La cooperación salesiana femenina
a través de cartas (Argentina, 1900-1930)
Lucía Bracamonte
Introducción
En 1900 se formó en la Capital Federal la Comisión Central de Señoras Cooperadoras Salesianas Argentinas, en el marco de la tercera orden denominada Pía Unión de Cooperadores Salesianos[1]. Posteriormente, en la década del veinte, se independizó de ese grupo la Comisión Misiones de la Patagonia y aparecieron comisiones locales en diferentes puntos de las zonas pampeana y patagónica. Todas ellas tenían el cometido de auxiliar a los salesianos y las Hijas de María Auxiliadora en sus emprendimientos –que abarcaban colegios, oratorios festivos, misiones, hospitales, templos, observatorios y publicaciones–, realizando tareas recaudatorias y propagandísticas[2].
El objetivo de este capítulo es examinar las formas en las que se representaba y ejercía el mando, a partir de cartas de mujeres dirigentes[3]. El lapso abordado abarca desde el inicio de la cooperación salesiana organizada en la Capital hasta fines de la década de 1920, momento en que la misma se reorganizó. En ese periodo se consolidaron tanto la cooperación como las obras salesianas, en el contexto de un incremento de la militancia católica femenina. Esto último se verificó desde fines del siglo XIX y se afianzó a partir de la década de 1920, a raíz del interés de la Iglesia por comprometer a las fieles con la resolución de la cuestión social y la “recristianización” de la sociedad (Lida, 2015).
El tema planteado entronca con el problema de las modalidades que asumen los liderazgos de mujeres en organizaciones religiosas. Esta cuestión ha sido abordada para diferentes tiempos y espacios del pasado con la intención de indagar hasta qué punto se reproducía el orden simbólico binario de género (Bellon Cárdenas, 2017).
En los análisis históricos de las asociaciones asistenciales, se pasó de observar a las mujeres de las elites como reproductoras del orden vigente e instrumentadoras de mecanismos unidireccionales de control social –siguiendo un enfoque de corte institucionalista–, a interpretarlas como agentes que diseñaron espacios de inclusión, poder y autonomía política. En esta línea, se reconstruyeron las redes y los vínculos armoniosos y conflictivos que establecieron con sus pares femeninas, las personas asistidas, la corporación médica, la Iglesia y el Estado. En cuanto a los sentidos que les imprimieron a sus acciones, se demostró que las legitimaron en base a una proyección pública de los roles maternales y de cuidado, difuminando los límites entre lo doméstico y lo público (de Paz Trueba, 2010; Eraso, 2009; Folquer, 2013; Guy, 2011; Tossounian, 2015; entre otros).
Si bien se han caracterizado los roles dirigentes femeninos a partir de discursos públicos y administrativos, las reconstrucciones de las significaciones asociadas a ellos empleando egodocumentos son menos frecuentes. Uno de los motivos es la dificultad de acceso a materiales de ese tipo, aunque en los últimos años se han revalorizado las fuentes institucionales en orden a visibilizar aspectos de la vida interna de las agrupaciones y a recuperar, de manera mediada, la voz de las asistentes (Moreyra, 2015). A este aspecto pretende aportar el presente trabajo, a partir de correspondencia que además de ofrecer datos sobre el funcionamiento de los grupos permite acceder, aunque de manera parcial e indiciaria (Ginzburg, 1989), a ciertos aspectos de la subjetividad de las dirigentes[4].
Metodológicamente, se reduce la escala de observación, lo cual permite complejizar y matizar interpretaciones históricas. Más precisamente, se focalizan personas inmersas en relaciones de sociabilidad formal y se identifican representaciones y formas de interacción vinculadas con la diferencia sexual[5]. Se privilegia, entonces, la investigación cualitativa (Vasilachis de Gialdino, 2006), por considerarla apropiada para reconstruir el modo en el que los sujetos experimentan el mundo y sus acciones.
Las reflexiones estarán guiadas por conceptos asociados a la teoría feminista, como lógica de la entrega, tretas de débil y lógica de las idénticas. La lógica de la entrega estructura lo doméstico, pero trasciende la concepción de hogar y responsabilidades familiares para traducirse en una disposición a responder a las necesidades y demandas de cuidado de los demás de manera continua (Murillo, 2006). En cuanto a las tretas del débil, engloban un conjunto de conductas femeninas pasivo-agresivas, que van desde la hostilidad y el silencio, hasta la zalamería o el coqueteo, con el propósito de conseguir algo (Ludmer, 1985). Por su parte, la lógica de las idénticas alude a una forma de relación entre mujeres que no distingue diferencias entre ellas (Amorós, 1995). Estas nociones se articulan en torno al mandato cultural de la femineidad, caracterizado por el silencio, la obediencia y la abnegación en menoscabo del amor propio (Lamas, 2015).
Partiendo de la idea de que esos conceptos designan constantes en los grupos de mujeres a lo largo del tiempo, esta investigación se interroga acerca de los intereses de las cooperadoras para participar como dirigentes, los supuestos sobre la femineidad subyacentes a ellos y cómo se desenvolvían las relaciones de género cuando alcanzaban esas posiciones de poder. En consecuencia, luego de caracterizar someramente las epístolas, se examinarán los planteos de las cooperadoras acerca de los aspectos negativos y positivos del liderazgo, así como las dinámicas inter e intragenéricas en el interior de las comisiones.
Las cartas: características formales, funciones, usos y contenido
Durante el denominado periodo de modernización (1880-1930), se crearon en la Argentina una serie de condiciones estructurales que permitieron la generalización de la correspondencia como medio de transmisión de mensajes a distancia. La extensión de las líneas ferroviarias, la organización de los sistemas de correo y el aumento de las tasas de alfabetización, entre otros factores, posibilitaron la difusión de esa práctica entre personas de todos los sectores sociales. En ese contexto, la escritura de cartas, tarjetas personales y tarjetas postales fue legitimada como forma de expresión para las mujeres y, como consecuencia, se convirtió en una actividad cotidiana.
Las cartas analizadas fueron elaboradas por emisoras que tenían una alta competencia en la escritura, observable en la corrección de la ortografía, la sintaxis y la gramática. Fueron confeccionadas en soportes materiales variados, que incluían papeles con o sin renglones, de distintos tamaños y gramajes, que podían contener elementos preimpresos como las iniciales de la escribiente o membretes de las comisiones. En ellas se verifican nueve aspectos que no son privativos de las cartas, pero que, tomados en conjunto, las distinguen de otros géneros discursivos: marco de enunciación, función pragmático-comunicativa, noción de secreto epistolar, parentesco con el diálogo, conocimiento personalizado del “tú”, tensión entre presencia y ausencia, fragmentariedad, tendencia a la autorreferencialidad y pacto implícito de veracidad en tensión con un grado mínimo e inevitable de ficcionalidad (Crespo, 2017).
La extensión progresiva de las actividades de los salesianos a distintos puntos del país requirió de la correspondencia como herramienta para crear y consolidar diferentes tipos de vínculos. Dentro del flujo nutrido de piezas epistolares se destacaron los intercambios con agentes de la Pía Unión, en especial, con mujeres que se inscribían en ella a título individual o participaban en comisiones. Factores como la distancia, los viajes, las enfermedades y las ocupaciones pastorales, educativas, misioneras y benéficas limitaban las posibilidades de encuentro entre salesianos y cooperadoras e imponían la comunicación diferida por escrito como una necesidad.
