Las declaraciones de los migrantes y el mensaje mismo de su desplazamiento —como texto humano hecho con sus cuerpos y sus acciones[1]— hablan de encontrarse la población bajo las condiciones de una violencia generalizada. Aunque la asociación inmediata que provocan las multitudes de personas desplazándose, con bienes imprescindibles por las carreteras, es la de la huida de una guerra, también lucen en algunos momentos como una multitud entusiasmada por el sueño americano, como en otros momentos cobran las características de un asalto, de conquista por la fuerza de un territorio, semejantes entonces a los episodios de traspasos o saltos en masa de vallas fronterizas (que han podido observarse en años recientes con contingentes más pequeños de personas en el este europeo o en las costas mediterráneas). Vienen a ser una especie de desbordes de una movilización por la vida de grandes proporciones que se encuentra ocurriendo permanente y crecientemente.

Las caravanas

La primera caravana numerosa de migrantes centroamericanos se originó a partir de un grupo de unas 200 personas que partieron de la ciudad de San Pedro Sula, Honduras, en octubre de 2018, a la que se sumaron contingentes formados en El Salvador y Guatemala en los días siguientes. La gran caravana fue aumentando su caudal a medida que cruzaba fronteras y sobrepasaba los cercos de las fuerzas de seguridad de los Estados, hasta alcanzar cifras variables e imprecisas de entre 4.000 y 16.000 personas en el territorio mexicano. Una caravana previa de aproximadamente 800 personas había hecho el mismo camino en abril de 2017 y otras sucesivas han ocurrido en los años siguientes. La de enero de 2020 se estimó en 2.000 personas.[2]

En cuanto a la composición de las caravanas de 2018, los datos ofrecidos por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (UNHCR/ACNUR) establecieron que fueron 5 caravanas desde mediados de octubre: 16.000 personas movilizadas, el 48% de Honduras y un 39% de El Salvador. El reporte de la ACNUR indicaba que según sus encuestas más del 70% de las personas en las caravanas consideraba que corría peligro si regresaba a sus países.[3]

El padre Ismael Moreno, del Equipo de Reflexión, Investigación y Comunicación de la Compañía de Jesús (Eric-SJ) en Honduras, caracterizó la primera caravana como un desborde migratorio por la sobrevivencia:

Es un fenómeno social liderado por miles de pobladores rurales y urbanos empobrecidos que se manifiesta en amplias y masivas caravanas espontáneas e improvisadas, sin más organización que la que aconseja la sobrevivencia y la manifiesta decisión de avanzar hacia el norte, hasta alcanzar territorio estadounidense.[4]

Fue común desde su inicio que las caravanas fueran descalificadas bajo los argumentos de que eran instigadas por traficantes de personas (“coyotes”) o por intereses políticos de la más distinta naturaleza (incluidas teorías conspirativas globales). Aunque estos discursos no pueden descartarse, tampoco tienen una capacidad explicativa suficiente respecto de las condiciones socioeconómicas de la migración masiva de la que participan. La explicación prevaleciente y compartida por las personas movilizadas en las caravanas es que su reunión en un gran grupo les brinda una protección de la que carecerían emprendiendo el viaje solas por unas rutas reconocidamente peligrosas.

Los miles de personas desplazándose en condiciones difíciles, por ser un hecho social que ocurre en el plano de la vida práctica, da forma a una representación, a una imagen relativamente unitaria que suscita en el mismo momento múltiples asociaciones. Las caravanas vienen a ser un hecho semiótico en el que se ven implicados los sentidos que inscriben los migrantes que se unen a ellas como los que su paso suscita en las sociedades nacionales. Entender las caravanas, los motivos de la movilización, las condiciones que las provocan, como la migración misma, convierte el ejercicio de interpretación en un momento necesario en la búsqueda de respuestas de las sociedades.

Vistas las caravanas en su expresividad, puede aceptarse que constituyen un texto poderoso e inédito para las sociedades centro y norteamericanas. Un texto hecho por los migrantes con sus cuerpos, con su reunión, con su desplazamiento, con sus modos de caminar, de descansar, con lo que hacen, con sus posturas, con su gestualidad; hecho con sus atuendos, con los colores, los tipos, los emblemas, la apariencia, el estado de sus ropas y sus calzados; con los objetos que cargan, con sus mochilas, sus bolsas, sus mantas, sus cochecitos, etc., en complicidad con las gentes —con los auxilios o los obstáculos que les presentan— y con los lugares y paisajes que atraviesan. Y un texto hecho de las múltiples voces, de lo que entre ellos y consigo mismos conversan los migrantes, de lo que en otro momento hablaron, de las palabras decisivas que viniendo del pasado los acompañan como de aquellas requeridas en el presente de su movilización: de sus declaraciones a la prensa, de las instrucciones, las voces de mando y los discursos de sus líderes, y sobre todo de sus testimonios, de sus historias de vida.

Es un texto poderoso por la reunión heteróclita de sus signos y por los sentidos que dispersa. La multitud en movimiento es fuerza, expansión, conflagración; es multiplicidad de individualidades y es masa; es voluntad, determinación y es inercia y confusión.

La magnitud de la columna se corresponde con una imaginada magnitud del fenómeno que habría podido provocarla. Solo algo muy fuerte, algo muy grave habría podido sacar tal número de personas de sus lugares, de sus casas, de sus familias. Migración es supervivencia, huida, evasión, lucha: la vida en busca de la vida; momento dramático, álgido, de peligro; huida de la muerte, de la amenaza, del temor; pero también acción positiva, gesto de asertividad, lance de autoafirmación.

No solamente es la vida natural la que se encuentra en juego sino la de índole moral, la migración es una lucha por la dignidad humana. Si la muerte es una de las muchas formas de reducir la vida a la condición de objeto, la migración es una reacción contra la objetivación, no solo respecto de la muerte biológica sino de la social (la instrumentalización, la mercantilización, la marginación, la exclusión), una estrategia contra la cosificación y de restitución de la condición humana. De ahí que, al mismo tiempo, la migración sea éxodo y esperanza; momento de desesperación y también de deseo, de sueños, de ambición; momento de necesidad de auxilio, de refugio; e igualmente lance de invasión, de ocupación, de toma de posesión.

Cuando se intenta reconstruir retroactivamente el origen de estos movimientos masivos de personas, no se puede evitar pensar en el desastre social, en unas sociedades desarticuladas, que fracasan en su capacidad de mantener integrados, cohesionados a sus ciudadanos. El paso de los migrantes es al mismo tiempo uno de desahucio de sus países, de su política, de sus gobernantes. Y proyectivamente no se puede dejar de pensar en el carácter incontenible de este movimiento, en la proliferación de un mismo fenómeno en una multiplicidad de individuos que pareciera reproducirse exponencialmente. Un fenómeno que sería de expansión creciente de ansiedades y deseos, dirigidos hacia sociedades de tránsito y receptoras que reaccionan con temor y recelo.

Puede hacerse observar que el avance de las caravanas no es siempre compacto, que ocurren por momentos desagregaciones y dispersiones, pequeños grupos aislados, gente rezagada o que se adelanta, la columna que se parte en los caminos, individualidades que no están dispuestas a ceder ante las necesidades colectivas, y diferencias entre grupos por distintas razones, incluidas las de la edad, el género, la educación, la disponibilidad de ingresos, o por condiciones no menos importantes como las creencias religiosas, los hábitos, las preferencias sexuales, las conductas ante la ley, o las condiciones de salud, la resistencia física, la agilidad o la fuerza.

Estas diferencias explican que mientras ciertos grupos dentro de la caravana se presentan dóciles y resultan más vulnerables a las adversidades del camino, otros lo son menos y su determinación es mayor para vencer los obstáculos. De estos últimos puede esperarse que rompan las vallas, que arrojen piedras a las fuerzas de seguridad, o que continúen su camino a campo traviesa y por su propia cuenta.

La dispersión ocurre, sin embargo, dentro de una trayectoria en la que la columna termina recomponiéndose, reuniéndose, sea porque se nutre de nuevos miembros, o sea porque vuelven los que se habían separado, y esto motivado por la convicción de que en la unidad los individuos encontrarán la fuerza (que puede ser la razón originaria que lleva a formarlas).

Resulta patente que las caravanas en su espontaneidad y precipitación son también un texto deliberado y consciente. Los individuos se suman en un gran grupo, que es lo que distingue propiamente a la caravana y, al hacerlo, se inscriben, construyen y energizan el sentido. Estrictamente hablando, su fuerza es más simbólica que física. La práctica demuestra que los migrantes pueden ser repelidos y sometidos con facilidad, como efectivamente ocurre en distintos momentos en el camino. Pero el efecto simbólico de su manifestación, en la medida en que dura, les permite avanzar, granjear ayudas y superar obstáculos. Es un recurso expresivo que tiene como caja de resonancia la opinión pública, que puede hacer contraproducente el uso de la fuerza de represión. Y su mensaje es simple pero fundamental: que se les reconozca como seres humanos. Mostrándose como un solo cuerpo, los individuos se hacen visibles, legibles como humanidad esencial. Más allá de las nacionalidades y las fronteras, los migrantes se presentan como esa figura idealizada de la modernidad, el sujeto de derecho por excelencia en el concierto de las naciones.

Se trata, sin duda, de una apelación controvertida y pronto desvirtuada en los hechos por los Estados. Pero en el fondo, de una apelación afectiva y ética, de la que se sabe dependen la convivencia y la propia autoconsideración de los individuos y las sociedades. Es el reclamo de recursos y condiciones básicas para la vida y la dignidad (empleo, seguridad, salud, educación, etc.). Fuera de su hogar y de su patria, sin más posesiones que las necesarias para vestirse y andar, los migrantes exhiben la condición de lo que Giorgio Agamben llama una humanidad desnuda, vida biológica sin amparo social. Arrojados a los lindes de las sociedades, ocupan un espacio incierto, irregular, ilegal, no humano.

La insolación, el agotamiento, el hambre, la sed imponen a los migrantes las condiciones primarias de su corporalidad, como sus reclamos por el reconocimiento y el trato digno, las básicas de su humanidad. Quizás a esa apelación a la vivencia primordial se deban en buena medida las ayudas de todo tipo que la caravana encuentra en su camino. Las personas pueden reconocer lo humano compartido y atender a la demanda de ayuda y solidaridad. Los miembros de la caravana responden a las ayudas mayoritariamente con muestras de agradecimiento. Es una gratitud por el reconocimiento moral y no solamente por los abastos o prestaciones recibidos.

No puede dejar de decirse, sin embargo, que para algunos de los integrantes de las caravanas, el argumento de los derechos humanos es también un pretexto. Son aquellos que no reconocen otro interés que el suyo propio y que están dispuestos a hacer lo que fuera, violentar a los otros o la ley si fuera preciso, para alcanzar sus metas. Estos tipos de migrantes (ladrones, pandilleros, criminales) son los que pueden encarnar más cabalmente y de forma extremosa el mismo espíritu del neoliberalismo (activo también entre las personas de escasos recursos) que podría estar constituyendo uno de los principales vectores del desencadenamiento de los movimientos migratorios. El neoliberalismo habría podido operar como un régimen de producción de subjetividad, de exacerbación del Homo œconomicus, de sus mandatos de consecución del propio interés, de los estímulos libidinales del consumo, del poder del dinero, del goce, que habría animado no solo las políticas económicas y la corrupción de las elites sino desencadenado distintos tipos de reacciones en la población, entre las que habría que contar las de la criminalidad o la migración.

Una cierta violencia acompaña a las caravanas. Una violencia que se proyecta desde los países de origen a través de los migrantes y que alcanza a las sociedades de tránsito y de destino. Una violencia que obliga a cobrar conciencia de la simbiosis de las sociedades, de su íntima asociación y de la fluidez con que los fenómenos se comunican a través de las fronteras.

Dos reacciones opuestas en los países por los que transitan o a los que se dirigen las caravanas se ponen de manifiesto según avanzan: la de la hospitalidad como reconocimiento de la humanidad compartida con los migrantes, mayormente entre la población civil pero también de agentes e instituciones gubernamentales por cuenta propia, que les asisten con distintos recursos (agua, alimento, abrigo, alojamiento, transporte, acompañamiento legal), y la de hostilidad de grupos nacionalistas y de las fuerzas de seguridad del Estado (protestas, cercos y persecuciones, acoso con armas, equipos, vehículos y aeronaves militares) que desconocen, descalifican o ven como amenaza a los migrantes y reivindican soberanía y seguridad para los nacionales de los países afectados.

Las migraciones contemporáneas parecieran devolver a quienes las observan a los escenarios originarios de poblamiento del planeta, a una activación de resortes primarios de la naturaleza, pero claramente se trata de desplazamientos muy diferentes ahora. Se trataría en el presente de movimientos de personas construidos discursivamente en los contextos de los Estados soberanos, de los marcos legales del derecho internacional, con giros posmodernos de la afectividad y de los gustos, e influidos por la economía y la cultura de masas.

Las caravanas podrían ser una variedad migratoria contradictoria, movilizada en buena medida por las adversidades, pero también por las seducciones del capitalismo, tanto por las aspiraciones a mejorar las condiciones de vida y la reivindicación de un derecho moral negado en la vida diaria como por las ilusorias gratificaciones del consumo y del dinero. Unas migraciones que se encontrarían ocurriendo en los contextos de una crisis del neoliberalismo global, un neoliberalismo que tras haber propiciado la bancarrota del humanismo, extendiendo múltiples formas de violencia contra las poblaciones, se ve amenazado por sus propias consecuencias, tanto por el reclamo a la restitución de ese humanismo como por las tendencias disociadoras que aquel pudo haber desencadenado.

La caravana de 2020 que partió de Honduras con alrededor de 200 personas llegó a contabilizar alrededor de 2.000 al cruzar el río Suchiate en la frontera de Guatemala con México. Interceptada por la Guardia Nacional de este país en las cercanías de Tapachula, la mayoría de migrantes fueron deportados a su país de origen.

Mientras se escribía este ensayo, especialistas y comentaristas de prensa hablaban del forzamiento del gobierno mexicano al endurecimiento de su política migratoria como consecuencia de las amenazas del presidente Donald Trump de suspender el tratado de libre comercio con los EE. UU. y Canadá si no lo hacía. Tal política, se argumentaba, suponía un giro completo del gobierno de izquierda de Andrés Manuel López Obrador, que en sus primeros meses había dado signos de una mayor receptividad a los migrantes centroamericanos. En este marco, la actuación de la Guardia Nacional (que enfrentó a los migrantes con escudos, toletes y gas lacrimógeno) habría venido a externalizar la frontera estadounidense, a consumar en la práctica y como un muro humano, costeado por los mexicanos, el que el presidente norteamericano había prometido construir de concreto y hierro.[5]

Procesamiento estadístico de los testimonios

De acuerdo con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, el número estimado de personas que cruzan anualmente la frontera sur de México de manera irregular con destino a los EE. UU. es de 400 mil, con una alta tasa de crecimiento.[6] Esto hace del movimiento migratorio centroamericano uno de los más importantes del continente y del mundo. En su informe global de 2018, el ACNUR consideró que el crimen organizado, los carteles de droga, las pandillas urbanas y las limitadas capacidades de los Estados de proveer seguridad y servicios básicos habían contribuido a generar una escalada de violencia que había forzado a las personas a dejar sus países.[7]

En este contexto, las caravanas, formadas por unos cuantos miles de personas, representan una fracción muy reducida del movimiento migratorio general. Lo que las caravanas consiguen, propiamente, es visibilizar un fenómeno que ocurre en unas magnitudes mucho mayores pero atomizadamente. Los migrantes están cruzando en grandes números, pero individualmente, o en grupos reducidos, los pasos fronterizos; están atravesando de sur a norte el territorio mexicano por distintas rutas y están ingresando a los EE. UU. de forma creciente por multitud de puntos.

