León Enrique Ávila Romero
Introducción
La selva maya es el macizo forestal más importante en la América septentrional, su importancia en la conservación de la biodiversidad y en la generación de un conocimiento biocultural, donde se entrelaza lo biológico con la cultura ancestral del pueblo maya.
Actualmente se encuentra dicho espacio territorial bajo una enorme amenaza debido a la presencia de grandes megaproyectos en la región. Una zona de refugio en la que todavía se encuentran vestigios arqueológicos de relevancia, una cultura viva que se manifiesta en prácticas, que se expresa en un manejo territorial del medio ambiente.
Los megaproyectos son una necesidad según la magnitud del desarrollo del capitalismo mundial en dos sentidos:
- con producciones de mercancías casi inimaginables, para el consumo excesivo de algunos sectores; e
- infraestructuras, ya que el capital requiere que estas obras mantengan la maquinaria que les permite cerrar los ciclos de consumo.
Por eso los megaproyectos son la manifestación espacial del desarrollo del capitalismo neoliberal a escala global.[1]
De acuerdo con Rodríguez:
Cuando se habla de megaproyectos de infraestructura no solamente se refiere a una construcción especifica, sino que esta tiene una intencionalidad fundamental para el sistema económico. En efecto, los megaproyectos tienen su expresión concreta como obras que utilizan montos de recursos públicos y privados, que para su construcción y operación provocan fuertes afectaciones sociales, ambientales y culturales en los territorios en donde se asientan, pues modifican las formas de vida de sus habitantes.[2]
Es así que los megaproyectos surgen como una necesidad del capital de ubicar inversiones en espacios regionales, y afectan a las poblaciones circundantes.
Para Talledos:
El megaproyecto refleja y es parte de las relaciones de poder; es un espacio político que entraña en su origen un proyecto ideológico de “desarrollo” social, económico y cultural. Este argamasa técnica, tecnología, recursos financieros, política, cultura y economía, con los objetos naturales en un intento permanente de reproducir su espacio. Un espacio de poder de eventos jerárquicos que se instala ahí́ donde se puede direccionar o producir un espacio por la fuerza, la coacción, la imposición o bien el consenso, la hegemonía, en un intento permanente de creación de condiciones espaciales para el intercambio, como necesidad extraordinaria para la acumulación de capital; lo cual por su naturaleza conduce a evitar o destruir todas las barreras espaciales que impidan esta necesidad.[3]
Junto con el impulso a los megaproyectos, estamos asistiendo a la formación de una clase capitalista transnacional y un Estado transnacional[4] que imponen la agenda transnacional en el campo de América Latina por encima de las necesidades alimentarias, ambientales y socioculturales de sus habitantes.
Todo esto acompañado de una territorialidad de las corporaciones que asignan los bienes a producir, las orientaciones y los ritmos tecnológicos, el control del consumo y de las formas de vida, y la disciplina de la vida social.[5]
El Antropoceno
El concepto de “Antropoceno” lo formuló Paul Crutzen en el congreso de geología celebrado en el estado mexicano de Morelos en el año 2000. Es un punto de referencia ya que expresó por primera vez el impacto del ser humano en el planeta. Y es la expresión de los cambios que se están generando en diversos aspectos: pérdida de biodiversidad, contaminación, cambio climático, acidificación de los océanos, deforestación, entre otros.
El biólogo y ecologista estadounidense Eugene F. Stoermer fue el primero que utilizó en conferencias y pláticas el concepto de “Antropoceno” con la finalidad de llamar la atención sobre la intervención del ser humano en el medio ambiente.
