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Agobardo de Lyon (769-840)

Cecilia Devia y Ezequiel Ludueña

Alguna vez se pensó que Agobardo de Lyon había nacido en Hispania; que había llegado a la región de Septimania huyendo de los Sarracenos; que hacia 792 había alcanzado Lyon; finalmente, que allí había sido ordenado sacerdote en 804. Hoy, varios de esos datos rayan en lo legendario.[1] Pero, en general, sigue habiendo consenso en un punto: como muchos otros intelectuales carolingios, Agobardo fue un inmigrante.[2] Además, se sabe que pasó la mayor parte de su vida en Lyon, ciudad de la cual fue proclamado obispo en 816, por elección de Leidrado de Lyon (que había ocupado ese cargo entre 799 y 816). Hacia 814, Leidrado quiso dejar el puesto y tomó la decisión de designar un sucesor. Se trataba de un cargo vitalicio, de modo que la decisión resultó insólita y cayó mal. Agobardo tuvo que enfrentar cierta resistencia desde el inicio de su mandato. De hecho, no fue confirmado en el cargo sino dos años después.

El texto que ofrecemos corresponde a esos primeros años de su obispado. Según De Jong, la Corte fue el centro absoluto de la vida de Agobardo y el destinatario de casi toda su obra:[3] “Este universo, el de quienes tenían acceso al gobernante, el ‘palacio’ digamos, era un ámbito de disciplina moral, que requería e infundía un código de conducta especial, determinado por la moderación en el discurso, en el comportamiento y en la forma de vestirse”.[4] De hecho, se ha dicho que con este pequeño escrito Agobardo quiso presentarse formalmente ante la Corte de Luis el Piadoso, el hijo de Carlomagno.[5] En él, muestra que conoce bien su región, que pasea por su diócesis “corrigiendo” las costumbres paganas del pueblo, e incluso que descubre una suerte de conspiración que, a fuerza de historias fantásticas, ocultaba la cantidad real de cosechas para evadir los implacables impuestos –las cosechas (aseguraban los campesinos) se echaban a perder por el granizo y, además, lo poco que quedaba se lo robaba luego una pandilla de navegantes aéreos–.[6] Con esta suerte de sermón, Agobardo vendría, entonces, a presentarse como un buen candidato a agente real, a missus dominicus, capaz de señalar la injusticia, ansioso por defender la ortodoxia y dedicado a la amonestación y corrección.[7]

Sin embargo, su sentido de la ocasión no lo ayudó. Hacia 822 se autoexcluyó de la Corte por pronunciar un discurso en el que recomendaba al Emperador “corregir” la costumbre central de la política interna carolingia: disponer de las tierras del clero para contentar o sobornar a quien hiciera falta.[8] Insistió, luego, en que el emperador rompiera las amables relaciones que mantenía con la comunidad judía. Más tarde, criticó a Luis por su decisión de modificar en 829 la división del Imperio para incluir a su joven hijo Carlos. Por último, en las revueltas de 830 y 833, volvió a equivocarse: se convirtió en operador teórico de la causa de Lotario, el hijo rebelde de Luis. Por eso, cuando todo fracasó y Luis recuperó el trono, Agobardo marchó al exilio entre 834 y 839. Esos años los consagró a denostar a quien había ocupado su puesto, Amalario de Metz, uno de los pensadores más originales de todo el Renacimiento Carolingio.[9] Los esfuerzos de Agobardo, secundados por los de su fiel servidor Floro de Lyon, dieron sus frutos: las enseñanzas de Amalario fueron condenadas y Luis tuvo que devolver el puesto de obispo a Agobardo, quien murió poco después.


  1. Cf. Jiménez Sánchez, 2017, pp. 43-44.
  2. Cf., sin embargo, Langenwalter, 2009, pp. 61-62.
  3. Cf. De Jong, 2009, p. 61.
  4. Ibidem.
  5. Cf. Dutton, 2004, p. 172.
  6. Cf. Dutton, 2004, p. 187.
  7. van Renswoude, 2019, p. 210.
  8. Cf. Nelson, 2008, pp. 388-392; De Jong, 2009, pp. 142-143; y van Renswoude, 2019, pp. 211-214. Según algunos, Agobardo habría estado a la vanguardia de una “subcorriente de resistencia” a la apropiación laica de la propiedad de la Iglesia, que creció durante el reinado de Luis el Piadoso. Cf. Booker, 2016, pp. 236-270.
  9. La batalla contra Amalario es un buen ejemplo del modus operandi de Agobardo. Hizo uso de una de sus armas predilectas: el rumor. Su uso como instrumento de operación política le permitió más de una vez jugar con el sentido del honor de ciertas personas, advirtiéndoles a sus interlocutores que ciertos susurros podían manchar su reputación si no obraban adecuadamente –es decir, como el mismo obispo quería–. Así, creaba un espejo distorsionador basado en rumores, que a veces él mismo decía no creer, pero que representaban su propia crítica (cf. van Renswoude, 2019, p. 220). En el caso de Amalario, el uso del rumor fue muy efectivo pues fue condenado. Atendiendo al complejo entramado retórico de sus escritos, se ha señalado que Agobardo comparaba su voz con la de los profetas, una voz que se mueve entre extremos, desde modestos murmullos hasta gritos sublimes. Cf. Booker, 2016, p. 238.


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