Esclavitud y transculturación en Yucatán
Michela Craveri[1]
Solo pocos estudios críticos se han ocupado del papel de las culturas afrodescendientes en la construcción de la sociedad mexicana y de sus relaciones culturales con el mundo indígena. En este artículo me voy a centrar en especial en las relaciones entre la población afrodescendiente y las comunidades mayas en el marco de la sociedad yucateca colonial. La finalidad es la de arrojar nueva luz sobre el impacto de la trata negrera sobre la sociedad maya de esta región y sobre la formación de una cultura afromaya. Después de una primera reflexión sobre la formación de relaciones interétnicas entre estas dos componentes y sobre sus distintas condiciones de estatus, se analizarán algunos documentos mayas de la primera época colonial para comprender cómo los afrodescendientes fueron interpretados e integrados en la sociedad maya yucateca de la época.
Los primeros africanos en Yucatán
En las crónicas de Bernal Díaz del Castillo, Diego Durán, Francisco López de Gómara y Cabeza de Vaca, entre otros, se hace alusión frecuente a la participación de esclavos africanos en la conquista de América. Los primeros africanos llegaron a Yucatán con las tropas del conquistador Francisco de Montejo el Mozo en 1529, como parte de su expedición, tanto que uno de ellos, Sebastián Toral, esclavo en 1530, alcanzó la libertad por su valor demostrado contra los mayas[2]. Una mención significativa con respecto al papel de los esclavos en las tropas conquistadoras de Yucatán se encuentra en La relación de las cosas de Yucatán, de Diego de Landa, quien –con un léxico muy significativo– alude a la presencia de un “negrillo” detrás de su amo conquistador. Con relación al contacto con los mayas de la provincia de Chicaca, dice el obispo:
Entre ellos había un hombre de grandes fuerzas, quien quitó un alfanje a un negrillo que lo llevaba detrás de su amo y quiso matar con él al adelantado quien se defendió [hasta que] se llegaron los españoles y comprendieron que era menester andar sobre aviso[3].
Además de estos primeros casos, la trata negrera tocó también a la península yucateca durante toda la época colonial, aun con un número reducido de esclavos. La pobreza de la colonia, la falta de recursos importantes y la presencia de mano de obra servil indígena influyeron sobre el tipo de economía esclavista de la región. La esclavitud no se dio en Yucatán de manera masiva, como en las plantaciones del Caribe antillano y de Brasil o en las minas de otras regiones, sino que se caracterizó por números más exiguos de esclavos, empleados en los trabajos domésticos o en la recolección de los tributos indígenas, con la excepción de escasos ingenios incrementados después de 1770 en ocasión del auge azucarero[4]. Se calcula que entre 1542 y 1829 fueron importados a Yucatán entre 10.000 y 20.000 esclavos africanos; esto representa el 5 % del tráfico del México colonial[5].
El mundo maya y el afrodescendiente: convivencia, divisiones, relaciones
Afrodescendientes y mayas compartieron un destino común de sometimiento y dominación. Sin embargo, las diferencias de estatus y de pertenencia identitaria de los dos grupos son evidentes. A pesar de compartir con los mayas la categoría de los subyugados, según los estudios más recientes, los africanos recibían en la Nueva España un trato mejor que el destinado a los indígenas, tal vez por el precio pagado por su compra o por su labor en la supervisión del trabajo servil indígena[6]. El estudio sobre restos óseos del camposanto de Campeche en las primeras décadas de la Conquista revela que los dientes y huesos de los mayas eran los que mostraban un mayor deterioro físico y peores condiciones de nutrición y salud[7].
Otro dato que nos informa sobre el diferente trato de los españoles con mayas y africanos consiste en la información relativa a un africano libre, Juan Angola, quien en 1595 tenía bajo su mando a una mujer indígena, Francisca Cab, tal vez por méritos de conquista, pero no tenemos ninguna información sobre algún cacique maya con esclavos africanos[8]. Además, la posibilidad de formar parte de la milicia ofrecía a los afrodescendientes una ocasión de ascenso social y un medio para obtener la exención de los tributos[9]. Si, por un lado, la elección de emplear mano de obra afrodescendiente en las llamadas “milicias de pardos” para el control de los indígenas sugiere una cierta jerarquía entre los grupos subordinados, por otro lado, refleja una precisa estrategia de división y rivalidad entre estos grupos para evitar motines y levantamientos[10].