Como hemos mencionado, fue el premio nobel de química del año 1995, el holandés Paul Crutzen, quien formuló el concepto de “Antropoceno”,[6] aunque algunos autores como Trischler ubican la idea de este concepto en el año 2000, en la aparición de un artículo en el boletín internacional del programa Geología-Biosfera, el Global Change Newsletter.[7] Posteriormente, en el año 2002, apareció en la revista Nature un artículo de Crutzen denominado “Geology of mankind”, en el cual caracteriza al Antropoceno y hace un llamado de atención sobre el cambio climático, se centra en el aumento de los niveles de gases de “efecto invernadero”, como el CO₂ y el CH4, como indicadores de los efectos a escala planetaria de las actividades humanas.[8]
Podemos definir el Antropoceno como una era geológica en la que se ha desarrollado un fuerte incremento de temperaturas en el planeta, debido a que el ser humano ha causado un aumento en la presencia de gases de efecto invernadero en la atmósfera, los cuales son causantes del calentamiento global, aunado a otros fenómenos físico-biológicos como la sexta extinción de especies, el aumento de la desertificación de territorios, la deforestación causada por la ampliación de la frontera agrícola a costa de la superficie de bosques y selvas, la acidificación de los océanos y el cambio de la coloración de los corales marinos, una fuerte contaminación plástica y el derretimiento de la capa de hielo que cubre los polos del planeta, así como de los glaciares alpinos, entre otros problemas generados por la actividad del ser humano.
El Antropoceno es un concepto polémico, y no hay un acuerdo unánime de cuándo empezó, algunos autores como Crutzen et al. lo ubican con el surgimiento de la era industrial en 1784, con la creación de la máquina de vapor fabricada por James Watt, y propusieron que comenzó en la última parte del siglo xviii, cuando los núcleos de hielo glaciar indicaron el cambio de las concentraciones de gases.[9]
El concepto de “Capitaloceno” alude a que, si bien la Revolución Industrial comenzó con los combustibles fósiles y la expulsión de gases de efecto invernadero a la atmósfera, esta no se dio en un vacío social. Al contrario, se desarrolló dentro de un sistema económico que requiere e impulsa la innovación tecnocientífica para movilizar las mercancías lo más rápido posible a distancias crecientes. Nos dice, además, que en el capitalismo hay grupos con mayor poder para establecer las dinámicas productivas y de consumo a través de los medios legales, políticos, religiosos, psicológicos y hasta militares. La unión infernal entre capitalismo y fosilismo no fue casual, fue el resultado de disputas políticas y económicas desiguales. En el Capitaloceno, la crisis ecológica y climática no fue impulsada por todos, porque no todos han tenido el mismo poder social para influir sobre la estructura económica: desde los esclavos usados para el desarrollo del capitalismo europeo, pasando por las comunidades indígenas exterminadas y marginadas, hasta la gente que desde el siglo xx sufre la miseria y explotación laboral, la mayor parte de la población no ha contribuido a la crisis que enfrentamos.[10]
Entonces, en la crisis ambiental que atravesamos, sí hay culpables, pero no somos la mayoría de la población, sino la élite: en un estudio que desarrolló OXFAM, se muestra que 10 % de la población, aproximadamente 700 millones de personas, son responsables de más de la mitad de las emisiones de dióxido de carbono.[11]
La gran aceleración
Después de la Segunda Guerra Mundial, finalizada en 1945, se ha potencializado el consumo de materiales y energía,[12] a este periodo se lo ha denominado La Gran Aceleración.