Las misivas intercambiadas vehiculizaban información, salutaciones, quejas, sugerencias, consultas, peticiones y agradecimientos. Versaban sobre procesos organizativos, administrativos y piadosos de la tercera orden, actividades de propaganda y recaudación de fondos privados y estatales, reclutamiento de nuevas adherentes y modalidades de ingresos de niños pobres a los colegios. En algunos casos, las cooperadoras añadían cuestiones domésticas y privadas. También podían llegar a pedirles intermediación económica, social y política con miras a favorecer a personas de sus círculos familiares y amicales, y a requerirles apoyo para proyectos comunitarios que excedían a la cooperación salesiana. Por todo ello, algunos escritos adquirían un formato de nota administrativa y en otros se entremezclaban elementos de estilo protocolar, expresiones cercanas a lo conversacional y declaraciones cuasi confesionales.
Las representaciones de lo femenino en las cartas deben analizarse teniendo en cuenta la fragmentariedad del corpus y el hecho de que complementaba una sociabilidad presencial que ha dejado pocas huellas. Además, debe abandonarse la pretensión de un acceso directo a la subjetividad, ya que la escritura epistolar no era espontánea, sino sujeta a vigilancias y controles. Por diversas vías se advertía a las escribientes acerca de la inconveniencia de exponer sus pensamientos y sentimientos y de la necesidad de cuidar su reputación (Caldo, 2019). A esto se sumaban los constreñimientos ligados a las propias reglas del género, que eran aprendidas en la escuela, en la educación doméstica, en el intercambio mismo y a través de la consulta de manuales de urbanidad y folletos. Las dirigentes de comisiones de cooperadoras salesianas añadían a esas normas, propias de la sociabilidad y del tipo de escritura, la necesidad de adecuación a destinatarios religiosos y a funciones que las exponían públicamente.
Entre la abnegación y el reconocimiento
Al iniciarse el siglo XX se había producido en el mundo occidental una feminización de la caridad organizada. En la época, se consideraba que las actividades filantrópicas y caritativas eran aptas para mujeres solteras, viudas y casadas con hijos adultos de las clases medias y altas, que disponían de tiempo libre. Sin embargo, como indica Ana P. Vosne Martins (2015), es necesario no tratar la participación de las mujeres en la filantropía como un fenómeno homogéneo de clases privilegiadas o de mujeres ociosas que no tenían nada que hacer, sino observar con atención su singularidad y sus variaciones.
En la Argentina, mujeres laicas y religiosas, cuyos derechos civiles eran restringidos y que no gozaban formalmente de derechos políticos, participaban en colectivos de trabajo voluntario y no remunerado para atender a los sectores vulnerables. Integraban un modelo benéfico asistencial caracterizado por la heterogeneidad, la descentralización y la especialización, en el que el Estado otorgaba reconocimiento jurídico y subsidios (Moreyra, 2015). Esas entidades contaban con marcos normativos y eran dirigidas por damas de la elite nacional y de las elites regionales, muchas veces emparentadas entre sí, que contaban con educación, recursos económicos, redes de sociabilidad distinguida y contactos en las altas esferas de la Iglesia y la política. Todo esto se verificaba en el caso de las cooperadoras salesianas, aunque pertenecían a una tercera orden y no gestionaban instituciones de manera directa[6]. Además, la Pía Unión no era un espacio feminizado –ya que no estaba integrado exclusivamente por mujeres–, aunque el número de las comisiones de mujeres fue muy superior al de las iniciativas grupales de varones.
Las cooperadoras manifestaban que los cargos de autoridad insumían un lapso considerable de tiempo, que se iba incrementando a medida que crecía la actividad de los salesianos. Esto fue reconocido en un reglamento sancionado en 1926 para regir a la Comisión Central, en cuyo articulado se advertía sobre la incompatibilidad entre los puestos en el Consejo Directivo y los de otras asociaciones. También se reforzaba la sociabilidad presencial, ya que se exigía la asistencia a las reuniones de quienes encabezaban e integraban dicho agrupamiento, aclarando que de no cumplir con este requisito serían excluidas[7]. Los cargos de presidenta, secretaria y tesorera tenían una envergadura tal que llegaban a ser considerados como una carga y un motivo de sufrimiento. En consecuencia, los ofrecimientos para ocuparlos eran sopesados con cuidado por las candidatas y no siempre eran aceptados[8]. Como testimoniaba María Unzué, a quien se le había propuesto convertirse en presidenta, “no dudo encontrarán Vds la persona que pueda… dedicar la verdadera atención que el cargo requiere”[9].
En las notas de rechazo y en cartas en las que se discurría sobre dimisiones efectivas o potenciales aparecían problemas de articulación de las funciones directivas con aspectos de la vida doméstica y familiar que, según entendían las cooperadoras, debían ser prioridad en la vida de las mujeres. Las enfermedades propias y de sus allegados, que requerían de su presencia, atención y supervisión, justificaban el descuido o incluso el abandono de las tareas. Como explicaba Ana M. Green: “con gran sentimiento veo que no puedo aceptar el puesto de pro secretaria […] mi salud me priva de cumplir con todas las obligaciones ya contraídas, así encuentro ridículo aceptar uno nuevo que sería para lo mismo”[10]. Los religiosos consideraban que los problemas de salud constituían motivos legítimos para negativas de ese estilo o para el cese, pero, tanto ellos como las cooperadoras, alababan a quienes continuaban desarrollando sus funciones mientras padecían esos trances.
El luto también era mencionado como un estado que entorpecía el trabajo caritativo y podía conducir a abandonarlo. Un caso que ilustra este punto es el de Celina Villate, quien expresaba al renunciar a la presidencia de una subcomisión: “habiendo tenido la desgracia de perder a mi madre lo que me privaría de ocuparme personalmente de la Comisión Auxiliar de Señoritas CS […] le ruego quiera aceptar mi renuncia indeclinable […] por el luto riguroso que me aflige”[11]. Las misivas eran herramientas para expresar, en especial, sensaciones sobre la viudez. Si bien se ha señalado que era una condición propicia para la realización de actividades benéficas por cesar la tutela conyugal (Quinteros, 2017; Vosne Martins, 2015)[12], no solo las restricciones en las actividades sociales, sino también las consecuencias anímicas podían conllevar problemas para el desempeño de las tareas (retrasos, pausas, etc.). Si realizaban alguna actividad, como manifestaba Mercedes Bullrich de Casares, vicepresidenta de la Comisión Central, lo hacían como “una gran excepción y ofreciéndolo como sufragio”[13].
También se aludía a las estancias en el campo o en el mar durante la época estival como un factor que colisionaba con el trabajo cotidiano. Si bien la normativa pautaba un receso de actividades desde enero a marzo, las dirigentes expresaban que no podían desentenderse completamente de sus obligaciones y daban cuenta en sus misivas de las diligencias que llevaban a cabo durante esos periodos de supuesto descanso. Las realizaban con mayores trabas de las habituales, porque debían compatibilizarlas con las planificaciones veraniegas de sus familias y amistades. Hacían alusión a la imposibilidad de encontrarse con los religiosos, así como de asistir a eventos, y a la ausencia de sus colaboradoras más cercanas que, como señalaba la presidenta de la subcomisión Misiones de la Patagonia Isabel Casares de Nevares, estaban “desparramadas”[14]. A eso se agregaban contratiempos en la comunicación, ya que gran parte de la correspondencia tenía como primer destino sus domicilios y les llegaba con retraso. A esas ausencias usuales se sumaban otras en meses de actividad ordinaria. Por ejemplo, en 1922 Casares le avisaba al inspector Luis Pedemonte que estaba planeando un viaje que se iniciaría en marzo o abril y se prolongaría hasta julio, debido a que su ánimo estaba decaído debido a su viudez[15]. También los viajes a Europa, si se prolongaban durante mucho tiempo, eran mencionados como circunstancias adversas para la continuidad en los cargos directivos, debido a que llevaban a resolver asuntos desde el exterior, a delegar responsabilidades en cooperadoras subalternas o incluso a renunciar[16].