Prohibición a las relaciones interétnicas
La relación entre el mundo indígena y el afrodescendiente nos puede ayudar a comprender no solo las prácticas cotidianas de convivencia, sino también la estructuración de relaciones interétnicas entre los sujetos subordinados. Numerosos fueron las recomendaciones de oidores y los edictos –evidentemente no respetados– que prohibían que los africanos se asentaran en los territorios indígenas, posiblemente para evitar que estos últimos circularan solos, prohibición reiterada varias veces a lo largo del siglo xvi[11].
También el primer obispo de Yucatán, Diego de Landa, cuya relación es esencial para los estudios mayas, reiteraba la necesidad de aislar a los africanos de los indígenas, al afirmar:
Que no pudiesen entrar en los pueblos de los indios negro alguno, esclavo, ni mestizo, sino yendo con sus amos, y pasando de camino. Y en este caso pudiese estar un día o una noche no más. Y que si algún negro anduviese por los pueblos, le prendiesen los caciques, y enviasen a las justicias españolas, para evitar con esto robos, muertes y otro delito que podían suceder[12].
Una y otra vez, las instituciones civiles y religiosas aseveraban la necesaria división de los dos grupos y la prohibición de que los africanos se asentaran y entraran en los llamados “pueblos de indios”[13]. A pesar de las disposiciones reales acerca de la segregación social y étnica, los dos grupos no se mantuvieron aislados, sino que operaron adaptaciones y negociaciones mutuas y relaciones de mestizaje. De hecho, las ciudades yucatecas fueron espacios de convivencia[14]. En particular, fueron frecuentes los matrimonios entre afrodescendientes y mujeres mayas, desde cuya relación nacieron generaciones de los llamados “pardos”, según la clasificación colonial. El número de pardos fue tan consistente, que, a finales del siglo xvii, las autoridades coloniales los reclutaron para formar batallones contra los piratas y los cortadores británicos de palo de tinte y caoba. También en 1761 intervinieron para sofocar la rebelión maya de Jacinto Canek en la península yucateca[15].
Si consideramos el escaso número de mujeres africanas en Yucatán con respecto a los hombres, resulta obvia la difusión de matrimonios entre mayas y afrodescendientes. Además, hubo relaciones forzadas entre niñas mayas huérfanas y esclavos, para mantener la sujeción sobre las mujeres subordinadas. Otra causa de las frecuentes relaciones interétnicas radica en la esperanza de que los hijos de un matrimonio mixto entre un esclavo y una mujer indígena llevaran a la liberación de los hijos, gracias a la condición libre de la madre, en el llamado “vientre libre”. De hecho, a pesar de las prohibiciones y de las admoniciones morales de las autoridades religiosas, ninguna ley canóniga o civil impedía concretamente las uniones entre miembros de diferentes grupos étnicos. Tenemos registro de numerosos matrimonios mixtos entre afrodescendientes (mulatos, morenos y pardos) y mujeres mayas yucatecas en los primeros dos siglos de la Colonia, que superan en número los que se daban entre los afrodescendientes mismos. El número de uniones mixtas entre hombres africanos y mujeres mayas en Mérida fue relevante; entre 1567 y 1822, se registraron más de 800 uniones mixtas en tan solo unos libros de casamientos[16].
Con la excepción de pocos mulatos y pardos que lograron integrarse en la sociedad hispana, liberarse y hasta enriquecerse, la gran mayoría de los afroyucatecos compartió con los mayas una condición miserable. El cura de Chikindzonot en 1794, en una carta dirigida al gobernador de la provincia, afirmaba:
El Pueblo Chikindzonot se ha compuesto siempre de Yndios, y unos sinquenta vessinos de otras castas, en la mayor parte mulatos, tan rústicos, y pussilanimes como los mismos Yndios, cuya lengua hablan únicamente; no acostumbran salir a parte alguna de la Prov.a y pasan una vida miserable con el escaso lucro de una milpa corta de maíz, que trabajan por su propria mano[17].
