Planes civilizatorios y agroexportadores en la Colombia decimonónica
Katherinne Mora Pacheco
Introducción
En la actualidad, Colombia es reconocido como uno de los países más biodiversos del mundo. Esta condición se debe a factores como su historia geológica, el reparto del territorio en los hemisferios norte y sur al estar atravesado por la línea ecuatorial, contar con áreas en el mar Caribe y el océano Pacífico, un relieve que incluye llanuras, valles interandinos y cumbres nevadas que sobrepasan los 5.700 m. s. n. m., entre otros. Las incontables especies endémicas se encuentran en ecosistemas tan disímiles como el matorral cardonal xerófito, el páramo y el bosque alto andino, pasando por la sabana siempre inundada, los manglares y las ciénagas, solo por nombrar algunos ejemplos.[1]
Durante el siglo xix, esta biodiversidad era mayor, no solo por los estudios que han demostrado el avance antrópico sobre bosques andinos, selvas húmedas tropicales, páramos y humedales,[2] sino porque la extensión del territorio colombiano[3] era más amplia: en la década de 1820, incluía los actuales territorios de Venezuela y Ecuador, durante gran parte del siglo, el territorio abarcaba extensiones mayores en las cuencas del Amazonas y el Orinoco –que luego se perdieron por vías diplomáticas y de hecho–, y Panamá solo se separó de Colombia solo hasta 1903.[4] Sin embargo, como se verá en este capítulo, para entonces las élites intelectuales y políticas parecían ver esa exuberancia y abundancia de especies como un obstáculo para la civilización y el progreso, ideales decimonónicos que se expresaban en el dominio sobre el agua a través de la canalización y el drenaje, la expansión de las áreas urbanas, la conversión de bosques en planicies cultivadas, la ampliación de la red de caminos y ferrocarriles, y cualquier otra expresión visible de triunfo del hombre –porque era una labor masculina– sobre la naturaleza. Las tierras consideradas como tropicales debían ser habilitadas para la agricultura de exportación y ser objeto de proyectos civilizatorios que implicaban la migración de blancos hacia tierras que solo habían podido ser ocupadas por lo que, durante el dominio hispano, se conocía como “gente de todos los colores”.
Ideas y planes de este tipo, en un contexto global de Revolución Industrial y modernización agropecuaria, contribuyeron a perfilar lo que hoy llamamos “Antropoceno” por las profundas transformaciones creadas en la porción de la biósfera y la hidrósfera que le correspondía a este territorio. Así, no solo se trató de una imposición de las potencias europeas en expansión y en busca de fuentes de materias primas, sino que los intereses locales de un sector de la sociedad, el que tenía voz y voto, se tradujeron en transformaciones profundas en los ecosistemas y en la relación entre humanos y el resto de la naturaleza que aún hoy repercuten en los desastres que debe enfrentar la población colombiana.
Para desarrollar estos argumentos, el texto se divide en tres partes. La primera reconstruye los antecedentes de intervención sobre humedales y bosques en la segunda mitad del siglo xviii bajo dominio de la Corona española. Allí se gestaron otras visiones sobre el agua y la agricultura. La segunda parte se enfoca en los intereses de las élites republicanas, expresados en la legislación, la literatura científica, y la prensa, que confluyeron en proyectos de domesticación del agua y deforestación. Entre los miembros de esas élites, se considerarán en la tercera parte los casos emblemáticos de José María Samper, Manuel Ancízar, Salvador Camacho Roldán y Medardo Rivas.
Hacia otro tipo de relación con los humedales y los bosques. Los antecedentes durante el Virreinato de la Nueva Granada
Desde los inicios del siglo xviii, con el ascenso de los borbones al trono español, la pretensión había sido recuperar el esplendor del imperio. Junto con las reformas político-administrativas, también se diseñaron planes para poner la producción agrícola a tono con los tiempos. En la península ibérica, como ocurría en buena parte de Europa en el marco de la Pequeña Edad de Hielo, eran frecuentes las crisis en el abastecimiento de alimentos debido a las sequías severas, con frecuencia acompañadas por plagas de langosta, que se veían interrumpidas por lluvias torrenciales inesperadas que provocaban inundaciones. Para poner fin a los padecimientos de los labradores y garantizar la anhelada prosperidad agrícola, era fundamental habilitar nuevas tierras cultivables y sistemas de regadío. Un nuevo cuerpo de ingenieros militares fue encargado de cartografiar las cuencas, construir canales y embalses, desecar áreas inundables y pantanos que se consideraban focos de paludismo y que podían habilitarse para cultivar. En la segunda mitad del siglo xviii, los proyectos fueron reforzados por la recepción favorable de los postulados fisiócratas; a su vez, aumentó el interés de la Corona por el registro meteorológico y la relación entre el clima o el temperamento y las cosechas.[5]
Los proyectos de modernización agrícola no se circunscribieron a la península ibérica, sino que se extendieron a los virreinatos del otro lado del Atlántico desde varios frentes. Primero, se impulsó un nuevo ciclo de composiciones de tierras que, junto al propósito principal de regularizar la propiedad y recaudar fondos, también implicó que se habilitaran tierras para la agricultura por venta de aquellas que se consideraba que eran realengas o, por lo menos, que no estaban siendo explotadas por quienes las poseían.[6]
