Testimonios de violencia contra las mujeres
El silencio que tiende a prevalecer sobre la violencia contra las mujeres es roto por distintas formas de intervención de organizaciones sociales. En el momento actual los testimonios denuncian una exacerbación del poder masculino que se manifiesta en grados máximos de brutalización contra los cuerpos y el feminicidio. Las consecuencias de los conflictos armados y el alza de las tendencias masculinistas, clasistas y racistas del neoliberalismo se asocian a este momento crítico en la región del que pueden resultar, sin embargo, vías alternas de superación.
La violencia que tiende a reducir a las mujeres a la condición de víctimas les abre también la oportunidad de construirse como sujetos en la resiliencia y la politización de lo íntimo. Para Veena Das se trata de la construcción de un sujeto vivo que preserva su singularidad de persona en el espacio simbólico del imaginario colectivo más allá de los guiones estandarizados.[1] Decisivo para la restauración, sin embargo, es el hermanamiento, el apoyo de las mujeres entre sí y de las organizaciones sociales, lo que supone asumir que la violencia no es un problema de las víctimas en solitario y que la rehabilitación y la desactivación de la ideología patriarcal son procesos igualmente sociales.
Activismo en línea: Agencia Ocote
Una ingente escritura de denuncia de la violencia contra las mujeres ha emplazado un frente discursivo de lucha desde las organizaciones sociales y medios de comunicación por parte de periodistas, académicas, activistas que ha conseguido ganar un considerable impacto en las sociedades de la región. Un ejemplo de este tipo de escritura lo ofrecen las crónicas divulgadas por Agencia Ocote sobre los feminicidios y el agravamiento de las condiciones de opresión durante el confinamiento producto del COVID-19:
Son más de las 2 de la madrugada del 29 de abril en una vivienda humilde del municipio de Mejicanos, en San Salvador. Cristina, de 17 años, salta de la cama al escuchar ruido. A través de la cortina que divide el cuarto minúsculo vislumbra la silueta de su padre. “¡Qué haces!”, le grita. Salta por encima de la litera donde duerme su hermano de 10 años, enciende la luz y ve una escena dantesca. La madre ensangrentada en su cama, con el cuerpo del marido encima que trata de ahogarla. La muchacha consigue apartar al padre, y levanta a la mujer malherida.
Los gritos despiertan a su tío, Marvin Regalado, quien da un brinco y ve en el cuarto contiguo a su cuñado Edwin Alexander López Rivas, con los brazos extendidos, cubiertos de sangre. “Mátame, mira lo que he hecho”, susurra el agresor. Detrás ve a su hermana, Susan Daly Regalado, que se tambalea agonizante.
Marvin avisa a la policía, mientras su sobrina recuesta a su madre, con los ojos cerrados y la lengua fuera. De camino al hospital Marvin graba con su teléfono celular a Susan, recostada en el asiento posterior del vehículo policial, con una toalla ensangrentada en la cabeza. Tiene puñaladas en el cuello, mejilla y frente. En pocos minutos llega a la casa otra patrulla de la Policía, que detiene al agresor.
A las 3 de la madrugada, frente al Hospital Zacamil, en San Salvador, un médico sube a la parte trasera del vehículo policial para auxiliar a Susan. Demasiado tarde. “Lo siento, ya no se puede hacer nada. Está muerta”.
El 1 de mayo se presenta ante el juzgado el requerimiento fiscal contra Edwin Alexander López, por el delito de feminicidio agravado de Susan Daly, que en El Salvador está tipificado y sancionado con una pena de entre 30 y 50 años de prisión. López Rivas está detenido por orden judicial y la Fiscalía sigue realizando diligencias en la etapa de instrucción.[2]
Las autoras del texto, incluido en un dossier con crónicas de México, El Salvador y Honduras, explican que la pandemia vino a cernirse sobre el mal previo de la violencia machista que pudo aumentar bajo las condiciones de encierro forzoso.
Durante décadas estas formas de escritura, que comenzaron manifestándose de forma aislada, se han multiplicado, extendido y ganado fuerza hasta encontrarse ahora incidiendo en las políticas públicas. Una cierta esperanza puede albergarse de que estas formas de movilización social modifiquen el sombrío horizonte de violencia que pesa sobre la vida de las mujeres.
Agencia Ocote es un prometedor proyecto de llevar a la era digital la construcción y divulgación de información sobre asuntos de interés social, entre los que actualmente encuentra un espacio destacado el de denuncia de las situaciones de violencia que viven las mujeres. Se trata de una plataforma de Internet con base en Guatemala y una red colaborativa de medios alternativos en los países vecinos de México, El Salvador y Honduras que realiza periodismo investigativo estableciendo vínculos entre las ciencias sociales, la literatura y el arte. El ocote es la fuente de lumbre tradicional de los hogares campesinos, convertido por las y los editores en metáfora de agencia de vida: “Ocote son las astillas resinosas del árbol del pino. En Guatemala, y el resto de Mesoamérica, el ocote es utilizado para encender el fuego y mantenerlo vivo”.[3]
El interés social, la multidisciplinariedad y el enfoque regional se complementan en la plataforma de Agencia Ocote con un atractivo diseño gráfico que aprovecha las nuevas tecnologías (los podcasts, los audiolibros, los gráficos dinámicos, el videoarte) y los formatos tradicionales de información (las notas periodísticas, las columnas de opinión, los reportajes). De los ocho temas transversales que pueden reconocerse en el sitio web, tres atañen a los problemas de género (mujeres, masculinidades, grupos LGTBQ+), junto a los temas de ecología, memoria histórica, justicia transicional, cultura y auditoría de medios.
Si Agencia Ocote es un buen ejemplo de la convergencia de la investigación académica, la creación artística y los movimientos sociales, sus procesamientos de la información lo son del apalancamiento que los medios pueden hacer de la deconstrucción discursiva, sea del desmantelamiento de los discursos de opresión como de apertura de oportunidades a los discursos de esperanza.
En el momento en que se escribe este ensayo, el sitio de Internet de Agencia Ocote resulta de vivo interés para las causas de las mujeres. Las numerosas piezas informativas pueden agruparse en torno a asuntos de actualidad (impactos del COVID-19 en la situación laboral, en los refugios femeninos, en los hogares), investigación social con perspectiva de género (feminicidios, desapariciones, violencia económica), monitoreo de legislación, políticas e instituciones públicas, salud reproductiva, atención psicosocial, teoría y formación feminista, memoria, literatura, cine, artes visuales de mujeres, etc. “Estación del silencio” es uno de los proyectos principales, dedicado a “exponer y promover la reflexión sobre las diversas formas de violencia que sufren las mujeres en la región” y también “a hallar las grietas por donde puedan asomarse los cambios”.[4] Reúne trabajos monográficos regionales con análisis de legislación, estadísticas, crónicas y testimonios.
El dossier monográfico dedicado a los feminicidios pone el foco de atención en el que puede ser uno de los problemas más graves para las mujeres en Centroamérica. La investigación periodística busca sensibilizar y movilizar mediante una información que puede considerarse encarnada. La caracterización de las situaciones, la identificación de los problemas y el reconocimiento de puntos de agenda se complementan con crónicas de casos individuales de víctimas cuyos testimonios aportan las experiencias subjetivas de la violencia homicida contra las mujeres. A esto se suma una intervención artística desde el trabajo plástico que más que ilustrar busca movilizar emocional y socialmente contra este problema:
A las mujeres las matan. En muchos casos, las matan en medio de un sistema de relaciones desiguales de poder, con ensañamiento, con violencia, con brutalidad. Las matan hombres, casi siempre. Y muchos casos quedan en la impunidad.
El Salvador, Guatemala y Honduras son los tres países más peligrosos para ser mujer en Centroamérica.[5]
Los nuevos bríos que puede considerarse que cobra el discurso feminista en este tipo de labor ponen de manifiesto la persistencia de un problema histórico, lo mismo que los avances en su confrontación. De la situación todavía reciente de invisibilidad social, el trabajo periodístico viene a engranar con el actual de asunción legal e institucional de responsabilidades, con las demandas de judicialización, de tipificación apropiada de los delitos y de deducción de responsabilidades:
En los tres países se registran 13,374 muertes violentas de mujeres entre 2012 y 2019. En El Salvador, 3,015; 5,932 en Guatemala y 4,427 en Honduras. Hasta ahora, es imposible determinar cuántos de todos estos hechos debieron ser investigados y recibir justicia como femicidio porque el acceso a los expedientes judiciales es tortuoso y está blindado para el análisis y la investigación.[6]
Los testimonios de las víctimas, sobrevivientes o familiares coinciden en el reconocimiento de las situaciones y aportan elementos al cuadro subjetivo, ideológico y sociocultural de las vivencias:
Las historias de estas tres mujeres ilustran las dificultades para que un caso se tipifique como femicidio; la complejidad para que se logre una condena, después de años de espera y de temor; las denuncias desatendidas.
También muestran los comportamientos violentos arraigados y el desprecio a las mujeres en el norte de Centroamérica. En palabras de Elsy Morales, jueza de instrucción y titular del Juzgado Especializado de la Mujer en San Miguel, El Salvador, “el hombre sigue considerando a la mujer como una cosa, como un objeto, y sigue queriendo disponer de su cuerpo”.
Y la desconfianza y el temor de las mujeres a denunciar la violencia de sus parejas, ante un sistema que no les da respuesta y que deja la puerta abierta a que la violencia física y psicológica termine en femicidio.[7]
Los testimonios comprendidos en el dossier hablan de la consumación de una violencia feroz sobre los cuerpos de las mujeres, recrean las situaciones de opresión doméstica, de acoso, de los actos de sangre, y las dificultades para encontrar justicia y sobrellevar el duelo. Pero sobre todo los testimonios hablan de un poder masculino activo en el tejido social, en la mentalidad de los perpetradores como también en los operadores de seguridad y justicia, y en las mismas legislaciones, que se cierne como una amenaza permanente sobre la vida de las mujeres. En este sentido, el acto consumado es solo una concreción de un vector de poder que atraviesa los individuos y se reproduce en la sociedad.
Uno de los casos reportados por Agencia Ocote es el de una dependienta de un almacén que fue estrangulada y su cuerpo quemado por su expareja; otro es el de una joven del área rural apuñalada 110 veces por un acosador; y otro, el de una mujer que sobrevivió con graves heridas a un ataque a machetazos de su marido. De los tres, el último caso es el que permite apreciar más claramente la latencia de la violencia machista. Heidy, la mujer sobreviviente, relata que con dificultad había conseguido una orden de restricción contra su pareja por agresiones domésticas previas, lo que no impidió que el agresor volviera a la casa e intentara asesinarla. Por fortuna, Heidy escapa del ataque y es hospitalizada. Meses después Heidy fuerza a las autoridades a que detengan, sometan a juicio y encarcelen a su agresor, lo que tampoco impide que desde la prisión continúe amenazándola. Mientras el juicio se extiende sin que se dicte sentencia, Heidy teme que en cualquier momento el agresor recobre la libertad como ocurre frecuentemente en estos casos, y que cumpla sus amenazas: “Es imposible, nunca voy a vivir en paz. Siempre voy a tener ese miedo. No le puedo estar dando el tiempo para que él piense en hacerme lo que quiera, para que encuentre otra forma de atacarme”.[8]
La obsesión homicida que podría atribuirse a la condición mental del agresor también puede asociarse a la matriz social del machismo violento que la fundamenta. En sus estudios sobre la violencia en Centroamérica, el jesuita Ignacio Martín-Baró —posteriormente asesinado por el ejército en la masacre de la Universidad Católica de El Salvador en 1989— sostuvo la conexión del acto violento con el específico contexto social, político y cultural en que se produce: “hasta las formas más pulsionales de comportamiento violento —escribió— tienen que ser situadas en el aquí y ahora de unas circunstancias que posibilitan unas formas de actuar y no otras, que ofrecen unos patrones y no otros”.[9]
Para Martín-Baró las formas de crueldad observadas en los países centroamericanos traspasaban los rasgos de carácter de sus autores para manifestarse como un fenómeno “despersonalizado” o transubjetivo asociado en buena medida a la violencia estructural de sociedades fuertemente polarizadas como las centroamericanas.[10] Si la violencia es la manifestación de un poder, la ejercida contra las mujeres por el hecho de ser mujeres y de encontrarse sometidas a relaciones desiguales vendría a ser la materialización de una potestad compartida socialmente por los hombres y fundamentada ideológica y culturalmente. En términos de Martín-Baró los excesos de violencia padecidos por las mujeres ocurrirían por ser permitidos y encontrar justificaciones sociales.
