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9 “Todo igual”: inercias institucionales y costumbres en común

Mariana Domenighini, Ana Milena Passarelli
y Esteban Rodríguez Alzueta

“No hay mal que por bien no venga”, la frase es trivial, pero servía para compensar el pesimismo que nos invadió en la pandemia. Durante los primeros meses pensamos que la sociedad saldría transformada, sería un parteaguas más o menos forzoso, inevitable. Invertimos mucho tiempo en reflexionar sobre las causas o condiciones que estaban detrás de la pandemia, casi todo el mundo estaba perplejo. Muchos de nosotros estuvimos atentos a identificar las transformaciones que, de llegar a profundizarse, sospechábamos o, mejor dicho, apostábamos, se convertirían en un cambio de época, de paradigma, de sensibilidad. Tal vez estemos todavía demasiado cerca para responder estas cuestiones, seguramente se necesita tomar otra distancia para estar en mejores condiciones y reflexionar sobre las continuidades y discontinuidades entre las sociedades que separa el paréntesis pandémico.

Sin embargo, la pregunta que nos movilizó a participar en esta investigación coral fue la oportunidad de pensar las capacidades que tienen los acontecimientos de conmover a las instituciones y las percepciones que los distintos actores tienen sobre estas instituciones.

En este artículo, realizado a partir de entrevistas en profundidad a policías de distintas comisarías y vecinos de distintos barrios del partido de Quilmes, vamos a identificar y revisar las percepciones que tuvieron cada uno de ellos respecto del otro durante la pandemia. Concretamente nos interesaba saber qué opinión tenían los vecinos de los policías y los policías de los vecinos. Qué esperaban los vecinos de los policías durante la pandemia, y qué esperaban los policías del resto de los vecinos. También nos interesaba saber la percepción sobre las conflictividades sociales, saber si para ellos los conflictos habían aumentado o disminuido y, en tal caso, cuáles habían aumentado o disminuido, pero, además, si habían mutado o aparecido otros nuevos conflictos que antes no estaban en el radar de los vecinos y policías.

Partimos del supuesto que los vecinos no son siempre el mismo vecino. Que no es lo mismo un vecino joven que un vecino adulto o integrante de la tercera edad. Tampoco, es lo mismo si ese vecino vive en el centro de la ciudad, en un barrio residencial de clase media o en una villa o asentamiento. Y, por supuesto, no sería lo mismo si es mujer o varón.

Lo mismo cabe decir sobre los policías. No todos los policías viven a la institución de la misma manera (Bover; 2021). Hay diferencias de género, etarias, residenciales, de experiencia acumuladas, que deberíamos tener presente a la hora de pensar las prácticas policiales.

Vecinos y policías

Por empezar, y con las entrevistas en la mano, podemos decir que las medidas de aislamiento social preventivo fueron de cumplimiento dispar. En los barrios residenciales de clase media y media baja (Quilmes Centro, Quilmes Oeste, Bernal), el cumplimiento fue más efectivo en la primera etapa (hasta junio/julio de 2020). No es casual que esto haya sido así, como los propios vecinos se encargaban de destacar, no solo contaban con otras condiciones habitacionales, sino que tenían otra infraestructura económica para asumirlo, por ejemplo, ahorros, la posibilidad de trabajar virtualmente, es decir, computadora, conectividad o acceso a datos móviles.

Por el contrario, en los barrios populares (La Matera, la Florida, Solano, La Cañada, Villa Itatí, etc.), el aislamiento fue relativo. Los entrevistados nos contaron que había una mayor circulación de personas en el barrio que la que veían en el resto de la ciudad. En efecto, por un lado, los más jóvenes continuaron reuniéndose en el espacio público, aunque modificando algunas de sus hábitos (usando vasos individualizados para tomar cervezas, acortando las horas de encuentro) y, por el otro, la circulación al interior del barrio estuvo vinculada a la reproducción de la vida, esto es, con la reapertura de comedores comunitarios y merenderos. De hecho, entre esos vecinos una de las frases que escuchamos repetidas veces fue la siguiente: “nos damos una mano”. Una reserva de solidaridad, seguramente aprendida al calor de otras crisis, servía para mantenerse por encima de la línea de flote, de evitar que los ánimos se caldeen.