McNeill y Engleke, en su libro denominado The Great Acceleration: an environmental history of Anthropocene, ubican una mayor cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera, y un incremento sustancial en el número de automóviles, los cuales pasaron de 40 millones a mediados del siglo xx a 850 millones de unidades en el siglo xxi; otro aspecto sobresaliente es el aumento en la producción de plástico, en 1950 existían alrededor de un millón de toneladas, y, en el año 2015, 300 millones. En lo concerniente al uso en la producción agrícola de nitrógeno sintético, este pasó de cuatro millones a 85 millones de toneladas en el mismo período de análisis.[13]
Aunado a estos datos, en el siglo xx, se dio un impresionante crecimiento en obras de infraestructura: presas, carreteras, plantas de energía, máquinas de extracción, incremento en métodos depredadores del ambiente, como la pesquería con mallas de arrastre que se desarrolló en el siglo xx, con el consecuente uso de materiales y energía, en el que el cemento fue concebido como el principal material para viviendas, presas, plantas de energía, entre otros.[14]
Bonneuil & Fressoz, en su libro The shock of Anthropocene: the Earth, history and us, ubican un tercer periodo en el Antropoceno que es el de la concienciación, el cual proponen que inició en el año 2000.[15] El problema que estamos viviendo actualmente del cambio climático global no es causado de manera natural, no es un meteorito, un volcán; ellos afirman que “somos nosotros” los causantes de la sexta extinción.[16]
En este periodo existe un fuerte conflicto. Por un lado, la comunidad científica ha aportado datos sobre la situación actual en la atmósfera y evidencia científica sobre la presencia del fuerte impacto del ser humano en la naturaleza, la biodiversidad y el clima de la tierra. Por el otro lado, existe un grupo de activistas que niegan el conocimiento científico y que podemos caracterizar como populismo de derecha, que se han convertido en negacionistas y escépticos sobre los impactos del cambio climático[17] y de la responsabilidad del hombre en la extinción de especies biológicas.
La dimensión socioambiental de los megaproyectos
En el siglo xxi, el proceso de subsumir territorios a la dinámica del capital continúa con mayor fuerza.[18] Los territorios se convierten en temas estratégicos para el capital en el siglo xxi, así que lo que el capital busca es subordinar esos territorios a la lógica capitalista.
El control del territorio se convierte en un factor productivo clave, ya que genera directamente las condiciones para generar valor. Este es hoy el escenario de los enfrentamientos más significativos entre el capital y los guardianes de la tierra, los pueblos originarios.[19]
Grandes vertientes de las zonas rurales o naturales de los territorios de nuestro continente se han convertido en nuevos espacios de valorización y búsqueda de ganancias por parte de los capitalistas. Somos testigos así de un movimiento inusitado de capitales hacia los espacios campesinos e indígenas en la búsqueda de ganancias extraordinarias.
Entre las líneas de explotación de los espacios naturales, se encuentran las siguientes:
- El impulso a la reconversión productiva de la producción campesina e indígena.
- El neoextractivismo, a través de la explotación minera, de hidrocarburos, turística, de parques eólicos, gasoductos, oleoductos y de construcción de presas y de infraestructura.
- La mercantilización de la naturaleza a través de la creación de mecanismos de privatización de bienes comunes como el agua, la biodiversidad y diversos servicios ambientales.
Disputas territoriales y desposesión
Territorio es un espacio constituido por la dinámica de las relaciones sociales, económicas, culturales y políticas y de las relaciones entre sociedad y naturaleza.
Un desacuerdo sobre la pertenencia de un territorio o de una porción de territorio. En sentido estricto, puede referirse a varios tipos de entidades territoriales: a los Estados, pero también a las subdivisiones territoriales (“regiones”) de estos últimos que, llegado el caso, pueden estar en desacuerdo sobre su delimitación común. Más precisamente, las disputas territoriales han tenido durante largo tiempo como problemática los recursos naturales y mineros.[20]
Michael Levien apunta a que la configuración específica en determinado lugar puede ser comprendida como un régimen de desposesión particular.[21]
Para este autor, un régimen de desposesión representa un medio institucionalizado para despojar activos a sus dueños o usuarios actuales. Para ello se requiere un Estado dispuesto a despojar en nombre de un conjunto de propósitos económicos vinculados a intereses de clase y la construcción de consenso para hacer posible el despojo.
Impactos socioambientales de los megaproyectos
Los impactos socioambientales de los megaproyectos afectan de diversas formas.
Impactos directos:
- Deforestación. Entre las principales causas, están la ampliación de la frontera agrícola para la siembra de cultivos comerciales; sobresalen la palma de aceite, soya, caña de azúcar, ganadería bovina, entre otros. También el desarrollo de nueva infraestructura (puertos, vías férreas y autopistas, entre otras).