Después de décadas de lucha, las feministas centroamericanas en conexión con los desarrollos latinoamericanos e internacionales del movimiento, han arribado a cristalizaciones teóricas y discursivas que muy claramente perfilan el poder social masculino como su antagonista principal. En un libro de memoria sobre las agresiones sexuales sufridas por las mujeres guatemaltecas durante el conflicto armado (que más adelante se presenta en detalle), las autoras compendian los elementos distintivos de la matriz ideológica, política y cultural de la violencia machista:
Entendemos que cualquier sistema de poder requiere de un sistema de producción ideológica y simbólica para legitimarse y perpetuarse. Estas ideologías son sistemas de representación del mundo que varían de acuerdo a la adscripción social: de género, de clase, de etnia. La articulación entre estas diferentes ideologías moldea las concepciones del mundo, y se transforman en verdades a partir de las que cada persona se explica la naturalidad del orden establecido en función del grupo social al que pertenece. Estas ideologías tienden a naturalizar las desigualdades que el orden social establece entre mujeres y hombres, entre culturas y entre clases. De esta manera, estas desigualdades se vuelven invisibles y aparecen como “normales”. Así, la ideología sexista o machismo es la que normaliza la jerarquización entre mujeres y hombres, postula la inferiorización de las mujeres y exalta la supremacía masculina, a partir de supuestos atributos naturales y biológicos (las mujeres son más débiles, menos inteligentes, menos capaces, más miedosas…). Se fundamenta sobre la misoginia que consiste en la desvalorización, descalificación y hostilidad contra las mujeres. La ideología racista es la que normaliza y justifica la superioridad de la cultura criolla, mestiza y occidental sobre las culturas mayas a partir de supuestos atributos inherentes de los mayas (son tercos, son huevones, son pérfidos, son pobres e ignorantes). La ideología racista consiste en definir “rasgos prototípicos de las razas de la humanidad (que) son inventados, transferidos e institucionalizados durante las maniobras coloniales para justificar la conquista, la esclavitud, el genocidio y otras formas de opresión social” (Todorov). De igual manera, la ideología de clase justifica las desigualdades económicas y la explotación a partir de supuestas fallas personales de los pobres (son pobres porque no trabajan) y cualidades de la clase alta.[11]
La normalización del poder masculino, en la intersección de las ideologías de género, clase y etnia, constituiría el objeto a deconstruir por la movilización social feminista. La labor de Agencia Ocote en la convergencia de activistas, académicas y organizaciones sociales podría entenderse como mediación y divulgación de un pensamiento y acción críticos con respecto al entramado emocional, político y cultural de la violencia física, psicológica y social padecida por las mujeres.
Este entendimiento de las interrelaciones de la violencia contra las mujeres con la violencia económica y social conecta con distintos planteamientos del pensamiento feminista actual. Verónica Gago, siguiendo a Silvia Federici, Rita Segato y Suely Rolnik, habla de una guerra que se libra “en” y “en contra” del cuerpo de las mujeres, una guerra que estalla en el ámbito doméstico pero que consuma un poder que procede de la matriz histórica del colonialismo y del capitalismo.[12] El cuerpo femenino sigue siendo una fuente de acumulación originaria de capital, la posesión de ese y otros cuerpos feminizados materializa la relación fundante de la ocupación colonizadora. Se teme, se persigue, se castiga, se busca controlar un saber-poder de las mujeres que desestructura las escenas de la dominación patriarcal, colonial, capitalista.
Contra la “represión colonial” actúan las formas de socialización, contestatarias y de resistencia, de las mujeres, de las lesbianas, trans y travestis, que despliegan un saber y un poder de los cuerpos afectados por las fuerzas y dinámicas del presente. “Poder de evaluación y potencia de acción —sostiene Verónica Gago— resultan dos claves prácticas poderosas de los saberes subalternos y de una epistemología feminista”.[13] La lucha práctica y discursiva que se despliega a través de medios como Agencia Ocote sería, desde esta perspectiva, una forma de respuesta a la guerra contra las mujeres, una respuesta activa, combativa por librarlas de los marcos de la dominación y que las implica en la lucha mayor contra el poder que somete a las sociedades.
El activismo de Agencia Ocote hace falta verlo en el contexto del campo de batalla en que se ha convertido el Internet y las redes sociales. Su labor se despliega en esa dimensión alternativa y virtual de los movimientos sociales en que la autonomía y la interconexión se convierten en fuentes de poder. La labor de Agencia Ocote se suma a la de otros colectivos y a la del creciente número de activistas, mujeres y hombres, que está ampliando y energizando el espacio público virtual de las luchas por los derechos de género. Cada vez son más visibles y de mayor impacto las campañas contra la violencia hacia las mujeres, lo mismo que la labor formativa y de divulgación de organizaciones feministas y de grupos LGTBQ+. Movimientos como Ni una menos, Justicia para X, de celebración del Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer o de divulgación de mensajes de impacto como El violador eres tú convergen con acciones puntuales en los distintos países en torno a reformas de leyes o de procesamiento judicial de individuos acusados por delitos de violencia de género.
Como forma de cyberactivismo, la labor de Agencia Ocote vendría a ser la de un nodo, entre otros, que estaría contribuyendo a formar y multiplicar redes entre individuos y grupos; se trataría de un activismo en línea que buscaría aportar información y conocimiento en distintos temas de agenda pública y especialmente en el de mujeres, conectado a su vez con el activismo fuera de línea (la participación política, la movilización en las calles y acciones puntuales).[14]
Para Manuel Castells las redes sociales ofrecen la oportunidad de ejercer un contrapoder mediante la construcción de significados en torno a intereses y valores alternativos. “La autocomunicación de masas —sostiene Castells— proporciona la plataforma tecnológica para la construcción de la autonomía del actor social, ya sea individual o colectivo, frente a las instituciones de la sociedad”.[15] Para Castells los movimientos sociales intervienen en el espacio público construyéndose en primer lugar a sí mismos mediante un proceso de comunicación autónoma, libre del control del poder institucional.[16] El movimiento social empieza con la transformación de la emoción en acción: de la ansiedad como percepción de la amenaza, a la ira como reconocimiento de un acto injusto y de un responsable, y de esto al comportamiento sociopolítico investido de entusiasmo y esperanza, para todo lo cual la comunicación y la consonancia cognitiva entre individuos y grupos son indispensables. En un punto crítico, señala Castells, la activación emocional debe conjuntarse con la deliberación y la construcción de proyectos para que las acciones cobren mayores repercusiones y sean más duraderas.[17] En este punto, se insertaría la labor de Agencia Ocote y otras organizaciones similares, especializadas en la construcción de información y conocimiento de interés para los movimientos de reivindicación de los derechos de género. En términos generales, Castells concede una gran importancia a las oportunidades para los movimientos sociales que ofrece la comunicación a través de Internet y las redes sociales:
Mediante la producción de mensajes autónomos para los medios de comunicación de masas y el desarrollo de redes autónomas de comunicación horizontal, los ciudadanos de la era de la información pueden inventar nuevos programas para sus vidas con los materiales de sus sufrimientos, sus miedos, sueños y esperanzas.[18]
Feminicidio
Sea como consecuencia de tendencias histórico-sociales o producto de la mayor visibilización que la agencia feminista ha logrado, en el momento actual el feminicidio en Centroamérica y México muestra alcanzar grados máximos de consumación. Los tratos degradantes, la tortura, la brutalidad de las agresiones, el ensañamiento con los cuerpos son signos característicos del presente de la violencia masculina contra las mujeres.
Surgido como figura teórica y del derecho penal en la academia norteamericana, el concepto de feminicidio[19] experimenta uno de sus desarrollos más influyentes a partir de las investigaciones de los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, México, especialmente a partir del trabajo de Marcela Lagarde:
En castellano femicidio es una voz homóloga a homicidio y solo significa homicidio de mujeres. Por eso, para diferenciarlo, preferí la voz feminicidio y denominar así al conjunto de violaciones a los derechos humanos de las mujeres que contienen los crímenes y las desapariciones de mujeres y que estos fuesen identificados como crímenes de lesa humanidad.
El feminicidio es el genocidio contra mujeres y sucede cuando las condiciones históricas generan prácticas sociales que permiten atentados violentos contra la integridad, la salud, las libertades y la vida de niñas y mujeres.[20]
Lagarde reconoce como condicionantes sociales del feminicidio “el silencio, la omisión, la negligencia y la colusión parcial o total de autoridades”.[21] Para la autora es fundamental la responsabilidad de las instituciones en la falta de provisión de garantías de seguridad y justicia para las mujeres y niñas. En la medida en que dichas instituciones se convierten en parte del problema por su signo patriarcal, el feminicidio puede considerarse como un crimen de Estado.[22] Como condiciones estructurales, Lagarde reconoce la desigualdad entre hombres y mujeres que tiene en la violencia de género un mecanismo de reproducción, y como condiciones culturales el machismo, la misoginia y la normalización de esa violencia.[23]
Partícipe originalmente del trabajo de organizaciones feministas por esclarecer la ola de asesinatos en Ciudad Juárez, Marcela Lagarde pasó a liderar como diputada una comisión especial del Congreso de México para la investigación de las muertes violentas de mujeres en la república. La compenetración teórica y vivencial con el fenómeno llevó a la autora a una reconsideración de sus planteamientos iniciales. La amplia diversidad de las víctimas y de las situaciones, su extensión por el territorio y sobre todo su asociación con otras formas de muerte violenta llevó a la autora al concepto ampliado de violencia feminicida:
Con estos resultados avanzamos en la teorización sobre el feminicidio, que fue quedando acotado en torno a los homicidios, y adquirió fundamento empírico además de teórico, la categoría de violencia feminicida que implica las muertes violentas de niñas y mujeres tales producto de accidentes, suicidios, desatención de la salud y violencia y, desde luego, el conjunto de determinaciones que las producen. Esta definición parte del supuesto de que dichas muertes son producidas en el marco de la opresión de género y de otras formas de opresión y, por ende, son evitables. Por ese hecho, se trata de muertes violentas.[24]
Marcela Lagarde rechazó las interpretaciones simplistas o fantasiosas a que dieron lugar los asesinatos de Ciudad Juárez y se refirió con cierta reserva a interpretaciones generalizadoras del feminicidio. Entre estas últimas, sin embargo, reconoce la importancia de la contribución de Rita Segato, que plantea dimensiones psicoanalíticas que ligan el acto pasional de dar muerte a una mujer con un mandato que refuerza el poder masculinista, un poder que en el caso de Ciudad Juárez podría haberse extremado por las condiciones creadas por los regímenes desregulados e ilícitos estimulados por el neoliberalismo. Igualmente reconoce la importancia de interpretaciones como las de Diana Washington, que previamente había establecido conexiones entre los asesinatos de mujeres y la economía maquiladora, el narcotráfico, los grupos de poder y la política.[25] Marcela Lagarde coincide con estas interpretaciones cuando ubica el feminicidio en el patriarcado como “el extremo de la dominación de género”,[26] y cuando reconoce que las condiciones sociales actuales han generado prácticas sociales en que “las mujeres son usables, prescindibles, maltratables y desechables”.[27]
Desde la perspectiva de Rita Segato, estructuras elementales de la violencia de género habrían podido derivar en los excesos. El atentado del hombre contra la vida de la mujer, teniendo un significado individual, también tendría uno social de reforzamiento del poder de los hombres contra las mujeres. Si históricamente este poder requiere ser reconfirmado para reestablecer y hacer posible la desigualdad, en el momento actual de desmantelamiento del Estado, de incentivación de los poderes privados, de desdibujamiento de lo lícito y lo ilícito —especialmente en territorios de por sí carentes de autoridad estatal— estaría siendo un factor decisivo para las características brutales y siniestras de las muertes de mujeres en Ciudad Juárez. Más que una violencia instrumental, esta sería una expresiva, en la que se estaría espectacularizando el régimen simbólico del poder masculino.[28]
Para Segato los estímulos al empoderamiento del neoliberalismo, en las zonas de frontera o marginales a la ley, habrían surtido un efecto magnificador y retrógrado en el poder masculino que reclama ahora en el cuerpo de la mujer no solamente un dominio y un territorio como en el medioevo sino un bien comparable al del lucro individual:
Los crímenes, así, parecerían hablar de un verdadero “derecho de pernada” bestial de un Barón feudal y posmoderno con su grupo de acólitos, como expresión por excelencia de su dominio absolutista sobre un territorio, donde el derecho sobre el cuerpo de la mujer es una extensión del derecho del señor sobre su gleba. Sin embargo, en el más que terrible orden contemporáneo posmoderno, neoliberal, postestatal, posdemocrático, el Barón se volvió capaz de controlar de forma casi irrestricta su territorio como consecuencia de la acumulación descontrolada característica de la región de expansión fronteriza, exacerbada por la globalización de la economía y las reglas sueltas del mercado neoliberal en vigencia. Su única fuerza reguladora radica en la codicia y en la potencia de rapiña de sus competidores: los otros Barones del lugar.[29]
En los países del norte de Centroamérica, que comparten comparables condiciones sociales, culturales, económicas y políticas con Ciudad Juárez y las regiones marginales o fronterizas del continente, con una débil presencia estatal y enérgicos influjos del capitalismo desregulado, los rasgos que cobra la violencia feminicida podrían responder igualmente a una exacerbación del poder masculinista al influjo de las tendencias inherentes al neoliberalismo.
