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¿Evolución humana en jaque?

Diversos enfoques sobre un problema inestable

Camila Marinetti

Introducción

Pocas teorías científicas han tenido un impacto tan profundo y duradero como la teoría de la evolución. Desde su formulación por Charles Darwin en El origen de las especies (1859), la idea de que las especies –incluida la humana– cambian a lo largo del tiempo mediante mecanismos naturales supuso una ruptura epistemológica. Lejos de limitarse a las ciencias biológicas, esta teoría modificó radicalmente la comprensión del lugar del ser humano en la naturaleza y sus vínculos con otros seres vivos y agentes no humanos (Latour, 2008). En este sentido, la evolución humana puede considerarse un saber vertebrador del pensamiento científico moderno. En un contexto marcado por la fragmentación cognitiva, ha sido reconocida como un conocimiento integrador, capaz de ofrecer marcos de inteligibilidad para comprender el mundo contemporáneo (Ponce de León, 2018). Su potencia explicativa abarca desde la diversidad biológica hasta las grandes preguntas sobre el origen, la temporalidad y la singularidad de lo humano.

Pero la teoría de la evolución no debe entenderse sólo como un conjunto de postulados científicos, sino como un entramado de saberes en constante construcción. Se trata de un campo que articula múltiples explicaciones sobre lo humano, lo natural y lo temporal, y que continúa generando controversias en torno a su legitimidad epistémica, su enseñanza en las instituciones educativas y su relación con otras formas de conocimiento. La historia de estos debates públicos resulta sugerente en al menos dos sentidos: por un lado, revela que la construcción del conocimiento científico es también un problema político, social y jurídico de primer orden (Burke, 2017); por otro, permite identificar los puntos de consenso y conflicto, las estrategias y los actores que intervienen en la expansión de estas racionalidades (Rees, 2009; Román y Cappozzo, 2009). A lo largo de más de un siglo, ha funcionado como criterio de demarcación para definir lo que se considera un “hecho científico”, así como corpus cognitivo donde confluyen visiones científicas, ideológicas y religiosas. Las tensiones entre el pensamiento evolutivo y las creencias creacionistas, arraigadas en narrativas religiosas como la bíblica, han abierto un escenario de disputa que excede el campo académico, como muestra la irrupción de formas de creacionismo en ámbitos educativos y el accionar de grupos religiosos conservadores que ponen en cuestión los contenidos de la educación científica (Geller, 2011).

En el siglo XXI, múltiples estudios sobre la aceptación de la teoría evolutiva han mostrado que amplios sectores de la población continúan rechazando su veracidad (Pobiner, 2016). Si bien los análisis cuantitativos permiten trazar perfiles demográficos de quienes se oponen a esta teoría, también es posible observar cómo estos discursos antievolutivos se han reactivado en coyunturas políticas específicas. En Argentina, estas reacciones se articularon, por ejemplo, con los debates en torno a la sanción de leyes como la de Educación Sexual Integral (2006), el Matrimonio Igualitario (2010) y la Interrupción Voluntaria del Embarazo (2020) (Carbonelli, Mosqueira y Felitti, 2011; Morán Faundes et al., 2019). En este clima, la expansión de discursos negacionistas o anticientíficos, el avance de las pseudociencias y el debilitamiento de ciertas instituciones de validación del saber científico complejizan aún más el panorama (Valero-Matas y Muñoz Sandoval, 2017). A esto se suma el impacto de la pandemia por COVID-19, que potenció nuevas formas de escepticismo y desconfianza hacia los saberes expertos, ampliando el repertorio de narrativas que estructuran estos embates contra la ciencia.

Este escenario muestra la participación de actores que desbordan la tradicional dicotomía entre “ciencia” y “religión”, e incorpora un tercer elemento clave: la proliferación de pseudociencias, anticiencias y negacionismos. A pesar del uso mediático de estas categorías, estos grupos aún no han sido objeto de estudios sociales de gran escala en Argentina que permitan comprender sus dinámicas complejas y sus condiciones de emergencia. Y aunque estos fenómenos no son nuevos, en los últimos años la bibliografía ha comenzado a considerarlos como un problema social relevante, especialmente en el marco de la discusión sobre la legitimidad del conocimiento (Diéguez, 2024). En este marco, los trabajos relevados dan cuenta de la inestabilidad en la conceptualización de estos actores, cuyas prácticas no se corresponden de manera clara con los campos convencionales de la ciencia, la religión o la política.

