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Introducción

Andrés Gatica Gattamelati (PUC/CONICYT) – Fernanda Núñez C. (PUC/CONICYT) – Jorge Retamal (PUC) – María Celeste Vecino (UDP/CONICYT)

Entre los días 30 y 31 de mayo de 2016 se llevó a cabo el Primer Coloquio Nacional de Estudiantes de Fenomenología en Santiago, Chile. Este Coloquio, organizado en su primera versión por la Pontificia Universidad Católica (PUC), respondía a la urgencia acuciante que se respiraba en el ambiente universitario chileno de articular un espacio de intercambio intelectual para el trabajo de raigambre fenomenológica que realizaban en suelo nacional un conjunto de destacados estudiantes chilenos y extranjeros de pre y de postgrado. El comité organizador de esa primera versión, liderado por el Dr. Eric Pommier, se había propuesto no sólo fortalecer y reforzar la influencia de la fenomenología a nivel de pre y postgrado en Chile, ofreciendo un evento de intercambio intelectual que aspiraba desde su concepción a ser tradición entre los estudiantes, sino también a poner a la fenomenología en manos de sus futuros protagonistas. Co-organizado por los doctorandos de la PUC Fernanda Nuñez Cornejo, Jorge Retamal, Andrés Gatica Gattamelati y más tarde por Celeste Vecino de la Universidad Diego Portales, el Coloquio se propuso ofrecer, en esa primera versión, un entorno de trabajo que permitiera no sólo agenciarse un espacio de diálogo de carácter abierto y de un perfil totalmente inter-universitario, sino al mismo tiempo, ganar una conciencia aproximada de los temas y de las orientaciones inmanentes a la propia fenomenología que los estudiantes desarrollaban en suelo chileno.

En un intento por no restringir de antemano las posibles manifestaciones de la comunidad de estudiantes, el Coloquio propuso, en esa primera versión inaugural, desplegarse de un modo más bien libre en torno a tres líneas principales articuladas en los ejes “vida”, “existencia” y “ética”. Dichos ejes cumplirían la tarea de ofrecer una orientación temática preliminar para la articulación definitiva del Coloquio, procurando brindar, por un lado, un espacio de movilidad teórica suficiente para dar cabida a diversas propuestas de investigación de los estudiantes, pero, por otro, encauzar una discusión viva y de alto nivel en torno a las distintas problemáticas y corrientes de la investigación fenomenológica actual. En este sentido, los ejes debían servir como espacios de problematización y no como conceptos fijos con una orientación encubiertamente dogmática.

Si un genuino problema filosófico se dejaba caracterizar, ante todo, por poseer una dimensión aporética característica -precisamente porque es capaz de admitir respuestas y puntos de vista opuestos-, la tarea de este Coloquio habría estribado en refrendar el hecho de que esta condición problemática no derivaría tanto de la existencia de posiciones asimétricas, cuanto de la legitimidad que dichas posiciones aseguran agotar.

En este camino abierto por la propia problematización filosófica, y ya a casi dos años de su realización, el Coloquio Nacional de Estudiantes de Fenomenología entrega hoy al público una primera decantación bibliográfica de este trabajo. En él, esperamos que los lectores puedan encontrar la conciencia agudizada de que la dimensión aporética de los problemas filosóficos no es solamente un rasgo característico del trabajo de la fenomenología, sino que en ella ésta recibe una encarnación totalmente vívida y pregnante. Este rasgo, tal como habrían sostenido Fink y Landgrebe por partes iguales, liga a la fenomenología con una forma de dialéctica, ya sea en el propio plano de la acreditación fenomenológica, o bien en el plano de la delimitación de posiciones, haciendo de la problematización algo esencial a ella.

Desde su fundación, la fenomenología ha dado muestras, en virtud de su carácter esencialmente metódico, de una fecundidad y una amplitud temáticas sin parangón en la historia de la filosofía. Nacida como una respuesta al problema de la unidad lógica de la experiencia, la fenomenología intentó situarse desde un comienzo más allá de la disputa entre el idealismo y el realismo. Esta localización problemática, lejos de ser un anacronismo histórico, demarca su zona más preciada de equilibrio: el problema de la experiencia y el de sus límites inmanentes. Si las tendencias de raigambre realista desplazan de manera insistente la existencia del mundo a una cierta independencia ontológica respecto de la conciencia, y el idealismo, a su vez, arrima al mundo sin residuos a ésta, la fenomenología busca abrir una vía intermedia entre ambas posiciones: la vía de la intencionalidad de la experiencia. Desde esta perspectiva que es, tal como sostuviera Fink, una toma de posición de carácter esencialmente especulativo sobre lo que debe ser el objeto propio y la cosa misma de la filosofía, la unidad del mundo dependerá esencialmente de las operaciones de la subjetividad, pero dicha unidad permanecerá, en esa misma dependencia ontológica, como no absorbida por la esfera de la subjetividad. La unidad no sería, en esta medida, una unidad real que desfilara más allá de las operaciones de la conciencia, sino una unidad intencional-trascendente: esta intencionalidad es el medio en el cual podemos decir que el mundo “depende” de la subjetividad sin ser reducible meramente a ella. El mundo -nos permite entrever la fenomenología- puede, pues, estar plenamente vinculado a la vida (constitución fenomenológica) sin estar disuelto en ella, y puede estar radicalmente separado de ella sin estar ontológica e intencionalmente divorciado de ella (reducción fenomenológica). La fenomenología intentará, a partir de entonces, hacer de su tema central no la existencia del mundo como independiente de su aparecer, vale decir, el objeto por fuera de la constitución unitaria de la conciencia, sino la dimensión constituyente del aparecer en su estricta correlación con lo que aparece. En una frase: todas las efectuaciones subjetivas que articulan el aparecer del mundo en su independencia óntica y en su dependencia ontológica.