En el contexto de pandemia, independientemente del nivel de apego que tuvieran los policías a las indicaciones gubernamentales respecto al aislamiento social, se esperaba que las fuerzas de seguridad moderaran la circulación y, al mismo tiempo, por su proximidad con los vecinos, que fueran el nexo entre estos y el resto de las instituciones tanto para hacer efectiva las restricciones, como para mediar o resolver conflictos vecinales y familiares. Los vecinos, sobre todo, los vecinos adultos, esperaban que los policías fueran proactivos a la hora de hacer valer las medidas de aislamiento. Eso no significa que estuvieran de acuerdo con la brutalidad policial, pero sí que fueran rigurosos en la aplicación de las medidas que ellos estaban siguiendo. En ese sentido, muchos vecinos se mostraban molestos por los estándares discrecionales con los que trabajaban los policías: algunos eran rigurosos y otros se veían muy flexibles con las personas que circulaban o estaban en la calle u otros espacios públicos.

Sin embargo, a partir del mes de agosto de 2020, cuando las medidas de aislamiento empezaron a flexibilizarse en función de las necesidades de salir a trabajar, la circulación se extendió más allá del propio barrio. Pero a partir de ese mes, en los barrios populares, los jóvenes empezaron a realizar jodas (fiestas itinerantes en viviendas de vecinos o en el espacio público) que nunca declinaron.

Hay que resaltar que cuando los vecinos nos hablaban del patrullamiento policial, siempre estaban refiriéndose a la Policía Bonaerense. Solo en el Barrio La Florida, los vecinos reconocieron la presencia de la Gendarmería.

Pero vayamos a las percepciones que los vecinos tenían del trabajo policial durante la pandemia. A grandes rasgos los vecinos, distinguen tres momentos muy bien delimitados. Un primer momento, que va del comienzo de la pandemia y se extiende hasta el mes de julio de 2020; un segundo momento, a partir de agosto/septiembre que se extiende hasta mediados del verano de 2021; y el tercer momento, desde febrero/abril 2021 hasta mayo y junio de ese año, cuando hicimos las entrevistas.

En el primer momento, los vecinos coincidieron en destacar la multiplicación de controles policiales en las avenidas y arterias principales de la ciudad. Los controles fueron más estrictos, pero se limitaron a la constatación de los permisos para ambular. Mientras que el acceso a los barrios solo estuvo custodiado con móviles policiales. Sin embargo, esto último no fue una medida continua ni generalizada, al menos para los vecinos más adultos: solo en algunos barrios, durante algunos días de la semana (los fines de semana) y algunas horas (la noche) se advertía el patrullamiento policial. De hecho, los entrevistados de los barrios más populares nos manifestaron que “la policía no entraba al barrio”, “no se la veía”, “la policía no se mete dentro del barrio”, “por este lado no se los ve nunca”. Muy de vez en cuando, la policía se hacía presente ante las llamadas recurrentes de los vecinos. En algunos barrios (La Florida), al comienzo de la pandemia, los bomberos salían todas las noches, para decir por megáfono que no se podía circular por la calle. Pero esa escena duró apenas dos o tres semanas.

Por el contrario, los más jóvenes de los barrios populares, reconocen que el centro de atención en los barrios, continuaban siendo ellos. Durante esta primera etapa, los más jóvenes manifestaron que los policías se hacían presentes en las canchitas de futbol o las juntas en las esquinas, y no fueron pocos los momentos de tensión que se vivieron con las policías (Villa Azul, Itatí). Más allá de que los policías evitaban tomar contacto con los jóvenes, el destrato y maltrato continuó siendo la forma de vincularse con los más jóvenes.

En el segundo momento, los vecinos en general coincidieron que los controles se relajaron. Ya no se observan patrullamientos nocturnos, ni la disposición de móviles en las arterias principales de ingreso al barrio.

El tercer momento, que estimamos se inicia en febrero y se extiende hasta el momento de realización de las entrevistas (mayo y junio de 2021), los entrevistados nos contaron que “ahora hay más presencia policial”. Tal vez porque los controles en las arterias principales habían disminuido, tal vez porque llamó la atención el patrullaje con “móviles nuevos” (camionetas Nissan). Sin embargo, casi todas las personas que entrevistamos continuaban opinando que los controles se daban “afuera del barrio”.

En definitiva, los controles policiales fueron discontinuos y desiguales durante la cuarentena/pandemia. A partir de las entrevistas de los vecinos podemos concluir que en los barrios residenciales de clase media hubo mayor patrullamiento que en los asentamientos y las villas, y que la población objeto de los controles policiales en los barrios más populares continuaron siendo los más jóvenes, especialmente, los jóvenes varones.

