Una aproximación al metabolismo agrario de las regiones ganaderas del neotrópico: el caso de la provincia de Guanacaste, Costa Rica (1890-2014)
Anthony Goebel Mc Dermott, Andrea Montero Mora
y Ronny J. Viales Hurtado
Introducción. Huellas ganaderas, historia ambiental y Antropoceno
Al igual que en otros países latinoamericanos, el desarrollo de la ganadería y sus consecuencias socioambientales en Centroamérica son de larga data, aunque diferenciadas en ritmo, intensidad y características, al tenor, especialmente, del proceso de modernización capitalista de la actividad.
Cabe destacar que, desde su temprana introducción en el siglo xvi en las grandes praderas de América Latina —la pampa, los llanos, el Cerrado y el norte de México—, las poblaciones de ganado crecieron rápidamente. La actividad ganadera era estratégica para la colonización ibérica, ya que proporcionaba mano de obra, sebo, cueros y carne en apoyo de la “civilización del cuero” colonial. Así, extensas áreas, a menudo dominadas por poblaciones indígenas que colapsaron tras el arribo de los europeos o que fueron reubicadas, se fueron especializando en la producción ganadera durante el período colonial,[1] y Centroamérica no fue la excepción.
Entre mediados del siglo xviii y finales de la Colonia, se generó, paralela a la especialización en el añil que caracterizó a la economía del Reino de Guatemala, una mayor demanda de otros productos, entre ellos, el ganado. Lo anterior sentó las bases del latifundio ganadero en el Pacífico Norte de Costa Rica, y en la franja del Pacífico de Nicaragua y Honduras.[2]
Entre mediados y finales del siglo xix, la ganadería se convirtió en una de las fuerzas impulsoras del cambio de paisaje en América Latina.[3] En el caso centroamericano, si bien la expansión y la modernización ganaderas estuvieron mayoritariamente confinadas a regiones crecientemente especializadas en dicha actividad,[4] los cambios generados por esta no fueron exiguos.
En el istmo, la ganadería pasó a ser una actividad crecientemente capitalizada y liberalizada, dotada de una mayor inversión productiva sustentada en las ventas de ganado (para el consumo de carne) tanto para el mercado doméstico como para el mercado internacional.
Entre 1850 y 1950 aproximadamente, la ganadería avanzó sobre los bosques semicaducifolios –de lenta reposición– especialmente del Pacífico centroamericano, que también fueron aprovechados por el alto valor mercantil de las maderas preciosas extraídas de ellos.[5] Vale recordar que se trata de tierras bajas tropicales donde predomina una estación seca con un régimen de precipitación anual de menos de dos mil milímetros.[6]
En Costa Rica, y específicamente en Guanacaste, región ganadera por excelencia de este país centroamericano, el proceso de modernización-capitalización de la actividad ganadera fue decididamente impulsado por una serie de modificaciones significativas en la actividad, entre las que destacan la introducción de repastos mejorados,[7] nuevas razas de ganado, especialmente las indias o brahman, como el Nelore,[8] y la generalización de las cercas de alambre de púas.[9] Esto trajo consigo un incremento significativo en el rendimiento productivo de la ganadería.
Hacia la década de 1950 y en el contexto de un boom ganadero en toda América Latina,[10] el caso centroamericano fue prototípico de cómo las exportaciones de carne de res fomentaron la expansión de la ganadería. El aumento del consumo de carne y el desarrollo de la industria de comida rápida en los Estados Unidos impulsaron la búsqueda de nuevas fuentes de ganado barato. Con la carne de res de América del Sur afectada por la fiebre aftosa, el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos comenzó a certificar las plantas empacadoras de carne de América Central en 1957.[11] A partir de esta coyuntura, tuvo lugar un auge ganadero sin precedentes en Centroamérica, lo que dio lugar a que Norman Myers desarrollara el concepto hamburger connection como relación directa entre el auge de las empresas transnacionales de comida rápida y la dilapidación de los bosques centroamericanos. Este auge ganadero que experimentó el istmo tuvo drásticas consecuencias en las coberturas de la tierra, los usos del suelo y el paisaje de los espacios ganaderos en su conjunto.[12]
Desde la década de 1980, la ganadería perdió terreno en Centroamérica. La reducción de la demanda externa e interna de carne por factores de índole económico (eliminación de subsidios), institucional (restricciones estadounidenses a las exportaciones de ganado) e incluso cultural (cambios en los patrones de consumo alimenticios) ralentizó la producción ganadera.[13] A pesar de ello, continúa siendo una actividad que sigue impactando profundamente a los ecosistemas de los espacios de vocación agroganadera, a las poblaciones que de ellos aún dependen en buena medida, y al ambiente global, al ser uno de los principales generadores de gases de efecto invernadero.[14]
Apoyados en el contexto general recién expuesto, en el presente capítulo, se pretende explicar los cambios y las permanencias en las relaciones socioambientales en el sistema agrario de Guanacaste (provincia situada en el noroeste de Costa Rica) de innegable vocación ganadera, pero también agrícola y forestal, cuya “lógica” económica, dinámica sociopolítica y rasgos culturales han sido notoriamente distintos (aunque no necesariamente disfuncionales) a los predominantes en otras regiones costarricenses dominadas por la agroexportación.[15] Para ello, recurrimos teórica y metodológicamente a al enfoque del metabolismo social (MS), a través del análisis de los flujos de energía y materiales, y el cálculo de las tasas de retorno energético (Multi-EROI, por sus siglas en inglés energy return on investment).
Mapa 1. Guanacaste: ubicación del área de estudio