Por el bajo número de esclavos y la falta de concentración de africanos y pardos, no se formaron en esta época verdaderos barrios y comunidades afrodescendientes, ni palenques de cimarrones en los alrededores de Mérida y Campeche. Al contrario, la formación de grupos de pardos o afromayas pronto determinó una constante y progresiva convivencia entre mayas y africanos, una asimilación de los afrodescendientes en la sociedad maya y una africanización de las comunidades indígenas. El tipo de convivencia entre afrodescendientes y españoles provocó un mayor dinamismo y una más fácil manumisión de los africanos, que a menudo se movían al campo para buscar nuevas oportunidades de vida[18].
La cultura afromaya
Los afrodescendientes trabajaban y vivían subordinados a los españoles, y, conforme ellos se asentaban en el campo, también allí crecía la población parda y africana[19]. En pueblos de menores dimensiones, o sea los cahob de población maya, allí también se asentaron pardos y africanos libres, y en este caso se integraron en las comunidades mayas. Ya que la idea de barrio indígena no tenía una base territorial, sino comunitaria, basada en relaciones sociales y familiares entre los miembros de la comunidad, el hecho de pertenecer al pueblo los convertía en parte misma del grupo social indígena, con el cual empezaron a estrechar relaciones familiares y matrimonios. Los afroyucatecos se volvieron miembros de las comunidades mayas, que empezaron a ser afromayas a nivel cultural[20].
Prácticas de limpia y purificación con huevos, colgados en las habitaciones, son registradas frecuentemente en los rituales de los africanos y pardos en el siglo xviii y reflejan un sincretismo complejo, maya, africano y español[21]. También el uso del huevo se registra en El Ritual de los Bacabes, documento médico y religioso maya yucateco de la época colonial. En este manuscrito el huevo es el único remedio de sanación, entre los mencionados, importado por los españoles e indicado con el término cax, de caxtlan, ‘gallina’, ‘ave de Castilla’[22].
Hay varios documentos de la Inquisición que revelan que algunos mulatos y pardos en las comunidades mayas yucatecas trabajaban como sacerdotes y practicaban rituales de sanación, limpias y magia amorosa, tan frecuentes en el Yucatán colonial. Se trataba probablemente de prácticas culturales sincréticas con el uso de figurillas mayas, huevos, copal y otros ingredientes. Los autos inquisitoriales demuestran que los afrodescendientes se acoplaron al uso de prácticas médicas mayas en los pueblos indígenas, por medio del manejo del copal para limpias y sanaciones, el sastún, un cristal usado para hacer adivinaciones, y el balché, bebida fermentada a partir de una corteza de un árbol y usada como ofrenda, medio de adivinación y curación. Otros objetos sagrados sincréticos fueron amuletos con bolsas de cuero o tela con cristales, tiras de algodón y partes de altares, de posible origen africano[23].
Las referencias a la participación de afrodescendientes y pardos en los actos curativos y de rituales de sanación son múltiples y nos permiten ver en estas prácticas culturales una expresión de su espiritualidad y su cosmovisión. Es posible que hubiera prácticas espirituales africanas y antillanas, como la santería, como se registra en una docena de casos. En los documentos relativos a juicios inquisitoriales, se menciona la participación activa de “negros, pardos y mulatos” en rituales de curación con bailes y música y la adivinación con granos y cristales[24].
Se puede mencionar el caso del pardo Joseph Zavala, condenado en 1720 a cien azotes en la calle, dos años de cárcel y el destierro de 8 años de la provincia de Yucatán y de la Ciudad de México por “tener un pacto con el demonio haciendo curaciones con sangrados y otras ceremonias con sastún y copal y balché”[25]. La difusión de objetos rituales entre los sacerdotes y curanderos afrodescendientes y mayas nos habla de la conformación de prácticas comunes, como el uso del sastún, copal y rituales de adivinación. No sabemos si esta práctica fue colonial y si fue autóctona o importada. El mencionado pardo Joseph Zavala, en la segunda década del siglo xviii, llevaba al cuello una bolsita como relicario con dientes y huesos de tiburón[26]. Esta información es muy interesante, porque la palabra maya para “tiburón” es xook, con un posible juego fonético con xok, palabra maya asonante, que significa ‘lectura’, ‘cuenta’, en alusión a las prácticas de lectura y de adivinación en los rituales de sanación. Por un colapso de la longitud vocálica de las palabras mayas o un deliberado juego de paronomasia, el diente y los huesos de tiburón aluden por una relación metonímica a las prácticas adivinatorias de Joseph Zavala, poseedor de partes de tiburón/instrumento de lectura[27]. Asimismo, es probable una confluencia del valor sagrado de los huesos según las prácticas culturales africanas, que permitían la adivinación a través de la interpretación de la disposición de los huesos. Es probable también que se usara el diente del tiburón para hacer sangrías y drenar tumefacciones de los pacientes[28].
