Melania Libra[1]
Publicada en 1998 por la editorial Anagrama de Barcelona, Trilogía sucia de La Habana[2] es una obra de carácter profundamente autobiográfico, que se puede adscribir a la corriente literaria del denominado “realismo sucio”[3]. Está compuesta por sesenta cuentos, divididos en tres secciones: “Anclado en tierra de nadie”, “Nada que hacer” y “Sabor a mí”.
A lo largo de la narración, Pedro Juan, protagonista y asimismo alter ego del escritor, ofrece una representación objetiva y auténtica de un retrato de la sociedad cubana del llamado “período especial”[4] de los años 90, una realidad de la que reniega y por la cual es, a su vez, renegado. Vive una condición de insilio[5], es decir, una forma de marginación, un estado de exilio interior[6]: decide quedarse físicamente en Cuba, pero mental y espiritualmente se aleja, ya que no comparte la actitud represiva del Gobierno revolucionario[7]. Es, por lo tanto, exiliado en su propia tierra, rebelde en el suelo patrio, con el cual, sin embargo, mantiene un lazo indisoluble. Disidente y marginado políticamente, Pedro Juan expresa su desengaño –aunque de manera indirecta– ante el contexto sociopolítico que lo rodea, es decir, una realidad caracterizada por incertidumbres y frustraciones.
Además, el escritor no critica de forma explícita la conducta de las autoridades cubanas, sino que realiza una acusación velada a través de la descripción de la degradación de los ambientes en los que vive el protagonista. Su propósito es, por supuesto, el de suscitar en el lector un sentimiento de indignación que le despierte la conciencia, induciéndolo a un acto de reflexión sobre la cruda realidad de los hechos[8].
La profunda disidencia con respecto a la actual situación sociopolítica influye profundamente en la representación de los espacios urbanos por parte del narrador. En realidad, serán las motivaciones de carácter político las que provoquen la separación entre espacios “positivos” y “negativos”, descritos por Greimas como eufóricos y disfóricos[9]. El protagonista ama, por ejemplo, el espacio paisajístico de La Habana, la ciudad en la que vive, desde una perspectiva afectiva, pero abjura el espacio social. No acepta el actual estado de incuria y de extrema pobreza en el que se encuentra la población, y le atribuye las responsabilidades al régimen. Puesto que Pedro Juan considera la sociedad hostil y reprobable, también el espacio urbano que lo rodea aparecerá desfavorable, adquiriendo, de esta manera, un valor decididamente disfórico. El escritor nos propone la real topografía de la capital. La Habana se presenta así como un espacio cerrado dentro de sus límites, y representa el retrato de una ciudad que se está literalmente cayendo a pedazos[10]. A este respecto, resultan emblemáticos los relatos titulados “En busca de la paz interior” y “Dejando atrás el infierno”, de cuyas páginas aflora la descripción del hambre y de la degradación imperantes en la capital durante la crisis de los años 90[11]:
Fue en el verano del 94. Hacía cuatro años que había mucha hambre y una gran locura en mi país, pero La Habana era la que más sufría[12].
Desde aquí arriba se ve toda la ciudad a oscuras. […]. Semeja una ciudad bombardeada y deshabitada. Se cae a pedazos…[13].
A lo largo del análisis de los espacios urbanos en los que gravita el protagonista, no se puede prescindir del cuento “Locos y mendigos”, donde La Habana aparece otra vez como un espacio disfórico. También en este caso se describen las condiciones de indigencia en las que vive la gente menos acomodada. Además, se está llevando a cabo una verdadera depuración de las personas con problemas psiquiátricos y de los mendigos de las calles de la ciudad. Pedro Juan, que mientras tanto trabaja como barrendero, está involucrado en primera persona en esta operación orquestada por el Gobierno para poder salvaguardar la imagen social y arquitectónica de la capital. En este episodio, el escritor pone de relieve la figura de un viejecito que, a pesar de estar a punto de morir, arrastra desesperadamente por la calle un saco lleno de mangos ensangrentados. Junto al pobre clochard, está presente una anciana “limpiapisos”[14] que, presa del hambre, se apresta a comer los mangos menos sucios de sangre:
Decidieron recoger todos los locos y los mendigos del centro de la ciudad. Se acercaba algo importante. […]. Bueno, los jefes eligieron a cuatro de nosotros. […]. De madrugada fuimos a recoger a un viejo cochambroso. […]. Vomitaba sangre negra. Al mismo tiempo se aferraba a un saco de mangos. […] lo arrastraba y vomitaba sangre negra sobre los mangos. […] empezó a temblar y se murió […] la vieja arrastró para un rincón el saco de mangos embarrados de sangre y mierda vomitada. Escogía los más limpios y se los comía[15].