- Pérdida de biodiversidad.
- Ruptura del tejido social. Se reubica o expulsa a las comunidades indígenas de sus territorios, lo cual ocasiona una pérdida del arraigo y de las tradiciones.
- Incremento de gases de efecto invernadero. Los megaproyectos son obras que requieren una enorme cantidad de materiales y energía. Por lo que la ejecución de dichas megaobras trae consigo un aumento significativo de los gases de efecto invernadero, que son los responsables del calentamiento global y del cambio climático.
Las amenazas sobre la selva maya
Por miles de caminos se desangra Chiapas: por oleoductos y gasoductos, por tendidos eléctricos, por vagones de ferrocarril, por cuentas bancarias, por camiones y camionetas, por barcos y aviones, por veredas clandestinas, caminos de terracería, brechas y picadas; esta tierra sigue pagando su tributo a los imperios: petróleo, energía eléctrica, ganado, dinero, café, plátano, miel, maíz, cacao, tabaco, azúcar, soya, sorgo, melón, mamey, tamarindo y aguacate, y sangre chiapaneca fluye por los mil y un colmillos del saqueo clavados en la garganta del sureste mexicano. Materias primas, miles de millones de toneladas que fluyen a los puertos mexicanos, a las centrales ferroviarias, aéreas y camioneras, con caminos diversos: Estados Unidos, Canadá, Holanda, Alemania, Italia, Japón; pero con el mismo destino: el imperio. La cuota que impone el capitalismo al sureste de este país rezuma, como desde su nacimiento, sangre y lodo[22] (SCI Marcos EZLN, 1994).
El sureste mexicano es la región del país en la que se asienta la mayor diversidad biológica[23], los estados de Veracruz, Oaxaca, Chiapas, Tabasco, Yucatán, Campeche y Quintana Roo concentran más del 80 % de la disponibilidad de agua superficial de buena calidad, el 90 % de las selvas altas y una significativa superficie de selvas medianas y bajas. Es el punto de encuentro entre la vegetación neotropical y neártica, lo que favorece el desarrollo de muchos endemismos, que causan que sea una de las regiones del planeta que puede considerarse como centro de origen de plantas domesticadas de importancia económica internacional y con más diversidad de reptiles, mamíferos y aves.[24]
México es un país de eminente vocación forestal, en el que más de la mitad de su superficie está cubierta por bosques, selvas y matorral xerófito.[25] Esto ha ocasionado, en múltiples ocasiones, que existan disputas entre comunidades rurales e intereses comerciales que buscan explotar el bosque, sin generar beneficios a las comunidades circundantes y afectando de manera grave al medio natural.
Es importante retomar la relevancia que tiene la propiedad social de los bosques y las selvas en México, ya que más del 50 % de los bosques templados y más del 90 % de las selvas están en manos de comunidades rurales que poseen la propiedad colectiva agraria y que son más de siete mil ejidos.[26]
En nuestro país, existen múltiples ejemplos de pueblos y comunidades que han defendido sus bosques ante la avaricia de las grandes empresas forestales, y cuya presencia se vio reforzada en el porfiriato del siglo xix con la reacción de las compañías deslindadoras. Con la llegada del siglo xx, con el presidente Lázaro Cárdenas del Río (1934-1940), se da un proceso en el que el Estado deja el manejo técnico en una serie de compañías de capital estatal, las cuales son responsables de extraer la madera de los bosques indígenas. Este modelo de explotación forestal generado desde el Estado interventor generó fuertes críticas por los vicios de corrupción, de mal manejo, de distribución inequitativa de los beneficios, y por una explotación irracional de los bosques.
