Acerca del granizo, también leemos lo siguiente en el libro de Josué: Entonces, una vez reunidos los cinco reyes de los Amorreos –el rey de Jerusalén, el de Hebrón, el de Jarmut, el de Laquis y el de Eglón– subieron con sus ejércitos y acamparon alrededor de Gabaón, sitiándola.[1] Y poco después: Y el Señor dijo a Josué: No les temas, pues te los he puesto en las manos.[2] Y poco después: Y cuando escapaban de los hijos de Israel, y estaban ya en la ladera de Bethorón, desde el cielo el Señor lanzó grandes piedras sobre ellos, hasta que llegaron a Azeca. Y las piedras del granizo mataron a muchos más que los que los hijos de Israel habían matado con la espada.[3] He aquí, por tanto, que también en este pasaje resulta manifiesto que, sin ninguna invocación [151B] de los hombres, el Señor envió el granizo sobre los que juzgó merecedores de semejante castigo. Si, pues, los hombres malvados –tal como lo son aquellos que estos (divagando) llaman “tempestarios”– pudieran hacer eso, ciertamente el granizo hubiera caído sobre los hijos de Israel y no sobre sus adversarios. Pero en este pasaje se muestra con total claridad que esto no lo pueden hacer ni los malos a los buenos ni los buenos a los malos. Lo mismo queda atestiguado en el libro de la Sabiduría cuando se le dice al Señor: Es imposible escapar de tu mano. Los impíos que rehusaban conocerte fueron golpeados por la fuerza de tu brazo, fueron castigados con insólitas lluvias y granizo, y sufrieron por el acecho de las lluvias y consumidos por el fuego. Pues lo más admirable era que, en el agua que todo lo extingue, el fuego crecía. En efecto, es el vengador del orbe de los justos.[4] Y poco después: La nieve y el hielo [151C] resistían el poder del fuego y no se derretían, para que vieran que el ardiente fuego consumía los frutos de los enemigos resplandeciendo en medio del granizo y de la lluvia.[5]
VI
Legimus etiam de grandine in libro Iesu Nave ita: Congregati igitur ascenderunt quinque reges Amorrhaeorum, rex Hierusalem, rex Hebron, rex Hierimot, rex Lachis, rex Eglon, simul cum exercitibus suis, et castrametati sunt contra Gabaon, oppugnantes eam; et post pauca: Dixitque Dominus ad Iosue: Ne timeas eos: in manus enim tuas tradidi illos; et post pauca: Cumque fugerent filios Israel,[6] et essent in descensu Bethoron, Dominus misit super eos lapides magnos de caelo usque Azecha: et mortui sunt multo plures lapidibus grandinis, quam quos gladio percusserant filii Israel. Ecce ergo et in hoc loco apparet, sine ulla imprecatione [151B] hominum Dominum misisse grandinem super eos, quos tali flagello dignos iudicavit. Nam si mali homines, sicut sunt quos isti errantes nominant tempestarios, id facere potuissent, super filios utique Israel fieret grando, non super adversarios illorum. Sed quia nec mali super bonos, nec boni super malos hoc facere possunt, evidentissime in hac sententia declaratur. Quod et liber quoque Sapientiae attestatur, dicens Domino: Tuam manum effugere impossibile est. Negantes enim nosse te impii, per fortitudinem brachii tui flagellati sunt: novis aquis et grandinibus et pluviis persecutionem passi sunt et per ignem consummati. Quod enim mirabile erat, in aqua, quae omnia extinguit, plus ignis valebat: vindex est enim orbis iustorum; et post pauca: Nix autem et glacies [151C] sustinebant vim ignis, et non tabescebant: ut scirent quoniam fructus inimicorum exterminabat ignis ardens in grandine et pluvia coruscans.