El esfuerzo del ACNUR, así como el de organizaciones de la sociedad civil y de los propios Estados, se ha dirigido a levantar registros que permitan reconocer a estas personas y el fenómeno migratorio mismo. Se trata de investigaciones estadísticas basadas en encuestas que permiten traducir en indicadores numéricos el perfil socioeconómico de los migrantes y algunos de los aspectos principales de sus experiencias. En cierto modo, estas investigaciones constituyen un procesamiento cuantitativo de los testimonios, en tanto someten las narrativas de los migrantes a los parámetros conceptuales e ítems específicos de las encuestas. El resultado es una simplificación que sin duda empobrece los testimonios pero que se justifica con el argumento de ofrecer datos empíricos de utilidad operativa para la política y la administración.

Una lectura, así solo fuera limitada, de testimonios de migrantes centroamericanos podría resultar, efectivamente, avasalladora. Una descomunal violencia, una violencia sin nombre, que puede llegar a cobrar los aspectos más crueles y deshumanizados, es frecuentemente expuesta en los testimonios. A las violencias padecidas en los países de origen, que incluyen todo tipo de abusos, amenazas y agresiones, se suman las padecidas en el tránsito por México, no solo como consecuencia de accidentes en un camino de por sí peligroso, sino por bandas criminales (de extorsión, secuestro, explotación sexual y trata de personas), lo que sumado ofrece en los testimonios un registro inconmensurable de vejámenes y oprobios padecidos por los migrantes.[8]

Importante es hacer ver que tampoco las investigaciones estadísticas sobre los migrantes centroamericanos ofrecen la imagen definitiva sobre ellos. Los tres informes que se consideran a continuación, siendo de los más importantes, reconocen que la validez de sus datos se restringe a las muestras de personas encuestadas, sin que esta se pueda extender por razones prácticas y metodológicas a su universo. Los informes se elaboran mediante entrevistas a migrantes que acuden a las instituciones, pero, como es sabido, una cantidad y diversidad no determinada, y consecuentemente desconocida, de ellos no lo hace. De modo que los informes, aun contando con la información de miles de casos, constituyen un modo tentativo, figurado de referirse al fenómeno y su representatividad, como en el caso de cualquier interpretación.

El informe de Médicos Sin Fronteras (MSF) de 2017 coincide con los planteamientos de este ensayo, al conferir a la violencia y a unas condiciones comparables a un estado de guerra, las causas principales de la migración. El informe, sin embargo, podría encontrarse sesgado por el tipo de ayuda que esta organización brinda, que siendo de salud, podría estar acogiendo mayormente a personas víctimas de violencia. En 2015, MSF llevó a cabo una encuesta aleatoria a 467 migrantes y refugiados en las instalaciones en las que daba apoyo en México, lo que complementó con datos médicos adicionales recabados en las clínicas de atención durante los años 2015 y 2016. En su informe MSF planteó:

MSF trabaja con proyectos médico-humanitarios en más de 60 países, ofreciendo ayuda de emergencia a las víctimas de conflictos armados, epidemias, desastres naturales y exclusión de la atención sanitaria. Concretamente, la organización lleva décadas trabajando en países en guerra y puede confirmar que el grado de violencia que afecta a los países del Triángulo Norte centroamericano no es diferente del que se vive en zonas en conflicto: en ambos casos, los asesinatos y desapariciones, los secuestros, las amenazas, el reclutamiento forzoso por grupos armados no estatales, la extorsión y la violencia sexual son realidades brutales que afectan diariamente a la población… Es cierto que hay quien abandona el Triángulo en busca de mejores oportunidades económicas en Estados Unidos, pero este informe pone en evidencia un dramático escenario de violencia y de huida por la supervivencia.[9]

El informe de la Red de Documentación de las Organizaciones Defensoras de Migrantes (REDODEM) de 2018, basado en 36.190 encuestas realizadas el año anterior en establecimientos de acogida (casas, comedores, estancias, albergues) de distintas organizaciones integrantes de la Red en 13 de los 32 estados del territorio mexicano, muestra un cuadro diferente al reconocer como motivo principal de la salida de los países el económico (84.6%), seguido de la violencia (11.7%), los motivos familiares (2.1%), personales (1.2%), sociales (0.2%) y ambientales (0.1%),[10] aunque el mismo informe plantea que lo más común es la migración mixta en la que se combinan los motivos de salida e impide distinguir con claridad la migración forzada de la voluntaria.[11]

Desde la perspectiva que asume el informe de la REDODEM, las reformas neoliberales han tenido un fuerte impacto en el incremento de la migración como consecuencia del deterioro generalizado de los niveles de desarrollo y el considerable aumento de la pobreza y la desigualdad. De particular relevancia han sido tres dinámicas: la precarización y el bajo nivel adquisitivo de los salarios; la falta de oportunidades laborales y de empleo; y los procesos generalizados de encarecimiento de los costos de vida.[12]

El informe de la REDODEM por la amplitud de su muestra pareciera concluyente al respecto y, sin embargo, se refiere a la representatividad estadística como a un problema. La REDODEM reconoce que los datos de su informe se encuentran afectados por los perfiles predominantes de las personas que acuden a sus espacios, por las regiones en las que esos datos son recolectados (que se asocian a rutas y tipos de movilidad), y porque pueden invisibilizar a grupos enteros de personas que resultan numéricamente escasos respecto del conjunto.[13]

El informe de 2017 de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR, órgano desconcentrado de la Secretaría de Gobernación de México), realizado en asociación con otras instituciones,[14] se basa en la Encuesta sobre la Población Refugiada en México (ENPORE), en la que se entrevistó directamente a 314 personas refugiadas, 80 solicitantes de la condición de refugiado (que aportaron información sobre sí mismos y sus familiares en igual condición) y 800 personas de nacionalidad mexicana, realizadas estas últimas encuestas con el propósito de comparar la situación social de los refugiados con la de la población local.

La ENPORE coincide en términos generales con el informe citado de MSF cuando destaca para la población proveniente de los países del norte centroamericano que “las razones predominantes de huida [de las personas migrantes] son la violencia generalizada/delincuencia, o la extorsión/hostigamiento”.[15] No obstante, el informe señala que los datos son solo representativos de personas refugiadas, que pudieron ser localizadas y que solicitaron su tarjeta de residente permanente en México entre 2012 y 2017.[16]

En lo que se refiere a la preponderancia de la violencia como causa de salida, los datos de la ENPORE resultan igualmente influidos por el perfil de los encuestados y el papel de las instituciones involucradas. Dado que la COMAR es el órgano responsable de la gestión del estatuto de refugiado y puesto que la condición primordial para concederlo es que los solicitantes hayan sido víctimas de violencia en los países de origen, las respuestas ofrecidas por personas efectivamente reconocidas como refugiados resultan redundantes en la ENPORE.

Más allá de estas discrepancias entre los informes, y con la prevención sobre su representatividad relativa, los resultados que ofrecen revisten gran utilidad para apoyar la discusión en el tipo de datos reconocibles y fiables para las instituciones y los Estados.

Los datos de los tres informes coinciden en términos generales en el perfil que ofrecen sobre la población migrante, la que reconocen como predominantemente masculina, joven y mayoritariamente de nacionalidad hondureña, respecto de las nacionalidades guatemalteca y salvadoreña. Los tres informes destacan, igualmente, la magnitud importante y/o la tasa creciente de la población migrante, y la participación importante y/o creciente de mujeres, mujeres embarazadas, menores, menores no acompañados y personas de la tercera edad. Cada investigación ofrece datos detallados de aspectos de especial relevancia para las instituciones que representan, siendo la de la REDODEM la que ofrece la mayor y más desagregada información de interés general.

En 2018, el perfil de las personas en situación de movilidad que fueron registradas por la REDODEM fue predominantemente masculino (91.7%); el 56.9% de las personas indicó ser soltero; un 31.7% dijo haber concluido el nivel de educación primaria; el 1.3% declaró pertenecer a algún grupo indígena; un 47.9% de las personas de 15 años y más se dedicaba a trabajar en el sector primario en su país de origen. En lo que se refiere a relaciones familiares, el 56.8% de las personas de 15 años y más indicó tener descendencia (uno o más hijos); y de las 2.941 mujeres que fueron registradas por la REDODEM, el 5.0% indicó estar embarazada y un 3.0% señaló no saber si lo estaba. De las 146 mujeres que dijeron estar embarazadas, 79 (54.1%) dijeron encontrarse en su primer trimestre de embarazo.[17]

En 2018, el 94.2% de las personas registradas por la REDODEM provino de alguno de los países de Centroamérica, particularmente de Honduras (28.254 personas, que representan el 78.1%), Guatemala (3.013 personas) y El Salvador (2.154 personas).[18]

En lo que se refiere a los motivos de salida y las violencias padecidas, el informe de REDODEM ofrece datos de cierta especificidad que interesan para la discusión que propone este ensayo.[19] En cuanto a las motivaciones económicas, como quedó dicho, este informe les confiere la mayor importancia y entre estas reconoce distintas categorías: falta de empleo (48%), empleo mal remunerado (18%) y mejorar la calidad de vida (33%).

Fuente: REDODEM, Procesos Migratorios…, 36.

Dejar el país por “falta de empleo” supone exclusión, marginación del sistema económico; “empleo mal remunerado” por su parte supone injusticia, explotación; y “mejorar la calidad de vida”, aunque plantea una aspiración muy general, se refiere a condiciones precarias de subsistencia tanto como a las gratificaciones del consumo del capitalismo, a que se aludía antes. En conjunto las tres categorías pueden tomarse como indicativas de una violencia económica, estructural que presiona las condiciones de vida aunque no consigue calar en las formas subjetivas que cobra, en tanto no serían condiciones neutras, naturalizadas, inherentes a las desigualdades sociales, sino acuciadas por las formas en que son vividas subjetivamente, algo que se discute con mayor amplitud más adelante.

En segundo lugar de importancia, el informe reconoce la violencia como causa de la salida de los países y entre los motivos específicos un contexto generalizado de violencia (51%), persecución por el crimen organizado (37%), violencia doméstica (6%), persecución política (5%), discriminación sexual-género (1%).

Fuente: REDODEM, Procesos Migratorios…, 36.

En este caso, las primeras dos categorías remiten a condiciones graves de insociabilidad y criminalidad, las que siguen se refieren a formas exacerbadas del machismo, el autoritarismo político y la homofobia. Los datos apuntan a un aumento y recrudecimiento de distintas formas de violencia que rebasan las capacidades de control de los Estados. Importante es que los datos permiten reconocer estos vectores de violencia que tienen sus propios perpetradores, si bien estos últimos solo quedan aquí veladamente aludidos. Se trataría, según estos datos, no de una violencia indistinta, espontánea (como parece sugerirlo la expresión “violencia generalizada”) sino una con claras líneas ideológico-políticas, con agentes responsables y dirigida contra la población civil. No una violencia sin sujeto, anónima y anárquica sino una en la que es posible reconocer a los perpetradores, a las víctimas y las matrices socioculturales.

El informe de la REDODEM explora con mayor detalle las causas de violencia mediante un ejercicio particular de análisis de las encuestas realizadas a personas con “perfil de refugio”, a quienes se reconoce por cumplir con el requisito de haber salido de sus países por haber padecido agresiones físicas o hallarse directamente amenazadas de serlo.[20] Gracias a este ejercicio el informe consigue identificar mejor a los perpetradores de la violencia tanto en los países de origen como de tránsito. En los países de origen los agentes de persecución identificados fueron las maras (54.6%) y pandillas (29%), las bandas criminales o crimen organizado (9%), el narcotráfico (3%), la delincuencia común (2.2%), la pareja o expareja (4.2%), familiares (3.5%), la policía (3.5%), el ejército (1.1%), y paramilitares (1.5%).

Fuente: REDODEM, Procesos Migratorios…, 40.

En México, el país de tránsito, los migrantes entrevistados identificaron como agresores, en primer lugar, a particulares —en grupos de hasta dos personas actuando de manera conjunta—, quienes representan el 28.3%. A ellos siguen las bandas delictivas o pandillas (26.4%), la seguridad privada —de los trenes de carga en que se transportan los migrantes— (8.2%), la policía federal (7.9%), la policía municipal (7.0%) y otros agresores en menores porcentajes.[21]

En conjunto esta identificación de agresores permite reconocer a individuos y grupos que actúan contra la población y conforman focos de violencia. Se trataría de modos de agenciamiento privado de poder fáctico, que se estaría ejerciendo mayormente en función de intereses particulares, y que estaría contribuyendo a la desintegración social y la migración.

Adicionalmente, el informe de la REDODEM permite reconocer las situaciones típicas de violencia padecidas por la población gracias a un ejercicio especial de análisis discursivo practicado por los autores a la información brindada por las personas con perfil de refugio que entrevistaron.[22] Las respuestas apuntan a un régimen de temor y de agresión como causa de la migración: intimidaciones o amenazas (78.4%), extorsiones (18.1%), violencia física (11%), homicidio de un familiar (8.2%), reclutamiento forzado (7.4%), haber sido testigo de un homicidio (2.4%), violencia sexual (2.3%).[23]

Fuente: REDODEM, Procesos Migratorios…, 44.

El cuadro que presenta estos datos es uno de violencia a gran escala contra la población civil, proveniente de múltiples agentes, principalmente de las pandillas, pero también de otros grupos criminales y de las fuerzas gubernamentales, que estaría instalando un régimen de temor. La impresión que causan es la de una criminalidad fuera de control, de un orden roto y de un Estado incapaz o imposibilitado de prevalecer.

En tercer lugar de importancia, el informe de la REDODEM reconoce las motivaciones familiares entre las tres que primordialmente estarían influyendo en la salida de los migrantes de sus países: la reunificación familiar (87%) y la búsqueda de un familiar (13%).

Fuente: REDODEM, Procesos Migratorios…, 36.

Estos datos hacen ver en la migración la fuerte implicación de las redes familiares, su dimensión de movilidad conjunta, y en cierto modo también su dimensión de ruptura y reintegración, o de daño y reparación, provocados por la misma migración en las familias. Antes quedó consignado el dato de que el 56.8% de los encuestados tenía un hijo o más, lo que apunta a considerar la frecuencia de las rupturas familiares implicadas en la migración. Esta condición es especialmente importante para entender las caravanas integradas en un 50% por migrantes que viajan en familias.[24] La mayor seguridad que proporciona la movilización en grandes grupos brinda la oportunidad de migrar a mujeres, niños y adultos mayores, normalmente disuadidos por los peligros del camino. De modo que en buena medida la energía y el rostro humano que se manifiestan en las caravanas provienen de esta motivación de mantener unida a la familia y de reunificarla si un familiar se encuentra ya en el país de destino.

Es necesario observar que las esferas de motivaciones que reconoce el informe de la REDODEM operacionalizan una matriz conceptual que está tratando de distinguir entre una migración forzada y una voluntaria. La esfera reconocida estrictamente como de violencia comprendería las agresiones o amenazas de agresión física a las personas, que estarían considerándose como determinantes de la migración forzada, mientras que serían menos determinantes las esferas de las motivaciones económicas y familiares (como las personales, sociales y ambientales que también reconoce el informe). En la práctica es un intento de distinguir entre una violencia directa y una indirecta que responde a los encuadramientos de la legislación internacional sobre migraciones, que si bien ampara las formas de violencia física, desconoce las formas de violencia estructural o latente de las sociedades.

Como se discute más adelante, la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 buscó ofrecer garantías a aquellas personas que ven en peligro sus vidas como consecuencia de conflictos internos o guerras. El estatus de refugiado es concebido para ese tipo específico de crisis humanitaria, dentro del que no han encontrado cabida hasta ahora las crisis económicas o de otro tipo que pudieran generar movilizaciones comparables.

