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3 El lugar del cuerpo

Cuerpo tocado, tocante, frágil, vulnerable, siempre cambiante, huidizo, inasible, evanescente ante la caricia o el golpe, cuerpo sin corteza, pobre piel tendida en una caverna donde flota nuestra sombra…
Jean-Luc Nancy (2007: 33)

Lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir, boluda.(Hugo, 19 años)

Comienzo este capítulo presentando tres consideraciones preliminares: los cuerpos no son interpretados ahistóricamente; se deja de lado una concepción de los mismos cercana a la objetualización, y son pensados como cuerpos vivos. Resumido en palabras de Graciela Frigerio, el cuerpo es una “superficie que sostiene las representaciones, envuelve los afectos, deja que se inscriban las sensaciones como letras visibles e invisibles que abandonan sus marcas en la piel” (Frigerio, 2006: 34). Después de haber puesto en palabras lo anterior, doy paso al inicio formal del mismo.

En primer lugar, los cuerpos son vividos por cada sujeto dentro de una cultura determinada que va cambiando a través del tiempo y sus prácticas (Turner, 1984). Por eso, tal como expliqué en el primer capítulo, los cuerpos son procesos sociohistóricos nunca acabados. En segundo lugar, no son reductibles a un aspecto físico-anatómico porque los cuerpos se van configurando en relación con los individuos, máquinas, dispositivos, lógicas del mercado (Haraway, 1991), consumos (Pedraza, 2009), con los cuales interactúan. En tercer lugar, si bien yo tengo un cuerpo, el cual a través de las nuevas tecnologías amplía su espacialidad (Haraway, 1991), también soy un cuerpo (Turner, 1984). Esto significa que mi cuerpo es una presencia inmediata vivida, que varía, más que un mero entorno extraño y objetivo.

En los tiempos actuales, el cuerpo es un lugar particularmente tenso y uno de los campos de batalla preferidos de la modernidad (Kaplún, 2004). Los mismos son umbrales (Grosz, 1994) en los cuales se inscriben diversos binarismos y oposiciones, dentro de los cuales se encuentra la tensión entre la violencia y el amor. Esta tensión genera efectos sobre los cuerpos, en especial sobre la frontera del cuerpo: la piel (Nancy, 2007), donde dicha tensión entre el adentro y el afuera se expresa.

Los cuerpos en tanto son cuerpos vivos (Grosz, 1994; Butler, 2002) tienen la capacidad de ser afectados y de afectar. Esto lleva a que ciertas prácticas, tanto del orden de lo amoroso como de lo violento, o de uno de los miembros de la pareja sobre el otro, impacten generándoles efectos diversos que pueden ir desde la excitación y la risa hasta el malestar físico o el llanto.

Tomar en consideración la premisa de que los cuerpos afectan y se dejan afectar el alma (Frigerio, 2006), admite pensarlos como cuerpos abiertos tensionados desde diferentes frentes (Nancy, 2010). “Los sujetos no llevan una vida según el movimiento de los cuerpos celestes, sino, como lo sostiene Max Dorra (2005: 33), según los movimientos que producen en nosotros los sucesivos encuentros que tejen parte de nuestra vida cotidiana” (Frigerio, 2006: 39). Esto permite poner en el centro del análisis los sentimientos, acciones y sufrimientos de los seres humanos (Van Dülmen, 2000), y aquí la corporalidad juega un papel predominante ya que a partir de la misma los amantes se relacionan, se comunican intensamente transgrediendo lo esperado tanto del orden del amor como de la violencia (Bataille, 2000, 2010), y alcanzan el goce (Badiou, 2012).

Desde estos conceptos teóricos, en este capítulo indago en las representaciones, prácticas e interacciones que involucran a la corporalidad en relación con la violencia y el amor. Comienzo abordando la corporalidad en vínculo con la violencia y luego en relación con el amor. Para luego analizar escenas donde se ponen en juego los tres conceptos: amor, violencia y cuerpo.

En esta investigación coloco el eje de la corporalidad en un capítulo específico no con la finalidad de reproducir el dualismo cuerpo/mente, sino para poder ponderar la corporalidad como un eje de análisis con igual dimensión que la violencia y el amor.

3.1. Corporalidad y violencia

María Luisa Femenías (2009) explica que las situaciones donde hay violaciones, golpes e incluso muerte pueden ser tipificadas como maltrato físico explícito. En la Ley 26.486 se considera a la violencia física como aquella que se emplea contra el cuerpo de la mujer produciendo dolor, daño o riesgo de producirlo. Sin embargo, no debe pensarse que sólo la violencia sobre la superficie corporal es violencia física, la violencia psicológica y verbal también afecta y modifica el registro emanado de los sujetos (Goffman, 1971). Los cuerpos son cuerpos vivos que afectan y son afectados, son cuerpos “tironeados” en sus diferentes interacciones.

En el siguiente apartado llevo a cabo una descripción y análisis sobre la gestualidad[1] o registro emanado (Goffman, 1971) en las interacciones de pareja, donde hay escenas emparentadas al concepto de violencia de género que propone Femenías (2008) y a las representaciones que poseen los jóvenes sobre el cuerpo vinculado a la violencia. Esta propuesta se adecua a la segunda parte del objetivo general de esta investigación: comprender los efectos de las dinámicas de la violencia y el amor en los cuerpos.

3.1.1. La gestualidad violenta

En este apartado examino las prácticas, discursos e interacciones que poseen los jóvenes en relación con la violencia y el cuerpo, para poder ir sumando elementos que me permitan, por un lado, abordar el objetivo de estudiar la percepción de los jóvenes respecto de la violencia en sus cuerpos; y, por el otro, comprender los efectos de la violencia sobre los mismos. Diferentes expresiones corporales se hacen presentes en el momento en que los/entrevistados/as discuten con sus novias o novios. Las mismas fueron observadas durante las entrevistas a las parejas, en todas las cuales hubo al menos una discusión; o fueron descriptas a partir de preguntas que les fui realizando sobre la gestualidad durante las escenas de discusión y/o conflicto.

En primer lugar, analizo la mirada dentro de la gestualidad de los amantes tomando como premisa, tal como explicité en la introducción de este capítulo, que no sólo tengo un cuerpo sino que soy un cuerpo, es decir que soy una presencia inmediata vivida (Turner, 1984) y por ende afectada por otros (Frigerio, 2006). En pocas palabras, somos cuerpos vivos (Grosz, 1994; Butler, 2002) que, desde un espacio supuestamente tan inmóvil como la mirada, generan efectos.

Gabriela: La agresividad para mí es algo más de la carita de mierda, el gestito de… eso para mí ya es un toque más agresivo, corte que garca, de que me está queriendo provocar y quiere que no sé, para mí es más eso […]. Hay caritas, obvio, pero porque por ejemplo el otro día se cortaba el pelo y casi lo mato porque la verdad que me daban ganas de matarlo…

Las miradas, las “caritas” en este fragmento responden a una hexis corporal (Bourdieu, 1991) mediante la cual circulan signos vinculados a lo violento. La “carita de mierda” de él, descripta en la escena cuando ella le corta el pelo (página 92), despierta en Gabriela “ganas de matarlo”. En esta interacción, en tanto son cuerpos vivos (Grosz, 1994; Butler, 2002), la mirada desafiante de él la provoca y le genera efectos.

La provocación que es respondida también violentamente a través de insultos por parte de ella permite pensar dos aspectos: primero, la interacción existe como violenta en tanto hay dos que mantienen la interacción (Goffman, 1971; Osborne, 2008), y segundo, la mirada como una forma de violencia porque, aunque es silenciosa, en tanto no tiene un registro verbal (de palabra), es un modo de comunicar y demostrarle al otro disconformidad y amedrentamiento. Tal como explica Nancy (2007), los cuerpos son fuerzas abiertas y por ende tensadas ante la acción que realiza un otro.

En segundo lugar, una gestualidad recurrente en las entrevistas son los gritos e insultos como modo de expresión de descontento durante las discusiones. Estos gritos e insultos vienen acompañados de determinados posicionamientos y gestos de los cuerpos de los jóvenes. El movimiento de manos como marca de vehemencia y de convergencia es una modalidad que utiliza de forma involuntaria Darío.

E.: ¿De qué otras formas se expresa tu cuerpo?

Darío: No sé, se lo planteo un poco más o sea si se lo planteo le digo. Yo hago mucho con las manos. Y como que ahora estoy hablando así, yo se lo digo como más como que con las manos hago como un poco más fuerte.

E.: Más gestos, más fuertes.

Darío: Claro, sí.

E.: ¿Cómo son esos gestos? ¿Cuáles son?

Darío: Y no sé, que le nombro algo, cuando estoy nombrando algo que le digo, cuando nombro algo o nombro varias cosas digo.

E.: ¿Como con la mano así?

Darío: Claro, “ta ta ta”. Y cuando estoy enojado si nombro algo se me ocurre, porque no me acuerdo si pasó o no, un poco más marcado.

Durante el transcurso de la entrevista, cuando relata escenas donde discute con su novia, como por ejemplo la de la graduación citada en el segundo capítulo, comienza a hacer una serie de ademanes con sus manos marcando puntualmente qué es lo que le afectó, pone rígido su torso, levanta una ceja y una mano para arriba. Este malestar lo manifiesta ante la siguiente pregunta:

E.: Todas estas cosas que suceden cuando discuten, ¿vos las catalogarías como violentas?

Darío: No, para nada […].Lo aminora con una sonrisa y volviendo a colocar sus manos en una posición relajada.

La cara seria, tal como nombra Darío, es una gestualidad que aparece en el momento de las discusiones. 

E.: Cuando vos te enojás, ¿hacés ademanes con el cuerpo o ponés la cara rígida?

Darío: No, pongo la cara seria, no te voy a hacer una sonrisa ni de casualidad, no ves una sonrisa ni de casualidad.

Esta sensación de tensión en la cara, en el caso de Hugo, quien ha hecho boxeo, se le refleja en todo el cuerpo. Dice al respecto Tamara.

Tamara: Y Hugo se pone así como te dije, como si fuera a entrenar.

E.: ¿Qué es como si fuera a entrenar? ¿Qué significa?

Tamara: Y a vos cuando vas a entrenar para pelear lo primero que te enseñan es tipo poner todos los músculos duros de todo el cuerpo, de todo el cuerpo a la vez.

Algo similar le sucede a Daniela en los momentos en que siente incomodidad. Daniela: Como dura ¿viste? Como no. Tensa, así como, como a la defensiva.

En relación con la tensión sobre el cuerpo debido a discusiones, en primer lugar analizaré escenas en las cuales esa tensión se refleja en un distanciamiento del otro. Juan y María cuando pelean prefieren no hablarse.  

E.: ¿Qué hacés cuando tenés bronca?

Juan: No, me la aguanto y…

María: No me habla.

Juan: Sí. Te digo me voy a dormir y…

María: Igual a él se le pasa re rápido.

E.: ¿Vos cuando sos celosa cómo sos?

María: Yo también le hablo re cortante, pero por varios días.

En el caso de Gustavo, ante el enojo se aleja como modo de menospreciar a su novia, la ignora y le hace sentir como si fuese una persona cualquiera; es decir que le niega las interacciones y gestualidades permitidas dentro de su noviazgo, como por ejemplo besarse.

E.: ¿Ella lloraba y vos qué le decías?

Gustavo: La trataba como si fuera una mina, una mina más.

E.: ¿Qué le decías?

Gustavo: Por ahí me quería dar un beso y le decía que no, que qué hacía. Como si una mina ahora se acerque y le digo “no, flaca, ¿qué hacés?”, cosas así, la traté como si fuera una mina más.

Estas situaciones no se resolvieron a través del diálogo, como debería ser bajo los principios del amor no alienado que teoriza Camarera Luhrs (2010), sino que fue a través del distanciamiento corporal. Este distanciamiento pone en cuestión el estar cerca del otro y tocarse, que son prácticas cotidianas e importantes en las pautas de cortejo e interacciones de las parejas (Badiou, 2012), tal como señalaré en el apartado 3.2.

Este alejamiento es el resultado de un encadenamiento de situaciones de carácter conflictivo. Miremos ambos casos: alguno de los miembros de la pareja falla a los principios que sustentan su amor: no salir con varones / no mentir en el juego de decirse si les gusta alguien más. Los celos, el rechazo, el “hacerle pisar el palito al otro” (violencia psicológica) son prácticas violentas en términos de Femenías (2007). Esta interacción lleva a una discusión, se hace una escena (Barthes, 2001) en la cual, en estos casos, tendrá la última palabra no quien llore, sino quien tolere más tiempo rechazando al otro, tema analizado en el segundo capítulo. La velocidad (Barthes, 2001) e intensidad de la escena (Bataille, 2010) estará marcada por quien tolere estar más rígido corporalmente y distante del cuerpo del sujeto amado, entendido como entorno, en términos de Turner (1984).

