El caso del semanario Esquiú y las disputas en la Iglesia de la década de 1980
Mariano Fabris
Introducción
La Iglesia católica y el gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989) desarrollaron un vínculo cruzado por tensiones, conflictos y desconfianza. En torno a la educación y especialmente durante los debates del Congreso Pedagógico Nacional (CPN) se llegó a enfrentamientos abiertos y acusaciones cruzadas que expresaban concepciones antagónicas sobre el vínculo entre la religión y la política en el marco de la reconstrucción democrática (Fabris, 2011; Fabris y Pattin, 2024). Asimismo, la participación de la Iglesia en estos debates fue acompañada y condicionada por las discusiones que entablaron en su interior los diferentes actores individuales y colectivos que la integraban. Partiendo de estas premisas, nuestro objetivo es reconstruir las intervenciones de la revista Esquiú sobre el tema educativo y el CPN prestando especial atención a los cambios que se registraron en esas intervenciones, al vínculo que establecieron con los discursos de la jerarquía eclesiástica y a la manera en que representaron el lugar de la religión y el catolicismo en el contexto del retorno democrático. Esquiú era la publicación más leída entre el laicado católico desde los años 60 y a lo largo de los casi cuatro años que duró el CPN adquirió una relevancia central: se constituyó en una de las correas de transmisión de la información y las posiciones de la jerarquía eclesiástica sobre la educación, fue una herramienta de organización y encuadramiento de la participación y se presentó como una voz activa en las discusiones que cruzaban al catolicismo.
La prensa ha tenido un lugar importante en los estudios sobre el catolicismo en la historia reciente. La perspectiva más extendida tendió a considerar a los diarios y revistas por lo que aportaban en la definición de una “mirada católica” de diversos procesos de índole política, económica o social (Borrelli, 2005; González, 2011; Heredia, 2002; Saborido, 2011). Desde este enfoque, no se le prestó demasiada atención a lo que implicaba, para esa prensa, la presencia siempre problemática de la jerarquía católica. En términos generales, se tendió a pasar por alto el hecho de que la “mirada católica” que ofrecen es el resultado de la propia trayectoria de los medios confesionales y de la posición que ocupan o pretenden ocupar en una configuración social con relaciones de poder inestables donde se ponen en juego representaciones sobre la religión, el catolicismo y sus vínculos con las demás dimensiones de la vida en sociedad (Fabris, 2023a). Los estudios recientes han tendido a ubicar a la prensa confesional en una trama más compleja, considerando los posicionamientos de los actores en un universo amplio de debates políticos y teológicos, las trayectorias de quienes confluían alrededor de los proyectos editoriales, la dinámica empresarial, las actitudes frente a la jerarquía eclesiástica y la autoridad de los obispos, la revisión del rol de la Iglesia en el pasado dictatorial, etc. (Barelli y Azcoitia, 2022; Camaño Semprini, 2023; Fabris, 2023b; Fabris y Pattin, 2022; Lida y Fabris, 2019).
En cuanto al CPN, es posible afirmar que es un tema considerado solo parcialmente por los estudios sobre el período. Los primeros aportes llegaron poco después del cierre del CPN de la mano de especialistas en educación que reflexionaron sobre las conclusiones del evento y sobre sus propias experiencias en los debates (De Lella y Krotsch, 1989). Más tarde fue recuperado desde el ámbito periodístico aportando testimonios y análisis en los que aquellas experiencias de debate se articulaban con propuestas para un mejoramiento de la educación argentina (De Vedia, 2005). Desde el ámbito académico, finalmente, se ofrecieron estudios que repararon en la participación de la Iglesia (Fabris, 2011), en la presencia de los discursos católicos en el CPN y en el debate educativo argentino en la historia reciente (Torres, 2014, 2019) y en las experiencias de participación de las bases católicas (Mendez y Vuksinic, 2023).
La convocatoria a un congreso pedagógico, aprobada por ley en septiembre de 1984, resumió algunos de los núcleos de sentido que guiaban al nuevo gobierno democrático en sus primeros pasos. Raúl Alfonsín interpeló a la sociedad con un discurso que proponía una profunda revisión de la cultura política argentina, ya que entendía que la consolidación de la democracia solo se lograría en la medida que se internalizaran nuevos hábitos a través de prácticas participativas y de la renovación de instituciones que se entendían tradicionalmente conservadoras. En este marco, la “escuela” era considerada como un espacio estratégico en la reproducción de esas prácticas y hábitos conservadores que, en el nuevo escenario, debían ser revisados. En la perspectiva del gobierno, la conexión profunda entre una “cultura autoritaria” enraizada en la sociedad y la inestabilidad política interpelaba a la dirigencia partidaria, instándola a asumir un debate de máxima importancia para el futuro de la democracia. El CPN tendría una doble dimensión, ya que debería orientar la política educativa de la nueva etapa, pero además se constituiría en una instancia de aprendizaje de prácticas participativas concretas. Según Marcelo Arabolaza, diputado del Partido Intransigente, la reforma pedagógica que promovería el CPN serviría para “afianzar la democracia y consolidar la unión nacional”[1].
La Iglesia católica –en sentido amplio, pero especialmente su jerarquía– había atravesado los últimos años de la dictadura tensionada entre la aceptación de la democracia como sistema político y la desconfianza –o el rechazo abierto– frente a los procesos democratizadores que se percibían en los últimos meses de 1983 o que se representaban en el horizonte cercano (Fabris, 2023a). La proyección de una serie de transformaciones en la cultura, la familia o la educación permeaba la mirada desplegada sobre la propia democracia. Por ello, ante las primeras medidas del gobierno radical, la mayoría del Episcopado ya contaba con un marco interpretativo que consideraba a la Iglesia como institución atacada.
La revista Esquiú salió a la calle en abril de 1960 por iniciativa de los hermanos Luis y Agustín Luchía Puig, quienes tenían una dilatada trayectoria en la prensa católica a través de proyectos editoriales que buscaron posicionarse como productos populares, accesibles a un amplio espectro de lectores e inspirados en el ideario católico[2]. En su primer número, el semanario se presentó como una
auténtica voz católica que, sin comprometer a la Jerarquía, le preste constante eco; preferida de las familias, donde están nuestras mejores reservas; ampliamente informada, sin otras restricciones que las que la caridad impone; atrayente, como el Evangelio, de juventud perenne en el que iremos a buscar siempre inspiración; popular, para la defensa de las clases más modestas; independiente en política como la misma Iglesia cuya causa abrazamos con amor de hijos; democrática y nacional, finalmente, para combatir contra todos los totalitarismos[3].