Es indudable la aportación africana a la medicina tradicional maya y el uso de bebidas embriagantes y de tambores para entrar en estados de trance y hacer la adivinación a través de los espíritus que entraban en el cuerpo del sacerdote[29]. Asimismo, hay registros de la participación de mulatos en ceremonias de petición de lluvia y de fertilidad, realizadas en las milpas a finales del siglo xvii[30], que revelan la importancia de la participación mulata, negra y parda en la espiritualidad afroyucateca y en la cultura de la sociedad yucateca colonial[31]. Asimismo, algunos testamentos nos informan que tanto mayas como afroyucatecos dejaban parcelas de milpa, instrumentos para el cultivo y colmenas, todas actividades centrales en la cosmovisión y la economía indígena, demostrando una integración de prácticas culturales, actividades cotidianas y espiritualidad entre las dos componentes étnicas[32].
La visión maya de la presencia africana
La única referencia maya a la llegada de esclavos africanos se encuentra en la Crónica de Chac Chulub Chen. El documento fue escrito posiblemente por Ah Nakuk Pech (bautizado don Pablo Pech), cacique de Chac Xulub Chen, un poblado cerca de Mérida[33]. Los Pech fueron antiguos pobladores de esta región, posiblemente de origen foráneo; en sus crónicas se hace alusión constante a una migración originaria hacia el norte de Yucatán. Ah Nakuk y su hermano Ah Macan fueron responsables de la redacción de dos crónicas casi idénticas, el primero de la de Chac Xulub Chen, y el segundo de la de Yaxkukul, probablemente copias de una única fuente más antigua. Esta última parece haber sido obra de Gaspar Antonio Chi, discípulo de Juan de Herrera, fraile franciscano activo en la primera escuela para la alfabetización de la élite indígena de Yucatán[34].
La Crónica de Chac Xulub Chen fue redactada en la segunda mitad del siglo xvi y se siguió usando posiblemente hasta el siglo xx como documento legal de tierras para dirimir contiendas territoriales[35]. La dinastía Pech colaboró con los españoles y fue la primera en tributar al adelantado Francisco de Montejo. El tributo consistía en pavos, miel y otros productos (mantas, cera, maíz, cubos, sogas, sal de espuma, chile, frijoles, ollas y comales) a cambio de abrigos, capas, zapatos, rosarios y sombreros[36].
La Crónica nos informa que en 1511, en el katún 11 Ahau, habían llegado a la región de Ekab 20 náufragos de la célebre expedición al mando del capitán Valdivia. La expedición se dirigía desde el golfo de Darién hacia La Española, y, al naufragar, como es conocido, sobrevivieron solo Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero[37]. Con la traducción al español de Héctor Pérez Martínez, el texto afirma:
En este tiempo no había sido visto ninguno de los señores extranjeros hasta que fue aprehendido Jerónimo de Aguilar por los de Cozumel.
Y ésta, a saber, fue la causa de que se conocieran en la comarca, porque terminaron por caminar todos por la tierra. […].
De este modo nuestra tierra fue descubierta, a saber, por Jerónimo de Aguilar, quien, a saber, tuvo por seguro a Ah Naub Ah Pot en Cozumel, en 1517 años. Este año se terminó de llevar el katún, a saber, se terminó de poner en pie la piedra pública que por cada veinte tunes que venían, se ponía en pie la piedra publica antes de que llegaran los señores extranjeros, los españoles, aquí a la comarca[38].
Por lo que se refiere a nuestro tema, más adelante el documento añade que en esta misma región, al sur de Cabo Catoche y al norte de Tulum (la antigua Zamá), en 1547 había naufragado un buque cargado de esclavos africanos. Con mi propia traducción del maya al español, el texto nos informa:
1547 años lai hab ca paxi u chen[m] Ekboxe Ecabe; ca bini Españolesob bakzahticob u [o]ahob katun yok Boxte Ecabe uak Ekboxil[39].