En tercer lugar, el llanto es una expresión corporal que funciona como límite en el transcurso de ciertas discusiones. Este tipo de expresión corporal se visualiza en las mujeres. En ninguna de las entrevistas se hace referencia a que uno de los varones lloró, sino que son ellas, mediante su llanto, que ponen fin al conflicto y abren paso a su resolución a partir de un abrazo o un beso como mostraré en el punto 3.3 de este capítulo. En el caso de Joaquín con su pareja, ella tiene celos de que él tenga una amiga con quien toca el piano; esto le genera diferentes discusiones y cortes temporales de pocos días en la relación. Esta escena (Barthes, 2001) comienza con ella tirando a la basura fotos de ambos, asociadas a momentos de amor de la pareja. Él como respuesta, como modo de “tener la última palabra” en ese escenario, toma las fotos que ella tiró y las rompe. El desenlace y final de la discusión fue ella llorando.

E.: ¿Hubo gritos?

Joaquín: No hubo gritos pero medio que piró.

E.: ¿Por qué?

Joaquín: Porque me empezó a tirar unas cosas que tenía, unas fotos.

E.: ¿Qué tipo de fotos?

Joaquín: No, unas fotos que tenía pegadas ahí en un corcho en el cuarto, las tiró. Yo las agarré y las rompí y ahí se puso a llorar.

El llorar y pedir perdón son formas de salvación de la cara (Goffman, 1970, 1971) que permiten volver al equilibrio. El equilibrio es para el autor un tipo importante de trabajo de la cara, pues por medio de éste la persona domina su malestar y el que provocó en otros.

Hasta ahora he abordado diferentes gestualidades ante las discusiones: miradas, gritos e insultos, llanto, posiciones y gestos que involucran tanto el distanciamiento del otro como el mayor movimiento de las manos y la cara seria. Ahora analizaré específicamente tres casos de acercamiento de los cuerpos en el momento de la discusión: golpes contra la pared, en la cara y con objetos al otro miembro de la pareja, y empujones. Todos ellos pueden ser interpretados como expresiones corporales que les permiten a los/as entrevistados/as lograr una mayor comunicación o comunicación fuerte en términos de Bataille (2000) y Campillo (1996).

Comenzaré por los golpes contra la pared. Esta gestualidad aparece en las entrevistas a varones: Pedro, Hugo y Germán; en el caso de mujeres, sólo en Lara. La misma se manifiesta por bronca o impotencia.

Pedro señala a lo largo de la entrevista que uno de los problemas más recurrentes con su novia es que ella, ante una discusión o crítica, llora. El hecho de que ella llore, como comenté con anterioridad, lo hace sentir culpable, no obstante él sabe que eso es una práctica de ella para hacerlo sentir culpable y dejarlo “maquinando”. Esa práctica puede ser catalogada como violencia psicológica de ella hacia él (Osborne, 2009). Sin embargo, aunque él se enoje con ella porque llora habitualmente, se enoja consigo mismo por haberle provocado el llanto. Es por esta razón que le pega una piña a la pared: para no pegarse a sí mismo.

Pedro: “Entonces te ponés a llorar y yo no te puedo decir nada nunca porque te ponés a llorar al toque y no te puedo decir nada”, y ella se ponía peor pero más que nada sentía enojo, no con ella, sino más enojo conmigo tipo haber ocasionado que ella se ponga así y no haber esperado a estar un poquito mejor para decirle las cosas y estaba enojado conmigo y obviamente no me iba a pegar una piña a mí (risas), entonces fue una piña a la pared.

La violencia que ella le forja es respondida por él también mediante una hexis violenta que marca un límite en lo tolerable como discutible en su relación. Ella, luego de ese golpe de puño contra la pared, comenzará a tranquilizarlo a partir del diálogo y así se recompondrá el vínculo.

En el caso de Hugo, con su novia Tamara tienen una relación con escenas de gran intensidad (Bataille, 2010), tanto a nivel conflictivo como amoroso. Este contexto de intensidad habilita a la pareja a la experimentación de situaciones donde se hiere al cuerpo. Sobre la piel de él, cortada por el golpe, se expresa la marca que simboliza o condensa esa situación de violencia. Dejándose afectar (Grosz, 1994; Butler, 2002) por su relación con su novia, su cuerpo abierto se lastima la piel hiriéndose y expresa a partir de golpearse la bronca que le sucedía a nivel interno (Nancy, 2007). 

Tamara y Hugo, en una discusión porque a ella se le rompió un objeto y lo culpó a él sin razones, comenzaron a insultarse. Esto derivó en que ella lo empujara en reiteradas oportunidades –lo cual es considerado como violencia física (Velázquez, 2006) ejercida por una mujer (Osborne, 2009)–, ante lo cual él se golpeó la cabeza contra la pared, que es una expresión corporal violenta que expresa bronca. El resultado fue que él se hizo un tajo en la frente por el que tuvo que ir al hospital.

E.: ¿Qué le pasó a Hugo?

Tamara: Se dio la cabeza contra la pared.

E.: ¿Peleando con vos?

Tamara: Sí, pero lo hizo a propósito y se le abrió, le quedó un tajo así.

E.: En la frente.

Tamara: Aparte hizo así, un chorro de sangre, no sabés.

E.: ¿En qué contexto fue eso?

Tamara: En una discusión porque a mí se me había roto algo y yo le echaba la culpa a él porque se me había roto, porque yo estaba con él, y yo lo tiré. Lo culpé, le dije ves mirá lo que me hiciste hacer, no sé qué. Y era algo que me re gustaba a mí, no me acuerdo qué era. Pero estábamos re discutiendo y lo re bardeé, tipo mal mal, lo empujaba, de todo.

E.: ¿Qué le dijiste? ¿Vos lo empujabas?

Tamara: Sí. No, no me acuerdo qué le decía, pero esa discusión fue heavy, imaginate que pasó lo de la cabeza. Y nada, y se dio la cabeza contra la pared, así, bien de lleno, nunca en mi vida vi algo así.

E.: ¿Después de eso cómo se amigaron?

Tamara: Y nada viste, es como que las peleas grandes no se hablan, porque si no, ¿cómo lo arreglás? No es normal lo que pasó.

Ella termina diciendo que sobre esa pelea fue mejor no hablar, la resolución no se dio a partir del diálogo como fue en el caso de Pedro. La entrevistada no reconoce lo que sucedió dentro de los parámetros de lo aceptado en su vínculo homogéneo de pareja (Bataille, 2003).

Daniela posee una relación posesiva y de celos con su novio, tal como se mostró en el segundo capítulo. Ella es crítica en diferentes situaciones sobre la familia de su novio y se lo hace saber. Durante el transcurso de dos entrevistas que le realicé, comentó que ejerce violencia psicológica contra él, pero aunque lo enuncie como algo negativo lo comenta con risas y hasta parece darle un componente lúdico a su interacción con Germán. Por ejemplo, en algunas discusiones, cuando ella lo violenta psicológicamente afectándolo (Grosz, 1994; Butler, 2002), se gritan y él le da golpes de puño a la pared, que es un gesto violento, a lo cual hace referencia con risas.

Daniela: Él es de pegarle a las cosas. Se enoja y es de darle a la pared (risas) o hace esas cosas. Yo no tanto. Yo capaz me saco y no me pongo a pegarle a las cosas porque no me sale.

E.: ¿Y en qué situación, por ejemplo, le pegó a la pared?

Daniela: Cuando se peleó fuerte conmigo.

E.: ¿En qué situación?

Daniela: Una vez que nos peleamos por cada boludez. Yo las pienso ahora son re taradas y en el momento es como que me re molesta y le hago la vida imposible. Por ejemplo una vez yo le había regalado un perfume y una musculosa y resulta que voy a la casa y la musculosa la tiene, la perdió y el perfume no está […]. Resulta que el perfume al final se lo había usado el papá entonces yo empecé a bardear y le dije “para qué dejás las cosas tiradas si sabés que tu papá te las usa y te las gasta y tu hermano que te saca la musculosa, que te saca toda la ropa” qué sé yo. Nos empezamos a re putear. Encima él se sintió re mal por haber perdido las cosas que yo le regalé (risas) y ahí es cuando se saca y no sabe qué decir y como que se siente mal y se enoja y es una como una mezcla de todo.

Se desprende de todos los testimonios que las pautas de noviazgo (Cosse, 2009) socialmente establecidas no permiten la experiencia (Scott, 1992) de la violencia física de varones hacia mujeres. En las representaciones de la violencia, como expliqué en el segundo capítulo, la violencia física (Velázquez, 2006; Femenías, 2009) es impensable de varones hacia mujeres por los/as entrevistados/as, aunque algunos, como por ejemplo Darío y Diana, entiendan que todo tipo de violencia –no importa quién la ejerza– es un acto de violencia.

En relación a los golpes de varones contra los cuerpos de las mujeres no hay ningún caso, aunque sí aparecen en las entrevistas escenas donde golpean a paredes u objetos, que son formas de amenaza y generan amedrentamiento. Por su parte, retomando la idea inicial de que las mujeres también pueden ser perpetradoras de violencia (Osborne, 2009), lo que sí se observa en las entrevistas son dos casos, el de Daniela y el de Tamara, en los cuales las mujeres les pegaron a sus novios en contextos de discusión.

En el caso de Daniela, en las peleas con su novio se gritan, él le ha pegado a la pared, como comenté con anterioridad, y hubo un episodio donde ella le pegó a él con un objeto. Comenzaré introduciendo la escena. Daniela, aunque es confidente con su mamá y le cuenta lo que le sucede con su novio, discuten cotidianamente. Una noche Daniela perdió su teléfono en un boliche, cuando se dio cuenta en la casa comenzó a llorar. En general cuando discute con alguien, por lo que pude observar mientras peleaba con su novio en el transcurso de la entrevista, ella aumenta su tono de voz. Ante los gritos por haberlo perdido, su mamá y su novio, quien estaba de vacaciones con ellas en Villa Gesell, le pidieron que bajara la voz, pero ella continuó gritando. Su mamá para calmarla actuó violentamente pegándole en la cara a Daniela, por lo cual ella quiso devolverle el golpe. Frente a esta situación Germán intervino corriendo a su novia y ella le pegó fuerte a él con una campera.

Germán: […] Cuando ella le quería responder a la mamá y yo me quise meter y me pegó con la campera a mí, o sea. O sea, por más que ella me pegue una piña no me va a doler, pero es el acto lo que más me molestó. No sé, siento que no podemos tratar las cosas si ella está en un estado o yo estoy en ese estado, entonces lo mejor es esperar a que se tranquilice todo y recién ahí tratar de hablar.

Las representaciones que aparecen aquí nuevamente sobre la violencia física es que por tener ella supuestamente menos fuerza, un cuerpo como espacio físico más pequeño, a él no le duele y por ende este acto no es ponderado como violencia física. 

Por su parte, Tamara también tiene una relación con su novio donde discuten con gran frecuencia y de un modo muy vehemente, al punto que Hugo, como comenté unas páginas atrás, se abrió la frente cuando se pegó la cabeza contra una pared a raíz de una pelea con ella. En el caso de Tamara, no sólo una vez ejerció violencia física contra él, sino que en el relato aparecen empujones y cachetadas.

Tamara: Estábamos re discutiendo y lo re bardeé, tipo mal mal, lo empujaba, de todo.

En una situación donde hubo una pelea, ella le pegó un cachetazo y él la comenzó a perseguir por la casa. Ambos ejercieron violencia: ella, violencia física porque le pegó; él, violencia psicológica porque la acorraló, y violencia física al hacerla sentir físicamente amenazada (Velázquez, 2006; Femenías, 2007), aunque ella considera que él nunca le pegaría.

E.: ¿Hubo alguna escena en la que vos le pegaras a algo o a él?

Tamara: No, una vez un cachetazo y ni me acuerdo por qué fue, pero no, no.

E.: ¿Él cómo reaccionó?

Tamara: Ah nada, qué me va a decir, me siguió, porque si le pegué un cachetazo fue porque tenía razón, si no, no le pego un cachetazo.

E.: ¿Te estaba siguiendo por la calle?

Tamara: No, en mi casa, tipo adentro, me acuerdo de la secuencia que yo hice así, me fui al cuarto y me siguió.

E.: ¿Cuando te siguió qué pasó?

Tamara: Nada, entramos y hablamos, pero no me acuerdo de qué, fue hace un montón.

Dos cuestiones se desprenden del conflicto: por un lado, aunque pueda ser catalogado como violento, en su interacción de pareja no marcó un hito de gran relevancia en su historia afectiva: Tamara no se acuerda bien la razón ni el desenlace de la situación. Por otro lado, la violencia sobre el cuerpo no es entendida como un problema en su relación, sino que es relatada como una situación más. Retomando el concepto de experiencia de Scott (1992), la misma es parte de la historia del sujeto, pero no es sopesada por el actor como una experiencia violenta, no le da tal significado, sino que esa operación la realizo yo como investigadora. Diferente es el caso de Daniela, que cuenta en las dos entrevistas la misma situación. En el caso de ellos fue un hito en su relación aunque no lo ponderen de ese modo.