La revista fue una apuesta modernizadora dentro de la prensa católica que, luego de la crisis y desaparición del diario El Pueblo, se presentó como un producto de interés general semejante a las grandes revistas de los años 60. Sus secciones estaban pensadas en función de una lectura familiar en su formato más tradicional: las noticias y crónicas políticas nacionales e internacionales eran seguidas por secciones de moda, cocina, cine y contenidos para los niños. Durante el periodo objeto de nuestro análisis se incluía una nota editorial a cargo de Luis E. Luchía Puig, hijo del fundador y por entonces responsable de la empresa, también una columna política escrita por Moisés Álvarez Lijó, entrevistas y notas específicas sobre temas de debate, como el divorcio o el CPN. El componente religioso/católico se expresaba en la reproducción de documentos episcopales, entrevistas a obispos y sacerdotes, notas sobre culto o doctrina y una breve columna a cargo de Agustín Luchía Puig, sacerdote y cofundador de la revista. Se trataba de una empresa privada que se sostenía a través de las ventas (por suscripción, en las parroquias y colegios católicos y en quioscos) y los anunciantes. Su vínculo con el catolicismo le permitió acceder a fuentes de ayuda económica internacionales, como fue el caso de Adveniat[4]. Durante sus primeros años, Esquiú tuvo cierto éxito de ventas al aprovechar el crecimiento general del consumo de publicaciones periódicas y el interés que despertaban los debates que se producían en la Iglesia. En 1962, por ejemplo, el promedio de ejemplares en circulación por edición fue de 74500[5]. El promedio se mantuvo en niveles similares hasta el final de la década de 1960, para comenzar a descender luego. En 1974 y 1975 se llegó a los índices de circulación más bajos con algo más de 42000 ejemplares y si bien se produjo un repunte significativo en los primeros años de la dictadura, a partir de 1980 las ventas volvieron a caer. En vísperas del retorno democrático el nivel de circulación había descendido a 27000 ejemplares, lo que se mantuvo en los años siguientes amenazando la solvencia financiera de la empresa. Finalmente, en 1987 la familia Luchía Puig se desprendió de la revista, que fue adquirida por el movimiento eclesial italiano Comunión y Liberación (CL).
Hasta su venta a CL, Esquiú pretendió constituirse, según recuerda su ex director, en la voz oficiosa del Episcopado[6]. Esta no era una tarea sencilla, ya que por debajo de la imagen de unidad que construye la propia jerarquía (Bourdieu y De Saint Martin, 2009), afloran perspectivas teológicas diversas y posicionamientos muchas veces contrastantes frente a los temas de actualidad política. Esta complejidad de la jerarquía católica dificulta la traducción de sus posicionamientos en un todo coherente representable. Dicha dificultad se acrecienta si se consideran las trayectorias, pensamientos, expectativas e intereses económicos de esos empresarios de la “buena prensa” que intentan reflejar la voz de los obispos. En este sentido, los Luchía Puig estaban asociados a un perfil antiperonista que perduraba como un rasgo identitario, a pesar de que lo intentaban matizar proclamando la “independencia política” frente a las opciones partidarias. Desde su antiperonismo, la revista apoyó las transformaciones políticas y sociales anunciadas por la última dictadura y, a la vez, se ubicó expectante y esperanzada con la derrota del Partido Justicialista y el triunfo de Raúl Alfonsín (Fabris, 2023b). Frente al candidato radical tuvieron una posición ambivalente ya que esa mirada positiva que lo consideraba una opción frente al peronismo no podía ignorar que en la Iglesia e incluso entre los obispos prevalecía una imagen de Alfonsín como representante de una corriente “laicista” dentro de la UCR. La llegada de CL en 1987 implicó un cambio significativo en el perfil de la revista, que se expresó en las concepciones sobre el vínculo entre religión y política y en el lugar atribuido a la jerarquía eclesiástica en la sociedad y en la propia Iglesia. Las nuevas perspectivas se manifestaron claramente a la hora de intervenir en los debates educativos.
En síntesis, considerando los antecedentes reseñados, proponemos una lectura que se inscribe en la intersección entre los estudios recientes sobre la prensa confesional y aquellos orientados a la reconstrucción histórica del CPN. El abordaje considera un caso particular y a través del mismo repone tramas relacionales, tensiones y reacomodos ensayados por actores católicos en un contexto de desafíos para la Iglesia. Desde este enfoque, analizamos los posicionamientos de Esquiú considerando como un aspecto determinante sus vínculos con la jerarquía de la Iglesia, ese “polo hermenéutico total [que] coloca al intelectual católico en una situación siempre precaria” (Mauro, 2008: 132). Teniendo en cuenta la llegada de CL, se podrá apreciar el contraste entre un proyecto editorial que buscó, aun con contradicciones, reforzar su identificación con la jerarquía y un proyecto integral que consideró a esta publicación una herramienta en las disputas de una configuración social. El análisis se despliega a partir de un conjunto variado de fuentes que incluye a la revista Esquiú, en especial su espacio editorial y las notas sobre educación, documentos de la Iglesia y del CPN y entrevistas.
En la primera parte del trabajo, describimos brevemente la convocatoria al CPN. Luego, analizamos de qué manera intervino el semanario Esquiú en las discusiones sobre la educación hasta el momento en que los Luchía Puig se desprendieron de la revista. Finalmente, consideramos los cambios que le imprimió CL.
La convocatoria al CPN. Gobierno e Iglesia en el debate educativo[7]
La idea de llevar adelante el CPN fue de Bernardo Solá, primer secretario de educación del gobierno radical[8]. Para Solá, era necesario volver a discutir el tema educativo porque había sido “un espacio donde operó fuertemente la represión ideológica por parte del proceso militar”. La propuesta era realizar un debate “dentro de la tradición liberal de la que era tributario el radicalismo en materia educativa”[9].
La organización del CPN fue sumamente compleja, pues pretendió abarcar todo el territorio nacional y alcanzar un grado tal de asistencia que dotara de representatividad a las conclusiones elaboradas. Tuvo una serie de instancias escalonadas desde el nivel local hasta confluir en una Asamblea final que se llevó a cabo en Embalse, Córdoba, en marzo de 1988[10]. Quienes fueron elegidos como delegados en la primera instancia representaron a la zona o distrito en una Asamblea Jurisdiccional, segundo escalón en la organización. Las jurisdicciones correspondieron a las provincias, la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires y el Territorio Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Finalmente, los electos en cada jurisdicción participaron en la Asamblea Nacional[11].