El informe de la REDODEM es plenamente consciente de esta limitación del amparo legal, pero no abandona el concepto de “migración forzada”, que usa estratégicamente de modos distintos: a) se atiene estrictamente a este para construir datos relevantes para la política de refugiados en México y así reconoce entre la población migrante a aquella “con perfil de refugiado”;[25] y b) amplía el concepto para dar cabida a las causas estructurales (económico-sociales), asumiendo la migración forzada como la situación de movilidad de personas que tuvieron que salir de sus lugares de vida por factores que estaban más allá de su control —lo que le permite construir datos relevantes para las políticas en los países de origen de la migración—:[26]

En el contexto del tránsito por México de la migración irregular de personas procedentes de Centroamérica, el empleo del concepto de migración forzada [cursivas en el original] es de particular relevancia, ya que permite abordar y dar cuenta de los siguientes procesos: a) los diversos contextos que, en los países de origen, propiciaron procesos de expulsión de las personas; b) que los motivos y razones por las que estas dejan sus hogares no dependen de su control y voluntad; c) que las causas que les fuerzan a salir suponen dinámicas de exclusión de diversos tipos (y de una estructural y generalizada transgresión e incumplimiento de derechos humanos); d) que, debido a la forma en que dejaron sus lugares de origen, y por no contar con documentación migratoria, estas personas se encuentran en condiciones de vulnerabilidad en los países por los que transitan y a los que se dirigen.[27]

Como se discute más adelante, el concepto de migración forzada en la práctica funciona como un dispositivo de control que, si bien ofrece beneficios de acogida a cierta porción de migrantes, sirve sobre todo de salvaguarda a los países receptores con respecto a las migraciones económicas o de otro tipo. Es una expresión que demanda una violencia extrema, una violación masiva de derechos humanos en los países de origen, para que pueda invocarse. E igualmente es una expresión que penaliza la libertad individual, esto es, la libre movilidad y las aspiraciones personales, en otras palabras, la agencia subjetiva que también interviene en las migraciones.

En parte debido a las limitaciones de este encuadramiento conceptual, otras dimensiones de la migración resultan invisibilizadas o inadecuadamente incorporadas en los informes. Las motivaciones políticas y las ambientales, por ejemplo, son marginalmente consideradas en ítems que no consiguen informar de las situaciones.[28]

Para la discusión que se sostiene en este ensayo, habría resultado de gran ayuda que el informe de la REDODEM hubiera considerado la esfera de la política entre las motivaciones o causas de salida de los migrantes. La calidad del sistema político, la funcionalidad de las instituciones públicas y su confianza en ellas, lo mismo que las expectativas de futuro, son factores de una importancia que se desconoce en la decisión de dejar los países de origen. Como se argumenta en el siguiente apartado, las condiciones sociales, siendo graves, podrían desembocar en el movimiento migratorio como consecuencia, entre otras cosas, del deterioro del pacto político que en mejores condiciones habría podido favorecer la cohesión social.

Como apoyo a esta argumentación, puede considerarse el Informe Latinobarómetro de 2018, que identifica a los tres países del norte de Centroamérica que junto con Brasil presentaron el menor apoyo de la población a la democracia: Honduras con 34% de apoyo, y Guatemala y El Salvador con 28%, muy por debajo de la media latinoamericana del 48%.[29]

Fuente: Informe Latinobarómetro, 16.

Si se considera el periodo comprendido entre 2009 y 2018 puede observarse un descenso continuado del apoyo a la democracia en Honduras y El Salvador, y altibajos en Guatemala, un periodo que se corresponde con el del aumento de las migraciones y el surgimiento de las caravanas. El dato se refiere a la democracia como dimensión clave del sistema político pero puede considerarse indicativo de la percepción de inoperancia de la administración del Estado para la resolución de los problemas sociales.

Hasta aquí, la revisión de informes sobre la migración centroamericana de los últimos años ha permitido reconocer las aspiraciones económicas y el padecimiento de la violencia social como los móviles principales de la migración. Los influjos del neoliberalismo pueden apreciarse operando de distintos modos en la movilización, acuciando la presión de las condiciones estructurales externas, las dificultades económicas y la violencia criminal, lo mismo que aportando los estímulos de la economía material (oportunidades de empleo, de mejores retribuciones, etc.). Las experiencias subjetivas de estas situaciones, sin embargo, quedan por fuera de la información aportada. Aún parece mucho lo que hace falta investigar para comprender cómo se liga en la experiencia de las personas el padecimiento de las condiciones sociales con sus aspiraciones, la búsqueda de recursos materiales con las luchas por los derechos, por la dignidad y la felicidad.

La idea de una conflagración de gran magnitud tras el movimiento migratorio, a que remite —como hemos visto— la imagen de las caravanas, encuentra algunos asideros en estos informes, aunque los datos resultan más bien fríos respecto de las vivencias que podrían estar animando el fenómeno. La reducción de las experiencias individuales a números y su encuadramiento en conceptos aleja de los significados y las repercusiones emocionales que los acontecimientos podrían estar teniendo. Que las condiciones de opresión económica resulten intolerables o que aboquen a la desesperación, que las aspiraciones a una vida digna conlleven una tal afirmación del sujeto migrante en su empresa o que las promesas lisonjeras del capitalismo alcancen tal capacidad de movilización quedan fuera del alcance de las encuestas. Como igual queda fuera de ellas la manera en que las condiciones de violencia generalizada infunden el temor, cómo las amenazas o las agresiones personales pueden llegar a ser tan graves que provoquen la huida y cómo pueden pesar tanto las condiciones de desintegración familiar que lleven a las personas a arriesgar sus propias vidas en el camino de la migración.

Sueño americano

En un estudio temprano sobre las migraciones en Honduras de la Pastoral Cáritas, la antropóloga Silvia González reconoció tres dimensiones de las experiencias subjetivas locales que en su agudización serían responsables de la migración de acuerdo con las personas entrevistadas: a) la desesperanza, el sentimiento de desencanto y de frustración con un país carente de oportunidades, en buena medida resultado de un sistema político inoperante y de unos gobernantes corruptos, b) la necesidad de superar el estado de pobreza y de proveer recursos para las familias y c) la ideología del éxito derivada del poder del dinero en términos de disfrutes del consumo y de ascenso de estatus social.[30] La primera dimensión puede entenderse como política en cuanto se refiere a la condición de subordinación y exclusión de la población, la segunda dimensión sería propiamente la de economía material en cuanto provisión de recursos necesarios para la subsistencia, y la tercera de economía libidinal como satisfacción de deseos y consecución del goce.

A la pregunta sobre el significado del “sueño americano”, las principales tres respuestas de los migrantes entrevistados por la antropóloga fueron:

El sueño americano es lograr lo que uno quiere…

Es un cambio de vida.

El dólar.
El billete verde.[31]

El punto que se quiere destacar es que cuando las encuestas encuentran como principal la motivación económica, esta no puede entenderse de modo determinista. La pobreza como escasez de recursos materiales no sería una causal mecánica de la migración sino que se encontraría subsumida, modelada y tensionada por las elaboraciones emotivas, psicológicas, políticas y culturales. Más aún, una energía libidinal como deseo afirmativo de vida podría ser lo que confiere un poder transformativo a la experiencia, al paso de la vivencia de las limitaciones al de la migración.

Un documental de importancia para considerar la dimensión subjetiva de la migración es Coyote (2009) de Chema Rodríguez, en el que se enfoca la economía libidinal en juego.[32] El film opera a la manera de un reality show en el que tres migrantes de clase media guatemaltecos (dos mujeres y un joven) son seguidos en su empresa por el realizador y sus cámaras. La representación de la migración se encuentra claramente sesgada por la extracción de clase de los migrantes y por el papel protagónico del “coyote”, el traficante de personas que cobra por sus servicios. No son estos los migrantes más pobres que hacen la travesía andando y sobre trenes de carga, sino los que disponen de recursos suficientes para hacerlo en autobuses, hoteles y pagando al guía, aunque siempre clandestinamente. En este sentido, no son migrantes enteramente forzados por las limitaciones de recursos, aunque su consecución sea primordial, sino atraídos por promesas imaginarias de todo tipo que prefiguran en el país de destino. Más allá del simple mejoramiento de condiciones de vida, que podría ser un denominador común de los migrantes, el film permite apreciar la importancia de otras configuraciones emotivas como las de la curiosidad, la aventura, la liberación sexual y, en general, el estímulo a la renovación y expansión del disfrute de la vida que puede encontrarse en la empresa.

De interés es observar el carácter anómalo de la perspectiva sobre la migración del film de Chema Rodríguez, respecto de las representaciones predominantes. Como señala Delmer Ulises Méndez-Gómez, la filmografía sobre la migración centroamericana ha buscado más bien rebatir los estereotipos de la doxa social que los representa como sujetos incómodos, amenazantes o abiertamente delincuentes.[33] El film de Chema Rodríguez haría un pobre favor a la reivindicación de los migrantes al destacar las atracciones subjetivas o “superfluas” de la migración, e indirectamente prestaría apoyo a la doxa social del prejuicio y la discriminación, si bien estaría destacando aspectos con los que no podría no contarse.

Estudios sobre la literatura, lírica y de ficción, asociada a la migración, coinciden en buena medida con estas observaciones. En un análisis de poesías y novelas de México y de Honduras, Mariana Flores Castillo calificó de “utopía del progreso” los imaginarios migrantes referidos al mejoramiento de la calidad de vida que se manifiestan en las producciones artísticas. Siguiendo a Horacio Cerutti, Flores Castillo sostiene que se trata de una “utopía operante”, “vivida”, que parte de la valoración de las condiciones inmediatas como diagnóstico de realidad y que, desplegándose como un tramado simbólico, alimenta las expectativas y dota de sentido a las acciones que llevan a migrar:[34]

Existe un punto en el que se engarza el diagnóstico y la enfermedad. La construcción de un lugar mejor con el accionar; con hacer lo necesario para su realización; donde se junta la realidad inmediata con la posible, lo que hace que la historia siga su movimiento, y donde se hace posible que miles de migrantes, emprendan su camino, es decir, el engarce de la realidad con lo ideal.[35]

Frecuente en la sociología de las migraciones actuales es considerarlas inherentemente asociadas al capitalismo, no como un fenómeno externo que amenazara sus fundamentos sino constitutivas de las dinámicas de los mercados laborales. Los flujos de trabajadores desde las regiones periféricas resultarían de una población trabajadora flotante, mal integrada, excluida o expulsada del sistema económico; responderían a demandas reales de las economías centrales, así no fueran reconocidas por el orden normativo, y estos flujos se hallarían motivados por los estímulos típicos de las oportunidades de empleo y de mejores retribuciones salariales. En este sentido, los migrantes se hallarían movilizados objetiva y subjetivamente por el capitalismo, y sus desbordes y excedencias serían igualmente necesarios para el mantenimiento de su rentabilidad.

Frederic Lordon ha estudiado desde el punto de vista de la dinámica de las pasiones de Spinoza el capitalismo para hacer ver que su “gran logro” ha podido ser alinear el deseo de los trabajadores con el deseo-amo del capital. Una especie de “servidumbre voluntaria” como la que describiera Étienne de La Boétie con respecto al soberano en los regímenes monárquicos, con la diferencia de entender el deseo no como una elección individual sino también como una imposición sistémica. Al cerrar toda posibilidad de autoproducción económica individual o colectiva a pequeña escala y al extremar a sus últimas consecuencias la división del trabajo mercantil, el dinero, la relación asalariada, se convierte en el pasaje obligado, en “la llave del deseo basal, jerárquicamente superior, condición de todos los otros —sobrevivir…”.[36]

En la fluctuación de ánimos bajo el capitalismo, que situaría a los trabajadores entre el temor de carecer y la esperanza de obtener lo necesario para la vida, el dinero sería un motivo de innegable alegría, si bien la relación salarial establecería una forma de dependencia y dominación, motivo de tristeza.[37]

… entre las causas de longevidad del capitalismo se cuenta el hecho de haber sabido enriquecer el complejo pasional de la relación salarial, y en particular el de haber hecho entrar en ella otros motivos de alegría, más francos. El más evidentemente conocido depende del desarrollo del consumo… Potencia inaudita de fijación del deseo, la mercancía lleva la dependencia salarial a un nivel más alto, pero acompañándola de aquí en más con los afectos alegres de la adquisición monetaria. Por eso su despliegue a una escala sin precedentes se cuenta entre los grandes “logros” del capitalismo, cuya fuerza conativa, por así decirlo, se demuestra en su capacidad de engendrar por sí mismo sus propias condiciones de perseverancia.[38]

En las transformaciones del capitalismo originario al modelo fordista y al neoliberalismo, los trabajadores han pasado de movilizarse por la necesidad de subsistir (por el aguijonamiento del hambre y la carencia de los recursos básicos) a hacerlo por las gratificaciones del consumo ampliado de mercancías en la sociedad de masas, y últimamente a interiorizar como autoexigencias los requerimientos de eficiencia y productividad de la rentabilidad del capital.

El neoliberalismo extiende al interior de las empresas, lo que Lordon llama el “shock accionario”, una demanda de maximización del rendimiento del capital que se multiplica con efectos redoblados en las escalas jerárquicas de la organización. La relación de dependencia y el condicionamiento del orden de vida a la relación salarial llevan a los trabajadores no solo a esforzarse más sino a desear su esfuerzo, a enorgullecerse de su trabajo y a complacerse a sí mismos de complacer a los mandos superiores. El efecto de esta intensificación de la demanda es que los trabajadores llegan a automovilizarse en una dirección que siendo de su interés, lo es más aún para la empresa.[39]

Lordon halla en Spinoza la explicación a esta paradoja de que los trabajadores encuentren la felicidad aún en las condiciones más adversas de sumisión al capitalismo. Cuanto más graves son las condiciones de vida (mayor la tristeza), más se esfuerzan los sujetos por sobreponerse (por la consecución de la alegría), en lo que opera un “reencantamiento” con su poder de actuar:

… el sujeto no puede rendirse ante la constatación de su propio desamparo, demasiado dolorosa, y esforzándose “en imaginar lo que incrementa o secunda su potencia de actuar”, repele el espectro del derrumbamiento triste a través de las armas del reencantamiento.[40]

El sujeto necesita creer en la productividad de su esfuerzo, en tanto no puede prescindir de perseguir la alegría. Lordon pone el ejemplo que ofrece Primo Levi en su testimonio, del caso de Elías, un hombre monstruosamente obstinado que consigue encontrar el modo de ser feliz aun compartiendo las mismas condiciones de cercamiento de la muerte de los demás prisioneros en el campo de concentración nazi.[41]

En más de un sentido, las movilizaciones migratorias pueden verse ajustadas a las dinámicas del deseo del capitalismo que presenta Lordon: la búsqueda de la alegría en las relaciones salariales imaginadas (consecución de un bien) y la huida de la tristeza de las condiciones económicas de opresión y de las amenazas de la violencia (evitación del mal). Incluso ofrece elementos para comprender la obstinación de los migrantes en el deseo de migrar (su resistencia a declinar la esperanza) a pesar del padecimiento de las adversidades, penalidades y riesgos del camino. La migración como mano de obra barata al servicio de los intereses capitalistas es asumida como el medio privilegiado para sobreponerse a la tristeza y conquistar la alegría.[42]

No obstante, el automatismo de las poblaciones y el rígido alineamiento del deseo de los trabajadores al del capital que plantea Lordon ha sido objetado desde perspectivas también spinozistas de la economía. Si bien se reconoce el éxito del capitalismo en la articulación de los deseos por la vía de los salarios y el fetichismo de las mercancías, otros autores recuperan de Spinoza la importancia que concede al conatus como afirmación de los sujetos y su poder libertario.