En lo que respecta al período de estudio, el capítulo abarca el momento de auge y crisis del orden liberal como proyecto económico y social, el surgimiento, la institucionalización y el decaimiento del modelo desarrollista y de industrialización o agricultura comercial substitutiva, y el tránsito hacia el modelo o la estrategia de liberalización económica propia de los Gobiernos de corte neoliberal, los cuales han dominado la escena política costarricense hasta la actualidad.[16]
La investigación parte de la premisa ética, política y académica de que la necesidad de desarrollar sistemas agrícolas más sustentables, capaces de alimentar a una población en crecimiento, en un contexto de cambio climático y agotamiento de la biodiversidad, es una preocupación recurrente en nuestros días, ya que la agricultura industrial actual depende en gran medida de la energía fósil, agotable y contaminante, por lo que no parece adecuada para lograr este objetivo en el largo plazo. Por el contrario, existe un creciente interés en la agroecología y en las formas innovadoras de actualizar y desarrollar el conocimiento biocultural propio de los sistemas agrarios tradicionales, de base energética orgánica, para buscar una agricultura más sustentable,[17] menos dependiente de insumos externos no renovables y, debemos agregar, socialmente más inclusiva. Se trata, en otras palabras, de generar insumos desde la historia para la construcción de alternativas que vayan en sentido contrario a la lógica socialmente injusta y ambientalmente depredadora del Antropoceno, para que este sea tan corto y leve como sea posible.[18]
Sin desconocer las controversias y los debates existentes en torno a él, se considerará al Antropoceno como un concepto que engloba y sintetiza las múltiples dimensiones de la crisis socioambiental que atraviesa el planeta, y que es, además, una crisis civilizatoria aparejada al fracaso del proyecto moderno, al tiempo que es un concepto puente, tendiente a difuminar las barreras disciplinarias en su estudio y acción, y a eliminar o matizar las concepciones binarias que históricamente han naturalizado la supuesta separación ontológica entre sociedad y naturaleza. Se trata, siguiendo a Svampa, de
un concepto-diagnóstico, que instala la idea de “umbral” crítico frente a problemáticas como el calentamiento global y la pérdida de biodiversidad; un concepto que pone de manifiesto los límites de la naturaleza, y cuestiona las estrategias de desarrollo dominante, así como el paradigma cultural de la modernidad.[19]
A partir de lo expuesto anteriormente, consideraremos la ganadería como una fuerza motora del cambio socioambiental en la larga duración, y, por lo tanto, un factor de primer orden en la producción del Antropoceno desde América Latina, y particularmente desde las regiones ganaderas de los distintos países.
Metodología y fuentes
Metabolismo social y relaciones socioambientales en perspectiva de trayectoria[20]
El metabolismo social se concibe como el intercambio de energía, materiales e información del medio ambiente con la sociedad, lo que lo convierte en una poderosa herramienta para explicar la interacción sociedad-naturaleza.[21] El concepto de “metabolismo social” parte de una premisa básica, generada a partir de la economía ecológica,[22] según la cual los sistemas económicos están inmersos en un sistema biofísico más amplio del que se extraen flujos de energía y materiales para su funcionamiento. El metabolismo de una sociedad puede medirse como el ritmo al que extrae, procesa, hace circular y desecha los recursos. Tales flujos han crecido a lo largo de la historia de la humanidad, pero especialmente desde la instauración de la lógica moderna y progresista de un ilusorio crecimiento infinito.[23] De este modo, el metabolismo social permite caracterizar las sociedades humanas desde un punto de vista biofísico y evaluar su grado de (in)sustentabilidad. El estudio de las transiciones sociometabólicas se ha convertido en una poderosa herramienta para comprender las interacciones entre sociedad y naturaleza, cuya aplicación en trabajos de perspectiva histórica ha sido recurrente y exitosa.
Según González de Molina, la sociedad, en metabolismo con la naturaleza, es la unidad básica de análisis de la historia ambiental, no la sociedad como noción abstracta. Desde esta perspectiva, el grado de sustentabilidad de las relaciones que una sociedad establece con su entorno puede medirse a través del origen, la trayectoria y el destino de la energía y los materiales requeridos por ella a lo largo del tiempo, de forma que se crean diferentes regímenes metabólicos o sociometabólicos. De modo que la sociedad puede asimilarse a un organismo vivo, que se apropia de una fracción de la naturaleza, la transforma, la distribuye, la consume y, finalmente, la excreta o reutiliza.[24]
Desde el enfoque metabólico, el “progreso” económico ha tendido a ser inversamente proporcional a la sustentabilidad ecológica y ambiental. Este tránsito global hacia la insustentabilidad es explicado por Toledo & Barrera-Bassols,[25] para quienes, desde la perspectiva sociometabólica, la historia de la humanidad no es más que la historia de la expansión del sociometabolismo más allá de la suma de los biometabolismos de todos sus miembros. A lo largo del tiempo, las sociedades han tendido a aumentar la energía exosomática con respecto a la endosomática, de modo que la relación exo/endo puede utilizarse como indicador de la complejidad material de las sociedades. Los autores nos recuerdan los rasgos específicos que caracterizan la transición de un metabolismo natural a uno orgánico como una sucesión de actos de apropiación en los que la acción humana desarticula o desorganiza los ecosistemas de los que se apropia, para introducir conjuntos de especies domesticadas o en proceso de domesticación.
Cuanto más cerca estén los agroecosistemas del metabolismo natural, más sustentables serán, y cuanto más cerca estén del metabolismo industrial, serán menos sustentables. De este modo, la agricultura tradicional europea, ampliamente analizada en los últimos años, muestra tasas de retorno energético muy diferentes en función del contexto socioambiental y espaciotemporal de que se trate.[26] Sin embargo, como señalan Ellis y otros, es evidente la tendencia general al aumento de la insustentabilidad y la pérdida de eficiencia energética generada por la transición de una agricultura milenaria a otra que, aunque de base orgánica, se hizo cada vez más intensiva y dependiente de insumos energéticos externos al agroecosistema.[27]
En seguida, se expondrá el análisis flujos-fondo y el enfoque multi-Eroi como los fundamentos metodológicos específicos para explicar las transformaciones socioambientales en el agroecosistema guanacasteco desde el metabolismo social agrario.
Análisis flujos-fondo y enfoque multi-EROI
Para medir la sustentabilidad de los agroecosistemas, se ha propuesto la contabilización de los rendimientos energéticos. Partimos del modelo propuesto por González de Molina y otros, Díez y otros, Galán y otros, Tello y otros, Gingrich y otros, y Guzmán y González de Molina,[28] que siguen la metodología general desarrollada en el contexto del proyecto internacional Sustainable Farm Systems (SFS). Específicamente, el modelo básico se desarrolló a partir de la distinción propuesta por Georgescu-Roegen entre fondos y flujos,[29] estableciendo una forma de dar cuenta de la transformación y circulación de la energía que caracteriza la estructura y el funcionamiento de los sistemas agrícolas desde una perspectiva agroecológica.
Partiendo de la premisa expuesta anteriormente, un concepto básico para el análisis sociometabólico es el de “fondos”. Estos se definen por su capacidad de transformar flujos biofísicos y proveer bienes y servicios útiles para los productores agropecuarios y la sociedad, permitiendo al mismo tiempo el mantenimiento de la funcionalidad de los agroecosistemas. Por tanto, los fondos solo pueden transformar flujos energéticos a un ritmo determinado, ya que necesitan una inversión energética para la reproducción de su capacidad y funcionamiento a lo largo del tiempo.[30] Los principales fondos vivos de un agroecosistema son los cultivos, el ganado, la comunidad agraria y la biodiversidad asociada a la explotación agrícola.
Los fondos constituyen la estructura básica del agroecosistema, a partir de la cual pueden distinguirse distintos flujos portadores de energía en función de su uso, finalidad y origen. A partir de esta premisa, se definen por su capacidad para transformar los flujos biofísicos y proporcionar bienes y servicios útiles para los productores agrícolas y la sociedad. Los distintos flujos energéticos son absorbidos y provistos por estos fondos, lo que abre la posibilidad de interconectarlos a través de una red energética de creciente complejidad e integración o, por el contrario, de mantenerlos separados en cadenas de bioconversión cada vez más simples y lineales.[31]
Antes de presentar los flujos, es necesario definir algunos conceptos clave dentro del metabolismo social. El producto final (PF) comprende toda la biomasa del ecosistema de una región que puede ser utilizada por la comunidad local o venderse a los mercados (local, regional, nacional e internacional), incluyendo los cultivos y la madera (producción final vegetal) y los productos derivados de la actividad ganadera (producción final animal).
Los insumos externos (IE) comprenden la energía incorporada desde fuera del agroecosistema, ya sea a través de la mano de obra o mediante el uso de insumos energéticos industriales (maquinaria, fertilizantes minerales, pesticidas y electricidad).[32]
La biomasa reutilizada (BR) comprende las reincorporaciones a los agroecosistemas, como los residuos ganaderos, las semillas locales o los rastrojos quemados o enterrados en los suelos.[33] La BR dentro del agroecosistema conlleva impactos medioambientales muy diferentes de los generados por la IE. De hecho, por debajo de cierto nivel, la primera contribuye al mantenimiento de la complejidad de los ecosistemas[34] al favorecer la articulación territorial y limitar la desestructuración de los ciclos locales de energía y nutrientes.
Por último, la producción primaria neta (PPN) comprende toda la fitomasa producida biológicamente por las diferentes cubiertas del suelo dentro de un agroecosistema (cultivos, pastos y bosques) e incluye la biomasa cosechada (fruto del cultivo y sus residuos) y la biomasa no cosechada (raíces y plantas adventicias asociadas).[35] Su cálculo se expresa en la siguiente ecuación:
PPNt = PfVt + BRt + BnCt
Donde
PfVt = producción final vegetal
BRt = biomasa reutilizada
BnCt = biomasa no cosechada.
Siguiendo los trabajos de Díez y otros, Guzmán y otros, Guzmán y González de Molina, Galán y otros, y Tello y otros,[36] contabilizamos los flujos energéticos socioeconómicos y agroecológicos. Los primeros permiten analizar el agroecosistema desde una perspectiva socioeconómica, vinculando los vectores energéticos producidos por el agroecosistema para el consumo humano con la energía invertida intencionalmente por la comunidad agraria y la sociedad a la que pertenece. Los segundos consideran la productividad fotosintética completa del agroecosistema (NPP y sus salidas y entradas) más allá de la biomasa apropiada por los humanos, y permiten medir el espacio disponible para la biodiversidad asociada y la provisión de servicios ecosistémicos.[37]
Desde un punto de vista socioeconómico, el EROI Final (FEROI) mide la eficiencia de los agroecosistemas como portadores de energía para satisfacer las necesidades de la sociedad (alimentos, combustibles, materias primas) teniendo en cuenta la inversión total realizada por los agricultores con respecto al total de insumos consumidos tanto externa (EI) como internamente (BR).[38]

El FEROI se divide en EROI final interno (IFEROI) si se trata de la biomasa producida por el agroecosistema y reinvertida en él por los agricultores (BR), y EROI final externo (EFEROI) si se trata de los insumos energéticos externos (EI) que la sociedad y los productores agrícolas invierten en el agroecosistema desde el exterior.[39] Según Urrego, el IFEROI da cuenta del retorno energético del esfuerzo realizado por los agricultores para reutilizar los flujos de biomasa para reproducir los fondos vivos del agroecosistema.[40] El IFEROI es entonces la relación entre la PF y la BR. Según Guzmán y González de Molina,[41] se refiere a la eficiencia con la que la biomasa intencionalmente reciclada se transforma en un producto útil para la sociedad.

Por otro lado, el EFEROI proporciona información sobre la capacidad del sistema agrícola para proporcionar a la sociedad más energía de la que recibe y también muestra la dependencia de las IE en el funcionamiento de los agroecosistemas. En nuestra investigación, el EFEROI es la relación entre la PF y los IE, teniendo en cuenta la mayoría de los insumos energéticos que se contabilizan en los análisis energéticos agrícolas tradicionales, pero excluyendo los insumos locales de piensos o estiércol.

Desde una perspectiva agroecológica, el PPN-EROI evalúa el retorno energético total del agroecosistema más allá de la perspectiva de la provisión humana.