En un importante estudio sobre el feminicidio en Centroamérica, las autoras consiguieron establecer con cifras, con tipificación de escenarios y con valoraciones cualitativas la situación dramática para las mujeres. La investigación llevada adelante por la Asociación Centro Feminista de Información y Acción (CEFEMINA) bajo la coordinación de Ana Carcedo, con el apoyo del Fondo de Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM) y otros organismos, y con la participación de organizaciones feministas y activistas de la región, reconoció a partir del año 2000 “una escalada de homicidios de mujeres que parece no tocar techo”,[30] ocurrida muchas veces en escenarios de “ensañamiento”,[31] e influida directa o indirectamente por las “tensiones” creadas por el neoliberalismo.[32]
Las cifras tomadas de fuentes oficiales revelaron que entre 2000 y 2006 los homicidios de mujeres aumentaron un 52.4% con diferencias entre los países considerados, de forma que mientras Guatemala, El Salvador, Honduras y República Dominicana habían al menos duplicado sus tasas muy por encima del promedio latinoamericano, Nicaragua, Costa Rica y Panamá las habían mantenido relativamente estables y cercanas a los promedios del continente.[33] Las investigadoras descartaron la violencia social o generalizada como explicación de este crecimiento de los homicidios de mujeres y en cambio argumentaron a favor de que se reconociera su asociación con la violencia de género, en tanto los homicidios de hombres aumentaron en menor medida en el mismo período un 38.2%.[34]
Un análisis caso por caso del año 2003 permitió a las investigadoras sostener que la mayoría de los homicidios de mujeres ocurridos podía tipificarse como femicidios,[35] el 71% de 635 casos sobre los que obtuvieron información suficiente.[36] Valiéndose de una tipificación de escenarios pudieron adicionalmente reconocer entre lo más significativo que el 40.8% ocurrió en el marco de relaciones de pareja y expareja, que el 12% ocurrió con ensañamiento, el 12% en el marco de actividad de las maras o pandillas, el 11.3% como consecuencia de ataque sexual, el 7.8% en la familia y el 4.7% como venganza entre hombres.[37]
En general la investigación aportó argumentos en torno a que el riesgo de ser mujer víctima de homicidio se incrementaba exponencialmente en Guatemala, Honduras y El Salvador desde el cambio de milenio, sin descartar que algo semejante pudiera comenzar a ocurrir en los demás países considerados en el estudio. En la interpretación de las autoras, en el momento actual confluyen las consecuencias de los conflictos armados de las décadas precedentes con las lógicas y oportunidades lícitas e ilícitas de la globalización neoliberal para agravar la violencia contra las mujeres:[38]
La región centroamericana está tensionada por la presión de poderosas fuerzas de diversa índole, económicas, políticas, sociales y culturales. La globalización está convirtiendo a la región en un espacio económico sin vocación propia, una estrecha zona de paso, que tampoco ha tenido la oportunidad de construir una identidad política después de décadas de dictaduras, represión y confrontaciones armadas. No se ha reconstruido el tejido social en los países, ni se ha logrado una paz auténtica, cuando se reciben las presiones de un tipo de globalización basada en la mercantilización universal, que convierte en productos para el intercambio objetos, información, servicios y relaciones que en el pasado fueron redes de apoyo social, servicios solidarios estatales y privados, y conocimientos que han sido producto colectivo y de tradicional uso libre. Que convierte igualmente en mercancía las personas —especialmente las mujeres y las niñas— y la vida misma.[39]
Las investigadoras se inclinan por considerar los feminicidios como parte de una de las muchas guerras que se libran en la región:
Las guerras no se limitan a las declaradas abierta y oficialmente, ni las emprenden solo los Estados. Las guerras de control territorial hoy son protagonizadas por el crimen organizado y por las empresas nacionales y trasnacionales. Y hay muchas guerras sucias que se juegan en el mundo y en nuestra región. La más antigua es la guerra sexista contra las mujeres, a la que hay que añadir la represión de las dictaduras, y en la actualidad las guerras de baja intensidad de las llamadas democracias, contra los sectores organizados opositores al plan hegemónico neoliberal.[40]
Al arribar a la segunda década del siglo XXI, se han producido cambios importantes y retrocesos en la legislación y en las instituciones estatales, lo mismo que en la proyección de las organizaciones feministas en contra de la violencia de género, sin que pueda sostenerse que haya dejado de persistir la asociación perversa entre el machismo histórico y el neoliberalismo. En los países más gravemente afectados por el feminicidio se han aprobado leyes específicas que lo tipifican como delito penal (en Guatemala en 2008, en México en 2012, en El Salvador en 2012 y en Honduras en 2013), siendo problemas ahora los de la provisión efectiva de seguridad y justicia para las mujeres, la prevención, la protección, la investigación criminal especial, las denuncias, las estadísticas, la judicialización, la reparación, etc.
Monserrat Sagot, profesora de la Maestría Regional en Estudios de la Mujer de la Universidad de Costa Rica, en un ensayo de 2013 replanteaba en términos de necropolítica las tendencias prevalecientes, al asociar el asesinato misógino de mujeres con la vulnerabilidad de los cuerpos femeninos propiciada por las condiciones de desigualdad estructurales agudizadas por el neoliberalismo. Atendiendo a la noción de interseccionalidad, la autora encuentra la opresión de género reforzada por las otras formas de opresión económica, política y social:
… las ideologías del mercado aplicadas en la región en su versión más salvaje han producido una desregulación para la extracción de la riqueza, lo que es esencial para generar corrupción, negocios ilícitos (tráfico de drogas, de armas y de personas), autoritarismo en todas sus manifestaciones y una flagrante impunidad, lo que evidentemente aumenta la violencia y la inseguridad. Así, el neoliberalismo usa la democracia formal como un instrumento para los negocios y, a la vez, está construyendo un régimen social caracterizado por experiencias de vida bajo relaciones de poder —de clase, de género, de etnicidad, etc.— en extremo desiguales y que genera profundos procesos de ruptura de lazos.[41]
En un informe especial de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de 2019, a pesar de los avances que se reconocen en la lucha contra la violencia y la discriminación contra las mujeres en materia legislativa e institucional en el continente, se señalan como preocupantes las cifras de asesinatos por razón de género que reportaron los países.[42] Los datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), en que se basan las observaciones de la CIDH, muestran que para el año 2019 la tasa de feminicidios por 100 mil mujeres en Honduras era la más alta de la región (6.0), que la de El Salvador a pesar de haberse reducido seguía siendo alta (3.4) y que solamente la de Guatemala (1.7) y México (1.5) se encontraban por debajo del promedio (1.9) de 18 países del continente considerados.[43]
De víctimas a sujetos
Judith Butler en su libro Mecanismos psíquicos del poder invitó a considerar la paradoja de que el sujeto se construya en el reconocimiento y resistencia al poder. El poder como condición social antecede al sujeto que no viene dado, sino que se constituye en un espacio de inteligibilidad lingüística, psicológica y política. En un giro reflexivo el sujeto cobra conciencia de sí en su sujeción a un poder, lo que viene a ser tanto reconocimiento de su vulnerabilidad como de su capacidad de agencia:
La asunción de condiciones de poder que uno/a no ha creado pero ante las cuales es vulnerable, de las cuales depende para su existencia, parece apuntar a un sometimiento banal como base para la formación del sujeto. Sin embargo, la “asunción del poder” no es un proceso sencillo, puesto que el poder no se reproduce de manera mecánica… Por el contrario, al ser asumido corre el riesgo de asumir una forma y una dirección distintas.[44]
La condición de las mujeres, implícita en la reflexión de Butler, alude al doble movimiento de opresión y resistencia de que participan. Víctimas de la violencia machista, las mujeres padecen en su integridad física y psicológica un poder, en cuya resistencia, sin embargo, se constituyen como sujetos y encuentran su propia potencia. Los testimonios de violencia contra las mujeres frecuentemente expresan esta toma de conciencia que las transforma de víctimas en sujetos. Más que simplemente referencializar los sucesos (identificar al agresor y las condiciones de agresión), los testimonios construyen la identidad narrativa de un sujeto en el proceso de rehabilitarse como individuo y de incidir en las condiciones sociales.
El lenguaje de la ley y de las instituciones, en parte como respuesta a la agencia feminista, tiende a fijar a las mujeres en la condición de víctimas como objeto paciente del daño y la vulneración, una victimización coercitiva que estaría jugando en contra de su proyectividad. Para Alain Badiou lo propiamente humano es lo que resiste y se sobrepone a la violencia, y en este sentido la víctima es precisamente otra cosa que una víctima, otra cosa que un ser para la muerte.[45]
En su libro Sí mismo como otro, Paul Ricœur hizo ver de qué modo se configura la identidad y el anhelo ético en el acto narrativo. Las narraciones de vida y particularmente los relatos autobiográficos tratan precisamente de los avatares de un sujeto que se constituye en el devenir de los acontecimientos, en una dialéctica de permanencia y transformación. Mientras que la identidad ídem se refiere a la mismidad de un sujeto como cuerpo, la identidad ipse se refiere a su permanencia como persona, es decir, como estructura de carácter y sobre todo como idea de sí. Mientras la permanencia del carácter tiende a asimilarse a la identidad ídem, la fidelidad a la palabra dada (que viene a ser el apego a una cierta idea o concepto de sí) revela propiamente la identidad ipse, la identidad personal construida del sujeto. La identidad se ve así afectada por la dimensión temporal de la existencia humana y por su elaboración ética en una especie de ideal de sí. Desde este punto de vista el sujeto no es simplemente, sino que en lo fundamental se construye, se narra, en la des/aproximación e in/fidelidad a un cierto modo de ser.[46]
Si el individuo existe en la multiplicidad de los acontecimientos, la narratividad opera como configuración inteligible del sentido. Ricœur dirá que la “trama” realiza la “síntesis de lo heterogéneo” en la vida del sujeto, integrando lo concordante y lo discordante, mediando entre la diversidad de acontecimientos, sus inconexiones, intenciones y casualidades, y estableciendo una determinada sucesión y unidad temporal de la historia narrada.[47] De este modo, el “acto configurante” de la narración construye simultáneamente y en estrecha interdependencia la identidad personal y el acontecimiento mismo. A juicio de Ricœur, el relato demuestra que la “identidad dinámica” del personaje “no es una entidad distinta de sus experiencias”,[48] y que el propio acontecimiento “pierde su neutralidad impersonal” al ser concebido desde una determinada perspectiva.[49]
En la narratología, Ricœur encuentra los tipos paradigmáticos de identidad de los personajes o actantes, los que liga inmediatamente a su consideración moral. Narrativamente los personajes pueden ser agentes de la acción y de sus procesos, o ser pacientes, afectados o transformados por estos; moralmente los personajes actualizan un poder o lo sufren, lo que inscribe la narración en el orden de las valoraciones y la justicia:
Por mi parte, nunca dejo de hablar del hombre actuante y sufriente. El problema moral, lo diremos más adelante, se inserta en el reconocimiento de esta disimetría esencial entre el que hace y el que sufre, que culmina en la violencia del agente poderoso. Ser afectado por un curso de acontecimientos narrados, éste es el principio organizador de toda una serie de funciones de pacientes, según que la acción ejercida sea una influencia, un mejoramiento o un deterioro, una protección o una frustración.[50]
Esta adjunción es tan esencial que exige una gran parte de la reflexión sobre el poder, en cuanto ejercido por alguien sobre alguien, y sobre la violencia en cuanto destrucción por alguien de la capacidad de obrar de un individuo, y al mismo tiempo conduce al umbral de la idea de justicia, en cuanto regla que intenta igualar a los pacientes y a los agentes de la acción.[51]
En el testimonio de las víctimas se tendría el caso de una narrativa en cuyo tramado se configura un sujeto sufriente que da cuenta de su cuerpo y su dignidad alcanzados por la violencia del otro, del actuante del poder. El nudo de la trama es el de la vulneración de su integridad física y moral, de su devastación, que abre el abismo de la iniquidad y la nada, en las que, sin embargo, no sucumbe del todo, en tanto consigue erigirse como testigo de sí y del otro ante la comunidad moral. La narración hace emerger como acontecimiento la atrocidad de la violencia padecida que interceptando su trayectoria de vida lo convierte en víctima, pero al mismo tiempo en sobreviviente, en alguien que se reconstituye, y que afirmándose en la estima de sí, reclama justicia e intenta inscribir su aspiración en la conciencia de la comunidad. De lo que queda de su cuerpo y de su psique, de los restos de su dignidad, la víctima reconstruye una identidad de sí, una ipseidad, sea como permanencia o como anhelo de una vida buena, en un contexto justo, que cobra un cierto carácter de expectación trágica, por cuanto puede ser tanto creído y escuchado como descalificado por la sospecha o simplemente ignorado.