Verónica Gago ha mostrado cómo el reconocimiento de las tendencias al alineamiento de los deseos bajo el capitalismo ha conducido en el pasado reciente a políticas neoliberales de integración subordinada de las economías populares en América Latina. En Perú particularmente bajo el gobierno de Alberto Fujimori y basado en las propuestas de economistas como Hernando de Soto y de intelectuales como Mario Vargas Llosa, se encontró en las aspiraciones de ascenso social y de adquisición de bienes materiales de las clases populares los incentivos para integrar a las economías informales como motor del desarrollo capitalista.[43] En estudios sobre las migraciones bolivianas en Argentina, sin embargo, la autora encuentra evidencias para argumentar en contra de la presunción de un alineamiento simple de las economías populares con el capitalismo oficial, en cuanto estas se ven acompañadas de una heterogeneización imprevista de actividades, que tanto refuerzan otras formas de explotación sumergida como inventan estrategias de resistencia y de perduración.[44] Basándose en las ideas de Laurent Labove, Gago propone reconocer un conatus estratégico de las poblaciones que puede hacer coincidir en parte los deseos populares con el capitalismo pero que lo desbordan en tanto voluntad más amplia de búsqueda de perduración en el ser:

La conquista de tiempo/espacio se vuelve fundamental para lo que podemos llamar, parafraseando a Laurent Bove, conatus estratégicos: dinamismos colectivos que agencian recursos de todo tipo para perseverar en su ser. En ese impulso, se aferran también a un modo de habitus, es decir, de costumbres que incluso se traducen en fidelidad a ciertas instituciones. Esta relación entre conatus y habitus —ya no como opuestos sino como formas de relación con el tiempo y la duración— provee un esquema de la perseverancia que no es teleológico. Creemos, además, que permite a la vez pensar spinozianamente en la libertad como “tendencia a la innovación” y como “tensión hacia la autonomía” del cuerpo social y, a la vez, plantear el problema de la obediencia (más allá de la figura jurídica de la “reducción a la servidumbre”)…[45]

Sandro Mezzadra, basándose en estudios de los movimientos migratorios hacia Europa, invierte el entendimiento que prevalece de ser los migrantes el objeto de políticas de control y administración, a ser los sujetos de una lucha política, social y económica, que confronta los regímenes normativos y presiona por profundas transformaciones en las naciones y en el concierto internacional. Mezzadra propone entender la migración como el ejercicio activo de un derecho de fuga, de sustracción de condiciones de miseria, opresión, guerra, y de conquista de los bienes materiales y jurídicos necesarios para la vida:[46]

El empleo del término “derecho” hace referencia a la idea profundamente arraigada, por muy imprecisa y confusa que pueda ser para migrantes individuales, de que el movimiento migratorio es un movimiento legítimo. He aquí las palabras de un joven migrante tunecino detenido en Italia: “La Tierra no es mía, no es vuestra. No es de Obama ni de Berlusconi. La Tierra nos pertenece a todos. Si quiero respirar el oxígeno de Italia, respiro el oxígeno de Italia. Si quiero respirar el oxígeno de Canadá, respiro el oxígeno de Canadá”.[47]

Mezzadra inscribe su trabajo dentro de la corriente de estudios reconocida como “autonomista” por conceder a la participación subjetiva la mayor importancia en el fenómeno migratorio. En términos de Foucault, Mezzadra entiende la mano de obra bajo procesos tanto de sujeción como de subjetivación, en cuanto es sometida a tecnologías de control al mismo tiempo que ejerce su propia agencia y prácticas de negociación y contestación.[48] Los migrantes no serían agentes pasivos ni meras víctimas sino sujetos que heterogenizan la economía, el derecho y la cultura. Ciudadanos de frontera, los migrantes desdoblan los espacios provocando inscripciones e interconexiones de múltiples vías, como los movimientos reivindicatorios de sus derechos en los países de tránsito y acogida o los aportes económicos a sus familias en sus comunidades y países de origen, con efectos que rebasan las relaciones de dependencia salarial.[49]

Los tradicionales modelos “hidráulicos”, que reconducen íntegramente las migraciones a causas “objetivas”, buscando los factores de push out y de pull up o poniendo el acento sobre los desequilibrios propios de la división internacional del trabajo, muestran ahora sus límites frente a las “dinámicas autónomas” y a los “flujos multivectoriales” que asignan a los procesos migratorios contemporáneos caracteres de turbulencia.[50]

La condición ambigua de los migrantes, de sujetos asimilados no reconocidos, captados comercialmente como fuerza de trabajo pero restringidos sus derechos por su condición de extranjeros, estaría haciendo entrar en crisis los modelos de las ciudadanías nacionales. Esto indicaría un cierre en el proceso de expansión intensiva y extensiva de derechos de la ciudadanía en las sociedades del siglo XX a que se refiriera T. H. Marshall, pero establecería igualmente el marco de una lucha potencialmente productiva. Los migrantes sufrirían en sus cuerpos y en sus vidas (en los centros de detención, en las redadas policiales, en la amenaza permanente de expulsión), el desencuentro de los derechos de los ciudadanos con los derechos humanos, un choque entre particularismos y universalismo, que estaría presionando, sin embargo, hacia formas inéditas de ciudadanía transnacional.[51] Se trataría para Mezzadra de batallas que libran los migrantes en los confines de las sociedades (no necesariamente localizables geográficamente sino en sus espacios políticos) por su autonomía. Una lucha por la autonomía que estaría implicando insurrección y aspiraciones a la igualdad y a la libertad:[52]

[El derecho de fuga] permite, sobre todo, poner en evidencia la naturaleza en última instancia política de las disputas que se sostienen hoy alrededor de las migraciones, en una situación en la que, como escribió Zygmunt Bauman, la libertad de movimiento tiende a transformarse en “el principal factor de estratificación” de las sociedades contemporáneas y en uno de los criterios fundamentales alrededor de los cuales se definen las nuevas jerarquías sociales. Y alumbra, de forma especial, una de las características más destacadas de la globalización contemporánea: la tendencia a la proliferación y al rearme de los confines contra las mujeres y hombres en fuga de la miseria, de la guerra, de las tiranías políticas y sociales —desde las “fronteras externas”…[53]

Mezzadra comparte con autores como Jeremy Brecher, Antonio Negri, Michael Hardt o Dipesh Chakrabarty la perspectiva de que los movimientos migratorios conllevan transformaciones profundas en el orden mundial. Si la “globalización desde arriba” extiende la dominación colonial, la hegemonía del capitalismo y la homogeneización cultural, la “globalización desde abajo” actualiza las luchas anticoloniales, la heterogeneización de la economía y la hibridación cultural que abren nuevas oportunidades a la libertad y a la vida.[54] Para Mezzadra, no se trata de que los migrantes sean un nuevo tipo de héroe mítico revolucionario, pero su movilización debe contarse como una de las principales acciones sociales de desafío del capitalismo global.[55]

Estado de guerra

Fenómenos traídos por el neoliberalismo, que en otras partes pudieron sobrellevarse sin sacar de quicio los procesos sociales, en países como los del norte del istmo han trastornado profundamente a las sociedades. El debilitamiento del Estado de derecho, el descrédito de la política, el recorte de los beneficios sociales de la economía y el deterioro de las condiciones de vida de amplios sectores de la población, aunado al estímulo de los intereses particulares y del capital, habrían podido abocar a los países a las condiciones de extendida criminalidad de un presente dominado por la corrupción del aparato estatal, el narcotráfico y las pandillas.

Estas situaciones de violencia califican por sus características principales dentro de lo que se ha denominado “nuevas guerras”, en las que las confrontaciones no son ya entre Estados nacionales sino al interior de las sociedades, sin ser tampoco civiles, por cuanto lo que se encuentra en juego no es hacer prevalecer un determinado modelo de organización social sino intereses particulares de grupos, ya sea económicos o abiertamente criminales, como es el caso en las sociedades de la región. Estas “nuevas guerras” —que no lo serían tanto por su familiaridad con el saqueo y el escarmiento— parecieran orientarse según Giorgio Agamben más a profundizar el desorden que a establecer alguno, y en ellas es cada vez más difícil distinguir la guerra de la paz, los militares de los civiles y los enemigos de los criminales.[56]

Mary Kaldor encuentra distintivo de las nuevas guerras el colapso de perfiles político/económico/criminales que se extienden en distintos países desde los años noventa del siglo pasado:[57]

… las nuevas guerras implican un desdibujamiento de las distinciones entre guerra (normalmente definida como la violencia por motivos políticos entre Estados o grupos políticos organizados), crimen organizado (la violencia por motivos particulares, en general el beneficio económico, ejercida por grupos organizados privados) y violaciones a gran escala de los derechos humanos (la violencia contra personas individuales ejercida por Estados o grupos organizados políticamente).[58]

De acuerdo con Kaldor, las nuevas guerras se asocian a la degradación de los Estados en los contextos de la globalización, que pierden el monopolio de la violencia legítima y se encuentran en competencia con la emergencia de poderes fácticos privados. En su interpretación, se trata de un proceso en el que la disminución de los ingresos del Estado se corresponde con la ineficacia institucional, la pérdida de la legitimidad política, la expansión del delito y la corrupción, al mismo tiempo que la violencia comienza cada vez más a ejercerse por agentes privados, distintivamente por el crimen organizado y grupos paramilitares.[59]

Importante en la caracterización de Kaldor es el recurso al miedo y al odio para el control de la población del que se valen las nuevas guerras. Menos que conquistar territorios o que integrar a los habitantes de determinadas regiones, lo que estas guerras persiguen es el expolio o el desalojo de las poblaciones. Las atrocidades que penalizaba la legislación sobre la guerra —masacre de civiles, asedios, destrucción de monumentos— se convierten en elemento fundamental de las nuevas estrategias y explican en buena medida el aumento espectacular del número de refugiados y personas desplazadas por estos conflictos.[60]

A diferencia de las “viejas guerras” —añade Kaldor—, las nuevas no necesariamente son libradas por ejércitos sino muchas veces por pequeños grupos de una gran variedad: paramilitares, caudillos locales, bandas criminales, fuerzas de policía, grupos mercenarios o escindidos de los ejércitos regulares.[61] Y las características de estas guerras podrían hallarse en el mundo occidental, no solamente en países lejanos o del tercer mundo, y particularmente en los barrios marginales:

… las milicias de extrema derecha en Estados Unidos no son tan distintas de los grupos paramilitares en Europa del Este o África… [y] en cierto sentido, se puede calificar la violencia en los barrios marginales de las ciudades de Europa occidental y Norteamérica de una nueva guerra.[62]

Agamben, en un intento por comprender el terrorismo, recuperó del mundo griego clásico la noción de stasis, traducida generalmente como guerra civil, en la que el orden social se descompone en bandos enfrentados que intentan hacer prevalecer un determinado pacto político (en beneficio de la ciudad, pólis) o hacer reconocer políticamente los intereses de determinadas familias y linajes (en beneficio de la casa, oíkos). La stasis vendría a ser un momento de suspensión del orden social, momento grave de incertidumbre y de confrontación interna, del que, sin embargo, la sociedad tendría la oportunidad de salir fortalecida y ampliada la órbita del derecho: “… debemos concebir la política como un campo de fuerzas cuyos extremos son el oíkos y la pólis: entre ellos la guerra civil marca el umbral en el que, al transitarse, lo impolítico se politiza y lo político se ‘economiza’”.[63]

En este modelo de tensiones, la guerra es civil en la medida en que se orienta a recomponer el pacto político, mientras que en las nuevas guerras simplemente se rompe. Agamben toma el nombre de “guerras inciviles” del investigador norteamericano Donald Snow, quien las había definido como “el asesinato más o menos sistemático y el aterrorizamiento de la población civil”.[64]

Nada más lejos entonces del modelo clásico heroico de la stasis griega que las caóticas formas de violencia contemporáneas. Si, siguiendo a Agamben, lo político se entiende como el campo de tensiones entre asociación y disociación de una comunidad, y si la asociación consolida la unidad política, entonces las guerras inciviles vendrían a expresar el grado máximo de disociación de esa comunidad. Cuando los individuos actúan civilmente, contribuyen a la construcción de la unidad política (la sociedad), pero pueden simplemente romperla cuando hacen prevalecer sus lealtades étnicas, religiosas o sus demandas económicas personales (las de sí mismos, de los suyos o de sus familias).

Achille Mbembe, refiriéndose a las nuevas guerras de África, destaca que las bandas en ocasiones “con la máscara del Estado” pueden enfrentarse entre sí, pero “tienen [ambas] como objetivo principal a la población civil que no está armada ni organizada en milicias”.[65] Desde el punto de vista de Mbembe, vendrían a ser formas de empoderamiento de individuos y grupos resultado de lo que él llama el proceso de “privatización de la soberanía” que trajo consigo el neoliberalismo.

El desmantelamiento del aparato estatal en aras de la eficiencia y el libre juego de las fuerzas del mercado, desde el punto de vista de Mbembe, ha podido operar de modo perverso en los países periféricos, atomizando y disgregando su poder. Si la soberanía puede entenderse como la potestad de un Estado sobre un territorio y una población, y consecuentemente el monopolio de la violencia, el neoliberalismo ha podido incentivar no solamente la concesión de los recursos naturales, bienes y servicios públicos, sino la pérdida del control sobre esa población y su disputa por poderes fácticos emergentes. La situación de fuerzas de seguridad corruptas, grupos paramilitares y bandas criminales asolando la población civil respondería a esta arrogación del recurso a la violencia y la muerte por parte de agentes privados, agentes de acoso, extorsión y eliminación, comparables en sentido negativo a las maquinarias de guerra de que hablara Gilles Deleuze:

Las máquinas de guerra se convierten rápidamente en mecanismos depredadores extremadamente organizados, que aplican tasas en los territorios y las poblaciones que ocupan y cuentan con el apoyo, a la vez material y financiero, de redes transnacionales y de diásporas.[66]

En América Latina el calificativo de nuevas guerras ha sido aplicado a la de Sendero Luminoso en Perú y al conflicto armado en Colombia.[67] En el norte de Centroamérica, aunque con diferencias entre los países, el calificativo puede valer para reconocer las formas de extendida violencia actual en la que tienen un protagonismo principal las pandillas, pero igualmente el narcotráfico y la corrupción, que han podido implicar no solamente a miembros de las fuerzas policiales y armadas, coludidos con las organizaciones criminales, sino a altos cargos de los gobiernos.

De este modo podrían ser efectivamente guerras inciviles las que se hallarían tras las caravanas y la migración masiva. Unas guerras entendidas como conflagraciones que amenazan las vidas de las personas, e inciviles en su descomposición del orden político de las sociedades.[68]

Notorio para los países del istmo centroamericano es que sea la criminalidad la responsable del exacerbamiento de las condiciones sociales. La criminalidad podría estar arrojando sobre las ya graves situaciones económicas y sociales un mal mayor que haría la vida intolerable para los sectores más pobres y vulnerables de las sociedades. La criminalidad dirigida al expolio de la población se estaría cebando en los escasos recursos económicos de las familias agravando sus problemas; la criminalidad como agresión y daño a las personas estaría trayendo consigo el trauma y el temor generalizado; y la criminalidad como corrupción gubernamental estaría aportando el descrédito de las instituciones y la desesperanza política.

Las guerras inciviles en el norte de Centroamérica podrían estarse viviendo como unas guerras difusas, ambiguas, generadas por una criminalidad que se manifiesta en una violencia de múltiples facetas. Una violencia armada, descontrolada, extendida; una violencia vejatoria, de ultraje y de profanación simbólica; una violencia presente en todo lugar y sin embargo oculta; una violencia ocasional y sin embargo persistente; una violencia reproducida en multitud de agentes y afín al patriarcado y al machismo, de imposición por la fuerza, de empoderamiento del agresor; una violencia depredadora, abusiva, dirigida a la apropiación y al despojo, y por esto afín también a las tendencias dominantes de la economía.

