Rocío Miriam Cruz[1]
Este trabajo se basará en examinar y analizar la evolución cuantitativa de la inmigración internacional hacia Argentina, que se refleja en los sucesivos censos nacionales de la población desde el año 1869 hasta 1991 inclusive. Por lo tanto, se analizará su volumen, su crecimiento, su peso relativo con respecto a la población total y la composición por sexo y edad que posee. Asimismo, cabe señalar, que sólo se utilizó información censal, ya que ésta provee una información precisa sobre los individuos que integran este segmento de la población.
Dentro de este ensayo, se tomará a la inmigración en base al significado de una situación que se presenta por el traslado de las personas fuera de su territorio de origen, donde el inmigrante se traslada fuera del territorio del Estado al que pertenece, para vivir en otro como habitante.
Las distintas fuentes referidas a las corrientes migratorias, llegadas a la Argentina, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XIX y hasta principios del XX, indican que estas tuvieron una importante participación en el poblamiento general, en el proceso de urbanización y la transferencia de pautas culturales que fueron arraigando en la sociedad argentina. Los no nativos registrados en el censo de 1869, ascienden a aproximadamente 2.3 millones y representan el 30% de la población total de ese año. Sin embargo, en 1991 las cifras se modificaron en cuanto a sus valores, los inmigrantes pasaron a ser 1,6 millones y sólo llegaron a representar el 5% del total del censo de ese año la mitad proceden de países limítrofes. Por ende podemos observar como las cifras examinadas muestran cómo las corrientes de ultramar declinaron y se interrumpieron en algún momento del siglo XX.
Al momento del relevamiento de 1914, se constata el punto más alto de representación de las personas residentes nacidas en el exterior, ya que, 30 de cada 100 habitantes eran no nativos. Esta proporción no volvió a repetirse, y a partir de allí disminuyó sistemáticamente. Los datos registrados por el Censo de Población de 1991 indicaron que 1.628.210 personas censadas en el país eran extranjeras, lo cual implica que para esa fecha solamente 5 de cada 100 censados eran no nativos, seis veces menor que el observado en 1914. Según INDEC y CELADE (1995)[2], las hipótesis de la proyección nacional revisada en función de las cifras definitivas del censo de 1991 indican que después de 1980, el crecimiento de la población del país retoma la tendencia de descendiente que había mostrado hasta cerca de 1970 ubicando a su dinámica demográfica en torno a los niveles de crecimiento natural (14,6 por mil).
La composición por sexo y edad de la población extranjera radicada en distintos momentos en la Argentina ha acompañado en su evolución a los cambios que el fenómeno migratorio experimento a lo largo del tiempo. Generalmente, cuando se habla sobre población migrante recién llegada, la conformación por sexo y edad muestra una gran concentración de personas en las edades adultas/jóvenes que son las de mayor movilidad y que poseen más alto nivel de inserción laboral. En contraparte, es bajo el número de personas en las edades por encima de los 65 años y la de los niños menores de 15 años.
Según INDEC y CELADE (1995) en Argentina, la influencia sostenida de migrantes que fueron reemplazando las antiguas cohortes envejecidas hizo que hasta principios del siglo XX se mantuviera la típica estructura. Como señala Modolo (2016),[3] dentro de la estructura de población nacida en el exterior, para 1914, se destacan los varones entre los 20 a 35 años. De hecho, dicho segmento poblacional representa casi diez por ciento del total de la población extranjera. Este destacado predominio de los varones (1.471.845) por sobre las mujeres (883. 465) lo podemos observar calculando el índice de masculinidad (hombres por cada 100 mujeres), el cual nos demuestra un resultado de 166.7 en la población nacida en el exterior.
A partir de la segunda década esta situación cambia gracias a la interrupción de la continuidad de los flujos migratorios, que se vuelven menos numerosos e impiden el reemplazo necesario para el mantenimiento de una estructura joven. Por lo que los sobrevivientes de los grandes contingentes, al desplazarse hacia las edades más avanzadas de la pirámide, disminuyen su participación en los grupos potencialmente activos, generando un paulatino envejecimiento de esa población, medido a través del porcentaje de personas en el grupo de edad de 65 años y más. En 1914 la edad mediana de los extranjeros era de 32 años y el porcentaje de mayores de 65 años en el total era del 4%, aunque años más tarde, en 1991 estos valores se transformaron y la edad media pasó a ser de 51 y el porcentaje de las personas que pertenecían al último gran grupo de edad era del 30%.
A modo de conclusión y afirmando la premisa inicial podemos determinar que durante la última parte del siglo XIX y principios del XX, el crecimiento de la población no nativa fue mucho más alto que el del total del país. En el periodo 1869 – 1895 la tasa media anual, según INDEC, era del 50 por mil lo que resultó ser dos terceras partes mayor que la población total de Argentina, sin embargo, en el año 1914, de cada 100 habitantes en el territorio nacional, 30 habían nació en el extranjero.
- Universidad Nacional de Mar del Plata, rociomcruz91@gmail.com.↵
- Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (1995) Hechos demográficos en la República Argentina, 1954 -1960, Buenos Aires, Argentina.↵
- Modolo, Vanina E. (2016) Análisis histórico-demográfico de la inmigración en la Argentina del Centenario al Bicentenario, Universidad de Buenos Aires, Argentina.↵