Si en los testimonios el sujeto se reconstruye narrativamente como algo más que una víctima, si se rescata como sujeto de dignidad ante la comunidad moral, para Rosi Braidotti este proceso ocurre no en solitario sino justamente en la interconexión y la colaboración con los otros. En lugar de la celebración narcisista del individualismo del pensamiento moderno occidental, o de las políticas esencialistas de la identidad, para Braidotti, siguiendo a Deleuze y Guattari, el sujeto se encuentra siempre en proceso, es vida vulnerable y expuesta, cuyo conatus, cuya propensión a subsistir y perdurar conlleva inherentemente el relacionamiento con los demás.[52] Es lo que Guattari reconocía como transversalidad o transindividualidad, la constitución de la subjetividad en conexión con múltiples otros y con el medio natural:[53]
¿Qué es entonces este sujeto en devenir? Es un trozo de materia viva y sensible activada por un impulso fundamental hacia la vida… y sin embargo este sujeto está incrustado en la materialidad corporal del yo… es más bien una entidad transversal: un plegamiento de influencias externas y un simultáneo despliegue hacia afuera de los afectos… no solo está en proceso, sino también es capaz de perdurar a través de conjuntos de variaciones discontinuas, mientras permanece extraordinariamente fiel a sí mismo.[54]
En el entendimiento de Braidotti, el sujeto es uno con los demás, no en una pretendida excepcionalidad sino en los lazos que lo unen y le permiten subsistir con los otros. Es una subjetividad compartida en el reconocimiento de la interdependencia y la necesidad mutua de la sostenibilidad:
En consecuencia, esta “fidelidad a uno mismo” no debe entenderse en el sentido del apego psicológico o sentimental a una “identidad” personal que a menudo es poco más que un número de seguridad social y un conjunto de álbumes de fotografías. Tampoco es la marca de autenticidad de un yo (“yo, yo mismo y yo”) que es el espacio del narcisismo y la paranoia, los grandes pilares sobre los que se sustenta la identidad occidental. Es más bien la fidelidad a conjuntos mutuos de interdependencia e interconexiones, es decir conjuntos de relaciones y encuentros. Es un juego de complejidad que abarca todos los niveles de la subjetividad de múltiples capas, uniendo lo cognitivo con lo emocional, lo intelectual con lo afectivo, y conectándolos a todos con una ética de sostenibilidad socialmente arraigada.[55]
Podría decirse que el sujeto que se construye en los testimonios lo hace en el encuentro productivo con los otros, unos encuentros que le permiten reconstruir colectivamente su subjetividad. Un sujeto que lo sería en devenir con los demás. La ayuda mutua, la solidaridad, el hermanamiento por los que aboga el feminismo serían expresión de estas formas de búsqueda colectiva de la vida.
Restauración
Veena Das, a partir de su experiencia como etnógrafa y pacifista en los acontecimientos de violencia suscitados por la partición en India, integra los dilemas de las víctimas, los de la construcción de su identidad y su agencia, en el reto mayor de restaurar la vida. Inspirada por las reflexiones de Wittgenstein, Das valora en el lenguaje la construcción social de formas de vida humana. Mediante el lenguaje se fraguan las creencias, las ideas compartidas y lo que constituye una vida humana propiamente.[56] Desde este ángulo puede considerarse que en los testimonios se instituyen retóricas de la vida, figuras de experiencia, emocionales, identitarias, éticas inscritas en el lenguaje y que posibilitan la vida.
El reto de las víctimas de sobreponerse a la violencia es el de restablecer su vida desde la experiencia misma de la devastación, lo que supone asumir el daño y al mismo tiempo rehacer las condiciones que la hacen posible. En este sentido, Das está concibiendo una reconstrucción del sujeto tanto en el plano de la vida social y política como en el privado e individual de la vida cotidiana:
Claramente parece necesario un doble movimiento para que las comunidades puedan contener el daño que se ha documentado en estos relatos: en el macro nivel del sistema político se requiere la creación de un espacio público que reconozca el sufrimiento de los sobrevivientes y restaure algo de fe en el proceso democrático, y en los microniveles de los supervivientes comunitarios y familiares, exige que se reanuden las oportunidades de la vida cotidiana.[57]
Los testimonios de mujeres víctimas del conflicto armado en Guatemala son un buen ejemplo del doble eje en que desde las prácticas sociales y discursivas se abren espacios para la vida. Especialmente son evidencia de la construcción social de formas de subjetivación y de agencia que cobra la rehabilitación en las trayectorias de las víctimas, y de las tensiones y complementariedad entre las demandas de la lucha política y de la lucha personal. Los testimonios hablan de procesos de restauración que no ocurren en solitario sino en la convergencia de búsqueda de alternativas y apoyos entre las víctimas con la colaboración de organizaciones sociales y activistas.
Tejedoras de paz. Testimonios de mujeres en Guatemala (2008) de la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala
Esta colección de testimonios fue el resultado de un proyecto conjunto de la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala (CONAVIGUA) con otros colectivos contra la violencia locales y organizaciones feministas noruegas. Con el propósito de recuperar las experiencias de lucha de las mujeres guatemaltecas durante el conflicto armado y de aportar al reconocimiento internacional de la contribución de las mujeres a la paz en contextos de guerra, el libro reunió las historias de vida de numerosas mujeres que habiendo sido víctimas de la violencia consiguieron hacer aportes significativos para contrarrestar esa violencia y restablecer el respeto de los derechos humanos.
Las autoras explican que el libro ofreció la oportunidad de encontrarse con sus propias historias y que la iniciativa encontró un marco favorable en el trabajo internacional que se proseguía para dar vigencia a la Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas, que buscaba visibilizar y promover la participación de las mujeres en la prevención, manejo y resolución de conflictos armados:
La experiencia de recoger estas historias, de encontrarnos con ellas, con nuestras luces, nuestros miedos, nuestras fortalezas, nos ha mostrado los caminos recorridos y por transitar como “Tejedoras de paz”. Son historias que sentimos como parte nuestra, que nos han formado y nos guían. Estamos convencidas que estos testimonios son aporte vital para la lucha diaria de otras mujeres que actualmente enfrentan desafíos similares en distintos países del mundo y que para nuestra historia significan el allanamiento del camino hacia la Paz Firme y Duradera que beneficiará a las generaciones venideras, la guerra también nos dejó muchas cicatrices pero grandes enseñanzas y aprendizajes en la lucha diaria de mujeres emprendedoras y soñadoras.[58]
Los testimonios del libro son de mujeres que habiendo sufrido en carne propia la violencia de la guerra, o habiéndola sufrido sus familiares (padres, esposos, hijos), tomaron una valiente iniciativa en su defensa y lideraron movimientos y organizaciones de resistencia civil. Son historias de mujeres que se opusieron al hostigamiento militar de las comunidades indígenas y campesinas: al reclutamiento forzoso, a los asesinatos, a las masacres y las estrategias de tierra arrasada; historias de mujeres que sobrevivieron a las torturas y los abusos sexuales, que lucharon contra las desapariciones forzadas, que organizaron en refugios a las comunidades desplazadas, que participaron en organizaciones de reivindicaciones sociales, campesinas, indígenas, feministas, de derechos humanos; historias de mujeres revolucionarias que participaron como combatientes contra el ejército, de mujeres que participaron en la política abriendo espacios para la reconstrucción y la paz, de mujeres que lucharon por la identidad cultural y los derechos indígenas o que participaron en los esfuerzos por dignificar la memoria y encontrar justicia para las víctimas de la guerra.
Son significativos en los testimonios los pasajes en los que las protagonistas valoran sus trayectorias personales y en los que destacan las que pudieron ser sus contribuciones sociales. Muy claramente las mujeres son conscientes de que los sufrimientos y los riesgos que corrieron abrieron oportunidades para la sociedad.
Aura Elena Farfán padeció el secuestro y desaparición de su hermano, estudiante universitario, por las fuerzas de seguridad del Estado. Sus reclamos ante las instituciones públicas la llevaron a unirse a otras personas en su misma condición para organizar la Asociación de Familiares de Detenidos-Desaparecidos de Guatemala (FAMDEGUA). Enfermera de profesión, la testimoniante se refiere a la vida como el valor que era destruido por las fuerzas represivas:
Considero que como mujeres, dadoras de vida, tenemos que luchar por la vida. Así como la damos, así tenemos que luchar por ella y una de las cosas importantísimas es que hemos tenido el privilegio de poder levantar la voz. Ha sido un largo caminar, pero considero que ha valido la pena abrir la pequeña brecha para dar oportunidades a que nuevas generaciones levanten la voz y exijan el cumplimiento, tanto del respeto de los derechos humanos como de la Constitución Política de la República. Ésta es muy clara en sus artículos cuando dice que el Estado se organiza para respetar la vida desde su concepción.[59]
Este testimonio comparte con la mayoría del libro la fusión de la historia personal con la social y la configuración de la vida humana como un valor. Puede apreciarse la elaboración de la subjetividad individual con referencia a un sujeto colectivo que se reconoce confrontando la violencia de la guerra y en el ejercicio de una agencia en favor de la vida. Expresarse, “levantar la voz”, confiere importancia al acto discursivo de intervención en el espacio público como realizador de la agencia. En términos de Veena Das, estos testimonios estarían buscando una escucha que fuera consenso con respecto a la restitución del derecho a la vida.
De suyo se comprende la importancia de estas figuras subjetivas y éticas que construyen los testimonios para la sociedad. La experiencia individual, en riesgo de ser invisibilizada, cobra presencia en el sujeto colectivo. La vida se entiende como un bien natural pero también moral, es la reivindicación del vivir no solamente como cuerpos sino como personas investidas de derechos políticos y sociales.
Muy importante en estos testimonios es la energía emocional que canalizan a favor de la vida y que queda inscrita en las valoraciones de las contribuciones de las mujeres a la lucha: la responsabilidad, la entrega, la generosidad, la vocación de servicio, la asistencia, el cuidado, la defensa contra la agresión, la solidaridad, el hermanamiento, la dignificación, el empoderamiento. En términos de Veena Das, este conjunto de valores, actitudes y prácticas estaría construyendo formas de vida en lo que podría llamarse una retórica emocional del amor. La paz, la restauración de la vida, es algo que debe “tejerse” con el afecto que une y armoniza a las personas y con el aprecio que una obra propiamente humana debe merecer.