Tal vez sea por eso que, ante la ausencia de policías en los barrios populares, los vecinos empezaron a estar más presentes o atentos a lo que sucedía en el barrio. De hecho, en algunos barrios, los vecinos armaron grupos de WhatsApp para “sentirse más seguros” (El Dorado, Don Bosco, Kolinos, Quilmes Oeste, Bernal, La Florida); compraron una alarma comunitaria (El Dorado) y, en algunos barrios (La Matera), los entrevistados manifiestan que grupos de vecinos se organizaron de manera colectiva para patrullar las calles. Aparentemente, una iniciativa impulsada por un policía retirado.

Un dato a destacar, es que en el barrio La Matera, donde el Ejercito estuvo repartiendo comida, también se dedicó a realizar tareas de control poblacional. Al menos a partir de las entrevistas se obtuvo que esta experiencia solo se realizó de modo aislado en dicho barrio.

Lo mismo puede decirse de las percepciones que se tienen sobre la actuación policial: las representaciones son muy heterogéneas, pero no reconocen cambios en las actuaciones. En efecto, los adultos y los jóvenes no tienen la misma percepción sobre las policías y las maneras de proceder. En términos generales, los y las entrevistados manifestaron que no hubo grandes cambios sobre la actuación policial. Por eso, algunos de los clisés que más escuchamos fueron “como siempre”, “igual que siempre”, “todo igual”. Solo se reconocía mayor presencia y controles en determinados momentos en determinadas arterias de la ciudad. Los adultos manifestaron no haber tenido trato con la policía, mientras los más jóvenes, manifestaron que siguieron siendo foco de atención, que casi siempre detenían a “los pibes con capucha”. Sin embargo, reconocen que esas “detenciones”, por lo menos al comienzo de la cuarentena estricta (y cuando estaban en grupo, dos o tres personas), se limitaban a la constatación de los permisos. No había requisas ni cacheos, porque los policías optaban por mantener la distancia. En ese sentido manifiestan que el trato fue más respetuoso y no se plantea que haya incrementado el hostigamiento policial como consecuencia de la pandemia. Por su parte, tampoco aparecen cambios significativos en las percepciones de las y los referentes territoriales que se entrevistaron: todos coincidieron que “las cosas siguieron como antes”.

En definitiva, la imagen de la policía no cambió: a la gente que le caía bien la policía, le siguió cayendo bien, y a la gente que le caía mal, le siguió cayendo mal. Muchos manifestaron que la policía estaba para “cartelear”, “hacía como si”. De modo que existe una continuidad de las formas de acción policial en los barrios: los barrios que recibieron mayor atención policial fueron precisamente los barrios que siempre estuvieron en el radar de los policías, que siempre dispusieron más móviles para patrullar esas zonas.

Policías y vecinos

La principal preocupación de los policías estuvo vinculada a la vulnerabilidad frente a las nuevas condiciones de trabajo que le imponía la pandemia. En términos generales la gran mayoría de los policías que entrevistamos nos contaron que fueron escasos los elementos de bioseguridad brindados por el ministerio. Las medidas de cuidado corrieron casi siempre por cuenta de cada agente. Al comienzo de la pandemia les acercaron barbijos, alcohol y en algunos casos trajes especiales, pero la provisión no se mantuvo en el tiempo.

Otra preocupación, vinculada a sus condiciones de trabajo, refería a la sobrecarga laboral. El exceso de tareas no era nuevo, pero en las circunstancias actuales se hacía más patente y desgastante. Por un lado, porque eran los encargados de hacer cumplir el DNU 205; y por el otro, porque la cantidad de compañeros contagiados por COVID, implicaba que unos pocos se hicieran cargo de las tareas que antes se repartía entre sus pares. También manifestaron preocupación por la alta rotación del lugar de trabajo durante la pandemia. La mayor parte de los y las policías entrevistadas comenzaron sus tareas en un lugar y lo terminaron en otro. En ese ínterin, manifestaron que no solo pasaron por distintos establecimientos, sino que las tareas que realizaban fueron cambiando con cada nuevo lugar de trabajo.

También existe un consenso entre los entrevistados y las entrevistadas en que el trabajo policial se volvió aún más riesgoso por la exposición al virus. El riesgo, el “temor a contagiarse” fue una de las preocupaciones durante la pandemia, sobre todo durante las dos primeras etapas. El hecho de estar haciendo operativos de control de circulación o de tener que dar respuesta frente a un llamado y encontrarse con personas sin barbijo y sin conocerlas generó una sensación de aumento de riesgo en el trabajo.