Sin embargo, el trabajo del epistemólogo español Antonio Diéguez (2024) ofrece una contribución relevante al aportar definiciones precisas sobre estos fenómenos que se presentan con una intensidad renovada en el espacio público contemporáneo. El autor distingue entre anticiencia, pseudociencia y negacionismo, subrayando que, si bien comparten ciertos rasgos, se trata de manifestaciones diferenciadas. El negacionismo se caracteriza por rechazar el consenso científico apelando a argumentos externos a la ciencia –o incluso sin sustento argumental–, promoviendo la idea de que existen controversias no reconocidas dentro de la comunidad científica. Este fenómeno suele manifestarse a través de ideas conspirativas, falsos expertos, selección sesgada de datos, exigencias desproporcionadas sobre los alcances de la ciencia y el uso sistemático de falacias. La anticiencia, en cambio, adopta una actitud más general de rechazo hacia teorías o avances científicos fundamentales, como el terraplanismo o el repudio a la teoría de la evolución, y muchas veces incorpora lógicas conspirativas, aunque no siempre. Por su parte, las pseudociencias se caracterizan por simular prácticas científicas sin contar con el reconocimiento de la comunidad académica, aspirando a obtener legitimidad social pese a su falta de rigor epistémico. Ejemplos paradigmáticos son la astrología, la homeopatía o el diseño inteligente. La sistematización de estas categorías por parte de Diéguez permite pensar estas expresiones no solo como desafíos epistémicos, sino también como síntomas de un nuevo régimen de visibilidad del saber, donde los límites entre ciencia y no-ciencia se vuelven más porosos y disputados.

En este sentido, el capítulo pretende ser un vehículo, una plataforma que habilite conversaciones e incorpore otros enfoques sobre nuestra manera de hacer, pensar y producir ciencia. Para ello, se ofrece una aproximación inicial al problema a partir del relevamiento de líneas de investigación académica desarrolladas en Argentina durante las últimas dos décadas y media, con la intención de explorar las tensiones entre distintas formas de conocer y aportar al debate sobre nuestras prácticas públicas. El objetivo es avanzar en la elaboración de un estado de la cuestión sobre la ciencia en su dimensión pública, entendiendo que los procesos de construcción de conocimiento no operan de forma aislada, sino que suceden en escenarios híbridos y transepistémicos. En esta dirección, el capítulo se inscribe en una línea de reflexión que, inspirada en la propuesta de una epistemología política (Latour, 2008), busca hacer visibles las asociaciones, fricciones y ensamblajes que conforman los modos de conocer en sociedades atravesadas por la pluralidad epistémica. Desde una perspectiva que concibe a la ciencia como una forma de cultura situada en redes de poder, mediaciones y conflicto (Latour, 2008; Roca, 2010), el foco en estas disputas públicas –donde se hacen visibles las condiciones materiales, simbólicas y organizativas que sostienen o impugnan la autoridad epistémica de la ciencia– contribuye la problematización de los modos en que se produce, se valida y se disputa el conocimiento científico (Knorr Cetina, 2005).

El capítulo se organiza en tres apartados. El primero, “Un diagnóstico en construcción”, presenta el proyecto doctoral de la autora y los resultados preliminares de dos años de trabajo de campo en escuelas, aulas universitarias y museos. El segundo apartado, “Relevamiento de estudios sobre prácticas públicas del conocimiento”, despliega un estado de la cuestión en desarrollo que permite explorar las tensiones entre distintas formas de conocer con la intención de enriquecer el debate sobre nuestras prácticas públicas, basado en líneas de investigación académica desarrolladas en Argentina en las últimas dos décadas y media. Finalmente, la conclusión reflexiona sobre la relación entre conocimiento científico, prácticas públicas y las perspectivas emergentes en nuestro país sobre los problemas del conocimiento científico en sociedades democráticas.

Un diagnóstico en construcción

La pregunta por el conocimiento científico dio origen a la investigación doctoral titulada “El proceso de construcción de conocimientos públicos relativos a la evolución humana en ámbitos de comunicación y educación en Bahía Blanca y Punta Alta”[1]. Gestada en el cruce entre la arqueología pública, la comunicación pública de la ciencia y la extensión crítica, el proyecto se inscribe en la línea de trabajo desarrollada por el Grupo de Estudios de Patrimonio e Historia de la Práctica y la Comunicación de la Arqueología de la Universidad Nacional del Sur (Grupo EHPyCA, UNS). Las investigaciones del grupo abordan las diversas y desiguales culturas epistémicas que se despliegan a escala local, atendiendo a las relaciones entre la producción disciplinar y sus dinámicas públicas en museos, escuelas y procesos de patrimonialización.