Importante es también reconocer las contradicciones que la lucha por la vida suscita, en tanto que es una movilización, un impulso que va ganando forma a medida que se realiza, sin que puedan conocerse de antemano las vicisitudes que se enfrentarán. La retórica del amor no se encuentra desligada de una agonista que reproduce a favor de la vida actitudes y valores de la misma guerra con que se quiere acabar. Es una lucha que ha requerido de coraje y también de ira, si los fines que se perseguían eran pacíficos, los medios pudieron incluir el ataque del enemigo y la venganza, figuras que evidentemente no propiciaban la paz y que anticipaban en los discursos problemas que la justicia transicional (las legítimas demandas de verdad, justicia, resarcimiento y garantías de no repetición) iba a encontrar en Guatemala.[60]
Una de las figuras de identificación personal asociadas al contexto de guerra que coaccionaba a las víctimas y que se manifiesta en los testimonios es la de la heroicidad sacrificial, en la que la subsunción del individuo a la causa social se produce a costa de la propia vida. Ana Pérez Montejo, activista del Comité de Unidad Campesina y de la Coordinadora Nacional de Viudas, narra en su testimonio los episodios de su secuestro y tortura por el ejército, y el momento crucial en que se vio abocada a morir:
Toda la gente se muere, toda la gente se va a morir, nadie va a quedar de piedra aquí, nadie; pero por lo menos yo me muero pero no voy a dejar manchado mi pueblo sino que al contrario, dejé un ejemplo para mi pueblo. Me matan, pues que así sea, pero alguien va a recordar mi lucha.[61]
Sobreponerse a la muerte que se le imponía lleva a la testimoniante a invocar el valor social de su entrega, lo que siendo un recurso para sobrevivir moralmente, también fija el sacrificio como un modelo de heroicidad que reproduce la violencia de la guerra.
Veena Das alerta ante las formas de nacionalismo en India, que habiendo podido jugar un papel positivo en la contención de la violencia en un primer momento, inmediatamente después provocaron nuevas formas de violencia. La autora desconfía de proyectos políticos que invisibilizan los retos de sobrevivencia de las víctimas en el presente, colocando la esperanza en un futuro concebido teleológicamente. La autora discute críticamente los planteamientos de Achille Mbembe, quien se lamenta de lo que considera el fracaso del sujeto africano de “reescribirse” reconstituyendo su identidad colectiva a partir del rescate de su memoria. Por el contrario, Veena Das reivindica lo que considera las metas inmediatas de la sobrevivencia en la vida ordinaria de las personas:
No hay ninguna pretensión aquí en un gran proyecto de recuperación, sino simplemente la cuestión de cómo enfrentar los retos de la sobrevivencia: tener un techo sobre la cabeza, poder enviar a sus hijos a la escuela, poder hacer el trabajo de todos los días sin miedo constante de ser atacado. Descubrí que la creación del yo estaba ubicada, no en la sombra de un pasado fantasmal, sino en el contexto de hacer habitable lo cotidiano.[62]
Veena Das valora positivamente el caso de las viudas de Sultanpuri que se exhibieron sucias y no limpiaron de las paredes de las casas la sangre de sus esposos muertos, después de los disturbios que habían ocurrido, para visibilizar la violencia padecida y su dolor ante una visita de personalidades oficiales. Las mujeres rehabitaban su presente refuncionalizando una simbología de su cultura tradicional (la figura de Draupadi en el Mahabarata) para hacer valer su reclamo político y social:
… las mujeres no estaban personificando la contaminación como un acto directo de mimesis de la figura de Draupadi, ni estaban comprometidas en un acto de “mostrar” algo previamente razonado sobre cómo refutar la negación en la narrativa oficial de que un gran número de sijs habían sido asesinados. Sin embargo, su testimonio pudo construirse a partir de la nueva forma en que ocuparon el espacio de las representaciones simbólicas en el imaginario colectivo. Me parece que esta forma de crearse a sí mismo como sujeto abrazando los signos del sometimiento da una dirección muy diferente al significado de ser víctima en comparación con lo que sugiere Mbembe. Porque lo que las mujeres pudieron “mostrar” no fue una narrativa estandarizada de pérdida y sufrimiento, sino un proyecto que solo puede entenderse en singular a través de la imagen de volver a habitar el espacio de devastación.[63]
La desconfianza de Veena Das se dirige contra los proyectos sociales artificialmente construidos que podrían estarse imponiendo sobre las comunidades de víctimas, y en cambio valora positivamente las iniciativas que surgidas de las propias comunidades y derivadas de su propia cultura les permiten responder al presente. Rehabitar los espacios de la devastación, en este sentido, supone asumirlos recuperando la continuidad y las condiciones que hacen posible la vida, y supone también el respeto a las formas de agencia propia y al cuidado de los tejidos culturales tradicionales.
Tejidos que lleva el alma. Memoria de las mujeres mayas sobrevivientes de violación sexual durante el conflicto armado (2011) de la Unión Nacional de Mujeres Guatemaltecas y el Equipo de Estudios Comunitarios y de Acción Psicosocial
Este libro ofrece los resultados de un proceso de investigación llevado a cabo por un consorcio de activistas feministas y mujeres mayas bajo el liderazgo de la Unión Nacional de Mujeres Guatemaltecas (UNAMG) y el Equipo de Estudios Comunitarios y de Acción Psicosocial (ECAP). Con la intención original de evaluar las contribuciones del Consorcio en la vida de las mujeres víctimas de la violencia con las que venía trabajando en materia de atención psicosocial, la investigación pasó a proponerse el objetivo de comprender los procesos de transformación que esas mujeres habrían podido experimentar de su condición de víctimas de agresión sexual a la de sujetos de derecho que denunciaban los hechos padecidos, rehabilitaban sus vidas personales y exigían justicia.
Concebido como un proyecto de investigación-acción, el trabajo se propuso no solamente documentar mediante historias de vida las experiencias de las mujeres sino reflexionar sobre los procesos vividos e incidir en la autoafirmación individual y colectiva y en la construcción de memoria:
… este libro es un tributo a todas las mujeres mayas, mestizas, y extranjeras, cuyas dignidades, vidas y cuerpos han sido brutalmente rotos por la violación sexual, y que a pesar de una sociedad que no permite denunciar ni nombrar estas atrocidades, no se dejaron aniquilar. Porque encontraron en ellas mismas innumerables recursos e inmensos poderes que les permitieron valorarse como mujeres tejiendo redes de apoyo, de reconocimiento mutuo y de afecto con otras, y empezaron a denunciar lo vivido como injusto, rompiendo con el destino de sometimiento que les había sido asignado.[64]
El libro recoge un proceso de investigación de dos años con 54 mujeres mayas (q’eqchi’es, kaqchikeles, chujes, mames, poptí) de distintas regiones del país. A partir de un cuidadoso diseño metodológico, la investigación procedió mediante grupos de reflexión, grupos focales y de contraste, en los que se fueron tratando los distintos temas alrededor de las violencias padecidas y los procesos de transformación de las mujeres. Una operacionalización de las dimensiones de la investigación en ejes de categorías permitió sistematizar la información y reconocer, desde los casos individuales, los tipos y patrones de las experiencias colectivas.
Organizado en cinco partes, el libro aporta un conocimiento situado y comprensivo de los procesos. En cada parte se establecen los marcos conceptuales y referenciales y se incorporan los aportes brindados por las mujeres en los testimonios. La primera parte considera la diversidad sociocultural y socioeconómica de la que procedían las mujeres de los distintos pueblos mayas y regiones, especialmente los regímenes de creencias y de costumbres y las construcciones identitarias que condicionan las relaciones de género, lo mismo que las distintas oportunidades que ofrecían las diferentes actividades económicas en los ámbitos más rurales o más urbanos característicos. La segunda parte aborda la violación sexual como arma de guerra, como tortura, como estrategia de terror, como feminicidio y como genocidio en el contexto del conflicto armado en Guatemala. En la tercera parte se analiza el impacto en las mujeres de las violaciones sexuales padecidas: las dimensiones del trauma en sus vidas, las formas en como fueron entendidas las violaciones en las comunidades, las sanciones y represalias, y las repercusiones psicológicas y sociales que sufrieron como consecuencia. En la cuarta parte se analizan, a partir del estudio detenido de los testimonios de nueve mujeres, los procesos de transformación que pudieron experimentar desde la condición de víctimas de la violencia a la de sujetos de su propia vida y de agentes de cambio en sus comunidades, se consideran las condiciones habilitantes que pudieron favorecer el proceso y las diferencias entre las trayectorias de cada una, más o menos ligadas al legado tradicional de sus respectivas comunidades. La quinta parte presenta la exigencia de justicia como el reclamo más importante de las mujeres víctimas de violaciones sexuales durante la guerra, la necesidad de procesos de atención psicosocial, de garantías de no repetición y, a más largo plazo, los retos para la construcción de un nuevo contrato social basado en la justicia de género.
La obra puede considerarse una etnografía psicosocial lograda con una perspectiva feminista que coloca en el centro del proceso de investigación a las mujeres y la reflexión sobre sus experiencias y sus subjetividades como fuente de conocimiento. Una investigación que en palabras de las autoras “politiza lo íntimo”, en la que las mujeres se hacen presentes y rompen el silencio de la impunidad con sus voces, en la que se reconocen y rescatan los recursos que encontraron para rehabilitarse y empoderarse, y en la que contribuyen a construir la memoria histórica.[65]
Muy distintivo en este libro es la atención que presta a la resiliencia de las mujeres, a la vida que se ve vulnerada y que se restablece, en un proceso que media entre la sanación personal y la participación colectiva, entre la superación de los retos de la vida cotidiana y la integración en la vida social. Observada la resiliencia en los distintos casos estudiados, el de doña Carolina es particularmente ilustrativo. Siendo una mujer kaqchikel de Chimaltenango, vivió la muerte por el ejército de su esposo después de haber sido torturado; igual vivió las muertes de su padre, de su hijo de dos años frente a ella y la de cinco familiares más. Doña Carolina pudo sola salir adelante de su situación, trabajando la tierra, mediante iniciativas productivas y sobre todo integrándose como líder en la organización de las viudas de su comunidad, con quienes terminaría conduciendo procesos de exhumación de los familiares desaparecidos:
Delante de nosotros escarbaron los muertos, nosotros vamos hacer juicio y lo vamos a meter a la cárcel a Lucas, eso nos dijo la Paty a nosotras. De último oí cuando se sacaron los muertos me puse muy triste porque sola enterré a los 35 cadáveres. Yo sola. Desde ahí me puse triste. Cuando terminamos de enterrarlos, los fuimos a dejar al campo santo. Tremendo lo que hicimos. Ahí lloré y al mes me enfermé. Por poco me muero. Yo ya no sentía nada. Así hacía el olor… como olor de carne hacía en la noche… el vapor. Allí sí me moría, me moría, me moría. (…) Me dicen que es por la tristeza que estoy así y es cierto porque sí he estado muy triste por mi papá. Se murió mi papá, se murió mi hermana, se murió mi cuñado y se murió mi hijo pequeño y se muere mi suegra, se muere mi cuñada y se muere el hermano de mi esposo. Fueron ocho los que murieron con nosotros. Solo las dos con mi mamá nos quedamos. Por eso estuve triste, por eso me dicen que estoy enferma. ¡Cómo no iba a estar triste!…[66]
La asunción de los terribles daños, la confrontación de los hechos, la búsqueda de la verdad y la justicia, las recaídas, la depresión, la capacidad de reponerse y de poder seguir adelante liderando y ayudando a otras como ella hacen del caso de doña Carolina uno de los más emblemáticos del proceso de superación de los estragos de la guerra. Retos formidables y comparables enfrentaron las mujeres de los demás casos considerados para el análisis de estos procesos, con solo uno en el que la resiliencia no pudo ser lograda, el de una joven de temprana edad violada frente a la comunidad, en el contexto de una masacre, quien sin poder superar la vergüenza se refugiaría, permanentemente infantilizada y enferma, en casa de su madre.[67]
A pesar de los logros de estas mujeres, las autoras de la investigación observan que la asistencia psicosocial para sobrellevar el trauma de la violación sexual fue la carencia más importante que vivieron:
Todas, lograron reorganizar su vida cotidiana y seguir viviendo. Sin embargo, ninguna tuvo la posibilidad de superar el trauma dejado por la violación y sus consecuencias sociales. No tuvieron espacios de reparación para reelaborar la experiencia traumática, de la misma manera que sí la tuvieron para expresar su sufrimiento por la pérdida de sus seres queridos. El dolor por la violación sexual no había sido reconocido ni acompañado previamente. Por esta razón, siguen expresando su malestar…[68]
De este tipo de observaciones deriva que las autoras concedan un papel central a la resiliencia en el proceso de transformación de víctimas a sujetos de las mujeres, una importancia que conceden al restañamiento de las heridas unido al del ejercicio de una agencia social:
Al analizar el proceso de transición de víctimas a actoras, partimos de un abordaje que articula el concepto psicosocial de la resiliencia con la propuesta feminista en torno a la subjetividad. En todos los casos de mujeres que hayan vivido la violación sexual, es fundamental vincular la reflexión profunda acerca de lo que implica la sanación en los cuerpos de mujeres, con los procesos de empoderamiento personal desde los espacios íntimos hasta los sociales, sin los cuales no se puede explicar las condiciones que les permiten constituirse en sujetas.[69]
El ser “actora” de cambio no se reduce a ser ciudadana y reivindicar derechos en el ámbito público, sino a ser sujeta de poderes que permitan hacer reales estos derechos y tener conciencia y decisión sobre su propia vida. Ser sujeta de su propia vida implica librar una batalla cotidiana por deshacerse de las identidades sujetadas a otros desde el imaginario patriarcal, para constituir y construir una nueva concepción de sí, que desde la autonomía personal les permita relacionarse con el mundo.[70]
De este modo, las investigadoras realzan las necesidades más íntimas de la vida personal en un proceso que se complementa y reafirma en la rehabilitación de la vida social. Vida, en este sentido es la del cuerpo y de la psique, como lo es la de la dignidad y del derecho, de la justicia y el resarcimiento.