A las obligaciones anteriores se añadían otras de tipo social, propias de las mujeres de los sectores acomodados, como la organización de compromisos, casamientos, presentaciones en sociedad y despedidas de viajeros. La disponibilidad de tiempo mermaba aún más si tenían otros deberes religiosos, derivados de la participación en entidades asistenciales no salesianas. En el caso de Celia Lapalma de Emery, tesorera de la Comisión Central, los problemas de conciliación abarcaban también los roles laborales, ya que era docente y agente estatal[17]. Su situación representaba una excepción, debido a que era la única dirigente que realizaba tareas asalariadas, aunque se encontraba integrada a los círculos de la elite nacional. Su consagración a la familia en primer lugar, y la dedicación a los trabajos que le permitían allegar recursos para sostenerla, en segundo término, eran argumentos a los que recurría para justificar ante los religiosos sus errores, retrasos o incumplimientos[18].
A los condicionamientos de la vida familiar, doméstica y laboral se agregaban las dificultades propias de las tareas de conducción. En las notas de aceptación y en las misivas enviadas al comenzar el ejercicio y durante la gestión, las dirigentes se mostraban preocupadas porque los cargos fueran superiores a sus habilidades administrativas y contables. De esta manera expresaba María Delia Malbrán de Vedoya sus inquietudes, al ser designada presidenta de la Comisión Central: “tengo mis temores de no reunir en mi persona las aptitudes necesarias para afrontar semejante responsabilidad y desempeñar este cargo según mis aspiraciones y según las necesidades de tan importante Obra”[19]. En particular, las dirigentes hacían referencia a los saberes para el manejo de dinero relacionados con trámites bancarios, confección de recibos, pedidos y rendición de subsidios, elaboración de balances, etc.
Algunos pasajes contenían palabras que denotaban decepción ante circunstancias adversas como falencias o fracasos, entre ellos, los errores cometidos en la gestión financiera y la rendición de cuentas. Una estafa y los procedimientos encarados para aminorar sus consecuencias, narrados en cartas de Enriqueta Alais de Vivot, ilustran también este punto. Asimismo, en ocasiones sus pedidos de ingresos de niños en colegios eran rechazados o el comportamiento de quienes habían sido favorecidos con una vacante no era el esperado. Finalmente, aludían a lo difícil que resultaba guiar, motivar y contentar a sus subalternas, a los conflictos con encargados de colegios y a los problemas que involucraban a otros religiosos y cooperadoras[20].
Además, el ejercicio de esos cargos requería un conocimiento sobre la reglamentación de la Pía Unión y la obra salesiana con el cual, de acuerdo a lo que expresaban en sus escritos, no siempre contaban. La permanente expansión de los emprendimientos de los religiosos y las religiosas les exigía estar actualizadas y conectadas con diferentes actores. Las deficiencias se hacían sentir con mayor fuerza en todo lo que atañía a los territorios nacionales sureños; de ahí la importancia que adquirían los viajes. En particular, los traslados a los territorios surbonaerenses y patagónicos en 1922 y 1930 les aportaron datos a Casares y quienes la acompañaron sobre el desenvolvimiento de los establecimientos, sus avances y necesidades. Asimismo, les permitieron estrechar lazos con cooperadoras de otras latitudes y compartir la información con sus compañeras con el fin de incrementar el apego y perfeccionar los mecanismos de intervención[21].
En el caso de las cabezas de comisiones locales del sur bonaerense, el territorio nacional de La Pampa y la Patagonia, la distancia fungía también como factor condicionante de la participación en eventos y procesos electorales descentralizados pero efectivizados en la Capital. Así lo corrobora la carta de disculpa enviada por Sara Olivera de Huergo a Pedemonte desde Bahía Blanca, en la que explicaba que por labores propias de la comisión no había podido asistir al congreso de cooperadores[22]. En el mismo sentido se expresaba en un telegrama Isabel Rodrígues, en nombre de las cooperadoras de General Acha, luego de un acto electoral: “impedidas distancia asistir reunión adherimos resoluciones tomadas y felicitamos nuevas Comisiones”[23].
En síntesis, era usual que las autoridades en ejercicio se disculparan por estar apuradas, atareadas y recargadas debido a sus múltiples compromisos familiares, sociales y religiosos. También era frecuente que expresaran que la inexperiencia, la falta de competencias y el desconocimiento les generaban sentimientos de inseguridad. Cabe aclarar que exponían estos malestares como algo personal y no como algo estructural en términos de género al estilo de las militantes feministas[24]. Los problemas analizados conducían a algunas de ellas a renunciar a sus puestos o a proponerse para cargos de menor jerarquía. Los intentos de dimisión no siempre eran exitosos, debido a las presiones ejercidas por las integrantes de las comisiones y los religiosos o a las postergaciones por decisión propia[25].
Las explicaciones esgrimidas por las cooperadoras para conservar los cargos, aun por largo tiempo, a pesar del agobio, las angustias y los temores que les provocaban, pueden vincularse con cuestiones religiosas, de estrato social y de género. En las cartas abundaban las referencias al compromiso religioso, concebido como una misión y un deber. En tal sentido, aludían a sí mismas y a sus compañeras como hijas de María Auxiliadora, soldados de Don Bosco, terciarias y limosneras.
En la época, la religión católica ocupaba una porción importante de la socialización en la vida de numerosas mujeres de las elites argentinas (Losada, 2012). Las cooperadoras contaban con el apoyo de los varones de sus familias, en las cuales había cooperadores, pero también liberales. Además de sus entornos parentales, los círculos de la alta sociedad a los que pertenecían eran condiciones de posibilidad para desempeñarse en tales roles, por sus conexiones políticas y recursos económicos que podían volcarse en favor de los necesitados. Además, se consideraban incluidas en el llamamiento a la intervención pública que realizaba la Iglesia. Esto se producía en el contexto del afianzamiento del catolicismo integral en Argentina en el periodo de entreguerras, que resaltaba la importancia de la militancia para la recristianización de la sociedad (Zanca, 2015). Finalmente, desde el punto de vista de la concepción de la femineidad, operaba la lógica de la entrega, ligada a la domesticidad, que implicaba priorizar el sacrificio por los demás por sobre el interés propio, aun en esferas extra hogareñas (Murillo, 2006)[26].