De hecho, a los entrevistados, les molestaba que los medios de comunicación no reconocieran el trabajo en situaciones riesgosas, el “sacrificio extra” que representaba realizar el trabajo en esas condiciones. En ese sentido los policías señalaron que, como siempre, los medios muestran “lo que hacemos mal”, pero “no nos preguntaban cómo teníamos que llevar a cabo nuestras tareas”. Entonces, “como siempre”, hay una visión negativa sobre lo que se muestra y comunica del trabajo policial.

Por otro lado, en lo que respecta a la dinámica de trabajo con otras fuerzas de seguridad destacaron que la gran mayoría trabajó en algún operativo con otra fuerza, principalmente fuerzas federales y la articulación que quedaba en manos de la fuerza federal, siempre fue buena.

Pasemos ahora a la relación con los vecinos: los policías nos contaron que hubo pocos cambios, que el vínculo con los vecinos no se modificó. Aquellos que quieren a la policía “la siguieron queriendo” y aquellos a los que “no les gusta” sigue sin gustarle. Sin embargo, una excepción fue en Villa Itatí, donde el Subcomisario tiene relación directa con los vecinos y los referentes barriales, sobre todo las personas adultas. En este barrio, el trato mejoró y se trabajó en conjunto para realizar caminatas por el barrio, en el marco del Plan Detectar, repartir comida, entre otras cosas.

En cuanto a los jóvenes, los policías consideraron que hubo menos acatamiento a las medidas de aislamiento. Y que el trato con los jóvenes de los barrios populares variaba si estaban solos o en grupo. Salvo al comienzo de la pandemia, cuando los policías manifestaron que los jóvenes en general estuvieron “más predispuestos a obedecernos”. Pero después, “todo fue como siempre”, el trato respetuoso dependía si estaban solos o en grupo. Las situaciones más tensas se vivieron a partir de la segunda etapa, cuando los controles tendían informalmente a flexibilizarse y chocaban con los grupos de jóvenes que se juntaban en las canchas de futbol o en algunas esquinas, o en las jodas que se realizaban a la noche.

Los conflictos

Hay que resaltar que el barrio subjetivo que los vecinos tenían en la cabeza nunca se condecía con el barrio real. Cuando los vecinos hablaban del barrio (“el barrio es tranquilo”, “el barrio es inseguro”), casi siempre estaban refiriéndose a las cuadras más próximas a su hogar. Los barrios se estiraban o achicaban según los días y los horarios. La inseguridad siempre la asociaban a determinados sectores que formaban parte del mismo barrio, pero que los vecinos (sobre todos los adultos varones o mujeres) los vivían con extrañeza o lejanía.

Los vecinos y los policías no parecen tener las mismas opiniones. Para los vecinos hubo un aumento de los arrebatos o robos callejeros. Tal vez el aumento en la percepción de inseguridad esté vinculado al encierro y aislamiento: la menor circulación de gente por la ciudad y en el propio barrio, produjo un aumento del temor a circular por el barrio, en especial en horarios de la tarde/noche y en el caso de las mujeres.

También se señalaron recurrentes peleas vecinales (Villa Azul) o vecinos muy impacientes “denunciando cualquier cosa” (al comienzo de la cuarentena), que “no paraban de llamar al 911”.

En cambio, para los policías, en términos generales hay un consenso de que los delitos callejeros no aumentaron con la pandemia, al contrario, los primeros meses (que podríamos recortarla entre marzo y junio/julio de 2020) disminuyeron considerablemente. También había coincidencia en la explicación de la merma de estos delitos: “al haber menor circulación hubo menos hechos delictivos”. Incluso muchos nos manifestaron que las medidas de aislamiento condujeron a que en los barrios residenciales haya menos entraderas.

Por el contrario, una problemática que sí tuvieron que abordar recurrentemente fueron las llamadas fiestas clandestinas. Las intervenciones casi siempre se hicieron a partir de una llamada de los vecinos que delataban los encuentros entre varios grupos de personas en lugares privados.

Eso sí, casi todos los policías que entrevistamos nos manifestaron que hubo un aumento de la violencia de género e interpersonal, que las problemáticas que tuvieron que abordar estuvieron vinculados a llamadas por violencia de género e intrafamiliar en el ámbito privado.