La trayectoria de víctimas a sujetos que se valora como estrategia de restauración de la vida no se presenta en las experiencias y los testimonios de las mujeres como un proceso lineal sino ramificado, con retrocesos y avances, movido por distintos factores e influido por los acontecimientos y contextos externos. Siguiendo los planteamientos de Teresa Valle, las autoras reconocen hitos, encrucijadas, articulaciones e intersticios por los que pudieron transitar las experiencias de las mujeres en un proceso de confrontación y negociación con las figuras identitarias que se les imponían o que surgían como alternativas:[71]
La guerra, a través de la tortura sexual que representa la violación y de la desaparición de los esposos e hijos, destruyó las estructuras más profundas del ser sobre las que se habían edificado las sujetas de la investigación desde su niñez. De allí desembocaron cambios profundos en su autoimagen, sus creencias y prácticas sociales. También interrumpió de forma brutal el ciclo de vida y los proyectos asignados a cada una, en función de los mandatos de género asociados a las diferentes etapas en las que se encontraban.[72]
Las autoras encuentran que el modelo de identidad de madre-esposa, definido por Marcela Lagarde como la concepción de las mujeres como “un ser para los otros”, siendo el que prevalecía en las comunidades de las que provenían —con diferencias de grado de mayores o menores restricciones y conservadurismo—, sería el que se vería trastornado con las violaciones sexuales y que las arrojaría al angustioso limbo identitario del que arrancaron sus trayectorias de resubjetivación. En esto influyó igualmente el momento de ciclo de vida en el que las mujeres se encontraban cuando ocurrió la violación, ya fueran jóvenes solteras, esposas o viudas, y las normas de género que pesaban sobre ellas como prescripciones sobre la virginidad y la exclusividad sexual. Del análisis resultaron tres categorías identitarias impuestas desde la cultura de las comunidades y con respecto a las cuales las mujeres debieron redefinir su subjetividad y sus concepciones de mundo:[73]
Las solteras: se refiere a las mujeres que fueron violadas jóvenes y vírgenes, que adquirieron una nueva identidad impuesta por la guerra que se estructura alrededor de la imposibilidad de realizar su proyecto de vida asignado: ser esposa y madre.[74]
Las madresposas fallidas: se refiere a quienes fueron violadas estando casadas y que todavía viven con su marido, cuya vida se estructura a partir del sentimiento profundo de haberle sido infiel y la necesidad de demostrarle que es buena esposa.[75]
Las viudas: se refiere a quienes fueron violadas durante o después de la desaparición de su esposo, que adquirieron esta nueva identidad a partir de la pérdida brutal provocada por la guerra y reforzada por la necesidad de demostrarle su fidelidad más allá de la muerte.[76]
Cada una de estas identidades impuestas iba a plantear retos diferentes a las mujeres, pero no iba a determinar unívocamente sus trayectorias. La personalidad, las actitudes de cada una y los recursos, oportunidades y apoyos que pudieron encontrar en sus contextos iban a jugar un papel variable. Muy significativamente las autoras encontraron que la mayoría de las mujeres que participaron en el estudio consiguieron restaurar sus vidas:
De las 54 sobrevivientes que participaron en esta investigación-acción, solo una no pudo reconstruir su vida como sujeto social. No pudo encontrar recursos para superar la ruptura que implicó la violación sexual, lo que quebró sus posibilidades de futuro y los fundamentos de su identidad. Se encerró en casa, convirtiéndose en hija perpetua tutelada por su madre. Todas se sobrepusieron al deseo de morir, aunque en momentos de crisis este sentimiento vuelve a aflorar. Cada una reconstruyó su vida a partir de los recursos y poderes que su realidad social le permitía o le proporcionaba y que había desarrollado a lo largo de su historia personal. Algunas se aferraron a la relación con sus hijos y se refugiaron en la fe para reconstruir su sentido de seguridad en la vida. Todas las viudas se involucraron en procesos colectivos de búsqueda de los desaparecidos, tejiendo nuevos vínculos afectivos con otras mujeres en una lucha común. Otras desarrollaron nuevas capacidades y referentes para su vida a través del estudio o del trabajo, que les permitieron fortalecer su autonomía y valorarse como mujeres. Todas, lograron reorganizar su vida cotidiana y seguir viviendo.[77]
Si bien las categorías identitarias impuestas por la violación por sí mismas no determinaron las trayectorias, sí fue decisiva la forma en que las mujeres las confrontaron o negociaron con ellas. Las autoras observan que cuanto más permanecieron las mujeres dentro de las normas de subordinación patriarcal, menores fueron sus oportunidades de transformarse en sujetos:
Unas se aferraron a valores tradicionales, otras integraron los cambios en su vida creando nuevas posibilidades para el desarrollo de sí mismas. Las primeras son las que más se quedaron atrapadas en las consecuencias de la violación sexual, en cuanto sus decisiones en la vida han dependido de su imagen de “mala” creada por “los otros”. Las segundas han logrado, poco a poco, dejar de lado la herida de la violación, conforme desarrollaban procesos de autovaloración y autoafirmación. Al integrar en su visión del mundo nuevos elementos que les permiten valorarse en función de capacidades propias y no en función de las representaciones colectivas en torno a las mujeres “violadas”, éstas últimas han desarrollado recursos que les han permitido compensar los efectos devastadores de la violación sexual en su subjetividad.[78]
La investigación confirma a las autoras que el proceso de transformación de víctimas a sujetos es el más propicio para la restauración:
Los hallazgos de esta investigación, que presentamos a continuación, evidencian que las sujetas que mejor pudieron enfrentar los efectos de la violación sexual fueron las que iniciaron un proceso de empoderamiento personal, vinculado a un proceso de empoderamiento colectivo, lo cual les ha permitido desprenderse poco a poco del lugar de la víctima y constituirse en sujetas de sus propias vidas.[79]
No dejan de ser controversiales, sin embargo, las valoraciones a que las autoras llegan con respecto a la cultura tradicional, en la que encuentran los obstáculos más importantes para la transformación de las mujeres, a pesar de que también encuentran actitudes, creencias y costumbres tradicionales que aportan recursos para la resiliencia. Los casos más ejemplares del efecto opresivo de la cultura tradicional los encuentran entre las viudas q’eqchi’es, cuyas vidas se subordinaron al mandato de demostrar que correspondían al ideal de madre-esposa fiel, que siguieron definiendo su identidad por la ausencia del marido desaparecido y que manifestaron vivir en un permanente dolor.[80]
Puede observarse, sin embargo, que si bien cualquier forma de violencia es inaceptable independientemente de que provenga de la cultura tradicional, el problema que se plantea en contextos de diversidad cultural es el modo en que se aborda, que desde perspectivas externas puede reproducir otras formas de violencia desde la modernidad o el eurocentrismo. Como demuestran con distintos ejemplos las autoras, las mujeres pudieron recurrir a elementos rehabilitantes en la cultura tradicional para sobreponerse a los retos de la violencia del conflicto armado, como los casos de madres que rompieron con los roles de sujeción de género para apoyar a sus hijas; los de padres que usaron su poder para lo mismo; y otros casos en los que la espiritualidad maya (su animismo, su culto a la vida) contribuyó a fortalecer los procesos constructivos de transformación.[81]
Puede llamarse la atención igualmente hacia actitudes, prácticas y estados emocionales que quizás tienen unos significados e importancia que escapan a la comprensión externa, que son ambivalentes o que no son autoevidentes para personas o paradigmas de valoración ajenos a las comunidades. Como observan las autoras, aunque las viudas hacen manifiesta su tristeza, también pueden celebrar la autonomía que conquistaron con su nueva condición:
De lo anterior se puede inferir que la violencia contra las mujeres rurales mayas ejercida por su marido, al igual que en muchas otras culturas, es más una regla que una excepción. Esta regla la conocen muy bien las que estuvieron casadas. Y por eso, muchas de las viudas que perdieron a sus esposos durante la guerra, eligieron no volverse a unir. A la pregunta de por qué no se volvieron a casar las tres viudas, no unidas, que participaron en la investigación contestaron al igual que Doña Carolina: “Muchos dijeron así. Pero yo pensé solo voy a buscar otro y van a venir otros niños. Si toma licor me va a pegar. Mejor así. (…) ¿Para qué? Mejor estoy en mi casa, aunque no tenga que comer. Pero nadie me va a levantar la mano”.[82]
El modelo identitario de la viudez es reapropiado y transformado por las mujeres como un espacio de libertad y autonomía con respecto a las figuras masculinas, a pesar de presentar desventajas respecto de la ausencia de apoyo para el sustento familiar y de la estigmatización. Este es el tipo de procesos que Veena Das reconoce como de “rehabitación de los espacios de devastación”, que entre otras cosas incluye la reapropiación y transformación del legado simbólico de la tradición cultural, procesos que no son de simple repetición sino de intercambio y negociación con las situaciones e ideas del presente, pero en los que las mujeres ejercen su autonomía, preservan condiciones que han hecho posible vivir en el pasado y retoman sus vidas cotidianas al margen de narrativas estandarizadas.
La valoración positiva a priori de “ideas nuevas” asociadas a formas de organización social y económica “modernas” indirectamente estaría proponiendo la enculturación ladina o urbana como modelos a imitar, cuando las evidencias muestran que las mujeres pueden encontrar dentro de su propia cultura elementos para resistir al poder patriarcal y transformar constructivamente esa cultura. Muy ilustrativo es el caso de una joven que no transige en ser objeto de intercambio en un matrimonio que concertaba su padre, y que para evitarlo y preservar su libertad consigue trabajar e independizarse:
Mi papá ya había recibido pisto adelantado por eso también mi mamá me exigía casar, cuando yo decía que ¡no!, mi mamá me decía, ¿y el dinero que recibió tu papá quién lo va reponer?…, y a mí qué me importa, yo no lo recibí ese pisto, que lo reponga mi papá. Entonces, para que no me obliga mi papá, empecé a tejer petate, para poder encontrar mi comida, también la gente me pagaba por arreglar sus palmas, día y noche trabajamos con mi mamá, para que mi papá no me siga obligando. Con el trabajo de nosotras, nos dan dos o tres libras de maíz, así fui creciendo.[83]
Entender la cultura como un proceso en cambio permanente en el que los individuos y los colectivos ejercen su agencia, y asumir el contacto y el diálogo intercultural, inclinan a reconocer más que una oposición insoluble entre tradición y modernidad, la funcionalidad de las actitudes, la importancia de aquellas favorables para la resiliencia que puedan tener los individuos y las comunidades, lo mismo que la de aquellas actitudes críticas respecto a las formas de opresión y creativas respecto de las formas de autonomía que puedan conquistarse.