Segundo, bajo los reinados de Carlos III y Carlos IV, se autorizaron y patrocinaron expediciones científicas, entre ellas la de Chile y Perú (1777-1788), Nueva Granada (1783-1816), Nueva España (1787-1803) y gran parte de las costas americanas hasta llegar a Filipinas (1789-1794). En un esfuerzo por revivir un proyecto como el de la expedición de Francisco Hernández a Nueva España en la década de 1570 o la recolección de información que se hizo desde finales del siglo xvi hasta principios del siglo xvii con las relaciones geográficas, uno de los propósitos de estas expediciones era identificar especies, especialmente plantas con propiedades medicinales o capacidad de reemplazar especies asiáticas o que fueran cultivables y comercializables a gran escala.[7]
En tercer lugar, se replicó el plan hidráulico de riego, canalización y desecación en diferentes territorios con el fin de garantizar el abastecimiento urbano e incentivar la agricultura y el comercio. Ejemplo emblemático fue el Desagüe de México. Aunque el inicio de este gran proyecto de desecación databa de 1604 y es considerado como una obra en construcción constante hasta la era del porfiriato, cabe destacar que bajo los borbones se intensificaron las demandas de mano de obra e impuestos para mantener o ampliar la obra, se hicieron cambios administrativos, se discutieron proyectos para que el agua circulara en trincheras o túneles y, sobre todo, desde la creación del Real Cuerpo de Ingenieros Militares en 1710, con el mandato de elevar la productividad de las colonias y mejorar la formación en hidráulica, se priorizó a la Nueva España como destino de sus miembros. En el Desagüe, como en otros casos, fue común la presión de las élites a su favor para drenar las zonas donde construían sus viviendas o beneficiar a sus terrenos agrícolas.[8]
Otro caso muy distante de México se presentó en Santiago de Chile. El auge del cultivo de trigo para comercializar en otros territorios significó el aumento de la demanda de agua para riego. Desde principios del siglo xviii y cada vez que se presentaba una sequía, se establecieron turnos por días y horas para riego y consumo humano en las tomas de agua y se empezaron a discutir los primeros planes para construir los tajamares del río Mapocho y conectarlo con el Maipo, proyecto que se conocería después como el Canal San Carlos, solo concluido después de la independencia[9].
Estos ejemplos podrían encontrarse en varios puntos de América. El territorio de la Nueva Granada no fue ajeno a estos planes. Además de contar con su propia expedición botánica ya mencionada, la demanda de tierras cultivables para una población mestiza creciente y la tendencia creciente en la era de la Ilustración hacia la propiedad privada e individual condujeron a la supresión de los resguardos –las tierras comunales indígenas– desde mediados del siglo xviii y a la subdivisión de las haciendas jesuitas después de su expulsión en 1767. Estas fragmentaciones limitaron estrategias de uso del suelo diseñadas para cultivar en áreas inundables durante la temporada seca, mantener ganado en áreas inundables y subirlo a zonas más altas cuando el agua alcanzaba niveles mayores a los acostumbrados. Para entonces, como lo evidencian los conflictos registrados, algunos propietarios emprendieron obras de forma espontánea y no autorizada para sacar el agua de sus terrenos a través de zanjas y empalizadas.[10] Al mismo tiempo, en las últimas décadas del siglo xviii, aumentó la construcción de puentes sobre ríos y pantanos de la cuenca del río Bogotá que se percibieron como obstáculos para el comercio hacia Santafé, la capital del virreinato.[11] La ciudad también se vio favorecida por la construcción de dos acueductos en 1757 y 1803 y, junto con ciudades como Medellín, Cali y Cartagena, fue objeto de planes de canalización para que circularan aguas servidas. Por entonces, se reavivaron las explicaciones miasmáticas de las enfermedades que asociaron los cuerpos de agua estancada con los problemas de salud de la población.[12] Con la independencia, se pondría fin al gobierno monárquico, pero este tipo de iniciativas continuarían con mayor intensidad.
Las luchas republicanas contra el agua y los bosques
Desde los inicios de la vida republicana, como resultado de la influencia de las ideas liberales de la época, continuaron los esfuerzos encaminados hacia la regularización de la propiedad privada, la eliminación de las haciendas de gran extensión, las tierras comunales y, en general, los denominados “bienes de manos muertas”. En 1824 se habían extinguido los mayorazgos y, a partir de la década de 1840, con mayor intensidad en las décadas de 1850 y 1860, empezó la paulatina extinción de resguardos y ejidos y la expropiación de propiedades rurales y urbanas que pertenecían a la Iglesia católica. Aunque durante mucho tiempo la historiografía que se produjo sobre ese proceso afirmó que fue una oportunidad para la conformación de grandes propiedades, durante las dos últimas décadas, se han llevado a cabo investigaciones a escala local y regional que, con evidencia empírica, han demostrado que, si bien hubo especuladores y personas que adquirieron propiedades por interpuesta persona, sobre todo hacia finales del siglo xix y principios del siglo xx, la tendencia inicial fue hacia la fragmentación de la propiedad.[13] Los cuerpos de agua y los bosques fueron directamente impactados por este proceso. Por ejemplo, las zonas pantanosas no eran ya solo una parte bajo el dominio de una comunidad o un hacendado, sino que los menos afortunados, o así se consideraban desde la percepción decimonónica, quedaron con casi la totalidad de sus predios en este tipo de áreas. La solución lógica era secar las tierras y habilitarlas para la agricultura. A su vez, entre menores eran las extensiones de los predios, menos posibilidades había de complementar actividades como la agricultura y la ganadería, dejar tierras en barbechos o mantener sistemas silvopastoriles. Cada hectárea debía aprovecharse al máximo, y, si era necesario, se podía prescindir de las áreas arborizadas.