Más allá del espacio topográfico, es oportuno poner de relieve la relación que Pedro Juan establece también con otros espacios más cerrados en los que se mueve, tomando en consideración el cambio de su estado de ánimo, que varía según los ambientes. A este respecto, un ejemplo significativo de espacio cerrado está representado por el edificio en el que vive. El bloque se encuentra en condiciones extremadamente precarias, como se describe en el relato “La vida misteriosa de Kate Smith”:
El edificio se llenó de gente. Cada día somos más en esta isla y ya no sabemos dónde meternos. […]. Los que mandan no se imaginan ni remotamente lo que significa vivir seis o siete en un solo cuarto de cuatro por cuatro metros, con un baño colectivo para cincuenta personas o más. Y si llegan a imaginarlo, de todos modos se hacen los bobos[16].
En este caso, es evidente que el edificio se percibe como un espacio profundamente disfórico. Desde luego, aquí se remite al total desinterés manifestado por las autoridades gubernamentales hacia el estado de indigencia de la gente pobre.
Las responsabilidades del poder acerca de las condiciones desastrosas de los espacios en los que viven las clases más humildes se manifiestan también en el cuento “Yo claustrofóbico”. En este momento de la narración, resulta relevante la escena en la que el protagonista queda atrapado en el habitáculo maloliente y claustrofóbico del elevador de su edificio. Como se deduce de las palabras de Pedro Juan, la profunda turbación de su estado de ánimo se debe a las condiciones de incuria en las que se encuentra el ascensor (como para procurarle al protagonista una grave abrasión):
Fue la época de la claustrofobia. […]. Todo comenzó una vez que me quedé atrapado en el ascensor del edificio. […]. Éste es un cacharro […] con una peste permanente a orina, porquería y a los vómitos diarios […] el elevador de nuevo se puso en marcha […]. Me lo trabó [el brazo] […]. Fue terrible porque me fui raspando el brazo y la mano […] en carne viva […]. Claustrofobia galopante[17].
El tema de la claustrofobia se presenta de nuevo en el mismo relato a través de la descripción del apartamento de Pedro Juan. Él siente una profunda inquietud en el interior de la vivienda y consigue tranquilizarse solamente asomándose a la terraza de su bloque:
La claustrofobia fue tan horrible que a veces me despertaba sobresaltado de noche y salía corriendo de la cama. Me sentía encerrado dentro de la noche, dentro del cuarto, dentro de mí, encima de la cama, me faltaba el aire. Tenía que […] asomarme a la azotea y mirar la inmensidad oscura del mar, y respirar el salitre y el yodo. Entonces me tranquilizaba un poco[18].
Como se infiere de la cita mencionada, la casa aparece como un espacio cerrado y disfórico en contraposición al espacio abierto y eufórico de la terraza. Esta genera una sensación de paz interior, porque desde allí el protagonista puede “mirar la inmensidad oscura del mar”[19]. En una isla, efectivamente, el mar es la única vía para conseguir la libertad. No se puede saber si la alusión al mar es intencionalmente simbólica o si es una referencia inconsciente; pero lo que sí es cierto es que la terraza no le suscita la sensación claustrofóbica que experimenta dentro del piso, que seguramente simboliza la isla en la que se siente recluso.
En distintos momentos de la narración, asistimos, además, a la presencia de otro espacio urbano que aparece también como símbolo de lucha y esperanza: se trata del famoso Malecón, el paseo marítimo de La Habana, que representa un punto de referencia constante en la obra. Allí es donde el 5 de agosto de 1994 tiene lugar el denominado “Maleconazo”[20], una manifestación antigubernamental en la que participan miles de cubanos que, decepcionados por el fracaso de los ideales revolucionarios, deciden darse a la mar con embarcaciones rudimentarias e improvisadas para huir a Miami. En el cuento titulado “Insoportable la noche”, Pedro Juan alude a la histórica manifestación del “Maleconazo”:
Una tarde, a principios de agosto de 1994, por el Malecón, frente al edificio, pasó una manifestación grandísima contra el gobierno. Dos días de disturbios y después todos hacían balsas con cualquier cosa capaz de flotar y se iban[21].