En el año de 1547 esta fue la ruina del bajel de los negros en Ekab; fue la ida de los españoles atemorizados allí alrededor, se movió el ejército sobre los negros en Ekab para sacar a los negros.
El documento es muy significativo por las siguientes razones. En primer lugar, la estructura del texto sigue un orden cronológico cíclico, según el patrón narrativo maya. Al recorrer el movimiento de los katunes, se relatan los acontecimientos humanos, según una estructura helicoidal del tiempo. La llegada de los españoles y las etapas de la conquista de Yucatán siguen paralelas a la migración de los ancestros de la dinastía Pech, hasta su llegada al norte de la península. Asimismo, la narración regresa constantemente a acontecimientos anteriores, como la fecha clave de 1519, año de la llegada de los españoles a Cozumel.
En segundo lugar, cabe señalar la concepción de la migración como forma de investidura política. Así como los Pech habían emigrado a Yucatán en época prehispánica, de la misma manera la llegada de los españoles fue descrita como una peregrinación de pueblo en pueblo, ya que los conquistadores fueron echados y obstaculizados en su entrada. Además, la narración nos informa que los españoles llegaron a Zací (Valladolid) del poniente, del sur, del norte y del este, según un movimiento más simbólico que geográfico, con una implicación cosmológica que se encuentra en otros documentos mayas. Otro aspecto a mi parecer muy significativo es la mención de una ceremonia de fundación del nuevo orden político a través de nuevos símbolos de poder que se imponen sobre los anteriores: la entrada del agua (bautismo) y los regalos a cambio de tributos, con el uso de la vara, que pasa de padre a hijo.
La llegada accidental del barco de esclavos africanos se integra en su concepción histórica. Así como habían llegado accidentalmente los primeros exploradores españoles a Yucatán por un naufragio (Gonzalo de Guerrero y Jerónimo de Aguilar), de la misma manera llegó accidentalmente el bajel cargado de nuevos extranjeros.
Cabe mencionar también el uso de la definición de los africanos por medio del calco del español ek boxe y ek boxil “negro, algo negro, negro oscuro”[40], clasificación étnica basada en el color de la piel, según una organización jerárquica ausente en el mundo indígena prehispánico. Es evidente que tanto los primeros españoles llegados con la primera expedición, como los miembros del segundo naufragio son incorporados de manera cíclica dentro de su historia, según una percepción constante de tributos y sometimiento.
Esclavitud y trabajo forzado indígena
Junto a los esclavos africanos, también los indígenas fueron forzados a una condición servil. Además de las obras de construcción arquitectónica y la entrega de tributos, los mayas se dedicaban a las actividades domésticas, entrando y saliendo semanal o mensualmente de las ciudades hispánicas. A estos mayas se los denominaba “indios naborías”, “indios laborías” o “indios criados”, en calidad de sirvientes. La palabra viene posiblemente del arawak antillano, con su primera documentación en español en 1513, con el significado de ‘indio reducido a servidumbre forzosa’ y una posible relación con neboratu, ‘esclavo’, ‘servidor’, de la lengua warau originaria de la boca del Orinoco[41].
Generalmente, los trabajos domésticos realizados por los mayas comprendían, para los hombres, la recolección de leña para la casa y su venta, la recolección de zacates para los caballos y el aseo y, para las mujeres, la limpieza del hogar, la preparación de los alimentos, el lavado de la ropa de la familia, el tejido, el transporte de agua desde los cenotes y el cuidado de los niños y en algunos casos la función de nodrizas. De estos mayas, algunos vivían en barrios periféricos, y otros en los solares de las viviendas españolas[42].
Los servicios personales, que, a partir de 1549, se llamaron “repartimientos”, dependían de la repartición del trabajo por parte del alcalde mayor o el gobernador por medio de los “mandamientos de servicio”, eso es una tasación tributaria impuesta a los naturales de Yucatán, que comprendía tributos y trabajo forzado en las construcciones y las viviendas a cambio de protección y de evangelización[43].