Al cumplirse el plazo de la concesión forestal de 50 años de explotación, y con la génesis del modelo económico neoliberal en México, muchos de los bosques comunitarios se encontraban agotados y con un profundo deterioro. Sobre todo, se contaba con procesos en los que la población no se sentía beneficiada por la actividad forestal. Esto trajo movimientos de reapropiación del recurso forestal, en los que sobresale la actividad desarrollada por la red mexicana de campesinos forestales Red MOCAF A.C., la cual en todo el país cuenta con más de 120.000 afiliados.
El proceso de deforestación en el sureste mexicano es alarmante. En Tabasco el 95 % de la vegetación original ha sido destruida, bajo un proceso de ganaderización y colonización de tierras en el trópico mexicano.[27]
En la península de Yucatán, sobre todo en el caso del estado de Campeche, ha sido alarmante la destrucción de miles de hectáreas de selva para la ampliación de la frontera agrícola. Quintana Roo ha sufrido dicha ampliación hecha con trascavos y bulldozers. La explotación forestal en muchas comunidades mayas se ha convertido en una alternativa económica que les genera ingresos; sin embargo, la privatización de las costas y el turismo a gran escala de sol y playa han permitido la pérdida de importantes zonas de manglares.
Respecto al estado mexicano de Chiapas, existen diversos datos sobre la deforestación en el estado, en el que por sus dimensiones llama más la atención el referente a la pérdida de cobertura vegetal en la región de las cañadas de la selva Lacandona, en las cuales el proceso ha sido muy significativo, y no ha podido ser revertido en el siglo xxi.
Jan de Vos ubicaba más de tres millones de hectáreas de selva que cubrían la geografía del estado de Chiapas[28] con la llegada del México independiente, y sobre todo con la anexión del estado del sureste, en el cual Cayetano Robles pidió autorización al gobierno central de poder explorar la cuenca del río Jataté, y las comunicaciones fluviales vía el río Usumacinta, las cuales llevan sus aguas rumbo a los puertos de Campeche y Tabasco. Inició un proceso en el que la explotación de la madera se daba a través de los ríos, el capital tabasqueño jugó un gran papel en “la conquista de la selva Lacandona por los madereros tabasqueños”, y solo tres grandes exploradores con la total indiferencia del gobierno chiapaneco explotaban la madera preciosa. Esta etapa se consideró de 1822, año del imperio mexicano, a 1880, en el que industriales y comerciantes tabasqueños monopolizaron la actividad forestal.
Una segunda etapa de acuerdo con De Vos
va de 1880 a 1895, ya no son individuos los que hacen la historia de la Selva. Entran en escena tres poderosas compañías madereras, con sede en la ciudad de San Juan Bautista, la antigua capital de Tabasco. Las tres empresas se lanzan, al mismo tiempo, a la conquista de las cuencas fluviales donde la madera preciosa abunda más: la Casa Bulnes en los ríos Jataté y Chocoljá, la Casa Valenzuela en los ríos San Pedro Martir y Usumacinta, y la casa Jamet y Sastre en los ríos Lacantun, Chixoy y Pasión. Los cortes de madera, hasta entonces empresas modestas y locales, se convierten en una industria de gran envergadura, que conquista su lugar en el mercado mundial gracias al apoyo financiero de inversionistas e importadores extranjeros. La caoba lacandona es embarcada en los puertos del golfo de México y vendida en los muelles de Londres, Liverpool y Nueva York, a precios de oro bajo el nombre de madera de Tabasco.[29]
La explotación forestal de la cuenca del río Usumacinta, compartida entre Guatemala y México, llegó a una situación en la que se estuvo en la posibilidad de tener un conflicto bélico, lo cual fue resuelto en 1895 mediante un acuerdo, y dentro de las perdedoras se encuentran compañías tales como la Valenzuela, Jamet y Sastre, Schindler y la Casa Romano.
Después empezó la época de oro de la caoba lacandona, la cual vivió durante el porfiriato su época de gloria. Con la llegada de la Revolución mexicana en 1910-1920, los trabajadores de las monterías vieron la oportunidad de obtener mejores condiciones de trabajo, lo cual no prosperó, se dio el quiebre de grandes compañías madereras, que fueron sustituidas por más modestas, y la gran actividad maderera llegó a su fin cuando el gobierno mexicano prohibió la exportación de madera en rollo en 1949.