A efectos de nuestra investigación, y siguiendo lo propuesto por Díez y otros y Urrego,[42] calculamos el EROI agroecológico final (AFEROI), que se diferencia del FEROI porque contempla la biomasa no cosechada por la sociedad, es decir, la que permanece en el agroecosistema. Por tanto, se asume que la producción final es el resultado de un proceso común entre la intervención humana y la naturaleza.

También obtuvimos el EROI biodiversidad (Bio-EROI), que proporciona una medida de la capacidad del agroecosistema para mantener la biodiversidad asociada a la unidad de producción a través de la disponibilidad de flujos de biomasa no asignados por los seres humanos por unidad de portadores energéticos totales. Estos flujos atraviesan el agroecosistema, convirtiéndose en insumos para todos los seres vivos heterótrofos no domésticos, es decir, la fauna de los ecosistemas que rodean la explotación agropecuaria.

Los indicadores biofísicos hasta aquí expuestos buscan, en conjunto, mostrar los cambios y las permanencias en la complejidad material de los agroecosistemas y sus interacciones con su entorno ecológico y social a través del tiempo. Lo anterior como una vía para aproximarse a la construcción sociohistórica de la (in)sustentabilidad de un sistema agrario en particular, que, en el presente caso, corresponde al de la provincia de Guanacaste, prototipo de la especialización ganadera en Costa Rica.
Las fuentes básicas del presente estudio se centran en la estadística agrícola de los cuatro momentos analizados. Por lo tanto, fueron indispensables el Censo Agrícola de 1890 y los Censos Agropecuarios de 1950, 1955, 1973 y 2014. Para el caso de 1890, también fueron fundamentales las estadísticas agrícolas de los Anuarios Estadísticos de 1890 y 1904. Finalmente, fueron de gran valía las revistas y los boletines agrícolas y las Memorias del Ministerio de Agricultura (MAG), especialmente para estimación de los IE. A partir de dichas fuentes y factores de conversión desarrollados en la literatura especializada,[43] se reconstruyó la producción de la biomasa y su destino, así como el origen y las características de los insumos energéticos del agroecosistema bajo estudio (la dinámica fondos-flujos a partir de las premisas interpretativas expuestas líneas atrás) en los cuatro momentos seleccionados.
Entre la impronta ganadera y la modernización incompleta: producción, flujos y retornos de energía en Guanacaste
A partir de la propuesta metodológica recién expuesta y los fundamentos teóricos del metabolismo social sobre los que se reflexionó líneas atrás, en seguida se muestran los hallazgos relacionados con el presente intento de reconstrucción del perfil sociometabólico de Guanacaste y sus cambios y permanencias entre 1890 y 2014. Para ello, se analiza, en primer lugar, la productividad primaria neta de biomasa (PPN), es decir, la producción energética del agroecosistema en estudio. En segundo lugar, se muestra la relación flujos-fondo, según se conceptualizó líneas atrás, y se cierra con las tasas de retorno energético por medio del ya mencionado enfoque multi-EROI.
La PPN de los cultivos
Los cultivos agrícolas son una parte esencial de la producción final, ya sea para el consumo directo de la comunidad agraria, la comercialización en los mercados (locales, regionales, nacionales o globales) o una de las muchas combinaciones posibles entre estas escalas. Los cambios en la producción energética de los distintos cultivos agrícolas son un indicador de las transformaciones en las relaciones socioambientales que, durante momentos históricos determinados, experimenta una sociedad en su conjunto.
Como se observa en la tabla 1, en términos absolutos, las aportaciones de energía de los distintos cultivos agrícolas variaron sustancialmente a lo largo del tiempo. Sin embargo, es de notar que el aporte energético de la caña de azúcar es el mayor responsable del incremento espectacular de la PPN de los cultivos en todo el período analizado, al pasar de 113,9 terajulios (TJ) en 1890 a unos espectaculares 41 137,8 TJ en el 2014.
El segundo cultivo con mayor incremento de la PPN fue el arroz, el cual, aunque muy distante de la caña, pasó de aportar 0,4 TJ en 1890 a 1500,4 TJ en el 2014 (tabla 2). Le siguió en importancia el maíz, producto del policultivo tradicional básico en la dieta guanacasteca. Su PPN creció rápidamente entre 1890 y 1950, para luego decrecer considerablemente en el 2014, lo que muestra una tendencia vacilante caracterizada por oscilaciones un tanto marcadas a lo largo del período estudiado. En 1973, el maíz aportaba el 2,6 % de la PPN y en el 2014 prácticamente desapareció, al representar solo el 0,2 % de la biomasa producida.
Entre los productos de introducción reciente y, por lo tanto, ausentes hasta el censo del 2014, destaca el melón, que, incentivado en el contexto de la diversificación productiva propia de las políticas neoliberales de la actividad agropecuaria, aportó 241,7 TJ en el 2014.
Otros productos tradicionales y orientados claramente hacia el autoconsumo o la comercialización excedentaria —como el plátano, la yuca y los frijoles— presentaron tendencias al estancamiento e incluso al decrecimiento, lo que no parece dejar dudas del abandono creciente de la agricultura de base orgánica asentada en el policultivo y la incursión de la agricultura comercial, representada por la caña de azúcar y, en menor medida, el arroz. Lo anterior trajo consigo profundas consecuencias socioecológicas que, aunadas al crecimiento constante de la cabaña ganadera en la provincia, le van a otorgar un carácter estructural a la insustentabilidad de la provincia. Los cultivos de exportación por excelencia del país, el café y el banano, incursionaron tímidamente en el sistema agrario guanacasteco, porque la región no presenta condiciones agroecológicas óptimas para su desarrollo, de manera que su aportación energética siempre fue mínima.
La contribución de los distintos cultivos en la producción energética del sistema agrario guanacasteco varía de forma significativa cuando se analiza en términos relativos, es decir, a partir de la participación porcentual de cada cultivo en la PPN del agroecosistema. La caña de azúcar continúa siendo el cultivo predominante en aportaciones energéticas al agroecosistema (gráfico 1). Es conveniente recordar que su formidable peso se debe a sus altos rendimientos por hectárea (produce muchos más kg que el resto de los cultivos) y su alta densidad energética (cada kg de azúcar cuenta con mucha más energía). En relación con su evolución, se destaca el hecho de que, entre 1890 y 1950, su peso porcentual en la PPN se redujo, pasando de un 70 % a un 46 %, de manera respectiva. Esto tiene que ver más con el incremento de la importancia relativa de otros cultivos, en especial los de sustento, que con una caída de la producción cañera (respecto al área y el rendimiento), pues, como se vio, el aporte energético de la caña no dejó de ser superior en términos absolutos. De hecho, el año 1950 es en el cual se muestra la mayor agrobiodiversidad de todo el período, ya que prácticamente todos los cultivos existentes crecieron en alguna medida, restándole peso al predominio cañero. El aumento poblacional y las mayores demandas de cultivos por parte de las ciudades principales del Valle Central del país explican este aumento de diferentes tipos de cultivos en la región. Entre los más característicos de dicha tendencia, y que a la vez explican este retroceso relativo de la caña en la PPN, se tiene el maíz, que representaba el 8,7 % de la PPN en 1890 y pasó a un 21,5 % en 1950.
Tabla 1. PPN de los cultivos agrícolas en el sistema agrario de la provincia de Guanacaste, Costa Rica, años 1890, 1950, 1973 y 2014 (TJ totales y %)
| 1890 (TJ) | 1950 (TJ) | 1973 (TJ) | 2014 (TJ) | 1890 (%) | 1950 (%) | 1973 (%) | 2014 (%) | |
Maíz | 14,2 | 220,5 | 163,2 | 88,4 | 8,7 | 21,5 | 2,6 | 0,2 |
Frijol | 0,8 | 34,4 | 35,3 | 22,9 | 0,4 | 3,3 | 0,5 | 0,0 |
Arroz | 0,4 | 79,7 | 530,6 | 500,4 | 0,2 | 7,7 | 8,7 | 3,4 |
Sorgo | – | – | 48,5 | – | 0,0 | 0,0 | 0,8 | 0,0 |
Melón | – | – | – | 241,7 | 0,0 | 0,0 | 0,0 | 0,5 |
Sandía | – | – | – | 20,9 | 0,0 | 0,0 | 0,0 | 0,0 |
Chile | – | – | – | 3,0 | 0,0 | 0,0 | 0,0 | 0,0 |
Yuca | 1,3 | 1,7 | 1,6 | 1,3 | 0,8 | 0,1 | 0,0 | 0,0 |
Tiquisque | – | – | – | 9,7 | 0,0 | 0,0 | 0,0 | 0,0 |
Plátano | 28,1 | 153,2 | 2,9 | 5,3 | 17,2 | 14,9 | 0,0 | 0,0 |
Guineo cuadrado | – | – | 13,5 | – | 0,0 | 0,0 | 0,2 | 0,0 |
Banano | 3,8 | 55,7 | 4,9 | 2,7 | 2,3 | 5,4 | 0,0 | 0,0 |
Caña de azúcar | 113,9 | 473,9 | 5 250,7 | 41 137,8 | 70,1 | 46,2 | 86 | 95,3 |
Café | – | 4,6 | 48,4 | 92,4 | 0,0 | 0,4 | 0,7 | 0,2 |
Totales | 162,5 | 1 023,6 | 6 099,4 | 43 126,6 | 100 | 100 | 100 | 100 |
Fuente: Censo Agrícola de 1890. Censos Agropecuarios (1955, 1973 y 2014). Anuarios Estadísticos (1890 y 1904). Elaboración propia.
Aunque su participación porcentual en la PPN creció mucho menos que en el caso del maíz, resulta claro que, de manera combinada, estos otros cultivos terminan por explicar dicha predisposición a la complejidad y la mejora de la agrobiodiversidad del sistema agrario estudiado, pues la mayor parte de ellos tendió a aumentar en sus aportes energéticos. Por ejemplo, el frijol pasó de aportar el 0,4 % de la PPN en 1890 a un 3,3 % en 1950. Algo similar se experimentó con el arroz, el cual cambió de un 0,2 % a un 7,7 %, el banano, que transitó del 2,3 % al 5,4 %, y el café, que, a pesar de ser inexistente en 1890, aportó un 0,4 % de la PPN en 1950. En el caso del plátano, si bien su aporte energético se redujo, cabe destacar que no lo hizo de forma sustancial (del 17,2 % al 14,9 %), por lo que continuó ostentando un peso significativo en la PPN de los cultivos.
Gráfico 1. PPN de los cultivos en el sistema agrario de la provincia de Guanacaste, Costa Rica, años 1890, 1950, 1973 y 2014 (en %)
(cultivos principales)