Paralelamente a la trata de esclavos africanos, las crónicas indígenas de Yucatán nos hablan también de la presencia de esclavos mayas entregados como tributo a los españoles. Por distintas circunstancias, como robos o por haber quedado huérfanos, ya desde la época prehispánica algunos indígenas tenían la obligación de prestar servicio en la casa de otras familias de estatus superior, pero esto no representaba una forma de verdadera esclavitud, ya que esta condición no era hereditaria y se podían casar libremente[44]. La condición servil cambió con la conquista española. El Códice de Calkiní, de la segunda mitad del siglo xvi, en la traducción de Tsubasa Okoshi, nos da informaciones esenciales sobre la entrega de esclavos mayas:
Ellos estaban
cuando sucedió la toma de posesión del señorío aquí.
Estos son los [ah] Kulob […].
sus nombres abajo los haré [saber].
He aquí nuestro señor Dzul
de nosotros los de Calkiní.
Este Pacheco fue el primero que [nos gobernó].
una esclava se le entregó
Ix Chan Uitzil era su nombre
fue comprada en común por el pueblo
de dos brazas de manta era su valor
cuando se le entregó[45].
Estudiando el texto maya, podemos apreciar que el documento usa la expresión huntul munach, ‘cautiva’, ‘esclava’, ‘sierva’, ‘hija de esclavos’[46], y en otro paso huntul p’entac, ‘esclavo comprado o vendido’[47]. Es significativo notar que el numeral uno, hun en maya, tiene un clasificador relativo a los seres humanos tul[48] y que no hay en esta definición ninguna cosificación o animalización del esclavo, considerado como un ser humano e identificado con su nombre propio. En efecto, los clasificadores de los numerales nos dan indicación clara, en maya, de la categoría conceptual del referente. El valor de la mujer no sobrepasaba la extensión de un pedazo de milpa, grande como dos mantas; el texto nos indica que todo el pueblo participaba en la compra de los esclavos, evidentemente foráneos, entregados a Gaspar Pacheco, soldado de Francisco de Montejo el Mozo y conocido por su crueldad[49].
También la Crónica de Chac Xulub Chen, antes mencionada, de la segunda mitad del siglo xvi, hace referencia a la entrega a los españoles de mayas esclavizados y a las entradas de los conquistadores en búsqueda de botín de seres humanos. Esta actividad era llamada “nochear”, o sea, entrar en los territorios libres de la península para capturar un botín de seres humanos destinados a los trabajos forzados[50].
Con la traducción de Héctor Pérez Martínez, la Crónica de Chac Xulub Chen afirma:
1543 años fue el año en que los españoles fueron al norte [hacia la tierra de los] Cheeles a buscar hombres mayas para siervos, pues que no había siervos, hombres esclavos en T-Hó. Ellos vinieron y buscaron hombres para esclavos en un momento. Cuando llegaron a Popoce los que salieron de T-Hó impusieron pesados tributos cuando llegaron a Popoce[51].
En la versión original en maya, se puede apreciar que aquí los términos usados para referirse a los cautivos son maseualtobe y maseual uinik, préstamos del náhuatl maceualli, ‘vasallo’, ‘hombre del pueblo’, ‘campesino’[52], término usado comúnmente durante la Colonia para referirse al pueblo sometido a un cacique, en contraposición a la élite indígena. Otra expresión usada en el texto es palilob, forma plural de palil, ‘criado’, ‘siervo’, pero también ‘niño’, ‘joven’[53]. Por otro lado, el amo español es identificado por medio de la palabra yum, ‘padre’, ‘señor’, ‘amo’[54], término usado también con relación al Dios cristiano. Es evidente que ya pronto se consolida en maya un léxico que alude a distintas formas de sometimiento y esclavitud con distintas jerarquías en el marco de la sociedad colonial.
Conclusiones
A pesar de las disposiciones de la Corona, los tres grupos, españoles, mayas y africanos, vivieron entrelazados y con estrechas relaciones cotidianas. El ritmo acelerado de la mezcla entre grupos ha determinado una absorción de los afrodescendientes en las comunidades mayas, con una difícil percepción de su identidad cultural. El problema de la identidad afroyucateca reside en la dispersión de los datos y el número exiguo de esclavos, que conocieron un proceso intenso de transculturación, no solo con la cultura hispana, sino también con la maya. Esto significa que, si los indígenas mantuvieron sus prácticas culturales, logrando reconstruir constantemente su identidad en los moldes de la identidad comunitaria, los afroyucatecos se integraron en la cultura yucateca de manera dispersa, conservando solo algunos de sus elementos identitarios[55].