Desde este enfoque, se promueven experiencias de articulación con públicos diversos que invitan a interrogarse sobre cómo y quiénes producen saber, y qué factores inciden en los modos en que se conoce. En particular, las acciones participativas generadas por el proyecto ¿Qué nos hace humanos?[2] (Pupio et al., 2019) permitieron identificar tensiones en el conocimiento público sobre la evolución humana, especialmente en escuelas secundarias de Bahía Blanca. A través de talleres que involucraban a no especialistas en la construcción de relatos sobre nuestros orígenes, se pusieron en evidencia distintas conceptualizaciones sobre el pasado prehistórico, la hominización y las raíces evolutivas humanas.

A partir de estas experiencias, la tesis en curso se orienta a indagar las tensiones entre diferentes formas de explicar la evolución humana, centrándose en los conflictos entre teorías científicas, discursos no científicos y relatos etnocéntricos sobre los grupos humanos que han habitado la Tierra. El enfoque metodológico es de carácter etnográfico y se sitúa en espacios institucionales –como escuelas, aulas universitarias y museos– donde el conocimiento se construye de manera relacional y situada, en interacción con diversos actores sociales (Lave y Wenger, 1991). La observación participante en estos contextos permitió acceder a escenas significativas que revelan cómo se disputan, negocian y encarnan los sentidos del saber científico. En este proceso, el trabajo de campo se inscribe en comunidades de práctica donde la producción del conocimiento implica tensiones y diálogos constantes, modelando identidades y posicionamientos. La inmersión en estas experiencias culturales habilita una mirada reflexiva sobre los modos en que se enseña, se explica y se da sentido al conocimiento, revelando una trama compleja donde convergen múltiples trayectorias, interpretaciones y formas de autoridad epistémica. En una clase de Ciencias Sociales de primer año, por ejemplo, una docente relató que algunos estudiantes expresaron su desacuerdo y malestar frente a los contenidos sobre hominización. Otro caso significativo involucró a una familia que solicitó que su hijo no asistiera a esas clases por considerar que contradecían sus creencias religiosas. Estos episodios dan cuenta de una tensión latente: la preferencia por relatos que niegan o relativizan la teoría evolutiva, preocupación compartida por las y los docentes, abre interrogantes sobre la coexistencia de racionalidades diversas en el ámbito educativo.

El trabajo de campo continuó en otras instituciones como el Instituto Superior de Formación Docente Nº 3 y la Universidad Nacional del Sur, profundizando el análisis de estas tramas conflictivas a partir de entrevistas, observaciones y encuestas. En la materia Antropología Sociocultural del Profesorado de Educación Inicial (UNS), por ejemplo, una estudiante relató cómo su paso por la universidad había impactado en sus formas de explicar la existencia humana, en tensión con sus vivencias personales ligadas a iglesias bautistas y pentecostales. Esta experiencia permitió explorar cómo se entrelazan convicciones religiosas, trayectorias personales y saberes científicos en la construcción identitaria.

Además, desde el año 2022 se realiza una encuesta dirigida a estudiantes del nivel superior, en las materias Perspectiva Espacio Temporal Mundial (ISFD Nº 3) y Prehistoria General (UNS), complementada por observaciones participantes. Inspirada en el diseño de la Segunda Encuesta Nacional sobre Creencias y Actitudes Religiosas en Argentina (Mallimaci et al., 2019), esta herramienta indaga la relación entre trayectorias educativas, prácticas religiosas, consumos culturales y percepciones sobre la ciencia. La encuesta se aplica en momentos previos a la enseñanza de contenidos sobre evolución, con el fin de captar representaciones previas y percepciones de veracidad. Si bien la recolección de datos está en curso y la muestra no es representativa, los resultados preliminares indican una presencia significativa de creencias religiosas no tradicionales y un número creciente de estudiantes que expresa dudas sobre la teoría evolutiva. En la muestra tomada en Prehistoria General (septiembre de 2023), ante la afirmación “Indique cuánto grado de veracidad considera que tiene la teoría de la evolución”, 27 personas respondieron “es un hecho comprobado”; 10, “hay muchas evidencias que la respaldan, pero no creo que sea verdad”; 8 manifestaron dudas; y 1 persona indicó que “no es verdad”. En comparación con datos recolectados entre 2022 y 2023, se observa un aumento en las respuestas que relativizan o niegan la teoría evolutiva. Estos indicios refuerzan la necesidad de indagar cómo se construyen, circulan y disputan los saberes científicos en el espacio público.