Fuente: Censo Agrícola de 1890. Censos Agropecuarios (1955, 1973 y 2014). Anuarios Estadísticos (1890 y 1904). Elaboración propia.
De esta manera, los cultivos anuales o transitorios en los que se basaba la agricultura de subsistencia no solo ocuparon siempre un área considerablemente mayor a la dedicada a los cultivos permanentes o semipermanentes (agricultura comercial), sino que la distancia entre ambos tipos de uso del suelo se fue incrementando a lo largo del tiempo, una tendencia muy marcada entre 1890 y 1950.
La anterior tendencia no perece dejar dudas de que el desplazamiento sufrido por la agricultura de granos básicos en el Valle Central (tras la expansión y la consolidación del café como producto “nacional” y base del modelo de desarrollo “hacia afuera”) tiene un correlato energético y con consecuencias profundas en el perfil socioecológico de Guanacaste. Dicho desplazamiento estimuló el desarrollo de la agricultura de granos básicos en la provincia, especialmente en la subregión peninsular, con una arraigada producción agrícola para el autoconsumo. Este auge de la producción de granos básicos y otros productos de subsistencia con miras a su comercialización contribuyó en el desarrollo y la consolidación de complejas redes de comercio de cabotaje, centrales en la dinámica comercial Centro-Pacífico, cuyo período de auge ocurrió entre 1900 y 1950,[44] lo que es claramente coincidente con el auge de los cultivos de granos básicos en particular y de subsistencia en general que acabamos de explicar.
La especialización productiva regional en granos básicos (en particular del arroz) con miras a satisfacer la demanda del mercado doméstico (en proceso de consolidación) parece haber dejado una huella energética significativa, visible en los cambios cualitativos y cuantitativos en la PPN de biomasa. Este incremento sustancial en la agrobiodiversidad, que no necesariamente implicó una mayor sustentabilidad del agroecosistema, aunque sí se podría considerar funcional a ella, se desvaneció de manera dramática en dos décadas. En 1973, la tendencia al crecimiento de los granos básicos se revirtió, en algunos casos incluso al límite de desaparecer en el sistema agrario de la provincia. De hecho, para 1973, el maíz y el arroz eran los únicos cultivos tradicionales que aportaban más de un 1 % de la PPN al agroecosistema. El resto de la energía la producía la caña de azúcar, que representaba un espectacular 86 % de la PPN. Esta tendencia se reforzó en el 2014, cuando la caña significó el 95,3 % de la producción energética de los cultivos, seguida de lejos por el arroz, que aportó el 3,4 % de la PPN. La industrialización de la agricultura guanacasteca, ya en marcha desde mediados del siglo xx, aunque de alguna manera ralentizada por el auge de los granos básicos, se consolidó en el último tercio del siglo xx y las primeras décadas del xxi; además, esta fue guiada por un proceso combinado de expansión territorial e intensificación productiva de la caña de azúcar. La demanda local del dulce y la incursión de los biocombustibles en la economía nacional, aun siendo tímida y discontinua, contribuyeron a explicar este predominio cañero en el sistema agrario de la provincia.
Esta industrialización de la agricultura en Guanacaste –guiada por los cambios productivos en la caña de azúcar, y en menor medida del arroz– es responsable de buena parte del incremento de energía exosomática, que proviene en su mayoría de fuentes fósiles asociadas a dicho proceso, lo cual sucedió con la mecanización y la introducción del combo químico en los mencionados productos. Respecto al arroz, su enorme crecimiento se relaciona con el aumento de la demanda interna, especialmente en el Valle Central, lo que evidencia cambios en la dieta nacional, tema que se deberá estudiar a fondo en futuras investigaciones. El incremento en la demanda impulsó el proceso de modernización tecnológica del sector arrocero. Lo anterior se combinó con la legislación y las políticas de estímulo tanto a la ganadería como a los granos básicos propias de los gobiernos desarrollistas. Estos impulsaron el sector cerealero (granos básicos) a partir de instituciones públicas, especialmente el Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) y organizaciones transnacionales alimentarias, como es el caso del Instituto Interamericano de Ciencias Agrícolas (IICA) y el Servicio Técnico Interamericano de Cooperación Agrícola (STICA), solo para mencionar algunas destacables.[45]
Así, de acuerdo con León, hacia finales de la década de 1940, los granos básicos (maíz, frijol y arroz) ocuparon cerca de 66.000 hectáreas, siendo los cultivos con más extensión a nivel nacional. No obstante, en la segunda mitad del siglo xx, el maíz y el frijol fueron perdiendo relevancia a nivel de área, y el arroz fue creciendo, tanto en cuanto a área cultivada como a rendimiento productivo.[46]
En el caso específico de la caña de azúcar, es importante recordar el “boom azucarero” internacional del periodo 1914-1924, el cual fomentó de manera gradual, aunque visible, la desaparición de los trapiches artesanales y el surgimiento de los ingenios agroindustriales con mayor capacidad de procesamiento.[47] Asimismo, el bloqueo cubano a partir de 1959 fue un detonante para la promoción de la caña debido a que el país recibió una parte de la cuota que antes suministraba la isla al mercado estadounidense. Lo anterior implicó un incremento de la energía exosomática en el agroecosistema y su consecuente pérdida de eficiencia energética, precisamente a partir de la temprana mecanización y la incorporación de agroquímicos en su fase productiva, aun tratándose de un proceso paulatino, pero continuo a lo largo de todo el período bajo estudio.[48]
Si se toma en cuenta que este proceso se aceleró radicalmente entre 1973 y 2014, no hay duda de que el espectacular crecimiento de la PPN dentro del sistema agrario guanacasteco está directamente asociado con la expansión y la industrialización del manejo de la caña. Lo anterior no solo implicó una reducción de la agrobiodiversidad asociada al agroecosistema, sino también una profunda desarticulación y fragmentación territorial de la producción, relacionada con la introducción masiva de insumos energéticos externos.
Ahora bien, las transformaciones en la producción energética de los cultivos guanacastecos son una expresión energético-ecológica de los profundos cambios económicos, sociales y hasta culturales que experimentó la provincia durante el período de estudio. El maíz, representante de la agricultura orgánica y arraigado en profundidad en el imaginario social de los pequeños productores, fue ingentemente desplazado por las grandes haciendas ganaderas que, desde finales del siglo xix, dominaban el paisaje regional, pero también por las extensas explotaciones agrícolas de caña de azúcar y arroz.
En este sentido, vale recordar que, como bien lo ha señalado Solano, “el arroz y el ganado vacuno son alimentos que constituyen formas de producción ajenas a la tradición agroalimentaria mesoamericana y a los nichos ecológicos en donde se reproduce la memoria biocultural de los pueblos mesoamericanos asociados al maíz”.[49] Esto implica que no solo se está ante la transición hacia formas crecientemente insustentables de producción agropecuaria, sino también frente a un profundo cambio cultural en el que tuvo lugar un desplazamiento del maíz como alimento primario a nivel local, regional y nacional y, además, se sentaron las bases para un consumo creciente y, por último, hegemónico del arroz en detrimento del maíz.[50]
A continuación, y a partir de lo recién expuesto, se analizará con detalle el peso específico del proceso de la modernización de la agricultura en Guanacaste y su relación con el comportamiento de la cabaña ganadera. Se aborda la dinámica de los flujos de energía, sus cambios de composición y la eficiencia energética de este sistema agrario a través del tiempo.
Flujos de energía
La ganadería extensiva y la agricultura intensiva han provocado una variedad de problemas ecológicos de contaminación y sustentabilidad, entre ellos destacan: la degradación de la calidad del suelo, la eutrofización del agua, las emisiones de gases de efecto invernadero, una mayor dependencia de recursos no renovables y combustibles fósiles, la pérdida de diversidad genética y resiliencia, así como una merma en la provisión de servicios ecosistémicos.[51]
De 1890 a 2014, el agroecosistema guanacasteco se volvió más productivo en términos energéticos (tabla 2), pero con un cambio importante en la composición de los flujos de energía.