Refugiados

Las caravanas de migrantes en buena medida se forman orientándose al reclamo de los derechos humanos fundamentales. La vida en peligro y la dignidad vulnerada hacen cruzar las fronteras a las personas buscando el amparo que les falta en sus países de origen. La mayoría de migrantes desconocen que les asiste la figura especial del derecho de asilo/refugio cuando emprenden la marcha, pero implícitamente se activa en el mensaje que construyen con su movilización y que apela a la legislación internacional adoptada por los países receptores. Solo un pequeño porcentaje de los migrantes, enterado en el camino de esta posibilidad o como resultado de haber sido detenido por las autoridades migratorias, se acogerá a los procedimientos administrativos requeridos para obtener este estatuto, aunque de quienes lo hagan muy pocos serán los que lo obtengan. No obstante, el procedimiento resulta crucial para los migrantes, y para la política y la jurisprudencia locales y globales por cuanto en el reconocimiento de derechos se define una cierta condición de humanidad, de humanidad permitida, aceptada, al tiempo que otras formas de humanidad se rechazan y abandonan a su suerte. En la cifra creciente de deportaciones (en esas multitudes que son rechazadas) se evidencia una crisis no solo regional (centro-norte-americana) sino de mayor escala, que es negada o insuficientemente asumida por los Estados y las sociedades y que, sin embargo, presiona de forma productiva por la habilitación práctica de regímenes de derechos ampliados.

Giorgio Agamben encuentra en los campos de refugiados el sitio en el que los derechos humanos colapsan ante el ejercicio del poder de los Estados nacionales. A pesar de las generalizadas declaraciones a favor del humanitarismo y del repudio de los campos de concentración nazis (que serían el antecedente de los actuales campos), los refugiados latinoamericanos (como antes los judíos y los demás perseguidos) ven suspendidos sus derechos y ejercer un poder soberano sobre sus cuerpos y sus vidas por las autoridades de los Estados nacionales:

La paradoja está aquí en que precisamente la figura —el refugiado— que habría debido encarnar por excelencia los derechos del hombre, marca por el contrario la crisis radical de este concepto… En el sistema del Estado-nación, los denominados derechos sagrados e inalienables del hombre se muestran desprovistos de cualquier tutela desde el momento mismo en que ya no es posible configurarlos como derechos de los ciudadanos de un Estado…[69]

En los campos, los refugiados quedarían reducidos a vida biológica (nuda vida, zoé, en la terminología de Agamben) mientras verían disiparse la construcción propiamente humana de su condición, su vida política (ciudadanía, bios). El refugiado vendría a encarnar para Agamben al Homo sacer, la figura propicia de los sacrificios que conociera la antigua Roma: “Cuando sus derechos ya no son derechos del ciudadano, el hombre se hace verdaderamente sagrado, en el sentido que tiene este término en el derecho romano arcaico: consagrado a la muerte…”.[70]

Achille Mbembe lleva más lejos las consideraciones sobre el estado de excepción que se convierte en regla en las formas de gubernamentalidad actual. La soberanía de los Estados a juicio de Mbembe se funda más que en la vida natural en la potestad de disponer de ella que estos se arrogan. Es la capacidad de decidir sobre la vida y la muerte, sobre quién puede vivir y quién debe morir, lo que funda el poder soberano de las naciones:

La expresión última de la soberanía reside ampliamente en el poder y la capacidad de decidir quién puede vivir y quién debe morir. Hacer morir o dejar vivir constituye, por tanto, los límites de la soberanía, sus principales atributos. La soberanía consiste en ejercer un control sobre la mortalidad y definir la vida como el despliegue y la manifestación del poder.[71]

Desde el punto de vista de Mbembe, la potestad de esta decisión habría sido la fuente de las formas más atroces de la violencia: de la colonización, del racismo, de la esclavitud, del apartheid, etc. De acuerdo con Mbembe el pasado colonial asociado con la modernidad y el capitalismo habrían podido llevar a unas formas de ejercicio del poder en el momento actual que mientras preservan la vida para ciertas naciones y regiones, condenan a mundos de muerte a las demás.

EE. UU. y México, en tanto que Estados soberanos, han dado a los migrantes centroamericanos el trato al que se han sentido autorizados por el sistema de naciones y el orden jurídico internacional, que por una parte los invita al trato humanitario y por otro les reconoce su potestad de decidir sobre la vida de estas personas. Esto ha supuesto en la práctica que en nombre de los intereses nacionales de los países receptores, decenas de miles de migrantes sean rechazados de las fronteras cada año, con lo cual prevalece la racionalidad de los Estados nacionales sobre la de los derechos humanos, y el privilegio de la nacionalidad por encima del de la humanidad.

Tanto EE. UU. como México son suscriptores de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, de su Protocolo de 1967 y han desarrollado legislación especial e instituciones dedicadas al asunto. Los procedimientos administrativos presentan similitudes, aunque distinguen a cada país situaciones muy particulares. En ambos países las solicitudes de asilo/refugio[72] son sometidas a un proceso de evaluación que incluye centros de detención, audiencias y estudios de caso, y en ambos operan programas de vigilancia y de deportación. También en ambos países los sucesivos gobiernos han implementado políticas particulares que han concretado formas más o menos benévolas o lesivas del trato a los migrantes, e igualmente han sido denunciados distintos tipos de violaciones de los derechos humanos de los migrantes especialmente en los aseguramientos/arrestos y en los centros de detención (malos tratos, condiciones vejatorias), como igualmente en los procesos de evaluación de las solicitudes de los migrantes (demoras, discriminación, falta de fundamentación).

EE. UU., tradicionalmente afamado por ser un país de inmigrantes, después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 no ha dejado de endurecer su política migratoria. Igualmente México, conocido por su hospitalidad para los asilados políticos y por promover la protección de las poblaciones desplazadas por los conflictos armados centroamericanos de la década de los 80, en la Declaración de Cartagena de 1984 (que amplió la definición de “refugiado” a toda persona que huya de la “violencia generalizada”), en las últimas décadas ha endurecido su política migratoria en relación proporcional con el aumento de la migración centroamericana y con la presión de EE. UU. para que lo haga.[73]

El artículo principal de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, del que se derivan las legislaciones y procedimientos nacionales, reconoce la causal de violencia como la característica definitoria de esa condición:

[Refugiado es aquella persona que] debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de tal país; o que, careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos, fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera regresar a él.[74]

Como se dejó dicho antes, el estatuto ofrece protección a las personas que huyen de la violencia, lo que constituye un loable fin humanitario, si bien la restricción a esta causal habilita la salvaguarda de las naciones con respecto a las demás posibles causales de la migración (económicas, medioambientales, familiares, personales, etc.). La Convención además establece como salvedad fundamental la comisión de un delito grave que pudiera ser imputado a las personas solicitantes del estatuto, con lo que asocia la evaluación de las solicitudes con un juicio criminal:

F. Las disposiciones de esta Convención no serán aplicables a persona alguna respecto de la cual existan motivos fundados para considerar: a) Que ha cometido un delito contra la paz, un delito de guerra o un delito contra la humanidad, de los definidos en los instrumentos internacionales elaborados para adoptar disposiciones respecto de tales delitos; b) Que ha cometido un grave delito común, fuera del país de refugio, antes de ser admitida en él como refugiada; c) Que se ha hecho culpable de actos contrarios a las finalidades y a los principios de las Naciones Unidas.[75]

De este modo la Convención afinca en el texto de la legislación el poder soberano de los Estados nacionales a que se refieren Agamben y Mbembe y habilita el ejercicio de su potestad en lo que se materializará como el proceso administrativo de evaluación de solicitudes, teñido desde el primer momento de un velo de criminalización que comprometerá en la práctica su desempeño.

El carácter determinante que la Convención concede a la violencia para reconocer a quienes pudieran ser beneficiados con el estatuto de refugiado se traduce en la práctica en una demanda de afectación directa de esta, en convertir en requisito el que las personas hayan sido víctimas de la violencia, el que debieron padecerla en su integridad personal o encontrarse directamente amenazadas. Aunque la Convención establece que basta el solo temor a ser perseguido para beneficiarse de sus alcances, en la práctica este debe demostrarse ante los evaluadores que decidirán si es un “temor fundado, razonable”, con lo que se evade el sentido literal de la disposición. Tampoco se aplica la disposición prima facie como debería a los migrantes provenientes de países en los que prevalece una reconocida violencia generalizada, como son los del norte de Centroamérica. Tal como se está entendiendo, la Convención solo sería aplicable a “víctimas no muertas” de una “superviolencia”.

Puesto que la mayoría de los migrantes lo son por causas económicas, la Convención no les estaría ofreciendo ningún amparo, e incluso los podría estar penalizando como autorización indirecta de deportación, y descalificando cuando sus causas de migración fueran mixtas e incluyeran también la violencia. La violencia estructural en las sociedades de origen estaría siendo invisibilizada. Solo calificaría para la Convención la amenaza de “muerte súbita”, por “delito de sangre”, no las condiciones de opresión, no la privación de los medios de vida, no las condiciones degradantes.

Importante es observar que la excepción de aplicación por un delito grave que estableciera la Convención ha podido traducirse en las legislaciones nacionales en la presunción de un “riesgo” para las sociedades de acogida, lo que supone un entendimiento no solamente más extenso de tal salvedad, sino que por implicación se estaría elevando la consideración del “potencial provecho” que la persona beneficiada por el estatuto pudiera representar para las sociedades. Los terroristas, los asesinos son un riesgo para las sociedades, pero también podrían serlo los enfermos, los ancianos, las mujeres embarazadas, los discapacitados, los que carecen de habilidades laborales o de educación, etc., que representarían una posible carga para las sociedades de acogida. El estatuto de refugiado podría, así, estar siendo instrumentalizado para premiar a las personas juzgadas provechosas desde un punto de vista estrechamente económico y al mismo tiempo estaría creando una humanidad descartable, desechable.

Entre todos, no pueden dejar de ser considerados los más despreciables, los criminales, los que transgreden la ley o las normas de convivencia y moralidad, que no faltarían entre los migrantes condenados al no-lugar de las prisiones. Apátridas por excelencia, en los criminales se castigan unos modos de comportamiento que replican la violencia que antes infligieran en ellos las sociedades. Como ha hecho ver Loïc Wacquant, el neoliberalismo ha traído un régimen de sociedades penitenciarias de castigo a los pobres:

La penalización funciona como una técnica para la invisibilización de los problemas sociales que el Estado como palanca burocrática de la voluntad colectiva, ya no quiere o no puede tratar desde sus causas, y la cárcel actúa como un contenedor judicial donde se arrojan los desechos humanos de la sociedad de mercado.[76]

Podría reconocerse que una vena importante de la criminalidad de los pobres resulta de la encarnación extrema de tendencias dominantes de la ideología neoliberal, como la persecución exacerbada del lucro individual y del éxito económico. Del mismo modo como las élites y las empresas lo hacen, entre los pobres habrá quienes estén dispuestos a practicar cualquier transgresión de la ley o de la moralidad que les reporte beneficio, y con mayor desconsideración y violencia hacia los demás cuanto más graves sean las condiciones objetivas o subjetivas de privación que padezcan. Criminalidad de los pobres contra los pobres, podría decirse, cuando propiamente sería la violencia sistémica neoliberal trastornando y perjudicando de otro modo a los más desfavorecidos de las sociedades.

Investigación especial se requiere para conocer y evaluar con propiedad los procesos de solicitud de asilo/refugio de los migrantes centroamericanos en EE. UU. y México, pero puede presumirse que la discrecionalidad, que descendiendo de la legislación internacional se conceden los Estados, consuma formas de violencia en las personas de los migrantes que comprometen las nociones de humanidad. Una insuficiente consideración de las implicaciones éticas de las evaluaciones de solicitudes de asilo/refugio puede estar impidiendo ver que tras los dictámenes de aprobación/denegación opera un juicio de selección y descarte de seres humanos.

Entrevista a beneficiarios del estatuto de refugiado

En las instalaciones de FM4 Paso Libre,[77] y gracias a su colaboración, fue posible entrevistar a dos migrantes hondureños beneficiados por el estatuto de refugiado por el Gobierno mexicano. A la pregunta principal con respecto al procedimiento seguido por su solicitud ante la COMAR, respondieron que se trataba de un largo proceso de evaluación mediante el cual los funcionarios determinaban la calidad de las personas. Uno de ellos lo expresó en una frase: “Lo que hacen es separar el grano bueno del grano enfermo”.

Ambos informantes procedían de Honduras y habían sido guardias de seguridad privada antes de emprender el viaje aunque en lugares distintos y sin haberse conocido. En sus semblantes y en sus palabras podía advertirse el orgullo de haber sido reconocidos legalmente por el país anfitrión, e igualmente era patente el desprecio con que juzgaban a quienes habían sido rechazados y a la mayoría de los migrantes, a quienes calificaron de “chusma” a pesar de haber sido compañeros de camino.

El primero de los informantes, a quien llamaremos Pedro, tenía 50 años de edad, fue detenido en territorio mexicano por oficiales del Instituto Nacional de Migración, fue recluido en la Estación Migratoria Siglo XXI de Tapachula durante 56 días, y su trámite de legalización duró 5 meses, durante los cuales permaneció en un albergue y recibió apoyo monetario del ACNUR. Pedro denunció pésimas condiciones en la estación migratoria, las que interpretó como un castigo por haber sido detenido en condición irregular y como una manera de inducirlo a renunciar al trámite de solicitud de refugio. Dos amigos suyos que lo acompañaban en el viaje y detenidos en la misma Estación desistieron por los maltratos y regresaron a Honduras.

El segundo informante, a quien reconoceremos como Juan, tenía 36 años de edad, se enteró de la posibilidad de solicitar el estatuto de refugiado en el primer albergue en que se hospedó en territorio mexicano. Se presentó voluntariamente en las oficinas de la COMAR en Tapachula, y siguió el proceso de su solicitud en libertad con apoyo monetario del ACNUR. Juan explicó que había conseguido evitar los controles migratorios de las carreteras yendo a campo traviesa y por la noche gracias a su entrenamiento militar. Juan tuvo solo palabras de elogio para los funcionarios de la COMAR, para los albergues y especialmente para la ACNUR.

En el proceso de evaluación de sus solicitudes, los informantes reconocieron una “entrevista principal” en la que se repitieron preguntas que antes les habían hecho los funcionarios de la COMAR, pero en la que consideraban que se había decidido su situación. Pedro presentó como causa principal para haber dejado su país el haber recibido amenazas de muerte de parte de delincuentes por su trabajo como guardia de seguridad y su entrevista duró una hora. Juan presentó como causa principal para dejar su país las necesidades económicas y el deseo de prosperar, su entrevista duró 8 minutos. Ambos informantes recibieron al final del proceso un documento en el que rezaba como título: “Constancia de Reconocimiento de la Condición de Refugiado”.

Importante es observar que la causal de violencia esgrimida por Pedro en su solicitud se encuentra ausente en la de Juan, lo que supone que dicha causal —siendo la principal en la legislación—, si bien estaría siendo considerada, no sería determinante para la concesión del estatuto de refugiado. Juan, siendo un migrante por causales económicas, debió reunir otras cualidades valoradas positivamente por los funcionarios de la COMAR para llegar a ser beneficiado por el estatuto de refugiado como lo fue, lo que apunta a que en la práctica la evaluación de solicitudes de este organismo tiene un amplio margen de discrecionalidad.

La información brindada por Pedro y Juan solo puede ser indicativa de las situaciones que podrían estar ocurriendo en el movimiento migratorio y su procesamiento administrativo, dado que son casos aislados. Más investigación al respecto es necesaria, sobre todo en la dirección de establecer si el proceso de evaluación de solicitudes se está orientando a ser uno de selección/discriminación con base en los perfiles sociales, económicos, psicológicos de las personas solicitantes. La impresión que los informantes comunican es la de que el país receptor estaría cuidándose de dar acogida a personas que le fueran provechosas y rechazando a las que no.