3.1.2. Me siento mal

En las siguientes páginas describo cómo los/as entrevistados/as perciben corporalmente las escenas vinculadas al orden de lo violento, para así continuar indagando en sus prácticas y representaciones sobre la violencia y el cuerpo, como así también en los efectos que produce.

Para comenzar, en los testimonios de Carla y de Tamara, cuando les pregunté acerca de cómo se sentían luego de una discusión, ambas plantearon una afección a nivel interno, en términos de Nancy (2010). Esto permite reflexionar sobre dos cuestiones: primero, los cuerpos no son espacios inertes, objetos, sino por el contrario son cuerpos vivos (Grosz, 1994; Butler, 2002); en segundo lugar, sobre todo Tamara plantea la idea de un cuerpo tironeado (Nancy, 2007), vinculado a la noción de corpus (Nancy, 2010): el corazón, los músculos, su conciencia parecen partes separadas una de la otra actuando independientemente entre sí. Dice Nancy:

Corpus: un cuerpo es una colección de piezas, de pedazos, de miembros, de zonas, de estados, de funciones. […] Es una colección de colecciones, corpus corporum, cuya unidad sigue siendo una pregunta para ella misma. Aun a título de cuerpo sin órganos, éste tiene al menos cien órganos, cada uno de los cuales tira para sí mismo y desorganiza el todo que no consigue totalizarse (Nancy, 2007: 23).

Dice Carla

E.: ¿Hay situaciones así donde vos sentís el cuerpo de una manera diferente?

Carla: No sé, creo que no. Por ahí el corazón te late de una manera más fuerte, cosas así… sentís como bronca o algo así adentro, que es más fuerte que expresarlo por el cuerpo.

Un segundo punto es el malestar corporal que expresan sentir a causa de una discusión. En el caso de Diana y Darío, luego de una discusión que tuvieron debido a que ella había vuelto a establecer contacto con su ex novio y él se enteró de ello por medio de la red social Twitter.

Darío: […] Sentía que estaba muy lejos ella, que estaba pasando esa situación y que necesitaba que ella esté conmigo y con nadie más y que me abrace […], que ella sola me podría sacar ese malhumor, dándome besos y abrazándome y estaba muy lejos, encima faltaba un montón, no es que al otro día nos íbamos a ver, faltaba un montón […]. Al otro día después de eso es una boludez, todos fueron a la playa y yo no fui, me quedé en mi casa. […] Obvio que se nota, estás mucho más tirado y el humor es distinto. Es más, yo creo que la gente del exterior también lo nota, siempre. Capaz no te dice que lo nota, pero se nota. Por cómo contestás o cómo hablás y esas cosas es bastante evidente.

El hecho de que ella hablara con su ex pareja y no se lo haya dicho, generó una situación de celos y desconfianza que derivó en una discusión telefónica con gritos. Al otro día, aunque estaba de vacaciones con su familia, se sentía de mal humor y no quiso ir a la playa. Es decir, en términos de Giddens (1997), cuando no hay una reciprocidad entre ambos sobre lo que se espera que el otro haga o sobre las pautas propias de esa pareja (Cosse, 2010) –en este caso ser monógamos y no hablar con personas que puedan llegar a sentir atracción por ellos–, eso genera malhumor y depresión; por lo que esas sensaciones “se inscriben como letras de tinta visible e invisibles” (Frigerio, 2006: 26) en la superficie del cuerpo. Como explica Frigerio (2006), cada sujeto puede dar cuenta del efecto devastador de la ausencia del amor o su desmesura; o el dolor que genera el desamor no buscado, la tristeza de su deshilachamiento, el vacío que deja su retirada; o las dificultades que encuentra el sujeto cuando el amor se torna obsesivo, posesivo, destructivo o equivocado.

Sensaciones similares a causa de discusiones con gritos le sucedieron a Gustavo. Su malestar se traduce en que no quiere salir con sus amigos, actividad que siempre hace y le gusta, o no puede concentrarse en realizar un parcial; se inscribe sobre su cuerpo una gestualidad seria y de quietud, a partir de la cual expresa, en este caso, su nerviosismo. Lo único que puede resolver esa situación es recomponer el vínculo con su pareja.

Gustavo: Es que si yo estoy muy enamorado de una persona y me peleo con esa persona, y me dicen mis amigos de salir, no tengo muchas ganas… no me da el cuerpo, no tengo ganas, tengo ganas de arreglarme con esa persona, por ahí más eso […].[…] Si yo me peleo con ella y tengo una prueba mañana, no puedo hacer la prueba, porque estoy pensando en ella y hablar, y cómo está, y arreglarnos y estoy serio, estoy mal, estoy nervioso.

En el caso de Germán, al igual que Darío, durante el verano se van de vacaciones a otra ciudad. Esta distancia funciona como un adicional al momento en que discuten dado que no pueden resolver la situación estando ambas partes de la pareja en el mismo espacio físico. Esta distancia de la superficie corporal de uno y otro no les permite restablecer el vínculo a partir de un abrazo o un beso; además, incrementa la desconfianza y los celos preexistentes. Esto genera marcas sobre la forma en que se sienten.

Germán: Yo estaba en Gesell y ella estaba acá y no me acuerdo qué había pasado, tuvimos una discusión muy fuerte. No me acuerdo por qué fue. Sí, porque ella se había visto con el ex novio, se juntaron con una amiga y el ex novio a boludear y yo me enojé. Y me empezó a decir cosas como últimamente lo veo más a él que a vos prácticamente, o hablo más con él. Entonces yo me empecé a poner mal, y no tenía ganas de ir a la playa, prefería quedarme durmiendo hasta las tres de la tarde, cuatro de la tarde y no moverme. Y así estuve como dos días hasta que volví a hablar con ella bien y me puse mejor.

Su cuerpo afectado se siente, al igual que Gustavo y Darío, desganado y sin ganas de salir. Por su parte Tamara, ante las situaciones en las cuales su novio “le hablaba mal” y le revisaba el Facebook para controlarla y saber si ella lo engañaba o se hablaba con algún otro varón, se sentía angustiada, cansada y vacía. Estas escenas de violencia verbal y psicológica tenían un impacto sobre su cuerpo y le hacían disminuir la atracción que sentía por Hugo. El resumen de estas sensaciones ella lo sintetiza en la siguiente metáfora que involucra un registro absoluto del cuerpo: “me sentía como haber ido a natación tres horas seguidas sin haber almorzado”.

E.: Cuando él por ejemplo se enoja o esto que vos me decís que te revisaba el Facebook, ¿vos cómo te sentías?

Tamara: Antes me ponía triste, pero ya lo superé hace un montón de veces, ahora me chupa un huevo […]. Me sentía mal, te juro me bajaba tipo la atracción que le tenía a él. Porque me hablaba mal ¿entendés?, qué sé yo, y no me gustaba […]. Antes me pasaba eso, estaba muy mal o no hacía nada y así. Después me di cuenta que no me tienen que afectar los mambos negros de las demás personas.

E.: Volviendo a ese “me sentía mal”, ¿cómo estaba tu cuerpo?

Tamara: Y cansado, cansado, esa es la palabra. Como que no sé, me sentía como haber ido a natación tres horas seguidas sin haber almorzado. Viste como nunca te sentiste así como vacía tipo no, necesito comer, estoy re cansada.

En otras palabras, en las discusiones y situaciones de violencia dentro de las parejas se ponen de manifiesto toda una serie de gestualidades que involucran movimientos, ademanes, miradas, contactos que dejan como corolario, hasta que la situación se resuelva definitivamente –como mostraré en el punto 3 de este capítulo–, efectos y sensaciones sobre los cuerpos que son percibidos por los/as entrevistados/as. El sentir dolor, tristeza o vacío a causa de conflictos en el noviazgo se debe a la presencia o ausencia de muestras de amor en la pareja, resquebrajamientos o fisuras (Frigerio, 2006).

En resumen, puse de manifiesto en esta sección que denominé “Me siento mal” cómo las dinámicas entre el amor –es decir, lo que se espera y entiende por amor (sus representaciones)–, y la violencia que se desencadena cuando no se da aquello que se espera dentro de las pautas de amor y noviazgo establecidas en la pareja, generan efectos sobre los cuerpos. Sobre estos tres conceptos en relación –amor, violencia y cuerpo– profundizaré en el tercer apartado de este capítulo, antes abordaré aquello que he comenzado a introducir: el amor en vínculo con la corporalidad. 

3.2. Corporalidad y amor

“Mas la verdad es la piel” (Nancy, 2007: 32), en ella se inscribe y expresa la violencia, como he analizado en la primera sección de este capítulo, pero también el amor. Para Alain Badiou, el amor en relación con la corporalidad implica “[…] liberar el cuerpo, desvestirse, estar desnudo/a para el otro, realizar gestos inmemorables, renunciar al pudor, gritar, toda esa inclusión del cuerpo en la escena […]” (2012: 40). En el amor de pareja el acercamiento de las pieles, su roce, su afectación plena se acompañan de una gama particular de gestualidades que son abordadas en las próximas páginas y que me permiten indagar en cómo el amor genera efectos sobre los cuerpos de los jóvenes. Por otro lado, describo cómo los jóvenes perciben el amor en su cuerpo; para dicho fin examino sus representaciones sobre el acto sexual en relación con el amor y otras expresiones y/o sensaciones que los/as entrevistados/as refieren. De este modo, continúo profundizando en una parte del objetivo central de esta investigación: describir los efectos de la violencia y el amor en los cuerpos de los jóvenes que están de novios.

3.2.1. La gestualidad amorosa

En el siguiente apartado examino las prácticas e interacciones de los jóvenes en relación con el cuerpo y el amor, para poder ir sumando elementos que me permitan, por un lado, abordar el objetivo de estudiar la percepción de los jóvenes respecto de los cuerpos; y, por el otro, comprender los efectos del amor en los cuerpos.

A partir de la guía de pauta de entrevistas hice frente a mi abordaje empírico en relación con estos objetivos. Me concentro en llevar a cabo una descripción y análisis sobre la gestualidad (Goffman, 1971) amorosa desde la cual los/as entrevistados/as expresan y experimentan (Scott, 1994) las pautas de cortejo y de noviazgo (Cosse, 2010), que han sido indagadas en el segundo capítulo.

La hexis amorosa se conforma por gestualidades que se dan tanto en el ámbito íntimo como en el público. En primer lugar, analizaré las expresiones que los/as entrevistados/as enuncian al momento de explicar la cercanía corporal con sus parejas, tales como “quiero estar pegados”, “me suelto”, “rompecabezas”, “estar tirados”. Las mismas involucran besos, abrazos y caricias, gestualidades correspondientes a los valores y atributos del amor romántico (Giddens, 1992; Alberoni, 1988) que son internalizadas y exteriorizadas por los sujetos desde su corporalidad. El cuerpo, en palabras de Turner (1984), es una metáfora donde la función y estructura de la sociedad en sus diferentes aristas se metaforiza. En segundo lugar, ahondaré en aquellas expresiones vinculadas al acto sexual con o sin penetración vaginal.

La piel es el umbal o frontera donde se halla la marca del contacto entre quien se deja afectar y quien es afectado (Grosz, 1994; Nancy, 2007). Cuanto más juntos estén los cuerpos de los amantes, cuanta más inclusión del cuerpo se haga presente en términos de Badiou (2012), más se vinculará dicha escena a la experiencia amorosa. Un ejemplo de ello es cuando Darío manifiesta que quiere estar pegado a su novia como mayor expresión de amor.

Darío: Quiero como estar pegado a ella todo el tiempo, o sea, por ahí caminamos juntos, por ejemplo, caminamos los dos juntos, no quiero estar caminando los dos así nomás, quiero estar de la mano con ella, abrazado con ella, o estar siempre pegado a ella, cuando dormimos juntos estar abrazados, como que necesito tocarla a ella, estar con ella, estar pegado a ella.

Para el entrevistado, a medida que la relación fue avanzando no sólo sintió más deseo de estar “pegado” a ella, sino que también se “soltó más en todos los sentidos” aunque algunas de sus emanaciones corporales –eructos, risas que suenan tontas y sonarse la nariz– no se adecuen a las pautas de cortejo (Cosse, 2010) que se esperan al inicio de una relación (Giddens, 1997). Es decir que al principio él intentaba dar “una mejor impresión”, una determinada fachada personal ante Diana, pero luego a medida que se incrementó la confianza dentro de la pareja pudo relajarla.

Darío: Me suelto más con ella, me suelto más en todos los sentidos […], estoy más suelto con ella porque el otro día… va a sonar medio feo, pero te lo digo porque me da un poco de vergüenza, pero lo deja pasar porque es una boludez, me tiré un eructo con ella y yo no me di cuenta. Suena medio feo, pero me tiré un eructo al lado de ella y me salió, es como que antes me resguardaba mucho más de esas cosas, como que estaba muy atento y ahora como que estoy más suelto, no digo que me voy a tirar eructos todo el tiempo, pero digo como que con ella ya tomé mucha confianza y como que me solté no sé, o sea, yo no lo pensé, yo no me hubiera tirado el eructo, pero estuve como más suelto, me salió y no pasó nada . Ella se rio, me dijo te quiero mucho yo qué sé, tipo riéndose y como que no pasa nada, estoy mucho más suelto en todo con ella.