Pero estas iniciativas no solo surgieron de labradores espontáneos en busca de hacer rendir unas tierras sin las cualidades que esperaban. Fueron dirigidas desde los organismos legislativos y entes del Ejecutivo, la prensa, la academia y cualquier otra instancia donde tenían voz las élites políticas e intelectuales. Por el lado de los bosques, desde una visión heredada del imperio español, y este del romano, las tierras que estaban sin explotación agropecuaria visible y otras mejoras –cercados, molinos, pozos, etc.– podían ser expropiadas toda vez que no se ejercía sobre ellas dominio. Las áreas boscosas se asociaban con la tropicalidad que no permitía alcanzar la deseada civilización,[14] el misterio, la clandestinidad, la vida fuera de la ley, los peligros, y debían someterse también al “hacha civilizadora”.[15] Los baldíos, es decir, las tierras que estaban sin explotar y sin dueño conocido, excepto el mismo Estado, fueron vistos como solución para impulsar la agricultura y solucionar problemas inmediatos de la joven república desde la década de 1820. En principio, fueron utilizados para expedir bonos para pagar a quienes habían luchado en la independencia. Luego, a lo largo del xix, fueron ofrecidos a familias campesinas para que avanzaran sobre las vertientes andinas, fundaran poblaciones y, sobre todo, habilitaran tierras para la agricultura, especialmente de productos que no podían darse en los países de latitudes medias que empezaban a industrializarse.[16]
Del lado del agua, la pretensión era dominarla para promover el abastecimiento de las ciudades, la navegación y la agricultura, a la vez que se combatía la enfermedad. Al respecto, es emblemático el caso del Canal del Dique, que conectaba al río Magdalena, principal vía del país para llegar al mar Caribe, con la bahía de Cartagena. Si bien el proyecto había sido iniciado bajo los Austrias, fue en la década de 1840 cuando, para impulsar la circulación de barcos de vapor, el gobierno encargó la primera ampliación significativa al ingeniero estadunidense George M. Totten, quien dirigió la excavación de un canal con esclusas de 15 kilómetros, 15 metros de ancho, y 2 metros de profundidad. A pesar de los daños causados a la dinámica hídrica y los ecosistemas de ciénagas y manglares, algunos cuerpos de agua quedaron desconectados del sistema y la sedimentación del mismo canal se volvió un problema constante.[17]
Desde la legislación, por ejemplo, a lo largo del siglo xix, se fue creando un medio adverso para la preservación de lagunas, pantanos y rondas de ríos. Así, la ley del 11 de julio de 1823 ya planteaba:
Los pueblos y particulares que posean lagunas, marismas o terrenos encharcados y pantanos sin aplicación a la agricultura ni a la industria, no podrán oponerse bajo ningún pretexto a que el Gobierno o particulares competentemente autorizados, emprendan su desecamiento bajo condiciones que aseguren a los propietarios el valor de sus terrenos en el estado de inundación; pero si los propietarios de la mayor parte del terreno encharcado quieren encargarse de hacer la obra en igualdad de circunstancias, serán preferidos.[18]
En 1861, el gobernador de Cundinamarca, uno de los estados que componían la Confederación Neogranadina, ordenó la creación de una Junta de Desagüe con fondos garantizados por el pago que se impuso a los propietarios de las haciendas ubicadas al sur y al occidente de Bogotá, que conservaban lagunas y pantanos y se inundaban periódicamente con las crecidas de ríos como el Fucha, el Tunjuelo o el Bogotá. La misión de la Junta era secar esos cuerpos de agua que estorbaban la agricultura.[19] A nivel federal, el Código Civil de 1873 declaró que las aguas que iban por cauces naturales eran propiedad de la nación, medida que impulsó a muchos agricultores a secar pantanos para prevenir una posible expropiación. En 1887, la Ley 23 reglamentó las desecaciones para habilitar tierras para la agricultura y, al año siguiente, se expidió una reglamentación para impulsar el desagüe de la laguna de Fúquene, un esfuerzo infructuoso iniciado en 1822 por José Ignacio París y continuado por sus descendientes, en el que tampoco cejaron los gobiernos nacionales aún en pleno siglo xx.[20]
De forma simultánea, salían en prensa avisos publicitarios de motobombas para extraer agua subterránea que, en época de lluvias, se desbordaba en zonas con alto nivel freático como los alrededores de Bogotá. También se empezaron a importar plántulas de eucalipto y pino que prometían absorber el agua de los suelos, junto con razas ganaderas y pastos que no toleraban la vida anfibia que caracterizaba a buena parte del territorio colombiano, pues, ante la inundación, los animales se infestaban de parásitos y enfermaban, y los prados se echaban a perder. Las publicaciones médicas seguían sosteniendo que el agua estancada era sinónimo de miasmas que generaban problemas de salud a la población, y esto se trasladó a las revistas veterinarias, que también empezaron a recomendar que se abandonaran prácticas como el mantenimiento de las reses en áreas inundables, aunque la obediencia fue solo parcial, como demuestra la supervivencia de la costumbre en las llanuras inundables de la cuenca del Orinoco y del Sinú-San Jorge. En fin, las medidas de los gobernantes, la legislación, los intereses de los importadores y hacendados, las demandas de las nuevas formas de propiedad y de ejercer las actividades agropecuarias, además de las voces autorizadas por su carácter científico, confluyeron para generar un panorama desolador para los cuerpos de agua en un territorio donde es tan abundante que se da por sentado y se convirtió en un elemento para combatir[21].