El recorrido de investigación nos invita a pensar estas “versiones” sobre nuestros orígenes humanos como parte de un escenario controversial que actualiza y resignifica tensiones históricas en el marco de contextos educativos, y que demanda, al mismo tiempo, una revisión teórica y conceptual. En este proceso, la primera lectura de entrevistas, los registros in situ y el análisis preliminar de encuestas sugieren la existencia de un vínculo entre determinadas prácticas religiosas –de diverso origen y posicionamientos anticientíficos que emergen de los relatos acerca de la evolución, el origen y la existencia humana. En línea con una perspectiva que interroga a la ciencia más allá del laboratorio (Knorr Cetina, 2005), esta investigación situada se propone explorar cómo se configuran estas diferencias de racionalidad, y de qué manera los saberes especializados estructuran modos de pensar y tomar posición. En este marco, avanzar en la confección de un estado de la cuestión se vuelve necesario para identificar cómo ha sido abordada esta problemática en el campo académico nacional. Este relevamiento no sólo ofrece un mapa de investigaciones previas, sino que permite explicitar los enfoques desde los que se ha intentado comprender la producción, circulación y disputa del conocimiento científico.

Relevamiento de estudios sobre prácticas públicas del conocimiento

Este apartado reúne un corpus bibliográfico que permite explorar las tensiones entre distintas formas de conocer con la intención de enriquecer el debate sobre nuestras prácticas públicas. Este recorrido implicó revisar múltiples líneas de investigación que, si bien no siempre abordan directamente la evolución humana, aportan elementos clave para comprender las disputas de conocimiento. Para el análisis de esta problemática, se seleccionaron artículos de investigación académica y publicaciones de divulgación de autores argentinos en las últimas dos décadas y media, orientados por tres criterios: 1) la temática, enfocada en la evolución humana, la ciencia en ámbitos públicos y los movimientos que se disputan los postulados científicos; 2) el abordaje teórico, priorizando líneas de investigación que contribuyan a comprender y generar nuevas perspectivas sobre las dinámicas públicas de la ciencia; y 3) las hipótesis y preguntas que guían la investigación doctoral. De acuerdo con la bibliografía recabada, organizamos el estado de la cuestión en dos ejes: uno que agrupa trabajos que articulan el evolucionismo y los procesos de cientifización en Argentina, y otro que integra producciones que abordan el problema de la confianza pública y la urgencia en la demarcación del debate epistemológico.

Evolucionismo y cientifización

Los trabajos reunidos en este eje analizan la influencia del darwinismo en la construcción de disciplinas científicas orientadas a explicar los orígenes y la diversidad de la humanidad, así como los procesos mediante los cuales se consolidó una forma legítima de producir conocimiento. Estos procesos de cientifización implicaron, a su vez, mecanismos de demarcación frente a otros modos de conocer, muchas veces atravesados por fricciones y conflictos persistentes. En los casos relevados, dichas tensiones permiten rastrear disputas en torno a la autoridad epistemológica de la ciencia, especialmente en contextos donde su racionalidad es impugnada por movimientos que cuestionan la validez de sus postulados.

Desde la historia de la ciencia, se ha estudiado la recepción del pensamiento evolutivo a través de la obra de Darwin durante el siglo XIX (Miranda y Vallejo, 2005; Perazzi, 2011; Podgorny, 2021), reconociendo su influencia en momentos clave de conformación de campos científicos. Irina Podgorny encabeza una línea de investigaciones centradas en dicho período, que exploran los modelos, circuitos y prácticas propias de los inicios de la arqueología como disciplina. Estos trabajos resultan relevantes para comprender los escenarios institucionales y materiales donde se inscribió el pensamiento evolutivo, así como los personajes y dinámicas que lo acompañaron (Podgorny, 2015; Podgorny et al., 2008).

En este orden, Pablo Perazzi plantea en su artículo “Ciencia, cultura y nación: la recepción del darwinismo en la Argentina decimonónica” que “el evolucionismo se receptó en clave política, como credo emancipador frente al oscurantismo eclesiástico, y no como un cuerpo de hipótesis capaz de permear las prácticas de gabinete” (Perazzi, 2011). Según el autor, esta recepción construyó sociabilidades más que marcos teóricos sólidos, lo que permite pensar en una trayectoria de conocimientos marcada por su contenido controversial frente a las cosmovisiones religiosas, en un arco de larga duración.

El problema de la cientifización ha sido abordado desde diversos campos al analizar la constitución de disciplinas específicas (Burke, 2017). En este marco, el Grupo EHPyCA de la Universidad Nacional del Sur desarrolla desde hace años investigaciones centradas en la historia de la arqueología, con especial atención a los procesos de conformación del campo, la delimitación de prácticas y la profesionalización de saberes. Esta perspectiva sostiene que la institucionalización del conocimiento implica la construcción de tradiciones y territorios, lo cual puede observarse con claridad en el caso de las prácticas arqueológicas y la consolidación de un cuerpo propio de conocimientos (Pupio, 2011, 2012). Estos estudios destacan que la ciencia es una empresa colectiva y transnacional, y subrayan el papel activo que han tenido aficionados y públicos en su configuración, un aspecto que sólo recientemente ha comenzado a ser reconocido. Esta mirada resulta especialmente valiosa para pensar la ciencia en escenarios transepistémicos, ya que cuestiona la separación entre arqueología académica y saber popular, mostrando cómo los llamados “legos” también contribuyeron activamente a la constitución del conocimiento disciplinar (Pupio, 2012).