El concepto de segregación de auditorios (Goffman, 1971), el cual implica que el sujeto se asegura de que aquellos ante quienes muestra uno de sus papeles no sean los mismos individuos ante quienes representa un papel diferente en otro medio, es útil para pensar el testimonio recién citado. Darío frente a Diana, que es uno de sus determinados públicos ante los cuales interactúa, no consideraba correctas, para mantener una imagen de sí, realizar ciertas gestualidades. No obstante, cuando eructó y ella reaccionó de buena forma lo habilitó a sentirse más cómodo y poder comenzar a reírse o a sonarse la nariz ante ese público sin que le implique deshonra o tener que llevar a cabo un ejercicio de restablecimiento de cara para equilibrar su fachada (Goffman, 1971).

Darío: […] Me reía de cualquier boludez, yo tengo una risa que es medio boluda y suena como medio tonta y trataba de evitarla o esas cosas, por ejemplo de sonarme la nariz con ella. Yo antes no hacía tipo, para sacar todo viste, lo hacía como más simple, para que no se escuchara tanto y que a ella no le pareciera medio asqueroso, pero ahora ya no me importa nada, me sueno la nariz al lado de ella, no me importa.

Resuena la idea esbozada por Badiou (2012) sobre las gestualidades entre los amantes en los momentos de comunicación erótica (Bataille, 2000), que incluyen realizar “gestos inmemorables”, renunciar al pudor y gritar.

En contraposición con este punto, Germán y su novia en su relación cotidiana discuten y ella no se siente cómoda con la forma de ser de él: no le gustan sus chistes, los comentarios que le hace a sus amigas o el modo en que se viste. Sin embargo, cuando se abrazan aparece la comodidad en la pareja, el contacto de tipo amoroso entre ambos es percibido por Germán como un estado de tranquilidad. Es decir que estos cuerpos vivos (Grosz, 1994), abiertos en tanto fuerzas (Nancy, 2007) que se modifican por el afuera, logran en el abrazo o en el bañarse juntos “encajar” como un “rompecabezas”.

Germán: Yo cuando la abrazo por ejemplo siento como que estoy encajando perfecto, no porque ella sea alta y cosas así. Es como que encajo, es como un rompecabezas, yo me siento bien ahí, cómodo.

María también hace referencia a que posee una relación con su novio en la cual el contacto entre las pieles es fundamental. Constantemente buscan estar acostados en una cama, abrazados y besarse. Cuando apagué el grabador y me quedé hablando con María y Juan, a quienes entrevisté en conjunto, ella me contó que su mamá le marca que están demasiado tiempo abrazados.

María: Estamos acostados y estamos abrazados todo el tiempo, no pasa un ratito que no nos demos un beso o cosas así. Siempre estamos abrazados o agarrados de la mano.

Esta misma idea de “estar tirados” comenta Carla. Ella y su novio, de igual clase social y edad, se fueron seis días de vacaciones solos a la ciudad balnearia de Mar del Plata. Esta experiencia (Scott, 1992), si bien está dada porque sus padres se lo permitieron, es también por su pertenencia a un hogar de clase media, por lo que sus familias les dieron dinero para pagarse el transporte y la estadía en general.

Carla: […] No hacíamos casi nada igual porque lo que preferimos fue estar tipo tirados que hacer  cosas, estar entre nosotros, o íbamos a la playa a caminar o íbamos a tomar un helado o cosas así.

El cuerpo es para Nancy (2007) tanto fragilidad como fuerza y en su interacción con otros se modifica (Le Breton, 2002), “cuerpo tocado, tocante, frágil, vulnerable, siempre cambiante, huidizo, inasible, evanescente ante la caricia o el golpe, cuerpo sin corteza, pobre piel tendida en una caverna donde flota nuestra sombra […]” (Jean-Luc Nancy, 2007: 33). En el caso de Tamara, ella hace referencia a que suele tener frío y su novio cuando le toca las manos o la abraza le da calor. Desde la noción de piel de Nancy, la piel de la entrevistada reflejaría su sensación interna de frío, mientras que la piel de su novio, cuyo adentro siente calor, funcionaría, en términos de la joven, como una “estufita” que le brinda calor.

Tamara: Siempre, aunque esté peleada siento lo mismo, me encanta estar con él, es como una estufita, es eso, no sé, lo agarro y es como… ¿viste cuando tenés frio y agarrás a alguien? Es como que siento eso ¿entendés?

E.: ¿Cómo sería eso de que es una estufita?

Tamara: Y es no sé, eso lo digo yo en sentido figurado porque él siempre está calentito y yo siempre estoy fría y siempre como que él me agarra así y me pone calentita al toque ¿entendés?, las manos. Y eso se lo digo yo, pero no sé cómo explicarlo físicamente. Es como que ya mi cuerpo siente eso, no tiene nombre, no existe la palabra que pueda explicar eso y nada, es como que mi cuerpo ya lo sabe […].

En esta entrevista, al igual que en la de María, aparece la madre marcándole a su hija el nivel de cercanía corporal con su novio. La misma es definida por la madre de Tamara como una “estampa” debido a que están “todo el día pegados” cuando se encuentran en la intimidad de la casa de ella o de él. Esto no sucede así, según la pareja, delante de sus amigos o personas que no conocen.

Tamara y Hugo manifiestan que les gusta y necesitan que sus cuerpos se estén rozando, por lo que han desarrollado gestualidades, es decir maneras de tocarse (Le Breton, 2002) no convencionales que se describen en la siguiente escena.

Tamara: Aprendimos a caminar. Te voy a contar esto, es muy gracioso. Nosotros siempre queríamos caminar él atrás mío y yo adelante así agarrados. Y no podíamos porque tipo, es desacorde. Hasta que un día vimos a una pareja caminando en la calle así, pero bien y desde ahí lo aprendimos a hacer porque nos quedamos mirándolos para ver cómo se movían y desde ahí podemos caminar así, es re gracioso, la gente nos mira cuando caminamos así.

Hugo: La madre nos putea todo el día.

Tamara: Sí, de lo gomas que somos.

Hugo: “¡Ay, son una estampa!” dice, “todo el día pegados”. Porque delante de la madre sí estamos.

Tamara: Pero porque ya hay confianza.

Retomando el análisis de la expresión “estufita” que aparece en la entrevista de Tamara y Hugo, en el caso de la escena de la lluvia entre Paz y Homero sucede algo similar con los cuerpos.

Paz: Era como raro, no sé, sentirlo, y sentir que está cerca, muy cerca de mí, estábamos juntos y era raro sentir tipo un calorcito así por dentro todo y después que nos soltamos, que nos dimos un beso fue como “hace frío”.

En pocas palabras, hay todo un abanico de movimientos y maneras entre los jóvenes. Las mismas son llevadas a cabo tanto en espacios públicos como plazas, bares y la calle, como así también en espacios más íntimos como son las casas de sus padres cuando están solos o con sus familiares. Aunque como contrapunto, en el caso de Gabriela, no le gusta besarse o estar abrazados en el espacio público.

Gabriela: La verdad es que yo hablo mucho con mi novio, mucho de hablar y me doy besos, pero viste esas parejas que están tiradas que parece que están cogiendo, no soy así. Yo estoy sentada, cagándome de risa.

E.: ¿A vos qué te pasa con las parejas que están tiradas?

Gabriela: Me parece re feo. Es feo, andate a tu casa.

En relación con el acto sexual, es relatado por los/as entrevistados/as como un momento íntimo que se lleva a cabo en las casas de sus padres donde viven. En los tiempos que corren, tener relaciones sexuales, como expliqué en el segundo capítulo, es parte de las pautas de noviazgo avaladas por los jóvenes y sus familias. Ahora me concentraré en describir los efectos corporales que tiene el acto sexual para los/as entrevistados/as.

La promesa de la posesión completa del otro es ilusoria en tanto somos seres discontinuos, no obstante, en la pasión, la imagen de esa fusión pareciera materializarse. Es así que en el erotismo se hace presente “una disolución de las formas constituidas […], una disolución de esas formas de vida social, regular, que fundamentan el orden discontinuo de las individualidades que somos” (Bataille, 2010: 23). Al ser las relaciones sexuales parte del erotismo y generar sensaciones vinculadas a la pasión, por fuera del orden regular de la vida social, les resulta difícil a los/as entrevistados/as explicar verbalmente lo que sienten.

Pedro explica que en el momento en que tiene relaciones sexuales, ya desde el comienzo, antes de que haya penetración, su cuerpo vivo (Grosz, 1994), abierto (Nancy, 2007), en contacto con el cuerpo de su novia, siente una euforia que se “contagia”. Esta idea de contagio de sensaciones, a partir del contacto con otros cuerpos, remite a que los mismos son energías que actúan unas sobre las otras y que en tanto son colección de colecciones, en términos de Nancy, desequilibran al todo.

E.: ¿Vos qué sentís que pasa con el cuerpo del otro?

Pedro: Y… cuando uno empieza a sentirlo así, ya el otro también, corte que se lo van pasando, bah, no que se lo van pasando pero se contagia.

E.: ¿Cómo se da ese contagio?

Pedro: No sé, por ejemplo nos estamos besando con muchas ganas y se hacen los besos más largos y no sé, cosas así… tipo que hay más excitación, no sexualmente hablando sino que hay más ganas de abrazar, no sé, de hacerse caricias, mimos. […] Obviamente eso desencadena (risas) en irnos a la cama y termina… (risas).

Para Germán, quien junto con su novia tuvieron su primera relación sexual juntos, cuando realiza este acto con ella se diluyen las formas constituidas (Bataille, 2010), hay en algunas oportunidades euforia, adrenalina, placer, y en otras caricias. En ambas circunstancias se evanesce la distancia corporal (Nancy, 2007; Bataille, 2000); se encuentran por fuera del conflicto habitual y lo que aparece es una sensación de goce.

E.: Cuando vos tenés relaciones sexuales con ella, ¿qué te pasa a nivel corporal?

Germán: Uno siente como una euforia, es como que está en un estado distinto al que siempre está, es como que es mezcla de placer y adrenalina y distintas cosas. Es como que lo que sos vos se potencia por decirlo de una manera, y al estar con otra persona se potencia más, aparte al haber amor, y a veces no, porque a veces son relaciones por calentura por decirlo de una manera, y otras sí son por amor o cosas así.

Recapitulando, en los testimonios señalados hay relatos de gestualidades en relación con el acto sexual más cercanas a la caricia, como así también con más “adrenalina” o “calentura”. Ambas formas son modos a partir de los cuales los/as entrevistados/as buscan sentir placer.

Antes de adentrarme en las representaciones corporales en torno al amor –específicamente “hacer el amor” y “coger”, las dos expresiones que los jóvenes entrevistados utilizan cuando explican el acto sexual con sus parejas–, quiero hacer un contrapunto con una escena que comenta Gabriela (citada en el capítulo anterior), en quien la hexis corporal del registro amoroso y placentero se torna difusa.

El cuerpo de la entrevistada, entendido como umbral, se percibía excitado por dentro y estimulado por fuera, a la vez que generaba el mismo efecto sobre su pareja durante el transcurso del acto sexual. Cuando el mismo terminaba se sentía frágil y deseaba que su novio la abrazara. Sin embargo, esto no sucedía: apenas él terminaba, se levantaba y se iba. Ella no se sentía cuidada por él y cuando le planteaba esa sensación, la respuesta de su novio era el enojo.

E.: ¿Por qué vos pensabas que podía llegar a ser una relación violenta?

Gabriela: Porque yo soy muy persecuta, la flasheo mucho, no sé, de ver, viste cuando sentís que cogés y no le importa nada, o sea, él tampoco estaba tan enamorado de mí.

E.: Empezamos con eso que vos me decías cuando tenías relaciones sexuales, ¿era que acababa y listo y no le importaba?

Gabriela: No, no es que no le importaba. O sea, yo la flasheaba del hecho de que cogés, acaba, le chupa un huevo y medio lo que te está pasando. Después se enojaba cada tanto, los primeros meses fue como bastante mierda todo.

E.: ¿En qué sentías que a él no le importaba?

Gabriela: Yo por ahí necesitaba… . Yo entiendo ahora que por ejemplo a los pibes les da mucho asco el semen, no sé por qué no lo soportan. Y que realmente cuando acaban tienen ganas de limpiarse, o sea, que no es que tienen ganas de acostarse arriba tuyo que estás toda acabada, o sea, no les interesa. Y por ahí yo en ese momento necesitaba eso, y después entendí que la verdad que sí, que es un asco y que está bien que se levante y junte algo para limpiarnos porque es un asco. Pero en su momento era como que a este pibe no le importa nada, me sentía mal, era como algo más de que yo flasheaba.

El acto sexual para ella, aunque no implicaba necesariamente “hacer el amor”, como mostraré en breve, sí implicaba ciertas expectativas de cuidado y contención por parte de su novio, que al no suceder le generaba angustia y frustración.