Sin embargo, en las cartas de las cooperadoras no todo se reducía a una manifestación de la tensión entre sus diferentes papeles sociales y de los malestares que les provocaba. A los factores negativos se contraponían los réditos sociales que obtenían, ya que las labores dirigentes redundaban en un reconocimiento social condensado en palabras como “honor” y “distinción” que acompañaban las notas de aceptación. A eso mismo apuntaban los comentarios sobre los agradecimientos que les llegaban desde dentro y fuera de la congregación y del país. Valoraban las expresiones de halago proferidas tanto por los religiosos y las religiosas como por los asistidos, los sectores dirigentes y la población en general. Como se observa en el siguiente pasaje de Alais, el aprecio era una fuente de gratificación: “me encuentro llena de alegría y harto orgullosa de nuestros niños salesianos pues no hay persona que me vea y pueda mandarme un saludo que se nos felicita por su actuación en las fiestas patrias”[27]. Las misivas que les enviaban los rectores mayores desde Italia reconociendo sus contribuciones eran mencionadas en forma reiterada en las cartas, leídas en reuniones y atesoradas[28].
El deseo de las cooperadoras de adquirir notoriedad, de que se realzara y no se menoscabara su posición, aparecía en narraciones sobre eventos y viajes, actividades que les ofrecían oportunidades de ser vistas y agasajadas tanto en la Capital como en el interior del país. Se esforzaban por conseguir ubicaciones de privilegio en las ceremonias y las festividades, y elevaban quejas a los superiores cuando no se las proporcionaban. Lo mismo sucedía cuando sus acciones no eran publicitadas por los periódicos o se mencionaba a algunas de ellas –dando a entender lugares de autoridad que no les correspondían– y se invisibilizaba a otras[29].
La construcción de esa imagen pública implicaba presentarse como personas capaces de resolver problemas sociales contribuyendo con la congregación y el Estado; o sea, a los ojos de las cooperadoras, el reconocimiento derivaba de la utilidad de sus aportes. Expresaban satisfacción por sus logros, que cumplían con su propósito de “salvar” a la niñez y la juventud desvalidas, es decir, de hacer el bien auxiliando la obra salesiana, que se calificaba como “simpática”, “benemérita” y “magna”. Como expresaba Ernestina Bullrich de Mosquera, presidenta de la Comisión Central, su intención era rescatar a esas “almitas inocentes que tanto quiero”[30]. Manifestaban emular a María, en especial en su advocación de Auxiliadora, y a Margarita, la madre de Don Bosco[31]. El trabajo benéfico aparecía mezclado con cuestiones afectivas, lo cual se explica por el hecho de que la relación de las mujeres con los demás ha tenido al amor como vía de significación personal (Lamas, 2015). Además, operaba como legitimadora la noción de maternidad social, que implicaba valorar la proyección pública de cualidades femeninas consideradas naturales, como la bondad y la capacidad de cuidado (Vosne Martins, 2015).
Puede interpretarse que las actitudes descriptas constituían una derivación del denominado culto al cooperador, que implicaba engrandecer a las personas de las elites con el fin de fidelizarlas (Moretti, 2014). A las escenificaciones públicas del rol de las comisiones se agregaban demostraciones de aprecio hacia sus realizaciones y reconocimientos póstumos. Sin embargo, la ostentación y el deseo de figurar que muestran las cartas, que no solo implicaban un refuerzo del status de clase, sino que indicaban una motivación personal, entraban en contradicción con el recato y la renuncia a la individualidad que debían guiar los comportamientos públicos de las mujeres[32].
A la aceptación y el mantenimiento de un cargo directivo por las satisfacciones obtenidas en términos de reconocimiento se unía el hecho de que brindaba la posibilidad de ejercer poder en un grupo formalizado. Esto no era algo extendido para las mujeres en una sociedad con condiciones diferenciales de ciudadanía de acuerdo al género. Por ello, como se analizará en el próximo apartado, la experiencia del mando hacia arriba, es decir, en interacción con los religiosos (intergénero), y hacia abajo, con respecto a sus subordinadas (intragénero), adquiría particularidades en el cruce con la femineidad.
Entre acatamientos, negociaciones y conflictos
Con respecto a las autoridades religiosas de la Pía Unión, las mujeres se desenvolvían en un marco de relaciones intergenéricas caracterizadas por una reciprocidad asimétrica. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que además de la cercanía que implicaba la interacción entre autoridades de las comisiones y directores, y de la guía espiritual que correspondía a los religiosos en el marco de la tercera orden, estos solían ser incorporados a las redes de sociabilidad amistosa y familiar. Además, los salesianos mostraban una actitud receptiva hacia sus interlocutoras y expresaban el deseo de sostener de manera ininterrumpida su labor. En consecuencia, pese a la tutela, las cooperadoras contaban con ciertos márgenes de autonomía para realizar sugerencias y materializar iniciativas. Con sus intervenciones, incidieron en la normativa que regía a los grupos de mujeres, en la definición del perfil de quienes eran asistidos y en la consideración del sur bonaerense y la Patagonia como objeto de cooperación con especificidad propia. Además, generaron nuevos espacios en la cooperación salesiana, como el Apostolado de la Inocencia, el Taller de las Misiones Salesianas de la Patagonia y la Comisión Auxiliar de Pequeñas Cooperadoras (Bracamonte, 2023).
Las cartas muestran algunos de los mecanismos que empleaban las dirigentes para operar en las interacciones con los religiosos, con miras a concretar sus propuestas y garantizar el funcionamiento de las comisiones. Influían sobre ellos tanto por intereses individuales como en representación de sus subalternas respondiendo al mandato cultural de la femineidad y recurriendo a las tretas del débil, que, como señala Lamas siguiendo a Ludmer, constituían una inteligente combinación de acatamiento y de enfrentamiento o expresión de disidencias (Lamas, 2015: 53).
Una de las modalidades más presentes era enmarcar y ajustar discursivamente el actuar en el deber de obediencia a las instrucciones y recomendaciones de los superiores. Estas palabras de Laurentina López de Pueyrredón, presidenta de la Comisión de Deportes y Ayuda Social, ilustran este aspecto:
y en esta carta va nuestra adhesión incondicional a todos nuestros superiores, especialmente a nuestro Reverendísimo Rector Mayor, por cuya salud elevamos al cielo y a quien le rogamos presente en nuestro nombre, los más devotos sentimientos de filial obediencia[33].
Esto tenía como corolario muestras de apego a la reglamentación, pues las cooperadoras manifestaban su intención de estudiar las normas para que sus proyectos estuvieran siempre en conformidad con el espíritu salesiano.
Otra forma de persuasión era el engrandecimiento del interlocutor, que se manifestaba en expresiones adulatorias acerca de la bondad, la sabiduría, la generosidad y el paternalismo de sus receptores. Estos mecanismos iban acompañados por estrategias de minimización acordes con las expectativas de comportamiento femenino, como pedidos de perdón por las molestias ocasionadas. De acuerdo con sus conveniencias, en algunas ocasiones las dirigentes les pedían a los religiosos que mantuvieran en reserva sus palabras y en otras, les solicitaban dirimir los asuntos en las reuniones[34]. Todas esas maneras de conducirse estratégicamente para lograr determinados propósitos podían adoptar formas más explícitas o más veladas de acuerdo al caso.
En las relaciones entre mujeres también se verificaban asimetrías de poder, ya que no operaba del todo la lógica de las idénticas –que alude a un proceso de igualación simbólica entre las mujeres (Amorós, 1995)–, porque los cargos implicaban jerarquías internas, como sucedía en todas las asociaciones similares. Si en el momento del nombramiento eran personas externas a la Pía Unión, este implicaba un reconocimiento por parte de los religiosos de un diferencial social superior; si ya participaban en las comisiones, la elección podía ser vista como una suerte de “ascenso” que reconocía la valía por sobre las pares y certificaba sus contribuciones[35].