En 1890, la principal fuente de producción de biomasa provino del bosque (84 %), y esta se mantuvo hasta 1950 (52 %). No obstante, el proceso de “potrerización” y “agriculturización” que atravesó la provincia en la segunda mitad del siglo xx provocó que las tierras agrícolas se convirtieran en las principales fuentes de producción de biomasa (gráfico 2).
Gráfico 2. PPN del agroecosistema guanacasteco por usos del suelo,
años 1890, 1950, 1973 y 2014 (en %)

Fuente: elaboración propia. Diseño a partir de Díez et al.
Durante el periodo 1890-2014, el aumento de la producción de los cultivos en la provincia consistió en una combinación entre la expansión del área (frontera agrícola abierta) y la intensificación agrícola (como consecuencia del paquete tecnológico promovido por la revolución verde). Los cultivos fueron marginales en la producción de biomasa hasta el final del período, cuando, tras el retroceso de la ganadería y la pérdida sistemática de la tierra forestal, terminaron por ser dominantes (51 % en el 2014), especialmente los de base agroindustrial como el arroz y la caña de azúcar. En el ínterin, entre el predominio forestal y el agrícola-industrial en la producción de biomasa, tuvo lugar el auge ganadero, que, a su vez, se constituyó en uno de los mayores responsables de la insustentabilidad estructural del sistema agrario guanacasteco. Esto se evidencia en el espectacular incremento de la tierra dedicada a pastos para la ganadería, que pasó de representar un 15 % en 1890 a un 65 % en 1973, y que observó una reducción considerable hacia el final del período (24 % en el 2014), asociada con la crisis ganadera a partir de la década de 1980.
En 1890, como se observa en el gráfico 3, la PF representaba una exigua proporción de la PT apropiada (2,19 %). Esta fue creciendo lentamente, y no fue hasta 1973 cuando aumentó con consideración, cuando la PF significó un 7,5 % de la PT. Dicho proceso fue seguido de un enorme incremento de la PF, entre 1973 y 2014, de cerca de cinco veces y media hasta llegar a implicar un 31,15 % de la PT en ese último año. Lo anterior estuvo acompañado de un crecimiento constante en la biomasa reinvertida en el agroecosistema (BR), especialmente en forma de alimentación animal, que siempre fue muy superior a la propia PF. Sin embargo, se observó un retroceso importante en el período 1973-2014, justo cuando la ganadería perdió dinamismo y la agricultura industrial creció de manera significativa.
Tanto el carácter reducido de la PF y su tendencia general al crecimiento lento, como el carácter “excesivo” mostrado por la BR desde los inicios del período de estudio se explican, en buena medida, por la preeminencia de la ganadería en la provincia. El hecho de que la PF fuera tan baja en relación con la PT evidencia un agroecosistema territorialmente reducido con respecto a las amplias tierras ganaderas, así como una agricultura tradicional de base orgánica, cuya elevada eficiencia energética se veía opacada y contrapesada por la actividad ganadera con la que competía, la cual claramente dominaba la economía y el territorio de la provincia hacia el final del siglo xix.
No fue sino hasta que la ganadería perdió relevancia cuando la agricultura despuntó en la provincia. Se trataba de una agricultura distinta, dependiente de manera creciente de insumos energéticos externos al agroecosistema y, por lo general, de origen fósil. Tras el auge ganadero, el trabajo mecanizado y el combo químico desfilaron cada vez con mayor frecuencia en las tierras guanacastecas al tenor de la expansión de una agricultura crecientemente industrializada y cada vez menos eficiente en términos energéticos. Por su parte, la ganadería perdía terreno sin dejar de ser la actividad económica predominante en la provincia. Los datos muestran con claridad la relación entre una cantidad creciente de ganado que consumía cada vez más pasto –y energía– del agroecosistema, pero cuya producción en términos energéticos era exigua. La eficiencia energética del agroecosistema, en suma, dependía de una agricultura que, aun siendo tradicional en buena parte del período analizado, era incapaz de contrarrestar las huellas del elevado consumo y la escasa producción energética de la ganadería.
Es importante recordar que los animales, al no ser productores primarios como las plantas, ostentan una baja eficiencia energética como bioconvertidores. Lo anterior impone una carga considerable a cualquier sistema no solo en términos energéticos, sino también asociada a la competencia con los usos del suelo para alimentos humanos. Además, el estiércol animal, que, en un agroecosistema tradicional, era reutilizado como fertilizante, en un contexto de ganadería extensiva combinada con modernización de la agricultura –que ya no requiere fertilizantes orgánicos–, se convierte en un desecho que impacta profundamente en los ecosistemas, en especial los fluviales y los marinos.
Por otra parte, las semillas y el abono verde reinvertidos en el agroecosistema representaban una parte insignificante de la BR en 1890, pero sus tendencias cambiaron de manera diferenciada durante el periodo de estudio. En 1890, las semillas obtenidas del propio agroecosistema para la reproducción de la agricultura tradicional implicaban menos de un 1 % de la BR total, mientras que significaban un 1 % en 1950 y 1973, de manera que eran claramente opacadas por los pastos para la ganadería. En 2014, en el contexto de la modernización de la agricultura en la provincia, estas semillas llegaron a constituir un 15 % de la BR total, lo que no deja dudas del proceso de expansión e intensificación de la producción agrícola y del abandono de la ganadería.
En lo que respecta al abono verde, es decir, el compuesto por residuos agrícolas que se reutilizaba como fertilizante, cabe destacar que su participación en la BR no fue tan reducida como la de las semillas, aun en 1890 cuando ascendía a 767,8 TJ (11 % de la BR total). Su comportamiento no resultó muy distinto, porque mostró un crecimiento importante hacia mediados del siglo xx, un ligero retroceso en 1973, coincidente con el auge ganadero, y de nuevo un repunte importante en el período de desaceleración de la actividad ganadera y de expansión y modernización agrícola hasta alcanzar los 12 037,8 TJ en el 2014, un 41 % de la BR total.
Este aumento de abonos verdes parece indicar que no toda la agricultura se industrializó. Aun en el momento de mayor crecimiento y generalización del combo químico, predominó el uso de abono orgánico. Si bien habría que realizar una investigación al respecto, se puede señalar, de forma hipotética, que los abonos orgánicos fueron utilizados por campesinos pequeños y medianos que estaban en la transición de una agricultura tradicional basada en la milpa a una comercial asentada en el arroz y la caña. No es posible descartar tampoco el contexto de la crisis de 1980, que provocó efectos profundos en la economía de Costa Rica, los cuales también implicaron una reducción en la importación de fertilizantes y químicos, ya que esto pudo llevar a emplear los abonos orgánicos como opción dentro de los sistemas agrarios.
El reemplazo de los BR por los IE no fue tan pronunciado como en otros sistemas agrarios hasta finales del siglo xx, pues, según se mencionó, la agricultura no se industrializó por completo y la ganadería continuaba requiriendo de los pastos provenientes del agroecosistema.
El trabajo humano, característico de la agricultura tradicional, siempre fue exiguo, igualmente explicado por el peso de la ganadería y las actividades forestales, muy poco intensivas en mano de obra, al igual que la maquinaria, que apenas creció en el contexto de diversificación de la agricultura (1973-2014).
Los fertilizantes, como insumos externos, experimentaron cambios cualitativos notorios a lo largo del período analizado. Hacia 1890, a pesar de ser externos al agroecosistema, estos eran en su mayoría de origen orgánico, mientras que, después de 1950 y especialmente entre 1973 y 2014, tenían un origen inorgánico y requerían altas cantidades de combustibles fósiles para su producción.
El incremento de los tratamientos químicos, por su parte, es un claro indicador de la modernización y la industrialización de la agricultura, al crecer de manera sostenida, al punto de reemplazar a los fertilizantes como componente predominante de los IE. A pesar de que eran inexistentes hasta 1973, para el 2014, estos llegaron a representar un 77 % (333,10 TJ) de los IE. Vale señalar que dicho aumento vertiginoso de los plaguicidas tuvo lugar en el contexto de la diversificación de las exportaciones y el desarrollismo de la posguerra en Centroamérica, cuando se estimuló la siembra de nuevos productos agrícolas de exportación y la intensificación productiva de otros existentes como el arroz y la caña de azúcar. El mayor problema que presentaron estos cultivos fueron las plagas de insectos, por lo que los productores invirtieron grandes sumas en la compra de plaguicidas. Por ello, los cultivos que adoptaron su uso generalizado resultaron cada vez más intensivos en insumos energéticos externos, con consecuencias socioambientales profundas como los efectos en la salud humana, especialmente de los trabajadores agrícolas, y la contaminación de las fuentes de agua, solo para mencionar dos destacables.[52]
El incremento vertiginoso que observaron estos tratamientos en Guanacaste tendió a intensificarse en un contexto de creciente liberalización y desregulación de la actividad agropecuaria en general, característico del influjo de las políticas neoliberales en el agro centroamericano a partir de 1980.[53]
Las tasas de retorno energético (EROI) y la (in)eficiencia del agroecosistema guanacasteco
Un claro ejemplo de que se está frente a un sistema en transición lo muestra la BR, la cual nunca fue reemplazada por los IE. Por el contrario, los IE siempre fueron muy reducidos en relación con la BR, lo que explica por qué el FEROI se mantuvo bajo y relativamente estancado a lo largo de todo el período (tabla 3 y gráfico 3), solo incrementándose hasta el 2014, más por la ralentización de la actividad ganadera que por una mejora en la eficiencia energética del agroecosistema en su conjunto. Sin embargo, dado que la industrialización de la agricultura guanacasteca no fue total, sino que siguió dependiendo en su mayoría de la BR, aun siendo excesiva, la tasa de retorno energético general tendió a incrementase entre 1973 y 2014.
Tabla 3. Tasas de retorno energético (EROI) en el agroecosistema de la provincia de Guanacaste, Costa Rica, años 1890,1950,1973 y 2014
| 1890 | 1950 | 1973 | 2014 | ||
| EROI final (FEROI) | PF/(BR+IE) | 0,18 | 0,12 | 0,18 | 1,36 |
| EROI final externo (EFEROI) | PF/IE | 9,05 | 8,81 | 27,43 | 93,62 |
| EROI final interno (IFEROI) | PF/BR | 0,18 | 0,12 | 0,18 | 1,38 |
| EROI PPN (PPN EROI) | PPN/(IE+BR+NC) | 1,02 | 1,02 | 1,07 | 1,44 |
| EROI biodiversidad (Biod. EROI) | NC/(NC+BR+IE) | 0,87 | 0,76 | 0,55 | 0,67 |
| EROI final agroecológico (AFEROI) | PF/NC+BR+IE | 0,02 | 0,03 | 0,08 | 0,45 |
| AFEROI/FEROI | 0,13 | 0,24 | 0,45 | 0,33 | |
| % Extracción / PPN(TP/PPN) | 14% | 26% | 49% | 54% |
Fuente: diseño a partir de Díez et al. Elaboración propia.
Gráfico 3. EROI final (FEROI) del agroecosistema de la provincia de Guanacaste, Costa Rica, años 1890, 1950, 1973 y 2014 (en TJ)