De acuerdo con Pedro y Juan, en la masa de migrantes habría que distinguir distintas clases según su nivel de ingresos y sus modos de conducta. Los migrantes de mayor capacidad económica pagan a traficantes (coyotes) y pasan desapercibidos por rutas y medios de transporte privados; los migrantes de ingresos medios intentan la ruta por el transporte público y se albergan en hospedajes y hoteles; y los de ingresos bajos o sin ingresos avanzan por su propio pie, pidiendo dinero (“charoleando”), pidiendo transporte por favor (“jalón”, “aventón”) y siguiendo las rutas de los trenes de carga. Entre estos últimos, según los informantes vienen ladrones, pandilleros y criminales de distinto tipo que no solo agreden a otros migrantes sino a los nacionales mexicanos de los pueblos y ciudades por donde pasan. Pedro y Juan se ubicaban a sí mismos en la segunda categoría y se atribuían habilidades laborales y honradez. (Fuente: Elaboración propia. Leyva, Héctor M., Entrevistas a refugiados en México, Guadalajara, 22 de febrero de 2020).

Estos casos permiten considerar las peculiaridades que cobra la aplicación de la legislación migratoria, que a pesar de las apariencias no es de un completo cierre sino más propiamente de un filtrado de la corriente migrante. Desde una perspectiva biopolítica, como expone Elisa Ortega Velázquez, las leyes e instituciones migratorias operan como un dispositivo para administrar y controlar la vida de las personas migrantes en un modo que sea funcional a la reproducción del capitalismo global: mediante “diferentes discursos y sus tecnologías (biopolíticas) […] se capta a los migrantes que prometen mayor productividad y plusvalía al sistema capitalista neoliberal, ya sea por sus calificaciones laborales o por su vulnerabilidad socioeconómica a la explotación”.[78]

María del Carmen García Aguilar, en una revisión de la situación jurídica internacional que atañe a migrantes y refugiados, constata el consenso de distintos autores en torno a una reconfiguración radical de los planteamientos pacifistas originales de la postguerra europea, en la dirección del recelo y hostilidad del neoliberalismo global actual. Para algunos autores —Portilla, Hirsch— se habría producido un desplazamiento del modelo de derecho internacional público de protección de los derechos humanos, por uno estatal nacional de competencia y resguardo de los intereses nacionales; mientras que para otros autores —Jacobs, Díaz— en oposición al modelo garantista de derechos se habría rehabilitado uno belicista (los derechos de guerra, “el derecho penal del enemigo”) en contra de las que se consideran las consecuencias negativas de la globalización (criminalidad, narcotráfico, terrorismo) encarnadas como amenazas en la figura de los migrantes.[79]

Desde el ángulo del Sistema de Naciones Unidas, el reto de la comunidad internacional se encontraría en (re)habilitar un modelo de auténtica seguridad humana (en cuyo centro se encuentren las personas y sus derechos), debilitado por el modelo de seguridad nacional (asociado a la soberanía y el poder militar de los Estados nacionales):[80]

La movilidad humana, y en esta la migración irregular, laboral y los desplazamientos por conflictos armados y otras violencias, como la de la misma supervivencia, son hoy una amenaza transnacional. Bajo esta lectura, la política internacional, anclada en el enfoque del realismo espacial, mantiene su tratamiento bajo el esquema unilateral, esto es, un manejo de los Estados del norte receptor en atención a sus intereses y, a lo sumo, un manejo en atención al ordenamiento geopolítico de regiones o bloques.[81]

De acuerdo con numerosos autores, el modelo de seguridad nacional ha conducido a sistemáticas violaciones de los derechos humanos de los migrantes. María Dolores París Pombo ha hecho ver que mientras EE. UU. ha desplegado abiertamente el modelo de seguridad nacional, México exhibe el discurso de los derechos humanos en la política, en tanto ha aplicado en la acción pública el de la seguridad nacional con atropello de los derechos de los migrantes.[82]

Puede decirse que la irrupción de las caravanas de migrantes centroamericanos consiguió visibilizar globalmente la crisis de los derechos de asilo y refugio. Congruente con su tendencia hacia la seguridad nacional, EE. UU. endureció inmediatamente su política migratoria y retrocedió sensiblemente en sus obligaciones respecto del asilo. Los migrantes fueron rechazados militar y administrativamente en la frontera, con lo que se trasladó el problema a México, que ha visto agudizarse las contradicciones entre su discurso de derechos humanos y sus acciones públicas contra los migrantes.

De acuerdo con los reportes de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), las deportaciones masivas de migrantes centroamericanos, que venían siendo la práctica de ambos países, se mantuvieron con un relativo descenso de las cantidades de EE. UU. y de aumento de las de México en 2018 y 2019. Con lo cual la política migratoria en cuanto a deportaciones pudo continuar siendo igualmente dura, con un agravamiento en México que comenzó a sufrir mayor presión de EE. UU. para contener el flujo migratorio.

 

Fuente: Organización Internacional de las Migraciones (OIM), Tendencias migratorias en Centroamérica, Norteamérica y el Caribe. Noviembre 2019, 5.

En una evaluación de las consecuencias de las caravanas, Eduardo Torre Cantalapiedra, del Observatorio de la Frontera Norte, hizo ver los hitos del endurecimiento de las políticas de EE. UU. y México hacia los migrantes centroamericanos. El presidente Donald Trump hizo manifestaciones de repudio, ordenó el despliegue de fuerzas del ejército en la frontera y su administración implementó distintos mecanismos para demorar, complicar e indirectamente vetar las solicitudes de asilo. México por su parte, presionado por la administración Trump, se comprometió en una declaración conjunta a contener a los migrantes irregulares en su territorio y a desplegar la Guardia Nacional en su frontera sur.[83]

Quizás como nunca antes, el endurecimiento de las políticas migratorias hacia los centroamericanos ha aproximado a EE. UU. a la cancelación definitiva del recurso de asilo. En buena parte se ha tratado de subterfugios que complican los procedimientos o que traspasan la responsabilidad a otros países:

El 25 de enero de 2019, la administración Trump implementó un nuevo obstáculo a los procesos de solicitud de asilo [denominado]: Migration Protection Protocols (MPP) / Remain in Mexico; mediante la puesta en marcha de tal programa las autoridades estadounidenses han pretendido que el mayor número de solicitantes de asilo en Estados Unidos que lleguen por la frontera entre México y Estados Unidos, sean devueltos a México para que esperen mientras se resuelven sus casos. Para septiembre de 2019 más de 37,500 personas han sido devueltas bajo el MPP y la cifra sigue creciendo incesantemente.[84]

Este protocolo se suma a la implementación de un sistema de turnos, que al asignar cuotas diarias para la recepción de solicitudes de asilo prolonga considerablemente la espera de los migrantes, y a la política de “tercer país seguro”, que presiona a los migrantes a buscar refugio en los países de tránsito y a que estos les acojan.[85]

Bruno Miranda y Aída Silva Hernández, con base en los informes anuales oficiales de EE. UU. y en el Programa TRAC de la Syracuse University, establecen que en el año fiscal de 2018, la tasa de reconocimiento de asilo a migrantes centroamericanos fue del 7%, mientras que el porcentaje para las distintas nacionalidades fue del 14% con un claro carácter discriminatorio.[86] Y si esta cifra ya era muy baja, se redujo a 0.7 % para los migrantes acogidos bajo los MPP en 2020, que correspondería propiamente a miembros de las caravanas centroamericanas.[87] Como explican los autores, la larga espera de meses que conllevó el proceso de evaluación de las solicitudes de asilo constituyó el principal mecanismo de disuasión de los solicitantes.[88] Esto supuso en la práctica una estrategia de denegación de acogida, aunque el hecho de que los solicitantes dejaran de presentarse en las audiencias no debería llevar a suponer que habrían desistido de su intención de ingresar a EE. UU., pues también es posible que hubieran podido lograrlo de manera irregular.

En lo que se refiere a México, Torre Cantalapiedra, basado en información oficial, evidencia el endurecimiento de la política mexicana en el cuantioso aumento de las detenciones de migrantes que en 2019 prácticamente duplicaron el número del año anterior al alcanzar a 31.573 personas.[89] Torre Cantalapiedra observa que coincidentemente con el cierre progresivo de la frontera de EE. UU. aumentó de manera exponencial el número de peticiones de refugio en México, siendo la mayoría de migrantes centroamericanos:

Entre 2013 y 2018 la cifra de personas solicitantes de refugio se multiplicó más de 8 veces, pues pasó de 3,424 a 29,631. El número de solicitudes volvió a crecer de manera considerable en 2019, solo entre enero y agosto la cifra ascendió a 48,254 solicitantes, superando en más de un 62 por ciento a la cifra alcanzada durante el año anterior.[90]

Esto supone que México, y consecuentemente su sistema de concesión de refugio, está siendo sometido a una mayor presión migratoria ahora que el país desempeña mayores funciones de contención. A diferencia de EE. UU., México ha mantenido los procedimientos establecidos en la legislación previa para las solicitudes de refugio en apego a su discurso de los derechos humanos, pero agudizando sus contradicciones. Como observa Torre Cantalapiedra, el aumento del procesamiento de solicitudes de refugio ocurre parejo al de las detenciones de migrantes y a una reducción drástica del presupuesto de la COMAR, el organismo responsable: “… el presupuesto de la COMAR fue primero congelado durante el gobierno de Enrique Peña Nieto (2012-2018) y después reducido en más de un 25 por ciento por el gobierno de López Obrador”.[91]

Que las solicitudes sean presentadas no quiere decir que sean procesadas adecuadamente, menos con falta de recursos, lo que hace aflorar otro tipo de problemas. Las solicitudes son sometidas al examen correspondiente, del cual resulta, en efecto, el rechazo de gran número de ellas, lo que, como plantea Torre Cantalapiedra, hace presumir cuando menos alguna forma de tendenciosidad:

Hay que tener en cuenta que no todas las solicitudes se convierten en reconocimientos de la condición de refugiado o el otorgamiento de la protección complementaria, pues muchos abandonan o desisten de sus trámites, y las tasas de rechazo son muy elevadas. Por ejemplo, en 2017 la tasa de rechazo para el caso de las personas hondureñas fue de aproximadamente 50 por ciento.[92]

Al aumentar el número de solicitudes, se podrían estar haciendo más notorias las fallas del sistema, su falta de criterios unificados o los prejuicios que pueden prevalecer en las evaluaciones (no excluido el racismo).

De este modo, todo hace presumir que las caravanas centroamericanas han provocado el descenso de las tasas de resolución positiva de las solicitudes de asilo y refugio en EE. UU. y en México, y que si este recurso ya representaba una escasa oportunidad para los migrantes, ahora se halla próximo a desaparecer. Lo que se encuentra en juego, como se decía antes, es la obsolescencia del derecho de asilo/refugio como estatuto internacional, y en consecuencia el orden internacional de los derechos humanos bajo el influjo de las tendencias políticas e ideológicas del neoliberalismo.

Nuevas ciudadanías

A pesar del cierre de fronteras, las migraciones continúan y la historia no parece acabar con las crisis actuales sino probablemente relanzarse. Los migrantes no desisten y de múltiples formas se encuentran luchando por unos derechos que viven de forma encarnada y de los que aparentemente no pueden ser despojados.

Para Sandro Mezzadra la insistencia intransigente (la “terquedad migrante”) con la negativa de los Estados nacionales a reconocer los derechos humanos comporta una política con la que hay que contar y de la que pueden esperarse transformaciones de importancia. El fracaso aparente de las caravanas, a la luz de las mínimas tasas de reconocimiento de asilo en EE. UU., solo puede ser adecuadamente juzgado tomando en cuenta la situación general de la lucha migrante en ese país y en México, de la que esas caravanas constituyen solamente uno de sus acontecimientos, y no sin consecuencias que se pudieran descartar.

Las migraciones podrían entenderse como una revuelta molecular invisible que estaría transformando en los hechos las formas de convivencia. Lo que las caravanas visibilizan por un momento es el movimiento mayor, masivo, no registrado de individuos que por separado y ocultos han llegado a formar contingentes importantes de población no documentada establecida en los países de tránsito y acogida. Los estudios críticos de la migración destacan que así sea de forma irregular, los migrantes están ejerciendo en la práctica derechos de ciudadanía que presionan por su reconocimiento legal.

En la interpretación de Yasemin Nuhoglu Soysal, considerando la situación en Europa, EE. UU. y otros países, la población migrante no ciudadana desafía los modelos normativos de las ciudadanías nacionales habiéndose convertido en residentes permanentes.[93] Su presencia ha forzado, a pesar del cierre de las políticas gubernamentales y de la retórica nacionalista, la conquista de derechos y privilegios. Los migrantes no solamente participan del mercado laboral sino de beneficios sociales de salud y educación así como de prerrogativas en el servicio militar; de igual modo actúan en formas convencionales y no convencionales en la política local y estatal, y son efectivamente incorporados en programas y presupuestos gubernamentales.[94] Para la autora se trataría de una membrecía de facto de la nación, legitimada por la presión de los marcos normativos transnacionales, que descansando no en los derechos de la nacionalidad (jus sanguinis o jus soli), lo hacen en los de la personalidad humana (los derechos humanos) apuntando hacia formas de ciudadanía posnacional.[95]

Otros autores, ante la debilidad del régimen de los derechos humanos, desvirtuados de forma creciente por las políticas migratorias, encuentran que las situaciones tienden a resolverse en favor de los migrantes por la valoración que estos se granjean de las comunidades y por las redes de solidaridad que se tejen en torno suyo. Si la apelación a los derechos fundamentales puede ser un beneficio declaratorio, idealizado, de una “globalización desde arriba”, más concretos y prácticos muestran ser los derivados de una “globalización desde abajo” resultado de la obligación moral que los migrantes crean con sus contribuciones y de los apoyos, en ocasiones radicales, que encuentran en las sociedades de tránsito y acogida.

Para Mary McThomas, la realidad cotidiana de la migración es la de unos individuos que actuando como ciudadanos, aportando al sostenimiento de la sociedad y desplegando virtudes cívicas, no son reconocidos como tales.[96] La ciudadanía comportaría actos de consentimiento implícito, como los que demuestran los migrantes al acatar la autoridad del Estado, pagar impuestos, contribuir a la seguridad social, servir en el ejército o prestar servicios voluntarios.[97] La ciudadanía sería una forma de compartir una vida en común, el trabajo y las relaciones interpersonales en que se construye la vida social, lo que crearía el compromiso de las comunidades de las sociedades mayoritarias por el reconocimiento de esa ciudadanía a los migrantes.[98] Para la autora sería el ejercicio de esta ciudadanía social lo que explicaría los avances y el acuerpamiento de las luchas migrantes en los EE. UU., en torno a beneficios sociales, permisos de permanencia y formas de protección en las ciudades santuario, que instituyen medidas de acogida hospitalaria para ellos. De modo que la situación que se habría creado es la de la obligación de la sociedad y el Estado, en un juego justo, de contar como ciudadanos a quienes se comportan como tales, independientemente de la forma en que hayan ingresado al país.[99]

La práctica de actos y virtudes cívicas de los migrantes por sí sola, sin embargo, no podría llevar a su reconocimiento legal si no es con el apoyo y el acompañamiento de los ciudadanos de la sociedad mayoritaria. En principio, los migrantes no pueden actuar políticamente en reivindicación de sus derechos, y si lo hacen se exponen a la detención y a la expulsión. Para Mary McThomas esto demuestra la falacia del principio deliberativo de las democracias liberales, que declaran pero castigan el derecho a la voz en la sociedad.[100]

Esta observación es del todo pertinente para la evaluación de las caravanas migrantes, uno de cuyos rasgos distintivos es la exposición de su movilización como reivindicación en acto de su derecho a migrar, algo que ha podido encontrar como réplica un endurecimiento de la política migratoria. Si su manifestación en el espacio público les ha podido granjear ayudas y permitir recorrer miles de kilómetros, entrar en el campo de visibilidad del poder de los Estados ha podido ser contraproducente. La experiencia parece demostrar que funciona mejor para los migrantes el ocultamiento y el silencio, la imperceptibilidad, como si los Estados no pudieran no responder al desafío de su poder, y en cambio pudieran dejar pasar lo que ocurre en sigilo, como en las zonas de tolerancia y los puntos ciegos de las fronteras.