Cuatro pensadores decimonónicos y su lucha contra el agua y los bosques
Aunque fueron muchos los colombianos que escribieron relatos de viajes, literatura costumbrista y romántica, artículos periodísticos en los cuales plasmar su visión sobre el agua y los bosques, por la influencia política que tuvieron en su tiempo e historiográfica en el nuestro, destacaremos las percepciones de Manuel Ancízar, José María Samper, Salvador Camacho Roldán y Medardo Rivas. El primero de ellos, Ancízar, como integrante de la Comisión Corográfica al iniciar la década de 1850, relacionó constantemente la cantidad de población y su aumento por número de nacimientos con el clima sano. La “tierra caliente”, donde además primaban las selvas y sabanas tropicales o las ciénagas, terminó siendo asociada con la insalubridad, la barbarie, los obstáculos a la civilización. Por ejemplo, en San José de Cúcuta, con una altitud cercana a los 300 m. s. n. m., Ancízar afirmó: “… el clima es bien ardiente, y sería malsano sin dichos vientos que alejan los miasmas levantados en las márgenes montuosas de los ríos Táchira y Zulia, lugares mortíferos aun para las gentes aclimatadas”.[22] En Totumal, un caserío vecino de Aguachica (hoy departamento de Cesar), con una altitud que calculó en 154 m. s. n. m., con una temperatura entre las 10 y las 3 de 31 ºC a la sombra y 48 ºC al sol, indicó:
La raza blanca no puede soportar esta temperatura y vegeta en ella sin salud ni energía: cruzada con la africana produce una casta de atletas que reciben con gusto sobre sus cuerpos semidesnudos los quemantes rayos del sol y los aguaceros repentinos, y duermen a cielo abierto a pesar de la oscilación de 10º a 12º que en el curso de la noche tiene la temperatura atmosférica. Esta casta será perpetuamente señora de la extensa hoya del Magdalena, cuya fertilidad, que debemos llamar excesiva, mantendrá siempre en la infancia las artes de la civilización. Así por virtud del clima predomina la sangre africana en los pueblos que ahora recorremos, y prospera con sus costumbres libres, sus habitudes indolentes y su indiferencia por los goces morales o intelectuales, cuya consecución afana tanto y ennoblece a los hijos del Cáucaso.[23]
Cerca del poblado de Los Ángeles (hoy parte de Valledupar), describió el sitio llamado Simancas como
mansión de una familia de ganaderos, o agricultores, o cazadores, o todo junto, pues allí sólo hay rudimentos de profesiones, como conviene al estado indeciso entre la civilización y el salvajismo. Un rancho de paja con paredes de palos derechos en forma de jaula era la habitación principal, adornada con pilones de madera y racimos de plátanos colgados del techo.[24]
Como muchos otros viajeros nacionales y extranjeros que pasaron por el país en el siglo xix, y tal como lo mostraban los discursos ilustrados desde la centuria anterior, la exuberancia y lo que hoy llamaríamos “biodiversidad” eran asociados con la provisión de alimento constante, simbolizado por el plátano, que restaba laboriosidad a los pobladores porque no debían esforzarse para obtener el sustento.[25]
En la provincia de Ocaña, Ancízar asoció el temperamento cálido y la presencia de ciénagas y pantanos con miasmas que provocan fiebres intermitentes y “el tormento de los zancudos y jejenes”, males que para él solo tendrían solución cuando esos humedales se desaguaran para ser reemplazados por haciendas de café y caña de azúcar. Para el caso de las riberas del Carare y el Catatumbo, consideraba que las selvas provocaban oscuridad, y allí
los despojos vegetales fermentan bajo un sol abrasador, son malsanas y húmedas en extremo, por no circular libremente el aire a través del espeso y entretejido follaje que sobrecarga el suelo: ellas suministraran a la industria preciosas maderas de construcción y adorno, resinas y bálsamos fragantes, cuyas virtudes apenas comienzan a ser conocidas.[26]
No se requiere mayor ejercicio interpretativo elaborado para recibir su mensaje a favor de la explotación maderera y el remplazo de bosques por cultivos tropicales de exportación.