Fuente: diseño a partir de Díez et al. Elaboración propia.
En una primera fase, la expansión de los cultivos, cada vez más intensivos, unidos al auge de la ganadería, una actividad poco eficiente en términos energéticos por sus altas demandas de biomasa para la alimentación animal, generó caídas de las tasas de retorno energéticas. Sin embargo, en la última fase del estudio, se observa un aumento del retorno energético que contrasta con la mayor parte de la literatura que ha tratado la problemática. Se plantea que lo anterior se puede explicar por dos factores. En primer lugar, por el tránsito de un sistema agrario basado en la ganadería, menos eficiente, a otro basado en la agricultura, más eficiente. En segundo lugar, por una mayor predominancia de la caña de azúcar, que, si bien es cierto que demanda altas cantidades de IE, resulta uno de los cultivos con mayor productividad y densidad energética. Dicho de otra forma, las tendencias mencionadas no deben leerse como una simple mejora de la eficiencia agraria, sino como un cambio estructural que mejoró el retorno energético. No obstante, este se hizo con dos procesos altamente impactantes en términos medioambientales. Por un lado, la desarticulación de la ganadería extensiva y, por el otro, la industrialización agrícola, paulatina pero creciente. Esta compleja dinámica podría explicar, por ejemplo, la elevada eficiencia de la tasa de retorno de los insumos externos (EFEROI), evidencia del mayor peso de la expansión de cultivos con alta densidad energética que de su intensificación, a pesar de que esta última no cesó (ver gráfico 4).
Gráfico 4. EROI final externo (EFEROI) del agroecosistema de la provincia de Guanacaste, Costa Rica, años 1890, 1950, 1973 y 2014 (en TJ)

Fuente: diseño a partir de Díez et al. Elaboración propia.
Un flujo relativamente reducido en términos de energía en los cuatro momentos históricos analizados, pero cuya relevancia es innegable, es el trabajo humano. Como bien lo señalan Díez y otros, su preeminencia radica en ser la fuerza principal que gestiona el agroecosistema, proporcionando información y conocimiento para su funcionamiento con el fin de satisfacer las necesidades humanas. En el presente caso, el peso del trabajo en los IE fue muy reducido y no creció de manera significativa hasta el último año analizado, esto debido a la mayor presencia de la agricultura, más intensiva en mano de obra. Sin embargo, dicho crecimiento es un claro indicador de que la expansión de la agricultura no estuvo asentada, en su totalidad, en la mecanización de los cultivos y la industrialización de la producción ganadera.
La tasa de retorno de los insumos internos (IFEROI) se mantuvo baja y creció, aunque de manera leve, solo para el 2014. Su tendencia estructural a la baja se explica en su mayoría por el predominio del ganado y el exceso de biomasa reutilizada, especialmente en forma de estiércol bovino, hasta que muestra una leve mejora en su tasa de retorno del 2014 (gráfico 5). Este leve incremento en la productividad de los insumos internos parece estar asociado a un redireccionamiento y un mejor aprovechamiento de la BR por la expansión de la agricultura comercial, que es un claro indicador del carácter parcial de la industrialización de la agricultura en la provincia, pues, como se dijo, los IE no desplazaron a la BR, que, vale recordar, es un flujo de energía esencial para la reproducción sostenible de los agroecosistemas, al conservar los organismos vivos del suelo y la fertilidad e integrar los usos de la tierra, siempre y cuando su dotación no exceda ciertos límites.
Gráfico 5. EROI final interno (IFEROI) del agroecosistema de la provincia de Guanacaste, Costa Rica, años 1890, 1950, 1973 y 2014 (en TJ)

Fuente: diseño a partir de Díez et al. Elaboración propia.
De hecho, el comportamiento de las tasas de retorno del FEROI y del IFEROI son casi idénticas, ya que la tasa de retorno general del agroecosistema se encuentra bastante vinculada al comportamiento de los insumos internos en todos los momentos históricos analizados, dado su gran peso en los flujos generales del sistema.
Se observa también, al igual que los EROI recién analizados, un ligero crecimiento (aunque casi insignificante) en la eficiencia energética de la PPN (EROI PPN) en los dos últimos años analizados. Este aumento en la biomasa total fotosintetizada no se logró a costa de un consumo masivo insostenible de EI con combustibles fósiles, según sucedió en otros sistemas agrarios,[54] sino con la expansión y la intensificación de cultivos como la caña de azúcar, con altos rendimientos por unidad de superficie y una mayor densidad energética.
Gráfico 6. EROI PPN (PPN EROI) del agroecosistema de la provincia de Guanacaste, Costa Rica, años 1890, 1950, 1973 y 2014 (en TJ)

Fuente: diseño a partir de Díez et al. Elaboración propia.
Estos rendimientos sostenidos a la baja por la excesiva carga ganadera y dependientes mayoritariamente de la BR explican, asimismo, la evolución del AFEROI (gráfico 7). El hecho de que alcanzara un valor más alto en el 2014 que en 1890 debe leerse con cautela. Al igual que el mayor IFEROI del 2014, un mayor AFEROI no implica una mejora en la eficiencia energética del agroecosistema, sino que se puede explicar por los altos niveles de PF relacionados, de nuevo, con el aumento de la producción agrícola. Mientras que la extracción de la PF se multiplicó por 31, la BR solo lo hizo por 4, aunque este crecimiento es notorio si se toma en consideración el peso excesivo de la recirculación de energía y nutrientes, producto, como ya se dijo, en su mayoría del estiércol bovino; esto en relación con los IE, que, además de su carácter limitado, crecieron tres veces entre 1890 y el 2014, es decir, menos que la BR.
Gráfico 7. EROI final agroecológico (AFEROI) del agroecosistema de la provincia de Guanacaste, Costa Rica, años 1890, 1950, 1973 y 2014