Sin embargo, la presencia de terrenos nacionales, que servían para destrabar conflictos agrarios, no solo de carácter estatal, sino nacional, llevó a la colonización de la selva Lacandona en diversos momentos, Andrés Aubry ubica las siguientes migraciones rumbo a la selva Lacandona:
La migración se inició poco antes de 1950, con tojolabales… Los siguieron los de la marcha al mar, cuyos pueblos llevan nombres que delatan su procedencia de la provincia mexicana (Nuevo Chihuahua, Morelia, Zamora, etc.). Una tercera ola en los años 60 es la de los evangélicos, que no lograron vencer el ambiguo pacto cultural entre el INI y los caciques de Chamula; son reconocibles en sus nombres bíblicos. Los imitaron después muchos católicos de la diócesis de Don Samuel, pero por otros motivos: salieron a la Selva por voluntad propia, para buscar una alternativa a la finca. Dieron un significado socio-religioso a su migración, que los desvictimizó: llamando a su migración “éxodo” (que es también el título bíblico de un catecismo que escribieron colectivamente), porque rebasaron su condición de peones o esclavos de enganchadores haciéndose buscadores de liberación, enraizándose en la Selva como una Tierra Prometida. La última oleada fue la de los expulsados por las presas, que sepultaron sus tierras, y los expulsados por las crisis, se estancó en 1982, cuando la selva se saturó con los refugiados guatemaltecos.[30]
Esta presión demográfica sobre las cañadas de la selva Lacandona significó la pérdida por ampliación de la frontera agrícola de miles de hectáreas de selva alta perennifolia; es más, en la práctica se colonizó la parte de la selva con mayor biodiversidad.[31]
En lo concerniente a los Altos de Chiapas, las tasas de deforestación y los cambios de uso de suelo se deben a diferentes factores ambientales y al crecimiento de la población y la consecuente ampliación de la frontera agrícola. De acuerdo al estudio de Ochoa, las tasas de deforestación en los altos de Chiapas pasaron de 1.50 % en la década de 1974-1984 a 2.13 % en el periodo de 1984-1990.[32]
Y el crecimiento poblacional después del alzamiento zapatista de 1994 incrementó la pérdida de cobertura vegetal, sobre todo por la implementación de políticas públicas por el Estado mexicano para contener la rebelión, pero con nulo carácter ambiental; por ejemplo, se crearon nuevos caminos, los cuales tenían un carácter más militar, circundando áreas boscosas en las que pudieran refugiarse los zapatistas[33], al mismo tiempo se fomentó la ganadería bovina en áreas de montaña, prácticas productivas intensivas que favorecieron la deforestación (tales como el establecimiento de viveros florícolas en el área de Zinacantán, una horticultora “agroquímica” en el valle de Chamula, entre otras).
Esto llevó a que la cobertura vegetal en los Altos de Chiapas sufriera de manera drástica una disminución significativa de su cobertura vegetal, llevando a organismos no gubernamentales como Pronatura, al gobierno estatal y a las mismas bases de apoyo del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) a declarar sus propias reservas ecológicas, con la finalidad de conservar dichos espacios de vida.
Vivir en el Antropoceno: resistencias
La región sur-sureste de México, como veíamos anteriormente, es una zona donde prevalece una biodiversidad importante, y es refugio de comunidades indígenas que resguardan el patrimonio biocultural. Estas comunidades indígenas se encuentran resistiendo a diversos megaproyectos; los motivos son varios, pero los podemos sistematizar en los siguientes argumentos:
- culturales: los megaproyectos son responsabilizados por el potencial etnocidio generado por el impulso de proyectos turísticos a gran escala;
- ambientales: los megaproyectos están generando procesos de ampliación de frontera agrícola, deforestación y pérdida de biodiversidad;
- sociales: ruptura del tejido social contrainsurgencia.