Si bien las presidentas dejaban en claro que ostentaban la máxima autoridad y debían ser consultadas antes de resolver cualquier asunto, también mostraban que concebían a las comisiones como un espacio de trabajo grupal. Manifestaban que su propósito era generar acuerdos y mantener la armonía. Los vínculos intragenéricos implicaban una mezcla de trabajo, afecto y cuidado, exacerbada por los lazos parentales y amistosos que solían unirlas con las integrantes de las comisiones y que cristalizaban en expresiones que denotaban cariño y familiaridad[36]. En general, abundaban los comentarios positivos, como el de la presidenta de la Comisión Central, Carmen Alvear de Peña, hacia Catalina Barón de Barón: “tan buena compañera, tan generosa y tan reservada tan prudente”[37], y el de Casares hacia Huego, presidenta de la Comisión de Cooperadoras de Bahía Blanca: “qué trabajadora es y dedicada a la obra”[38]. Estas palabras resaltaban cualidades naturalizadas como femeninas, como la bondad, la generosidad, la dedicación, la prudencia, la afectuosidad, la piedad y la capacidad para mediar y desactivar conflictos internos[39].
Pese a existir posiciones subordinadas dentro de las comisiones, no se recurría con asiduidad entre mujeres a las tretas del débil, ya que solo hay una referencia a estratagemas de Lapalma para influir sobre la presidenta. Además, una mención aislada de la misma tesorera a la “ignorancia pretenciosa” de algunas señoras en materia de un proyecto de edificación y otra sobre comentarios informales referidos a un supuesto favoritismo hacia su persona por parte del director, parecen evidenciar que las críticas y los rumores existían, pero eran reducidos en situaciones de trabajo ordinario[40]. Sin embargo, esto se subvertía cuando se generaban situaciones problemáticas.
Los conflictos de envergadura reducida estaban vinculados con la escenificación de las jerarquías entre grupos de cooperadoras que se producía en determinados eventos. Las quejas por no haber tenido asientos destacados en una celebración religiosa, o no haber sido situadas en cercanía del presidente de la nación en un acto cívico, por ejemplo, fueron comunicadas por carta[41].
El conflicto de mayor resonancia, que por la lejanía de algunos involucrados tuvo a la escritura epistolar como herramienta, fue el relacionado con la creación de la comisión paralela a la Central para la atención de las misiones del sur, basada en una subcomisión ya existente, con la consecuente elevación jerárquica de Casares. Durante varios años, ella, las presidentas Bullrich y Malbrán, los inspectores, el consejo de la Inspectoría San Francisco de Sales y las máximas autoridades de la congregación residentes en Turín se vieron inmersos en el problema de decidir acerca de la autonomización o no de dicho grupo, que finalmente se verificó en 1926. En el fondo, se trataba de una lucha por el control y la preeminencia, en la que las cabezas de la Comisión Central se resistían a ver mermado su poder.
Las misivas muestran de qué manera se expresaba la conflictividad y desenmascaran las actitudes asumidas por las mujeres inmersas en los enfrentamientos (Bracamonte, 2018). Durante esos momentos de tensión se generaron ambigüedades que pueden analizarse en tres niveles. Por un lado, algunas figuras, como sucedió inicialmente con Casares, realizaron un esfuerzo para cumplir con las expectativas culturales de la feminidad a través de actitudes conciliadoras, que buscaban distender la tensión, o de justificaciones basadas en la obediencia a los superiores y al bien común.
En segundo lugar, todas las involucradas pusieron en marcha mecanismos de agresión indirecta (quejas, rumores y críticas), manipulación y evitación de la agresión (Bracamonte, 2018) que pueden ser interpretados como tretas del débil. Como señala Lamas,
el comportamiento pasivo agresivo mantiene la agresión controlada y rechaza la confrontación, aunque en el fondo significa un intento muy activo de controlar. La sumisión es un mecanismo de defensa; evitar la confrontación es una estrategia de sobrevivencia femenina que a la larga se convierte en un método de control. Las ‘tretas del débil’ se convierten en una vía eficaz para ser consecuentes con los propios deseos o necesidades sin enfrentar una situación violenta, donde existe el riesgo de ser agredida. Pero lo que en un principio fue una acción evitativa –de sobrevivencia– se vuelve, paulatinamente, una conducta manipuladora (Lamas, 2015: 54).
En tercer lugar, se produjo una competencia abierta por el poder que, como las mismas involucradas reconocían, exteriorizaba emociones negativas como el enojo y descontrol de las pasiones, alejándose de los modelos femeninos de dulzura, moderación y cordialidad. En función de la diferencia sexual, la posibilidad de rivalidad estaba asociada de manera no problemática solo con lo masculino. De hecho, también se trataba de un conflicto entre religiosos por la organización de la cooperación salesiana, pero en su caso no era reprochable la confrontación explícita. En cambio, sopesando la situación de las mujeres, los salesianos consideraban que se estaban apartando de los ideales de femineidad ligados a la bondad, la obediencia y la colaboración, que eran incapaces de resolver los conflictos y de contener sus pasiones, lo cual dio lugar a una reglamentación que procuró limitar esos desbordes en el futuro. En este aspecto, llegaron a coincidir con Malbrán, quien consideraba que se estaban comportando de manera impropia y necesitaban una guía normativa[42].
En síntesis, los conflictos, que pueden diferenciarse de acuerdo con su duración y visibilidad, resquebrajaban aún más la lógica de las idénticas ya relativizada por la existencia de posiciones de autoridad. También ponían en cuestión el uso de habilidades relacionales asociadas con el deber de abnegación y el maternazgo, y la eficacia de las tretas del débil en desmedro de la competitividad, al momento de luchar por el liderazgo.
Reflexiones finales
En este trabajo se focalizaron las perspectivas de cooperadoras que ocupaban cargos de autoridad en el seno de una tercera orden, entidad que permitía la participación femenina en espacios decisionales. Sus expresiones adquirían formas ajustadas a las reglas de ese género de escritura y a las expectativas de comportamiento de las mujeres de su estrato social en un marco religioso, lo cual no implica que carecieran de genuinidad.
La peculiaridad de las cartas es que revelan no solo las gratificaciones, sino también las dificultades asociadas a sus funciones. De los escritos se desprende que las mismas requerían de voluntad, esfuerzo y dedicación diaria e ininterrumpida. En ellos, se reproducía y construía la noción de femineidad que ligaba la maternidad y la domesticidad con la disposición al sacrificio y con la obediencia. La idea generalizada en la época de que la beneficencia no exigía mucho tiempo y era compatible con las obligaciones domésticas y maternales que tenían como prioridad las mujeres solteras, con hijos adultos o viudas debe ser revisada a la luz de estas experiencias dirigentes.
Por asumir esos papeles, ya fuera por condición social o por mérito, las dirigentes se consideraban acreedoras a honores. Aquí se colaba la cuestión de la visibilidad y la distinción dentro y fuera de la congregación como algo deseable a nivel personal, en el marco de una asociación que se consolidaba y adquiría prestigio en vinculación con las obras salesianas que se extendían sin cesar por diferentes puntos del país.