Fuente: diseño a partir de Díez et al. Elaboración propia.
De esta manera, los flujos de energía internos del agroecosistema fueron mayores que el contenido de energía de la biomasa extraída de este en todos los momentos analizados. Lo anterior muestra la tendencia secular de una elevada reinversión de flujos de biomasa necesarios para mantener la productividad energética bajo una gestión orgánica de los agroecosistemas, pero también expone la excesiva carga ganadera, la cual, durante la mayoría del período de estudio, impidió que el predominio de una agricultura de base orgánica redundara en una eficiencia energética superior del agroecosistema de la provincia.
Reflexiones finales
Como bien lo analiza Edelman, desde finales del decenio de 1970, Guanacaste era una región en donde el establecimiento de una nueva organización de campesinos parecía inminente. La provincia tenía el mayor nivel de pobreza extrema en todo el país, aunado a otras problemáticas agudas, en especial la carencia de tierras. Esto provocaba que los precaristas frecuentemente invadieran las haciendas ganaderas y los latifundios baldíos.[55] La movilización del campesinado guanacasteco tuvo lugar a partir de una combinación de esperanzas y expectativas autóctonas, tales como las reivindicaciones tradicionales por el derecho a la tierra y a cultivar el maíz, con una variedad de ideas importadas e individuos externos –la izquierda política organizada– atizados por “la catástrofe ecológica y la embestida violenta del libre mercado”.[56]
Los hallazgos de Edelman no dejan lugar a dudas de que la modernización capitalista de la agricultura y el auge de la ganadería en Guanacaste (que tuvieron lugar en diferentes momentos y con distintas intensidades) generaron nuevos y profundos problemas sociales a la vez que exacerbaron los ya existentes, en un proceso inseparable de las profundas transformaciones en el perfil socioecológico de la provincia, como hemos tratado de mostrar en este trabajo.
Así, los resultados obtenidos del análisis precedente muestran que, hacia 1890, el agroecosistema guanacasteco se caracterizaba por una visible dualidad, intrínsecamente contradictoria, en su perfil socioecológico: el predominio de las grandes propiedades ganaderas y de explotación forestal en constante tensión e interacción con los espacios dedicados a la agricultura, la cual, a su vez, atravesaba un paulatino pero constante proceso de modernización impulsado por la creciente orientación mercantil de su producción, lo cual es visible en los resultados estudiados para los años 1950, 1973 y 2014.
Estas características implicaron que el sistema agrario guanacasteco presentara, al mismo tiempo, los rasgos típicos de una transición ecológica “clásica” de un sistema agrario a uno industrial y una baja eficiencia energética a lo largo de todo el período, lo que impidió que esta transición se expresara en los flujos energéticos del agroecosistema. Rasgos estructurales y coyunturas específicas se combinaron en la construcción de un sistema agrario tan insustentable en términos socioambientales como injusto y excluyente desde el punto de vista socioeconómico.
Entre 1950 y 1973, tuvo lugar un auge espectacular de la ganadería bovina de carne, al tiempo que se generaba una ampliación de los cultivos comerciales aparejada con el uso creciente de agroquímicos y pesticidas, y la substitución del trabajo humano y animal por el mecanizado. A pesar de esto, la industrialización de la agricultura guanacasteca no dominó los insumos de sus agroecosistemas ante el importante peso que siguió manteniendo la BR en forma de pastos. Esto implicó que la eficiencia energética del agroecosistema permaneciera baja y prácticamente inalterada en su tendencia general con respecto a 1890.
Lo anterior sucedió a partir de una confluencia de fuerzas opuestas, tendientes a generar una realimentación negativa: por un lado, una agricultura que se modernizaba de forma parcial, con amplios insumos energéticos externos y que empujaba hacia una mayor insustentabilidad, y, por el otro, la actividad ganadera, que en este período observó un auge espectacular, de manera que requirió cantidades cada vez superiores de pasto (BR) y limitó territorialmente la propia expansión de la agricultura, pero en especial la de base orgánica –y, por ende, más sustentable–, que, a la vez, perdía la batalla ante los monocultivos de exportación.
En 2014, la agricultura orgánica claramente había perdido la batalla frente a los cultivos comerciales de tendencia monocultivista. La difusión del paquete tecnológico de la revolución verde eliminó las principales prácticas de gestión orgánica del territorio. Con la eliminación de los barbechos y la ralentización de la actividad ganadera, una parte cada vez mayor del sistema agrario de la provincia adquirió las principales características de un agroecosistema industrial moderno: monocultivo, mecanización, dependencia de entradas externas y escasos requerimientos de trabajo. A pesar de la pérdida de importancia de la ganadería en la provincia, esta continuó siendo un elemento clave en la insustentabilidad del agroecosistema, el cual observó una mejora inédita en su eficiencia energética, que se explica, al menos en parte, por la disminución del hato ganadero, dado que los cambios acaecidos en la agricultura tienden a generar una mayor insustentabilidad debido a la creciente dependencia de los insumos externos de origen fósil.
Finalmente, cabe señalar que, más allá del metabolismo agrario, otras actividades de alto dinamismo económico y vinculadas a los sectores de servicios e inmobiliario han mostrado un crecimiento vertiginoso, al punto de dominar la economía de la provincia en la actualidad. En el caso del turismo, prevalece el modelo convencional de turismo masivo de sol y playa,[57] luego del declive general observado en las actividades agropecuarias, lo que implica la consolidación de una lógica muy particular de intercambio energético y material que merece ser profundizada en futuras investigaciones.
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- Lucía Díez et al., “More than energy transformations: a historical transition from organic to industrialized farm systems in a Mediterranean village (Les Oluges, Catalonia, 1860–1959–1999)”, International Journal of Agricultural Sustainability, 16, n.º 4-5 (2018): 399-417, doi.org/10.1080/14735903.2018.1520382.↵
- Donna Haraway, “Antropoceno, Capitaloceno, Plantacionoceno, Chthuluceno: generando relaciones de parentesco”, Revista Latinoamericana de Estudios Críticos Animales, III, n.º I (2016): 17, revistaleca.org/index.php/leca/article/view/94.↵
- Maristella Svampa, “El Antropoceno como diagnóstico y paradigma. Lecturas globales desde el Sur”, Utopía y Praxis Latinoamericana, 24, n.º 84 (2019): 33, doi.org/10.5281/zenodo.2653161. ↵
- Los autores agradecen a Juan Infante Amate, de la Universidad de Granada (España), por la colaboración metodológica para implementar la medición de los balances energéticos.↵
- Para un valioso análisis sobre el concepto de “metabolismo social”, y especialmente sobre sus posibilidades explicativas en historia ambiental, se puede consultar Juan Infante-Amate et al., “El metabolismo social. Historia, métodos y principales aportaciones”, Revista Iberoamericana de Economía Ecológica, 27 (2017): 130-152. También ver Manuel González de Molina y Víctor Manuel Toledo, The Social Metabolism: A Socio-Ecological Theory of Historical Change, (Suiza: Springer International Publishing, 2014); Manuel González de Molina, “Sociedad, naturaleza, metabolismo social. Sobre el estatus teórico de la historia ambiental”, en Agua, poder urbano y metabolismo social, coord. por Rosalva Loreto López (Puebla, México: Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2009), 217-238.↵
- Para algunos análisis en profundidad sobre las bases conceptuales, epistemológicas, heurísticas e inclusive éticas de esta forma distinta de concebir la relación entre el mundo natural y las sociedades humanas, en la que se busca en última instancia construir una “sustentabilidad fuerte” a nivel planetario, la cual solo es posible a partir de la eliminación de ciertas premisas de la economía tradicional como la infinitud del crecimiento y la externalización del impacto de la actividad económica sobre la naturaleza, cfr. Joan Martínez Alier, El ecologismo de los pobres. Conflictos ambientales y lenguajes de valoración (Barcelona: Icaria Antrazyt-Flacso, 2004), 273-280; Saar Van Hauwermeiren, Manual de Economía Ecológica (Quito: Programa de Economía Ecológica/Instituto de Ecología Política, Instituto Latinoamericano Investigación Social, Ediciones Abya-Yala e Instituto de Estudios Ecologistas del Tercer Mundo, 1999).↵