Ante esta realidad impulsada por el proceso de mundialización, los campesinos han tejido respuestas que han abarcado múltiples niveles: sociopolíticos, culturales, económicos, productivos y ambientales. Esto se ha expresado en diversos campos, tal es el caso de la consolidación a nivel internacional de la Vía Campesina como expresión a escala global de la posibilidad de defender un modelo alternativo al impulsado por las compañías trasnacionales. La transmutación del movimiento social y su incorporación a gobiernos “progresistas” de la región latinoamericana buscan fundamentalmente la incorporación de una perspectiva nacional popular, la cual no trastoca los mecanismos de acumulación en el medio rural, pero genera conquistas sociales que profundizan el clientelismo y la corporativización en el medio rural.
Finalmente, la cooptación de los movimientos campesinos mediante la implementación de políticas asistencialistas y sistemas de producción anticampesina, que se generan en los países en los que predomina el modelo económico neoliberal, genera procesos de ruptura y resistencia de los sistemas campesindios. Sin embargo, es en el medio rural donde se expresan las luchas por lo común.
En México se han construido grandes obras de infraestructura hidroagrícola y para la generación de energía eléctrica. El estado de Chiapas cuenta con cuatro grandes centrales hidroeléctricas que la convirtieron en la entidad que más contribuye a la federación en la generación de electricidad, exportando energía actualmente a la vecina República de Guatemala.[34]
La construcción de estas obras de ingeniería requiere una fuerte inversión económica, y estas conllevan un alto impacto ambiental, dado que se inundan grandes extensiones de tierra, y se ha comprobado que ocasionan un fuerte impacto en la generación de metano, que coadyuva al incremento de la temperatura del planeta.
Producto de los impactos que ha ocasionado este modelo hidroenergético en nuestro país desde el año 2004,
Nació el Movimiento Mexicano de Afectados por las Presas y en Defensa de los Ríos (Mapder) como una respuesta de la sociedad civil, de las organizaciones campesinas e indígenas de México a la grave preocupación por las afectaciones sociales, económicas y medioambientales causados por la construcción de grandes proyectos hidroeléctricos. En el 2004 se llevó a cabo el 1er encuentro del Mapder en Guerrero, en el 2005 en Jalisco y en el 2006 en la ciudad de México. Poco a poco los integrantes del Mapder han ido creciendo y actualmente tiene presencia en diez estados del país: Coahuila, Oaxaca, Guerrero, Jalisco, Chiapas, Hidalgo, Distrito Federal, Veracruz, Sonora y Nayarit… el Mapder ha conseguido y apoyado las luchas para detener los proyectos Itzantún en Chiapas, la Presa La Parota en Guerrero, la Presa San Gaspar en Jalisco, las presas de Aguanaval en Coahuila, además de lograr una restitución hasta donde fue posible con los afectados de la presa El Cajón.[35]
La presa de Itzantún en el municipio de Huitiupán, en el estado de Chiapas, es un caso ilustrativo de la preeminencia de la memoria histórica, desde la década de los 70 en la era de las megaobras hidráulicas en la entidad, se contempló la realización de dicha obra de ingeniería, se construyeron dos túneles impresionantes, que conectan Chiapas con Tabasco, y que permitiría la construcción de la sala de máquinas. Es una zona con una alta biodiversidad, pero sobre todo con una historia de construcción colectiva y de lucha por la tierra, de la que los campesinos choles, tzotziles y zoques de la región no estarían dispuestos a sufrir el despojo nuevamente. Es así que llevaron un proceso de más de 35 años de oposición permanente a un proyecto hidroeléctrico que en múltiples ocasiones se ha declarado en suspensión, pero que aparece como un fantasma que aglutina y moviliza a decenas de comunidades en contra de sus planes de implementación. En marzo del 2011, en Huitiupán se celebró la reunión mesoamericana en contra de las represas en dicha ciudad, con la finalidad de confirmar su rechazo al desplazamiento forzado en contra de las comunidades rurales del municipio.