3.2.2. Hacer el amor y mariposas en la panza

En las siguientes páginas indago en cómo los/as entrevistados/as perciben los efectos del amor en sus cuerpos a partir de expresiones que aparecieron en diferentes entrevistas, tales como “hacer el amor” y “mariposas” o “cosquilleos” en la panza, entre otras. Esto me permite continuar describiendo sus prácticas y representaciones sobre el amor y el cuerpo como así también los efectos del amor en la corporalidad.

En diálogo con el apartado anterior, Giddens (1992) y Alberoni (1988) consideran que en el amor romántico –el cual incorpora elementos del amor pasión tales como la “búsqueda” del ser amado ideal y los afectos–, sus expresiones corporales como caricias o besos tienden a predominar sobre la relación sexual. “Hacer el amor” es una frase propia del amor romántico que fue utilizada por los/as entrevistados/as en el momento en que indagué sobre sus representaciones en relación con el amor y la corporalidad.

En primer lugar, como expliqué en el primer capítulo, Graciela Frigerio (2006) retoma la idea de Jean-Luc Nancy (2007, 2010) de que no existe posibilidad de pensar sin cuerpo. El alma y el cuerpo no están separados, sino que el cuerpo sostiene, hace límite de lo que es alma (Frigerio, 2006); por lo que, desde la frontera de la piel, los sujetos sienten y hacen sentir las representaciones y sensaciones de adentro de la propia alma, como así también de las otras almas. En el caso de los/as entrevistados/as, en la escena donde tienen relaciones sexuales heterosexuales, entendidas como penetración vaginal (Amuchástegui, 2010), visualizan a su cuerpo en el acto, afectando a otras almas y siendo afectada la suya, y no como un ente externo a ellos.

En segundo lugar, aunque no todos los/as entrevistados/as perciban que cuando tienen relaciones sexuales con sus parejas “hacen el amor”, sí es posible observar, por un lado, cómo el lugar del cuerpo es ponderado por ellos mismos al momento de tener relaciones sexuales.  Es decir que en este tipo de interacción visualizan claramente a su cuerpo encarnado y no como un ente externo a ellos. Por otro lado, cómo el tener relaciones sexuales con alguien a quien se ama es diferente que hacerlo con cualquier otra persona.

Para Carla, el amor es central al momento del acto sexual, esto le otorga confianza y hace que se sienta cómoda para poder “hacer cosas que no haría”.

E.: ¿Y cuando estás en esas situaciones de las relaciones sexuales, qué sentís que le pasa al cuerpo?

Carla: Que lo disfruto, siento placer y si es con él que pasa, mucho mejor. Yo me siento mucho más cómoda, no sé, puedo hacer cosas que no haría si no tendría confianza o habría cosas que eso.

E.: ¿Y te pasó de tener relaciones sexuales con alguien que no amabas?

Carla: Sí, es más como un trámite como no está muy bueno. Es mucho mejor cuando estás con alguien posta.

Sobre la comodidad y la confianza, nuevamente, Daniela comenta que tener relaciones sexuales con su novio, de quien está enamorada, le permitió poder “perder la virginidad”, dado que antes no había podido concretarlo porque no se sentía a gusto. Ella y su pareja “tuvieron su primera vez” juntos.

E.: Respecto al amor, ¿vos pensás que se manifiesta en el cuerpo de alguna forma?

Daniela: Sí, yo creo que sí.

E.: ¿Como qué?

Daniela: O sea, en las relaciones sexuales por ejemplo.

E.: ¿Qué sentís que le pasa al cuerpo ahí?

Daniela: No la pasa de la misma manera teniendo una relación con una persona que querés en serio que con una que no. O sea, yo en realidad perdí la virginidad con él, o sea, no sé lo que es otra relación, pero sé que, o sea, intenté que pase con otro chico, con otras personas antes y como que no, como que no funcionaba la cosa, y con él sí. Es como que se dio solo prácticamente.

E.: Pero ¿qué sentís, las veces que se daba solo, qué es lo que pasaba?

Daniela: No sé (risas). Sí, o sea, yo creo que te sale más, o sea, es como que yo estoy como mucho más libre, por decirlo de alguna manera, con él que con otra persona, como que tengo más confianza.

El tener relaciones sexuales con alguien con quien no hay un lazo amoroso es descripto también por Darío como diferente a hacerlo con alguien a quien se ama. Al igual que Carla, el lazo amoroso le permite “soltarse” y sentir más, sin embargo no desconoce la presencia del placer en el acto sexual sin amor.

Darío: No es lo mismo de salir dos veces y estar una noche con esa persona, sino que es como que ella se suelta más y yo me siento más suelto y como que se siente más en el cuerpo, y ahí está la diferencia, supongo, entre hacer el amor y tener sexo. Cuando salís dos veces con una persona que no conocés mucho, tenés sexo y nada más, entonces es placer supongo. Y cuando hacés el amor con una persona que estás hace mucho tiempo estás enamorado, es como que lo sentís mucho más y que… no sé bien cómo explicarlo.

Esta referencia al placer puede ser explicada desde una perspectiva de género. Él, aunque sienta que no es igual que tener relaciones sexuales con su novia, como varón heterosexual se espera que haga (dice hacer) dentro de la masculinidad hegemónica heteronormativa (Connell, 1995; Amuchástegui, 2010) una alusión positiva al acto y que reproduzca, a partir de tener relaciones sexuales con mujeres, la heterosexualidad.

La masculinidad hegemónica se puede definir como la configuración de práctica genérica que encarna la respuesta corrientemente aceptada al problema de la legitimidad del patriarcado, la que garantiza (o se toma para garantizar) la posición dominante de los hombres y la subordinación de las mujeres (Connell, 1995: 11).

Germán cuando tiene relaciones sexuales con su novia explica que hay algunos actos sexuales que están más vinculados a “hacer el amor” y otros con “calentura”. El primer tipo responde a una gestualidad propia del amor romántico: besos y caricias (Giddens, 1992; Alberoni, 1988) y se da en un marco de tranquilidad. Mientras que el segundo es percibido por el entrevistado como un “descargo” en un contexto más adrenalínico. En este segundo tipo lo que prima es una idea de intensidad entendida como un momento de exceso y fusión (Bataille, 2000).

Germán: […] Son distintas sensaciones. Una capaz estás más eufórico, más adrenalínico y como en otro estado; y en otra estás más tranquilo y estás en el momento y pasándola bien. Son distintos momentos, son distintas sensaciones.

E.: ¿Cómo son la una y la otra?

Germán: Una es como más como de un descargo, o de una necesidad de estar juntos, y la otra es como que va como fluyendo y entre los ciertos actos, entre algunas cosas es como más amoroso, en el medio más romántico, más tranquilo […] en una situación en la que los dos estamos relajados y empezamos a darnos besos y a mí me gusta darle besos por todo el cuerpo y ella a mí y como que nos abrazamos, nos acariciamos, no vamos tanto a lo que es la relación [sexual] en sí, sino que hay muchas cosas además, antes y después también, o sea, estamos más tranquilos.

En el caso de Gabriela, para quien no es lo mismo tener relaciones sexuales con su novio que con otro varón, al igual que para Germán, hay actos sexuales más románticos y otros más vinculados al exceso corporal, en términos de Georges Bataille. La entrevistada manifiesta que los segundos le generan más placer y que en ellos siente su cuerpo afectado a la vez que éste afecta.

El exceso ella lo vincula con ser “medio puta cogiendo”, esto implica que en su discurso el hecho de no mostrarse romántica en ese acto, es decir, como frágil, pasiva, serena, sino por el contrario activa, deseante, lo que ella llama “coger porno”, no se corresponde con los papeles esperados en las mujeres (Millet, 1970; Pateman, 1995).

E.: Cuando ustedes tienen relaciones sexuales, ¿vos qué sentís que te pasa?

Gabriela: Soy medio puta cogiendo, no es que soy muy romántica, no es que te digo de hacer el amor. Yo la verdad que separo esas cosas porque no siento que tenga que haber amor, como romántico todo el tiempo, me parece que cuando cojo con mi novio es otra cosa, no es estar… la verdad que a veces no nos besamos, no es que necesito estar besándolo todo el tiempo, no es que soy así, es otra cosa.[…] A mí me gusta coger y coger bastante, desastre. Bastante coger ¿entendés? Porno, coger, no que el chabón te esté cogiendo y vos como una pelotuda ahí ¿entendés?

E.: ¿Qué sería como una pelotuda?

Gabriela: Nada, ahí acostada. Y no, no me gusta.

En relación con los actos sexuales lo último que describo es que los mismos son parte del erotismo[2] dado que son medios en la búsqueda de la continuidad entre los amantes más allá de la reproducción. El “cuidarse” a partir de la utilización de métodos anticonceptivos como pastillas anticonceptivas y preservativos apareció en las diferentes entrevistas.

En segundo lugar, al momento de indagar sobre situaciones, escenas o sensaciones a partir de las cuales puedan encontrarse efectos del amor en el cuerpo, una expresión que fue utilizada por los/as entrevistados/as fue “mariposas en la panza” o “me agarra algo en la panza”. Estas sensaciones internas, aunque no posibles de observar por terceros, generan ansiedad, excitación, tristeza, que se manifiestan en el cuerpo tangiblemente en diferentes gestualidades (Le Breton, 2002): llanto, risas, abrazos, besos.

Para Nancy (2007: 16), “el cuerpo es una envoltura: sirve, pues, para contener lo que luego hay que desenvolver. El desenvolvimiento es interminable. El cuerpo finito contiene lo infinito, que no es ni alma ni espíritu, sino el desenvolvimiento del cuerpo”. Las manifestaciones corporales, es decir, los desenvolvimientos del mismo a partir de gestualidades y la hexis corporal han sido analizadas en la primera sección sobre corporalidad y amor.

Antes de finalizar esta sección haré referencia a expresiones verbales que los/as entrevistados/as utilizan para referirse al registro corporal interno, es decir, aquello que sienten dentro de sus cuerpos derivado de escenas de amor, y que dada la dificultad para explicarlo recurren a metáforas tales como “piel de gallina”, entre otras.

Esas sensaciones internas al hacerse presentes afectan la piel y los órganos de las personas: piel de gallina, algo en la panza (que no es dolor pero tampoco se puede explicar qué es) y algo en el pecho son expresiones que aparecen.

Gabriela: Me agarra en la panza cuando estoy besando en un momento, hay un momento de un beso en el que te agarra algo en la panza.[…] Hay besos muy distintos y quizás en el momento en que el beso cambia porque vos quisiste cambiar de besar te pasa eso en la panza. Y nada, la piel de gallina es porque el otro te toca y te da piel de gallina porque lo sentiste. Pero creo que pasa más porque lo pensé, porque la verdad es que si alguien te está tocando y no lo estás pensando ni prestando atención, no te puede producir nada. Es como calentarte si la verdad es que no le estas prestando atención… Tenés que meterte un toque en la situación.

Para Gabriela hay efectos internos producidos por un beso o al tener relaciones sexuales, como por ejemplo que se ponga la “piel de gallina” o que “algo se haga presente en la panza”. Sin embargo, para que el efecto interno se produzca debe estar concentrada en el acto que está llevando a cabo.

Paz también hace referencia a la piel de gallina como muestra de bienestar con su novio.  Durante la entrevista, cuando recuerda una determinada escena amorosa que vivió con Homero, aparece nuevamente “la piel de gallina”.

Paz: Cuando estamos así en un momento solos y bien y como que se me pone la piel de gallina, y le digo “¡ay!”. Se me pone la piel de gallina.

En el caso de Hugo y Tamara, como he comentado con anterioridad, manifiestan constantemente su amor abrazándose o besándose; en palabras de Hugo: “estando encima todo el día”. Cuando tiene ganas de verla se le genera una sensación interna en el cuerpo:

E.: ¿Qué sentís cuando la abrazás, la besás, la acariciás?Hugo: Lo mismo que siento en el pecho cuando tengo ganas de verla.

Para finalizar, Lara manifiesta que a nivel interno siente “mariposas en la panza”, sensaciones que le quedan del contacto con el cuerpo de su novio, y sobre todo ciertos olores que le remiten a recuerdos vividos junto a él. Esto para ella implica una conexión, que no puede describir en palabras.

Lara: Nunca me había pasado de tener tanta conexión con alguien, así sin palabras.

E.: ¿Cómo es eso?

Lara: No sé, lo sentís, eso de las maripositas en la panza yo lo siento, me ha pasado, muchas veces, muchas veces de acordarme de algo o por ejemplo la primera vez que se me durmió acá [hace referencia a su hombro] y después me quedé con una sensación en toda esta parte por un tiempo que fue re loco ¿entendés?

E.: ¿Qué sentías?

Lara: Sentía que su cabeza seguía apoyada en mi hombro, por un montón de tiempo. No sé, re extraño.

E.: ¿Qué otras cosas?