Los momentos de conflicto muestran que ese reconocimiento como éxito personal, reñido con la humildad y la modestia esperadas de las mujeres, era algo por lo que valía la pena rivalizar si era necesario, dejando de lado la incondicionalidad complaciente de la igualdad y el afecto mutuo y corriendo el riesgo de una pérdida de femineidad.
En síntesis, los liderazgos tendían a reproducir el orden simbólico masculino/femenino, de acuerdo con las lógicas de la entrega y de las idénticas, y con las tretas del débil, que estaban relacionadas con el mandado cultural de la femineidad y evidenciaban intentos de adecuación a las expectativas depositadas en ellas. Sin embargo, esta lealtad al género se matizaba cuando aparecía el interés personal en un contexto en el que debían prevalecer el sacrificio y el don desinteresado, y en el que operaba con fuerza lo doméstico como impedimento para una vivencia de la individualidad. Estos indicios muestran que es necesario seguir reflexionando sobre la asistencia social y complejizando las formas de interpretar la presencia pública de las mujeres. Pese a ser una dimensión aceptada de agencia femenina, pues no cuestionaba las bases del orden de género en las que había una unificación entre mujer, madre y benefactora, la actividad asistencial producía transformaciones en la subjetividad de las dirigentes.
Bibliografía referida
Amorós, C. (1995). Feminismo, igualdad y diferencia. PUEG/UNAM.
Bellon Cárdenas, E. (2017). Liderazgos femeninos: tránsitos hacia la ética del cuidado en las relaciones de género. Debate Feminista, (54), 84-100.
Bracamonte, L. (2018). Un conflicto plasmado en cartas: convergencias y divergencias entre sacerdotes y cooperadoras salesianas. Argentina (1920-1926). Revista Cultura & Religión, (12), 28-53. https://bit.ly/48gwhZQ
Bracamonte, L. (2020). Aportes de la Comisión Central de Señoras Cooperadoras Salesianas Argentinas al financiamiento del proyecto salesiano (Buenos Aires, 1900-1929). Historia y Espacio, (16), 49-72. https://bit.ly/3SYifHS
Bracamonte, L. (2021). Celia Lapalma de Emery: experiencia en la cooperación salesiana. Argentina, 1906-1929. Estudos Feministas, (29), 1-15. https://bit.ly/49dsbml
Bracamonte, L. (2023). Maternidad y asistencia: formación religiosa de hijos e hijas de cooperadoras salesianas (Buenos Aires, 1900-1930). Signos Históricos, 25(50), 259-289.
Caldo, P. (2019). Solteras o debidamente casadas. Aproximaciones a una arista poco explorada en la historia de las maestras argentinas, 1920-1950. Arenal. Revista de historia de las mujeres, 26(2), 521-540. https://bit.ly/3SDldQE
Crespo, N. M. (2017). Algunas consideraciones teóricas en torno al género epistolar. En XIII Jornadas Nacionales de Historia de las Mujeres, VIII Congreso Iberoamericano de Estudios de Género. Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires. (Inédito).
de Paz Trueba, Y. (2010). Mujeres y esfera pública. La campaña bonaerense entre 1880 y 1910. Prohistoria.
Eraso, Y. (ed.). (2009). Mujeres y asistencia social en Latinoamérica, siglos XIX y XX: Argentina, Colombia, México, Perú y Uruguay. Alción Editora.
Escalera Reyes, J. (2000). Sociabilidad y relaciones de poder. Kairos, (6). https://bit.ly/3wiZDtn
Folquer, C. (2013). Política y religiosidad en las mujeres de Tucumán (Argentina) a fines del siglo XIX. En P. García Jordán (ed.), La articulación del estado en América Latina, (edición de Pilar García Jordán (pp. 77-106). Universitat de Barcelona.
Gallardo, M. (2014). Redes eclesiásticas y redes políticas: la candidatura de Fray Zenón Bustos y Ferreyra como Obispo de Córdoba (Argentina, 1905-1925). MÉTIS: história & cultura, 13(25), 129-158.
Ginzburg, C. (1989). Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indiciales. En Mitos, emblemas, indicios. Morfología e historia (pp. 138-175). Gedisa.
González Bernaldo de Quirós, P. (2008). La “sociabilidad” y la historia política. Nuevo Mundo Mundos Nuevos. https://bit.ly/4bGrHaj
Guy, D. J. (2011). Las mujeres y la construcción del Estado de Bienestar. Caridad y creación de derechos en Argentina. Prometeo.
Jijena, L. (2021). Apostolado laico y legitimidad social en el Río de la Plata. El caso de la Tercera Orden Dominicana y su renovación institucional, 1900-1934. Hispania Sacra, LXXIII(147), 249-257. https://bit.ly/48kbowR
Lamas, M. (2015). ¿Mujeres juntas?: reflexiones sobre las relaciones conflictivas entre compañeras y los retos para alcanzar acuerdos políticos. Inmujeres/ILSB.
Lida, M. (2015). Historia del catolicismo en la Argentina entre el siglo XIX y el XX. Siglo XXI.
Losada, L. (2012). La educación de la clase alta argentina. Vida doméstica e instituciones. En S. Ziegler y V. Gessaghi (Comps.), Formación de las elites. Investigaciones y debates en Argentina, Brasil y Francia (pp. 27-44). Manantial.
Ludmer, J. (1985). Las tretas del débil. En La sartén por el mango. El Huracán.
Moretti, N. D. (2014). Buenos cristianos y honrados ciudadanos. La obra salesiana y la cuestión social. Córdoba, 1905-1930. CEH.
Moreyra, B. I. (2015). La cuestión social y las instituciones de protección social en la modernidad liberal: una relectura hermenéutica de las fuentes institucionales. En F. J. Remedi (Comp.), Las fuentes documentales en la historia social latinoamericana (pp.67-96). Centro de Estudios Históricos Prof. Carlos S.A. Segreti, Red Internacional de Historia Social.
Murillo, S. (2006). El mito de la vida privada. De la entrega al tiempo propio. Siglo XXI.
Nicoletti, M. A. (2020) Patagonia: misiones, poder y territorio: 1879-1930. Universidad Nacional de Quilmes.
Queirolo, G. (2016). Dobles tareas: los análisis de Josefina Marpons sobre el trabajo femenino en la década de 1930. Anuario de la Escuela de Historia Virtual, 7(9), 81-97. https://bit.ly/3wqczgP
Quinteros, V. E. (2017). Mujeres, beneficencia y religiosidad. Un estudio de caso. Salta, segunda mitad del siglo XIX (1864-1895). Andes, 28(1). https://bit.ly/3ONDZ6L
Tossounian, C. (2015). Las asociaciones femeninas y la emergencia de un Estado social: la protección a la maternidad y a la infancia (Buenos Aires, 1920-1940). Estudios Sociales del Estado, 1(2), 58-93. https://bit.ly/3SwWq0s
Vasilachis de Gialdino, I. (Coord.) (2006). Estrategias de investigación cualitativa. Gedisa.
Vosne Martins, A. P. (2015). A feminilização da filantropía. Gênero, 15(2), 13-28.
Zanca, J. A. (2015). Dios y libertad: católicas antifascistas en la Argentina de entreguerras. Arenal, 22(1), 67-87.