El cuñado de Ancízar, José María Samper, coincidía con él en varios puntos, y, en conjunto con otros pensadores de su época, no solo contribuyeron a alimentar las ansias de desecación y deforestación, sino que construyeron paisajes racializados al concebir que esos espacios tropicales eran también el hábitat natural de personas que, por su color de piel, consideraban inferiores.[27] Para Samper,
los negros no solo eran necesarios para todas las labores duras en los climas ardientes sino también para la navegación de los ríos en escala considerable, navegación que exigía remadores o bogas muy fuertes y de hábitos brutales. Por otra parte, las razas negras son asombrosamente fecundas cuando viven bajo los climas que les convienen, análogos a los africanos; y esa fecundidad, como la de todas las razas bárbaras, se explica fácilmente al considerar que, faltando en el desarrollo del individuo el equilibrio entre las facultades físicas, morales e intelectuales, las primeras ejercen su imperio casi exclusivo, que se traduce en fecundidad, cuando la inteligencia y la moralidad están deprimidas.[28]
Esa que llamaba “raza negra”, según él, se había multiplicado “prodigiosamente” debido a factores como “el sol tropical, los alimentos fuertes y vulgares y la depresión de las facultades morales e intelectuales”. Por su parte, la que consideraba como “la raza europea, dominante políticamente, mil veces superior en lo moral e intelectual”, se había reproducido con lentitud y se concentraba en las altiplanicies (la tierra fría) y zonas de clima templado.[29] El mulato le parecía un ser virtuoso porque en él se mezclaban “el ardor de la sangre africana” y “las tendencias generosas del europeo”, por lo cual era valeroso en los combates y a la vez que podía comprender la revolución”.[30] Las peores condiciones se las asignaba a los zambos, no solo por ser descendientes de negros e indígenas, sino por habitar zonas donde el clima “todo fermenta”, hasta permitirle usar calificativos como los siguientes:
… raza de animales en cuyas formas y facultades la humanidad tiene repugnancia en encontrar su imagen una parte de su gran ser… El zambo se muestra en toda su fealdad de tres maneras: a bordo del champan o bote, en la playa, bailando el currulao, y en su rancho, a la orilla del río, gozando del dolcissimo far niente del salvaje.[31]
El que consideraba era el “influjo del clima y de la topografía sobre el carácter de los pueblos”, le permitía explicar por qué la “chispa revolucionaria” se había encendido siempre con más rapidez y tenacidad en “las llanuras y regiones ardientes” que en las montañas de tierra fría donde se concentraba “una ilustración relativa”.[32]
Su contemporáneo Salvador Camacho Roldán, fundador de la Sociedad de Agricultores de Colombia y considerado pionero de la sociología y la economía política en Colombia, no distaba de las opiniones de Samper. Las tierras calientes, con una temperatura promedio que rondaba los 28 ºC en los valles de los ríos navegables, eran asociadas por Camacho con
los moscos, zancudos, garrapatas y demás plagas de esas tierras salvajes, mucho más salvajes aún que los primeros habitantes de ellas. La acción prolongada de los grandes calores produce, como primer efecto, languidez en el organismo, falta de nutrición y por consiguiente debilidad general, transmitida luego por herencia a los hijos. La anemia, el coto, las úlceras, son la consecuencia inmediata; y la pereza, los vicios, sobre todo el uso de licores estimulantes, la miseria fisiológica y la del alama -mucho peor que la otra- aparecen luego en la segunda y tercera generación.[33]
Esas tierras bajas y cálidas eran, para Camacho, imposibles de ocupar por la raza blanca sin “el auxilio de otra raza mejor dotada para resistir las influencias físicas del clima”; así, una vez los indígenas que estaban aclimatados fueron exterminados por los españoles, estos espacios solo pudieron ser ocupados “con el concurso de los hombres de color que fueron traídos en calidad de esclavos”: “Sólo ellos resistían la malaria de los bosques cenagosos, sólo ellos eran superiores a los ardores del sol, sólo ellos tenían la fuerza física que exigían las labores de las minas y el descuaje de los bosques seculares”.[34] No obstante, creía que la colonización y producción agrícola para exportación en el valle del Magdalena era una meta alcanzable si estas “regiones insalubres” recibían personas que descendieran paulatinamente de las cordilleras Central y Oriental; en especial, creía que los llamados a cumplir esta misión eran los antioqueños[35] y, sobre todo, los socorranos[36] por ventajas como la constitución robusta y la aclimatación a lugares cálidos.[37] Una vez se fundaran allí grandes ciudades, explotaciones mineras y colonias agrícolas, “una base de población civilizada y trabajadora”, se podría atraer la inmigración europea que hasta el momento había quedado en expectativa y en intentos mal planificados; debido a las inclemencias del clima de las tierras tropicales, los extranjeros deberían pasar un tiempo en tierras más altas, “lugares libres ya de las influencias palúdicas de la costa del mar y de las sabanas anegadizas de las orillas de los grandes ríos”, para aclimatarse y luego sí escoger otro lugar de residencia permanente.[38]
Por último, la promoción de la deforestación tuvo su propia oda en la obra de Medardo Rivas, abogado que se desempeñó como profesor universitario, diputado, congresista, diplomático y periodista con imprenta, dos periódicos y una revista de su propiedad. En su obra más conocida y citada en la historiografía, Los trabajadores de tierra caliente, se dedicó a narrar el proceso de ampliación de la frontera agrícola en la vertiente occidental de la cordillera Oriental, a mediados del siglo xix. Su propósito explícito era rescatar del olvido a personajes que habían realizado una labor que calificaba de heroica:
Vamos a contar quiénes fueron los titanes que abatieron las selvas primitivas que cubrían esas regiones hasta hace pocos años; los que llevaron allí el cultivo, la riqueza y la civilización; los que por esto merecen un recuerdo de la posteridad, más bien que aquellos hombres a quienes las leyes han cubierto de honores y que no hicieron más que oprimir al pueblo o ensangrentar el suelo de la patria.[39]
Incluso, identificó con nombres propios a quienes habían sembrado plantas introducidas por primera vez, abierto bosque y habilitado tierras para la agricultura, y los consideraba dignos de una estatua o del uso de sus nombres para rebautizar poblaciones que tenían nombres indígenas impronunciables o heredados de los españoles, como gesto de agradecimiento de sus benefactores.[40] Para Rivas, el avance del hacha civilizadora solo había traído progreso y civilización, y así lo expresó en numerosos apartados como el siguiente:
Ahora se riega la semilla misteriosa al mismo tiempo que se siembra el maíz, y cuando la mazorca está en sazón ya una verde pradera esmalta el suelo; y poco a poco esta pradera se extiende, y cubre toda la tierra caliente, donde vienen a pastar y a engordar miles de miles de reses, y donde se mantienen todas las recuas que conducen los víveres al interior.