La emergencia del paradigma evolutivo marcó una transformación epistemológica, al proponer una explicación del cambio biológico basada en mecanismos naturales, en contraste con las narrativas bíblicas sobre el origen de la vida. Las disputas entre evolucionismo y creacionismo han sido especialmente relevantes en el contexto educativo. En Estados Unidos, por ejemplo, la organización de grupos creacionistas para incorporar contenidos religiosos en las escuelas de manera equivalente al de la enseñanza de la biología evolutiva, lo que ha promovido investigaciones centradas en las estrategias políticas de estos movimientos, así como también sobre las problemáticas relativas a la aceptación de la teoría (Pobiner, 2016). Aunque en el caso argentino no se han documentado de manera sistemática movimientos antievolucionistas organizados en el ámbito académico, el bicentenario del nacimiento de Darwin y el sesquicentenario de El origen de las especies representaron una ocasión clave para repensar su legado (Palma, 2009). Ese mismo año, Valeria Román y Luis Cappozzo publicaron un libro de divulgación interdisciplinario que actualiza el estado de la teoría evolutiva y, en sus capítulos finales, aborda las controversias contemporáneas en torno a su enseñanza (Román y Cappozzo, 2009).

Este tipo de reflexiones no solo se limitan a los estudios de difusión académica, sino que también han dado lugar a una creciente línea de indagación en Latinoamérica, centrada en la enseñanza de la biología en los niveles educativos secundarios. En este contexto, los estudios se enfocan especialmente en la enseñanza y el aprendizaje de la teoría de la evolución en el siglo XXI, en un escenario donde amplios sectores de la población continúan rechazándola (Pobiner, 2016). En Argentina, los antagonismos que surgieron tras la sanción de la Ley 26.150 de Educación Sexual Integral y las demandas del movimiento feminista por el derecho a la interrupción legal del embarazo han desencadenado la emergencia de grupos religiosos que se oponen a una educación con perspectiva de género. En los centros educativos, estas dinámicas contribuyen a la complejización de la construcción de un espacio pluralista y, al mismo tiempo, repercuten en la enseñanza de las ciencias. Las investigaciones sobre esta problemática se enfocan en las estrategias y materiales didácticos, la influencia de la religión en las decisiones curriculares escolares, y las concepciones de docentes y estudiantes sobre la evolución (Bermúdez, 2015; González Galli et al., 2018; McInerney, 2009; Polop, 2009; Soto-Sonera, 2009; Tamayo Hurtado, 2010). En particular, se destaca la labor de Leonardo González Galli, biólogo argentino especializado en los desafíos que enfrenta la enseñanza de la evolución en las aulas secundarias (González Galli y Meinardi, 2009; 2015; González Galli et al., 2018). Así, al identificar obstáculos y patrones de enseñanza, se mantiene abierta la pregunta sobre las tramas epistémicas que configuran y definen estos saberes.

Confianza pública y urgencia en la demarcación

En este apartado, los trabajos reunidos abordan el problema de la confianza pública en la ciencia y la urgencia por redefinir los términos del debate epistemológico ante la aparición de nuevos actores. A diferencia del tradicional antagonismo entre ciencia y religión, hoy emergen movimientos y discursos que, aunque etiquetados a veces como “antiexpertos” o “anticientíficos”, no responden necesariamente a lógicas religiosas ni pueden ser comprendidos bajo clasificaciones estables. En contextos mediáticos y altamente informatizados, estas manifestaciones requieren una atención renovada: disputan el lugar de la ciencia en el espacio público desde otros marcos de sentido, muchas veces imbricados con la desconfianza institucional, el rechazo a las élites del conocimiento y la proliferación de narrativas alternativas. Estas nuevas formas de impugnación han generado una dinámica particular con sectores académicos que se posicionan como defensores del consenso científico, en un terreno donde el conflicto ya no es únicamente epistemológico, sino también político y comunicacional. El relevamiento de estos trabajos permite comprender que estos grupos antagonistas de la ciencia deben ser revisados a la luz de un escenario mucho más complejo y fragmentado, que exige estudios más detallados y situados.