En lo que hace a la Iglesia católica, luego de algunas dudas iniciales, la jerarquía decidió apostar a la participación masiva en los debates, al punto de que los militantes católicos se convirtieron en los principales animadores, mientras decaía la participación de otros colectivos, fundamentalmente político-partidarios. El éxito del catolicismo se explica, en cierta medida, por el trabajo de coordinación desplegado por el Equipo de Educación Católica, dependiente de la Conferencia Episcopal Argentina (en adelante CEA) y presidido por el obispo de la diócesis de Azul, Emilio Bianchi Di Cárcano. Las comisiones creadas en las diócesis y la articulación de los laicos a partir de los institutos católicos de enseñanza dieron sus frutos y le otorgaron a la Iglesia la mayoría de los representantes en las principales jurisdicciones.
De todas formas, el desarrollo de las diversas instancias fue lento y desparejo y las asambleas estuvieron cruzadas por acusaciones de fraude que culminaron en varias suspensiones. Cuando finalmente, en marzo de 1988 se llevó a cabo la Asamblea Nacional, el contexto era muy diferente al de la convocatoria. El gobierno, jaqueado por la derrota en las elecciones de septiembre de 1987, la crisis militar irresuelta y el despegue de la inflación luego del éxito inicial del Plan Austral, se conformaba con una derrota decorosa. Algo de ello ocurrió porque en encuentros previos se moderaron las posiciones y, si bien no faltaron algunos choques, se alcanzó una imagen de mayor consenso, aun cuando las propuestas aprobadas sintonizaron con los principios defendidos por los sectores católicos.
El CPN estuvo lejos de responder a las expectativas que habían fundamentado su convocatoria. En términos de participación, el gobierno la había imaginado amplia, plural y motivada en la preocupación ciudadana por la educación. Sin embargo, lo que predominó fue la intervención de grupos política o institucionalmente encuadrados que terminó sintetizado en un enfrentamiento entre militantes radicales y católicos. A su vez, en términos de prácticas democráticas, el recorrido se alejó de los parámetros consensuales que concebía el propio gobierno y dio lugar, por el contrario, a tensiones que por momentos derivaron en debates encarnizados, enfrentamientos y en el predominio de una lógica cuantitativa en la definición de las propuestas, que reflejó una manera de entender la práctica democrática alejada del voluntarismo del gobierno.
La revista Esquiú y la cuestión educativa, 1983-1987
Cuando Alfonsín triunfó en las elecciones de octubre de 1983 ya estaba instalada entre muchos católicos y en especial entre los obispos, la imagen de un dirigente político “laicista”. Interesa poco si era una imagen que hacía justicia con el perfil del presidente[12]; lo relevante es que estaba lo suficientemente extendida como para convertirse en el lente a través del cual se evaluaron los primeros pasos del gobierno y se arribó a la conclusión de que se cernía una amenaza sobre la posición de la Iglesia. Con esta preocupación, se denunciaron supuestos proyectos destinados a transformar las costumbres del pueblo e “infiltrar” la cultura nacional originalmente católica.
Si bien Esquiú, como señalamos, recibió con expectativas favorables el triunfo de Alfonsín, no podía dejar de reflejar las diversas reacciones que despertó en la CEA porque, en definitiva, debía gestionar con cuidado el vínculo –y a veces la tensión– entre sus perspectivas políticas y su pertenencia a la comunidad religiosa que, en definitiva, le aportaba el grueso de sus lectores. En este marco, los editoriales que daban cierto crédito a la promesa refundacional del alfonsinismo convivían con notas que expresaban los temores de algunos obispos. En las páginas de Esquiú era posible encontrar una entrevista al obispo Emilio Bianchi Di Cárcano, en la que descartaba la idea de que el gobierno proyectara una ofensiva contra la enseñanza privada, junto a expresiones de otro obispo, Desiderio Collino, quien alertaba sobre “el ataque que sufrirá […] la escuela católica” y convocaba a los católicos para enfrentarlo[13]. En la misma dirección, el arzobispo de San Juan, Ítalo Di Stéfano, machacó sobre la idea de la infiltración y el “putsch ideológico” desatado por las nuevas autoridades.
En esta primera etapa, la revista reprodujo las preocupaciones de los obispos, pero no asumió una posición activa en los editoriales o en las notas firmadas por sus columnistas. La cobertura del tema educativo estaba a cargo del periodista Manuel Abraldes[14], cuyos artículos fueron informativos, con poca reflexión personal, mientras que en las entrevistas se limitó a introducir los planteos de los obispos sin asumirlos como propios de la revista.
En noviembre de 1984 los roces entre la CEA y el gobierno se intensificaron cuando los obispos, en el documento “Construyamos todos la Nación”, encendieron la alarma ante los cambios que, supuestamente, se estaban produciendo en el ámbito educativo:
no podemos ocultar fundados temores por el hecho de que en este terreno se están programando y desarrollando, desde diversos niveles del Estado de un modo unilateral, orientaciones y líneas que son discutibles o inaceptables. Es indudable que se está sobrepasando la neutralidad, ideologizando contenidos y métodos con signos decididamente materialistas; incluso a la sombra del nombre de la democracia[15].
Además, los obispos se quejaron por lo que entendían era una discriminación de la educación privada –a la que llamaban “pública no oficial”– y resaltaron el derecho de las familias a “elegir un modelo propio para la educación de sus hijos”[16].
El documento tuvo gran trascendencia mediática y no fue bien recibido por el gobierno. Esquiú lo abordó a través de un informe de Abraldes que recogió la denuncia, pero la planteó entre signos de pregunta: “¿Ideologización de la enseñanza?”. En la nota, se sintetizaron las preocupaciones sobre la política educativa provenientes del Episcopado y se acudió al testimonio de Bianchi Di Cárcano para que pusiera de manifiesto “el pensamiento de la Iglesia sobre el tema educativo”, evitando “desviaciones o malas interpretaciones”. En realidad, el planteo episcopal había sido lo suficientemente explícito como para que no hicieran falta aclaraciones. Pero tal vez lo que buscaba la revista era expresar, a través de la voz de un obispo, que “nada es más errado que intentar encuadrar estas observaciones como un ataque al gobierno democrático”[17].
En abril de 1984 Abraldes había entrevistado a Carlos Alconada Aramburú, ministro de Educación y Justicia de la Nación, algo que repitió en agosto de 1985. Si consideramos que la denuncia sobre una supuesta infiltración y un ataque a la escuela privada ya era recurrente en 1984 y no haría más que aumentar luego, puede sorprender que las entrevistas al ministro no tradujeran las preocupaciones de los obispos tal como se podría esperar de un semanario católico. Apenas se puede contar una pregunta referida al cambio de nombre de la asignatura Formación Moral y Cívica, que pasó a llamarse Formación Cívica, y otra pregunta sobre los contenidos del Ciclo Básico Común de la universidad, en los que supuestamente se atacaba a la Iglesia. En cualquier caso, el periodista reproducía estos planteos, pero evitaba el tono de denuncia y el dramatismo que era propio de algunos discursos episcopales[18].