¡Bendito el hombre que trajo al interior tanta riqueza!
En esta transformación cuántos ayudaron, cuántos murieron en la batalla que duró muchos años, y en la cual las filas de los trabajadores se fueron reemplazando sin miedo y sin descanso, hasta coronar la victoria de la civilización, del progreso y de la riqueza para el porvenir. Esto honra altamente el carácter de los colombianos.[41]
En efecto, fueron esos procesos de colonización de vertiente y tierras bajas que Rivas considera como gesta heroica, los que contribuyeron a la ampliación de la frontera agrícola, la introducción de especies foráneas, entre ellas los pastos africanos, y la expansión de la agricultura comercial en tierras con las condiciones climáticas para producir las materias primas que demandaba la Revolución Industrial. Habilitadas las tierras, se podían sumar a las varias bonanzas agroexportadoras efímeras de quina, tabaco, algodón, añil, para luego adoptar el café para el mercado mundial como base de la economía de las vertientes andinas por más de un siglo.[42]
Sin embargo, a pesar de las ganancias y de la expansión de pastos y cultivos como expresión de civilización, progreso y dominio de esos hombres que habían sido excepcionales para Rivas, desde su propio tiempo se empezaban a percibir los efectos de ese tipo de transformaciones radicales de la porción de la biósfera que hoy es Colombia. Por ejemplo, en Villa de Leyva, Manuel Ancízar advirtió:
[Las tierras] aparecen áridas y empobrecidas con los acarreos de los cerros vecinos, que han quedado limpios de vegetación, formando masas completamente estériles. En Tunja, salvo los alrededores de la ciudad, todo es verdura y prados suavemente inclinados; en Leiva, todo, excepto algunas hondonadas y pequeños valles, presenta la aglomeración de tierras rojizas, cuya superficie cubren guijarros en vez de plantas. La porción cultivable no es suficiente para mantener a los habitantes cada vez más numerosos, a quienes no queda otro recurso que la emigración a lugares menos ingratos […]. Sin embargo, antiguamente [el territorio leivano] suministraba copiosas cosechas de trigo, ‘hasta el año de 1690, dice Alcedo, que un eclipse de sol esterilizó la tierra’; o racionalmente hablando, hasta que los desmontes y quemas bárbaramente llevados, privaron al suelo de la tenue capa de abono que cubría los cerros, dejando descubierta la masa esquista, que absorbe las lluvias, sin dejar en la superficie la humedad necesaria para la vegetación de planta alguna […] Leiva es el cantón más pobre de la provincia de Tunja […] pobreza de que pudieran remediarse los leivanos, si quisieran ser menos rutineros, consagrándose al cultivo de los olivos y viñedos, que allí prosperan casi espontáneamente, y al cuidado y mejora de la cochinilla que cubre los nopales silvestres, hasta en las orillas de los caminos: con todo eso, persisten en sembrar todavía trigo, no obstante que la exhausta tierra no les devuelve sino pocas espigas al remate de los ralos y enfermizos tallos de una planta que ya no encuentra jugos para nutrirse.[43]
Como liberal en tiempos de la construcción de un proyecto de nación y tratando de desmarcarse de su historial familiar –sus padres españoles huyeron con él a Cuba cuando estalló la independencia–, Ancízar no encontraba otro responsable diferente a España por las especies introducidas como el trigo y a una agricultura que, también en términos decimonónicos, era precaria y atrasada. Y aunque puede refutarse que la tala y quema o el monocultivo fueran prácticas propias de los ibéricos de los siglos xvi y xvii, lo que interesa en este punto es la conciencia plena sobre los efectos que podía tener el remplazo de la cobertura vegetal, esa supresión de los bosques que él y sus contemporáneos proclamaban, solo que ese potencial destructor parece que solo se desarrollaba en manos de la Corona, mientras que, en manos de los liberales, solo podía significar progreso.