Blanca Laura Cordero Díaz y María Georgina Garibo García observan que las caravanas no habrían llegado a ser lo que han sido sin el apoyo de las organizaciones de la sociedad civil mexicanas que como un cordón humanitario las han acompañado y fortalecido en su recorrido.[101] Para estas autoras se ha tratado de un “acuerpamiento en movimiento” que ha amplificado el carácter político de las migraciones como desobediencia civil a las políticas de control fronterizo.[102]

Los alcances y limitaciones de los movimientos de solidaridad pueden apreciarse en la heterogeneidad que cobran las iniciativas en su puesta en práctica. Tanya Basok y Guillermo Candiz, refiriéndose a los apoyos a los migrantes centroamericanos, observan que las organizaciones mexicanas de la sociedad civil han podido fluctuar entre garantizar su movilidad por el territorio y promover su establecimiento en el país.[103] Lo primero se halla en relación con la provisión de alojamiento, alimentación y seguridad, típica de los albergues y de las ayudas en los trenes; lo segundo, con los apoyos legales e institucionales para la obtención del estatuto de refugiado por el gobierno mexicano. No obstante, garantizar la movilidad por el territorio puede ocurrir dejando intacta o reificando la política identitaria nacionalista mexicana, con el consecuente traspaso de la responsabilidad a los EE. UU., como argumentan en este país. Mientras que, por su parte, las iniciativas a favor del estatuto de refugiado, aparentemente orientado a un acogimiento más hospitalario, lo que dejan intactas son las políticas migratorias represivas tanto en México como en EE. UU. al externalizar las fronteras y plegarse al juego geopolítico de este último país.

Helge Schwiertz y Helen Schwenken, basados en los planteamientos de Engin Isin y refiriéndose a la situación europea de este tipo de diferencias en las intervenciones de la sociedad civil a favor de los migrantes, distinguen entre las que corresponderían a una ciudadanía activa, desplegada en los marcos de la legalidad y la negociación con los Estados, y el activismo ciudadano, que puede contravenir y transgredir esos marcos en busca de replanteamientos enteramente nuevos.[104] En contra de la pasividad (la ignorancia, el conformismo, la omisión o el consenso tácito) con respecto a las condiciones desfavorables, injustas y humanitariamente difíciles de los migrantes, la ciudadanía activa tomaría partido y desplegaría acciones en favor de su acogida y reconocimiento en condiciones de plena legalidad. El caso más emblemático de este tipo de solidaridad sería el de las ciudades santuario tanto en Europa como en EE. UU. que brindan beneficios y garantías que pueden encontrar asidero en las leyes, al tiempo que pueden promover por los cauces institucionales cambios en esas leyes.

El activismo ciudadano, por su parte, desde una subjetividad que traspasa el sentido de la ciudadanía nacional y estructuralmente en conflicto con la legislación y las políticas antiinmigrantes, puede practicar una política de “no fronteras-libre movilidad”, llegar a comprometerse con los movimientos clandestinos de migrantes y ser criminalizados por ello. Ejemplos emblemáticos de este tipo de activismo serían las ayudas de escape, como las de barcos de rescate en Europa o las de organizaciones que facilitan agua, alimentos, abrigo y medicinas en las rutas migrantes del desierto de Arizona, cuyos activistas han enfrentado cargos por lo que se puede considerar “crímenes de solidaridad”.

A pesar de las diferencias estratégicas y políticas entre los distintos tipos de iniciativas, Schwiertz y Schwenken sostienen que ambas comparten el potencial de incentivar la empatía y la solidaridad en las sociedades, más allá del sentido de pertenencia nacional, y de hacer contrapeso a la opinión y a las políticas antiinmigrantes.

Desde una perspectiva global, podría sostenerse que las migraciones están conduciendo a un punto de crisis civilizatoria, crisis de las ciudadanías, de los Estados nacionales y del orden jurídico internacional de los derechos humanos, pero una crisis de la que podrían resultar formas renovadas, más humanamente enriquecedoras y justas de convivencia. Lo que acontece es el movimiento transformador de las personas a través de las fronteras. Una movilización que demuestra ser mutuamente beneficiosa para esas personas y para las sociedades que las acogen, y que está suscitando acuerpamientos solidarios cada vez más amplios y decididos. De modo que si se está asistiendo a un desvirtuamiento de los derechos humanos por las ideologías y los Estados nacionalistas, también se está asistiendo a un reempoderamiento en el ejercicio de facto de esos derechos por las personas mismas.

Los migrantes vendrían a ser los sujetos nómadas por excelencia del momento actual, un sujeto colectivo transnacional, transicional, en movimiento, en busca de formas de afirmación y por ello predispuesto y necesitado del relacionamiento con los otros. Para Rosi Braidotti, propio de la política afirmativa es la relacionalidad con los múltiples otros en la que se equipara el empoderamiento con el bien ético.[105] La ética afirmativa sería la praxis de perdurar mediante la construcción de positividad, una evasión del daño y del dolor que promovería nuevas condiciones y relaciones sociales.[106] En el ímpetu del nomadismo migrante podría reconocerse una fuerza vital que traspasando lo negativo —desorganizándolo creativamente con su movilización— crearía la posibilidad de desarrollos alternativos —proyectaría la vida inmanente—. Desde este punto de vista, la situación actual podría ser la de un completo revés para los migrantes, rechazados y perseguidos quizás como nunca antes, y, sin embargo, su política, su movilización, la calidad de las relaciones que son capaces desplegar, etc., podrían estar fecundando el futuro.

Conclusiones

Las caravanas de migrantes centroamericanos participan de los movimientos migratorios globales, en buena medida resultado de las coacciones del neoliberalismo, si bien puede apreciarse su conexión con las dinámicas primordiales que animan la vida humana y atraviesan las épocas. A la luz del pensamiento político postestructuralista (spinozista-nietzscheano), los movimientos migratorios transnacionales expresarían la vida como conatus, como potencia de afirmación en rivalidad con el ejercicio de dominio y de control de las poblaciones. Las condiciones socioeconómicas, políticas y culturales, incluidas la precarización de los órdenes de subsistencia, la inoperancia de las instituciones estatales y los imaginarios de abundancia y éxito del capitalismo, estarían consiguiendo desencadenar los movimientos migratorios como corrientes de vida en busca de la vida. Unas corrientes que estarían escapando de los modelos de control y los encuadramientos normativos hegemónicos y presionando por reacomodos en las formas de convivencia, en la legislación de los Estados nacionales y en las del derecho internacional.

La asociación de las caravanas de migrantes centroamericanos con el éxodo o la huida de una guerra encuentra su asidero en la lucha por la sobrevivencia que manifiestan. Las poblaciones se encontrarían sometidas a una violencia difusa ejercida por la estructura económica y especialmente por las pandillas y las bandas criminales. La estimulación de los agentes de poder fáctico del neoliberalismo estaría sometiendo a las poblaciones a unos rigores intolerables. Una chispa de vida, sin embargo, el surgir de la esperanza en el destino idealizado de la migración, podría ser el desencadenante decisivo de las movilizaciones. La motivación económica, reconocida como la principal, permite apreciar la alineación de las migraciones con el capitalismo, la aspiración a la relación salarial (el dinero) como recurso imprescindible del bienestar (la vida). Unos deseos de vida, de reencantamiento con las pasiones alegres, que darían unidad a las otras motivaciones, y que estarían llevando a desbordar las formas actuales del capitalismo. Las migraciones supondrían la evitación de la tristeza y el mal (la precariedad económica, la violencia, la desintegración familiar) y la consecución del bien (los recursos materiales y simbólicos del bienestar y la dignidad), como afirmación de los sujetos en su ser.

Las crisis en las fronteras y en especial del estatuto de refugiado parecieran apuntar en el momento actual al rechazo definitivo de las migraciones. Brotes nacionalistas en los países de tránsito y acogida están conduciendo a cierres más firmes de los bordes entre países, al endurecimiento de la legislación migratoria, a la criminalización de los migrantes y al aumento exponencial de las deportaciones con un consecuente socavamiento de la vigencia de los derechos humanos. El estatuto de refugiado, concebido sobre la idea del auxilio humanitario, ha venido a ser instrumentalizado como el principal dispositivo de control en el que se están haciendo fuertes las soberanías nacionales e indirectamente dando ocasión a los tratos vejatorios de los derechos de los migrantes. Los movimientos migratorios, sin embargo, son de una tal determinación y magnitud, y comportan una tal manera de investimento de facto de los derechos humanos, que parecen incontenibles. Las caravanas centroamericanas son el ejemplo emblemático del desafío abierto del régimen de fronteras, como destaca Sandro Mezzadra, citando la letra de una canción de Chiky Rasta, un migrante hondureño: “La frontera está cerrada pero vamos a pasar”.[107]