Resumiendo, en esta primera etapa se pueden observar en las páginas de Esquiú algunas intervenciones de los obispos que le atribuyen al gobierno radical planes de “infiltración ideológica” y una ofensiva contra la escuela católica, pero sin que haya de parte de los periodistas de la revista posicionamientos dirigidos a amplificar esas denuncias. Lo que parece aflorar es cierta tensión entre la posición que asumía Esquiú frente al gobierno –de optimismo expectante– y su pretensión de representar la voz de los obispos, predominantemente crítica del alfonsinismo. Esta tensión podía resultar dramática en un contexto financiero complicado para Esquiú, en el que el apoyo de la CEA se comenzaba a vislumbrar como la única alternativa para mantener a flote la empresa. Nuestro argumento en lo que sigue es que Esquiú intentó resolver esa tensión asumiendo más fielmente los posicionamientos de la CEA, algo que se vio favorecido por el aumento de las discrepancias entre el gobierno y la Iglesia, lo que dejó poco espacio para posiciones intermedias. Sin embargo, cuanto más empeño se puso en llevar adelante esta representación, mayor fue el riesgo de transparentar las disidencias que se escondían tras la imagen de unidad que construía de sí mismo el cuerpo de obispos. Esta dificultad, entendemos, puede explicar las posiciones cambiantes asumidas por Esquiú frente al tema educativo.
Ante la concreción de la convocatoria al CPN, la revista reprodujo las diversas respuestas que circularon en el catolicismo argentino. Inicialmente, predominó la reticencia, y no faltaron obispos que rechazaron la propuesta radical por considerarla un espacio de debate ficticio destinado solamente a convalidar las transformaciones culturales proyectadas en las usinas intelectuales del alfonsinismo. Si bien estas reacciones aparecieron a título individual a través de obispos como Di Stéfano o Antonio Quarraccino, la falta de un enfoque institucional claro les otorgó mayor trascendencia en los medios de comunicación y fueron decodificadas como la “posición de la Iglesia”[19].
En sintonía con las preocupaciones manifestadas por los obispos, desde finales de 1985 y hasta mediados de 1986, la revista publicó una serie de notas firmadas por columnistas invitados bastante críticas del CPN. La primera de las notas fue de Roberto Bonamino, viejo militante católico y director del diario El Pueblo en la década de 1950, quien sostuvo:
advertimos un serio peligro en la realización de este Congreso si en él se determinaran formas pedagógicas que respondieran a un concepto falso de “concientización”, por lo cual se crearan estados de exasperación y se promoviera un rechazo de todo valor trascendente. Si esto ocurriera se pondría en marcha un proceso por el cual, afirmándose en ideologías ajenas a nuestra idiosincrasia, sería capaz de destruir en la mente de los educandos hasta el concepto de Dios, creando generaciones indiferentes a la respuesta cristiana para los problemas que plantea la existencia[20].
En los meses siguientes, la revista publicó otra nota de Bonamino en la que habló de “justificadas inquietudes” y se preguntó si no era mejor una convocatoria restringida. El articulista entendía que
se está haciendo de un problema educativo un problema ideológico […]. Pareciera que este Congreso se inscribiera en un programa de inculturación, es decir del desplazamiento de los valores fundamentales de una cultura basada en los valores del espíritu, no siempre bien realizados, por otros inspirados en ideologías que no se caracterizan por el respeto a la persona humana y a sus libertades esenciales[21].
Esta etapa se cerró con un artículo de Ricardo Manuel de la Torre, subsecretario de Educación durante la dictadura militar, quien criticó los canales de información utilizados por la organización del CPN y alertó sobre la presencia de “laicistas”[22].
La desconfianza que predominaba en estas intervenciones estaba a tono con los reclamos realizados por la CEA en el documento “Construyamos todos la Nación” y con las intervenciones individuales de algunos obispos. Sin embargo, a mediados de 1986, las críticas se atemperaron en lo concerniente al CPN para acompañar en forma entusiasta la campaña que articuló el Equipo Episcopal de Educación Católica, orientada a despertar el compromiso de los católicos.
En el marco de esta campaña, que en primer término se proponía desautorizar las dudas que habían surgido en el catolicismo, el equipo episcopal eligió a Esquiú como medio informativo que se debería utilizar en todas las diócesis para organizar la participación en las asambleas del encuentro educativo. Consecuentemente, la revista asumió un claro compromiso con el CPN y transmitió las orientaciones que provenían de la jerarquía a través de Bianchi Di Cárcano. En junio de 1986 el director de la publicación, Luis Eduardo Luchía Puig, acompañó los reclamos que hacían los obispos en dirección a una mayor participación y aseguró que la revista cumpliría un rol activo despertando la conciencia de los católicos[23]. Poco después, un Abraldes enérgico sostuvo:
el llamado es amplio y todos hemos sido convocados, sin distinción de banderías o diferencias políticas, sociales o religiosas […] el partido lo jugarán los que están en la cancha. La tribuna queda para los mirones. Esos que critican siempre a expensas del sudor y sacrificio ajenos. Por eso el llamado y el alerta. Por eso nuestras páginas al servicio del desarrollo del Congreso y alerta, como atento vigía, ante todo aquel que conspire contra la persona humana y su trascendencia[24].
Además, el semanario publicó los documentos del Equipo Episcopal de Educación, los de la Comisión creada en la Arquidiócesis porteña para alentar el compromiso, ponencias presentadas por participantes católicos y entrevistas a representantes de las asociaciones de padres de colegios privados confesionales que intervenían en las asambleas. Tanto Bianchi Di Cárcano como el obispo auxiliar de Buenos Aires y asesor de la Comisión porteña, Eduardo Mirás, tuvieron las páginas de Esquiú a su disposición para transmitir mensajes movilizadores y nada contemplativos con actitudes tímidas. Asimismo, en octubre de 1986 la revista publicó un suplemento llamado “Cuadernos de Esquiú color”, dedicado al CPN con intervenciones de Abraldes que reafirmaban el llamado participativo y el papel central de la jerarquía:
todos los católicos debemos participar de las deliberaciones, particularmente en las asambleas de base. Lo haremos con juicio, alertas, convencidos, firmes, optimistas, dispuestos a defender nuestra fe y nuestros principios, pero lo haremos […]. Para ello nos sentimos cobijados bajo una Santa Madre Iglesia que es, precisamente, Madre y Maestra por derecho propio. Verdadera pedagoga de los pueblos y docente incalificable a la hora de la enseñanza[25].