En este orden, los aportes de Valeria Edelsztein y Claudio Cormick exploran los problemas de confianza pública en la ciencia, tomando como núcleo de análisis las ciencias naturales. Sus objetos de estudio han sido los modelos de explicación científica y las estrategias de demarcación entre ciencia y pseudociencia. Con una preocupación similar a la de González Galli, su trabajo en escuelas ha derivado en algunas hipótesis y enfoques analíticos acerca de los movimientos que disputan los consensos científicos. Su artículo “Scratching where it doesn’t itch: science denialism, expertise, and the probative value of scientific consensus” realiza importantes disquisiciones sobre las modalidades de los movimientos anticiencia –terraplanistas y antivacunas–, el vínculo de las personas legas con la prueba y las autoridades científicas, y los procesos de evaluación, aceptación y confianza en los consensos científicos (Cormick y Edelsztein, 2023).

En paralelo, avanzaron en el estudio de los movimientos antivacunas y sus argumentos negacionistas para saber cómo responder eficazmente (Edelsztein y Cormick, 2023). Con este propósito, realizaron un relevamiento de las publicaciones del grupo Médicos por la Verdad, identificado como núcleo principal de antivacunas en Latinoamérica, a través del análisis de tweets durante la pandemia de COVID-19 (Edelsztein y Cormick, 2023). Otro de sus trabajos desarrolla una propuesta teórica centrada en una posible clasificación del discurso anticientífico de la astrología para el diseño de estrategias didácticas en la escuela que permitan discernir entre lo científico y lo no científico (Edelsztein, Ramos Méndez y Cormick, 2023). El bagaje teórico y el modelo de comunicación científica en el que está trabajando este equipo está dirigido a reforzar la educación y las habilidades argumentativas de la población lega para lograr un aumento de confianza en los postulados de la ciencia (Edelsztein y Cormick, 2023). Desde una visión crítica sobre el fenómeno de la anticiencia, el enfoque avanza sobre la caracterización y el reconocimiento de estos grupos para formular estrategias de comunicación centradas en la evidencia y los especialistas. Con una presencia pública relevante, sus preguntas se ciernen sobre la capacidad de entender y evaluar un saber científico por parte del público lego. En un fragmento de una nota que fue publicada en el portal Tiempo Argentino, los autores presentan su perspectiva:

vivimos en una época en la que todo el mundo cree, erróneamente, tener la capacidad cognitiva de pronunciarse sobre cualquier tema porque supuestamente aún sin tener una especialización, el estar formado en habilidades críticas debería ser suficiente para evaluar de primera mano la evidencia y tomar decisiones informadas[3] (Cormick y Edelsztein, 2024).

Este núcleo, que está creciendo en productividad académica y profundidad analítica relativas a la anticiencia, aborda el fenómeno en una línea similar a la de otros trabajos. Un artículo relevante plantea la hipótesis del incremento de las pseudociencias como parte de un escenario de producción científica transnacional atravesado por la proliferación de diatribas contra la ciencia. En él, Jesús Valero-Matas y Carlos Andrés Muñoz Sandoval (2017) establecen que las pseudociencias son un problema social de la actualidad por sus ataques constantes a la ciencia y que es necesario definirlas e historizarlas para reconocer sus raíces en pos de fortalecer los esfuerzos científicos. Con este diagnóstico, estudian con detenimiento las diferentes visiones pseudocientíficas y sus retóricas, así como las bases teóricas y el origen de su racionalidad. Si el enfoque de Edelsztein y Cormick tiene que ver con el afuera, lo interesante de este texto es que propone una coincidencia entre el avance de las pseudociencias con prácticas desde adentro, es decir, con narrativas pesimistas, discursos posmodernos y epistemologías alternativas que surgen desde los propios intelectuales de la ciencia.

En este amplio arco que agrupa distintos movimientos antagonistas a la ciencia, el abordaje de la mentira o falsedad de un enunciado es un eje que recorre un grupo de trabajos articulados en torno a las problemáticas comunicativas en la era de la desinformación (Rodríguez y Aminahuel, 2022). En ello, las fake news y las teorías conspirativas son expresiones que proliferaron durante la pandemia del COVID-19 y generaron lo que la UNESCO definió como infodemia (Aminahuel y Rodríguez, 2023). Los estudios sobre comunicación digital advierten sobre las modalidades de un régimen de información en el que se han potenciado las dificultades para corroborar la veracidad de las noticias (Aminahuel y Rodríguez, 2023), a la vez que se multiplican las espirales de posverdad con base en la inteligencia artificial y el big data. Al respecto, se está avanzando en la caracterización de los distintos actores que convergen en red, el estudio de las interacciones entre el mundo online y offline, y la generación de estrategias regulatorias de comunicación pública en entornos digitales (Calvo y Aruguete, 2020; Rodríguez, 2019).