Por estas razones, hablar de la identidad afrodescendiente es algo muy complejo. Los elementos culturales, las relaciones sociales, los matrimonios y las prácticas cotidianas criollizadas contribuyeron a formar una identidad múltiple. La cultura y la religión de origen africano permanecieron en algunas prácticas culturales, sobre todo en la espiritualidad doméstica y los rituales de sanación. A esto se suma la clasificación étnica colonial, según el sistema de castas, con una identificación en categorías raciales impuestas por la sociedad colonial y que se superponían a la identidad tan dinámica de los procesos de criollización. También el tipo de ocupación de los afrodescendientes, empleados como milicianos, capataces, herreros o tejedores, contribuyó a la afirmación de clase y a una identidad social trasversal. Por último, es importante mencionar los lazos interétnicos de parentesco, que reforzaban una comunidad de relaciones sociales y laborales, de apoyo, ayuda y alianza, que cruzaba los dos grupos étnicos y que dio origen a una sociedad profundamente flexible, más allá de la división racial impuesta por el sistema colonial[56]. La propensión maya a la integración de elementos foráneos dentro de su cosmovisión ha contribuido a la consolidación de una sociedad afromaya, cuyo sincretismo ha permitido una evolución y la incorporación constante de nuevos elementos culturales a lo largo de su historia colonial.
- Università Cattolica del Sacro Cuore.↵
- Jorge Victoria Ojeda, “Africanos y afrodescendientes en el mundo de los mayas”, en Jorge Victoria Ojeda y José Juan Cervera (eds.), Yucatecos de otros rumbos, Mérida, SEDECULTA, 2015, p. 25.↵
- Diego de Landa, Relación de las cosas de Yucatán, México, Porrúa, 1986, pp. 22-23.↵
- Matthew Restall, Entre mayas y españoles. Africanos en el Yucatán colonial, México, Fondo de Cultura Económica, 2020, pp. 35-38.↵
- Ibidem, p. 65.↵
- Jorge Victoria Ojeda, “Africanos y afrodescendientes en la Mérida de Yucatán, México. Dos apuntamientos (siglos XVI a XIX)”, en Fronteras de la Historia, vol. 19, n.º 2, julio-diciembre de 2014, p. 154.↵
- Matthew Restall, op. cit., p. 296.↵
- Jorge Victoria Ojeda, “Africanos y afrodescendientes en el mundo de los mayas”, cit., p. 302.↵
- Melchor Campos García, Castas, feligresía y ciudadanía en Yucatán. Los afromestizos bajo el régimen constitucional español, 1750-1822, Mérida, UADY/ CONACYT, 2005, p. 37.↵
- Jorge Victoria Ojeda, “Africanos y afrodescendientes en la Mérida de Yucatán…”, cit., p. 155.↵
- Jorge Victoria Ojeda, “Africanos y afromestizos con mayas en Mérida. Notas de los libros de casamientos del sagrario y del Santo Nombre de Jesús (1567-1822)”, en Juan Manuel de la Serna (ed.), Negros y morenos en Iberoamérica. Adaptación y conflicto, México, Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe, 2005, p. 164; Juan Manuel De la Serna, “Presentación”, en Juan Manuel de la Serna (ed.), Negros y morenos en Iberoamérica…, cit., p. 11.↵
- Diego de Landa, op. cit., p. 217.↵
- Jorge Victoria Ojeda, “Africanos y afrodescendientes en la Mérida de Yucatán…”, cit., p. 157.↵
- Jorge Victoria Ojeda, “Vida cotidiana y relaciones interétnicas en la Mérida Novohispana del siglo xvi. Mayas, españoles y africanos”, en Memorias. Los Investigadores de la Cultura Maya, vol. 22, tomo 1, 2014, p. 294.↵