En síntesis, frente al debate educativo los obispos le otorgaron relevancia a la revista como correa de transmisión de sus mensajes; desde sus páginas interpelaron al laicado y lo convocaron a participar en los encuentros y movilizaciones que se sucedieron a lo largo de 1986. Sin embargo, esta importancia adquirida por la revista en un contexto de tensiones entre la Iglesia y el gobierno, no parece haber alterado sus problemas económicos. Además, luego de que el divorcio obtuviera media sanción en la Cámara de Diputados en agosto de 1986, esas mismas tensiones descendieron y, con ello, la publicación perdió relevancia para la jerarquía. En este contexto, la familia Luchía Puíg decidió la venta de Esquiú al movimiento eclesial italiano Comunión y Liberación.
La llegada de Comunión y liberación y el cambio de perspectiva, 1987-1989
Comunión y Liberación es un movimiento eclesial italiano surgido en los años 60 del siglo pasado por iniciativa del sacerdote Luigi Giussani, quien, convencido de que el catolicismo estaba siendo marginado en la vida de los italianos, comenzó a proyectar la formación de un movimiento capaz de reaccionar ante ese estado de cosas (Camisasca, 2002: 19). Lo que preocupó a Giussani desde aquel entonces –y que perduró como leit motiv del movimiento– fue la tendencia de los católicos a aceptar formas de vida secularizadas en las cuales la fe solo se expresaba de manera privada (Zadra, 2004: 129).
CL tuvo siempre un interés particular en la educación y fue en ese ámbito donde inició su expansión (Giorgi y Polizzi, 2012). El dato singular de aquellos años 60 no lo aportaron sus propuestas, similares a las de otros movimientos católicos, sino más bien el optimismo y la agresividad con que buscó expandirse entre el estudiantado italiano (Zadra, 2004: 129). Y lo hizo ofreciendo la fe como elemento ordenador de todas las dimensiones de la vida de los individuos (Bova, 2005: 106). Para los años 80, la expansión de CL era notable. Estaba presente en un número creciente de países y había multiplicado sus actividades, llevando el compromiso católico a diversos espacios sociales.
En 1982 CL obtuvo reconocimiento pontificio como asociación laical. De todas formas, las relaciones en el interior de la Iglesia no estuvieron exentas de conflictos y el respeto a la ortodoxia y la autoridad vaticana no impidió los roces con las Iglesias locales, donde el movimiento buscó insertarse. Fue también en los primeros años de la década de 1980 cuando algunos representantes de CL se trasladaron a la Argentina, aunque recién en 1987 lograron la autorización del cardenal Aramburu para actuar en Buenos Aires[26].
La primera gran apuesta de CL en Argentina –o al menos la iniciativa que le dio visibilidad entre los católicos– fue la compra de Esquiú, cuyo perfil transformó rápidamente reproduciendo la imagen disruptiva que el movimiento había forjado en Italia. Es posible sostener, sin exagerar, que el semanario Esquiú tal y como se lo conocía hasta entonces desapareció en el transcurso de unos pocos números. Las notas de actualidad política y económica se redujeron y se insertaron en un marco conceptual mucho más denso, estrictamente articulado por la perspectiva ideológica y teológica definida por el movimiento a través de su fundador Luigi Giussani y de otros referentes, como el filósofo Rocco Butiglione.
En el nuevo registro, las intervenciones de la revista expresaron una fuerte imbricación entre política y religión. Hasta entonces había prevalecido, no sin dificultades, la idea de ámbitos separados y se había proclamado la prescindencia política como una virtud fundamental para llegar a todos los católicos y alinearse con la jerarquía. Así, las columnas de política y actualidad a cargo del periodista Moisés Álvarez Lijó y de Eduardo Luchía Puig no ofrecían rastros demasiado evidentes de lo que podría caracterizarse como una “mirada católica” de la realidad. Incluso en el tema educativo, como vimos, la posición católica fue transmitida por los obispos o por columnistas invitados, mientras que las intervenciones del periodista especializado, Manuel Abraldes, se limitaban a brindar información o reproducir los documentos episcopales. En la práctica, esta era una solución para la diversidad de opciones políticas que se registraban entre los obispos y que la revista no podía ignorar.
Contrariamente, en la nueva etapa prevaleció una concepción integral, en la que la perspectiva religiosa incluía y articulaba una mirada de la política y de cualquier otra dimensión de la vida social. Muchos lectores hicieron llegar sus quejas ante lo que consideraban era una creciente “politización” de Esquiú. Frente a los reclamos, los nuevos responsables de la publicación ensayaron una respuesta que aportó definiciones trascendentes sobre el rol que esperaban ocupar en el escenario político y en el catolicismo argentino:
¿qué es la Iglesia? Ojalá pudiéramos responder con la imagen de un rebaño de corderos mansos que parece inspirar el lamento de nuestra lectora de Campana. No, señora, la Iglesia es una comunidad de personas de carne y hueso, que viven una existencia concreta y real en este mundo concreto y real, y la viven en la fe en Jesucristo, el Señor de la vida y de la historia […]. La fe no se vive en los “remansos”, sino en la vida. Y la vida está hecha de trabajo, luchas, dolores, guerras, violencias, y también de elecciones, paros, crisis económicas, conflictos políticos, y también de deportes, cine, tevé, libros, y miles más de cosas de las que la fe no puede quedar afuera, como algo extraño y ajeno […]. Por eso, nos preocupa –y por supuesto debería preocupar a los pastores de la Iglesia– el hecho de que haya todavía católicos que a la realidad del mundo en que viven la miren con los ojos “de cualquier diario, revista o la televisión”, como confiesan nuestras lectoras de Rafaela y Campana. ¿Hablar con fe o sin fe de lo que hace a la vida humana sería lo mismo? Y entonces, ¿para qué sirve la fe? ¿Quizás para quedarse tranquilo en su propio “remanso”? […] La paradoja de nuestro tiempo es que lo que quiere decir universal y total se volcó a definir algo particular, una porción –lo más angosta y cerrada posible– un rinconcito del mundo en donde grupitos cada vez más chicos de autoexiliados de la sociedad y de la historia imaginan a un Dios que no es por cierto el que se hizo hombre en Cristo y redimió la historia humana […]. Si no hay cambios en lo que se debe y puede cambiar, el futuro que espera al catolicismo argentino será el de la derrota. Una Iglesia marginada, encarcelada en sus “remansos”, que no tiene nada que decir al hombre y nada que oponer al poder[27].