Pero cabe observar que el Malecón también puede revelarse un espacio disfórico, puesto que es el límite que delinea los confines de La Habana. Simboliza, por lo tanto, “la frontera entre la tierra y el mar”[22], es decir que representa aquella demarcación que delimita el espacio de la ciudad; espacio que, una vez superado, permite conquistar la libertad.
Sin duda es interesante examinar también la relación entre los personajes de la obra y los espacios en los que gravitan.
En el relato “Anclado en tierra de nadie”, se puede notar cómo el narrador le confía a Dalia, su vecina, la tarea de denunciar el estado de total abandono de los edificios en los que vive la gente más pobre. Dalia le atribuye la responsabilidad al régimen revolucionario. Es evidente la acusación que la mujer realiza en contra del Gobierno:
─Es que lo que vive en este edificio es metralla. Por eso lo han desbaratado y se está cayendo a pedazos. […]. Lo han dejado destruir. El gobierno lo tiene todo abandonado. Yo puedo hablar porque, total, a mí no me van a hacer nada ya tan vieja. […]. Todo no se puede seguir destruyendo…[23].
Además, en el mismo cuento, se arroja luz sobre la relación que Dalia establece con su propia casa: resulta tangible un profundo vínculo afectivo entre la anciana señora y el apartamento en el que vive. El edificio en el que se encuentra su vivienda se presenta como un espacio ruinoso. Una mañana, al amanecer, las hostiles condiciones climáticas provocan el derrumbe de una parte del bloque, destruyendo su piso. La pobre Dalia, presa del desaliento y de la desesperación, decide dejarse morir en casa, anclada a su silla:
Esa madrugada, casi al amanecer, se desprendió la pared y se desplomó, después de catorce horas de lluvia y viento. […]. [Dalia] Estaba aterrada. Junto con aquella pared, perdió la mitad de su casita. […]. La vieja no podía hablar. […] [estaba] aterrorizada, sentada en una silla. […]. Un mes después […] “Dalia se mató prácticamente. […]. Se tiró a morir en esa silla […]”[24].
Es significativo observar la contraposición entre las viviendas minúsculas y sucias de las personas que viven en condiciones de extrema pobreza y los apartamentos más cuidados de la clase privilegiada. Poner de relieve que, en un régimen comunista, existe una diferencia socioeconómica es una manera más para atacar al Gobierno castrista. Emblemático aparece el piso en el que vive Roberto, el protagonista acaudalado del relato “Látigo, mucho látigo”. El espacio circundante resulta agradable gracias a una decoración marcada por “cientos de adornos de porcelana europea y china, objetos de jade, de marfil coloreado, y bronces. Todo antiguo, legítimo, de excelente factura”[25].
A causa de los costosos objetos, la casa de Roberto se presenta caracterizada por “rejas de barrotes gruesos y candados macizos”[26], hasta el punto de ser comparada con una verdadera cárcel. Con este cuento, el autor denuncia la desesperación de los más necesitados y su instinto de supervivencia. Son precisamente la miseria y la necesidad de huir del hambre lo que impulsa a la gente pobre a robar:
El apartamento de Roberto está bien protegido con rejas de barrotes gruesos y candados macizos. Es como vivir en una cárcel. Antes nadie hacía algo tan grosero. Pero desde hace unos años todo el que tiene unos pocos objetos de valor no lo piensa mucho y se encierra entre rejas[27].
Cabe destacar que Roberto, a pesar de permanecer cerrado en su hogar, consigue encontrar una vía de escape en el sexo. La sexualidad le permitirá alejarse de la triste realidad circundante, gracias a una joven mujer que será capaz de satisfacer sus deseos:
[Glenda] Desnudó a Roberto y le dio unos cuantos latigazos suaves. […]. Roberto lloraba de dolor y placer, entre el látigo y el consolador […]. Ya el viejo estaba demasiado cansado. Confiaba en la mujer del látigo. Y así vivieron juntos. Glenda […] hacía disfrutar a Roberto como nunca. […]. Se acoplaron muy bien. Y fueron felices[28].