Fuentes referidas
Cartas de cooperadoras salesianas (1900-1930). Archivo Salesiano Argentina Sur, sedes Bahía Blanca y Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
- La Pía Unión de Cooperadores Salesianos era una tercera orden que tenía fines piadosos, pero, fundamentalmente, de apostolado. Había sido creada por Don Bosco y estaba integrada por religiosos y por seglares de ambos sexos mayores de 16 años. Tenía como marco regulatorio un documento emitido por su iniciador en 1876. Las personas inscriptas en ella podían actuar a título individual o formando parte de instituciones, juntas o comisiones. ↵
- Los salesianos de Don Bosco y las Hijas de María Auxiliadora arribaron a la Argentina en 1875. La Pía Sociedad de San Francisco de Sales fue fundada en 1859 en Turín (Italia) y aprobada por el Papa Pío IX en 1869. El Instituto de hijas de María Auxiliadora fue fundado por Juan Bosco y María Dominga Mazzarello en 1872 (Nicoletti, 2020). ↵
- Se engloba bajo esta denominación a quienes ejercían cargos de presidentas, vicepresidentas, tesoreras, protesoreras, secretarias y prosecretarias en las comisiones y subcomisiones. ↵
- Se priorizan 49 notas y misivas referidas a aceptaciones, rechazos y renuncias, firmadas por 39 mujeres. La actuación social de mujeres de otras terceras órdenes en la Argentina ha sido analizada, pero aún no se ha profundizado este aspecto en particular (Gallardo, 2014; Jijena, 2021). La correspondencia también permite acceder a las maneras en que las dirigentes vivían sus roles no solo en relación a sus pares, sino a las y los asistidos. ↵
- El concepto de sociabilidad permite analizar las formas a partir de las cuales un grupo de individuos entra efectivamente en relación y el papel que juegan esos vínculos (González Bernaldo de Quirós, 2008). La noción de asociación como organización vinculada con la sociabilidad formal fue formulada por Maurice Agulhon. Siguiendo a este autor, la historiografía contemporánea adopta un concepto de sociabilidad que permite analizar tanto experiencias formales de asociaciones como situaciones de reunión informales, aunque sus fronteras no son vistas como rígidas, sino como extremos de un continuo en permanente flujo entre los polos teóricos de mayor o menor grado de formalización/informalidad (Escalera Reyes, 2000). ↵
- Sobre las características de las elites a las cuales pertenecían, véase Bracamonte (2020).↵
- Vespignani, José M. (1926). Reglamento General de la Comisión Central de Señoras Cooperadoras Salesianas de Buenos Aires. Archivo Histórico Salesiano Argentina Sur, sede Ciudad Autónoma de Buenos Aires (AR-AHS ARS/CABA).↵
- La reticencia a aceptar cargos directivos de asociaciones asistenciales no era privativa de esta entidad ni de esta etapa (Quinteros, 2017).↵
- Unzué, María (12 de noviembre de 1926). [Carta a Reverendo Padre, Buenos Aires]. Véase también Anchorena, E. (5 de septiembre de 1924). [Carta a Jorge Serié, Buenos Aires]; Obarrio, Remedios (24 de marzo de 1927). [Carta a Jorge Serié, San Isidro]; Green, Ana M. (10 de julio de 1927). [Carta a Carmen Alvear, Buenos Aires]; Malbrán, Celina (13 de agosto de 1927). [Carta a Reverendo Padre Inspector, Buenos Aires]; Malbrán, María Delia (31 de octubre de 1929). [Carta a Jorge Serié, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/CABA.↵
- Green, Ana M. (10 de julio de 1927). [Carta a Carmen Alvear, Buenos Aires]. Véase también Bullrich, Ernestina (29 de marzo de 1906). [Carta a José M. Vespignani, Tigre]; Alais, Enriqueta (21 de enero de 1906). [Carta a José M. Vespignani, El Retiro]; Alais, Enriqueta (18 de septiembre de 1918). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]; Alais, Enriqueta (13 de noviembre de 1918). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]; Lapalma, Celia (13 de noviembre de 1918). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]; Lapalma, Celia (7 de septiembre de 1927). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/CABA; Casal, Susana (9 de septiembre sin año). [Carta a Luis Pedemonte, Buenos Aires]; Lapalma, Celia (27 de junio de 1919). [Carta a Luis Pedemonte, Buenos Aires]; Bullrich, Ernestina (5 de octubre de 1921). [Carta a Luis Pedemonte, Buenos Aires]; Casares, Isabel (9 de marzo de 1921). [Carta a Luis Pedemonte, Hurlingham]; Casares, Isabel (6 de diciembre de 1922). [Carta a Luis Pedemonte, Hurlingham]; Casares, Isabel (28 de diciembre de 1923). [Carta a Luis Pedemonte, Buenos Aires]; Olivera, Sara (9 de octubre de 1924). [Carta a Luis Pedemonte, Bahía Blanca]. Archivo Histórico Salesiano Argentina Sur, sede Bahía Blanca (AR-AHS ARS/BB).↵
- Villate, Celina (8 de febrero de 1929). [Carta a Jorge Serié, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/CABA.↵
- La preferencia por una viuda para el máximo cargo directivo es corroborada por Quinteros para el caso de la Sociedad de Beneficencia de Salta (Quinteros, 2017).↵
- Bullrich, Mercedes (11 de febrero de 1924). [Carta a Jorge Serié, Tigre]. AR-AHS ARS/CABA. Véase también Casares, Isabel (25 de marzo de 1921). [Carta a Luis Pedemonte, Hurlingham]; Casares, Isabel (19 de septiembre de 1921). [Carta a Luis Pedemonte, Buenos Aires]; Pombo, Mercedes (28 de mayo de 1921). [Carta a Luis Pedemonte, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/BB.↵
- Casares, Isabel (17 de diciembre de 1921). [Carta a Luis Pedemonte, Hurlinghman]. Véase también Casares, Isabel (10 de diciembre de 1921). [Carta a Luis Pedemonte, Mar del Plata]. AR-AHS ARS/BB. Alais, Enriqueta (4 de enero de 1912). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]; Malbrán, María Delia (7 de enero de 1925). [Carta a Tomás Ussher, Mar del Plata]; Alvear, Carmen (29 de marzo de 1929). [Carta a Jorge Serié, San Genaro]. AR-AHS ARS/CABA. ↵
- Casares, Isabel (4 de febrero de 1922). [Carta a Luis Pedemonte, Hurlingham]. AR-AHS ARS/BB. ↵
- Alais, Enriqueta (12 de agosto de 1909). [Carta a José M. Vespignani, París]; Malbrán, María Delia (noviembre de 1924). [Carta a Valentín Bonetti, Buenos Aires]; Meyer Pellegrini, María (7 de diciembre de 1929). [Carta a Jorge Serié, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/CABA. Casares, Isabel (2 de noviembre de 1920). [Carta a Luis Pedemonte, París]. AR-AHS ARS/BB.↵
- Véase, a modo de ejemplo, Casares, Isabel (27 de marzo de 1923). [Carta a Luis Pedemonte, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/BB. Novaro, Noemí (1 de octubre de 1929). [Carta a Carmen Alvear, Buenos Aires]; Alais, Enriqueta (12 de agosto de 1909). [Carta a José M. Vespignani, París]; Lapalma, Celia (16 de febrero de 1915). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/CABA. El caso de Lapalma era excepcional en el marco del colectivo de dirigentes estudiado en esta oportunidad.↵
- Para ampliar esos aspectos, véase Bracamonte (2021).↵
- Malbrán, María Delia (27 de noviembre de 1922). [Carta a Valentín Bonetti, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/CABA. Véase también (noviembre de 1922). [Carta a Luis Pedemonte, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/BB.↵