A partir de aquí, la tentación más recurrente a la hora de emitir un juicio de conjunto sobre la fenomenología ha pasado por suponer que ésta, de una u otra manera, habría de quedar irremediablemente absorbida en un subjetivismo radical del aparecer. Un estilo que, pese a su tendencia pujante por desbaratar toda tentación monista en el plano ontológico, persiste y persevera en la esfera de una subjetividad con una pretensión fundante, parece quedar expuesto a 1) una cierta negación de la historicidad como rasgo estructural a la vida humana en su dimensión constituyente, 2) a una especie de rechazo de base por la pasividad de la vida humana en tanto que carácter de familiaridad no-atencional con el mundo pre-dado, y 3) a una fundamentación de carácter absoluto que vehicula el trabajo de la fenomenología justamente concentrándose de manera pivotal en la vida desde la perspectiva de la primera persona.

En la medida en que nos afincamos en la experiencia constituyente y nos confinamos a la dimensión reflexiva de la vida anímica de la subjetividad, se presentan una serie de problemas de difícil resolución. Por una parte, la propia historia de la vida humana se vuelve difícil de atisbar, puesto que al tender al óptimo de donación buscamos siempre el carácter estructural de la constitución y no sus accidentes vinculados al dinamismo del despliegue móvil del tiempo. Por otra parte, en la medida en que nos afincamos en la vivencia reflexionada, el filosofar parte de una distinción entre conciencia y mundo que justamente lleva a radicalizar las diferencias entre el plano de la inmanencia, totalmente ligado a los óptimos de certeza, y el plano de la trascendencia, ligado más bien a lo oscuro e incierto. Esta posición induce, en esa misma medida, un confinamiento a la esfera de propiedad que vuelve asimismo extremadamente inestable la constitución del otro en tanto que sujeto constituyente. Si la fenomenología se asienta en la subjetividad de la primera persona, la irrupción de la subjetividad ajena parece no ser disociable del mobiliario más doméstico de objetos que pueblan el mundo.

Si lo anterior es así, ¿no queda la fenomenología expuesta a ser desangrada por su propio descubrimiento? ¿No tiende ella acaso a quedar sepultada detrás de la ahistoricidad, el estaticismo y el solipsismo del planteamiento de la intencionalidad? La convicción que se encuentra detrás de los ensayos que presentamos a continuación es que la fenomenología es más bien la única disciplina filosófica capaz de ofrecer una vía de escape a las aporías de un subjetivismo que repele la dimensión histórica y genética de la donación, y que tienda a disolverse en un solipsismo sin acceso a la alteridad. Este cometido,- siendo ese quizás su gran tesoro-, lo realiza la fenomenología sin extraviar nunca el desiderátum inclaudicable de mantenerse crítica y vigilante frente al influjo de sus supuestos. La fenomenología muestra, hoy más que nunca, no sólo la urgencia de repensar crítica y científicamente la dimensión genética de la constitución, la historicidad de la existencia y el aparecer ético del Otro, sino también la urgencia de ofrecer los medios para desencadenar una reflexión científica totalmente comprometida con lo que se da, cuidando, al mismo tiempo, la provisión de las herramientas metódicas para dar cuenta de este ámbito de donación de un modo radicalmente científico.

Ya sea como fenomenología descriptiva, entregada a lo que se da en la inmediatez de las intuiciones posibles, bien como fenomenología hermenéutica, entregada al despliegue y a la explicación en sentido no-dialéctico de los pre-supuestos en los que se da la vida humana en el mundo, o como fenomenología constructiva, intentando dar cuenta de aquella dimensión de la propia constitución que no posee pre-donación alguna, y que, por tanto, plantea un límite al aparecer, la fenomenología es hoy por hoy una vía metódica que no podemos evadir si lo que queremos es pensar radicalmente la historicidad, la génesis y la alteridad, precisamente porque difícilmente haya otro lugar como ella donde estos grandes temas aparezcan en todo su esplendor problemático y su tratamiento sea enfrentado con tal radical rigurosidad. Nunca el otro, la historia y la dimensión eventual valieron tanto como en la tematización fenomenológica. Si esta vía es o no suficiente o complementaria con su planteamiento inicial, es algo que el propio trabajo de la fenomenología debe finalmente dilucidar.

 

Los editores

Santiago de Chile 2018.



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