Conclusiones provisorias

La cuarentena fue mucho más que una medida sanitaria. Si para ejecutar las disposiciones se necesitaban a las fuerzas de seguridad desplegadas en la calle, entonces puede concluirse que se trató también de una medida policial. Y cuando la cuarentena se policializó se transformó en una medida de seguridad. El gobierno nacional no declaró el estado de sitio, ni hubo toques de queda, pero al presentar a la cuarentena como una medida de emergencia, a la hora de hacer efectiva las medidas que reclamaba la emergencia, requería de los gobiernos provinciales la movilización de las fuerzas de seguridad para garantizar el aislamiento, las restricciones ambulatorias y el distanciamiento social obligatorio. Estas medidas solían chocar con los funcionarios municipales que, es entendible, siempre tuvieron un mejor termómetro social de su territorio y sabían hasta dónde podían presionar a los barrios con los controles policiales. Más aún, las medidas necesitaban del compromiso de los vecinos no solo para quedarse encerrados en su casa sino para denunciar a las autoridades a las personas que deambulaban por la calle o se reunían violando las disposiciones.

Dicho esto, permítasenos extraer una serie de conclusiones provisorias.

En primer lugar, la tentación de usar a la policía para controlar el territorio es algo que quedó en evidencia durante la cuarentena. Muchos funcionarios apelaron al despliegue masivo de policías para hacer cumplir la cuarentena, para ralentizar los desplazamientos y restringir la circulación de población en los centros urbanos. Los controles fueron territoriales y poblacionales, estaban para regular el flujo poblacional en la ciudad. Sin embargo, esos controles continuaron siendo desiguales y discrecionales (Rodríguez Alzueta; 2020).

Desiguales, porque los controles se organizaron en función de los barrios. Hubo barrios sobrepolicializados, y barrios despolicializados. Barrios donde la policía estuvo más presente a través de patrullajes continuos (barrios céntricos y residenciales), corredores donde se dispusieron puntos de control permanentes (avenidas principales, acceso a autopistas o rutas), y otros barrios donde la policía (barrios populares) no estaba presente o solo se hacía presente a través de los llamados reiterados de los vecinos. Al menos esta es la percepción de los vecinos adultos, porque si se mira el patrullaje poblacional con el punto de vista de los jóvenes, que siguieron estando en el espacio público, podemos llegar a otra conclusión: la policía continuaba haciendo incursiones nocturnas o repentinas durante el día. Más allá de que los controles tendieron a masificarse, alcanzaban a actores que no formaban parte de la clientela habitual de las policías, según el relato de los vecinos que entrevistamos el trato fue muy desigual. Los adultos refirieron que la relación con la policía fue respetuosa, que el trato policial era seco pero correcto; en cambio los jóvenes, manifestaron que en ciertas situaciones el trato era tenso, impaciente, agresivo y apelaba a un lenguaje contaminado. Sobre todo, cuando la policía se acercaba a ellos para reprocharles las juntadas.

Esto nos lleva al carácter discrecional de los controles policiales: los controles siguieron recayendo centralmente, sobre todo después de la primera etapa (hasta julio y agosto de 2020) sobre determinadas categorías sociales. En efecto, la población objeto de vigilancia, a la que se dedicaba especial atención, continuaron siendo los grupos de jóvenes. Y si bien el trato evitaba el contacto físico, al menos en la primera y segunda etapa, el destrato verbal y simbólico continuó estando al orden del día.

En segundo lugar, resaltamos la centralidad que tuvo el sacrificio en el relato de los policías (Garriga Zucal; 2017). Identificamos que había un plus de sacrificio que estaba para expresar dos cosas: por un lado, para resaltar que realizaron sus tareas en condiciones laborales muy precarias. Por el otro, para justificar gran parte del destrato a la población que continuó siendo su objeto de control central. Acá se puede establecer una relación entre el hostigamiento y el sacrificio. A partir de los relatos de los entrevistados abordados como un todo nos parece que gran parte del hostigamiento policial estuvo vinculado al sacrificio extra que implicaba realizar las tareas durante la pandemia.

