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“Intachables, armónicos, ejemplares”, pero “fanáticos y subversivos”

Familias alemanas del Volga implantadas en Diamante por el gobierno de Avellaneda

Ignacio Salaberry[1]

Las características extraordinarias de este asunto se nos revelan por una rica documentación, aunque motivaran trabajos disciplinares poco abundantes.[2] El caso inició cuando el gobierno del presidente Avellaneda dispuso ensayar su ley de inmigración y colonización introduciendo familias campesinas germánicas desde su secular enclave étnico y granero de Rusia junto al Volga. Pero, los de 1870 fueron años duros para aquella gente que incluyeron reflexión y organización sobre la oportunidad de emigrar a destinos prometedores, como Brasil. Advertidos en Europa, diplomáticos argentinos y representantes provinciales se propusieron trasplantar en las pampas a esos exóticos “rusos” compitiendo con el imperio vecino, apoderándose de su idea y, también, ¡de las mismas personas que migraban! Carlos Calvo, Comisario de Inmigración allá, no sólo negociaba viajes y urdía operaciones anti-brasileñas de prensa. Más de una vez, llegó a desviar a numerosos pasajeros volguenses hacia la Argentina por medio de embustes transados en complicidad con patrones marítimos “para forzar la emigración para la República Argentina”, según escribía a su superior: Nuestros agentes y particularmente el Director del Lloyd de Bremen hicieron todos los esfuerzos posibles en nuestro favor, y este último aun despachó el buque directamente para Buenos Aires. Estos desgraciados van engañados.

A principios de 1878, recalaron en la capital Argentina dos barcos con 1.100 volguenses contrariados que gritaban sus broncas y recelaban de las garantías propagandizadas por alemanes del nuevo Reich que los hostigaban desde la frontera ruso-germana. Entre el motín y la resignación, los recién llegados quedaron mayormente en Buenos Aires. Días después, fueron embarcados hacia Diamante no sin un tira-y-afloja entre la Nación y las provincias, un clima político tenso y otro engaño. Alrededor de doscientos pasajeros fueron conducidos a Santa Fe para ubicarlos como “dique vivo” contra los avances indígenas, en una zona de frontera donde tenían intereses el belga C. De Mot (de la “Asociación Filantrópica de Inmigración”) y el mismo Avellaneda. Esas familias resistieron el atropello, no exento de brutalidad, y exigieron reunirse con el conjunto.

En las disputas interlocales, se evidenció el envión gubernamental hacia el distrito diamantino de “Palmar” impulsado por Teófilo García (senador nacional) y su hermano Demetrio (ambos, estancieros entrerrianos de la comarca vecina “Costa Grande”). En tal sentido, venía operando ya desde Europa el alemán imperial bilingüe Wilhelm Nast, muy activo y ubicuo en este caso. La instalación se demoraba también por los manejos encontrados del gobernador Febre, el diputado Malarín, el ministro del Interior Irigoyen, más los debates sobre el trazado ferroviario provincial, el traslado de la capital provincial al Paraná y la ubicación del asentamiento. Eso y las deficiencias en alimentación, salud, hábitat, enseres, semillas y animales, junto con los abusos oficiales, gestaron un ciclo rabioso e insólito de revuelta labriega con represión y calumnias estatales. Los rusos, captados por “intachables y ejemplares” y pronto tildados de “subversivos”, “anarquistas”, “jesuitas”, “holgazanes”, etc., se rebelaron. Varios administradores coloniales fueron investigados y destituidos gracias a las denuncias (más visibles en las fuentes públicas que en las de la colectividad).

Continuaron empero las maquinaciones alrededor del transporte, la instalación, las provisiones, etc., con, además de los consabidos capitalistas y los especuladores devenidos nuevos ricos, algunos socios menores acusados por los colonos de fraudes y robos. Asimismo, el gobierno sumaba contradicciones: en el terreno, los conflictos eran tramitados por los organizadores con cierta autonomía; mientras, en los escritorios ministeriales se intentaba preservar el equilibrio político y la inmunidad institucional. Lo prometido en Buenos Aires no siempre se hacía realidad en los campos y viceversa, lo cual alimentaba también las disputas internas.

Esta colonización quedó oficialmente desalentada durante el resto de 1878, mostrando cierta interrupción. Pese a todo, el año siguiente empezó a crecer motu proprio la inmigración germanorrusa y, en 1880, la colonia (a la que se había impuesto el nombre “General Alvear”) ya contaba 1.563 habitantes acrecentando su diversidad productiva hacia el futuro.


  1. Licenciado en Historia (Universidad Nacional de Luján), profesor (Institutos 15/Baradero y 115/Campana), Correo electrónico: ignaciosalaberry55@gmail.com.
  2. Entre otros: Weyne, O. (1987), El último puerto. Del Rhin al Volga y del Volga al Plata. Buenos Aires, Tesis, Flores, F. (2003), “Vivienda y pautas culturales. La organización de la vivienda y el espacio cotidiano en las colonias rusoalemanas de Argentina”. Scripta Nova vol. VII, N° 146, Beros, D. (2012), En búsqueda de patria. El lenguaje de la fe de los alemanes de Rusia evangélicos en Argentina. Buenos Aires: D.C. Beros, Salaberry, I. (2018), El cumplimiento del porvenir en la Argentina “liberal”. Familias alemanas del Volga conducidas a Diamante (E.R.). Desengaños y huellas protestantes, cosechando el siglo XIX. Buenos Aires: Dunken.


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