Como señalé en un abordaje previo, CL considera que “la desaparición de la religión de la escena pública y su confinamiento en la esfera privada de los individuos es un dato de la realidad contra el cual el católico está obligado a luchar” (Fabris, 2015b: 102). Desde esta certeza interpelaron e intentaron movilizar a los católicos “detrás de un proyecto que revive muchas de las concepciones del catolicismo integral pero que refleja también las transformaciones en las formas de vivir la religiosidad en las sociedades de finales del siglo XX”. En este sentido, se recupera una concepción integral (Mallimaci, 1995), pero se critican los dispositivos de ese catolicismo integral y la idea de la “nación católica” por su ineficacia y por haber adormecido la militancia de los católicos y conformado a las jerarquías. En síntesis, construyen su identidad apelando, como contracara, a un catolicismo de misa dominical, feminizado, piadoso y desconectado del resto de las dimensiones de la vida.
En esta nueva etapa, la sección educativa del semanario siguió a cargo de Abraldes, pero el formato de sus columnas cambió considerablemente. Si antes se priorizaba la información, ahora sus intervenciones se tornaron más analíticas y la opinión del periodista se expuso con claridad desde los parámetros que marcaba la nueva línea editorial. Según recuerda Abraldes, “te exigían que fueses más profundo y más puntual en los análisis. Y te marcaban la impronta que ellos tenían”[28]. En noviembre de 1987, una de sus notas, sintetizó la nueva perspectiva:
los argentinos tenemos una tradición, una extracción, una génesis cultural y una identidad nacional que, en los últimos tiempos, determinados sectores se han encargado de postergar. Son los impulsores de un proyecto ajeno, extraño a nuestra esencia, sujeto a proposiciones que posponen a Dios y al sentimiento de lo nacional a un segundo plano[29].
Esta nueva línea entroncaba con el nacionalismo católico, que en la región se había remozado a través de intelectuales como Gerardo Farrell, Alberto Methol Ferré o Lucio Gera y la Teología del Pueblo. El prisma desde el cual se observaba la situación en Argentina se conformaba a partir de la certeza de que el catolicismo estaba siendo derrotado y marginado por el secularismo. Desde CL se interpeló a los católicos, atribuyéndoles una cuota de responsabilidad en esa derrota, ya que habían renunciado a dar batalla y se habían adaptado a la privatización de la experiencia religiosa. Alver Metalli, uno de los referentes italianos de CL y fundador del semanario 30 Giorni que este movimiento editaba en Italia, expuso estas ideas con claridad:
no nos dejemos engañar por las apariencias. Hoy se nota a nivel mundial una nueva estrategia laicista. A diferencia de los años setenta, los intelectuales católicos, incluso los “ortodoxos”, o sea los que tienen una identidad bien definida, son bien recibidos en los salones de la burguesía iluminista. Sus “ideas” no producen miedo porque no remiten ya a ninguna realidad […]. Los intelectuales conceden a la burocracia eclesiástica la ilusión de ser una fuerza social, porque sus intervenciones en calidad de “expertos” hallan un eco creciente y a veces son valorados, artificiosamente, por los medios de comunicación[30].
Este fracaso en la formación de laicos realmente comprometidos era atribuido, por lo menos en parte, al sistema educativo confesional, y esta mirada crítica alcanzó también a la participación de los católicos en el CPN. En este sentido, Abraldes se preguntaba si de parte de los católicos no había “más presencia que propuesta”[31]. Esta evaluación fue rechazada por el Consejo Superior de Educación Católica (CONSUDEC) a través de su secretario general, Septimio Walsh, quien contestó que la crítica de Esquiú no era una “premisa demasiado cierta ni abarcadora de la realidad”[32]. La polémica había surgido en diciembre de 1987 cuando, en respuesta a la insistencia de “los amigos del nuevo Esquiú” en la debilidad de la presencia católica en el CPN, el periódico del CONSUDEC sostuvo:
a quienes formulan críticas tan duras […] les pedimos también que adopten actitudes de humildad, la primera de las cuales pasa por la precaución de informarse cabalmente. Porque no es objetivamente cierto que los católicos se limitaron a una presencia reducida y a posturas defensivas en el Congreso Pedagógico[33].
En vísperas del encuentro final del CPN, el optimismo reinaba entre los católicos. Se habían impuesto en la mayoría de los distritos y todo parecía indicar que los principios católicos recibirían un fuerte apoyo en las deliberaciones finales. A contramano de este ambiente triunfalista, un editorial de Esquiú planteó que el CPN tendría efectos limitados sobre el sistema educativo. El editorialista recordó que las conclusiones del CPN no tendrían otro valor que el de ofrecer sugerencias y orientaciones a los diputados y senadores. Era un debate “sin valor político real”, aunque válido como experiencia participativa[34].
Concluido el CPN, la educación siguió siendo un tema de debate en las páginas de Esquiú. Desde la perspectiva de la revista, se trataba de un espacio fundamental, donde se debían combatir los intentos sistemáticos de transformar la cultura del país a través de proyectos “extranjerizantes” que desconocían el “ethos” propio del pueblo argentino, fundamentalmente católico. El alfonsinismo y algunos sectores intelectuales vinculados al presidente fueron señalados como responsables de esos proyectos transformadores. A diferencia de la etapa previa, el peronismo se volvió un interlocutor privilegiado.
El énfasis del semanario estuvo puesto en una lectura de la esencia identitaria del pueblo, el “ethos”, que comenzó a poblar las notas:
ningún “valor” puede sustituir a una identidad […]. Y cuando la identidad no es reconocida y actualizada los pueblos se convierten en objetos de la peripecia histórica. Pero ninguna identidad es opcional. Tampoco la Argentina que se define a partir de un claro “ethos” fundador. De allí el error del discurso iluminista, que desconoce –o privatiza– la experiencia específica de tal “ethos”, y por ello debe recurrir reiteradamente a la violencia o a la intoxicación propagandística para imponerse[35].
A lo largo de 1988, en la sección educativa imperó este discurso. Abraldes entrevistó a Aníbal Fosbery, rector de la Universidad Católica del Norte “Santo Tomás de Aquino” y flamante presidente del Consejo de Rectores de Universidades Privadas. Ya desde el título se planteaba un interrogante a tono con el perfil que había asumido la revista: “La Argentina: ¿un coto de caza?”. El entrevistado sostuvo que existía una “propuesta de modernización que responde en forma evidente a una entrega del país a los grandes poderes plutocráticos e ideológicos”[36].