Sabemos que el sacrificio es un insumo moral de la identidad policial. No hay vocación policial sin sacrificio, sin entrega, sin renunciamientos. El sacrificio no se improvisa, se aprende aguantando las condiciones desfavorables en las que se trabaja. Y en la pandemia, cuando los riesgos que implicaba realizar las tareas durante eran mayores, el sacrificio fue un punto de apoyo moral para encarar esas actividades. De allí que, tal vez, el hostigamiento compensaba las condiciones laborales desfavorables. Había que hacer valer el sacrificio. No solo porque el trabajo policial les podía costar la salud propia, sino, sobre todo, porque podía costarles la salud ajena, porque arriesgaban la salud de sus familias y compañeros de trabajo. Dicho de otra manera: En vez de estar en sus casas con sus seres queridos tienen que estar en la calle con todos los riesgos que eso implica. Entonces, el destrato era el precio que tenían que pagar los jóvenes por los riesgos (y su correlato en el sacrificio) que estaban corriendo los policías. El hostigamiento moral encontraba en el sacrificio una justificación extra.

En tercer lugar, los vecinos adultos se sintieron comprometidos en las tareas de control policial, mostrándose dispuestos a llamar al 911 ante situaciones que representaban una violación al aislamiento social.

Por último, solo resta decir que las inercias institucionales le ganaron a la sensibilidad con la que muchos agentes policiales continuaron realizando sus tareas. Los policías fueron objeto de prácticas que no eligieron. Esas prácticas, encuadradas según determinados rituales aprendidos, continuaron siendo el marco de referencia para organizar sus intervenciones durante la pandemia. No había protocolos de emergencia, patrulleros de emergencia, uniformes de emergencia. La policía seguía siendo la misma policía y se desplegaba con las mismas prácticas. Tal vez se tomaron algunos recaudos específicos, pero estuvieron en el territorio con las mismas prácticas.

Ahora bien, en cuanto a los vecinos, tal vez estuvieron más atentos a las violencias policiales, pero nadie se movió de sus verdades. Las noticias iban cambiando, pero los prejuicios que organizaban la lectura de los partes diarios continuaron siendo los mismos prejuicios. Se sabe: Las costumbres están hechas para durar. Cuando las ideas se hacen carne, ni la fortuna ni la voluntad alcanzan para modificar los modos de actuar, sentir y decir.

La pandemia nos enseñó que las sociedades no se pueden resetear de un día para el otro. Aquello que en un principio nos llevó a pensar que se trataba de un cambio de época, de paradigma, de sensibilidad o tendencia, al menos de momento, queda suspendido. La deconstrucción es una bonita palabra que necesita generaciones para llevarse a cabo. Ni siquiera un acontecimiento global como la pandemia COVID-19, esto es la imposición del encierro y otras restricciones durante un tiempo, tuvo la capacidad de modificar el rumbo de las cosas.

Cuando las sociedades tambalean, difícilmente sus integrantes se arrojen al vacío. Al contrario, tenderemos a aferrarnos a las prácticas aprehendidas que se fueron internalizando y repetimos desde hace varias generaciones. Al fin y al cabo, nadie estuvo muy dispuesto a resignar sus prejuicios, más aún ante semejante acontecimiento. Porque frente a los hechos inciertos que imponía la pandemia, cuando la rutina se trastocaba, los vecinos y policías tendieron a sujetarse a las narraciones aprendidas. Cuando cunde el pánico y sentimos vértigo, se aferraron a la estantería donde fueron entrenados o encuadrados, permanecieron agarrados a los puntos de vista que profesaban hacía tiempo (Young; 2012).

Es lo que sucedió con las policías y el resto de los ciudadanos: las instituciones están hechas para durar, incluso cuando hace tiempo están en crisis. Lo mismo sucede con las costumbres en común: más allá de que nos gane la desconfianza mutua y se hayan desdibujado los precontratos que pautaban la vida cotidiana de relación, continúan orientando nuestras acciones en la vida cotidiana. Como dice otro refrán: “mejor malo conocido que bueno por conocer”. Los prejuicios siguen siendo un ancla social frente a la vorágine sea cual fuere, en este caso aquella que conocimos con el nombre de pandemia COVID-19.

Bibliografía

Bover, T. (2021). Distintos y uniformes. Una etnografía en la Policía Federal Argentina. Editorial Universidad Nacional de Quilmes, Bernal.

Garriga Zucal, J. (comp.) (2017). Sobre el sacrificio, el heroísmo y la violencia. Octubres, CABA.

Rodríguez Alzueta, E. (comp.) (2020). Yuta: El verdugueo policial desde la perspectiva juvenil. Malisia, La Plata.

Young, J. (2012). El vértigo de la modernidad tardía. Ediciones Didot, CABA.



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