Por último, se señala el recurso incondicional al alcohol, al sexo y a las drogas por parte del protagonista y de los demás personajes de la novela; un recurso que quiere indicar la única panacea posible para aliviar todo sufrimiento[29]. Lo que efectivamente buscan es un refugio en dimensiones alternativas que puedan ayudarlos a escapar de la frustrante realidad que los rodea. Solo así pueden intentar disfrutar de una libertad tan ansiada, pero siempre prohibida. El mismo Pedro Juan afirma:
A veces pienso demasiado y me desespero. […]. Por eso lo mejor es no pensar mucho y divertirse. Ron, mujeres, mariguana. […]. Lo demás es mierda y es mejor no revolverla, para que no hieda[30].
- Universidad de Córdoba.↵
- Pedro Juan Gutiérrez, Trilogía sucia de La Habana, Barcelona, Anagrama, 1998. Sin embargo, el texto utilizado para el presente trabajo es el que la misma editorial reimprimió en 2021.↵
- Dentro del actual panorama literario hispanoamericano, Pedro Juan Gutiérrez es considerado el mayor exponente del llamado “realismo sucio”: esta corriente literaria prevé el empleo de un estilo lacónico y de una descripción minimalista, destacando el contexto, que representa el instrumento capaz de transmitir el significado profundo de la obra. Cfr. María Esther Arcos Pavón, El Realismo sucio en Pedro Juan Gutiérrez: “Animal tropical”, en Centro Virtual Cervantes, Brasilia, 2012. También en t.ly/3vJ-T. Para profundizar más en el tema del realismo sucio, cfr. Anke Birkenmaier, “Más allá del realismo sucio: El Rey de la Habana de Pedro Juan Gutiérrez”, en Cuban Studies, n.º 21, 2001, pp. 37-54. Además, cfr. Alejandro del Vecchio, “Residuos y reciclaje en la narrativa de Pedro Juan Gutiérrez”, en Mitologías Hoy, Barcelona, vol. 17, junio de 2018, p. 201. También en t.ly/KGO96. Por lo que atañe al concepto de animalità, cfr. Sabrina Costanzo, “Il rifugio nell’animalità: a proposito di Trilogía sucia de La Habana di Pedro Juan Gutiérrez”, en Domenico Antonio Cusato (ed.), Studi in onore di Candido Panebianco offerti da colleghi e allievi di Ispanistica dell’Università di Catania, Messina, Lippolis, 2009, pp. 53-66.↵
- El período especial abarca los años de la crisis provocada por la caída del Muro de Berlín y por la consiguiente disolución de la URSS. Se trata de una recesión económica que continúa hasta mediados de los años 90. Sin embargo, a pesar de que se haya declarado oficialmente concluido este período, las condiciones de precariedad han permanecido por la falta de subvenciones soviéticas. Para una mayor profundización sobre el argumento, cfr. Alejandro del Vecchio, op. cit., p. 201.↵
- Por lo que concierne al tema del insilio, cfr. Sabrina Costanzo, “Scrittori cubani contemporanei: verso un’estetica dell’insilio”, en Sabrina Costanzo, Domenico Antonio Cusato y Gemma Persico (eds.), Atti dell’XI Convegno Internazionale Interdisciplinare su “Testo, metodo, elaborazione elettronica”. Migrazione, esilio, insilio. Catania, 5-7 novembre 2018, Messina, Lippolis, 2019, pp. 83-93. Para profundizar en el concepto de “insilio”, cfr. Dieter Ingenschay, “Exilio, insilio y diáspora. La literatura cubana en la época de las literaturas sin residencia fija”, en Ángulo Recto. Revista de Estudios sobre la Ciudad como Espacio Plural, vol. 2, n.º 1, 2010. También en t.ly/Pdq7V. Cfr., además, Manuel Aznar Soler, “La historia de las literaturas del exilio republicano español de 1939: problemas teóricos y metodológicos”, en Migraciones y Exilios, n.º 3, 2002, pp. 9-22.↵