- Jorge Victoria Ojeda, “Africanos y afromestizos con mayas en Mérida…”, cit., p. 166; Jorge Victoria Ojeda, “Africanos y afrodescendientes en el mundo de los mayas”, cit., p. 34.↵
- Jorge Victoria Ojeda, “Africanos y afromestizos con mayas en Mérida…”, cit., pp. 156-159.↵
- Cit. en Matthew Restall, op. cit., pp. 207-208.↵
- Ibidem, p. 211.↵
- Matthew Restall, op. cit., p. 311.↵
- Ibidem, p. 312.↵
- Ibidem, p. 222.↵
- Alfredo Barerra Vásquez (ed.), Diccionario Maya Cordemex, Mérida, Ediciones Cordemex, 1980, pp. 153-155; Ritual de los Bacabes, edición de Ramón Arzápalo, Mérida, UNAM/ UADY, 2007, p. 132.↵
- Matthew Restall, op. cit., pp. 380-386.↵
- Mónica Chávez Guzmán, Cuerpo, enfermedad y medicina en la cosmología maya del Yucatán colonial, México, UNAM, 2013, p. 273.↵
- Ibidem, pp. 265-267 y 291.↵
- Ibidem, pp. 291-293.↵
- Erik Velázquez, comunicación personal, 20 de mayo de 2022.↵
- Mónica Chávez Guzmán, op. cit., pp. 291-293.↵
- Ibidem, pp. 292-293.↵
- Ibidem, p. 293.↵
- Ibidem, p. 413.↵
- Matthew Restall, op. cit., p. 210.↵
- Ernesto Vargas Pacheco, “Crónicas de Yaxkukul y Chac Xulub Chen”, en Horacio Cabezas Carcache (ed.), Crónicas Mesoamericanas, vol. 1, Guatemala, Universidad Mesoamericana, 2008, p. 38.↵
- “Crónica de Chac Xulub Chen”, edición de Héctor Pérez Martínez, en Horacio Cabezas Carcache (ed.), Crónicas Mesoamericanas, cit., pp. 45-49; Ernesto Vargas Pacheco, “Crónicas de Yaxkukul…”, cit., p. 39; Ruth Gubler y David Bolles, Herrera Manuscript: Relaciones de las cosas y sus Nombres de esta provincia del Yucal-Peten. Early 18th Century Work by Juan P. De Herrera, Facsimile. Edited Text and Translation, Hannover, Verlag für Ethnologie, 2001, pp. 9-10.↵
- Ernesto Vargas Pacheco, “Crónicas de Yaxkukul…”, cit., pp. 37-39.↵
- Ibidem, p. 41; “Crónica de Chac Xulub Chen”, cit., pp. 45-46.↵
- “Crónica de Chac Xulub Chen”, cit., p. 49.↵
- Ibidem, p. 49.↵
- Ibidem, p. 52.↵
- Alfredo Barerra Vásquez (ed.), op. cit., p. 150.↵
- Joan Corominas, Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, tomo IV, Madrid, Gredos, 1984, pp. 199-200.↵
- Jorge Victoria Ojeda, “Vida cotidiana y relaciones interétnicas…”, cit., pp. 296-297.↵
- Ibidem, p. 296.↵
- Nélida Bonaccorsi, El trabajo obligatorio indígena en Chiapas, siglo XVI, México, UNAM, 1990, p. 15.↵
- Crónica de Calkiní, edición de Tsubasa Okoshi, México, UNAM, 2009, p. 44.↵
- Alfredo Barerra Vásquez (ed.), op. cit., p. 541.↵
- Ibidem, p. 687.↵
- Ibidem, p. 818.↵
- Crónica de Calkiní, cit., p. 44.↵
- Carlos Macías Richard, Martín Ramos Díaz, Pedro Brancamonte y Sosa y Gabriela Solís Robleda, El Caribe Mexicano. Origen y conformación. Siglos xvi y vii, México, Porrúa, 2006, pp. 153 y 220; Grant Jones, Maya Resistance to Spanish rule, Albuquerque, University of New Mexico Press, 1989, pp. 11 y 93-95.↵
- Crónica de Chac Xulub Chen, cit., p. 50.↵
- Rémi Siméon, Diccionario de la lengua náhuatl o mexicana, México, Siglo xxi Editores, 1996, p. 244.↵
- Alfredo Barerra Vásquez (ed.), op. cit., p. 628.↵
- Ibidem, p. 982.↵
- Salvador Vázquez Fernández, “Las raíces del olvido. Un estado de la cuestión sobre el estudio de las poblaciones de origen africano en México”, en Gladys Lechini (ed.), Los estudios afroamericanos y africanos en América Latina: herencia, presencia y visiones del otro, Buenos Aires, Clacso, 2008, p. 198.↵
- Matthew Restall, op. cit., pp. 287 y 341.↵