Lara: El olor, que a veces me viene el olor. Por ejemplo estoy acá o estoy caminando y es como que me viene su perfume […]. Me vienen muchos recuerdos, muchos recuerdos. Capaz a mí cuando me viene el olor a mi novio así de la nada, me acuerdo de la última vez que estuvimos o lo último que me dijo o el último beso, o lo que sea.

Esta multiplicidad de sensaciones se corresponden con sus representaciones sobre el amor: confianza, comunicación y respeto, por lo que le generan alegría y agrado. Las mismas coexisten en la pareja con interacciones en las cuales se lastiman físicamente, se celan e insultan, tal como mostré en los puntos 2.3 y el punto 3.1.1. No obstante, a partir de estas emociones amorosas, reafirma lo que siente por su novio, es decir que sus recuerdos la afectan en un sentido amoroso dado que le permiten entrar en comunicación (Bataille, 2000) con él, aunque no estén juntos en el mismo espacio físico.

3.3. Violencia, amor y cuerpo

En las siguientes páginas abordo escenas (Paiva, 2006) en las cuales se ponen en juego la violencia, el amor y el cuerpo en las parejas heterosexuales. Si bien ya he hecho a lo largo de la investigación referencia a esta tríada, ahondo en este apartado en las dinámicas entre la violencia y el amor y los efectos que las mismas producen en los cuerpos. Específicamente describo escenas de discusión que se resuelven (o intentan resolver) a partir de la gestualidad amorosa analizada anteriormente. Para dicho fin, en primer lugar, examino relatos que los/as entrevistados/as recuerdan sobre discusiones con sus parejas o que han sido observadas por mí durante el transcurso de la entrevista. En segundo lugar, hago la misma apuesta, pero a partir de la lectura de una conversación de WhatsApp de la pareja de Juan y María a la que tuve acceso. En tercer lugar, refiero cómo los/as entrevistados/as perciben sus límites corporales en relación con el amor y la violencia según las pautas y parámetros que establecen como aceptables dentro de sus parejas.

3.3.1. La gestualidad amorosa como modo de resolución de conflictos en la pareja

Las escenas de conflicto donde hay agresiones dan lugar a la emergencia de escenas de placer (Barthes, 2001), de reconciliación o, en términos de Gregori (1993), a un pasaje de estado de divergencia a otro de convergencia, a partir de tres circunstancias: el cansancio de las partes que la integran, la llegada de alguien externo a la escena o la sustitución brusca de la agresión por el deseo (Barthes, 2001). En este punto llevo a cabo una descripción y análisis.  Lo desarrollo a partir del análisis de tres escenas sobre cómo desde la gestualidad amorosa –besos, acercamiento de las superficies corporales y abrazos– los/as entrevistados/as intentan resolver un conflicto entre ellos. De este modo abordo las representaciones y prácticas sobre la violencia y el amor que poseen. Utilizo un caso de entrevista a parejas: Darío y Diana mostrando los puntos en los cuales coinciden y en los que difieren al momento del relato de la escena. En segundo lugar tomo dos escenas contadas en entrevistas individuales: una a una mujer, Lara, y otra a un varón, Germán.

Darío y Diana se fueron de vacaciones de verano junto con la familia de él, allí tuvieron una discusión debido a que ella, en su aniversario, cuando él le dijo que la amaba no le respondió con la misma expresión. Ella comenzó a besarlo y abrazarlo, pero estas gestualidades, aunque a simple vista corresponden a una escena amorosa, fueron un modo que ella tuvo de no despreciarlo, pero hacerle saber que no había en ese caso una reciprocidad de sentimientos (Giddens, 1997).

En primer lugar, el recuerdo de esta escena desencadenó en la pareja una discusión durante la entrevista.

Darío: ¿Qué pensás, que yo las dije [las palabras “te amo”] por decir?

Diana: No, no estoy diciendo eso. Y no sé, en el momento no sentí que fuera el momento de decirlo, y tampoco me salió y no sé. Tampoco quería decirlo sin estar segura porque no estaría siendo sincera y no estaría bueno tampoco.

Darío: Y eso después lo pensé y también me pareció que estaba bien.

En esta discusión durante la entrevista pude observar ciertas miradas que marcaban el descontento con lo que el otro decía y tonos irónicos: “¿qué pensás, que yo las dije por decir?” (Darío).

En segundo lugar, el escenario en el cual él le dice que la ama se corresponde con las representaciones del amor que el entrevistado tiene: era de noche, estaban en una cama acostados y estaban solos. Esta imagen es similar a la película Antes de medianoche que como comenté en el segundo capítulo engloba las representaciones “ideales” de Darío sobre qué es el amor.

Diana: Era de noche, nos estábamos por dormir.

Darío: Claro. Yo le di un regalito y era un osito, ese típico osito de peluche que dice te amo. Se lo di y después se lo dije yo a ella, y ella me empezó a dar muchos besos y me dijo “ay yo no te traje nada” porque yo tampoco le había traído nada la vez pasada, no es excusa igual (ríe).

E.: ¿Qué cosa?Diana: Porque eso era el segundo mes, y en el primer mes yo le había regalado algo y él no me había regalado nada.

Darío: Después ella no me trajo nada y yo le regalé esto. En realidad no me importó eso porque yo sabía que no me importaba. Pero me dijo “ay no te traje nada. Qué lindo qué lindo”, me dio muchos besos, me abrazó mucho y no me contestó nada. Y después me dijo “ay no sé qué decirte” y no me lo dijo. Me empezó a dar muchos besos y yo como que se me empezó a caer la ficha de que no lo decía y se me empezó un poquito a caer el humor hasta que se me cayó completamente.

Festejar cada mes de aniversario, recordar las fechas importantes dentro de la pareja –cuándo se conocieron, cuándo se pusieron de novios y cuándo tuvieron su primera relación sexual–, y regalarse osos o chocolates son parte de su repertorio de prácticas amorosas dentro de sus pautas de cortejo y noviazgo (Cosse, 2010), las que le generan a Diana una sensación de “ternura”. Pero el hecho de que no le diga “te amo” en esa escena idealmente ambientada fue tomado por su pareja de mala forma. Esto generó enojo en él, el cual luego afectó (Nancy, 2007) a Diana.

Ella, a medida que él le fue marcando cierta distancia corporal, también se enojó.

E.: ¿Vos por qué te empezaste a ofender?

Diana: En ese momento porque se ofendió y porque no me parecía. Sí, lo entiendo, pero no me parecía algo como para que se ofendiera. O sea, yo también me pondría re mal, pero no sé.

De este modo, la pareja comenzó una interacción que puede ser descripta en términos de Barthes (2001) como hacer una escena, aunque aquí en vez de llevarla a cabo mediante la palabra la hicieron a partir de mostrar quién se colocaba corporalmente más lejos del otro y en mayor silencio. El silencio de ella ante el “te amo” y la frustración de él por una expectativa de reciprocidad (Giddens, 1997) no cumplida operó afectando (Nancy, 2007) la gestualidad (Goffman, 1971) corporal amorosa cotidiana de uno con el otro.

La hexis corporal que había comenzado con los dos acostados sobre una cama dándose un regalo terminó con ambos separados, durmiendo de espaldas en la misma cama y sin mirarse.

Darío: Sí. O sea, dormíamos en la misma cama.

Diana: Pero él dado vuelta para un lado y yo para el otro.

Darío: Claro, yo dejé de abrazarla y dejé de darle besos y me quedé quieto. No sé si después me cambié de cama porque dormíamos en la misma cama, teníamos un cuarto que era una cucheta, pero dormíamos en la misma cama siempre, y no sé, no me acuerdo si yo me cambié a la noche.

Diana: No me acuerdo.

Darío: Nada, como que no sentí como que la quería abrazar y darle besos en ese momento […], me puse de mal humor, sentía todo eso que dije antes y me inhibí, nada más. Yo por dentro sabía que no pasaba nada, que estaba bien pero me puse de mal humor.

E.: ¿Vos le hablaste a él en ese momento?

Diana: Sí, pero después cuando ya no me contestaba dejé de hablarle, me di vuelta, para qué iba a insistir más.

E.: ¿Vos no le hablabas, no le respondías las preguntas?

Darío: No me acuerdo si no le respondía.

Diana: No, no me hablabas.

Darío: No le hablaba, hablarle yo no le hablaba.

Diana: No me contestabas.

Darío: No me acuerdo si no te contestaba. Por ahí te contestaba pero cortadísimo.

Esta interacción donde ambos perciben el rechazo o distanciamiento del otro puede ser catalogada como violenta en la definición propuesta por Velázquez (2006) y Femenías (2009) porque produjo daños y sufrimiento en ambos. Darío estuvo enojado con ella por un tiempo considerable dentro de lo que son los parámetros de tiempo sin hablarse ni estar en contacto corporal de esta pareja. Según él, como modo de resolución del conflicto, “ella lo tendría que haber tratado de reconfortar”.

E.: ¿Cómo fue que se te empezó a ir?

Darío: No me acuerdo bien porque vos tampoco ayudabas mucho que digamos. Yo supongo que me tendría que haber entendido y me tendría que haber tratado de reconfortar.

Diana: No me hablabas.

Darío: Sí. Ella también se puso de malhumor porque yo no le había hablado, y por eso tardó mucho. Pero no sé porque después salió alguna conversación algo así en la playa, algún chiste, alguna boludez. Y como que se me empezó a ir un poco de la cabeza, empezamos a hablar de eso… y se terminó yendo.

Sin embargo, ella sí comenta que intentaba recomponer la relación y le hablaba, aunque cortado, y él no le respondía.

Diana: Hablábamos re cortados porque ahí él no me contestaba y no quería hablar.

E.: ¿Vos le sacabas temas de conversación?

Diana: Claro, le decía boludeces y él re mala onda me contestaba. Y no sé, hasta que me empezó a contestar qué sé yo.

El entrevistado relata que el modo en que pudo terminar con la escena (Barthes, 2001) se dio, dentro de las tres posibilidades explicadas por el autor, por la sustitución brusca de la agresión por el deseo. El disparador de ese deseo no fue sexual, sino que fue la película Antes de medianoche que, como expliqué con anterioridad, para el entrevistado metaforiza lo que es el amor. Aunque el malhumor no desapareció, la película lo estimuló a poder salir de esa escena y restablecer la comunicación hablando de otros temas. Esto tuvo lugar por el deseo de él de estar bien con su novia y por el recuerdo de las representaciones que para él se vinculan con el amor.

Darío: El malhumor lo tenía. Puede ser una boludez, pero hay películas que ayudan viste. No sé si viste Antes de medianoche, por ahí parece una boludez pero hay películas que te enseñan un poco de la vida y las cosas. Las cosas son boludeces y son cosas que pasan y después hay que tratar de no sé, de superarlo y que las cosas van a seguir igual […].No es que me acordé de la película y ahí me puse bien, o sea, me puse de malhumor y yo el malhumor lo sentía y esas cosas las sentía, pero me puse un poco a reflexionar por dentro e intenté sacarme el malhumor, ponerme a contestar a ella y así se fue dando que yo le contestaba hasta que en un momento ya quedó bien de vuelta todo y nos empezamos a querer de vuelta.

El segundo caso del cual me encargaré es el de Germán, quien perpetra violencia psicológica contra su novia al querer controlar la forma en que se viste y amenazarla al respecto. Esto genera escenas (Barthes, 2001) de discusión donde ella ejerce un mecanismo de resistencia a partir de insultos (Femenías, 2009; Lozano, 2007; Velázquez, 2006) ante esa prohibición. Es decir que su forma de resistir ante la violencia de su novio es con violencia verbal (Osborne, 2009).

Si bien la hexis corporal que se espera de las jóvenes mujeres de clase media de la ciudad de Buenos Aires no es la misma que la de otros lugares del país, de otras clases sociales y menos aún de otros tiempos históricos, continúan siendo los cuerpos femeninos umbrales donde se inscriben diferentes representaciones socialmente aceptables en relación con sus gestualidades y modos de desenvolverse. Explica Bryan Turner: “el cuerpo es un espacio de enorme trabajo simbólico y producción simbólica. Sus deformidades son estigmatizantes y estigmatizadas, mientras que al mismo tiempo sus perfecciones, culturalmente definidas, son objeto de elogio y admiración”(1984: 190).[3]

El modo en que las mujeres se visten es controlado por sus parejas, como mostré en el segundo capítulo, punto 2.1.3. Si ella usa ropa “provocativa” en términos de su novio, pasará a ser estigmatizada como una mujer a la que le gusta que los varones la miren, tal como comentó Germán en otra parte de la entrevista.

Germán: Si andás con un short que se te ve la mitad del culo al aire y andás con una remera que se te ve todo el corpiño y es obvio que la gente te va a decir cosas en la calle o te va a ver, o vas a llamar la atención.

Esto pone en cuestionamiento el pacto de fidelidad de esta relación; además, lo estigmatiza a él como quien, ante la mirada de los otros, está de novio con alguien que se muestra provocativa. Ante este contexto él actúa ejerciendo control sobre el modo en que su novia se viste.

E.: Contame una escena.