El 31 de agosto del 2008, se llevó a cabo, en la Facultad de Economía en la UNAM, la primera Asamblea Nacional de Afectados Ambientales (ANAA); en esa primera ocasión, se encontraron más de 35 comunidades que se encuentran luchando contra el deterioro ambiental en sus territorios. Sobresalieron en esa ocasión la lucha contra la presa La Parota en Guerrero, de los pueblos de Morelos por sus aguas y territorios, contra la contaminación del río Santiago en Jalisco y Atoyac en Tlaxcala, respectivamente, entre otras muchas.
La defensa del agua se ha convertido en una narrativa socioambiental que recorre muchos estados del país y que plantea claramente la defensa del territorio, la ecología y la vida. En ese andar el campesinado ha ido tejiendo respuestas que abarcan diversos ámbitos, políticamente se han organizado y han generado nuevos movimientos sociales que defienden el territorio de la depredación de las empresas trasnacionales.
Hemos visto cómo lo local emerge como una alternativa a un modelo basado en la producción global, los mercados de calidad, los nichos de mercado orgánicos o justos, lentamente –sobre todo– en los países del norte ganan espacio como mecanismos de solidaridad ambiental y de justicia social hacia los pequeños productores.
La cuestión de la identidad se ve reforzada con el surgimiento de movimientos que reclaman su autonomía y la posibilidad de defender su particular perspectiva del mundo; es así que poblaciones indígenas en los cinco continentes resguardan una rica gastronomía, un conocimiento ancestral de plantas medicinales y sistemas productivos que resisten y se adaptan al cambio climático global.
Es ahí donde la agroecología, al partir de los sistemas de conocimientos rurales y campesinos, los cuales provienen de un proceso milenario de domesticación de plantas y animales, nos permite bajo un manejo adecuado generar procesos que fortalezcan los procesos de organización comunitaria. Ya que se opone a la introducción o presencia de tecnologías exógenas, que vendrían a romper con las lógicas de reproducción comunitaria.[36]
Los sistemas de conocimientos campesinos e indígenas requieren la formulación de una nueva epistemología que permita dialogar de diferentes maneras y formas, lo que permita tener múltiples caminos de aproximación al conocimiento. En el que las propuestas de los derechos de la naturaleza, el buen vivir o el bien común son la simiente de una nueva relación urgente y necesaria con el planeta en el que habitamos.
Conclusiones
Hemos realizado un recorrido por la actual crisis rural y ambiental, que pone en duda el modelo productivo; la crisis global por la que atravesamos tiene salidas que permitirían la construcción de alternativas al camino de destrucción ambiental.
Un texto del Dr. Víctor Manuel Toledo demuestra con datos duros la situación ambiental actual en México; por ejemplo, más de 100 acuíferos de 653 se encuentran sobreexplotados, dos terceras partes de las cuencas están contaminadas, alrededor de 200 mil hectáreas al año son deforestadas por cambio de uso del suelo, incendios y tala ilegal.[37]
En este proceso de devastación ambiental, ocasionado por una mentalidad ganar-ganar, sin tomar en cuenta los daños perpetrados a la naturaleza, se generan actividades que están cambiando progresivamente la geografía del planeta. Así, tenemos al fracking o la minería a cielo abierto, o la construcción de autopistas, aeropuertos, o puertos marítimos, los cuales provocan considerables impactos socioambientales, cuyas consecuencias no se han delimitado de manera apropiada.
Concluyendo, podemos afirmar que, pese a la tendencia dominante del proceso de desruralización, los campesinos en el orbe resisten de diversas formas y dan respuestas que se tejen en múltiples expresiones, logrando dotar de alimentos a amplios sectores de la humanidad, y se encuentran dando una batalla por la humanidad y por la Madre Tierra.
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