  1. Aquí se asume el presupuesto de que los acontecimientos sociales pueden interpretarse como textos en cuanto suponen intervenciones que inscriben su sentido en el espacio histórico, en este caso las caravanas de migrantes, y la migración centroamericana en general, que representan acciones colectivas cohesionadas por pautas y propósitos comunes. Se tiene en cuenta para esto la argumentación propuesta por Paul Ricœur en su esfuerzo por integrar en una hermenéutica de las ciencias sociales la teoría del texto, la teoría de la acción y la teoría de la historia para la explicación y la comprensión del acontecer humano —propuesta que hizo en distintos ensayos compendiados en su libro Del texto a la acción. Ensayos de hermenéutica II (México: Fondo de Cultura Económica, 2002) —. De acuerdo con Ricœur si llamamos texto a un discurso fijado por la escritura, y si un discurso es un acontecimiento de habla que implica una actuación en la sociedad, la interpretación puede asumir los acontecimientos sociales como textos en tanto actuaciones cuyo sentido puede encontrarse en la finalidad que persiguen: “Podemos decir ahora que una acción, a la manera de un acto de habla, puede ser identificada no solo según su contenido proposicional, sino también según su fuerza ilocucionaria. Ambos constituyen su contenido de sentido. Como el acto de habla, el acontecimiento en forma de acción (si podemos acuñar esta expresión analógica) desarrolla una dialéctica similar entre su estatuto temporal, como acontecimiento que aparece y desaparece, y su estatuto lógico, por tener tales y cuales significados identificables o contenido de sentido” (Ricœur, Del texto a la acción, 178). El acontecimiento social comprendería un fenómeno de conciencia (noesis) y su resultado como intención (noema) (Ricœur, Del texto a la acción, 179). El deseo sería la fuerza que impulsa y mueve, y la razón del actuar (Ricœur, Del texto a la acción, 158-159); la acción supondría una intervención en el curso de las cosas en tanto resultado de la iniciativa de un agente (Ricœur, Del texto a la acción, 161); el actuar, el hacer, se transforman en una especie de enunciación al exteriorizarse intencionalmente (Ricœur, Del texto a la acción, 176); la acción se inscribe, permanece y es significativa cuando cobra un carácter colectivo e imprime un patrón reconocible en los acontecimientos: “Una acción deja una huella, pone su marca, cuando contribuye a la aparición de pautas que se convierten en los documentos de la acción humana” (Ricœur, Del texto a la acción, 179). La interpretación de los acontecimientos sociales tomaría de la teoría de los textos y la semiología la comprensión de los signos que emite, de la teoría de la acción la comprensión de las intenciones y los motivos, y de la teoría de la historia el reconocimiento de su articulación y trayectoria (Ricœur, Del texto a la acción, 167-168).
  2. Un seguimiento y análisis de las caravanas fue realizado por organizaciones de la sociedad civil de México, ver: Colectivo de Observación y Monitoreo de Derechos Humanos en el Sureste Mexicano, Informe del monitoreo de derechos humanos del éxodo centroamericano en el sureste mexicano: octubre 2018-febrero 2019 (México: s.e., 2019).
  3. Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (UNHCR/ACNUR), Caravanas” de refugiados y migrantes en Centroamérica (2018). https://tinyurl.com/5ahhm89u.
  4. Ismael Moreno, “La caravana: ¿Quiénes la empujan, qué factores internos la provocan, cómo situarnos?”, Envío, Año 16, 56 (2018): 1.
  5. Pablo Ferri, “La política migratoria en México: de la pulsera humanitaria a las cargas de la Guardia Nacional”, El País, 22 de enero de 2020. https://tinyurl.com/y74hr6zu.
  6. Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (UNHCR/ACNUR), México. Ficha de datos, julio de 2016. https://tinyurl.com/3s6xbftr.
  7. Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (UNHCR/ACNUR), Global Report, (2018), 88. https://tinyurl.com/4k82k6rm.
  8. Considerar con detenimiento los testimonios de la migración centroamericana o un conjunto de ellos es el objeto de otro ensayo en este libro. Destacan entre estos testimonios los recogidos en los informes de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), Informe especial sobre los casos de secuestro contra migrantes (2009) e Informe especial sobre los casos de secuestro en contra de migrantes en México (2011); de Amnistía Internacional, Víctimas invisibles. Migrantes en movimiento en México (2010); las crónicas periodísticas de Óscar Martínez Los migrantes que no importan (2012); la compilación memorial de editorial Almadia, 72 migrantes (2011); la etnografía de Soledad Álvarez Velasco, Frontera sur chiapaneca. El muro humano de la violencia. Análisis de la normalización de la violencia hacia los migrantes (2016), y las colecciones de testimonios recabadas por organizaciones de la sociedad civil como los de FM4 Paso libre o los de la Posada del Migrante Belén et al.: Sexto Informe sobre la Situación de los Derechos Humanos de las Personas Migrantes en Tránsito por México (2010) y Secuestros a Personas Migrantes en Tránsito por México (2011), especialmente el ANEXO 1. Testimonios de Migrantes Víctimas de Secuestro. Este tipo de narraciones reclaman consideraciones psicológicas, éticas, filosóficas que se alejan de las finalidades prácticas inmediatas de “administración” del fenómeno.
  9. MSF cita el Informe Mundial de la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito en 2013 para corroborar que las tasas de homicidios en los países del norte de Centroamérica son de las más altas del mundo y para coincidir en la apreciación de un estado de guerra: “Según los datos de ONUDD, la violencia homicida en el norte de Centroamérica provoca más bajas civiles que en cualquier otro país, incluyendo los afectados por conflictos armados. Es decir, en el Triángulo Norte Centroamericano se encuentran actualmente algunas de las sociedades más violentas del mundo. En el caso concreto de El Salvador, las tasas de muertes violentas son más altas que en cualquier país en guerra, con la única excepción de Siria” (Médicos Sin Fronteras (MSF), Forzados a huir del Triángulo Norte de Centroamérica: una crisis humanitaria olvidada (México, Nueva York, Río de Janeiro, Barcelona, 2017), 6-9).
  10. Red de Documentación de las Organizaciones Defensoras de Migrantes (REDODEM), Procesos Migratorios en México: nuevos rostros, mismas dinámicas (México, 2019), 35.
  11. La jerarquización de las motivaciones es útil para comprender su peso específico en las decisiones de migrar, pero el que se encuentren compenetradas unas con otras impide que lo mayoritario (las motivaciones económicas) pueda tomarse como lo definitorio del conjunto, o que pueda reconocerse a un segmento de los migrantes por el tipo de motivación principal que haya podido presentar. Esta clase de distinción, siendo controvertida, reviste de una importancia crítica para la concesión del estatuto de refugiado que los Estados restringen a las motivaciones de violencia. Como lo plantea el informe de la REDODEM: “Cada vez y con más frecuencia se ha vuelto un reto, tanto político, social, jurídico, como académico, la distinción entre las migraciones voluntarias y las migraciones forzadas debido a la combinación de motivaciones de salida. La coexistencia de falta de oportunidades, desigualdad, pobreza y violencia en los países de origen se presentan como razones múltiples y simultáneas, combinación de causas estructurales a las que se les ha denominado migraciones mixtas [… que] suelen hacer más compleja la identificación y el reconocimiento de la condición de persona refugiada, la cual es valorada a partir de motivaciones de violencia o amenaza a la vida” (REDODEM, Procesos Migratorios, 43).
  12. REDODEM, Procesos Migratorios, 68.
  13. REDODEM, Procesos Migratorios, 11-14.
  14. El informe es suscrito por la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR), la Unidad de Política Migratoria, Registro e Identidad de Personas (UPMRIP), el Centro de Estudios Migratorios (CEM) y el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (UNHCR/ACNUR).
  15. Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR), Unidad de Política Migratoria, Registro e Identidad de Personas (UPMRIP), Centro de Estudios Migratorios (CEM), Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (UNHCR/ACNUR), Encuesta nacional de población refugiada 2017 (México: COMAR, UPMRIP, CEM, UNHCR/ACNUR, 2017), 32.
  16. COMAR et al., Encuesta nacional, 22.
  17. REDODEM, Procesos Migratorios, 20-28.
  18. REDODEM, Procesos Migratorios, 30. Estos datos pueden compararse con los de la EMIF-Sur 2018, que reportó 83.250 migrantes centroamericanos devueltos por las autoridades migratorias mexicanas, de los cuales correspondió el 48.4% a Honduras, el 40.4% a Guatemala y el 11.3% a El Salvador. En esta encuesta los porcentajes muestran mayor balance, si bien las muestras son también diferentes. El Colegio de la Frontera Norte (El Colef) et al., Encuesta sobre Migración en la Frontera Sur de México (Emif-Sur). Informe Anual de Resultados 2018 (México: s.e., 2018), 23-24. De acuerdo con datos de la Organización Internacional de las Migraciones, los tres países son expulsores de población, con porcentajes importantes del total de estas residiendo en los EE. UU.: El Salvador, 20%; Honduras, 8% y Guatemala, 6% para el año 2019 (Organización Internacional de las Migraciones (OIM), Unidad de información para los países del norte de Centroamérica (2022). https://mic.iom.int/webntmi/).
  19. Los informes con los datos oficiales sobre la migración centroamericana los ofrece El Colegio de la Frontera Norte (El Colef) et al., Encuesta sobre Migración en la Frontera Sur de México (Emif-Sur), que cuantifica y caracteriza el flujo migratorio laboral que se dirige a México y Estados Unidos desde el año 2004. La Encuesta incluye, además de los indicadores básicos, otros que indagan distintos aspectos sobre el tránsito por México (traficantes de personas, trato de autoridades gubernamentales, deportaciones). Ver: https://tinyurl.com/mhehnu6d. En este ensayo se dio preferencia al informe de la REDODEM por la exploración especial que ofrece sobre las motivaciones de salida de los migrantes centroamericanos.
  20. REDODEM, Procesos Migratorios, 40.
  21. REDODEM, Procesos Migratorios, 52.
  22. Los realizadores del informe identificaron, agruparon y cuantificaron las principales causas de salida: “… a partir de los relatos de las 1295 personas migrantes [reconocidas con perfil de refugio] se generó un registro de 2543 razones de salida” (REDODEM, Procesos Migratorios, 44).
  23. De acuerdo con la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito (UNODC) las tasas de homicidios por 100 mil habitantes para 2019 fueron de 42.01 para Honduras, de 37.16 para El Salvador y de 26.04 para Guatemala, por encima del promedio para el continente americano de 16.7, y del mundo de 6.1 para 2018. https://dataunodc.un.org. Estudios nacionales sobre seguridad y victimización encontraron que porcentajes importantes de la población consideraron la inseguridad como el principal problema de los países (el 70.5% en Honduras, el 55.4% en El Salvador y el 31.3% en Guatemala), y que porcentajes considerables de la población habían sido víctimas de delitos en los últimos doce meses (el 16% en Guatemala, el 14.1% en El Salvador y el 12.8% en Honduras). Adicionalmente, el estudio de Honduras determinó que de la población víctima de delito un 20.7% estaba dispuesto a migrar (Instituto Universitario de Paz y Seguridad, Universidad Nacional Autónoma de Honduras (IUDPAS-UNAH), Percepción ciudadana de inseguridad y victimización (Tegucigalpa: s.e., 2018), 8, 15, 18. El Salvador, Informe de resultados. Encuesta de victimización y percepción de inseguridad (Ciudad Delgado, El Salvador, 2018), 18, 31. Guatemala. Encuesta nacional de percepción de seguridad pública y victimización en Guatemala, 2018 (Guatemala: Ministerio de Gobernación, 2019), 65, 87).
  24. Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (UNHCR/ACNUR), “Caravanas de refugiados y migrantes en Centroamérica”, en Américas (2018). https://tinyurl.com/5ahhm89u.
  25. REDODEM, Procesos Migratorios, 40.
  26. REDODEM, Procesos Migratorios, 66-67.
  27. REDODEM, Procesos Migratorios, 66-67.
  28. El informe de la REDODEM incluye ítems sobre persecución política y sobre desastres naturales, aspectos puntuales de lo que podrían ser las dimensiones políticas y medioambientales de la migración.
  29. Latinobarómetro, Informe 2018 (Chile: Santiago, Corporación Latinobarómetro, 2018).
  30. Pastoral Social/Cáritas, Sueños truncados. La migración de hondureños hacia Estados Unidos. Coordinadora de la Investigación Silvia González Carías (Tegucigalpa: Pastoral Social/Cáritas, Guaymuras, 2003), 77-87.
  31. Pastoral Social/Cáritas. Sueños truncados, 86.
  32. Coyote. Dirigida por Chema Rodríguez (New Atlantis, RTVE, 2009).
  33. Delmer Ulises Méndez-Gómez, “Rompiendo muros: narrativas fílmicas sobre las migraciones irregulares centroamericanas”, Reflexiones 99, 2 (2020):1-32. https://tinyurl.com/5n78dwfv.
  34. Mariana Flores Castillo, Migración centroamericana a los Estados Unidos. Cultura migratoria en la literatura hondureña y mexicana en el siglo XXI (Tesis de maestría. Universidad Nacional Autónoma de México. Posgrado en Estudios Latinoamericanos, 2015), 99.
  35. Flores Castillo, Cultura migratoria, 129.
  36. Frederic Lordon, Capitalismo, deseo y servidumbre. Marx y Spinoza (Buenos Aires: Tinta Limón, 2015), 38.
  37. Lordon, Capitalismo, deseo y servidumbre, 44.
  38. Lordon, Capitalismo, deseo y servidumbre, 49.
  39. Lordon, Capitalismo, deseo y servidumbre, 45.
  40. Lordon, Capitalismo, deseo y servidumbre, 86-87.
  41. Lordon, Capitalismo, deseo y servidumbre, 84.
  42. El padre Ismael Moreno, que se citó antes por caracterizar a las caravanas como un lance por la sobrevivencia, también reconoció en la migración una respuesta individualista que asoció a las estrategias de “rebusque” de los pobres, de buscar cada quien resolver sus problemas económicos, así solo se obtuvieran “migajas” del sistema: “La migración colectiva es el fracaso de todo tipo de respuesta pública, y el triunfo rotundo del rebusque individualista. El fenómeno de las caravanas es la expresión extrema de las respuestas individuales a un problema estructural y sistémico” (Moreno, La caravana, 5).
  43. Verónica Gago, “La estrategia de la fuga. Una problematización de la figura de la trata”, en Blanca Cordero, Sandro Mezzadra, Amarela Varela (editores), América Latina en movimiento. Migraciones, límites a la movilidad y sus desbordamientos (México, Madrid, Buenos Aires: Universidad Autónoma de la Ciudad de México, Traficantes de sueños, Tinta Limón, 2019), 320-321.
  44. Gago, “La estrategia de la fuga”, 316.
  45. Gago, “La estrategia de la fuga”, 323.
  46. Sandro Mezzadra, Derecho de fuga. Migraciones, ciudadanía y globalización (Madrid: Traficante de sueños, 2005).
  47. Sandro Mezzadra, “Proliferación de fronteras y derecho de fuga” en Papeles de relaciones sociales y cambio global 132 (2016): 19.
  48. Mezzadra, “Proliferación de fronteras…”, 14.
  49. Mezzadra, Derecho de fuga, 100-101.
  50. Mezzadra, Derecho de fuga, 110. Cursivas en el original.
  51. Mezzadra, Derecho de fuga, 98-99.
  52. Mezzadra, Derecho de fuga, 54.
  53. Mezzadra, Derecho de fuga, 110-111.
  54. Mezzadra, Derecho de fuga, 127-128.
  55. Mezzadra, Derecho de fuga, 54.
  56. Giorgio Agamben, Stasis. La guerra civil como paradigma político (Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2017), 12.
  57. Kaldor define las “viejas guerras” como “una construcción del Estado moderno territorial, centralizado, ‘racionalizado’ y jerárquicamente ordenado” (Mary Kaldor, Las nuevas guerras: violencia organizada en la era global (Barcelona, Tusquets Editores, 2001), 31). Sus propuestas sobre las “nuevas guerras” se basan especialmente en el análisis de la de Bosnia-Herzegovina y de guerras recientes del este europeo, África y Asia.
  58. Kaldor, Las nuevas guerras, 16.
  59. Kaldor, Las nuevas guerras, 16-17.
  60. Kaldor, Las nuevas guerras, 32.
  61. Kaldor, Las nuevas guerras, 23-24.
  62. Kaldor, Las nuevas guerras, 27.
  63. Agamben, Stasis, 31.
  64. Dominic Caraccilo J., Reseña de “Uncivil Wars: International Security and the New Internal Conflicts” de Donald Snow”, Naval War College Review, Vol. 50, 4 (1997): 136-137.
  65. Achille Mbembe, Necropolítica. Seguido de Sobre el gobierno privado indirecto (Editorial Melusina, España, 2011), 64.
  66. Mbembe, Necropolítica, 62.
  67. Snow presenta la guerra de Sendero Luminoso como una que se degrada de sus originales propósitos ideológicos al terrorismo y la criminalidad. Donald Snow, Uncivil Wars: International Security and the New Internal Conflicts (EE. UU., Boulder Colorado: Lynne Rienner Publishers, 1996), 76. Vásquez discute la propiedad de aplicar el calificativo de “nueva guerra” al caso colombiano por la imprecisión del concepto, si bien algunas de las características que le atribuye encajan en él. Teófilo Vásquez, “Las nuevas guerras y el conflicto armado en Colombia”, en Revista Controversia 190, (2008): 281-310.
  68. Una discusión importante se orienta a cuestionar el carácter colonialista del calificativo de “incivilidad” atribuido a las nuevas guerras, en tanto remite a un estado de barbarie que sería propio de las sociedades periféricas necesitadas de intervención, y presume un vaciamiento de la política en las nuevas formas de violencia que serían simplemente caóticas, cuando en la práctica son funcionales al orden hegemónico global: Darío Azzellini (comp.), El negocio de la guerra. Nuevos mercenarios y terrorismo de Estado (Caracas, Monte Ávila Editores, 2009); Stathis Kalyvas, “Nuevas y viejas guerras, ¿una distinción válida?”, en Acción política no-violenta, una opción para Colombia, editado por Freddy Cante et al. (Colombia, Bogotá: Centro Editorial Universidad del Rosario, 2005), 51-77. La perspectiva asumida aquí es que la incivilidad es inherente al neoliberalismo y un producto de la modernidad que se multiplica en diferentes agentes de poder desde las élites hasta las clases populares e indistintamente en sociedades centrales o periféricas.
  69. Giorgio Agamben, Medios sin fin. Notas sobre la política (España, Valencia: Pretextos, 2001), 24.
  70. Agamben, Medios sin fin, 27.
  71. Mbembe, Necropolítica, 19-20.
  72. Se usan ambos términos por las acepciones que cobran en las legislaciones nacionales. En México, la Ley sobre Refugiados, Protección Complementaria y Asilo Político (2014) adopta la definición de refugiado de la Convención de 1951. En Estados Unidos, la principal diferencia entre refugiados y asilados es la ubicación de la persona en el momento de la solicitud. Los refugiados generalmente se encuentran fuera de Estados Unidos cuando son evaluados para el reasentamiento, mientras que los solicitantes de asilo presentan sus solicitudes mientras están físicamente presentes en Estados Unidos o en un puerto de entrada de Estados Unidos (Migration Institute Policy, Refugees and Asylees in the United States (junio, 2019)).
  73. Organización de Naciones Unidas (ONU), “Declaración de Cartagena sobre refugiados”, adoptado por el “Coloquio Sobre la Protección Internacional de los Refugiados en América Central, México y Panamá: Problemas Jurídicos y Humanitarios” (Cartagena, Colombia, del 19 al 22 de noviembre de 1984).
  74. Organización de Naciones Unidas (ONU), Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, 1951.
  75. Organización de Naciones Unidas (ONU), Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, 1951.
  76. Loïc Wacquant, Castigar a los pobres. El gobierno neoliberal de la inseguridad social (España, Barcelona: Gedisa, 2010), 25.
  77. FM4 Paso Libre (Dignidad y Justicia en el camino A.C.) tiene su sede en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Es una organización sin fines de lucro dedicada a la defensa y promoción de derechos humanos de las personas migrantes y refugiadas mediante la atención humanitaria integral, la incidencia en políticas y la investigación desde el occidente de México.
  78. Elisa Ortega Velázquez, “México como tercer país ¿seguro? Instrumentalización del derecho de asilo”, Frontera Norte, Vol. 32 (2020): 5, 1-31.
  79. María del Carmen García Aguilar, “Derecho internacional y migración irregular, ¿ciudadanía cosmopolita o nuevo-viejo enemigo?”, en María Eugenia Anguiano Téllez y Daniel Villafuerte Solís (eds.), Migrantes en tránsito a Estados Unidos. Vulnerabilidades, riesgos y resiliencia (México: El Colegio de La Frontera Norte, 2016), 22.
  80. García, “Derecho internacional”, 32.
  81. García, “Derecho internacional”, 36.
  82. María Dolores París Pombo, Violencias y migraciones centroamericanas en México (México, Tijuana: El Colegio de la Frontera Norte, 2017), 98.
  83. Eduardo Torre Cantalapiedra, Políticas migratorias y de protección internacional tras el paso de las caravanas por México (México: Conacyt, El Colegio de la Frontera Norte, Observatorio de legislación y política migratoria. Septiembre, 2019), 6-8.
  84. Torre, Políticas migratorias, 6-7.
  85. Torre, Políticas migratorias, 6-7.
  86. Bruno Miranda y Aída Silva Hernández, “Gestión desbordada: solicitudes de asilo en Estados Unidos y los mecanismos de espera allende sus fronteras”, Migraciones internacionales, Vol. 13 (2022): 7.
  87. Miranda y Hernández, “Gestión desbordada…”, 14.
  88. Miranda y Hernández, “Gestión desbordada…”, 14.
  89. Torre, Políticas migratorias, 8.
  90. Torre, Políticas migratorias, 11.
  91. Torre, Políticas migratorias, 12.
  92. Torre, Políticas migratorias, 12.
  93. Yasemin NuhogIu Soysal, Limits of citizenship: migrants and post national membership in Europe (Chicago: University of Chicago Press, 1994), 21.
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