Germán: Por la vestimenta por ejemplo. No me rompas las pelotas, yo voy a hacer lo que quiero. Entonces yo le decía no, vos no vas a hacer nada. No seas pelotuda porque… y ahí empezábamos a discutir, que vos sos un forro y vos sos una boluda. […] Ahí como que me decía no me jodas, no me jodas y se cortaba ahí. No es que nos poníamos a discutir y a pelear.

La escena se terminaba porque se cansaban de la discusión (Barthes, 2001) y cada uno se iba por separado a mirar televisión o usar el celular.

Germán: Cuando nos calmábamos un poco los dos lo hablábamos…

E.: ¿Cómo era esa parte que se calmaban, qué hacían?

Germán: Yo me ponía a escuchar música, a mirar la tele, me tiraba solo con el celular y ella se cambiaba o hacia algo, pero cada uno como por separado, entonces nos tranquilizábamos un poco, bajábamos un poco los humos y después lo hablábamos bien.

Luego hablaban sobre lo sucedido pidiéndose disculpas, restableciendo la cara en términos de Goffman (1971), a diferencia del caso de Darío y Diana donde no hubo un pedido de disculpas, sino que el enojo persistió y salieron de la escena hablando de otro tema. El restablecimiento del vínculo se dio a partir de un acercamiento de él, quien le pidió disculpas, aunque indicó que ella también fue violenta en el modo que le respondió. Ambos restablecieron su cara desde el pedido de disculpas y terminaron de reconciliarse mediante gestualidades amorosas que incluían abrazos y besos.

Germán: Voy le digo “che, tenés razón”. Vos te podés vestir como quieras, yo no soy quién para decirte qué tenés que hacer y qué no, perdoname, pero también tu trato hacia mí no fue el más óptimo. O sea, me trataste mal por eso me enojé, y yo le pido perdón, y como que lo hablamos un poco y nos tranquilizamos los dos, nos pedimos perdón.

E.: Ahí desde el cuerpo, ¿qué hacen?

Germán: Yo capaz la abrazo, le doy un beso. Capaz primero termina de hacer sus cosas, yo las mías y después nos abrazamos.

Es decir que estos cuerpos vivos (Grosz, 1994) se encuentran afectados por la discusión y a partir de la gestualidad amorosa donde las pieles se rozan, “evanescente ante la caricia o el golpe” (Nancy, 2007), restablecen la satisfacción emocional que sostiene el vínculo (Giddens, 1997).

Por último, retomo el pasaje de Lara desarrollado en el punto 2.3.2 cuando juega con su ex novio a golpearse. Allí observo una dinámica de la violencia y el amor en tanto los golpes que se daban eran percibidos lúdicamente, como una práctica aceptada dentro de sus parámetros de noviazgo, tal como expliqué en dicho punto. Pero también quiero hacer aquí una referencia a las gestualidades tanto violentas como amorosas que se desarrollaban en esa escena.

Cuando ambos se emborrachaban comenzaban a pelearse. Este contexto se hace presente en las entrevistas a Pedro, a Daniela y a Germán, no obstante en estos casos el inicio de la pelea no se daba en un contexto de juego y los golpes no estaban legitimados en sus vínculos de pareja.

Lara y su ex novio comenzaban el juego con una gestualidad violenta que incluía, dentro de un marco de bromas, “piñas”. Esta actividad avalada por ambos estaba prepautada, cuando alguno de los dos se lastimaba debían parar.

Como expliqué en el punto 2.3.1, al momento de pelear tanto ella como él posicionaban sus cuerpos de modo que estuviesen listos para una pelea. La entrevistada comenta que le gusta pelear y jugar a las pulseadas, cuando refiere “que se planta” significa que toda la hexis corporal socialmente esperada como de quien es un competidor legítimo en el marco de una pelea es puesta en juego por ella.

Lara: […] Siempre que nos emborrachábamos empezábamos a pelear, en broma, pero terminábamos hechos mierda, después “ay sí vení mi amor”, pero yo toda lastimada, el chabón todo lastimado, ¿entendés?

E.: ¿Se agarraban como a las piñas?

Lara: Claro, en broma.

E.: ¿Cómo era eso?

Lara: (Risas). No sé, era gracioso, a mí me resultaba gracioso, pero ahora que lo pienso…

E.: ¿Cómo eran las escenas?

Lara: En parte porque siempre me divirtió el pelear, o sea, sé que soy buena, sé que me planto ¿entendés? (ríe), […] por otra parte porque inconscientemente calculo yo que descargaba las broncas que tenía con él.

E.: ¿Cómo era que empezaban así a pegarse?

Lara: No, a veces empezaba uno o si no le decía, ¿peleamos? Dale. Y nos levantábamos y peleábamos, no sé.

E.: Cuando se estaban peleando, ¿sentías que era en chiste o por momentos también era como medio en serio?

Lara: No, no, a veces era en chiste, pero nos lastimábamos igual, yo cuando lo lastimaba o yo cuando me lastimaba le decía: “ey bueno pará, mirá me lastimaste”; ahí parábamos, nos dábamos unos besitos qué sé yo y después seguíamos.

La escena se pausaba cuando aparecía sobre la superficie corporal alguna marca física de un golpe. “Cuerpo a cuerpo, codo a codo o frente a frente, alineados o enfrentados […]. Los cuerpos se cruzan, se rozan, se apretujan” (Nancy, 2007: 17) y dejan marcas de ello. Lara y su ex novio paraban el juego cuando se lastimaban, es decir, cuando les quedaba alguna marca visible en la piel, ese era el punto donde el límite era sobrepasado. El modo que tenían de compensar esa extralimitación era a partir de la gestualidad amorosa, como por ejemplo un beso, que los habilitaba a reanudar la gestualidad violenta.

Esta escena se diferencia de la de Darío y Diana y la de Germán porque la misma se inicia como un juego, no como una discusión. Esta distinción con las otras escenas no permite pensar su terminación final en los términos que lo hace Barthes (2001) que incluye pensar una escena con inicio y fin, sino que se hacían microescenas que terminaban cuando había una extralimitación de aquello que estaba permitido en el juego y se reiniciaba nuevamente a partir del contacto amoroso. Para que ese exceso no significara una transgresión (Bataille, 2010) a lo que ellos consideraban como sus parámetros de lo tolerable dentro de su relación, se daban besos como una forma de marcar nuevamente su amor, que todo estaba bien entre ellos, es decir, reafirmar el pacto de confianza de que el otro no se sobrepasaría (Giddens, 1997).

A continuación analizaré una escena de discusión de la pareja de Juan y María y su resolución, en el contexto de las redes sociales.

3.3.2. El registro emanado de los cyborgs

En nuestros días, las redes sociales son medios a partir de los cuales los jóvenes socializan. El uso cotidiano que le dan al celular y a la computadora, al punto de ser prótesis de sus cuerpos anatómicamente hablando, permite pensarlos como cyborgs (Haraway, 1991; Andrada de Gregorio y Sánchez Perera, 2013). 

Los cuerpos jóvenes habitan una espacialidad que trasciende su espacio físico. El celular es una prótesis de su cuerpo porque es utilizado asiduamente por ellos y les permite estar en otros contextos virtuales a la vez que están en un lugar físico determinado. Esto genera efectos sobre sus cuerpos dado que desde allí discuten, expresan cariño o remedian conflictos. Dice Nancy: “un cuerpo no está vacío. Está lleno de otros cuerpos, pedazos, órganos, piezas, tejidos, rótulas, anillos, tubos, palancas, fuelles. También está lleno de sí mismo: es todo lo que es” (2007: 13). Esto implica que han emergido nuevos límites, que son fluidos y que permiten a las personas a partir del celular y de las redes sociales estar en diferentes espacios simultáneamente y tener acceso a información sobre interacciones que tuvieron en otros momentos temporales, por ejemplo con los historiales de mensajes. Las redes sociales contribuyen a desorganizar el corpus, el cual tiene, como he referido en la cita anterior, órganos internos y externos tirándolo para sí (Nancy, 2007, 2009).

Al cuerpo como colección de colecciones (Nancy, 2007) –de piezas, de pedazos, miembros, estados, funciones, de otros cuerpos que cada uno tira para sí mismo desorganizando al todo–, se le suma el celular como prótesis (Haraway, 1991). A partir del celular (mensajes de texto y acceso a redes sociales) los/as entrevistados/as pueden observar y tener conocimiento de lo que están haciendo sus parejas tanto en lugares concretos como virtuales. Como se explicó en el segundo capítulo, estos medios permiten nuevas espacialidades desde donde proliferan los celos y el control. Es decir que este espacio genera efectos sobre los cuerpos de los jóvenes dado que las discusiones por chat involucran registros emanados, como gritos hacia la otra persona –aunque ésta no lo esté mirando–, broncas e iras (Kaplún, 2004), que se expresan tipeando con mayúsculas, “clavando el visto” o insultando por chat.

La expresión “jaja está bien” es utilizada también por María en sus discusiones con Juan a través de WhatsApp como forma de terminar el diálogo. No obstante, este tipo de resolución de conflictos es sólo temporal, ya que esconde un malestar de quien la expresa y monta así una escena (Barthes, 2001).

E.: ¿De qué sos celoso?

Juan: De todo, que por ahí vaya a una casa donde haya dos o tres chicos, ahí ya me enojo, me pone…

María: De mal humor.

Juan: Claro, de mal humor y hablándole medio medio.

E.: ¿Qué es hablarle medio medio?

María: Y medio cortante “jaja bueno” y diciéndole cosas así. O por ahí que me voy a dormir antes, temprano y así la dejo a ella tranquila y yo me olvido de todo lo que está pasando…

Juan: Claro siempre, te dejo tranquila (risas).

E.: ¿Qué significa el “jaja bueno”?

Juan: Un andá a cagar (risas) en pocas palabras.

María: Sí, no sé. Cada vez que nos enojamos hay un “jaja bueno”, como para cortar la conversación. Te explica no sé dale no te enojes y te dice de todo y yo le pongo “jaja bueno”.

Juan: Claro por ahí yo le insisto de que no se enoje qué se yo y por ahí estoy bastante tiempo insistiéndole y ella “jaja bueno”.

En los diálogos por WhastApp o chat de Facebook, aparece la fecha y horario de cuando el otro leyó el mensaje que se le envió. En esta discusión por WhatsApp (a la cual pude tener acceso), en la que él decide salir, punto de conflicto entre ambos, se puede ver el tiempo en el cual cada uno manda el mensaje. Cuando al final de la conversación pasan cinco minutos sin que ella le responda, lo cual es percibido como demasiado tiempo, él le insiste nuevamente y le envía un emoticón[4] como muestra de tristeza porque ella no le habla. Para evitar que el conflicto se incremente, él termina no saliendo.

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       Los emoticones funcionan también como modo de resolución de conflictos. En el caso de la conversación de WhatsApp que analizo, él al final le manda corazones como modo de demostrarle que no quiere discutir con ella y reafirmar aquello que había escrito: que la ama.

Esos corazones son un modo de expresarle al otro lo que siente, desde un registro que parece más cercano y tangible que la palabra en un medio virtual.

3.3.3. Los límites corporales 

A lo largo de este capítulo describí cómo las dinámicas de la violencia y el amor tienen efectos en la superficie corporal, ya sea a partir de gestualidades que he denominado violentas como así también de gestualidades amorosas. Las mismas se dan dentro de un pacto implícito de la pareja que acepta, mantiene esa interacción, en términos de Goffman (1971). Estos límites no son estáticos y en cada pareja poseen ciertas particularidades, aunque, como he descripto, en estos entrevistados hay un límite claro: no está permitida la violencia física de varones hacia mujeres en un contexto de discusión.

Los cuerpos, como expliqué, retomando la propuesta de Jean-Luc Nancy (2007, 2009), son fuerzas abiertas. No obstante, según mi punto de vista, los sujetos establecen límites, los cuales están en parte socialmente constituidos y variarán según quién y de qué modo esté ejerciendo una fuerza corporal contraria. Es decir que el límite de esa experiencia (Scott, 1992) de apertura corporal que el sujeto permite no se debe a simples razones subjetivas. El hecho de que los jóvenes de clase media tengan relaciones sexuales en la casa de sus padres y se vayan de vacaciones con ellos no era una práctica que sucedía a mediados del siglo pasado (Cosse, 2010), mientras que hoy esa experiencia se replica en los diferentes casos. Esto impacta generando un entorno para que la intimidad de las parejas sea vivenciada en mayor grado (Giddens, 1992), a la vez que actúa generando una mayor cercanía corporal que modifica los límites corporales aceptados.

En otras palabras, si bien la experiencia corporal es vivenciada subjetivamente, responde a un contexto social e histórico definido, aunque disputable y contingente. Explica Scott (1992: 66): “el discurso es por definición compartido, la experiencia es tanto colectiva como individual. La experiencia es la historia de un sujeto”.