En contraste, en su obra, Rivas, en contradicción con su apreciación general del hacha civilizadora, advirtió:
Los que trabajamos en tierra caliente, talando el bosque y quemándolo, trabajamos como bárbaros, pues destruimos una inmensa riqueza de maderas que hoy hacen falta, de tal manera que si un propietario hubiese conservado intacto su bosque en el trayecto de La Mesa a Girardot, su propiedad sería diez veces más valiosa que lo que hoy pueda representar cubierta de pastos. No hay una viga para construir casas en las poblaciones de La Mesa, Anapoima y Tocaima; y si hubiera de continuarse el ferrocarril, no se encontrarían durmientes en toda la extensión que debe recorrer. Además, se quitó la belleza y suntuosidad a estas regiones tropicales en otro tiempo tan hermosas, y hoy convertidas en inmensos pastales de triste y melancólico aspecto; y el viajero, agobiado por el sol, no tiene un árbol bajo cuya sombra pueda descansar.[44]
La responsabilidad, para Rivas, no recaía entonces en los intereses imperialistas o en lo que hoy llamaríamos “deuda ecológica”,[45] sino en la sociedad local que había transformado radicalmente los bosques en pastizales y cultivos en pro del lucro. Esta postura fue también asumida para cerrar el siglo xix por el escritor José María Cordovez Moure, quien resumía la crisis generada de la siguiente manera:
Cuentan, pues, los cazadores con ilustre abolengo, y como nobleza obliga, debieran éstos ceñirse a las prácticas de los antecesores en el oficio, armonizando la necesidad de matar con la conservación de los animales que proporcionan el recreo de la cacería, sin dejarse dominar por la manía de la destrucción que reina entre nosotros. A juzgar por el sistema empleado para pescar en los ríos y lagunas, especialmente en el Bogotá y Tunjuelo, mediante el bestial envenenamiento de las aguas con el zumo del barbasco; la guerra implacable que se hace a los pájaros por el estúpido placer de matarlos, y la tala de bosques y malezas sin atender a su reproducción, podría creerse que la leyenda del que mató la gallina que ponía huevos de oro fuese colombiana. Veamos qué pasa a este respecto […]. La antipatía de los orejones[46] contra todo vegetal que no sea gramínea o cereal, dio por resultado la extinción de los árboles que había en la Sabana y sus contornos, especialmente al Este de Bogotá. Consecuencia forzosa de tan absurdo proceder ha sido el cuasi agotamiento de los que fueron ríos San Francisco y San Agustín, que ya no alcanzan ni a mitigar la sed de los bogotanos, y mucho menos a proporcionar siquiera un baño anual a nuestro pueblo, de suyo refractario al agua. Bajo el punto de vista de la higiene del aseo, apenas habrá ciudad en peores condiciones que la capital de Colombia.
No ha tocado mejor suerte al reino animal. Ya hemos visto cómo se trata a los peces cuya propagación se ataca en su origen; esto contribuye a que cada día se acentúe más la disminución del capitán y los cangrejos, que antes abundaban en los ríos y ciénagas de la Sabana.
¿Qué diremos de los pájaros? Las gallinazas constituían nuestro más eficaz agente de aseo, y las destruimos o ahuyentamos a fuerza de perseguirlas; de muchas especies de aves acuáticas que se alimentaban con los enjambres de lombrices y larvas que al morir en el verano infestan los campos, suele verse una que otra refugiada en lugares recónditos, fuera del alcance de los proyectiles que les envía la crueldad del hombre que las sacrifica al capricho de probar la puntería. De los millares de garzas que daban animación a las llanuras con su vuelo majestuoso, en especial las bellísimas garzas reales de plumaje nacarado color de rosa, no quedó ni una para contar el cuento; los chirlovirlos, mirlas negras y otras variadas avecillas canoras de reconocida utilidad en la agricultura, porque destruyen el muque roedor del ramaje de la papa, y los insectos que atacan el trigo, pasaron a la historia como fábula mitológica, lo mismo que otras especies de pájaros apreciables, ya por la belleza del plumaje, ya por los servicios que prestan al hombre.
Nos queda uno que otro gorrión de los refugiados en los parques y malezas, únicos en Bogotá que saludan gozosos con sus trinos la aparición de la aurora; pero siempre viven azorados por la implacable persecución de que son víctimas por parte de los muchachos que los destruyen con las malditas flechas de caucho de reciente importación.
En los jarales que cubrían parte de las haciendas de La Conejera y Fute, vivían manadas de ciervos que proporcionaban abundante y fácil cacería, hasta que se resolvió destruirlos mediante la compra de boletas con derecho a divertirse matándolos a balazos. Con excepción de los venados, que aún existen en la hacienda de Canoas, porque los dueños saben hacerse respetar de los cazadores furtivos, aquel animal inofensivo emigró de la Sabana a los páramos, donde a lo menos tropieza el hombre con algunas dificultades para exterminarlo.[47]
En esencia, para Cordovez Moure, la crisis que, décadas después de su muerte, se llamaría “ecológica” por acciones como la deforestación, la destrucción de hábitats, la caza y la pesca sin respetar los ciclos reproductivos, el extractivismo, entre otras acciones que, si bien no hallaba cómo denominar, sí describía a detalle, y atribuía su responsabilidad a los locales, a quienes convivían con las aguas, los bosques y las especies que en ellos habitaban y, no obstante, los estaban llevando hacia el colapso. Sin negar que existieran modelos de progreso y demandas de los países industrializados, era la sociedad local la que estaba causando las transformaciones en la biósfera y la hidrósfera, y –lo que es peor, según se puede extraer de las apreciaciones de Cordovez y Rivas– lo hacía de manera consciente. Así, fue creadora de su propio Antropoceno.