Cuando se entrevistó a Benicio Villareal, presidente de la Confederación de Padres de Familia de Colegios Católicos, la nota también llevó un título sugestivo: “Los ladrones de nuestra identidad”. En esta oportunidad, Villareal sostuvo que se estaban “viviendo episodios de una especie de proyecto para cambiar nuestras raíces culturales”[37]. La articulación de un discurso monocorde se completó con una entrevista de Abraldes al dirigente peronista Orlando Aguirre, ministro de Educación de Formosa y vicepresidente del Consejo Federal de Educación, con quien el periodista coincidió en la existencia de un proceso de “transculturación […] porque la raíz ideológica del gobierno en cuanto a sus diversas políticas, no sólo la educativa, tiene una extracción internacionalista o transideológica”[38].
En la lectura de la revista, el avance de los planes de transformación cultural no solo tenía a favor la falta de compromiso de los católicos, sino también la actitud de la propia jerarquía eclesiástica y la debilidad de las instituciones confesionales. Según el planteo que, con formato de pregunta, le realizó Abraldes al obispo Bianchi Di Cárcano, ante la amenaza del “secularismo”, “¿No habría una debilidad en el esfuerzo de la Iglesia por brindar una formación que permita al joven responder a estos embates? […] ¿Por qué pareciera no aprovecharse el sustrato católico de los argentinos?”[39].
Esta crítica se profundizó en un artículo del sacerdote italiano César Zaffanella, en el que sostuvo que
la crisis […] en la educación católica no está tanto en el proyecto como en el sujeto educador […]. El primer aspecto del drama lo encontramos en la persona del educador. No es que le falte preparación, experiencia, competencia. Pero todo esto es como una cáscara ¿y el contenido? Dentro, muchas veces, se encuentra el vacío, la decepción, la amargura. O bien una tranquilidad superficial, que ignora el problema. Esto sucede cuando la fe no llega a ser substancia, savia vital, forma de la persona. Existe, pero no ha crecido, de tal manera que lo que queda es tan sólo una reducción un poco sentimental o moralista de la misma[40].
La nota de Zafarella es importante porque se trata de uno de los principales representantes de CL en Argentina. Había llegado al país en 1984 por intermedio del entonces obispo de Avellaneda, Antonio Quarraccino. Más tarde, Zaffanella sería Vicerrector del Seminario de la ciudad de La Plata, director del Departamento Superior de Teología y Capellán de la Universidad Católica de La Plata[41].
En resumen, la nueva línea editorial de Esquiú situaba la educación en un punto neurálgico, en el que se expresaban las disputas por definir el perfil cultural del pueblo. Entonces, era una prioridad que los católicos abandonaran la pasividad y se movilizaran para reconquistar ese espacio. Ese objetivo sólo se podía alcanzar a través de un movimiento enérgico capaz de aprovechar la religiosidad popular y situar a la religión en el centro de la experiencia cotidiana. Para lograr esta movilización, se requería de una formación intelectual, que CL asumió como tarea prioritaria. Desde su perspectiva, era en la supuesta debilidad intelectual de los católicos donde se comenzaba a consumar su derrota. Sin esta formación, era imposible despertar, articular y dirigir el compromiso católico del pueblo.
En 1989 se cerró una etapa en la política argentina con el triunfo de Carlos Menem en las elecciones de mayo. En cuanto a Esquiú, inició su último período de circulación, brindando su apoyo al candidato justicialista. Las alusiones al “Pueblo”, a la “Nación” y a la pacificación que poblaban los discursos de Menem, sedujeron al semanario. Desde su óptica, se iniciaba un período favorable para retornar a las fuentes de la nacionalidad de las que habían apartado al país la sucesión de gobiernos reactivos al fermento cultural de los argentinos (Fabris, 2016b, 2017).
Reflexiones finales
La cuestión educativa en los años 80, tal como la abordamos en este trabajo, nos permitió acercar a uno de los núcleos problemáticos en torno al cual la Iglesia y el gobierno de Alfonsín expusieron sus diferencias en el marco de un proceso de reconstrucción de la democracia incierto y disputado. Al mismo tiempo, por la propia movilización de las instituciones confesionales, el laicado y los diversos actores católicos –especialmente en torno al CPN–, representa una puerta de ingreso privilegiada a esa configuración compleja y cruzada por debates y luchas de poder que es la Iglesia católica.
El recorrido propuesto se centró en Esquiú, una de las revistas católicas que más llegada tenía al laicado. En sus páginas, identificamos una primera etapa –mientras Esquiú fue propiedad de la familia Luchía Puig–, en la que prevaleció un esfuerzo por representar la voz de los obispos y alinearse con las posiciones del Episcopado. Así, a pesar de que el semanario vio con buenos ojos el triunfo de Raúl Alfonsín, la revista estuvo a disposición de los obispos para transmitir mensajes críticos frente a la apertura política asociada a la primavera democrática. En relación al CPN, esta postura se expresó en denuncias sobre planes de transformación cultural y desplazamiento de las instituciones católicas. Cuando la CEA decidió alentar la participación católica en el debate educativo, “dar batalla” y poner a sus organismos a la cabeza de la campaña para despertar el entusiasmo de la comunidad, Esquiú se convirtió en una herramienta de peso. Desde la jerarquía católica, no se ignoraba la presencia de Esquiú en las parroquias y en los colegios, donde se presentaba como la “buena prensa” dirigida a toda la familia. Sin dudas, Esquiú cumplía, junto a otros medios, un papel importante estrechando los lazos entre la jerarquía y los fieles. Desde la óptica de la revista, asumir esta función le podía devolver el reconocimiento entre los laicos en un contexto en que estos parecían darle la espalda.
En la segunda etapa considerada, cuando la revista pasó a manos del movimiento CL, observamos un contraste claro. El cambio se registró en las coordenadas ideológicas desde las cuales se interpretó el lugar de la Iglesia en la sociedad argentina. El énfasis en la recuperación de un “ethos” cultural que entroncaba con la Teología del Pueblo ordenó las intervenciones de periodistas, nuevos o que continuaban de la gestión anterior, como fue el caso del columnista encargado de los temas educativos. Pero de la mano de este encuadramiento, el cambio también se manifestó en la concepción sobre la jerarquía eclesiástica y su lugar dentro de la Iglesia. Entonces, desapareció el alineamiento irrestricto con la jerarquía y se asumió al catolicismo como un campo de disputas en el cual CL pretendía intervenir contando con Esquiú como un instrumento para lograr visibilidad.