- Villatta, Celina (10 de julio de 1927). [Carta a Jorge Serié, Buenos Aires]; Lapalma, Celia (11 de octubre de 1911). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]; Lapalma, Celia (7 de septiembre de 1927). [Carta a Jorge Serié, Buenos Aires]; Lapalma, Celia (1 de agosto de 1915). [Carta a Jorge Serié, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/CABA. Casares, Isabel (25 de enero de 1921). [Carta a Luis Pedemonte, Hurlingham]; Casares, Isabel (9 de marzo de 1921). [Carta a Luis Pedemonte, Hurlingham]; Casares, Isabel (20 de agosto de 1921). [Carta a Luis Pedemonte, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/BB.↵
- La siguiente carta ilustra estos puntos: Nevares, María Inés (14 de octubre de 1922). [Carta a Luis Pedemonte, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/BB. ↵
- Olivera, Sara (9 de octubre de 1924). [Carta a Luis Pedemonte, Bahía Blanca]. AR-AHS ARS/BB.↵
- Rodrígues, Isabel (25 de octubre de 1929). [Telegrama, General Acha]. AR-AHS ARS/CABA.↵
- Un posicionamiento que problematizaba las dobles tareas en ese sentido era el de Josefina Marpons, ligada al socialismo (Queirolo, 2016).↵
- Véase Lapalma, Celia (20 de noviembre de 1926). [Carta a Jorge Serié, Buenos Aires]; López, María Magdalena (19 de febrero de 1929). [Carta a Jorge Serié, Jesús María]. AR-AHS ARS/CABA.↵
- Además de las cartas citadas hasta aquí, véase Bullrich, Mercedes (8 de noviembre de 1923). [Carta a María Delia Malbran, Buenos Aires]; López, Laurentina (25 de octubre de 1929). [Carta a Jorge Serié, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/CABA.↵
- Alais, Enriqueta (13 de julio de 1916). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/CABA. Véase también Alais, Enriqueta (14 de julio de 1916). [Carta a Luis Pedemonte, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/BB.↵
- Don Rúa (15 de marzo de 1909). [Carta a Celia Lapalma, Turín]; Alvear, Carmen (28 de agosto de 1928). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]; Lapalma, Celia (11 de octubre de 1911). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]; Lapalma, Celia (7 de septiembre de 1927). [Carta a Jorge Serié, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/CABA. Rinaldi, Felipe (11 de julio de 1922). [Carta a Susana Casal, Torino]. AR-AHS ARS/BB.↵
- Al respecto, véase Alais, Enriqueta (10 de agosto sin año). [Carta a José M. Vespignani, s.l.]; Lapalma, Celia (18 de septiembre de 1924). [Carta a Jorge Serié, Buenos Aires]; Bullrich, Mercedes (9 de noviembre de 1924). [Carta a José C. Silva, Buenos Aires]. Estas cuestiones aparecían en cartas de religiosos: Doyle, Santiago (24 de octubre de 1929) [Carta al Reverendo Padre Inspector, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/CABA.↵
- Bullrich, Ernestina (5 de octubre de 1921). [Carta a Luis Pedemonte, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/BB. ↵
- Algunas de las cartas que se refieren a estos aspectos son las siguientes: Alais, Enriqueta (2 de diciembre de 1918). [Tarjeta a Luis Pedemonte, Buenos Aires]; Bullrich, Ernestina y Malbrán, María Delia (21 de junio de 1920). [Carta a las cooperadoras, Buenos Aires]; Alais, Enriqueta (30 de junio de 1919). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]; Bullrich, Mercedes (8 de noviembre de 1923). [Carta a María Delia Malbran, Buenos Aires]; Meyer Pellegrini, María (8 de agosto de 1927). [Carta a Carmen Alvear, Buenos Aires]; Mosquera, Ernestina (7 de agosto de 1927). [Carta a Carmen Alvear, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/CABA.↵
- “Basadas en el precepto evangélico: no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, las asociadas evitarán toda vana ostentación, deseo de figurar, publicación de nombres propios, procurando que aparezcan sólo, con la elocuencia de los hechos, las benemerencias colectivas de la Comisión”. Vespignani, José M. (1926). Reglamento General de la Comisión Central de Señoras Cooperadoras Salesianas de Buenos Aires. AR-AHS ARS/CABA.↵
- López, Laurentina (23 de junio de 1930). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]. Acompañan con sus firmas la secretaria y el Inspector. AR-AHS ARS/CABA.↵
- Lapalma, Celia (7 de marzo de 1914). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]; Lapalma, Celia (4 de enero de 1912). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]; Alais, Enriqueta (21 de enero de 1906). [Carta a José M. Vespignani, El Retiro]; Lapalma, Celia (11 de octubre de 1911). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]; Casares, Isabel (3 de noviembre de 1920) [Carta a Tomás Ussher, s.l.]; Malbrán, María Delia (24 de noviembre de 1922). [Carta a Valentín Bonetti, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/CABA. ↵
- Casares, Isabel (6 de diciembre de 1922) [Carta a Luis Pedemonte, Buenos Aires]. AHS ARS/BB. ↵
- Moreyra señala que el estudio de la composición de las entidades asistenciales y de sus comisiones directivas puede ofrecer evidencias de la prevalencia de una red de tipo endogámica (Moreyra, 2015).↵
- Alvear, Carmen (29 de septiembre de 1929). [Carta al Inspector, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/CABA.↵
- Casares, Isabel (10 de enero de 1924). [Carta a Luis Pedemonte, Buenos Aires]. AHS ARS/BB.↵
- Véase también Alais, Enriqueta (26 de mayo de 1915). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]; Lapalma, Celia (18 de julio de 1913). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]; Casares, Isabel (13 de noviembre de 1921). [Carta a Tomás Ussher, Buenos Aires]; Alais, Enriqueta (18 de septiembre de 1918). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]; Lapalma, Celia (11 de octubre de 1911). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/CABA. Casares, Isabel (20 de agosto de 1921). [Carta a Luis Pedemonte, Buenos Aires]; Casares, Isabel (15 de septiembre de 1921). [Carta a Luis Pedemonte, Buenos Aires]; Casares, Isabel (4 de febrero de 1922). [Carta a Luis Pedemonte, Buenos Aires]; Casares, Isabel (22 de abril de 1923). [Carta a Luis Pedemonte, Buenos Aires]; Casares, Isabel (10 de septiembre de 1922). [Carta a Luis Pedemonte, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/BB.↵
- Lapalma, Celia (4 de enero de 1912). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]; Lapalma, Celia (16 de febrero de 1915). [Carta a José M. Vespignani, Buenos Aires]; Lapalma, Celia (18 de septiembre de 1924). [Carta a Jorge Serié, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/CABA.↵
- Véase, a modo de ejemplo, Doyle, Santiago (24 de octubre de 1929). [Carta al Inspector, Buenos Aires]; Alais, Enriqueta (10 de agosto sin año). [Carta a José M. Vespigani, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/CABA. ↵
- Malbrán, María Delia (septiembre de 1923). [Escrito]; Malbrán, María Delia (31 de diciembre de 1923). [Carta a Valentín Bonetti, Buenos Aires]; Malbrán, María Delia (30 de mayo de 1923). [Carta a Valentín Bonetti, Buenos Aires]. AR-AHS ARS/CABA.↵