También podemos incluir al negacionismo como parte de este conjunto porque ocupa un lugar central en el debate público e interpela a los ámbitos académico, periodístico, político y jurídico (Secretaría de Derechos Humanos, 2021). La necesidad de explicar el complejo universo de prácticas que lo componen derivó en una compilación en la que académicos nucleados por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación desglosan estos intentos deslegitimadores sobre el genocidio perpetrado en la última dictadura militar. En este caso, la cantidad de personas asesinadas, la culpabilización de las víctimas, la anamorfosis y la falsación de las pruebas operan como estrategias para negar la violencia sistemática ejercida por el Estado (Secretaría de Derechos Humanos, 2021).

Existe un trasfondo general que recorre esta selección bibliográfica y que, sin realizar referencias directas a nuestro tema de indagación, interesa por su referencia a los criterios de cientificidad. En el año 2021, Alejandro Cassini planteó la pregunta sobre la demarcación entre ciencia y pseudociencia como una cuestión que volvía a tener importancia en la actualidad dentro de las reflexiones filosóficas. Con ello, la rama epistemológica debe dirigir su atención a los criterios sobre los cuales ha establecido los lindes entre ambas para reconocer su falibilidad, provisionalidad y contingencia. En esta línea, Antonio Diéguez (2024) ha contribuido significativamente al análisis de estos límites al proponer definiciones operativas de conceptos como pseudociencia, anticiencia y negacionismo. Su enfoque destaca la necesidad de abordar estos fenómenos no solo desde sus contenidos, sino también desde sus formas de legitimación y circulación social, complejizando así el problema de la demarcación en el contexto contemporáneo.

En tendencias similares, el grupo de investigación que está buscando otra manera de comprender los vínculos entre estos fenómenos, construyendo marcos teóricos desde la epistemología de los sujetos conocidos (Mallimaci, 2019), es el programa Sociedad, Cultura y Religión del Centro de Estudios e Investigaciones Laborales del CONICET. Allí se nuclean diversas líneas de investigación que se propone comprender las cambiantes configuraciones de los procesos de secularización, disidencia y cambio religioso en el marco de las llamadas modernidades múltiples, que impactan en las propias transformaciones de las creencias, prácticas y adscripciones religiosas en América Latina (Mallimaci y Giménez Beliveau, 2007). En sociedades mediáticas como las que vivimos, las prácticas religiosas tienen un papel fundamental y son uno de los canales privilegiados de interpretación y presencia social en los sectores populares activos y movilizados (Mallimaci, 2020), lo que podría explicar su intensificación en el ámbito público y, en específico, el escolar. Esto se comprende en relación con la expansión de nuevas configuraciones religiosas en un contexto de decaimiento de algunas formas históricas y culturales de la religión, y de deslegitimación de la vida política partidaria (Mallimaci, 2016, 2020). En el mismo camino, Verónica Giménez Béliveau (2020) sostiene que las sociedades latinoamericanas y caribeñas asistimos a procesos de modernización en los cuales la presencia de matrices culturales y prácticas sociales y simbólicas explicitan no solo procesos de mestizaje, sino también formas alternativas de conocer que requieren desnaturalizar nociones como secularización y religión. Como parte de su propuesta, han extendido un grupo relevante de estudios territorializados a través de redes federales y mediante diversas metodologías cualitativas y cuantitativas. Entre ellos, se destaca la realización de la Primera y la Segunda Encuesta Nacional sobre Creencias y Actitudes Religiosas en los años 2008 y 2019, respectivamente, fundamentales en el tratamiento de los temas aquí desarrollados.

Reflexiones finales

Este estado de la cuestión se plantea como una aproximación inicial a un problema aún en construcción. Lejos de clausurar el debate, busca visibilizar un campo en transformación, donde múltiples perspectivas –aparentemente inconexas– permiten esbozar una mirada plural sobre la ciencia y sus expresiones en el espacio público. Este diagnóstico no pretende ofrecer respuestas definitivas, sino abrir interrogantes en torno a los modos en que se construye, legitima y disputa el conocimiento científico. En este marco, se observa la aparición de nuevos actores sociales que participan en estas disputas, cuyas motivaciones y posicionamientos desafían las clasificaciones binarias, para avanzar hacia una comprensión más situada y sensible a las negociaciones, pactos y conflictos que sostienen la producción de conocimiento.