Habiendo explicitado lo anterior y teniendo presente el contexto de mayor intimidad en el cual se vinculan los jóvenes entrevistados, en este punto me encargo de describir comparativamente cómo los/as entrevistados/as perciben sus límites corporales en relación con la violencia y el amor según las pautas y parámetros que establecen como aceptables dentro de sus noviazgos, sin desconocer el contexto social en el cual están insertos. Lo desarrollo a partir de la descripción de tres escenarios diferentes: uno donde se muestre cómo el entrevistado a partir del noviazgo amplía sus límites corporales, otro donde elementos violentos son vistos por los/as entrevistados/as como muestras de amor, y por último una escena de violencia física que es percibida por la entrevistada como límite de lo aceptable en su pareja.

A partir de esto puedo abordar también las representaciones, prácticas y efectos vinculados a la violencia, al amor y al cuerpo de los/as entrevistados/as.

En primer lugar, en relación con el modo en que el noviazgo amplía sus límites corporales, para Darío el amor de pareja le permitió una apertura corporal anhelada por él mismo. Es decir que hay una afectación en términos de Nancy (2007) deseada y que aporta a la construcción de su noviazgo (Badiou, 2010). A medida que la construcción del vínculo se incrementa, el entrevistado avala que la otra persona roce su piel y ejerza sobre él gestualidades amorosas, aunque no en cualquier circunstancia.

E.: ¿En qué sentido hay menos límites?

Darío: No sé, yo no dejo a cualquier persona besarme, abrazarme, o por lo menos estar mucho tiempo abrazándome, besándome todo el tiempo. Y con ella esos límites se van no porque tenga que… sino porque quiero que… […] Yo la dejo tocarme a ella en cualquier no… o sea, no en cualquier momento, pero como que con ella tengo menos limites en más momentos que tendría con cualquier otra persona. O sea, los límites se van más con ella. Y ella me puede tocar porque yo cuando ella me toca yo siento cosas.

El contacto con ella le genera sensaciones que remiten, volviendo a Nancy (2007), a la evanescencia del cuerpo ante la caricia del sujeto amado. Las expresiones de cariño de un integrante de la pareja hacia otro y su contacto corporal no son siempre de la misma forma e intensidad, sino que ese límite se va modificando a partir de la confianza, pilar en su representación sobre lo que implica un noviazgo. En este caso, por ejemplo, que él le toque la panza a su novia al principio de la relación no era una práctica que ella permitiese.

Darío: Yo creo que ella me deja más tocarla y acariciarla y todo eso, se suelta más conmigo y que se deja porque supongo que ella también lo siente, lo mismo que yo. Antes por ejemplo cuando el primer mes que salíamos yo me acuerdo que la acariciaba en la panza y se notaba que a ella no le gustaba mucho en ese momento o no se sentía muy cómoda y se bajaba la remera. Y yo la acaricio y ella también, no hace nada, como que no le importa, y ella me acaricia a mí, no sé.

Con esa construcción de confianza en el tiempo, Diana ante la caricia de él reacciona también acariciándolo, es la piel el umbral (Grosz, 1994) a partir del cual somos tocados a la vez que tocamos.

E.: En otros planos que no sean íntimos, ¿en qué sentís que se cayeron las barreras?

Darío: En eso por ejemplo que yo la agarro, de que la acariciaba en el parque por ejemplo, le acariciaba la panza y ahí medio que se ponía un poquito incómoda, pero ahora no. Y también lo que te dije antes, que ella me viene me abraza me da besos, me dice te quiero, ella, de la nada.

En pocas palabras, Darío con Diana, en tanto es su novia, logra ampliar sus límites respecto de lo que otra persona puede hacer con su cuerpo. Él se siente a gusto cuando ella lo toca en espacios tanto íntimos como públicos, sin embargo tiene ciertos límites. Este consentimiento se da en el marco de caricias y del acto sexual, no así en un contexto de golpes, como mostré en el caso de Lara con su ex novio, en el cual el juego de golpearse estaba permitido.

En cambio, Tamara y Hugo, en su intento de cuantificar el amor que sienten uno por el otro, ponen en juego el cuerpo y el sufrimiento; es decir que involucran elementos de la violencia. Sus representaciones sobre lo que llegarían a hacer como muestra de amor se vincula a la noción de intensidad de Bataille (2010) ya que requieren que se llegue al malestar y a la cercanía con la muerte. Aunque ellos como muestra de amor marcan como límite que no morirían por el otro, sí que la rozarían a partir de la tortura.

Hugo: Porque yo te amo lo máximo que se puede amar a alguien.

Tamara: Yo siempre te digo eso.

E.: ¿Qué significa “lo máximo que se puede amar a alguien”?

Tamara: Mirá no te voy a decir que muero por él porque es algo hipócrita porque morir es fácil, pero soy capaz de ser torturada. O sea, de que me quemen con cigarrillos, morirme así, soy capaz de morirme así porque él esté bien.

E.: ¿Vos?

Hugo: Y no sé si con cigarrillos, pero sí con una gillette cortándome. Me parece crudo lo de los cigarrillos.

Tamara: Pero fue una forma de decir, o sea, estoy dispuesta al peor sufrimiento que existe en la vida. Igual, para vos es raro ¿no? Porque somos chicos para decir estas cosas, pero yo me voy a casar con él. Te voy a ver en diez años y me vas a ver así con dos pibes, te lo prometo.

Dejarse quemar por cigarrillos o cortar por una gillette es para esta pareja una muestra de amor. Dentro de sus representaciones sobre el amor, en las cuales indagué en el segundo capítulo, se encuentran: la promesa del amor eterno, el compromiso, la búsqueda de un concepto puro de amor, la reciprocidad y la intensidad.

Es a partir de esta muestra de amor atravesada por la idea de dolor que ellos comunican (Bataille, 2010) lo que sienten. Es desde el terreno de lo heterogéneo, en tanto cuestiona la vida y el bienestar mesurado homogéneo, que logran expresar la magnitud de aquello que la pareja denomina como amor incondicional.

En la práctica del acto sexual, Tamara y Hugo se rasguñan o tiran del pelo. En este caso se marca el cuerpo del otro, hay una extralimitación de las formas homogéneamente constituidas en términos de Bataille, con el propósito de alcanzar una mayor excitación o un desahogo.

E.: ¿Ustedes cómo vinculan el cuerpo a la violencia?

Tamara: ¿Por ejemplo decís así en lo sexual?

E.: Si querés charlame de eso.

Tamara: En lo sexual si te pegás con alguien no es agresión […]. En ese contexto sí está bien porque no es que me pega una piña, qué sé yo, que te tiren del pelo o algo así, lo veo normal, lo veo normal, no lo veo dañino ni nada. O que una mina lo rasguñe al chabón.

E.: En ese momento, ¿qué es lo que se siente?

Hugo: Desahogo, no sé.

Tamara: No, al contrario, más excitación.

De este modo incrementan la “piel” que hay entre ellos, que los mantiene en fusión (Bataille, 1987, 2000, 2003, 2010). Esta idea es expresada por los propios entrevistados de la siguiente manera.

Hugo: Lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir, boluda.Tamara: Ay, eso siempre te lo digo.

Sin embargo, tirarse del pelo o rasguñarse son prácticas violentas que se encuentran dentro de lo que son sus parámetros de amor, es decir que no son consideradas por la pareja como excesivas. Los límites entre la gestualidad amorosa y la violenta no están preestablecidos, sino que van tomando forma dentro del acto sexual, aunque hay ciertas fronteras que saben que no pueden extralimitar. En el caso de él sería darle un golpe en la cara a ella, lo cual no está permitido en su relación bajo ninguna circunstancia, y en el de ella, penetrar a su novio analmente.

E.: ¿Ustedes cómo lo establecen? ¿Lo hablan antes?

Hugo: No, somos un quilombo.

Tamara: Pero en ese sentido normal para mí. No, no, no decimos nada.

Hugo: Che, te jode si te doy… no, no, claro.

Tamara: No, pinta, pinta.

E.: ¿Hay algún límite?

Hugo: Pasa que ya nos conocemos, eso, los límites de repente.

E.: ¿Cómo son los límites?

Hugo: Y  sé, por ejemplo si yo le doy un sopapo, obviamente en la cara no, sé cómo, ¿entendés?…

Tamara: (Se ríe). Me puse colorada […]. Nosotros no tenemos límites, no tenemos límites para nada. En nada. En una sola cosa tenemos límites, en que si yo me compro un cinturón con una cosa… y le quiero romper el culo no, eso no. Eso es lo único que no hacemos.

Por último, una escena violenta que es percibida por Lara como límite de lo aceptable en su pareja es cuando ella y su novio alcoholizados durante una pelea le pegan de puño a la pared. Esta gestualidad violenta o jugar a golpearse, como mostré en este capítulo, también la desarrollaba con su ex novio.

Cuando toman alcohol excesivamente tienen lugar interacciones violentas de uno sobre el otro cuyo límite es pegarle a la pared con el puño lastimándose. Esto implica que a partir de una expresión corporal violenta y una marca observable y tangible sobre el cuerpo –en este caso lastimarse el puño con sangre o inflamándoselo–, se establece el límite de lo aceptable dentro de sus parámetros aceptados como pareja.

El sentimiento interno de bronca se plasma sobre un afuera, en este caso la pared. Explica Nancy sobre la piel: “[…] inscribe marcas del adentro –arrugas, granos, verrugas, excoriaciones– y marcas del afuera, a veces las mismas o aun grietas, cicatrices, quemaduras, cortes” (Nancy, 2007: 32).

E.: ¿Ahora estás medio mal con tu novio? ¿Pero en qué sentido están bardeando?

Lara: Con todo porque también nos pasa lo mismo, que nos emborrachamos y hay un momento en que nos ponemos violentos. La otra vez yo el viernes, empezamos a escabiar con mi patrón ahí en el laburo y yo volví bien pero se dio cuenta de que había estado escabiando, y al principio no pasó nada pero después de un vino el chabón como: no, y qué es eso, de qué vas a laburar y volvés así boluda […], agarró y le dio una piña a la pared y dejó un agujero (ríe), y después fui yo y yo ya le había dado una piña a la pared hacía poco…

E.: ¿Por una discusión con él también?

Lara: Sí, porque me había peleado con él y me había hecho mierda y se me había desinflamado y ahora le volví a dar y me quedó otra vez.

E.: ¿Después que le pegó una piña vos fuiste y le pegaste otra piña?

Lara: Claro, porque dije, loco, onda, en ese momento lo que sentí es como que estaba fallando ¿entendés?, yo dije, loco, tengo que hacerle bien, tenemos que hacernos bien, y esto no es nada de eso, nada de lo que yo quiero y me dio bronca y le pegué también a la pared.

E.: ¿Después qué pasó?

Lara: Y después nada, bien porque el chabón empezó a sangrar entonces yo lo curé, él me trajo hielo, me puso ahí en la mano, pusimos un disco y nos quedamos ahí, después nos dormimos. Pero que los dos nos damos cuenta y me dice “mirá yo ya no me gusta estar así, estamos haciendo cualquier cosa”. El chabón está buscando laburo, yo no quiero perder mi laburo, no quiero seguir bardeando, no quiero estar mal con mi papá.

En esta escena se puede observar el modo en que él ejerce violencia psicológica sobre ella al cuestionarla y celarla porque había tomado cerveza con su jefe. Luego de esto, como forma de amenaza y canalizar la violencia, él le pega a la pared. Ella continúa con la interacción y repite la misma acción que él (Osborne, 2009). Sin embargo, el primer golpe de él contra la pared no marcó un límite, sino que el mismo tuvo lugar cuando ella le pega nuevamente. Hacen una escena (Barthes, 2001) en la cual cada uno intentará imponer la última palabra amedrentando al otro a partir de la violencia física que ejercen sobre sí mismos.

Esta escena de violencia de ambos se soluciona escuchando música, cosa que los une, en especial la música de los Rolling Stones, yéndose a dormir y prometiendo que no van a volver a llegar a ese límite.


  1. Los estudios sobre la gestualidad para Le Breton comprenden lo que los actores hacen con sus cuerpos cuando se encuentran entre sí: “rituales de saludos o de despedidas (signos con las manos, movimientos de cabeza, estrechamiento de las manos, abrazos, besos en la mejilla o en la boca, gestos, etc.), maneras de afirmar o de negar, movimientos del rostro y del cuerpo que acompañan la emisión del habla, dirección de la mirada, variación de la distancia que separa a los actores, maneras de tocarse o de evitar el contacto” (2002: 46).
  2. El erotismo, si bien se vincula con la actividad sexual reproductiva, la trasciende, ya que “es una búsqueda psicológica independiente del fin natural dado en la reproducción y del cuidado que dar a los hijos” (Bataille, 2010:15).
  3. “The body is the site of enormous symbolic work and symbolic production. Its deformities are stigmatic and stigmatizing, while at the same time its perfections, culturally defined, are objetcs of praise and admiration” (Turner, 1984: 190). [Traducción propia al idioma español].
  4. Emoticones es una palabra traducida al español que en inglés se escribe emoticons. Son un conjunto de caracteres informáticos que representan una emoción a partir de dibujos de caras, de personajes o de objetos.


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