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- La primera incursión de Luis Luchía Puig fue a nivel parroquial con una modesta revista llamada Horizontes. A esta le siguió La Novela del Día, Aconcagua y las editoriales Bayardo y Propaganda Moderna. El proyecto más exitoso fue la editorial Difusión, que se encargó de editar libros de autores católicos y de ubicarlos en el mercado a precios populares. Beneficiada primero por la Guerra Civil Española y luego por la Segunda Guerra Mundial, que impedían el normal flujo de libros desde el viejo continente, la editorial creció en los años 40, llegando a abrir sucursales en Chile, Perú y Colombia (Álvarez Lijó, 1981: 114; Luis Eduardo Luchía Puig, comunicación personal, julio de 2011).↵
- Citado en Álvarez Lijó (1981: 159).↵
- Luis Eduardo Luchía Puig, comunicación personal, julio de 2011.↵
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- Luis Eduardo Luchía Puig, comunicación personal, julio de 2011.↵
- Para un análisis más exhaustivo de la convocatoria y el desarrollo del CPN, véase Fabris (2011), cap. VI.↵
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- Catalina Nosiglia, comunicación personal, marzo de 2010.↵
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- De la Asamblea Nacional participarían 300 delegados distribuidos de la siguiente manera: Capital Federal 22, Buenos Aires 67, Catamarca 7, Córdoba 19, Corrientes 10, Chaco 10, Chubut 7, Entre Ríos 11, Formosa 8, Jujuy 8, La Pampa 7, La Rioja 7, Mendoza 13, Misiones 9, Neuquén 7, Río Negro 8, Salta 10, San Juan 9, San Luis 7, Santa Cruz 7, Santa Fe 20, Santiago del Estero 9, Tucumán 11 y Tierra del Fuego 7. Congreso Pedagógico Nacional (1988). Pautas de Organización del Congreso Pedagógico. En Informe de la Asamblea Nacional (p. 20-21). Ministerio de Educación y Justicia.↵
- Por lo pronto, podríamos decir que ninguna imagen demasiado taxativa resultaría útil para caracterizar a un gobierno como el de Alfonsín, en el cual, ya sea en términos de las políticas desplegadas o de los funcionarios que pasaron por puestos más importantes, predominó la diversidad y los cambios a lo largo de la gestión. En relación a la construcción de la laicidad, en otro lado (Fabris, 2011) señalamos que en la posición asumida por el gobierno frente al debate sobre el divorcio vincular se podía registrar esa convivencia entre actitudes más a tono con una perspectiva “laicista” y el reconcomiendo de la Iglesia como interlocutor político. ↵
- ¿Atacan a la escuela católica? (13 de mayo de 1984). Esquiú, (1255), 8.↵
- Egresado de la escuela del Círculo de Periodistas Deportivos, Abraldes se incorporó al staff de Esquiú a principios de la década de 1960. Pasó por varias secciones incluyendo la de deportes y la de cine donde compartía labor con “El Sensor”, Miguel Paulino Tato. Más tarde, aprovechando que era docente y que había realizado una licenciatura en educación, comenzó a escribir notas sobre el tema educativo y diversas problemáticas juveniles. Manuel Abraldes, comunicación personal, enero de 2012.↵
- CEA (1989). Construyamos todos la Nación. En Documentos del Episcopado Argentino 1984 (p. 208). Oficina del Libro.↵
- CEA (1989). Construyamos todos la Nación. En Documentos del Episcopado Argentino 1984 (p. 208). Oficina del Libro.↵
- ¿Ideologización de la enseñanza? (9 de diciembre de 1984). Esquiú, (1285), 4.↵
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- En la prensa, especialmente cuando se trata de medios de información general, es bastante habitual que las declaraciones de algún actor específico, individual o colectivo, aparezcan bajo títulos como “se pronunció la Iglesia”, “la Iglesia se expresó”, etc.↵
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- Bonamino, Roberto (2 de febrero de 1986). Congreso Pedagógico ¿Para quienes? Esquiú, (1345), 8 (resaltado en el original).↵
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- Abraldes, Manuel (20 de junio de 1986). Los católicos ante el Congreso Pedagógico. Esquiú, (1366), 14.↵
- Abraldes, Manuel (5 de octubre de 1986). Congreso Pedagógico: participación y Fe. Esquiú, (1380), 31. Vale aclarar que el compromiso que asumió Esquiú con la jerarquía eclesiástica en el debate educativo se replicó también en la discusión del divorcio vincular y en la defensa de la actuación de la Iglesia en el pasado reciente. En torno al primer tema, ya en el final de la dictadura se evidenció un crecimiento de las notas sobre la familia y el divorcio y de las intervenciones de Emilio Ogñenovich, obispo de Mercedes y responsable del Secretariado para la familia del Episcopado. Durante un tiempo la revista publicó un suplemento especial dirigido por el propio Ogñenovich y en la etapa de mayor tensión con el gobierno de Alfonsín, Esquiú fue una verdadera trinchera antidivorcista. En cuanto al rol de la Iglesia en el pasado reciente, si bien en los primeros meses de 1984 los editoriales de la revista dieron cierto aval a la llamada “teoría de los dos demonios”, cuando en el debate público crecieron las críticas a algunos sacerdotes y obispos, Esquiú ofreció una defensa cerrada de la institución y de sus hombres (Fabris, 2015a). ↵
- Sobre Comunión y Liberación en Argentina, véase Fabris (2015b, 2016a y 2016b).↵
- El “Esquiú” politizado y los corderos mansos (5 de junio de 1988). Esquiú, (1466), 47-48.↵
- Manuel Abraldes, comunicación personal, enero de 2012.↵
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- Abraldes, Manuel (27 de diciembre de 1987). Las conformidades del Pedagógico. Esquiú, (1444), 10-11.↵
- Abraldes, Manuel (27 de diciembre de 1987). Las conformidades del Pedagógico. Esquiú, (1444), 10-11.↵
- “CONSUDEC” replica a “Esquiú” (3 de diciembre de 1987). Boletín AICA, (1615), 10. Posiblemente, a raíz de este cruce, Abraldes caracterizó, en tono conciliador, a los católicos que participaron como una “mayoría sacrificada, firme en sus convicciones, templada al calor y a la pasión desmedida de la agresión y la burla, paciente para hacerse escuchar y hacer valer su opinión”. Abraldes, Manuel (28 de febrero de 1988). Debate pedagógico en la recta final. Esquiú, (1452), 12-13.↵
- El mayor juez es el hombre (6 de marzo de 1988). Esquiú, (1453), 3. ↵
- Pueblo nuevo en la historia (2 de octubre de 1988). Esquiú, (1483), 3.↵
- Abraldes, Manuel (26 de junio de 1988). La Argentina: ¿un coto de caza? Entrevista a Aníbal Fosbery. Esquiú, (1469), 29. ↵
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