- Marina Fischer-Kowalski, Fridolin Krausmann e Irene Pallua, “A sociometabolic reading of the Anthropocene: Modes of subsistence, population size and human impact on Earth”, The Anthropocene Review, 1, n.º 1 (2014): 8-33.↵
- El metabolismo social o metabolismo socioecológico está compuesto, de esta manera, por cinco procesos metabólicos: la apropiación (A), la transformación (T), la distribución (D), el consumo (C) y la excreción (E). Víctor Toledo y Manuel González de Molina, “El metabolismo social, las relaciones entre la sociedad y la naturaleza”, en El paradigma ecológico de las Ciencias Sociales, coord. por Francisco Garrido, Manuel González de Molina, José Luis Serrano y José Luis Solana (Barcelona: Icaria, 2007).↵
- Víctor Manuel Toledo y Narciso Barrera-Bassols, La Memoria Biocultural. La Importancia Ecológica de Las Sabidurías Tradicionales, (Barcelona: Icaria, 2008).↵
- Para algunos trabajos sobresalientes desde esta perspectiva de análisis, cfr. Manuel González de Molina, “Condicionamientos ambientales del crecimiento agrario español (siglos xix y xx)”, en El pozo de todos los males, sobre el atraso en la agricultura española contemporánea, ed. por Joseph Pujol (Barcelona: Crítica, 2001); José Manuel Naredo, “La modernización de la agricultura Española y sus repercusiones ecológicas”, en Naturaleza transformada, estudios de historia ambiental en España, ed. por Manuel González de Molina y Joan Martínez Alier (Barcelona: Icaria, 2001); Gloria Guzmán Casado y Manuel González de Molina, “Agricultura tradicional versus agricultura ecológica. El coste territorial de la sustentabilidad”, Agroecología, 2, (2007): 7-19; Xavier Cussó, Ramon Garrabou y Enric Tello, “Social metabolism in an agrarian region of Catalonia (Spain) in 1860-1870: Flows, energy balance and land use”, Ecological Economics, n.º 58 (2006): 49-65; Juan Infante Amate et al., “Nuevas interpretaciones sobre el papel del olivar en la evolución agraria española. La gran transformación del sector (1880-2010)” (Conferencia pronunciada en el XIV Congreso Internacional de Historia Agraria, Badajoz, España, del 7 al 9 de noviembre del 2013); Juan Infante Amate, “‘Cuántos siglos de aceituna’. El carácter de la expansión olivarera en el sur de España (1750-1900)”, Historia Agraria, 58 (2012): 39-72; Juan Infante Amate y Manuel González de Molina, “’Sustainable de-growth’ in agriculture and food: an agro-ecological perspective on Spain’s agri-food system (year 2000)”, Journal of Cleaner Production, 38 (2013): 27-35.↵
- Erle C. Ellis, et al., “Used planet: A global history”, Proceedings of the National Academy of Sciences, 110, n.º 20 (2013): 7978-7985.↵
- Manuel González de Molina et al., The Social Metabolism of Spanish Agriculture, 1900–2008: The Mediterranean Way Towards Industrialization (Springer Nature, 2020); Díez et al., “More than energy transformations”; Elena Galán et al., “Widening the analysis of Energy Return on Investment (EROI) in agro-ecosystems: Socio-ecological transitions to industrialized farm systems (the Vallès County, Catalonia, c. 1860 and 1999)”, Ecological Modelling, 336 (2016): 13-25; Enric Tello et al., “Opening the black box of energy throughputs in farm systems: A decomposition analysis between the energy returns to external inputs, internal biomass reuses and total inputs consumed (the Vallès County, Catalonia, c. 1860 and 1999)”, Ecological Economics, 121 (2016): 160-174; Simone Gingrich et al., “Agroecosystem energy transitions in the old and new worlds: Trajectories and determinants at the regional scale”, Regional Environmental Change, 18 (2018); Gloria I. Guzmán, y Manuel González de Molina, Tras los pasos de la insustentabilidad. Agricultura y medio ambiente en perspectiva histórica (s. xviii-xx), (Barcelona: Icaria Editorial S.A., 2006).↵
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- Urrego, “The Social Metabolism of Tropical Agriculture”.↵
- Guzmán y González de Molina, Energy in Agroecosystems.↵
- Díez et al., “More than energy transformations”; Urrego, “The Social Metabolism of Tropical Agriculture”.↵
- Gloria Guzmán et al., “Methodology and conversion factors to estimate the net primary productivity of historical and contemporary agroecosystems”, (España: Sociedad Española de Historia Agraria-Documentos de trabajo, n.º 1407, 2014); Guzmán y González de Molina, “Energy Efficiency in Agrarian System”; Aguilera et al., Embodied Energy in Agricultural Inputs. Las operaciones específicas en lo que respecta a la homogeneización de los datos y la matriz de análisis se pueden ver en trabajos análogos, haciendo la salvedad de que en este caso se trabajó a escala provincial, y no a partir de agregados regionales. En vista de que dichos trabajos contemplan únicamente los años 1955-1973, cabe destacar que, para cuantificar la cantidad de fertilizantes en 1890, se estimaron las dosis de NPK de los abonos orgánicos propios de una agricultura sin insumos químicos relevantes y mayoritariamente provenientes del propio agroecosistema, aunque sí tuvo lugar la importación de abonos orgánicos de origen externo como el guano, lo que confirma la pérdida de nutrientes en algunos suelos agrícolas. Cfr. Andrea Montero y Anthony Goebel, “Las semillas del despojo. Transformaciones socioecológicas del espacio productivo especializado en cereales y ganadería (EPE_CG) en el contexto de la revolución verde: Costa Rica (1955-1973)”, Sistema: Revista de Ciencias Sociales, n.º 265, (2022): 105-137; Andrea Montero-Mora y Anthony Goebel-Mc Dermott, “Socioecological transformations at the specialized productive space in coffee and sugarcane in the context of the Green Revolution. Costa Rica (1955–1973)”, Ecological Economics, 208, n.º 107790 (2023): 1-14, doi.org/10.1016/j.ecolecon.2023.107790; Anthony Goebel Mc Dermott y Andrea Montero Mora, “Una Aproximación al Metabolismo Social Agrario del Espacio Productivo Especializado en Banano y Cacao en el Contexto de la Revolución Verde. Costa Rica (1955-1973)”, Historia Ambiental Latinoamericana y Caribeña (HALAC) Revista de la Solcha, 12, n.º 3 (2022): 214-254.↵
- Juan José Marín Hernández y Rodolfo Núñez Arias, “Los sistemas de cabotaje de Guanacaste, en un análisis comparado de articulaciones nodales interregionales en Costa Rica, 1980-2000”, en (RE) Lecturas de Guanacaste: 1821-2010, ed. por Juan José Marín Hernández y Rodolfo Núñez Arias (San José, Costa Rica: Sociedad Editora Alquimia, 2000, 2011).↵
- Montero y Goebel, “Las semillas del despojo”, 105-137.↵
- Montero y Goebel, “Las semillas del despojo”; Jorge León, Historia Económica de Costa Rica en el siglo xx. Tomo II: La economía rural (San José, Costa Rica: IICE-CIHAC, 2012).↵
- Mario Samper, “Tierra, trabajo y tecnología en el desarrollo del capitalismo agrario en Costa Rica”, Historia Agraria, n.º 29 (2003): 81-104; Manuel Solís, “La agroindustria capitalista en el período 1900-1930: los ingenios azucareros”, Revista de Ciencias Sociales, n.º 21-22 (1981): 55-71.↵
- Para un análisis en profundidad del proceso de mecanización y la “tractorización”, cfr. Ronny Viales Hurtado y Andrea Montero Mora, “Los inicios frustrados de la mecanización de la agricultura costarricense entre 1900 y 1950. La difusión del arado y del tractor. Actores, tecnología agrícola, discursos y representaciones desde una perspectiva transnacional”, en Trayectoria y dinámica del sector agrario-rural costarricense en el contexto global, 1850-2018, ed. por Ronny Viales Hurtado y Rafael E. Granados Carvajal (Puntarenas, Costa Rica: Editorial Sede del Pacífico/CIHAC, Universidad de Costa Rica/Escuela de Ciencias Agrarias, Universidad Nacional, Costa Rica, 2020), 157-188.↵
- Vania Solano Laclé, Historia social del uso cultural del maíz en La Gran Nicoya, Costa Rica: rupturas y resiliencias, 1930–1984 (examen de candidatura del Doctorado en Historia, Posgrado Centroamericano en Historia, 2020), 4-5.↵
- Solano, Historia social del uso cultural del maíz.↵
- Diez et al., “More than energy transformations”, 400.↵
- Virya Bravo et al., “Uso de plaguicidas en cultivos de caña de azúcar en Guanacaste, impacto ambiental y salud humana”, Ambientico, 252, n.º 2 (2015): 13-28↵
- Ronny Viales Hurtado, “Desarrollo rural y pobreza en Centroamérica en la década de 1990. Las políticas y algunos límites del modelo ‘neoliberal’”, Anuario de Estudios Centroamericanos, 25, n.º 2 (2000): 139-157.↵
- Diez et al., “More than energy transformations”, 409.↵
- Marc Edelman, Campesinos contra la globalización: movimientos sociales rurales en Costa Rica (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, primera edición digital, 2019).↵
- Edelman, Campesinos contra la globalización, 209-210.↵
- Edgar Blanco, “¿Testimonios de un despojo? Desarrollo turístico en Guanacaste y sus impactos a nivel social y ambiental, 1990-2016”, Revista de Ciencias Sociales, n.º 155 (2017): 13-27.↵