En una época signada por lo que algunos autores denominan age of denial (Peters y Besley, 2020; Sinatra y Hofer, 2021), crisis civilizatoria (Lander, 2020) o era tecnocientífica (Valero Matas y Muñoz Sandoval, 2017), resulta clave detenerse en los procesos mediante los cuales se legitima, disputa y transforma el saber. En este escenario, los movimientos anticiencia, las pseudociencias y los discursos negacionistas no pueden ser comprendidos únicamente como amenazas externas, sino que deben ser leídos como manifestaciones de conflictos más amplios en torno a la producción, circulación y apropiación del conocimiento. Lejos de simplificarlos como expresiones irracionales o retrógradas, es necesario indagar en sus raíces sociales, políticas y culturales, tal como lo propone Cassini (2021), para comprender las razones de su emergencia y su capacidad de interpelación pública. Movimientos anticiencia, discursos negacionistas, teorías conspirativas y pseudociencias no solo cuestionan la autoridad epistémica del conocimiento científico, sino que también exigen revisar nuestras estrategias de investigación y comunicación. ¿Es suficiente seguir pensando estas disputas en términos de racionalidades antagónicas? ¿Desde qué posiciones se construyen los discursos que buscan “salvar” a la ciencia?

Al ser un saber en disputa –con fuerte presencia pública y con múltiples cruces con la religiosidad, la educación, la política y la identidad científica–, la evolución humana aparece como un caso especialmente fértil para explorar cómo se configuran los consensos científicos y cómo se los desafía. El enfoque etnográfico que guía nuestra investigación se propone justamente adentrarse en las tramas sociales donde estos saberes se hacen cuerpo. Tal como plantean Lave y Wenger (1991) y Wenger (2001), el conocimiento no es una mera transmisión de información, sino una práctica social situada, encarnada en comunidades de sentido. Desde esta perspectiva, la investigación cualitativa se vuelve necesariamente relacional y colaborativa, como plantea Mallimaci (2019), y requiere preguntarse por las voces que participan –y por aquellas que quedan fuera– del diálogo epistémico. En este sentido, la evolución humana se presenta como un campo de saber en disputa, que construye alteridades, distribuye autoridades y produce sentido en contextos atravesados por tensiones sociales, políticas y culturales. Su potencial epistémico radica en su capacidad integradora: permite pensarnos como especie, como colectivo, como seres que habitan el mundo en movimiento. Así, asumir la hibridez de nuestras formas de conocer no solo enriquece los análisis, sino que contribuye a desmontar visiones maniqueas y a construir una cultura científica verdaderamente democrática.

El análisis del caso argentino nos obliga a situar estas disputas en contextos atravesados por la desigualdad, la exclusión y las formas específicas de la modernidad periférica. En un país donde las brechas sociales impactan en el acceso al conocimiento, el debate sobre la democracia epistémica se vuelve urgente (Polino, 2019). En ello, la democratización del conocimiento científico implica necesariamente interrogar los modelos de producción, circulación y distribución del saber, en palabras de Mallimaci:

parecería que, sin nosotras, personas que investigamos, no hay salvación ni ciencia auténtica… ¿Será así? ¿La Ciencia, como llamado sagrado y divino, nos convierte en “nuevos sacerdotes y sacerdotisas” anunciadores de la Verdad –por supuesto con mayúscula– luego de afirmar que se viven crisis, desilusiones y conflictos debido a los relativismos –de los “otros y las otras”– del y en el siglo XXI? (Mallimaci, 2019: 379).

Tomamos su reflexión y continuamos haciéndonos preguntas: ¿qué relación deben establecer los científicos con esos otros que son considerados sus públicos? La inestabilidad del problema aquí abordado da lugar a una incomodidad que desafía nuestras prácticas científicas y nos obliga a revisar nuestras responsabilidades en la construcción de un conocimiento más accesible y pertinente para la sociedad.

Bibliografía referida

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  1. Este es el título del plan de trabajo presentado en la convocatoria 2021 de becas internas doctorales del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas; y del anteproyecto doctoral admitido por la Universidad de Buenos Aires en el año 2022.
  2. En el año 2017, el Programa Arqueología en Cruce diagramó la realización de talleres en escuelas secundarias con el objetivo de generar preguntas por parte de los estudiantes en relación con temáticas sobre la evolución humana. Estas actividades tuvieron como resultado la elaboración de un manual escolar que se tituló ¿Qué nos hace humanos?, en el que las preguntas conformaron los ejes que hilaron las respuestas de los especialistas (Pupio et al., 2019). Esto fue posible gracias al subsidio otorgado por la Comisión de Investigaciones Científicas de la Provincia de Buenos Aires (Argentina) en la convocatoria titulada Concurso Ideas Proyecto del año 2016.
  3. Cursivas de la autora.


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