Importante es considerar el trabajo de acompañamiento psicosocial que de forma complementaria se realizó con las mujeres participantes en la investigación. Conducido este acompañamiento de acuerdo con el modelo de asistencia del consorcio de instituciones patrocinadoras, se encuentran en él los principios y técnicas terapéuticos de las formas de resiliencia que se proponen. En especial puede reconocerse un conjunto de valores relativos al empoderamiento de las mujeres que se asocian al restablecimiento de la vida personal y social: la autoafirmación, la autoestima, la autonomía, la autovaloración. Una afirmación del sujeto en sus cuerpos, en sus mentes y en su desenvolvimiento cotidiano como requisitos de la restauración de la vida.
El acompañamiento tiene como premisa ligar la atención psicológica a la comprensión de los factores sociales, políticos e ideológicos que han podido afectar a las mujeres. La violación sexual se asume como un daño en las vidas personales gestado socialmente en el contexto de la guerra. La asistencia procede mediante grupos de autoayuda en series de sesiones a lo largo de meses que completan ciclos formativos y terapéuticos. Los ciclos reciben nombres tomados del calendario maya con significados asociados a los trabajos que se cumplen en cada uno. El ciclo Q’anil es el primero, el germen, la semilla, y fomenta la expresión de las mujeres que exteriorizan, nombran y reconocen las violencias padecidas; el ciclo Ajmaq es el del trabajo de la culpa, el del desarrollo de la conciencia que permite reconocer la responsabilidad de los daños en los perpetradores y no en las víctimas; el ciclo Kawoq es el del rayo, el que fomenta hacer realidad los derechos en las vidas de cada una de las mujeres; el ciclo Kat es el del tejido, el de la unión organizativa de las mujeres; y el ciclo Kan es el de la búsqueda de la justicia, el del camino para crear las condiciones de estabilidad y seguridad en las comunidades:[84]
El acompañamiento psicosocial ha tenido como objetivo impulsar a las mujeres a posicionarse frente a su historia a partir de retomar su vida, sus proyectos, sin negar, olvidar o reprimir el pasado; fortalece la relación entre mujeres, permitiéndoles constituirse en una red de solidaridad y apoyo; recuperar las fortalezas psicológicas y sociales de las integrantes del grupo.[85]
La propuesta es la de un trabajo en pequeños grupos con asistencia profesional. Un trabajo del trauma mediante el intercambio de experiencias y la reflexión. Un trabajo del dolor, del duelo, de la humillación, de la vergüenza; un trabajo sobre las necesidades de la sanación y la recuperación, sobre los retos individuales y colectivos. Un proceso de confrontación de los estragos de la guerra en las vidas personales desde una perspectiva psicoanalítica y de crítica social. Un trabajo que despatologiza los daños y que para comprenderlos y manejarlos los explica no como accidentes o anormalidades de los individuos (ocurridos a las mujeres o suyos), sino en su relación con los efectos sobre ellas de acontecimientos derivados de las estructuras de poder, ideológicas, sociales y políticas.
Importante es reconocer en estas experiencias de asistencia, que son diversas y de largo tiempo en Guatemala, el hecho de que ponen en evidencia un entrelazamiento de trayectorias, no solo de las víctimas que en un momento dado arriban a una organización social como punto de destino, sino las de un encuentro productivo y mutuamente enriquecedor con las trayectorias también de las mujeres feministas y sus organizaciones, que tras décadas de trabajo, han aprendido de su propia labor, y aportan con su mejor entendimiento y con un sentido autocrítico y creativo, su solidaridad y sus conocimientos.
En este sentido el acompañamiento psicosocial mismo se estaría revelando como una estrategia y un conjunto de actitudes y valores de importancia crucial para la restauración de las víctimas. La metáfora del tejido, inspirada en las multicolores telas tradicionales mayas, aplicada para reconocer la interrelación de las mujeres en una lucha común, independientemente de sus procedencias, y de las tendencias a la individuación o a la compartición de los saberes y conocimientos, podría encerrar las claves del trabajo primordial que requiere la vida para reproducirse.
Conclusiones
En este ensayo se han explorado distintas formas de testimonialidad sobre la violencia contra las mujeres que han permitido reconocer la lucha práctica y discursiva que se libra en la región y que ha arribado a estrategias organizativas y comunicativas altamente elaboradas y de gran alcance. Ha servido para ilustrar estas estrategias el trabajo de Agencia Ocote, que haciendo uso de recursos tecnológicos innovadores establece una mediación de información y conocimiento entre las investigaciones y la proyección social de activistas y organizaciones feministas, y las sociedades. En el momento actual uno de los problemas más álgidos que se están visibilizando con coberturas regionales es el del feminicidio, tanto en los países centroamericanos como en México. La sensibilización es uno de los objetivos de este trabajo junto con el de la movilización en torno a puntos de agenda como presión por avances policiales, legales y jurisdiccionales. Propio del trabajo de mediación discursiva actual es la elaboración de una información que puede considerarse encarnada, en el sentido de que las situaciones de violencia se presentan desde la experiencia viva de las mujeres que las sufren valiéndose entre otras cosas de la incorporación de los testimonios.
Muy claramente, el trabajo de Agencia Ocote coincide con los análisis y la movilización feministas en identificar al poder masculino —más que a los hombres o a individuos víctimas de patologías— como el adversario a enfrentar, un espectro de actitudes, de prejuicios y prácticas, que como patrones de comportamiento se muestran arraigados en las estructuras desiguales y violentas de las sociedades. Este vector de poder, surgido en el cruce de ideas y comportamientos sexistas, racistas y clasistas, traspasa los individuos, las instituciones y la aplicación de la ley, y hace de su deconstrucción en la matriz ideológica y cultural una de las tareas primordiales.
La lucha práctica y discursiva de las mujeres vendría a ser una forma de respuesta a la guerra que contra ellas se libra, que padecen en sus cuerpos y estalla en los espacios íntimos, como sostiene Verónica Gago. Una lucha que se despliega actualmente en el campo de batalla en que se ha convertido Internet y las redes sociales, como lo demuestra la labor de Agencia Ocote y del ciberactivismo feminista. En ese espacio público virtual, creado por las nuevas tecnologías, la autonomía y la interconexión, de acuerdo con Manuel Castells, estarían permitiendo a las mujeres construirse como sujetos sociales y ejercer un contrapoder.
El feminicidio, que comienza a visibilizarse y a elaborarse analítica y teóricamente en Latinoamérica con las olas de asesinatos contra mujeres en Ciudad Juárez, ha permitido reconocerlo como una violencia homicida por razón de género que podría haberse visto exacerbada por las tendencias disociativas del neoliberalismo. El esfuerzo de Marcela Lagarde y de otras feministas por visibilizar el asesinato de mujeres por ser mujeres, y en consecuencia su carácter de crimen genocida de lesa humanidad, se ha visto complementado por el de otras autoras, como Rita Segato, que han señalado la sinergia perversa entre las tendencias desreguladoras de la economía y favorables al crimen del neoliberalismo —especialmente en zonas de débil presencia estatal— con las tendencias del poder masculinista a perpetuarse y reforzarse. Sinergia que podría estar explicando los daños extremos contra los cuerpos, la espectacularización de los sufrimientos y la multiplicación exponencial de asesinatos de mujeres que parecen caracterizar el momento actual.
Investigaciones sobre las situaciones que viven las mujeres en el continente se inclinan por confirmar con testimonios y datos un cuadro de violencia en sus tendencias generales, agravado incluso en los países del norte centroamericano. Los datos muestran una escalada de los homicidios de mujeres extraordinaria desde el año 2000 y hasta la fecha, siendo Honduras, El Salvador y Guatemala los países con el mayor riesgo. Distingue esta escalada la comisión de los homicidios de mujeres con ensañamiento y ya no solamente en espacios domésticos sino públicos, lo mismo que su asociación a la actividad de maras y pandillas en considerables proporciones. Las investigaciones observan que las desarticulaciones del neoliberalismo pudieron agravar en estos países las consecuencias de los tejidos sociales rotos y los imaginarios de violencia que dejaron como secuelas los conflictos armados internos.
El cuadro de violencia que pesa sobre las mujeres lleva a considerar en el ensayo los retos que confrontan para construirse como sujetos e incidir en las condiciones sociales. La paradoja observada desde la reflexión teórica de autoras como Judith Butler sobre el hecho de que la construcción del sujeto se encuentre en dependencia del reconocimiento del poder que se padece permite considerar que en el caso de las mujeres, el poder masculinista que tiende a negarlas se convierte en uno de los resortes principales de su resistencia y de la activación de su agencia. Si el poder masculinista las convierte en objeto paciente de la violencia, su desvictimización es justamente el reto de su resistencia, de su subjetivación y de su sobrevivencia psíquica, moral y social.
El análisis de los testimonios como un tipo de narraciones en las que, en términos de Paul Ricœur, se construye la identidad de los sujetos entramada con la configuración de los acontecimientos se convierte en una vía de importancia para considerar las particularidades de las trayectorias que ponen de manifiesto las mujeres víctimas de la violencia machista en los testimonios. En estos, las mujeres se erigen como testigos de una vulneración que se expone como reclamo a la comunidad moral, y en este sentido constituyen una construcción narrativa de un ideal de sí y de una ética social.
Desde el punto de vista de Rosi Braidotti más importante que la constitución de una identidad personal es la construcción del sujeto en las interconexiones y colaboración con los otros, como un proceso en el que la vida vulnerable encuentra los modos de subsistir y perdurar. De modo que el sujeto emergería no solamente confrontando al poder sino encontrando apoyos y comprensión, ecos y consonancias con otros sujetos y sus agenciamientos. Algo de lo cual el hermanamiento de activistas feministas y mujeres víctimas de violencia vendría a ser un ejemplo paradigmático.
Veena Das aporta la observación de que lo que se está construyendo discursivamente en los testimonios son formas de vida posible. Lo que lleva a reconocer que mediante estas formas de discursividad, se instituyen retóricas de la vida, figuras de experiencia, emocionales, identitarias, éticas que posibilitan esa vida. Si el testimonio de las víctimas de la violencia es el de su devastación, lo es con referencia a una rehabilitación de las condiciones que hacen posible vivir tanto en el plano de la vida cotidiana individual como en la social. Desde el punto de vista de Das, la construcción de la agencia es la de una persona viva en sus retos inmediatos más que el de su encuadramiento en guiones estandarizados provistos por políticas nacionalistas o de redención social.
El ensayo presenta dos importantes colecciones de testimonios de mujeres víctimas de la violencia durante el conflicto armado en Guatemala para considerar la manera en que se manifiestan las trayectorias de construcción de agencia en su relación con la apertura de espacios para la vida. Particularmente se dirige la atención hacia las tensiones y complementariedad entre las demandas de restablecimiento de las vidas personales y los requerimientos de integración en colectivos para la incidencia en la vida social.
Tejedoras de paz, siendo un libro mayormente dirigido a recobrar la experiencia de las mujeres que contribuyeron con sus luchas a superar la guerra, recoge testimonios en los que los sujetos se construyen en su fusión con la causa social. La fortaleza para afrontar los daños personales se encuentra en el hermanamiento con otras mujeres y en la movilización contra las causas estructurales de la violencia. Muy importante es el concierto de valores favorables a la vida desde el que se articulan los discursos y que hacen emerger lo que puede considerarse una retórica del amor, si bien ciertos modelos sacrificiales de la identidad personal habrían podido reproducir patrones de la violencia de la guerra que se padecía.
Tejidos que lleva el alma, dirigido a las experiencias de supervivencia de mujeres abusadas sexualmente durante la guerra en Guatemala, valora los esfuerzos de restauración personal, de sanación de los cuerpos, de rehabilitación de las vidas personales, de forma pareja a los de la integración a colectivos de apoyo y de movilización social. La transformación de víctimas de la violencia a sujetos de derecho es la trayectoria que se descubre primordial y en la que la resiliencia de la vida individual se encuentra asociada a la de la vida social. Muy distintivamente, la atención psicosocial es señalada como la mayor necesidad de las mujeres afectadas por la violencia y en la que las autoras y organizaciones responsables del libro se encuentran implicadas.
Los valores de autoempoderamiento son de importancia en este último libro para la afirmación de las mujeres como sujetos, y se descalifican por su carácter opresivo los patrones patriarcales de la cultura tradicional, una descalificación que, si bien se halla justificada en lo que se refiere a esos patrones, podría invisibilizar elementos rehabilitantes de importancia que pudiera haber en los legados tradicionales.