- Para una mayor información sobre la condición de exilio interior, cfr. Paul Ilie, Literature and Inner Exile. Authoritarian Spain, 1939-1975, Baltimore y Londres, The Johns Hopkins University Press, 1980.↵
- Sin embargo, el escritor ha declarado públicamente su total indiferencia hacia la política. A este respecto, cfr. Luciana Sica, “Io, un fantasma all’Avana”, en La Repubblica, Roma, 24 de febrero de 2003. También en t.ly/kfmXZ. Además, cfr. la entrevista presente en la tesis de doctorado de Gino Tramontana titulada La poética del hiperrealismo obsceno en la obra de Pedro Juan Gutiérrez, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 2019, p. 251. También en t.ly/VWOEk.↵
- Como se puede deducir de lo que el autor afirma en su blog, en t.ly/kPUV_.↵
- A este respecto, sin duda es interesante hacer referencia a la dicotomía entre espacio eufórico y espacio disfórico analizada por Greimas. El estudioso toma en consideración dos valores polares: el primero se define eufórico puesto que representa el polo positivo, mientras que el segundo es considerado disfórico ya que simboliza el polo negativo. El espacio eufórico es, por lo tanto, un ambiente positivo en el que se advierte una sensación de bienestar y serenidad, mientras que el espacio disfórico es un lugar negativo en el que se siente una sensación de angustia e inquietud. Cfr. Algirdas Julien Greimas, Maupassant. La sémiotique du texte: exercices pratiques, Paris, Éditions du Seuil, 1976. Sin embargo, el texto consultado para este trabajo es el que apareció en la edición italiana: Maupassant. La semiotica del testo in esercizio, Milano, Bompiani, 2019, pp. 417-418.↵
- Por lo que respecta a la descripción de La Habana, son significativas las palabras del conterráneo Leonardo Padura Fuentes: “La capital cubana es un dolor, para los que la amamos, la vivimos y la necesitamos, porque La Habana somos también cada uno de los habaneros”. Cfr. Leonardo Padura Fuentes, Yo quisiera ser Paul Auster. Ensayos selectos, Madrid, Editorial Verbum, 2015, p. 284.↵
- Sobre esta temática, véase también Alexis Candía Cáceres, “Trilogía sucia de La Habana: descarnado viaje por el anteparaíso”, en Revista Iberoamericana, vol. LXXIII, n.º 218, enero-marzo de 2007, pp. 51-67. Además, cfr. David García-Reyes, Sergio Ruiz García, “Identidades urbanas en Trilogía sucia de La Habana de Pedro Juan Gutiérrez”, en Izquierdas, n.º 37, diciembre de 2017, pp. 212-225.↵
- Pedro Juan Gutiérrez, op. cit., pp. 35-36.↵
- Ibidem, p. 206.↵
- Ibidem, p. 253.↵
- Ibidem, pp. 251-254.↵
- Ibidem, pp. 109-110.↵
- Ibidem, pp. 30-31.↵
- Ibidem, p. 31.↵
- Ibidem.↵
- Por lo que atañe a la problemática del “Maleconazo”, cfr. Iván García, “5 de agosto de 1994: el día que los habaneros salieron a las calles a protestar”, en Martí, 5 de agosto de 2014. El texto se puede leer también en t.ly/NQ6J8.↵
- Pedro Juan Gutiérrez, op. cit., pp. 241-242.↵
- Leonardo Padura Fuentes, op. cit., p. 188.↵
- Pedro Juan Gutiérrez, op. cit., p. 69.↵
- Ibidem, p. 70.↵
- Ibidem, p. 311.↵
- Ibidem.↵
- Ibidem.↵
- Ibidem, p. 317.↵
- A este respecto, durante la entrevista concedida a Gino Tramontana, Gutiérrez declara: “El sexo puede ser una forma de entretenimiento, de la misma forma que el alcohol, la música, el ruido, el baile. Todos son vías de escape. Estamos viviendo una época muy extraña, y por ello hay mucho sexo, mucho ron, mucha mariguana, mucha rumba”. Cfr. Gino Tramontana, op. cit., pp. 246-247.↵
- Pedro Juan Gutiérrez, op. cit., p. 237.↵