Consideraciones finales
Mientras estas líneas se terminan, en enero de 2024, Bogotá vive una emergencia por incendios en los cerros orientales que, como la sabana que circundan, forman parte de la cordillera oriental de los Andes. Provocados o no, la expansión de las llamas se vio favorecida por la sequía, y, especialmente, porque en esos cerros había desaparecido la vegetación de bosque andino y altoandino para ser reemplazada desde finales del siglo xix por pinos y eucaliptos, especies introducidas para secar terrenos, cercar, arborizar alamedas con especies de gran porte y obtener maderas, pero curiosamente pirófilas. Como lo advertía desde las postrimerías del siglo xix, ese “avance del hacha civilizadora” ha tenido consecuencias que, en el largo plazo, se ven reflejadas en problemáticas como la degradación de suelos, la extinción de especies, la expansión de enfermedades en cultivos que convivían con el sombrío, la disminución de polinizadores o el aumento de las temperaturas en áreas urbanas.
Del lado de los proyectos de drenaje y canalización, el resultado ha sido la transformación radical de las dinámicas hídricas con la constante frustración porque la solución ingenieril no puede garantizar la eliminación de las inundaciones. Por el contrario, las mismas zonas que desde el siglo xix han sido objeto de los más grandes proyectos, como la sabana de Bogotá, el valle geográfico del río Cauca, o las llanuras y la costa del Caribe, son escenarios de desastre cada vez que llegan las temporadas de lluvias habituales o se incrementan las precipitaciones durante la ocurrencia de La Niña. La infraestructura fabricada para contener las aguas colapsa, represa aguas que se desbordan en volúmenes inesperados, provoca inundaciones donde antes no se producían o la ausencia de desbordamientos donde eran indispensables para reponer la fertilidad de los suelos. Los ciclos agrícolas no pueden corresponder así a las temporadas secas y lluviosas. Sin embargo, también en 2024, seguimos discutiendo sobre proyectos de control de las aguas, contribuyendo desde el sur y el ámbito local a seguir construyendo nuestro propio Antropoceno.
Bibliografía
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- Para más información, ver por ejemplo Ernesto Guhl, Colombia. Bosquejo de su geografía tropical. Vol. 1 Geografía Física (Edición Conmemorativa). (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia – Universidad de los Andes – Jardín Botánico de Bogotá José Celestino Mutis, 2016); Andrés Etter, “Diversidad ecosistémica en Colombia hoy”, en Nuestra diversidad biológica (Bogotá: CEREC y Fundación Alejandro Ángel Escobar, 1993), 47-66; María Elfi Chaves et al., eds., Evaluación Nacional de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos de Colombia. Resumen para Tomadores de Decisión (Bogotá: Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt – PNUMA – Ministerio Federal de Medio Ambiente Conservación de la Naturaleza y Seguridad Nuclear de la República Federal de Alemania, 2021).↵
- Andrés Etter, Clive McAlpine, y Hugh Possingham, “Historical patterns and drivers of landscape change in Colombia since 1500: a regionalized spatial approach”, Annals of the Association of American Geographers, 98, n.º 1 (2008).↵
- Se emplea el nombre “Colombia” por tratarse de la identificación actual del territorio y para facilitar la lectura. Sin embargo, se debe tener en cuenta que el país cambió de denominación a lo largo del siglo: Colombia (1819-1830), diferenciada popularmente del nombre actual como Gran Colombia; República de Nueva Granada (1831-1858); Confederación Neogranadina (1858-1863); Estados Unidos de Colombia (1863-1886); y República de Colombia (desde 1886 hasta el presente)↵
- Para apreciar estas transformaciones, consultar el repositorio cartográfico de la Biblioteca Nacional de Colombia y su sección dedicada al siglo xix: bibliotecanacional.gov.co/es-co/colecciones/biblioteca-digital/mapoteca/siglo?Titulo=Siglo+XIX, accedido el 13 de febrero de 2024.↵
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- Naturales del entonces estado de Antioquia, hoy departamento del mismo nombre.↵
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- Daniela Russi et al., Deuda ecológica. El Norte está en deuda con los países del Sur (Barcelona: Universidad Politécnica de Catalunya, 2002).↵
- Cursivas en el original. Era un sobrenombre que se les daba a los campesinos de las planicies alrededor de Bogotá (región conocida como “sabana de Bogotá”), al parecer porque usaban un pañuelo bajo el sombrero que, al colgar, parecía orejas de conejo.↵
- José María Cordovez Moure, Reminiscencias de Santafé y Bogotá (Bogotá: El Libro Total, 1899), 1291-1296, www.ellibrototal.com/ltotal/?t=1&d=6312.↵