Adicionalmente es necesario constatar en ambos libros el entrelazamiento entre las mujeres víctimas de la violencia y las mujeres y otros activistas de las organizaciones feministas como un recurso primordial dentro del cuadro de la rehabilitación y la restauración de las condiciones de vida. La compenetración de las mujeres y otros actores solidarios, que puede ser el resultado de luchas compartidas durante décadas, debe considerarse manifiesto en las trayectorias personales, en los cuerpos discursivos que se configuran, y como un recurso imprescindible para la superación de la violencia.
- Veena Das, Life and Words: Violence and the Descent into the Ordinary (Berkeley, Los Angeles, London: University of California Press, 2007), 214-217.↵
- G. Muñoz Ramírez et al., “Coronavirus desde otras miradas. ‘Sin pensar agarré lo que pude y hui con mis hijas’”, Agencia Ocote, 2020. https://tinyurl.com/59f4ddja.↵
- Agencia Ocote, “¿Quiénes somos?”, Agencia ocote (2020). https://tinyurl.com/mr47j65n.↵
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- Contracorriente, “Honduras: las mujeres que el Estado no escuchó”, Agencia ocote (15 de julio, 2020). https://tinyurl.com/u8nhmyun.↵
- Ignacio Martín-Baró, “La violencia en Centroamérica: una visión psicosocial”, Revista de Psicología de El Salvador Volumen 9, 36 (1990): 134-135.↵
- Martín-Baró, “La violencia en Centroamérica…”, 140-141.↵
- Equipo de Estudios Comunitarios y Acción Psicosocial (ECAP) y Unión Nacional de Mujeres Guatemaltecas (UNAMG), Tejidos que lleva el alma. Memoria de las mujeres mayas sobrevivientes de violación sexual durante el conflicto armado (Guatemala: ECAP, UNAMG, F&G editores, 2011), 4.↵
- Verónica Gago, La potencia feminista. O el deseo de cambiarlo todo (Madrid: Traficantes de sueños, 2019), 68-72.↵
- Gago, La potencia feminista, 72.↵
- Jennifer Earl et al. distinguen cuatro tipos de activismo en línea: 1) el de distribución de información a través de sitios web, dentro del que cabría el trabajo de Agencia Ocote, 2) el de facilitación de estrategias e instrumentos electrónicos de participación (campañas de cartas, boicot de sitios web), 3) el de reclutamiento y provisión de apoyo logístico a movimientos fuera de línea y 4) el de movimientos y campañas organizados y desplegados enteramente en línea. Jennifer Earl et al., “Changing the World One Webpage at a Time: Conceptualizing and Explaining Internet Activism”, Mobilization: An International Journal Volume 15, 4 (2010): 425-446. https://tinyurl.com/mv92nf7p.↵
- Manuel Castells, Redes de indignación y esperanza. Los movimientos sociales en la era de Internet (Madrid: Alianza Editorial, 2012), 24.↵
- Castells, Redes…, 27.↵
- Castells, Redes…, 30-33.↵
- Castells, Redes…, 26.↵
- En 1985 Mary Anne Warren utilizó el término genericidio para reconocer el vínculo entre violencia y género; en 1992 Diana Russell y Jane Caputi acuñaron la palabra femicidio para referirse al asesinato de mujeres relacionado con la cultura sexista masculinista; en 2006 Marcela Lagarde traduce la palabra inglesa femicide (usada por las autoras anteriores) por feminicidio en la que busca añadir el matiz de genocidio y consecuentemente de violación de derechos humanos y de responsabilidad estatal. Esta última acepción es la que se asume en este ensayo, en el sentido de que el asesinato de mujeres tiene un carácter sistemático, se encuentra asociado a la dominación masculina y se afinca en las instituciones. Para una revisión de la historia y matices del concepto ver: Juan Manuel Cabrera Ullivarri y Pablo Nicolás Cristi Contreras, “La silenciosa muerte de mujeres: Notas sociológicas de los estudios de femicidios”, Revista Polémicas Feministas 1 (2011): 48-60. https://tinyurl.com/9zfvvd3b.↵
- Marcela Lagarde, “Antropología, feminismo y política: violencia feminicida y derechos humanos de las mujeres”, en Retos teóricos y nuevas prácticas, M. Bullen y C. Diez Mintegui (coords.) (San Sebastián, España: Ankulegi Antropologia Elkartea, 2008), 215-216.↵
- Lagarde, “Antropología, feminismo y política…”, 216.↵
- Lagarde, “Antropología, feminismo y política…”, 216.↵
- Lagarde, “Antropología, feminismo y política…”, 216.↵
- Lagarde, “Antropología, feminismo y política…”, 225.↵
- Lagarde, “Antropología, feminismo y política…”, 212.↵
- Lagarde, “Antropología, feminismo y política…”, 215.↵
- Lagarde, “Antropología, feminismo y política…”, 216.↵
- Laura Rita Segato, La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. Territorio, soberanía y crímenes de segundo estado (Buenos Aires: Tinta Limón, 2013), 14, 23, 36-37, 41-42.↵
- Segato, La escritura en el cuerpo…, 36-37.↵
- Ana Carcedo (coord.), No olvidamos ni aceptamos: Femicidio en Centroamérica 2000-2006 (San José: Asociación Centro Feminista de Información y Acción, 2010), xiii.↵
- Carcedo, No olvidamos ni aceptamos…, 49.↵
- Carcedo, No olvidamos ni aceptamos…, 6-7.↵
- Carcedo, No olvidamos ni aceptamos…, 34-36.↵
- Carcedo, No olvidamos ni aceptamos…, 39.↵
- Las autoras definen el femicidio como “toda muerte derivada de la subordinación femenina, que abarca tanto los homicidios como los suicidios originados en la violencia o las condiciones de discriminación, así como las/la muerte de alguna mujer o niña” (Carcedo, No olvidamos ni aceptamos…), 46-49.↵
- Carcedo, No olvidamos ni aceptamos…, 46.↵
- Carcedo, No olvidamos ni aceptamos…, 49.↵
- Carcedo, No olvidamos ni aceptamos…, 9.↵
- Carcedo, No olvidamos ni aceptamos…, 6-7.↵
- Carcedo, No olvidamos ni aceptamos…, 8.↵
- Motserrat R. Sagot, “El femicidio como necropolítica en Centroamérica”, Labrys, études féministes/ estudos feministas (julio-diciembre 2013): s.p. https://tinyurl.com/fztp45nb.↵
- Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), Violencia y discriminación contra mujeres, niñas y adolescentes: Buenas prácticas y desafíos en América Latina y en el Caribe (CIDH, OEA. 2019), 78. https://tinyurl.com/2s4ba596.↵
- Centro de Estudios Económicos para América Latina (CEPAL), Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe, Feminicidio América Latina, el Caribe y España (19 países): Feminicidio o femicidio. (En números absolutos y tasas por cada 100.000 mujeres) (2019). https://tinyurl.com/yvbv7ys8.↵
- Judith Butler, Mecanismos psíquicos del poder. Teorías sobre la sujeción (Madrid: Ediciones Cátedra Universitat de Valencia, 2015), 32.↵
- Alain Badiou, “La ética: Ensayo sobre la conciencia del Mal”, Revista Acontecimiento 8 (1994): s.p. https://tinyurl.com/3erm2ujv.↵
- Paul Ricœur, Sí mismo como otro (México: Siglo XXI Editores, 1996), 107-113.↵
- Ricœur, Sí mismo…, 140.↵
- Ricœur, Sí mismo…, 147.↵
- Ricœur, Sí mismo…, 140.↵
- Ricœur, Sí mismo…, 144.↵
- Ricœur, Sí mismo…, 158.↵
- Ver: Rosi Braidotti, Transpositions. On Nomadic Ethics (Cambridge: Polity Press, 2006), 156.↵
- Ver: Braidotti, Transpositions, 41.↵
- En el original: “What is, then, this subject in becoming? It is a slice of living, sensible matter activated by a fundamental drive to life… and yet this subject is embedded in the corporeal materiality of the self… is rather a transversal entity: a folding-in of external influences and a simultaneous unfolding-outwards of affects… is not only in process but is also capable of lasting through sets of discontinuous variations, while remaining extraordinarily faithful to itself” (Braidotti, Transpositions, 155-156).↵
- En el original: “This ‘faithfulness to oneself, consequently, is not to be understood in the mode of the psychological or sentimental attachment to a personal ‘identity’ that often is little more than a social security number and a set of photo albums. Nor is it the mark of authenticity of a self (‘me, myself and I’) that is a clearing house for narcissism and paranoia – the great pillars on which Western identity predicates itself. It is rather the faithfulness of mutual sets of interdependence and interconnections, that is to say sets of relations and encounters. It is a play of complexity that encompasses all levels of one’s multi-layered subjectivity, binding the cognitive to the emotional, the intellectual to the affective, and connecting them all to a socially embedded ethics of sustainability” (Braidotti, Transpositions, 156).↵
- Das, Life and Words…, 88.↵
- En el original: “Clearly a double movement seems necessary for communities to be able to contain the harm that has been documented in these accounts: at the macrolevel of the political system it requires the creation of a public space that gives recognition to the suffering of survivors and restores some faith in the democratic process, and at the microlevels of community and family survivors it demands opportunities of everyday life to be resumed” (Das, Life and Words…, 218).↵
- Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala (CONAVIGUA), Tejedoras de paz. Testimonios de mujeres en Guatemala (Guatemala: Fokus, Norwegian Ministry of Foreign affairs, 2008), 7.↵
- CONAVIGUA, Tejedoras de paz, 101.↵
- El señalamiento de actitudes contraproducentes a la paz en los testimonios de las víctimas se hace con la prevención de que no pueden equipararse a los modos de agresión de los victimarios, como ha podido hacerse de forma tendenciosa para culpabilizar a las víctimas de la violencia padecida. Sin pretender evaluar el proceso transicional vivido en Guatemala después de los acuerdos de paz, puede señalarse la interpretación común de que en este se han reproducido los patrones del conflicto interno con comparables pesos de poder y tendencias a los que prevalecieron durante la guerra, sin que se hayan alcanzado los beneficios que se esperaban para la sociedad. Como señala Anita Isaacs, se trata de un conflicto profundamente arraigado en la historia y la cultura de Guatemala. Anita Isaacs, “¿Superando el pasado?: verdad, justicia y resarcimiento en Guatemala”, Real Instituto Elcano de Estudios Estratégicos Internacionales ARI 1 (2006): 1-7. https://tinyurl.com/ht84jpys.↵
- CONAVIGUA, Tejedoras de paz, 79.↵
- “There is no pretence here at some grand project of recovery but simply the question of how everyday tasks of surviving—having a roof over your head, being able to send your children to school, being able to do the work of the everyday without constant fear of being attacked—could be accomplished. I found that the making of the self was located, not in the shadow of some ghostly past, but in the context of making the everyday inhabitable” (Das, Life and Words…, 216).↵
- En el original: “… the women were not embodying pollution as a direct act of mimesis of the figure of Draupadi, nor were they engaged in an act of ‘showing’ after any reasoned engagement with the question of how to contest the denial in the official narrative that a large number of Sikhs had been killed. Yet their testimony can be constructed from the new way in which they occupied the space of symbolic representations in the collective imaginaire. It seems to me that this form of creating oneself as a subject by embracing the signs of subjection gives a very different direction to the meaning of being a victim compared to what Mbembe suggests. For what the women were able to ‘show’ was not a standardized narrative of loss and suffering but a project that can be understood only in the singular through the image of reinhabiting the space of devastation again” (Das, Life and Words…, 216-217).↵
- Equipo de Estudios Comunitarios y Acción Psicosocial (ECAP) y Unión Nacional de Mujeres Guatemaltecas (UNAMG), Tejidos que lleva el alma. Memoria de las mujeres mayas sobrevivientes de violación sexual durante el conflicto armado (Guatemala: ECAP, UNAMG, F&G editores, 2011), 9.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 6-9.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 329.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 131, 300.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 295-296.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 297.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 297.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 30.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 130.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 32.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 32.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 33.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 33.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 295.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 296.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 296.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 300-11.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 337-352.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 120.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 98.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 375-396.↵
- ECAP, UNAMG, Tejidos…, 372.↵








